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Lo que esconden los espejos es una colección de relatos entrelazados que exploran la magia, la fantasía y la realidad de una manera única. Cada cuento reinterpreta clásicos cuentos de hadas y mitologías, dándoles un giro contemporáneo y oscuro. Las historias van desde una criatura sobrenatural que defiende su hogar del avance humano, hasta una versión alternativa de la historia de Cenicienta, donde ella elige un camino diferente. Estos relatos están imbuidos de elementos místicos y emocionales profundos, ofreciendo una lectura intrigante que desafía las percepciones tradicionales de los cuentos de hadas y mitos.
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Seitenzahl: 64
Veröffentlichungsjahr: 2024
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LO QUE ESCONDEN LOS ESPEJOS
© Tania Suárez Rodríguez
© de las imágenes del interior: Jana Domínguez San Segundo
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2023.
Editado por: ExLibric
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ISBN: 978-84-10076-42-6
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A todas mis brujas y sus espejos
Corrían tiempos de Amaterasu, en los que los humanos aún tenían la decencia de rendir pleitesía a la resplandeciente diosa del sol. Cuando temían y respetaban (si acaso existía alguna diferencia) a las criaturas de los bosques, manteniéndose a una prudencial distancia de sus boscosas entrañas, donde aún habitaba la magia ancestral.
Fue en esa época cuando fui consciente de mi existencia, como una parte ajena al bosque donde nací. Los yokai somos seres complejos. Sobrenaturales. Somos, en realidad, un fragmento del alma de la naturaleza. Antaño los humanos nos respetaban. Nos ofrecían regalos y ofrendas y, aunque no los necesitábamos, nos gustaba recibir su cariño. Además, dejaban sus asuntos lejos de nuestro reino. Ahora… Ahora tienen la desfachatez de llamarnos brujas, monstruos y toda clase de injurias.
Cuando tomé consciencia de mí misma, decidí otorgarme un nombre. Escogí Haruko, «nacida en la primavera», ya que amaba aquella estación: nuestro hogar resplandecía con cada rayo de sol, las flores y los arbustos se vestían con los colores más ricos e intensos que lograban invocar, compitiendo entre ellos por lucir más majestuosos que los demás. Los olores se mezclaban y creaban fragancias únicas, seductoras, en una mezcla de tierra mojada, lavanda y toques cítricos y acanelados.
Aquellos colores que tenían vida propia me hacían sentir completa, parte de un universo en perfecta armonía. No necesitaba nada más: jugar con los hermosos zorros plateados y cobrizos, volar al lado de las elegantes grullas o zambullirme en las gélidas aguas de los ríos para perseguir a los traviesos koi daba sentido a mi vida. Me gustaba adoptar el aspecto de cada uno de aquellos majestuosos animales cuando jugaba con ellos, pero, sin duda, la forma en la que me sentía más cómoda era la de Huli Jing o zorro de nueve colas.
Un bosque de bambú rodeaba el corazón de nuestro hogar, como fieros y decididos centinelas preparados para la lucha si alguien osaba invadirnos. Las cañas se apretaban unas a otras, entretejiendo sus hojas, para crear una suerte de cota de malla vegetal. Ese mismo espíritu de guerreros pacíficos caracterizaba también a los montes que abrazaban desde fuera al bambú. Parecía que las montañas se habían congregado en un corro inexpugnable para compartir confidencias.
Quizá era la forma de nuestro hogar la que le confería un halo de misterio y magia. Quizá ese carácter oculto es lo que trajo a los humanos. Por el día, el lugar quedaba regado generosamente por la luz de nuestra diosa Amaterasu; por la noche, su hermano, el dios Tsukuyomi, desplegaba su manto oscuro para mostrarnos la inconmensurable belleza de la luna en cada uno de sus ciclos.
Adoraba perderme en la perfección de la luna. Tan misteriosa y mágica. Luz y oscuridad en un fascinante equilibrio. Probablemente fue gracias a su poder que me di cuenta de ser un yokai. Y quizá esa sensación de pertenencia a un mundo sobrenatural es la que me despertó la imperiosa necesidad de protegerlo.
Decidí establecerme en un claro del bosque enmarcado por una arboleda de lilas, cuya fragancia me embriagaba y casi me sumía en un estado de trance. Tomé prestadas unas cañas del bambú más añejo, de tonalidades pardas, para construir mi pequeña casa. La decoré con gemas y minerales dorados como la miel, capaces de intensificar la luz del sol, y con piedras rojizas que tenían un aspecto similar a las guindas. Había quedado hermosa, casi como una casa de caramelo, dulces y chocolate. Para comérsela.
Llevaba un tiempo viviendo allí, entregada al cuidado del bosque, cuando llegaron. Dos cachorros humanos, vestidos con aquellas ropas de los que llamaban samuráis. Un sutil temblor recorrió el bosque, como si anticipara una amenaza contra la paz que allí reinaba. Cambié mi forma por la de un inofensivo y regordete pato amarillo, para poder espiarles y pasar desapercibida. La transmutación era uno de los privilegios de los yokai. Y yo me había convertido en una auténtica maestra.
Me acerqué, sigilosa, comiendo despreocupadamente las migas que estaban tirando aquellos niños.
—Hänsel, no es buena idea atravesar el bosque, estamos profanando un lugar sagrado… Además, siento una presencia acechándonos.
—Oh, vamos, Gretel. Somos hijos de un samurái: somos guerreros. ¿No me digas que crees en los yokai? —dijo el chico, mientras comía con ansia un mendrugo de pan untado con pasta de alubias rojas.
—No es eso… Es que no entiendo por qué debemos cruzar este bosque… Es como si de repente las ramas de los árboles se hubieran convertido en garras y se estirasen para atraparnos. Además, parece que hubiera unos ojos entre los arbustos, mirándonos…
—Bobadas. Eso son cuentos de viejas supersticiosas, Gretel. Y sabes perfectamente que la mejor ruta para atacar por sorpresa a los enemigos de nuestro clan es este bosque. Si vamos nosotros solos es más fácil tenderles una emboscada desde atrás, porque estarán pendientes del ejército de Padre.
—Ya…
Así que pretendían cruzar el bosque. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, haciéndose eco de lo que gritaba, desesperado, mi hogar. Nunca había sabido lo que era el miedo hasta entonces.
Tenía que hacer algo: si esos mocosos acudían a la guerra fratricida que habían mencionado, mis hermanos y yo (¡el bosque entero!) estaríamos condenados y la magia se extinguiría.
Los árboles y los arbustos se agitaron. Las bestias del bosque aullaron. Sabían la amenaza que se cernía sobre nosotros.
No había veneno más letal para la magia que la guerra de los humanos. Robaban la luz, la inocencia y la pureza de la naturaleza. Aniquilaban todo a su paso.
Nuestro hogar lloraba, anticipando aquella amenaza latente.
No podía permitirlo: si la guerra llegaba a nosotros, la sucia sangre humana emponzoñaría nuestras tierras, ahogándonos; traerían consigo la desgracia y el odio que emanaban sus mortales pieles.
Cambié de nuevo de forma, tornando mi cuerpo en el de una anciana y desvalida mujer. Preparé manjares dignos de los dioses, de aromas dulces e irresistibles para los humanos. Sabía que, si atrapaba a aquellos niños y los devoraba, salvaría el bosque y a mis hermanos.
Aunque ello significase condenarme y entregarme a las sombras.
