Momentos estelares de la humanidad - Stefan Zweig - E-Book

Momentos estelares de la humanidad E-Book

Zweig Stefan

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Beschreibung

Stefan Zweig (1881-1942) fue sin duda una de las figuras intelectuales más destacadas de la Viena brillante del primer tercio del siglo XX. En Momentos estelares de la humanidad (1940), probablemente su obra más popular, Zweig reúne su personal narración, teñida de fuerza de fuerza y emotividad, de catorce episodios históricos que van desde la Antigüedad hasta sus días y a los que dotan de especial sentido los acontecimientos que durante su existencia le tocó vivir y de los cuales da cuenta en su gran obra El mundo de ayer, publicada también por Alianza Editorial. Traducción de Carmen Gauger

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Stefan Zweig

Momentos estelaresde la humanidad

Catorce miniaturas históricas

Traducción de Carmen Gauger

Índice

Prólogo

Cicerón

La conquista de Bizancio

Huida a la inmortalidad

La resurrección de Georg Friedrich Händel

El genio de una noche

El minuto universal de Waterloo

La elegía de Marienbad

El descubrimiento de El Dorado

Momento heroico

La primera palabra a través del océano

La huida hacia Dios

La lucha por el polo sur

El tren sellado

Wilson fracasa

Créditos

Prólogo

Ningún artista es ininterrumpidamente artista durante las veinticuatro horas de su jornada diaria; todo lo esencial, todo lo duradero que consigue ocurre siempre sólo en los pocos y raros momentos de la inspiración. Lo mismo sucede con la historia, a la que admiramos como la mayor poeta y narradora de todos los tiempos, pero que no es en absoluto una creadora constante. En ese «misterioso taller de Dios», como Goethe llama con reverencia a la historia, muchísimo de lo que acontece es indiferente y trivial. También en ella, como en todos los ámbitos del arte y de la vida, los momentos sublimes, inolvidables, son raros. Por lo general, en su calidad de cronista indiferente y tenaz, se limita a enlazar un eslabón con otro, un hecho con otro, en esa gigantesca cadena que se extiende a lo largo de miles de años, porque todo momento crítico requiere un tiempo de preparación, todo auténtico acontecimiento, un desarrollo. En un pueblo siempre ha de haber millones de seres humanos para que entre ellos haga su aparición un genio; en el mundo siempre han de transcurrir millones de horas superfluas antes de que surja un momento estelar de la humanidad.

Pero cuando en el arte nace un genio, éste perdura a través de los tiempos; tal momento estelar viene a marcar una dirección durante décadas y siglos. Del mismo modo que en la punta de un pararrayos se concentra la electricidad de toda la atmósfera, así también se acumula una inmensa cantidad de acontecimientos en un reducidísimo espacio de tiempo. Lo que por lo general transcurre apaciblemente de modo sucesivo o paralelo se comprime en un único instante, que todo lo determina y todo lo decide; un solo sí, un solo no, un demasiado pronto o un demasiado tarde hacen irrevocable ese momento para cientos de generaciones y determina la vida de un individuo, de un pueblo e incluso el destino de toda la humanidad.

Tales momentos dramáticamente concentrados, preñados de fatalidad, en los que una decisión destinada a persistir en el tiempo está comprimida en una única fecha, una única hora y a menudo en un solo minuto son raros en la vida de un individuo y raros en el transcurso de la historia. De entre las más diversas épocas y regiones, trato aquí de evocar algunos de esos momentos estelares −los he llamado así porque, brillantes e inalterables, resplandecen como estrellas en la noche de la caducidad−. En ningún caso ha habido el intento de desdibujar o intensificar mediante la propia invención la íntima verdad de los acontecimientos exteriores o interiores. Porque la historia, en esos sublimes instantes en los que configura a la perfección, no necesita una mano que le preste ayuda. Donde actúa como poeta, como dramaturga, ningún escritor debe tratar de superarla.

Cicerón

Lo más acertado que puede hacer un hombre sensato y no muy valeroso cuando le sale al encuentro otro más fuerte es esquivarlo y, sin avergonzarse, esperar a que se produzca un cambio y él tenga otra vez vía libre. Marco Tulio Cicerón, el primer humanista del Imperio Romano, el maestro de la oratoria y defensor de la ley, trabajó a lo largo de tres decenios al servicio de la ley heredada de sus mayores y por el mantenimiento de la República; sus discursos están grabados en los anales de la historia; sus obras literarias, en los sillares de la lengua latina. En Catilina combatió la anarquía, en Verres la corrupción, en los generales victoriosos la inminente dictadura, y su libro De republica pasa por ser el código moral, en su época, de la forma ideal de gobierno. Pero ahora ha llegado uno más fuerte. Julio César, a quien él, de más edad y mayor fama, favoreció al principio sin ningún recelo, se ha convertido de la noche a la mañana, con sus legiones galas, en el dueño de Italia; como señor absoluto de la fuerza militar sólo necesitaba extender la mano para coger la corona real que Antonio le ofrecía ante el pueblo congregado. En vano combatió Cicerón el gobierno absoluto de César, tan pronto éste traspasó la ley al mismo tiempo que el Rubicón. En vano trató de movilizar contra el violador a los últimos defensores de la libertad. Pero las cohortes resultaron ser, como siempre, más fuertes que las palabras. El triunfo de César, hombre de acción y de espíritu al mismo tiempo, fue total, y si hubiera tenido sed de venganza, como la mayoría de los dictadores, ahora, tras su clamorosa victoria, fácilmente podría eliminar o al menos proscribir a ese obstinado defensor de la ley. Pero más que todos sus triunfos militares honra a Julio César su magnanimidad después de la victoria. Sin el menor intento de humillarle, perdona la vida a aquel adversario vencido y sólo le intima a abandonar la escena política que ahora le pertenece enteramente a él y en la que a cualquier otro le correspondería sólo el papel de comparsa mudo y obediente.

Ahora bien: a un hombre de espíritu no puede acontecerle nada más venturoso que la desconexión de la vida pública, de la vida política. Eso aparta al pensador, al artista, de una esfera indigna de él y manejable sólo con brutalidad o astucia y lo devuelve a su esfera interior, intangible e indestructible. Para un hombre de espíritu, toda forma de exilio se convierte en una llamada a la concentración, y a Cicerón viene a ocurrirle esa afortunada calamidad en el mejor y más feliz momento. El gran dialéctico se acerca poco a poco a la vejez, en una vida que, con sus constantes tensiones y tormentas, le ha dejado poco tiempo para una síntesis productiva. ¡Cuánto y cuán contradictorio ha vivido el sexagenario en los estrechos límites de su época! Avanzando, abriéndose paso con tenacidad, agilidad y superioridad intelectual, él, el homo novus, ha ido alcanzando una tras otra todas las responsabilidades públicas y todas las magistraturas vedadas en general a un modesto hombre de provincia y reservadas exclusiva y celosamente a la tradicional camarilla de la nobleza. Como hombre público, ha ascendido a la más alta cima y descendido al más profundo abismo; tras reprimir la conjuración de Catilina, ha subido en triunfo las gradas del Capitolio, ha sido coronado por el pueblo, honrado por el Senado con el glorioso título de pater patriae. Y por otra parte ha tenido que huir de repente al destierro, condenado por ese mismo Senado y abandonado por ese mismo pueblo. No ha habido función pública que no haya revestido, ni jerarquía que no haya alcanzado, en virtud de su esfuerzo infatigable. Ha incoado procesos en el Foro, acaudillado, como soldado, legiones en campaña; como cónsul ha gobernado la República, como procónsul, provincias. Millones de sestercios han pasado por sus manos y entre sus manos se fundieron en deudas. Ha poseído la más hermosa mansión del Palatino y la ha visto convertida en escombros, incendiada y destruida por sus enemigos. Ha escrito tratados memorables y pronunciado discursos clásicos. Ha engendrado hijos y perdido hijos; ha sido valeroso y débil, obstinado y, a la vez, ansioso de lisonjas, muy admirado y muy odiado, un carácter tornadizo lleno de fragilidad y de brillo; en suma, la personalidad más atractiva y a la vez más apasionante de su tiempo por estar indisolublemente ligada a todo lo acontecido en esos cuarenta años, llenos a rebosar, que van de Mario a César. Cicerón ha presenciado y vivido como ningún otro la historia de su época, la historia universal; sólo para una cosa −la más importante− no le ha quedado tiempo: para dejar reposar la mirada en la propia vida. En el torbellino de su ambición, ese hombre incansable nunca encontró tiempo para reflexionar en paz y extraer la suma de su saber, de su pensar.

Ahora por fin, con el golpe de Estado de César, que lo desconecta de la res publica, tiene la posibilidad de ocuparse de un modo fecundo de esa res privata, la más importante del mundo; resignado, Cicerón deja en manos de Julio César el Foro, el Senado y el Imperio. Al verse rechazado, se va apoderando de él una aversión hacia todo lo público. Acaba renunciando: que otros defiendan los derechos de ese pueblo que considera más importantes que su libertad los combates de gladiadores y los juegos; lo único que cuenta ahora para él es buscar, encontrar y configurar la libertad interior. Así, por primera vez en su año sexagésimo, Marco Tulio Cicerón dirige una mirada reflexiva a su interior a fin de mostrar al mundo para qué ha trabajado y vivido.

Como el artista nato que sólo por error dejó el mundo de los libros y fue a parar al frágil mundo de la política, Marco Tulio Cicerón trata de configurar su vida con clarividencia, en consonancia con su edad y con sus más íntimas inclinaciones. Abandona Roma, la ruidosa metrópolis, y se retira a Tusculum, el actual Frascati, con uno de los más bellos paisajes de Italia en torno a su casa. En suaves ondas pobladas de umbríos bosques descienden las colinas a la Campaña Romana, con sonidos argentinos cantan los manantiales en el apartado silencio. Después de tantos años en el mercado, en el Foro, en la tienda de campaña y en el carro de viaje, a ese creativo pensador se le ha abierto por fin plenamente el alma. La ciudad, que lo seduce y lo agobia, está lejos como mero humo en el horizonte, y sin embargo aún lo bastante cerca para que a menudo lleguen amigos con los que conversar animadamente sobre temas del espíritu: Ático, el íntimo amigo, o el joven Bruto, el joven Casio y una vez incluso −¡peligroso invitado!− el propio gran dictador, Julio César. Pero cuando no vienen los amigos romanos, siempre hay otros que están disponibles, compañeros maravillosos que nunca defraudan, siempre dispuestos a hablar o a guardar silencio: los libros. Marco Tulio Cicerón ha ido reuniendo en su casa de campo una magnífica biblioteca, un panal realmente inagotable de sabiduría, las obras de los sabios griegos junto a las crónicas romanas y los compendios de las leyes; con tales amigos de todos los tiempos y todas las lenguas no puede haber veladas solitarias. La mañana está dedicada al trabajo; obediente, el docto esclavo está siempre a la espera del dictado; en las comidas le abrevia las horas su amadísima hija Tulia; la educación del hijo le procura cada día nuevos cambios, nuevos estímulos. Y luego, la última sabiduría: el sexagenario comete también la última y más dulce locura de la vejez; toma una joven esposa, más joven que su hija, para disfrutar la belleza, como artista de la vida, no en mármol ni en versos, sino también en su forma más sensual y cautivadora.

Así, en su sexagésimo año, Marco Tulio Cicerón parece haber regresado definitivamente a sí mismo, ya sólo filósofo y no demagogo, escritor y no rhetor, dueño de su tiempo y no solícito servidor del favor popular. En lugar de perorar en el Foro ante jueces venales, prefiere dejar establecida de manera ejemplar para sus imitadores la esencia de la oratoria y, al mismo tiempo, en su tratado De senectute intenta convencerse a sí mismo de que un auténtico sabio ha de hacer de la resignación la verdadera dignidad de la vejez y de sus años. Sus cartas más bellas, más plenas de armonía, provienen de esa época del recogimiento interior, y hasta cuando sufre una fulminante desgracia, la muerte de su amada hija Tulia, su arte le ayuda a lograr la dignidad filosófica: escribe las Consolationes, que han consolado a través de los siglos, hasta hoy, a miles de afectados por la misma fatalidad. Sólo al exilio le debe la posteridad haber descubierto al gran escritor en el antes incansable orador. Dentro de esos silenciosos tres años crea más para su obra y su fama póstuma que en los treinta anteriores que entregó pródigamente a la res publica.

Su vida parece ya la de un filósofo. Apenas presta atención a las noticias y cartas diarias que llegan de Roma, ahora más ciudadano de la eterna república del espíritu que de la romana, castrada por la dictadura de César. El maestro del derecho terrenal ha aprendido por fin el amargo secreto que ha de aprender finalmente todo hombre público: que a la larga nunca se puede defender la libertad de las masas, sino siempre únicamente la propia, la interior.

Así Marco Tulio, ciudadano del mundo, humanista, filósofo, pasa un venturoso verano, un creativo otoño, un invierno italiano, al margen −y como cree él: al margen para siempre− de la agitación mundana, política. Apenas presta atención a las noticias y cartas diarias que llegan de Roma, indiferente a un juego en el que él ya no participa. Ya parece completamente curado del vano apetito de vida pública del literato, ciudadano ahora de la república invisible y no ya de esa otra, corrupta y violada, que se ha sometido sin resistencia al terror. Y he aquí que al mediodía de un día de marzo, se precipita en la casa un mensajero, cubierto de polvo y con pecho palpitante. Aún puede justo dar la noticia: Han asesinado a Julio César, al dictador, en el Foro de Roma; luego cae al suelo.

Cicerón palidece. Semanas antes aún ha estado sentado a la misma mesa con el magnánimo vencedor, y por mucha que fuera su hostilidad y su oposición a aquel hombre tan peligrosamente superior, por mucha que fuera su desconfianza frente a sus triunfos militares, siempre se había visto obligado a rendir honor en su interior al espíritu soberano, al genio organizador y a la magnanimidad de aquel único enemigo merecedor de respeto. Pero por mucho que repugne el vil argumento de la plebe asesina, ese hombre, Julio César, con todos sus méritos y virtudes, ¿no ha cometido la más execrable forma de asesinato, parricidium patriae, el asesinato de la patria cometido por el hijo? ¿No era justamente su genio el peligro más grave para la libertad romana? La muerte de ese hombre puede ser humanamente lamentable, pero ese crimen favorece la victoria de la causa más sagrada, porque ahora que César ha muerto la República puede resucitar: mediante esa muerte triunfa la idea más excelsa, la idea de la libertad.

Así domina Cicerón su primer sobresalto. Él no ha querido ese acto alevoso, ni siquiera en su sueño más oculto se ha atrevido a desearlo. Aunque Bruto, mientras arranca el puñal ensangrentado del pecho de César, ha invocado su nombre, el nombre de Cicerón, y reclamado de esa manera al maestro del pensamiento republicano como testigo de su acción, Casio y Bruto no le habían iniciado en la conjuración. Pero ahora que el crimen ha sido perpetrado de modo irrevocable, hay al menos que aprovecharlo en favor de la República. Cicerón reconoce que el camino de vuelta a la antigua libertad romana pasa por ese cadáver real, y es su deber mostrar a los demás ese camino. No hay que desaprovechar tal momento único. Ese mismo día, Marco Tulio Cicerón deja sus libros, sus escritos y el otium sagrado del artista. Palpitándole el corazón, marcha presuroso a Roma para salvar la verdadera herencia de César, la República, al mismo tiempo de sus asesinos y de sus vengadores.

En Roma Cicerón se encuentra con una ciudad perturbada, consternada y desconcertada. Ya en el momento de su realización, el acto del asesinato de Julio César ha resultado ser más grande que sus autores. El abigarrado grupo de conjurados sólo ha sabido matar, liquidar, al hombre que era superior a todos ellos. Pero ahora, cuando se trata de sacar provecho de su crimen, se encuentran sin recursos y no saben qué partido tomar. Los senadores están indecisos entre aprobar el crimen o condenarlo; el pueblo, habituado desde hace tiempo a dejarse conducir por una mano despiadada, no osa opinar. Antonio y los otros amigos de César temen a los conjurados y tiemblan por la propia vida. Los conjurados, por su parte, tienen miedo de los amigos de César y su venganza.

En esa confusión general, Cicerón resulta ser el único que muestra capacidad de decisión. De ordinario vacilante e irresoluto, como hombre nervioso y de ingenio, apoya sin vacilar la acción en la que él no ha participado. Con pie firme pisa las losas, aún húmedas de la sangre del asesinado, y ensalza ante el Senado en pleno la eliminación del dictador como una victoria de la idea republicana. «¡Pueblo mío, una vez más has retornado a la libertad!», exclama. «Vosotros, Bruto y Casio, vosotros habéis realizado el acto más grande, no sólo de Roma, sino del mundo entero.» Pero al mismo tiempo exige que ahora se le dé su sentido más elevado a lo que es en realidad un acto asesino. Los conjurados han de tomar enérgicamente el poder, que nadie asume desde la muerte de César, y emplearlo sin demora para salvar a la República, para restaurar la antigua constitución romana. Hay que arrebatar el consulado a Antonio y transferir la ejecutiva a Bruto y a Casio. Por un breve momento histórico, el hombre de la ley ha de transgredir la rígida ley para imponer para siempre la dictadura de la libertad.

Pero ahora se hace evidente la debilidad de los conjurados. Sólo han podido maquinar una conjuración, perpetrar un asesinato. Sólo han tenido fuerza para hundir sus puñales cinco pulgadas en el cuerpo de un hombre indefenso; con eso se agotó su energía. En lugar de hacerse con el poder y aplicarlo a la reconstrucción de la República, se empeñan en lograr una amnistía a buen precio y negocian con Antonio; dejan tiempo a los amigos de César para que se recuperen, y pierden así un tiempo precioso. Cicerón, clarividente, percibe el peligro. Se da cuenta de que Antonio prepara un contragolpe para liquidar no sólo a los conjurados sino también la idea de la República. Clama y advierte y agita y habla para obligar a los conjurados, al pueblo, a actuar con decisión. Pero −error trascendente para la historia del mundo− él no actúa. Tiene ahora todas las posibilidades a su alcance. El Senado está dispuesto a apoyarle, el pueblo sólo espera en el fondo a alguien que, con decisión y osadía, tire de las riendas que se han escapado de las fuertes manos de César. Nadie se opondría, todos respirarían aliviados, si ahora él asumiera el poder y pusiera orden en el caos.

El momento para la historia universal tan ardientemente anhelado por él desde los discursos contra Catilina ha llegado por fin con esas Idus de Marzo, y, si él hubiera sabido aprovecharlo, sería otra la historia que todos habríamos estudiado en nuestros colegios. En los Anales de Livio y de Plutarco el nombre de Cicerón nos habría sido transmitido no sólo como el de un importante escritor sino como el del salvador de la República, como el del verdadero genio tutelar de la libertad romana. Suya sería esta gloria inmortal: haber poseído el poder de un dictador y habérselo devuelto voluntariamente al pueblo.

Sin embargo, en la historia se repite sin cesar la tragedia de que precisamente el hombre de espíritu, por sentir en su interior el peso de la responsabilidad, en el momento decisivo raras veces se convierte en el hombre de acción. Una y otra vez se renueva en el hombre de espíritu, en el hombre creador, la misma discrepancia: como él ve mejor las aberraciones de su época, siente el apremio de intervenir, y en un momento de entusiasmo se lanza con pasión a la lucha política. Pero por otra parte vacila en responder con violencia a la violencia. Su responsabilidad interior teme ejercer la violencia y derramar sangre, y esas dudas y miramientos, en aquel instante único que no sólo permite sino que exige la falta de miramientos, paraliza su fuerza. Tras el entusiasmo inicial, Cicerón contempla con peligrosa clarividencia la situación. Contempla a los conjurados, a quienes todavía la víspera él ha ensalzado como héroes, y ve que sólo son hombres pusilánimes huyendo de la sombra de su crimen. Contempla al pueblo y ve que dejó de ser hace tiempo el antiguo populus romanus, ese pueblo heroico con el que él sueña, sino una plebs degenerada que sólo piensa en ventajas y placeres, en pan y juegos, panem et circenses, que un día vitorea a Bruto y a Casio, los asesinos, y al día siguiente a Antonio, que clama venganza contra ellos, y al otro día a Dolabella, que manda derribar las estatuas de César. En esa ciudad degenerada, nadie −reconoce− sirve aún honradamente a la idea de la libertad. Todos aspiran sólo al poder o al propio bienestar: en vano han eliminado a César, porque es sólo a su herencia, su dinero, sus legiones, su poder a lo que todos aspiran, con lo que especulan y por lo que pelean; sólo buscan provecho y ganancia para sí mismos y no para la única causa sagrada, la causa romana.

Durante esas dos semanas que siguen al precipitado entusiasmo, Cicerón está cada vez más cansado, cada vez más escéptico. Nadie fuera de él se preocupa por restaurar la República; el sentimiento nacional ha quedado extinguido, el sentido de la libertad ha desaparecido por completo. Al final siente asco de ese turbio tumulto. Ya no puede seguir engañándose en cuanto a la impotencia de sus palabras; tiene que confesarse a sí mismo, ante su propio fracaso, que su papel conciliador ha llegado a su fin, que él ha sido o demasiado débil o demasiado pusilánime para salvar a su patria del peligro inminente de guerra civil; así pues, la abandona a su suerte. A principios de abril sale de Roma y regresa −desengañado una vez más, vencido una vez más− a sus libros, a su solitaria villa de Puteoli, en el golfo de Nápoles.

Por segunda vez, Marco Tulio Cicerón ha dejado el mundo y buscado refugio en su soledad. Ahora percibe de modo definitivo que desde un principio él, erudito, humanista, defensor de la ley, no estaba en su sitio en una esfera en la que el poder ocupa el lugar de la ley y la falta de escrúpulos favorece más que la sabiduría y el espíritu de reconciliación. Ha tenido que reconocer, estremecido, que la república ideal, soñada por él para su patria, que una resurrección de la antigua moral romana ya no es realizable en esos tiempos relajados. Pero como no ha podido llevar a cabo el acto salvador en la reacia materia de la realidad, quiere al menos salvar su sueño para una posteridad más sabia; los esfuerzos y conocimientos de sesenta años de vida no deben perderse por completo sin efecto alguno. Así, aquel hombre humillado recuerda su auténtica capacidad y, como legado para otras generaciones, escribe en esos días de soledad su última y más importante obra, De officiis, la doctrina de los deberes que el hombre independiente, el hombre moral, ha de cumplir frente a sí mismo y frente al Estado. Es su testamento político, moral, que Marco Tulio Cicerón escribe en Puteoli, en el otoño del año 44 a. C. y al mismo tiempo en el otoño de su vida.

Que ese tratado sobre la relación del individuo con el Estado es un testamento, la palabra definitiva de un hombre que se ha despedido y despojado de todos los arrebatos políticos, lo prueba ya la dedicatoria del libro. De officiis está dirigido a su hijo; Cicerón le confiesa con toda sinceridad que no se ha retirado de la vida pública por indiferencia sino porque él, como espíritu libre, como republicano romano, considera que servir a una dictadura está por debajo de su dignidad y de su honor. «Mientras el Estado aún era administrado por hombres elegidos por el mismo Estado, he dedicado mi energía y mis pensamientos a la res publica. Pero desde que todo cayó bajo la dominatio unius, ya no quedó espacio para la actividad pública o la autoridad.» Desde que fue suprimido el Senado y los tribunales quedaron clausurados, ¿qué se le había perdido a él, si le quedaba un mínimo de respeto a sí mismo, en el Senado o en el Foro? Hasta ahora, la actividad pública, política, le había robado en exceso su propio tiempo. Scribendi otium non erat, y nunca pudo exponer en su conjunto su idea del mundo. Pero ahora, forzado a la inactividad, quería al menos aprovecharla, en el sentido de las magníficas palabras de Escipión, que dijo de sí mismo que «nunca había estado más activo que cuando no tenía nada que hacer, y nunca menos solo que cuando estaba a solas consigo mismo».

Estos pensamientos sobre la relación del individuo con el Estado, que Marco Tulio Cicerón despliega ahora ante su hijo, no son, en muchos aspectos, nuevos ni originales. Unen cosas leídas con otras tomadas de otros lugares: tampoco a los sesenta años un dialéctico se convierte de pronto en poeta, ni un compilador, en creador original. Pero las opiniones de Cicerón adquieren esta vez un acento nuevo por el tono de irritación y tristeza que reflejan. En medio de sangrientas guerras civiles y en una época en la que luchan por el poder bandas de pretorianos y facciones de los partidos, una vez más un espíritu realmente pleno de humanidad sueña −como siempre los individuos en tales tiempos− el sueño eterno de una pacificación universal mediante conocimiento moral y conciliación. Justicia y ley: sólo ellas han de ser los férreos pilares del Estado. Los de probada rectitud interior, no los demagogos, tendrían que recibir en el Estado el poder, y con él, el derecho. A nadie le está permitido intentar imponer al pueblo su voluntad personal y, por ende, su capricho, y es un deber negarse a obedecer a cada uno de esos ambiciosos, «hoc omne genus pestiferum atque impium», que arrebatan al pueblo el liderazgo. Indoblegable en su independencia, rechaza con acritud toda comunidad con un dictador y todo servicio bajo su imperio. «Nulla est enim societas nobis cum tyrannis et potius summa distractio est.»

El gobierno despótico violenta todo derecho, argumenta. En un estado sólo puede surgir verdadera armonía si el individuo, en lugar de querer sacar provecho personal de su cargo político, pospone sus intereses particulares a los de la comunidad. Sólo si la riqueza no se despilfarra en lujo y derroche sino que se administra y transforma en cultura espiritual, en cultura artística, si la aristocracia renuncia a su soberbia, y la plebe, en lugar de dejarse sobornar por demagogos y vender el Estado a un partido, exige sus derechos naturales, puede recobrar el Estado la salud. Panegirista del centro, como todos los humanistas, Cicerón exige el equilibrio de los contrarios: Roma no necesita Sulas ni Césares ni, por otra parte, tampoco Gracos; la dictadura es peligrosa, y asimismo la revolución.

Mucho de lo que dice Cicerón se encontraba tiempo atrás en el sueño sobre el Estado, de Platón, y volverá a leerse en Jean-Jacques Rousseau y en todos los idealistas de la utopía. Pero lo que eleva tan asombrosamente este su testamento por encima de su tiempo es ese nuevo sentimiento que toma la palabra medio siglo antes del cristianismo: el sentimiento del humanitarismo. En una época de la más brutal crueldad, en la que hasta César, al conquistar una ciudad, manda cortar las manos a dos mil prisioneros, en la que torturas y combates de gladiadores, crucifixiones y matanzas son cosas que ocurren a diario y con toda normalidad, Cicerón es el primero y el único que formula una protesta contra el uso impropio de la violencia. Condena la guerra como el método beluarum de las fieras, condena el militarismo y el imperialismo de su propio pueblo, la explotación de las provincias, y exige que sólo se incorporen países al Imperio Romano mediante la cultura y la moral y nunca por la espada. Clama contra el saqueo de las ciudades y exige −exigencia absurda en la Roma de entonces− indulgencia incluso para quienes carecen totalmente de derechos: los esclavos (adversus infimos iustitiam esse servandam). Con mirada profética ve venir la caída de Roma por la serie extraordinariamente rápida de sus victorias y sus insanas −por ser sólo militares− conquistas en el mundo entero. Desde que, con Sila, la nación desencadenó guerras sólo para hacer botín, en el propio imperio desapareció la justicia. Y siempre que un pueblo les quita violentamente la libertad a otros pueblos, pierde él de modo misterioso, en misteriosa venganza, la propia y maravillosa fuerza de la soledad.

Mientras que, bajo los ambiciosos caudillos, las legiones marchan a Partia y a Persia, a Germania y a Bretaña, a España y a Macedonia, para servir al delirio efímero de un Imperio, una voz solitaria eleva protesta contra ese peligroso triunfo; porque él ha visto cómo de la sangrienta semilla de las guerras de conquista sale la aún más sangrienta cosecha de las guerras civiles, y ese único defensor de la causa humana insta a su hijo a honrar la colaboración entre los hombres, adiumenta hominum, como el supremo y más importante ideal. Por fin quien ha sido demasiado tiempo rétor, abogado y político, quien por el dinero y la fama ha defendido toda causa buena y mala con igual entusiasmo, quien ha aspirado con ansia a todas las magistraturas, quien ha pretendido riquezas, honores públicos y el aplauso del pueblo, ha llegado en el otoño de su vida a esa clara convicción. Poco antes de su muerte, Marco Tulio Cicerón, hasta ahora sólo humanista, se convierte en el primer abogado de la idea humanitaria.

Mientras Cicerón, tranquilo y sereno, medita de tal modo en su retiro el sentido y la forma de una constitución moral, en el Imperio Romano aumenta el desasosiego. El Senado, el pueblo, aún no han decidido si ensalzar o desterrar a los asesinos de César. Antonio prepara la guerra contra Bruto y Casio e inesperadamente acaba de aparecer un nuevo pretendiente, Octaviano, a quien César había nombrado heredero y que ahora quiere en efecto aceptar esa herencia. Nada más desembarcar en Italia escribe a Cicerón para obtener su apoyo, pero Antonio le pide al mismo tiempo que vaya a Roma, y también Bruto y Casio le llaman desde sus escenarios bélicos. Todos acuden solícitos al gran defensor para que defienda su causa, todos piden al célebre hombre de leyes que convierta en justo lo injusto; como siempre hacen los políticos que quieren alcanzar el poder, mientras aún no tienen ese poder, buscan con certero instinto al hombre de espíritu (al que después apartarán con desprecio) como sostén. Y si Cicerón fuera el político envanecido y ambicioso de años atrás, se dejaría seducir.

Pero Cicerón tiene ahora −a partes iguales− cansancio y prudencia, dos sentimientos que a menudo se asemejan peligrosamente. Sabe que sólo necesita realmente una cosa: llevar a término su obra, poner orden en su vida, orden en sus pensamientos. Como Ulises ante el canto de las sirenas, obtura su oído interior ante las llamadas seductoras de quienes detentan el poder, no responde a la llamada de Antonio, ni a la de Octaviano, ni a la de Bruto y Casio y ni siquiera a la del Senado y de sus amigos, sino que, con la sensación de ser más fuerte con las palabras que con las obras y más sabio a solas que en medio de una camarilla, sigue escribiendo su libro sin interrupción, presintiendo que serán sus palabras de despedida de este mundo.

Sólo cuando ha terminado ese su testamento, alza la vista. Es un duro despertar. En el país, en su patria, está a punto de estallar una guerra civil. Antonio, que ha vaciado las arcas de César y del templo, ha conseguido reunir mercenarios con dinero robado. Pero contra él hay tres ejércitos, y cada uno en pie de guerra, el de Octaviano, el de Lépido y el de Bruto y Casio. Es tarde para que haya reconciliación y mediación; ahora se decidirá si reinará en Roma un nuevo cesarismo bajo Antonio o si subsistirá la República. En ese momento, todos y cada uno han de tomar la decisión. Y también ese, el más prudente y cauteloso, que siempre ha buscado el equilibrio y ha estado por encima de los partidos o ha oscilado temeroso entre ellos, también Marco Tulio Cicerón ha de decidirse definitivamente.

Y ahora sucede algo extraño. Desde que Cicerón ha enviado De officiis, su testamento, a su hijo, ha cobrado un arrojo inusual. Sabe que su carrera política, que su carrera literaria ha terminado. Lo que tenía que decir, lo ha dicho, lo que le queda por vivir no es mucho. Es viejo, su trabajo está concluido: ¿por qué defender además ese mísero retazo de vida? Así como un animal agotado por el acoso, cuando sabe que tiene ya casi encima, aullando, a los mastines, se da la vuelta de súbito y, para abreviar el final, se lanza de frente contra la jauría, así Cicerón, con verdadero desprecio a la muerte, se lanza una vez más a combatir y en el lugar más peligroso. Quien durante meses y años no ha conocido ya sino el silencioso cálamo, vuelve a empuñar el arma fulgurante de la oratoria y la lanza contra los enemigos de la República.

Impresionante espectáculo: en diciembre aquel hombre de cabello gris está de nuevo en el Foro de Roma para exhortar una vez más al pueblo romano a mostrarse digno del honor de sus antepasados, ille mos virtusque maiorum. Y lanza contra Antonio, el usurpador, que ha negado la obediencia al Senado y al pueblo, catorce Filípicas, plenamente consciente del peligro que supone oponerse sin armas a un dictador que ya ha reunido en torno a él sus legiones, prestas a ponerse en marcha y a asesinar. Pero quien quiere exhortar a otros a mostrarse valerosos sólo tiene fuerza de convicción si él mismo, con su ejemplo, da pruebas de ese valor; Cicerón sabe que no combate ociosamente con palabras, como antes en aquel mismo foro, sino que esta vez su convicción exige que ponga en juego su vida. Con firmeza declara desde los rostra, la tribuna de los oradores: «Ya en mi juventud defendí la República. No voy a volverle la espalda ahora que soy viejo. Gustoso estoy dispuesto a dar mi vida si con mi muerte puede retornar la libertad a esta ciudad. Mi único deseo es que, cuando yo muera, el pueblo romano haya recobrado la libertad. Los dioses inmortales no podrían concederme una gracia mayor que ésta». Ahora ya no queda tiempo, exige con insistencia, para negociar con Antonio. Había que apoyar a Octaviano, quien, aunque consanguíneo y heredero de César, representaba la causa de la República. Ya no se trata de seres humanos, se trata de una causa, la causa más sagrada −res in extremum est aducta discrimen: de libertate decernitur−. La causa ha llegado a la última y extrema decisión: se trata de la libertad. Pero cuando ese patrimonio, el más sagrado, corre peligro, toda demora es funesta. Así, el pacifista Cicerón reclama ejércitos de la República contra los ejércitos de la dictadura y él, que como su posterior discípulo Erasmo odia más que ninguna otra cosa el tumultus, la guerra civil, propone el estado de excepción para el país y la proscripción para el usurpador.

En esos catorce discursos, desde que Cicerón ya no es abogado en dudosos procesos sino defensor de una causa sagrada, encuentra realmente magníficas y llameantes palabras. «Que otros pueblos vivan en la esclavitud», exhorta a sus conciudadanos. «Los romanos no queremos. Si no podemos conquistar la libertad, vayamos a la muerte.» Si el Estado ha llegado realmente a su última humillación, entonces a un pueblo que domina el mundo entero −nos principes orbium terrarum gentiumque omnium− le corresponde actuar como lo harían hasta los esclavos gladiadores en el anfiteatro: mejor morir dando la cara al enemigo que dejarse matar. «Ut cum dignitate potius cadamus quam cum ignominia serviamus», para caer con dignidad antes que servir con ignominia.

El Senado, el pueblo reunido, escuchan con asombro esas Filípicas. Tal vez presienten algunos que habrán de pasar siglos hasta que puedan volver a pronunciarse tales palabras en la plaza pública. Allí pronto habrá que inclinarse servilmente ante las marmóreas estatuas de los emperadores. En el imperio de los césares sólo a los aduladores y a los delatores les será permitido susurrar insidiosamente en lugar de hablar con libertad como en tiempos pasados. Un escalofrío sacudió al auditorio: escalofrío con una mezcla de miedo y asombro ante ese hombre de avanzada edad que, solitario, con el valor de la desesperación interior, defiende la independencia del hombre de espíritu y la ley de la República. Vacilantes, todos prestan su asentimiento. Pero la antorcha de las palabras tampoco puede ya prender fuego en el tronco podrido del orgullo romano. Y mientras en la plaza pública ese idealista solitario predica el sacrificio, los desaprensivos generales cierran el pacto más ignominioso de la historia de Roma.

Ese mismo Octaviano a quien Cicerón ensalza como al defensor de la República, y ese mismo Lépido para quien ha solicitado una estatua por los servicios prestados a la República, ya que ambos habían salido dispuestos a exterminar al usurpador Antonio, prefieren hacer un negocio privado. Como ninguno de los tres jefes de tropa, ni Octaviano, ni Antonio ni Lépido, es lo bastante fuerte para apoderarse él solo del Imperio Romano a modo de botín personal, acuerdan los tres mortales enemigos repartirse entre ellos, en privado, la herencia de César; en lugar del gran César, Roma tiene de la noche a la mañana tres pequeños césares.

Es un momento histórico el de los tres generales que, en lugar de obedecer al Senado y acatar las leyes del pueblo romano, se ponen de acuerdo para formar un triunvirato y repartirse como legítimo botín de guerra un imperio gigantesco que abarca tres continentes. En una pequeña isla cerca de Bolonia, en la confluencia del Reno y el Lavino, se planta una tienda de campaña en la que han de reunirse los tres bandidos. Es evidente que ninguno de los tres grandes héroes de guerra se fía de los otros. En sus proclamas se han calificado con demasiada frecuencia de embusteros, canallas, usurpadores, enemigos del Estado, bandoleros y ladrones, para que no tengan un conocimiento exacto del cinismo de los otros. Pero para los sedientos de poder sólo es importante su poder y no el modo de pensar, sólo el botín y no el honor. Con todas las medidas de prudencia, los tres socios se acercan uno tras otro al lugar convenido. Sólo después de haber comprobado los futuros dueños del mundo que ninguno de ellos lleva armas consigo para asesinar a un aliado tan reciente, se sonríen amigablemente y entran juntos en la tienda en la que ha de concluirse y constituirse el futuro triunvirato.

Antonio, Octaviano y Lépido pasan tres días sin testigos en esa tienda. Tienen que hacer tres cosas. Sobre el primer punto −cómo han de repartir el mundo− se ponen de acuerdo enseguida. Octaviano recibirá África y Numidia, Antonio Galia y Lépido España. La segunda cuestión también les preocupa poco: cómo conseguir el dinero para la paga que les deben desde hace meses a sus legiones y a los bribones que los apoyan. Ese problema se resuelve rápidamente según un sistema imitado muchas veces desde entonces. Se les robará simplemente sus bienes a los hombres más ricos del país y, para que no se oigan mucho sus quejas se los eliminará al mismo tiempo. Con toda tranquilidad elaboran los tres hombres en su mesa una lista de proscritos con los dos mil nombres de las personas más ricas de Italia, entre ellas, cien senadores. Cada uno nombra a los que conoce, y además a sus enemigos y adversarios personales. Con varios apresurados trazos de cálamo el nuevo triunvirato ha resuelto totalmente, después de la cuestión territorial, también la económica.

Ahora se somete a discusión el tercer punto. Quien quiere establecer una dictadura debe sobre todo reducir al silencio, para ejercer el poder con seguridad, a los eternos adversarios de toda tiranía: a los hombres independientes, a los defensores de esa indestructible utopía que es la libertad de espíritu. Antonio reclama como primer nombre de esa última lista el de Marco Tulio Cicerón. Ese hombre lo ha reconocido en su verdadera naturaleza y lo ha llamado por su verdadero nombre. Es más peligroso que nadie porque posee fuerza de espíritu y voluntad de independencia. Hay que desembarazarse de él.

Octaviano se asusta y se niega. Joven todavía y no endurecido del todo ni envenenado por la perfidia de la política, tiene miedo de comenzar su gobierno eliminando al más célebre escritor de Italia. Cicerón ha sido su más fiel defensor, le ha ensalzado ante el pueblo y ante el Senado; hace aún pocos meses que Octaviano le pidió humildemente ayuda y consejo y llamó reverentemente al anciano «su verdadero padre». Octaviano siente vergüenza y sigue oponiendo resistencia. Con acertado instinto, que le honra, no quiere entregar a ese excelso maestro de la lengua latina al ultrajante puñal de asesinos pagados. Pero Antonio insiste, sabe que entre el espíritu y la violencia hay una eterna enemistad y que nadie puede ser más peligroso para la dictadura que aquel maestro de la palabra. Tres días dura la lucha por la cabeza de Cicerón. Finalmente cede Octaviano, y así el nombre de Cicerón cierra el quizás más vergonzoso documento de la historia de Roma. Con esa proscripción ha quedado definitivamente sellada la pena de muerte para la República.

En el momento en que Cicerón se entera del acuerdo entre los tres que fueran antes enemigos mortales sabe que está perdido. Sabe muy bien que en Antonio, el filibustero a quien Shakespeare ha ennoblecido sin motivo alguno elevándolo a la esfera del espíritu, él ha marcado, de un modo demasiado doloroso, con el hierro candente de la palabra los bajos instintos de la codicia, de la vanidad, de la crueldad, de la falta de escrúpulos, para que pueda esperar de ese hombre brutal y violento una magnanimidad como la de César. Lo único lógico, si quiere salvar la vida, sería huir sin dilación. Cicerón tendría que pasar a Grecia, con Bruto, con Catón, al último campamento de la libertad republicana; allí al menos estaría a salvo de los asesinos pagados que ya se han puesto en camino. Y, en efecto, dos, tres veces, parece decidido el proscrito a tomar la fuga. Lo prepara todo, informa a los amigos, se embarca, se pone en camino. Pero una y otra vez, en el último instante, se interrumpe; quien ya ha conocido el desconsuelo del exilio siente, incluso en el peligro, el solaz de la tierra patria y la indignidad de tener que vivir en perpetua huida. Una misteriosa voluntad, más allá del sano criterio e incluso contra el sano criterio, le obliga a enfrentarse al destino que le aguarda. Cansado de su ya acabada existencia sólo desea unos días de descanso. Reflexionar en silencio un poco, escribir varias cartas, leer varios libros: que luego venga lo que el destino le haya deparado. En esos últimos meses, Cicerón se esconde ora en una, ora en otra de sus quintas, poniéndose en marcha siempre que amenaza peligro pero nunca escapando a ese peligro de modo definitivo. Como un enfermo calenturiento cambia los almohadones, así cambia él esos semiescondrijos, no decidido del todo a enfrentarse con su destino, pero tampoco a evitarlo, como si con esa disposición a morir quisiera cumplir inconscientemente la máxima que formuló en su De senectute: que un hombre viejo no debe ni buscar la muerte ni tampoco retrasarla; cuando quiera venir hay que recibirla con serenidad. Neque turpis mors forti viro potest accedere: a quien tiene fortaleza de ánimo no puede alcanzarle una muerte ignominiosa.

En este sentido, Cicerón, que ya estaba camino de Sicilia, ordena de pronto a sus gentes poner otra vez la quilla en dirección a la hostil Italia y tomar puerto en Cajeta, la actual Gaeta, donde posee una pequeña quinta. Se ha apoderado de él un cansancio que no es sólo de los miembros, de los nervios, sino cansancio de la vida y misteriosa nostalgia del final, de la tierra. Sólo descansar una vez más. Una vez más respirar el dulce aire del suelo patrio y despedirse, despedirse del mundo, ¡pero descansar y reposar, aunque sólo sea un día, una hora!

Nada más desembarcar saluda con reverencia a los sagrados Lares de la casa. Está cansado, tiene sesenta y cuatro años, y la travesía lo ha agotado, así que se tiende sobre el cubiculum, con los ojos cerrados para, en el sueño benigno, disfrutar anticipadamente del eterno descanso.

Pero apenas se ha tendido Cicerón en el lecho, entra precipitadamente un fiel esclavo: que en el entorno hay sospechosos hombres armados; un empleado de su casa, con quien él ha tenido muchas atenciones a lo largo de su vida, ha delatado a los asesinos, por la recompensa, el lugar donde se encuentra: que Cicerón huya, que huya deprisa, está preparada una silla de mano, y ellos, los esclavos de la casa, quieren armarse y defenderle durante el corto trayecto al barco, donde ya estará a salvo. Aquel hombre, provecto y agotado, lo rechaza. «Qué sentido tiene», dice, «estoy cansado de huir y cansado de vivir. Déjame morir aquí, en este país que yo he salvado». Finalmente, el antiguo y fiel sirviente le convence; dando rodeos, esclavos armados llevan la silla de mano a través del bosquecillo en dirección a la embarcación salvadora.

Pero quien lo ha traicionado en su propia casa no quiere que le defrauden el dinero de su infamia; apresuradamente llama a un centurión y a algunos hombres armados. Persiguen a la comitiva a través del bosque y alcanzan justo a tiempo a su presa.

Al punto se agolpan en torno a la silla de mano los criados armados y se disponen a resistir. Cicerón sin embargo les ordena que desistan. Su propia vida está ya vivida hasta el final, ¿por qué entonces sacrificar otras ajenas y más jóvenes? En esa última hora, aquel hombre perpetuamente vacilante, inseguro, y raras veces audaz, pierde por completo el miedo. Siente que él, romano, aún puede salir vencedor de la última prueba si −sapientissimus quisque equissimo animo moritur− se enfrenta con firmeza a la muerte. Los criados, siguiendo sus órdenes, retroceden; él, sin armas y sin oponer resistencia, presenta su cabeza de anciano a los asesinos con la frase, de grandiosa superioridad: «Non ignoravi me mortalem genuisse», siempre he sabido que nací mortal. Pero los asesinos no quieren filosofía sino su paga. No vacilan mucho tiempo. Con un fuerte golpe, el centurión aniquila al indefenso.

Así muere Marco Tulio Cicerón, el último defensor de la libertad romana, más heroico, más viril y más resuelto en esa hora última que en las miles y miles de su vida ya acabada.

La tragedia va seguida del sangriento drama satírico. La urgencia con la que Antonio había encargado precisamente aquel asesinato hace suponer a los asesinos que esa cabeza tiene sin duda un valor especial −no sospechan por supuesto su valor en la estructura espiritual del mundo y de la posteridad− para quien ha dado la orden de ejecutar el sangriento acto. A fin de que nadie les discuta su derecho a la recompensa y como prueba fehaciente de la ejecución de la orden, deciden entregar personalmente la cabeza a Antonio. Así pues, el jefe de la banda le corta al cadáver la cabeza y las manos, las mete en un saco y, echándose a la espalda el saco del que todavía gotea la sangre del asesinado, se dirige a toda prisa a Roma para alegrar al dictador con la noticia de que el mejor defensor de la República de Roma ha sido liquidado a la manera habitual.

Y el pequeño bandido, el jefe de la banda, ha calculado bien. El gran bandido que ordenó llevar a cabo el asesinato pone de manifiesto con regia recompensa su satisfacción por el crimen cometido. Ahora que ha desvalijado y asesinado a las dos mil personas más ricas de Italia, Antonio puede por fin ser generoso. Nada menos que un millón de sestercios le paga al centurión por el sangriento saco con las manos cortadas y la ultrajada cabeza. Todo eso aún no ha enfriado su venganza, por eso el odio estúpido y encarnizado de aquel hombre aún idea un ultraje especial para aquel muerto, sin sospechar que eso lo envilecerá a él hasta el fin de los tiempos. Antonio ordena clavar la cabeza y las manos de Cicerón en los rostra, en la tribuna desde la que él exhortó al pueblo a defender la libertad romana.

Al pueblo romano le espera al día siguiente un denigrante espectáculo. En el estrado del orador, el mismo desde el que Cicerón pronunciara sus inmortales discursos, cuelga, lívida, la cabeza cortada del último defensor de la libertad. Un enorme clavo oxidado atraviesa la frente que pensó tantos pensamientos; lívidos y convulsos se aprietan los labios que conformaron con más belleza que ningún otro la palabra metálica de la lengua latina, los azulados párpados han cerrado los ojos que durante más de sesenta años velaron por la República, impotentes se abren las manos que escribieron las cartas más brillantes de su tiempo.

Pero ninguna acusación lanzada por el magnífico orador desde esa tribuna contra la brutalidad, contra el ansia delirante de poder, contra la anarquía, habla con tanta elocuencia contra el perpetuo agravio de la violencia como lo hace ahora su muda, su degollada cabeza: medroso se agolpa el pueblo en torno a los profanados rostra, abatido, avergonzado, se aparta de nuevo. Nadie se atreve −¡es dictadura!− a pronunciar una réplica, pero un estremecimiento oprime sus corazones y angustiados cierran los ojos ante aquel trágico símbolo de su crucificada República.

La conquista de Bizancio

29 de mayo de 1453

Percepción del peligro