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Del autor de Escucharás mi corazón. Una historia de amor puede continuar de muchas maneras. Ylenia recibió un corazón de un donante. No de cualquier donante: del amor de su vida. Una tristeza infinita se apodera de ella y prolonga su convalecencia hasta que el encuentro con Giorgia, una joven muy especial, que ha recibido un trasplante de córnea, cambiará su vida para siempre. Una gran aventura surge entre ellas y los antiguos amigos, y los lleva a investigar en el mundo del robo de órganos y la compra ilegal. Una gran novela llena de personajes queribles y dispuestos a dar la vida por resolver sus dilemas sobre el amor, la sexualidad, la amistad, la gratitud y el honor.
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Seitenzahl: 254
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Los infinitos latidos del corazón
Los infinitos latidos del corazón
Alessio Puleo
Portadilla
Legales
Los infinitos latidos del corazón
Puleo, Alessio
Los infinitos latidos del corazón / Alessio Puleo. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Del Nuevo Extremo, 2017.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descargaTraducción de: Laura Cariola.ISBN 978-987-609-687-4
1. Novelas de la Vida. I. Cariola, Laura, trad. II. Título.
CDD 853
© 2017, Alessio Puleo
Título en italiano: Gli infiniti battiti del cuore
© de esta edición, 2017, Editorial Del Nuevo Extremo S.A.
A. J. Carranza 1852 (C1414 COV) Buenos Aires Argentina
Tel / Fax (54 11) 4773-3228
e-mail: [email protected]
www.delnuevoextremo.com
Imagen editorial: Marta Cánovas
Traducción: Laura Romina Cariola
Corrección: Mónica Piacentini
Diseño de tapa: @WOLFCODE
Diseño interior: ER
Primera edición en formato digital: mayo de 2017
Digitalización: Proyecto451
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.
Inscripción ley 11.723 en trámite
ISBN edición digital (ePub): 978-987-609-687-4
1
Querido corazoncito:
ahora lo sé, sé para quién son tus latidos infinitos; gracias por decírmelo esta noche, en silencio, gracias.
Cerré los ojos, apoyé la mano sobre la herida, respiré profundo y me dejé ir.
En la oscuridad y en el silencio te sentí latir. Luego, de repente, su imagen frente a mis ojos cerrados. Es un chico cómico en ciertos aspectos, pero de una dulzura infinita. Tiene una extraña habilidad: al mismo tiempo logra hacerme soñar, hacerme sonreír y darme seguridad.
Para ser sincera, no sé si cuando lo veo y/o pienso en él sonrío por su forma de ser o porque me hace totalmente feliz. En todo caso, esa visión, clara, neta, precisa, junto con tu latido demasiado veloz que avanza en un crescendo asfixiante, me hizo comprender que él es el hombre de mi vida. Y no tengo miedo de decirlo y de pensarlo, porque seguir amando y empezar a ser feliz de nuevo no es olvidarte, sino volver a nutrirte y devolverle el valor a tu sacrificio impagable.
Gracias por la vida que me diste, por enseñarme a amar y por haberme dejado ir.
Dentro de poco iré hacia allá, al salón de los tapices y entre la gente elegante que habla con la copa en la mano, en las transparencias del Dom Perignon y de mi vestido largo, lo enfrentaré y estaré segura de mí misma, sonriente, con la cabeza en alto. Me acercaré a él decidida, le apoyaré una mano en la espalda y, con una inclinación de la cabeza, lo invitaré a que me siga a la terraza. Entre el naranja y el amarillo de los cítricos, entre el sonido de las olas que rompen y tu fuerte latido en mi pecho, en mi garganta, en mi cuello, lo besaré. No necesitaré palabras, alcanzará con mirarlo a los ojos, sentirá los latidos acelerados, aturdidores, y comprenderá. Y entonces nadie podrá separarnos, será el inicio de una historia de amor nueva, intensa, magnífica.
2
Sostengo entre los dedos una pequeña margarita palidecida por el tiempo, la apoyo en la nueva página marcada por el surco de mi pluma, ahora seguro, y empiezo a ojear las páginas anteriores, como pétalos sacudidos por el viento.
Las margaritas... amo las margaritas y tú en el fondo lo supiste siempre, como esa vez que estabas llegando muy tarde, subido a tu bici, y paraste en la florería para comprarme flores. No sabías qué elegir. Pensaste que si me regalabas un ramo de rosas, desde luego que lo malinterpretaría y me enojaría. Las orquídeas eran demasiado caras. ¿Violetas? Demasiado poco. ¿Girasoles? Demasiado grandes y difíciles de transportar en bicicleta. Al final, el florista, que era muy paciente, te mostró unas pequeñas margaritas. En seguida te resultaron perfectas para mí. Dijiste que tenían la misma belleza que yo: sencilla, pura, agua y jabón, y también eran orgullosas y dulces, como yo.
Y ahora justo una margarita palidecida me lleva entre los recuerdos más intensos de mi vida.
Me detengo en una hoja de hace mucho tiempo, en las líneas que decretan el inicio de mi vida nueva, en esa letra un poco insegura que tanto amaba, sobre ese corazón rojo que había dibujado algún año antes, sobre esa inscripción que había condicionado mi existencia: “Mi corazón te pertenece. ¡Para siempre!”.
A veces me pregunto si nuestras sentencias prevén el futuro o lo determinan. Yo espero que ni lo uno ni lo otro.
Siento que los ojos se me inundan de lágrimas, las contengo, no quiero dejar que se escapen, me gustaría guardarlas en mí para siempre, como si esa melancolía atormentadora fuera y debiera seguir siendo el símbolo tangible de un amor único e irrepetible, pero que en todo caso no me impediría vivir el presente con plenitud.
Luego de un período de caos interior en que me dejé ir a historias sin sentido y, no me avergüenza decirlo, a sexo sin amor, en que confundía cualquier forma de contacto físico con un sentimiento que en realidad no existía ni en mí ni en el otro, parece que al final volví a encontrar mi equilibrio, una lucidez personal del corazón.
Cierro la agenda, la estrecho entre las manos, largo un suspiro profundo. Me salvaste la vida a través de ella. Si no hubieses dejado nuestros rastros en esas páginas, si no hubieses escrito tus últimos deseos allí, habrías muerto en vano. Habrías muerto y listo, como todos los muertos de la tierra que no dejan rastros, pero ahora no solo sigues viviendo en mí, sino que tu gesto le dio sentido a una vida consumida demasiado de prisa y un motivo para que tu desaparición sea menos atroz.
Marco el contorno de ese corazón con los dedos, mi vista se pierde y, como queriendo recorrer de nuevo las escenas de una película que se reproduce con demasiada velocidad, empiezo a leer lo que yo misma escribí con el deseo de no interrumpir un discurso sobre un par de personas que ya no reconozco, que me hacen falta como el aire en los pulmones antes de la operación y que me gustaría revivir a toda costa.
3
Querido Ale:
no sé si es justo hablarte por medio de estas páginas, pero es la única forma que conozco en este momento.
Deseé morir durante días. El dolor en el esternón se hacía insoportable de a ratos, a veces ni la morfina ayudaba; pero de todos modos no era nada comparado con el dolor de tu ausencia.
Las miradas de los médicos que hablaban con mi padre eran evidentes, no decían nada bueno. La operación había salido bien, todo según lo esperado, y la terapia inmunosupresora casi no hacía falta, no había rechazo. Desde el primer momento, el corazón nuevo se había adaptado a mi cuerpo como si lo hubiera conocido desde siempre, y mi cuerpo lo había recibido como propio y no solo en el sentido médico, sino en términos concretos, reales: yo sabía que era mío, que dentro de mí estaba en casa, pero me hacía falta tu cuerpo, tu rostro, ese modo extraño que tenías de mover los labios antes de besarme. Extraño hundirme en el abismo de tus ojos, extraño tu piel y su perfume. Te extraño y tu ausencia es ensordecedora e invasiva.
Mañana me dan el alta. Me dijeron que las primeras 4 a 6 semanas serán las más delicadas, tengo que recuperar el tono muscular y volver a mi normalidad gradualmente... Normalidad, ¿cómo puedo volver a la normalidad? ¿Qué es la normalidad?
Sin ti ya nada va a ser como antes.
Me encontré contigo por casualidad, en los pasillos de la escuela. Nos chocamos en una esquina, ambos yendo en direcciones opuestas y obstinadas, y ese impacto fue fatal.
Sobre la hoja caen lágrimas cálidas que borran un poco la tinta, no creo que esos signos hayan arruinado la pequeña agenda de tapa amarilla y páginas blancas. Esas palabras borroneadas en algunos puntos serán una parte indeleble de mi historia, de nuestra historia, como las huellas de barro y sangre secos en la tapa. Una tapa que nunca quise volver a limpiar.
Mis funciones físicas están más lentas, son casi inexistentes. Los médicos dicen que es normal, pero yo sé que no es solo por la operación. No quiero empezar a vivir de nuevo, Ale, no sin ti.
No tiene sentido, ya no va a ser lo mismo.
Mi padre me dice que no reaccionar sería como traicionarte, y así tu sacrificio sería inútil. Mi madre sigue llorando, piensa que yo no la veo, no la siento. Y entonces pelean, pelean después de tantos años de matrimonio y lo que los separa es su amor por mí y las formas distintas que tienen de manifestarlo.
Tratan de que no escuche, de gritar en voz baja en los pasillos; no me atrevo a imaginar qué pasará tras las paredes de casa. Creo que mamá nunca le perdonó que él no le haya contado en seguida sobre mi estado de salud. Tal vez yo tampoco se lo perdonaría nunca, como mamá.
En todo caso, hacen de todo para esconderlo y no causarme el más mínimo dolor, pero el aire está tenso, cualquiera se daría cuenta. Y ese ambiente denso yo lo siento sobre mí, en la carne, en la misma carne donde siento el olor fétido de los remedios, que se confunde con el hedor de la muerte.
Ya nada tiene sentido.
Estoy cansada; cansada del sufrimiento físico, de estar acostada en esta cama, del sonido de los carritos con los remedios a las seis de la mañana, de luchar por un objetivo que ya no existe. Porque hoy no vas a venir a visitarme ni para el almuerzo ni para la cena, no vas a venir hoy ni nunca más.
Que vengas dos veces al día a Livorno para estar un rato conmigo, para reconfortarme, para que riamos juntos, para que soñemos juntos con ese futuro que nos prohibieron, para escribir las últimas páginas de nuestra historia y diseñar nuevos recuerdos que custodiaríamos celosamente, todo esto me hace tanta falta, que me quita el aire.
Todos los días a la hora del almuerzo y luego de nuevo a la hora de la cena, te esperaba. Vivía solo por esos momentos y por un futuro que había que construir por completo y tú llegabas puntual como un reloj suizo y me hacías olvidar todos los dolores, todos los miedos, todas las ansias. Eres un amor, Ale, siempre me traías un regalo nuevo: un ramo de flores, un peluche, un CD, una foto. Cada día inventabas un juego nuevo para hacerme reír, me escribías una poesía, me cantabas una canción; aunque, para ser sincera, desafinabas como una campana. Cada día juntos, despidiéndonos cada vez como si fuera la última, abrazándonos con fuerza e intercambiando pequeños besos, ligeros, en los labios, cuando los médicos no nos podían ver.
Contigo estaba serena, esperaba sin miedo a Aquel que debía venir a buscarme para llevarme.
No tenía miedo, ya no, porque tú me habías enseñado a ser fuerte y valiente, jamás me imaginé que tú habrías muerto en mi lugar. Tú, que con tu muerte me donaste la vida.
Virginia, Ambra, Silvia, Claudio, Pietro y todos los demás compañeros de clase, mis padres, todos estaban cerca para que no me sintiera sola.
Yo quería curarme, Ale, quería curarme más por ti que por mí, por nosotros, para poder vivir nuestra historia como la historia de dos chicos jóvenes normales, libres de amarse a cada instante, de correr juntos bajo la lluvia, de reír y llorar de alegría.
Ahora que no estás, ya nada tiene sentido.
Ni el cielo estrellado ni las noches de verano, ni las tormentas de otoño, con los truenos que nos destrozaban los sentidos, ni esta jirafa graciosa y despeinada con los guantes de boxeo.
Después de ti, la nada.
4
Estoy en casa, en mi villa espléndida que antes era un palacio.
Hoy, estos espacios amplios acentúan mi soledad, aunque esté rodeada de las atenciones de todos.
Además de mis padres, que se empeñan en mantener la farsa grotesca de su relación idílica y así ofenden no solo mis sentimientos, sino también mi inteligencia, en mi habitación se alternan los amigos, que en un momento fueron NUESTROS amigos: Silvia, Pietro, Claudio…
Virginia, por supuesto, está más aquí que en su casa y es la única que, con su paciencia y su carácter alegre, a veces logra arrancarme una sonrisa. Suele jugar con las palabras y transmite una carga de entusiasmo que da miedo. Así, aunque no se note, supera las barreras con las que me autolimito, me roza y me regala instantes de sonrisas que le roba a la oscuridad.
El otro día, de golpe, tomó un aspecto sombrío y me dijo:
—¿Te acuerdas de cuando nos conocimos? Recién habías llegado de Colombia y ese bastardo que te decía que te amaba ya no atendía tus llamadas... Yo también había salido de una historia que me marcó mucho, y cuando de golpe empezaste a faltar a la escuela, como una tonta había dado por sentado que solo sufrías de mal de amor... Qué estúpida, no me lo puedo perdonar, tendría que haber escuchado también lo que no decías con palabras, y no lo hice. Creo que siempre llevaré esta duda dentro de mí. Ylenia, te lo ruego, si puedes, perdóname.
—No debes reprocharte nada, Virginia —le digo en voz baja y muy despacio, parece que las energías no vuelven—, de no haber sido por ti esa tarde, no habría invitado a Ale a casa para que me ayude a ponerme al día con la tarea... Margaritas, me trajo margaritas, mi flor preferida. Ese fue el día que dibujé el corazón rojo en su agenda. A veces me da la sensación de que fue una especie de profecía. ¿Tú que piensas, Virginia? Las profecías, ¿prevén o determinan?
—Y, las dos. Por ejemplo, mi profecía prevé que te recuperarás pronto y determina que, si no es así, te voy a agarrar a patadas en el culo.
Ahí está. Como siempre, logró arrancarme una sonrisa débil, débil no solo porque si me rio, todavía me duele mucho el esternón, sino porque no tengo fuerzas, no me queda nada.
Rómulo y Remo se transformaron en mis guardaespaldas. Así de grandes y gordos como son, no me dejan sola ni un momento. Di los primeros pasos hacia la nueva vida con ellos a mi lado, listos para sostenerme si me tambaleaba. Me aman, lo siento.
¿Te acuerdas de la primera vez que viniste?
Trepado al portón, encerrado de miedo en su jaula mientras ellos destrozaban furiosamente los neumáticos y el asiento de tu ciclomotor con garras y dientes.
Ale, Ale... cuántos momentos... cuánta vida...
Siempre tengo aquí conmigo, en la cama, tu peluche con forma de jirafa con los guantes de boxeo, toda despeinada y con los ojos negros por algún puñetazo.
Mi papá ya no gruñe cuando me ve en la PC. Al contrario, me alienta a que la use, a que entre en las redes sociales, a comunicarme con los demás por chat. Lo aterra la idea de que me pueda aislar del mundo y que, en la soledad, me inunde el espectro de la depresión. Una depresión que, según los médicos, después de una operación como la mía, es casi fisiológica; pero en mi caso, al haberte perdido, es el primer paso hacia el rechazo de la vida.
Tu página de Facebook sigue ahí, hasta ahora a nadie se le ocurrió eliminarla, o tal vez simplemente no quisieron que desaparezca en el éter, como para que puedas seguir sonriendo en ese mundo virtual, que sigas haciendo esas caras graciosas en las selfies con amigos, que me sigas mirando con esa mirada embelesada y tímida.
Ayer pasó Claudio, tu compañero de banco y de aventuras. Viene seguido, casi todos los días. Es una especie de ritual que creo que le sirve más a él que a mí.
Llega casi siempre a la misma hora, torpe y desordenado como siempre, con el morral, se asoma en mi habitación y se queda un momento con la espalda apoyada en la puerta. Siempre tiene la mirada triste, como si a él también le hubieran amputado una parte vital del cuerpo, o mejor dicho, del alma.
—Hola.
—Hola, Claudio —me esfuerzo para sonreír, no soporto el aire tan pesado.
En ese punto, él avanza y se viene a sentar a mi lado. Me cuenta de sus proyectos para el futuro, del examen de madurez que tendremos que dar el año que viene, de los compañeros de escuela y el camino que eligieron seguir... en el fondo ya sé esas cosas, las leo en Facebook todos los días, o casi todos.
Le costó confesarme que, a pesar de no haber aprobado, los padres le concedieron unas vacaciones en otro país.
Creo que ellos, como los míos, temen por nuestra integridad mental.
Querrían distraernos, alejarnos lo más posible de todo lo que nos recuerda a ti. Además de que es imposible, yo creo que alejarnos de la realidad es profundamente deletéreo, significaría convertirnos en enajenados.
Nosotros estamos aquí, tú has muerto y de alguna forma tenemos que aceptarlo; y si la respuesta a todo esto es la depresión, bienvenida sea.
En todo caso, Claudio parece querer hacer ese viaje.
—Me va a hacer bien desconectarme un poco. Cambiar de aire, tratar de volver a empezar. Eso sí, no me gusta dejarte aquí. Pero vamos a estar en contacto siempre, por Internet.
Y así, junto con Claudio, y aunque sea poco tiempo, se irá la última parte perceptible de mi primera vida. Durante un tiempo tendré que convivir con la sensación tangible de que, cuando desperté de la anestesia, me encontré en un mundo nuevo que tengo que descubrir, incluso a las personas, incluso a mí misma. Claudio fue una parte importante del viejo mundo y, en el fondo, diría que una especie de puente entre el antes y el después. A él le debo esta agenda y más.
Es un lindo chico, nunca me había dado cuenta, tal vez porque mis ojos buscaban los tuyos siempre y sin cesar, y todo lo demás era solo una imagen inmensa y fuera de foco.
Era tu mejor amigo, pero nunca habla de ti, y yo tampoco pregunto lo que antes me habría gustado saber... tus últimos instantes, tus últimas palabras, si sufriste, si me nombraste.
Claudio y yo unidos en la complicidad de dos cobardes que no tienen el coraje de afrontar sus demonios por miedo a traicionar sus emociones, o tal vez de no resistir que se renueve un dolor que, en vez de aliviarse con el tiempo, se hace cada vez más insoportable, hasta que envuelve todas las cosas, los pensamientos, los soplos del viento, cada respiración.
5
Estoy en el escritorio, organizando mi viaje.
Mi padre me regaló un sobre con 2.000 euros y un pasaje.
“Querida niña mía, estoy orgulloso de ti, de tu valentía, de tu fuerza, de tu belleza, de tu inteligencia. Te vi esforzarte para superar tu infierno, luchar contra tus demonios, estudiar con empeño y paciencia. Ahora ya está, ahora te mereces unas vacaciones. Tienes que divertirte, no pensar en nada, sencillamente vivir. Aquí hay 2.000 euros, tú eliges el destino que prefieras; úsalos bien. Diviértete, niña mía.
PD: Yo me ocupo de mamá, pienso cómo distraerla y mantenerla tranquila, tú solo piensa en vivir.
Papá”.
Realmente parece que mis padres y los de Claudio tienen la misma forma de pensar y de encarar los problemas. ¿Tendrá que ver con la edad? ¿Con su generación?
No lo habrán consultado con un médico...
En todo caso, yo también necesito cambiar de aire un poco, por lo tanto fuera los chismes y las discusiones inútiles. A veces parece que mi padre me puede leer el pensamiento. Dios sabe cuánto deseaba irme un poco; después de meses y meses en la cama, lo necesito. Desconectarme y empezar una nueva vida de verdad. Pero ahora tengo que decidir a dónde ir.
Podría ir a Niza, donde fue Claudio. Me contó de los casinos, los restaurantes al aire libre, las discotecas, los locales temáticos y el mar impresionante... y que a él le tocó solo el mar impresionante, porque no tiene un peso. Ay, ay, ay. Claudio... no cambia más. Nos seguimos frecuentando como buenos amigos, aunque a veces...
Cuando volvió de sus vacaciones, me dijo que Niza sería mi ciudad ideal, que incluso en invierno el clima es agradable. A veces creo que le habría gustado hacer ese viaje conmigo, porque de un modo u otro marqué una parte importante e indeleble de su vida.
A mí, en cambio, me gustaría viajar para quedarme sola conmigo misma, para reencontrarme y tal vez, si queremos ser optimistas, para volver a encontrar un poco de serenidad.
Tal vez podría volver a Colombia, a Bogotá, la ciudad que quiero tanto, donde fui una niña feliz y despreocupada. Allí podría reencontrarme con mis viejas amistades, la primera pasión, mis viejas costumbres. La magia de esa tierra se puede percibir en la epidermis con facilidad. De a poco empiezo a sentir que esa magia vuelve a vibrar en mí, aunque ahora esté amodorrada.
A veces pienso que no volverá nunca, al menos no tan intensa como en un momento, cuando estábamos juntos.
O si no... si no, puedo ir a Sicilia. ¿Qué te parece, Ale? Soñábamos con ir allí después de graduarnos, cuántas veces me dijiste: “Después del examen de madurez te llevo a Sicilia y verás lo maravillosa que es mi tierra. El perfume de los cítricos, el olor abrasador de la salinidad, el sol que te quema la piel”.
No sabía que no habías ido nunca a Sicilia, que desde que tu padre emigró a Toscana en los años del boom económico, no volvió más a su tierra. A pesar de todo, cada uno de sus rasgos somáticos, cada mirada, cada expresión física o verbal hablaba de Sicilia.
No es fácil elegir... tal vez podría visitar varios lugares distintos. Sí... con 2.000 euros. La vuelta al mundo en 2.000 euros y 180 días.
Mis ideas me hacen sonreír, me pierdo en la madeja de recuerdos... a pesar de todo, la vida es bella.
Podría elegir un destino jamás pensado, que no me conecta con nada ni nadie, podría...
Y mientras sigo perdida en mis viajes mentales, el sonido del chat me devuelve a la realidad.
“Hola, Ylenia, mi nombre es Giorgia, no nos conocemos, pero en realidad sé mucho sobre ti. Leí todos los artículos de diarios sobre esos días: el accidente de Ale, tu operación. A veces los periodistas son chacales, pero sin ellos nunca habría conocido tu historia. Creo que tú y yo tenemos mucho más en común de lo que parece. Yo también pasé por una operación delicada. No como la tuya, ¡por Dios!, una operación a corazón abierto no tiene comparación, pero así y todo fue una operación. Me hicieron un trasplante de córnea en los dos ojos. Sufría de retinopatía distrófica. Ahora, con razón, te estarás preguntando por qué te contacto... Ylenia, creo que tengo los ojos de Ale, creo que tengo una parte de Ale dentro de mí. Me gustaría verte. Tengo que contarte algunas cosas muy delicadas y personales. Si quieres comunicarte conmigo, vivo en un pueblito no muy lejano. En Bibbona. Te dejo mi número de celular. Llámame cuando quieras. Giorgia”.
No tengo palabras. Cierro el chat sin dar una respuesta. Me siento como violada, ultrajada. Mi historia, una historia de dominio público; nunca lo había pensado. En esos días estaba en el hospital y por supuesto no leía los diarios, y mis padres no habrían permitido que lo hiciera, ya estaba bastante perturbada, no tenía sentido agregar dolor al dolor.
Ahora más que nunca me doy cuenta de que no sé nada de esos días, más que esas pocas noticias indispensables que ayudaron a justificar una ausencia fuera de mí y una presencia fuerte en mi cuerpo.
Ahora me arrepiento de no haber tenido el coraje de pedirle a Claudio que me cuente sobre esos últimos momentos. No soporto que una extraña sepa más que yo, ¡quién la conoce a esta Giorgia...! Y además esta historia de que tiene tus ojos... no la puedo soportar.
Tal vez debería estar feliz de haberla encontrado, podría realmente encontrar tu mirada en sus ojos, pero no creo, esos ojos no tendrán la forma ni el color de los tuyos, y sobre todo no me mirarán como me mirabas tú.
Abro el chat y respondo a quemarropa.
“¿Tienes los diarios de esos días?”
“Sí, los tengo todos, los busqué en la biblioteca e hice copias”.
“¿Me los enviarías?”
“No, no te envío nada, si quieres te doy fotocopias, cuando me vengas a ver. Te dije, tengo que hablar contigo”.
Estoy indignada, estoy realmente indignada. ¿Pero esta quién se cree que es? Esa arrogancia... además esto tiene mucha pinta de ser un chantaje. Mierda.
Escribo el nombre de Claudio y en la computadora se abre una ventana nueva.
“Hola, Claudio, nunca tuve el valor de preguntártelo, y tal vez ni siquiera hoy lo tengo, por eso uso el chat y no te lo pregunto en persona, pero llegó el momento: tengo que saber. ¿Me contarías sobre el día del accidente? Te lo ruego, necesito saber sobre ese día, momento a momento... y sobre después, inmediatamente después”.
Pasan unos pocos interminables minutos.
Para mí es una espera demasiado larga y presionar las teclas de la PC equivale a aspirar el humo de un cigarrillo: me ayuda a descargar el estrés.
“Evidentemente no estás en la computadora, no me respondes, no me lees. No me puedo comunicar con tu celular. Qué lástima. Háblame apenas puedas. Tqm, Ylenia”.
Busco en Internet cómo llegar a Bibbona, el pueblo de Giorgia. Hay un autobús a las 15.30 que debería llegar allí cerca de las 15.47, más o menos 17 minutos, y el último para volver a casa debería salir a eso de las 19.45. Vuelvo al chat.
“Mañana a las 16 estaré allá, no te olvides de las fotocopias. Este es mi número. Nos vemos en la primera parada del autobús. Debería estar frente a la plaza. Sé puntual, si no me voy; no pretendo esperar en vano ni un minuto”.
La respuesta es veloz e inmediata.
“Estaré ahí, seré puntual, te llevaré las copias de los diarios, pero primero tienes que escuchar lo que te tengo que decir. Ya lo verás, no te vas a arrepentir, te pido solo un poco de confianza y una pizca de tu tiempo, estoy segura de que lo que tengo para decirte te va a interesar mucho y, si no es así, igual no podrás decirme que no y me ayudarás de todas formas”.
Estoy decidida a llegar al fondo de esta historia y no solo porque quiero esos diarios.
Le envío un sms a Virginia, le digo que mañana no podremos vernos. Y luego, sus preguntas de por qué soy evasiva. No sé mentir y no me resulta fácil improvisar una buena excusa.
A medida que pasan los minutos, la idea de mañana me invade cada vez más.
Giorgia... Giorgia podría ser cualquiera, hasta una loca. Para ser rara, es rara; mejor ser prudentes. Podría pedirle a Iván que me ayude, pero no estoy segura porque por ahora no quiero que se entere Virginia. No quiero que se entere nadie, es algo mío, una burbuja de jabón que está por explotar y no dejará rastros; si hablo se podrían agigantar las cosas y mi sensación de fastidio.
Pero el miedo es excesivo y la necesidad de tranquilizarme es casi vital. Llamo a Iván al celular; no deja de ser un carabinero, sabrá darme alguna noticia, siempre que el nombre y apellido que esta chica tiene en el perfil de Facebook con el que me contactó sea el verdadero, siempre que sea una chica y no alguno que se esconde detrás de una identidad falsa.
Le cuento a Iván que Giorgia me escribió por chat y que me quiere conocer. Omito todos los detalles y sobre todo cualquier referencia a ti y a esos días. Me justifico diciéndole que después de la operación y de tu muerte tengo miedo de todo, hasta de hacer nuevos amigos.
Iván siempre es veloz y preciso con lo que hace, me vuelve a llamar después de un tiempo y me dice que es una chica inocente, de buena familia, y que no debería haber ningún tipo de problema.
—Adelante, Ylenia, vive como viviría cualquier chica de tu edad —me dice—; estos años, estos momentos, no volverán más. Vive ahora, porque la vida es un regalo precioso, digno de saborearse a cada instante.
Iván es sabio, es el hermano mayor que nunca tuve, pero también el chico que me gustaría conocer mejor.
No sé qué hacer, o más bien, sí sé: mañana iré al encuentro con Giorgia. La curiosidad es fuerte y ya había decidido que me vería con ella a pesar de todo.
6
A las 16 en punto el autobús llegó a la terminal. Estoy agitada y nerviosa, hacía un tiempo que no me sentía así. Se me ocurren mil preguntas entre las sinapsis enloquecidas.
“Quién sabe si ya está aquí”, me pregunto mientras bajo del autobús.
El cielo está inmóvil, el aire es apacible. Parece percibir el perfume de las flores que vienen del parque y de la baranda.
Miro a mi alrededor, hay poca gente. Veo una chica rubia que viene hacia los jardines, la miro con insistencia, estoy a punto de llamarla, pero veo que atiende el celular. Por lo que dice, comprendo que no es ella. No tengo ni idea del aspecto que pueda tener esta Giorgia, en su perfil de Facebook no tiene ni una foto, pero por lo que dice, ella me conoce bastante: entre las fotos de los diarios y de mi perfil, me debe haber estudiado bien y, querido Ale, supongo que te estudió a fondo a ti también, lo que me irrita y me da un poco de celos. Qué raro, pensaba que los celos correspondían a los vivos, sin embargo ahora estoy terriblemente celosa de ti. Y mientras sigo pensando en ti, veo que se acerca un hombre extraño, parece distraído, se mueve de un modo raro, discordante, mira a su alrededor.
