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Hay días misteriosos en los que uno empieza algo y no sabe adónde le va a llevar. Y si comienzas uno de esos días en un parque misterioso, subiendo los escalones de un tobogán más misterioso aún, ¿cómo no vas a terminar en lugares inesperados?El día en que Marcos se separa de su niñera Tanatia en el parque es una de esas jornadas sorprendentes. Un día en el que todo puede salir mal, pero también en el que se pueden conocer personas que se quedarán para siempre en tu interior... Personas como Casilda, el abuelo Junior, el Capitán pirata Speedy y hasta La Muerte en carne y hueso (o más bien en hueso solo). Sí: es uno de esos días en los que las cosas importantes pasan por nuestro lado, nos reconocen y se nos pegan, aunque nosotros no las reconozcamos. ¿Quién sabe cuándo puede ocurrirte a ti uno de esos días?
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Seitenzahl: 186
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Dedicado a todos los que se han marchado demasiado pronto. A Amparo y a José. Con la convicción de que
Amad el arte; entre todas las mentiras, es la menos mentirosa.
GUSTAVE FLAUBERT
Las huellas de las personas que caminaron juntas nunca se borran.
Tanatia rompió el papelen pedacitos muy muy pequeños. Lo hacía así cuando se enfurecía, y se enfurecía cuando un dibujo no le salía como ella lo había imaginado. En ese momento, Marcos abrió la puerta del dormitorio. Una corriente de aire frío arrastró los papeles por la ventana abierta, y durante un breve instante se arremolinaron en el aire y reconstruyeron la imagen ante la mirada atónita de Tanatia.
Segundos más tarde, se alejaron volando como un pequeño y errático tornado.
Tanatia se giró bruscamente hacia el niño y le miró furiosa, con ojos pequeños y brillantes como moras negras. Hoy era su día libre. El día en el que no tenía que cuidar del pequeño.
–¿Qué te he explicado sobre las puertas?
–Que están dormidas –recordó Marcos automáticamente.
–¿Y qué hay que hacer para despertarlas?
–Darles unos golpecitos.
–Exacto –puntualizó Tanatia–, darles unos golpecitos.
Marcos sopesó cuidadosamente estas palabras y volvió a cerrar la puerta. Dudó un poco antes de golpear con los nudillos de nuevo, y luego esperó.
–¿Qué quieres? –preguntó Tanatia mientras sacaba punta a sus lápices de colores.
–¿Puedo pasar? –preguntó Marcos.
–No.
–Pero he llamado a la puerta.
–¿Y te ha contestado?
–No.
–Entonces es que aún está dormida. Prueba más tarde –ordenó Tanatia abriendo su libreta de dibujo.
Si seguimos a los papelitos, veremos que ahora se elevan por encima de las copas de los árboles, cada vez más lejos de la casa en la que empieza esta historia. Esta mañana, el frío viento del norte juega con las hojas amarillas, los últimos pétalos de las flores y las bolsas de plástico que la gente descuidada tira al suelo.
Más allá, muy por encima de la ciudad, donde las nubes crean paisajes de hielo como icebergs y otras colosales figuras, el capitán Speedy otea el horizonte con su catalejo mientras camina con paso majestuoso por la cubierta de su barco alado. Él es un pirata aéreo. Así le gusta llamarse a sí mismo. De este modo puede ocultar su miedo al agua.
De pronto, algo llama su atención.
Se detiene,
pestañea
e intenta distinguir eso pequeño que se acerca volando al barco.
Los papelitos caen sobre él como una lluvia de confeti. Son de muchos colores, brillantes y luminosos. El capitán Speedy los recoge uno a uno, y después de valorarlos, los guarda en un bolsillo al que da unas palmaditas, como haría sobre el lomo de un fiel perro guardián. Al capitán Speedy le gustan las cosas pequeñas y brillantes, como a todos los piratas.
Muchos kilómetros por debajo del capitán, Marcos deambula por la casa, mortalmente aburrido y con la inquietante sensación de que alguien le observa a lo lejos. Regresa a su dormitorio, se sienta sobre la moqueta azulada y abre un libro ilustrado con las letras del abecedario. Aún está aprendiendo a leer y le parece un asunto intrigante y mágico, aunque no tanto como los dibujos de Tanatia o los pasatiempos que le ha visto resolver en el periódico que compra a diario.
Tanatia cierra la ventana de su dormitorio y empieza un nuevo dibujo.
EN LA CIUDAD deA Lo Lejos había un puente de medio arco que cruzaba el río. Lo llamaban el Puente de las Ballenas y debía su nombre a una leyenda. Corría el rumor de que todas las noches, una larga y grave procesión de ballenas se deslizaba bajo él y daba forma a las piedras con el roce de sus lomos. Algunos aseguraban haber escuchado el sonido aflautado de los surtidores de agua, que avisaban de su paso por la ciudad. Era un sonido muy particular y recordaba al de muchos silbatos de diferente afinación sonando al mismo tiempo. Lo cierto es que nadie había visto jamás ninguna de esas ballenas, y sin embargo...
Todos creían esa historia.
Más allá del puente comenzaba una larga y estrecha avenida que atravesaba el corazón de la ciudad y lo dividía en dos. Se la conocía como la Avenida de los Olmos, y sin embargo estaba poblada de manzanos. Las manzanas caían durante el otoño, y los niños correteaban jugando al balón con ellas. La gente decía que las manzanas de esos árboles te rejuvenecían, y aunque nadie había probado ninguna jamás...
Todos creían esa historia.
Si bajabas hasta el final de la Avenida de los Olmos, llegabas a un enorme parque. Tenía dos veces el tamaño de la ciudad y dentro de él había un lago, un laberinto, una plazoleta con columpios, una cueva profunda y un bosquecillo. Podría haber sido el parque con el que sueñan los niños, de no haber presentado un aspecto oscuro y amenazador desde primeras horas de la mañana. Estaba poblado de árboles grisáceos y tierra negra, y lo rodeaba un grueso muro de ladrillos envejecidos y tapizados de hiedra, rematado por hierros que dirigían sus puntas hacia el cielo como flechas. Se llamaba el Parque de los Sonámbulos.
Ningún niño iba a ese parque, y todas las niñeras de la ciudad tenían prohibido visitarlo. Había una razón para esto: en el Parque de los Sonámbulos había un tobogán muy alto y muy peligroso.
Las niñeras aseguraban que era el tobogán más alto del mundo. Se podía ver desde cualquier punto de la ciudad. Colosal como un rascacielos y de color rojo, hundía su final en un cúmulo de nubes negras que lo coronaban constantemente, y en los meses de invierno, terribles tormentas se abatían sobre su cumbre descargando en ella truenos, rayos y relámpagos. Los rumores hablaban de un tobogán tan alto que tardabas la mitad de tu vida en llegar al final y gastabas la otra mitad en bajar, para regresar convertido en un anciano.
Las niñeras disfrutaban contando historias muy tristes sobre niños desobedientes que eran engullidos por el tobogán y desaparecían. Otros regresaban a sus casas después de muchos años, envejecidos y con la memoria perdida.
Nadie había subido jamás al tobogán.
Pero todos creían esa historia...
Y por supuesto,
el parque estaba siempre vacío
porque nadie llevaba a los niños al Parque de los Sonámbulos.
Nadie, excepto Tanatia.
TANATIA ERA LA NIÑERA DE MARCOS, y no le gustaba que le dijeran lo que tenía que hacer.
Tampoco le gustaban las otras niñeras.
Ni los perros.
Ni los gatos.
Pero lo que menos le gustaba a Tanatia era Amelia, la madre de Marcos.
Amelia siempre le daba órdenes.
«Tanatia, recoge a Marcos a las cinco».
«No dejes que Marcos coja cosas del suelo».
«Vigila que Marcos no se manche la ropa».
«Y no lo lleves al Parque de los Sonámbulos».
Tanatia estaba harta de Amelia.
Porque a Tanatia le gustaba llegar tarde a los sitios.
Y recoger cosas del suelo.
No le importaba llevar la ropa sucia.
Y, por supuesto, le encantaba el Parque de los Sonámbulos.
Era un parque muy tranquilo, sin todas esas niñeras ruidosas y sus niños caprichosos. Además, los columpios siempre estaban vacíos y Marcos podía pasar horas columpiándose sin molestarla. Tanatia se sentaba tranquilamente en un banco y leía el periódico. Repasaba las noticias sobre los últimos fallecimientos en la ciudad. Le gustaba estar al tanto de las muertes y los funerales, porque adoraba los entierros. La ropa negra le parecía muy elegante y era experta en diferentes tipos de llanto. Llorar se le daba fenomenal. Nadie lloraba mejor que ella. En cambio, reír...
–Reír es un asco. Cuando te ríes, se te ven todos los dientes –le explicaba Tanatia a Marcos–. Y todo el mundo tiene caries –añadía.
Marcos la escuchaba con atención, aunque no siempre estuviera de acuerdo.
Le gustaba Tanatia.
A pesar de que tenía constantemente los ojos enrojecidos de tanto llorar.
Y los brazos y las piernas delgados como palillos.
Y las ojeras negras como el carbón.
Y la piel de la cara blanca como los huesos.
Le gustaba Tanatia porque dibujaba muy bien.
Tanatia hacía dibujos maravillosos que escondía dentro de su diario. Marcos los había descubierto, y aprovechaba cualquier distracción de Tanatia para hojear las páginas y mirarlos. La última vez que tuvo uno en sus manos, no pudo resistir la tentación de morder una de las esquinas del papel, y le resultó tan delicioso que decidió comérselo entero. Le costó mucho disimular delante de Tanatia cuando esta comenzó a revolverlo todo mientras Amelia la seguía, tratando de apaciguar sus quejas acerca de la deslealtad que suponía robar a una chica tan pobre como ella.
Amelia le subió el sueldo al día siguiente y Tanatia olvidó el dibujo. Estaba ahorrando para comprarse un elegante ataúd, y era una chica práctica.
Sin embargo, Marcos soñaba con esos dibujos. Eran más bonitos que todos sus juguetes juntos, y había algo mágico en ellos, aunque no sabía qué era. Por eso Marcos la adoraba.
A Amelia, la mamá de Marcos, también le gustaba Tanatia. Era una mujer alegre como una mariposa e incapaz de encontrarle un defecto a nadie.
–¡Es tan responsable! ¡Educa tan bien a Marcos! ¡Y Marcos la adora! –explicaba.
Y hay que reconocer que esto último era cierto, a pesar de que la gente que conocía a Tanatia se preguntaba cuál podía ser el encanto que encontraba un niño tan simpático en una muchacha tan triste. Todos huían de la compañía de Tanatia. A nadie le gustaban su aspereza ni su mal humor. Por eso Tanatia siempre estaba sola.
–Le gente es tonta –le explicaba a Marcos–: les gusta reunirse como un rebaño de ovejas. Es mucho mejor estar sola. Si estás sola, puedes hacer lo que te dé la gana.
Marcos la escuchaba muy atento y trotaba detrás de ella. Tanatia tenía una zancada larga y nunca esperaba a Marcos.
AQUELLA TARDE, el Parque de los Sonámbulos estaba más gris que de costumbre, y alrededor de la verja merodeaba una fina niebla.
Tanatia y Marcos cruzaron la enorme puerta de hierro y se adentraron en el parque.
Tanatia le explicaba a Marcos algo sobre la desventaja de que en la ciudad hubiera dos cementerios, y lo estúpida y desconsiderada que era la gente que se moría a la misma hora.
Marcos no la escuchaba. En realidad iba atento a la mano derecha de Tanatia, cerrada sobre su diario, del que asomaban esquinas de papeles coloreados. Eran los últimos dibujos que ella había hecho, y Marcos estaba deseando verlos.
Cuando llegaron a los columpios, Tanatia se sentó en su banco preferido y, con un gesto, echó a Marcos de su lado. Luego sacó de su bolsillo el periódico del día y lo hojeó. El periquito de la señora Moller había muerto esa mañana; el entierro sería al día siguiente en el Cementerio de las Almas Pequeñas. También había fallecido la señora Pretty de una indigestión de manzanas a la edad de ciento veintiocho años. Su cuerpo, ¡asombrosamente joven!, sería enterrado ese mismo día.
Tanatia, nerviosa, intentaba decidir cuál de los dos funerales era más atractivo. Mientras leía las esquelas y se mordía las uñas, Marcos se columpiaba. De vez en cuando echaba un vistazo al diario de Tanatia, sobre el banco. Ya se había apropiado de un dibujo, uno pequeño pero muy bonito. Se le había caído a Tanatia por accidente, y Marcos estaba seguro de que lo daría por perdido. Lo llevaba escondido debajo de la camisa.
Tanatia repasaba las páginas del periódico de arriba abajo.
Cris, cras.
Marcos se balanceaba.
Slump, slump.
Cuando se elevaba alcanzaba a ver las copas de los árboles, sus ramas negras y retorcidas como plásticos quemados. Cuando bajaba veía la tierra oscura y la niebla lechosa que había comenzado a cubrir el suelo.
Se impulsó un poco más fuerte. Por encima de los árboles le pareció ver un gigante de hierro rojo. El corazón de Marcos dio un brinco. Esperó el siguiente balanceo y, al llegar arriba, atisbó un altísimo tobogán. Había oído hablar de él, aunque Tanatia nunca le llevaba a verlo. El tobogán estaba en una zona del parque que nunca visitaban, escondido entre los árboles.
Marcos dejó que el columpio perdiera fuerza. Comenzaba a estar realmente aburrido.
Se bajó del asiento de madera y se acercó a Tanatia arrastrando los pies.
–Tania, me aburro.
Tanatia rellenaba un crucigrama. Apartó el periódico y le miró con fiereza. Ella sabía resolver todos los pasatiempos del periódico y Marcos la admiraba por eso.
–Pues juega al escondite.
–¿Vas a jugar conmigo?
–No. Voy a seguir leyendo el periódico –dijo Tanatia, cada vez más impaciente.
–¿Y cuánto vas a tardar en leer el periódico? –le preguntó Marcos.
Tanatia levantó la vista y lo miró con el ceño muy fruncido. Marcos echó un vistazo al diario de Tanatia sobre el banco, junto a ella.
–¿Me lo dejas? –se atrevió a pedir.
Tanatia lo abrió, arrancó una hoja de papel, lo volvió a cerrar, le dio un lápiz y dijo:
–Cuenta todos los árboles. Cuando hayas acabado, me avisas.
–Eso no es divertido.
–Las cosas divertidas te vuelven estúpido –sentenció Tanatia, y regresó a su lectura.
Marcos guardó el papel en su bolsillo y deambuló un rato alrededor del banco. Luego jugó a lanzar el lápiz contra el tronco de los árboles, como si se tratara de una flecha, hasta que lo perdió. Entonces se alejó de los columpios y anduvo por el bosquecillo. Un poco más allá vio una mancha rojiza. Estaba seguro de que era el tobogán prohibido. Echó un vistazo hacia Tanatia para asegurarse de que no le vigilaba y, con el corazón haciendo patatín, patatán, siguió adelante.
CUANDO LLEGÓ JUNTO AL TOBOGÁN, se quedó muy impresionado. Era tan alto que no alcanzaba a ver el final. Lo rodeó y se detuvo frente a los escalones. Estaban muy sucios y parcialmente cubiertos de hojas secas. Pasó la mano por el primero para limpiarlo. Entonces se dio cuenta de que había algo escrito. Se trataba de una letra. Marcos la reconoció con alegría: era la letra A. Le gustaban las letras y se le daba bien la lectura, aunque aún se equivocaba en algunas palabras.
Junto a la letra había un número, un uno seguido de tres ceros. Marcos no conocía ese número. Miró el siguiente escalón. Leyó una D, y luego tres nueves juntos. Conocía la A y la D, pero no entendía esos números.
Volvió corriendo junto al banco donde leía Tanatia.
–¡Tania, he encontrado uno de esos! –exclamó Marcos señalando la página de pasatiempos, en la que siempre había letras y números–. Pero este es muy difícil. ¿Cómo se llama el uno con tres ceros?
–Mil –contestó Tanatia sin interrumpir su lectura.
–¿Y tres nueves?
–Novecientos noventa y nueve.
–¿Y luego?
–Mil.
–No lo entiendo.
Tanatia se hizo la sorda. Marcos esperó un rato, pero luego supo que si volvía a hacer una pregunta más, Tanatia lo llevaría de vuelta a casa, y ahora que había descubierto el tobogán, no quería irse del parque.
–Voy a contar los árboles –anunció en voz alta.
Tanatia no contestó.
Marcos atravesó el bosque y se detuvo de nuevo frente a los escalones.
El siguiente escalón tenía la letra A y el número cinco, seis, siete. El siguiente la letra M y el número ocho, cinco, cuatro. Marcos no conocía bien el orden de todos los números, pero estaba casi seguro de que estos estaban desordenados, y eso le animó a subir más escalones.
Cuando llegó al sexto, encontró el lápiz que le había dejado Tanatia. Juraría que lo había perdido entre los árboles.
Echó un vistazo a su alrededor antes de decidir qué hacer. El parque seguía vacío, y la niebla trepaba hecha jirones por los troncos de los árboles como serpientes albinas.
Recogió el lápiz, se sacó el papel del bolsillo y decidió que copiaría los números y las letras de cada escalón, y luego se los enseñaría a su madre. Ella le ayudaría a ordenarlos. Anotó hasta donde le llegaba la vista. Después tuvo que subir un escalón más para poder ver el siguiente.
Y después subió otro,
Y otro.
Y otro.
Cada vez estaba más alto, y eso le gustaba y le ponía nervioso al mismo tiempo. Sintió un cosquilleo en el estómago y miró hacia abajo. Si saltaba desde allí, no se haría daño, se dijo. Luego no estuvo tan seguro.
Se detuvo a escuchar por si Tanatia le llamaba, pero el parque estaba en silencio. Marcos respiró aliviado. Seguramente ella aún estaba leyendo. Subió unos cuantos escalones más. Sabía que estaba prohibido subirse a ese tobogán, y ya había ido muy lejos. El cosquilleo de su estómago aumentó.
Me bajaré cuando llegue hasta allí, se dijo, marcando con la mirada un escalón que parecía un poco más ancho que los demás.
Tanatia leía la última esquela del periódico cuando tuvo un presentimiento. Alguien más iba a morir ese día.
Y esa voy a ser yo, pensó.
No supo cómo lo supo, pero lo supo.
Tanatia siguió leyendo las esquelas y trató de olvidar esa idea. Pero la idea volvía a su cabeza una y otra vez como un perro obediente.
La niebla se arrastraba entre los columpios y se comía las hojas del suelo. La niebla borró el primer escalón y el segundo y el tercero y el cuarto. Borró la parte baja de los árboles, el banco donde estaba sentada Tanatia y los tobillos de Tanatia.
Tanatia sujetaba el periódico con las dos manos. Cada vez había menos luz, y apenas distinguía ya las letras. Decidió que era hora de regresar a casa. Miró hacia los columpios, pero no vio nada.
–¡Marcos! –gritó.
La noche cayó súbitamente sobre el parque. Tanatia buscó su diario sobre el banco y, sin querer, lo tiró al suelo. Se agachó para recogerlo y de pronto se sintió muy cansada. Muy muy cansada.
Tengo sueño, pensó, y algo en ella le advirtió: No te duermas.
Inclinada sobre sus piernas, mientras tanteaba la tierra polvorienta con las puntas de los dedos, apenas podía mantener los párpados abiertos.
Será solo una cabezadita, se dijo. Y cerró los ojos.
La niebla trepó sobre la espalda de Tanatia, se deslizó por su cara, sus brazos y su tronco y la hizo desaparecer.
Cuando Marcos miró hacia el parque, ya había subido cincuenta escalones y los árboles, los columpios, el banco y Tanatia habían desaparecido.
MARCOS HABÍA LLEGADO a un escalón sobre el que caían finísimas gotas de lluvia. En unos segundos tenía el pelo empapado, y las mangas de su jersey chorreaban agua por los puños.
Quizá había subido ya demasiados escalones.
Subir todos los escalones había parecido divertido al principio.
–Casi todas las cosas parecen divertidas cuando las haces por primera vez. Luego son aburridas –solía explicarle Tanatia.
Pero Marcos sabía que con ciertas cosas sucedía exactamente lo contrario.
Por ejemplo: la primera vez que había montado en bicicleta, había pasado la mayor parte del tiempo en el suelo, y eso no había sido nada divertido.
En absoluto.
Sin embargo, al cabo de varios intentos, muchas caídas, rasguños y moratones, había conseguido llegar hasta el final de la manzana. Y días más tarde podía pedalear en su bicicleta mientras su padre conducía el coche muy despacio junto a él.
Marcos lo recordó con orgullo y de pronto deseó poder montar en su bicicleta. Así que decidió bajar.
Se guardó el papel en el bolsillo y buscó con el pie el escalón que acababa de dejar atrás. Pero el escalón no estaba.
Se inclinó hacia abajo y palpó con una mano, mientras con la otra se asía a la barandilla. Su brazo se hundió en la niebla. Le pareció que algo viscoso lo rozaba y levantó la mano con aprensión.
No podía ver el parque, ni a Tanatia. Tan solo escuchaba un suave rumor, como si algo se deslizara un poco más abajo.
Una docena de pensamientos tristes cayeron sobre él y entonces llovió con más fuerza. Cuanto más triste se ponía, más agua caía. Tuvo un momento de indecisión en el que ahogó dos o tres pucheros y estuvo a punto de estallar en una descomunal rabieta.
La lluvia se hizo tan intensa que los pensamientos tristes empujaron dentro de su cabeza, golpearon, tocaron el tambor e hicieron tanto ruido que, al final, Marcos no pudo más y los dejó salir.
Dos culebras negras asomaron por la manga derecha de su camisa.
Marcos las miró con asco. Eran brillantes y resbaladizas, y se enredaban la una en la otra, jugueteando. Se las sacudió del brazo con fuerza. Las culebras cayeron sobre el escalón, junto a él. Una de ellas sonrió. Tenía una boca alargada y oscura.
–¿Te acuerdas de aquel niño que se cayó en un pozo? –le dijo.
Marcos asintió. Había escuchado esa historia de boca del carnicero mientras este cortaba una docena de chuletas de cordero para Tanatia. Era una historia muy triste, y Tanatia se la contaba algunas noches a la hora de dormir.
–Las historias tristes son buenas para los huesos –le había explicado Tanatia una noche que Marcos se había tapado los oídos para no volver a oírla–. Los fortalecen y los hacen duros. Así que deberías sentirte afortunado. Gracias a mí serás un muchachote fuerte y robusto.
–Pero a mí me gustan las historias alegres –protestaba Marcos.
–Las historias alegres te vuelven simple –sentenciaba Tanatia.
Marcos se acordaba perfectamente de la historia.