Lobo viejo - Mariano Antolín Rato - E-Book

Lobo viejo E-Book

Mariano Antolín Rato

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Beschreibung

El escritor Rafael Lobo ha decidido emprender un viaje en su viejo Ford Capri para saldar, definitivamente, todas las deudas pendientes con sus fantasmas personales. Un viaje que le llevará a los territorios reales -los del sur de España carcomido por la especulación y el desarrollo salvajes-, a los de ficción -los de sus propios libros-, y a esos otros que entremezclan lo vivido con lo que hubiera podido ser. La vida y la literatura se enfrentarán con todas las consecuencias en una lucha a veces cruel, otras no queriendo tocarse la una a la otra, y siempre con cada una de ellas reclamando su lugar desde que Lobo encuentra a la joven Silvia Solís, a su madre Mery Suardíaz y a García -el traductor, viejo conocido que es, en cierto modo, su complementario y su contrincante-. Todo comienza a desatarse en un ajuste de cuentas con el tiempo. El amor y las traducciones, el paisaje destrozado y los sentimientos heridos, la grandeza y el fracaso del puro vivir aparecen unas veces como voces principales y otras como telón de fondo de una existencia -la del héroe de otras novelas del autor que aquí se convoca para gozo de sus seguidores- que parece empezar a cerrarse entre las luces -siempre tenues- de lo logrado y las sombras -demasiado poderosas- de lo que nunca pasará de un sueño no cumplido. Y habrá de ser el lector, a fin de cuentas, quien acabe por decidir quién gana la partida. Con "Lobo viejo", Mariano Antolín Rato, uno de los narradores más personales, épicos, seguros y audaces de la literatura española de hoy, ha construido una novela en la que lleva a su máxima expresión todas las obsesiones que han hecho del conjunto de su escritura una muestra imprescindible del devenir de su propia generación, esa que comenzara su peripecia con la música de Bob Dylan y que aquí se refleja con inusitada brillantez.

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Veröffentlichungsjahr: 2012

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Mariano Antolín Rato

Lobo viejo

Contenido

I

[La actividad registrada en el cerebro...]

[Rafael Lobo ha levantado la vista...]

[Esta mañana, al despertar...]

[Tiene un ego tan grande...]

[No era del año la estación florida...]

II

[Una tarde, diez días...]

[Salen de casa de García...]

[Algo que resulta extraño...]

[La cortina se mueve con la brisa...]

[Rafael Lobo podría haberse ahorrado...]

III

[Miércoles 21 de diciembre...]

[Aunque quizá influya la suciedad...]

[El traslado de las escasas pertenencias...]

[A Rafael Lobo no le detienen...]

[Una mañana de febrero...]

[Se sorprende, claro...]

Finale

[Más al norte...]

Créditos

A Cristina y Luis Suñén,

en la hora de luz violeta

I

La actividad registrada en el cerebro de Rafael Lobo se concentra en el espejismo de una idea flotante. De noche, al circular por la autovía con las manos en el volante, está pensando: «Hubo una época de mi vida en que creí que podía pasar cualquier cosa; y algunas, la verdad, pasaban». Eso viene seguido de un naufragio a orillas del desconsuelo donde considera que entonces él era joven y vivía con la impresión de que le quedaba todo el tiempo del mundo. No como ahora, tantos años después, cuando ya es un tipo mayor —bueno, viejo—, que seguramente sólo continúa en marcha porque ni siquiera tiene un sitio donde caerse muerto.

Por la ventanilla del coche entra el aliento tibio del cercano Mediterráneo, en reposo, inaudible, oscuro. Lobo acelera para adelantar a un interminable TIR, y los faros de su Ford Capri iluminan una señal de tráfico. Colgada encima de la carretera, le dice que se encuentra a menos de cincuenta kilómetros de un sitio al que literariamente lleva años volviendo. Torregrao.

A partir del momento en que leyó TORREGRAO 47, escrito en letras blancas sobre fondo azul, la concentración extrema en el sonido del motor, otras veces sedante, tampoco apacigua las turbulencias mentales que perturban a Rafael Lobo. Hombre nómada —o eso se considera—, acaba de disminuir la velocidad, distanciándose aún más de la amnesia colectiva del ambiente. Según él, en esta época paralizada por un hipertrofiado presente, el olvido se extiende como una pandemia a la que su memoria presenta batalla. Fracasa, sin embargo, en sus intentos por identificar los motivos inmediatos que le han traído, una vez más, a esta parte de la costa. Tienen relación —Lobo apenas lo duda— con algún deseo suyo, no consciente quizá, pero activo debajo del arrebato de comienzos de junio pasado.

Y sin que la expresión de ensimismamiento se le vaya de la cara, en los recuerdos de Rafael Lobo priman las imágenes de un Madrid donde él llevaba demasiado tiempo quieto. Era a fines de la primavera anterior, y se sorprendía en sus calles deteniéndose delante de imaginarias tiendas de ataúdes. Con un perenne noviembre frío y lloviznoso enquistado en su alma, las palabras sólo surgían como reflejos apagados de un estado de ánimo tenebroso y dolorido.

Hasta que un día, al fin, ya no refrenó más la necesidad de demostrarse que estaba recuperado de su accidente de moto y tomó la carretera, para él un sustituto de la pistola y la bala, igual que el mar y los balleneros lo fueron para Ismael, el de Herman Melville. Yendo de un sitio para otro —esperaba—, quizá llegase a despegar hacia un ámbito en el que las cosas no vinieran tan mal dadas como durante la reciente y larga temporada de inmovilidad. Unos meses de parálisis física que sin duda afectaron también a su funcionamiento intelectual y sensitivo, en los que, entre otros libros —no muchos— había vuelto a leer Moby Dick.

Ahora, casi terminado el verano, conduciendo una aparatosa antigualla que circula de noche por la autovía del Mediterráneo, Lobo se resiste a admitir que cuando se puso en marcha tuviera previsto que su destino sería el que estaba escrito en la señal de tráfico dejada atrás. Torregrao.

Ha pasado más de tres meses viajando. Primero fue en dirección norte. Dejada atrás la frontera española en Irún, se dirigió a Calais —sigue un abstraído Rafael Lobo, que revisa sus recientes movimientos por el espacio y por la imaginación—. Tardó más de media hora en cruzar los claustrofóbicos cincuenta kilómetros del Eurotúnel —39 de ellos bajo el mar—. Luego, desde Folkestone, condujo por la izquierda sin demasiadas dificultades hasta Londres. Allí estuvo cerca de un mes en la casa que le alquiló un amigo —también escritor, pero inglés—, mientras éste pasaba el verano en la Provenza. Quizá porque la casa estaba en Ladbroke Grove, a dos pasos de la parte alta de Portobello, la presencia de Sofía Tristán volvió a acecharle tantos años después de su vida en aquella ciudad, juntos y separados, radiantes y en la desdicha. Dedicó casi todo su tiempo a escribir, trató de no ver a nadie y, por la noche, después de pasar un rato en el pub del barrio, callejeó durante horas para eludir el insomnio y unos recuerdos que aún le atenazaban. En especial cuando se unían a la idea de que ya casi no le quedaba futuro.

Al volver a España, en el mismo coche, hizo paradas, la mayoría en casas de amigos. Todos le recibieron con más afecto del que él consideraba merecer. Pero como Rafael Lobo raramente mantiene relaciones estables y casi siempre evita atarse a un lugar fijo para no sentir que forma parte de un mundo concreto —¿por qué no le molesta más ser así?—, sólo se quedaba unos días. Para él, y últimamente hasta un grado que podía alarmarle, los desplazamientos constantes con el cerebro volcado al exterior propiciaban un estado en el que creía evolucionar, aprender, resolver algo. Y Lobo incluso llegaba a delirar que el movimiento sin conexión con los estratos acumulados en la memoria a la espera de momentos cumbres, en vez de metáfora de la propia incapacidad para resolver sus problemas y obsesiones, terminaría por sacarle de la propia vida.

Sin embargo, cuando los faros de su coche vuelven menos negra esta noche, va a detenerse bajo un cielo con nubes que tapan la luna. Y se va a detener precisamente no lejos de un pueblo, Torregrao, depósito de recuerdos suyos habitados por personas cuya desaparición resulta tan dolorosa que prefiere creer que fueron imaginarias, inventadas.

Agotado, con sueño, casi sin gasolina en el depósito que alimenta los seis cilindros en V del Ford Capri, Lobo se acaba de enterar —lo vio en otra señal de tráfico—, que 500 metros más allá hay un área de descanso. Hará un alto allí. Por lo que dice un cartel más de encima de la carretera, Puertaeuropa —alguien le había mencionado ese sitio hacía poco—, no se encuentra lejos y, en consecuencia, Torregrao sólo está a unos 30 kilómetros. Motril, que se puede evitar por la carretera de circunvalación, queda entre los dos pueblos.

Rafael Lobo aparca y, a punto de quedarse dormido, se ve como uno de los soldados japoneses perdidos en las islas del Pacífico después de 1945. También él lucha en una guerra —pero en su caso exclusivamente interior—, que ha terminado mucho tiempo antes.

Una descripción detallada de las cosas que le pasan seguramente resolvería mejor sus problemas. Detenerse a explicárselas buscando una relación simbólica entre ellas más allá de los datos proporcionados por los sentidos, sería olvidar, sin embargo, sus diferencias. Y las diferencias, sobre todo entre personas, constituyen la materia de la literatura. La que él practica, inevitablemente con finales sombríos, al menos.

Y entonces, a Rafael Lobo, recién despertado un amanecer de mediados de septiembre dentro del coche que en ocasiones como ésta para él es el Hotel Capri, se le ocurre, quizá tratando de darse ánimos: «La verdad, no me importaría nada llegar con retraso a la hora de mi muerte».

En el sueño, o más bien pesadilla, de cuyo viscoso interior emergió momentos antes, unos escalones desaparecían debajo de sus pies cuando trataba de subir por ellos hacia un periodo remoto de su vida: su propia juventud. Y en la cercana versión onírica de aquellos años perdidos varias glaciaciones atrás había un protagonista absoluto: David Rey. David Rey, que aún persiste como visión hipnagógica, imagen de un duermevela que empieza a desvanecerse y se recupera sin que uno sepa nunca si en realidad es la misma que estuvo a punto de olvidar. Y antes de despertar, pulsante, inestable acorde fundido con la melodía espasmódica de una edad profundamente enraizada en la memoria de Rafael Lobo, la figura imprecisa de su antiguo amigo devolvía a la muerte una mirada de fría indiferencia.

Chico salvaje de las montañas, rebelde sin pausa —los sueños y sus juegos de palabras, ya se sabe—, David Rey, muerto el invierno pasado, en ocasiones le hacía sentir culpabilidad por haberle sobrevivido. Y David Rey dijo en el todavía cercano y vacilante universo que Lobo soñaba: «No te lo tomes en serio, sólo es una historia para la que no está preparado el mundo y que nos llevará a todos por delante».

Mientras Rafael Lobo asentía como uno de esos perros estúpidos que se ven en la bandeja trasera de algunos coches, el David Rey del sueño —sí, ya está muerto, y tú no puedes hacer nada— añadió un poema de los que había publicado. Terminaba: «Hay abismos a los lados del gato de Cheshire / bajo la lluvia de perlas o aerolitos». Y su viejo amigo tenía unos ojos anfibios, fríos, claros y oscuros a la vez.

Dominado por la sensación de encontrarse en una parada intermedia del camino hacia el desastre, Rafael Lobo supone que la luz, producto de la difusión de los rayos solares al colisionar con la atmósfera terrestre, podría ser la del ocaso. Una puesta de sol, desde luego, se correspondería con su ánimo, con su edad.

Pero está amaneciendo y Lobo, con los ojos entreabiertos, ve, o quizá intuye, que más allá del interminable capó, hacia lo que él supone el este, el cielo empieza a pintarse de naranja. Sale un sol de bajo voltaje y en sus rayos, igual que cuando se los contempla a través del humo de un incendio, predomina la zona amarilla y rojiza del espectro.

Ha puesto el asiento en posición vertical —como en los aviones—. «¿Dónde coño están las gafas de sol?» —se enfada, buscándolas deslumbrado, a tientas, en la guantera—. Simultáneamente, una voz interior decreta, recurriendo a las palabras de alguien: «Los que cruzan mares, mudan cielos, no ánimos». Y Lobo reconoce que es la suya, tan diferente de la voz de David Rey vuelto a desvanecerse en aquel pasado que se hizo presente teñido de incertidumbre en la última pesadilla o quizá antiguo recuerdo.

A primera hora de la mañana, de nuevo en plena huida de sí mismo, Lobo aprecia que a su izquierda la bruma convierte el mar en cielo. Es una percepción fugaz. Enseguida queda difuminada por la idea de que tratar de entender su antigua relación con David Rey es como explicar un viaje a quien nunca haya tomado ácido.

Sin haber sido expresada del todo, esa idea se dispersa entre consideraciones intempestivas. Una de ellas —con mucha probabilidad procedente de la reserva de lecturas de Rafael Lobo—, es que la noche anterior él no se había parecido nada a los mamíferos marinos. Ballenas y delfines nunca pueden abandonarse completamente al sueño porque su respiración es voluntaria y están obligados a mantener despierto al menos un hemisferio cerebral. Pero él estaba exhausto y quedó profundamente dormido en cuanto detuvo el coche.

Ahora, sintiéndose igual de cansado que entonces, encima se muere de ganas de mear.

Se ha apeado del Ford Capri blanco, un ejemplar exótico y aparatoso pero aún con capacidad para circular en el siglo XXI. Protegido por una de las puertas laterales de aquel superviviente del periodo precámbrico de la industria automovilística, Rafael Lobo vacía el líquido del que su cuerpo exige expulsión urgente.

Al volver los ojos hacia un cielo enorme, un vértigo inverso tira de él hacia arriba. Durante unos segundos le traga un aspirador astral. Cae verticalmente por un agujero descomunal. Lobo ha leído que la estrella más cercana está a unos diez mil años luz. ¿A él cuántos le quedan? Sí, hubo un tiempo que creyó que más de diez mil. Los jóvenes imaginan que la vida durará casi siempre, y él sabe que la suya se acerca peligrosamente a los capítulos finales. Luego, vendrían días en los que él ya no existiría y que es incapaz de presentir.

No tarda en reafirmarse sobre el suelo. Había sido un vahído, sólo eso. Debilidad. Cansancio, sólo eso. Un cansancio de siglos, hiperboliza Lobo, clavando la vista en el charquito formado delante de sus Converse afectadas por una reciente viruela de salpicaduras de barro.

«Yo mismo soy la materia de mis libros» —se dice, con la sensación de estar viviendo algo ya vivido—. Y mientras vuelve a meterse en el coche, le ronda por la cabeza una frase rápidamente olvidada. Lobo supone que debía de ser una cita de otro escritor. No expresaba una idea mala del todo, y las ideas buenas siempre las ha tenido alguien antes.

Confiando en que cerca haya una estación de servicio donde echar gasolina, y con cafetería, restaurante, algún sitio para desayunar, Rafael Lobo arranca.

Sonido sordo, algo metálico, de los carburadores. Rápida aceleración. El Capri Mk III, de 1978, nunca tarda en alcanzar las 5.500 revoluciones y ponerse a 220 kilómetros por hora. Levantar el pie. Pero sólo un poco. Cuando ya se cuenta con cierta edad, por no decir que eres viejo, conviene no dar la impresión de que tienes miedo a ir más despacio. Te queda tan poco tiempo que, aunque no corras para ganar una carrera como hacías de joven, sigues sin parar porque el único premio consiste en seguir vivo, no declararse agotado, rendido.

«¿No vas muy deprisa?» —le había advertido él a su agente literaria, Nani Filosía, unas semanas antes.

«Wolf, eso no lo habrías dicho hace unos años» —le respondió ella, que conducía su New Beetle con aire acondicionado. Lobo, cuyo Capri no lo tenía, se fijó en que a Nani la edad se le notaba sobre todo en las manos.

Dentro de aquel modelo renacido de Volkswagen, el escritor y su agente cruzaron la mirada. Y más tiempo del adecuado. Fue una prolongación del contacto ocultar que, además de un peligro cuando se circula a bastante velocidad por una carretera de la Costa Brava llena de curvas, suponía que no se estaban ateniendo a un código establecido por los usos, y podría haber contacto físico. Ellos corrieron el riesgo de estrellarse y quedó bastante claro que la atracción entre los cuerpos estaba activa en las dos direcciones de la mirada.

Y en una autovía centenares de kilómetros al sur de la Costa Brava, pero también cerca del Mediterráneo, Rafael Lobo vuelve a aquellos días de hacía menos de un mes. Entonces Nani Filosía y él se divirtieron, se irritaron y sintieron una desesperación relativa que los dos disimularon. El sexo, egoísta y vulnerable, casi todas las veces de la semana que pasaron solos porque el marido y los hijos de ella estaban fuera, era resultado de una antigua atracción física hasta aquel momento nunca puesta en acto. Venía seguido de palabras un poco tensas, forzadas. Pero casi sin haber dejado de jadear, tendidos con los cuerpos desnudos que ya no se tocaban, volvían a charlar a gusto diciendo verdades y mentiras; hacían cosas juntos; se divertían como si no existieran aquellas relaciones sexuales.

*

Es imprescindible una limpieza de fondos, sobre todo los de la memoria. Rafael Lobo, al que Nani Filosía, aparte de llamar Ralph Wolf, solía apodar «El fuguista», ha decidido eso. Se nota a punto de quedar a merced de una reacción en cadena iniciada a partir de sus recuerdos recientes que le dejaría sin tiempo para vivir. Si se pusiera a recordar el pasado, incluso restando todo lo que ha olvidado que le pasó, los años que arrastraba ahogarían cualquier posible variación futura. Y así, en un intento por no quedar atascado en un presente donde no tendría cabida la reproducción a la misma escala de lo contenido en su memoria, Lobo se concentra en el control de los 160 caballos de su vehículo.

En un coche sin ABS, como el Ford Capri, que tiende a culear debido a la tracción trasera, conviene adelantarse a la frenada. Además, se agota la reserva de gasolina —el cabrón consumía unos 13 litros por cada 100 kilómetros—. Y encima, deslumbra la luz que incide en el parabrisas, polvoriento desde hacía mucho y churretoso después de haber pasado por un túnel que rezumaba agua.

Puestos en marcha los limpiaparabrisas y abatido el parasol de su lado, Lobo cree percibir que la luz incide más oblicua de lo que hubiera hecho unas semanas antes a la misma hora. Claro, entonces era pleno verano y ahora se acerca el otoño. Y en esta estación, mientras continúa librando una guerra perdida contra un pasado que le cuesta asumir como propio, Rafael Lobo, lo admita o no, suele responder a una querencia, un tropismo regresivo hacia esta parte de la costa mediterránea andaluza. Ofrece mejor refugio mental para capear un invierno que llega sin introducción y se va sin epílogo. Quizá por eso ha constituido una vez más el destino de su viaje. El sobresalto de unos kilómetros atrás, al ver la señal de tráfico que indicaba la proximidad de Torregrao, no se debía pues a la proximidad de ese pueblo. Para Lobo, su origen está en el recuerdo de unos hombres y mujeres y, en especial, de las relaciones que mantuvo con esos hombres y esas mujeres allí. Forman parte de su historia, sin duda, pero terminan por articularse en un resumen descorazonador. Precisamente éste: «Lo malo de hacerte viejo es que muchas de las personas que conociste y quisiste no se hacen viejas contigo».

Sí, en ocasiones Lobo piensa que más le hubiera valido estar muerto ya y no verse obligado a escuchar el bajo continuo de su memoria sobre el que se elevan las notas tristes del recuerdo de unos seres ya desaparecidos; o aún vivos pero definitivamente lejos de la volátil superficie del tiempo que él habita. Un tiempo con un espacio que en este mismo momento se estrecha.

Están reparando el firme de la autovía y obligan a circular por un solo carril.

Rafael Lobo trata de que su cara exprese indiferencia al iniciarse el atasco. Confía que las retenciones no duren mucho. Bueno, si todos mantienen la calma.

Parece que no va a ser así. Delante de su coche se ha colado un todoterreno que nunca rodaría fuera del asfalto y cuya posesión es fundamentalmente una cuestión de estatus social. Lo conduce un padre, con la madre al lado y los niños detrás. Pasaron por la derecha de su Capri, y todos le atravesaron con miradas propias de mejicanos que matan «no más por matar».

Mientras espera a que haya una distancia de seguridad suficiente entre él y la familia de aspecto tan agresivo, Lobo se hurga las narices y deja un moco pegado debajo del asiento que recoge acogedoramente su cuerpo hambriento, cansado. Es un asiento Recaro, de los caros, aunque él supone que no se llama así por eso.

«Venga, hombre, puedes acelerar un poco más. No te pasarás de revoluciones. Y ahora levanta el pie. ¿Ves qué bien? En cuanto salgas de la curva tengo ganas de un poco más de acción» —le dice el motor del coche a Lobo una vez que, terminado el atasco, ya se encuentra circulando por los tres carriles habituales.

«Sí, a lo mejor uno puede aprender a volar, pero nadie aprende a caerse» —responde él, sin hablar, añorando la sensación de cabalgar una moto como había hecho durante tantos años. No, nunca volvería a subirse a una Harley con la que te inclinas en las curvas, el aire envuelve, la velocidad forma parte de tu cuerpo.

Por suerte se había recuperado del accidente. Ninguna secuela, al menos en apariencia y hasta la fecha. Ni siquiera le queda un barómetro incorporado a sus huesos nuevamente soldados que anuncie los cambios de tiempo.

«Ha vuelto usted a nacer» —dijo una de las enfermeras que le atendió cuando lo llevaron al hospital, pero él pensó que su tono fue el de una joven que considera que un viejo ya no tiene nada que aportar y lo mejor sería que se hubiera muerto.

Después de salir de una curva en la que el Capri entró como si colocara el morro hacia la dirección correcta, por su propia cuenta, Lobo ve una señal que anuncia una zona de servicios a kilómetro y medio. Muy bien.

No tarda en detenerse en ella, y entonces exclama: «Hasta aquí hemos llegado», al ver los enjambres de urbanizaciones que se desploman en dirección al mar por las dos laderas de junto a la autovía. Son una muestra más —y lleva centenares de kilómetros siendo testigo de tales desmanes— de las construcciones ilegales con las que se forran los ayuntamientos.

Una vez fuera del coche, a pesar de la brisa que sopla, el polvo está demasiado cansado —puede que no tanto como el propio Lobo— para levantarse del suelo. El empleado que le cobra la gasolina con que él mismo se ha tenido que llenar el depósito, es seco, adusto. Claro, ya está en la provincia de Granada, y aquí por lo general la gente nunca mira de frente ni sonríe si no es obligatorio; y aun así lo hacen a desgana.

Un gato toma el sol junto a la puerta de la cafetería cercana a la que se dirige Rafael Lobo. Le mira como a su súbdito; sin variar de postura.

Comparado con los coches aparcados fuera entre bolsas y envases de plástico dispersos que van a durar hasta que el Sol se convierta en supernova, en el interior del local hay poca gente. Tardan en servirle y Lobo, que tras haber comprado el periódico ya lleva un rato largo esperando en la barra, se impacienta.

Como todavía no ha fumado ni un canuto, no puede atribuir aquella sensación de premiosidad a los efectos del cannabis, que ralentiza el tiempo y hace percibir más cosas por unidad de tiempo. Simplemente está en Andalucía y aquí todo transcurre en un mundo dominado por la pausa.

Dentro de una de esas pausas debía de estar el camarero, de pocas palabras y menos gestos. Acodado al otro lado de la barra, cruza unas palabras con un individuo del que la gente —supone Lobo— debía hablar mal aunque no lo conociese. Pelo tieso como si se lo hubiera untado con el gel con «efecto cemento» de los anuncios, camiseta negra sin mangas que pone «Rottweiler», el individuo dice levantando unos brazos que cantan heavy metal caliente en los sobacos:

—No me cobres mucho, que estoy en paro.

—Lo que marque —responde el camarero.

Rafael Lobo pasea la vista por el local, no tan desagradable como sus dos ocupantes, pensando que en los momentos tensos no hay que desmoronarse. Nada malo dura siempre. Tampoco lo bueno, es cierto, así que disfruta de los momentos agradables —pronto dejarás de tener hambre y sed—, porque luego vendrán los nefastos —cuando no tengas posibilidades de saciarlos de inmediato.

De esas consideraciones de manual de autoayuda, justificables en Lobo debido a lo muy vacío de su estómago, le saca una voz ronca y forzada, como gritada desde lejos.

—¿Qué? ¿Andamos con estrés?

Delante tiene al camarero en cuya lenta aproximación no ha reparado —una contradicción, sabe Lobo, pues si no se hubiera fijado en que se acercaba, estaría todavía más acojonado ante la expresión de desprecio que le lanza.

Rafael Lobo ya ha tomado dos cafés con leche decentes y un pincho de tortilla malo que le hizo añorar los de los bares de Madrid a media mañana. También devoró un montado de lomo y bebió un vaso de agua que le supo a productos químicos.

Luego, como ha visto que el servicio está bastante limpio, va al coche para recoger su neceser. Se lava los dientes y los sobacos, rociándolos con desodorante —más tarde se cambiaría de camisa, calzoncillos y calcetines—. No se afeita, pero se echa agua a la cara, aplicándose rápidamente un bálsamo hidrotermal y un instant moisture gel. Termina peinándose.

Cada vez tiene la frente más despejada; esto es, cada vez está más calvo. Se aprecia perfectamente desde que semanas atrás ha dejado de afeitarse la cabeza —se la afeitó todos aquellos años pasados para camuflar la calvicie—. En realidad, a partir del último accidente le importa menos —aunque algo sí— aparentar que es más joven de lo que en realidad es.

De vuelta al Hotel Capri, blanco, cubierto de polvo, en cuya ventanilla trasera un dedo ha escrito «guarro» durante alguna parada anterior, se pone a leer el periódico.

Comprueba nuevamente que los periodistas dan mucha importancia a pequeños escándalos políticos del momento que no tardarían en quedar desplazados por otros asuntos también carentes de interés. En la página siguiente, unas declaraciones le confirman que a los hombres públicos no les importa mentir si imponen su opinión. Se entretiene un poco en la información meteorológica. Antes de cerrar el periódico, también lee por encima una entrevista con un poeta que acaba de ganar un premio. Allá en el pleistoceno de la juventud, su antiguo amigo David Rey opinaba que aquel poeta sólo era uno de esos clones de Patricio Garrett. Claro que también solían incluirle entre ellos a él, a David Rey, ahora muerto y enterrado.

Lobo lucha contra la imagen que se impone. La de que a la larga la carne desaparece, pero los huesos duran, y no digamos los dientes que contienen la identificación, mientras deja el diario sobre el asiento del acompañante.

Luego prepara la mezcla de hash y tabaco encima de la guía de carreteras. Se estira para sacar el librillo de papel de fumar de la guantera y pican en el cristal de su ventanilla. Una forma oscura, abominable, eclipsa la luz.

Lobo queda paralizado. Se le forma un nudo en el estómago. Allí fuera, ahí mismo —está seguro—, acecha una sombra nefanda, repulsiva, necrófaga. Y encima es una sombra armada con una metralleta. Va a disparar. Dejará su coche como el de Bonnie and Clyde. Y con él dentro.

Rafael Lobo ha levantado la vista hacia el cristal del coche en pleno ataque de paranoia que no puede atribuir al cannabis —¡si no ha llegado a liar el canuto!—. La repulsiva sombra armada hasta los dientes —unos dientes sanguinolentos— ni siquiera adquiere la forma de un policía. Acaba de convertirse en la cara de una chica que sonríe tan maliciosamente como unas faldas alzadas por el viento.

—¡Perdón, perdón! —exclama, con un tono casi de burla, una vez que Lobo hubo bajado el cristal—. ¿Va usted a Puertaeuropa?

—No sé. No lo he decidido todavía. Podría ir si es necesario. ¿Por qué no? —responde entrecortadamente él.

—Bueno, necesario, necesario... Para mí sí, claro. —Al decir eso, la chica ofrece un perfil con una nariz un poco larga, labios pequeños bien dibujados.

—En ese caso, te llevaré. —Y mientras pronuncia esas palabras, Lobo se estira para abrir la puerta del asiento del acompañante, procurando que no se le caiga la mezcla de tabaco y hash que está sobre la guía, en su regazo.

—No es imprescindible... verá... a lo mejor podemos resolverlo de otro modo —titubea la chica que, cuando él vuelve a levantar la vista, le mira directamente a los ojos, con cierta prevención, como tratando de adivinar sus intenciones.

—¿De otro modo? —Ahora Lobo, encantado porque la chica parecía creer que a su edad él aún pensaba en aprovecharse de la situación, se dispone a salir del coche. Resulta incómodo, incluso degradante, seguir hablando desde allí abajo. Sentado tiene que echar la cabeza atrás para mantener los ojos clavados en aquellos otros; oscuros, lo mismo que el pelo liso. Y no grandes con relación a la cara de rasgos marcados, barbilla en punta.

—Es que el coche me acaba de dejar tirada. Y me faltan menos de diez kilómetros para llegar a casa, a Puertaeuropa —dice ella, señalando un Peugeot aparcado delante de uno de los surtidores—. Paré a echar gasolina y ya no quiso arrancar. El de la gasolinera es muy burro y no tiene más idea de motores que yo, pero opina que seguramente se ha quedado sin batería. A lo mejor podríamos intentar cargarla con el motor de su coche. No tendrá usted unas pinzas de batería, ¿verdad? ¿Y un móvil? El mío se ha quedado sin carga. Hay uno público en ese bar de ahí, pero no funciona. —Después de la nerviosa parrafada, debajo de un flequillo que desciende recogiéndose sobre las cejas como si fueran los flecos de una cortina que le cae desde la frente, la chica hace un atractivo mohín muy de francesa.

—No, no tengo unas pinzas de esas. Tampoco teléfono móvil. Pero ya te dije que te puedo llevar si quieres. ¿Quieres? —Lobo se había apeado del Capri, procurando no soltar un ¡aaay! al hacer el esfuerzo para levantarse.

—Si no va en esa dirección...

—Puedo ir en la dirección que quiera —la interrumpe él, parado delante de ella—. ¿Qué decides? ¿Te llevo?

—Guai —es la respuesta que obtiene.

La chica da pasitos con las piernas juntas subidas a unos tacones muy altos. Anda demasiado rápido y nunca separa los muslos, como si tuviera miedo de que la fueran a violar allí, sobre la marcha. Rafael Lobo, que la sigue, también piensa que son unas piernas largas, que le queda bien la minifalda de tela vaquera y que carga con un bolso de tamaño desmesurado.

—Tranquila, chica. Yo no tengo prisa. ¿La tienes tú? —suelta, sin poder contenerse.

Ella se detiene. Al volverse, la expresión de su cara está diciendo: «A estos abuelos les conviene que las cosas vayan despacio, porque si se aceleran morirán antes».

Al menos, así interpreta Lobo la mirada de la que sonríe como para sí misma, tal vez intentando que él comparta la gracia privada que se le acaba de ocurrir. Y consigue aguantar las ganas de responder a aquella descarada: «Lo que nos pasa a los viejos es que vamos despacio porque no tenemos prisa ni para morir».

Lobo hizo bien callando eso, pues se equivocaba. Ella está pasando revista al pelo blanco, o quizá gris, que le empieza muy arriba, en una frente con profundas arrugas. Mira también el bigote, canoso, de debajo de las gafas de sol —unas Vuarnet clásicas algo pasadas de moda—. Lleva un polo de algodón verde hoja seca y una chaqueta de ante que ha conocido mejores tiempos. Seguramente tendría unas piernucas escuálidas de viejo debajo de los pantalones; unos chinos no demasiado limpios. Para chófer ocasional podía soportarse. Le inquieta un poco, sin embargo, notar que aquel tipo mayor —a lo mejor su madre lo encuentra atractivo— pudiera estar calculando cuántas posibilidades había de que aquello terminase en algo más. Una cuestión que no debería preocuparle mucho, la verdad. Todos los hombres, incluidos los abuelos que se resisten a serlo como aquél, en el fondo esperan ese tipo de cosas, y luego normalmente no pasa nada. A ella, de momento, le conviene seguirle la corriente.

Empujan el Peugeot averiado entre los dos —en realidad, colabora el joven empleado de la estación de servicio, así que ella hace bien poco, aparte de atraer los ojos del chico, imantados por sus pechos.

Cuando el coche ya está en un sitio que no molesta mucho, la chica abre el portamaletas y saca una bolsa de viaje. Después va dejando en el suelo muchas otras bolsas de plástico y papel. También recoge disimuladamente los zapatos bajos que utiliza para conducir. Se los ha cambiado por los de tacón antes de bajarse del coche, quitarse las gafas graduadas y dirigirse a aquel aparatoso Ford de un modelo tan antediluviano como ha resultado ser su dueño.

Lobo, entre cuyas alergias se incluye el consumo indiscriminado, no llega a pensar que dentro de aquellas bolsas a cuyo traslado hasta su coche colaboró, sólo podía haber compras innecesarias. Lo mismo que el empleado de la gasolinera, él tampoco aparta la vista de la chica, que insiste en cargarlas ella sola en su coche. Al hacerlo, se le ha bajado un poco la mínima falda y, donde su carne deja de estar morena por el sol y aparece de un blanco deslumbrante, casi al comienzo de la raja del culo, distingue la parte de arriba de una braga roja. ¿Siempre usaría ropa interior de ese tipo?

La mirada de ella al darse la vuelta de pronto, le coge in fraganti —el mirón mirado—. Tiene la boca abierta. ¿No habría que ponerle un babero? —piensa la chica, aunque su expresión sea de esfinge en el momento de decir, como desahogándose:

—Por cierto, me llamo Silvia. —se ha subido disimuladamente la falda y bajado un poco la camiseta que le deja el ombligo al aire.

—Y yo Rafael Lobo —se atraganta al pronunciarlo. No entiende por qué le da la sensación de que el sonido de su propio nombre, con el apellido (ella no ha dicho el suyo), deja en evidencia su soledad.

—Muy bien, Rafa. Te llamarán así, ¿no? —dice Silvia, y es toda soltura, al tutearle—. Creo que nos hemos ganado una copa o algo parecido. Tengo la boca como la lija.

Dentro del bar, la «copa o algo parecido» se convierte en una cerveza para Silvia, acompañada de ensaladilla rusa. Lobo, a pesar de la hora, también toma cerveza. No va a dejar que beba sola, ¿verdad?

Sin enterarse de que ella siempre ha preferido que los hombres sean un poco torpes, porque si tratan de parecerse a los de las películas resultan ridículos, Rafael Lobo se esfuerza por demostrar que controla la situación. Pero en cuanto Silvia va al servicio, pide una cerveza más sintiendo una especie de ansia hacia lo imprevisible, lo lejos de su alcance aparente. Sabe que a su edad las posibilidades se reducen y nunca consigue creer que las cosas terminen por salir bien. Bueno, al menos todavía podrían no ir peor algunas cosas —es una frase que se le ocurre y carece de valor para decírsela a sí mismo ahora que piensa que siempre se ha tomado terriblemente en serio. Desde hacía un tiempo, cuando empezó a darse cuenta de que también él estaba de sobra la mayoría de las veces y pronto sería olvidado, lucha contra ello.

En contra de sus propósitos, dentro del bar de la estación de servicio, Lobo mantiene la máscara atormentada, sin duda exteriorización de conflictos interiores suyos, que le tapa la cara. Quitándosela quizá habría conseguido inspiración —o como quiera llamársele—, para que sus historias tengan mejores finales. Hasta el momento, sin embargo, los hombres y las mujeres de sus libros —reflejo de su propia vida como autoficción—, aunque supieran terminar dignamente, siempre terminaban mal.

—¿Ya has pagado? Gracias —dice Silvia, que acaba de volver del servicio y le habla desde bastante cerca—. Bien, entonces creo que es hora de que nos pongamos en marcha. Me muero de ganas de ver a mis hijos. He pasado casi un mes por ahí. —camina hacia la salida, deteniéndose a la puerta del bar. Lobo se apresura a abrírsela—. Gracias —repite ella y añade, olvidando que el sarcasmo de una mujer con un hombre es peligroso y conviene evitarlo—: Yo, que soy madre soltera, estoy por la igualdad de sexos, claro. El mismo sueldo y todo eso. Pero en la época que fumaba no me importaba que me encendieran los pitillos... o que ahora me abran las puertas.

Fuera, Rafael Lobo se le ha adelantado cuando van camino de aquel aparatoso coche suyo casi fosilizado. Tan blanco y tan llamativo, ¿no resulta un poco hortera? —piensa Silvia. Y al verle sacar una botella de agua de la máquina, también se le pasa por la cabeza que a Lobo le sobra pantalón o le falta culo.

—Bonito coche, ¿eh? —dice, con una sonrisa irónica, una vez que él se acerca.

—¿Tú crees? Tengo miedo de que no pase la próxima ITV —empieza a explicar Lobo, subiéndose al Capri, sin hacer ademán de abrirle la puerta por la que entra ella—. Ya casi es una pieza de coleccionista. Esta primavera me lo vendió un amigo de un amigo de mi cuñado... el marido de mi hermana —aclara, por si acaso—. Según el que lo vendía, el coche llevaba mucho en el taller. Al parecer, su dueño anterior se mató en un accidente que tuvo con él. El del taller lo reparó y lo usó un poco, pero hacía tiempo. Este Capri, opinaba él, le daba mal fario, y dejó que se llenara de polvo durante muchos años en un rincón. Hasta que un día, creo que fue a finales de abril o primeros de mayo, apareció un pardillo por su taller. Era yo, claro, y no le costó nada colocármelo. Dije que sí, sin molestarme en discutir el primer precio que me dio. —ella ha ocupado el asiento de al lado y le escucha con una sonrisa difícil de interpretar—. A veces pienso que lo llamativo de verdad de este Capri es que todavía ande. Pero de momento, hasta aquí me ha traído. Y no creas, estos últimos meses le he dado mucha caña. ¿Quieres? —le ofrece el canuto que ha liado mientras hablaba.

—No, gracias —rechaza ella.

—Allá tú. —Hay cierta petulancia en el tono de Lobo, que se quita la chaqueta de ante. Silvia ve que tiene tatuada en el antebrazo lo que le parece una tarántula. Además, aprecia de inmediato que el interior del coche, aunque apeste a tabacazo y ahora a costo, está muy ordenado. Una manta de viaje (bonita) cuidadosamente plegada en el asiento de atrás. Debajo asoman unos periódicos y un libro de título y autor que a ella no le suenan. Entre sus páginas, la factura de un hostal sirve de marcador. También hay un bloc con cosas escritas.

—Mañana volveré a por mi coche con alguien que tenga unas pinzas de esas para cargar baterías —comenta, girándose para echar una ojeada al Peugeot que deja en la estación de servicio.

—Puedo traerte yo, si quieres —Lobo ha respondido sin pensarlo, al tiempo que se limpia las gafas con un kleenex—. Siempre y cuando consigamos unas pinzas y, sobre todo, a ti no te afecten las malas vibraciones del coche. A pesar de lo que dijo el del taller, yo no las he notado especialmente.

—Ya veremos. Primero tenemos que ir a Puertaeuropa y luego... —titubea nuevamente Silvia—. Si mañana todavía andas por allí, a lo mejor estaría bien. Yo no soy supersticiosa.

La mirada huidiza de ella hace que Lobo se sienta estúpido y, al tiempo, poderoso porque puede decir muchas sandeces y Silvia nunca pensaría que es tan majadero como él se considera a sí mismo entonces. Sin embargo, aunque su supuesta capacidad para aceptar la propia estupidez le confiera una categoría superior —superior de «aquella manera», diría Nani Filosía—, eso no evita que pueda terminar convertido en una anécdota insignificante de la vida de aquella chica; ser únicamente un tipo que la ha llevado en coche. Claro que como ya pasó por situaciones parecidas muchas veces, esas cosas nunca le afectan especialmente.

Arranca el motor y Lobo recuerda que a su cuñado no le pareció nada bien que eligiera aquel coche.

«¿Tú te crees que esto es California en los años sesenta, o qué? Rafa, ni que esperaras que hay chicas rubias y guapas, sol y playas a disposición del que conduzca un trasto así. Esto no es una canción de los Beach Boys, ¿todavía no te has enterado? —se enrabietó el insoportable de su cuñado—. Esas gilipolleces deben ser cosa de vuestra familia. Tu hermana imagina cosas por el estilo. Aunque a ella ya la voy enderezando yo» —Lobo, que no estaba demasiado sorprendido por aquella ira apenas contenida, no respondía, y el otro añadió, procurando que el dueño del taller no le oyera—: «Además este Capri lleva muchos años sin rodar. Es una auténtica chatarra por bien conservado que parezca... como te pasa a ti. Por cierto, ¿ni siquiera después del accidente has aprendido a estarte quieto? Ya va siendo hora, ¿no?».

Las palabras estaban llenas de los mismos reproches que enturbiaron sus contactos durante los meses que Lobo pasó recuperándose del accidente en casa de su hermana y de él. Si no fuera por la existencia de la institución familiar, nunca habría llegado a conocer, y mucho menos a tratar, a un tipo así. Un alcohólico no sometido a tratamiento que mantenía con su hermana unas relaciones que muchos resumirían en «no se llevan bien». Condenados los dos a pasar jornadas enteras dentro de unas oficinas que, como el noventa y uno por ciento de las de Madrid, sufren un nivel de contaminación cuatro veces superior al recomendable para la salud, cuando salían de sus respectivos trabajos continuaban aburriéndose dentro de una casa abarrotada de objetos innecesarios. Llamaban vida a eso y él tuvo que participar de ella desde la cama, y después sentado o con las muletas las semanas en que todavía era incapaz de salir a la calle.

No le quedó otro remedio que recurrir a su hermana —y su cuñado— cuando le dieron de alta en el hospital. Y como cabía suponer de antemano, su propia incompatibilidad con ellos —y la de ellos entre sí— originó frecuentes discusiones. Y siempre por unos motivos tan carentes de interés que él ni siquiera los quiere recordar. Y menos ahora que prefiere concentrarse en imaginar que la chica del asiento de al lado practica la gerontofilia —un neologismo para designar la poco probable manía de las jóvenes por tener relaciones sexuales con viejos. Como él.

—Oye —dice, queriendo pasar por alto que el implacable transcurrir del tiempo le obliga a representar un papel que no ha ensayado; el propio de los de su edad.

—Oigo —responde Silvia, sin mirarle.

—Verás es que... en realidad, nada especial —empieza Lobo, y calla enseguida. No va a explicarle que le ha pegado al canuto y por eso todo resulta más intenso, más acogedor, más duradero. En lo primero podría influir la luz, pues la mañana avanza y el día se estaba despejando. Pero que el mundo resultara tan poco agresivo y más rico que las ideas que nos formamos de él visto a través del filtro que degrada lo existente y hace que disminuya su capacidad de atraer —lo que se conoce por visión normal—, sólo puede deberse a los efectos del cannabis. Y lo mismo la sensación de que se encuentra a salvo de los muchos problemas que andan sueltos por ahí a la espera de dejarse caer sobre alguien.

Refiriéndose a esa impresión de que, colocado, uno podía esquivar el bombardeo de problemas, dijo una vez David Rey:

«Holmes preguntaba solemnemente a Watson si tenía sentido este círculo de misterio, violencia y miedo que llamamos vida. Si no, el universo estaría regido por el azar, lo que es inconcebible» —y en el lejano recuerdo de Lobo, su amigo tenía aspecto de ángel con resaca al continuar—. «El propio Holmes se respondió que la razón humana estaba más lejos que nunca de encontrar una respuesta. Yo creo eso mismo, Rafa, pero a mí me da igual, me la refanfinfla todo el tiempo. A lo mejor es porque estoy loco y no me preocupo por mantener a raya mi lado oscuro. Y te voy a decir una cosa: en este mundo tan sin sentido tengo la sensación de que nunca me puede afectar nada.»

Las palabras de David Rey acuden a su memoria desde una noche de mucho antes de que el año 2000 dejara a Rafael Lobo convertido en un náufrago del siglo pasado. Él y su amigo, también superviviente del siglo XX hasta su muerte en la primavera pasada, fumaban un canuto mientras circulaban por Madrid, en aquella época para ellos la capital de la paranoia —un título que el joven Lobo planeaba dar a su primera novela, nunca llevada de las musas al papel—. Hacía poco que habían abierto el paso elevado para coches de Atocha, hoy desmontado y suprimido. Ellos, que consideraban Hollywood casi como un fenómeno natural, no una industria de billones de dólares, pasaban por encima. Querían revivir secuencias de bucles de carreteras sólo conocidas por las películas americanas —«decir cine americano es una tautología», había pontificado Godard—. Comenzó a llover y el Seat 600 de Lobo no quiso seguir andando. Le pasaba siempre que se le mojaba la tapa del delco.

David Rey, con el que Lobo nunca había estado en la costa mediterránea, se resistía a salir del coche detenido sobre un carril que dominaba los tejados de las casas próximas. Y quizá tratando de imitar a su admirado Sherlock Holmes sin conseguir ser tan misterioso, bohemio, maniaco, autodestructivo y, sobre todo, distante, decía, con sus sempiternas gafas de sol puestas:

«Aquí, metido dentro de mí, lo de ahí fuera sólo son problemas para los demás. Yo, al contrario que tú, no soy un realista, y sé que los problemas encontrarán alguien sobre quien cebarse. Pero no será sobre mí, pues con sólo fumarme otro canuto o meterme algo por el estilo, quedará todavía más claro que todo esto puede irse a la mierda sin que yo mueva un dedo» —y David Rey soltó una carcajada malévola que no encuentra reflejo en la sonrisa que Lobo le dirige ahora a Silvia y que quizá exprese: «Qué bien estar con una chica como tú, madre soltera y todo».

Sin imitar a aquel hell’s angel, de San Francisco, que según la leyenda se mató con su Harley en la esquina de Haigh con Belvedere cuando hizo un brusco viraje para no atropellar a un gatito que cruzaba con mucho sigilo la calle, Rafael Lobo ignoró al perro abandonado en la carretera y condenado a morir. Considerando que los seres humanos actuales suelen emocionarse más ante una lamentable escena como aquélla que ante el patético destino de Edipo o Antígona, escucha a Silvia.

—Hace unas semanas dejé el coche en el jardín de la casa de una amiga de Torremolinos. Esta mañana, al amanecer, de vuelta de unas vacaciones en Grecia, aterricé en Málaga y fui a recogerlo en taxi. Le costó un poco arrancar, pero anduvo sin problemas hasta esa gasolinera.

Ahora, a la derecha de la carretera, una hilera de pinos movidos por la brisa enmarca un mar de brillo opaco bajo un cielo que se ha vuelto desvaído e inexpresivo y no sugiere nada, sólo deslumbra. Lobo recuerda haber leído que en la antigua Grecia el murmullo de las hojas producido por el viento en los árboles transmitía el mensaje de un dios. En el momento presente, mientras sigue conduciendo, él se abandona a la voz, no de una diosa, por favor, pero que le suena a la de una Afrodita con dos hijos sentada al alcance de un anciano cansado —Poseidón, por aquello de la mar cercana— que escucha sus palabras como si procedieran del escuálido pinar que termina en el arcén de la carretera.

—Delante de aquellas ruinas —dice Silvia, que no ha parado de hablar y nunca le mira—, se me ocurrió que con un cielo mediterráneo contaminado, y sin gafas de sol, a los habitantes de la Hélade debió resultarles difícil de verdad ver cómodamente el Partenón, todo en mármol y entonces policromado.

No sería una diosa, indudablemente que no, pero al menos el relato de sus recientes vacaciones se aleja de los habituales. Sobre todo los de quienes han estado en lugares exóticos, por ejemplo Bali, de donde se alegran de regresar con vida. Y en la mente de Rafael Lobo esa idea viene seguida de un sobresalto repetido. Una señal de tráfico de la autovía indica que Torregrao se encuentra cada vez más cerca.

No, a Lobo no le apetece volver a Torregrao ahora que se siente una vida más viejo que la última temporada que pasó allí. Y antes de poderlo evitar, siguiendo unas leyes con las que nunca daría, si es que se pusiera a buscarlas, su memoria en lucha contra el olvido se dispara de modo indeseado.

Surgen imágenes de Roger Cámara, un amigo —también muerto— que tuvo en Torregrao mientras él escribía su novela El último hotel. Roger Cámara, poco más viejo de lo que ahora era él, había sido fotógrafo y llegó a parecerle un sabio que caminaba sin angustia hacia la puerta de la muerte. Durante unos meses, contribuyó a que él reviviera con mayor fuerza una desquiciada y absurda atracción de juventud reavivada por un encuentro reciente que le había llevado a Torregrao y personificaba una artista, Kiki Oirán, ya muerta. ¿Es que no quedaba vivo nadie aparte de él?

Sí. Lobo sólo tiene que mirar de reojo para percibir el halo de vitalidad que envuelve a la chica del asiento de al lado. También le parece que acaba de sonreír y deja caer los párpados en una pose reflejo de una inocencia ponzoñosamente libidinosa. Olvidando lo vejestorio que es, llega a pensar fugazmente que Silvia espera una caricia a la que responder.

Llevan un largo rato en silencio. Para Lobo es como si el mundo estuviera conteniendo la respiración a la espera de una época en la que la vida sea menos complicada. Vuelve a hacerla problemática que ella exclame:

—¡Atento! Rafa, la desviación hacia Puertaeuropa es la siguiente.

Los postes de los quitamiedos tienen protecciones de corcho sintético, una medida que puede salvar la vida de un motorista en caso de que la moto derrape y el piloto se deslice por la calzada hasta golpear contra el guardarrail —aprecia Rafael Lobo, un motero ya retirado—. Sin embargo, los quitamiedos no recorren todo el perímetro de la curva siguiente. Dejan desprotegidos algunos puntos por los que podría pasar incluso un coche y caer al vacío.

Es una carretera menos segura que la A-6 cuando se entra a Madrid desde el oeste. Y fue allí donde él tuvo el accidente el invierno pasado cuando iba ateniéndose a aquella máxima futurista italiana que entronizaba la belleza de la velocidad.

Después de que el asfalto saliera al encuentro de su cuerpo, Lobo cerró los ojos. Siguió un momento de ausencia durante el cual su mente intervino de modo directo, aunque él lo ignorara, en la acción de las hormonas que reducen el dolor. Aquello no le podía estar pasando a él, no entraba en sus planes —se dijo allí, tendido en la carretera, comprobando inmediatamente que, al tratar de moverse, aumentaba el dolor.

Y el dolor, constante y en progresivo aumento, lo producían algunas fracturas —diagnosticaron en el hospital al que lo llevaron—. La Harley prestada con la que se había estrellado, sin embargo, sólo salió del accidente con unas abolladuras y arañazos.