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A los nueve años, Lola recibe un disparo que le provoca la pérdida de un ojo. No recuerda quién le disparó. Descubre la bala en una radiografía y empieza su búsqueda por la verdad. A medida que avanza en su investigación, se va distanciando de su familia y advierte que la injuria sufrida queda redoblada por el ocultamiento, que no le permite hacer foco. La reconstrucción del acontecimiento devela no solo esa verdad sino otras que van surgiendo a lo largo de la novela. En Lo último que vi con mis ojos Marcela Chaoul combina hábilmente dos historias: la de la sanación de la protagonista, que a la hora de enfrentar la vida adulta aún sufre las consecuencias físicas y emocionales de los abusos familiares, y la de la reconstrucción de la escena del disparo que marcaría su futuro. Contundencia, sensibilidad e ironía se entrecruzan en una novela que explora la fuerza del espíritu humano y su capacidad de encontrar la belleza en medio de la adversidad.
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Seitenzahl: 143
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Marcela Chaoul
Chaoul, Marcela
Lo último que vi con mis ojos / Marcela Chaoul. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2023.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga ISBN 978-950-556-974-8
1. Narrativa Argentina. I. Título.
CDD A863
© 2023, Marcela Chaoul
© 2023, RCP S.A.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopias, sin permiso previo del editor y/o autor.
Digitalización: Proyecto451
Diagramación del interior y de tapa: Cerúleo
Foto de tapa: Adobe Stock - Darren Baker
Foto de contratapa: Patricia Zaietz
“Me sentía avergonzado de mi conciencia, avergonzado de estar haciendo lo correcto.”
Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, TIM O´BRIEN
“El dolor es tan elemental como el fuego o el hielo. Como el amor, pertenece a las experiencias humanas más fundamentales, a las que nos hacen ser lo que somos.”
La cultura del dolor,
DAVID MORRIS
Antes del disparo, yo era una nena inquieta y curiosa. Tenía hambre de conocimiento, de aprender, de saber, pero mis padres no querían una hija preguntona ni indagadora. Cuando sobreviví al disparo, empecé a ser como ellos querían, silenciosa y quieta: tonta y muda.
Vivía con mi madre, mi padre y mi hermano, Antonio, tres años mayor que yo. Los sábados por la tarde, intentaba que tuviéramos un espacio de juego juntos, un instante familiar. Extendía el tablero sobre la mesa del comedor y, al rato, como ninguno de los tres me acompañaba, tiraba los dados por cada uno de los invisibles participantes y movía las fichas simulando que mi padre, mi madre y mi hermano jugaban conmigo. Necesitaba crear un lazo de confianza más allá del lazo sanguíneo. En casa no había felicitaciones ni festejos ni risas. Todo era silencio o gritos. El único momento que compartíamos los cuatro juntos dentro de la misma habitación era durante algunas cenas. Cada uno tenía un lugar asignado. No hablábamos, no nos tocábamos, nos comunicábamos a través de gestos. Cuando mi padre quería sal, miraba al que la tenía cerca y señalaba el salero con el mentón. Cuando mi madre quería agua, ponía el vaso a la altura de los ojos de mi padre y él, con cara de disgusto, levantaba la pesada jarra de agua y emitía un sonido de esfuerzo. La falta de diálogo me resultaba tan insoportable que conversaba conmigo para sobrevivir al ruido del silencio y, por momentos, dentro de mi mente creaba un parloteo verborrágico para resistir el asco que me causaba escuchar cómo mi madre trituraba la comida entre sus dientes con la boca abierta. Observaba a esa mujer y a ese hombre: ningún rasgo de ellos, que parecían no tener nada para decir ni nada para compartir, se asemejaba mí. Mi hermano también comía con la boca abierta y, si alguien dejaba algo de comida en el plato, extendía su brazo para que le diéramos las sobras. Deglutía la comida desmedidamente, como si en vez de hablar y decir lo que sentía, se comiera las palabras. En él, tampoco encontraba nada de mí. Mi habitación daba a la suya y cada vez que llamaba a su puerta para hacer algo juntos, Antonio la abría, con la panza fofa al aire, gritaba que lo dejara en paz y cerraba de un golpe. A pesar de sus reacciones, yo me desvivía por compartir tiempo con él. Muchas noches, me quedaba en el baño a la espera de que Antonio tuviera que usarlo. Cuando aparecía, por un instante yo era feliz, pero al verme, él me echaba con un insulto y yo volvía a mi cuarto con el corazón partido. Era tan testaruda que no aprendía la lección. No aceptaba que mi hermano, mi par, me despreciara como si le hubiera hecho algo grave, algo que le diera una razón para odiarme. Prefería aguantar su maltrato, aunque fueran un par de piñas, a que no me tocara en absoluto. Él abusaba de la impunidad que mis padres le daban. Cuando me agredía delante de ellos, no le decían nada. Peor aún, parecía que mi madre reprimía su deseo de aplaudir, al tiempo que hacía un gesto de victoria, como si fuera una competencia. Así se comportaba ella cada vez que yo recibía una agresión de mi hermano, con esa sonrisa desagradable y misteriosa, y mi padre se desentendía, como si existiera un código entre todos ellos del cual me excluían. La mayor parte del tiempo yo tenía la sensación de que ocultaban algo, ellos jugaban en equipo contra mí. Como no sabía qué más hacer para que me incluyeran, dejé de armar el tablero de juego, dejé de hablar e intenté hacerme inaudible. Me sacaba los zapatos en el ascensor e iba en puntas de pie hasta mi cuarto. Durante la cena procuraba masticar sin ruido, dejaba que la saliva disolviera la comida, pero la estrategia era infructuosa. Cuanto más silenciosa me volvía, menos me integraban. Llegué a una conclusión: mi hermano, mi padre y mi madre deseaban que la bala me hubiera matado.
Cuando terminó la dictadura, mi hermano, después de votar por primera vez, emigró a Estados Unidos para estudiar Ciencias de la Comunicación. Se recibió con honores. Sin embargo, entre nosotros, apenas conversábamos. Las pocas veces que se dirigía a mí, por teléfono o cuando venía de visita, me reprochaba que no me ocupaba lo suficiente de nuestra madre. Ella solía quejarse con él, le molestaba que yo procurara tener amigas para salir a divertirme como cualquier adolescente, como se divertía él con su amigos, a once mil kilómetros, sin dar explicaciones a nadie, apareciendo únicamente cuando se le antojaba.
Mi padre, después de la partida de Antonio, se ausentaba cada vez más. A tal punto que a veces yo no sabía si andaba de viaje vendiendo sus productos o vivía en otra casa. Por un tiempo, creí que el equipo de ellos se había desarmado y que yo tendría una oportunidad con mi madre para salir de compras y pasarla bien entre mujeres. Si antes de que mi hermano se fuera, el hobby de ella era injuriarme y agraviarme, cuando él ya no estuvo, se tornó aún más insoportable.
—¿A dónde vas? No podés salir y dejarme sola. ¿Ves que sos una mierda? ¿Te creés que porque te maquilles así le vas a gustar a alguien?
Hacer mi vida me resultaba imposible. A veces me quedaba, pero cuando lograba irme, no disfrutaba ni un segundo pensando en cómo estaría ella.
Durante un año soporté la desesperación de mi madre, que llegó a límites alucinantes. Algunas noches se arrastraba por los pasillos con la ropa de mi hermano en su boca, como un perro rabioso destrozando, con los dientes, a su presa, o entraba a mi cuarto a las tres de la mañana y se metía en mi cama, borracha y desnuda. Cuando amanecía, su furia afloraba.
—Sos una degenerada, hija de mierda, andate de esta casa.
Si, de casualidad, mi padre había pasado la noche en casa, hacía la vista gorda y se iba a trabajar. Pero una mañana, cuando además de los agravios, mi madre me mordió el brazo, él, que estaba desayunando, acudió a mis gritos, y cuando vio la sangre, desató su corbata e hizo un torniquete sobre mi herida. En la guardia médica, le pedí que me alquilara un departamento.
—No la aguanto más, mamá es peligrosa.
Él tardó en contestar.
—No —me dijo.
Días después, cuando había pasado el efecto de la mordida, recurrí a una extorsión que no sabía si podría sostener, pero era la única salida que había encontrado para preservarme.
—Si no me pagás un departamento —le dije por teléfono—, te doy por muerto y nunca más te vuelvo a ver.
Colgó sin siquiera decirme chau. Empecé a temblar, perdí la fuerza que había tenido antes de amenazarlo. No sabía si volver a casa. Si él me echaría. Fueron cinco horribles y temerosos días en que no lo vi, no volvió a casa ni una noche. Dejé que mi madre siguiera con sus ataques y destrozos. Con diecisiete años, no veía futuro para mí. Cuando estaba por concluir el sexto día, mi padre dejó en portería las llaves de un departamento ubicado a tres cuadras de casa, sin una nota, solo las llaves y plata. No perdí un segundo. Agarré mis cosas, una valija y, mientras buscaba un taxi, mi madre salió a la calle. Me insultó, clavó sus uñas en mis brazos y forcejeamos con la valija. Cuando vi que se acercaba un taxi libre, me la quité de encima con un empujón y paré el vehículo. Ella quedó tirada en la vereda, sacudiendo sus brazos y exigiéndome que le pidiera perdón. Entré al taxi, cerré los ojos y dejé que el asiento me acunara.
En el nuevo departamento no lograba calmarme del todo. Mi madre llamaba por las mañanas, por las tardes y a cualquier hora de la madrugada, rogándome que volviera a casa. No me animaba a desenchufar el teléfono por temor a que apareciera en mi puerta. Solo por pensar en ella todo mi cuerpo temblaba. Cuando salía a la calle, me atemorizaba encontrarla por el barrio. Cada mujer de su edad con pelo castaño que veía de lejos en el supermercado o cruzando una calle, para mí, era ella y me quedaba quieta, dura, esperando a que esa mujer se acercara y me agrediera.
Una mañana, después de su llamada repitiéndome lo mala hija que era, y que debía pedirle perdón, llamé a mi hermano en busca de apoyo.
—Dejame en paz, Fabiola. Pedile perdón a mamá y volvé con ella.
—¿Perdón por qué, Antonio? No entiendo qué hice.
No contestó, cortó. ¿Qué sabían ellos que yo no? A medida que pasaban los días, perdía el valor de vivir lejos de mi madre, era como un vicio: no podía vivir con ella, tampoco sin ella. Esa noche, mi madre llamó llorando, pero llorando de verdad, no esa queja caprichosa e infantil, escuchaba, en su voz, un verdadero dolor que venía de muy adentro y sentí tanta pena por ella, o quizás por mí, que volví a casa con todas mis cosas para que ella pudiera seguir maltratándome y yo dejar de temblar y de temer verla en la calle. Ahora, si se le rompía una uña, yo recibía una bofetada y debía pedirle perdón: “Perdón, mamá”, decía, con tal de que se desenojase y parara de pegarme. Si el sabor del pollo no era el que ella esperaba, me denigraba como si fuera la responsable de lo que sucedía dentro de su paladar y debía pedirle perdón: “perdón, mamá”, decía una y otra vez. Había devuelto el departamento y no tenía a dónde escapar. Pasaba la mayor parte del día deambulando por la calle, haciendo tiempo. Sonreía a los niños que caminaban de la mano de sus madres y, cuando alguno me devolvía la sonrisa, sentía que existía: que alguien validaba mi condición de ser humano. No importaba a qué hora regresara, mamá siempre esperaba en la puerta del ascensor y, antes de que yo pudiera entrar, me agredía con palabras humillantes, me pegaba piñas por todo el cuerpo. Me hacía una bolita con mis brazos sobre la cabeza y, cuando ella aflojaba, le devolvía los insultos y, poco a poco, no diferenciaba quién era ella y quién era yo, como si fuéramos la misma persona. Iba perdiendo la brújula de mi ser y no tenía a quién recurrir. Incluso mi padre, cuando presenciaba el abuso de ella sobre mí, se enojaba conmigo como si yo hubiera sido la madre y ella mi hija. Las chicas con las que me había recibido del secundario (no eran amigas, yo no tenía amigas) estudiaban, iban al club y salían con chicos. Yo no sabía qué hacer con mi vida. No sabía quién era ni quién quería ser. No sabía, tampoco, si era capaz de estudiar una carrera. Mi madre decía que solamente me querrían los locos o los estúpidos. Del último viaje, mi padre me había traído una cámara réflex para sacar fotos y, como yo no sabía usarla, me anoté en una escuela terciaria de fotografía que quedaba a pocas cuadras de casa. Los deportes tampoco me apasionaban. A mi padre sí: me obligaba a jugar al tenis y a nadar. El tenis le resultaba demandante a mi único ojo sano. Me daba dolor de cabeza seguir la pelota amarilla por la cancha y temía, cuando jugábamos dobles, que me encajaran un raquetazo del lado izquierdo. Abandoné. En cambio, la natación fue un descubrimiento encantador, disfrutaba deslizarme en el agua y, para mi sorpresa, era buena nadando crol. La pileta empezó a ser un lugar de escape, un lugar donde me sentía abrazada por la tibieza del agua. Nadie criticaba si chapoteaba o si hacía la plancha. Sin embargo, a pesar de tener mis actividades, era muy difícil encontrar un espacio, dentro de casa, en el que no me sintiera asfixiada.
Una noche, tiempo después de haber cumplido veintiuno, mi padre llegó alrededor de las diez, entró a mi cuarto, algo que no había hecho desde mi infancia, y en voz muy baja, pegado a mi oído, dijo:
—Te compré un departamento para que te vayas a vivir sola. —Su aliento olía a whisky.
Sacó un manojo de llaves del bolsillo y las movía como si fuera un sonajero.
—¿Lo hablaste con mamá?
—No —dijo con sonrisa pícara y se fue.
Yo no sabía si alegrarme y saltar de felicidad por tener un lugar a dónde ir o si había pasado algo que mi padre no dijo. Otra vez, como venía haciendo desde mis nueve años, desde que había recibido un disparo, me enfrentaba a las palabras no dichas. Debía soportar en silencio, el silencio de mis padres. Empezó a dolerme la espalda, el cuello y golpeaba la cabeza contra la pared. Olía que algo había pasado, pero tampoco de eso me enteraría. De todas maneras, a los pocos días, me fui a vivir sola.
Me llevó varios meses acostumbrarme a disfrutar mis silencios. Durante largas horas, sentada en el balcón, miraba los pajaritos posados en los fresnos. No daba explicaciones a nadie sobre qué comía, si miraba televisión hasta tarde o si me quedaba en la cama todo el fin de semana, sin hacer nada. Al no confrontar con mi madre por cada cosa que hacía, empezaba a apropiarme de mi vida, a ser responsable de mis decisiones, y eso me gustaba. También me daba cuenta de que sacar fotos alimentaba mi espíritu. Tenía una ocupación y eso me hacía sentir adulta. A pesar de que mi madre llamaba a diario y amenazaba con suicidarse: “que te quede bien claro que la única culpable vas a ser vos”, por alguna razón, podía abstraerme de sus palabras.
Una mañana, cuando quise levantarme de la cama para abrir las cortinas y regocijarme con la hermosa entrada del sol, sentí como si una pesa empujara mi cabeza hacia el piso. Tomé una aspirina y, al rato, cuando me sentí mejor, fui a nadar segura de que había sido un dolor común y corriente. Después de almorzar, empecé a tener mareos y me dolía la cabeza con mayor intensidad y, por más medicación y reposo que hice, las puntadas no se iban. En vez de ir al curso de fotografía al que asistía por las tardes, fui a la guardia médica y dijeron que podría tener sinusitis. Me hicieron una radiografía de la frente. Al rato, con la placa en la mano, entré a un consultorio detrás de una doctora. Le temblaban las manos. Su rostro denotaba una palidez excesiva. Cerró la puerta, encendió una pantalla con luz blanca y colocó la radiografía sobre la luz. Vi el esqueleto de mi cara: ojos y nariz. Era la foto más fea de mí que había visto en mi vida. Su dedo índice tembló aún más cuando señaló un diminuto punto blanco dentro de la órbita del ojo izquierdo.
—¿Tengo sinusitis? —pregunté.
Asintió, sin decir nada. Con mucha lentitud retiró la radiografía del aparato y me la entregó. Su silencio empezaba a incomodarme.
—Sí, tenés sinusitis, pero ese puntito no es la sinusitis —dijo, por fin.
Miré el puntito: nada me pareció extraño o fuera de lugar.
—El puntito blanco que se ve ahí es un hallazgo. ¿Alguna vez te metiste algo metálico por la nariz? —dijo, en voz baja, como si temiera ser escuchada.
Cuando oí “metálico” enseguida entendí a qué se refería. Ahora sí sabía qué era ese puntito con forma de hongo. Ella me miraba con el ceño fruncido, expectante. Pensé en tranquilizarla y decirle que sí, que sabía que tenía algo metálico dentro de mi cabeza. Al mismo tiempo, luchaba conmigo para seguir ignorando que había recibido un disparo.
—¿Puede ser una bala? —pregunté.
El alivio en su cara confirmó lo que más temía. Se me aflojaron las piernas. Sentí un cimbronazo, como si algo dentro mío hubiera explotado. Imagino que así debí haber sentido cuando la bala me atravesó.
—Sí —dijo, suspirando.
La sala, ella, la radiografía, todo comenzó a dar vueltas. La doctora me agarró del brazo, me sentó y bajó con suavidad mi cabeza entre mis piernas.
—¿Querés que llame a algún familiar? —dijo, con ternura.
¿A quién llamaría? ¿A Antonio, que vivía en otro país? ¿A mi padre, que andaba por el mundo vendiendo su materia prima? ¿A mi madre, que negaba tener una hija mujer? Cuando le preguntaban si tenía hijos, contestaba: un hijo varón.
—Ya está pasando —dije.
