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Irene es una mujer burguesa, acomodada y aburrida. En ese estado de apatía se encuentra cuando, durante una de esas veladas sociales que son su único entretenimiento, conoce a un joven pianista que se convierte en su amante. Sin embargo, visitarlo a escondidas se transforma pronto en una parte más de su rutina... hasta que una astuta y amenazadora mujer descubre su infidelidad y empieza a extorsionarla a cambio de su silencio. Desde ese momento, el tedioso día a día de Irene se convierte en una vida de secretos y miedo que no sabe durante cuánto tiempo podrá soportar.
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Seitenzahl: 111
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Al bajar la escalera del apartamento de su amante, la señora Irene sintió una vez más aquel miedo absurdo apoderándose de pronto de ella. Un torbellino negro comenzó a girar ante sus ojos, las rodillas se le quedaron congeladas con una rigidez espantosa, y tuvo que agarrarse como pudo a la barandilla para no caer de bruces. No era la primera vez que se atrevía a hacer aquella arriesgada visita. Aquel horror repentino no era nuevo para ella. Pese a lo mucho que trataba de mentalizarse, cada vez que volvía a casa era presa de ataques de pánico semejantes, provocados por un miedo infundado y ridículo.
El recorrido hasta su cita era fácil y sin ningún peligro: mandaba detener el coche en la esquina y caminaba, a toda prisa y sin levantar la mirada, los pocos pasos que la separaban del portal. Luego subía veloz los escalones, porque sabía que él ya la esperaba tras la puerta, que abría rápidamente. Y aquel primer miedo, en el que también ardía la impaciencia, se derretía con la pasión del abrazo al reencontrarse.
Sin embargo, a la hora de volver a casa se alzaba otro miedo, escalofriante y misterioso, que se mezclaba confusamente con el estremecimiento que le causaba la culpa y con el pensamiento delirante de que cualquier desconocido que la mirase podía leer en ella de dónde venía y responder con una sonrisa descarada que la confundía. Los últimos minutos junto a él ya estaban envenenados por esa creciente inquietud. Al disponerse a partir, le temblaban las manos por la prisa y por los nervios; apenas oía, distraída, las palabras de él, y rechazaba con brusquedad sus últimas muestras de pasión. Todo lo que quería era salir del apartamento, de aquella casa. Regresar de la aventura a su tranquilo mundo burgués.
Apenas se atrevía a mirarse en el espejo por miedo a ver la agitación en sus ojos. Pero era necesario examinar si había algo en su aspecto que, por descuido, pudiera delatar su apasionada cita. Aún le llegaban unas palabras de él, que trataban de tranquilizarla en vano, y que ella, inquieta, apenas escuchaba. Aguardaba unos segundos al acecho, escondida detrás de la puerta, por si alguien subía o bajaba por la escalera.
Pero afuera solo la esperaba el miedo, impaciente por apoderarse de ella. Le oprimía el corazón de una manera tan implacable que comenzó a bajar los pocos escalones sin aire; sentía que le fallaban las fuerzas.
Estuvo quieta un minuto, de pie, con los ojos cerrados, inspirando con avidez el frescor de la escalera, que estaba a oscuras. De pronto, se oyó un portazo en uno de los pisos de arriba. Se encogió aterrorizada y se lanzó escaleras abajo, mientras apretaba aún más el tupido velo que sostenía con sus manos de forma maquinal. Ahora se cernía sobre ella la amenaza del último y más terrible momento: salir de un portal extraño a la calle y encontrarse con la pregunta inquisidora de un conocido que querría saber de dónde venía, y la conduciría a la confusión y a una mentira arriesgada. Bajó la cabeza como si fuera un saltador que toma carrerilla y se abalanzó con brusca determinación hacia la puerta entreabierta.
Entonces chocó con violencia con una mujer que se disponía a entrar.
—Perdón —dijo desconcertada, y se esforzó por dejarla atrás rápidamente.
Pero la mujer, que obstruía todo el ancho de la puerta, le clavó una mirada encendida de cólera y evidente desprecio.
—¡Por fin la he pillado a usted! —gritó con una voz ronca, desatada—. ¡Vaya, es una señora respetable, o sea, una supuestamente respetable! No le basta con un marido, el dinero en abundancia y todo lo que tiene. Además, tiene que quitarle el novio a esta pobre chica…
—Por el amor de Dios… ¿Qué dice usted? Creo que se confunde… —tartamudeó la señora Irene.
Hizo un torpe intento de escabullirse, pero la mujer tapaba con su cuerpo enorme todo el hueco de la puerta, y la acusaba con voz chillona:
—No, no me confundo… La conozco a usted… Viene usted de estar con Eduard, mi novio… Por fin la he pillado. Ahora sé por qué tenía tan poco tiempo para mí últimamente… Por usted, ¡una cualquiera!
—Por el amor de Dios, no grite, por favor —la interrumpió la señora Irene con un hilo de voz.
Retrocedió sin darse cuenta hacia el vestíbulo. La mujer la observaba con gesto burlón. El miedo y la indefensión evidentes parecían gustarle, porque observaba de arriba abajo a su víctima con una sonrisa entre jactanciosa y socarrona. Con aquella grosera satisfacción, su voz se amplificó y se volvió casi flemática.
—Bien, o sea que este es el atuendo de las damas casadas, nobles y distinguidas, cuando salen a robarles los novios a las demás. ¡Con un velo! Claro, ocultas detrás, pueden pasar por mujeres respetables en cualquier parte…
—¿Qué quiere usted de mí? No la conozco. Tengo que marcharme…
—Marcharse, claro… ¡Con su señor marido! A jugar a la dama distinguida en su acogedor salón y pedir a la criada que le ayude a desvestirse… Pero lo que nos pase a las demás, si nos morimos de hambre… esas cosas no les quitan el sueño a las damas distinguidas. Esas señoras tan respetables que le roban a una pobre como yo lo único que tiene…
Irene se repuso y, obedeciendo a un vago impulso, sacó el monedero y agarró todos los billetes que pudo.
—Ahí tiene usted… Pero ahora déjeme. No volveré por aquí nunca más, ¡se lo juro!
Con una mirada maliciosa, la mujer se apoderó del dinero mientras murmuraba:
—¡Lagarta!
La señora Irene se encogió, dolida ante semejante expresión, pero vio que la otra dejaba la puerta libre y se precipitó afuera, sofocada y sin aliento, como una suicida alejándose de una torre. Mientras se alejaba a toda prisa, los rostros que pasaban a su lado le parecían deformes, y se dirigió a duras penas, con la mirada perdida, hasta un automóvil aparcado en la esquina. Se dejó caer en el asiento trasero como una masa inerte y, entonces, todo en ella se volvió rígido e inmóvil. Cuando el conductor, asombrado ante la extraña pasajera, preguntó a dónde iban, ella lo miró petrificada, sin entender, hasta que su cerebro aturdido consiguió encontrar las palabras:
—A la estación del Sur —soltó de forma apresurada. Y luego, espantada ante la idea de que la mujer pudiera estar siguiéndola, exclamó—: ¡Deprisa, deprisa! ¡Vaya usted lo más rápido posible!
Cuando el coche se puso en marcha, notó cuánto le había afectado aquel encuentro. Se palpó las manos que le colgaban del cuerpo, inertes y frías como objetos muertos, y comenzó a temblar de tal modo que le daban espasmos. Un regusto amargo le trepaba por la garganta, tenía ganas de vomitar y, al mismo tiempo, una rabia sorda y sin sentido se revolvía como un calambre en el interior de su pecho.
Le habría gustado gritar o ponerse a dar puñetazos para librarse del horroroso recuerdo que se le había clavado en el cerebro como un anzuelo; aquel rostro grosero con su risa burlona, aquellas acusaciones vulgares en las que flotaba el mal aliento de la proletaria, la boca vil que le escupía groserías a la cara y el puño cerrado y rubicundo con el que la había amenazado.
Las náuseas eran cada vez más fuertes y le ascendían más y más por la garganta, y a eso se sumaba el coche, que iba a toda velocidad, girando a derecha e izquierda. Iba a pedirle al conductor que fuera más despacio cuando cayó en la cuenta de que quizá no llevaba bastante dinero para pagarle, pues le había dado todos sus billetes a aquella chantajista. De inmediato, indicó al conductor que se detuviese y se apeó a toda prisa, ante el renovado asombro del hombre. Por fortuna, el resto de su dinero había sido suficiente.
Se encontró perdida en un barrio desconocido, en medio de una multitud de personas ajetreadas. Cada palabra y cada mirada le producía un dolor físico. Las rodillas le flaqueaban por el miedo y se resistían a dar ni un paso. Pero era preciso que fuera a casa, así que, reuniendo todas sus fuerzas, se obligó a avanzar por las calles con un esfuerzo sobrehumano, como si estuviera vadeando un terreno pantanoso o caminase por la nieve y esta le llegara hasta las rodillas. Por fin, llegó a su casa y subió corriendo las escaleras, con una urgencia que enseguida moderó para no llamar la atención.
Pero no recuperó la compostura hasta que la doncella le quitó el abrigo y oyó a su hijo pequeño jugar con su hermana menor en el cuarto contiguo. Según miraba alrededor fue encontrando la calma en ese espacio propio en el que se sentía segura, aunque en el interior de su pecho una ola aún se agitaba dolorosamente.
Se quitó el velo, suavizó la expresión, decidida a parecer despreocupada, y entró en el comedor, donde su marido leía el periódico sentado a la mesa, dispuesta para la cena.
—Irene, querida, se te ha hecho un poco tarde —la saludó con cierto tono de reproche.
Luego se levantó y la besó en la mejilla, lo que involuntariamente despertó en ella un penoso sentimiento de vergüenza. Se sentaron a la mesa y, con indolencia, apenas levantando la vista del periódico, le preguntó:
—¿Dónde has estado tanto tiempo?
—Pues he estado… con… con Amelie… Resulta que ella tenía que hacer unas compras y la acompañé.
Se enfadó consigo misma por su falta de previsión, que la había obligado a inventar esa pésima mentira. Otras veces traía preparada una excusa cuidadosamente calculada para resistir a todas las posibles preguntas. En cambio hoy, debido al miedo, se había olvidado de hacerlo, y se veía obligada a improvisar con torpeza. Por un momento cruzó por su mente la idea terrible de que a su marido, como en una obra que habían visto en el teatro, se le ocurriera llamar por teléfono y comprobar…
—¿Qué te pasa? Pareces muy nerviosa… ¿Y se puede saber por qué no te has quitado el sombrero? —preguntó él.
La señora Irene se sobrecogió al verse de nuevo atrapada en su confusión. Se levantó a toda prisa, fue a su cuarto, se quitó el sombrero y examinó en el espejo la inquietud de sus ojos hasta que su mirada le pareció de nuevo segura y firme. Entonces regresó al comedor.
La criada llegó con la cena, y la velada trascurrió como todas las demás. Quizá un poco más lacónica y menos animada de lo habitual. Una velada con una conversación pobre, lánguida y a menudo atascada. Los pensamientos de la señora Irene volvían atrás una y otra vez. Se sobresaltaba al recordar cómo había tenido que soportar la angustiosa cercanía de la chantajista. Recorría con la mirada esa estancia en la que se sentía protegida, rozaba con suavidad uno tras otro los objetos de su entorno; cada uno de ellos estaba colocado en la habitación en función de su significado y de los recuerdos que albergaba. Así, la señora Irene fue recuperando una tenue calma. Entretanto, el reloj de pared, que atravesaba el silencio de forma pausada con sus pasos acerados, devolvía imperceptiblemente a su corazón algo de su latido uniforme, despreocupado y seguro.
A la mañana siguiente, cuando su marido estaba en su despacho y los niños se fueron de paseo, ella se quedó por fin sola. Aquel espantoso encuentro, examinado a la clara luz de la mañana, ya no resultaba tan alarmante.
Para empezar, la señora Irene reflexionó que su velo era muy tupido y, por lo tanto, resultaba imposible distinguir con precisión los rasgos de su cara y reconocerla. A continuación, examinó con detenimiento todas las medidas que debía de tomar a partir de ese momento: de ningún modo volvería a visitar a su amante en su casa; con lo que quedaba sin duda descartada la más mínima posibilidad de volver a vivir un incidente semejante. Aunque persistía el riesgo de un nuevo encuentro casual con la mujer, lo consideraba bastante improbable, porque había huido en automóvil y la otra no había podido seguirla. Tampoco sabía su nombre ni su dirección, y no era de temer que la reconociera, ya que ni siquiera le había visto el rostro: lo había llevado velado todo el tiempo.
Pero la señora Irene quería estar preparada también para ese caso improbable. Como el miedo ya no la agobiaba, decidió que, si se repetía el encuentro, mantendría la actitud serena, lo negaría todo, sostendría que se trataba de un error y, como difícilmente podría probarse la existencia de aquella visita, acusaría a la mujer de chantaje. No en vano, la señora Irene era la esposa de uno de los más prestigiosos abogados de la corte. Sabía muy bien, por las conversaciones con colegas de su marido, que los chantajes debían atajarse enseguida y con la mayor sangre fría, porque cualquier titubeo, cualquier muestra de inquietud por parte del acosado, no hacía sino aumentar la ventaja de su adversario.
La primera precaución que aplicó fue escribir una breve carta a su amante, donde le decía que no podría acudir al día siguiente a la hora convenida, ni tampoco los próximos días. Al releerla, esa primera versión en la que ya había estampado su firma le pareció un poco fría, y ya se disponía a sustituir las palabras poco atentas por otras más íntimas cuando el recuerdo del encuentro del día anterior le hizo entender que el origen de esa frialdad venía del resentimiento, inconsciente pero vivo. Su orgullo estaba herido por el bochornoso descubrimiento de saberse la sustituta de una predecesora tan vil e indigna. Y, al examinar de nuevo con este ánimo hostil las palabras que había escrito, decidió disfrutar de una pequeña venganza y mostrarse fría, dejando a su capricho si acudiría a ver a su amante o no.
