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En un Santiago teñido de sombras, donde el crimen organiza sus redes en los lugares más inesperados, la subinspectora Marcela Ruiz se enfrenta a un caso tan retorcido como mortal. Un cuerpo calcinado, una cámara de seguridad con una escena incompleta y un restaurante de lujo envuelto en secretos forman las primeras piezas de un rompecabezas que amenaza con exponer los tentáculos de un mercado clandestino despiadado. Cada pista que encuentra revela nuevas capas de violencia y corrupción que la acercan a un enemigo invisible y letal. Mercado criminal es una novela vibrante y absorbente que combina el suspenso policial con los dilemas éticos de quienes persiguen la justicia en un mundo plagado de injusticias. Claudia Readi Silva construye un thriller que atrapa al lector desde la primera página, llevándolo a los rincones más oscuros de la naturaleza humana, donde la ambición, el miedo y la lealtad se enfrentan en un juego mortal.
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Seitenzahl: 228
Veröffentlichungsjahr: 2025
Mercado criminalAutora: Claudia Readi Silva Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago, Chile. Fonos: 56-224153230, [email protected] Diseño y diagramación: Sergio Cruz. Primera edición: marzo, 2025. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Registro de Propiedad Intelectual: N° 2022-A-6068 ISBN: Nº 978956338784-1 eISBN: Nº 978956338785-8
“Porque las letras oscuras siempre reclaman por un mundo de luz”.Claudia Readi S.
Marcela Ruiz trataba de imaginar lo sucedido al cuerpo que tenía al frente antes de que se convirtiera en la masa amorfa y chamuscada que yacía en el suelo. Lo único que hacía pensar de que se trataba de un ser humano eran sus pies a los que se les adosaron trozos de zapatos y un anillo que resaltaba entre las cenizas opacas, como avisando que ahí hubo alguna vez una mano.
—¡Subinspectora Ruiz! —escuchó Marcela al tiempo que giraba para ver al novato detective correr desde el otro costado de la carretera—. El restaurante del frente tiene cámaras —le informó tratando de controlar el jadeo, provocado más por la emoción de participar en su primer caso de homicidio que por el esfuerzo físico.
—¿Y por qué no me avisó por radio, Gatica? Los recursos son justamente para acelerar las investigaciones —dijo sin ocultar su desconcierto, pero suavizando sus palabras con una palmada en el hombro—. Vamos, no podríamos tener más suerte.
—La detective Sánchez está sacando una copia para llevarla a la brigada —comentó Gatica una vez que resurgió su entusiasmo y logró enterrar la vergüenza que le hizo sentir la subinspectora.
Al entrar al restaurante se les acercó nerviosa una señora rubia platinada envuelta en un abrigo de piel que Marcela deseó que fuera sintético. Notó que el abrigo no cumplía bien la función de camuflar el costoso pijama que llevaba por debajo. Todo en ella gritaba que era la dueña, quién más podía darse el lujo de estar durmiendo a media mañana, cuando lograron avisarle del despliegue policial.
—No estarán mucho rato por acá, ¿verdad? —susurró la rubia con ansiedad, sin siquiera saludar—. Luego comienzan a llegar los clientes.
—El tiempo que nos tome descargar la información de su circuito de cámaras y lo que se demore usted en responder un par de preguntas, señora —contestó Marcela barriendo con la mirada el lujoso local que estaba siendo aseado por un par de empleados.
—No me malinterprete, lamento mucho lo que le sucedió a la pobre criatura allá al frente, pero ayer, como todos los lunes, el restaurante estaba cerrado, así es que no sacarán mucho con sus preguntas. No han llamado a la televisión, ¿verdad? —dijo la rubia con terror, temiendo convertirse de pronto en el centro de las noticias que tanto le gustaba ver a la gente.
—Tranquilícese, señora —respondió Marcela tratando de ignorar el rechazo que le generaba la dueña del negocio—. Si me permite avanzar hacia la detective Sánchez y siguen todos colaborando, nos iremos pronto. Sus distinguidos clientes no van a saber que estuvimos aquí.
A la mujer no le cayó muy en gracia cómo le respondía la funcionaria policial, pero entendió que era mejor no seguir alargando la conversación y se hizo a un lado para despejarles el paso.
Dentro de una pequeña oficina estaba la detective Sánchez etiquetando una bolsa con evidencias.
—Deberían encargar sacos de papel de distinto tamaño y de paso la administración ahorraría dinero de los contribuyentes —comentó al verlos entrar y levantando un gran sobre de papel manila que parecía vacío—. Aquí está el pendrive con la grabación.
Sus colegas hicieron caso omiso al reclamo, tal como lo hacían sus superiores, y se acercaron. El detective Eduardo Gatica llegó en dos pasos a la pantalla de las cámaras de seguridad para mostrar a su jefa, ansioso, el momento justo en el que aparecían dos tipos, uno de ellos empujando al otro a punta de pistola.
—Por el ángulo de la cámara, la imagen no está completa —dijo Sánchez, mientras Marcela tomaba asiento delante del computador—. Pero es tan buena la calidad que de seguro en el cuartel pueden ampliar un zoom para lograr una identificación.
La acción transcurría en una esquina superior de la pantalla. El tiro de cámara había sido calculado para monitorear las pistas de la carretera frente al restaurante. Que se alcanzara a ver parte del terreno colindante era pura suerte. En la secuencia se apreciaba cómo el sujeto del arma obligaba al otro a sentarse para que se amarrara él mismo los tobillos y muslos. Una vez que pareció conforme, le ordenó rodar para aprisionarlo con sus rodillas por la espalda y atarle las manos. El hombre armado se puso de pie y se alejó sin dejar de apuntarle hasta que dejó de verse en la grabación. El que estaba en el suelo se giró y quedó acostado de espaldas mirando con ojos desorbitados hacia donde se había perdido su captor. De pronto, una fuente de luz anaranjada permitió ver el terror en la expresión del hombre maniatado mientras se contorsionaba, tratando de liberarse. A los pocos segundos el destello de luz se hizo más intenso y apareció en la escena una rama de árbol ardiendo, seguida por la mano que la sujetaba. El hombre en el suelo se agitó aún más, como si fuera una serpiente prisionera; era evidente que gritaba con desesperación. Las llamas ennegrecían la silueta del atacante, pero hacían más nítida la imagen de la víctima. La subinspectora Ruiz calculó que no debía tener más de veinte años. El asesino levantó la rama de forma perpendicular al chico como si se tratara de una espada, y se la clavó con fuerza justo en medio de la boca, ahogando el grito. El chico se sacudió violentamente un par de veces y luego dejó de moverse.
Los detectives ya habían visto la secuencia, pero eso no impidió reaccionar con asco e impresión. Marcela tampoco fue inmune al desenlace, aun cuando en la carretera era posible hacerse una idea de lo que había ocurrido.
Mientras revisaban las imágenes, afuera se producía una desintegración distinta, profunda e imperceptible a la vista, de otro hombre que después sabrían que se llamaba Hernán Rojas, quien desesperado y sin ninguna precaución había estacionado el auto justo al frente. Bajó sin siquiera cerrar la puerta y se echó a correr hacia los agentes mientras gritaba con todas sus fuerzas el nombre de su hijo. Uno de los detectives tuvo que esforzarse para impedir que se lanzara a abrazar lo que quedaba del cuerpo.
A pesar de que le habían advertido de la situación, no fue sino hasta el momento en que quedó a un metro de su hijo cuando se derrumbó por completo. El mundo cayó en un total silencio, no podía oír nada. La estática sería la mejor forma de describir lo que sentía en sus oídos. Rojas perdió todas las fuerzas y dejó de sentir el suelo bajo su cuerpo. Su visión se tornó borrosa con una extraña sensación de estar hundiéndose y de que no habría fin a esa caída, como si no hubiera tierra sobre la cual caer. Rompió en llanto.
Dentro del restaurante la subinspectora Marcela Ruiz, aún afectada por las imágenes, se levantó y les dijo a sus detectives que antes de dejar el local se cercioraran de que todos hubieran sido interrogados. Salió de esa oficinita pensando en que a la forense le iba a ser difícil distinguir si el sujeto había muerto porque la rama le rompió la tráquea, por haberse quemado las vías respiratorias, por asfixiarse con la inhalación de humo, o porque se ahogó con su propia sangre.
El salón ya estaba preparado para recibir a los clientes, Marcela no alcanzó ni a llegar a medio camino de la puerta cuando se acercó a saltitos la dueña del restaurante.
—Oiga, ¿van a dejar al frente encintado y todo eso?
La subinspectora tuvo que esforzarse para no demostrar la molestia que le producía la mujer. Para su suerte, le sonó el celular. La estaba llamando el prefecto inspector. Fue la excusa ideal para deslizar una sonrisa y seguir de largo hacia la salida, ignorándola.
—¿Aló?
—Hola, Marcela, ¿sigues en el restaurante de los Rossi?
—Sí —reconoció con desgano y sin sorpresa de que su jefe estuviera al tanto de este crimen sin siquiera haberle redactado un informe. Cuando se ven afectadas personas del nivel de la mujer platinada, basta un par de llamadas para que cualquier protocolo se evapore.
—¡Qué bueno!, por lo que he averiguado es evidente que se trata de un conflicto entre narcos, y como la señora Rossi entregó una invaluable grabación —agregó eso último exagerando su apego a las normas—, ordena a tu equipo para que levanten todo… Te necesito en la brigada ahora.
Marcela lamentó no tener con qué rebatirle su argumento. En el último tiempo los traficantes mostraban una creatividad macabra con el único propósito de marcar su territorio y enviar un mensaje a la competencia o a cualquier audaz que quisiera entorpecer sus asuntos.
—Todavía estamos levantando información del sitio del suceso para poder identificar al asesino. En cuanto terminemos partimos todos a la brigada.
—No tardes. Te tengo otro caso que sí pinta complicado.
Cortó sin perder la postura erguida que le daba el carácter de mujer práctica y resuelta, pero no por eso dejó de molestarle la vulnerabilidad de la institución frente a las sutiles influencias de poder. Resolló y cruzó la carretera para reunirse con el resto del equipo, deseando que el nuevo caso fuera en realidad desafiante, porque no había nada que la estimulara más que verse capaz de resolver lo imposible.
Marcela Ruiz entró a la brigada con la determinación de siempre, esa que a su cuerpo le daba una agilidad de veinteañera. Llevaba con orgullo un rostro que parecía no pertenecerle, marcado por la eficiencia que se veía obligada a imponer. El prefecto inspector brillaba por su ausencia, pero le había dejado sobre su escritorio la carpeta de un caso antiguo de femicidio ocurrido en Copiapó.
En el 2010 se había realizado una denuncia de la desaparición de una mujer: Delia Suárez. Cuarenta y dos años, casada en segundas nupcias con Rubén Carrasco, por ese entonces de cuarenta y cinco años. No pasaron ni dos días de búsqueda e investigación, cuando el marido reconoció que la había matado. Cuando le preguntaron por el cuerpo de la víctima, Carrasco les indicó en un mapa una zona desértica cercana a la carretera. Los agentes peinaron el lugar e incluso ampliaron el perímetro, pero no encontraron rastros del cadáver. Tuvieron que llevar a Carrasco para que in situ indicara dónde había dejado a su esposa muerta pero, para sorpresa de todos, tampoco dio resultados. Fue complicado llevar el caso a tribunales teniendo solo una confesión, sin ninguna prueba, ni siquiera un cuerpo. A pesar de eso, Carrasco fue condenado a diecisiete años de presidio efectivo, gracias al revuelo mediático y a la lucha constante de la familia de la mujer, que estaba convencida de la responsabilidad de su marido.
Las policías siempre estaban sobrepasadas de trabajo, por lo que era mejor cerrarlo con éxito pronto y dejar a todos tranquilos. Ese “todos” al parecer incluyó también al propio inculpado, quien parecía en extremo colaborativo y angustiado por no recordar el lugar exacto donde había enterrado a su esposa Delia.
Sin embargo, en 2015 Carrasco cambió su versión gritando a los cuatros vientos que era inocente. Buscó la representación de un abogado para demandar por error judicial, pero la Corte Suprema la rechazó y debió recurrir a un tribunal internacional, la CIDH, Corte Interamericana de Derechos Humanos. Ahí llegó su alegato de haber sido coaccionado en los interrogatorios policiales para declararse culpable.
En la última página del expediente, Marcela encontró una nota adhesiva firmada por el prefecto inspector en la que le decía que revisara su mail. Intrigada, porque aún no veía qué era lo que se necesitaba investigar, Marcela digitó su clave en la laptop e ingresó al correo institucional.
El mensaje solo llevaba la firma de agua de su jefe, pero incluía varios archivos adjuntos. Abrió el primero: era un parte que notificaba un atropello con consecuencia de muerte ocurrido hacía unos quince días. La víctima figuraba como desconocida. La conductora del sedán que la había arrollado no presentó ningún grado de alcohol ni otra sustancia ilícita en la sangre. Marcela pensó que de seguro era una de las tantas personas que pululaban en la ciudad jurando que viven solas y que solo importaba lo que ellas tenían que hacer, al punto de que no eran conscientes que se desenvolvían con actitud de “que se jodan si osan cruzarse en mi camino”.
El segundo archivo era una ficha del Servicio Médico Legal y lo primero que notó fue el nombre de la víctima: Delia Suárez Gallardo. De no haber leído recién el expediente de su desaparición en el año 2010 jamás hubiera hecho la asociación tan rápido.
Volvió a revisar las fechas de ambos archivos, y en efecto, el atropello se había producido diez días antes de poder dar con la identificación de la víctima. Pero nadie podía morir dos veces.
Al fin entendió el problema al que se enfrentaban. Rubén no pudo haber matado a su mujer y estaba desde hacía cinco años en la cárcel por declararse culpable.
Marcela se recargó en el respaldo de su silla resoplando, al tiempo que soltó su melena lisa de la firme liga que la amenazaba con provocarle palpitaciones en sus sienes. Ordenó la información en su cabeza y supo de inmediato que debía escribirle a la doctora Fabiana Sandoval.
En Dinamarca, Fabiana recogía sus notas y la grabadora que había usado recién con un expresidiario. El caso era uno de lo más increíbles que había analizado para la investigación sobre ciudadanos que se inculpaban en crímenes sin ser los verdaderos responsables. Las razones que había identificado como más frecuentes a este fenómeno eran la tortura y acoso policial, la necesidad de salvar al verdadero culpable, y en asesinos seriales era común que se adjudicaran crímenes en los que nada tuvieron que ver solo para engrosar su lista real y burlarse de los detectives y, de paso, regodearse con la atención y admiración que creían merecer. Incluso una vez, en otro país escandinavo, se había encontrado con un abuelo que se achacó un asalto con consecuencia de muerte solo para poder vivir en la cárcel, donde tendría el techo y comida del que carecía. En esa ciudad las cárceles contaban hasta con agua caliente, en cambio, el dinero que recibía el hombre, como pensión solidaria, no le alcanzaba ni para comprar el papel higiénico del mes.
Se acercó al computador para apagarlo e ir a descansar, pero vio un correo de una agente de la Policía de Chile, su país natal. El corazón le dio un brinco y al segundo tomó conciencia de que llevaba varias semanas sin llamar a Sandra, su mamá. Decidió atender el correo al día siguiente y se prometió llamarla en cuanto llegara al departamento que le habían facilitado mientras realizaba la investigación y análisis. Con solo pensar en ella notó lo mucho que extrañaba volver a estar al cuidado de alguien y lo bien que le harían unas cortas vacaciones junto a su madre.
Con los días logró organizarse y en menos de dos semanas ya estaba en la cocina de Sandra junto a la subinspectora Marcela Ruiz.
—No puedo creer la suerte que tuve de que justo planificabas volver a Chile —le dijo Marcela a Fabiana.
—Necesitaba un respiro, llevo años sin parar de viajar, trabajar y estudiar. Era hora de que me viniera unos días para estar con mi mamá —le respondió mirando a su madre con una sonrisa que ella devolvió también con cariño, mientras atendía a la invitada.
—¿Te cuelgo la chaqueta? —ofreció Sandra a la detective.
—Ya gracias, pero me dejaré la bufanda otro ratito, mire que hace un frio afuera que todavía me cala.
—Menos mal no soy la única, ahora en invierno mantengo hasta un gorro de polar para cuando toca esperar a que tempere la calefacción, estas casas antiguas son un témpano —le confesó mientras se alejaba hacia el perchero.
—En la brigada también me pidieron que te agradeciera —continuó Marcela la conversación con la doctora.
Desde que tenía memoria a Fabiana le apasionaba el funcionamiento de las mentes criminales, y por su naturaleza curiosa sentía una satisfacción máxima cuando conseguía encontrar razones y relaciones a situaciones que a simple vista no tenían explicación. En Chile podía dedicarse a eso solo uniéndose a las filas de Carabineros o de la Policía de Investigaciones, pero eso de estar atada a una institución con su consiguiente burocracia y rutina no iban con su personalidad, por lo que se fue del país y se transformó en una especialista independiente, reconocida como cientista conductual a nivel internacional. A fin de cuentas, la naturaleza del crimen era algo universal.
Gracias al esfuerzo de Sandra y al hecho de que su papá les había heredado dos pequeños departamentos que arrendaban, logró salir del país para tomar cursos, seminarios, talleres y hasta un doctorado que finalizó con distinción máxima. Absorbió diversos conocimientos de sicología criminal, forense e investigación de sitio del suceso, áreas que ella unía de forma magistral. Lograr el reconocimiento no le fue para nada fácil. Fabiana se quemó las pestañas estudiando y aprendiendo idiomas y el precio que tuvo que pagar fue una vida carente de relaciones personales importantes, las que se limitaban solo a la que mantenía con su mamá.
—Pero que conste —agregó Marcela retomando el tema—, mi intención era solo que me dieras consejos por mail sobre cómo abordar la entrevista con Rubén Carrasco.
—Tranquila amiga, estoy feliz de ayudar y de devolverte la mano de todas las veces que me acerqué a ti en las charlas de cooperación. Creo que te dije la última vez que nos vimos que respeto mucho tu forma de trabajar. Eres como yo en eso de tomarse las responsabilidades en serio —dijo tras sentarse frente a la detective y servir el agua hirviendo en las tazas.
Sandra colocó la suya en una bandeja para llevarse el café a la pieza y dejar tranquilas a las “chicas”, como ella les decía.
—¿Y qué es de Sanhueza? —preguntó Fabiana mordiendo una galleta.
—Desde hace tiempo está a cargo de otro equipo y ahora están en San Fernando, lo llamaron porque un caso de suicidio parece no ser tal.
La madre de Fabiana apretó la mandíbula por reflejo al oír a Marcela. Volvió la bandeja a su lugar y se sentó con su tazón entre las manos tratando de no llamar la atención. Para ella el suicidio tenía un cariz fuera de lo común y lo mantenía en secreto, sobre todo desde que su desesperanza la hizo tomar una disparatada decisión.
De todos modos, la propia vida acontecida y vertiginosa se había encargado de mantener en el olvido el incidente, hasta que un sorpresivo encuentro en la última víspera de Navidad provocó una colisión entre su error pasado y el presente, gestándose en su interior una sensación incómoda frente al tema que podría resumirse en una mezcla de vergüenza y miedo, que le impedía estar lista para mirar de frente ese desagradable sentimiento.
Quiso ser una oyente invisible, pero al ver que su hija estaba distraída con una notificación en su celular temió que cambiaran el tema e intervino.
—¿Y cómo es eso de que solo parecía suicidio? —preguntó lo más casual que pudo.
—Fue una mujer arrollada por un tren. Un tipo que pasaba por ahí avisó a Carabineros. Mientras lo hacía, de fondo en la llamada se escuchaban los gritos de otra mujer que después supimos era amiga de la difunta. Había dicho que su amiga se encontraba con una depresión atroz y no daba más de problemas, que ella trató de hacerla entrar en razón, pero solo consiguió enojarla y mucho. Discutían en la esquina de un almacén que estaba frente a los rieles del tren y, en cuanto escucharon que se acercaba la máquina, la difunta se puso a correr con desesperación. La amiga salió detrás para detenerla, pero no lo consiguió. Casi de inmediato se acercó el tipo que llamó al 133 —dijo Marcela.
—Harto intrincada la forma de suicidarse —comentó Fabiana dejando de lado su teléfono y bebiendo un sorbo de su té.
La madre de Fabiana fijó la mirada en la taza que tenía en el regazo para que sus ojos no delatasen lo que pensaba.
—Tú sabes que uno ve cosas peores y más ilógicas. Pero bueno, después consiguieron una grabación de las cámaras de tránsito y la historia no quedó muy clara. En efecto se ve a las dos mujeres corriendo hacia el tren, una detrás de la otra, pero además de que estaba muy oscuro, las ramas de un árbol dificultaron la visual en el sector de los rieles, lo que hace pensar que la muerta más bien estaba arrancando de su amiga. Sanhueza cree que la idea de la difunta era cruzar los rieles antes que el tren, para así usarlo de ventaja y dejar atrás a su amiga, lo que obviamente no resultó porque la agarró del brazo antes. Súmale que al ver la grabación uno podría jurar que justo cuando estaba a centímetros de que pasara el tren ella la empujó… La amiga insiste en que fue un forcejeo para conseguir que no avanzara hacia los rieles.
Separó una de las galletas para raspar con los dientes la crema de chocolate y después agregó:
—En todo caso, cuando Sanhueza supo que estabas acá me dijo que moría por verte.
—¿En serio?
Sonrieron cómplices.
—Así tal cual. Seguro que con tu nuevo look cumple su palabra y cae rendido. El pelo corto hace lucir más tus ojazos.
Fabiana respondió con una sonrisa que trataba de ocultar su emoción y nerviosismo, con pésimo resultado.
—Me haré otro café para ir a leer, este ya se enfrió. ¿Alguna quiere algo más? —ofreció Sandra poniéndose de pie.
Ambas se negaron y le dieron las gracias con una sonrisa. Al rato Sandra se fue al living sin saber bien qué hacer.
Sandra había jubilado el año anterior y, a pesar de que eso trastocó sus finanzas, no tomó conciencia de lo que podría significar. Pero en diciembre pasado, en esos delirantes días previos a Navidad, le pareció reconocer a la mujer que estaba delante de ella en la fila de la caja para pagar el supermercado. Su cuerpo reaccionó con una corriente eléctrica que le erizó los vellos y contrajo sus músculos por unos segundos. Era como si su mente le avisara al resto del cuerpo que se preparara para correr. Incómoda, insistió en observarla de forma disimulada, lo que no resultó dado que la señora volteó para mirarla cuando dejó su último producto en la cinta transportadora. Sandra fingió una sonrisa aun cuando al ver esos ojos, su mente la llevó dentro de un huracán hasta aquel día en que los había visto por primera vez. La mujer le devolvió otra sonrisa forzada, y siguió con lo suyo.
Sandra aún seguía aturdida al salir del supermercado. No era posible que se hubiera topado con esa mujer de manera azarosa. Quiso creer que todavía no se cumplía el plazo del pacto que habían hecho, pero comprendió que sí y ella no estaba preparada.
Con el paso del tiempo llegó a creer que la mujer terminaría olvidándola. Era una chiquilla cuando hicieron el trato, y por su parte, la vida la había cambiado tanto que parecía que su pasado venía de un mundo lejano, e imaginó que a esa mujer le había sucedido lo mismo.
Desde entonces, cada vez que la preocupación lograba trizar sus barreras personales de defensa y autocontrol, volvía a preguntarse si en realidad corría peligro. ¿Debía hacer algo para evitar un trágico desenlace? Pero si actuaba y se equivocaba, y no era la misma mujer, no solo haría el ridículo sino que también se pondría en evidencia.
Fuera como fuese debió resguardarse y en febrero, pocos meses antes de recibir a su hija Fabiana, volvió a sobrepasar los límites de la legalidad.
A la semana siguiente, el inspector Sergio Sanhueza llamó a la doctora Sandoval para aprovechar de hablar con ella mientras viajaba de regreso en Santiago. La última ocasión en la que Fabiana había estado en Chile, él quedó prendado de ella al ver la transformación que sufrió desde que la había conocido al entrar a la escuela de investigaciones. Era una mujer hecha y derecha, sus grandes ojos pardos tenían ahora una mirada sagaz, pero sin apagar el brillo de su vitalidad. No había aumentado su estatura, pero su figura delgada ya no la hacía lucir frágil con esas nuevas curvas. Hubo un coqueteo que no llegó a mayores, ella nunca le confesó que le había provocado mariposas en el estómago el día en que se lo presentaron hacía varios años y él tampoco tuvo el valor de ser más directo para expresar sus emociones al verla crecer.
Quedaron en juntarse esa tarde. Él venía en el auto de una colega por lo que debía llegar sí o sí a la brigada, así es que Fabiana se ofreció a ir a buscarlo ahí.
Cuando lo vio acercarse al auto, Fabiana no pudo evitar acordarse de su mentor, el detective Luis Espinoza, quien los había presentado hacía más de una década. Nunca supo si Luis notó que se ruborizó, como la adolescente que era, al saludar al guapo nuevo detective Sanhueza.
Ella estaba en sus últimos días de colegio y por sus intereses se había hecho amiga de Luis, después de que junto a otros colegas fuera a dar una charla para encantar a futuros estudiantes. Él visitaba el colegio por lo menos tres veces al año para poder recitar las bondades de su profesión a cada uno de los cursos paralelos de tercero y cuarto medio. Ella se acercó a conversarle después de la primera charla y engancharon de inmediato.
Sandra se preocupó al enterarse de la relación de su hija con este detective. Barajó que fuera pedófilo o algo parecido, aun cuando él transmitía una seriedad muy cordial y un chorro de energía. Se lo comentó a su hija quien la trató de ridícula, le juró mil veces que jamás había intentado nada malo con ella. Pero las palabras de su hija no lograron convencerla.
Así fue como una mañana que tuvo libre en su trabajo partió a la brigada a encarar al detective, que según supo por una conversación telefónica estaría de turno toda esa semana.
Entró a paso firme sin poder ocultar su molestia. En la recepción, Luis Espinoza la reconoció de inmediato y pensó que había ocurrido alguna desgracia. Se alegró al saber que no, pero no por eso la situación fue más agradable. Sandra trató de no levantar la voz, pero la acústica y silencio del lugar hizo lo suyo.
—Sandra, por favor, acompáñeme afuera —le pidió casi susurrando.
—¿Y por qué quiere echarme? ¿Acaso no tengo derecho a saber qué pretende con mi hija?
