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Suleimán, harto de la terrible situación de pobreza que vive en su país, Malí, decide marcharse junto a su amigo Musa a la próspera Europa. Allí esperan trabajar y conseguir suficiente dinero para regresar y montar sus negocios para ayudar a sus familias, pero el viaje es duro y difícil. Deberán cruzar el desierto en camiones incómodos y atestados de expatriados que como ellos buscan algo mejor. Llegarán hasta la frontera con Melilla, pero allí el cruce de la verja se complicará, serán arrestados y expulsados al desierto a su suerte. Musa morirá en la arena, pero Suleimán no se dará por vencido y volverá a intentar el viaje, esta vez, por mar.
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Seitenzahl: 219
Veröffentlichungsjahr: 2014
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Antonio Lozano
Me llamo Suleimán
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Créditos
Para Carlos y Javier,
anhelando para ellos un mundo mejor.
Para Clari.
Para los héroes anónimos
que dejan atrás su tierra para salvar a los suyos.
Me llamo Suleimán. No te preocupes si no lo recuerdas, si no recuerdas de qué me conoces: aquí, nadie me conoce. A menudo siento que soy invisible, pero no, no lo soy. Aunque a veces me gustaría serlo. Mucho. Por ejemplo, cuando bajé del cayuco que me trajo hasta la playa y descubrí que muchos blancos en bañador, unos tumbados en la arena, otros jugando a la pelota o corriendo por la orilla, me miraban asombrados, deseé ser invisible. También cuando corrí como un loco para alejarme de todo aquello, y más cuando me di cuenta de que detrás de mí corría un policía que al final me alcanzó.
Claro, estaba más en forma que yo. Él no había pasado ocho días en ese cayuco, los tres últimos sin comer ni beber.
Me sentí muy cansado y me dejé caer al suelo. Me dije: Se acabó, Suleimán, te van a matar aquí mismo. Me acordé de mi madre, cuando lloraba rogándome que no me fuera. Y de mi padre, cuando me dio su bendición. Se acabó. Te van a matar como a un perro. Pero no. Un hombre me pasó la mano por detrás del cuello, suavemente, como si fuera su hijo, me levantó muy despacio y me acercó una botella de agua a la boca. Yo la quería beber de golpe, tenía mucha sed, pero no me dejó. Después supe que, cuando estás seco, es mejor así, sorbo a sorbo, a saber por qué.
No tenía fuerzas para darle las gracias, así que lo hice con la mirada. Creo que lo entendió, porque me sonrió. Pensé: Si aquí te trata así la Policía, cómo serán los demás, porque en mi país un policía tiene prohibido ser bueno, creo. He llegado al paraíso. Y me dormí, aliviado porque no me iban a matar.
Te decía que nadie me conoce, pero no es así exactamente. No es que te quiera mentir, lo que pasa es que me refiero a que no tengo a nadie con quien hablar, pasear, reír… La gente con quien comparto una pequeña casa me conoce, claro, pero no me gusta, y procuro pasar el menor tiempo posible ahí para no tener que verlos. Ya te hablaré de ellos, pero antes me gustaría decirte cómo llegué hasta aquí, porque nunca hemos hablado de eso.
Ya lo sabes, me llamo Suleimán. Suleimán Keita. ¿Te gusta mi nombre? A mí me encanta. Los Keita son una familia muy grande, muy importante; una familia de reyes. Lo sé porque he escuchado muchas veces su historia, nuestra historia. Mi historia. No te quiero volver loco con eso, pero déjame que te cuente un poco.
Hace muchos años, un adivino le aseguró al rey mandinga Naré Konaté que tendría un hijo con una mujer muy fea, y que se convertiría en un gran monarca. Así que cuando unos cazadores le trajeron a Sogolon Kédjou, la mujer más fea y contrahecha que había visto en su vida, se casó con ella. De esa unión nació Sundiata Keita, un cojo incapaz de levantarse del suelo. Cuando murió el rey, su hijo mayor, Dankaran Touman, tomó el poder, despreciando los deseos de su padre de que fuera Sundiata el elegido. En una ocasión en que Dankaran y su madre Sassouma ofendieron a Sogolon, la jorobada, Sundiata se rebeló, tocó el bastón real y como por arte de magia se puso en pie. Enfadado y temeroso, su hermano, el rey Dankaran, lo desterró a las lejanas tierras del reino de Mema. Pero ocurrió que Soumaoro Kanté, el rey sosso, atacó el reino mandé y Dankaran tuvo que huir. Soumaoro persiguió y mató a once hijos de Naré Konaté, pero no logró dar con Sundiata, que se convirtió en la gran esperanza mandinga para expulsar a los sosso. Se había refugiado en casa del rey de Uagadú, y desde ahí organizó la reconquista de su país. Podría pasar horas contándote esta historia porque, tal como se la escuché a los griots1 decenas y decenas de veces, te la podría repetir. Pero no te quiero cansar y para terminar te diré que finalmente Sundiata Keita, de quien procedo, reunió a los ejércitos de los pequeños reinos de nuestra tierra y derrotó al rey sosso. Así fue como fundó el gran imperio de Mali, que se extendió desde el Atlántico hasta el desierto, el más poderoso y rico del planeta, y se convirtió en Mansa, rey de reyes. Bajo el árbol de la palabra me han contado los viejos de mi pueblo que dictó el Kouroukan Fouga, la gran ley que abolió la esclavitud y que proclamó la igualdad entre todos los seres humanos, la libertad de las personas y la solidaridad.
De esa familia, de ese país, vengo yo. ¿No es maravilloso? Me gusta contarlo porque así siento que soy un hombre, no una sombra perdida entre blancos, como a veces me parece.
Por desgracia, de eso hace mucho tiempo. Siglos. Hoy las cosas han cambiado en mi país, se acabaron los Keita y los imperios. Desde que los blancos empezaron a llevarse como esclavos a los hombres y mujeres de nuestras tierras, ya nada ha ido bien. Nos hicieron agachar la cabeza y tardamos siglos en levantarla. Claro que lo intentamos, pero había un palo siempre dispuesto a caer sobre ella para devolverla a esa posición. Fue otro de mis antepasados, otro Keita, Modibo se llamaba este, quien por unos años lo logró, pero no tardaron mucho en quitárselo de encima. Fue uno de los nuestros quien lo hizo en esta ocasión, aunque dicen que el palo se lo pusieron en la mano los franceses. Y desde entonces seguimos en esa postura encorvada en la que al mundo tanto parece gustarle vernos.
Así y todo, amo a mi tierra. No la cambiaría por nada. La pobreza no me impidió ser feliz en los años de la infancia. Comíamos poco, es cierto, pero cuánto disfrutábamos corriendo por las calles polvorientas de Bandiágara, siendo los campeones del mundo de fútbol con pelota de trapo, escuchando al anciano bajo el árbol de la palabra o, sobre todas las cosas, escuchando al griot en el claro de luna.
Después sí, después ya fue otra cosa. Cuando eres un niño, con tener tu ración diaria de tô2, unos amigos con quien jugar y los brazos de la madre donde consolar tus pocas penas, ya eres feliz. Pero los sueños van creciendo con los cuerpos, y las necesidades también, y dejas de conformarte con tan poco. Ahí, estoy seguro de que también a ti te ha pasado, es cuando la cosa se empieza a complicar y te das cuenta de que la vida no es el paraíso que habías imaginado. No solo te duele tu hambre, también la de los tuyos, y ves la vida de tus mayores y sabes que así será la tuya. Y no la quieres. Ni para ti ni para ellos. No quieres que tus hijos, y los hijos de tus hijos, estén condenados eternamente al tô, a recorrer kilómetros para arrancarle a la tierra un cubo de agua turbia, a esperar que las fiebres te vuelvan a consumir el cuerpo, hasta que un día acaben contigo. Y empiezas a pensar entonces que te ha tocado hacer el gran viaje al país de los blancos, de la abundancia y el dinero para salvar de la miseria a tu familia.
Esa es otra historia, y ahora vuelvo con ella, porque me he dado cuenta de que te hablo de Bandiágara como si lo conocieras, y seguramente oyes ese nombre por primera vez. Así que, si no te importa, te voy a contar mi ciudad. Bueno, ciudad le llamamos nosotros, pero quizá tú la llamarías pueblo, acostumbrado como estás a tus calles asfaltadas y tus edificios de veinte metros.
Fueron mis abuelos quienes se instalaron en Bandiágara. Decidieron hacerse cargo de unas tierras que habían heredado, cansados de malvivir en Bamako, donde su puesto de especias en el mercado central no daba para alimentar a los doce hijos, entre ellos mi padre. Él era un niño cuando llegó a Bandiágara, y allí conoció a mi madre, una peul. Así que soy medio bámbara, medio peul, pero supongo que eso no te importa mucho. Al principio la cosa fue bien, porque con la ayuda de los hijos mayores mis abuelos fueron capaces de sacarles a sus campos lo necesario para que no faltara el tô en casa y algo más para que de vez en cuando entrara un poco de carne. Pero cuando llegaron los años de la sequía, las cosas se torcieron. La muerte de los pocos animales que criábamos nos dejaron sin leche, y el mijo se negó a crecer en la tierra reseca. Alguien que trabajó aquí recogiendo tomates me ha dicho que crecen en unas enormes casas de plástico en las que el agua brota por pequeños tubos, y pensé que eso habría sido la salvación de mi familia y de tanta gente de mi país. No sé si es que no las conocen o si cuestan muy caras: allá la tierra no te regala nada, hay que pelear con ella duramente todo el día para conseguir poner algún ñame encima de la mesa. El caso es que, después de la sequía, ya nada fue igual.
Bandiágara, te estaba contando, es la ciudad en que nací. Ahora todo es tierra, las calles y las casas, y a veces el cielo también. Pero siendo niño jugábamos en las ruinas del palacio de El Hadj Omar, un hombre muy importante que organizó una yihad antes de que los franceses se quedaran con nuestras tierras. Aunque lo mejor de Bandiágara son nuestros vecinos. Se llaman los dogón y viven en unas montañas increíbles. Antes los llamaban los hombres que vuelan, porque no se sabía cómo si no podían entrar en sus casas y cómo enterrar a sus muertos, allá, en lo más alto del acantilado, cerca del cielo. Dicen que nadie como ellos ha sabido, en toda África, salvar sus costumbres.
1 Narrador de historias, una especie de bardo que aúna poesía y música en sus representaciones. Cuentan leyendas y mitos, pasajes históricos o anécdotas y chismorreos locales que llegan a sus oídos.
2 Gachas elaboradas con sorgo y otros cereales en África Occidental.
Por nada la cambiaría, ya te dije, mi tierra, pero no siempre pensé así. Ya ves dónde me encuentro, aquí, en tu país. Déjame que te cuente cómo fue la cosa. Te decía que nada fue igual después de la gran sequía. Mis abuelos se quedaron sin animales y con una tierra sedienta. Los hijos mayores, mis tíos, se fueron a Bamako en busca de algún trabajo, y en Bandiágara quedaron las mujeres y mi padre, el menor de los hombres. De la ciudad llegaba de vez en cuando algún dinero que mis tíos enviaban, pero como todo el mundo en el país había tenido la misma idea, quiero decir la de ir a Bamako en busca de trabajo, lo que nos mandaban no daba para todos y mis abuelos tuvieron que ir casando a las hijas sin dote a cambio, porque mejor era no recibir dote que verlas morir de hambre en su propia casa. Eso sí, tuvieron suerte y los maridos eran pobres pero no tanto como ellos, y un poco les daban para que nunca faltara en casa algo de leche, algo de pan, algo de arroz.
Pasaron los años, y cuando la lluvia regresó mi abuelo estaba viejo y cansado, así que fue mi padre quien se ocupó de regar la tierra con su sudor. Pero ya no le quedaban hermanos en Bandiágara, y los campos parecían haber envejecido también. Yo era el mayor de siete hijos y el primero en darse cuenta de que los tiempos de la felicidad habían quedado atrás. La felicidad, allá, significa no darse cuenta de que la miseria se come a tu familia, a tus vecinos, a tu ciudad, a tu país. La infancia desapareció de golpe, casi de un día para otro. Todo empezó una noche en que, desde el cuarto en que dormíamos todos los hermanos, me despertaron los sollozos de mi madre y durante horas escuché sus lamentos por no tener nada que llevar a la boca de sus hijos. A la mañana siguiente, esperé a que estuviera sola para acercarme a ella y le dije que no debía llorar, que no debía sufrir porque algún día yo me iba a ocupar de que nunca más nadie pasara hambre en esa casa. Tenía diez años y decidí que me tocaba dejar de ser un niño, que había llegado el momento de ser un hombre. Ese mismo día acompañé a mi padre al campo, y ahí estuve dos años más, hasta que me convencí de que en África las horas que dura un día no son suficientes para sacar a un pobre de la miseria.
Hacía tiempo que había oído hablar de los hombres que salen del país en busca de un trabajo en la tierra de los blancos. En Europa. Amadú, el dueño del café, nos dejaba entrar para ver la televisión en las horas en que no había clientes. Una gran antena redonda sobre el techo permitía ver todas las televisiones del mundo, decía. Si alguien nos hubiera contado que todas las cosas que veíamos, las comidas, las ropas, los coches, existían de verdad, no lo habríamos creído. Pues sí, las teníamos delante de nuestros ojos, eran verdaderas todas ellas. Existían. Pero no estaban aquí, había que ir a buscarlas.
No creas que cuando decides ir a buscarlas lo haces así, de un día para otro. No. Cuando al atardecer nos juntábamos los amigos del barrio, no hablábamos de otra cosa. Más que nada, lo que hacíamos era repetir lo que les oíamos a nuestros padres o a los jóvenes del barrio. Que si este se ha ido, que si aquel ha recibido dinero de su hijo, el otro ha llamado a la familia para decir que ha llegado sano y salvo. O también, a veces, que tal persona ha muerto, se ha quedado en el camino, se la ha tragado el mar, se ha perdido en el desierto.
En los pueblos de mi país, al caer la tarde, los que se fueron regresan a casa en los labios de todos. Cada día, como en las noches en que nos sentábamos alrededor del griot, la gente se sienta a hablar. Salvo que ahora, los héroes a los que nombran son los que han tenido el valor de emprender el gran viaje para salvar a los que se quedan.
Eso me dice Jadiya cuando logro hablar con ella, y por no entristecerla no le digo que aquí nos sentimos de todo menos héroes.
Más que hablar, yo escuchaba. Tenía poco que decir, porque en mi casa no se hablaba de eso. Pensé al principio que el asunto no interesaba, pero más adelante comprendí que mi madre no toleraba que se tocara el tema delante de nosotros por miedo a que nos animáramos a tomar la decisión. Ya sabes cómo son las madres: intentaba por todos los medios que no oyéramos hablar de ello, borrar esa posibilidad de nuestras vidas. La pobre; eso no podía ser. Era como si se quisiera dejar de ver una manada de búfalos por las calles de Bandiágara. Así que mientras yo escuchaba una y otra tarde las conversaciones que recorrían el barrio, iba creciendo en mí el proyecto de seguir el camino que otros habían tomado antes que yo. Si te cogen, no te pueden echar, solo devuelven a los adultos, oí decir una y otra vez. Así son las leyes en España.
De noche, tumbado sobre mi estera, iba dando forma a mis sueños: qué ruta tomar, la del mar o la del desierto; cómo conseguir el dinero; qué hacer una vez allí.
Una vez allí. Esa era la parte que más me gustaba, la que me llevaba finalmente a ceder al sueño. Trabajaría, claro, para eso iba. ¿En qué? En lo que fuera, nunca sería más duro que hundir la azada en la tierra para abrirla, removerla, suplicar su compasión. Ganaría dinero, porque en Europa se gana dinero, repetían los adultos, y tras ellos los jóvenes, y tras estos los niños. Lo enviaría aquí, a mi familia, y mi madre dejaría de llorar durante las noches, de vivir solo para buscar una mísera ración de tô con que alimentar a sus hijos. Pasaría allá unos años, trabajando duro y ganaría mucho dinero, y volvería a Bandiágara para poner un negocio, no sé muy bien qué todavía, pensaba removiéndome entre mis hermanos dormidos, puede ser que una tienda de alimentación, así por lo menos nunca faltaría comida en casa, y me casaría, y tendría hijos a los que la felicidad les duraría más que la infancia.
Hay que ver las cosas que piensas cuando tienes doce años, porque esa era mi edad cuando tomé la decisión. Ahora lo recuerdo y me río, pero en aquel momento ese sueño me animaba a vivir.
El momento llegó cuando una de esas tardes en que, de regreso del campo, nos sentábamos bajo el gran baobab junto a la mezquita, Musa, mi mejor amigo, trajo la gran noticia: se iba. ¿Solo?, le preguntamos todos, plenos de admiración, sorpresa y envidia. Con mi hermano Idrisa, contestó. Solo tiene quince años, dije yo, y los demás me miraron como si acabara de decir una barbaridad, porque quince años son más que suficientes para emprender el viaje. Más aún, es la edad, porque si al llegar te coge la Policía no te puede devolver a casa. Me sentí avergonzado por lo que acababa de decir y ya no volví a pronunciar una sola palabra hasta que la reunión terminó. Entonces Musa me pasó el brazo por el hombro y me apartó del grupo. Te voy a echar de menos, le dije y me contestó: Somos hermanos, tienes que venir conmigo.
No te puedes imaginar el vuelco que me dio el corazón. Algunas palabras tienen esa fuerza, ese poder, quizá por eso para nosotros la palabra es tan importante. Se me hizo un nudo en la garganta y no pude decir nada, pero él comprendió mi silencio, porque algunos silencios también hablan, y me dijo: Tenemos algo de dinero, y mi hermano está de acuerdo en compartirlo contigo. Además, trabajaremos antes en Bamako un tiempo, para ganar algo más. Hasta que llegue el momento de la salida, nos quedaremos en casa de mi hermano mayor, ya sabes que vive allá. Todo está hablado, todos están de acuerdo. ¿Y tus padres?, logré decir. Ya lo saben, mi padre me ha dado la bendición, contestó y me pareció que, de repente, mi amigo Musa había crecido mucho por dentro, se había hecho un hombre. Nos vamos mañana, hermano, se despidió.
Ese momento permanece imborrable en mis recuerdos. Por muchas desgracias que me toque vivir, por muchos años que Dios me tenga sobre esta tierra, nunca podré olvidarlo, porque en ese mismo instante mi vida tomó un camino nuevo, y ahora sé que yo, Suleimán Keita, jamás volveré a ser la persona que regresó a su casa arrastrando los pies desnudos sobre la tierra de Bandiágara para hacer más lenta la marcha, retrasar el momento inevitable en que le pediría a su padre la bendición, vería a su madre derramar las últimas lágrimas que le quedaban dentro, se acostaría sobre la estera con la certeza de que esa noche solo encontrarían el sueño los hermanos pequeños, cuya respiración agitada quizá escucharía por última vez en su vida.
Te he dicho que Musa me llamó hermano, y puede ser que eso te parezca raro, yo qué sé, una manera de hablar, de decirme que soy importante para él. Pero no, cuando en África decimos hermano, queremos decir hermano. Aunque no seamos hijos del mismo padre ni de la misma madre. Musa y yo crecimos juntos en el barrio, fuimos de la mano a la escuela coránica, pasamos juntos los días de la circuncisión, pertenecíamos a la misma waldé. Supongo que no sabrás lo que es una waldé, porque me da que eso aquí no existe. La llamamos también asociaciones de edad, y todas las personas de la misma edad en un pueblo, o en un barrio, pertenecemos a ella. Yo pertenezco a la waldé de la gente de mi edad, claro. Y cuando perteneces a una waldé es para toda la vida. Si en algún momento alguien de tu waldé necesita ayuda, los demás deben proporcionársela. Si alguien está enfermo y no tiene cómo comprar los medicamentos, los de su waldé se reúnen y entre todos se los compran. Si tus hijos no tienen nada que llevarse a la boca, ahí están los de tu waldé para socorrerlos. Para nosotros, la waldé es sagrada, pero por mucho que he preguntado por algo parecido en los años que llevo aquí, nadie ha oído hablar de ello. Así que he terminado por convencerme de que no existe. Incluso lo pregunté un día en la clase, cuando ya conocía bastante tu idioma como para intentar hacerme amigos, y todos se rieron, y uno me dijo, lo recuerdo como si lo tuviera delante: Aquí si tienes problemas te buscas la vida, colega. Por cierto, fue cuando me enteré de que en tu país los compañeros de clase son colegas, porque a menudo se llamaban así unos a otros.
No te cuento esto por gusto, ni por cambiar de tema, sino para que te hagas una idea de lo que significó para mí perder a Musa. Pero eso ocurrió más adelante, y no quiero desordenar mi historia para no olvidar nada. Lo que sí que no te voy a contar, si no te importa, es la despedida de mi familia, el día de la partida. No puedo hacerlo sin que se me encoja el corazón, sin que se me llene el alma de tristeza, como se cubre el cielo de arena los días en que sopla el harmatán3. Es uno de esos momentos para no compartir, uno de esos momentos que uno se guarda para sí mismo porque en el instante mismo en que hablas de ellos sientes que empieza a perder su significado, que ya no es lo mismo, que le estás echando agua a la leche.
3 Viento que sopla en la zona de África Occidental. Es frío, seco y polvoriento, pues recoge partículas de la zona sur del Sahara. Cuando sopla intensamente puede llegar a llevar este polvo hasta Norteamérica.
El caso es que… Perdona si repito mucho esas palabras, pero desde que las escuché por primera vez me encantaron, creo que eso de «el caso es que» son de las que más me gustan de tu idioma, de las que mejor suenan, me parecen maravillosas cuando quieres empezar a explicar algo. Bueno, te decía que el caso es que dentro de mí revoloteaban la tristeza y la alegría el día en que Idrisa, Musa y yo nos subimos al autobús con destino a Bamako. Yo sabía para qué dejaba atrás a mis padres, a mis hermanos, a mis amigos, a mi barrio: para ayudarlos a salir de la pobreza, para que dejaran de pasar hambre, y eso me llenaba de fuerza para olvidar la tristeza. Lo que toca ahora es ser valiente, Suleimán, me decía, demuéstrales a todos que tomaste la decisión correcta, que no hiciste correr las lágrimas de tu madre en vano.
Hicimos el viaje en silencio, quizá porque los tres teníamos asuntos nuestros que arreglar, cosas que decirnos a nosotros mismos, despedirnos interiormente de nuestra gente, de nuestra vida en Bandiágara. Pero cuando llegamos a casa de Mamadú, el hermano mayor de Musa, empezó la fiesta. Hacía años que no se veían, así que imagínate lo contentos que estaban todos. La mujer de Mamadú nos recibió con besos, con abrazos, quizá porque como madre que era sabía que acabábamos de dejar atrás a la nuestra, a lo más importante de nuestras vidas. Vivían en una casa modesta, pero mucho mejor que las nuestras de Bandiágara, y tenían dos hijos pequeños que enseguida se abalanzaron sobre sus tíos, a los que no conocían.
Hasta la cena no salió el tema del viaje. Mamadú era quien se había ocupado de los detalles y esperábamos todos ansiosos que nos contara lo que sabía. Jadiya y yo, miró a su mujer, estamos de acuerdo en dejaros algo de dinero. Ya nos lo devolveréis cuando estéis en España y empecéis a trabajar. ¡Trabajar! Creo que los tres nos emocionamos, y seguimos escuchando a Mamadú en silencio, para no perdernos una sola de sus palabras. Tendréis que hacer la ruta del desierto, nos advirtió, porque los barcos que salen desde Senegal o Mauritania hasta las islas Canarias son demasiado caros. Es un camino difícil, pero la gente que os guiará conoce su trabajo y no tendréis problemas. Se encargarán de llevaros hasta el norte de Marruecos. Ahí hay dos ciudades españolas, llamadas Ceuta y Melilla. Cuando estéis allí, estaréis en España, habréis llegado a Europa. No nos lo podíamos creer, fue Musa quien se atrevió a preguntar: ¿Quieres decir que podemos llegar a España sin tener que cruzar el mar?
Sí, eso quería decir. No sabes cómo nos tranquilizó escucharlo, porque lo que más temíamos del viaje era el mar. Ninguno de los tres sabíamos nadar y las noticias que llegaban a Bandiágara dejaban claro que el peligro estaba precisamente allí, en esa travesía en la que tantos y tantos habían dejado sus vidas. Te puedo asegurar que no veníamos engañados, sabíamos que nuestro viaje podía terminar en el agua. No nuestro viaje a España, no, el viaje de nuestras vidas.
Creo que no preguntamos aquella noche si era fácil o no pasar a las ciudades españolas para no estropear la fiesta. Con lo que acabábamos de oír nos bastaba, y todavía íbamos a estar muchos días en casa de Mamadú, así que para qué echar a perder ese momento. Tampoco él dijo nada más y siguió sirviéndonos el dibi-dibi4
