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En los tiempos en que un padre de familia puede enterarse del embarazo de su hija de diecisiete años a través de internet, en la comisaría del distrito Ronda 1 los ordenadores obsoletos mueren en decadencia. La ciudad entera se degenera a pasos de gigante. Los gloriosos éxitos deportivos se trasladaron hace tiempo, el esqueleto de su cancha abandonada es testigo de los yonquis que viven más allá del deseo. La biblioteca, albergue de día de los sin techo, las plazas, epicentro de campamentos ilegales de desheredados. El aeropuerto y los accesos del tren de alta velocidad, propiedad privada de los nuevos ricos del Este, que han construido una ciudad paralela de casinos y complejos hoteleros donde la ley se flexibilizó hasta la sinrazón. En medio de este panorama de austeridades selectivas, el inspector Félix Perea debe investigar el fallecimiento del coordinador regional de empleo, cargo vinculado a un pasado político llamativo. La comprometida situación en la que encuentran el cadáver, no es más que el comienzo de una investigación que poco a poco irá contaminando cada uno de los pasos como un foco cancerígeno que no puede evitar contagiar otros órganos. Como una auténtica metástasis.
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Seitenzahl: 340
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Sinopsis
En los tiempos en que un padre de familia puede enterarse del embarazo de su hija de diecisiete años a través de internet, en la comisaría del distrito Ronda 1 los ordenadores obsoletos mueren en decadencia. La ciudad entera se degenera a pasos de gigante. Los gloriosos éxitos deportivos se trasladaron hace tiempo, el esqueleto de su cancha abandonada es testigo de los yonquis que viven más allá del deseo. La biblioteca, albergue de día de los sin techo, las plazas, epicentro de campamentos ilegales de desheredados. El aeropuerto y los accesos del tren de alta velocidad, propiedad privada de los nuevos ricos del Este, que han construido una ciudad paralela de casinos y complejos hoteleros donde la ley se flexibilizó hasta la sinrazón. En medio de este panorama de austeridades selectivas, el inspector Félix Perea debe investigar el fallecimiento del coordinador regional de empleo, cargo vinculado a un pasado político llamativo. La comprometida situación en la que encuentran el cadáver, no es más que el comienzo de una investigación que poco a poco irá contaminando cada uno de los pasos como un foco cancerígeno que no puede evitar contagiar otros órganos. Como una auténtica metástasis.
Biografía
José Ramón Gómez Cabezas (Ciudad Real, 1971) es psicólogo y profesor de la UCLM. Combina su actividad profesional con el área literaria, colaborando en la mayoría de los festivales de género negro por toda España como ponente o jurado. Presidente de la Asociación de Amigos de la Literatura Policial (Novelpol). Tiene cinco novelas publicadas, entre otras Réquiem por la bailarina de una caja de música, Orden de busca y captura para un ángel de la guarda (Ledoria 2009 y 2012) y El ataque Marshall (Ediciones Serial, 2016) dentro del género negro. También ha publicado relatos en la antología de relatos de las revistas Fiat Lux y Prótesis y en la página web especializada Solo novela negra. En el año 2016 y 2017 fue finalista de varios premios literarios, entre otros Alfonso el Magnánimo, Ciudad de Santa Cruz, La Orilla Negra. En la actualidad tiene varias ponencias académicas en distintas universidades españolas sobre literatura y psicología en el género negro.
Portada
José Ramón
Gómez Cabezas
Créditos
Proyecto financiado por la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura, Ministerio de Cultura y Deporte
Financiado por la Unión Europea-Next Generation EU
espai
es una colección de libros digitales de Editorial Milenio
© del texto: José Ramón Gómez Cabezas, 2019
© de la edición impresa: Milenio Publicaciones, S L, 2019
© de la edición digital: Milenio Publicaciones, S L, 2023
C/ Sant Salvador, 8 - 25005 Lleida
www.edmilenio.com
Primera edición impresa: mayo de 2019
Primera edición digital: abril de 2023
DL: L 357-2023
ISBN: 978-84-19884-17-6
Conversión digital: Arts Gràfiques Bobalà, S L
www.bobala.cat
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, <www.cedro.org>) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.
Dedicatoria
A mi primo Ramón, que me dio la idea, y,comosiempre, a Espe, María y Juan, por estarahí.
Epígrafe
Un buscador es alguien que busca;nonecesariamente alguien que encuentra.Tampocoes alguien que, necesariamente, sabe qué es loqueestá buscando. Es simplemente alguien paraquiensu vida es una búsquedapermanente.
HISTORIA NATURAL
El proceso que va desde que se producen las primeras mutaciones de las células hasta que la enfermedad llega a su etapa final se llama historia natural.
Процесс, который идет начиная с первых мутаций ячеек, имеют место (произведены), до того как болезнь прибывает к его (она, ваш) последней ступени называется естествознанием.
Los tres monos sabios
Madrugada del 22 de diciembre
—No se lo tome a mal, amigo, pero yo que usted no haría el pedido así a un camarero que le va a servir algo de beber. No sabe dónde ha metido sus manos, ni dónde puede poner su saliva. —El tipo carraspeó un par de carcajadas que prometían terminar en un acceso de tos. El jadeo de fumador se fue apaciguando hasta permitirle hablar de nuevo—: Fui jefe de protocolo en hoteles de la costa y, para contratar camareros, solo exigíamos a los candidatos tres cosas: buena memoria para recordar los pedidos, piernas curtidas para aguantar horas de pie y un mínimo de educación para con los clientes. Estos tovarich que nos sirven tienen muchas cualidades, pero ninguna de esas.
Su voz sobresalía por encima del murmullo general y los tintineos que escupían las tragamonedas.
—Son como los tres monos sabios. No ver, no oír, no hablar. Perfecto para la empresa.
Silenció su voz ronca para sacarse de la chaqueta de hilo un habano, que mordisqueó con descaro para luego escupir la punta bajo el taburete. El amplio tórax se ensanchó un segundo antes de iniciar la maniobra compleja de encenderlo: atrapó el cigarro bajo su bigote canoso de bordes amarillentos, y lo sostuvo allí, con destreza de viejo fumador, hasta que se prendió. El humo que expulsó por su nariz lo rodeó durante unos instantes, como el aura de un viejo brujo.
Desde su más de metro ochenta, el hombre calvo, a su lado, hacía oídos sordos a los comentarios, sus ojos verdes observaban la sala repleta de máquinas mientras se cincelaba una pequeña vena en su sien izquierda.
El calvo se giró para agarrar el trago que el camarero acababa de servirle. Frunció el ceño ante la parafernalia de adornos que disfrazaban su whisky: dos cerezas atadas a unas pajitas negras por encima de unos hielos en forma de pez. Tras dar el primer trago, arrojó con desdén un billete sobre la barra volviendo a centrarse en la recepción. A la izquierda, las fastuosas tiendas conformaban un pequeño centro comercial. Desde allí podía vigilar los movimientos de los clientes que cruzaban por aquel punto estratégico. Más de quinientas habitaciones y suites de categoría lo convertían en uno de los complejos más fastuosos de toda Europa al que cada semana, la rehabilitación del tren de alta velocidad y la recompra del aeropuerto, acercaban hordas de turistas desde todos los puntos del mundo. A nadie parecía importarle demasiado la ciudad que languidecía a unos pocos kilómetros.
Sin perder de vista aquel horizonte, sacó un paquete de cigarros y encendió un pitillo. A su lado, el tipo del traje de hilo pidió un Stolichnaya al camarero, que apenas le hizo caso.
—Eto lozh’. —El chaleco del barman perdía toda su elegancia con el gesto brusco que le dedicaba al tipo calvo. Repitió el mensaje, esta vez elevando el volumen. Al ver que el hombre no se giraba, le agarró de la cazadora, bajo la cual exhibía una musculatura generosa—.It’s false. The ticket is fake.
—El billete... —intentó mediar el tipo del traje blanco—.Dice que es falso.
El hombre calvo y corpulento se sacudió de mala gana la mano del camarero, que lo seguía atenazando por el hombro.
—Igual que este whisky de mierda. —Y dejando que el desprecio quedara flotando aún en el aire, dio media vuelta y se encaminó a la recepción. El tintineo constante de las máquinas de importación opacó el clamor del barman y el inmediato «Lo pago yo» del tipo del traje blanco.
En el vestíbulo, el predador calvo no tardó mucho en localizar presa. Una minifalda, que ponía frontera entre unas piernas delgadas y el principio de unas nalgas prometedoras, fijó su atención, escrutándola de arriba abajo. En los pies, unas botas altas de piel con algo de tacón y un top de hombros al aire, que permitía a cualquiera imaginar el cálido y sensual contacto de unos pechos firmes y excitados: criatura morfológicamente perfecta, de no ser por la máscara de cosméticos con la que intentaba disimular sus quince años.
El calvo se ajustó los puños de la chaqueta de cuero y caminó apurado hacia su presa. Fingiendo distracción, tomó el brazo desnudo de la muchacha. Algo debía de estar pactado: ella ni se sorprendió. Acató con docilidad las palabras que el hombre soplara en su oído y, con una serenidad nada fingida, se dejó conducir en dirección al restaurante. A sus espaldas dejaban la recepción y el pequeño pasillo de tragaperras donde, el tipo del traje blanco, no les quitaba ojo. Antes de perderlos de vista, tosió un par de veces sin apartarse el habano de la boca. Después sacó del bolsillo superior de su chaqueta de hilo un pequeño micrófono por el que articuló algunas órdenes.
Dos veces la muchacha pisó mal sobre uno de sus tacones y casi estuvo a punto de tropezar. El paso agitado de su acompañante no cesó ni siquiera al acercarse al Halifax, uno de los tres restaurantes del complejo. Al tipo calvo no le interesaba la carta, con más de veinte variedades de ostras y caviar; ni siquiera pareció buscar un alivio rápido con su bella acompañante en los confortables servicios del hotel. Sin soltar el codo de la muchacha, atravesaron una puerta batiente y, con la misma urgencia, alcanzaron el final del pasillo.
La chica se detuvo en seco e intentó zafarse ante la salida de emergencia.
—No puedo... Me matarán. —Su fuerte acento del este sonaba a derrota. En el rostro juvenil, de pupilas dilatadas, no se dibujaba miedo, sino resignación—.Mira mi cara. Yo no soy tu hija. ¡Déjame... por favor!
La súplica no surtió efecto alguno; un brusco tirón del brazo fue la respuesta.
El aire gélido del exterior les abofeteó tras empujar la barra roja del portón.
Ninguno de los dos se detuvo ante el insistente zumbido que iniciaba una alerta en la pared.
Avanzaron entre la niebla de la noche, sin perder el referente del restaurante. Las cocinas quedaban a su izquierda. Los pinches y ayudantes sacando la basura era lo único que ralentizaba la zancada obsesiva del calvo. Como si todo aquello estuviera largamente planeado, tan solo tuvo que detenerse una vez para orientarse.
—Me matarán. —La muchacha, apenas parecía notar el frío de diciembre y su mirada perdida era fruto de la certidumbre—. A ti tamb...
—¡No si antes consigo sacarte de aquí! ¡Vamos!
La orden quedó suspendida en el aire. Dos montañas de pura roca musculada, acompañadas por un rottweiler babeante, les habían salido al encuentro. El corte de pelo, los músculos y la marcialidad de los gestos permitían deducir, en aquellos tipos, un pasado posiblemente militar.
—Devushka. —El perro, obediente, se acercó situándose frente a la chica.
Los dos rusos parecían tener planes para ellos. Mientras uno manipulaba una cartuchera que llevaba a la cintura, el otro se abalanzó sobre el tipo calvo, con la clara intención de inmovilizarlo.
—¡Un momento, un momento, chicos!... Esto hay que hablarlo.
El calvo retrocedió un par de pasos. Pese a su resistencia, la manaza le aferró el brazo intentando retorcérselo hacia la espalda. El otro portaba un paralizador eléctrico y se lo estaba acercando al cuello.
Entonces, reaccionó. Tiró del brazo arrastrando al tipo que lo sujetaba. El otro paramilitar no tuvo tiempo para rectificar regalándole los 9,8 millones de voltios a su compañero, que se desplomó como una montaña de piedras.
Aprovechó el estupor momentáneo del ruso para descargar sobre su entrepierna una patada descomunal que lo dejó de rodillas. Cerró el puño y con rabia le golpeó el rostro hasta derribarlo definitivamente, muy cerca del otro, ya inconsciente.
Su pecho se agitaba a ritmo de infarto y los nudillos empezarían a sangrarle de un momento a otro; aun así, quería rematar la faena. Tragó saliva y preparó el brazo acomodando los dedos para no fracturárselos. Entonces lo escuchó.
Allí estaba. Un gruñido reverberante.
Giró la cabeza.
Los caninos eran un par de teclas más en el hocico del rottweiler. El brillo de la noche se reflejaba en su pelaje oscuro.
No tardó en abalanzarse sobre el calvo, que se dejó vencer hacia atrás defendiéndose con los pies.
La dentellada llegó, atrapando calzado y vaquero a la altura del tobillo. Ya no iba a soltar su presa por nada del mundo. El calvo lo sabía; a pesar de ello, no cejó en lanzar patadas a lo loco, contra el hocico del animal que, enganchado a la bota, no paraba de tironear; si lograba quitársela y mordía hueso, podría dar por segura una minusvalía de por vida. La genética del perro le daba ventaja en esa lucha.
Estaba reptando cuando la bota se desprendió. Con el pie desnudo alcanzó a lanzarle una última patada en el hocico que le proporcionó el tiempo suficiente para gatear y alcanzar su objetivo con la mano.
Un aullido seco y desgarrador selló la noche. La nueva descarga del paralizador eléctrico había dejado al perro convulsionando en el piso y al tipo calvo a punto de embolia.
No había tiempo para regodearse en la victoria, ni ganas. Arrojó el paralizador lejos, mientras buscaba a la muchacha con la vista. Ni rastro de ella. Recogió su bota destrozada y se alejó del callejón a prisa. El barro lo acompañó por la pequeña senda que lo alejaba de las edificaciones mientras intentaba calzarse.
Una tubería de más de medio metro de ancho, preparada para canalizar las crecidas del río cercano, le condujo al otro lado de los muros. Junto a un puente antiguo, construido sobre ese mismo río, había estacionado el coche, un Ford Taurus del 2000, que camuflaba su tono gris pálido con la maleza. Recogió la llave entre las hojas secas que se amontonaban junto al tronco del arbusto donde la había escondido y, sacudiéndose la tierra de las manos, se introdujo en el coche.
Antes de arrancar, se tomó unos segundos de respiro. Bajó los párpados y echó la cabeza atrás. Empezó a notar dificultades para cerrar la mano. Se acarició los nudillos deteniéndose en el anular de su mano izquierda. En unos días no iba a poder sacarse el anillo. Tampoco le importaba. Se pasó la mano por la dentellada de la bota; luego, con una parsimonia que no había tenido hasta ese mismo momento, sacó de debajo del asiento su pistola y la cartera donde guardaba la placa C2972R del Cuerpo Nacional de Policía.
FASE DE INDUCCIÓN
Lo primero que ocurre son los cambios celulares que dotan a las células de las características de malignidad, es decir, de multiplicación descontrolada y capacidad de invasión. Es la etapa más larga de la enfermedad y se denomina fase de inducción. En ningún caso es diagnosticable ni produce sintomatología. Esta fase puede durar hasta 30 años.
Первая вещь, которая случается они - клеточные изменения, которые обеспечивают на ячейки характеристик преступного намерения, то есть с возбужденным умножением и способностью вторжения. Это - самая длинная стадия болезни и названо стадией индукции. Ни в коем случае это (он, она) не diagnosable ни производит symptomatology. Эта стадия может длиться до 30 лет.
Agujero negro
Amanecer del 23 de diciembre
En algún punto incierto de su cabeza, el teléfono, insistente, sonaba. Peleó contra el dolor de cuello, la resaca del último whisky y la desorientación del momento para abrir los ojos y buscar el móvil encima de la mesa. Se había quedado dormido en el sofá sin quitarse la chaqueta de cuero.
De frente, a metro y medio, tenía el televisor, aún encendido, escupiendo imágenes de parejas acarameladas con letras de canciones que cambiaban de color según avanzaban las líneas. El audio estaba apagado. Todavía aturdido, casi barrió de la mesa el vaso de tubo con restos de líquido ocre. Reconoció el número en la pantalla y abrió el teléfono para contestar.
—Aquí Perea, cuéntame.
Tras un par de afirmaciones, colgó.
Luego estiró el brazo para alcanzar el mando y apagar el televisor. Las contraventanas altas de aluminio estaban abiertas, casi siempre lo estaban, pero apenas dejaban pasar un haz de luz atemporal, que barnizaba las humedades del cuarto. Se reclinó en el sofá y se pasó la mano por la frente, intentando alejar el marasmo del sueño. Buscó los dígitos del reproductor olvidando que, desde hacía tiempo, nadie los ponía en hora. En la mano izquierda, entumecida por el dolor, aún tenía el móvil. La pequeña ventana de la tapa le indicó que eran poco más de las siete.
Se acarició el ligero escozor del tobillo y, tras levantarse, encendió el fluorescente de la cocina americana. El conmutador tardó en dejar operativos los dos tubos del techo. Vertió los restos de la cafetera en una taza enjuagada y calentó el café en el microondas.
Al ir al baño, estuvo a punto de tirar una de las muchas cajas de cartón que poblaban los veinte metros escasos del salón-cocina. Al otro lado del quicio, el dormitorio sin ventanas, con un número de cajas similar haciendo las delicias de un Diógenes organizado. Encima de la mesita de noche, una infinidad de pequeñas monedas de cobre se esparcían por toda la superficie.
Como un ahorcado en el oeste, la veneciana del patio, a medio colgar, también dejaba pasar un mínimo de claridad.
Echó una meada, oscura y molesta, para luego quitarse la chaqueta y asearse. El espejo, con algo de mugre, le devolvió un rostro sin afeitar de perro triste, que podía confundir. Se volvió a vestir rápido. La temperatura de la casa no invitaba a otra cosa.
Tres tragos de café ardiente, antes de cambiar las botas por otras de igual solera y salir de la casa dando un portazo. Al subir los escalones hacia la calle, se detuvo a prender el primero de la mañana. Evitó los restos de basura y cartones que anidaban en el acceso al bajo. Tenía el Ford aparcado a unos pasos. Era una de las ventajas de vivir en el centro, quizás la única.
El motor arrancó a la segunda y tuvo que encender, además de los faros, la luneta térmica. La condensación del interior hacía vaho. Aprovechó esos segundos para volver a pasarse la mano por el tobillo y encender la radio, que no le devolvió más que ruido estático.
A vista de Google Earth, la ciudad se dividía en tres sectores concéntricos, similares a los anillos de un viejo tronco de olivo. El más externo y reciente, con el corredor de megaurbanizaciones aisladas que unía el aeropuerto con el reino de casinos y el tren de alta velocidad. En un segundo círculo de diámetro irregular, las urbanizaciones surgidas al amparo económico de los años noventa y dos mil, algunas de ellas, ahora desangeladas, con piscinas vertedero de escombros, otras, blindadas con alambradas de espino en sus muros altos. Por allí también, la mayoría de edificios administrativos que habían sacado a la doble avenida. En el último, como buscando un grado potencial de decadencia, el epicentro de la ciudad, para nada histórico, con sus edificaciones antiguas y obsoletas, donde la gente vivía a su pesar. Donde vivía Perea.
El tráfico era prácticamente nulo, con lo que tardó poco en llegar a comisaría. Aparcó el Taurus en el garaje. No era el sitio más seguro de la ciudad precisamente. En los últimos dos años habían robado de allí seis vehículos, dos de ellos coches patrulla. El Servicio Federal de Gestión Laboral, a donde se dirigía, se hallaba cerca y no le venía mal andar un poco. Se subió el cuello de la chaqueta, sin llegar a abrochársela. El relente de la mañana lo acompañó durante los doscientos metros que tuvo que recorrer. Paralelos a su camino, por la doble avenida que circunvalaba la ciudad, se movían como espectros entre la niebla los faros iluminados de los autos.
Terminó de masajearse los nudillos y se detuvo ante el vallado metálico de acceso al servicio.
—¿Has desayunado? —Un tipo de pelo engominado y mandíbula cuadrada, tras preguntarle con voz rasposa, lanzó a un par de metros el cigarro a medio consumir antes de añadir—. Mejor si ni siquiera cenaste.
Le dedicó un gesto ambiguo y siguió camino a la entrada del SEFEGEL.
—Yo ya he visto todo lo que tenía que ver —continuó su compañero, apoyando la espalda en la verja y arremangándose la gabardina. Los puños planchados de la camisa quedaron al aire; junto al rostro afeitado, revelaban el tiempo invertido antes de llegar aquí—. Me quedo fuera. Dentro está Cañete.
Un jardín con montones de hojas marrones y setos desiguales conducía a la entrada del edificio. A su derecha, el aparcamiento, apenas ocupado por un par de utilitarios. En una de las plazas, un Mercedes Benz del 98, con los cuatro ejes apoyados sobre ladrillos; el morro inclinado ligeramente hacia la salida, como si hubiera sido atrapado en un intento de huida; en el maletero, aún cerrado, sobre una de las costras blancas que adornaban el gris plateado como un dálmata, los trazos de un grafiti habitual por toda la ciudad.
Lo anotó en algún lugar de su memoria y enfiló las puertas de cristal, que no cedieron con facilidad. Dentro, un olor rancio le dio la bienvenida. El mapa de desconchones en el hall trazaba un historial de desidias que armonizaba perfectamente con lo que había visto hasta ahora. También con la recepción: una urna de cristal, tras la cual un vigilante enorme sujetaba su cara apoyando los codos en las rodillas.
Esquivó preguntarle. A la izquierda, un pasillo de unos tres metros de ancho parecía ubicar los despachos. La mayoría, cerrados. Hacia la mitad del corredor, el trasiego de alguien en uno de ellos le terminó de orientar. Se detuvo bajo el quicio para leer en el pequeño cartel rectangular con un logo azul sobre fondo blanco, el cargo de «Coordinador provincial».
—¡Hombre, si es Perea! ¿Qué pasa, has decidido revivir la época de los Reyes Católicos? ¿No sabes que hace tiempo se inventaron la ropa limpia y las duchas? ¡Qué mal tuviste que llegar anoche a tu cueva para venir hoy así!
El metro setenta y cinco de Noelia Cañete se había girado para darle su especial bienvenida. La falda negra, de tubo, y la chaqueta recta no eran suficientes para contener el atractivo de su figura. El iris azul celeste en un rostro redondeado y apenas sin maquillar aportaba una luz fría al conjunto. En su mano, un pequeño cuaderno de notas y un boli.
Perea simuló con su boca algo parecido a una sonrisa antes de contestar.
—¡Dime! ¿qué tenemos?
—¿No te ha contado nada el macho cabrío?
—No. Ha estado tan simpático como tú. Sois tal para cual.
Ahora, la mirada de la mujer no era, en absoluto, de cariño.
—Si les tienes afecto a tus pelotas, no vuelvas a insinuar eso en la vida.
Acostumbrado al sarcasmo de su compañera sintió que, esta vez, la amenaza iba un poco más en serio.
—Hemos recibido el aviso en comisaría a las 5:32 de la mañana. Lo ha hecho el vigilante que está en la entrada. Estaba muy nervioso. Él mismo encontró a la víctima: varón, setenta y dos años. Era el coordinador general del Servicio Federal de Gestión Laboral, un cargo estupendo si te quieres jubilar y sabes echar otros perros a la prensa. Tenía a su cargo a dos jefes de sección y unos cinco técnicos, con una media de edad cercana a la suya. También trabajan otros cuatro técnicos, más jóvenes, subcontratados: dos en el Control de Procesos y Calidad, y otros dos en el Departamento Económico. Ninguno entra antes de las 8:00.
Perea levantó la persiana. La mínima claridad del amanecer opacado le dejó ver un despacho cuadrado, de unos cinco metros cuadrados con mobiliario de oficina, escaso y ordenado.
—¡Eso, tú contamina más el escenario!
—Sabes tan bien como yo que la Científica no se desplazará hasta aquí.
—A no ser que este tipo tuviera contactos —le interrumpió ella.
—Este puesto es un destierro, un cementerio de elefantes. Tú misma lo has dicho.
Cañete torció el gesto y clavó la vista en el bloc, pensativa; no tenía mucho más que decir o escribir.
—Vamos dentro —sugirió él.
Había traspasado el umbral de la primera oficina y, con una evidente estupefacción, observaba el despacho principal.
Las dos banderas oficiales, descoloridas, como enormes pétalos marchitos, flanqueaban una mesa color caoba sobre la que se acumulaban dos torres de carpetas; una de ellas, vencida, había vertido una cascada de informes que yacían amontonados en el suelo. Más cercana a la puerta, una mesa de reunión con dos sillas: volcada en el piso una, casi debajo de la mesa.
Lo más llamativo en aquella sala no era precisamente la decoración.
Sobre un sofá negro, en una extraña pose, el cadáver de un hombre. A cuatro patas, con las rodillas apoyadas en dos cojines, como si se buscara realzar sus nalgas desnudas y pálidas. El torso aún permanecía cubierto con una camisa de rayas verticales, azules y blancas. La corbata a juego, con el nudo aún sin deshacer y el rostro, ladeado sobre su brazo derecho.
Cerca del ojo izquierdo una costra sangrante y probablemente mortal. Un perchero moderno, en forma de palmera invertida, introducía uno de sus hierros, algo menos de diez centímetros, en el pómulo del hombre.
Perea se agachó para observar de cerca las gafas, caídas, de pasta negra y cristal blindado.
—Arrastraron el sofá desde el pasillo —dijo.
En cuclillas, la cara del occiso quedaba frente a la suya. El ojo derecho estaba completamente abierto y, aunque era solo una sensación, su iris azul parecía querer dar respuesta a las interrogantes de Perea.
Desde esa posición, podía ver perfectamente los genitales del muerto colgando como apéndices marchitos por debajo del cuerpo. Se levantó para dar unos pasos y observar mejor ese otro ángulo. Algunas rojeces, en la piel nívea, destacaban alrededor del ano.
—¿Qué sabemos de este hombre? —preguntó.
—Prácticamente nada. Lo que ha podido contar el vigilante. Ernesto Piña, setenta y dos años y máximo responsable de este servicio. De momento, eso es todo. En cuanto cruce datos en comisaría, te podré dar su currículum. De todos modos, ya están llegando algunos de los funcionarios y quizás ellos nos aporten algo, sobre todo si el chulo playa de tu compañero hace bien su trabajo.
A Perea le bastó un vistazo para interpretar la postura erguida de su compañera. La mirada felina estaba clavada más allá del ventanal.
—También sabemos que estaba casado —le dijo, intentando reconducir la investigación.
—¿Cómo lo sabes? No tiene anillo, ni marca.
—Debajo del sofá. Mira.
Señalaba un marco pequeño. Los cristales rotos habían arañado el retrato familiar en el que aparecía el muerto.
—¿Qué dirían ellos, si encontrasen a su abuelo en esta postura? —La falda de Noelia Cañete se subió varios centímetros al agacharse, dejando al aire unas piernas torneadas y, en medio, un valle de perfecta sensualidad. Apoyó una mano en el sofá y sacó el teléfono de su chaqueta para tomar una foto—. Ya está. Te la mando ahora mismo... ¡Anda, joder! No me acordaba de que tengo por compañero al hombre de las cavernas. Sigues con ese modelo cromañón, ¿verdad?
Perea bajó el mentón, con la mano izquierda hizo malabares para sacar su teléfono y mostrárselo a Cañete. Esta, finalmente, extendió su brazo y le enseñó la fotografía.
—Todas las fotos llegan automáticamente a comisaría. Es un fenómeno el becario de informática. En fin, ¿qué te parece? ¿Nos aleja esto de la hipótesis del crimen pasional?
En la imagen, una familia feliz de abuelos con hija y nietos; el parecido entre las dos mujeres adultas era evidente y no figuraba más varón adulto que el occiso.
—¿Has hecho más fotos? —Cañete asintió—. Todo es tan aséptico. El sexo es algo más... pasional.
Un grito estridente a sus espaldas opacó el final de la frase.
La papelera
Era rubia teñida, cuarenta y pocos, falda ajustada y chaqueta abierta sobre una camisa blanca generosamente escotada. Su grito de serie B dio paso a un llanto de plañidera. Se tapó con las manos el sollozo y se recostó en el pecho del policía engominado. La mirada de Cañete era de esas que podían castrar al destinatario; la de Perea, pedía explicaciones:
—Es Carmen —intentó aclarar la voz estropajosa del policía con el que Perea se había encontrado afuera—, la secretaria del... coordinador. Veníamos hablando. He supuesto que podría aportar algo a la investigación. Al llegar a la entrada, se me adelantó demasiado.
—Sácala fuera, Patón. Que se tranquilice. Toma nota y que no vuelva a colarse nadie más.
El tono de Perea fue reprobador, pero no lo suficientemente crítico para Cañete.
—Recuerda el apartado 5, punto 1, del protocolo de actuación con testigos —aportó ella, y Patón torció la boca dibujando una eñe sobre su mentón cuadriculado.
No existía tal artículo en un protocolo meramente burocrático que, por otro lado, ya nadie respetaba. Perea, al igual que Patón, había captado perfectamente el mensaje entre líneas de su compañera.
—A ti también te parece mona, ¿verdad? El mundo seguirá siendo el mundo que es mientras los tíos penséis con la polla. —Perea se había sentido descubierto, mirando el culo perfecto de la secretaria, que se alejaba por el ancho pasillo—. Hará todo lo posible por tirársela, y lo sabes. La joderá a ella y joderá la investigación.
No apartó la vista de Patón y la secretaria mientras desaparecían por el hall. Su atención quedó luego prendida a una esquina de aquella pecera que conformaba la recepción.
—«Secretaria buenorra despechada se carga a su jefe». ¿Es el titular que estás pensando?
Perea negó con la cabeza.
—Vamos a hablar con el guarda.
—¿Y qué hacemos con esto?
—De momento, cierra; luego lo precintamos. ¿Qué te ha dicho el vigilante?
—Poco. Me ha acompañado al despacho y hemos cruzado cuatro palabras. Se le veía nervioso, no ha parado de llorar mientras veníamos aquí. El móvil tuyo tiene más inteligencia que ese tío.
Caminaron despacio. Aquel mismo pasillo daba acceso a la recepción acristalada. No hacía falta salir al vestíbulo donde Patón, cerca de la máquina de café, empezaba a conversar sosegadamente con la secretaria y otro par de trabajadores.
La puerta estaba abierta y, apenas traspasaron el dintel, se toparon con el vigilante de llanto fácil, que apoyaba las palmas sobre la cara. Antes de recuperarlo para el mundo de los vivos, echaron un vistazo por el cubículo. La cristalera lo separaba del vestíbulo y la entrada; desde esa posición, la perspectiva no era mala: cubría unos metros de la entrada exterior y, si no hubiera coches, se podría divisar la verja metálica que cerraba el aparcamiento. Dentro de aquellos escasos dos metros cuadrados, el tufo a sudor y la claustrofobia compartían vida con la angustia, fingida o no, del vigilante. Una estrecha mesa, de un blanco similar al de las paredes, ocupaba más de la mitad del espacio habitable, donde reposaba una tablet, junto a una pequeña centralita telefónica, debajo un par de sobres y un famélico cuadrante de horarios que Perea levantó.
—Perdón —dijo el vigilante, espabilándose—. No sé cómo me ha afectado tanto esto.
—¿Trabaja todas las noches? —le espetó sin apartar la cuadrícula.
—El parte es para los dos funcionarios que hacen de recepcionista. Yo no tengo ningún sustituto. Entro aquí a las ocho de la tarde y, con suerte, a las nueve o las diez de la mañana ya puedo estar en casa. A veces me quedo toda la mañana, otras vengo por la tarde temprano. Ya sabe cómo está el tema. —El hombre levantó el entrecejo en un rostro de mandíbula sobresaliente—. No puedo quejarme.
—¿Por qué no estás con los rusos? ¿No eres lo suficientemente bueno para ellos?
Cañete buscaba yugular.
—Mi cuñao me está intentando meter. Bueno, mi excuñado. —El vigilante hizo un puchero antes de continuar—. Este trabajo, ya sabe, nunca ha sido bueno para hacer vida familiar.
—¿Era buen jefe? —Perea quería centrar las preguntas.
—¿El señor Piña? —La manga derecha del vigilante viajó por su rostro arrastrando en el camino mocos y lágrimas en proporciones parecidas—. Claro. No es cierto lo que dicen que es..., perdón, que era un jefe exigente. Conmigo se portaba como un padre. Algunas veces daba voces y nos hacía trabajar mucho, sobre todo cuando venía algún consejero.
—¿Quiénes lo decían?
—¿El qué?
—Que era exigente.
—El señor Piña tuvo algunos problemas con funcionarios, por temas de horarios y, como lo llamaba él... —Estiró su mano simiesca y se rascó la frente sin disimulo—, dejadez de funciones. Tuvo un par de denuncias y, también, alguna discusión más fuerte con los parados que venían por aquí. Cosas sin importancia; siempre las resolvía él solo, tenía mucha labia. ¿No creerá usted que algo de eso...?
—Y sus funciones como guarda jurado, ¿cuáles eran?
Perea atendió de soslayo a la pregunta de su compañera que, libreta en mano, se situaba al otro lado del vigilante. No iba a tardar en tomar el mando en el interrogatorio.
—Pues qué le voy a decir yo. Cuando están los funcionarios en recepción, vigilo los accesos a las instalaciones, el parking, que no haya incidentes con los usuarios... A las ocho de la tarde, cuando acaba la jornada, cierro todo y hago las rondas por esta planta y el sótano. Aquí no tenemos cámaras de vigilancia, así que toca salir de la pecera y darme unas vueltas por dentro y por fuera.
—¿Anoche observó algo extraño en sus rondas?
—No... Como otros días, el señor Piña llegó sobre las ocho con Pepe Morata y se encerraron en el despacho...
—¿Quién es Pepe Morata? —Perea se adelantó a su compañera con unas octavas por encima del tono habitual—. ¿Trabaja aquí?
—Es... Es... —Intimidado, el vigilante no parecía encontrar las palabras—. Es el que siempre va con el señor Piña, su ayudante.
—¿Su secretario? —intervino Cañete, alzando la vista.
—No. Su secretaria es Carmen. No sé qué puesto desempeña, porque tampoco es su chófer, pero está siempre con él.
—¿Y a qué hora lo vio marcharse anoche? —Cañete no quería darle tiempo.
—El caso es que no lo vi salir. Las noches se hacen muy largas y yo no tomo café, solo bebidas energéticas.
El llanto renacido, por lo súbito, crispó por un momento la usual paciencia de Perea.
—¿Qué quiere decir con que no lo vio? ¿Se durmió? ¿Salió por otra puerta?
—No, no, lo siento. No sé qué me pasa, lo siento mucho.
Perea llamó la atención de su compañera para atraerla al pasillo.
—Sácalo de aquí y revisa todas las instalaciones. No me gustaría encontrarme con un segundo cadáver.
—El tal Morata ese será el amante. Está claro: se pasó al empujar y se cargó al viejo.
—Busca por los despachos... —El tono de Perea descendió cerca de la amabilidad al añadir—: Por favor.
—Tú mandas. —Algo parecido a un saludo militar acompañó la frase de Cañete. Tras lo cual dio media vuelta para volver a entrar a la pecera—. ¡Vamos, acompáñeme! Necesitamos comprobar todas las posibles salidas.
Perea los vio salir. El vigilante le sacaba casi una cabeza y más de un cuerpo en anchura a Noelia Cañete. La enorme distancia de un extremo a otro de sus hombros podría ser muy útil a quienes se empeñan en corroborar la teoría del posible eslabón perdido. En ningún momento sintió que ella pudiera estar en desventaja.
Paseó la vista por el cubículo de recepción y no descubrió nada nuevo, salvo un detalle: la papelera estaba limpia, completamente vacía.
Gris cemento
El holding de hoteles y casinoshabía inundado la ciudad de inmundicias y polución. La estructura macroeconómica de la comarca, hundida como un iceberg, había facilitado la instalación de un proyecto sin eco en los conos suburbanos de dos de las grandes ciudades del país. La compra del aeropuerto en desuso con petrodólares del oeste fue el detonante. El juego, siempre latente y consentido, pasó a ser el motor de una industria que llamaba al dinero. Los estupefacientes empezaron a fluctuar gracias a una legislación tan ambigua como amplia, flexibilizando límites por exigencias de los inversores y, tras la rebaja del consentimiento sexual a los catorce años, la moral se empantanaba en una charca de agua estancada a orillas de la ciudad que, sometida, apenas luchaba contra el tumor que invadía su radiografía; incluso la paleta de colores naturales y alegres de antaño se había matizado en una escala opaca de tonos grises en su mural provinciano. Gris cemento, como la mole de paredes lisas de treinta metros que se levantaba junto a la delegación del Servicio Federal de Gestión Laboral.
Félix Perea se alejó de la puerta acristalada, tras la cual Patón seguía charlando con los funcionarios que llegaban. A pesar de la antipatía que le profesaba Cañete, Perea consideraba a Patón un buen policía. Individualista y eficaz. Él no era quién para valorar sus confidentes y escarceos. Aquella investigación interna que habían encargado a Cañete sobre Patón los había terminado de separar. Ahora, sus placas tectónicas no paraban de encontrarse y el epicentro, lejano en el tiempo, continuaba causando réplicas.
Divisó, en medio del aparcamiento, el Mercedes con la pintada en el maletero. Al atravesar el jardín, resbaló con el barro humedecido y su tobillo se resintió. Se lo friccionó sin dejar de escrutar el grafiti. No tenía nada de extraño: tres letras mayúsculas picudas, coloreadas en tonos metálicos:
«DYE».
No tenía ni idea de lo que podía significar, si es que significaba algo.
Por aquella zona pululaba el menudeo de sustancias, la mayoría en manos de pequeños delincuentes. Tomó nota mental de la firma garabateada. No creía que fueran tan estúpidos como para rubricar un asesinato. Pero nunca se sabía.
Iba a regresar a las oficinas, decidido a tomar las primeras declaraciones a los funcionarios que ya habían llegado, cuando un golpe seco espantó varios gorriones de un árbol cercano. Levantó la cabeza, buscando el origen del ruido. Anduvo unos metros, acechante, como un perro que olfatea una presa escondida; tan solo alcanzó a ver, mientras doblaba la esquina, la espalda del vigilante que regresaba a las instalaciones por una salida lateral. El hombre caminaba decidido, el puño cerrado, agarrando con fuerza entre sus dedos algo que Perea no logró divisar. ¿Dónde estaba Cañete? Aceleró su paso con la idea de sorprenderlo. El tobillo le molestaba al acelerar el paso. Llegó tarde: la puerta se cerró tras el vigilante. Era de doble cristal, con una barra roja de apertura en su interior; las letras de emergencia invertidas se podían intuir, más que leer, en sus dos hojas. El cierre había encajado perfectamente. Imposible abrirla desde el exterior. Aun así, tentó a la suerte. Nada. Lo lamentó en silencio y quedó observándola durante unos segundos como si el gesto fuera a darle una nueva clave de apertura.
Resignado, emprendió el camino de vuelta al edificio, desistiendo de volver a acariciarse la incomodidad del tobillo.
Un cigarro podría distraerle de las molestias. Se detuvo y echó mano al bolsillo interior de la chaqueta de cuero. Le quedaba uno. Lo prendió y estrujó el paquete. No había papeleras cerca, tan solo el contenedor de basura.
Levantó la tapa, despacio, augurando la agresión de una fetidez que no fue tal. Una infinidad de papeles, algunos con timbre oficial, se acumulaba hasta más de la mitad del esportón. En una de las esquinas, como una isla en el océano de folios, se veía una bolsa de plástico desanudada.
Ignoró el cementerio de documentos y tomó la bolsa, que sostuvo entre sus manos: tres latas de bebidas energéticas vacías soltaban sus últimos posos en el fondo, junto a una bola de papel aluminio y varias servilletas de celulosa, también arrugadas. Decepcionado, enseguida la dejó caer otra vez en el contenedor.
—¿Félix? —Un hombre delgado, algo más joven y menos corpulento que él, había soltado su nombre. La barba tapaba parcialmente un semblante de piel castigada. Gafas negras y pelo ondulado que no daba ya para cubrir todas las entradas—. ¿Te acuerdas de mí?
Su memoria afilada se puso a trabajar.
—Soy Juan Ramón. Éramos vecinos en la urbanización hace unos años. Te ayudé con los muebles el primer día que llegaste con tu mujer y tus hijas. Aún recordamos por allí los karaokes que montabas en el patio. ¿Qué tal está la familia?
Acostumbrado a la pregunta, Perea sacó aquel movimiento ambiguo de cabeza, gesto muchas veces practicado que pasaba por un asentimiento, sin serlo en realidad.
—No sabía que la crisis también había afectado de esta manera a la Policía. —El hombre bromeaba señalando el contenedor del que Perea aún no había bajado la tapa—. ¿O ya no estás en la Policía?
—Sigo en el cuerpo.
—Escuché que había habido una reconversión grande y que la mayor parte del personal había pasado a seguridad privada. Con lo de los casinos, no me extraña.
—Trabajas aquí, ¿verdad? —Perea le interrumpió. No andaba de ánimos, ni disponía de tiempo.
