Mundos - Natalia Fidelio - E-Book

Mundos E-Book

Natalia Fidelio

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Beschreibung

¿Es posible que alguien aparezca y desaparezca frente a tus propios ojos? Jenny pensaba que solo se había tratado de un sueño de su niñez, que aquel niño no era nada más que un producto de su imaginación. Hasta que un hombre con esos mismos ojos negros que tanto recordaba, llega a su vida para hacer que cuestione todo lo que sabe sobre el mundo.

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Seitenzahl: 466

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Fidelio, Natalia Celeste

Mundos / Natalia Celeste Fidelio. - 1a ed. - Córdoba: Tinta Libre, 2022.

358 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-817-876-9

1. Narrativa Juvenil. 2. Novelas. 3. Novelas Fantásticas. I. Título.

CDD A863.9283

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2022. Fidelio, Natalia Celeste

© 2022. Tinta Libre Ediciones

A todos los mundos que visité que me animaron a crear los míos.

A todos los que se animen a dar un paseo por los mundos de mis sueños.

A todas las personas que me alentaron a soñar despierta.

Y a los sueños que no se cumplieron, para que este pudiera volverse realidad.

Prólogo

Sueños

Quizá doce años suenen como poco, pero a esa corta edad, mi comprensión del mundo era mucho más amplia que la de las personas mayores. Las cosas y las personas que me rodeaban nunca habían logrado ser un misterio para mí, inclusive se habían tornado predecibles con el tiempo.

Pero no sería hasta mucho después que descubriría que lo que comprendía realmente no era el mundo… sino mi mundo.

En el campo de mi abuelo, donde estaba esa calurosa tarde, lo único que hacía era leer. Justo entonces paseaba la vista por los títulos de la gran biblioteca. Acababa de leer “Romeo y Julieta”, y ahora buscaba algo un poco menos dramático. La idea de parejas suicidas y familias tercas me parecía exagerada y poco probable. Por supuesto que el amor era razón suficiente para enfrentarse a cualquier cosa, pero en mi opinión, existían soluciones mucho más diplomáticas que la muerte.

Mi abuelo me recomendó algo un poco más “actual”; no me molestaba leer ningún género, pero le agradecí con entusiasmo. Adoraba los libros que me recomendaba el abuelo. Siempre tenía la habilidad de acertar con respecto a mis gustos. Todos mis favoritos habían sido sugerencia suya, así que me entusiasmaba la posibilidad de enamorarme de una nueva historia.

No tardé en correr fuera de la casa, hacia los campos. La construcción estaba casi completamente rodeada por hectáreas y hectáreas de plantaciones de trigo a medio crecer. Un lugar en el que me estaba terminantemente prohibido adentrarme… pero cerca de la casa, escondido en los primeros metros de la plantación, había un pequeño claro. Un espacio libre de tallos que rodeaba al enorme y viejo roble… mi roble. Mi bisabuelo lo había plantado hacía muchísimos años. Era el gran árbol en el que solía jugar cuando era más pequeña, y que, desde hacía unos años, me proporcionaba su sombra para refugiarme del calor mientras devoraba un libro tras otro de la colección de mi familia. No había lugar en el mundo en el que me sintiera más a gusto. Por eso adoraba visitar a los abuelos en el verano. Nada se comparaba con este pequeño lugar.

Me senté en el suelo sin importarme demasiado la reprimenda que me ganaría de parte de mi madre por arruinar mi ropa. El tronco se sentía áspero contra mi espalda, pero tenía la sensación de que se acomodaba a mi postura a la perfección. Primero suspiré y miré hacia arriba: las hojas se veían tiernas y carnosas desde aquel ángulo, con la luz del sol atravesándolas y dándoles un brillante color verde, que se interrumpía de vez en cuando para dejar pasar algún que otro delgado rayo de luz.

Bajé la vista a mi libro y me sumergí en la lectura. Página tras página, el tiempo comenzó a pasar, el clima refrescando poco a poco hasta que se hizo soportable respirar. Poco antes del atardecer un ruido llamó mi atención. Cuando escudriñé los tallos, que apenas eran lo suficientemente altos para sobrepasar mi cabeza, nada especial destacó. El ruido no era extraño. Una ardilla quizá, un perro probablemente.

Volví mi vista a las páginas con la ligera sensación de que estaba fuera de lugar. Me había abstraído tanto en la lectura, que lo que estaba a mi alrededor parecía no encajar con lo que veía. Pero ni siquiera logré leer un párrafo más, cuando un jadeo entrecortado hizo que me pusiera de pie y estirara el cuello en dirección a la plantación. Mi corazón comenzó a latir con fuerza en mi pecho, pues esta vez estaba segura de que no había sido un animal.

Respiré llenando mis pulmones e intentando pensar de forma racional. Quizá solo había sido mi imaginación. Sabía que al leer mi mente divagaba de tal forma, que no me era posible confiar completamente en mis propios sentidos.

Me debatí por un momento, intentando descifrar si lo había imaginado, hasta que un movimiento en los tallos se vio forzado, en contra la tenue brisa que los movía. Tragué en seco y aferré mi libro con fuerza, preparada para usarlo como arma si alguien amenazante aparecía. Consideré gritar, pero si alguien tenía planeado atacarme, eso solo haría que lo hiciera más rápido… Tenía bien claros los peligros que podían presentarse. Un maniático, un ladrón, un depravado… de ser alguno de esos el caso, no le haría mucho daño, pero con un golpe certero de mi libro, al menos lo distraería lo suficiente para correr. De verdad podía correr rápido si me lo proponía. Y yo conocía el terreno, sabía qué camino tomar. Llegaría a la casa antes que él, y podría cerrar la puerta tras de mí. Noté que mis manos sudaban aferrando el libro.

—¿Hay alguien ahí? —murmuré intentando sonar más ruda de lo que realmente era… pero ninguna figura salió de la plantación.

Una respiración agitada llamó mi atención y me hizo caminar hacia lo que parecía un llamado de auxilio silencioso. Pensé que quizá un animal había sido lastimado y necesitaba ayuda. Pero mi libro se deslizó de mis dedos y cayó con un ruido sordo cuando vi entre los tallos al muchacho que parecía tener dificultades para respirar. Permanecía de rodillas y apoyado también en sus manos, jadeando como si se tratara de un grave caso de asma.

El trigo a su alrededor se había aplastado, así que me arrodille a su lado y puse una mano en su pecho para incorporarlo y otra en su espalda para mantenerlo erguido en caso de que se desvaneciera hacia atrás.

—¿Estás bien? —le pregunté sin saber qué hacer realmente. Pensé en mis alternativas, pero pareció encontrar sus pulmones de repente, apoyándose en mi brazo para poder incorporarse. Tosió un par de veces más antes de ser capaz de hablar.

—¿Lo…? —Se aclaró la garganta—. ¿Lo logré? —miró alrededor y hacia arriba. Parecía emocionado por algo, como si no se hubiera percatado de que estaba en muy mal estado. Su mirada finalmente se posó en mí, y dio un salto hacia atrás, quedando sentado en el trigo. Yo no me alejé, pero tampoco intenté acercarme.

—¿Qué sucede? ¿Estás bien? —repetí. Sus ojos eran enormes mientras me miraba como si yo fuera un extraño animal exótico. Aunque lo intenté, no fui capaz de identificar exactamente cuál era su expresión, solo noté el intrigante color de sus ojos. Un color negro como la brea, profundo y atrayente, que desordenó mis ideas. Me quedé mirándolo directamente por quién sabe cuánto tiempo. El color no parecía real.

Esperé a que hablara, pero sólo me devolvió la mirada, sin apartar sus ojos de los míos. Su respiración continuaba agitada. Me recordaba a un animal al que sorprenden las luces delanteras de un vehículo a toda velocidad dirigiéndose en su dirección. ¿Acaso tenía miedo?

Un ruido me sobresaltó y volteé hacia la puerta principal de la casa, que probablemente se había cerrado por el viento. Tragué con dificultad, y cuando volví a mirar al muchacho ya no estaba donde lo había dejado. Parecía haberse desvanecido junto con la brisa.

Por un segundo me quedé paralizada, pero no tardé en ponerme de pie y buscarlo entre los tallos que aún permanecían erguidos. No podía haberse ido muy lejos. Lo llamé un par de veces, sintiéndome más y más estúpida.

—Genial —murmuré entre dientes. No había señal alguna de que había estado ahí alguna vez—. Ahora sí te volviste loca —agregué para mí misma y me sacudí el polvo de las piernas. Eso me pasaba por leer tantas cosas extrañas. De seguro tanta imaginación ya comenzaba a dañarme el cerebro. Puse los ojos en blanco y levanté mi libro del piso para volver a la casa. “No más lectura por hoy” pensé antes de marcharme.

Decidí no contárselo a mi familia. Mis primos ya creían que estaba loca, y definitivamente no necesitaban otra razón para respaldar su teoría. Así que pretendí que simplemente se había tratado de un sueño, o una escena de las tantas que leía, y lo mantuve en secreto. Quizá esa era una buena explicación: un simple sueño había logrado colarse en mis pensamientos consientes. Solo eso.

Me obligué a mí misma a intentar actuar de forma más normal después de eso. De alguna manera, el hecho de estar al borde de la locura puede convencerte de apegarte un poco más al mundo real, a la normalidad. Lo intenté… pero de todos modos las personas continuaban siendo aburridas para mí. Nada nuevo, nadie que fuera capaz de sorprenderme. Solo costumbres insulsas y actividades repetitivas.

Pasaron dos años en los que simplemente me convencí de que el muchacho sin nombre había sido un producto de mi imaginación. Dos largos años obligándome a mí misma a olvidar lo que no podía tener ningún sentido. Jamás pensé que lo vería de nuevo.

—¿Quieres ir a tomar un poco de sol? —preguntó mi prima en el nuevo verano que nos rodeaba… y casi sofocaba. En realidad, no era algo que llamara mi atención: no le veía mucho atractivo a cocinarme lentamente en mi propio sudor. Hice una mueca con la boca y ella puso los ojos en blanco—. Ni respondas, solo iré con Jack —murmuró luego. Él era su novio en ese momento. Un muchacho flacucho y de cabello rubio cuya expresión siempre parecía sugerir que permanecía adolorido todo el tiempo.

Estábamos sentadas en el pórtico trasero de la casa de nuestros abuelos, en unas reposeras a juego. Ella había escogido leer una revista mientras descansaba al Sol, al tiempo que yo había preferido un libro y me encontraba protegida por la sombra que proyectaba el techo.

Le sonreí de lado, una pequeña sonrisa de culpabilidad que le dejaba ver que sentía no compartir sus hábitos. Ella bajó sus anteojos oscuros desde su cabeza —donde mantenían el cabello fuera de su rostro—y se los colocó para levantarse. Yo sólo la miré marcharse y me despedí cuando ella lo hizo, deseándole que pasara un buen rato.

Por mi parte, solo tomé mi libro y me puse de pie para continuar con la lectura en otra parte. Caminé sin rumbo por el borde de la plantación, paseando mis dedos por las puntas de los tallos. Se veían muy bien, verdes y pálidos, suaves y ligeros.

No escuchaba sonidos desde dentro de la casa, pero sabía que varios de mis familiares estarían allí. No me apetecía entrar, no me sentía con ánimos de tener compañía, ni de fingir que las cosas de las que hablaban me resultaban entretenidas.

Casi sin que tuviera que ordenárselos, mis pies encontraron el camino al viejo roble, cuya sombra se veía como un oasis en el brillante calor que predominaba en el ambiente. Con catorce años, mi cabeza ya sobrepasaba la plantación a medio crecer, y tenía permitido (o más bien auto-permitido) alejarme un poco de la casa… pero nada me atraía de ese lugar. Ya había realizado cortas expediciones por los campos, por lo que sabía que solo encontraría raspaduras, insectos y animales rastreros.

Así que solo me acerqué al roble para dar una vuelta a su alrededor, pasando las yemas de los dedos de mi mano libre por las figuras de la corteza. Era tan familiar para mí que pensé que podría dibujar los patrones con los ojos cerrados. Tracé la vuelta hasta abajo y me senté en el mismo lugar de siempre, adorando la forma en la que el tronco parecía amoldarse a mi espalda. Miré hacia arriba como siempre lo hacía y comprobé que casi no era capaz de ver el cielo entre la enorme cantidad de hojas. Todo era verde y brillante cuando hacía eso.

Solté un largo suspiro y acomodé mi libro en mi regazo. La hora de la cena se acercaría demasiado pronto, y debía leer con rapidez si quería adelantar la historia. Saqué mi reproductor de música de mi bolsillo y conecté los auriculares, para luego ponérmelos. La música me ayudaba a formar un escudo del mundo exterior, protegiéndome de lo que me rodeaba y manteniéndome segura.

La historia no tardó en atraparme. No pude evitar sonreír como tonta ante una cursi escena de amor y me acurruqué un poco más en este, que era mi lugar favorito en el mundo.

—¿Qué lees? —me preguntó de repente una voz por encima de la música. Me sobresalté y me quité los auriculares rápidamente mientras levantaba la vista. No lo conocía. Pero ya lo había visto antes. Me puse de pie sin quitarle los ojos de encima, temiendo que fuera a desaparecer como lo había hecho la última vez. Tanto el libro como el reproductor de música cayeron al suelo, pero no les presté la más mínima atención.

—Tú —susurré.

—No quise asustarte —murmuró en respuesta. Parecía nervioso en cierta forma. Su voz sonaba suave a la vez que profunda. Me sorprendió que así fuera, pues no parecía mucho mayor que yo. Llevaba el cabello muy corto y un suéter fino y oscuro que parecía sumamente pesado y fuera de lugar en el clima que nos rodeaba. Miré sus ojos. Quizá su rostro no fuera completamente familiar, pero sus ojos sí lo eran.

—Yo te he visto antes —mi voz seguía siendo un susurro, y no hice nada por aumentar el volumen. Se le escapó una pequeña sonrisa antes de que se transformara en una mueca. Normalmente podía leer a las personas con facilidad, pero no estaba segura de lo que podría significar su expresión. Miré sus ojos directamente, unos ojos de un profundo color negro, brillantes e intrigantes, pero él desvió la mirada. Cuando escudriñó el trigal, el reflejo de la luz hizo que sus ojos se vieran verdes, brillantes y veteados... cuando volvió a fijarlos en mí, el color de la brea había vuelto.

—Yo también te he visto —musitó tan bajo que temí habérmelo imaginado. Pero después de todo, era posible que me estuviese imaginando el asunto entero ¿cierto?

—¿Quién eres? —me acerqué un paso y pareció envararse, así que me detuve.

—No soy nadie —respondió casi tan bajo como el sonido de la brisa. Eso era definitivo: me lo imaginaba. Me acerqué un poco más, sin dejar de mirarlo. Su postura se veía despreocupada, pero parecía sospechosamente tenso bajo la apariencia superficial. O al menos eso me parecía con lo poco que llegaba a distinguir, pues me negaba a despegar mi vista de sus profundos ojos.

—¡A cenar! —escuché gritar a mi madre. Él miró en su dirección y se encogió un poco, como si pudiera esconderse entre los tallos, a pesar de sobrepasarlos en altura… pero yo no iba a dejar de mirarlo. Junté aire para responderle a mamá, pero de repente ya no fui capaz de hacerlo. Su mano estaba en mi boca, cubriéndola e impidiéndome responder. Mi corazón se aceleró tanto como mi mente, que pensaba en las posibles formas en que podía alejarme. Mamá me había obligado a tomar un par de clases de defensa personal, y estaba bastante segura de que podría atinar un golpe lo suficientemente bueno como para poder correr, pero… no quería hacerlo.

—No grites, por favor —suplicó. Continué con mis ojos clavados en los suyos, perdiéndome en ellos por un segundo demasiado largo. Miró de nuevo a mi madre y parecía tener miedo. ¿Acaso sería un fugitivo? Intenté pensar con claridad, pero no me era posible: estaba demasiado maravillada por el hecho de que mi cuerpo no hubiera atravesado el suyo como si hubiera estado hecho de humo. Se sentía real, increíblemente real.

Bajó la mirada a mí de nuevo, movió su mano desde mi boca hasta mi mandíbula lentamente y me miró por un largo momento. Estábamos tan cerca, que podía sentir el calor de su cuerpo. No podía apartarme. Mi cabeza gritaba que fuera sensata, pero no quería escucharla.

—¡Jenny! —gritó mi madre, pero esta vez él no dejó de mirarme. En lugar de eso suspiró profundamente y me miró por un momento más.

—Jenny… —repitió lentamente, y una pequeña sonrisa se dibujó por sus labios, aunque su mirada no parecía alegre, sino todo lo contrario. Hubiera deseado tener más tiempo para analizar su expresión, pero justo entonces, sus ojos revolotearon hacia detrás de mí. Un destello azul apareció detrás de sus pupilas y verdadero pánico se asomó por sus facciones. Sacó su mano de mi rostro con rapidez y justo entonces todo su cuerpo se tensó para luego desaparecer frente a mí, envuelto en pequeños rayos luminosos de color azul.

Cerré los ojos para evitar la luz repentina ¿Cómo era posible que se desvaneciera en el aire de esa forma? El suspiro de alivio de mi madre me devolvió a la realidad.

—Aquí estás —dijo dando la vuelta al roble para verme. La miré confundida desde mi lugar en el suelo—. ¿Te quedaste dormida? —preguntó y yo pestañeé intentando aclarar mi mente. Sin querer, sus palabras me habían explicado lo que sucedía. Un sueño. Tenía que serlo. Sabía que lo era.

—No —mentí examinando el cielo. Se veía más oscuro de lo debido—. Sólo leía, mamá —respondí encogiéndome de hombros. Ella lanzó una mirada fugaz al libro que permanecía en el suelo a un lado de mi regazo y luego a mí, pero solo puso los ojos en blanco y me tendió una mano para que me levantara.

Esa noche no pude dormir, por mucho que lo intenté. Me mantuve despierta hasta que el Sol se coló por la ventana del cuarto, sin invitación. ¿Por qué habría soñado con él de nuevo? Era tan extraño sentirme tan familiarizada con alguien que ni siquiera existía. Sopesé la posibilidad de que estuviera leyendo el mismo libro que la última vez, pero descarté la idea inmediatamente. Jamás había leído “Persuasión” antes, era la primera vez, estaba segura.

Repasé sus palabras en mi mente una y otra vez. “No soy nadie” había dicho. Y jamás hubo una verdad tan cruda como esa. No era nadie, y sin embargo no podía dejar de recordar todos y cada uno de sus movimientos, sus gestos… pero, sobre todo, sus ojos. Sus cambiantes y temerosos ojos. Familiares y desconocidos a la vez…. completamente intrigantes.

1

Insomnio

Con el tiempo, de alguna forma terminé consiguiendo lo que siempre había temido: una vida monótona y repetitiva, con tareas que no me dejaban mucho tiempo para hacer las cosas que me gustaban. Ahora tenía veinte años. Estudiaba por la mañana y trabajaba algunos días a la semana por las noches, para así poder solventar mis gastos.

Suspiré al entrar a casa y dejé caer mi bolso junto a la puerta. Había sido un día largo. Trabajaba de mesera en un restaurant del centro, “Limas”, y las personas no siempre eran educadas. Colgué la llave junto a la puerta antes de desplomarme en el sofá. La casa era pequeña, pero me sentía a gusto en ella.

En la planta baja solo estaba la cocina, y una habitación que en su momento había sido un comedor, pero que yo usaba a modo de sala de estar. En el centro de la construcción y a un lado de la pared divisoria entre la cocina y la sala, se alzaba la escalera, justo frente a la puerta principal. Una estructura forjada en hierro y madera que conducía a la única habitación y al cuarto de baño.

Miré mecánicamente la hora en el reloj de la pared: marcaba casi las diez de la noche. Como dije, había sido un largo día. Demasiado largo, y, sin embargo, no lo suficiente. Claro que estaba agradecida de poder descansar, pero en ocasiones como esta, el silencio me sofocaba, recordándome el vacío que me rodeaba. Me había mudado hacía cerca de dos años a la ciudad, para así encontrarme cerca de la universidad. La carrera que había escogido no se impartía cerca de donde vivían mis padres.

Me puse de pie de mala gana y encendí el equipo de música, que llenó el ambiente de inmediato, desdibujando la ausencia de voces reales. Por lo general, yo era una persona independiente, autosuficiente y confiada… pero todo eso cambiaba a la hora de la cena. Probablemente, el hecho de haber crecido en un lugar en el que toda la familia se reunía para cenar en el gran comedor, hacía que comer sobre el fregadero una variedad interminable de emparedados, se viera poco atractivo. O quizá solo era la lastimosa ausencia de la tan arraigada conversación familiar, que, aunque trivial y mundana, guardaba temas contundentes y necesarios.

Claro que fuera de esos breves momentos en los que mi confianza flaqueaba, no tenía demasiados problemas. Ya me había adaptado a la mayor parte de las costumbres de la ciudad y al agitado ritmo de vida. Ya no me resultaba tan tedioso levantarme temprano por la mañana y caer rendida en mi cama por la noche. Había optado por estudiar Ingeniería en Sistemas Informáticos. Tenía predilección por la tecnología, y parecía un trabajo tan bueno como cualquier otro.

Vivía cómoda gracias al empleo que mantenía, y había sido capaz de comprar mi pequeño hogar gracias a la colaboración de mis padres. En realidad, no podía quejarme: incluso me habían cedido su viejo automóvil, para facilitarme el moverme por la ciudad e ir a visitarlos los fines de semana. Después de todo, sólo me encontraba a unos 200 kilómetros de ellos.

Pero entonces, en ese corto periodo entre que soltaba los libros de texto y retomaba los recreativos… en ese, cuando mi mente sólo se preocupaba por la insulsa tarea de alimentarme de forma adecuada, mi mundo se sentía extrañamente… vacío.

Sacudí la cabeza para desechar la idea y puse los ojos en blanco. A veces analizaba demasiado las cosas. Decidí retomar la lectura antes de que mi cabeza comenzara a divagar de nuevo.

Me puse cómoda en el sofá —que ocupaba un tercio de la pequeña sala—, y leí hasta quedarme dormida. Mi cama estaba arriba, en el único dormitorio de la casa, pero era muy extraño que en realidad llegara a usarla. No me sentía del todo cómoda en mi cuarto. Quizá era porque nunca lo había redecorado… o quizá mi renuencia se debía a que me resultaba más conveniente no subir las escaleras. Así que últimamente el sofá se había transformado en mi lecho preferido.

Cuando desperté, me sentí increíblemente desorientada. Al principio pensé que debía ir a la universidad, pero luego de un segundo recordé que era sábado. Suspiré y miré la hora en mi celular. Negué con la cabeza, riéndome de mí misma: eran apenas las tres de la madrugada. Detestaba que esto pasara. Siempre me costaba horrores volver a conciliar el sueño. Me acomodé de nuevo, intentándolo, pero sabía que no había caso. Frustrada por el cansancio, me levanté y caminé a la cocina.

Tomé un recipiente para calentar un poco de leche y lo puse al fuego por un momento. Busqué una taza de la alacena y me puse el primer abrigo que encontré a mano. Tenía una especie de rutina para volver a dormir, así que ya sabía lo que haría.

Subí a mi habitación, abrí la ventana y me aferré al marco para poder salir y sentarme en el techo. Era difícil acomodarme de forma correcta: la inclinación era la suficiente para que tuviera que hacer acrobacias para encontrar la postura ideal, pero no tanta como para impedir que estuviera segura si me mantenía atenta.

Luego de acomodarme, bebí un sorbo de mi taza mientras la usaba para calentarme las manos. La noche se había vuelto más fría de lo que esperaba. Podía ver el vapor que el calor de mi bebida causaba. Gris contra negro, dibujando figuras en el aire.

Había una vieja tonada de piano que siempre me tranquilizaba, pero no quería entrar a buscar mi reproductor de música, así que la tarareé para mí misma mientras volteaba la vista al cielo, observando las estrellas. Después de un rato, noté que cantaba las notas en voz alta, garabateando sílabas que no formaban palabras, pero que sonaban bastante entonadas.

Siendo objetiva, no sonaba tan mal. Las notas más altas estaban claramente fuera de mi alcance, pero las demás eran fáciles de interpretar.

Una estrella fugaz hizo que volteara la cabeza bruscamente. Esa definitivamente no era una buena idea cuando uno se encontraba en un lugar tan alto. Mi pie izquierdo resbaló y un grito ahogado se escapó de mis labios cuando tuve que soltar la taza para sostenerme con ambas manos para evitar deslizarme hacia abajo. Recuperé el equilibrio y miré al piso casi sin aliento, para ver mi taza despezada en el concreto… pero ni siquiera llegué a captar un vistazo de eso, ya que algo mucho más interesante atrajo mi atención.

Había alguien de pie, a unos cuantos metros de donde mi taza se había estrellado. Un hombre. Sus ojos negros me devolvían una mirada ansiosa, casi desesperada. Tuve que recordarme a mí misma que estaba en el techo para que mi cuello dejara de estirarse y mi cuerpo dejara de inclinarse para intentar verlo mejor. Él sólo me miraba fijamente. Parecía alerta.

Por un momento me quedé helada, negándome a mí misma que esos ojos pudieran parecerme tan familiares… pero cuando suspiró profundamente, dejando caer sus manos a los costados de su cuerpo, recuperé la razón: levanté la barbilla y me alejé un poco. El tipo estaba traspasando mi reja, de pie en mi jardín. Por Dios, probablemente estaba a punto de robarme o algo así. Me acerqué a la ventana sin dejar de mirarlo.

—Está en propiedad privada —intenté que mi voz sonara firme, pero titubeé en la mitad de la frase. Él no respondió, pero una ráfaga helada de aire hizo que se abrazara a sí mismo con fuerza. Lo miré por un momento, esperando que hiciera algún ademán amenazante, pero se quedó completamente quieto, y eso hizo que la luz de la entrada de la casa se apagara, pues se activaba por un sensor de movimiento.

Tragué en seco, sentía que mi corazón iba a salirse de mi pecho, pero su expresión hacía que se viera mucho más vulnerable de lo que debería. Era un hombre relativamente grande, de brazos gruesos y espalda ancha. Ahora no podía ver su rostro con claridad, ya que había quedado en la penumbra, pero podía distinguir ciertos rasgos: su mandíbula era cuadrada, así como la forma de sus labios… y sus ojos aún se veían brillantes a pesar de la ausencia de luz.

Comencé a moverme con lentitud hacia arriba en el techo, volviendo a mi lugar inicial. No desvié la vista cuando tanteé el marco de la ventana a mis espaldas con la mano.

—Si no se larga, llamaré a la policía —agregué. Hizo una mueca con la boca mientras yo finalmente entraba a la habitación y cerraba la abertura tras de mí poniendo el seguro. Cuando volví a mirar, él estaba de pie en la calle, había sido rápido al saltar la reja. Quizá el haberle visto el rostro me había salvado de que me robara.

Lo miré por un momento más, analizando cada uno de sus movimientos… aunque no había demasiados para analizar. Después de un minuto, dejó de mirar a la ventana y desvió la vista hacia la calle. Puede que haya visto a algún policía o algo así, porque comenzó a caminar con la cabeza gacha en la dirección opuesta. Suspiré y cerré las cortinas. Pensé en bajar a asegurar las ventanas y puertas de la planta baja, pero estaba segura de que no las había abierto en días, así que simplemente me acurruqué en mi cama.

Me mantuve alerta por si escuchaba algo, pero nada llamó mi atención más que el fuerte sonido de los latidos de mi corazón golpeando contra mis costillas.

Esa noche, cuando por fin volví a dormir, soñé con aquel viejo recuerdo de mi fantasma de ojos brillantes, aquel que había visto en la plantación de los abuelos, hacía tanto ya. Él me miraba desde el borde del claro en el que se encontraba mi roble. Yo intentaba hablarle, pero la profundidad de sus ojos me lo impedía. No sabía qué decir. Un dudoso “Jenny” salía de sus labios, como si lo torturara el simple hecho de pronunciar mi nombre. ¿Qué podía hacer? Levanté una mano en su dirección, pero todo lo que hacía era establecer una corriente eléctrica entre nosotros. Rayos azules salían de la palma de mi mano para luego envolverlo. Después de eso, él se desvanecía en el aire, justo como lo había hecho en el sueño original.

Me desperté agitada, con sudor en la frente y en el pecho. Intenté tranquilizarme y entender por qué había vuelto a soñar con él después de tantos años. Era muy extraño, no había pensado en él últimamente… pero cuando logré relajarme, la razón vino a mi mente, y entonces fui capaz de unir ambos recuerdos: Los ojos del hombre de la noche anterior, tan oscuros y diferentes… y sin embargo tan cálidos y familiares, eran idénticos a los ojos del muchacho de mi sueño de hacía tanto tiempo.

Di otra vuelta en la cama para quedar mirando al techo y suspiré profundamente. No tenía sentido pensar tantas estupideces. Claro que aquel al que yo había visto de niña no había sido más que un simple sueño. Una ilusión. Una fantasía.

Pero el intruso de la noche anterior me lo recordaba demasiado. No era más que un maleante, un ladrón inspeccionando mis movimientos para averiguar si tenía cosas de valor dentro de la casa… esperé a sentirme atemorizada de nuevo, pero el sentimiento no llegó. Era extraño, pero no tenía aspecto de querer hacerme daño. Quizá algo en su postura me lo indicaba, o tal vez su expresión.

Sí, eso era. De alguna forma, la expresión de su rostro me decía que no intentaba lastimarme, que no lo hubiera hecho de haber tenido la oportunidad. Sacudí la cabeza reprendiéndome a mí misma por pensar de forma tan estúpida. No había lado positivo para un intruso que encuentras en tu jardín. Ese tipo de gente tenía bien claro que no debían verse amenazantes. Parecer dignos de confianza era lo mejor que podían hacer.

Salí de la cama y bajé las escaleras para hacerme algo de desayunar. No pensaba del todo bien con el estómago vacío. Subí un poco la temperatura con el termostato cuando pasé junto a él, y luego fui directamente a la cocina.

Era tan extraño volver a pensar en aquel niño… había pasado años sin hacerlo. Él era tan solo un producto de mi imaginación. Quizá podría haberlo llamado “amigo imaginario”, si hubiera pasado más tiempo imaginándolo.

Pero sin poder evitarlo, intenté concentrarme en las facciones del rostro del hombre al que había visto, más que en el negro de sus ojos. Su cara tenía rasgos masculinos, marcados, adultos. Una mandíbula cuadrada y un cabello corto tan oscuro como la noche.

Pero de niño sus facciones habían sido mucho más redondeadas y suaves. Mucho más inmaduras. Tomé un largo sorbo de mi taza de café y cerré los ojos por un momento. Noté que estaba pensando en ambos recuerdos como si se tratara de la misma persona, analizando los cambios que podía haber sufrido su rostro por el paso del tiempo.

Quizá me había quedado dormida anoche, y soñado con el mismo muchacho con el que solía soñar en la casa de mi abuelo. Eso no era difícil de comprobar. Me acerqué a la ventana de la cocina y levanté la cortina para observar mi taza destrozada en el suelo. Así que no se había tratado de un sueño.

Era estúpido, ¿cómo podría yo haber soñado con alguien, años antes de haberlo visto en realidad?

2

Corriente

La racionalidad ganó la partida: decidí aferrarme a la hipótesis de que todo era una coincidencia. Un pequeño parecido entre dos imágenes no significaba que se tratara de la misma persona. Además, las otras posibilidades eran demasiado remotas… o implicaban que debían internarme en un manicomio.

En definitiva, era bastante obvio que se me había zafado un tornillo. ¿Por qué rayos había relacionado al intruso con el niño de los campos? Tuve que pensarlo por unos cuantos minutos, debía ser sincera conmigo misma ¿recordaba tan bien al muchacho de mi sueño como para reconocerlo en otro lugar?

Creía recordarlo, pero quizá no podía confiar en mi memoria tanto como creía. Después de todo, solo había soñado con él dos veces. Y claro que en un principio había pensado en él todo el tiempo, pero luego casi lo había olvidado.

Quizá yo misma había alterado mi recuerdo, obligándolo a encajar con el hombre de la noche anterior. O quizá solo había imaginado el parecido… si tan solo pudiera haberlo visto mejor, o más de cerca.

—Genial —murmuré para mis adentros dándole otro sorbo a mi café—. Increíble que quieras que el ratero vuelva para vigilarte. Muy sensato, Jenny —me reproché, negando con la cabeza. De verdad que estaba enferma si pensaba que podría verlo o hablarle si volvía. Estaba loca si lo que quería realmente era que volviera—. ¿Quién sabe con qué clase de psicópata te estás metiendo? —hablé conmigo misma—. Idiota —repliqué en voz más alta, reprochándome de nuevo mientras subía a cambiarme de ropa. La cafeína y la calefacción me habían despejado un poco la mente, y ahora comenzaba a sentirme muy estúpida por siquiera haberlo pensado. Nada más que un par de sueños, algunas coincidencias, y mucha, demasiada imaginación.

Me vestí con aire ausente y salí para limpiar los restos de la taza que había roto la noche anterior. Miré hacia ambos lados antes de bajar la guardia. Pensé que quizá el hombre estuviera escondido, esperando para entrar y saquearme, pero no lo vi por ningún lugar. De hecho, no había mucho espacio en el que pudiera esconderse. La casa, aunque pequeña, ocupaba gran parte del terreno en el que se encontraba. Al frente, un escaso jardín de un par de metros llevaba hasta la reja de color negro… ahora que podía pensarlo con tranquilidad, no debía haber sido difícil para aquel hombre saltarla, él era bastante alto, y la reja no podía medir más de un metro y medio, ni siquiera llegaba hasta a mi hombro.

Quizá esa no era la mejor forma de evitar que extraños entraran en la propiedad, incluso aunque siempre la mantuviera cerrada con llave.

Intenté mantenerme ocupada el resto de la tarde, pero eso no hizo mucho por quitarlo de mi cabeza. Seguía intentando darle sentido a su aparición. Cerca de las tres de la tarde ideé la teoría de que quizá solo se trataba de un transeúnte que me había visto resbalar y había entrado en el jardín para atraparme si caía…

Como a las cuatro, esa teoría ya estaba completamente descartada: ¿cómo diablos se suponía que una persona pudiera reaccionar con tanta rapidez? Después de todo, solo habían pasado unos cuantos segundos entre que había estado sentada en el techo, completamente estable, y hasta que lo descubrí en mi jardín, mirándome. No era posible que alguien me hubiera visto desde la calle y hubiera saltado hasta mi patio para atraparme en un lapso de tiempo tan corto. Definitivamente, estaba delirando.

Alrededor de las cinco, mi mente ya era una maraña de teorías estúpidas y conclusiones inútiles. Tenía que salir de la casa. Me di una ducha rápida, con intenciones de ir a visitar a mis padres durante la tarde, pero al salir, un mensaje de texto de una de mis compañeras de trabajo, me esperaba en mi teléfono. No podía presentarse a su turno y me preguntaba si podría cubrirla. Con un suspiro me resigné a la idea y le contesté que no habría ningún problema. Debería entrar a las seis, y saldría mucho después de la medianoche. Si lo que buscaba era salir de la casa y mantenerme ocupada, esa era tan buena excusa como cualquiera.

Conduje hasta allí en mi viejo auto, claro que no era demasiado lejos, apenas unos tres kilómetros, pero me gustaba la familiaridad que me causaba hacerlo. Mi padre me había enseñado a conducir en esos mismos asientos, y eso hacía que estuviera lleno de recuerdos y anécdotas.

Luego de estacionarme en la parte trasera del local, suspiré y negué con la cabeza. Una parte de mí deseaba conservar mi sábado para mí misma, para ser capaz de dejar a mi mente divagar en la idea del extraño de la noche anterior. Claro que no era la parte más sana o cuerda, así que, con creciente desilusión, salí del auto para dirigirme a mi trabajo.

Debo admitir que el hecho de haber podido mantenerme ocupada en otras cosas fue algo positivo después de todo. El restaurante era un lugar agradable para trabajar. No vendíamos mucha variedad de comida, apenas unos cuantos platos de comida italiana y algunos sabores de pizza, y eso hacía que la mayor parte de los clientes fueran adolescentes y adultos jóvenes, por lo que el ambiente era muy distendido.

Al llegar, saludé a los demás, me puse mi delantal y me planté junto a la puerta principal, para esperar nuevos comensales. Había convencido a mi jefe para que comprara una computadora y la pusiera en el centro del local. El sistema —que había diseñado e instalado yo misma—servía para tomar las órdenes de los clientes de forma rápida y simple. Pero como era la única que lograba comprender cómo funcionaba, era la encargada de tomar todas las órdenes.

Claro que eso me libraba de limpiar mesas y transportar comida, pero aun así debía repartir menús y saludar a las personas cuando entraban. A todo el mundo parecía agradarle el “novedoso” sistema que implementábamos… pero claro que lo único que hacía era evitar que las meseras y camareros debiéramos gritarle al cocinero, lo que fuera que las personas ordenaban.

Las horas solían pasar con rapidez en ese lugar. Las personas entraban y salían en pequeñas tandas, a veces dejando propinas en los frascos de diferentes formas que conservábamos en el mostrador. Al final de cada día de trabajo, todos repartíamos en partes iguales lo que sea que se hubiera recaudado. Era un trato justo, considerando que todos aportábamos en la mayoría de las tareas.

Al final del día, solo quedábamos Vanesa y yo. Ella era una de las otras meseras, y quizá con quien mejor congeniaba. Era callada, y no decía mucho, pero no era necesario hablar en ese momento. Nos habían encargado limpiar el lugar para que al día siguiente todo estuviera en condiciones para comenzar la jornada del domingo. Así que yo me dedicaba a barrer mientras ella levantaba las sillas y las colocaba arriba de las mesas. Ya nos habíamos encargado de limpiar la cocina y sacar la basura al callejón.

Para cuando llegué a casa, había cumplido mi cometido: estaba tan agotada que fue difícil pensar en cualquier cosa antes de dormirme de nuevo en el sofá.

Desperté demasiado temprano de nuevo, considerando que no debía asistir a ninguna clase. Intenté mirar la hora en mi celular, pero la batería había muerto, así que simplemente me dediqué a mirar la pálida luz que entraba por la ventana. Por lo que podía ver, parecía que estaba amaneciendo. Una tenue luz clara comenzaba a colarse por todas las rendijas de la puerta y a través de las pesadas cortinas.

El frío de la mañana había logrado que me acurrucara sobre mí misma, así que me removí para taparme con la manta que mantenía a un lado del sofá, para ocasiones como esta. Se trataba de un grueso y suave cobertor. Había sido una de las primeras cosas que había comprado por mi cuenta, así que, aunque no era de muy buena calidad, le tenía bastante cariño.

Me envolví en él para lograr entrar en calor, y me quedé muy quieta, intentando volver a dormir. Al menos ahora no tenía frío. Pensé en sentarme en el techo por un momento, para ver el amanecer, pero la idea se escapó de mi mente cuando lo relacioné con el hombre que había visto.

Ahora, envuelta en el calor y con la mente adormecida por el sueño, deseaba más que nada poder volver a verlo. Sus ojos habían sido tan familiares, su mirada tan cálida… si tan solo hubiera podido verlo más de cerca, hablarle. Como había hecho en el claro aquella vez. ¿Hubiera reconocido la voz del muchacho de mis sueños si aquel hombre me hubiera hablado?

Cerré los ojos. Aquel “Jenny…” que había susurrado volvió a deslizarse por mi cabeza, como el eco de ese dulce recuerdo. Recordé su expresión, tan… vulnerable, y completamente inalcanzable.

Ahora era un hombre el que me miraba del otro lado del claro. Era él. Tan atento y fuera de lugar como lo había estado la otra noche, mirándome desde el jardín. También ahora todo estaba oscuro a nuestro alrededor. El frío hacía que su respiración se viera en la oscuridad. “¿Quién eres?” logré preguntar, casi en un susurro.

Se sobresaltó por mis palabras y dio un paso hacia atrás, alejándose. No quería que lo hiciera, pero no parecía capaz de avanzar hacia él, o de encontrar las palabras correctas para mantenerlo conmigo. Dios, quería que se mantuviera conmigo. Sentía que estaba increíblemente lejos, pero de alguna forma, cuando extendí una mano en su dirección, lo alcancé con las yemas de mis dedos.

Toqué el costado de su rostro y su respiración se agitó en respuesta, así como la mía. Sus ojos no dejaban escapar los míos. Y no quería que lo hicieran. Esta vez no tenía miedo. No quería huir. Sabía que él no me haría daño, no podía creer que alguna vez hubiera pensado que lo haría.

Al abrir los ojos, me sentí increíblemente fuera de lugar en el sofá. La sala de estar se veía insípida comparada con el sueño que acababa de tener. Mi cobertor había quedado en el piso, y noté que la luz que entraba por la ventana era mucho más intensa de lo que había sido antes.

Aclaré mi garganta y me maldije a mí misma por lo bajo, aunque no estaba segura de si lo que me reprochaba era el hecho de haber soñado con una locura como esa… o si solo estaba molesta por haber despertado demasiado pronto.

Sacudí la cabeza con aire ausente y me levanté para buscar un vaso de agua. Sentía la boca seca y pastosa. Suspiré a un lado del fregadero y me mordí el labio. Tenía que concentrarme en dejar de pensar estupideces. En ser racional, y en comportarme como una adulta.

¿Pero cómo rayos iba a saber que no me lo quitaría de la cabeza de ahí en adelante? ¿Cómo demonios podría notar que él sería todo en lo que pensaría desde ese momento, incluso aunque no estuviera segura de que fuera real?

3

Frustrada

Los días siguientes no hice más que soñar con él. Tanto cuando estaba despierta como cuando dormía, aletargada en el sofá después de intentar ocupar mi mente con algún libro. Me llevé una desagradable sorpresa cuando noté que ya ni siquiera eso era suficiente para alejar mis pensamientos de la realidad. Pero intenté seguir con mi vida normal de todos modos, encargándome de mis tareas y acudiendo a mi trabajo.

Quise olvidarlo todo, quitármelo de la cabeza, simplemente cubrirlo con nueva información, como si mi cerebro pudiera funcionar igual que un disco rígido… pero a menudo me sorprendía a mí misma pensando en él de nuevo, intentando descifrar por qué sus ojos aparecían frente a mí cada vez que cerraba los míos. Con el pasar de los días, noté que mis recuerdos de él se habían fusionado, todos aquellos breves momentos en los que lo había visto —o al menos en los que creía haberlo visto—, se habían mezclado para formar una nítida y clara imagen, de un hombre de unos veintitantos años, con postura estoica y mirada profunda, que susurraba mi nombre sin que yo pudiera escucharlo.

Ese pequeño invento de mi imaginación perduraba, sin importar lo que estuviera haciendo. Y aunque jamás lo admitiría en voz alta, había momentos en los que me dedicaba a buscar formas de provocar otro encuentro, en pensar en qué lugares sería posible encontrarlo: Había un pequeño bar cerca de la universidad en que muchas personas de nuestra edad se congregaban… pero no parecía ser la clase de persona que frecuentara ese tipo de lugares. O quizá podría encontrarlo en internet, pero sería complicado, considerando que no sabía su nombre, ni su procedencia, ni tenía ninguna fotografía de él. De acuerdo, ese era un caso perdido.

También comencé a prestar más atención a mí alrededor, a las personas a las que normalmente no veía, con la esperanza de encontrarlo caminando por una acera, como si no se tratara de nada extraño. A veces me sentía como si pudiera dar vuelta en la siguiente esquina y toparme con él, que me saludara con un breve abrazo, como si fuera un viejo conocido al que no había visto en mucho tiempo, en lugar de un producto de mi imaginación.

Pero incluso suponiendo que todo había sido real, no tenía ni idea de porqué lo había visto en las otras ocasiones… mucho menos lo que tenían en común. Esas preguntas se sentían como espinas clavadas en mi cerebro. ¿Por qué nada tenía sentido? Seguía dándole vueltas a las posibilidades, intentando comprender qué tenían en común aquellos encuentros. Quizá se debiera a alguna extraña y complicada ecuación temporal que escapaba de mi entendimiento… o quizá sólo eran coincidencias.

Lentamente, mi cabeza se volvió una maraña de posibilidades, en la que cada nueva hipótesis se archivaba y catalogaba según el grado de demencia que representara. Lo único de lo que estaba segura, era que para cuando llegó el sábado nuevamente, ya estaba total y completamente perdida. Fuera o no real, estaba volviéndome loca y todo lo que quería era verlo de nuevo. Hacerle aquellas preguntas que habían estado carcomiéndome el cerebro toda la semana. Las mismas que había reprimido durante tanto tiempo antes de volver a encontrarlo.

Me pasé la mañana completa sentada en frente de mis libros, masticando mi lápiz mientras observaba los patrones que las letras dibujaban en las páginas, sin lograr leer nada realmente. Fui incapaz de comer, pues tenía un enorme nudo en el estómago y una idea revoloteando en mi cabeza desde hacía varios días: quizá, solo quizá, si volvía al primer lugar en el que lo había visto, podría encontrarlo de nuevo. No era una gran posibilidad, pero al menos era algo a lo que aferrarme por un momento. Claro que no estaba segura de lo que estaba esperando en realidad: ¿De verdad creía posible que él apareciera, sólo porque yo lo deseaba? No. Me dije a mí misma que todo el punto de ir allí era comprobar que él no aparecería. Podría ser que de esa forma pudiera comprobar que se trataba, o bien de un simple sueño, o bien de una alucinación. Claro que quedaba la posibilidad de que fuera un acosador peligroso, común y corriente. Dios, no tenía sentido.

Aunque cuando leí por octava vez un párrafo sobre programación, levanté la vista y gruñí a la nada por no ser capaz de internalizar lo que decía. Apenas podía comprender las más simples palabras sin que mi mente comenzara a divagar en los temas que me importunaban. Suspiré frustrada y cerré mi libro, poniendo mi lápiz entre las páginas para marcar el tema que leía. No tenía caso seguir intentándolo. Tuviera o no sentido mi plan, me conocía a mí misma, y cuando algo se me metía en la cabeza, no había forma de quitarlo hasta que hiciera algo por aclarar mis ideas.

Así que me puse de pie, me calcé mis tenis, me puse mi chaqueta y salí a paso firme hacia mi auto. No fue hasta que me senté detrás del volante, que me di cuenta realmente de lo ansiosa que estaba por llegar. Mi pie se hundía en el acelerador sin que yo fuera consciente de ello. De hecho, fruncí el ceño e hice un esfuerzo por ir más despacio cuando miré el velocímetro en un gesto rutinario y noté que iba varios kilómetros por encima del límite.

Intenté no pensar en lo que esperaba encontrar. Miré al cielo, que se veía gris en la fría mañana, y las casas que pasaban a los lados del carro, que cada vez se veían más lejanas unas de otras. Quizá él viviera en una de ellas ¿era eso siquiera una posibilidad?

—No —dije en voz alta, solo para obligarme a escucharlo. Él no era real. Todo el objetivo de ese viaje era comprobar eso mismo. Que él no estaría debajo del roble, esperándome…

Me mordí el labio cuando, por un breve momento, me permití a mí misma desear que fuera así. Dios, ¿y si lo viera de nuevo? ¿Si realmente estuviera esperando por mí, bajo el roble? Mi corazón se aceleró en mi pecho al tiempo que la velocidad del auto aumentaba de nuevo.

Sacudí la cabeza con brusquedad y apreté mis dientes. No tenía el menor sentido pensar en cosas así. Lo que tenía que comprobar con mis propios ojos era que estaba perdiendo la cordura. Que él no era más que un producto de mi imaginación, o un simpático psicópata.

Solté una risa nerviosa cuando los campos comenzaron a pasar a un lado de la carretera. ¿Qué diablos estaba haciendo? Conduciría las dos horas hasta la vieja plantación que solía ser de mi abuelo, no para ver a mi familia —como debería haber sido—, sino para ver un fantasma… para buscar un espejismo. La idea me resultó deprimente y encendí la radio para mantener mi mente ocupada con algo más. La música siempre era una buena forma de alejar los malos pensamientos… aunque últimamente tampoco resultara de mucha ayuda.

Después de un largo rato, encendí la luz de giro y me dirigí hacia la derecha para tomar el polvoriento camino que llevaba a la plantación. Intenté cuadrar los hombros y enderezarme cuando noté que poco a poco me había hundido en mi asiento sin ser consciente de ello.

—Solamente intentas averiguar si un lugar específico puede ser el causante de alucinaciones esporádicas —dije en voz alta, con un claro tono sarcástico, y luego me reí de mi propia broma, negando con la cabeza. Definitivamente estaba volviéndome loca. Esperé a sentirme mal al respecto, pero la alarma y la culpa nunca llegaron. De todos modos ¿qué más daba? Nunca nadie lo sabría, jamás admitiría lo que estaba haciendo.

Aparqué frente a la enorme casa en la que había pasado todos los veranos de mi niñez y consideré por un momento hacer lo más sensato y seguir conduciendo los treinta minutos que me separaban de la casa de mis padres… por supuesto que descarté la idea y giré la llave para apagar el motor, resignada a mis impulsos.

Abrí la puerta después de un momento, y luego bajé del auto, mirando a mí alrededor. No había nada fuera de lugar, aunque el paisaje se veía extraño rodeado del frío crudo del invierno. Probablemente se debía a que toda mi vida lo había visto durante el verano. Aquí el cielo se veía aún más gris y brillante que en la carretera, y tuve que entrecerrar los ojos para poder ver la plantación con claridad. Una lisa y espesa capa de nubes cubría el Sol, haciendo que su luz se esparciera sobre todo por igual.

Me armé de valor y caminé lentamente hacia mi lugar junto al roble, sin nada más en las manos que las llaves de mi automóvil. Mis nervios aumentaban a medida que me acercaba a él, y me sentía como si tuviera que pedir permiso a mi cuerpo para dar cada paso que quería. Me mordí el labio y metí mis manos en los bolsillos de mi chaqueta. Lo que más me perturbaba era que no quería admitirme a mí misma que lo que más me asustaba… era la idea de que él no aparecería. Me estremecí sin poder evitarlo, y deseé que solo hubiera sido a causa del frío.

Miré hacia la vieja casa y mi mente viajó a cuando solía ser tan solo una casa. Ahora la familia había decidido convertirla en una pequeña posada, que mi tía administraba durante el verano. Claro que ahora, cerrada por los meses de invierno, se veía tan sola y abandonada, que partió mi corazón el hecho de que nadie estuviera cuidando de ella. Me obligué a mí misma a apartar la vista de la cerca que habían colocado alrededor del edificio para delimitar el patio en el que podían pasear los huéspedes, y miré hacia adelante. Ahora mis pies seguían el mismo camino que habían seguido cientos de veces en mi niñez, aquel camino tan familiar, que podría haberlo recorrido con los ojos cerrados.

No me tomó demasiado tiempo llegar al pequeño claro donde estaba mi roble. Toda esa zona había quedado fuera del área de los huéspedes por expreso pedido mío al resto de la familia. Tuve la suerte de que ellos supieran lo mucho que aquel roble significaba para mí.

Eché un vistazo más hacia la casa y me alegré de estar sola para esto. No había vuelto a ese lugar desde la muerte de mis abuelos, unos años atrás. Un nudo se formó en mi garganta mientras levantaba la vista hacia mi roble. Lo miré por un largo momento y luego hice un esfuerzo por tragar el molesto nudo. Se veía tan desolado sin sus hermosas hojas. La oscura corteza en contra del cielo tan claro y decolorado, y las retorcidas ramas, desnudas por el cruel e inevitable invierno, le daban un aspecto casi tétrico.

Me acerqué lentamente, casi con cautela y apoyé una mano sobre el tronco helado y áspero.

—Hola amigo… —susurré casi sin voz—tanto tiempo sin verte —acaricié la corteza como si el árbol pudiera sentirlo y luego miré hacia arriba, a sus ramas. Si cerraba los ojos podía imaginarme la frondosa copa, rebosante de hojas y colores. Me tomé un largo momento para normalizar el ritmo de mi respiración. Este lugar siempre lograba hacerme sentir especial. Como si fuera la única persona en el mundo que podía apreciar su belleza… y eso me concediera algún tipo de privilegio respecto de él. Aun con mis ojos cerrados, recordé algunos de los mejores momentos que había pasado bajo su sombra. Tardes de verano dedicadas completamente a leer los viejos libros de la biblioteca de mi familia, días nublados en los que la lluvia amenazaba con obligarme a correr hasta la casa… aquellos grandes y expresivos ojos negros, mirándome mientras él susurraba mi nombre.

Suspiré profundamente y el aire frío casi logró que mis dientes castañearan. Hablé de nuevo sin abrir los ojos, tenía la sensación de que mi coraje se derrumbaría si lo hacía.

—¿Hola? —sonó como una pregunta. Tragué audiblemente e intenté dejar de sentirme como una idiota. No lo logré, por supuesto. Aclaré mi garganta y subí un poco la voz, haciendo un gran esfuerzo por mantenerla estable—. Tengo casi por seguro que no eres real… pero quería asegurarme completamente —comenté como si hablara conmigo misma. El silencio presionaba sobre mí como si nada pudiera escucharse en kilómetros a la redonda, más el que sonido de mi voz. Abrí los ojos y busqué a mí alrededor.

Sentí mi corazón estrujarse en mi pecho cuando verifiqué que estaba completamente sola. Me sorprendió comprender que de verdad estaba esperando encontrarlo. De verdad quería verlo. El nudo volvió a mi garganta y suspiré de nuevo antes de cubrirme los ojos con una mano mientras soltaba una carcajada silenciosa y negaba con la cabeza.

—Estás perdiendo la cabeza, Jenny —murmuré mientras apoyaba la espalda contra el tronco del roble y dejaba caer mi cabeza hacia atrás, de modo que mi rostro apuntara al cielo. La corteza se sentía fría contra mi cabello, pero me quedé quieta por un rato, observando las nubes de vapor que se escapaban de mi boca a causa del frío: uno, dos, tres suspiros—. ¿Sabes? Por un momento sí llegué a pensar que eras real —musité casi sin volumen—. Es curioso cómo trabaja la mente humana ¿no crees? Puede hacerte creer cualquier cosa —un silencio estremecedor siguió a mis palabras, como intentando confirmar lo que había dicho—. Esto es estúpido —me quejé al tiempo que me alejaba del árbol de mala gana.

No era posible que me sintiera tan decepcionada por el hecho de no haber logrado que una vieja alucinación apareciera de nuevo. Comencé a caminar con paso resuelto hacia el carro, pero el crujido de una rama seca hizo que volteara rápidamente… miré en todas las direcciones, incluso a las ramas del roble, buscando algún tipo de pájaro, pero no había nada que pudiera haber provocado el sonido. Miré a mis propios pies y noté que el suelo del claro estaba cubierto de una gruesa capa de hojas secas. Bien podría haberlo provocado yo misma.

Me golpeé en la cabeza con una mano y continué caminando, ahora más rápido que antes, para llegar al auto y terminar con toda aquella locura. No era sano hacer cosas como aquellas. Y ciertamente no era nada productivo lamentarme de no estar lo suficientemente loca como para activar espejismos a mi antojo.