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Un asesinato cruento crea una extraña dupla de investigadores: un comisario corrupto y una monja consagrada con un pasado oscuro. Una novicia aparece brutalmente asesinada en una de las salas de un convento, infranqueable por sus medidas de seguridad. La hermana María, monja que ha tomado los votos perpetuos, había tratado de protegerla de alguien que la acosaba. Pero el descubrimiento de unos símbolos marcados a fuego en el cuerpo de la víctima, rastros indiscutibles de ciertos rituales, le traerá tremendos recuerdos de otras épocas. Sigilosamente, se irá involucrando en la investigación que lleva a cabo el comisario Obineta, a quien le aportará secretos y detalles estremecedores que los llevarán a pistas sorprendentes sobre un grupo que se mueve en las sombras. Grupo que podría estar ligado no solo al crimen de la novicia sino a la reactivación de antiguas formas de represión para mantener la "pureza de la cristiandad".
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Seitenzahl: 436
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Malos hábitos
Patricia Sagastizábal
MALOS HÁBITOS
Sagastizábal, Patricia
Malos hábitos / Patricia Sagastizábal. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Del Nuevo Extremo, 2019.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-609-748-2
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Policiales. I. Título.
CDD A863
© 2018, Patricia Sagastizábal
© 2017, Editorial Del Nuevo Extremo S.A.
A. J. Carranza 1852 (C1414 COV) Buenos Aires Argentina
Tel / Fax (54 11) 4552-4115
e-mail: [email protected]
www.delnuevoextremo.com
Imagen editorial: Marta Cánovas
Corrección: Mónica Piacentini
Diseño de tapa: Leo Perrotta Chico
Diagramación interior: Dumas Bookmakers
Correcciones: Lucas Ryan
Primera edición en formato digital: enero de 2018
ISBN 978-987-609-748-2
Digitalización: Proyecto451
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
Impreso en la Argentina - Printed in Argentina
A Leandro, mi amor, mi compañero
A mi nieta Victoria, que encarna la esperanza
Esta es una obra de ficción. Todos los nombres, personajes, lugares y acontecimientos son producto de la imaginación de la autora o utilizados de manera ficticia. Cualquier semejanza con personas, vivas o muertas, eventos o lugares reales es mera coincidencia.
Agradecimientos
Malos hábitos nació a raíz de mi conexión cambiante, no exenta de fascinación y extrañeza, con la religión católica. También se debe a las muchas preguntas que siempre me he hecho en relación a las prohibiciones y privaciones que tienen que afrontar los que dedican su vida entera a servir a Dios, vistiendo con orgullo los hábitos monásticos. Mi interés por las creencias me llevó a leer la Biblia en varias oportunidades. Confieso que las historias me resultaron apasionantes. Las más de las veces las leí como se leen los cuentos, para llenarme de asombro y nutrirme de esos aprendizajes que solo las buenas ficciones pueden darnos. En todas las iglesias que he visitado como viajera he dejado una vela encendida a un dios que llevo en mi interior y al que le pido con vergüenza pertinaz que me bendiga y otorgue algún deseo o pedido que me resulta de vital importancia. Mis idas y vueltas con la religión han hecho de mí una atea miedosa que busca sin rendirse esa paz que sienten los creyentes. Esta novela surgió de la mano de un policial, un género literario que formó parte de mis primeras lecturas de infancia y con el que aprendí a no tenerle miedo a la noche.
Agradezco a Carolina Schindler, editora de libros católicos, por su bondadosa descripción de aspectos, conductas y modos de pensar de determinados ambientes religiosos, en especial, los conventos y las monjas y sacerdotes que los habitan. Agradezco también a Lourdes Ortiz, por compartir conmigo su experiencia religiosa.
Me gustaría también dar las gracias a un amigo abogado que ejerce el derecho penal, Oscar Lucangioli, por las explicaciones y datos que me brindó y que me ayudaron mucho en el aspecto de la verosimilitud requerida en ciertas escenas.
Recuerdo con gran afecto la lectura de Ana María Shua y de Inés Fernández Moreno que leyeron un primer manuscrito.
Le estoy muy agradecida a la Editorial Del Nuevo Extremo, pero muy especialmente a Miguel Lambré, quien supo ver en un manuscrito el potencial que esta novela tenía, y publicarla.
En ese proceso de reescritura que opté por emprender tuvieron una vital importancia Mónica Piacentini, mi editora, que me alentó con indicaciones inteligentes a pergeñar nuevas escenas; Leandro, que con amor y paciencia, leyó otra versión de esa historia que yo quería contar; y el doctor Marcelo Armando que escuchó mis inquietudes con respecto a personajes y trama, aportando sus impresiones y su irrevocable aliento.
Transportémonos ahora con la fantasía a esa habitación. ¿Qué buscaremos en primer lugar? Los medios de evasión empleados por los asesinos. Supongo que bien puedo decir que ninguno de los dos cree en acontecimientos sobrenaturales. Madame y Madeimoselle L’Espanaye no fueron asesinadas por espíritus. Los autores del hecho eran de carne y hueso, y escaparon por medios naturales. ¿Cómo, pues? Afortunadamente, solo hay una manera de razonar sobre este punto, y esa manera debe conducirnos a una conclusión definida. Examinemos uno por uno los posibles medios de escape.
Los crímenes de la calle Morgue,
Edgar Allan Poe
1
EN EL SILENCIO de la noche, se van apagando los susurros de las monjas aún despiertas que rezan completas por última vez antes de dejar que el sueño se apodere de ellas. La oscuridad se extiende por los pasillos y recovecos del convento, cubre con su manto negro las tallas de los santos, la efigie de la virgen, el Jesús colgado de la cruz; es la hora en la que ningún alma puede estar despierta y, menos que menos, circular por el convento. Es una prohibición que las protege de sorpresas o encuentros con ánimas malditas. Sin embargo, la hermana María no parece estar bien dormida. Está tendida en la cama con los puños cerrados al costado de su cuerpo que tiembla y se retuerce ante las imágenes de una pesadilla inevitable. Inevitable ya que su espíritu está luchando contra algún sentimiento que no corresponde a una monja como ella. Sus párpados palpitan agitados porque sus ojos están contemplando unas siluetas vestidas con túnicas negras que danzan alrededor de un fuego que larga un olor penetrante de azufre y mirra, son adoradores del ángel malo, le están ofrendando a él un animal destrozado. La sangre cae sobre las brasas del fuego produciendo flamas ardientes que por orden de ese ángel maldito, se acercan peligrosamente a ella, sin que pueda hacer nada para evitarlo. Las piernas de la monja se sacuden violentamente, su cabeza se ladea bruscamente y su pecho se hunde en una respiración convulsa, tan convulsa que su dueña necesita toser y largar saliva. Ella sigue alejándose del fuego haciendo fuerza con sus brazos y de pronto lo logra. Suelta las manos agarrotadas que, en esa tremenda oscuridad de aullidos, alcanzan el rosario de cuentas con el que sus labios logran abrirse y emitir el primer rezo a Dios. Ella lo invoca, lo llama con desesperación y Él llega. ¡Ah!, exclama entreabriendo los ojos aún en una vigilia alerta. Está totalmente transpirada y toma aire con la boca abierta porque sigue ahogada, lo hace con verdadera agitación, tal como si estuviera luchando, todavía, contra esos seres y el fuego ardiente y maligno de la pesadilla. Finalmente, se despierta y suspira con alivio. Se persigna, extiende su mano y toca la cruz con el Cristo. “Estoy a salvo”, dice en voz baja mientras se seca las gotas de sudor que cubren su frente y su cuello. Enciende la luz de su mesita, toma la Biblia en sus manos, pero algo la detiene. Un ruido. Sí. ¿En ese silencio nocturno? Ella vacila. Pone los pies en el suelo, aguza su oído y aunque sigue en un estado que es mezcla de confusión y alivio, escucha el sonido lejano que parece el llanto de una niña o el maullido de un gato. Se incorpora de un salto de la cama y ni siquiera lo duda. Sale de su celda. Lo hace llevada por un impulso, lo hace sin comprender todavía si esos gritos extraños son restos de la pesadilla o son reales. Sigue el sendero por el que se escurren los sonidos hasta que ve unas túnicas negras, ¡oh, Dios!, ¿acaso los mismos hombres del sacrificio ahora se han presentado para ofrecerla a ella?, se pregunta tanteando las paredes. Podría dar la vuelta y huir de ellos, pero en cambio los sigue porque ve algo blanco que flamea y vuelve a oír el grito de niña que le hiela la sangre. Se apura para ayudar aunque su mente le repite la certeza de que en el convento de noche solo puede habitar el diablo, así lo afirmaban las monjas ancianas de otras épocas, decían que el diablo esperaba en las sombras de la noche para tentar a las almas despiertas. Pero ella sigue esa visión que la atemoriza porque desea descubrir si es real o es un delirio de su alma cansada. De pronto algo muy pesado golpea su cabeza y la desmaya. Vuelve el sonido del silencio que se esparce sobre el cuerpo inerte de la monja. Después de un tiempo difícil de estimar, ella se mueve, una punzada de dolor la despierta. Como cree que ha visto luz, supone que es el alba. No comprende que hace en ese lugar. Para aliviar ese desconcierto reza maitines mientras se levanta y comienza a caminar. Las alabanzas matutinas, los hermosos salmos, la memoria de partes de la Santa Biblia, los responsorios y el Padrenuestro le permiten seguir los pasos de una intuición que se le ha clavado en el corazón. Sigue adelante, arrastrando sus pies desnudos, en pos de ese terrible presentimiento, hasta que llega a la sala de esparcimiento. Las puertas están cerradas, como siempre a esa hora. Toma el picaporte e intenta abrir con la certeza de que no podrá hacerlo, pero se sorprende al notar que la puerta no está con llave. ¡Qué extraño! Se estremece porque otro pensamiento fatal la sacude. Debe ver qué ocurre. Ni bien empuja una de las hojas de grueso roble siente el aire pesado e insoportable. Algo la detiene en seco. Es el Cristo. ¡Por Dios!, exclama en tanto se va acercando lentamente. ¿Llora acaso? La hermana Isolina ve en estos signos señales inequívocas de mala suerte y desarreglo celestial. Sonríe ante el recuerdo, busca en el bolsillo de su camisón un pañuelo bordado, le seca las lágrimas que caen por las mejillas. Hace un calor tremendo, por eso también transpira su cara, caen gotas de los jarrones esmaltados, de las efigies, de las cruces, de todo. Ella continúa avanzando hasta que se topa con el reflejo de un espejo y se llena de un temprano estupor. Ha visto algo que la perturba, no sabe qué es, pero unas lágrimas se empecinan en brotar de sus ojos y llora en silencio; piensa que tal vez sea la concreción de esa horrible premonición que tuvo hace poco. Aprieta con fuerza los labios y camina con la vista fija en una imagen que refleja el espejo de la pared. Rodea la mesa y llega al sector de las ventanas. Un rayo de sol ilumina el cuerpo de la joven. Es tan violento y sorpresivo ese haz de luz que la ciega primero y luego la deja ver todo el horror en un único instante. Es tan horrendo que grita al cielo: “¡Es ella, oh, Dios!, ¡tu hija, Jesús, ayúdame, ayúdame!”. María, que ha reconocido a la novicia, emite un gemido hondo cargado de horror al percibir sangre seca en los labios de la joven apenas entreabiertos en una mueca como de muñeca de porcelana. La monja sabe lo que ha sucedido, pero no quiere aceptarlo, se arrodilla y la mira temblando de pena, arrebatada por el recuerdo de ese grito que partió la noche y que le heló el corazón. Se siente culpable, no llegó a tiempo. Se aproxima más y más y ya sabe que el corazón de la joven no late, que está muerta. A pesar de su tremenda desazón, ausculta el cuerpo quieto con detenimiento, observando cada lastimadura, los muchos hematomas, todas las heridas. Mira, observa, toca con las yemas de sus dedos, trata de dilucidar qué hay en esos “signos”, hasta que se convence de que son marcas como las que vio aquella noche. Sigue escrutando de cerca hasta verificar su intuición, sí, se tapa la boca con pavor. Las marcas conforman un símbolo. Y luego otro. La monja tiembla. Y recuerda…
La hermana de la limpieza ha entrado y se ha quedado paralizada observando a María, a quien ella tanto admira. La ve alzar los brazos invocando al Supremo, y, por si acaso, ella también lo hace; y cuanto más se acerca, más aumenta esa sensación que la avasalla y que no es capaz de expresar, hasta que descubre tirada en el piso a la novicia que parece inconsciente. La toca para ayudar a levantarla, su mano roza la piel helada de la joven. Se persigna porque el cuerpo de la casi niña está frío y tieso. Siente que algo muy malo ha sucedido y larga un grito de horror. Ahora entiende por qué su hermana está invocando a Dios. Quizá deba decirle que ella oyó un grito en la noche y salió al pasillo, pero cuando vio al diablo se asustó y se metió en la celda. Le pone la mano en el hombro y María se sobresalta, pero deja de rezar y la mira con ojos llenos de turbación y espanto. La abraza y le susurra al oído que debe avisar a las demás, que un asesino ha tomado salvajemente la vida de la novicia Azucena. “Andá ya mismo. No pierdas tiempo”. En ese instante suena la primera campanada que anuncia el comienzo de la jornada, y la pobre hermana Isolina, llorando de impotencia se incorpora temblando y sale caminando hacia atrás sin dejar de observar la escena con estupor. Con los ojos desorbitados, sale corriendo para avisar lo que ha ocurrido.
2
AL PRINCIPIO DE todo está Dios, las monjas repiten con humildad esa verdad que es la única incontrovertible. Pero la verdad de otras cosas suele manifestarse elusiva, mezclada con el error, con signos que equivocan el rumbo, marean los espíritus, haciendo indescifrables los pasos de los pecadores. Es preciso desoír las órdenes que una voluntad orientada hacia el mal salpica en los oídos de aquellos que buscan con desesperación los íntimos vericuetos de una escena que no han presenciado.
María ha visto lo que no hubiera querido que sucediera, aunque lo haya sospechado, aunque incluso fuera sorprendida por aquella tremenda premonición. Trató de protegerla de la maldad, veló por su vida durante noches de insomnio para impedir que le hicieran más daño, pero no pudo evitar el tremendo final. Por eso, antes de dejarla sola en su camino hacia el más allá, le susurra al oído: “Que estés en paz en el cielo, Azucena, yo te prometo, te juro que el culpable de tu muerte recibirá el escarmiento de Dios, no solo el de Él, sí, juro que tendrá su castigo terrenal”. Lo va a hacer, buscará al despiadado en todos los rincones oscuros, en los escondites en lo que esa alma sucia y maldita se encuentre, no lo dejará escapar, tendrá que cumplir con su condena. Sale mirando las imágenes de los santos y camina con lentitud hacia su celda. Ni bien entra, se queda unos instantes contemplando a Jesús en la cruz. El bullicio que hacen las hermanas, perplejas ante el horrendo hallazgo, le llega a pesar de la distancia que existe entre su celda y la sala. Debe apurarse. Viste el hábito con el velo, cierra la puerta, y con prisa se dirige hacia el dormitorio de las novicias. Necesita verificar algo antes de que la policía incaute las pertenencias de Azucena. Camina con la cabeza gacha y se inclina en señal de saludo cuando se cruza con algunas monjas, hasta que llega a la puerta del dormitorio. Mira hacia dentro, no hay nadie. Busca entre la ropa. Mueve las fotos, tantea en las estanterías hasta que encuentra el diario íntimo de la novicia. Cree escuchar un ruido, se detiene, aguza el oído. No es nada, se dice y sigue leyendo, pero no puede creer lo que descubre. Hay ejercicios demenciales, que provienen de la mente de un loco, no, de un sádico. El asesino la ha torturado también con la palabra, con órdenes que la novicia acató como si estuviera poseída. ¡Oh, Dios!, exclama, pobre Azucena, pobrecita mía, la trató como si fuera… una pecadora. Reprime un grito de dolor y trata de que lo que está viendo no la afecte pero unas lágrimas impenitentes se deslizan por sus mejillas. Cierra el diario y lo devuelve a su lugar. Hay objetos de valor, menea la cabeza con indignación pues sospecha quién se los regaló. Se agacha, estira su mano y busca bajo la cama hasta que encuentra una cajita en la que encuentra un colgante que la estremece y un medallón, símbolo de las tinieblas y el abismo. Temblando de ira pero también de genuina pena lo toma y los guarda en el bolsillo. Luego mira por las fotos última vez.
Recuerda la conversación que mantuvieron hace apenas unas semanas:
—No acudas a su llamado, Azucena, te lo pido por favor. Te hiere, te maltrata. Sé que lo seguirá haciendo a menos que…
—¿De quién habla? Vamos, dígame. ¿Ve? Lo que ocurre es que usted cree que sabe… pero no sabe nada, nada. ¿Escuchó?
—No te comprendo, por favor, explicame.
—No puedo hablar y usted no puede protegerme. Nadie puede hacerlo.
Azucena retorció sus manos, se mordió los labios, en su mirada huidiza María vio el temor que la embargaba. Sin embargo, aún estremecida por esas sensaciones, se negó a aceptar su ayuda. Repitió que no podía protegerla. ¿Por qué era tan imposible que María pudiera interponerse entre quien la lastimaba y ella? ¿Por qué Azucena decía que ella no sabía nada? ¿Acaso la persona de la que ella sospechaba era inocente y el acosador era otro que María no conocía? Insistió en ayudarla pero Azucena fijó la vista en la monja durante unos eternos e imposibles segundos, parpadeó como si estuviera a punto de llorar, pero luego le pidió permiso para irse. Esa tarde la dejó ir.
María intentaba erradicar la vileza o la maldad de su vocabulario desde su ingreso al convento de las Hermanas de la Trinidad hacía ya diez años, pero el uso de ciertas palabras para describir a quien acechaba a la novicia le resultaban insuficientes.
De pronto comprendió que quizás hubiera podido impedir que la novicia terminara asesinada si se hubiera decidido a llamar al médico sin pedir el permiso de ninguna autoridad cuando la vio lastimada en el baño, tres noches antes de este fatídico día. Habría quedado constancia fehaciente de las heridas que Azucena tenía en la espalda. Pero, por no animarse, María fue la única testigo. María se lo recrimina aunque ya nada puede hacer para volver el tiempo atrás. Rememora cómo le rogó cuando la vio así y cómo forcejeó para llevarla a su celda, pero Azucena se resistió llorando y gritando que se fuera, que ya le había dicho, que nada podía hacer por ella. ¿Quién había hecho semejante maldad, si en el convento nadie sale sin permiso? Nadie entra. Estamos solas con nosotras mismas. ¿O no? Entonces, ¿quién maltrataba a Azucena?
Ella va a cumplir con el juramento que le hizo a la joven novicia que ya no puede reír, ni pronunciar palabras en guaraní, ni alabar a Dios. Mira la hora, supone que el padre Mario no debe saber nada aún y por eso se encamina hacia la salida que da al parque, justo cuando lo ve caminando hacia allí. María se apresura y lo detiene. Le dice que debe hablar con él. Le cuenta lo que ha ocurrido, él lanza una exclamación de dolor, se persigna y, sacudiendo la cabeza, dice que no comprende cómo puede haber sucedido algo así. María le explica que la lastimaron de manera horrible, que le dejaron marcas.
—Pero ¿qué dices? Vamos, hija, estás extenuada, conmovida, qué fue lo que viste.
—Yo vi en su cuerpo los signos como los que tenía la hermana Beatriz. ¿Recuerda?
El sacerdote la exhorta a hacer silencio y a alejarse para no ser escuchados por nadie.
—Tengo miedo, padre, a la novicia le hicieron lo mismo…
—Es imposible, inconcebible. María, debes calmar tu alma llena de pensamientos alocados. Te lo pido por favor.
—¿Qué haremos con lo que sabemos, padre?
—¿Te refieres a tus antiguas sospechas?
—Sí.
—No haremos nada pues no sabemos qué pasó. Además, sigo pensando que quizá malinterpretaste lo que sucedió.
—Entiendo, no me cree.
El padre Mario tiene afecto por María pero no puede permitirle que señale a alguien porque ha visto una escena delicada, que si fuera verdad sería ominosa, digna de la más grave sanción por las autoridades de la Congregación.
—Estás triste. Ven, recemos. —Le toma las manos. Pero ella se suelta y lo mira con decepción:
—Ahora me doy cuenta por qué esa persona sigue en el convento. Está libre y lo seguirá estando, ¿no, padre?
—No soy yo quien debe decidir. Ahora calla. Y te lo pido por un solo motivo, hija. Quiero que consideres la terrible naturaleza de tus sospechas. ¿Lo harás? Mírame, vamos, vamos. —María lo mira pero entrecierra los ojos—. Escucha esto que te voy a decir: vives en un convento reglado según los preceptos de Dios. ¿Acaso crees que podría perpetrarse algo tan terrible sin que se supiese quién fue? ¿Aquí donde todas ustedes están pendientes unas de otras?
—Se equivoca, padre, no estamos tan pendientes unas de otras, y aunque algunas saben lo que ocurre callan, y eso es pecado.
El sacerdote no tiene más argumentos, le toca la barbilla y le insiste en que hable con Dios.
—¿Y el pecado de callar, padre?
—No hay tal pecado. Vamos, compórtate, entra y no te precipites. Y que no se te ocurra contarle nada de esto a la policía.
María, que creía que haber confiado en el sacerdote era lo mejor, por ser su confesor, su guía espiritual, se da cuenta de que está sola. Sabe que deberá investigar sin comentárselo ni a él ni a nadie. Deberá ser muy cauta, actuar de manera sigilosa, pero descubrirá al asesino. De todos modos, el hecho de que su confesor no le crea, la afecta. Unas lágrimas de impotencia bajan por sus mejillas, ella las seca con el dorso de su mano e inspira profundo cuando decide entrar. Deja que el padre Mario se acerque a la sala, quiere ver cómo se conduce con esa persona. En los pasillos saluda a alguna de sus hermanas y se queda unos instantes contemplándolo mientras habla con la Superiora.
—Esto es terrible, padre. No puedo comprender cómo pudo suceder algo así.
—Dios está con nosotros, madre.
—Sí, claro. —Ella parece perdida, hondamente desconcertada. —Por más que trato de figurarme cómo entró ese… asesino, el que le hizo esas atrocidades, no lo puedo creer. Me parece imposible, imposible. Oh, Dios, hemos perdido a una querida novicia.
—El Supremo le otorgará la paz eterna.
—Una desgracia cubre de sombras nuestro convento, padre.
La superiora esboza un gesto de impotencia, ataja unas lágrimas a punto de desbordar, cuando ve a María, cerca de ellos.
—Hermana, ¿podría encargarse de llamar a la policía?
—Por supuesto, madre.
—Le pido que después vaya al patio a poner la bandera a media asta.
—Lo haré, madre.
—Bendita seas, hija.
María se aleja lo más pronto posible. Piensa que luego de hacer lo que le ha pedido la Superiora, irá a buscar sus cuadernos de aquella época en que estudiaba sobre el demonio y sus acciones en este mundo. Su oculta misión le grita en el oído con cierta “impía” impaciencia. Tendrá que interpretar lo que hablan otros espíritus para que la verdad sobre la cruel muerte salga a la luz, para que no quede en el olvido ni de los hombres ni de Dios. ¡Qué impertinente pensamiento sobre Dios, cuando es claro como el agua que Él sabe todo y la ayudará en su cometido, la acompañará hasta los oscuros rincones donde no habitan los ángeles buenos!
3
EN LA OFICINA DONDE está el teléfono hay una agenda. Trata de recordar el nombre del comisario de la comisaría 51. Aquel que su padre, que ejerce el derecho penal, le había nombrado en una oportunidad. Busca en su memoria que se ha vuelto torpe debido a lo que debe denunciar. En un instante recuerda. Se llama Obineta y busca el número en la agenda. Lo marca. Espera. Atiende un oficial, ella pide por el comisario. Este le pregunta para qué quiere hablar con él, que está ocupado, que no puede atenderla, que llame más tarde. María dice con voz temblorosa que llama del Convento de la Congregación Hermanas de la Trinidad, y —subiendo la voz—, que han asesinado a una novicia. El oficial le pide disculpas, le ruega que aguarde unos instantes. María espera parada junto al teléfono y el tiempo pasa de una forma pasmosa, como si fueran siglos. El comisario atiende. Ella se presenta, dice que es la hermana María Odriozola, hija del abogado que trabajó con él. Obineta le dice que lo recuerda, y pregunta qué ha pasado. María le cuenta que una novicia apareció muerta en una de las salas del Convento. De pronto, se queda muda, duda entre compartir sus conjeturas o quedarse callada siguiendo la exhortación de su confesor.
—¿Está todavía ahí, hermana?
—Sí, comisario. Cuando vea el cuerpo de nuestra novicia se dará cuenta de que la persona que la asesinó fue bestial con ella. Como si la odiara o quisiera castigarla. Hay signos en el cuerpo que se pueden interpretar. ¿Entiende?
—Trato, hermana. Si fuera más específica tal vez me ayudaría a comprender qué me quiere decir.
—Hay marcas, señor. Eso, nada más. Ahora no sé bien qué quiero decir, estoy confundida. Usted debe investigar. Disculpe, solo soy una monja asustada que vio el cuerpo lastimado de una hermana muy querida.
—Comprendo. ¿Sospecha de alguien? Sabe que si es así debe contármelo…
María lo interrumpe porque se da cuenta de que se ha expuesto con su opinión. De eso a que él piense que ella sabe algo hay un tris, apenas un instante. Se apura.
—Es que lo único que le puedo decir es lo que yo pensé ni bien la vi. Quizá debiera callarme. Lo siento, lo lamento mucho, comisario.
—Comprendo su situación. Ahora escuche bien lo que le voy a decir. Le pido que se calme. Yo hablaré luego con usted pero como no llegaremos antes de quince minutos, quiero que transmita que yo he pedido que desalojen la sala y que no toquen el cuerpo ni ningún objeto que se halle en el lugar. ¿Comprendido?
—Claro, sí. Lo haré.
La comunicación se corta. Ella se queda mirando el teléfono. ¿Qué hará cuando el comisario le pregunte qué quiso decir con “quizá debiera callarme”? Es católica y es monja. Como tal, utiliza su entendimiento. Está segura de que sus miedos sobre el peligro que corría Azucena no eran fantasías. Ahora sus especulaciones van más allá de la primera persona sospechada de maltrato, porque su mente no deja de pensar que tal vez haya otros involucrados. Es decir, personas ajenas al convento. Tal vez no participaron anoche, pero de seguro sí lo hicieron antes. María tiembla de temor. Es verdad que su espíritu y su alma van demasiado rápido. Es verdad que todavía no sabe cómo ocurrió ni quién lo hizo. Es inevitable entonces que contrapese el sentido de las probabilidades que existen entre sus especulaciones y aquello que vio y escuchó esa triste y desafortunada noche. Existe una débil línea que separa la certeza de una vulgar conjetura. Si no tuviese conexión lo que vio con la muerte de la novicia, ella podría caer en el pecado de señalar a una persona inocente. Se queda unos instantes mirando la cruz y a Jesucristo, y tratando de clarificar sus sentimientos, hasta que se da cuenta de que se ha lastimado una de las palmas de tanto apretar con fuerza su cruz de plata. Se limpia la pequeña herida con el pañuelo mientras mira por la ventana. Un rayo de sol ilumina sus facciones y ella pestañea inquieta. Recuerda el pedido de la Superiora y toma el camino al patio del colegio. María lo ve vacío en ese periodo de vacaciones y siente que sin niños es como un páramo. Iza la bandera hasta el tope y después la arría hasta dejarla a media asta.
María recuerda la trágica premonición que le advertía de un inminente desenlace violento. Ese mal presentimiento que la mantuvo insomne durante más de un mes y medio. El asesinato de la novicia es el cumplimiento de esa profecía. Sus heridas echan luz sobre episodios por demás inquietantes. La inquietud y el miedo que trasuntaban los ojos de Azucena, todo lo que vio cobra sentido, por eso su corazón late locamente y su respiración se entrecorta hasta ahogarse y llorar con desconsuelo una pérdida irreparable.
4
CUANDO MARÍA HABLÓ con el comisario, él ya se hallaba trabajando y se había fumado medio paquete de cigarrillos y tomado seis cafés recargados. Más de un amigo que lo ve fumar, comer y trabajar le advierte que un día cualquiera se va a morir como un insecto. Víctor Obineta se ríe de eso porque hasta el momento solo ha tenido que cambiar dos agujeros del cinturón y mantiene casi el mismo talle de camisa y pantalón que hace diez años. Usa trajes y camisas Armani y lleva una vida más que acomodada, pero aunque se corren rumores de que anda en algo turbio, es un comisario respetado. Lleva veinticinco años en la fuerza, como él le llama a la Federal. Entró a los dieciocho y ahora tiene cuarenta y tres. Está siempre de buen humor y es bastante paternalista con sus subordinados.
Fue uno de los primeros en llegar a la escena del crimen. Dio instrucciones, se puso el traje estéril y el barbijo, y fue a ver el cadáver. Ni bien contempló a la joven tan lastimada se acordó de la hermana María y supo que ella tenía razón. Cuando vio que era apenas una adolescente, sintió pena y mucha bronca, y largó varias maldiciones. Él piensa que las pérdidas de vidas siempre son graves, pero una muerte violenta provoca un vacío difícil de llenar, desata interrogantes, culpas y un intenso dolor. Sabe que la novicia no ha partido en paz. En otros casos de asesinato, podía verificar si la muerte había sido rápida y si las víctimas habían partido sin darse cuenta de lo que pasaba. Pero no era este el caso, la muerte había sido lenta y agónica.
Puteó por lo bajo y se dispuso a distribuir las tareas de los peritos, y fue con sus oficiales a ver hasta dónde había que precintar. Recorrió esa parte del convento tratando de imaginar el recorrido del asesino, e hizo marcas en las posibles salidas que pudo haber elegido para salir de allí. Como descubrió que cada una de las puertas tenían cerraduras y candados, llamó al perito cerrajero y le ordenó que fuera lo antes posible. Cuando volvió a la sala, se encontró con su amigo, el fiscal Miguel Núñez que se disculpó por la tardanza, pero el comisario lo palmeó en la espalda y le dijo que no habían hecho tanto todavía.
Después de saludar y preguntarle a cada perito qué evidencias estaban encontrando y darse por satisfecho, se dedicó a contemplar el lugar. Anotó en un block de hojas que todas las ventanas estaban cerradas y aseguradas con candado.
Acompaña al médico legista que está inspeccionando las heridas, los hematomas y otras marcas que, al ser examinadas con la lupa, provocan en él una expresión mezcla de repulsión y pena. Establece la hora de la muerte entre las doce y las cuatro de la madrugada. Y les señala las distintas heridas, explicándoles que algunas, como las de las plantas de los pies, la espalda, el torso y el cuello han sido hechas usando hierro o metal calentado al rojo. Les sugiere al comisario y al fiscal que usen su lupa para observar la marca de dos triángulos metidos uno dentro del otro que aparecen en las plantas de los pies.
—El asesino limpió las heridas, ¿puede ser, doc? —pregunta el comisario.
—Sí, eso parece.
—¿Con qué pudo haberlo hecho?
—Hay rastros de alcohol y fibras. Tal vez son gasas o algodón fino.
—Eso debe haberle llevado su tiempo, ¿no?
—Un rato largo.
—¿Hubo violación? —pregunta el fiscal.
El médico informa que estaba por hacer esa revisación. Le pide a su ayudante nuevos guantes y procede a auscultar los órganos femeninos. Sacude la cabeza cuando termina y pone astillas en una bolsa de evidencia. La señala y dice:
—Fue abusada pero no convencionalmente, el asesino le introdujo un elemento en la vagina, presumiblemente de madera.
—Ah, qué pedazo de bestia —exclama el comisario golpeándose la frente—. Eso debe haber desgarrado tejidos internos, ¿no, doc?
—Presumo que sí, eso se sabrá en la autopsia.
* * *
La sala es un cuadrado grande lleno de imágenes de santos, una cruz con el Cristo y varios objetos que parecen de valor. Obineta va hacia las puertas de roble de la sala que ya estaba cerrada pero sin llave cuando la hermana María descubrió el cuerpo y se queda pensativo.
—¿En qué te quedaste pensando, Víctor?
—Sospecho que esta puerta estaba cerrada con llave, Miguel. Con lo que no solo contó con la llave de la puerta de acceso al convento, sino con esta otra llave también.
—Pero a lo mejor la puerta no había sido cerrada con llave.
—Todas las puertas tienen cerraduras y, para darte un ejemplo, la sala contigua sigue cerrada. Cuando fui a precintar, intenté abrir varias puertas, pero no pude. Me da la impresión de que es una costumbre lo de dejar las puertas cerradas.
—¿No encontraste alguna puerta forzada?
—Ninguna. Escuchá mi hipótesis. El asesino entró al convento porque tenía llave. No la quiso matar en otro lado, no sé si para no ser visto en la noche o porque quería matarla acá. Hay que establecer cómo la eligió o si ya la conocía y la fue a buscar, o si ya se conocían y se encontraron. Abrió esta puerta, introdujo a la novicia viva que, supongo trataría de huir defendiéndose, gritando incluso, la arrastró hasta allá —señala el lugar en el que se encuentra el cadáver—, estimo que la maniató porque no hay indicios de lucha. Luego abusó de ella de esa forma, aunque también pudo haber intentado penetrarla sin éxito, y la mató despacio. Hay que ver si la marcó antes o después de matarla.
—Es posible, esta sala está ubicada cerca del refectorio, pero lejos de las celdas. ¿Y por qué dejó las puertas cerradas?
—Tal vez la víctima, como te digo, fue maniatada. Puede ser que tuviera una cinta cubriendo sus labios. No sé por qué pero lo imagino reprochándole cosas mientras la torturaba. En fin. Llevó a cabo esa masacre y se cuidó de no dejar rastros. Miró todo y cerró para que la escena permaneciera así, intacta ante el primero que la viera.
—¿Decís que montó la escena? ¿Para qué?
—No lo sé. Pero tal vez sea una advertencia. Puede ser uno de los fieles que concurre a misa y que, por alguna razón, tiene acceso a las monjas.
—Un loco.
—No. Un fanático que se había hecho una película de pecados y secretos. Primeras especulaciones, Miguel.
Dos peritos se acercan al fiscal para que firme las muestras extraídas en bolsas de evidencia. El calor es asfixiante, Obineta se quita el traje estéril, los guantes y el barbijo y camina hacia donde está uno de sus oficiales hablando con otro de un partido de fútbol, y se pregunta si lo levanta en peso u opta por la variante pacífica. Lo mejor es darle una orden para que trabaje:
—Juárez, hágame el favor, ubique a la Superiora, a la hermana María y a la monja de la limpieza. Que vengan o, mejor dicho, dígales que las espero en el banco que está frente a la capilla.
Se afloja el cuello de la camisa y ve cómo su sargento se apura a cumplir con la orden. Enciende un cigarrillo y el fiscal lo mira sorprendido y le dice que no es lugar para el vicio. Obineta no le contesta, piensa que las monjas deben haber rezado ahí después de que la noticia macabra se supo. Apaga el cigarrillo en la suela de su zapato y guarda la colilla en la bolsa de evidencia que usó para tirar las cenizas.
—Nunca te pregunté, Miguel, ¿vos creés en Dios?
—Qué se yo, Víctor. Venís con preguntas difíciles. Tomé la comunión y fui a misa cuando era chico. Me casé por iglesia… Sí, soy un poco creyente.
—Yo tuve que disfrazarme de pingüino por Sandra, por su familia, pero nunca más pisé una iglesia. Tendría que creer, porque en casa todos son de ir a misa y todo eso, pero… no sé. No es para mí. Ah, mirá, ahí vienen. Dejame hablar a mí con la Superiora, Miguel. En todo caso, si se te ocurre algo, interrumpí.
La Madre Superiora es una mujer alta y de cuerpo grande. De unos sesenta años. Lleva un rosario en las manos y parece exhausta o abrumada. El comisario y el fiscal han llegado a la conclusión de que, a pesar de tratarse de un convento y de sus medidas de seguridad extremas, deben observar a todos considerándolos sospechosos. Y una medida que ya le ha dado resultados a Obineta es enfrentarlos con el cadáver. Su experiencia es que el cuerpo tan lastimado, desgarra, produce algo, que su ojo avezado puede descubrir.
—Madre, le pido que venga conmigo. Necesito que vea el cadáver de la novicia y me diga qué son esas marcas.
La Madre Superiora tarda en dirigir sus ojos hacia el cuerpo de la novicia. Mira el suelo y le dice al comisario que no comprende por qué la obliga a hacer algo tan perturbador, cuando ya la ha visto más temprano. El comisario no responde. Ella, al verla, cierra los ojos y se aleja con horror. Sacude la cabeza, se estremece.
—Pobre niña, es horrible lo que le han hecho. —Aprieta los labios, intentando que sus sentimientos no la obnubilen, pues como jefa espiritual y encargada del convento, debe responder a los interrogantes que ha desatado el hallazgo un cadáver, en el lugar en el que se supone arbitra muchas medidas de seguridad. Por eso es lo primero que aclara: —Las puertas se cierran antes de ir a cenar. Ya nadie puede entrar o salir. Cuando terminamos la cena, se limpia y se cierra el refectorio y después de que todo está en orden, también se cierran con llave las despensas, la cocina, el lavadero, todo. Lo único que queda abierto son los baños y cada una es responsable de su celda. La maestra de novicias duerme con ellas en una celda que está ubicada dentro del dormitorio. La llave que abre la puerta de ese dormitorio la conserva la maestra, y si alguna de ellas necesita ir al baño, debe despertar a la hermana Celestina, que la espera y cierra nuevamente con llave. Todas las puertas que vio están cerradas con su llave especial y llevan candado, señor comisario. Solo yo tengo las llaves ¿Ha encontrado alguna cerradura violada?
—Han sido revisadas cinco entradas y no hay rastros de que hayan sido forzadas. ¿Cuántas más hay?
—No hay más, son esas, pero entonces… eso es imposible. No me explico. ¿Por dónde entró?
La superiora está desconcertada, mira la sala, los pasillos, la puerta principal. Observa el precintado policial.
—Cerramos cuando salimos. Siempre lo hacemos. Todas las puertas tienen trabas de seguridad. Se necesita una llave. ¿Comprende, comisario?
—Comprendo, pronto sabremos qué ha pasado.
—El duplicado de estas llaves está en una caja de seguridad. Yo tengo este manojo —se lo muestra.
La Superiora vuelve a mirar a su alrededor y suspira con desazón. El comisario se da cuenta de que el asesino o asesina tiene que pertenecer al convento o tener acceso a las llaves. Por los movimientos de sus ojos que miran hacia todos lados y se posan de vez en cuando en algunas de las monjas que están a unos metros de ella, él intuye que trata de tejer conjeturas en ráfagas de instantes, buscando que ellas la lleven a imaginar al menos una respuesta, aunque sea excéntrica o ridícula. Quizá se hayan suscitado conflictos entre las hermanas en algún momento y ella los está rememorando. Obineta espera que la Superiora le transmita lo que está pensando, incluso cuando en un momento dado se queda mirando a una de las monjas y luego parpadea confusa.
—Siempre creí que estas paredes eran nuestro hogar y protección. Aquí invocamos y rezamos a Dios. Estamos solas pero Él nos cuida. Él y su Hijo Bienamado. Son nuestros guías.
—Le tengo que preguntar, madre. La novicia fue asesinada entre las doce y las cuatro de la madrugada. ¿Dónde estaba usted entre esas horas?
—Estaba en mi celda. Recé completas en varias oportunidades porque no lograba dormirme. El día de ayer estuvo lleno de imprevistos y no pude manejar ciertos problemas como me hubiera gustado. Recién logré dormir algo a las tres y media. Hace bien en preguntar. Revise mi celda, inquiérame. No tengo nada que ocultar.
El comisario estudia a la Superiora, trata de saber qué puede estar ocultando.
—¿Recuerda que hubiera habido algún conflicto que involucrara directa o indirectamente a la novicia?
—No. Somos monjas que vivimos en paz, señor comisario.
—Y que usted sepa o le hayan contado ¿existió alguna pelea o alguna persona que se haya enojado con la Congregación por alguna razón por más ridícula que le parezca?
—Pero matar por algo ridículo no es comprensible…
Obineta lleva tantos años en la fuerza y ha visto cosas tan inconcebibles, secuestros con muerte de rehén, suicidios, los homicidios que dejan las luchas intestinas dentro de las mafias, los asesinos que matan por qué sí, sin motivo; o por venganza, por una nimia reyerta familiar.
El asesinato como advertencia es su primera hipótesis, una que esbozó para pensar en ese asunto de que el o los asesinos la habían matado a puertas cerradas. Pero las heridas plantares le roen el cerebro, por lo que pronto cambia por una segunda especulación.
—Entonces hubo un conflicto.
—Nada relevante, puntos de vista encontrados, y a veces irreconciliables entre hermanas que, aunque no lo crea, tienen sus ambiciones.
—Quizás no vivan en tanta paz. Dígame, madre, qué tan bien conocía a la novicia. A quién veía, cuénteme todo lo que recuerda y pueda aportarme algo que nos ayude a esclarecer el crimen.
—Ella… ella era una joven muy aplicada. Tomó los votos de novicia hace unos meses. Yo le permití que estudiara magisterio, porque quería ser maestra. —La Superiora se abstrae por unos instantes, su mirada parece perdida en algún recuerdo, en algo que ensombrece su semblante. —Pero ella no faltaba a ninguna de las clases de noviciado que impartía su maestra. Quería ser monja. Oh, Dios, pobre pequeña —esboza un gesto de incomprensión y agrega con la voz quebrada: —Usted sabrá que todas las monjas somos pobres, pues hemos dejado nuestros legados y renunciamos a nuestras herencias cuando decidimos servir a Dios. La novicia Azucena era muy pobre de cuna, pero me atrevo a afirmar que poseía una sensibilidad especial, un darse al otro en cuerpo y alma que la hacía extremadamente rica.
La Superiora se ha puesto a llorar. El comisario espera con paciencia y en silencio. Ella se enjuga las lágrimas y agrega:
—No sé si me comprende. Azucena era distinta y quería ser mejor cada día, por eso no cejaba de estudiar, de preguntar, de buscar las verdades de Dios. No mataron a una novicia, mataron a un ángel.
—Lo lamento mucho, madre. En serio. Pero debo hacerle una pregunta más.
—Estoy a sus órdenes.
—¿Además del magisterio ella concurría a otros sitios?
—No, ella no iba a ningún otro lugar que no fuera al instituto y a las clases que su maestra imparte en nuestro convento.
—Usted mencionó a su maestra de novicias, ¿puedo hablar con ella?
—Por supuesto.
—Gracias, madre, por su colaboración. Estaremos en contacto. Cualquier cosa que considere importante, no dude en llamarme —dice, y le extiende una tarjeta.
La Superiora asiente con la cabeza. En el pasillo está esperando otra monja. Le hace señas para que se acerque.
—Venga, hermana, el comisario le hará unas preguntas.
Obineta la saluda amablemente y le pregunta el nombre.
—Hermana Celestina, señor comisario. No comprendo…—dice a punto de ponerse a llorar —. Aquí… Yo era su guía, ella dependía de mí… No me explico cómo… —Parece aterida, profundamente desconcertada. —Es increíble, ¿no es cierto? —pregunta señalando las paredes, las puertas, todo, haciendo gestos que parecen abarcar otros rincones.
—Si me permiten —interrumpe la Madre Superiora—, necesito organizar algunas cosas. Estaré en la iglesia junto al padre Aníbal—, se da vuelta pero de pronto se detiene y mira al comisario: —Le pido encarecidamente que no se divulgue el asesinato antes de que podamos comunicarnos con los padres de Azucena.
—No se preocupe por la prensa. Nosotros los mantendremos alejados.
—Gracias, ahora los dejo. Que Dios los guíe.
—Bendita sea, madre —dice la hermana Celestina y vuelve a mirar al comisario—. El padre es el confesor de la novicia Azucena. Quizá sea una de las personas que más la conozca… ¡Oh, Dios, hablo como si ella siguiera viva! ¡No pude protegerla!
—¿Puede llevarnos hasta su dormitorio y mostrarnos las pertenencias de la novicia? Nos va a acompañar el fiscal Núñez.
La hermana Celestina se inclina y hace un gesto con su mano derecha. Dos pasillos separan el dormitorio de las novicias de la sala. Son largos. Las paredes son lisas pero de tanto en tanto una hendidura en la pared, con forma de óvalo se abre como un ventanuco que deja entrar los rayos de sol. Se escuchan rezos, plegarias, que se elevan al techo abovedado del convento. La hermana Celestina les cuenta que la novicia era muy aplicada, les dice más o menos lo mismo que la Superiora ha relatado. El comisario mira al fiscal y sacude la cabeza. Se pregunta si la hermana tendrá alguna vez su propio punto de vista. De pronto deja de escuchar a la monja, y se queda mirando las baldosas. ¿Habrá hecho ese mismo recorrido la novicia durante la noche? O el asesino entró en el dormitorio y la obligó a salir. La puerta del dormitorio está abierta porque, según la hermana Celestina, de día permanece así, para facilitar el tránsito de las jóvenes. Pero de noche permanece cerrada.
Entran en una gran habitación donde hay quince camas. Están todas tendidas, salvo la de la víctima que está apenas desarreglada. La hermana le señala su celda, que está dentro de ese dormitorio. El comisario se acerca al sector donde se encuentran las cosas de Azucena, busca en la repisa. Mira unas fotos. Abre los libros, mira detrás de ellos, y descubre un cuaderno con un corazón en la tapa con las palabras: Mi querido diario. Lo guarda en una bolsa plástica. El fiscal se agacha y mira debajo de la cama, solo ve unas chinelas. El comisario sigue buscando, mete la mano detrás de la estantería y toca algo. Separa los libros. Usa la linterna y descubre que en el borde inferior de la pared hay una cinta adhesiva, la despega y la levanta. Se sorprende al ver un anillo. ¿La novicia lo escondía por temor a que se lo robaran o porque nadie debía verlo? Recuerda lo que dijo la Superiora sobre el voto de pobreza. Lo guarda en otra bolsa de evidencia y la mete en el bolsillo de su saco. En los cajones del armario encuentra un chal muy fino y, descubre, escondida debajo de la ropa, una cajita laqueada. Cuando la abre suena la música de La vie en Rose. Busca la etiqueta que le informe el origen de ese objeto caro y especial: L’horloge. Paris. Vuelve a mirar las fotos de la familia. La Superiora le dijo que la novicia era muy pobre. Masculla que esos regalos caros pueden ser una pista, tendrá que identificar quién se los regaló. Le señala al fiscal esas pertenencias y él alza las cejas.
—Alguien la quería mucho.
La hermana Celestina se ha quedado paralizada ante el descubrimiento de esos objetos, siente que sus manos transpiran sin que lo pueda evitar, las oculta en las mangas del hábito. Celestina se retira hacia su celda, donde hay una mesa llena de libros, cuadernos y papeles. El comisario mueve la cabeza, pensativo, y le lanza al fiscal una mirada cargada de sentido. Se acerca a la maestra de novicias.
—Hermana, ¿usted no la escuchó salir?
—No. Y no solo eso. Escuché que la Madre Superiora les contaba que cada noche cierro la puerta con llave. Pero esta mañana abrí la puerta yo misma, y no me di cuenta de que faltaba Azucena. Es imperdonable —dice consternada.
—¿La puerta estaba sin llave?
—No, justamente es eso lo que me llamó la atención. Lo que ahora me preocupa.
—¿Es posible que usted le haya dado a alguien un duplicado?
—Jamás, ¿cómo voy a hacer semejante cosa?
—Ayúdenos a pensar, hermana. ¿Quién podría tener duplicados de las llaves?
—¿De todas las llaves? Creo que solamente Aurora y yo tenemos algunas llaves. Perdón, la Madre Superiora se llama así.
—¿Cuánto hace que la Madre Superiora fue elegida…?
—Seis años. Reemplazó a la Madre Asencia.
—¿Y que se cambiaron las cerraduras?
—¿Por qué íbamos hacerlo? El único cambio en el manejo del convento y sus llaves es el mío con las novicias.
—¿Por qué cierra la puerta del dormitorio de noche? ¿Ha sucedido algo malo?
—Sabemos que es una medida extrema, ellas son muy buenas y nunca me despiertan, es la verdad. Pero hubo un hecho, una novicia que se retiró del convento hace unos años, sin avisar. Todas son menores de edad. Aurora, digo, la Madre Superiora impuso que cada monja se ocupara de cerrar su celda pero que las más pequeñas debían ser protegidas con este sistema. Sin embargo, es muy extraño que Azucena no me haya despertado y haya conseguido salir.
El comisario murmura que sí, que es muy extraño y luego, con aire de aparente indiferencia, pregunta:
—¿Ese chal y la cajita de música eran de ella?
—Supongo que sí. Digo, están entre sus cosas.
—¿La vio usar ese chal en alguna ocasión?
—Nunca se lo vi puesto. Se lo habrán regalado cuando tomó los votos —responde la hermana mirando hacia otro lado.
—¿No es un regalo muy caro para su familia tan pobre?
—Ellos ni siquiera pudieron venir a la ceremonia…
—¿Quién pudo haberle hecho un regalo así, entonces?
—No sabría decirle. Ni siquiera sabía que lo tenía. Pero lo que no consigo entender es cómo pudo haber salido –dice la hermana Celestina tocándose la llave que tiene colgada del cuello.
—De noche nunca la vio salir, ¿está segura? –insiste el fiscal.
—¡Jamás! En Completas no. Está prohibido deambular por el convento.
Obineta y Núñez salen a conversar al pasillo.
—Ahora entiendo por qué tantas medidas de seguridad. Es posible que el asesino también tuviera la llave del dormitorio —dice el fiscal.
—El asunto a develar es si la novicia salió por sus propios medios o no. Hay dos posibilidades: o el asesino la escogió como víctima, o ella se levantó y lo acompañó porque lo conocía. Yo me inclino por la segunda posibilidad.
—Quizás la durmió con cloroformo y la arrastró hasta la sala.
—Tendría que haber rastros de esa sustancia, Miguel.
—Chequeemos con el doctor. Y si la víctima la o lo conocía y entró, y simplemente la obligó a salir.
—Hmm, ¿y nadie vio semejante movimiento? No creo, o bueno, me parece poco probable. Hubieran hecho ruido. Entremos.
La hermana Celestina ha escuchado parte de la conversación y no sabe cómo contener tanta ansiedad. Toma el rosario y va pasando las cuentas cuando le preguntan nuevamente:
—Hermana, piense. ¿Puede ser que la novicia tuviera alguna relación más estrecha con alguien ajeno al convento o incluso de aquí?
—Que yo sepa, desde que tomó los votos no veía a nadie. Pero sé que el ex novio la había amenazado alguna vez si ella no volvía con él. La Superiora llegó a hacer una denuncia en su comisaría.
—El ex novio –dice el comisario anotándolo en su libreta—. ¿Recuerda su nombre?
—No, ella era muy reservada.
—La novicia tenía marcas en el cuello, lastimaduras, moretones —dice el fiscal—. ¿Puede ser que las tuviera desde antes?
—Yo no le vi nada y soy la persona que más trataba con ella. Pero el cuello queda cubierto por el hábito.
—Uno de mis oficiales vendrá a tomar sus huellas y las de las demás novicias, es algo que debemos hacer. Y otro se llevará las pertenencias de la víctima. Le pido que coopere.
El comisario escucha el bendito sea de la hermana y se va con el fiscal. Mientras desandan el camino hacia la sala, se dicen el uno al otro que la maestra de novicias se comportó de manera errática. Sospechan que encubre a alguien por la forma en que apartó la mirada cuando le preguntaron sobre el chal y la cajita de música. Mientras caminan por el pasillo miran el piso, no hay huellas de pisadas ni de haber corrido el cuerpo muerto. Pero la joven estaba descalza, no así el asesino.
—¿Vos decís que la arrastró por estos pasillos? ¿Y si fueron más de uno y la llevaban maniatada? —pregunta Núñez. Obineta solo se encoge de hombros.
* * *
