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Alonso, Jimena y Brianda son Los hijos de Munia que pasean sus andanzas bajomedievales por un reino nazarí, una corte bretona o el camino medieval al Finisterrae. Piezas de amor y desengaño engarzadas en un llevadero y conciso apunte de época que nos acerca a monacos y mercados de plaza castellanos, a figones donde se engolfan peregrinos y buscones, a la vida de siervos y tenderos. Un texto oportuno para caminar en ruta literaria hacia Santiago de Compostela, una accesible novela de género histórico. Para lectores de 13 años en adelante.
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Veröffentlichungsjahr: 2017
© de esta edición Metaforic Club de Lectura, 2017www.metaforic.es
© Blanca Sanz
ISBN: 9788417156053
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BLANCA SANZ
Los hijos de Munia
La adivina del mercado
El convento de Cardeña
El rapto de Brianda
Andanzas y adversidades de Alonso
«El caballero de la oreja quebrada»
Jimena y el vikingo
La cautiva de Almuñécar
A mi madre
La olla hervía a borbotones en el fuego; Munia levantó la tapadera y comprobó que el cocido de habas y cebollas era un poco triste para celebrar los buenos rumores que corrían por el castillo y que Juan, su marido, le había adelantado. Así que tomó el cuchillo, cortó unos trozos del tasajo que colgaba de una viga y lo echó al puchero para alegrarlo; enseguida un apetitoso olor a buen guiso se extendió por toda la vivienda hasta el corral donde estaban los chicos.
–Madre ¿por qué se come hoy cecina? –preguntó Jimena intrigada.
–Espero que tu padre nos traiga buenas noticias; Esteban, el mayordomo del señor, que llegó de Andalucía, ha llamado a los hombres para hablar de las tierras de Tellozar, es fácil que nos las arriende y nos ceda también estas casas que ocupamos pues el castillo se cierra. Es lo que Froilán ha podido saber y se lo ha contado a tu padre.
–Entonces ¿ya no nos iremos a la ciudad? –intervino entristecida Brianda, su otra hija.
–Veremos cómo quedan las cosas. No nos hagamos ilusiones antes de tiempo. Anda, llama a Alonsillo que estará a llegar tu padre y ve a por agua fresca al pilón.
Munia salió a la puerta para ver llegar a su marido. Se sentó en el pretil, apoyó la cabeza en la pared de la casa y al sentir la calidez del adobe entornó los ojos entre impaciente y esperanzada.
Aquellas casuchas que en tiempos no eran más que míseros cobertizos para los sirvientes del castillo se habían convertido después de las reformas en un digno alojamiento. Con el trabajo de Juan y la imaginación de Munia habían rodeado la casa de un pavimento hecho con cantos de río y en el interior habían cubierto el suelo de tierra con esteras de junco; en el invierno pasado habían cambiado el pajizo de la cubierta por tejas de barro y con tapial separaron su corral del de sus vecinos, así no les entraban las gallinas y los conejos de las otras familias con las que compartían también el pilón del agua. Munia se sentía satisfecha de las mejoras que había ido logrando en su vivienda. Por lo menos, si la fortaleza se cerraba, tenían un decoroso cobijo y no se verían obligados a emigrar a otras tierras, aunque ella no iba a sufrir demasiado por abandonar Tellozar. Juan, sin embargo, desechaba la idea de marcharse pues se había criado en la herrería del castillo y amaba el oficio tanto como su padre; ya de chiquillo cepillaba a las caballerías para apaciguarlas cuando pataleaban inquietas al oír el martillo del yunque y a los ocho años sujetaba con habilidad las patas de los animales para herrarlos.
Al morir su padre, don Gonzalo, el señor, no dudó en que Juan le sucediera en el puesto de herrador de Tellozar; fue entonces cuando se casó con Munia, una de las mozas que llegaban desde las aldeas cercanas a trabajar en las tareas domésticas del castillo. Entonces sí que había animación entre aquellos muros, pensaba Munia contemplando al fondo la torre almenada de Tellozar. Munia cerraba los ojos y rememoraba el bullicio que se formaba en el patio de armas cuando llegaban los invitados con sus servidores y las cuadras y la herrería se llenaban a rebosar. Caballeros que descabalgaban airosamente de hermosos animales y elegantes damas montadas sobre esbeltos palafrenes acudían a los banquetes, fiestas y cacerías que organizaba don Gonzalo. Eran días de mucho trajín sobre todo en las cocinas, donde se amontonaban las perdices, gallinas y capones para desplumar. A veces, las manos de Munia se ensangrentaban de tanto restregar los asadores de carne, los calderos y las escudillas y aunque todo el mundo terminaba derrengado de tanta brega, aún tenían fuerzas para solazarse; al corredor que había entre las cocinas y la despensa acudían los hombres de las cuadras, los palafreneros y los guardianes y alrededor de las sobras del convite y de unas jarras de vino se armaba la fiesta y el jolgorio. En ocasiones surgían trifulcas porque los escuderos bebían más de la cuenta e insultaban y ofendían a los pajes y criados pero también se fraguaban amores verdaderos como los de Munia y Juan. Luego, cuando se convirtieron en marido y mujer, Munia siguió ayudando en el castillo, pero su trabajo era más llevadero, ordenaba las alacenas, colocaba la ropa en los arcones, planchaba camisas y briales y almidonaba las tocas y cofias de las señoras y aun sacaba tiempo para hilar y coser las calzas y refajos para sus pequeños, a los que fue criando con entrega y acierto. Aunque los dos primeros se le desgraciaron antes de nacer, Alonso y luego las gemelas Brianda y Jimena eran fuertes, sanos y de mente despejada.
Peor suerte hubo con el último que Dios se llevó de manera insulsa y desdichada. Cuando Munia recordaba la desgracia, su ánimo se ensombrecía y un escalofrío le recorría el cuerpo. Fue una noche oscura, unos golpes en la puerta despertaron a Juan para herrar una caballería que debía partir de madrugada; ella lo acompañó con el candil y ayudó en la tarea, pero era una mula maltratada y loca y cuando Juan le introdujo el último clavo en la pezuña le dio un arrebato y soltó una patada en el mismo vientre de Munia que ya era abultado y cumplido. Munia gritó y se quejó amargamente y apoyada en el brazo de su marido regresó andando a casa; pero al amanecer, una preciosa criatura sin vida asomó al mundo en medio de fuertes dolores. Fue la primera vez que Munia vio sollozar a su marido; entre los dos envolvieron aquel precioso niño, rubio como los ángeles, en un trapo de lino y lo guardaron entre la leña para que no lo vieran los chicos. Al día siguiente, Juan con el permiso del señor y como buen cristiano le dio tierra en el camposanto del castillo.
Munia se secó una lágrima con la punta del mandil e intentó distraer su memoria; por la cuesta, entre los árboles apareció la figura de Juan precedido por la perra Lina. Munia entró en la casa, descolgó de la pared el tablero de comer, aseguró las dos patas, repartió las cucharas y volcó el potaje en los cuencos. Los hijos miraban la expresión del padre y se impacientaban con su silencio. Munia, de pie, cortaba el pan y también lo observaba. Juan se hacía de rogar echando cortezas a la perra que le olisqueaba los pies.
–Muy alegre estás tú hoy, no sé qué te pasa –dijo Juan acariciando la cabeza del animal.
–Todos estamos contentos, padre –dijo Brianda que era la más parlanchina–. Madre ha puesto comida de domingo.
–¿Cómo os ha ido con Esteban? Cuenta ya –preguntó Munia.
–De todo ha habido. Bueno y malo.
–No me digas que a última hora el señor se ha echado atrás –dijo alarmada Munia colocando las rebanadas en la mesa.
–Pues a don Gonzalito le ganábamos todos a correr y además hablaba como las niñas.
–Tú, Alonso, come y calla, que nadie te ha dado vela en este entierro.
Brianda y Jimena rieron la ocurrencia de su hermano y siguieron haciendo comentarios sobre el hijo del señor que era de su edad y se había ido con su familia a tierra de moros sin saber todavía manejar la espada.
–Empezaré por lo bueno –dijo Juan carraspeando–. Las tierras del ribazo nos las cede y también las viviendas, pero quedan fuera del reparto Odón y Elías que tendrán que espolear pues el castillo se cierra. Así que nos quedamos al raso, sin otro cobijo que el de este tejado que nos cubre.
Alonso y las chicas miraron al techo y contemplaron las vigas, había telarañas y moscas atrapadas en ellas.
–¿Es que ya no piensa regresar don Gonzalo?
–Creo que después de la toma de Medellín ha pasado a ser caballero principal y nuestro rey lo retiene para la campaña de Córdoba. El señor siempre se distinguió en las guerras de la morisma por su valentía y arrojo y don Fernando lo considera como uno de sus leales, así que será difícil que vuelva por estos lares. Lo que sí me ha encarecido Esteban es que hagamos una limpia de cuartos y escaleras de vez en cuando, para que no aniden los pájaros ni crezca la hierba en los adarves.
–Te acompañaré yo, padre –dijo Alonso entusiasmado con la idea de recorrer de nuevo la sala de armas y las celdas de castigo con sus grilletes, que era lo que más le gustaba tocar.
–Y lo de las tierras ¿cómo queda? Espero que no tengamos que pechar por ellas y que el monte quede libre como ahora.
–Hay un pliego escrito que luego traerá Senén; hemos quedado con Santiago en ir los tres esta tarde a San Medel para que lo lean los frailes.
A Munia le pareció bien acercarse hasta el hospital de los monjes y escuchar la lectura del documento.
No habían levantado todavía la mesa cuando llegaron Senén y Santiago con el rostro ensombrecido por los acontecimientos.
–Odón y Elías reclaman su parte, culpan del mal reparto al mayordomo y éste asegura que a él le dio el pliego ya enrollado el escribano de don Gonzalo y que nadie le pidió su opinión sobre el asunto –dijo Senén rascándose la cabeza.
Senén era el más viejo de los tres y desde la partida del señor se encargaba de la limpieza del foso, de las letrinas y de adecentar las caballerizas y proveer de pienso y paja a los pocos animales que quedaban en el castillo.
Santiago era de la edad de Juan, vivía con su familia en la casa aledaña y sus obligaciones eran cuidar los hornos, las cocinas, despensas y bodega y almacenar en los graneros la cosecha de las tierras de don Gonzalo. Santiago era incapaz de llevarse un puñado de cebada para su mula, no así Odón y Elías que varias veces habían sido apercibidos por Esteban, el mayordomo. A Odón se le había sorprendido varias noches con una carga de leña a la espalda que cogía de la boca misma del horno y la talega llena de harina y en las cacerías escondía entre las matas liebres y gazapillos que luego despellejaba en casa y escabechaba.
Elías, sin embargo, no era ladrón pero se emborrachaba con frecuencia en las bodegas del castillo, abandonaba sus obligaciones y se tornaba provocador y pendenciero. En los últimos tiempos hasta su mujer le abandonó para irse a vivir con el molinero de Tellozar. Entonces Elías siguió bebiendo para olvidar la afrenta y llegó a asaltar a caminantes para conseguir dinero y beber.
–Lo mejor que pueden hacer es abandonar esta tierra y buscar acomodo en la ciudad –sentenció Santiago.
Munia sacó un jarrillo de vino y lo fueron pasando. A Juan también le inquietaba la triste situación de los agraviados y sin una autoridad en el castillo empezaba a temer su desquite.
–Las desdichas de la ciudad son mayores que las de la aldea; malos tiempos les aguardan –dijo sentencioso Senén.
–Tampoco van a ser buenos para nosotros. Antiguamente nuestros mayores huían a las montañas amedrentados por las aceifas sarracenas que arrasaban casas y cosechas; ahora, al marchar los señores de Castilla a la conquista del Sur, estas tierras quedan a merced del desorden y del bandolerismo, y gracias podemos dar a Dios que tenemos cerca San Medel y Cardeña y el camino de peregrinos que siempre tiene vigilancia para viajeros y naturales –terció Juan ofreciendo otra ronda de vino.
Munia cogió el pliego de la mesa para que no se ensuciara y envolviéndolo con cuidado en un lienzo lo colocó en su cesta y apremió a los reunidos a partir cuanto antes a San Medel para regresar a buena hora.
San Medel, a dos leguas escasas de Tellozar, era un pequeño albergue-hospital para caminantes y romeros que se dirigían a Santiago; aunque apartado de la vía principal, era conocido por los peregrinos que necesitaban reparar sus pies y sus fuerzas antes de llegar a la gran ciudad de Burgos casi siempre escasa de cuadras y posadas. Una nieta de don Tello, el que reconstruyó Tellozar, donó una casa con arcos y ventanas de piedra a los monjes de San Pedro de Cardeña para que se atendiera a los viandantes pobres o enfermos del camino santo y tres frailes y unos legos del monasterio se trasladaron a aquel inhóspito lugar y le dieron vida con su dedicación y entrega.
Munia conocía a los frailes y mantenía un buen trato con ellos; el hermano hortelano la abastecía de semillas para el huerto y ella acostumbraba a plancharles, para la fiesta del patrón, los paños del altar con almidón, como se hacía en el castillo. En una ocasión el fraile hospitalero y fray Ramiro sacaron a su chiquillo de una muerte segura a fuerza de ponerle ventosas en el pecho; Alonsillo había caído al pilón, se quedó mojado todo el día y por la noche ya no pudo respirar; gracias a los frailes estaba vivo. Toda la gente de las aldeas acudía a San Medel a aliviar sus desgracias.
Fray Ramiro, que hacía las veces de abad, recibió a Munia y a los hombres con gran cordialidad, los pasó al refectorio y allí les leyó con voz clara el escrito de donación. Todos quedaron enterados de los labrantíos que cada uno recibía en arriendo y de los servicios que deberían realizar en contrapartida: mantener decoroso el castillo, limpiar de zarzas y matorral el foso, desbrozar los caminos, cuidar el puente y evitar que alimañas y pájaros entraran en su interior. En cuanto al monte lindante se les concedía el usufructo de leña y madera del encinar sólo para sus propias necesidades y el libre pasto para animales de todo pelaje, excepto cabras, por los destrozos que hacían en el arbolado. En propiedad recibían las casas que habitaban con sus corrales y huertos y el manantial que llenaba el pozo y aun don Gonzalo, por añadidura, les concedía el uso del molino una vez al mes sin pagar censo alguno. Fray Ramiro volvió a leer los nombres de los tres beneficiarios que se citaban al margen del escrito y terminó congratulándose de la decisión de don Gonzalo. Luego les mostró la santa casa y las obras que se estaban realizando en la hospedería y en la iglesia; al pasar por la herrería Juan hizo alguna sugerencia sobre la colocación del yunque y la ventilación de la fragua y habló con el hermano que la regía, un lego hablador y campechano que invitó a los visitantes a licor de cerezas de un botellón que sacó con sigilo de una trampilla cuando se hubo ido el abad. Senén había traído avellanas y nueces para el camino y se las comieron en agradable charla con Abilio, el hermano herrador que entre trago y trago fue contando historias y sucedidos de los viajeros extranjeros que pasaban por San Medel.
Como la noche se les echaba encima, abandonaron la alberguería y a buen paso hicieron el regreso comentando entre ellos lo que Esteban, el mayordomo, contaba de Andalucía.
–Creo que don Gonzalo le ha regalado una jaca para hacer sus diligencias y le ha prometido tierras y casa cuando entren en Córdoba –añadió Santiago.
Todos se hacían cruces de lo mucho que había cambiado Esteban en sus modales y en su conversación; sin haber estado en escuela o monasterio alguno parecía un hombre instruido.
–Eso le ha ocurrido por haber salido de la aldea –dijo Munia convencida.
–Yo creo que es porque tiene mando; las personas con autoridad parecen otras –añadió Juan.
–Con nosotros se ha portado bien; claro que Odón y Elías no dirán lo mismo. El otro día alguien arrambló dos gallinas de mi corral y quebró la higuera de arriba abajo; luego tropecé con Elías y me rehuyó.
