Luchando contra el pasado - Meredith Webber - E-Book
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Luchando contra el pasado E-Book

Meredith Webber

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Beschreibung

Rowena sabía que estaba enamorada de su guapísimo jefe, el doctor David Wright, y empezaba a sospechar que él sentía lo mismo por ella. Su mujer había desaparecido misteriosamente tres años antes y ahora había aparecido su hermana gemela con la intención de descubrir qué había ocurrido, y haciendo que todas las sospechas recayeran sobre David. Estaba pasando por un mal momento y Rowena se moría de ganas por ayudarlo y consolarlo... David se negaba a que ella se viera implicada en todo aquello. Hasta que no resolviera su pasado no podría ofrecerle un futuro en condiciones. Sin embargo, cada vez le resultaba más difícil imaginar un futuro sin ella...

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Seitenzahl: 178

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2002 Meredith Webber

© 2015 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Luchando contra el pasado, n.º 1312 - julio 2015

Título original: Her Dr. Wright

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Publicada en español en 2002

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-7200-4

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

 

 

Por mucho que me gustase, David, no puedo… Ahora tengo una familia en la que pensar.

Sarah Kemp apretó el auricular contra su oreja para escuchar las disculpas de David Wright. Mientras, al otro lado de la habitación, Tony, su marido, le hacía gestos con el brazo.

—Dile que lo llamarás más tarde —le dijo finalmente, frustrado por sus vanos intentos.

—David, ¿puedo consultarlo con Tony y llamarte más tarde? —le preguntó Sarah. Recibió unas palabras de acuerdo y un número de teléfono, y colgó.

—¿Era tu amigo David de la Isla de los Tres Barcos? —preguntó Tony—. ¿Quiere que ocupes un puesto de interina para sustituirlo? ¿No te gustaría hacerlo? ¿Acaso no has estado repitiendo que querrías volver al trabajo antes de que lo olvides todo? ¿Por qué has dudado?

Sarah le sonrió a su marido. Desde que nació James, un año atrás, había trabajado de vez en cuando en los servicios de Sanidad. Pero a pesar de que echaba de menos el trato con los colegas y con los pacientes, no se arrepentía por el tiempo que había dedicado a su hijo.

Sin embargo, Tony no pensaba lo mismo…

—Sí, sí, y sí —le respondió ella—. ¿Y por qué he vacilado? Porque está muy lejos de aquí y no quiero pasar mucho tiempo separada de ti y de James.

—¡Pero yo siempre he querido ir! —protestó Tony—. No tendríamos que separarnos. Y además, Lucy llega mañana. Podría cuidar del pequeño hasta que yo pudiese ir. Y si ella quiere, también podría venir. Hoy en día no hay distancias.

Lucy era la hija que Sarah había tenido en una relación anterior, y volvía a casa de la universidad. Sarah pensó en lo que supondrían unas vacaciones familiares en una pequeña isla del sur de Australia. David era el mejor amigo del padre de Lucy, y en esos momentos le estaba pidiendo ayuda.

 

 

David Wright colgó el teléfono y contempló el mar agitado desde la ventana. Vivir y trabajar en una isla era realmente duro.

Había sido una tontería pensar que Sarah hubiese aceptado la oferta. Estaba casada y tenía un bebé de quien ocuparse.

Pero aun así seguía siendo la mejor elección. El trabajo de interino era demasiado importante para confiárselo a cualquiera.

—¿Problemas? —preguntó Rowena Jackson entrando en el despacho.

David se volvió para mirarla y de nuevo sintió que lo invadía el deseo. Después de tres años, empezaba a ver a su enfermera como a una mujer, y no sabía la razón.

Tal vez fuese la prueba de que al fin había superado el trauma por la desaparición de Sue-Ellen, y de todo el infierno que aquello supuso.

—Sarah llamará más tarde —respondió, intentando que su voz fuese lo más evasiva posible.

—Bueno —dijo ella sonriendo—, si Sarah no puede venir tendrás que buscar a otra persona para el trabajo. Te has pasado los tres últimos años trabajando sin parar, por lo menos que yo sepa. Sabe Dios el tiempo que pasarías antes de venir aquí.

Seis años, pensó él. No había disfrutado de unas vacaciones desde su luna de miel, salvo unos pocos días libres que se tomó, a sugerencia de sus compañeros, mientras lo investigaban por asesinato.

Aquel pensamiento le produjo un escalofrío. Su idea de pasar las vacaciones esquiando en Aspen había sido fabulosa, hasta que descubrió que a su mujer no le interesaba especialmente el esquí. Y mucho menos si eso suponía perderse los acontecimientos de la alta sociedad que se celebrasen por aquellos días.

Para alejarse de los malos recuerdos se fijó con atención en Rowena, y ante la imagen de su rubia melena, su piel ligeramente bronceada y la imperturbable expresión de sus ojos grises, sintió algo más que deseo.

¿Amor?

—Si Sarah no puede venir, buscaré en cualquier agencia —le respondió con una sonrisa—. Pero, sea como sea, te prometo que me tomaré estas vacaciones.

—Más te vale —amenazó ella, antes de ponerse a recitar la lista diaria de pacientes.

David escuchó los nombres y asintió para demostrar que prestaba atención, pero, mientras la excitación de su cuerpo aumentaba, lo único en que podía pensar era en la posible reacción de Rowena si él le confesase su interés por ella.

Interés… aquella palabra no bastaba para definir lo que estaba empezando a sentir.

Capítulo 1

 

 

Y adÓnde piensas ir para tus bien merecidas vacaciones? —preguntó Sarah. Tras un día y medio de instrucciones, estaba a punto de ocupar el puesto de David.

—¿Me crees si te digo que a la Isla de los Tres Barcos? —le dio él con una sonrisa que a Sarah le recordó al alocado estudiante que conoció mucho tiempo atrás.

—¿Vas… vas a quedarte aquí? —balbuceó ella—. ¿En la isla? ¿Es que no confías en mí para cuidar a tus pacientes?

—Tengo mis razones —dijo él sonriendo más aún.

Seguramente una de esas razones sería esa enfermera llamada Rowena Jackman, pensó Sarah.

—Muy bien, quédate con tus secretos si eso te gusta —dijo ella—. Ya ves si me importa.

—Pues claro que te importa —dijo David echándose a reír—. Por eso eres tan buena interina— Te encanta conocer bien a las personas. Estoy seguro de que en un mes conocerás a mis pacientes tan bien como yo en tres años.

«Y también a Rowena», pensó Sarah, antes de desviar la conversación a asuntos concernientes al hospital y al personal sanitario.

—Cualquier paciente que necesite atención médica importante debe ser trasladado por avión al continente —le recordó David.

—¿Y qué pasa con el tiempo? ¿Puede afectar al transporte aéreo?

—Desde luego, pero no nos afecta mucho —le aseguró él—. Los isleños están acostumbrados a arreglárselas en condiciones precarias. Por otro lado, en esta época del año, cuando las tormentas son frecuentes, apenas hay turistas, por lo que no hay muchos heridos que necesiten evacuación inmediata.

—Bueno, espero que el tiempo sea benévolo durante unos días. Tony, Lucy y James llegan el viernes.

—El parte meteorológico dice que se aproxima un frente, pero se mueve muy despacio —dijo David—. De todas formas hay otro vuelo el lunes, y siempre está el ferry del martes. Haría falta un tornado para detener al Trusty.

—Un nombre muy apropiado para un barco —repuso Sarah agarrando un montón de formularios—. ¿Quieres que me de esto en mi tiempo libre? Por lo que he visto y oído, no parece que vaya a tener mucho trabajo.

—Si eres tan amable… —respondió él—. Sé que tendría que haberlo dejado todo listo, pero la temporada turística fue más ajetreada que de costumbre, y luego vinieron los incendios forestales. Cuando no estaba atendiendo a bomberos heridos, estaba luchando yo mismo contra el fuego. Ciertamente, la primera tormenta invernal, que llegó una semana antes de llamarte, fue muy bien recibida.

Fue entonces cuando se había dado cuenta de lo profundos que eran sus sentimientos hacia Rowena, viéndola a su lado mientras intentaban sofocar las llamas y controlar a las aterrorizadas ovejas.

—Pero no tienes por qué hacerlo —se apresuró a añadir, intentando apartar de su mente la erótica imagen de Rowena empapada por la lluvia—. Casi todo ello puede esperar hasta que yo vuelva.

En ese momento llamaron a la puerta y Rowena asomó la cabeza.

—Hay una mujer que quiere verte, David —dijo con voz temblorosa. Tenía una expresión de dolor en los ojos—. Dice que la estás esperando.

Por detrás de Rowena, y recortada contra la luz que entraba por la puerta del consultorio, David vio la figura de su esposa.

El corazón le dio un vuelco y sintió que se le cortaba la respiración. Se preguntó si un hombre sano podría morir de un susto. Pero a los pocos segundos recuperó el sentido común y pensó que no podía ser Sue. Tenía que ser Mary-Ellen…

—Es Mary-Ellen —le susurró Rowena. Había visto que David se había puesto pálido y se acercó a él para agarrarle el brazo—. Tiene que ser ella.

La salud mental de David dependía de que aquella mujer no fuera su esposa. Desde su desaparición había soportado todos los estados posibles: dolor, rechazo, furia… además de las sospechas que recayeron sobre él.

Pero que Sue-Ellen reapareciera para reclamarlo ya era demasiado.

—No tenías por qué venir —balbuceó David a la recién llegada, dejando a Rowena a un lado—. Te dije que redactaría un inventario para ti y que te enviaría todo lo que quisieras conservar.

—Así que harías inventario de todo, ¿no? —dijo la mujer de pelo color ébano y exquisitos rasgos—. ¿O solo de las cosas que no quisieras quedarte?

Rowena vio que David tensaba los hombros y se acercó, pero él volvió a apartarse de ella. A Rowena la atravesó una punzada de dolor. Era la frustración por no poder revelar su amor y la impotencia de no poder consolar a David.

Sarah había visto que su amigo palidecía como un muerto, y pronto entendió por qué. Nunca había conocido a Sue-Ellen, pero las fotos de una bonita y pequeña pelirroja con un aspecto de impecable elegancia habían llenado los periódicos en los días que siguieron a su desaparición. Y aunque la mujer que esperaba en recepción tenía el pelo oscuro, su rostro lucía la misma belleza clásica.

—Preferiría mirar las cosas contigo —le dijo la visitante a David—. Supongo que podré quedarme en casa de mi hermana.

¿Hermana? Entonces era su gemela… Sarah vio las cosas con claridad, pero Rowena, apoyada contra el armario y completamente pálida, no parecía haber entendido nada.

—Ven aquí y siéntate —le murmuró Sarah—. Vamos a cerrar la puerta y a dejar que hablen en paz. ¿No sabes quién es?

—¡Es una de ellas! Una de las gemelas —dijo Rowena con voz gélida—. Pero ¿cómo saber que no es Sue-Ellen, que vuelve del Más Allá para reclamar a su hombre? Con ellas nunca se podía estar seguro de quién era quién. Solían venir a la isla a pasar las vacaciones de Navidad, y siempre se estaban burlando de nosotros por no saber distinguirlas. No sé cómo David… —se dejó caer en la silla frente a la mesa y se tapó la cara con las manos—. ¿Es que no hemos sufrido ya bastante? Justo ahora, cuando parecía que David empezaba a dejar atrás su pasado, vuelve a aparecer. Aunque si él la ama…

—Es la hermana de su mujer —le aseguró Sarah—. Los he oído hablar de la casa.

Le dio a Rowena una palmadita en el hombro y se volvió para cerrar la puerta del despacho. David seguía frente a su cuñada, con las manos en los bolsillos, muy tenso.

—Este es mi amigo, Paul —le estaba diciendo ella—. Va a quedarse también en la casa.

Sarah vio a un hombre que daba un paso adelante. Llevaba poco tiempo casada con Tony, pero reconocía a uno de sus colegas en cuanto los veía, como si llevasen la palabra «Policía» escrita en el pecho. Aunque las formas de aquel hombre sugerían que había dejado el cuerpo y que se dedicaba a algo más lucrativo.

Justo cuando Sarah estaba cerrando la puerta David se volvió y volvió a abrirla.

—Lo siento —le dijo a la mujer—, pero no hay sitio para vosotros. Sarah, mi sustituta, ocupa la única habitación habitable. Una de las cosas que quiero hacer en este descanso es limpiar el resto de la casa y decidir si la vendo o si me la quedo. Después de todo —añadió, ignorando la sorpresa de Sarah y la mirada de la visitante—, es mi casa, y lo ha sido desde que se la compré a tu abuelo.

Sarah terminó de cerrar la puerta, mientras oía cómo David le contaba a su arrogante cuñada los alojamientos alternativos en la isla.

—Lo amo desde el día en que llegó aquí —susurró Rowena—. Pero pasó mucho tiempo antes de que me atreviera a admitirlo. No sé por qué… quizá lo veía tan dolido y necesitado de ayuda… Me sentía identificada con él —se frotó la sien con la mano derecha—. No sé por qué te cuento esto; ni siquiera yo quiero oírlo.

Sarah se quedó donde estaba, temerosa de provocar un cambio de humor si se movía.

—Tal vez necesites expresar tus sentimientos con palabras —le susurró a Rowena.

—Hace poco empecé a pensar que me veía como algo más que su ayudante —siguió confesando Rowena—. Las cosas que me decía, el modo en que me miraba… Pero no quería hacerme ilusiones.

Se le rasgó la voz, pero Sarah la comprendía muy bien. El amor podía ser todopoderoso, pero los primeros pasos en una relación eran tan peligrosos como caminar sobre arenas movedizas. El sentimiento de inseguridad parecía ser insuperable.

—¿También tú has pasado por ese dolor? —le preguntó Sarah—. He visto una foto sobre tu mesa. ¿Son tu marido y tu hijo?

Rowena asintió.

—Fue hace cinco años. Mi marido también era médico. Crecimos juntos en esta isla, hasta que nos fuimos a estudiar al continente. Allí nos casamos y tuvimos a Adrian. Entonces volvimos para trabajar juntos aquí. Era lo que siempre habíamos soñado. Un día salieron a navegar. Adrian tenía cinco años… El viento empezó a soplar y… Meter era un buen marino. Pensé que habrían encontrado refugio y que volverían, pero… —se restregó los ojos con la mano, y Sarah recordó su propia agonía cuando el padre de Lucy murió en un accidente de coche. Una semana antes de la boda, siete meses antes de que su hija naciera—. ¡Lo peor era no saber lo que había pasado! —continuó Rowena—. Casi me volví loca. Y cuando David decidió venir a trabajar aquí comprendí el sufrimiento que estaba pasando —se encogió de hombros—. Aunque a mí nunca me han acusado de asesinato ni han estado investigándome como a él.

—¿Conocías a David cuando estaba casado con Sue-Ellen?

—No personalmente, pero todos lo conocimos cuando se casó, porque la familia de Sue-Ellen era muy famosa en la isla. Mientras estuvieron casados pasaron aquí varios fines de semana, pero no hacían mucha vida social. Y cuando su mujer desapareció y David vino a trabajar aquí, decidí venir a ayudarlo, para mantener vivo el espíritu de Peter.

Su mirada era tan desafiante que Sarah bajó la vista. No era extraño que David y Rowena hubieran dejado pasar tanto tiempo. Los dos rechazaban la posibilidad de una nueva relación por temor a sufrir más daño.

Y sin embargo el amor había encontrado otro camino para infiltrase. Pero en esos momentos un nuevo obstáculo, pequeño en tamaño pero de consecuencias enormes, se había aparecido en su camino, impidiendo que aquel amor madurase.

Sarah deseó lo contrario. Aunque no conocía mucho a Rowena, sabía que era la mujer adecuada para David. La única que podría devolverle la sonrisa y el brillo a sus ojos.

La mujer que podría darle la felicidad que ella misma compartía con Tony.

Antes de que pudiera manifestar su deseo, la puerta se abrió y entró David.

—¡Sarah! —se acercó a ella y le tomó las manos—. Siento muchísimo haberte puesto en esta situación, pero solo la idea de verla en la casa… —dudó un momento antes de seguir—. Te he puesto como excusa, pero no tienes por qué quedarte ahí, aunque hay muchas habitaciones libres para tu familia. Solo hay que limpiarlas un poco. Pero si lo prefieres podéis alojaros todos en la casa de huéspedes, tal y como quedamos. Le diré a Mary-Ellen que has cambiado de opinión.

—¡De ningún modo! Nos encantará quedarnos contigo, siempre y cuando permitas que Tony y Lucy se encarguen de la cocina. De hecho, iba a pedirte que me recomendaras otro sitio para quedarnos. La casa de huéspedes es muy bonita y acogedora, pero me temo que James lo destrozaría todo en diez minutos, y no creo que Lorelle aceptase la hora a la que Lucy se levanta.

—Hablará con Lorelle, entonces —dijo él, visiblemente aliviado—, y le pagaré por el tiempo que has dormido allí. ¿Podrías…? ¿Te importaría…?

—¿Mudarme esta noche? —preguntó Sarah—. Con mucho gusto. Ni siquiera he terminado de deshacer el equipaje.

David esbozó una sonrisa, pero la preocupación volvió a empañarle el rostro cuando vio a Rowena sentada junto al escritorio.

—Rowena… —empezó a decir voz débil—. Yo…

Antes de que pudiera seguir, la mujer se levantó y lo miró a los ojos.

—Ya sabes dónde vivo, David —le dijo con franqueza—. Si hay algo que pueda hacer por ti, David, y me refiero a cualquier cosa, solo tienes que pedírmelo.

Sus palabras cargaron de electricidad el aire del despacho. Sarah deseó ser invisible, y ver cómo David estrechaba entre sus brazos a la mujer que amaba…

Pero David no parecía haber percibido la emoción en la voz de Rowena. Su expresión era adusta, y la tímida sonrisa que esbozó no llegó a sus ojos.

—Supongo que es pedir demasiado que le pegues un tiro a mi cuñada —dijo él.

—No me tientes —replicó Rowena, y salió de la habitación.

 

 

—Para ser una isla de dos mil habitantes, las ciudades, si es que podemos considerarlas como ciudades, son muy pequeñas. Esto es principalmente una tierra de cultivo, con algo de actividad pesquera.

Estaban saliendo de Winship, después de recoger el equipaje de Sarah y de haber apaciguado a Lorelle con una buena suma de dinero. David parecía estar decidido a ser un guía turístico, y Sarah lo escuchaba con agrado, aunque le estaba contando lo mismo que le explicó cuando la recogió en el aeropuerto.

—Los pesqueros atracan en el puerto de Makepeace, a unos veinte kilómetros al este. El otro pueblo importante es Redwing, en el centro de la isla. La granja dista la misma distancia de estos tres núcleos, por lo que me conviene vivir en ella antes que en cualquiera de los pueblos.

—¡Oh, mira las cabras! ¿No son adorables?

La aparición de los peludos animales en medio de la carretera evitó la pregunta que Sarah se moría por hacer: por qué David había elegido la isla como lugar de trabajo, cuando aquel sitio estaba intrínsecamente ligado a los recuerdos de su esposa. Sin tener en cuenta que, además, había abandonado su lucrativo puesto de pediatra para ser médico de cabecera en una isla de apenas dos mil habitantes.

—No son cabras, sino una especie de oveja. Su leche se utiliza para hacer un yogur muy sabroso; seguramente lo hayas probado en casa de Lorelle. Este rebaño pertenece a la familia de Rowena, los Anderson. El chico que lo guía es Bart, su sobrino. A veces suele venir a dar de comer a mis animales.

El resto del camino, la conversación se centró en sus animales: varios marsupiales, un carnero desmandado, un cerdo, dos cabras y un asno.

Pero Sarah siguió pensando en otra cosa. Hasta ese momento había creído que David quería mantener los recuerdos de su esposa perdida, pero la reacción que había tenido al ver a su cuñada le hacían preguntarse si esos recuerdos serían realmente tan buenos.

 

 

Rowena contempló por la venta cómo se alejaban los dos doctores. No podía negar que envidiaba a Sarah, por su privilegiada posición al lado de David.

—Tendrías que alegrarte por él —se dijo a sí misma, pero era una pérdida de tiempo. Se sentía molesta y nerviosa, y si se analizaba un poco más, podía descubrir los celos—. ¡Maldita sea, Rowena Jackson! Más te valdría salir corriendo tras él.

Sus palabras resonaron en el despacho, haciéndola sonreír. Tal vez fuera el momento de proferir unas cuantas maldiciones.

La sonrisa permaneció en sus labios mientras salía de la consulta y se dirigía a pie hacia su casa. Y permaneció mientras cocinaba en una cazuela carne con verduras y mientras hacia un pequeño equipaje.

Se duchó y se secó con cuidado el pelo. Se puso unos vaqueros, de un modelo poco usado en la isla, una camisa morada de lino y una rebeca tejida a mano.

Metió la bolsa en el coche, junto al envoltorio con la cazuela, y arrancó. Cuando se hubo alejado unos metros recordó que no había echado la llave. En la isla, las puertas no se cerraban a no ser que se pensara pasar mucho tiempo fuera.

Detuvo el coche lentamente, caminó hacia la casa, encontró la llave tras una larga búsqueda y echó el cerrojo de la puerta.