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Abel Lanuza sale de un centro psiquiátrico tras treinta meses de internado e intenta retomar su vida con Merche, su mujer, y Jorge, el hijo de ambos, pero todo le es adverso. Su única oportunidad para recuperarse es la herencia de su tío, que recientemente se ha suicidado en la aldea de Muerdealmas, en el remoto territorio de la Tinença de Benifassà. Allí le recibirá un entorno hostil y salvaje dominado por los hermanos Osset (Ibón, Ventisca y Ferrán), cuyas actividades delictivas mantienen su modo de vida. Los Osset son una familia en crisis cuyo líder está cuestionado mientras crece la tensión con sus enemigos históricos, los Piedelobo. Ventisca Osset intentará evitar que esta grieta crezca, a pesar de que ella misma soporta el peso de un gran secreto. Abel y su familia parecen adaptarse a la vida en Muerdealmas, pero solo es un espejismo. Pronto emergerán recuerdos relacionados con los Osset y el pasado de Abel, borroso en su memoria. Decidido a descubrir la suerte de su tío, Abel iniciará una investigación obsesiva mientras los Osset maniobran para evitar el desastre. Una serie de acontecimientos desencadenarán unas fuerzas jamás vistas en esas montañas mientras Abel y Ventisca ven cómo fracasan sus intentos por detener el conflicto. Una novela sobre la locura y la supervivencia, cuyos bandos irreconciliables caminan inexorablemente hacia el definitivo ajuste de cuentas. El resultado se dilucidará en una aldea apartada del mundo, con sus propias reglas: MUERDEALMAS.
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Seitenzahl: 400
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Para Fernando Marías.
Tú, que tanto distesin esperar nada a cambio.
«El lobo siempre será el malvado si Caperucita es quien cuenta la historia.»
FRIEDRICH NIETZSCHE (Genealogía de la decadencia, Libro IV)
«No puedo hacer que nadie entienda lo que está sucediendo dentro de mí. Ni siquiera puedo explicármelo a mí mismo.»
FRANZ KAFKA (La metamorfosis)
Hay un instante, antes de que el fragor se desate, en el que todo parece detenerse. Incluso los pájaros abandonan sus cantos, expectantes a los acontecimientos. El viento apenas sopla, la niebla se sostiene sobre las laderas colindantes con temblor de fantasma primerizo. El aire helado transporta astillas de cristal, restos de la última nevada, que se derriten en la garganta al respirar. A duras penas se distingue el crujido de pisadas sobre la nieve en torno al gran agujero y el ávido gruñido de los animales.
Es un instante lleno de pureza.
Ibón Osset hace un gesto y la acción se desencadena. Es un ademán insignificante, pero los Osset han desarrollado un lenguaje que trasciende las explicaciones. Los dos adolescentes sueltan las correas y los lobos se arrojan contra la carnaza.
Ventisca Osset contempla la escena junto a sus hermanos Ibón y Ferrán, frente a los muchachos. Ha sido un juicio justo. Hay reglas que todos conocen y Javier el Muela las rompió. Tenía un lucrativo acuerdo por el que vendía sus robos a agricultores del Alto Maestrazgo al borde de la ruina, que necesitan adquirir equipamiento barato o recuperar el que los propios Osset les han sustraído. La familia pretendía ampliar la cartera del Muela, una confianza que cuesta años ganarse, como corresponde a una familia cautelosa.
Ahora eso ya no sucederá.
Los Osset no pueden permitirse un descuido así. Todo su poder se sostiene sobre una estructura que no deja cabos sueltos, en la que el atrevimiento de apropiarse de un porcentaje superior al estipulado es intolerable. Si el asunto se resolviera con una advertencia, la familia estaría acabada.
Así que Ventisca no experimenta piedad ante los alaridos del Muela, que permanece de rodillas en el fondo del agujero que le servirá como tumba. Los chasquidos de sus huesos apenas perturban su semblante. Los tendones que las bestias separan son meras gomas elásticas. Sus vísceras, pienso para lobos. Salvo Acher y Fabián, los adolescentes hijos de Ferrán que jalean la embestida de los animales, nadie dice nada.
Ibón mantiene la mirada fija en los restos del Muela, quien por fin calla mientras es reducido a fragmentos con furiosa minuciosidad. La boca de Ibón permanece enterrada bajo la barba espesa. Ventisca contempla cómo crece la mancha roja sobre la nieve. Ferrán, su mellizo, sigue la evolución de sus muchachos y hay algo en su postura, en la forma en la que planta sus pies, que sugiere un orgullo que raya en vanidad. O quizás solo sea envidia.
Acher y Fabián danzan al borde del agujero, palmeándose las espaldas. Luego giran entre saltos, agarran las palas para alzarlas mientras aúllan al unísono con entusiasmo.
Pronto el hombre se convierte en los restos de un naufragio. Los lobos, saciados, remontan la pendiente hasta el borde, desde donde contemplan a los Osset, como quien cierra un acuerdo. Acher y Fabián acarician sus hocicos enrojecidos, pero las bestias permanecen inmóviles hasta que Ibón alza su brazo. Entonces trotan en busca del bosque y se pierden en él.
Nadie añade una sola palabra. Acher y Fabián comienzan a echar paladas de tierra y nieve al agujero, cubriendo a quien hasta hoy fuera el más estrecho colaborador de la familia. Tras un rato se detienen para contemplar las figuras de Ibón, Ferrán y Ventisca, los tres hermanos, que caminan por el sendero nevado que lleva hasta el hogar.
El sendero que lleva hasta Muerdealmas.
El día en que te sueltan es, seguro, un buen día.
Nadie te espera a la salida del psiquiátrico, pero ni siquiera eso hace mella en ti. Caminas con paso tranquilo hacia la parada del autobús, consciente de que las personas sentadas allí reparan en tu procedencia. Lo que te delata no es la pequeña bolsa de plástico con tus escasas pertenencias, ni la etiqueta adhesiva sobre la ropa con tu nombre, Abel Lanuza, seguido de «paciente» en lugar de «visitante». No. Lo saben por el brillo febril de tus ojos, mezcla de alivio, preocupación y, por qué no decirlo, cierta locura.
Los doctores te han estudiado detenidamente y han llevado a cabo decenas de evaluaciones, toda una serie de tentativas para diagnosticar tu estado, aunque ninguno de esos médicos, ni uno solo, está completamente seguro de que estés del todo recuperado. Pero ¿cómo van a saberlo? Dos años atrás lo tenías todo, o eso creías. De repente una luz se apagó en tu cabeza y, en su lugar, una sombra parece cubrirlo todo. Ellos, los doctores de batas blancas, lo saben. La mano que pagaba las facturas ha decidido desentenderse, así que los psicoterapeutas se han vuelto menos exigentes en su diagnóstico. En realidad te sientes mucho mejor que cuando ingresaste, envuelto en una barahúnda de gritos y nervios. El Abel que regresa no echará de menos los pasillos acolchados, las inyecciones y las largas tardes en la sala de juegos. No han necesitado curarte, sino tan solo reducir el burbujeo de tu mente con antipsicóticos hasta convertirlo en un conjunto de inocentes excentricidades. Tu coordinador se lo contaba al director del centro en tu presencia, mientras dejaba tu dosier sobre el escritorio de su despacho. Es del todo inofensivo. Lo peor es precisamente su pasividad. Necesita estímulos que nosotros no podemos proporcionarle, los que se encuentran en la vida real. Por eso hemos propuesto su alta hospitalaria.
Han decidido darte una patada para que te enfrentes con la vida real, la única cosa para la que no te sientes preparado. El director, un funcionario de traje desgastado que inclina la cabeza para atusarse el bigote mientras habla, te lo ha dicho claramente.
—Nada nos preocupa más que el ser humano, señor Lazunas. ¿Puedo llamarle Abel? Somos…, ¿cómo diríamos?, una institución a la antigua usanza. Ni siquiera valido la medicación mediante un ordenador, como hacen mis colegas.
Lo ha dicho al desenroscar una Montblanc sobre el recetario mientras enumeraba los nombres comerciales de tu medicación. Has estado a punto de corregirle: te apellidas Lanuza, no Lazunas.
—Le dirán que se llama Zyprexa, Zolafren, Midax o Symbyax, pero el principio activo es básicamente olanzapina, que podrá encargar a cualquier farmacéutico.
Tras escribir en el recetario se ha detenido, como si quisiera enfatizar su discurso.
—Nadie es completamente normal, Abel, eso no debería preocuparle. Un enorme porcentaje de la población padece desórdenes psicológicos transitorios. Todos deberíamos visitar un especialista al menos una vez al año.
Incluso yo, ha añadido mientras garabateaba sobre el cheque de recetas. El raspado del plumín ha adquirido un volumen tan alto que has debido controlar el impulso de taparte los oídos. Yo seguramente el que más, ha insistido. ¿No le parece gracioso? Luego ha continuado con otros comentarios triviales, conversación de ascensor entre médico y paciente.
—Váyase una temporada al campo, aspire aire libre, coma como es debido. La vida en la ciudad nos mata lentamente.
Ha acompañado este comentario con una risita, como si acabara de decir algo inapropiado. O simplemente era el remate de otra charla insulsa que estaba deseando terminar. Al fin y al cabo, para él solo eres un problema que acaba de solucionarse.
Cuando te ha entregado el librito de recetas, el director se ha reclinado en su respaldo de cuero para observarte de arriba abajo, como si inspeccionara un trabajo bien hecho.
—Mírese, Abel, es usted un hombre nuevo. Está preparado para incorporarse al resto de su vida.
Tú no estás tan seguro.
Desde la ventana del autobús ves pasar las calles. Los edificios se curvan en el reflejo del cristal formando una sonrisa reconfortante.
Han transcurrido poco más de dos años, pero percibes un cambio sutil. Es como si la ciudad hubiera envejecido de manera imperceptible; aquellas cornisas del entresuelo parecen cejas prematuramente encanecidas; las grietas en las fachadas son marcas de expresión que prestan a los bloques prismáticos una solemne decadencia; las terrazas se ven despeinadas, llenas de imperfecciones que destacan su naturaleza artificial.
Eres consciente de que tu percepción es engañosa. Te lo advirtieron en el psiquiátrico: la sensación de convivir con alguien más en tu interior no desaparecerá del todo a pesar de la medicación.
Cuando el autobús se detiene en tu parada una visión se cuela por la puerta entreabierta. Un faro te deslumbra. Gritos. ¿Qué está pasando? Las voces te golpean el cráneo con urgencia, algo te sube por la espalda y está a punto de estallarte en las manos.
—¡Oiga! ¿Va a bajar o no?
El grito del conductor te devuelve a la realidad. Murmuras una disculpa mientras recibes las miradas despreciativas del resto de pasajeros. Echas mano al bolsillo y tras reconocer el bote de píldoras recuperas la confianza.
Ya en la acera, destapas el frasco anaranjado y tomas una de esas tabletas azules. Sientes su efecto de manera inmediata, aunque sabes que es imposible. Ante ti se abre el portal, antesala de un rellano, de un ascensor, de una escalera, de otro rellano donde aguardan puertas que ocultan los hogares de los demás. Una de ellas es la puerta de tu casa.
Tu casa. Tu hogar. Tu familia.
Son conceptos sólidos, fraguados con el mismo hormigón que forma la estructura de tu humilde edificio. Hay un tintineo en tus manos, el forcejeo con la cerradura por la falta de costumbre. Una vez dentro miras a tu alrededor, esperando descubrir a Merche y Jorge, pero no hay nadie en casa.
Estás muy cansado; la libertad es agotadora. En el centro todo era más sencillo, te dices, mientras recorres habitaciones que apenas recuerdas. Hay muchas cosas cambiadas de sitio, muebles nuevos. Casi parece el piso de otra persona. Todo está demasiado pulcro, como si hubieran retirado los objetos que pudieran recordarte el pasado y hubieran dejado lo imprescindible. Bajas al garaje y encuentras el destartalado Ford Escort de Merche. No hay ni rastro del Grand Cherokee con el que solías vacilar a tus amigos. Tras un amago de rabia, te asalta el presentimiento de que quizás ella haya vendido el todoterreno para asumir la costosa cuota mensual del psiquiátrico. Los padres de Merche prometieron ayudar, pero todo tiene un límite. Esa es una de las frases favoritas de tu suegro.
El frigorífico contiene pocos alimentos, lo justo para subsistir un par de días. Quizás la vida sea ahora esto: vivir sin otro horizonte que el día siguiente, en constante lucha con el presente. Cierras el frigorífico de golpe, pues algo se agita en tu estómago. Es el precio de tantos tratamientos, de los numerosos lavados de estómago que te practicaron cuando intentaste quitarte de en medio. Todo eso te ha dejado las tripas en permanente tensión, sin que ya puedas disfrutar del placer de la comida. Por no hablar de los efectos secundarios de la olanzapina: temblores, somnolencia, mareos, inquietud, sequedad de boca, vómitos, súbita visión borrosa.
Cuando alcanzas el final del pasillo tienes que detenerte. Hay un rumor de pasos dentro de tu cráneo, como un motor al ralentí que aguarda el engrane de una marcha que no llega. Te sientes al borde de un precipicio.
Retrocedes hasta el salón, donde un paso tambaleante te hace caer al sofá. De inmediato cierras los ojos y, una vez que te rodea la oscuridad, ruedas colina abajo hacia el sueño o hacia el olvido.
Te despierta la urgencia de una llamada. En el psiquiátrico te lo han advertido. Habéis trabajado estrategias para lidiar con lo que podrías encontrarte más allá de sus muros. Creías estar preparado, pero ahora sientes tu cuerpo convertido en gelatina. Te ha despertado tu nombre.
Abres los ojos. Escuchas la voz de ella.
—Lo siento.
—Esperaba verte esta mañana en la puerta del psiquiátrico. He tenido que pillar un autobús y al llegar a casa no había nadie. Ha sido raro.
—Lo siento.
Merche parece incapaz de decir nada más, y tú no puedes reprochárselo. Está ahí, en medio del salón, con sus brazos de mármol cruzados bajo los senos, la cabeza perfecta inclinada a un lado, como si continuara escuchando unas palabras que todavía cruzan el aire que os separa.
—Todo está cambiado. Supongo que es normal. Ha pasado mucho tiempo.
Lo dices y la miras por primera vez a los ojos. Su rostro siempre te ha parecido antinatural en su perfección. La mandíbula delicada, un cuello demasiado débil para soportar el peso del cráneo, ojos profundos que te hacen apartar los tuyos. Alta, leve, espectral. Merche continúa siendo para ti un rompecabezas sin resolver, una belleza mecida por las corrientes del pasillo.
—Me alegro de que hayas regresado. Aquí…
El vocabulario de Merche se amplía, pero quiebra la frase antes de terminarla. Te estremece su intento de ser delicada y solemne a la vez. Te la imaginas hablando así mientras la casa estuviera siendo despedazada por un huracán, un incendio o cualquier otra catástrofe.
—Te hemos echado de menos.
El plural debilita tus escasas defensas. Como si acabara de convocarla, aparece una titubeante silueta por la puerta del comedor. Pronuncia dos palabras que te traspasan el corazón.
—Hola, papá.
Es la señal que desborda la presa contenida todo este tiempo. Avanzas, y Jorge, un niño de ocho años que se agita bajo una montaña de pelo rizado, acude a tu encuentro. Te agachas, lo recoges, lo alzas lleno de gozo. Los brazos de Merche os rodean a ambos hasta formar una única figura en medio de este salón sencillo y triste. Hay misterios en este mundo que no pueden explicarse. Así que os abandonáis a este abrazo, tanto tiempo aplazado.
Porque ellos dos son tu casa.
—No creo que yo pueda...
De la montaña surge un rugido que detiene las palabras de Ventisca. Ella reconoce el crepitar metálico que cualquiera confundiría con una motosierra, herramienta habitual en el agreste territorio de la Tinença de Benifassà.
Hace mucho frío, aunque apenas es consciente. Ventisca se llama así porque, hace más de cuarenta años, nació durante una pavorosa tormenta de viento y nieve. Los ancianos de Muerdealmas no olvidan esa jornada, e incluso Ibón, por entonces un niño, suele comparar cualquier rigor excesivo con aquel, como si la noche en que nació su hermana sirviera como medida de la adversidad.
Ventisca no llegó sola. Su madre, Teresa, portaba en sus entrañas otra criatura que nació tras ella, y a ese niño lo llamaron Ferrán. Este ha sido el drama del mellizo desde su nacimiento: quedarse atrás en todo. Hasta su nombre solo es un nombre, en lugar del acontecimiento que le fue asignado a su hermana. Ese gusto por las referencias rústicas ha alcanzado también a Ibón, destinado por edad a ser el segundo de la familia y a quien la fatalidad colocó primero. Ibón es gélido como un estanque entre las montañas. La historia repetida por todos cuenta que nació al pie de uno de esos lagos montaraces un día que Teresa, pese a su avanzadísimo estado, subió a buscar plantas medicinales hundidas en la floresta. Esa mañana, la mujer sintió una punzada y tuvo que detenerse al pie de una laguna formada por el deshielo de los picos. Allí nació Ibón, como una señal de los cielos. Cuando madre e hijo alcanzaron la aldea entre ropajes ensangrentados, su llegada produjo una conmoción en Muerdealmas que no hubiera igualado ni la aparición de la mismísima Virgen de la Balma.
Ibón se ganó el respeto de los suyos desde el principio, piensa Ferrán. Su melliza le robó el día en que ambos aparecieron en el mundo; él solo es otro Ferrán Osset. Es lógico que albergue cierto resentimiento contra sus hermanos. Sin emabargo, hay algo que lo consuela: Ibón solo ha sido capaz de engendrar tres hijas y ningún varón. Ventisca tiene el vientre seco, como atestigua el nulo resultado de sus encuentros con otros hombres. Por eso Ferrán piensa en el futuro, pues el estrépito que brota de la montaña no proviene de motosierras que derriban troncos ladera arriba, sino de las motocicletas de Acher y Fabián, sus cachorros, a la vuelta de tropelías al servicio de la familia. O a costa de ella.
No creo que yo pueda convencer a mi hermano. Eso es lo que iba a decirle Ventisca a su mellizo. Durante dos décadas, Ibón ha dirigido esta familia con mano de hierro y ella no va a cambiarlo, por muy cercana que se encuentre a su afecto, más que ningún otro Osset.
Ferrán contempla a su hermana con una sonrisa que enciende la mitad de su rostro. Ventisca es alta y fibrosa, pero alberga una energía indómita que la iguala en fuerza con cualquier hombre que él haya conocido. Podría ser guapa si se lo propusiera, pero su cabello negro es recio como la crin de un caballo, trenzado de estrías plateadas que la edad ha colocado allí. Sus cejas son anchas, las marcas en su frente y a ambos lados de la boca austera son quizás demasiado profundas. Ferrán la mira directamente antes de hablar.
—Podrías intentarlo.
Ventisca se dice que tiene razón, aunque sabe que es inútil. Su mellizo vuelve la cabeza hacia el bosque por el que surgirán las monturas mecánicas de sus hijos. Ellos son la causa de esta conversación, si se la puede llamar así. Acher cumplirá diecisiete en verano, y Fabián ya tiene quince años. Forman una pareja que une entusiasmo y un salvaje sadismo contra cualquiera que los desafíe. Son características antagónicas a las de Ibón, así que no es extraño que este se oponga a que los cachorros ocupen el lugar del Muela en el negocio familiar.
Al fin ambos jóvenes aparecen a la vez en el llano, como lobos arrojados sobre una presa. La coreografía está destinada a impresionar a sus mayores. Son niños, unos niños crueles, se dice Ventisca, pero se resiste a pronunciar estas palabras. Así que, mientras Acher saluda con indolencia y Fabián desengancha el remolque de su motocicleta, ella mantiene una mueca rígida.
El botín es el acostumbrado: botellas de alcohol, una caña de pescar con su aparejo completo, teléfonos móviles, bicicletas, una desbrozadora. Robos de poca monta, objetos arrebatados a labradores empobrecidos para los que suponen una gran pérdida. Pero ellos son los Osset, y con eso basta.
Acher y Fabián arrastran su cargamento hasta el cobertizo coronado por tejas desordenadas. Al abrir la puerta protestan con aspavientos. El reducido espacio está abarrotado y apenas hay sitio para el pillaje de hoy.
Ferrán toma estas protestas como una ratificación de su anterior propuesta y se gira hacia su melliza. Ventisca desvía la mirada hacia los dos adolescentes y contempla el tractor robado hace semanas, que permanece junto al muro de piedra aguardando a que el tiempo acabe con él.
Suspira, y una espesa bocanada de vaho sale de su boca.
—Está bien. Lo intentaré.
Acabas de recuperar tu viejo móvil, un cofre que custodia muchas piezas de tu pasado. Por qué no empezar por aquí, te dices.
Pasas mucho tiempo deslizándote por la agenda, recordando personas que casi habías olvidado. Estás a punto de llamar a alguno de tus íntimos, pero aún no te sientes preparado. Mejor empezar por el trabajo. Ante tus ojos desfilan los nombres de antiguos colegas de oficina: jefes, compañeros de sección, varias secretarias y supervisoras que solían mirarte con desdén. Mejor empezar por los compinches de almuerzo para calibrar la situación. Luego pasarás a tu exjefe y por último a la competencia, donde mantienes un par de buenos contactos.
Al cabo de una hora te encuentras aturdido. Debes de haber hecho más de veinte llamadas, frustrado por la mala suerte que parece cebarse contigo. Has escuchado sonar la línea de manera infinita, varios contestadores despersonalizados te han ofrecido dejar mensajes, cuatro veces te han cortado la llamada, en dos ocasiones has conseguido que alguien te atienda y, al sugerir una cita, has recibido evasivas que ni siquiera te han permitido plantear que estás buscando trabajo de nuevo. Lo peor es que tres personas de tu máxima confianza no han dicho ni una sola palabra antes de colgarte. ¿Qué le pasa a todo el mundo? Como jefe de administración tenías un puesto privilegiado, con personal a tu cargo y funciones que desempeñabas con profesionalidad. Sabías que el trabajo no era lugar para hacer amigos, que la envidia sobrevolaba cada día las mesas de la oficina. Te has ausentado una larga temporada y de pronto es como si nunca hubieras existido. Lo que imaginabas unas gestiones rápidas va a resultar algo más complicado. Deberías cambiar de táctica.
Abres un par de aplicaciones de redes sociales. Necesitas restablecer tus contraseñas, pero al fin accedes a las imágenes que tú mismo publicaste con anterioridad: Merche, Jorge y tú de vacaciones en Pirineos, en Londres, en un balneario de la Provenza; tú jugando al pádel con compañeros de trabajo; compartiendo mesa con amigos largamente perdidos; momentos que parecen experimentados por otra persona. Hasta hace justo treinta meses. Entonces empezó tu vacío en redes, desapareciste de todas las plataformas. Te sientes tentado de escribir una nueva publicación anunciando tu regreso. Titubeas. Compruebas el timeline leyendo antiguos mensajes, hasta que te das cuenta de lo que echas en falta. La mayoría de publicaciones son anuncios de publicidad mezclados con mensajes de personas que apenas conoces, el tipo de contactos que promueve la red social. No encuentras a tus amigos o compañeros de trabajo con los que interactuabas a menudo. Vicente, Pascual, Martín, Fenoy, Andreu, Alcázar... ¿Dónde están? ¿Y las chicas del Central, las amigas de María, los primos de Merche? Intentas recordar sus apellidos. Cuando consigues teclearlos, los resultados no son los esperados: es como si tu círculo íntimo hubiera desaparecido. Da la sensación de que todos han bloqueado tu perfil, pretendiendo olvidarte del mismo modo que tú has olvidado lo que pasó antes de entrar en el psiquiátrico.
Abres otra aplicación. Haces más comprobaciones. Consultas la lista de perfiles disponibles y sucede lo mismo. Chequeas otra de tus redes sociales y encuentras algunos conocidos, pero entre tus amigos más cercanos solo están Pascual y Andreu. En todas las aplicaciones pasa lo mismo. ¿Qué ha sucedido? ¿Qué te has perdido en este tiempo?
Una gota de sudor te baja por la frente. Cierras las aplicaciones y abres la agenda del teléfono, donde mantienes la vida que dejaste atrás. Te detienes al leer en la pantalla los nombres de Pascual o de Andreu, teléfonos que sabías de memoria, números que apuntaste en viejas agendas que renovabas cada pocos años. Quizás haya pasado algo. Tal vez haya sucedido un desastre que te han ocultado para no preocuparte.
Llamas a Andreu pero el teléfono suena hasta que salta un buzón de voz. Ahora lo intentas con Pascual. Cuando estás a punto de colgar hay un balbuceo en la línea y aparece una voz que habla con desconfianza.
—¿Quién es?
Pascual es uno de tus amigos más íntimos. Habéis compartido borracheras, diatribas políticas, mujeres, opiniones prescindibles para arreglar el mundo.
—Pascu, tío, soy yo. Abel. He vuelto.
—¿Ab... Abel?
En su voz hay un tono de incredulidad y rechazo.
—¿Has vuelto? ¿Qué quieres decir?
—Perdona, Pascu, es que ha pasado mucho tiempo. No sé ni por dónde empezar. Acabo de regresar, he estado durante todos estos meses en…
—Sé donde has estado.
Algo en su voz te aconseja colgar, pero cómo hacerlo ahora que lo has encontrado. Es imposible.
—Oye, Pascu. ¿Qué le pasa a todo el mundo? He intentado contactar con la pandilla, ya sabes, Manu, Vicen, Aitor, pero no hay manera. Ni por teléfono ni por Faceb…
—Mira, Abel. Si quieres que te diga la verdad, te he cogido el teléfono porque no he mirado la pantalla. Espero que lo entiendas.
—¿De qué hablas? Quería preguntarte si podíamos quedar un día y…
—Me parece que necesitas reflexionar. Créeme que estoy siendo razonable. Si Mar supiera que estoy hablando contigo me cortaba las pelotas.
—Pero, Pascu, no entiendo. ¿Qué está pasando?
Hay un silencio al otro lado de la línea. Un carraspeo.
—No me llames más, por favor. Empieza de cero. Al resto nos costó trabajo, imagino que para ti será aún peor.
—Espera, ¿qué quieres decir con…?
—Buena suerte.
El tono de la línea absorbe las palabras que se agolpan en tu garganta. Te desplomas en el sofá y miras el móvil con incredulidad. Un calor asciende hasta tu mano, el aparato parece quemar en ella. Tu rostro se contrae en una mueca feroz y arrojas el móvil al suelo con todas tus fuerzas. Con el golpe se abre la tapa. La batería sale disparada, un fragmento de carcasa salta en otra dirección. La pantalla se astilla.
Los restos del aparato se extienden sobre las baldosas, como un puzle imposible de resolver.
A la mañana siguiente es una de las primeras cosas que te dice Merche: Tenemos que ver a papá y a mamá. Se refiere, claro está, a tus suegros.
Los Méndez siempre han sido un examen para ti. Nunca fuiste suficiente para su única hija y, por consiguiente, nunca fuiste suficiente para ellos. Merche necesitaba a un hombre más apuesto, más simpático, más brillante. El primer día que apareciste con ella escuchaste los chirridos de porcelana procedentes de la cocina, los reproches susurrados en la salita, la silenciosa repulsa tras sus dientes perfectos, una compasión que no merecías.
Así que es normal que sientas una punzada ante su puerta tras aparcar el Ford Escort. Has olvidado preguntarle a Merche sobre el Grand Cherokee y cuando estás a punto de hacerlo te contienes. Debió de venderlo para costear mi tratamiento, piensas. Cómo puedo reprocharle eso. Todo desaparece de tu mente cuando Joaquín Méndez y su esposa Verónica aparecen en la puerta, como una sola persona.
No hay sonrisas de bienvenida, ni abrazos, ni palabras que celebren tu regreso de aquella institución gris y semicarcelaria. Te giras hacia Merche en busca de complicidad, y solo consigues tensar los rasgos de tus suegros. Los Méndez parecen moverse mediante hilos invisibles que tiran de ellos para hablar, para ofrecerte un asiento, en fin, para este simulacro de encuentro familiar.
Engullís la comida a toda velocidad. Tu suegra te ha hecho preguntas que contestas con monosílabos y que ella recibe con un temblor en sus labios. Joaquín Méndez, militar retirado y hombre recto, se instala en un gruñido continuo frente al plato. Merche no dice nada, seguro que ya habló con ellos antes de vuestra visita. Te resulta imposible aclarar estos últimos treinta meses antes del postre. Jorge se ha levantado para jugar con el bulldog francés de la familia en la habitación contigua. Escuchas su voz infantil mientras le tira una pelota al perrito. Miras a Merche y ella asiente con la cabeza, como diciendo: «Ahora, habla con ellos».
Te giras hacia tus suegros y su máscara de tensión se ha transformado en una apacible pesadumbre.
—Han sido meses muy duros para mí. Yo…
Se te desgajan las palabras. Sacas tu frasco de pastillas, que tus suegros siguen con la mirada. Una tableta azul una vez al día. Puedes tomar más, pero solo si se repiten los síntomas. Eso es lo que te han dicho.
—Estoy decidido a superar esto. Lo he hablado con Merche, tenemos toda la vida por delante. Jorge necesita un padre, he estado demasiado tiempo ausente.
Verónica rompe a llorar. Se levanta de la mesa para refugiarse en la cocina, en un galope discreto entre sollozos. Tu suegro alza el rostro del plato y su mirada parece decir: «Ya está bien, estamos hartos de ti».
Miras a Merche de nuevo, pero ella también se ha dado por vencida. Es como si les hubieras fallado a todos. La sopa en la fuente huele a fracaso, a desesperación, a llegar tarde. Sostienes el frasco de pastillas entre tus dedos, jugueteas con él. Vuelves a la carga.
—He cambiado. Lo prometo. Merche y yo vamos a…
Tu suegro descarga un puñetazo sobre el tablero que hace que se desborde la sopera. La voz de Joaquín Méndez llega entre susurros que cambian de volumen, como si tuviera dificultades para controlar el aire que sale de sus pulmones.
—Escúchame, Abel. Mi mujer y yo imaginamos el calvario que debes de haber pasado allí dentro, y es evidente que aún tienes trabajo. Pero tú ignoras…
Tu suegro toma aire para continuar. Está enfadado, pero, de pronto, un destello de piedad asoma a sus ojos, justo cuando su voz se vuelve más implacable.
—Siempre te apoyamos como a un hijo. Ahora eso ha cambiado, ¿lo entiendes? No queremos que vuelvas a esta casa. Ya no.
Abres mucho los ojos. Debes de estar ofreciendo un espectáculo terrible. Sientes la mirada de Merche a tu lado, pero la vergüenza te atornilla al asiento. Joaquín Méndez continúa, con un murmullo que vuelve a perder intensidad.
—Ya no. ¿Lo entiendes? Sé lo que has venido a buscar. No tienes trabajo, y es complicado que vuelvas a encontrarlo. Voy a hacerte dos últimos favores. El lunes ingresaré una cantidad en tu vieja cuenta, y eso es lo último que tendrás de nosotros. Yo…
Se le quiebra la voz y Merche aprovecha para levantarse con cuidado. Te dice que necesita hablar con su madre y os deja solos. Desaparece por el pasillo y para entonces tu suegro ha recuperado la compostura. Sostiene un sobre alargado que desliza sobre el mantel en tu dirección.
—La otra cosa es esto. Tu tío Isaac murió mientras estabas ingresado. Ya sabes que vivía solo y nunca tuvo hijos. Siempre manifestó debilidad por ti.
Son demasiadas emociones en un solo día.
—Espera, Joaquín, ¿mi tío Isaac? No era tan mayor. ¿Qué ha pasado? ¿Qué se supone que…?
—Acude a esta dirección. Allí te lo explicarán todo.
De manera mecánica, agarras el extremo del sobre. Tu suegro no lo suelta aún, decidido a atraer tu atención.
—Mi consejo es que vayas y que tomes lo que te ofrezcan. No vas a tener más oportunidades.
Como eco de su última frase, se extiende un llanto desconsolado desde la cocina, justo cuando Merche regresa al salón llevando de la mano a Jorge, que protesta porque le han separado del perro de sus abuelos. Ella te empuja hacia fuera, y aún tienes tiempo para girarte hacia el viejo Méndez, que tan duro fue contigo desde la primera vez que entraste en esta casa.
Joaquín Méndez, tu suegro, está llorando.
—Debiste decírmelo antes.
Merche calla. De hecho, no te ha dirigido la palabra durante el trayecto de vuelta, ocupada en aplacar a Jorge, quien no ha parado de lloriquear desde el asiento de atrás. Todo este tiempo te han estado latiendo las sienes.
Una vez en casa, Jorge se ha encerrado en su cuarto y por fin os ha dejado solos. Te has mordido los labios, has contado hasta diez como te enseñaron en el psiquiátrico. Merche expulsa el aire por la nariz antes de empezar.
—Abel, ha sido culpa mía.
Se recoge un mechón de pelo tras la oreja y cruza los brazos con cierto desamparo. Estos dos sencillos gestos te desarman. La ves vulnerable, dolida por la larga ausencia de un marido que siempre fue el sostén de este edificio familiar. La abandonaste con un niño de cinco años, con los reproches de su familia, las miradas de condescendencia de los vecinos. La imaginas en vuestra cama, todas esas noches, estirando un brazo hacia el hueco que habías dejado. Y cada palabra que ella añade es un clavo que apuntala tu culpabilidad.
—Abel, tienes que entenderlo. Intenté hacérselo entender, pero ellos no te han perdonado. Hasta se lo he pedido por su único nieto. Pensé que si volvían a tenerte cara a cara las cosas serían diferentes, así que los obligué a aceptar esta comida. Dijeron que se encargarían de todo, siempre lo hacen. Abel, cómo he podido ser tan tonta. Ellos no saben…
La rodeas con tus brazos, musitas palabras comprensivas en su oído. Permanecéis así, de pie en medio del salón. En el psiquiátrico solo podíais veros a través del cristal. Los médicos sostuvieron que el contacto físico podría perjudicarte. Malditos psicópatas. Más que el sexo, lo que echaste de menos fueron sus brazos. El mundo podría derrumbarse ahora mismo, pero mientras existieran las baldosas sobre las que os abrazáis, nada podría heriros.
Al quitarte la chaqueta, Merche señala una esquina de papel que sobresale del bolsillo interior. Es el sobre que te dio tu suegro. Lo abrís juntos. Contiene la carta de un notario.
—Tendrías que ir, ¿no crees?
Asientes con gravedad. Tal vez tu tío te haya dejado dinero. Quizás la vida vaya a concederte, después de todo, otra oportunidad.
—Te estaba buscando.
Ventisca ha sorprendido a Ibón ante una de las tumbas. El cementerio de Muerdealmas es apenas una pequeña tapia cuadrada que se eleva un metro del suelo para evitar el paso a los animales. Se encuentra a la entrada de la aldea, junto a la pista pedregosa que hace de calle principal, a cuyos lados se alzan casas centenarias en distintas fases de degradación. Frente al camposanto, una pequeña iglesia llena de escombros conserva una torre erguida donde se agita una campana inútil. Una docena de losas y cruces de madera marca la última morada de los habitantes que murieron en Muerdealmas. El resto huyó.
—Qué quieres.
La voz de Ibón es firme, sin resto de melancolía. Ventisca mira hacia la lápida que ha descubierto al volverse. Contra lo que pensaba, no pertenece a su primera esposa, la frágil Ana, que murió a los veinticinco años presa de unas fiebres que no pudieron tratarse con los viejos remedios. El médico de la aldea se había mudado a La Sénia en busca de una vida mejor y el caudillo de los Osset se negó a requerir asistencia. Si no curaba es que no había de curar, dijo después. Tampoco es la tumba de su segunda mujer, Marieta, tan piadosa, a la que un cáncer feroz royó por dentro. Nunca pronunció una queja mientras aquel mal se extendía por su cuerpo. Ibón siempre estuvo orgulloso de ella.
—Tenemos que hablar.
Ventisca lo ha dicho así, sin pensarlo mucho, pues se ha distraído al reconocer la tumba que contemplaba Ibón. Es la inscripción mellada que guarda el cuerpo de su hermano mayor, Bernat, fallecido en una cacería cuando eran niños. Nunca hablan de Bernat. Lo han borrado de su vida y tan solo esa piedra lo recuerda. Ibón jamás va solo al cementerio, así que es insólito encontrarlo en el modesto cercado de piedra. Tal vez esté pidiéndole consejo al legítimo líder de la familia. Tal vez, vuelve ella a decirse, piense que su malogrado hermano sea el único capaz de comprender el peso que recae en sus hombros. Ventisca reprime un amago de ira. Muy propio de Ibón, cuando las cosas se ponen feas, ignorar a su hermana menor, la que comparte sus secretos.
Pero Ibón continúa en silencio y ella prosigue.
—Ferrán quiere que los cachorros ocupen el puesto de Javier el Muela. Son jóvenes, están deseando ver mundo, y siempre han cumplido lo que les hemos encargado.
Ibón se gira entre las lápidas para mirar a su hermana. Sus ojos parecen hechos de mineral, su barba es un matorral prendido de la barbilla. A pesar de haber alcanzado la cincuentena, Ibón se mantiene alto y ancho de espaldas, más firme que las montañas que los rodean. Su boca se remueve entre la espesura negra y cana.
—Buscaremos a alguien. No podemos arriesgar a los cachorros lejos de la Tinença. Aquí conocemos cada senda y cada risco. Fuera somos presa fácil.
Pero Ventisca no es tan ingenua. Ni mucho menos.
—Tienes miedo.
El movimiento de su hermano la pilla desprevenida. La manaza del gigante sale disparada hacia su cuello con una velocidad impensable en alguien tan pesado. La embestida la lleva hasta la tapia más cercana, sobre la que queda sentada en un precario equilibrio. Solo la garra de Ibón evita que caiga. Una garra que comienza a apretar.
—No vuelvas a decir eso. No vuelvas a pensarlo. Jamás.
Ventisca, por puro instinto, se echa la mano a la cadera en busca de su machete, pero su hermano hace volar la hoja con un seco movimiento. Los dedos de su otra zarpa marcan el cuello de Ventisca, quien manotea inútilmente.
—Yo decido lo mejor. A veces no es fácil.
Ibón no afloja y los movimientos de su hermana se vuelven cada vez más frenéticos. A duras penas se mantiene consciente.
Ibón acerca su rostro al suyo.
—Te necesito a mi lado. Como siempre.
El gigante lanza a Ventisca hacia el interior del camposanto con más fuerza de lo necesario. La mujer se golpea la frente contra una de las lápidas. Boquea, se pone a cuatro patas, respira hondo y, tras cierto esfuerzo, se incorpora. No ha emitido un solo sonido de protesta o reproche.
—Estaré a tu lado, hermano.
Es una frase sin ironía, pero la barba de Ibón parece agitarse ante el comentario. Ambos se vuelven hacia las estelas funerarias. Ventisca se toca la ceja y comprueba que está ensangrentada. Otra marca de aprendizaje. Mantén la boca quieta. Controla tu genio. Ser débil no es una posibilidad.
Desvía la mirada de las lápidas y descubre a su mellizo, quien cruza la aldea por la pista principal. Ferrán lleva la escopeta sobre el hombro y arrastra un saco que contendrá varias perdices, quizás un zorro o algún conejo. El mellizo deja atrás varias viviendas en ruinas, sobrepasa Casa Espí y entra en Casa Solsona. Ventisca sabe que los ha visto y recuerda la promesa que ella le hizo sobre los cachorros. Intuye que Ibón, pese a no haberse girado, adivina esa torpe confabulación, argumentos para evitar la lenta extinción de una familia estancada. Un golpe de timón que él no está dispuesto a aceptar. Ventisca siente levantarse un viento que hiede a fracaso y se vuelve lentamente para unirse a Ibón frente a la tumba de Bernat, su hermano mayor muerto.
Ninguno hace ademán de rezar.
Olvidaron cómo hacerlo hace mucho tiempo.
La dirección corresponde a un notario del centro de la ciudad adonde has acudido solo, para ahorrarle a tu familia este engorroso asunto. Comienzas a sentir una significativa seguridad en tu papel de padre de familia. Merche y Jorge te necesitan, y tú, lo sabes muy bien, los necesitas a ellos más que a tu vida.
El notario te explica la situación de manera profesional desde el otro lado de su mesa de diseño. Su discurso se ha ido enredando en tu cabeza conforme desarrollaba los detalles legales. Tienes la sensación de haberte quedado dormido. Maldices en silencio los efectos secundarios de tus pastillas.
—Perdone, pero no lo entiendo.
—¿Qué es lo que no entiende?
Desvías la mirada sin encontrar una respuesta razonable. El rostro del notario se contrae unos segundos antes de recuperar su tono cordial.
—Le haré un resumen: como sabe, tras faltar su madre es usted el familiar consanguíneo más cercano de su tío Isaac. Además, un mes antes de su fallecimiento ordenó un testamento donde le cede todos sus bienes.
—A eso me refiero. Si soy su único heredero legal, ¿por qué necesitaba hacer testamento? Apenas tenía sesenta y cinco años.
La paciencia del notario comienza a agrietarse.
—Como le he dicho antes, el testamento corrobora las disposiciones legales, pero su tío añadió algunas líneas más. Aunque lo cierto es que no presenta un inventario de bienes ni una lista de su patrimonio económico.
—Entonces ni siquiera sé lo que me corresponde, ¿es eso?
—Ya le comuniqué esta irregularidad a su tío, pero él se mantuvo en sus trece. Parece increíble, pero tenía poco dinero en sus cuentas bancarias, y en su declaración de Hacienda tan solo aparecen los ingresos de derechos de autor por sus libros. La única propiedad contrastada es esa casa en la comarca del Maestrazgo.
—Esa casa.
—Su voluntad es muy clara al respecto. Cito: «Cedo a mi único heredero, Abel Lanuza Gil, la vivienda citada anteriormente, sus terrenos y todo lo que contienen». El resto ya se lo he leído antes.
—Pero es raro: «Todo lo que contienen». ¿A qué viene tanto misterio?
—Puedo asegurarle que me he encontrado descripciones mucho más estrafalarias. Estoy elucubrando, claro, pero quizás su tío quería que lo descubriese usted mismo.
Tu estómago vuelve a tensarse, reflejo de la olanzapina que tomaste en el desayuno. Notas cómo se te seca la garganta.
—Es un lugar muy apartado. No sé si sería capaz de vivir allí con mi mujer y mi hijo.
El notario sostiene tu mirada. Se peina el pelo engominado antes de emplear todo su aplomo.
—Señor Lanuza, conozco su historia. Créame que lamento lo que le pasó, pero es posible que una temporada apartado le haga bien. Quizás deba echar un vistazo y ver qué le parece. ¿Quién sabe? Tal vez encuentre un tesoro enterrado en el jardín.
La vida en la ciudad nos mata lentamente, te dijo el director del centro psiquiátrico. Quizás tuviera razón.
—¿Cómo murió?
—¿Perdón?
—El periódico dijo que mi tío se suicidó, pero no aportaba más detalles. Nunca pensé…
—Las llaves de la vivienda las custodia la Guardia Civil de Morella. Pregúnteles a ellos. Por cierto, aquí tiene una copia de la antigua escritura de propiedad. Es suya, junto con el testamento.
Abres la carpeta amarillenta, pasas las hojas que nombran a tu tío muerto con una prosa que parece descabellada en tus manos. La voz del notario te saca de tu ensoñación.
—Es un nombre raro para una población, ¿verdad?
Ahora eres tú quien miras al otro con paciencia. Al fin y al cabo, llevas escuchando ese nombre desde que eras niño.
El notario carraspea.
—Quiero decir, desde luego posee cierta sonoridad.
Hay una pausa. Con voz ronca susurras por encima de los crujientes documentos.
—Muerdealmas.
No habéis necesitado discutirlo mucho. Merche ha sido especialmente comprensiva, y una vez más sientes que no la mereces. Ella continúa sin trabajo, tendrá que dejar a su familia y amistades para seguirte en esta aventura, cuando hay tantas cosas comprometidas. La escolarización de Jorge es un asunto serio. Merche te ha dicho que este primer puente del año podéis escaparos a conocer la casa. Su hermano moverá unos hilos en la Consellería de Educación para que la ausencia de vuestro hijo no sea un problema. ¿Por qué no disfrutar de este apartado rincón del Maestrazgo acompañado por los que más te quieren? Un lugar donde tomar perspectiva. Nadie quiere ver a un tipo que acaba de salir de un manicomio. Necesitas tiempo y espacio.
Te pican las palmas de las manos. Algo te incomoda. Merche, a tu lado, lo nota.
—¿Quieres que lo lleve yo?
Sonríes forzadamente. Hay algo antinatural en conducir largas distancias tras tu confinamiento. El Ford Escort de Merche se comporta bien, pero no es exactamente un vehículo familiar y el cuentakilómetros da muestras de agotamiento. Vuelves a echar de menos tu Grand Cherokee, tan adecuado para las carreteras que os esperan.
—Estoy bien.
Compruebas de reojo el perfil sereno de tu mujer: ella es el ancla de tu vida. Te estremeces al recordar todo el tiempo que la has dejado sola.
—He visto fotografías de la zona. Es muy bonito.
Sonríes ante el comentario de Merche. A menudo comentasteis la posibilidad de vivir lejos del agobio de la ciudad. Ella siempre te arrastró por carreteras secundarias para descubrir rutas senderistas entre pinares. Fue ella la que insistió en comprar el Grand Cherokee.
Pero la llegada de Jorge lo cambió todo. Así que este ha sido el argumento que te has repetido. La casa de tu tío no solo es un retiro donde recomponer tus pedazos. En cierto modo es cumplir un sueño. Y, has añadido, como si al repetirlo pudiera hacerse realidad: «Quizás encontremos un tesoro enterrado en el jardín de mi tío. ¿Por qué si no querría que fuera allí?».
La súbita aparición de Morella tras el puerto de Querol te saca de tus pensamientos. La localidad es un coqueto conjunto de casas recogido por la muralla medieval que compone una visión deslumbrante. Lo corona un castillo, que lo dota de cierto aspecto piramidal. Dejas a Merche y a Jorge junto a la puerta de San Miquel y los ves adentrarse en las calles empedradas. Morella, a pesar del frío, es preciosa, tal y como recordabas.
Las dependencias de la Guardia Civil se encuentran en un recinto con tejados manchados de nieve, demasiado espacioso para los vehículos alineados ante la puerta. Te recibe el sargento Ruiz, un murciano cuyo acento llega envuelto entre volutas de Terry y tabaco. Le explicas tu peregrinación hacia el Maestrazgo.
—Aquello en realidad está fuera de nuestra jurisdicción.
Te ha sentado en una mesa cubierta con un sencillo mantel de hule. El inmediato tuteo delata su carácter campechano.
—Yo creía que…
—Destinan casi todo el personal a las playas, que es donde está la gente. Muerdealmas pertenece a la Tinença de Benifassà y lo atienden como pueden desde Rossell, al otro lado del parque natural. Ya te digo: aquí lo único que importa es la playa.
—¿Tenía usted relación con mi tío? Recuerdo que me habló de un sargento de la Guardia Civil de Morella.
El otro se atusa el mostacho profesional.
—Lo que voy a decirte es estrictamente confidencial, ¿de acuerdo? Y si te lo cuento es porque eres sobrino de Isaac. Me he enterado de lo que te pasó. Mereces un poco de guía.
Ruiz mira distraídamente hacia la puerta del despacho. No hay nadie más en el cuartelillo.
—Verás. Tu tío recurría a mí porque desconfiaba de los guardias de Rossell. La Tinença está más alejada de la civilización de lo que indica el kilometraje.
—¿Qué quiere decir?
—Nuestra misión no es abarrotar las cárceles, sino conseguir que la gente viva sin peligro. Así que a veces hay que hacer la vista gorda. Que cada uno se gane la vida sin molestar al prójimo, aunque no todos son igual de legales. Por eso tu tío hablaba conmigo. Los compañeros de Rossell están untados por los Osset.
La conversación está dando un giro extraño.
—¿Los… Osset?
Ahora es Ruiz quien te mira con suspicacia. Sientes un ligero vértigo. Maldices haber dejado la medicación en el coche.
—Así se llama la única familia asentada en Muerdealmas. En esta zona sufrimos a los Piedelobo de Zorita y en la Tinença tienen a los Osset. Son gente ruda y cuando se lo proponen pueden convertirse en un enjambre molesto. Últimamente han aumentado las quejas. Los compañeros de Rossell a duras penas aguantan el tipo.
—¿Y entonces?
—Las cosas se mantienen en paz. Pero a veces alguien cruza una línea y… ¿cómo se arregla eso? Es una chapuza.
—¿Qué le pasó a mi tío? ¿Fue realmente un suicidio?
Ruiz le quita importancia con un gesto de la mano.
—Mira, simplemente ten cuidado.
Sostienes su mirada un tiempo.
—Tengo a mi mujer y a mi hijo por el pueblo. Debería recogerlos ya.
Notas una ligera indecisión en el sargento Ruiz. Quizás teme haber hablado de más. Abre un cajón y te tiende un llavero tintineante.
—Aquí tienes las llaves de la casa.
—Supongo que es todo, muchas gracias.
En la puerta te detiene la voz de Ruiz, al que se le escapa más acento murciano de la cuenta. Sostiene un pequeño objeto. Se trata de una llave de hierro de aspecto rústico.
—Casi se me olvidaba. Estaba sobre el escritorio cuando encontraron al pobre Isaac, sobre la copia del testamento.
Tomas la llave, presa de varias preguntas sin respuesta.
