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En medio de una Navidad desgarrada por la Guerra Civil, las hermanas March sufren la ausencia de su padre, que se encuentra en el frente de batalla. Enfrentadas a la pobreza y el agobio de un futuro incierto cuestionan los valores que las habían mantenido unidas. La creciente división familiar es una realidad; las frustraciones y defectos brotan con el paso de los días. En medio del sufrimiento, el espíritu de su abuela aprovecha la nochebuena para emerger y anunciarles acontecimientos extraordinarios que las harán reflexionar sobre el poder de sus propias decisiones. Una serie de fantasmas las atormentarán durante la noche: El pasado, el presente y el futuro se darán lugar para mostrarles la destrucción de la unidad familiar, el horror de la guerra, y un futuro en el cual la mujer ha sido llevada a algo menos que un objeto. Con una reflexión profunda sobre la lucha feminista y antiesclavista, Mafe Medrano fusiona los mundos de una novela fundacional como «Mujercitas» con el clásico «Un Cuento de Navidad», invitando a las lectoras y lectores a considerar cómo nuestras decisiones pueden moldear un futuro más justo. En este viaje hacia la esperanza, el amor y el empoderamiento, la autora nos recuerda que la unidad, la lucha por la igualdad y la libertad son los verdaderos regalos que podemos ofrecer al mundo. Tres fantasmas. Tres escritoras. Un viaje hacia el futuro de las mujeres y la libertad. ¿Estás lista para hacer historia?
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Seitenzahl: 114
Veröffentlichungsjahr: 2025
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MUJERCITAS: UN NUEVO DESPERTAR
© 2025 María Fernanda Medrano
Reservados todos los derechos
Calixta Editores S.A.S
Primera Edición Abril 2025
Bogotá, Colombia
Editado por: ©Calixta Editores S.A.S
E-mail: [email protected]
Teléfono: (57) 317 646 8357
Web: www.calixtaeditores.com
ISBN: 978-628-7759-24-4
Director de proyectos editoriales y editor:
Luis Enrique Izquierdo
Director de Diseño y maquetación: David A. Avendaño
Corrección de Estilo: Jimena Torres
Ilustración de cubierta e internas: Isabel Siblesz @isza_pizza
Primera edición: Colombia 2025
Impreso en Colombia – Printed in Colombia
Todos los derechos reservados:
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño e ilustración de la cubierta ni las ilustraciones internas, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin previo aviso del editor.
A mi Camachito, mi gurú de la Navidad,
cinco años sin ti han sido demasiados.
Pero hoy te siento más cerca.
A mi pedacito, Jacobo,
tú eres mi milagro.
A ti, L, que inspiras cada cosa que hago.
A David y a Nico, que siempre creen en mí
y en que tengo algo de magia en mi interior.
El amor acaba con el miedo y la gratitud con el orgullo.
Louisa May Alcott – Mujercitas
¡Sí! Y la columna de cama era suya: la cama era la suya, el cuarto era el suyo, y, lo mejor y más venturoso de todo, ¡el tiempo por venir era suyo, para poder enmendarse!
Charles Dickens - Un cuento de Navidad
I
Suenan las campanas
¿Cómo quebrar la Campana y salir libre al mundo,
sin miedos ni colapsos?
La campana de Cristal
Sylvia Plath
Navidad era la época favorita de las hermanas March, desde siempre. El olor del hogar era una de las cosas que más les gustaba. Las castañas asadas no podían faltar y cuando su aroma cálido, reconfortante e intenso invadía el hogar, ellas sabían que había llegado su momento especial. Y es que la Navidad no era una cuestión que pasara desapercibida en esta familia, todo lo contrario, todas sus integrantes se ponían al servicio de la temporada y de lo que significaba para cada una.
Desde que eran muy pequeñas, incluso antes de la llegada de Amy, Marmee les había enseñado que era una época para atesorar, era el momento en el que se permitían –aún más que de costumbre– la nostalgia, la alegría, la bondad, la familiaridad y la abundancia. Los preparativos empezaban desde la cena de Acción de Gracias, y con ansias esperaban que fuera ese día –precisamente– el que trajera la primera nevada, y es que desde que las hojas se tornaban naranjas, las hermanas sabían que se acercaba la mejor estación de todas.
La casa se transformaba, con la precisión milimétrica de un reloj suizo, todas sabían cuál era su tarea y qué debían hacer para que la temporada fuera perfecta: Meg era la encargada –con Hannah– de ir desarrollando los deliciosos platillos que se comían en cada etapa, desde el magnífico pavo para rememorar a los Peregrinos, los budines, la tarta de frutas, las galletas de jengibre y, por supuesto, el fabuloso ponche, hasta la cena navideña que generalmente incluía jamón glaseado, castañas, puré de papas, verduras asadas y gelatinas de variadas frutas y sabores. Amy y Beth se desbarataban por ayudar a Marmee con la decoración, cosían cobertizos de retazos de telas navideñas para cada cama, recogían piñas de los enormes pinos para los decorados y las coronas, y por último iban con el Sr. March a cortar el gran árbol que decoraría la sala principal, esta era la tarea más compleja de todas, escoger el árbol perfecto era una labor muy importante; requería que se estudiara cada espécimen disponible antes de decidir. Jo era la encargada del entretenimiento, desde que iniciaba diciembre empezaba los preparativos para la obra navideña, los ensayos para los villancicos eran intensos y no les permitían descanso, era una directora muy empeñada en su trabajo. Cada año escribía una obra nueva, un drama navideño, que siempre incluía un asesinato, un robo o un fantasma. Jo no podía dejar atrás su imaginación fantástica y sus dotes de creadora. Amy nunca estaba muy de acuerdo, ella quería una romántica historia de amor, donde el milagro de la Navidad fuera encontrar a un galán con el que soñaba desde que era una chiquilla, pero nunca había logrado convencer a su hermana.
Las hermanas March eran cuatro. Se llevaban cerca de dos años aproximadamente entre sí. La mayor era Meg, una bella jovencita de diecisiete años, maternal y dulce. Su belleza hacía que recibiera más elogios que las demás, sobre todo porque se esmeraba mucho en verse lo mejor que podía. Sus grandes y saltones ojos azules le daban un aire misterioso y elegante que no escapaba a los ojos curiosos. Luego le seguía Jo, diminutivo de Josephine, una loquilla de quince años que era lo opuesto por completo de su hermana mayor. Para Jo, la apariencia física tenía muy poca importancia, en realidad casi nada, así como los temas de chicos o el romance e incluso la casa. A ella le gustaba crear: obras de teatro, cuentos, canciones, misterios, chistes y dramas. Su sueño era ser escritora, y no le importaba lo que los otros pensaran. Era feliz disfrazándose, creando personajes extraños e inventando periódicos para contar las historias familiares. Era muy hermosa, aunque para ella eso pasara desapercibido. Su largo y grueso pelo castaño era de admirar y de envidiar. Beth tenía trece años y era una pequeña absolutamente encantadora, silenciosa y bondadosa. Siempre tenía una palabra amable para decir y pensaba constantemente en el bienestar de aquellos que la rodeaban, virtud sin duda heredada de su padre, el capellán March. Por último estaba Amy, risueña y traviesa Amy, que con apenas once años y una larga cabellera dorada era una dinamita absoluta. No se quedaba quieta nunca, aprendía muy rápido y siempre tenía una opinión sobre todo. No podía dejar pasar la oportunidad de criticar algo si no estaba de acuerdo, quería recorrer el mundo, ser una gran artista y casarse con un gran caballero.
Lo más importante en la casa de los March era la unión familiar. Las niñas habían sido criadas en un ambiente amoroso y servicial. Y aunque las cuatro tenían temperamentos muy distintos y –casi todas– explosivos, el ambiente en la Casa del Vergel, como amorosamente le decían a su hogar, solía ser apacible y risueño.
Pero ese año todo era distinto. La familia March era antiesclavista, por eso, en 1860, cuando Abraham Lincoln fue elegido presidente, juntos celebraron la llegada de una nueva época para el país, donde todos fueran respetados y considerados ciudadanos. Sin embargo, esa alegría se desvaneció del hogar cuando en abril del año siguiente, la Guerra Civil se tomó todo el país. El Sr. March, un capellán entregado a su comunidad y al servicio, aunque bastante mayor, respondió al llamado y partió en junio a las filas de una guerra, que para las hermanas no tenía ningún sentido. ¿Cómo podría alguien pensar que algún ser humano no tenía derecho a tener su libertad?Jo, por ejemplo, sabía que esto era más complicado que lo que su amorosa Beth decía, y es que Beth era tan ingenua como si fuera aún una pequeña de cinco años. Todas amaban su bondad, pero tenía que madurar y entender la vida, porque todo estaba cambiando y era hora de enfrentarlo.
Si bien la familia March no era acaudalada, la bondad del Sr. March en su iglesia se vio recompensada por sus vecinos, lo que tenían siempre era compartido con todos y, de esa manera, el pan llegaba a la mesa de manera natural. Pero cuando el padre partió a la guerra, junto con muchos de los hombres del pueblo, las cosas cambiaron, cada día era más difícil seguir viviendo de la misma manera, la comida comenzó a escasear y la vida se fue tornando día a día agobiante; el miedo y la pesadumbre de que algo pudiera pasarle al Sr. March fueron tomando peso en la vida de las seis mujeres que habitaban la casa. Las dificultades producto de la guerra pueden sacar lo mejor y lo peor de cada ser humano, y en las hermanas March las cosas no estaban cambiando para bien, los sentimientos de miedo continuo y de frustración fueron sacando en ellas algunas carencias que Marmee siempre notó, pero había logrado mantener equilibradas con su buena educación y sus intachables valores; aunque esa Navidad, con mucha angustia, vio cómo cada una de sus pequeñas cedía ante el fantasma del agobio y se iba oscureciendo la temporada.
II
Una habitación
propia
No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente.
Una habitación propia
Virginia Woolf
No quiero usar ese vestido otra vez, Marmee —dijo Meg acongojada y con el ceño fruncido—. Me lo he puesto cuatro veces, ¿qué va a decir Angeliee?
—No creo que eso sea transcendental, Meg. Lo que debemos pensar es en que vas a divertirte con tus amigas y vas a disfrutar de una noche agradable. Si te fijas en detalles insignificantes, pierdes el foco de lo verdaderamente importante, y eso son las personas y sus corazones.
—Ay, Marmee, tú siempre dices cosas así, pero no entiendes que la que tiene que pasar vergüenza soy yo.
Marmee se quedó callada, Meg nunca le había contestado así, si bien era consciente de que las dos debilidades de su hija eran la vanidad y la superficialidad, su bondad y buen trato usualmente la hacían menguar esa necesidad de sentirse admirada y elogiada, Meg era una joven bella, mucho para su propio bien, puesto que pasaba varias horas al espejo peinando su brillante y frondoso pelo negro y contemplando su blanco y perfecto rostro, y nada bueno podía salir de la autocontemplación, todo lo contrario, hacía que perdiera de vista lo realmente significativo: el alma, y su hija tenía un alma hermosa.
Marmee estaba angustiada por sus hijas, justo la noche anterior tuvo una pelea con Amy, y aunque la más pequeña de las March tenía un temperamento muy distinto al de Meg, explosivo y emotivo, en Navidad ninguna de las cuatro solía discutir; ella sabía que este año era más duro que los anteriores y que sus hijas extrañaban a su padre, sin embargo, lo que más le asustaba era que perdieran el sentido de lo que significaba esa época. Amy había decidido lanzar un berrinche tremendo cuando ella le comunicó que no habría regalos, la chiquilla llevaba todo el año pidiendo una caja nueva de colores para sus pinturas, aunque aquello no sería posible, y cuando Marmee le dijo que la Navidad no se trataba de los regalos, soltó un llanto ruidoso y maltrecho, reclamando que no era justo, que todas sus amigas recibirían lo que pidieron y que ella estaba cansada de sacrificarse por la gente de la iglesia. Marmee le explicó, tan calmada como pudo, que el significado de la Navidad era otro, pero Amy no se convenció y todo terminó en que tuvo que irse a su habitación sin comer. Las carencias de Amy se mostraban siempre en la codicia y el egoísmo, y este año parecían estar tomando más fuerza que nunca.
Con el pasar de los días las cosas se fueron poniendo cada vez más difíciles en el antes tranquilo hogar March, la falta del padre se sentía, pero ninguna de las cuatro pequeñas parecía entender que quien más sentía esa falta era Marmee, exigían que todo siguiera igual y que la temporada navideña transcurriera de la misma manera que todos los años. Para la mamá del hogar fue incluso un golpe ver cómo Beth trataba de cubrir todo lo que no sucedía y se esforzaba más allá de sus propias fuerzas para que todos los demás estuvieran bien; se veía cansada, agotada y triste, y si bien Beth era una jovencita callada y con mirada nostálgica, su tristeza estaba a flor de piel, se esforzaba por lograr que las misiones en la iglesia de su padre siguieran dándose de la misma manera, y cuando no lo lograba se ponía malhumorada y en contra de la voluntad de Marmee hacia cosas exageradas.
La mañana del 16 de diciembre debían llevar a cabo un desayuno comunitario para las esposas e hijos de los soldados, por desgracia, las provisiones no llegaron a tiempo. Beth se quedó hasta muy tarde haciendo pan. Un resfriado muy fuerte venía haciendo mella en la salud de la joven, pero a ella no le importó. Cuando Marmee se despertó aquella mañana, encontró varias bandejas de pan quemadas, harina por toda la cocina y a su hija ardiendo en fiebre y recostada sobre la mesa.
—Pero ¿por qué has hecho todo esto sola, Beth? —dijo Marmee mientras la despertaba para llevarla a su habitación.
—Porque debía hacerse —contestó ella sin aliento y con varias lágrimas en sus ojos—. Pero fracasé, no pude hacerlo, me quedé dormida y quemé el pan, como si no fuera suficiente con que no tenemos comida para el desayuno de las madres y yo hago este desastre. ¡No sirvo para nada!
Marmee notó con tristeza que la timidez y la vulnerabilidad de Beth estaban haciendo estragos en su pequeña, había sido incapaz de pedir ayuda y, como resultado, se sentía fracasada. Algo que ella jamás quería que alguna de sus hijas experimentara.
