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Esta es una novela mexicana y sobre México, pero de interés para el mundo entero porque se convierte, al final, en una reflexión sobre la esencia de la democracia, y además se narra en clave de trama criminal de carácter internacional. Es la historia de un fraude electoral que pudo ser posible. Un thriller coral con personajes de carne y hueso que se debaten en medio de circunstancias adversas. Desde la mirada ingenua y curiosa de Ana María, a la valentía inevitable del doctor Barrantes o la violencia del mapache Posadas, pasando por la sabiduría del abuelo Emiliano o la entrega y el sufrimiento del hijo de Barrantes, Flavio. Todos los procesos electorales cuentan con observadores internacionales que atestiguan o denuncian la limpieza de unas elecciones. Barrantes es el encargado por parte de la ONU de hacer el seguimiento electoral de su propio país, México. Pero cuando va a firmar lo que todo el mundo ha confirmado, que son las primeras elecciones limpias en el país desde hacía muchas convocatorias, le llega la pista de que tal vez no sea cierto que haya ocurrido así. Y comienza una pesadilla en la que, además, se ve envuelta toda su familia. 1994 también fue el año del levantamiento insurreccional pacífico del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, que se convierte en un protagonista más de esta ficción apasionante.
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Seitenzahl: 375
Veröffentlichungsjahr: 2015
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Los demonios andan sueltos
Víctor Claudín
Prefacio
1994 fue un año muy intenso en la Historia de México, mi segundo país en razón a la parte de mi familia establecida allí tras la guerra civil. A todos ellos está dedicado este thriller político, en primer lugar a mi querido primo Víctor, a su exmujer Mónica y a sus hijas, Mara y Andrea, también a mis primos Nando y Quique. Y en este capítulo quiero acordarme, naturalmente, de Chus y de Daniel.
Se inició el 94 con la sacudida esperanzadora delEZLNdel subcomandante Marcos, una insurrección pacífica contra un estado íntegramente corrupto que mayoritariamente mantenía al pueblo en una situación de precariedad, cuando no de pobreza.
En junio se celebraron las primeras elecciones generales limpias en México, tras varias ediciones caracterizadas por el fraude; así lo confirmaron todos los observadores.
El PRI tuvo que cambiar de candidato porque asesinaron al primero de ellos, Donaldo Colosio. Era un tiempo de brutales enfrentamientos internos en el partido gobernante porque algo cambiaba en su seno. Hubo mucha violencia, protagonizada entre otros por el hermano del presidente saliente, Raúl Salinas, envuelto en un montón de episodios negros.
Esto es una ficción, aunque pudiera basarse en una hipótesis verídica, así que manejo datos y personajes reales a conveniencia. Por ejemplo recreo la cena donde se reunieron políticos y empresarios importantes para conseguir dinero para la campaña, que iba a ser excepcionalmente cara; también los relatos que hago de la convención zapatista y de lo relacionado entonces con ellos. En realidad todo pudo ser así, salvo lo que la creación distorsiona. No es necesario explicar que los personajes centrales son imaginarios, como Emiliano y su viznieta Ana María, el doctor Barrantes, su familia y compañeros, también Posadas y sus cuates mapaches. Asimismo invento la Oficina para el Desarrollo de las Democracias, aunque no el papel que juega en tal labor la propia ONU.
Igualmente me apropio del mexicano que yo he aprendido, el que he hecho mío; aunque creyendo en todo momento que acierto, no esperéis rigor lingüístico en tales términos. Además seguramente es fácil deducir que apapacho es abrazo; que pintas son pancartas, la banda es la gente; la neta, la verdad; chavo, chaval o chico. Meseros, los camareros; cuates, los colegas. Peda equivale a borrachera, aunque no hay pedo quiera decir que no hay problema. Boletas son papeletas electorales y casillas, las urnas. Jijas son putillas, chamba, trabajo. Una chingonería es una gozada; un chingo, mucho y los monos son los policías. Chilango en un principio era una forma de denominar al mexicano, pero se ha quedado solo para los habitantes del Distrito Federal, un tanto en plan despectivo o gracioso. Los tacos e insultos no hace falta traducirlos, son bastante internacionales. Pero no te esfuerces en aprender mexicano con mis palabras, no era mi intención, déjate llevar, disfruta del relato. En todo caso, para ampliar conocimientos siempre queda el diccionario.
Yo tan solo he querido contar una historia tremenda cuyo origen hice algo más que escuchar. Quise escribir una novela con aroma mexicano. Luego me he dado cuenta de que se ha convertido en una reflexión sobre la esencia de la democracia. Léela como quieras, solo espero que la disfrutes en cualquier caso, y si sirviera para poder reflexionar, tanto mejor.
Dramatis personae
(Por orden de intervención aproximada)
Ana María, la bisnieta de Emiliano, hija de Lucio.
El abuelo Emiliano, que en realidad se llamaba Secundino. Es el más anciano de la aldea.
Germán, amigo de Emiliano, empleado en la Imprenta Nacional.
Flavio, el hijo de Barrantes.
Alejandro Posadas, el mapache que han apartado de la primera línea de fuego.
Lugones y Méndez, los otros dos mapaches compañeros de Posadas.
Reunión de los empresarios más poderosos de México con algunos políticos:Jerónimo Arango,Genaro Borrego,Carlos Slim,Antonio Ortiz Mena,Roberto Hernández,Gilberto Borja,El TigreEmilio Azcárraga,Lorenzo Zambrano,Bernardo Garza Sada,Jerónimo Arango,Ángel Losada Gómez,Adrián Sada,Carlos Hank Rohn,Raymundo Gómez Flores,Carlos Salinas de Gortari.
El Ejército Zapatista de Liberación Nacional, que tiene un papel importante en este relato, con el subcomandante Marcos al frente.
El doctor Barrantes, Rafael Barrantes Guillén, trabaja en la Oficina para el Desarrollo de las Democracias de la ONU.
Loreta, su secretaria mestiza.
Leopoldo Escalante, militante del PRD.
Ramón Orozco, el compañero de Barrantes durante las elecciones generales en México.
Gabriela, la mujer de Barrantes.
Laura, la mujer de Nueva York, amante de Barrantes.
Webbs, el jefe de Barrantes, el director de la Oficina.
Smith, trabajador de la ONU, amigo de Barrantes.
Esther, la secretaria personal de Webbs.
Lucio, guerrillero, padre de Ana María.
Walter, el compañero de Barrantes para Europa Central
El doctor Ramírez, responsable para el PAN del seguimiento electoral.SuárezyRamiro, otros compañeros del PAN.
Julio Manzano, sociólogo, amigo de Ramírez, trabaja en la primera cadena de la televisión nacional española.
Efraín González de la Peña, diputado del PRI, al igual que otros comoDonaldo Colosio(asesinado en marzo de 1994 cuando era candidato a la presidencia de México),José Francisco Ruiz Massieu(político del PRI, cuñado de Carlos Salinas de Gortari, asesinado en septiembre de 1994),Muñoz Rocha(político del PRI, fue señalado como uno de los partícipes del asesinato de Ruiz Massieu, expulsado del partido, desde 1999 se le considera desaparecido) oTornado López.
Bernardo Benavides,el Bicho, lugarteniente de Posadas, encargado de El gallo negro.
Elisa, hija de Barrantes.
Él, el presidente electoErnesto Zedillo.
Raúl Salinas, hermano del anterior presidente mexicano.
María Verdial, española, amante de Raúl Salinas.
Henri Heudaux, trabaja en una empresa canadiense de alta tecnología dedicada a la fabricación de productos químicos.
La Guadalupana, la virgen mexicana, siempre presente.
—...Nadie puede creer cosas que son imposibles —dijo Alicia.
—Me parece evidente que no tienesmuchapráctica —replicó la Reina—. Cuando yo tenía tu edad, siempre solía hacerlo durante media hora cada día. ¡Como que a veces llegué a creer en seis cosas imposibles antes del desayuno!...
Lewis Carroll,Alicia a través del espejo
La obcecación es contraria a la sabiduría y nociva para losquehaceres públicos. Saber gobernar es también saber escuchar,y saber rectificar. Tenemos que cambiar los súbditos en ciudadanos.
De un discurso deMuñoz Ledoy deCuauhtémoc Cárdenas,dirigentes del PRD
Los demonios andan sueltos
Lo que vas a leer es un libro de ficción, una novela,
aunque aparezcan nombres reales, situaciones conocidas,
algunos datos contrastados y fechas bailadas pero ciertas.
La narración está motivada por dos hechos verídicos:
la hermosa lucha de la guerrilla zapatista
y la existencia de un sistema basado durante muchos años en el fraude,
la coacción, la corrupción y el crimen.
Que ofrece una enorme duda ante cualquier régimen democrático actual.
La bala salió de un rifle con mira telescópica.
Luego una segunda persiguió idéntico blanco. Y aún hubo otra más buscando la misma diana. Tres. Fueron tres violentos torpedos dirigidos a un solo hombre. Derribaron a la víctima en la maniobra que hizo para entrar en el auto, sobre el puro bordillo. No pudo escapar. No atendió cuando le dijeron que en no protegerse le iba la vida, o seguro que ignoró el consejo. Fueron tres impactos certeros. En el pecho, en la cabeza y en el estómago. Tres agujeros que se llenaron pronto de la sangre del hombre traspasado por la muerte. Sangre derramada en el asfalto de la calle empedrada, de la colonia, regando la ciudad entera. Otro muerto de una larga cadena a la que no se le veía el tope.
De no haber testigos, a la víctima la hubieran arrojado a un vertedero con el cráneo desfigurado.
Hay a quien no le gusta el encargo porque trabaja a ciegas, porque anda perdido en una compleja red de traiciones y turbios intereses, sin embargo cumple con la tarea a su modo. Los otros prefieren esconderse entre las calientes piernas de las mujeres compradas tras desempeñar sus misiones.
Los patrones disfrutaron de la celebración con tragos de tequila y el calor de viejas desnudas en una hacienda rodeada por un bosque sembrado de cadáveres y escondrijos para la droga. Sus dineros, contados por decenas o cientos de millones de dólares, a esa hora ya estaban a buen recaudo en un banco extranjero.
—Tata.
—¿Sí, Ana María?
—¿Qué le pasa al mundo?
—Está cuete.
—¿Y eso qué?
—Mal, chavita, muy mal de aquí arriba —le explicó el abuelo, señalándose la sien con el índice de su rugosa mano izquierda.
Emiliano destapó un ojo y todo lo que vio fue el ala de su sombrero pajizo, un sombrero con historia, sin color determinado, que ya hacía tiempo comenzó a desflecarse por haberse raído las junturas.
Don Emiliano era en la aldea el más viejo de todos. Su sombrero, el más gastado de los sombreros. Su ojo, un ojo pequeño que se hacía más pequeño aún por las arrugas que lo cercaban.
Luego, cansinamente, como si el mundo holgara subido sobre sus párpados, abrió el segundo ojo, igual de amodorrado y pesado que el primero. Seguramente fue entonces cuando reunió la energía suficiente para levantar la cabeza y calcular la hora por la posición del sol, ya muy caído, casi rozando la tierra. Dormitar tras la comida era una antigua tradición con la que cumplía religiosamente. Sin embargo, en los últimos años de su dilatada vida, ese sueño vespertino se había ido prolongando para compensar sus noches de casi entera vigilia que dedicaba a recordar tantos pasados diferentes, a cicatrizar heridas, a pensar en los que se le habían ido de entre los suyos, a imaginar crecida y feliz a su bisnieta, a convocar fantasías de futuro.
Durmió con el caballito de charanda casero entre los nudosos y anchos dedos de su mano derecha, como cada tarde, a la espera de que los calores del mediodía y los sopores del mole milenario remitieran hasta un nivel prudente. Las últimas gotas de licor michoacano que contenía ya se le fueron hasta el suelo un par de horas antes, poco antes de seguir el vasito el mismo camino. Despertaba con la boca reseca y la lengua pastosa.
El abuelo Emiliano había cumplido en mayo nada menos que noventa y dos años, edad que parecía no mermar su buena condición física, por mucho que le acercara algunos achaques más que razonables, y un hondo cansancio teñido de tristezas. Apenas. O más, solo que él callaba ante los vecinos sus dolores permanentes, que aplacaba con mezcal, con tequila o con charanda, para no despertar la compasión que mereciese un hombre acabado.
Atestiguando el comportamiento galbanoso y zanguango del abuelo Emiliano, nadie hubiera dicho que ese domingo estuviera marcado por un signo especial. Salvo que se trataba del veintiuno de agosto, fecha en que los mexicanos elegían al presidente que iba a gobernar sus vidas en el próximo sexenio, cuyo término coincidiría con el final del siglo veinte.
Cuando iniciaba la encomienda a su dios Huitzilopochtli para reunir la entereza y el vigor que le permitieran ponerse en pie, se le acercó su bisnieta, que llevaba acechándolo durante horas. Contagiada por la nerviosa efervescencia que bullía en todas las casas, en los patios interiores y en las calles del pueblo, hirviendo por el deseo de acompañarle a cumplir con la obligación de la que tanto había oído hablar en los últimos días, deseosa de que su abuelo se ligara al deber colectivo, que también era el más importante de los derechos, la chavita estuvo pendiente de cada ronquido del abuelo, de cada inconsciente gesto por reacomodarse y no terminar cayéndose de la silla.
—¿Ya, tata? —Ana María también lo llamaba abuelo de vez en cuando, como todos en el pueblo, pero prefería el cariñoso tata de los michoacanos. Por algo ella, a su corta edad, ya se enorgullecía de ser michoacana, tal que si fuera una verdadera tarasca. «¿O acaso no?», replicaba insolente si alguien lo ponía en entredicho o lo preguntaba con perpleja ironía.
—Tata, ¿ya?
—Ahorita, Ana María. Primero me voy a poner el Nahualli —dijo con tono grandilocuente pero arrastrado, iniciando un discurso que el sueño le había precisado pero que, en realidad, había elaborado a lo largo de toda su vida, y para el que requería la excusa de una pregunta inocente.
—¿Quién es ...?
—Es el disfraz de los dioses, chavita. Hoy Tlalocan, el señor de la lluvia, y Quetzalcoatl, dios del viento, van a visitar a Xochiquetzal, diosa de la carnalidad, y van a engendrar a la diosa Libertad para combatir al señor de los Infiernos que reina sobre los muertos. Hoy es un día grandotote, hoy los pobres podemos cambiar las cosas, podemos poner a nuestro héroe al mando del estado y del país... —hablaba entre pausas, obligado a detenerse cada dos o tres palabras por carencias respiratorias. Pero cuando sonaba se trataba la suya de una voz firme y generosa.
—Pues ya lo sé, tata, ¿pero cuándo?
—Ahoritita. Esperaba una señal, y ya la he recibido.
— ¿Por eso te has despertado?
— No dormía, chavita, aguardaba.
— Pero roncabas, tata.
—Le pedía a la Guadalupana.
—¿El qué, tata?
—Que Cárdenas sea nuestro presidente.
—En la escuela nos explicaron que mañana va a salir un sol muy fuerte. Y todos hicimos un ejercicio sobre lo que queremos que haga Cárdenas siendo presidente.
—Cuauhtémoc Cárdenas, chavita —dijo, como si estuviera invocando al mismísimo dios de la guerra de los mexicas—. Y esta vez no van a poder engañarnos. Ahora se va a recuperar el pulso de la Historia.
—¿Qué es, tata?
—Un Cuauhtémoc fue el último Venerado Orador que gobernó el Único Mundo, le llamaban el Águila Que Cae Sobre Su Presa, y se enfrentó a las tropas españolas comandadas por Cortés...
—Ya sé, tata —señaló, aburrida.
—...resistiendo valerosamente en Tenochtitlán hasta que la ciudad fue aplastada y demolida en su totalidad. Ahora Cárdenas recuperará la bandera de los mexicas libres, su orgullo pisoteado, y hará que venzamos a la mística locura de poder y ambición que aquel puñado de soldados, religiosos y aventureros sembró en esta tierra.
Cada momento de intimidad que conseguía con su bisnieta lo empleaba el abuelo Emiliano en contarle algo de la historia de su pueblo, que naturalmente no comenzaba con la irrupción de los españoles en el continente americano. La chiquilla disfrutaba aunque no entendiera todo lo que oía, sonándole a enseñanzas recibidas en la escuela. Su afán de saber lo reconocía el abuelo de aquel otro tiempo cuando le preguntaba su hijo, un hijo al que mataron en una revuelta campesina ya hacía casi treinta años, durante el mandato de Díaz Ordaz, el mismo bajo cuyas órdenes se masacró a los estudiantes concentrados en Tlatelolco, la Plaza de las Tres Culturas. Y de cuando su nieto, también de nombre Lucio, mostraba una curiosidad desbordante por todo lo que le rodeaba. Una familia con genes aplicados a la rebeldía, transmitidos de generación en generación.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque esta vez el control lo vamos a llevar nosotros. Hay compañeros del Partido en las noventa y tantas mil casillas, y han venido observadores extranjeros y... pero tú aún eres muy chavita para comprender algunas cosas.
—¿Y tú cómo sabes?
—Todavía me entero de lo que me cuentan, y todo el mundo quiere contarme.
—Yo también quiero votar, tata.
—No, tú no puedes.
—Sí, ya sé, pero...
—A los niños... solo los gobiernan sus papás...
—¿Por qué no viene ya mi papá?
—...y sus abuelos —continuó Emiliano, para no contestar a la pregunta que cada día le hacía Ana María—. Ya tendrás tiempo de hacerlo. Y tu tiempo será más hermoso. Hoy va a cambiar nuestro país. Yo no lo veré —dijo, pesaroso pero tranquilo—, pero tú sí. De fijo que sí.
—¿Cómo sabes?
—Porque vamos a ganar.
—¿Y mi papá?
Emiliano renovó su tristeza. Se sentía satisfecho y orgulloso por la abnegación de su nieto, no podía negarlo; una consagración en cuerpo y alma a la causa insurrecta. Pero aquella ofrenda comportaba sacrificios como el de verse obligado a ocultarse hasta de su familia. Forzado a distanciarse de los pocos seres queridos que le quedaban sobre la tierra, porque a Dolores, su mujer y madre de Ana María, la mataron en una manifestación donde los monos dispararon contra los campesinos, repitiendo así la historia de su padre. Una vocación que lo empujaba a sobrevivir de casa en casa, durmiendo muchas noches a techo descubierto, viviendo de la solidaridad.
—Tu papá vota cada día.
—¿Que quieres decir, tata?
—Eres muy pequeña aún, Ana María, ya verás cuando crezcas, de a de veras, hija.
—Siempre me dices lo mismo, abuelo, y ahorita ya tengo ocho años.
—Y pues ya sabes muchas cosas, ¿o no?
Emiliano había perdido de vista a su nieto un año antes. Supo que estaban organizando un grupo de resistencia. Primero se había destacado como líder del PRD en Michoacán, entonces comenzaron las visitas intempestivas de la policía, las amenazas de los caciques, las palizas. La persecución hizo que sus posturas se radicalizaran, forzándolo a esconderse. Emiliano contaba con que ya le quedara poco para regresar a una vida normal; faltaban horas para abrazarlo de nuevo, definitivamente. Y para que cuidara de su hijita, que tanto lo echaba de menos y tanto lo necesitaba. Porque entre él y Rosa, la única que conservaba fuerzas para sacarla adelante, no se bastaban para darle su cariño y atenderla como merecía. Ya era un trágico exceso que no tuviera madre, algo insustituible, pero que tampoco contase con la referencia paterna, cuando su padre sí que vivía, era aún más doloroso, si acaso entre las dos aflicciones pudiera haber una mayor que la otra.
El anciano Emiliano se terminó de enderezar con una obligada parsimonia teatral, dando a entender que con él se levantaba Méxicoentero, de la selva al desierto, de las ciudades a las aldeas, del Atlánticoal Pacífico, de Guatemala a Estados Unidos, de Revolución a Revolución, con el objetivo sagrado de ejercer su derecho y su obligación de gritar la verdad de un futuro nuevo.
Dejó el vasito en el alféizar de la ventana y retocó el vestido de Ana María. Ella misma había elegido el de gala, todo blanco, por la importancia del evento. Despertó al abuelo a primera hora e inmediatamente, al regresar del baño, se refugió en su cuarto para ponérseloen una maniobra llena de cuidados remilgados y aparatosas admiraciones dirigidas al espejo de cuerpo entero. Cuando volvió a ver al abuelo, desayunando los huevos rancheros que le preparaba Rosa todas las mañanas, ella era otra: ya estaba presta para la ocasión. Pero el abuelo Emiliano no tenía prisa, tras pensarlo mucho decidió que iría a última hora para que el suyo fuera el voto definitivo. Por algo era el más viejo de todos los ancianos de los alrededores, había combatido junto a Zapata, y tenía ese privilegio.
En realidad, aunque él lo contaba así, no había llegado a pelear con Zapata, porque era entonces muy chavito. Lo que sí ocurrió el 20 de mayo del año 1911 fue que el caudillo revolucionario lo tomó en sus brazos cuando, victorioso y tras un ataque que duró seis días en lo que representó una de las acciones de guerra más sangrientas y dramáticas de la gesta revolucionaria mexicana, entró triunfal en laciudad de Cuautla con su contingente de cuatro mil hombres llegadosdesde el mismísimo Morelos, capital del estado, para derrotar al Regimiento de Oro de Porfirio Díaz. En medio de la jarana campesina, de los disparos al aire y de la música que sonaba por todas partes, desde lo alto de su caballo Zapata recogió en sus brazos al pequeñoEmiliano para zarandearlo por el aire como símbolo de su éxito y, unascuadras más allá, darle unos cuantos y sonoros besos, dejarlo en elsuelo y cargarle con el cinto donde guardaba su machete. «Para ti, paraque lleves siempre la revolución contigo», recuerda aún Emiliano que le dijo aquel dios deslumbrante que siguió dando vivas por casi todo, animando a su caballo a encabritarse y a saludar con las patas delanteras, olvidado ya de aquella criatura. Aquel chaparrito de ocho años tenía por nombre Secundino, pero desde entonces sus papás, y los que igualmente fueron asombrados testigos de la escena, lo llamaron Emiliano.
Pocos años más tarde, viendo que las cosas no cambiaron con la Revolución tanto como habían previsto y deseado con fervor, la familia entera trasladó sus bártulos a Michoacán en busca de tierras más prósperas. Michoacán, curiosamente uno de los estados que más ilegales llegaría a enviar a Estados Unidos; muchas veces el curso del tiempo voltea la vida hasta hacerla irreconocible.
Emiliano aprendió pronto que la Revolución era un pesado fardo del que nunca llegaría a liberarse por mucho que así lo pareciese durante breves ráfagas. Tan pesada la Revolución como aquel cinto con el machete de Zapata que apenas lo dejó andar aquel día lleno de caídas a tierra por consecutivos tropezones. La emoción fue la encargada de suavizar, silenciando, los rasguños y golpes. Seguramente lo aprendió durante aquel lejano y duro viaje con sus padres y sus cinco hermanos y tres hermanas. Y el aprendizaje explicaba que la cabeza no tenía que dejarse engañar por las ilusiones de los momentos triunfales, porque podían no ser más que vanas quimeras evanescentes. Aunque, tal vez ese día... quién sabe si... por fin... Las heridas no debían hacer insensible la alegría.
—Órale chavita —indicó el abuelo, viendo que el sol estaba próximo a esconderse por una de las colinas que protegían la aldea o, lo que era lo mismo, ya quedaba poco para que cerraran las casillas.
Abuelo y bisnieta se tomaron de la mano y caminaron por la calle de tierra hasta una escuela medio abandonada donde la gente más remolona se amontonaba aún a la espera del turno para entrar en lacasilla y entregar sus esperanzas con una boleta. Era un espectáculo vertan sorprendente pareja. Él, anciano de venerable pelo blanco entrevistopor los descuidos del sombrero, roturadas facciones simiescas, una gran talla que daba idea de su enorme corpulencia pretérita, ropas sencillas, andar pesado y lento pero decidido. Ella, una criatura diminuta que brincaba de una manotota a otra sin dejar de cantar estrofas de canciones de su tierra, cuidando que nada rozara el lindo vestido blanco que su papá le trajo en una de sus inesperadas apariciones. «Se trajo las estrellas / más raras y lejanas, / las convirtió en mujeres / bonitas de verdad... // Por eso son tan chulas / las lindas michoacanas, / que cuando dan amores, / los dan con dignidad //... // En esa tierra linda / de nobles corazones, / sus hombres sin alardes/ demuestran su valor...».
Justo en el preciso instante en que alcanzaban su meta, y mientras los presentes, que ya habían cumplido con su obligación, le hacían un respetuoso pasillo en medio del silencioso reconocimiento que le dedicaron, oyó gritar:
—¡Faltan crayones!
—¿Faltan crayones?
—Ya los traen.
—¿Hay boletas?
—Sí, ¿pues cómo no?, pero ya casi no quedan porque todo el mundo las usa —contestó, eufórico, un joven que votaba por primera vez.
—Naturalmente. Vamos a ganar.
—¿Te cae? —dudaba alguno cínicamente.
—Sí, ora sí vamos a ganar.
Todos los presentes querían hacer constancia pública de su elección.
—Cárdenas va a ser presidente —dijo uno.
Un coro de voces elevó al cielo vivas al PRD y a Cárdenas presidente.
—Órale, pues que vivan —zanjó el primero, con acento charro.
Miembros del ejército que permanecían a la expectativa a unos cien metros de la casilla se acercaron siniestros para ordenar silencio. La excitación de los presentes crecía según se agolpaba más y más gentío en torno al puente que los cruzaba hasta su futuro: la urna democrática. Los militares retrocedieron impotentes ante la multitud. Tenían orden de no intervenir de no ser absolutamente indispensable, y no daba la impresión de que fueran a saltarse el criterio de sus superiores.
Los campesinos, los indios, los trabajadores, los blancos, los mestizos, todos los del rancho cercano, los de los condominios, todos estaban satisfechos, su alegría impregnaba el aire ante la inminente victoria de su líder.
En aquel distrito michoacano, los de siempre no tenían nada que hacer y ya las elecciones olían a limpieza obligada. No como en el 88, que tergiversaron los datos con todo el descaro imaginable, y al Partido Mexicano Socialista no le concedieron el claro triunfo obtenido según los datos conocidos hasta que, misteriosamente, las computadoras tronaron. Ahora la victoria iba a ser del pueblo. En todos los semblantes florecía idéntica certeza.
A la llegada de los crayones, los pocos que faltaban por votar se reorganizaron y fueron pasando en fila de uno a rayar el logo del PRD, su partido, el partido de la revolución democrática que encabezaba Cuauhtémoc Cárdenas, que iba a ser el nuevo presidente. Todos sabían que el sistema era marcar una cruz donde estaba el emblema que seguían, el del PRD, y no como les habían dicho que la cruz servía para tachar lo que no querían y que así la cruz se la llevara el PRI.
El anciano Emiliano esperó recostado en la pared, con su nieta del alma nutriéndose con cada detalle de la escena, hasta que todos hubieron votado.
—Tata, mira.
—Espera, ahorita.
Era su turno. El viejo Emiliano quería vivir plenamente la turbación de tachar con el crayón el nombre de su partido, de su presidente. El acto de votar representaba el más alto honor de un ciudadano libre, la mayor obligación y el derecho más trascendente. La democracia era una realidad en México tras tantos lustros de dominio dictatorial del Partido Único. Y el trance era preciso paladearlo con delectación.
Cuando llegó ante la urna, se hizo de nuevo un riguroso silencio reverencial. El viejo Emiliano mantuvo durante cerca de un par de minutos una concentración sacra mientras se encomendaba a su virgencita. Todas las miradas se congelaron fijas en el más abuelo de todos, en el más sabio de los viejos. Luego, ceremoniosamente, coló la boleta por la ranura a través de la que, igualmente, depositó su fe y su confianza en la nueva revolución pacífica recién inaugurada.
Vítores y aplausos atronaron el aire michoacano.
—Abuelo, mira —Ana María, aún más agitada, le tiraba del cordelque apretaba a la cintura del hombre unos pantalones de algodón de color blanco mestizo, que terminaban deshilachados sobre los desgastados guaraches.
—Sí, ya, vale pues, ahorita sí mi niña, ya voté, ahora puedes platicarme cuanto quieras —le dijo, iniciando una inclinación hacía la altura de Ana María.
—Abuelo, mira.
El anciano Emiliano atendió a lo que la chiquilla le enseñaba. En su mano, Ana María apretaba un puñado de boletas, algunas de ellas mojadas, que trataba de acercar a los ojos de su abuelo.
—¿Qué haces con eso? —preguntó, ceñudo, el viejo.
—Estaban en el suelo. Se cayeron.
—La neta que los tiraste. No me lo niegues.
—No, tata, se cayeron, de a de veras. Estaban ya en el suelo cuando las vi, de a de veras, abuelo, de a de veras —se defendió, compungida.
—Está bien, vamos a devolverlas a su lugar.
Efectivamente se habían caído porque el resto de las boletas se apretaban en una estrecha mesa de cáñamo, algunas sobresaliendo del borde. Incluso aún quedaban algunas tiradas por el suelo embarrado, cerca de los guaraches de Emiliano, quien tomó las que su bisnieta le acercaba. Las iba a poner sobre las demás cuando advirtió que algunas estaban tachadas. Unos compañeros le indicaron que ya no hacía falta tener cuidado con ellas.
—Pero están usadas.
—¿Qué? —preguntó otro anciano que estaba a su lado.
—Sí, mira, y además están marcadas para el PRI... al PRI... al PRI... mira, esta al PAN... al PRI... al PAN... al PRD..... ¿Qué es esto?
Más gentes se agolparon para averiguar qué sucedía. El representante del PRD en la casilla también quiso averiguar lo que provocaba el incidente.
—Estas boletas... Estaban en el suelo... —explicaba Emiliano.
—Se habrán caído.
—Sí, pero están marcadas.
—No puede ser, de caerse lo han hecho del montón de boletas vírgenes, no hay de otra.
—O alguien las ha puesto ahí para...
—Pero no todas las marcas son del PRI, también hay para el PAN y... para el PRD... Aquí nadie puede votar al PAN.
—Pues y menos al PRI...
—No entiendo esta chingada. Voy a retirarlas. Venga, pasad, seguid con la votación. No sucede nada. Votad y fijaos si la boleta que usáis está marcada. ¿Me habéis oído? —gritó.
Sin embargo, ya no quedaba nadie cerca de la urna y el litigio se olvidó tan pronto como tardó el hombre del PRD en comentárselo por obligación al insaculado, responsable institucional de la buena marcha de la casilla, sin conceder más importancia al incidente.
A Emiliano el episodio no le mermó confianza en la victoria ni incorporó tensión a su alegría, desbordante por mucho que no lo demostrara abiertamente, porque ya lo había vivido todo y sabía que no era bueno adelantarse a los acontecimientos.
—Emiliano, vamos a tomar.
—No contéis conmigo, estoy demasiado viejo.
—No digas, hay que empezar a celebrarlo. Sin usted no somos todos.
—Ándale pues.
—Vayamos de reve —dijeron algunos—. Esta noche nos encontramos en el Zócalo. A toda madre.
—Vamos a ser un chingo de gentes.
—Faltarán los amos.
—Germán, Germán —gritó Emiliano a un cuate por el que tenía simpatía y que hacía varias estaciones marchó al DF a trabajar—. ¿Qué haces aquí?
—¿Ni sabe? Me corrieron hace tres meses de mi chamba en la Imprenta Nacional.
—¿Cómo?
—¿Es la hija de Lucio?
—Sí.
—Está muy linda.
— Claro. Platica.
—Nos mandaron a la chingada a todos...
—Pero ¿por qué? No se supo.
—Trajeron una máquina nueva de Alemania y nos comunicaron que solo la podían manejar pinches especialistas alemanes. Dijeron que ya nos llamarían.
—Hijos de la chingada. No te preocupes, la cosa va a cambiar mañana.
—Pues por eso estoy tranquilo.
En el Zócalo las gentes se reunían por grupos. Unos venían de la cantina, otros de sus casas, también de los alrededores de las casillas donde habían permanecido conversando con sus cuates. Todos a laespera de los resultados junto a botellas de tequila reposado, de charanda y de mezcal de Oaxaca, preparándose tacos con las tortillas, lascarnitas, los frijoles refritos, el guacamole y los chiles que algunas mujeres habían tenido la precaución de preparar para la ocasión. Chicharrones. Y sobre todo corundas. No iba a faltar nada en hora tan festiva. Mariachis, unos espontáneos y otros profesionales, entonaban corridos de la Revolución que todos coreaban. RepitiendoJuan Coloradocada dos por tres, la canción más clásica del estado. «Siempre buscando aventuras / voy deseoso con ciego afán, / por esos campos floridos / de mi tierra que es Michoacán // Que viva mi tierra, Michoacán, / y denme charanda pa’ brindar, / que Juan Colorado aquí está ya, / montando en su cuaco el Huracán». Un par de hogueras sirvieron para que varios cientos se apelotonaran repitiendo vivas a Zapata, al PRD, a Marcos, a Cárdenas y a la Revolución.
Lo que entonces no supo ninguno de los michoacanos que aguardaban febriles la hora de brindar por el triunfo alcanzado, ni ningún otro mexicano, fue que Ernesto Zedillo, candidato a la presidenciapor el Partido de la Revolución Institucional, una hora antes de cerrarse las casillas notificaba de su victoria electoral a un grupo de periodistasen su sede de campaña. Y eso porque el destino del país se había marcado sin atender a la inclinación mayoritaria de sus gentes.
La noticia enmudeció de golpe el entusiasmo. Habían transcurrido siete horas desde el cierre de la votación. Nadie lo podía creer. Era de todo punto imposible. Tenía que haber algún error.
Hubo llantos y exclamaciones de lamento. Expresiones de una rabia que recordaba la de otra noche parecida de hacía seis años, invadieron todos los corazones. Bocas abiertas, miradas extraviadas, gestos de estupefacción. Lo imposible había devenido cierto.
La oscuridad se les estrelló a todos en los rostros como una pesadilla macabra. El cielo se les derrumbó sobre sus cabezas, aplastándolos sin conmiseración. El miedo que habían olvidado por la presión de sus deseos reapareció con crecida consistencia: todo estaba perdido. Unos pedían a gritos explicaciones a su Virgen de Guadalupe, otros a los compadres, y los más guardaban un silencio amedrentado.
Al rato, los presentes coincidieron en un arrebato creciente de ira, plasmado en sus apretados puños lanzados al aire en gesto amenazador. Y el sordo rumor de una sola palabra que lo definía todo, haciéndose eco de la dictada por un águila amamantada por una serpiente:¡fraude!
¡¡fraude!!
Tras una entusiasta jornada por toda la geografía mexicana, de grandes pálpitos ante la suerte de resultados positivos, de alegría confiada creyendo todos que sus respectivos partidos iban a vencer en la contienda, llegó para unos la confirmación de sus expectativas y, para los otros, el asombro por la traición a tantos deseos. Como fruto de la reflexión individual y el trabajo colectivo, cada persona esperaba que fueran sus dioses los que más contentos hubieran quedado por los votos ofrecidos.
Las elecciones constituyen la gran ceremonia que liga periódicamente a los habitantes de una colectividad, por mucho que, como la mexicana, sea enormemente plural y muy repartida en zonas radicalmente diferentes. El veintiuno de agosto de 1994, entrada ya una noche gobernada por Tezcatlipoca, una gran mayoría de la población volvió a experimentar el manido sentimiento de la decepción y la derrota. El sabor de la impotencia.
Tan especial carácter perfiló la noche que hasta Ana María había resistido con denuedo al cansancio, prolongando la vigilia junto a los demás hombres, mujeres y niños del pueblo. A pesar del alborozo y la excitación, las visitas a su abuelo fueron incrementando su frecuencia, las aprovechaba para hacer paréntesis en sus juegos y recostarse sobre el regazo de su abuelo lo suficiente como para tomar aliento. Emiliano se sentó desde un principio en un corro de ancianos que intercambiaron sus aventuras y misterios. Allí recibió la noticia.
Estaba entrado el nuevo día, con los habitantes de la aldea apostadosalrededor de las cenizas que fogatas improvisadas habían salpicado el Zócalo.
—¿Qué onda, tata? —la niña, que había terminado dormida en la última de sus aproximaciones en busca de reposo, sin hacer caso de Rosa, quien no hacía sino invitarla a regresar a casa, se despertó sobresaltada por aquellos lamentos, por el tono diferente de los gritos, por el enrarecimiento que había disgustado al aire.
—Nada, Ana María, nada.
—Sí, dime qué pasa.
—Dicen que ganó el PRI, que ganó el pinche Zedillo.
—Pero, tata, ¿eso es posible?
El anciano Emiliano pensaba. No tenía respuesta para la curiosidad de su bisnieta. Lo que sí sabía era que todo aquello tenía que ser obra de Tezcatlipoca, porque no podía ser otro más que el dios de la muerte y la noche, de la magia y la hechicería, quien hubiera obrado alterando el curso natural que buscaban seguir los hombres buenos.
Emiliano se irguió como si todo México estuviera de nuevo sobre sus hombros. Ana María llamaba su atención como más le gustaba: tirándole del cordón que sujetaba sus pantalones.
—Pero, tata, ¿hay chance de que sea eso posible?
Sin abrir la boca, el abuelo Emiliano tomó de la mano a su bisnieta y la quiso sacar de aquel espacio y de aquel tiempo amenazador.
—Abuelo, ¿dónde está mi papá? Me prometiste que vendría esta noche.
—Ya vendrá, chavita, ya vendrá. Ahorita vámonos a casa.
El abuelo tuvo que andar con la cabeza gacha para que nadie viera las dos amargas lágrimas que acababan de destilar sus ojos.
El sol hizo su aparición. El pequeño Zócalo quedó desierto. Solo los restos de la fiesta, esparcidos por todas partes, declaraban que antes del llanto hubo alborozo.
«La cucaracha, la cucaracha / ya no puede caminar / porque no tiene / porque le falta / marihuana que fumar».
Tienes frío, mucho frío, muchisísimo frío. Un frío que te trepana el cerebro, un frío que hiela la sangre impidiéndola llegar al corazón. Un frío polar. Un frío militar. El aliento de una bestia cornuda venida del averno te ha invadido, petrificando tus líquidos y fulgores. Con cada dormitar te sobrecogen jirones de un sueño que te obliga a sudar de miedo. Un sueño que surge en la mente sin ser convocado, con virulencia inesperada, con la consistencia de una perversa e inacabada obsesión, pesadilla nacida del sabor agrio que dejan al final de la jornada el cansancio de otro día más y los nervios ante la fatalidad de lo inminente. Si acaso lo hay. Porque no haces sino pensar si esta tortura que padeces tendrá fin. Inútiles pensamientos. Día inacabable, eterno, infranqueable. Un día que es siempre noche, una maldita noche iluminada con una miserable bombilla escuálida. Y todo rodeado de agua. Eres un buque insignia perdido en medio del océano desierto. Pueden ser delirios remozados de sangre, enardecidos por un dolor profundo. Incoloras alucinaciones construidas con seres queridos que sufren, que padecen, que no tienen para comer, que no pueden vestir a sus hijos, que reciben palizas de individuos sin escrúpulos, que tienen rotas sus ilusiones, hinchadas las espaldas, sacrificadas sus vidas, que mueren acribillados por balas oficialistas, que son torturados durante secuestros que permanecerán siempre impunes. Gentes descabezadas. Ciudades construidas con odio y miseria. Un dragón de alas quebradas lanza su fuego contra las gentes pacíficas, achicharrándolas. Un águila mitológica pelea con él en un combate desigual, la serpiente que se arrastra por el suelo espera paciente al perdedor, se mueve sinuosa entre las rocas de un pedregal,con la boca abierta, esperando el fruto de su paciencia. Son ciudadanos, la población civil, son los compañeros, son los cuates, tus papás, tu hermana. Eres tú mismo. En turno riguroso. Tal vez sean desvaríos surgidos de la bruma de unos pensamientos atormentados, quebrados por el conocimiento de las obras realizadas por los que están al otro lado de una barricada levantada con despojos humanos, acumulados desde siglos atrás. Con afilados dientes, ebrios,vestidos con ropas de colores violentos, carnívoros. Bestias caníbales.También son informes encarnados en aves carroñeras, datos convertidosen moles selváticas diseñadas como laberintos tramposos, conversaciones falsas, ruines. Terrenos pantanosos, trampas en el suelo, en las paredes, en el techo, campos llenos de minas, encierros claustrofóbicos, redes carcelarias, caza al hombre libre, artimañas, ratoneras sin salida. Emboscadas. Padecimientos y angustias dibujadas en los rostros de un pueblo encarcelado. El poder corruptor de la plata basado en la mentira. El fraude está servido en las mesas del PRI. Balacean a Donaldo Colosio. Ha caído muerto el candidato a la presidencia de la República. Y asesinan a su asesino y al asesino del asesino. Van asesinando a cada mensajero. Así la trama se enturbia, se vuelve irreconocible, las pistas se tornan confusas, indescifrables. Nadie entiende las razones de tantas acciones siniestras. Vuelven a asesinar al último asesino. Sin duda ha de ser muy grave la causa de tanto homicidio seriado. No tiene importancia, se trata de una república que no cuenta dentro del orden mundial, apenas pinta algo y puede servir de campo de maniobras. Como ellos dicen, no son más que miserables tramas narcotraficantes. Masas reivindicativas que exigen su pan, helicópteros que arrasan poblaciones campesinas, etnias masacradas, guerrilleros armados con rifles de madera, perros militares que persiguen y se comen a los indígenas. Suicidios provocados, ejecuciones por orden de los gobiernos sucesivos. Enfrentamiento entre las distintas familias del poder, cada familia simbolizada en una mueca agria, gestos de odio, odio negro y animal, intereses comerciales ligados a la droga oficial, a la compraventa de armas, a la trata de blancas y de niños. El negocio del petróleo como religión que rubrica el aplastamiento de los derechos de las etnias. El sur no existe. Todo ello diabólicamente entremezclado deviene en hecatombes para pueblos enteros, poblaciones, poblados, campos y hasta ciudades derribadas. Nada permanece en pie. Cataclismo. Las familias en el poder pelean con uñas y dientes, con tiros y denuncias falsas. Hambre, tristeza, dolor, sangre. Sangre de muertes sin explicación ni sentido. Y el hambre de los que no tienen para comer ni tan siquiera tortillas de maíz o de trigo, de los que no tienen con qué curarse más que su propia resistencia, dónde cubrirse ni con qué vestirse si no es gracias a la naturaleza que los rodea, el maguey —pita santa— que los envuelve, que los protege. De nuevo un volcán de sangre rebelde, escupida por la cerrazón miserable de los gobernantes ciegos y sordos. Hay menos luz que en las películas claroscuras de Ripstein, más claustrofobia que en los ambientes creados por él. Es una escena de las suyas, difícil de distinguir por su negrura. Es cierto que la realidad supera a la ficción. Globos en forma de corazón desgranan por los campos y las ciudades su sangre coagulada desde las alturas. Música de terror orquestada para una película en negativo donde la contaminación protege los sinsabores de unos y las pendencias de los de enfrente. Del suelo de los jardines de las villas aristocráticas emergen manos buscando oxígeno para sus dedos marchitos. Las piernas rotas, separadas de sus troncos, recorren las interioridades de tumbas improvisadas. Unas jijas se carcajean cuando son violentadas por sádicos profesionales a sueldo de ficticias empresas gringas que hacen negocios con la federal. Las facturas son pagadas con favores. Unos narcotraficantes han desaparecido en el monte con la lana de campesinos moribundos. El gobierno pone una esquela en su palenque privado. No pelean gallos, sino sus siervos. Los demás presencian el espectáculo atados de pies y manos. Cuando alguien grita de dolor, nadie le escucha porque todos miran en otra dirección. Sueños de colores violentados por el consumo de peyotes recogidos en desiertos de piedras prehispánicas. Lo indio, lo blanco y lo mestizo aglutinados en cruentas batallas que ganan tramposamente siempre los mismos. El enemigo acecha en la finca vecina. Helicópteros de transporte UH-1 y aviones F-5 regalados con la excusa de combatir el mercado ilegal de estupefacientes. Pero también sirven para fortalecer un ejército destinado a reprimir a un pueblo. Nadie cree al otro, todos andan perdidos en calles repletas de pistoleros, de siniestros tanques fratricidas, recelosos, desmoralizados. Curas violados, expulsados. Una oposición negada. No seas tan idiota de acercarte a la policía, eso sí que es peligroso. Los Señores de la Lluvia, los Dioses del Viento y los Números, los Gemelos Ancestrales, los Sumos Sacerdotes, la Aristocracia Imperial de otras civilizaciones, los otros dioses que merecen sacrificios, los Grandes Artífices, hasta el espíritu de los conquistadores armados, todos celebran conciliábulo para entender cómo han podido perder la rienda de un pueblo diverso en una tierra rica que no sabe de futuro porque le han arrebatado el presente hace una eternidad. Entonces estalla una bomba, la explosión arranca las raíces y desmorona las ruinas primigenias, desmembra los cuerpos y avienta las almas. Solo permanece un polvo amarillo y azul, atómico y catacumbal. La guerrilla de Guerrero, de Veracruz, de Tabasco. La resistencia urbana. Y la selva Lacandona. ¿Qué sucede en Chiapas? Son los zapatistas. El rostro camuflado por un pasamontañas se convierte en la expresión de un país que no cree lo que vive y, desde luego, no lo admite.
Idénticas pesadillas repetidas una y otra noche. Zozobra temerosa. ¿Solo son pesadillas? ¿Será preferible no volver a dormir?
«Papá, ¿dónde estás? ¿Dónde estáis todos?».
¿Qué haces aquí?
«Mamá, ¿me oyes?, favor de platicarme».
Alejandro Posadas se acababa de guarecer en el segundo peldaño de las escalerillas que permiten bajar a la estación Leicester Square del underground. La derrota infligida le había terminado de envenenar el alma por culpa de la humillación sufrida, y se limpiaba la sangre que le manaba de la nariz y de la boca, tratando de que no se le cayeran los dos dientes que habían recibido uno de los fuertes trallazos de un gorila en el Hippodrome, club nocturno que Posadas había conocido muchos años atrás como teatro de variedades. No llegó a estallar la pelea, que él parecía buscar, porque los responsables de seguridad del local lo bloquearon y arrojaron a la calle con eficiencia y rapidez, sin concederle tiempo a la defensa. Lo mereció, aunque por puro machito él estuviera lejos de reconocerlo.
