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Este libro no contiene las memorias de Hernán Levy ni es tampoco una autobiografía. Es un Testimonio conjunto de relatos sobre eventos que le han pasado y que cualquiera calificaría de increíbles. ¿Qué posibilidades hay de encontrarse cara a cara con el arquitecto del Memorial a las Torres Gemelas, en NY, y que él mismo te explique in situ por qué lo diseñó así? ¿O de conocer al Sultán de Malasia, que le abriría las puertas para competir en la carrera de autos antiguos más deseada del mundo? Esas y muchas otras historias son las que narra este ingeniero amante de la aventura; que antes de consolidarse con Cerámica Santiago conoció de éxitos y derrotas en su vida; que en la dirección del club de sus amores supo cuánto puede llegar a pesar el ego y el miedo; que lo que más valora es la familia, los amigos y la lealtad. Un Marco Polo denuestros tiempos que al cumplir los 75 no piensa dejar de navegar. "Por estas páginas desfilarán personajes influyentes del ámbito politico, deportivo y cultural. La escena completa de un mundo que Hernán tuvo la oportunidad de conocer. Los relatos de este libro me recordaron en algo esa magnífica película El Gran Pez, en que Albert Finney era un padre que le había contado a su hijo las historias más inverosímiles que se puedan relatar, sobre sus vivencias personales con mujeres barbudas, enanos y gigantes; su hijo jamás las creyó, hasta que en el funeral de su padre aparecieron todos ellos a despedirlo. A mí no me extrañaría que al funeral de Hernán lleguen los personajes más fantásticos e increíbles de una historia personal que merecía ser contada". Gerardo Varela, abogado
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Seitenzahl: 219
Veröffentlichungsjahr: 2023
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De la presente edición
El Líbero
1ª edición en español en El Líbero,
Octubre de 2023
Dirección de Publicaciones
Av. El Bosque Central 69, oficina 201
Las Condes, Santiago Chile
Teléfono (56-2) 29066113
www.ellibero.cl
ISBN: 978-956-9981-38-8
ISBN digital: 978-956-9981-39-5
Edición general: Eduardo Sepúlveda
Portada: En casa de Chiang Kai-shek, Taipei, 2023.
Foto: Gentileza de Patricia Arancibia Clavel.
Diseño & diagramación: Huemul Estudio / www.huemulestudio.cl
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com
Esta publicación no puede ser reproducida o transmitida, mediante cualquier sistema – electrónico, mecánico, fotocopiado, grabación o de recuperación o de almacenamiento de información – sin la expresa autorización de El Líbero.
Mi mayor agradecimiento a Pabla Pardo, mi secretaria por 23 años, quien me ha apoyado estoicamente para sacar adelante este libro.
Agradezco a Eduardo Sepúlveda, mi mentor y gran amigo que me instó en Madrid a iniciar este viaje y quien sugirió el título “Lo improbable”.
Una pintura italiana que me inspiró y muestra un antiguo horno de ladrillos; a través de su chimenea nacen las casas de una ciudad.
Índice
Prólogo, por Gerardo Varela
Capítulo 1.Setenta y cinco años
Capítulo 2. Sin fósforos
Capítulo 3.Algo sobre mi familia
Capítulo 4.La Melita y amigos de antes
Capítulo 5. Cerámica Santiago
Capítulo 6.En Blanco y Negro y Autódromo de Santiago
Capítulo 7.Mis raíces y mi visión social
Capítulo 8.Camino en 4 ruedas
Capítulo 9.Últimas paradas
Epílogo
PRÓLOGO
Por Gerardo Varela
He tenido la fortuna de conocer gente distinta e interesante en mi vida. Hernán Levy es uno de ellos. Empresario, coleccionista de automóviles, filántropo, hombre de familia. En definitiva, un hombre multifacético y complejo.
En este libro usted encontrará sólo una parte de su vida, la que él quiere compartir con nosotros, que tiene que ver más con sus múltiples facetas que con su complejidad personal.
Para entender la personalidad de Hernán se necesitan más de las 120 páginas que encontrará en este libro.
Hernán es una torta de milhojas, con muchas capas que se van descubriendo con los años, conversando, escuchándolo y viéndolo actuar. Acá se puede ver una larga y variada relación de actividades, experiencias y efemérides, entretenidas, distintas y curiosas, pero solo nos asomaremos a conocer su alma profunda, caritativa y espiritual. Hernán nos entretiene en este libro, pero no quiere emocionarnos, como cuando lo vi ayudar a la familia de su amigo Felipe Cubillos; nos inspira, pero no nos quiere conmover, como cuando tiró la casa por la ventana para un aniversario de Cerámica Santiago y dio una comida con fiesta a toda pala para todos sus trabajadores con sus parejas en la Casa Piedra, con Stephan Kramer, el grupo del Pato Torres y animado por la Mey Santa María. Ese libro sobre su complejidad personal se escribirá o quedará para publicarse más adelante, o morirá con él.
Por estas páginas desfilarán pilotos de Fórmula Uno, sultanes, presidentes y futbolistas. La farándula completa de un mundo que Hernán tuvo la oportunidad de conocer y apreciar cómo –gracias a las comunicaciones y la tecnología– se integraba en un circo global. Los relatos de este libro me recordaron en algo esa magnífica película “El Gran Pez”, en que Albert Finney era un padre que le había contado a su hijo las historias más inverosímiles que se puedan relatar, sobre sus vivencias personales con mujeres barbudas, enanos y gigantes; su hijo jamás las creyó, hasta que en el funeral de su padre aparecieron todos ellos a despedirlo. A mí no me extrañaría que al funeral de Hernán lleguen los personajes más fantásticos e increíbles de una historia personal que merecía ser contada.
En estas memorias usted conocerá algo de la vida de una familia de inmigrantes europeos de distintos orígenes judíos que desde Venecia, Suiza y Rusia se afincan en Traiguén, un rincón de la Araucanía que ellos desarrollarían y que produciría destacados chilenos. Hernán no es un agricultor, pero sí es un hombre de la tierra y se ganó la vida con la arcilla. Hernán es citadino, pero su vida en el campo lo marcó a fuego y quiere esa tierra entrañablemente. Hernán, a pesar de su cosmopolitismo, sigue siendo un traiguenino de corazón. Esa vida de pueblo, donde los distintos Chile se mezclaban con facilidad, le dio a Hernán una de sus características personales más destacables: su capacidad de comunicarse de igual a igual con cualquier persona y a tratar con igual dignidad y consideración a obreros de la construcción y a presidentes de la República, a celebridades futboleras y a bomberos de una bencinera. Hernán cae bien a buenas y primeras, porque es sencillo sin ser humilde; es interesado sin ser intruso y genera confianza sin abusar de ella. Es fácil ser amigo de Hernán, pero no es fácil conocerlo. En estas páginas los que lo queremos aprenderemos algo más de su personalidad y su vida y nos entretendremos leyendo con mayor detalle muchas de las peripecias que alguna vez hemos escuchado de pasada y que ahora este Marco Polo moderno nos cuenta con más detalles. Leeremos de sus aventuras empresariales, de sus amores y de sus colecciones, de sus carreras de auto y de sus amistades, de sus éxitos y fracasos, de sus viajes espirituales y de los otros, y también nos compartirá algunos de sus dolores. Estas memorias se leen con avidez y nos sacan una que otra sonrisa, y nos obligan a mirarnos al espejo y confesar que no hemos vivido lo suficiente para tener algo que contar.
El libro nos habla de un hombre inmenso que ha tenido una vida inmensa, y que a los 75 años se prepara para un rally que recorre medio mundo (Pekín-París) en 37 días. El último capítulo de su vida está por escribirse y Hernán tiene la fuerza, la vitalidad y el entusiasmo para seguir llenando páginas y páginas.
Hernán siempre me recordó ese poema de Kipling, “If”, porque, llegando a ese último tercio de la vida, siempre podrá decir con la frente en alto y mirándose a los ojos que fue un hombre.
Si puedes mantener
en su lugar tu cabeza
cuando todos a tu alrededor
han perdido la suya y te culpan de ello.
Si crees en ti mismo
cuando todo el mundo duda de ti,pero también dejas lugar
a sus dudas.
Si puedes esperar y no c
ansarte de la espera;o si, siendo engañado, no
respondes con engaños,o si, siendo odiado, no
te domina el odioY aún así no pareces demasiado
bueno o demasiado sabio.
Si puedes soñar y no
hacer de los sueños tu amo;Si puedes pensar y no
hacer de tus pensamientos tu único objetivo;Si puedes conocer al triunfo
y la derrota,y tratar de la misma manera
a esos dos impostores.
Si puedes soportar oír
toda la verdad que has dicho,tergiversada por malhechores para
engañar a los necios.
O ver cómo se rompe
todo lo que has creado en tu vida,y agacharte para reconstruirlo con
herramientas maltrechas.
Si puedes amontonar
todo lo que has ganadoy arriesgarlo todo
a un sólo lanzamientoy perderlo, y empezar de nuevo
desde el principioy no decir ni una palabra
sobre tu pérdida.
Si puedes forzar tu corazón y
tus nervios y tus tendones,para seguir adelante mucho
después de haberlos perdido,y resistir cuando
no haya nada en tisalvo la voluntad
que te dice: ¡Resiste!
Si puedes hablar a las masas
y conservar tu virtudo caminar junto a reyes,
y no distanciarte de los demás.Si ni amigos ni enemigos
pueden herirte.Si todos cuentan contigo,
pero ninguno demasiado.
Si puedes llenar el inexorable
minuto,con sesenta segundos que valieron la pena recorrer...
Tuya es la Tierra
y todo lo que hay en ella,
y lo que es más:
serás un hombre, hijo mío.
If you can keep your head
when all about youAre losing theirs and blaming
it on you,
If you can trust yourself when
all men doubt you,But make allowance for their
doubting too;
If you can wait and not be
tired by waiting,Or being lied about, don’t deal
in lies,Or being hated, don’t give way
to hating,And yet don’t look too good,
nor talk too wise:
If you can dream – and not
make dreams your master;If you can think – and not
make thoughts your aim;If you can meet with Triumph
and DisasterAnd treat those two impostors
just the same;
If you can bear to hear the
truth you’ve spokenTwisted by knaves to make a
trap for fools,Or watch the things you gave
your life to, broken,And stoop and build ‘em up
with worn-out tools:
If you can make one heap of
all your winningsAnd risk it on one turn of
pitch-and-toss,And lose, and start again at
your beginningsAnd never breathe a word
about your loss;
If you can force your heart
and nerve and sinewTo serve your turn long after
they are gone,And so hold on when there is
nothing in youExcept the Will which says to
them: ‘Hold on!’
If you can talk with crowds
and keep your virtue,Or walk with Kings – nor lose
the common touch,if neither foes nor loving
friends can hurt you,If all men count with you,
but none too much;
If you can fill the unforgiving
minuteWith sixty seconds’ worth of
distance run,
Yours is the Earth and
everything that’s in it,
And – which is more – you’ll
be a Man, my son!
Por eso, como diría nuestro amigo en común Felipe Cubillos, “viento a un largo querido Hernán”. Te felicito por este libro, te agradezco por tu amistad y te pido que “no te murás nunca” porque este mundo será más aburrido sin ti.
Capítulo 1
SETENTA Y CINCO
Todos los sueños cumplidos*
Hoy no trabajo. Es improbable en mí no trabajar un día miércoles. Pero es 8 de marzo y cumplo 75 años. Setenta y cinco, curiosamente en el Día de la Mujer.
No sé cómo pasó tan rápido este tiempo. Me parece que fue ayer cuando cumplí 50 en Lo Curro y casi me dio un síncope al ver que la Xime, con gran cariño, había traído dos mariachis para cantarme el cumpleaños feliz.
Estoy en Batuco y hace mucho calor. Es inusual esta temperatura para un 8 de marzo. Especialmente aquí en la planta, cerca de la mina, donde en esta época del año ya ha refrescado. Salí a caminar por la explanada y no sé por qué –otra rareza– se me ocurrió tomar un pedazo de arcilla del suelo. Y me lo eché a la boca, lo chupé y me puse a masticarlo. Mientras se empezó a convertir en barro empezaron a brotar recuerdos, y emociones.
Me vi parado junto a mi papá, que manejaba la camioneta Chevrolet 51. Dentro de esa gran cabina de cinco ventanas, sentía el poder del motor, la velocidad, y me volvió al cuerpo la felicidad que sentía de ir a su lado. Tenía cinco años y esperaba ansioso que me invitara a subir para ir a recorrer el campo o donde fuese. Creo que ahí nació, o creció, esa pasión por los fierros que me ha acompañado toda la vida. Cada vez que me subo a algo de cuatro ruedas vuelve a mí esa sensación.
Me vi llegando donde la Melita, mi tía adorada, a su departamento en la calle Andrés de Fuenzalida 17, en Providencia. Estaba con mi mamá y mi papá, tomado de sus manos. Era el primer hijo que mandaban a Santiago a estudiar las humanidades en la Alianza Francesa. Tenía once años, salíamos al colegio temprano, con sol o lluvia en micro, en el bus 26, y a pie desde Vespucio a la Alianza. Me vi coleccionando letras de cuadernos Colón y jugando al emboque, a las bolitas y al caballito de bronce. Y los domingos a la matiné del Oriente con la Claudia a ver una película y luego El Zorro, que nunca se sacaba la cresta.
También vinieron a mi mente los años universitarios, que pasé con mis amigos Hernán y Alfredo en el dúplex de la Villa Olímpica. Desde ahí nos íbamos a Beauchef, a la gloriosa Facultad de Injeniería, con “j”.
Me acordé de mi matrimonio con Carmen Luz en la casa de Miguel Calvo en Las Vizcachas, y también del matrimonio con la Xime en el jardín de nuestra casa, con mi abuela Anita. Y por supuesto, de cada uno de los seis hijos que Dios tuvo a bien regalarme.
Me veo a los 26 años sentado frente a don Jorge Fontaine, quien me está invitando a trabajar con él en ProChile, instituto de promoción de exportaciones de Chile. Me ofrece la mitad del sueldo que gano en Chiprodal, la Compañía Chilena de Productos Alimenticios Nestlé. “Esta oportunidad es única: cambiará tu vida. Vas a conocer un mundo que no sospechas”, me dijo. Contra todas las probabilidades, acepté. Y don Jorge tuvo razón. Siempre he estado agradecido de él, de haber confiado en él, en su criterio.
Recordé todo el trabajo personal que me permitió llegar a ser quien soy: la meditación, La Reina y Gurdjieff, PRH y André Rochais, buscando incansablemente un sentido más profundo y espiritual a mi vida. El Antiguo y el Nuevo Testamento en mi velador, junto a Herman Hesse, Khalil Gibran y tantos otros.
Me vi importando y vendiendo encendedores, paraguas desechables, equipos Kenwood, café, té y, finalmente, ladrillos; 30 toneladas de ladrillos por hora. Fui un buen vendedor, aunque no era lo mío. Mi pasión ha sido la industria, la creación de cosas nuevas, de productos que ayuden a otros a tener una vida mejor.
Y se me apareció la imagen de la tribuna de honor del Estadio Monumental, donde se sientan los Presidentes a disfrutar y a sufrir con el fútbol de EL MÁS GRANDE. Me volvió a remecer el duelo incesante entre el ego y el miedo.
Como en la sinopsis de una película, pasaron por mis ojos las escenas de mis viajes, aldeas y ciudades, aviones, barcos, trenes, autos, muchos autos… todos los continentes.
Sigo en la mina, con los pies empolvados por la tierra arcillosa de Batuco. Tengo 75 años, setenta y cinco, y he vivido varias vidas. Algunas parecen haber transcurrido en paralelo.
Tengo que volver a Santiago ahora. Mis cuatro hijos que están en Chile organizaron un almuerzo. Mis dos hijas que están en Londres no pudieron venir esta vez.
Para el sábado organizaron una gran fiesta en mi casa. Van a instalar mesas en el jardín (seremos más de 100, dicen), una pantalla gigante, micrófono. Haré un discurso. Diré esto:
Hola familia y amigos:
Me encanta estar aquí, feliz que me hayan invitado a este “matrimonio”.
Porfa les pido que levanten la mano los mayores de 75.
Está clarito que no somos mayoría.
Mejor no sigo preguntando, los mayores de 75 somos una generación que íbamos al colegio a jugar a las bolitas, al emboque y al caballito de bronce y siempre en pantalones cortos y corbata –obligatoria– con rayas azules y rojas.
Ustedes, amigos que me conocen, saben que soy de discursos largos y está vez no será la excepción… estoy leseando.
Al verlos y tenerlos a todos juntos tan contentos me asombro:
No sé cómo llegué aquí y además no tengo ni la más mínima idea de qué estoy haciendo en este instante maravilloso.
Lo que sí sé es que ha sido una buena vida, que partió en Traiguén y siguió en Santiago en la Alianza Francesa, en el departamento de mi segunda madre, la Melita, luego la universidad, mi matrimonio a los 24 años, y mi segundo, 20 años después, con 6 maravillosos hijos.
Como pueden ver, bien “ordenadito” el novio, con sus maravillosos 6 hijos que le dio el Señor.
Hace 75 años los astros se desordenaron, alineándose para el nacimiento de este bombón, este mino, como dicen hoy mis amigas de juventud.
Hoy doy el paso hacia el último cuarto de siglo, completamente feliz y más que satisfecho por el camino recorrido.
Estar con ustedes es fantástico, y lo estoy disfrutando, convencido de que sigo siendo un niño con grandes sueños y tirando el carro para arriba.
Ya se fueron de este mundo mis grandes amigos Pachel, Pablo, Pedro y Wataca, pero quedan mis hermanos Iván, Rodrigo, los 3 Felipes y tantos otros.
Los echo de menos.
Me encanta ver acá a todos los Vicuñas, al Jota, a mi amiga de cuarentena Katia, a la Lili y a la Miriam, a mi favorita, Pabla, a mis amigos separados, los de los autos, de la universidad y también a los desordenados que me desordenaron.
No puedo dejar de mencionar a mis hijas, que me aman por sobre todas las cosas, me cuidan y me regalonean con amor y que organizaron esta “wedding party”, y a mi querubín Ricardo, un hombre bueno.
Gracias, hijos.
Yo soy agradecido, un agradecido de Dios, de la vida que me ha regalado, de mis papás, de mis hijos, mis nietos y mis amigos.
Es fácil agradecer, y agradecer es además un acto hermoso.
No puedo olvidar a mis papás, que se esforzaron por traerme al mundo en el mejor día, obviamente en el Día de la Mujer.
¿En qué estarían pensando? ¿Sería alguna indirecta? ¿Lo sabré algún día?
El número 75 es uno de los números de la suerte en la numerología.
Y es que he tenido suerte, aunque no sé si es suerte o es la mano de Dios, pero llegar hasta aquí y verlos en este instante es un privilegio, emocionante.
Siempre he sido llorón y esta no es la ocasión para dejar de serlo.
Además, a la Jusule encanta que el papá sea llorón.
Me encantó que me invitaran a este matrimonio, perdón, a esta fiesta.
Gracias por venir, los quiero.
Supongo que es un discurso normal, esperable para alguien que cumple 75 años. Pero lo cierto es que mi vida no ha sido tan normal. Ha sido en realidad una sucesión de hechos improbables, incluso insólitos.
No me quejo. Contra todos los pronósticos, el niño de antepasados judíos inmigrantes de tercera generación de Traiguén tocó lo inimaginable. Este escrito también está dedicado a ese niño, que le tocó ver un país que se transformaba a una velocidad impresionante, y que pudo ser testigo y actor en ese proceso.
He cumplido hasta los sueños que soñé despierto.
Un regalo del columnista Joe Black para mi cumpleaños #75.
Los ancestros, el encuentro de varios mundos
Mi abuelo materno, Lázaro Arensburg, tenía varios hermanos. Eran judíos rusos. Habrá sido por las guerras o las revoluciones, por su religión o su pensamiento político, eran comunistas y a uno de ellos lo deportaron a Siberia por 10 años. Logró escapar y terminó en Argentina. Por eso mi abuelo Lázaro también llegó a ese país alrededor de 1920.
Ahí conoció a mi abuela, Ana Altman, que venía de una familia judío-rumana que también huía del caos en Europa. Ella nació en la frontera entre dos países que nadie recuerda y lo que vino fue pura tragedia.
Sus padres se establecieron en Argentina y se dedicaron a fabricar muebles. Una noche entraron a robar a su casa y los ladrones lanzaron a mi bisabuelo a un pozo. Estuvo días ahí, y si bien lograron sacarlo vivo, a los pocos días murió de neumonía. Mi bisabuela no resistió el impacto y se suicidó.
Las tres hijas del matrimonio fueron repartidas entre gente conocida. Mi abuela fue la menos afortunada, porque sus cuidadores buscaron deshacerse de ella en cuanto tuvieron la oportunidad. Así fue como la casaron con un hombre mucho mayor, mi abuelo Lázaro convertido ya en solterón, cuando ella aún no cumplía 18 años.
El matrimonio duró pocos años, pero alcanzó a nacer mi madre, Elena Arensburg Altman, que fue criada como hija única en Rivadavia 3070, que era en esa época el barrio judío de Plaza Once en Buenos Aires.
Mi abuelo decide venirse a Chile y trabaja como vendedor viajero. Recorre el país ofreciendo relojes, billeteras, cinturones.
Pude conocer más de su historia gracias a mi amiga Carolina de Camino, cuya familia era dueña de la empresa de cuero GiliCurtex. Mi abuelo había sido proveedor y vendedor de su abuelo y de su padre. Su descripción fue distinta a la que se contaba. Era un tipo cariñoso, querido por todo el mundo. La versión de mi abuela es que era insoportable de carácter. Yo no tengo opinión propia sobre el asunto, porque murió cuando yo tenía tres años.
En todo caso, mi mamá venía a ver a su papá todos los años a Chile. Gracias a eso conoció, a través de una prima, a Alberto Levy Widmer, mi padre.
Mis antepasados Levy eran judíos de Venecia. En la familia se comenta que los registros más antiguos de su presencia allá datan del año 1300. Tenían la tradición de darles a los descendientes varones los nombres Alberto y Mesliah alternadamente lo que permitió remontarse a alrededor de 1300 en los registros de Rabinato de Venecia. Hacia 1750, uno de los Levy, tatarabuelo mío, emigra, después de conseguir un certificado del Dogo de Venecia -el original lo mantienen primos en Israel-, que era el magistrado supremo y gobernante de esa república, que le permitía a la familia asentarse en Turquía para comerciar con café. Con esa autorización podían volver dentro del plazo de 50 años sin perder la nacionalidad veneciana.
El apellido Levy proviene, según dice la Biblia, de la Tribu de Leví, integrada por los descendientes de Leví, el tercer hijo de Jacob. Los levitas fueron consagrados por Dios, a través de Moisés (también levita), para el servicio del Tabernáculo, del santuario, y después para hacerse cargo del Templo de Jerusalén.
Luego de partir de Venecia el padre de mi tatarabuelo se estableció en Esmirna, el segundo puerto más importante de Turquía después de Estambul. Lograron con su esposa aclimatarse y progresar, y formar una familia con dos hijos que nacieron en ese país. Pero mi tatarabuela enfermó gravemente y debió viajar a un sanatorio en Grecia, para recibir un tratamiento milenario basado en el consumo de leche. No tuvieron más opción que enviar a los niños a un internado en Ginebra, Suiza.
Uno de ellos era Alberto Levy, mi bisabuelo, que tenía 10 años. Después de salir del colegio en Ginebra, estudió en París para convertirse en ingeniero topógrafo. Se casó con una prima y al poco tiempo nació mi abuelo, Ricardo Levy.
Luego de enviudar, Alberto se volvió a casar y partió a China para trabajar en la construcción de un ferrocarril en Jinan (tengo el diario de su vida completo). En esa época nacieron dos hijos más, Henriette y Maurice.
Mi abuelo Ricardo se queda en Europa y estudia en París, probablemente en la Escuela Nacional de Puentes, Caminos y Puertos. León, uno de sus tíos, había conocido a Vicente Pérez Rosales, quien lo animó a viajar a Chile. Aunque a su pariente no le gustó lo que vio en este país, le generó a mi abuelo la curiosidad por venir.
Así fue como llegó a trabajar al puerto de Constitución, que había sido construido en 1794 por instrucción de Ambrosio O’Higgins, pero que requería ampliar considerablemente su muelle, dado el creciente movimiento de naves. Sin embargo, un error de cálculo en el diseño del muelle provoca un embancamiento y el proyecto se aborta. Mi abuelo queda cesante en 1914.
Las gestiones de Pérez Rosales también alcanzaron a otra rama de mi familia. En 1855 era cónsul de Chile en Hamburgo, lo que le permitía viajar por distintos países europeos difundiendo las bondades de migrar a nuestro país. El mensaje llegó a oídos de la familia suizo-alemana Widmer, que vivía en el pequeño pueblo Swissenflu, cerca de los Alpes, soplado permanentemente por el famoso viento Foehn. Era la época de una terrible hambruna en la región. Los Widmer deciden enviar a Chile al hijo mayor, Jean, para probar suerte. Él y otros inmigrantes suizos serían parte del segundo proceso de colonización del sur de Chile, posterior al realizado en la provincia de Valdivia, que tuvo como foco la región de la Araucanía. Su destino sería un territorio junto al río Quino, que se une al río Traiguén, a pocos kilómetros de la ciudad de Victoria.
En el barco hacia Chile Jean Widmer conoció a dos compatriotas con quienes acordó asociarse al llegar para desarrollar en conjunto las tierras que les entregó el Estado de Chile, básicamente 40 hectáreas, una yunta de bueyes y un saco de trigo más otras herramientas varias. Por el relato que realizó en 1887 el sacerdote Francois Grin, enviado por el gobierno suizo a chequear las condiciones en que se encontraban sus compatriotas, a la mayoría no les había ido bien. De hecho, muchos se habían trasladado a Santiago… o de vuelta a Europa. Sólo conseguían salir adelante dos tipos de personas: los extremadamente trabajadores o los extremadamente talentosos. Entre ellos estaba el bisabuelo, que figura bien evaluado en el informe, ya que junto a sus socios había logrado desarrollar buenas siembras. Con el tiempo llegaría a ser propietario de 35 mil hectáreas en Quino, Chufquen y Traiguén.
Jean Widmer se casó con Cecilia Berthet, una hija de inmigrantes franceses. Tuvieron 11 hijos; la mayor, Luisa, fue mi abuela, que posteriormente se casaría con mi abuelo Ricardo Levy. Mi bisabuelo Jean invitó a mi abuelo Ricardo a una fiesta en su campo. El flechazo fue inmediato, a juzgar por el carnet de baile de mi abuela Luisa, que le concede el cuarto baile, el quinto, el sexto, etc.
Y así nace, en Traiguén, mi padre en 1921, Alberto Levy Widmer, quien estudió hasta los seis años en la Alianza Francesa de esa ciudad, luego en el Liceo de Traiguén. Luego mis abuelos lo mandan a Santiago y sigue sus estudios en la Escuela Militar. Siendo cadete le tocó participar en la inauguración, en 1938, del Estadio Nacional, durante el gobierno de Pedro Aguirre Cerda. Después de tres años vistiendo uniforme, empezó la carrera de ingeniería civil hidráulica en la Universidad de Chile, graduándose en 1947 con distinción. A mediados de los 40 con amigos de la rama de ski de la U empiezan a levantar el refugio de la Universidad de Chile en Farellones; los más cercanos eran Julio Magri y el Lalo Pinto.
Subían en camión los sábados y regresaban el domingo. En una de esas subidas mi papá va con una amiga, que le pide que ese día cuide a su prima argentina de 17 años, que no sabe esquiar; eso fue todo.
Meses después mi papá va en tren a ver a su amiga a Buenos Aires, y termina enamorándose de mi mamá Elena, que aún no tenía 18 años. El flechazo fue inmediato. A los pocos meses, mi papá partió a Buenos Aires a pedir la mano de Elena.
El matrimonio se celebra en Santiago con la presencia de mis cuatro abuelos. Estuvieron juntos 64 años, hasta la muerte de mi papá.
Al poco tiempo a mi papá lo contrató el Ministerio de Obras Públicas para hacerse cargo de un proyecto de aguas en Pitrufquén. Ahí fui concebido.
En un auto Studebaker prestado partieron mis padres a Temuco cuando comenzaron las contracciones de parto, donde nace este bombón el 8 de marzo de 1948, en el año del nacimiento del Estado de Israel.
