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Aparecida originalmente en 1990, Abril blues se desarrolla en un Madrid con puerto de mar y playa que ya se encuentra en anteriores novelas de Mariano Antolín Rato. La Revolución (con mayúscula) ha quedado aplazada por tiempo indefinido. Domina una parálisis que puede ser tomada por el nombre de un grupo de rock. Patricio Garrett acaba de regresar a España. Es un reconocido poeta que ha vivido años en el extranjero (básicamente en Estados Unidos), y en cuanto desembarca del avión se entrega a una especie de viaje iniciático enfrentándose a un presente siempre teñido por su pasado. Encuentra antiguas y nuevas amantes (Amelia Martí y su hija Diana). Viejos amigos y nuevos enemigos (Juan Martínez, su editor, y Billy the Kid, un joven estudiante con ambiciones literarias). Un conjunto de personajes que no hablan más que de sí mismos y nunca se ocupan de los demás. Hombres y mujeres de un presente sin opciones ideológicas. Seres que se confeccionan un universo intelectual más o menos a su medida, mientras tratan de resistir impávidos a la falta de sentido cultivando una ironía con la que se engaña o quizá se aplaza la desesperación. Y dominándolo todo, el constante delirio, estimulado por el alcohol y otras drogas, de Pat Garrett –que considera de mala educación el triunfo–, en su relación con unos personajes que, como en la voz de un negro que canta blues, practican una estética de la huida. A veces bajo cielos que lloran compadeciéndose de ellos porque hacen cosas malas y esperan trenes que ya se han ido.
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Seitenzahl: 313
Veröffentlichungsjahr: 2017
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abril blues
Mariano Antolín Rato
ISBN: 978-84-16876-12-9
© Mariano Antolín Rato , 2017
© Punto de Vista Editores, 2017
http://puntodevistaeditores.com
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
El autor
Mariano Antolín Rato nació en Gijón y estudió en la Universidad de Oviedo; Universidad Complutense, de Madrid; Università Cattolica, de Roma; y University College, de Londres. Es licenciado en Filología Inglesa y Filología Italiana. Traductor de reconocido prestigio, obtuvo el Premio Nacional de Traducción, en 2014. Ha colaborado o colabora en numerosas revistas (Papeles de Son Armadans, Revista de Occidente, Ínsula, Review of Contemporary Fiction, Cuadernos del Norte, Atlántica, entre muchísimas otras más), y en diarios (El País, La Vanguardia, El Mundo, El Sol, ABC). También ha publicado dos libros de ensayo.
Es autor de doce novelas que han recibido una atención entusiasta por parte de la crítica y los lectores más exigentes. Algunas de ellas fueron elegidas como las mejores novelas españolas de los últimos años. Con la primera, Cuando 900 mil Mach aprox, ganó el Premio de la Nueva Crítica, y posteriormente obtuvo el Premio Quiñones con Fuga en espejo, el Villa de Madrid con No se hable más, y el Premio Juan March con Picudo rojo, su obra más reciente. Un relato suyo, Latinos en N. Y, ganó el Premio Tren.
Catalogado al principio como escritor underground, en sus novelas posteriores, de corte autobiográfico, ahonda en la intimidad de unos personajes actuales que se enfrentan al desasosiego interior, el abismo de la vida, el amor y la edad.
A Úrsula Antolín Calonje. Just a woman.
“Mywayseems dark on every handSometimes I justcan’t understandJust why fate issoagainst me.
[Micamino parece oscuro aambos lados/a veces no consigo entender / por qué el destino está tan en contra de mí.]
ALBERTA HUNTER, WhenI Go Home, 1949
Entre la confusión de pensamientos registrados en la zona de no fumadoresde un avión,aquí seimpone:Con recuerdos como éstos nunca volveréa sentir que la vida es hermosa.Inmediatamente después,la radio de la cabina anunciatormentacercana. Mientras el reactoratraviesaun frentetormentosopor un pasillo queforma ángulo recto con la línea de chubascos, tambiénsecaptanen lamisma Nosmokingarea: El corazón del hombre esuna selva oscura. Ycon mucha menor claridad,quizá porque afuera todo son relampagueos, precipitaciones,gran densidad de nubes: Más allá de valles de tiempoyespacio, nosesforzamospor percibirel humo pálido de lasseñales de losdemás.
Aproximacióndirecta,cambiode vuelo por instrumentos avuelo visual, yelavión haaterrizadoen un campo bajomínimos con permisode la torre de control.
Las condiciones meteorológicasymaniobrasde entrada, para elpasajefueronobligaciónde abrocharseloscinturones, molestossaltos yuna toma de tierra demasiadobrusca. Alos pocos minutos,cuandola línea gris del suelo se había convertidoen pista, y después de un sonidocomo de huracán, ungolpesordo ymáshuracanes,seencuentranenlaterminal, ala espera de su equipaje.
Uno de los pasajeros obligadosaconfiaren que siempre hay quien sabe de las cosas importantesque afectan a muchos —duranteelvuelo, elcomandantedel 747yparte de latripulación—,es PatricioGarrett. A sus pensamientos registrados al principio en la zona de no fumadores, ahora seañade: Si tuviera muchos recuerdos tan horribles estaría perdido.
Ha encendidoun pitillo porque,alfin, yfelizmentepara él, ya no está prohibido fumar, mientras tormentas peores que lasque atravesóelavión de laTWA siguen activas dentro desucabeza. Arrecian,adquiriendoforma depánico,unavez que ha recogidomaletas ybolsas de la cinta transportadora. Entoncesyaseacercaba alcontroldepasaportesde unaeropuertocon colas, empujones,prisas; voces metálicasque anuncian retrasos en dos idiomas. Miradode un modo extrañopor el policía de la ventanilla,consideraque la realidad lemaltratabrutal einjustamente.Sevecomo unperro alque todo el mundoha pateadopero no seda por vencido;yenseguida le pesa. No es así, quiere creer, y sin embargo traga saliva. Lo únicoque pasa, pretende,esque elpolicía seaburreyno tiene otra cosa mejor que hacer que mirar sinver.
Superada esta situación de supuesto riesgo, Patricio Garrett, que mantiene la mano hundida en el bolsillo de la gabardina, se está diciendo: No sé si me fui o si me echaron, pero sé que ya no soy de aquí. Y luego se sorprende revisando drásticamente los planes acerca de su llegada.
¿Quiénsoyyopara hacer reproches?—piensa, suspirando.
Frunceloslabios. De repenteseda cuentade que yano tiene planes. Deslumbrado,sorprendido,no está seguro desi está más sobrio o más borrachoque nunca.
Una nueva sensacióndepeligroinminenteleparaliza.Pasan unos segundosantes deque seatreva amirar atrás.Sehallevadolasmanos alacabeza —¡ayde mí!—,temiendo un ataque por laespalda de alguien que seleechaba encimayque, de hecho,selimita aadelantarletirando de una maleta conruedecitas.Respira afondo—¡fuuii!—observandotodavíainquietolaforma gris que sealeja entreel ruidoso gentíoqueespera aotros pasajeros, yuna desusprofundasreflexionesalver en un cristal el reflejo transparentede sus faccioneses:Pobre de ti, yatienes muchosaños aunqueno consigas convencertede ello.
Sonríeestúpidamentesin saber qué más pensar,notando el cerebroembotado por el cansancio. Con los nerviosen carne viva, y dejando otra vez el equipaje en el suelo, pide un café en el bar.
—Thank you —dice, cuando se lo sirven, como si hubiera olvidado que acaba de volar del nuevo al viejo continente, cambiando de idioma.
Entonces,nerviosocomo alguien que espera noticiasala puerta de un quirófano,ya ha encendidoel segundopitillo. Siguen una profundatoslíquidadefumador, deseos derestregarse losojosque sientecansados,satisfacciónpor mantener la imperturbabilidaden condicionestan adversas.
Porqueescomo sihubieseviajado semanasenterashasta llegar aquí, Garrett está agotado. Y algo borrachoporque empezóabeber inclusoantes de emprenderlaaventura.Una aventura que es de esas —en parte, él ya era consciente de ello al emprenderla— que uno empieza sabiendo que no van a funcionar, y con las que, sin embargo, se compromete a fondo; por hacer algo, esperando que lleven a otra cosa de interés.
Un viaje ad inferos a través de una noche oscura del alma —preferiría Garrett que fuera. Y, a poder ser, en la clase Ambassador de un reactor; no en clase turista. Al parecer, los vuelos de largo recorrido —y éste que le ha traído a España desde Nueva York, lo es—, perjudican la salud de los viajeros de clase económica, principalmente debido a la falta de espacio, el bajo nivel de humedad de la cabina y la deshidratación provocada por el consumo de alcohol.
Garrett no ha paseado por el pasillo del avión ni se ha abstenido de beber alcohol, aunque ha leído que recomiendan hacer eso para evitar la trombosis, la embolia pulmonar y otras enfermedades asociados al “síndrome de clase económica”. Tomó unas cuantas copas —su justificación: así olvido el miedo a volar—, y las escasas veces que recorrió el pasillo, lo hizo para alternar su puesto —no le habían dado asiento de fumador— con un pasajero de la Smoking área que se hizo cargo de su síndrome de carencia de nicotina.
Ahora, en el bar del aeropuerto, se desquita encendiendo un pitillo con la colilla del otro, trata de ignorar el pitido constante del interior del oído, el sabor como óxido de la boca, y se fija en que, junto a una mesa con turistas japoneses que le ignoran, una mirada fija, de serpiente, está clavada en él.
Pertenece a un tipo de aire vigoroso al que seguro que no le importa tener una dura jornada de trabajo por delante. Un samurái empresarial —es exactamente lo que decide Garrett que es—, que le ha mirado con la boca apretada en expresión de extremo disgusto porque piensa de él: Tiene pinta de necesitar una buena comida, café, copa y puro, y luego ya sería un tipo normal.
Casi sin transición, el individuo del traje cruzado gris al que Garrett ha atribuido esas ideas —la verdad, no le sorprende que la gente le mirase con pena—, suelta una sonrisa que más bien es como la de un viejo lobo decidiendo qué parte de su víctima va a comer primero. Y es que se ha puesto en pie —repeinado, la cara brillante, todos los triunfos en la mano— y, justo antes de alejarse con paso veloz, viola a una chica con la mirada.
Precisamentelachica acuyos pies está Garrett.Ha comprado un periódicoylasmonedasdel cambio rodaronpor el suelo hasta tropezarcon unas zapatillas deportivasblancas. Se agachó arecogerlasy:¡Susan!—estáapunto deexclamaralestirarse ycontemplaraquel rostro que flotaba delantede sus ojos.Piensa que vaamarearsey,antes de darse cuentadesu error,el corazón le había dado un vuelco.
Alta —posiblementemás que el propio Garrett:1,74—,le lanza una miradade burlonasorpresa que expresa el interés inocente,alegre, maravillado,dequien estámirandoalosmonos en el zoo.Rubia, delgada,tiene una belleza radiante que hace invisibleslascosasque larodean.Eslaperfectamaniquídel sueñoperfectodeunadolescente—y nohay nada másintenso que el sueñosexual de un adolescente—, como el que posa sus labios sobre los de ella en cuanto se ha vuelto a sentar.
No tardanen levantarla vista ambos ydarse cuentade que lesestán observando.Desde labarra, alaque havuelto, Garrett,eso seguro; pero puede que tambiénalgunas de las personasque ocupanlas mesas cercanas.La chica aparta la miradaenseguidaysonríe alchico conuna maravillosadentadura, como desafiándoleaqueseresista aella. Yeso,aunque aparentenodarse cuentade lodeseableque resulta ydeque supresenciainquietaalaire que laenvuelve—opina Garrett. También—ydeesto no duda—,queesamericana,puessólolas americanastienenesasoltura corporal.Que selaproporciona eldisponerde espacio,es una teoría de Garrettque éste no recuerdaahora, cuando vequelachicaqueconfundióconSusan bebe directamente de la botella de Coca-Cola.Ahora, cuandoelque lelanza una miradacínica, sin disimular,prolongada,es el chico que la ha besado.
No, no es un adolescente,como hace un instante creyó Garrett;pero casi.Ylaexpresióndesucaraesladetolerarla existencia delosdemásseresyobjetosquelerodean.Según Garrett,dice:Soyexcepcionalynunca tuve que hacer elmenor esfuerzo para serlo, ymenos para demostrarlo.
Seconocealosganadoresenlalínea desalida; yalosperdedores,claro —esuna idea que acontinuaciónselepasaporlacabeza. Ydespués, que: Los jóvenescadadíason más jóvenes, elmundoes más pequeño,yyo no aprendo.
Patricio Garretthadecididoesocon unacertezaque le sorprende.Altiempo,pide una copa de chinchónseco. Para matar elgusanillo—añade para sí mismo, ysonríe.
—Lascosas me iban bien, más o menos. Ahora van bastante mal. No me quejo.Simplementeloconstato—son unas frases que sele escapan,cogiendodesprevenidaasu estupefacta borrachera.
La copa había empezadoaaflojar unos cuantosnudos de su estómago,pero se sobresaltaotra vez.
—¿Decía,señor? —preguntabael camarero.
—¿Cómo?—elsemblanteytono de vozde Garrettson teatrales—.¡Ah, sí!¿Cuántole debo, por favor?
El alcohol, elcansancio,uncorazón que dasaltoscomo si hubieraestado corriendo,son factoresque contribuyenaque norecuerdelacontinuacióndeunverso queserepitemachaconamenteensucabeza: «Aguasdel tiempoque se hielan en eternidad.»
¿Suyo?Da igual —decideGarrett,un solitarioespecialista enmonólogos,antes acorchado, ahora notandoqueelaire muerde,que hace frío. Siheolvidadolodemás esporqueno merecía lapena. Pero por unmomento,alzando unrostroojeroso, duda: ¿No estaré perdiendola memoria?
Fuera de la terminal, el aire forma un precipitado de claridad alerta y sopla un viento fuerte que arrastra esos y otros confusos pensamientos de Patricio Garrett —por ejemplo: Todos sabemos más de lo que creemos saber, pero no sabemos si eso que sabemos no estará equivocado— hacia el cercano mar, donde olas que lanzan nubes de espuma contra los acantilados, convirtiéndose en niebla, se esfuman.
Sehaescrito,yseguro que másdeuna vez,que una salida siempreesentradaaotro sitio. PatricioGarrett no recuerda cuándolo leyó; ni silo leyó. En el exterioralque ha salido —acabadeentrarensuciudad natal—,sólonota un hormigueo en el pie. Lo tiene dormido.
Está agachadodesatándoseel zapato delantede la puerta decristal —unahojade aire solidificado,piensa fugazmente—, ysepregunta:Sinadie mevaaechar demenos, ¿para quéesconderme?
Despuésde descalzarsese ha vueltoaerguir.Al alzar la vista hacia unas nubes que pasan rápidamenteprometiendo uncieloazuldenuevo,sienteelfríodelsuelo através delcalcetín. Recuperadalasensibilidad,otra veztiene puestosloszapatos ycon voz ronca dice:
—Aguasdel tiempoque se hielanen eternidad.
¿De un poema suyo? —duda nuevamente.¿Por qué no se levadelacabeza? Da igual —repite.Ahora debe concentrarse en lo inmediato.Encontrar un taxi. ¿Para ir adónde?
Así, con aspecto de supervivientede lacabeza alos pies, mirandocomo cuandouno sufre ynopuedehacer nada, selo volvióaencontrarGuillermoRuiz. Casihatropezadocon éla lasalida delaterminal,lehaoído decir algoy,depronto,olvida la tristeza de la despedida.
La mirada deGarrettesdeintensaconcentraciónal reconocerlecomo el chico que estaba con laamericana —no,no eraSusan. Luego,hace como lagente con laque tecruzas enNuevaYork, yen sucara sedibuja unasonrisa queesuna especie decrispacióndelosmaxilares.Una sonrisaque nosedirige tantoa los otros como a uno mismo, y quiere mostrar transparencia,candor;ocultarque losdemásson indiferentes.
GuillermoRuizsefijaensusdientes,alosque nolesvendría mal un poco deseda dental—abusodeltabaco, ocuestiones deedad, nosabe. Tambiénen lagabardinaquelleva. Haconocidomejores tiempos,pero Garrettconsidera que esuna prendade vestir que leprotegedel desastretotal, por loque no se desprendede ella.
—Si quieres,puedoacercarteala ciudad —hadicho Guillermo Ruiz, intrigado porque alguien herido por la edad tenga un aspecto que no essuficientesíntomapara hacer una valoraciónapresurada.Ante lamiradadedesconfianzadeGarrett,añade—: Gratis,claro. No soy un taxista pirata —ysusonrisa quiereser amplia,franca yduradera.
—Muybien —le contestaGarrettmientrasrecela deloque le dicen sus sentidos.Esto: manos,párpados,troncosde los árboles tiemblan.Todotiembla.
Bueno,uno yatienetan pocaconfianzaensusopinionesy loque parecenlascosas... —estaba pensando,cuandoelchico que tiene allídelantecoge labolsa delsuelo. Garrettyatenía la maleta grandeen una manoy la bolsa de plásticode la tiendalibre de impuestosen la otra.
Como nosabequé decir, nodice nada durantelalarga caminatahasta el coche. Ráfagas de vientoque soplan·de un mar que huele amuerto,amenazanlluvia yleimpidenoír lo que explica el chico. Está a punto de interrumpirle con: Ahora me gustaría que te callaras un poco, ¿te importa? —para seguir complaciéndose en su desgracia, en el momento en que sube a un incómodo coche europeo. Alarrancaréste, no sabe siva adesmayarseo a volverseinvisible o a explotar. Todo parecía posible.
Podría haber llorado,pero, tras ofrecerleun pitilloyel otro rechazarlo, dice:
—Lachica con la que estabas es preciosa.Quierodecir, bueno...
—Te entiendo—intervieneRuiz, notandoun fuerteolor afruta podridaenlaboca del otro.Habebido, decide, acelerando bruscamente—. A mí también me lo parece. Vuelve a su país, a EstadosUnidos—y su mirada ahora es directa, cálida, joven.
Siguen unas explicacioneserráticas.Al menos eso le parecen a Garrett que, en cuanto arrancóel motor, las oyemezcladas con una voz que canta lamentándosea través delos altavoces del coche ycon sus propias lamentaciones internas. Se siente un invitado en su propia época, no unmiembrode lafamiliadel presente,mientrasel chico hablayhabla informándolede que no le gusta el jazz—es lo que suena—,que elcoche esde un amigo alque síle encanta,yque Susan... ¡Susan!
Sí, la americana a la que acaba de despedirGuillermo Ruiz se llama Susan. Y Susan tambiénes el nombrede la ex mujer de PatricioGarrett. Un pobre fracasado,sin duda. Para Susan la pobreza era síntoma de bajeza espiritual. Su fijación porproclamarse ante losdemás como unaauténtica vencedora, corría paralela con su pánico a reconocerque había perdido. Y Garrett no tieneduda de que él ya no tiene nada qué ganar.
Estaba tan fascinado por su propia voz,que a Ruiz le pasó inadvertido el tenso silencio de Garrett. Al fin le mira yveque levantaun rostrocubiertodesudor que apenas podía mantenerlos ojos abiertos.
—¿Tepasaalgo?—pregunta,ycontinúaacelerando afondo: paraéluncoche esun jugueteynose·leocurreque pueda ser peligroso.
—Mellamo PatricioGarrett—eslarespuesta,ypor eltono en que fue pronunciada,sediría que Garrettconsideraque el solo hecho dellevar talnombreexplica que tenga que pasarle algo.
—Yyo, Guillermo Ruiz.
—Esun alivio que no te apellidesBonney.¿Te llaman Bill? ¿Billy the Kid?
—¿Cómo?¿Por qué? No entiendo.Creo que tehe perdido de vista en la última curva —diceRuiz, con un ligero timbre de nerviosismoen la voz.
—Note preocupes,yate acostumbrarás—y esta expresión deGarretteseltapón que saledisparado.Apesar desudecisión de mantenerlas palabras embotelladas,salpica el coche con un hablar burbujeante,casi alegre. Con gestos un pocoteatrales,cuentaqueen lascarreterasnorteamericanasloscarteles llevan explicaciones exhaustivas.Te lodicen todo: Gire a la derecha,atención a los semáforos,no se detengaen elpuente.Acontinuación, y con aire de haber dicho una profunda verdadsobre el carácterdelos norteamericanos,añadecon rabia—:Soportan una vidaque esagresiónalossentidosyalsistema nervioso—hasubido eltono devoz—.Nadie con elmenorsentidodel bienestarmaterialsoportaríasuscasas,suscomidas... Y todo por ascetismo y desconocimiento delmundo.
Se ha interrumpidode pronto,porqueRuiz lelanzó una breve mirada que Garrettinterpretacomo que ledice: No es costumbrehablar tantoentrelos hombresde verdad;losque andansolos ysufren en silencio.
—¿Tegustan tambiénsus poemas? —pregunta desconcertado al volver la vista yver que hay un libro de relatos deBorges en el asientode atrás.
—Nuncaleo poesía —respondeRuiz, con expresiónseca y helada en el rostro—. No sé cómo ponerme para leerla —añade, rechazandonuevamenteel pitillo que le ofrecía.
Entoncesnohabrá leído aun poeta como yomásversado en desdichasque en versos —asumeGarrett—,deun estilosobrio ypicante,entreelcinismoyla nostalgia—según un crítico, que precisaba—: Expresade una maneradivertida queestá elegantementedesilusionado.Una poesía que no se impone porconvencimiento desusoponentesniporqueleshagaver laluz—seguíael críticoen los gratificantes recuerdosdeGarrett—,sino más bien porquesusoponentes desaparecenyuna nueva generacióncrece familiarizadacon esa poesía.
Seguro que Billy the Kid no perteneceaella —yhay lamentaciónenestaidea deGarrett,ysobre todo en:Mislibros de poemas no son bien recibidosen el terrenoacadémicoy con frecuenciainfluyende modo negativoen mi currículum —queesloque piensa después.También,que qué más da, si ha dejado de escribir.Sublimedecisión. ¡Ja!
No ha terminadode ordenarlasconsideraciones anteriorestalycomo seacaban de leer, cuando,excitado,expresándose con todo el cuerpo,ha retomadola palabra.
En elavión, cuenta,no pudo seguir aguantandolasganas defumar.El defacturación(Garrettdijocheck in) del AeropuertoKennedyle había dicho,valienteimbécil, que como iban muchos españolesno tendríaproblemaspara hacerlo.Yen todas aquellas horas, rodeadodeturistas deOklahomaque sequitaronloszapatos, sólo pudo fumar un par de pitillosotres.
—Conlascopas no hubo ningunapega, lo reconozco, las azafatasteservíantodas lasque lespidieras—explicaGarrett—. Apropósito¿teapeteceun trago? —seleacaba deocurrirque haencontradoun buen compañeropara compartiruna delas botellasde WhiteLabel y,dándosela vuelta,estirael brazo hacia el asientode atrás, dondejunto allibro de Borges, está la bolsa de la duty free.
—Despuésdeechar gasolina —diceGuillermoRuiz,que ha salido delaautopistaysedetieneen unaestacióndeservicio.
UnVolvo queentróatoda velocidaddetrás deellosfrena violentamenteyquedainmóvil,casi tocandoel parachoques desucoche. El tipo del trajecruzadogrisque, en laterminal, Garrettdecidióque era unsamuráiempresarial,sehaapeado de él y,frenéticoporqueva allegar con retraso a una cita, suelta bruscamente:
—Llénemelo. Ahora mismo —sumirada expresa avidez y vértigo.
—Tendráque esperarun momento—le dice sin mirarleel empleadoque atiendeel distribuidorde super.
—¡Nopuedo esperartanto! —dicetronitronanteel tipo.
Vuelveasucoche, arrancay,antes de coger laautopista, regresa marcha atrás: seha dado cuentade que no puedeseguir con el depósitovacío.
Está apuntodechocar con elR-5que conduceGuillermo Ruiz. Saca un rostro congestionadopor la ventanillay, haciendo gestos de cornudocon los dedos, grita:
—¡Gilipollas!
Ruiz,que acabadetomar untrago dewhisky directamente de la botella,contestasin ganas:
—Nome seas merluzo.
AGarrettelinsultolesonó atebeo. Ylaverdadesque se correspondecon elaspecto deRuiz:latoslehasacudidoyse lellenaronlosojosdelágrimas.Ahora parece echar fuego por labocacomo en una viñetadeaquellosPulgarcitodelainfancia de Garrett.
Prontoseharehechoycomentaque hayque andarsecon mucho cuidado.Leyóelotro díaque elconductorde unafurgoneta,deslumbradopor otro coche,secargó atiros ados desus ocupantes.
PatricioGarrettdivaga que yaafirmabaHobbesque hasta elmásdébil deloshombresescapaz de realizar sudeseo homicida yasesinar aotro hombre—lodijodeunmodobastante máscomplicado.Seguidamenteda un largo trago a la botella sinsaborearel alcohol.Sólo quierequemarcélulas nerviosas, joderse la memoria.
Pasan por delantede un castilloque se ha derrumbadoy fundidotan armoniosamentecon la pendienterocosa y cubierta de verde, que parece poseer vida propia.Tantao másque los olmos de ramas agobiadaspor la lluvia de un poco más allá. Los bloques de viviendas junto a los que pasan ahora, siempreamás de 100por hora, aGarrettle sugieren vidas humanasde existenciaestrecha, fea, reptante, que niaun lascalamidadeselevan,sino que tienden amostrarlasentoda su desnuda vulgaridad. Ruinas también, pero de unagran masa oscura de la humanidad queserá barrida hacia elmismo completo olvido que las generacionesde hormigas. Como él.
Ruiz observa fugazmente el aire de lejanía, el apagado brillo de sus ojos, y piensa que Garrett no parecía estar pensando en nada; ni siquiera parecía que estuviera presente.
Lasescobillas del parabrisas,que semovíanaun lado ya otro aintervalosregulares,permitían distinguirlos primeros semáforosdelaciudad que latían alfondodeuna larga recta. Han quedadoinmóvilesaltiempoqueGarrettoyelacampana de una ermitacercana.Decideque suena comocuandoaquel muy católicoreyde Españaordenóque todos los conventos deMadrid yalrededoresrezasen por él.Queríaque elcielo le iluminara,pues tenía que tomar una decisión muy importante.
El coche está detenido.El motor parado.
—¿Quépasa? —pregunta Garrett.
La respuestade Ruiz esseñalarcon labarbilla aun policía de tráfico que se ha materializadodetrás de ellos.
NuevoataquedeterrordeGarrett,que saledisparadodel cochecomosiderepentehubieranmetidounascuantasserpientesdecascabel alasquehaninyectadoanfetamina.Noperderlaserenidaderaungran privilegiodelaCasadeAustria—escribió uncontemporáneodeFelipeII—,porloqueresultadeltodoevidenteque Garrettnada tiene que vercon aquellosreyes.
Igual que cuandoel controlde pasaportes,igual que en la aduana:¡los tres gramos de coca que lleva en el bolsillo! Hundela mano en él tocandola papelina.¿Los tira?
El mundoexteriorse le desplomaencima.Tiene miedo de que un movimientode su propiocerebrole paralicepara siempre.Encara al policía.
Luego,empapado, explicaría precipitadamente que convienehacer eso. Mirarlealosojos.Silogras que un policía te considereun ser humano,tendrásmás posibilidadesde que te trate como tal.
Pero Ruiz no hizo eso. Siguió atornilladoal asientodel Renault,y el policía, que no prestóatención a Garrett,le tuvo clavadodurantecasi media hora en el arcén,mientras losde loscoches que pasaban alargabanel cuello para ver al pobre desgraciadoal que estabanmultando.El policía le pidió el permisode conducirylo estudiódetenidamente bajo la intensa lluvia —habíacomo una cuerda de agua tendidaentrelos postes de la luzde uno yotro lado de la carretera.Habló por una radio que llevaba en lamoto,esperó,yvolviópara pedirleelcarnetdeidentidad.Consultóalgo con el otro agente y preguntóa Ruiz dóndevivía. Pasó unos minutos pensándoselootro pocoy,alfin—Garretthacía ratoque había vuelto asubir al coche—,empezó aextenderla multa.
GuillermoRuiz le lamió las botas (metafóricamente), le juróque no volvería asuperarlavelocidadpermitida (fervorosamente)y,con Garrettsiempremuytenso sentadoallado,arrancó lentamente.
—Eres bastantenervioso,¿eh? —diceRuiz, frunciendo el ceño, unavezque Garretthaterminadodeexponerlesusteorías sobre el modo adecuadode encarara un policía. Tuvo que aguantarselasganas desoltarle:¡Qué idea más estúpida! Aunque enseguidase siente un poco culpable, como suele ocurrirante los mayores, aunquesólo seaporquesesabe quelo más seguro es que vayan a morir antes.
—Bueno,es que verás... —titubea Garrett,decidiendono percibir el sarcasmo de su tono—.Llevo encimaalgo de cocaína, yclaro...
—¿Deverdad? —Ruizha detenidoel coche en el arcén y propone—:¿Por qué no nos hacemosunas rayitas?
—¿Aquí?—dudaGarrett.No había pensadodecirlotan de repente.Además recuerdalosojosdelpolicía. Duranteuninstante le hicieron sentirse bajo la mirada de la historia; lasuya—.¿Noserápeligroso? ¿Ysipasan losdetráfico? —suvozdenotaque sesiente acosado, al sacar la cocaína.
—Hayuna oportunidadentreun millón —diceRuiz que, utilizando el plástico duro del carnet de identidad, prepara unas líneas encima de la tapa·de cartulinade un callejero.
A los pocos minutosde esnifar las líneas había escampadoy ya circulabanporlascallesdelaciudad. Susalientos llenan elaire del coche. Yescomo sipor medio deunselector debandas psíquicas losdosestuvieran sintonizados en la misma frecuencia mental: ya no desconfían dellenguaje.
Para Garrett —gratuitamenteseconsideraun hombredela frontera—elsilencioesuna regladevida que raramentesigue, ymuchomenos ahora que, olvidandoque lasredes de la expresión notienencapacidaddecomunicación,habladescomedidamente.
Guillermo Ruiz, que tampoco deja de hablar, le interrumpesin cesar —ypara los españoles,interrumpir es una muestra de interés,no defalta de atención;ni un intentode dominar,como ocurreen América. Calla un instantepensando queenaquel tipo hayalgoque hacíadudar delaveracidad desushistorias. Aunquetambiénhayalgoevidente:que, en cualquiercaso, había llevadouna vida que hacía posiblestales invenciones,yesobastaba. Vuelveadecir algo y,de repente, más que hablar una lengua,los dos son habladosporella, formanparte del cuadro vivo del lenguaje.
—Puestoqueelmundonovaaningunaparte, nohayprisa —hadicho Garrett,ensayando una sonrisa de hombreexperimentado.
Tras un nuevo trago de whisky para quitarseaquel picor de lagarganta—amargo,medicinal—,eructa con sabor a madera resinosa.
Ha aceptadoacompañara Ruiz hasta el bar dondedebe devolverelcoche. Ruiz,queharechazadonuevamenteelpitillo que leofrece —haypersonasque son, sencillamente,incapaces de entenderque haya otras que no fumen—, acelera,sesalta unsemáforoen rojoydobla una esquinaconmuchochirriar de neumáticos.El tráfico seabre ante él, como el marRojoante Moisés, ysecierra asusespaldas. Enseguidaseha detenidodelantede una cristaleraencimade la que hay un rótulo: «Nuevo MEXICO.»
El cielo parece llenarsede luz. No esluz,piensa Garrett, sino algo parecidoalaluz.Significado,talvez—ibaadecir, y nodice. Hadecididolimitarsusinteresesynecesidades.Asíel mundoseconvertiráen un lugar de preocupacionesinmediatas del que quedanbarridas todas las ilusiones.
Abre la puerta del coche con dificultad.Está demasiado pegada aun magnolioque, aquel amanecer,había abiertosus pétalos alaluzde abril, sólo para que su brotequedara destruidopor un espasmode escarcha tan brutal e inesperado que el inviernopodría haber vuelto.
Alguienque observe—aunque tal vez nadielo haga—a GuillermoRuiz y a PatricioGarrettentrandoen el Nuevo MEXICOcargados de maletasnotaráque elprimeroesmás avispado,agudo yperspicazque el otro, pero que eséste último quienmanda, por muycansadoymayor yempapadoque parezca.
DianaMartínezMartí no los observó. Entró al bar después que ellos, cuandolalluvia volvía aser torrencial,y entonces Garrettnoestaba alavista —seencontrabaenelretrete—,yRuiz había salido un momento.Luego,al verlos juntosen su misma mesa, sí piensa eso más o menos. Pero sobre todo, que compartenalgoque sólo los dos parecenentender.También,que son rivales yque quierenel mismolugar bajoel sol.
Bajolasluces del techo—aunqueyaesla una del mediodía, casi no se nota que ha amanecidohace horas—,suceden talcantidaddeacontecimientosque lamenteno tiene tiempo para tomarnota de ellos. Al menos,así le parece a Garrett que, en cuantocruzó la puerta,consideramuy acertadoque en China la palabra que significa «pasarlo bien» quieradecir también «alboroto».
Para resguardarlosojosdeuna luzdemasiado clara existen lasgafasde sol.Susoídos necesitaríanalgo así, porqueen el bar nadie sepreocupadel nivel sonoro,ylasvoces tratande imponersealequipode música. Y Garrettsabe que el ruido siempreproducecrispación.
Enseguidacaeen lacuentade que no necesitaruido para estar crispado—le crispa cualquiercosa—, y mientraslucha contraelpitidointeriordel oído, sigue aGuillermoRuiz —o simplemente,The Kid—,que seabre pasoentrelosbebedores.
Garrettse encuentraen la barra. Como ignora que despuésdelaleche, lacerveza eslabebida favoritadelosespañoles,hace un gesto desorpresaalver que casitodos latoman.
En suinmensamayoría son jóvenes yvivenuna épocafabulosa. Bueno, uno mira hacia atrás yleparece que erafabulosa yno sesupo gozar losuficiente.Da lo mismo: «Golden lads and girls all must as chimmey-sweeperscome to dust» —se consuelaGarrett.
Asulado, The Kid habla con un chico que está acodado en labarra ytambiéntoma cerveza. Debe desereldueñodel coche,porqueleha devueltolas llaves. Selo presentacomo EmilioLaguna,y Garrettse pone instintivamentea la defensiva.
Delgado,piel grisácea de calamaraltanero,cazadorade cuero negro, lemira brevementedetrás de unas Ray-Ban con cristales de espejo.
—¿Quéquierestomar? —dice.Seha quitadolasgafasyse pasa la mano por una frentede galán del cine mudo.
—¿Sola?—vuelveapreguntar,cuandoGarrettdijoquecerveza.Ycomo la respuestade Garrettes un encogimientodehombros,pide cerveza con ginebrapara los dos.
Tratandode evitar susojos—sontan negros, que tiene la sensacióndeque através deellos podría atisbar suinterior y que en él hay algo espeso, asfixiante—,Garrettpasea lavista por el local. Al fondode la barra, distingue—si es que uno puededistinguiralgoentretantas personas—,aRuizque habla con uno de loscamareros.Este sehace cargo de los bultos y mira distraídamenteen su dirección. No se fija en Garrett, casiseguro,por loque difícilmenteconseguiríarecordarlepor muchoque se lo propusiera—y no se lo propondrá jamás. Nuncarecordaráelcamarero —deesonohayduda: estabametiendola maleta yla bolsa detrásde la barra, muy lejos deellos—que, alacercarseRuiz, EmilioLaguna le ha dichoconairedenoimportarlenada que noleocurradirectamenteaél:
—Guillermo,¿no irías adar una vuelta para traermeeso?
Afuera el sonidode la lluvia es intenso—en este momento,dentronohaymúsica yelvolumendelasvocesha bajado—,pero Ruiz, que hizo un amago de protesta, asientecon la cabeza ysale del bar.
—¿Tegusta estesitio? —pregunta EmilioLaguna,como viniendode otra dimensión.
—Loencuentroun poco ruidoso.Para estar tranquiloyhablar, me refiero—dice Garrett,pensandoque no estaba poniendoaprueba susconocimientossobre bares,sino suestadoactual.
—Hablóla terceraedad —EmilioLaguna lo dice cansina, sarcásticamente.
Garrettlanza una miradaparecidaalade unforajido que, en una película,mira alsheriff que acaba dedar una patada a surevólverpara que no loalcance.Sin embargo,como tiene unas cuestionesinmediatasque atenderyuna reputaciónque mantener,trata de adoptaruna máscara tras laque seadifícil adivinarloconfuso que sesiente.Duranteunos momentosestuvo apuntode preguntarleaEmilioLaguna silegustabaeljazz—recordabala cassettedel coche—,pero no quieremostrarse débil.
—Creoque emitimosen una longitudde onda distinta, chico —dicefinalmente,con un tono devozmoribundoy demasiada soledad en sus acosados ojos.
Los negros ojosde EmilioLaguna seclavan en lossuyos con alarmanteintensidad. Una mirada perpleja,asombrada. ¿Sehan quedadoabiertospara siempredespués dehaber visto algo horrible? ¿Qué?
Garrettsigue sin saberlo almeterseen el retrete.Atiende unadelascuestionesinmediatas.Tambiénutiliza papel higiénico para sonarse —lesangra un poco lanariz, sabor metálico en la boca. Tira por segunda vez de la cadena.
Despuésde echarse agua alacara, levantalavista. En el espejoveque necesita afeitarse. Sepeina, ynada másdecirse: Pareces cansado,viejo,asustado, ytienes lanarizdemasiado grande —cierralos ojos.
Vuelve a abrirlos,y como sigue allí —loshabía cerrado para negar larealidad,derretirlainstantáneamente—, lanza el peine contra elespejo.Su reflejo vuelveaarrojarlocontraél. ¿Por qué teníanque ser asílascosas?El reflejo seencogede hombros.Son así —dice.
Garrettcoge la gabardinaque había colgado detrás de la puerta. Seecha otra ojeada enelespejo, preguntándosedónde estará alamisma hora deldíasiguiente,ypor qué sepreocupabadeiraalgún sitiosicada lugar era igual que elanterior.Todavíasepreguntabacosas como: ¿Por qué no me he quedado dondeestaba? y¿Qué demonios estoy haciendo aquí? —cuando,sinencontrarrespuestarazonable,apagalaluzysale cansinamente,olvidandoquesuúltima caraen elespejoparecíadecir: No soytan estúpido,pero déjame que piense estascosas.
Avanza con dificultad hacia la barra. Tropieza con una mesa.Ycomo lagente suele olvidaraños yrecuerda momentos,unaspalabras deSusan serepitenen este precisoinstanteen su mente:
—Nunca debimosdejar California y venirnos a Nueva York —selamentabaalprincipio—.Jamás entenderélas estratagemas que empleanlosque viven enesta ciudadparaevitar el conjuntode desastresde los que son víctimas los demás.
Su ex mujer las había dicho en inglés, claro, yde modo aproximadoacomo lasrecuerda Garrett,que nuncahabía conseguidosentirsecómododeltodo nien Nueva York, nien San Diego,ni en ningunode los sitios anteriores.
Tampocoaquí, en un entornodondeexiste la presiónde las referenciasmás inmediatas.Este es un sitio que, se mire como se mire, sólo es un jodido agujero —decidecon una mueca de asco. Aunquelaverdadesque nunca legustan los sitios dondeestá. ¿Porqueestaba él en ellos?
Sintiéndosesolo, asustado,comprueba con alivio que en su ausenciano se han producidocambiosirreparables.
GuillermoRuizocupa ellugar delabarra dondeantesestaba EmilioLaguna,que sehaido. Da un trago asu cerveza (sola), yhace un comentariosobre que ha tenido que salir acomprarleun par de jeringuillas.
—Enlasfarmaciasde por aquí, aél ya no se las venden —explicaen vozbaja—.Leconocen,oesodice. Yun favor es un favor. Me prestó su coche para llevar a Susan al aeropuerto.
Sí,como losárabes: equilibransucreenciaen lagenerosidad con sucreenciaen lareciprocidad.Siellos dan, esperan recibir algo acambio —piensaGarrett—,
