Monozuki. La chica zorro - R. G. Wittener - E-Book

Monozuki. La chica zorro E-Book

R. G. Wittener

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Beschreibung

R.G. Wittener ha escrito una novela de aventuras en la que trata muchos temas de actualidad —el deterioro medioambiental del planeta, la reivindicación animalista, el avance del capitalismo, la amenaza de un poder político hegemónico y la existencia inmortal de lo numinoso— con una frescura inusual en el género. Monozuki es la joven aprendiza de vidente del pueblo de Tojinbo, un pueblo de pescadores construido en un acantilado en una de las Islas del Tigre. Entre sus tareas se encuentra venerar al  pastor de kaijus, criatura marina que vela por el bienestar de estos seres gigantes que pueblan las islas y por el equilibrio entre estos y los humanos. Unos y otros han vivido durante siglos en perfecta armonía, a pesar de que algunos gobernantes crean que ha llegado la hora del progreso y pretendan limitar el hábitat de los kaijus y abusar de los frutos de la Madre Tierra.  Un día, el anterior señor de las Islas del Tigre, al que daban por huido a los Desiertos de Metal, aparece con su flota en la bahía de Tojinbo y empieza una lucha para recuperar el poder. Monozuki, sin pretenderlo, se verá envuelta en esta trama en la que le serán de mucha ayuda sus singulares habilidades. En medio de estas intrigas conocerá a Zenko, un zorro muy astuto prisionero en uno de los barcos de guerra, que promete revelarle parte de su increíble origen y algunos secretos de la tradición mágica de su raza. Para Monozuki, cuyo pasado está lleno de lagunas que nadie le quiere contar, esto es una tentación irresistible. "Es inevitable imaginarse a Monozuki con los rasgos que le daría Miyazaki, porque es una heroína a la altura de las mejores fantasías del Studio Ghibli. La chica zorro ha venido para quedarse y sostener apasionantes conversaciones con Chihiro y San, de La princesa Mononoke". Miguel Ángel Delgado, autor de "Tesla y la conspiración de la luz". "Una historia que Miyazaki se hubiera sentido orgulloso de firmar". Eduardo Vaquerizo, ganador del premio Ignotus y finalista del Minotauro por "Danza de tinieblas".

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Seitenzahl: 292

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Aventuras con toques de fantasía greenpunk en una saga memorable.

 

Monozuki es la joven aprendiza de vidente del pueblo de Tojinbo, un pueblo de pescadores construido sobre el acantilado de una de las Islas del Tigre. Entre sus tareas se encuentra venerar al pastor de kaijus, criatura marina que vela por el bienestar de estos seres gigantes que pueblan las islas y por el equilibrio entre estos y los humanos. Unos y otros han vivido durante siglos en perfecta armonía, a pesar de que algunos gobernantes crean que ha llegado la hora del progreso y pretendan limitar el hábitat de los kaijus y abusar de los frutos de la Madre Tierra.

 

Un día, el anterior señor de las Islas del Tigre, al que daban por huido a los Desiertos de Metal, aparece con su flota en la bahía de Tojinbo y empieza una lucha para recuperar el poder. Monozuki, sin pretenderlo, se verá envuelta en esta trama en la que le serán de mucha ayuda sus singulares habilidades.

 

En medio de estas intrigas conocerá a Zenko, un zorro muy astuto prisionero en uno de los barcos de guerra, que promete revelarle parte de su increíble origen y algunos secretos de la tradición mágica de su raza. Para Monozuki, cuyo pasado está lleno de lagunas que nadie le quiere contar, esto es una tentación irresistible

 

R.G. Wittener ha escrito una novela de aventuras en la que trata muchos temas de actualidad —el deterioro medioambiental del planeta, la reivindicación animalista, el avance del capitalismo, la amenaza de un poder político hegemónico y la existencia inmortal de lo numinoso— con una frescura inusual en el género.

 

 

 

 

 

«Es inevitable imaginarse a Monozuki con los rasgos que le daría Miyazaki, porque es una heroína a la altura de las mejores fantasías del Studio Ghibli. La chica zorro ha venido para quedarse y sostener apasionantes conversaciones con Chihiro y San, de La princesa Mononoke».

Miguel Ángel Delgado, autor de Tesla y la conspiración de la luz.

 

«Una historia que Miyazaki se hubiera sentido orgulloso de firmar».

Eduardo Vaquerizo, ganador del Ignotus y finalista del Minotauro por Danza de tinieblas

 

 

 

 

 

Biografía del autor

 

 

R.G. Wittener (1973, Witten, Alemania) vive en Madrid. Es autor de numerosos relatos y cuentos cortos aparecidos en antologías de fantasía o steampunk, entre las que se encuentran The Best of Spanish Steampunk (Ediciones Nevsky), Donde reside el horror (Edge Entertainment), Ácronos, volúmenes 1, 2 y 3 (Tyrannosaurus Books), Supermalia (Ediciones El Transbordador), Alambre de letras (NeoNauta Ediciones) y El vigilante de las estrellas y otros cuentos (Cazador de Ratas). También de la novela El secreto de los dioses olvidados (Grupo AJEC) y de la colección Ni colorín ni colorado, en la que propone una vuelta de tuerca a los cuentos infantiles clásicos.

 

El autor reconoce como influencia en su obra los trabajos de Julio Verne, Emilio Salgari, Margaret Weis y Tracy Hickman, Diana Wynne Jones o Michael Ende, entre otros; una huella que el lector reconocerá de inmediato.

 

 

 

 

 

1

 

Para los habitantes de Tojinbo, la aparición ciclónica de Monozuki era algo tan rutinario como el amanecer o el flujo de las mareas, así que ninguno se extrañó aquella tarde al verla corretear descalza por entre las pasarelas, escaleras y puentes de cuerda que comunicaban las incontables casas del poblado, adheridas al acantilado como moluscos al casco de un barco.

—Buenas tardes —saludó en un jadeo al grueso señor Taro, que estaba en la puerta de su carpintería, antes de retomar la carrera—. Buenas tardes —gritó en el salón de té de la señora Tomomi, mientras lo recorría de un extremo a otro, para hacerse oír sobre el sonido de la música.

—Buenas tardes —corearon los niños que jugaban en torno al gran mirador central, mientras ella seguía descendiendo por los vericuetos del acantilado.

Ni siquiera detuvo su carrera al llegar a la estrecha playa, sino que se dirigió rauda hacia el embarcadero, levantando puñados de piedrecillas blancas a su paso. Allí, entre las escasas embarcaciones que no habían salido a faenar ese día, la esperaban dos personas junto a una lancha pintada de blanco y amarillo.

—Perdón por el retraso, abuela Rin. Había mucha gente en el mercado, y el único comerciante que tenía aceite de ballena ha tenido que buscarlo en la carreta.

La abuela Rin enderezó su espigada figura y le dedicó una sonrisa plagada de arrugas. Se mecía despacio, adelante y atrás, como un junco, con su sencillo kimono color verde. De no ser por sus brillantes pelos blancos, pocos dirían que era una de las mujeres más viejas de Tojinbo. Manejaba sus manos con una destreza envidiable, y en la mirada conservaba una viveza muy distinta del agostado ceño que podía verse en las ancianas que caminaban apoyadas en bastones, condenadas a permanecer en su casa porque no se atrevían a cruzar las pasarelas.

En comparación, Monozuki se podía considerar una versión joven y más nerviosa. Delgada y un poco baja para sus quince años, la corta melena castaña siempre se veía revuelta y encrespada. Su tía la animaba a dejarse el pelo largo, como ella, pero antes o después Monozuki conseguía enredárselo sin remedio y debían cortárselo.

—Tranquila, Monozuki, está bien. ¿Te has acordado de traer lo que te pedí para el pastor de kaijus?

La muchacha asintió de forma vigorosa.

—¿La ofrenda? Sí, también la he traído. —Y abrió la mochila.

—Entonces estamos listos. Vamos, monta.

Y se volvió hacia el delgado señor Ishiguchi, que aguardaba junto a la embarcación con gesto serio. En cuanto la anciana se acercó, la ayudó a pasar dentro de la lancha y comenzó a soltar amarras ayudado por Monozuki, que no dejaba de sonreír bajo la atenta mirada de la abuela Rin.

—Ya está, abuela. Nos podemos ir.

—¿A la Isla Santuario? —preguntó Monozuki a pesar de conocer la respuesta. Aquel día se había vestido con un kimono ocre de dos piezas, con las mangas y las perneras cortas, que solo le dejaban ponerse en ocasiones especiales. Confiando en que aquello podía ocurrir.

—A la Isla Santuario.

—Y tú intenta quedarte quieta un rato, Monozuki —comentó el señor Ishiguchi.

El viento era bueno y soplaba en dirección favorable, así que las velas de la lancha se hincharon en cuanto salieron del resguardo que les ofrecía el acantilado, empujándoles hacia su destino con el habitual crujido de cuerdas y el restallar de la tela, dejando atrás la peculiar arquitectura de Tojinbo: el rompecabezas de terrazas multicolores que, a modo de comederos para pájaros, se sostenían apoyadas unas sobre otras hasta la propia cima del acantilado, comunicadas por pasarelas y escaleras que flotaban en el vacío o bien se agarraban a la roca entre los distintos salientes que se asomaban al mar. Las casas de los pescadores ocupaban la parte baja, hasta unos metros por encima de la playa. Repartidas por la zona superior estaban las de los comerciantes, la sala de reunión del pueblo, la casa de té, la forja y la columna de madera y metal del montacargas accionado por vapor, que permitía mover cargamentos desde la playa hasta lo alto del acantilado. Allí montaban sus puestos las caravanas de los mercaderes tras recorrer el serpenteante camino que seguía el borde de la costa.

Mientras que la abuela se acomodó cerca del timón, con la pipa que la acompañaba a todas partes oscilando al ritmo de unos murmullos que solo ella entendía, Monozuki se colocó sobre la proa. Con una mano apoyada en la barandilla de cada costado, miraba expectante hacia la Isla Santuario. Casi como un mascarón. Tan solo apartó los ojos del horizonte al salir a mar abierto; cuando el agua se estremeció por delante de la embarcación, de las profundidades surgió una aleta plateada y el primero de un grupo de delfines comenzó a juguetear en torno a la lancha. Monozuki contempló asombrada la velocidad a la que se movían y la elegancia con que ejecutaban piruetas al borde mismo del barco sin que el casco nunca llegase a golpearles. Respondiendo a sus estruendosos chillidos con gritos de alegría.

—¿De verdad que ella te sustituirá cuando tú no estés, abuela? ¿No había una chica menos revoltosa a la que coger de aprendiza?

El viento le trajo las palabras del señor Ishiguchi, así que se volvió de inmediato, dispuesta a preguntarle por qué la ofendía de aquella manera mientras, de forma inconsciente, se llevaba la mano al collar de conchas y pedazos de marfil entrelazados. Pero su mirada se cruzó con la de la abuela Rin, que había dibujado una mueca de sonrisa, y se detuvo.

—Deberías haberme visto a mí a su edad. No siempre he sido una tortuga arrugada, ¿sabes? —Y le guiñó un ojo al pescador.

—Pero… ya tenías a Hanae. Ella sabe de plantas medicinales, y había conocido ya al pastor de kaijus. Es una muchacha muy dispuesta, más tranquila… Pero Monozuki… es una chica zorro.

En el poblado eran muchos los que la llamaban la chica zorro. Sobre todo, por el color casi amarillo de sus ojos; aunque también le delataban sus rasgos afilados y la ancha sonrisa, más bien pícara, que nunca se le borraba de los labios. Un nombre que, en ocasiones como aquella, la enfurecía. La abuela mordió la boquilla de la pipa, de forma que apuntó al señor Ishiguchi, y agitó una mano en el aire, como si su opinión fuera un enjambre de moscas.

—Vosotros no entendéis nada. Solo os preocupa tener a alguien que le pida favores al pastor de kaijus cuando os convenga. —Y, aunque la reprimenda había silenciado a su interlocutor, continuó—: Habéis empezado a creer que el pastor de kaijus solo existe para daros prosperidad, y no es así. Os estáis olvidando de quién es en realidad.

La abuela Rin mantuvo su mirada acusadora en dirección al señor Ishiguchi, y luego volvió a recostarse contra la baranda.

—A mí no se me ha olvidado quién es el pastor de kaijus. Te lo he oído contar muchas veces, abuela —refunfuñó él, y empezó a recitar—. Su raza ya existía antes de la Gran Desolación. Cuando los Maestros del Hierro empezaron a conquistar el mundo, ellos crearon a los kaijus para que defendieran las tierras que gobernaban. Refugiaron a los que huían de los Desiertos de Metal y después mandaron a los kaijus que destruyeran los barcos de los monstruos de carne y metal. Pero solo a cambio de que obedeciéramos sus reglas.

—Respetar el mar y la tierra, y las criaturas que vivan encima y debajo —recitó Monozuki, procurando adoptar un tono solemne—. Tomar solo lo necesario y no dañar a los espíritus.

La abuela asintió, chupando la pipa, y exhaló una fina nube de tabaco.

—Los pastores y los kaijus nos salvaron hace cientos de años. Eso es algo que nunca deberíamos olvidar, o nos pasará como al señor del clan Maeda. Nos pasará lo mismo. Ya verás.

—¡No digas esas cosas, abuela! —le rogó Ishiguchi—. No es bueno recordar las desgracias.

—Si no te gusta lo que pienso, no deberías pedir mi opinión. Monozuki puede llegar a ser mejor que yo si se lo propone. Y si vosotros, cabezas de chorlito, dejáis de pensar que el pastor de kaijus debe obedecer vuestros caprichos. —El pescador frunció los labios y agachó la cabeza—. Mira, Monozuki, ya estamos llegando.

La Isla Santuario surgía del mar como el tocón abandonado de un gigantesco árbol. Una inmensa pared de roca negra, tres veces más alta que el acantilado de Tojinbo, en cuyas estrías se adivinaba alguna filigrana de color ámbar oscuro, punteada aquí y allá de motas verdes. El resto de la isla se extendía como una torta de casi una milla, recubierta por una tupida vegetación que ocultaba varias cumbres menores con arces, sauces y cipreses. Y encarada hacia Tojinbo, pero resguardada en el interior, existía también una cala cuya arena brillaba dorada cuando el sol la iluminaba.

Monozuki nunca se había acercado tanto a la isla, aunque conocía los alrededores con bastante exactitud. Cuando acompañaba a su tío Katsumi a capturar cristarrayos, solían bordearla, respetando siempre la prohibición de adentrarse en ella. Por eso la cala había sido, hasta entonces, un lugar con el que fantaseaba cuando navegaban junto al paso de entrada: un cañón de más de cuarenta metros de ancho, sobre el cual la vegetación había formado una bóveda. En cuanto la embarcación se sumergió en las tinieblas de aquel techo natural, Monozuki miró hacia arriba para poder contemplarlo mejor. Sin embargo, sus ojos aún tardaron unos segundos en acostumbrarse y tuvo que aguardar esos instantes, frustrada, antes de poder apreciar ningún detalle: la red urdida por las ramas de sauces y arces desde uno y otro lado, entrelazadas de tal manera que los escasos rayos de sol que lograban atravesarla se percibían del mismo modo que las estrellas en el cielo nocturno. El sonido de las olas reverberaba en todo el cañón, con un rumor ronco que retemblaba en el pecho de quien lo oía, interrumpido tan solo por los graznidos de los pájaros que anidaban allí, formando bandadas entre la bóveda de ramas y el borde de las olas.

—Es precioso —musitó Monozuki un instante antes de volver a quedar cegada al salir del cañón.

La cala era semicircular; una franja de arena de poco más de diez metros que se estrechaba en los extremos hasta desaparecer, detrás de la cual se disputaban el terreno las palmeras y los bambúes, que parecían estar cayendo hasta allí por la pendiente de la gran montaña central. El agua era tan clara que se podía ver el fondo a la perfección: las algas meciéndose al ritmo de las olas, bancos de pececillos plateados nadando inquietos, e incluso langostas que meneaban sus antenas sobre una roca. La sombra de la lancha fue pasando por encima de todos ellos, hasta detenerse al tocar el fondo.

—Espera a que haya colocado la escalera, pequeña —le comentó la abuela Rin, mientras la ayudaba a incorporarse.

Monozuki estaba ansiosa por saltar a la playa, pero se contuvo mientras Ishiguchi apoyaba una escalera de madera en la borda y se aseguraba de que estaba firmemente sujeta. Por allí bajó la abuela, sin quitarse la pipa de la boca; y, cuando al fin puso pie a tierra, le hizo una seña para que la siguiera. Entusiasmada, Monozuki se deslizó por los laterales y clavó los pies en la arena con un gesto triunfal.

Estaba en la Isla Santuario. No era una ilusión.

—Os esperaré donde siempre, abuela —se despidió Ishiguchi, apartando la lancha de la playa con ayuda de una pértiga—. Llámame cuando hayáis acabado.

La anciana asintió en silencio y se dio la vuelta de inmediato, dirigiéndose hacia la línea de troncos de bambú que se encontraba justo frente a ellas. Monozuki se apresuró a seguirla, incapaz de mantener la vista fija en una sola cosa. A la sombra de los grandes árboles crecían toda clase de flores: azaleas, tulipanes, lavandas, rosas… Una libélula enorme alzó el vuelo desde lo alto de un macizo de crisantemos, cerca de donde correteaban un par de ciempiés.

—No te despistes, pequeña. Las criaturas de la isla nos ignorarán mientras sigamos el camino.

—Entiendo —respondió ella, que acababa de descubrir con la vista una tela de araña capaz de cubrir su cama—. Si me pierdo y me aparto del camino…, ¿me harían daño?

—Solo si pensasen que tú se lo vas a hacer a ellas, pequeña.

En realidad la senda no entrañaba ninguna dificultad, como pudo comprobar Monozuki. Partía en línea recta del centro de la playa, y no se había desviado ni un ápice cuando llegaron junto a una cascada. Situada en la base de la montaña, allí daba su último salto al vacío un torrente que debía llegar desde la cumbre, formando un velo de cinco metros de alto. Al pie de la catarata, un estanque de aguas azuladas se agitaba de forma incesante.

—Por aquí —le señaló la abuela, abandonando la senda para comenzar a bordear el estanque.

—Pero… yo pensaba que debíamos de seguir el camino.

—Y eso hacemos, pequeña. Pero el camino hasta el pastor de kaijus no está a la vista de todos.

Antes de que Monozuki pudiera preguntar nada, la abuela guardó la pipa bajo la chaqueta verde musgo del kimono y se aupó sobre unas rocas empapadas, caminando con la ligereza que aún conservaba. Así se acercó al borde mismo de la cortina de agua, donde se apoyó un instante antes de desaparecer.

—¡Abuela! ¿Dónde te has metido?

Monozuki no daba crédito a lo que acababa de ver, pero escuchó la risa de la anciana a través del estruendo de la catarata y no se lo pensó dos veces: echó a andar sobre las rocas, dirigiendo sus pasos hacia el mismo lugar por donde había visto desvanecerse a la abuela.

—¡Espérame, abuela! ¡Ya voy!

En el último momento, el pie izquierdo le resbaló y se golpeó contra el filo de una roca antes de poder apoyarlo de nuevo e impulsarse a través de la catarata. Al otro lado, la abuela había estado aguardándola con calma, sentada en una roca cuya forma le venía a propósito.

—¿Te has hecho mucho daño? —le preguntó, al ver que se palpaba la planta del pie.

—Me he cortado. Pero puedo andar.

—Entonces vamos.

Bajo la catarata la erosión del agua había formado un estrecho escalón, suficiente para que caminasen una detrás de la otra. Y aunque daba la impresión de que no había adónde ir, el muro de roca se separaba en cierto punto, formando un pasillo al que entraron agachadas tras subir varios peldaños naturales.

—Anda, pequeña, saca el aceite —le pidió la abuela, levantando la voz por encima del bramido del agua.

—¿Hemos llegado ya? ¿Está el pastor de kaijus por aquí? —quiso saber, mientras buscaba el frasco en la mochila.

—Aún falta un poco. Ahí debe haber unas antorchas. Coge un par.

A pesar de las tinieblas, Monozuki inspeccionó el hueco en la roca que le indicó la abuela. Dentro encontró un montón de paja seca y, al meter la mano, no tardó en tocar varios maderos gruesos. Así que agarró dos y se los acercó a la anciana.

—Eso es, muy bien. —E impregnó la parte superior de la primera antorcha con un chorro de aceite. Luego sacó un encendedor de chispa del interior del kimono y la prendió—. Ya podemos seguir.

Y dejó el frasco de aceite en el hueco de la piedra, tras rociar otro poco la segunda antorcha.

—Abuela, tú me dijiste que lo necesitabas para entrar en el santuario del pastor de kaijus…

—Y lo necesitamos para entrar. Si no vemos por dónde vamos, nos perderemos —replicó la anciana con una sonrisa.

Durante un rato, Monozuki permaneció callada. En su interior había imaginado que aquel aceite tendría un papel mucho más relevante en su encuentro con el pastor de kaijus. Que se lo entregarían como una especie de ofrenda; quizás ella misma, para presentarse como la futura vidente de Tojinbo. Por eso no podía dejar de sentirse un poco frustrada. Como si la abuela le hubiese gastado una broma. Luego, a medida que se fueron adentrando por el corredor, lo que le mostró la antorcha hizo que se olvidara de aquello y volvió a recuperar su humor natural.

Lo primero de lo que se dio cuenta fue de que el pasillo se ensanchaba poco a poco, hasta dejarla caminar junto a la abuela Rin, al tiempo que las paredes dejaban de ser irregulares y rugosas para mostrar un aspecto pulido. Y en los recovecos que habían dejado, formando líneas verticales desde el techo hasta el suelo, podían verse musgos luminosos palpitando en suaves tonos de rojos y ocres.

—¿Es cierto lo que has dicho? En la lancha. Sobre mí.

La abuela se detuvo, desvió un instante la mirada hacia ella y continuó avanzando. Tan solo había sido un segundo, pero aun así Monozuki percibió algo extraño en los ojos de la anciana.

—No pensarás que le he mentido al señor Ishiguchi…

—No, no, por supuesto que no, abuela Rin. Solo me ha sorprendido. Me ha hecho sentir… orgullosa.

—Hanae es una muchacha muy dispuesta. Aprende con facilidad, como tú. Y es buena aplicando las medicinas. Conoce las hierbas, sabe cuál debe usar en cada caso… pero no podría ser una buena vidente.

Monozuki pensó en Hanae. No la había tratado mucho, pero sabía por boca de otros que era buena persona. Había ayudado al tío Katsumi cuando sufrió el accidente con la trampa de cristarrayos. Después de que la abuela le curase la herida, Hanae se pasaba cada pocos días para comprobar que todo iba bien y cambiarle los emplastos. Después de aquello, lamentó verla marchar al santuario de La Espina.

—¿Por qué no podía ser vidente? ¿Sus visiones no eran buenas? —volvió a preguntar, girando en un nuevo recodo del túnel.

—Te contestaré con una pregunta: ¿qué hiciste después de tu última visión?

Monozuki la miró de reojo. No se esperaba aquello.

—Tú ya lo sabes, abuela Rin…

—Hazle un favor a esta anciana y recuérdaselo, pequeña.

—Yo… tuve una visión. Soñé que estaba en el fondo del mar y encontraba una ostra gigante de la que salían perlas a centenares. Pero cuando intentaba cogerlas, a la concha le salían dientes y me tragaba el brazo. —El pasillo dibujó otra curva, y Monozuki ayudó a la abuela por un corto tramo de escalones—. Dos días después el tiempo mejoró y cuando vi a las pescadoras de perlas les pedí que me dejasen ir con ellas para ayudarlas.

Unos puntos de luz en el corredor la distrajeron, hasta que advirtió que eran claraboyas abiertas al exterior.

—El mar estaba tan tranquilo que se podía ver el fondo. Al llegar al acantilado del Guerrero Fantasma, Yukio y Chikako nos hicieron señas para que nos acercásemos, y señalaron algo que se veía entre el coral. Era una ostra blanca, muy grande, y alrededor había muchísimas bolitas que brillaban. Todas se pusieron contentísimas y empezaron a prepararse para lanzarse al agua. Yukio estaba muy feliz y dijo que iba a hacerse un collar para su ajuar. —Monozuki levantó el dedo y echó los hombros hacia atrás—. Pero yo les dije que no lo hicieran, que corrían peligro. Me peleé con Yukio. Le tiré del pelo para que no saltara. Hasta discutí con Chikako.

—¿Y qué pasó al final?

—Chikako dijo que iría ella, porque es la mayor. Se llevó un arpón y una red. Yo cogí otro y vigilé desde la barca. No se veía nada raro, pero tenía miedo. Y cuando Chikako se acercó, las valvas se abrieron ¡y salió un tiburón! Era uno pequeño, pero podía haber mordido a las demás.

—¿Y las perlas?

—No eran perlas, sino huevas de cangrejo gigante. Pero también había muchas ostras por allí, y entre todas encontramos quince perlas —explicó Monozuki, sonriendo.

Un nuevo tramo de escalones les condujo hasta otra gruta invadida por el agua. A no menos de cien pasos se adivinaba una abertura que daba al exterior, y más allá distinguió las rocas que formaban los rompientes alrededor de la Isla Santuario. En ese momento, la abuela apoyó una mano en su hombro y la miró con fijeza a los ojos.

—Una vidente no puede dudar nunca de lo que le dice su instinto. Aunque tengas que pelearte con tus mejores amigas. —La anciana chupó la pipa y lanzó un suspiro ahumado—. Hanae no se atrevía a llevarle la contraria a los demás. Por más que se lo advertí, no lo comprendía. Pero el día del accidente de tu tío lo entendió. No se fue a La Espina porque yo la obligara. Supo que lo mejor que podía hacer era irse y convertirse en curandera.

La revelación de la abuela Rin dejó sorprendida a Monozuki, pero antes de que pudiera preguntar nada le puso un arrugado dedo sobre los labios y la hizo callar.

—Esta es la entrada a la gruta del pastor de kaijus. Mírala bien y fíjate en su aspecto, pequeña. Los pasillos por los que hemos venido, a veces, se vuelven diferentes. Se alargan, se estrechan, se vuelven empinados… Pero la gruta no. La gruta debe permanecer siempre igual; y si notas algo distinto al llegar aquí, significa que están ocurriendo cosas graves. Porque lo que ocurre en esta cueva afecta al mar que nos rodea, como el mismo mar afecta a esta cueva.

Al terminar de hablar, la abuela apartó el dedo de los labios y dejó sus ojos marrones clavados en los de Monozuki, de modo que ella comprendió que estaba esperando su respuesta. Pero antes miró al interior de la gruta.

—Es grande y apenas se ve. ¿Cómo hiciste tú para aprenderte de memoria el aspecto de la cueva, abuela?

La anciana rio y se colocó la pipa entre los dientes.

—Buena pregunta, pequeña. Nadie puede hacerlo, pero sí puedes fijarte en ciertos detalles. ¿Está limpia el agua? ¿Ha crecido el número de caracolas? ¿Está el musgo sano? Todo eso son señales de que el mar se encuentra bien.

A continuación bajó por las piedras y se metió en el agua, que le alcanzaba hasta las rodillas, sin importarle que se le mojase la falda.

—Pero el pastor de kaijus es quien cuida del mar. Si algo malo pasa, ¿no lo arregla él?

—Casi siempre. Pero otras veces necesita ayuda, o la situación es tan grave que debe llamar a los kaijus para que lo solucionen. Y si el pueblo no sabe que los ha llamado, puede ocurrir un desastre. Por eso es importante reconocer las señales.

Monozuki asintió, abrumada en parte por la cantidad de cosas nuevas que estaba viendo y oyendo. Calculó que el túnel que daba acceso a la gruta tenía el ancho suficiente para que una barca pudiera adentrarse en su interior si era capaz de atravesar los rompientes y tenía poco calado.

—Vamos, pequeña —le indicó la abuela, dejando las antorchas en unos soportes excavados en la roca.

A medida que se iban adentrando en el túnel, la luz del sol se fue agostando. Pero no por eso dejaron de disponer de iluminación, pues los musgos que allí también poblaban las paredes les mostraban el camino con sus resplandores cobrizos. Pequeños bancos de algas le acariciaban la planta de los pies al caminar. Cangrejos de pinzas rosadas correteaban por la roca a la altura del agua. Aquel lugar hizo que se estremeciera de emoción.

Sin embargo, al entrar en el hogar del pastor de kaijus sintió que le fallaban las fuerzas. Nunca en su vida había visto algo tan grandioso. Hasta la gran sala de reuniones de Tojinbo era minúscula en comparación. En aquella gruta se oía el rumor del mar en calma y peces de lo más variopinto salían sin cesar desde una poza en el centro, para rodear los corales que la poblaban y desaparecer luego por el mismo sitio. Anguilas, pequeños delfines, tiburones, atunes, sepias… todos pasaban por allí a rendir pleitesía. Y justo sobre uno de los corales vio al pastor de kaijus: una criatura del tamaño de un niño pequeño, cuyo cuerpo estaba constituido por las mismas rocas que formaban los arrecifes de los acantilados; no tenía ni ojos ni boca, sino una serie de oquedades dispares repartidas por la cabeza, y en lugar de hablar emitía un sonido similar al del chapoteo del agua entre las rocas.

—Ahora quédate ahí y observa, pequeña.

La abuela se aproximó a la roca del pastor de kaijus y le saludó con una inclinación de cabeza.

—Poderoso señor, soy Rin, del pueblo de Tojinbo. Te traigo a mi nueva aprendiza para que le des tu aprobación. Se llama Monozuki y será mi sustituta, si los espíritus lo permiten.

La peculiar criatura emitió un sonido suave, un rumor sibilante que parecía producido por una caracola. Luego inclinó la cabeza, caminó con sus cortas piernas por la roca y empezó a andar sobre el agua. O eso fue lo que creyó Monozuki al principio, pues enseguida se dio cuenta de que no era así. En realidad, el lecho de rocas se alzaba por delante del pastor de kaijus para sostenerle. Y así fue como se plantó junto a ella.

—¿Qué hago ahora? —musitó.

—Yo diría que lo educado es presentarse —le respondió la abuela con una mueca.

Imitando el gesto de la anciana, la muchacha inclinó la cabeza hacia el pastor de kaijus.

—Poderoso señor, mi nombre es Monozuki, del pueblo de Tojinbo. Si te place, seré la aprendiza de vidente de la abuela Rin.

Sin saber muy bien por qué, se quedó inclinada, de modo que le hubiese bastado con estirarse un poco para tocar con su nariz la cabeza del pastor de kaijus. Mirando frente a frente aquellas oquedades profundas y misteriosas que podían ser sus ojos, su boca o sus oídos. Pero, a pesar de esa deformidad, lo observó con un respetuoso interés. Pasados unos segundos, la criatura se movió alrededor de Monozuki. Al caminar sobre las rocas que se elevaban del fondo de la gruta, producía el sonido de grava entrechocando. Cuando la rodeó por completo, volvió a situarse a su lado y le dedicó un ronroneo acompañado por chasquidos.

—Creo que le has gustado. Sobre todo tus ojos. Anda, ofrécele lo que has traído.

Monozuki metió la mano en la bolsa y sacó un pequeño tarro de cristal tapado con un corcho. En el interior, relleno de agua de mar, flotaban media docena de esferas nacaradas.

—Son huevos de cangrejo gigante. Cuando contamos en el pueblo que los habíamos encontrado, los pescadores fueron allí con las redes para venderlos. Pero yo guardé estos.

Y abrió el tarro, dejándolo al alcance del pastor de kaijus. La abuela Rin solo le había dicho que llevase algo que pudiera gustarle, pero no le dio ninguna pista; y, como el pequeño ser permaneció inmóvil, comenzó a preguntarse si no se habría equivocado con la ofrenda. Sin embargo, antes de que pudiera pensar en disculparse, el pastor de kaijus emitió unos gorgoritos y metió sus brazos de piedra en el tarro. Los huevos se adhirieron a su cuerpo al momento, lo cual le hizo gorjear de nuevo, y se dio la vuelta para regresar a la roca central.

—Ha sido una buena ofrenda —le susurró la abuela, acercándose a ella y guiñando un ojo—. A los pastores les gusta que respetes la vida de sus criaturas. Y le encantan los cangrejos, ya lo creo que sí. Creo que son un poco como él.

Monozuki suspiró aliviada, y observó con una sonrisa al pastor de kaijus y a la vibrante procesión de animales que continuaba agitándose alrededor de la roca. Sintiéndose, por primera vez, parte de las fuerzas que estaban allí en acción.

—Venga, ya podemos irnos. Y recuerda que todo lo que has visto aquí es secreto. No puedes hablarle a nadie de la cueva del pastor de kaijus.

—¿No puedo contar nada?

—Nada que los guíe hasta aquí.

 

Al regresar a la playa, la abuela Rin sacó un silbato de hueso, lo hizo sonar tres veces y no pasaron más que unos minutos antes de que la lancha del señor Ishiguchi asomase entre las sombras de la cala para recogerlas.

—¿Qué tal? —les preguntó en cuanto subieron a bordo.

—Ha ido como esperaba —respondió la abuela, en tono lacónico—. Anda, ayúdame a sentarme. Estos paseos me agotan cada vez más.

En cuanto la abuela estuvo acomodada en el mismo lugar que había ocupado en el viaje de ida, el señor Ishiguchi hizo virar la embarcación. Sin embargo, esta vez el recorrido de vuelta lo hicieron en completo silencio. La abuela encendió su pipa y la chupaba de cuando en cuando, un poco adormilada, mientras que el señor Ishiguchi manejaba el timón y echaba un trago de la calabaza que tenía a la sombra; apartando la vista del horizonte tan solo para mirar de vez en cuando a Monozuki, que permanecía sentada y quieta, con una mirada de ensoñación grabada en el rostro.

Ella se sentía al mismo tiempo excitada y agotada. No podía dejar de rememorar el encuentro con el pastor de kaijus: el peculiar aspecto que tenía, ese incomprensible lenguaje que ya deseaba aprender, la forma en que había reaccionado al ver los huevos de cangrejo… Se había pasado los últimos dos años imaginando cómo sería, y el resultado había superado todas sus expectativas.

En la lancha no se escuchó más ruido que el ronroneo de los cabos, el griterío de las gaviotas y el susurro de la proa al cortar el agua, hasta que enfilaron la bahía de Tojinbo, enrojecida por la luz del atardecer. Resonando contra los acantilados les llegaron las voces de las mujeres que cantaban mientras remendaban las redes; el silbido del motor de vapor del ascensor que subía hasta el faro; los gritos de los niños jugando… Ese coro bullicioso sacó del ensimismamiento a Monozuki, que se levantó y volvió a encaramarse a la proa.

Ya casi habían llegado al embarcadero. Y aunque su regreso había coincidido con una hora de mucha actividad, le llamó la atención la cantidad de vecinos que se podían ver alrededor. Bastantes más de los que sería normal ver a cualquier hora. Y a la cabeza de todos ellos estaba el señor Takemaru, junto a varios de los comerciantes del consejo de Tojinbo y sus alrededores.

—¿Has visto? Parece que hubiera atracado el barco del enviado del señor Kasai.

Ella mordisqueó la pipa, gruñó algo y se preparó para bajar.

—¿Qué tal ha ido, abuela? —preguntó el orondo señor Takemaru, y Monozuki se percató entonces de que la miraba a ella mientras los demás ayudaban a la anciana a bajar.

—Ha ido justo como esperaba. Anda, Monozuki, pequeña, ayúdame a llegar a casa.

Y apoyó una mano en el hombro de ella, de forma que comenzaron a atravesar aquella inesperada multitud sin detenerse. Sin embargo, Monozuki no podía dejar de mirarlos. Había en sus rostros una expresión de ansiedad que no lograba desentrañar. Pero, como la abuela no se detenía, ella tampoco podía pararse a preguntar.

—¡Monozuki! ¡Monozuki! ¿Has estado en la Isla Santuario?

El pequeño Masaru, subido al parapeto de madera del embarcadero, le hablaba a gritos con sus ojos negros muy abiertos mientras caminaba en equilibrio junto a media docena de la chiquillería de Tojinbo.

—Sí, y es muy bonita.

—¿Y es verdad que has visto al pastor de kaijus? ¿Qué te ha dicho?

—Me ha aceptado —le respondió Monozuki, sintiendo al decirlo que se llenaba de orgullo. Y en ese momento tuvo la impresión de que todos empezaban a mirarla de forma diferente. Como si fuera una desconocida. La misma expresión que había visto en el rostro del señor Ishiguchi cuando regresaron de la cueva del pastor de kaijus.

Una mano la sujetó por el brazo mientras caminaba y al girar la cabeza se encontró frente a Yukio. Su mejor amiga le dedicó una sonrisa nerviosa y se apretó contra ella riendo.

—¡Lo has hecho! ¡Has visto al pastor de kaijus! —Los ojos le brillaban de emoción—. ¿Le cantaste el poema que te enseñé?

—No… no me he acordado —reconoció Monozuki, cabizbaja. Yukio había pensado que podría impresionar al pastor de kaijus con la historia de la princesa Nanako y cómo cuidó de un kaiju herido. Claro que Yukio tenía talento para cantar.

La respuesta no pareció molestarla en absoluto; siguió tironeándole del brazo y sonriendo, con la melena castaña agitándose arriba y abajo.

—Ya verás. Cuando sea mayor y la gente venga de otros pueblos a preguntar por la vidente, les podré decir que soy su amiga y los llevaré hasta tu casa. Haré dulces de pasta de judías y nos los tomaremos con té viendo a la gente pasar por delante, y ellos te saludarán y te dirán «buenas tardes, honorable Monozuki». —Y simuló una reverencia.

Monozuki se rio de la ocurrencia de Yukio, aunque que aquello sucediese parecía dudoso. Ella nunca había visto a la abuela Rin tomando té con pasteles, o ninguna otra cosa, sin hacer nada más que esperar a que los demás pasasen a saludarla. De hecho, muy poca gente la visitaba y muchos menos se quedaban allí para charlar con ella.