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Cuando los padres de Ben le comunican que van a mudarse desde la fabulosa Nueva York al pequeño pueblecito de Elmers Grove, en el estado de Oregón, siente como si su vida estuviese llegando a su fin. Impotente ante la negativa de sus padres de quedarse a vivir en la ciudad, se consuela sabiendo que solo deberá soportar durante un año el aburrimiento asegurado que encontrará allí, porque en cuanto termine el instituto piensa volver a Nueva York. Sin embargo, descubrirá que su intuición inicial era equivocada al tropezarse cara a cara con los secretos que se esconden en Elmers Grove
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Veröffentlichungsjahr: 2019
MAGGIE WOODS

Primera edición: julio de 2019© Copyright de la obra: Maggie Woods© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions
ISBN: 978-84-120617-0-3Depósito Legal: B-18728-2019Corrección de estilo: Teresa Ponce Giménez
Ilustración de portada: Adrián Garre García
Maquetación: Celia ValeroEdición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez
©Angels Fortune Editions
www.angelsfortuneditions.com
Derechos reservados para todos los paísesNo se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cual- quier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley»
La vida es una enfermedad de transmisión sexual.
Se propaga por gente teniendo sexo y al final te mata.
Donald Clarke, Muerte de un superhéroe
Todos nosotros nacemos para morir. Y lo hacemos desde el mismo momento en que venimos al mundo. Por eso es tan importante lo que hacemos con los años que nos tocan, ya sean más o menos. Así que lo malo no es morirse, sino no haber vivido.
Cuando eres un adolescente no tienes muchas opciones: todos tus sueños y esperanzas, todo lo que desearías poder hacer es puesto en espera por las obligaciones de la vida real. Luego debes ir a la universidad, obtener un título, encontrar un trabajo y quizá, entre todo eso, hayas tenido la suerte de encontrar pareja y estés pensando en formar una familia. Si habéis leído en algún lugar la frase «La vida empieza a los cuarenta», sabréis que, bien pensado, tiene algo de razón.
Yo nunca cumpliré cuarenta. Pero no hagamos un drama de ello, ¿vale? Esperad a escuchar toda la historia.
A veces, toda tu vida cambia de la noche a la mañana. Es un cliché, pero, como todos los clichés, tiene algo de verdad. Eso fue lo que me pasó a mí, aunque en realidad fue una conjunción de varios hechos: los recortes de personal en la empresa de mi padre, la subida del alquiler de nuestro piso en el Upper West Side y la muerte de la abuela Abigail, la madre de mi madre y la última abuela que me quedaba.
No ocurrió todo en el mismo día, pero yo no lo supe hasta que mamá, después de mirar de reojo a mi padre, lo anunció en el desayuno del domingo, apenas un par de semanas antes del comienzo del nuevo curso: nos íbamos a mudar. Parecía haber estado llorando, porque tenía los ojos rojos e hinchados.
Era una broma, ¿verdad? Tenía que serlo. Sintiendo algo a medio camino entre el asombro y la indignación, aderezado con un toque de frustración, los miré alternativamente, como un espectador de un partido de tenis, esperando que alguno de los dos se riera y anunciara que me estaban gastando una broma pesada. Pero no fue así.
—Elmer’s Grove te gustará —me prometió cuando al fin protesté—, es un sitio precioso, ya lo sabes. Y no nos iremos hasta dentro de una semana.
No había estado allí desde los trece años y, sinceramente, me importaba muy poco lo pintoresco que fuera el sitio, no iba a irme de Nueva York sin pelear.
—Pero todos mis amigos están aquí —dije intentando evitar mirar a mamá—. ¿Es que no habéis pensado en lo que esto supone para mí?
—Harás nuevos amigos —me aseguró mi padre—. Serás la estrella de la gran ciudad, todos querrán llevarse bien con el chico de Nueva York.
Al final tuve que ceder, por supuesto, ¿qué otra cosa podía hacer? La abuela le había dejado su casa a mamá, además de bastante dinero, así que como forma de compensarme papá me regaló un coche con parte de sus ahorros. Era un Ford Focus de segunda mano, pero no demasiado viejo, el motor estaba en buenas condiciones y tenía un bonito color azul oscuro metalizado, sin una sola rascadura. Aquello hizo que me ablandara un poco: hasta ahora solo había conducido la furgoneta del trabajo de verano a tiempo parcial que tenía en una tienda de muebles.
Elmer’s Grove está al norte del estado de Oregón, que es uno de los más húmedos de los Estados Unidos. Normalmente llueve mucho, por eso no me extrañó que lloviera cuando llegamos. Habíamos pasado una quincena allí todos los veranos hasta que cumplí los trece y también íbamos en otras fiestas señaladas, como Acción de Gracias o las vacaciones de primavera. Daba igual la época del año: la lluvia era una constante en todos mis recuerdos. Incluso en verano llovía a menudo, tormentas eléctricas que descargaban varios litros en pocos minutos.
Quizá el azul de la fachada estuviera un poco más desvaído que la última vez, pero por lo demás la casa de la abuela era tal y como la recordaba: las plantas exuberantes del jardín, el césped sin recortar, las cortinas de flores a través de las ventanas del salón...
En cualquier caso, todas las viviendas del vecindario se parecían: dos plantas, tejado a dos aguas, garaje adosado, jardín con vallas blancas y un pequeño porche. Pero era muy diferente al apartamento de Nueva York: demasiado a nivel del suelo, demasiado lejos de un cine o una cancha de baloncesto y de todo y todos los que yo conocía.
Uno de los pocos puntos positivos que tenía el habernos mudado a casa de la abuela es que podía escoger habitación. Acordé con mis padres que me quedaría la que daba al suroeste, en un lateral de la casa, y después de colgar mis pósters de baloncesto, colocar mis altavoces y el reproductor de música empezó a parecer un poco más acogedora.
Al menos, no tendría que volver a escuchar la música anticuada de mi padre si no quería; tenía una caja llena de discos de grupos que me gustaban: Coldplay, Maroon5, Panic! At The Disco, Artic Monkeys… y algunos grupos de rock, como The Pretty Reckless, Fearless Vampire Killers o Animal Alpha (aunque estos últimos se hubieran separado tras solo dos discos. Una auténtica pena).
Puse la música a todo volumen para intentar fingir que seguía en Nueva York, pero no funcionó. Además, sin la abuela, la casa parecía extrañamente vacía. Su personalidad alegre y enérgica parecía llenar más espacio del que ocupaba su pequeño cuerpo y siempre tenía uno o dos gatos con los que jugar; pero mi padre era alérgico, así que, tras su muerte, el actual gato había pasado al refugio de animales local.
Suspirando, fui a ducharme. Animal Alpha tronaba en mis oídos mientras me enjabonaba, y al llegar al estribillo de Fire! Fire! Fire! me sentí un poco más animado y hasta coreé la letra. Mi voz era horrible, nunca había sabido cantar afinado, pero era liberador, en cierto modo.
El funeral de la abuela fue bastante íntimo, muy sentido y muy triste (sobre todo para mamá, que no paró de llorar en todo el servicio), pero me permitió ir conociendo a algunos de mis nuevos vecinos. En la casa de la izquierda estaba el señor Benson, viudo, cuyo único hijo trabajaba en el instituto como profesor de educación física. A la derecha tenía a la señora Carlson, también viuda, y sus nueve gatos; y una casa más allá estaba el matrimonio Thompson, con su hijo adolescente, Hunter, que resultó ser de mi edad.
—Lo siento mucho, tío —me dijo tras el entierro—. Soy Hunter, Hunter Thompson, por cierto.
Hunter era un chico bastante alto, más o menos como yo, de piel bronceada, pelo castaño muy corto y ojos grises. La extraña combinación le daba un aire exótico, como si procediera de algún país tropical. Recordaba haberle visto alguna que otra vez, pero nunca habíamos hablado antes.
—Ben Connor —me presenté mientras le estrechaba la mano—. ¿Conocías a mi abuela?
—No mucho. A veces me pagaba por hacerle alguna chapuza en casa, ya sabes: cortar el césped, arreglar el fregadero, reparar una silla… Pero era maja, siempre me invitaba a galletas.
Me sentí muy culpable por haber desaparecido todos esos años. Pero yo no tenía toda la culpa, si no íbamos demasiado era por la distancia y el trabajo de papá, que nos mantenía anclados a Nueva York. Y aunque hablábamos por teléfono todos los meses, la abuela nunca parecía tener nada nuevo que contar, así que habíamos acabado intercambiando las mismas preguntas de cortesía una y otra vez. Las historias sobre sus gatos era lo único que cambiaba, pero no se puede decir que contaran mucho sobre ella.
—Bueno, supongo que te veré en clase —se despidió Hunter.
Después del funeral, volvimos a nuestra nueva casa y, aunque estaba cansado, me forcé a abrir unas pocas cajas más e ir colocando cosas antes de la cena. Suspirando, fijé la mirada en mi póster de Michael Jordan.
—Tú sí me entiendes, ¿verdad, Michael?
Evidentemente, no dijo nada. Sacudiendo la cabeza, encendí mi ordenador. No tenía correos nuevos, así que me metí en Skype, solo para comprobar desanimado que había muy pocos de mis amigos conectados. Chris, mi mejor amigo, me habló.
—¡Eh!
Chris siempre saludaba de esa forma. En persona, el «¡eh!» solía incluir un gesto de la mano acorde.
—Hola —saludé, sonriendo al imaginármelo.
—¿Cómo va todo por Lluvialandia? —quiso saber.
—Esto es deprimente. ¡Ni siquiera tienen cine! Tampoco he visto ningún polideportivo ni nada parecido, e internet va más lento que una tortuga coja —me quejé—. Apenas hay nada que hacer… A menos que te guste ir de acampada al bosque.
—Seguro que hay osos o lobos —observó Chris.
—Seguro.
—¿Y cómo se supone que vas a sobrevivir? —preguntó.
—No lo sé… Quizá me acostumbre —escribí, encogiéndome de hombros.
—Si no te vuelves loco antes. —Emoticono de risa—. Oye, tío, ¿vas a venir al concierto de Halloween de Garage Suckers?
Garage Suckers era una banda de rock del instituto al que solía ir. La novia de Chris, Leonora, alias LeoRoar! (con signo de exclamación y todo), era la cantante, y un par de mis amigos, Tommy y Adam, tocaban también (el bajo y la batería, respectivamente). Chris y yo no nos perdíamos ningún concierto, en especial el de Halloween, que solía ser muy sonado.
—No creo que pueda ir…, estoy al otro lado del país.
—No será lo mismo sin ti, ya lo sabes.
No, no iba a serlo. Echaría de menos saltar al ritmo de la música y gritar los estribillos.
—Odio esto —dije.
—Anímate, a lo mejor hay tías buenas en Lluvialandia.
—Claro que sí —repuse sardónicamente. Tampoco es que eso fuera lo más importante, ¿no?
—Ya… Lo siento, tío, pero tengo que irme —escribió Chris tras una pausa—. He quedado con Leo.
—Pasadlo bien.
Durante la cena, pregunté a mi padre si me dejaría ir a Nueva York en Halloween, para el concierto.
—No, Ben, lo siento, pero es mucha distancia para solo un par de días.
Ya sabía que iba a decirme eso, pero tenía que intentarlo. Decidí que era mejor no discutir, aunque no estuviera de acuerdo con él, así que no volví a hablar en el resto de la noche.
Subí a acostarme bastante pronto y me quedé dormido en cuanto mi cabeza tocó la almohada. Soñé con la abuela: estaba sentada en su mecedora en el porche, bebiendo té helado, como solía hacer en verano. Tenía en el regazo un gato viejo que había muerto hacía años llamado Señor Darcy, y me sonreía. A pesar de que no era un mal sueño del todo, me hizo sentir triste.
Al día siguiente, al abrir la ventana comprobé que ya no llovía y apenas había algunas nubes perezosas sobre el horizonte. Eso mejoró considerablemente mi estado de ánimo, así que bajé a desayunar con una sonrisa.
—¿Ya te has enterado, campeón? —me preguntó mi padre.
Él y mamá ya estaban terminando de desayunar. Me senté a su lado y mamá me sirvió un plato con tortitas recubiertas de jalea, como a mí me gustaban. Unos mechones de pelo rubio se habían escapado de su coleta despreocupada y bailaban delante de sus ojos; se los apartó con un movimiento compulsivo. Estaba siendo muy difícil para mamá estar aquí sin la abuela.
La gente siempre decía que mi madre y yo nos parecíamos mucho, y lo cierto es que había heredado el color de pelo de mi madre, más claro que el de mi padre, que tiraba al castaño; el de ella era más como el trigo maduro. Sin embargo, la nariz y las cejas eran las de mi padre, sin dudarlo.
—¿De qué? —pregunté, empezando a comer.
—Han contratado a tu viejo. Soy el nuevo orientador del instituto —anunció.
Papá había estudiado psicología y en su anterior empresa estaba en el departamento de recursos humanos. Pero creo que esto le pegaba más, algo en su aspecto parecía decir «orientador»; quizá se tratara de la sonrisa bonachona o los brillantes ojos azules, justo como los míos.
—¿Alguna vez has ejercido la psicología?
—Tu padre trabajó en una consulta antes de que nacieras, cielo —me aclaró mamá.
—Bueno, vale, pero nada de llevarme a clase —bromeé.
—Ni se me ocurriría. ¿Para qué crees que te he comprado el coche? —convino sonriendo.
—¿Y tú qué vas a hacer, mamá?
—Bueno, aquí no hay un gimnasio en el que pueda dar clase, pero quizá el ayuntamiento pueda dejarme una sala en el centro social.
Mamá había sido monitora de pilates en un gimnasio cerca de casa en Nueva York. Me obligó a ir a un par de clases para probarlo, pero no era mi tipo de ejercicio favorito y, además, interfería con los entrenamientos del equipo de baloncesto, así que lo dejé bastante pronto. Sin embargo, el pilates te mantiene muy en forma y, aunque yo ya era más alto que mamá, sus músculos, bien definidos, sugerían fuerza y control a simple vista.
—No me imagino a nuestros vecinos haciendo pilates —rio mi padre—. ¿Te imaginas a la señora Carlson yendo a clase con todos sus gatos?
—¡Arthur! —le riñó mamá, dándole un golpe en el brazo al tiempo que intentaba contener la risa—. Tú también tendrías una mascota si fueras viudo y no hubieras tenido hijos.
—¡Tiene nueve gatos, Mary, nueve! Eso no es sentirse sola, es ser una loca de los gatos.
—Haz caso al psicólogo, mamá —me reí.
Era tan gracioso que, por un momento, me olvidé de lo enfadado que estaba con ellos por haber cortado las alas a mi futuro en Nueva York.
Después del desayuno deshice el resto de las cajas hasta la hora de comer. No me llevó mucho tiempo colocar los libros en la estantería, o las películas, pues no tenía mucho de lo uno ni de lo otro (al menos no en formato físico), pero pasé bastante más tiempo colocando mi ropa y mis numerosos equipos deportivos. El baloncesto era mi pasión, pero también me gustaba patinar, tanto con monopatín como con patines de línea, y mamá me había aficionado al tenis y al pádel de pequeño. Tenía una gran colección de zapatillas deportivas como resultado y ocuparon dos de los cajones del armario ellas solas.
—¿Qué vas a hacer esta tarde, hijo? —me preguntó mi padre mientras comíamos.
—Creo que voy a ir a explorar un poco el pueblo. No recuerdo dónde está el instituto y las clases empiezan mañana —dije.
—Necesitas refrescar la memoria, ¿eh? Buena idea —aprobó mi padre—. Pero vuelve a tiempo para ver el partido, ¿de acuerdo?
El baloncesto era una de las pocas cosas que tenía en común con mi padre: ambos éramos fervientes seguidores de los New York Knicks. A mi edad, él jugaba en el equipo de su instituto y consiguió una beca deportiva para la universidad; sin embargo, no era lo bastante bueno para que ningún equipo grande le fichara. Cuando yo entré en el equipo en mi anterior instituto, intentaba ir a verme jugar siempre que podía, pero el trabajo solía mantenerle ocupado. Ver la NBA juntos era la única tradición que podíamos mantener.
—Claro, papá.
Así que me puse una chaqueta impermeable (por si acaso el tiempo cambiaba de repente) y salí sin rumbo fijo. Elmer’s Grove no era muy grande, pero parecía aún más pequeño porque el bosque se metía en el pueblo constantemente.
La parte más antigua la ocupaba una plaza principal, donde se encontraban los edificios del ayuntamiento y la biblioteca. En las calles adyacentes había un par de parques infantiles con espacios verdes (más bosque), una consulta de medicina general, un par de cafeterías, un restaurante italiano, un diner típicamente americano, comercios variados (dos o tres tiendas de ropa, un par de supermercados y una tienda de deportes) y el instituto. Este no era difícil de encontrar, aunque no estuviera en la calle principal, y enseguida memoricé el camino.
Como todavía no había recorrido el pueblo en su totalidad y era pronto, seguí explorando. Mis pies me llevaron a un lugar que recordaba vagamente de mis visitas al pueblo de niño: un antiguo mercado cubierto reconvertido en parque, con zona de patinaje, columpios y toboganes para los niños pequeños, bancos y un tipo que vendía helados en verano y perritos calientes en los meses fríos.
Había unos chicos de mi edad jugando en la vieja canasta y vi que uno de ellos era Hunter, así que me acerqué.
—Hola, ¿puedo jugar? —pregunté afablemente.
—Claro —dijo Hunter—. Chicos, este es Ben, acaba de mudarse con sus padres a Elmer’s Grove.
—¿Por qué? —dijo uno de los chicos, muy alto y delgado, que leía un cómic sentado en uno de los bancos a un lado de la pista. Su tono sugería que el concepto de que alguien quisiera mudarse a Elmer’s Grove era algo ajeno e incomprensible.
—Mi abuela ha muerto y mis padres querían venir. —Me encogí de hombros. No era toda la verdad, pero no tenía tiempo ni ganas de contarles mi vida.
—Oh. —El chico enrojeció violentamente—. Lo siento, tío.
—No pasa nada, no lo sabías.
—Te presento a los demás —dijo Hunter.
El chico del cómic se llamaba James Chapman, aunque dijo que prefería que le llamaran Jim. Su pelo era castaño claro, tan largo que casi le tapaba los ojos, estos de un verde desvaído, y llevaba gafas. El más bajito del grupo era Jeremy White, que tenía el pelo negro muy corto y los ojos oscuros. El otro chico se llamaba Kyle Benson, era alto y rubio, como yo, aunque tenía el pelo ondulado y los ojos marrones. Por los músculos muy definidos de sus brazos y piernas, supuse que practicaba algún deporte.
—¿Eres el hijo del entrenador Benson? —pregunté. Asintió lacónicamente casi sin mirarme.
—Hoy nos falta Charlie —dijo Hunter—, así que estamos jugando todos contra todos, pero si te unes podemos hacer equipos, aunque sean de dos.
—¿Tú no juegas? —pregunté a Jim.
—¿Quién? ¿Este paquete? —intervino Kyle; Jim frunció el ceño de un modo casi imperceptible—. ¡Nah! Jim es más de ciencias, ¿verdad?
—Sí, lo mío es la informática. Y los cómics —dijo, agitando el cómic que tenía en las manos para enfatizar sus palabras.
—De acuerdo, entonces.
Me puse con Hunter contra Kyle y Jeremy. Tras varias canastas por nuestra parte, me quedó clara una cosa: Kyle era de ese tipo de personas que no soporta perder. Se esforzaba mucho y era realmente bueno, pero no tenía muy buen carácter.
Cuando empezó a hacer frío, me despedí de ellos.
—Debería irme a casa ya, se está haciendo tarde —dije.
—¡Espera, voy contigo! —dijo Hunter, cogiendo sus cosas a toda prisa.
—Kyle tiene mal carácter —comenté cuando ya no teníamos el mercado a la vista.
—Sí, un poco… —admitió Hunter a regañadientes—, pero es entendible, con lo que le pasó y eso…
—¿Qué le pasó?
—Su madre se largó un día sin dar explicaciones cuando él tenía seis años —me susurró Hunter—, y desde entonces vive solo con su padre.
—Entiendo.
Debía de haber sido muy duro para Kyle perder a su madre de ese modo: saber que aún estaba viva, pero que él ya no le importaba.
—Además, tiene la presión de su viejo —continuó Hunter—. Kyle es el capitán del equipo de baloncesto, como lo fue en su día el entrenador Benson, y le machaca más que a los demás.
—Quiere que mantenga vivo el legado —apunté.
—Sí, exacto. El entrenador fue un jugador soberbio de joven: el instituto de Elmer’s Grove no ha tenido tantas victorias desde que él se graduó —confesó Hunter―. El equipo ha remontado ahora que Kyle es capitán, pero parece que no es suficiente para el entrenador…
Cuando llegué a casa, vi a mamá reorganizando compulsivamente las fotos de la abuela, pero no dije nada; según papá, cada uno llevaba el duelo a su manera. El resto del día sucedió según lo planeado: cena y tele. Me fui a dormir bastante pronto, ya que al día siguiente empezaba el curso y no quería llegar tarde el primer día de clase.
CAPÍTULO 2
Primer día
Esa mañana me levanté justo antes de que sonara el despertador y, después de una breve ducha que me ayudó a espabilarme, bajé a desayunar. Me serví tostadas y empecé a untarlas de mantequilla y mermelada de fresa.
—¡Piensa rápido! —me dijo mi padre, lanzándome una naranja.
La atrapé torpemente con la mano izquierda mientras empezaba a comer con la derecha.
—¿Tienes prisa, cielo? —preguntó mi madre, arrebatándome la naranja.
La cortó en dos y empezó a exprimirla. Tragué antes de hablar.
—Quiero ir a buscar a Hunter —dije—. Es al que más conozco aquí y he pensado que podríamos ir juntos.
—Me parece una magnífica idea —opinó mi padre.
Terminé el desayuno a toda prisa, me lavé los dientes y me peiné. Escoger la ropa me llevó un poco más de tiempo; quería causar una buena impresión, pero no que me consideraran un pijo. Al final, me decidí por mis zapatillas deportivas favoritas, unas Nike blancas y negras, unos vaqueros azul claro y un jersey verde que, según mi madre, resaltaba el color de mis ojos. Me miré al espejo: perfecto.
Salí de casa lo más rápido posible, ya que se me había hecho tarde, y fui hasta la casa de Hunter. Ni siquiera tuve que llamar: él estaba en el jardín delantero, fijando la mochila al portaequipajes de la bici. Bajé la ventanilla del lado derecho.
—Eh, tío, ¿te llevo?
—Claro —sonrió—. Siempre está bien no tener que pedalear a primera hora de la mañana.
Hunter dejó la mochila en el asiento trasero y se sentó a mi lado.
El instituto del Elmer’s Grove tenía aire de mansión colonial, con sus columnas sujetando un pequeño porche, la fachada blanca, las ventanas con contraventanas y la escalinata de acceso; se notaba que el resto de edificios habían sido añadidos con posterioridad, aunque intentaban respetar el estilo original. Aparqué en el primer sitio libre y nos bajamos.
—Instituto de Elmer’s Grove —leí en la placa a la entrada—. Hogar de los Osos Negros.
—Sí, nuestra mascota es Blinky, el oso meloso —respondió Hunter—. Le quita toda la gracia a eso de ser un oso negro.
—Pero es realmente tronchante ver a Dodson embutido en ese traje —dijo Kyle, que llegaba en ese momento en su moto—. ¿Qué pasa, tíos?
Mientras nos saludábamos, llegaron Jim y Jeremy, y otro chico al que no conocía. Este era de estatura media, tenía los ojos azules, el pelo castaño hasta los hombros con un flequillo que le tapaba las cejas, y algunas pecas. Ese debía ser el chico que no había ido el día anterior.
—Perdonad que no fuera ayer —se disculpó—, pero mi madre se puso como loca y me tuvo toda la tarde ocupado con chorradas.
—No pasa nada, tío, lo entendemos —replicó Hunter—. Este es Ben, acaba de mudarse —añadió, llamando la atención de Charlie sobre mí.
—Encantado de conocerte, tío —dijo Charlie mientras estrechábamos las manos—. Soy Charlie Glass.
—Ben Connor, encantado.
Hechas las presentaciones, iba a seguirles al interior del edificio cuando un Mini Cabrio rojo aparcó cerca de donde estábamos. Me llamó la atención porque debía de ser el coche más caro y nuevo de todo el aparcamiento, sin contar quizá el mío. Una chica con pelo largo y rubio rojizo se bajó del coche, se puso las gafas de sol que llevaba a modo de diadema y se encaminó hacia la puerta del instituto como si fuera la dueña del lugar.
—¿Quién es esa? —pregunté.
—¿Quién? —preguntó Hunter, siguiendo la dirección de mi mirada—. Oh, ella. Es Lorelei Parks, la capitana de las animadoras.
—Es la tía más buena de toda la escuela —dijo Jeremy.
—Ya te digo —intervino Kyle—. ¡Lo que le haría si se dejase…!
No respondí nada. Kyle estaba empezando a resultar un poco irritante, siempre hablando de aquella forma tan gráfica. Pero luego recordé lo que había dicho Hunter sobre su madre y pensé que quizá Kyle estuviera un poco resentido con las mujeres en general. Entonces sonó el timbre y entramos.
—Oye, deberías apuntarte a las pruebas para el equipo de baloncesto —dijo Hunter entonces, cambiando completamente el tema de conversación.
—La verdad es que ya lo había pensado —dije.
—¿Jugabas en tu anterior instituto? —quiso saber Jim.
—Sí, de escolta. Pero soy bastante versátil, en realidad —añadí, por si acaso estaba pisando la posición de alguien.
—Las pruebas son este viernes, después de clase —me informó Kyle—. No hace falta que parezcas de la NBA, mi padre acepta a cualquiera que sepa encestar un triple.
—No hay problema.
Las clases no me plantearon un reto, pero, claro, era el primer día. Resultaba extraño estar en un instituto tan pequeño, sin cosas como detectores de metales, pizarras inteligentes o pantallas en los pasillos. En su lugar había un sistema de megafonía anticuado, pósters en las paredes y anuncios clavados en tableros de corcho. Al menos habían sustituido los antiguos encerados por pizarras blancas, de esas en las que se usan rotuladores para escribir.
Como era el único chico nuevo en toda la escuela y Elmer’s Grove era un pueblo pequeño donde todos se conocían ya aunque solo fuera de vista, todos me miraban y cuchicheaban a mi paso. Algunas chicas soltaban risitas nerviosas cuando pasaba a su lado y una chica con aparatos y muchas pecas dejó caer los libros que llevaba cuando miré en su dirección.
—Las tienes loquitas, ¿eh? —comentó Kyle.
—Mi hermana dice que estás cañón —me informó Charlie.
—¿En qué curso está? —quise saber.
—En noveno.
—Demasiado joven —reí.
—Sí, pero la de las pecas es Carol Jenkins, solo es un año menor que nosotros ―añadió Hunter.
—¿Y?
—Pues eso, que las has impresionado a todas.
—Solo soy la novedad —dije encogiéndome de hombros—. En un par de semanas se les habrá pasado.
Nunca me había parado a pensar en mi propio atractivo en comparación con el de otros chicos. Sabía que era guapo (al menos eso decía mi madre) y había salido con algunas chicas en Nueva York, pero allí nadie babeaba a mi paso.
En la comida nos sentamos juntos. Como no llovía, Jeremy sugirió que usáramos una de las mesas del exterior, justo frente a la cafetería, y todos accedimos.
No sé por qué esperaba bancos de piedra, como en un merendero, pero resultó que eran mesas redondas de metal y plástico verde, al igual que los bancos que tenían acoplados. Sin embargo, no había mucho que ver en cuanto al paisaje, pues esa parte del instituto estaba rodeada de árboles, altos pinos de denso follaje perenne, así que enseguida volví mi atención a los otros estudiantes.
Un par de chicos y una chica con pintas un poco excéntricas se sentaban a dos mesas de nosotros. Uno de los chicos tenía un pincho a modo de piercing en una ceja y el otro llevaba el pelo en una cresta, teñido de verde. La chica vestía un corsé rojo y falda negra, como en un cuadro antiguo. El chico del piercing la miraba con verdadera adoración.
—¡La reina Rarita ha reunido a su corte! —se mofó Kyle—. ¡Vayamos todos a rendirle pleitesía!
—¿Reina Rarita? —repetí confuso.
—Se refiere a Raven —aclaró Charlie—. Es nuestra chica gótica residente y la presidenta del club de mitología. Esos que ves ahí con ella son el resto de los integrantes.
En mi vida había oído hablar de un club semejante.
—¿Y qué es lo que hacen? —quise saber.
—Estudian mitos de todo el mundo y su impacto en la cultura moderna —dijo Charlie—. Al menos eso es lo que dice su póster.
—Entiendo.
—Yo que tú no perdería el tiempo en hablar con ella, Ben —me aconsejó Hunter—. Está obsesionada con los vampiros. A menos que vistas de negro y tengas colmillos, no le interesas.
—Es una estirada —dijo Jeremy—. Está buena, pero como que se siente superior a todos los demás, ¿sabes?
—Yo creo que se comporta así porque su padre es el alcalde —apuntó Jim.
La primera clase después de la comida era Historia Americana. Me senté al lado de Charlie, el único de mis nuevos amigos que tenía también esa asignatura.
—Muy bien, silencio, las vacaciones han terminado —dijo entonces el profesor. El señor Jenkins (el padre de Carol) tenía el pelo tan rojo como su hija, pero le raleaba en la frente, y llevaba unas gruesas gafas de pasta negra que le daban un aire severo—. Espero que hayáis pasado un buen verano y todo eso, pero es hora de ponerse las pilas de nuevo. Antes de empezar, sin embargo, como todos sabéis, este año tenemos un estudiante nuevo. Clase, saludad a Benjamin Connor.
—¡Hola, Benjamin! —dijo la clase a coro. Me limité a saludarles con la mano, un poco cohibido.
—Bien. Hechas las presentaciones, empecemos.
No paré de tomar apuntes en toda la hora. El señor Jenkins era de esos profesores que, una vez cogen carrerilla, no hay quien les pare, y tuve que esforzarme por seguirle el ritmo. Al final de la clase, mis apuntes eran casi ininteligibles.
—No te preocupes —me dijo Charlie—, tengo los apuntes de mi primo en casa. El señor Jenkins lleva unos diez años dando clase y siempre es igual.
—Gracias.
Después de clase de Historia Americana me dirigí a mi taquilla para coger mis cosas de Educación Física; ¡por fin una asignatura que realmente me gustaba! Y lo mejor era que, a excepción de Jim, que tenía otra clase a esa hora, el resto de mis nuevos amigos estaban en el gimnasio cuando entré.
El entrenador Benson explicó que íbamos a empezar por baloncesto ese año, escogió dos capitanes al azar y dejó que se formaran los equipos. Kyle y una chica llamada Martha fueron los elegidos.
Por alguna casualidad del destino, acabé en el equipo contrario al de Kyle, que sonrió con cierta perversión, como si alguien le hubiera retado a machacar al chico nuevo. Antes de que acabara la clase estaba sudando a mares, pero me lo había pasado realmente bien.
Las últimas clases fueron aburridas en comparación con la clase de Educación Física, pero al final del día me encontré con un montón de deberes. Suspirando ante la tarde que me esperaba, me reuní con los chicos a la salida. Kyle se montó en su moto casi sin despedirse, Charlie se fue en su bicicleta y Jim y Jeremy, que eran vecinos, en el monovolumen del primero.
—Oye, si no tienes coche, no me importaría que vinieras conmigo al insti —le dije a Hunter.
—Pues me harías un gran favor, detesto tener que venir en bici, sobre todo cuando llueve.
—O sea, casi siempre —bromeé.
—Exacto. Oh, mira eso —añadió con un súbito tono lascivo.
Me giré para ver de lo que hablaba: Lorelei y otra chica cuyo nombre no sabía estaban en el coche de la primera. Lorelei se estaba estirando en el asiento del conductor, de modo que su escaso top dejaba ver parte del sujetador.
Debió notar que la mirábamos, porque nos saludó con la mano. Le devolví el saludo, confundido. La otra chica le dio un codazo y ella arrancó el coche y se fueron.
—¡Oh, Lorelei…! —bromeó Hunter—. Anda, vámonos.
Esa noche, después de la previsible conversación durante la cena sobre el primer día, hice los deberes y me fui a dormir pronto. Soñé que volvía a estar en Nueva York.
En mi sueño, estaba en el lugar donde los Garage Suckers solían ensayar, el centro juvenil de mi barrio. Adam estaba dándole a la batería con desgana y los otros ni siquiera estaban tocando, pero cuando me vieron todos corrieron a abrazarme como si no me hubieran visto en años, hablando todos a la vez.
—Te echamos de menos, Ben —me decía Chris—. Vuelve, por favor.
—Vuelve —decía Adam.
—Vuelve, te echamos de menos —añadía Tommy.
—Te echamos de menos —repetía Leo.
—Te…
Desperté entonces; había sido tan vívido que me sentí muy desilusionado. Miré el reloj: las cuatro de la mañana. Decidí darme una ducha para quitarme el sudor de la piel y volver a dormir, pero después de un rato me di cuenta de que no iba a ser posible; así que, para despejarme, salí a correr antes de desayunar. Cuando pasé a recoger a Hunter estaba totalmente calmado.
CAPÍTULO 3
El Chico No
La semana fue de mal en peor a partir del martes. En las clases no me estaba yendo tan bien como debería, básicamente porque me pasaba gran parte de mi tiempo de estudio chateando con Chris o algunos de los otros y luego hacía los deberes a toda prisa. Sabía que no debía hacerlo, y todos los días me prometía empezar antes; pero todos los días acababa diciéndome a mí mismo que, si no hablaba primero con ellos, no podría hacerlo debido a la diferencia horaria, y no quería perder el contacto con mis amigos de Nueva York.
Además de eso, Kyle estaba cada vez más competitivo conmigo, hasta el punto de que, cuando llegó el jueves, llegué a plantearme no presentarme a las pruebas de baloncesto.
—Tío, no hagas caso de Kyle, todo el mundo sabe que se le va la fuerza por la boca —dijo Hunter cuando se lo comenté, de camino a casa desde el instituto—. Preséntate, por favor. Te necesitamos.
—De acuerdo, me presentaré —claudiqué.
—Genial. ¿Quieres venir a hacer los deberes a mi casa? —preguntó al bajarse del coche.
—Vale. Voy a por mis cosas.
—Te espero en mi casa.
Pero la que yo pensaba que iba a ser una quedada tranquila para estudiar acabó incluyendo a todos los demás. Así que, como no cabíamos todos en la habitación de Hunter, nos instalamos en el sótano, donde tenía su consola y había un sofá viejo y varias butacas para poder sentarnos. Al poco de bajar, la señora Thompson nos trajo refrescos y algo de picar.
—Estudiad mucho, chicos —nos deseó, acariciando la cabeza de su hijo. Hunter hizo una mueca avergonzado e intentó zafarse, pero su madre se limitó a sonreír e irse.
—Tío, esa sí es una madre a la que me follaría —dijo Kyle cuando oyó la puerta de la escalera cerrarse.
Hunter no dijo nada, pero frunció el ceño de una forma que dejaba bien claro que no le gustaba que se hablase así de su madre. Kyle, que no lo vio, rio y volvió a sus cosas, pero pronto demostró que no sabía estar en silencio ni para hacer los deberes: a cada poco resoplaba, bufaba o hacía algún comentario, y Jeremy le reía las gracias. En un descanso para ir al baño aproveché para responder a un mensaje de Chris.
—¿Qué tal te va? —había escrito.
—Regular —escribí—. Quiero volver a Nueva York.
—¿No tienes amigos? —me respondió enseguida. Aún debía de estar viendo la tele a escondidas de sus padres.
—Sí tengo, pero… no es lo mismo, tío. ¡Ah, casi se me olvida! Le he preguntado a mi padre si me dejaría ir al concierto. Ya sabes, por intentarlo.
—¿Y qué dijo? —quiso saber Chris.
—Que me fuera olvidando —respondí—. Esto es un asco.
—Ánimo.
Volví al sótano, sintiéndome mentalmente agotado.
—Ben, ¿estás bien? —me preguntó Jim cuando me senté—. Pareces cansado.
—¡A lo mejor la señora Thompson puede hacerte un masaje! —rio Jeremy.
Jeremy solía creer que era gracioso y en ocasiones hasta lo era, pero esa vez solo me pareció que su chiste era de muy mal gusto.
—Creo que me voy a ir a casa, puedo terminar lo que me queda yo solo —dije empezando a recoger mis cosas.
—¿Qué pasa? ¿Te ofende lo que he dicho? —quiso saber Jeremy, a la defensiva.
—No me parece gracioso, solo eso —contesté encogiéndome de hombros—. Aunque no es a mí a quien deberías preguntarle si le ofende. Si se tratara de mi madre, no me gustaría que hablaras así de ella.
—¡Habló el abanderado del feminismo! —dijo Kyle, saliendo en defensa de Jeremy—. No te creas mejor que nosotros, Ben.
—No me creo mejor que nadie —dije levantándome.
—Bien, porque ser de Nueva York no te hace mejor —replicó levantándose también, con los puños cerrados.
¡Lo que me faltaba, pelearme con Kyle! Pero no iba a malgastar ni un solo segundo en él, así que opté por la vía diplomática y le di la razón.
—Lo que tú digas, Kyle —dije encogiéndome de hombros—. Estoy cansado, os veo en clase.
Y sin esperar a que respondiera, subí las escaleras hasta el primer piso; afortunadamente, Kyle no me siguió. Saliendo de la casa encontré a la señora Thompson en el jardín, recortando los setos.
—¿Ya te vas a casa, Ben?
—Sí, señora Thompson —respondí componiendo una sonrisa—. Gracias por los refrescos y la comida.
—Ha sido un placer.
Al llegar a casa terminé lo que me faltaba, apenas un par de preguntas bastante sencillas, y bajé al salón. Papá estaba en la cocina haciendo la cena (su plato especial, raviolis de setas), pero mamá estaba sentada en el sofá, mirando algo en el portátil.
—Hola —saludé sentándome a su lado.
—Hola, cariño.
—¿Qué haces?
—Estoy buscando información sobre un curso de montañismo —explicó—. He pensado que, ya que ahora vivimos más cerca de la naturaleza y más lejos de las amas de casa ricas con el culo gordo, quizá sea hora de cambiar de profesión —bromeó.
—Ajá. ¿Y qué cosas te enseñan en ese curso? —quise saber.
—Orientación, supervivencia en la montaña, primeros auxilios…, ese tipo de cosas.
—Parece divertido —acepté—. ¿Dónde es?
—En la parte de las Rocosas que atraviesa Montana —me informó, señalándome el mapa en la página web.
—La cena está lista —intervino papá, asomándose al salón.
Mientras cenábamos, retomé la conversación.
—Entonces, ¿vas a ir al curso, mamá?
—Sí, eso creo. He visto en el súper un anuncio de trabajo para guías de montaña y la verdad es que las condiciones son bastante buenas —explicó ella—. Me van a hacer una entrevista el lunes que viene y, si me contratan, es probable que la empresa se haga cargo de al menos la mitad de gastos del curso.
—Genial. Oye, papá, ya que mamá va a ir a Montana, podría yo ir…
—No, Ben, ya hemos hablado de esto —me interrumpió con tono cansado.
—¡Ni siquiera me has dejado acabar! —exclamé, dejando caer los cubiertos de golpe, que tintinearon con fuerza sobre el borde del plato.
—Ibas a preguntarme sobre Halloween otra vez —apuntó él manteniendo la calma—. Nueva York está al otro lado del país, no vas a coger un avión para pasar dos días con tus amigos —añadió categórico.
—Pero mamá sí puede ir a Montana, ¿no?
—El curso son dos semanas, cielo, no dos días —dijo ella, poniéndose del lado de mi padre, cómo no.
—Además de que tu madre es una adulta, no un adolescente en edad escolar ―añadió mi padre—. Dos días no son comparables a dos semanas, Ben.
—Pero si me fuera el viernes podría… —empecé, intentando argumentar.
—No vas a perder clase por algo como eso, me niego —me interrumpió de nuevo.
—¡Pero, papá, se trata de mis amigos!
—¡Pues haz nuevos amigos! —exclamó finalmente subiendo el tono de voz.
—Que te den. ¡Me iré a Nueva York aunque tenga que hacer autoestop todo el camino! —grité levantándome.
—Ben, por favor, cálmate y hablemos esto —intentó tranquilizarme mamá.
—No hay nada que hablar —repliqué, quizá con más brusquedad de la que pretendía—, no me vais a dejar y ya está, ¿no es eso?
—Estás siendo un crío, Ben —dijo mi padre levantándose también—. Será mejor que vayas a la cama.
—¡Te odio! ¡Y odio este maldito pueblo de mierda! —añadí, dándole una patada a la silla.
—¡Benjamin Arthur Connor, a tu cuarto ahora mismo!
Pero en lugar de obedecer a mi padre, salí corriendo de la casa, casi sin ver a dónde iba. Oí a mi madre llamándome a gritos desde el porche cuando crucé la carretera sin mirar, pero su voz y el resto de sonidos de la civilización se apagaron en cuanto me interné entre los árboles, aún corriendo. El maldito bosque estaba por todas partes, y en circunstancias normales no me habría acercado a él, pero no estaba pensando con claridad.
No estuve corriendo mucho tiempo, pero las ramas eran espesas e impedían el paso de la luz, así que pronto me encontré con que, a pesar de ser de día, bajo el dosel de ramas la claridad era mínima. Y lo peor de todo es que me había perdido.
Recordé haber leído en alguna parte que el musgo crecía en la cara norte de los árboles, porque era la más fresca y el musgo necesitaba humedad para crecer, pero el musgo estaba por todas partes, y no había camino.
Si hubiera ido en línea recta habría sido más fácil, pero no lo había hecho, sino que había ido esquivando ramas bajas, rocas y los propios troncos de los árboles, y eso hacía imposible que supiera de dónde había venido exactamente. En una clara falta de lógica, decidí que, en lugar de quedarme allí, llamar a emergencias y esperar a que me encontraran, volvería por mis propios medios. No estaba dispuesto a que un par de policías me llevaran a casa; habría sido admitir que mi padre tenía razón y me estaba comportando como un crío.
Después de veinte minutos de deambular, aún no había aceptado que me había perdido. Pero para entonces ya era de noche, con lo que no veía nada. Encendí la linterna de mi móvil y fui avanzando despacio. Todo iba relativamente bien… hasta que salí a un claro. Había dos personas allí: un chico y una chica de más o menos mi edad. Me habría alegrado de haber encontrado a alguien si no fuera por lo que estaban haciendo.
Había un ciervo muerto entre ellos, y ambos estaban mordiendo su cuello, bebiendo su sangre. Estaban tan absortos en su macabra tarea que al principio no se dieron cuenta de mi presencia, pero cometí el error de moverme, haciendo ruido al dar un paso atrás.
Al estar de cara a mí, ella me vio primero. Se apartó del ciervo y se puso de pie lentamente, quizá para no asustarme aún más. La sangre le manchaba la boca y la barbilla, convirtiéndola en una visión aterradora. Durante unos segundos, solo me observó con la cabeza ligeramente ladeada, luego dio un paso hacia mí y entonces fue cuando me di la vuelta y volví a correr a ciegas por segunda vez en un día. No llegué muy lejos, sin embargo: apenas había avanzado un par de metros cuando un puño salió de la oscuridad y me noqueó.
CAPÍTULO 4
Encantado
Cuando desperté estaba amarrado de pies y manos con cinta americana a una silla en lo que parecía una burda cabaña: apenas cuatro paredes y un techo hecho de ramas entretejidas. A mi derecha había un par de hamacas, una junto a la otra, y a mi izquierda un armarito viejo y una mesa con dos sillas dispares. Junto a la puerta había un viejo cajón de madera y otra silla, sobre la que descansaba una pequeña pila de libros gastados. No había ventanas, pero la estancia estaba iluminada por un farol de camping que colgaba del techo. Yo estaba más o menos en el centro, con lo que no podía ver si había alguien o algo más detrás de mí.
Justo cuando estaba pensando en cómo escapar, el chico y la chica que había visto en el claro entraron, colocando tras de sí la puerta, que no era más que un tosco tablón de madera.
Debían de haberse cambiado de ropa, porque ninguno de los dos estaba manchado de sangre. Él llevaba una chaqueta de cuero de estilo motero con tachuelas incluidas, una camiseta gris desgastada debajo, vaqueros rotos y unas Doc Martens negras con la puntera metálica. Ella, en cambio, se había decantado por unos vaqueros llenos de rotos, medias de rejilla, unas Converse con estampado de camuflaje y un jersey verde oscuro un par de tallas más grande de lo que le correspondía, que dejaba uno de sus hombros al descubierto.
—¡Estás despierto! —dijo ella alegremente. Tenía un marcado acento británico, lo que me resultó realmente chocante—. Temí que mi hermano te hubiera dado demasiado fuerte.
Así que eran hermanos. Bueno, eso saltaba a la vista: ambos eran pelirrojos, con mechas negras en el pelo, delgados, pálidos hasta lo indecible y con unos ojos de un azul tan brillante que casi parecían luces de neón. Ella era realmente guapa, con los labios carnosos, la piel de porcelana y curvas en los lugares indicados, a pesar de la delgadez. Pero entonces su hermano me enseñó los colmillos, y recordé lo que había visto en el claro.
—Por favor, no me hagáis daño —supliqué cuando ella se acercó a mí.
—No vamos a hacerte daño —me aseguró ella, con una sonrisa tranquilizadora.
—Aún —añadió él en tono amenazador. Tragué saliva, inquieto.
—Me llamo Evelyn, y este es Reed. ¿Cómo te llamas? —prosiguió ella, ignorando a su hermano.
—Ben. Me-me llamo Ben.
—Un bonito nombre —dijo ella—. Me temo que vas a tener que quedarte aquí hasta que decidamos cómo resolvemos esto, Ben.
—No tienes que explicarle nada a la comida, hermana —replicó Reed ácidamente. Su acento era igual de marcado que el de su hermana.
—¡No seas así! —le regañó Evelyn—. Tenemos que pensar bien esto, Reed.
—Matarle y ocultar su cuerpo es la solución más fácil —propuso él encogiéndose de hombros.
—Quizá, pero no la más sensata —replicó ella.
—No quieres matarle porque crees que es guapo, ¿verdad?
—¡De eso nada! —le gritó ella—. Bueno, es guapo, pero ese no es el motivo en absoluto —añadió.
—Vale, pues entonces no tendrás inconveniente en que nos bebamos su sangre y quememos su cadáver —dijo él.
—¡No, por favor! —intervine, con la voz una octava más aguda de lo normal por el pánico.
—¿No? —Reed se volvió hacia mí; si las miradas matasen…—. Dame una sola razón para no hacerlo.
El corazón me iba a mil por hora, pero de algún modo logré dar con una respuesta satisfactoria antes de que a Reed se le acabase la paciencia.
—Si me matas, en un par de días tendrás a toda la policía de Elmer’s Grove y alrededores buscándome, peinando el bosque con perros y con voluntarios —indiqué, hablando despacio para que no me temblara la voz ni tartamudeara de nuevo—. No creo que eso sea lo que quieres.
—Tiene razón, ¿sabes? —dijo Evelyn. Respiré hondo aliviado—. Tenemos que ser más listos.
—Ya, bueno, ¡pues no podemos devolverle tal cual! —exclamó Reed.
—Ya… Eso es cierto —aceptó Evelyn.
Se quedaron callados unos momentos, pensando qué iban a hacer conmigo. Nunca he sido muy religioso, pero mentiría si dijera que no lancé una plegaria a cualquier dios que pudiera estar escuchándome.
—Borrémosle la memoria —sugirió entonces Reed.
—¡No! —exclamó ella rápidamente.
—¿Por qué no? —quiso saber él, un poco mosca—. Es lo más fácil y sensato después de matarle y ya hemos descartado esa opción.
—No puedo decirte por qué, pero tengo la sensación de que eso no es lo mejor a largo plazo —respondió ella a la defensiva.
—No puedes decirme por qué, ¿eh? —se burló él—. Eso no se lo cree nadie, hermanita.
—Tengo mis razones y no te importan, ¿vale? —espetó ella cruzándose de brazos.
Se miraron intensamente durante al menos un minuto, como en un silencioso duelo de voluntades.
—Escuda tu mente todo lo que quieras, Eve, pero sé que me estás ocultando algo ―dijo Reed al final.
—Lo que tú digas, pero no vas a borrarle la memoria.
—¿Y qué hacemos, entonces? —preguntó Reed.
—Le prohibimos hablar de ello y le devolvemos a su casa —respondió Evelyn decidida.
¿Prohibirme hablar de ello? Vale, pero la verdad es que no necesitaba ningún estímulo extra para no contar todo eso. Y de todas formas, aunque lo contara, todo el mundo me tomaría por loco, así que poco daño iba a hacer.
—¿Ves? Ni siquiera se da cuenta de lo que podría implicar que la gente lo supiera ―dijo entonces Reed, señalándome—. Sería mejor que se lo borráramos.
¿Qué demonios? ¿Acababa de leerme el pensamiento? Era algo alarmante (más aún), pero que me hubiera leído la mente era la única explicación a un comentario que de otro modo resultaría completamente aleatorio y sin sentido. Espeluznante.
—¿Acaso dudas de mi encanto, hermano? Sé lo que me hago. Ben, no vas a decir nada de esto —añadió, inclinándose para poner su cara a la altura de la mía—: nada de lo que pasó en el claro, ni de este lugar, ni mucho menos de mí o de Reed.
—No diré nada, pero…
—Ben, mírame a los ojos cuando te hablo —ordenó haciéndome una seña con el dedo. Estaba harto de que me interrumpieran esa noche, pero en cuanto la miré perdí el hilo de mis pensamientos y no fui capaz de replicar—. No vas a contarle nada de esto a nadie, no hablarás de mí o de mi hermano, ni de lo que has visto en el claro y, por supuesto, no mencionarás la palabra «vampiro» cuando te refieras a tu pequeña aventura en el bosque, ¿entendido?
—Entendido.
En mi mente repentinamente algodonosa, su petición resultaba de lo más lógica y razonable. ¿Por qué hablar a la gente de vampiros, cuando lo mínimo que pasaría es que me tomaran por loco o pensaran que estaba bromeando? No, mejor inventar una excusa más plausible…
—Bien. Llévatelo de aquí, por favor —pidió Reed.
—¡Es una pena que no puedas quedarte más tiempo!… —suspiró Evelyn, sacando una navaja del bolsillo y empezando a cortar mis ataduras—. Podríamos divertirnos mucho, tú y yo.
—¿Di-ver-tir-nos? —repetí, saliendo del embotamiento.
—Sí, ya sabes… —respondió guiñándome un ojo.
¡Ah, qué bien! Le gustaba a la chica vampiro. Su hermano me miró de una forma que sugería que me arrancaría el brazo si intentaba tocarla, así que aparté la vista de ambos, intimidado.
—Eres muy guapa, pero no me van las chicas que quieren matarme —dije frotándome las doloridas muñecas. Reed arqueó una ceja y pensé que quizá me había pasado—. No te ofendas —añadí rápidamente, aunque lo que quería decir era «no me mates».
Nunca he podido controlar la verborrea en momentos de nerviosismo o estrés.
—No me ofendo, pero quien quiere matarte es Reed, no yo —replicó ella mirándome directamente a los ojos mientras cortaba la cinta de mis tobillos.
