Mi amada pícara - Dama Beltrán - E-Book

Mi amada pícara E-Book

Dama Beltrán

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Beschreibung

Soberbio, engreído, petulante, vanidoso... son algunos de los adjetivos que utilizan aquellos que conocen a Trevor Reform, dueño del club de caballeros más famoso de Londres, para describirlo. El poder que le proporciona el dinero le ha hecho olvidar su origen humilde, transformándolo en un ser despreciable, apático y deshumanizado.

Pero el destino se afanará en recordarle quién es en realidad...

Tras hallar a la causante del mayor problema que ha tenido desde que abrió el club, Trevor se obsesiona con alejarla cuanto antes del local. Para ello, elabora un plan, tan aparentemente perfecto, que no duda, ni un solo segundo, en que logrará su objetivo.

Sin embargo, lo que él no sabe es que, una vez que se siente al lado de la persona que puede destruirlo para siempre, todo aquello que había planeado desaparecerá de un plumazo.

¿Por qué será incapaz de ceñirse al plan? ¿Por qué le resultará imposible dejarla marchar? Tal vez porque en el fondo ansía saber quién es Valeria Giesler y descubrir el motivo por el que no puede pensar en nada salvo en mantenerla bajo su protección.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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©Mi amada Pícara (Caballeros 5)

©Ediciones Beltrán L.C

Autor: Dama Beltrán

Maquetación y corrección: Ediciones Beltrán L.C

Portada: Paola C. Álvarez

©Imágenes de cubierta: Adobe Stock

Todos los derechos reservados. 

Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro, su tratamiento informático, transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopias, grabación u otro medio, sin el permiso previo del autor por escrito, que, como es lógico, no lo dará porque me he pasado muchas horas y he perdido muchos acontecimientos familiares por escribir la novela. 

PRÓLOGO

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

XXI

XXII

XXIII

XXIV

XXV

XXVI

XXVII

XXVIII

XXIX

XXX

XXXI

XXXII

XXXIII

XXXIV

XXXV

XXXVI

XXXVII

XXXVIII

XXXIX

LX

XLI

XLII

XLIII

XLIV

XLV

XLVI

XLVII

XLVIII

XLIX

L

LI

LII

LIII

LIV

LV

EPÍLOGO

Avance de la siguiente novela:

Otros títulos

 

Mi querido/a lector/a aquí tienes la historia de Trevor Reform, el dueño del Club de caballeros que regentaban William, Roger y Federith. Hasta que no apareció O´Brian no supe de su existencia, imagino que vosotr@s tampoco. Pero como siempre os digo, nunca sé qué pasará en mis novelas porque no las planeo. Tan solo aparecen y me dedico a escribirlas. Espero que esta lectura sea de tu agrado y que continúes disfrutando de las historias de mis chic@s.

Atentamente: Dama Beltrán.

Para mis traductoras, quienes realizan una labor increíble para que mis novelas lleguen a todos/as lectores/as del mundo.

¿Somos los dueños de la verdad absoluta? ¿Sabemos con certeza que hay a nuestro alrededor? ¿Lo comprendemos, lo admitimos, lo reforzamos?

Dama Beltrán, 10/01/2018

PRÓLOGO

Londres, 11 de abril de 1868. Club de caballeros Reform.

La velada pasada resultó más fructífera de lo que esperaba. Nunca imaginó que, con un simple aliciente, los miembros del club abarrotaran las salas de juego. Sonrió de medio lado y se acarició la cuidada barba. Si continuaba de ese modo, Reform se convertiría en el club más poderoso e importante no solo de Londres, sino del país entero. Sin eliminar esa sonrisa deplacer, llevó el vaso hacia sus labios y dio un gran sorbo a la bebida. Celebraba, en silencio y solo, ese triunfo. Y no era para menos. Su pequeño plan se transformaba en un poderoso proyecto. Jamás imaginó que lograría aquello que imaginó la noche en la que se decidió a invertir, la poca fortuna que guardaba, en un local que estaba a punto de derrumbarse. Había trabajado mucho para convertirlo en un respetable lugar, hasta élmismoayudóalostrabajadoresenlasdificultosas obras. Fueron días llenos de desesperación, pero también de interminables sueños que, por fin, se alcanzaban. Satisfecho consigo mismo, posó la copa sobre la mesa, levantó los pies para acomodarlos sobre esta y cruzó sus brazos por detrás de la cabeza. Empezaba a ser el hombre importante que aspiró a convertirse mientras sus hombros soportaban el peso de los sacos de arena. Nada ni nadie podía impedirle llegar hasta esa cima queambicionó.

Aunque,porsupuesto,notodohabíasidoperfecto. Trevorhabíaolvidado,enalgúnmomentodeesepasado, elcaráctersociableyrespetuosoconelquenació,transformándoseenunhombresoberbio,engreídoypresuntuoso.Talvezelpoder,queleproporcionabatenerbajo su control a toda la sociedad importante de Londres, provocó que dejara de lado esos principios morales quesiemprehabíavaloradoyque,ahora,nirecordaba. Orgullosodesusproyectos,intentócerrarlosojospara encontraresacalmaqueleofrecíaelconocimientodesu poder, pero descubrió que Berwin, su secretario desde hacía cuatro años, había dejado lejos de su alcance el libro de cuentas. Intrigado por averiguar qué suma alcanzaría esa vez, se incorporó y lo cogió. Mientras hojeabalaspáginas,sedeleitóconunodelospurosquele regalóelseñorFisheral.Elhumodeesehabanoempezó a rodearle mostrando, a los ojos de cualquiera que accediera a la oficina en ese momento, un aura gris. De repente, su boca se torció, frunció el ceño y partió en doselcarísimopuro.¿Porquédiantreslamesanúmero siete no podía aportarle los mismos beneficios que las demás? Enojado, golpeó la mesa haciendo que la copa dewhiskycayesealsuelo,esparciendoellicorambarino sobre la superficie de caobaoscura.

—¡Maldita sea! ¿Cómo es posible que ocurraesto?¡Todaslasnochesigual!¿Quédiablossucedeenesadichosa mesa? —tronó enfadado.

Ante sus iracundos gritos, alguien apareció en la puerta, pero no entró. Este se mantuvo en silencio detrás de la protección de la gruesa hoja de madera.

—¿Me ha llamado, señor Reform? —preguntó Berwin inquieto.

Trevor le observó como si le bastara esa mirada para aniquilarlo. La boca, adornada con una afeitada y cuidadaperilla,setorcíahacialaizquierda.Losojosnoeranmarrones, sino rojos y el ceño lo mantenía tan fruncido, que parecían arrugas devejez.

—¡Dime que tus cálculos no son exactos! —bramó al pobre secretario que, consciente de lo que ocurriría cuandorevisaraelextractodecuentas,sequedóclavado en esa entrada.

—Mucho me temo que lo son, señor —respondió con pesar—. Sin lugar a dudas, algo pasa en la mesa número siete —añadió.

—¿Algo pasa? —repitió con un grito ensordecedor—.¿Yquéesesealgo,Berwin?¿Cómoesposibleque nohayasdescubiertoquésucedeenesamalditamesa?¿Acaso no tienes ojos en la cara para desvelar la razón por la que siempre termino con pérdidas? —increpó, levantándose del asiento y caminando airado hacia su empleado.

—Leprometoquenoapartomisojosdeesecondenado lugar —dijo temeroso elempleado.

—¿Y? —preguntó enarcando las negras cejas.

—Ytodosloscaballerosjuegandemaneracorrecta.

—¿Has investigado al crupier? Tal vez él sea el motivo del problema —declaró desesperado.

—Él no es el culpable de lo que sucede —dijo con valentía.

Berwinencontrólafuerzanecesariaparadarvarios pasos hacia el interior de la oficina, siempre manteniendo una distancia prudente con el señor Reform, pero no podía permitir que el joven fuera despedido injustamente. Gilligan había crecido en el club y era el muchacho más fiel que podían encontrar. Si el dueño decidía prescindir de sus servicios, todos los empleados lo defenderían con uñas ydientes.

—Entonces… ¿de quién es la culpa? —espetó abriendo los ojos de par en par.

—Posiblemente esté maldita… —susurró.

—¿Maldita? —repitió atónito.

—Brujería, hechizo, maldiciones… —enumeró con rapidez.

Solo le quedaba esa alternativa por ofrecer. Todas las noches clavaba sus ojos en aquel lugar del club y no apreciaba nada extraño. Los caballeros jugaban honestamente y el joven crupier realizaba su trabajo de manera intachable. ¿Qué otra opción le quedaba?

—¿Estás diciendo que pierdo dinero por culpa de un hechizo que me ha lanzado una bruja? —soltó sin respirar.

—Puede tratarse de alguna de sus amantes,señor. Como ha podido averiguar, no todas han sido damas respetables —sugiriótontamente.

—¿Crees, de verdad, en las palabras que salen de tu boca? —replicó enfurecido—. ¿Estás alegando que obtengo pérdidas en una de las mejores mesas por culpa de una amante despechada? —continuó vociferandomientrascolocabasusmanosenlacintura.

—Es una opción a tener en cuenta…

—¡Maldita sea! ¿Cómo puedes decir tal estupidez?¡¿Maldiciones,hechizos?!¿Esquenopuedehaber nadie sensato en este club salvo yo? —clamólevantando sus manos como si quisiera coger algo deltecho—. ¡Estábien!¡Esteproblemasezanjaráhoymismo,cueste lo que cueste! —aulló acercándose alescritorio.

Mientras escribía algo en un papel, Berwin lo observó sin pestañear. Su carácter agrio y su rudeza al hablarsedebíanaladesesperaciónqueteníaporaveriguar qué ocurría en la dichosa mesa. Aunque esa frustración era compartida por todos los empleados del club. ¿Qué sucedía en aquel lugar?

—Que uno de los holgazanes que andan por las salas entregue esta nota al inspector O´Brian —ordenó al tiempo que casi le estampaba la carta en la cara.

—Como guste, señor, lo haré ahora mismo —aseguró temeroso mientras salía del despacho sin tocar con los pies el suelo.

«¿Quédiablossucederáenesamesa?»,sepreguntóTrevorrecorriendoelespaciodelaoficinasinparar.«¿Porquénopuedoobtenerlosbeneficiosquedeseo?». Cansado de merodear de un lado para otro sin hallar una respuesta, regresó a su asiento para continuar con el repaso. Pese a que esa mesa no le proporcionaba la recompensa que aspiraba, las demás subsanaban las pérdidas.

Con los ojos marrones clavados en las hojas, agarrandoconsumanoderechalabotelladelaquebebíadirectamente, no advirtió que el tiempo pasaba y que no había tenido noticias sobre la llegada del inspector. Solo cuando apartó la mirada del libro y la dirigióhacia el ventanal que había detrás de su espalda, descubrió quehabíaanochecido.Enfadado,nuevamente,selevantó del asiento con brusquedad, caminó hacia la puerta, la abrió, salió al rellano, donde una enorme baranda de madera le ofrecía una amplia visión del club, y gritó:

—¿Ha venido el inspector? ¡Berwin!¡Berwin!¿Dónde diablos te has metido? —agarró el pasamanos como si quisiera arrancarlo de cuajo.

Ante los gritos, a los que ya estaban acostumbrados los trabajadores, una figura se movió entre la oscuridad y todas las miradas se centraron en el pobre secretario.

—SeñorReform,elinspectornovaavenir—informóconmiedo—.Unodelosagentesnoshainformado que esta noche no está deservicio.

—¡¿Cómo dices?! —tronó abriendo los ojos comoplatos y aferrando sus manos a la baranda con más fuerza.

—Lo que intento explicarle es que… —insistió Berwin.

—¡Maldita sea! ¡No sois más que un atajo de holgazanes! —berreó—. ¡Está claro que si yo no pongoremedio ninguno de vosotros lohará!

Se giró sobre sus talones, se metió en la oficina y minutos después apareció vestido correctamente. Bajó las escaleras, pisándolas como si quisiera traspasarlas. Los empleados, justo en ese momento, tuvieron que hacer miles de labores que requerían su inmediata atención, así que se quedó el secretario solo ante la bestia.

—Quiero mi carruaje en la puerta ahora mismo—masculló.

—Ya lo tiene, señor.

—Bien. Iré a buscar personalmente a ese inspector y no me moveré de Scotland Yard hasta que me atienda como requiero —señaló mientras Berwin le ayudaba a ponerse el abrigo negro—. No apartes los ojos de esa maldita mesa hasta que regrese. Anota cualquier cosa sospechosa que encuentres y, si por algúnmotivo divino descubres qué está ocurriendo antes de que aparezcaconeseagente,házmelosaberalamayorbrevedadposible.

—Por supuesto, señor Reform. No me moveré de aquí hasta que regrese —apuntó retrocediendo un par de pasos.

Refunfuñando y soltando por la boca millones de improperios aprendidos desde su niñez, Trevor abandonó el lugar donde se sentía poderoso para salir en busca de la persona que había rehusado ayudarle. Justo al poner los pies sobre los adoquines de la calle, una suave y húmeda brisa lo recibió. Frunció el ceño, se alzó el cuello del abrigo y subió al carruaje pararesguardarse, de ese frío clima, en elinterior.

El trayecto apenas duró diez minutos, tiempo que Trevor aprovechó para reflexionar sobre la exposición que le ofrecería al inspector para que le ayudara. «Brujería…», caviló. ¿Cómo se le había ocurrido a Berwin tal tontería? No podía quitarle la razón sobre el tema de sus amantes puesto que ninguna aceptó, de buen grado, dar por finalizada su affaire con él, pero eso no era motivo suficiente para que su secretario imaginara tales sandeces. El problema debía ser otro. Uno que le resultaba imposible averiguar con tan solo la observación y que requería de la experiencia de un hombre como elinspector.

Esperóconnerviosismoaqueelcocheroleabriese la puerta. En aquel momento, todo le parecía ir más lentodeloqueansiaba,talvez,ladesesperaciónporaveriguar la verdad le hacía impaciente. Pero se encontraba en un tremendo aprieto. No solo le preocupaban las pérdidas, sino la reacción que tendrían los socios cuando descubriesen que una mesa podría estar trucada. La confianza y el respeto, que hasta ahora mantenía con sus clientes, se verían mermados y eso desencadenaría una ruina imposible de solventar. Con la mirada clavada en la fachada de Scotland Yard, Trevor aguardó a que el sirviente bajara del carruaje.

—Señor, ¿desea que le espere? —preguntó el cochero nada más abrir la puerta.

No le respondió. Estaba tan ensimismado en sus pensamientos que lo único que hizo fue salir del vehículo y caminar con paso firme y rápido hacia el edificio. Durante unos segundos permaneció de pie en la entrada, esperando a que alguno de los agentes, que se movían de un lado para otro, lo reconociera y se acercara para atenderlo. Desesperado por esa impasibilidad, por esa despreocupación que tenían las personas que debían velar por la seguridad de los ciudadanos, se desabrochó el abrigo y él mismo se dirigió hacia uno de ellos.

—Quiero hablar con el inspector O´Brian —declaró con solemnidad.

—Todo el mundo que entra por esa puerta quiere hablar con él —le respondió el agente sin tan siquiera levantar el rostro para mirarlo.

—Pero ninguno es Trevor Reform, el dueño del club Reform —apuntó soberbio, engreído y con un tono de voz que se podía equiparar a la mismísima reina Victoria.

Cuando Borshon escuchó el nombre de la persona que permanecía a su lado, se levantó del asiento con rapidez.

—Disculpe, señor Reform —dijo asombrado y confuso—. No le he reconocido.

—Si me hubiese mirado cuando me he acercado, seguro que lo habría hecho —señaló enfadado—. ¿Dónde se encuentra el inspector? Necesito hablar con él ahora mismo.

—Esta noche no está de servicio, pero puedo atenderle yo mismo, si lo desea —indicó extendiendo la mano para saludarlo.

—No. Quiero al señor O´Brian —declaró con rotundidad sin aceptar ese saludo.

—Pero…

—No voy a marcharme de aquí hasta que mantenga una conversación con el inspector. Me da igual el tiempo que tarde en acudir a mi llamada, así que ordene a alguno de esos necios que se presente ante él y le informe que el señor Reform desea verlo inmediatamente. Mientras tanto, esperaré en su despacho. Es ese, ¿verdad? —preguntó señalando una oficina que había al fondo, donde las paredes no eran de hormigón sino de cristales.

—Sí, señor —corroboró Borshon, aguantando las ganas de agarrar por el cuello al insolente y cambiarle el rostro de color a uno más apropiado para su agrio carácter.

—Perfecto. Dese prisa, como comprenderá soy un hombre muy ocupado y no puedo perder toda la noche —agregó antes de dirigirse hacia el despacho de Michael.

Borshon agarró su sombrero entre las manos y lo retorció como si fuera el cuello de aquel engreído. Respiró hondo e hizo llamar a uno de los agentes que tenía cerca. No iba a presentarse él mismo frente a la puerta de su inspector después de haberle dejado bien claro que esa noche nada ni nadie podría interrumpirle. Sin embargo, estaba seguro que cuando escuchara el nombre de Reform, aunque fuera a regañadientes, acudiría a Scotland Yard.

Trevor se acomodó en una de las sillas que encontró frente al escritorio del inspector, se recostó y se cruzó de piernas. Mientras observaba su alrededor, metió la mano en el bolsillo derecho y sacó uno de los habanos que guardaba en la pitillera. Despacio y degustando el sabor, fue inspirando el contenido de ese cigarro al tiempo que clavaba sus oscuros ojos en aquello que le llamaba la atención. Solo dos cosas hicieron que retuviese la mirada algo más de un minuto: un recorte de periódico, que el inspector había enmarcado, y el dibujo del rostro de un criminal que andaban buscando. Sin ningún interés por averiguar qué habría en esa nota de prensa para que se le fuera otorgado un lugar tan importante, cerró los ojos intentando recapitular la información que podía ofrecerle al agente.

—¿Desea un café mientras aguarda la llegada del inspector? —preguntó Borshon de manera educada.

—¿No tenéis algo más fuerte? —soltó Trevor sin abrir los ojos.

«¿Explosivos?», pensó el agente mientras mostraba una imperturbable sonrisa.

—Nuestro inspector no acepta licor dentro de las oficinas —indicó sin inmutarse.

—Una lástima… —dijo Trevor tras chasquear la lengua—. Os haré llegar una caja si obtengo lo que deseo.

—Muchas gracias, aunque mucho me temo que se le devolverá el mismo día —replicó—. Como le he dicho…

—No me dé explicaciones —le interrumpió moviendo la mano derecha como si estuviese despidiendo a un sirviente—. Espere a leer la etiqueta de las botellas y luego convenga con su superior como vea apropiado.

¿Podría cogerle de las solapas de su abrigo y echarlo como si fuera un vulgar ladrón? Borshon mantuvo la sonrisa mientras se giraba para marcharse. Fuera de los ojos del señor Reform, frunció el ceño, murmuró una serie de insultos hacia este y respiró hondo. ¿Cómo podía transformarse un hombre humilde en un monstruo repulsivo?

Michael apareció por la puerta de jefatura con el rostro sonrojado por la ira. Buscó con la mirada a Borshon y observó que este no tenía mejor aspecto que él.

—¿Dónde está? —preguntó mirando de un lado a otro.

—Ese imbécil se ha metido en su despacho —contestó con desdén.

—¿Imbécil? —espetó enarcando las cejas al sorprenderse de cómo había denominado su hombre de confianza a un personaje tan importante de Londres.

—Memo, petulante, engreído, soberbio, imbécil… —enumeró sin respirar—. En resumen, el distinguido señor Reform se encuentra en su despacho.

—¿Te ha dicho qué necesita? —preguntó algo más calmado y divertido por la descripción de Borshon.

—Whisky, coñac, Bourbon, un bastón por el culo… —mencionó a regañadientes.

—Quieres decir que no ha dicho nada —señaló Michael mirando de reojo al hombre.

—Nada —respondió Borshon—. Ese parásito no ha abierto la boca salvo para decir tonterías.

—Está bien. Veré qué puedo hacer por él —declaró antes de dar un paso hacia su despacho.

—Si necesita un par de manos para sacarlo de ahí, cuente con las mías. Estoy deseando plegar ese estirado rostro con un buen derechazo —alegó burlón.

Michael no respondió al comentario, estaba centrado en averiguar qué necesitaría un hombre como el señor Reform. Hasta ese momento, jamás había requerido de su ayuda. Él mismo solventaba las trifulcas que surgían en su establecimiento y controlaba a la perfección a los socios. ¿Qué motivo le habría hecho salir de su adorado club?

—Buenas noches, señor Reform —le saludó desde la puerta mientras extendía la mano derecha.

—Buenas noches, inspector… —comentó Trevor levantándose del asiento para responder al saludo.

—He de admitir que estoy muy sorprendido por su visita —empezó a decir sin tan siquiera acercarse a la silla. Si tomaba asiento podrían tardar más de lo que deseaba y quería aparecer en la fiesta de los Dustings lo antes posible. No podía dejar sola a April el primer día que había decidido asistir a una fiesta.

—Necesito su ayuda —confesó Trevor.

—¿Para qué? —espetó Michael entornando los ojos.

—Desde hace algún tiempo, una de las mesas que siempre ha obtenido grandes beneficios tan solo me ofrece pérdidas —indicó sin rodeos.

—¿Piensa que le están robando? —se interesó al tiempo que se posaba inadecuadamente sobre la esquina de la mesa.

—Todos mis empleados la han observado con detalle y, por ahora, no hemos hallado nada que nos indique que se trate de hurto —manifestó manteniéndose de pie—. Por eso requiero de su pericia para averiguar qué sucede.

—Le ayudaré…, pero esta noche no puedo acudir a su club. Mañana sin tardar…

—¡No puedo esperar a mañana! —exclamó desesperado.

—Un día más no le causará ningún problema a su negocio —agregó Michael severo.

—¿No puede concederme un par de horas? —espetó Trevor clavando sus ojos marrones en los azulados.

—Esta noche tengo un propósito que no puede esperar —dijo incómodo. Se puso de pie y esperó que Reform aceptara su negativa.

—Solo le pido dos horas. Si no logra averiguar qué sucede en ese tiempo, puede marcharse dónde desee —expuso con firmeza.

Michael sopesó rápidamente qué debía hacer. Era la primera vez que el dueño del club requería de su ayuda. ¿Y si necesitaba más tiempo además de esas dos horas? ¿Y si no llegaba a la fiesta para estar con April? «El deber está por encima del placer», recordó la frase que su antecesor le expuso el mismo día que le colocaba el pin que lucía con orgullo en su corbata. Respiró hondo, miró a Reform y le dijo:

—Está bien. Lléveme hasta su club, pero he de advertirle que, si no descubro lo que ocurre en dos horas, me marcharé.

—Prometo que no le entretendré más de lo necesario —declaró con firmeza.

Con una enorme sonrisa de satisfacción, Trevor se abrochó los botones del abrigo y caminó delante del inspector hacia la salida. Por suerte para él, acudía a su llamada el único hombre que podía solventar el problema. O eso esperaba, porque si no lo hacía, si no hallaban qué sucedía, terminaría pensando que Berwin tenía razón y que alguna despechada examante había hechizado la mesa.

I

Pese a que no eran ni las diez de la noche, el club había alcanzado el aforo permitido. Michael no apartó la mirada de todos aquellos que se habían sentado frente a las mesas de juego y gritaban desesperados al no ganar. Con suspicacia y argucia fue reconociendo uno a uno a los individuos que encontró a su paso. Como era de esperar, la afamada alta sociedad vaciaba sus bolsillos en un lugar donde nadie le reprocharía las cuantiosas pérdidas.

—Arriba podremos observar sin que nadie note su presencia —comentó Trevor con cierta preocupación. Si los socios se volvían hacia él y advertían la figura del inspector, saldrían de las salas despavoridos.

—¿Cómo ha conseguido que acudan tantos jugadores a estas horas? —demandó Michael mientras subía las escaleras que les conducían hacia la primera planta.

—Ofreciéndoles más placer —respondió Trevor ufano.

—¿Más placer? —repitió O´Brian expectante. Reform paró su caminata en mitad del largo pasillo, apoyó las palmas sobre la barandilla y con una actitud endiosada miró hacia abajo.

—No solo el juego causa un estado de frenesí en ellos, hay que ofrecerles otros estímulos para que no se aburran y se marchen a otro club. Si se les retiene, si se les da aquello que necesitan, aparecen temprano y se marchan al amanecer —indicó de manera presuntuosa, como si los años de experiencia le hubieran otorgado el don de la sabiduría absoluta.

—¿Qué estímulos ha encontrado para llenar las salas antes del crepúsculo y mantener esa fidelidad? —espetó O´Brian sin poder apartar sus ojos de aquellas cabezas que se movían de un lado para otro.

Trevor, para contestar, levantó la mano derecha, como si estuviese saludando a un conocido. De repente, uno de sus empleados cabeceó, afirmando y entendiendo su decisión. Se dirigió hacia una de las puertas que había cerradas bajo el piso y la abrió. Con rapidez, una decena de mujeres hermosas y vestidas pecaminosamente salieron del interior de la habitación.

—Nadie se puede resistir a una mujer que muestra sus dotes sin pudor —dijo jocoso Trevor—. ¿No le parece acertado ese incentivo, inspector? Porque, como puede apreciar, los rostros de mis socios han cambiado en cuanto las han visto llegar.

—Solo veo lujuria y lascivia en ellos —respondió Michael entornando sus ojos.

—Sexo y juego… una combinación perfecta para este club —reflexionó Reform con vanidad.

—¿Dónde está la mesa que tanto le preocupa? —cambió rápidamente de tema el inspector. No le interesaba lo que observaba puesto que, para él, ese tipo de seducciones no le llamaban la atención.

—Justo ahí —le señaló Trevor con la mano—. Entre esos dos gruesos pilares de madera. Como puedeapreciar, el crupier está barajando con normalidad. Por suerte, hay pocos caballeros jugando en ella. Pero a lo largo de la velada, esa maldita zona puede alcanzar unos diez participantes.

—¿Sabe si la frecuentan los mismos caballeros todas las noches? —demandó mirando hacia los tres que se habían sentado frente al empleado.

Amusgó los ojos y contuvo la respiración. ¡No podía ser! Sus ojos le engañaban. Miró de reojo a Trevor, intentando concretar el motivo por el que no se había dado cuenta de lo que sucedía en aquel lugar, pero tras observarlo con los ojos clavados en las prostitutas, dedujo que, por mucho que ella se hubiera colocado frente a él, no le habría prestado ninguna atención.

—Lo normal es que no permanezcan mucho tiempo en el mismo lugar —explicó sin apartar las pupilas de las mujeres—. Son como insectos rodeados de flores, van de un lugar a otro perdiendo y ganando —agregó el dueño del club mientras sonreía lascivamente a una de sus prostitutas—. Preciosas, ¿verdad? —dijo de repente.

—¿Las mesas? —preguntó Michael confuso aún por su descubrimiento.

—Las mujeres… —discurrió Trevor—. Son diosas del pecado, figuras con exuberantes curvas e incitadoras al placer. Desde que aparecen en los salones, ningún caballero puede pensar en otra cosa que no sea elegir a la adecuada, apartarla lejos de las miradas y poseerla. Como puede percibir, no hay mejor forma de adquirir la fidelidad de los clientes.

—Tiene usted un concepto muy limitado sobre las mujeres —apuntó Michael divertido.

—¿Usted no? —espetó alanzando las cejas.

—No —negó categóricamente Michael.

—Pues no creo que haya otra forma de definirlas. Tanto las damas de la alta sociedad como las que recorren las calles de los suburbios solo provocan en los hombres una cosa: deseo. Y, claro está, yo solo soy un intermediario que, ofreciendo aquello que ansían, ve cómo su club adquiere una buena posición en esta ciudad —señaló orgulloso.

—Yo no estaría tan seguro de esa conjetura —prosiguió mordaz. En el fondo se alegraba de haber aceptado el caso de la mesa número siete. Aunque pareciera paradójico, alguien iba a bajarle los humos al señor Reform y que mejor opción que una persona del sexo que infravaloraba de esa manera.

—¿Por qué lo dice? —solicitó entornando los ojos.

—Mientras usted ha centrado su atención en los escotes y en las curvas de sus empleadas, yo he descubierto qué sucede en la mesa que tanto le preocupa —comentó dándose la vuelta y apoyando la cintura en la baranda de madera.

—¡Miente! —exclamó Trevor.

—¿Qué se apuesta? —le desafió, mientras se cruzaba de brazos.

—Si soluciona el problema, le daré todo aquello que me pida —declaró solemne.

—Me parece justo puesto que, posiblemente, me ha arruinado una velada bastante prometedora —convino Michael—. Bien, deje de clavar sus ojos en las curvas de las rameras y céntrese en la mesa que tanto le perturba —le indicó sin moverse—. ¿Qué ve?

—A mi empleado repartiendo sobre el tapete las cartas y a tres caballeros que esperan expectantes los resultados que obtiene la casa —explicó con tono aburrido.

—Fíjese en el caballero de la izquierda, el que está más alejado. ¿No observa nada extraño en él? —insistió, conteniendo en sus palabras la carcajada que estaba a punto de soltar.

—Salvo que presenta una vestimenta algo desaliñada, nada más —comentó Trevor clavando sus ojos en dicho personaje.

—Observe sus manos, señor Reform, ¿no le parecen demasiado pequeñas para un hombre? ¿No le parece extraño que no se haya quitado el abrigo pese a la temperatura que mantiene en su local?

—Hay muchos hombres que se horrorizan de los cuerpos que sus progenitores les han ofrecido. Tal vez ese caballero…

—¿Y qué le sucede a su rostro? ¿También es producto de la genética que no posea una sombra de vello en la barbilla? —insistió divertido.

—¿Cómo puede apreciar esos detalles desde aquí arriba? —preguntó Trevor sorprendido—. Yo apenas distingo las cartas que ha mostrado el crupier.

—Cualquiera que tenga ojos para examinarla, puede descubrir que…

—¿Examinarla? —clamó atónito Trevor volviéndose hacia el inspector—. ¿Me está diciendo que hay una mujer disfrazada en esa mesa?

—Sí, y si mi hipótesis no es falsa, ella será la culpable de las pérdidas que tanto le atormentan. Las dos manos que ha jugado desde que me señaló la mesa, las ha ganado. ¿Qué decía sobre las mujeres? ¿Que solo servían para distraer a sus clientes y ofrecerles el deseo carnal que requieren? Pues como puede advertir, mientras usted corretea bajo las faldas de sus rameras, ella se centra en ganar cada partida que empieza.

—¡Una mujer! —exclamó sin dar crédito a sus palabras—. ¡Una mujer! —repitió para asimilar el descubrimiento. Sus ojos, inyectados en sangre, se quedaron clavados en ella como si pudiese aniquilarla desde donde se encontraba.

—Sí, y ahora, si me disculpa, he de proseguir con la segunda parte de mi trabajo que consiste en bajar y arrestarla para que no continúe con su estafa —comentó Michael descruzándose y dando un paso hacia las escaleras.

—¡No lo haga! —ordenó Trevor agarrándole del brazo impidiéndole que avanzara.

—¿Disculpe? —preguntó observando esa gran mano sobre su antebrazo.

—No la detenga… aún —murmuró soltando ese agarre como si le quemara—. Déjeme averiguar cómo esa desgraciada ha saqueado mis ganancias noche tras noche. Además, me gustaría hacerla padecer todo lo que me ha hecho sufrir antes de que se encuentre entre los barrotes de una de sus prisiones —dijo apretando la mandíbula con tanta fuerza que un leve dolor de cabeza apareció de repente—. Nadie juega con Trevor Reform sin llevarse un buen escarmiento —sentenció.

—No tengo ningún problema en apresarla otro día, pero como comprenderá, si no acato los mandatos legales a los que declaré lealtad… —continuó divertido Michael mientras dirigía la mirada hacia el mismo lugar que Trevor: ella.

—No se ande con rodeos, inspector. Le debo un favor. Gracias por resolver el caso y puede marcharse por donde ha venido —afirmó Trevor sin poder apartar la mirada de aquella pequeña figura que se escondía bajo una prenda demasiado grande.

Michael no replicó las ásperas palabras del dueño del club. Era más, se las perdonó porque, para su placer, la vida le había dado al vanidoso empresario unafuertepatadaenelestómago.«Pordesgracia,señor Reform, nada es lo que parece ni nadie tiene la verdad absoluta», meditó al tiempo que bajaba raudo hacia el primer piso. Debía dirigirse lo antes posible hacia la residencia de los Dustings, todavía tenía la esperanza de encontrar a los Campbell en la fiesta y, si Dios era piadoso, le concedería su deseo de bailar, por primera vez, con April.

II

Jueves, 15 de abril de 1868. Hogar de Valeria Giesler.

—Por favor, no salgas hoy —le rogó Kristel cuando Valeria cogió la peluca rubia que tenía sobre el tocador—. Si tus sospechas son ciertas, él podría sorprenderte en cualquier momento y, ¿sabes qué podría pasarte si descubren quién eres en realidad? —agregó con dramatismo.

Valeria, con el postizo en las manos, se dirigió hacia la silla que había al lado de su cama, se sentó para embutirse los zapatos que, aunque grandes para suspies,eranlosadecuadosparaelatuendoyresopló. Nodebiócomentarleasuangustiosaamigaque,desde el pasado sábado, el señor Reform, propietario de la sala de juegos a la que asistía para obtener las ganancias que necesitaban, paseaba por los salones como si buscara un diamante en el suelo. Pero esa corazonada de que algo marchaba mal la hizo hablar más de la cuenta.Sinembargo,hastaesamismanoche,elcomportamiento inesperado del hombre no le dio a entender que tenía alguna sospecha sobre ella.

Reform mantenía una conducta distante, esquiva y, sobre todo, inalcanzable. Ni tan siquiera se dignaba a hablar con los socios cuando estos pasaban por su ladoylesaludabanconunlevemovimientodecabeza. Déspota, orgulloso, altivo y una deidad eran las palabras que acompañaban siempre a su apellido. Valeria intentabanomirarlocadavezqueaparecíaporlamesa número siete, pero le resultaba imposibleno hacerlo.¿Quién podría apartar los ojos de un ser tan misterioso? Hasta las mujeres que trabajaban allí miraban al señor Reform como si quisieran comérselo. Escuchó, enmásdeunaocasión,cómohablabansobreélyensalzabansusartesamatorias.¿Habríayacidocontodas?¿Poresohablabandeaquellaformatandesinhibida?¿Sería un amante cálido y cariñoso pese a mostrarse tan frío y descortés? Se levantó de la silla, ocultando el sonroje de sus mejillas. No era adecuado que suamiga advirtieseloqueaquelhombreleprovocaba.SiKristel averiguaba hasta qué punto la alteraba cuando caminaba cercano a ella, cerraría la puerta con llave y se la tragaría en elmomento.

Regresó al pequeño tocador para confirmar que laspinzasseajustaban,convenientemente,asucabeza. Al observar sus ojos azules reflejados en el espejo, recordó los de él. No mostraban ningún tipo de sentimiento o emoción, eran tan oscuros y fríos como una gélida noche invernal. ¿Acaso el mismísimo diablo estabaencarceladoenaquelcuerpo?«¿Quémásda? —se dijo—. Lo único en lo que debes centrarte es en ganar cada partida. Lo que haga o lo que sienta ese ambiciosohombredenegocios,nohadepreocuparte».

Noobstante,ypeseaesefirmepensamiento,laimagen del señor Reform la asaltó de nuevo. Su cabello corto, estirado hacia atrás para controlar cualquier rizoindomable. La mandíbula firme, severa, masculina, oculta bajo una pequeña barba rasurada con elegancia… y su granfigura.Valeria tenía la certeza de que el señor Reform podía rodearse de un centenar de personas y que destacaría sobre todas ellas. Era un hombre muy alto, de espalda ancha. Sus piernas, esbeltas y musculosas, lo alzaban y engrandecían frente a los demás. ¿Sería ese elmotivoporelquesenegóaaparecerporelotroclub?¿Se sentía atraída por esa figura inalcanzable? Porque, para su seguridad, la opción de visitar el otro club era lamásadecuada.Eldueñonolesupondríaningúnproblema puesto que, al ser tan mayor, no abandonaba el dormitorio donde vivía y los empleados estaban más concentrados en manipular las partidas que en hacer ganar a la banca. Pero no le gustaba el trabajo fácil y rehusó esa alternativa, o, tal vez, se había empecinado en desplumarlo a él, a ese rufián que alardeaba de su superioridad y menospreciaba la vida de losdemás.

—Quizá todo ha sido producto de mi imaginación—dijo para no preocuparla más—. Si lo piensas con detenimiento es lógico que el dueño del club regente las salas para confirmar que nada altere la paz de sus clientes.

—Pero… no debes sentirte cómoda con todas esas mujeres descocadas merodeando a tu alrededor, mostrando sin pudor sus senos o sus nalgas —añadió Kristel con la esperanza de hacerlarecapacitar.

—Nilasmiro—aseguróValeria,centrándoseenla tarea de abrocharse el cinturón. Debía dejar laprenda con bastante holgura para disimular la silueta de sus caderas—. Solo cuento las cartas que el crupier pone sobre la mesa.

—¿Ni las miras? —repitió incrédula su amiga.

—¿A ellas? No, ¿para qué? —espetó volviéndose haciaelespejo.Sí,nohabíaduda,conaquellasprendas que había guardado de su padre parecía unmuchacho canijo y escuálido más que una mujer que habíasobrepasado los veinticincoaños.

—No sé… Yo las observaría de vez en cuando, solo para saber cómo son y por qué los caballeros no pueden apartar sus manos de ellas —expuso mirando a Valeria como si necesitara excusarse por tener ese pensamiento.

—Pues son mujeres como tú o como yo. Nosotras nos ganamos el sueldo con el don que poseo para los números y ellas ofreciendo lo único que atesoran: su cuerpo—añadiótocandolateladelabrigoquelehabía extendidoKristel.

Debía comprarse otro lo antes posible. Ese, pese a tenerle mucho cariño, pronto llamaría la atención por su imagen tan desaliñada. Por desgracia, los caballeros que visitaban el club vestían de manera inmaculada y lo único que ella podía ofrecer era un suave olor a canela, que, lógicamente, pasada la velada en aquel zulo lleno de humo, se eliminaba conrapidez.

—Yo no soy como ellas… —refunfuñó Kristel—. Además,¿quiénquerríayacerconunamujer que cojea cuando camina? —resopló.

—Un hombre que no le importe ese pequeño defecto físico. Un hombre que, cuando descubra quién es la persona que hay bajo esa apariencia, sea capaz de adorarte como lo hago yo —dijo abrazándola para calmar ese pesar que sentía desde que era muy niña.

—No deberías ir —insistió Kristel sin apartarse.

—He de hacerlo —perseveró Valeria mientras se retiraba con suavidad.

—¿Y si el señor Reform te descubre y llama a las autoridades? —sopesó.

—No tienen nada contra mí. Además, si descubren que una mujer ha estado en un club de hombres desplumando a la banca y a los jugadores que la acompañaban, los periódicos se harían eco de la noticia y el pobreseñorReformveríacómosuqueridísimoclubse arruinaría debido al escándalo —respondió con tanta seguridadque,poruninstante,Kristelparecióconvencida.

No,nopodíapensarenquealgúndíaalguiendesvelaría su secreto. Llevaba varias semanas sentada en aquella silla para conseguir lo que se había propuesto y la presencia de aquel tenebroso hombre no la haría retroceder en su decisión. Se lo había prometido a su madre en su último aliento de vida y, aunque terminase recluida en una austera cárcel, cumpliría esa promesa.

—Ellos no soportarían la pérdida de su hermana —alegó Kristel cuando Valeria se acercó a los pequeñosparadarleelacostumbradobesoantesdemarcharse—. ¿No crees que ya han sufridobastante?

—Ellos necesitan el futuro que les he prometido. Ya sabes que Martin sueña con cuidar el rebaño que compraremos y Phillip quiere hacerse cargo de la siembraquetendremosenesehermosocampo. Sería una desgracia no cumplir sus sueños—indicó después de besarles las sonrojadasmejillas.

Los pequeños apenas sintieron esa caricia en sus rostros, por suerte, dormían plácidamente. Antes no era así. Se despertaban en mitad de la noche, llorando o gritando debido a la hambruna que soportaban. Pero desde que se decidió llevar a cabo su plan, tanto ella como Kristel podían comprar en el mercado todo aquello que necesitaban y mantener sus pequeños estómagos repletos de alimentos. Eso provocaba enellos unos sueños tan intensos y reparadores que, una vez cerrados sus ojos, nada los despertaba. ¿Cómo iba a dejarlotodoporunacorazonada?¿Cómopodíavolver a escuchar aquellos tristes lamentos producidos por el hambre? No, de ninguna manera. Aunque tuviese que pasar el resto de su vida alejada de las personas que amaba, tenía que ser fuerte y continuar, y si para ello tenía que enfrentarse cara a cara con elmismísimo señor Reform, ¡lo haría!

—Una desgracia sería que algún día su hermana mayor no apareciera por esa puerta para abrazarlos y mimarlos —declaró Kristel enojada.

—Pero,porfortuna—dijoacercándosedenuevoa suamiga—,tendríanasuladoaunamaravillosamujer queloscuidaríacomosifuerayoyestoyseguradeque no notarían mi ausencia —añadió dándole un beso en la mejilla—. Ya sabes dónde está el dinero y qué debes hacer si noaparezco.

—Sí, lo sé —respondió a través de un enorme suspiro.

—Descansa un rato. Te prometo que volveré lo antes posible —manifestó antes de cerrar la puertacon mucho cuidado.

Cuando salió, Valeria se subió las solapas del abrigo para resguardarse del frío. Después de rezar, como cada noche, a las almas de sus padres para que la ayudaran a regresar, se dirigió hacia el club. Muy pronto alcanzaría la suma necesaria para no visitar más aquel lugar apestado de humo y de caballeros desvergonzados. Dejarían de vivir en Brick Lane y podrían marcharse los cuatro hacia el pueblecito donde les esperaba esa pequeña granja en la que viviríanfelices. Una vez logrado esto, dejaría su pasado en aquella miserable ciudad, borrando de sus mentes las calamidades que habían padecido desde que se quedaron huérfanos.

Arropada y oculta bajo la oscuridad de la noche, continuó andando hasta que llegó a la calle donde se encontrabaelclub.Durantetodaslasnochesquehabía acudido hasta el momento, jamás se decidió a mirar haciaelprimerpiso,lugardondesedecíaqueeldueño tenía su despacho y las habitaciones que requeríansus clientes. Sin embargo, el cambio de actitud del señor Reform la tenía tan alterada y alarmada que sedecidió alzar la mirada y clavarla en esa parte de local que no solía observar.

De repente, las fuerzas de sus piernas empezaron a desaparecer y notó cómo se ralentizaban los latidos de su corazón. Estaba allí. Esa silueta que seríahallada sin esfuerzo alguno, permanecía en la ventana, como si la estuviese esperando. La luz anaranjada que lo iluminaba le ofrecía una visión más terrorífica de la que ya poseía. ¿Qué diablos miraba? ¿Por qué notaba un cosquilleo recorrerle el cuerpo? ¿Su corazonada sería cierta? ¿Sabía él quién se ocultaba bajo aquellas ropas masculinas?Astuto,hábilyperspicazeranotrosadjetivos que los caballeros utilizaban para describirlo. «No piensestonterías,Valeria—seanimó—.Esecretinotan solo mira hacia la calle para contar cuántos caballeros se acercan hoy a su local, nadamás».

Le costó mucho apartar la mirada de esa imagen peligrosa, pero cuando lo logró, la clavó en el suelo y prosiguió el camino hacia la entrada del edificio. No podía preocuparse de otra cosa que no fuese ganar todaslaspartidasposibles,enregresarasu,porahora, hogar, y hacer desaparecer ese pálpito que le gritaba que todo estaba a punto decambiar…

Como era habitual, al poner un pie en la primera escaleradellocal,unsirvienteleabriólapuertayledio labienvenida.

—¿Me permite su abrigo, señor? —le preguntó como solía hacer cada vez que aparecía.

—No, muchas gracias —comentó endureciendo la voz—. No deseo enfermar por permanecer unas míseras horas ahí dentro. El dueño de este club debería prestar más atención a la temperatura que posee el interior.

—Le haré llegar su queja, señor. Espero que pase una buena noche —dijo el empleado para despedirse.

Siempre le contestaba igual, pero hasta el momento, ni le habían obligado a quitarse el chaquetón ni el mismísimo señor Reform le había pedido disculpas por no avivar los fuegos de las chimeneas. ¿Cómo iba a centrarse en semejante trivialidad? Él no podría malgastar su valioso tiempo en nimiedades porque, si lo hacía, no podría disfrutar del placer que le proporcionaría introducirse en una tina repleta de champán con sus fulanas… Otro inesperado sonroje apareció ensusmejillas.¿Porquélehervíalasangrealpensar tales tonterías? Por rabia. Sí, Valeria se encolerizaba al observar el comportamiento miserable de unapersona que no recordaba su pasado, donde las calamidades eranlasombradiaria.Todoesoloolvidóparadarpaso a un presuntuoso y avaro hombre denegocios.

—Disculpemitorpeza—dijounavoztrasdarleun empujón que casi la hizo caerse deespaldas.

Valeria levantó su rostro para increpar al caballero la inapropiada torpeza cuando se quedó muda. Reconoció con rapidez ese hercúleo cuerpo y esos ojos verdes como las hojas de los árboles en primavera. ¿Qué hacía el inspector allí?¿Porquémostrabaunextrañobrilloenlamirada? Temblandodemiedo,agachólacabezaylerespondió.

—No se disculpe, yo tampoco he mirado por donde voy.

—Siendo así —comentó con un tono que Valeria describió como burlón—, buenas noches, caballero. Le deseo una velada afortunada.

—Gracias —dijo temblándole la voz.

Con paso rápido, dejando atrás a ese hombre que desprendía seriedad y peligro, se dirigió hacia la sala donde debía permanecer las horas siguientes. Tal vez hoysíaceptaríaesacopadebienvenidaqueloscamareros ofrecían a los socios nada más llegar, para calmar la intranquilidad que la presencia del inspector le otorgó. Miró a su alrededor, buscando la otra figura masculina que tanto la aterraba. Por suerte para ella, aún no merodeaba por la zona. ¿Qué habría sucedido para que el señor Reform hiciera llamar al agente? ¿La corazonada, esaqueleimpedíahastarespirar,leseñalabaquehabían averiguado su secreto? No, no podía ser ese el motivo porque,silofuera,ellanohabríaaccedidoallocal,elinspector la habría apresado sin dudarlo un solosegundo.

Suspiró hondo, intentando encontrar el control que había perdido tras hallar a la persona que podría cambiar el rumbo de su vida, pero… ¿quién puede relajarse en una situación igual?

—Señor… —dijo un empleado—. ¿Le apetece…?

Valerianoescuchóterminarlapreguntadelmozo,cogió la primera copa que encontró a su alcance, se la bebió de un trago y luego hizo lo mismo con otra.

—Delicioso —comentó chasqueando la lengua—. Ha de indicarle al señor Reform que cumple lasexpectativas de sus codiciososclientes.

—Se lo haré saber —respondió el empleado antes de despedirse con un leve movimiento de cabeza.

Con el licor recorriendo su garganta, calentando ese estómago que permanecía vacío, Valeria avanzó hacia la sala donde esperaba, al fin, poder jugar. Despacio, y sin querer llamar demasiado la atención, se posó en el asiento más alejado de la puerta donde no podría verla salvo que se sentara a su lado. ¿Por qué pensaba tan a menudo en él? ¿Por qué la preocupabatantosidecidíabajardelaoficinaypasearporsu local? La respuesta le golpeó la cabeza como si fuese un grueso bastón: porque si se cumplía la advertencia de Kristel, no volvería a ver a sushermanos.

—Buenas noches, milord. ¿Cartas? —preguntó el crupier cuando ella tomó asiento.

—Sí—respondiómientrasmetíalamanoenelbolsillo derecho para sacar las nueve fichas que se había guardado la nocheanterior.

Como siempre hacía, las contó y posó sobre el tapete la de menor cantidad. Ese era el sistema que utilizaba: comenzar con la más pequeña y según aparecían las cartas, y después de calcular la posibilidad de hallar el mejor resultado, aumentaba o se paraba. Valeria tenía la certeza de que si algunos de los allí presentes estuvieran más pendientes de averiguar qué cartas podían aparecer, en vez de distraerse con lasfulanasqueelseñorReformhabíacontratado,nosemarcharían a sus hogares con los bolsillosvacíos.

—Tienes un don —le dijo a ella el señor Fhiodher, el profesor que, clandestinamente, le daba clases después de que Valeria realizara los quehaceres por los que había sido contratada—, y deberías aprovecharlo.

—No creo que, en el futuro, se me permita utilizarlo para nada —comentó ella mirando de nuevo los libros que tenía sobre la mesa.

—Si estuviese en tu lugar, lo haría —insistió el profesor.

—¿No se da cuenta de que soy una mujer? —preguntó apartando los libros de la mesa de un manotazo.

—¿Y? —perseveró el anciano recolocando en su lugar esos tomos que habían caído al suelo.

—Contar, sumar, multiplicar o solucionar algoritmos no serán de utilidad para mí. Como ya sabe, mis padres solo piensan en encontrar un buen marido y convertirme en una esposa respetable.

—Bueno… —murmuró mientras agarraba sus manos porlaespaldaysedirigíahaciaelpizarrónquehabíacolgado en la pared—, una esposa eficiente puede llevar las cuentas del hogar.

—No me deprima más—expresóValeriapegandosu rostro a las portadas de esos libros de álgebra—. ¿Cree de verdad que un marido dejaría a su esposa realizar tales tareas? Si alguno de los que intentan cortejarme descubre que puedo solucionar problemas aritméticos que ellos noresolverían en años, me quemarían en una hoguera por brujería.

—Eres muy inteligente y, si fuese tú, utilizaría ese ingenio para conseguir aquello que me proponga. Tal vez un día encuentres a ese hombre que, no solo se enamore de tu belleza sino también de aquello que guardas en tu mente.

—¡No quiero un marido, señor Fiodher! ¡Quiero regresar a Alemania! ¿Cree que calculando fracciones o solucionando teorías sobre las relaciones binarias regresaré al país del que no debí partir jamás? —soltó irónica.

—Sierescapazdededucireltiempo,elcosteycómosaldrás de tu habitación, sin que tus padres lo averigüen hasta que estés dentro de un barco que haya zarpado la semana anterior, quizá… —le respondió con una enormesonrisa.

—¿Blackjack? —preguntó el crupier despertándola del recuerdo.

—Para empezar, está bien —afirmó mirando sin parpadear las dos cartas que el empleado posó a su lado.

—¿Aumenta la apuesta, señor? —espetó intrigado el mozo.

—Sí, la aumento… —respondió posando sobre laficha anterior dos más.

III

«Valeria Giesler…», susurró para sí Trevor mientras se ponía la chaqueta del traje. En ningún momento había imaginado que ella tuviese origen alemán, aunque claro, tampoco había pensado, alguna vez,queunamujersedisfrazaríadehombreyentraría ensuclubparamarcharseconlosbolsillosrepletos. PoresopensóqueeraunaempleadadeHondherton, ¿cómo iba a cuestionarse otra razón? Pero aclarada la duda sobre el tema de espionaje, se centró en el verdadero motivo; ella era una huérfana que tenía bajo su protección a dos hermanos y los sacaba adelante con las ganancias que obtenía en el juego. Mas, eso no justificaba el fraude que realizaba. Tenía muchas formas de adquirir la fortuna que requería para sobrevivir sin poner en peligro la reputación de su club. «Siempre gana y de manera limpia», meditó Trevor saliendo de su despacho.

Desdequeelinspectorleexplicósuhallazgo,había permanecido más tiempo del que solía emplear en los salones. Observaba, con discreción, las jugadas de ella y, en ningún momento, robaba ni engañaba. Su forma de apostar era calculada, racionada y, por supuesto, esquiva y recelosa. En multitud de ocasiones, cuando ella fijaba sus ojos en las cartas, podía apreciar cómo aquella pequeña cabecita premeditaba, con increíble precisión, qué carta aparecería después. ¿Cómo lo hacía? ¿Acaso era una jugadora empedernida o tal vez había memorizado algún resquicio en la baraja? No, eso tampoco podía ser. Todos los crupieres comenzaban la noche con naipes nuevos que él mismorevisaba conexhaustividad.Entonces…¿cómoconseguíaganar todas laspartidas?

Intrigado por averiguar la verdad, Trevor decidió hallar la respuesta esa misma noche. Antes de descender por las escaleras de sólido roble oscuro, apoyó las manos sobre la barandilla y la contempló acceder al interior del hall. Seguía ocultando su cuerpo con ese abrigo que barría el suelo a su paso. Reform frunció elceñoaladvertirqueelinspectorsedirigíadirectamente a ella. Sus palmas se extendieron por el pasamanos y lo agarró con fuerza. Le había solicitado que no se acercara, que no la investigara, que se olvidara de Valeria, porque ella era su problema y debía zanjarlo sin la ayuda de nadie. Con los ojos marrones clavados en esa escena, contempló cómo el rostro de la mujer palidecía al descubrir quién era la persona con quienhabíatropezado.«¡Malditoseas!»,gruñóTrevor. No quería que se marchara del club por la presencia de Michael. Si ella lo hacía, si ella se marchaba esa misma noche, se temía que no volvería a verla y, aunque le pareciera extraño, le agradaba salir de su despacho paraespiarla.

De reojo apreció cómo uno de los empleados se acercaba a la puerta por donde aparecían las mujeres que entretendrían a sus afamados clientes. En esta ocasión, no le apetecía que merodearan con sus típicos movimientos descocados. Deseaba mantenerse concentrado en el comportamiento de Valeria, pero les había prometido un buen trabajo, un buen salario y debía cumplir con su palabra. Con desgana, levantó la mano para que el criado acatara la orden y, como era habitual, este abrió la puerta para que saliese esa docena de atrevidas buscando supaga.

Conelceñofruncido,bajólasescaleras.Debíacontinuar con esa discreción que había mantenido desde el sábado. Nadie parecía extrañado por su cambio de actitud, tal vez porque todo el mundo suponía que, como dueño de un lugar así, era su deber merodear por los salones para confirmar que todo estaba en orden y que no se armaría ninguna trifulca entre los jugadores. Antes de que Valeria apareciese le designó esatareaaWolf,apelativoqueleveníaperfecto,pero desde que abandonó el despacho, desde que tenía un estímuloparalevantarsedelcómodoasiento,élmismo se ocupaba de esa seguridad. Aunque no era la primera vez que empleaba las grandes dimensiones de su cuerpo para calmar los delirios de algún socio… Sin ir máslejos,elmesanteriortuvoqueesquivarunanavaja que iba directa a su pecho. «Quehaceres habituales», definía él las peleas que se iniciaban sin poder apaciguarlas antes de que volaran las sillas o los clientes salieran despavoridos.

Con la firme idea de continuar con ese reconocimiento rutinario, Trevor caminó por el gran pasillo mirando de reojo aquella zona. No había nadie con ella salvo el crupier. ¿Tendría Berwin razón? ¿Sus socios empezaban a pensar que la mesa estaba maldita? Porque no era normal que, pasadas las diez de la noche, nadie se decidiera jugar en aquel lugar. Enojado, caminó directamente hacia ellos. ¿Cómo actuaría cuando la descubriese? ¿Se marcharía alegando cualquier excusa? ¿O, por el contrario, continuaría jugando como si él no existiera? Trevor notó un dolor extraño en su estómago. ¿Estaba nervioso? ¿Le alteraba enfrentarse a ella? ¿O solo se trataba de ese orgullo masculino que le gritaba lo ridículo que se encontraría si perdiese ante una mujer? No, eso no era motivo suficiente para sentir tal punzada hiriente. Algo, un pálpito, un presentimiento, le golpeaba el pecho para indicarle que la decisión que acababa de tomar no era la adecuada. ¿Por qué? ¿Acaso no sería capaz dellevar a cabo su plan? ¡Claro que lo haría! Y, una vez queella no tuviese escapatoria, una vez que fuera consciente dequesabíaquiénseocultababajolaharapientavestimenta, disfrutaríahumillándola.

Despacio, para no alterarla todavía, se desabrochó los botones de la chaqueta y se sentó a su lado. De repente, un embelesador perfume a canela le llegó a su nariz. ¿Provenía de ella? ¿Valeria utilizaba el olor de una especia para rociar su cuerpo? Esa pregunta lo condujo directamente a una imagen que no debía permitirse porque lo único que pretendía era avergonzarla,noimaginarcómoseveríadesnudacontansoloese perfume cubriéndola mientras sonreía perversa sobre su lecho.

—Señor Reform —le saludó el crupier asombrado al verlo aparecer.

—Buenas noches, Gilligan. Esperaré a que el caballero termine su partida —dijo cogiendo uno de sus habanos para encenderlo mientras llegaba su turno.

Miró de reojo a Valeria, se había encogido al advertir su presencia. «¿Me temes? —se preguntó—. Te aconsejo que lo hagas porque vas a pagar todo lo que has hecho desde que pusiste un pie en mi club», declaró enfadado.

IV

Ensilencioyconlaprofesionalidadqueacostumbraba, el crupier mezcló las cartas, las colocó sobre la mesa y ella las partió en dos. Atenta y sin pestañear, dejó que los dos primeros naipes se quedaran frente a sus manos mientras el muchacho obtenía las suyas. Tras rezar para que la suerte la acompañara, las contó y las miró sin parpadear. ¡No podía ser! Aguantando ese enojo que le producía tener unas cartas desastrosas, sonrió como si tuviese la mejor jugada de suvida.

—¿Alguna más? —demandó el muchacho.

Estaba a punto de responderle que sí cuando alguien se sentó a su lado. En un primer momento no reparóenaveriguardequiénsetratabaporquelefaltaban diez puntos para alcanzar el veintiuno y no podía descuidarse. Pero cuando apreció cómo la respiración del empleado se entrecortaba, miró de reojo paraaveriguar quién podría alterar de esa manera aljoven.

—SeñorReform—dijoesteconuntonodevozque denotaba asombro.

—Buenas noches, Gilligan, esperaré a que el caballero termine su partida —comentó al tiempo que buscaba algo en uno de sus bolsillos.

Valeria estuvo a punto de levantarse y dejar la jugada sin finalizar. De todas maneras, parecía que la suerte había cambiado después de la aparición del dueño del club.

«Estámaldito—dijounavozensucabeza—.Vete, huye lo antes posible de aquí. Ese hombre oscuro solo te atraerá malasuerte».

—Buenas noches, espero que mi presencia no interrumpa su jugada —dijo Trevor al advertir que ella movía inquieta sus pies como si estuviera decidiendo marcharse.

—No, claro que no —respondió Valeria con esa voz que intentaba mantener para aparentar un chico en plena pubertad.

—Me mantendré callado hasta que finalice, se loprometo —comentó él mientras prendía su habano.

—¿Señor? —le preguntó el crupier a Valeria alver que no había prestado atención a la carta que le había puesto sobre lamesa.

—Sí, por supuesto —respondió.

Con la mirada en suscartas,haciendounrecuentodeposibilidadespara alcanzar los seis puntos que le faltaban y deduciendo cuántas necesitaría el crupier para plantarse, Valeria perdió la noción del tiempo porque la concentración querequeríaseesfumóalrespirareloloratabaco.¿Cómo podía gritarle al dueño del club que eliminara esa pestilencia?

—¿Ofrecerá una nueva apuesta? —intervino Reformdespuésdeecharporlaboca,demanerasuave y pausada, el humo que habíainhalado.

—¿Perdón? —espetó Valeria mientras sus pies repiqueteaban en el suelo.

—Mi empleado le ha preguntado si prosigue o se detiene —aclaró.

Valeria miró asombrada al dueño del club y luego alempleado,queconfirmabalaspalabrasconunsuave movimiento de cabeza.

—Pido una nueva carta —dijo al fin—. Por favor, si es tan amable de apagar ese puro, se lo agradecería. Me está desconcentrando el humo gris que sale por su boca —indicó enojada.

—¿No fuma? —preguntó dirigiendo el cigarro hacia ella—. ¿Bebe, tal vez? —insistió sin apartar los ojos de aquel semblante que, para su deleite, había tomado un color rojo. «Azules. Tan azules como el mismo cielo», reflexionó Trevor sobre los ojos de Valeria.

—No, gracias. Y ahora, si no le importa, no se mueva,nohabley,siesposible,norespirehastaquefinalice la partida. Una vez terminada, le dejaré el espacio suficiente para que prosiga divirtiéndose con esos vicios tan repulsivos —apuntóairada.

—Repulsivos… —murmuró Trevor antes de apagar el cigarro en el cenicero de cristal que había frente a él—. Pues este vicio repulsivo —añadió con retintín—tiene un coste de dos libras por cada pieza.

—Pues es una lástima que una persona malgaste susgananciasdeesemodocuandohaytantagenteque semueredehambreporlascalles—apuntógirandode nuevo la cara hacia el crupier y centrando su atención enlascartas—.Dosmás,porfavor—señalóaGilligan, que observaba la escena con una mezcla de miedo e interés.

«Cabello oscuro», se dijo Trevor. En el brusco movimiento, ella no se había dado cuenta de que la peluca se había torcido levemente y, por la oreja derecha, unas hebras de pelo negro tenían la intención de salir. Anonadado, más de lo que debería mostrar unhombrefrenteaotro,sequedóobservandoaquellos hilos morenos, después bajó la mirada lentamente por la mejilla, sonrojada todavía, prosiguió con el cuello y se quedó justo en esa parte del cuerpo al escuchar cómo carraspeaba su empleado. Con rapidez, apartó la mirada, pero le fue imposible no dirigirla hacia las manos. Esas de las que había hablado el inspector. Y tenía razón. No eran masculinas sino femeninas. Los dedos de pequeño tamaño creaban una perfecta armonía con las palmas. Suaves, debían ser muy suaves porque no halló ni un resquicio de dureza en ellas. Las uñas, recortadas como mostraría un caballero, estaban impolutas. ¿Cómo podía mantener unas manos tan cuidadas viviendo en un barrio como Brink Lane? Por lo que él recordaba, vagamente por suerte, las paredessiempreestabansuciasaligualquelossuelos.Se podían encontrar, en cada paso que se daba, a vagabundos sentados o tumbados sobre los adoquines, borrachos, fulanas, niños mugrientos llorando… ¿dónde se resguardaba para cuidarse de aquellaforma?