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Yera lo quiere todo. Eidan se cree nadie. Yera lleva desde su infancia soñando con convertirse en boxeadora profesional, así que cuando por fin se atreve a entrar en el club de boxeo que Eidan regenta junto a su padre, un famoso pugilista venido a menos, sabe que debe demostrar de qué está hecha. Eidan, que trabaja en el club, odia el boxeo y se siente atrapado en una vida familiar que lo asfixia. Ansía la libertad de poder decidir su camino y sueña con que, por una vez, lo elijan y deje de ser nadie Lo que comienza como una relación forzada entre opuestos, pronto se convierte en una atracción irrefrenable, no exenta de swings, ganchos y algún que otro golpe bajo. Sin embargo, cuando la ambición empieza a ganar terreno y lo más fácil es tirar la toalla, ¿sabrán tomar las decisiones correctas? Una historia de amor tan potente y vibrante que te pondrá contra las cuerdas.
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Seitenzahl: 523
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Contenido
Página de créditos
1.
2. Yera
3. Eidan
4. Yera
5. Eidan
6. Yera
7. Eidan
8. Yera
9. Eidan
10. Yera
11. Eidan
12. Yera
13. Eidan
14. Yera
15. Eidan
16. Yera
17. Eidan
18. Yera
19.
Eidan
20. Luis
21. Yera
22. Eidan
23. Yera
24. Eidan
25. Yera
26. Eidan
27. Yera
28. Eidan
29. Yera
30. Eidan
31. Yera
32. Eidan
33. Yera
34. Eidan
35. Luis
36. Yera
37. Eidan
38. Eidan
39. Yera
40. Eidan
41. Yera
42. Eidan
43. Yera
44. Eidan
45. Luis
46. Yera
47. Eidan
48. Yera
49. Eidan
50.
51. Yera
52. Eidan
53. Yera
Un año y medio después
54. Yera
55. Eidan
56. Yera
57. Eidan
58. Yera
59. Eidan
60. Yera
61. Eidan
EPÍLOGO: Eidan
AGRADECIMIENTOS
Página de créditos
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
Título original: Nadie más que tú
© 2025 Rosana Lenn
Corrección: Rosa Sanmartín
Diseño de cubierta: Eva Olaya
1.ª edición: abril 2025
Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:
© 2025: Ediciones Versátil S. L.
Calle Muntaner, 423, piso 2
08021 Barcelona
www.ed-versatil.com
ISBN: 979-13-990002-4-5
Depósito legal: B 7697-2025
Impreso en España
2025 - Estilo Estugraf Impresores S. L.
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización escrita de la editorial.
«A veces sueñas tan alto que no te puedo alcanzar», Dani Fernández
Para los soñadores y los que nos sostienen en el vuelo
Actué con resolución mientras rociaba la superficie de la planta baja con el gasoil que guardábamos en los bajos del cuadrilátero, poniendo especial énfasis en los laterales del local. No era muy entendido en eso del fuego, pero creía que así debía ser si quería que las llamas lo engullesen todo. Que desapareciese de una vez por todas este lugar para terminar con la condena que me perseguía desde hacía tanto tiempo.
No era eso lo que tenía planeado. No así. Pero la vida me había demostrado, en más de una ocasión, que el destino, la casualidad o incluso el factor suerte poseían el poder de cambiar el rumbo de las cosas. El rumbo de la vida.
Observé el brillo que había adquirido el suelo a causa del combustible y sentí, por un instante, remordimiento. Traté de ahuyentar ese sentimiento tarareando una estúpida canción que estaba escalando posiciones en la radio para convertirse en la canción del verano.
Me situé en el fondo del local y saqué el mechero que había cogido del cajón de la entrada. Apunté con la llamarada del encendedor a una de las lonas que cubría la pila de colchonetas.
Las llamas no tardaron en aparecer. Sentí pánico. Y alivio. Como si me hubiesen quitado un gran peso de encima. También me invadió una profunda pena por todo lo que aquel lugar nos había dado. Una lágrima corría desbocada. Me froté los ojos que comenzaban a escocerme por el humo.
Intenté no pensar en los recuerdos que albergaba aquel lugar. En todas las ilusiones, el sacrificio y, por desgracia, también el desengaño. Me negué a aceptar que entre esas paredes se había gestado algo grande, porque sentía que todo aquello se había vuelto diminuto a mis ojos. Insignificante. La oscuridad se había adueñado de mis pensamientos.
Instantes después de prender fuego, comencé a caminar marcha atrás, hacia la salida. No quería perderme ni un detalle del espectáculo que yo mismo acababa de provocar.
Alcancé la puerta y eché un último vistazo antes de abrirla. Me incliné para levantar la vieja persiana del local. Tiré hacia arriba con toda la fuerza que podía permitirme, pero se resistió. La maldita persiana. Intenté inhalar un poco de aire, pero lo único que conseguí fue que los pulmones se llenaran de humo. En medio de un ataque de tos, volví a empujar el metal hacia arriba. Nada. La persiana se había atascado. Me maldije por no haberla engrasado.
Pero ¿quién piensa que algo tan insignificante como una vieja persiana oxidada podría ser el motivo de una muerte no deseada?
Intenté respirar de nuevo. Pero la densa humareda, unida a una profunda angustia, anidó en mis pulmones, y en cuestión de segundos, todo se fundió a negro.
Unos meses antes
Otra vez lo mismo de siempre. Otra maldita mañana en la que mis pies se rebelaban contra mi voluntad y se empecinaban en anclarse al suelo justo en la entrada del club de boxeo. Con cara de pava, como un pasmarote, contemplaba el letrero del local mientras dejaba volar mi imaginación y me veía aparcando a un lado el pudor y atravesando la puerta del Club El Diablo.
Willy, Toro y Luna, los perros a los que paseaba todas las mañanas, tiraban de mí ajenos a mis divagaciones, pero yo estaba tan absorta en mis pensamientos que estuve a punto de perder el equilibrio y espatarrarme ahí mismo. Resoplé con fastidio. Tiré de ellos en un intento de imponerme y recobrar la compostura, pero lejos de obedecerme y agachar las orejas, uno de ellos, Willy, hizo algo que me dejó petrificada. No se le ocurrió otra cosa a mi querido chowchow que levantar la pata para orinar justo delante de la puerta del local. Cerré los ojos un par de segundos y arrugué la frente, como si así pudiese hacer desaparecer el inmenso charco que se había formado en la entrada del club. Pero no.
—¡Willy! ¡Maldito seas! ¿Qué has hecho? —lo reprendí con voz chillona intentando hacerme la dura.
El perro ladeó la cabeza y dobló una oreja mientras me miraba con ojos lastimeros. Me agaché dejando escapar un suspiro y acaricié su cabeza al tiempo que le pedía perdón.
Esa bonita y enternecedora estampa fue la que el chico del club presenció cuando abrió la puerta desde el interior. Aunque, no sé por qué, me dio la sensación de que la imagen no fue del todo de su agrado. Clavó los ojos en el charco de orín para, acto seguido, lanzarme una mirada asesina que traté de contratacar con una sonrisa radiante y, por qué no decirlo, bastante fingida.
—Lo siento, lo siento. Ha sido sin querer. ¿Verdad, Willy?
Willy emitió un gemido propio del mejor perro actor de Hollywood.
—Más te vale limpiarlo.
—Sí, claro.
Saqué una pequeña botella de plástico de mi mochila y vacié su contenido sobre el charco, que hizo que el estropicio fuera aún peor. Parecía que habían inaugurado una piscina olímpica en la entrada del club de boxeo.
El chico puso los ojos en blanco y se giró con la intención de introducirse en el local de nuevo. No sé de dónde saqué el valor, pero algo me impulsó a actuar y, por fin, me atreví a hacer aquello que llevaba semanas intentando.
—Hola —articulé con un hilillo de voz—. Me llamo Yera. Quería informarme sobre las clases de boxeo.
Le regalé una sonrisa angelical que él observó ojiplático.
—¿Me estás vacilando? —bramó el chico con cara de pocos amigos.
—No.
—Sé quién eres —sentenció mientras me escudriñaba con la mirada—. Sé que llevas días espiándonos desde la otra acera. ¿Qué eres? ¿Una psicópata? ¿Una admiradora secreta?
—¿Qué? ¿Una admiradora? —Mis mejillas se encendieron como si un volcán estuviese a punto de entrar en erupción dentro de mi cerebro—. Pero ¿tú quién te crees que eres? ¿Rocky Balboa?
—No, para nada. Mi nombre es Eidan. —Me tendió la mano esbozando una sonrisa, y cuando me disponía a darle un apretón de manos, el muy impresentable la retiró e hizo amago de atusarse el pelo.
Suspiré y conté hasta tres.
El simpático joven me dio la espalda y se metió en el local. Yo traté de contenerme, lo juro, pero las palabras salieron solas de mi boca como escupitajos de rabia.
—¿Así es como te ganas a tu clientela potencial? Claro, ¡como estáis tan sobrados de clientes!
Logré captar su atención y se giró hacia mí.
—¿Qué sabrás tú? —espetó con los brazos en jarra.
—Más de lo que te imaginas.
—Vale, muy bien, pues cuando necesite una asesora comercial ya te buscaré en el parque donde recoges la mierda de tus perros.
Me irritó. Me irritó tanto que me dejó sin palabras. Vale, lo reconozco. Este fue su primer knockout. Pero la batalla no había hecho más que empezar.
Eran casi las diez de la noche y hacía un buen rato que había bajado la persiana. Me encontraba en el mostrador de recepción organizando las actividades del mes siguiente. Mi padre se había dirigido al vestuario de las chicas para arreglar el grifo de una de las duchas que llevaba días goteando. Su movilidad estaba bastante mermada debido a la hemiplejia que padecía tras sufrir un derrame cerebral provocado por un mal golpe, pero se las apañaba bastante bien para hacer algunas chapucillas en el local y, de esa manera, nos ahorrábamos tener que pagar a un fontanero. Además, era una forma más de que él se sintiese útil y de que yo no tuviera que ocuparme absolutamente de todo.
Oí un sonido proveniente del exterior. Una especie de chirrido. Alcé la vista y vi unos pies que permanecían apostados tras la persiana. Mejor dicho, vi unas botas negras de tacón ancho. Y una de ellas repiqueteaba en el suelo sin cesar. Como una taladradora. La dueña de las botas sacudió la persiana con ganas y mis nervios comenzaron a aflorar.
—¡Holaaa!
No me lo podía creer. Reconocí al instante esa voz estridente. Sin ninguna duda, pertenecía a la loca de los perros.
Me incorporé de la silla y rodeé el mostrador para dirigirme a la puerta. Alcé la persiana lo suficiente como para toparme con sus ojos color miel.
—¿Está El Diablo?
—¿Qué demonios quieres?
—¡¡¡No!!! He dicho diablo, no demonio. —La chica soltó una carcajada que interrumpió al percatarse de mi gesto serio. Entonces me di cuenta. Estaba borracha. Cojonudo. «Dios, espero que no se le ocurra vomitar en la entrada. Es lo único que me faltaba», pensé.
—¿Qué cojones quieres de mi padre?
—Ahhh, ¿es tu padre? ¡Qué monooo! —exclamó con un tono que casi hizo que se me escapara una sonrisa—. ¿Puedes abrirme? ¿Está dentro?
—Primero tendrás que decirme qué quieres.
—Ya te lo he dicho esta mañana, pero como no me has hecho ni caso, vengo a hablar con el dueño.
Antes de que pudiera contestar, mi padre se acercó atraído por las voces que oía desde el vestuario.
—¿Qué pa-pasa aquí? —preguntó intrigado sin poder disimular el tartamudeo que no dejaba de ser una secuela más de su lesión.
—¡¡¡Hola, Luis!!!
Ambos nos miramos con desconcierto. La joven alzó la mano para llamar su atención y saludarlo.
—Ábrela. Parece inofensiva —indicó mi padre ante mi más absoluta perplejidad.
—Pero…
—Eidan, ábrela, co-coño. ¿No ves que está montando un espectáculo en la calle?
Con desgana, abrí la puerta acristalada y elevé la persiana lo suficiente como para que ella entrase en el local. No pude evitar deslizar la mirada por todo su cuerpo. Lucía un ceñido vestido negro de manga larga que le cubría los glúteos y una mínima parte de los muslos. Su larga melena de color oscuro, casi negro, le caía en cascada sobre el pecho. No llevaba escote, pero eso no era impedimento para adivinar las sinuosas curvas que escondía aquel vestido.
Tragué saliva y desvié la mirada. Mi padre se acercó hacia nosotros con dificultad, apoyado en su muleta.
—Hola, Luis. Soy Yera —dijo mientras sacaba de su minúsculo bolso una pequeña cartera. Extrajo de su interior una fotografía—. Mira, ¿ves? Soy fan tuya desde que tenía cuatro años.
Observé atónito la imagen en la que un hombre de unos treinta años posaba junto a mi padre y llevaba una niña en brazos.
—¿Soy yo? —Mi progenitor inclinó la cabeza hacia delante e hizo un esfuerzo por enfocar la vista. La mala visión era otra de las secuelas que le había quedado tras el derrame cerebral—. ¿Barcelona?
—Sí, mi padre te esperó a la salida del combate solo para que yo te conociera. —Se llevó una mano a la boca para disimular un hipido. Después, soltó una risita—. No me dejaban entrar, claro. Pero fuiste muy simpático y te hiciste una foto con nosotros. Creo que es el primer recuerdo que guardo de mi niñez.
—Vaya. ¿Qué puedo decir? Me siento halagado. ¿Qué te pa-parece, Eidan?
—Maravilloso —refunfuñé entre dientes.
—¿Y qué te trae po-por aquí? —indagó mi padre.
Yera guardó la foto de nuevo en la cartera y se apoyó con la mano derecha en el mostrador para conservar el equilibrio.
—Pues mira. Ya sé que no son horas. Ni maneras, claro. Pero resulta que le he dicho a mi novio que me voy a apuntar a boxeo. ¿Y sabes lo que ha hecho? Reírse de mí. —Su tez se iba enrojeciendo a medida que soltaba una retahíla de frases de forma atolondrada. Hablaba tan rápido que me costaba seguirla—. El muy imbécil se lo ha tomado a broma. Dice que cómo voy a estropear mi preciosa cara haciendo esa estupidez. Es un gilipollas.
—Desde luego que sí. —No pude evitar inmiscuirme en la conversación.
—Eidan… —me amonestó mi padre.
—¿Qué?
—He visto todos tus combates, Luis. Llevo toda la vida soñando con este día. —La chica parecía estar hablando con el mismísimo Dios. La voz se le quebraba por momentos.
—No es para tanto, chiquilla. Solo era uno más.
—No. Eras el rey del ring. Siento mucho lo del accidente.
—No fue un accidente —repuso mi padre agachando la cabeza.
—Lo sé —admitió la chica.
—Si quieres formar par-parte de este mu-mundo debes saber que ese tipo de accidentes, como tú dices, son bastante habituales. El boxeo no es ningún ju-juego.
—Lo sé, lo sé. Aunque no es algo que yo haya elegido. Es que… siento como si me hubiese elegido a mí. No sé cómo explicarlo. Jo, perdonad, es que estoy superpedo, pero por eso estoy aquí.
Yera gesticulaba mientras hablaba. Parecía ilusionada. A cada palabra que pronunciaba, parecían saltar millones de chispas de sus ojos. Yo la observaba con atención y no hubiera sabido decir si estaba atónito, exasperado o completamente hipnotizado por esa chica tan peculiar que se nos había colado en el club.
—Te haría una pru-prueba, pero es obvio que no estás en condiciones —comentó mi padre con tono condescendiente.
—¿En serio?
No daba crédito a lo que estaba presenciando. ¿Desde cuándo se dejaba impresionar por cuatro palabras bonitas y un par de piernas infinitas?
La intrusa se apoyó en el mostrador. Después, rompió a llorar y escondió la cabeza entre los brazos. Me enervé. Esa loca me estaba sacando de mis casillas.
Lancé una mirada de auxilio a mi padre para que se deshiciera de ella. Él, en cambio, se encogió de hombros y chasqueó la lengua mientras negaba con la cabeza. Avanzó unos pasos y se colocó tras ella. Después, le dio unas palmaditas en el hombro.
—Mira, niña. No sé qué te pasa. O si podemos hacer algo por ti.
Yera elevó la cabeza y se giró hacia mi padre. Sus mejillas parecían arder y las lágrimas, sobre la fina piel de su rostro, se entremezclaban con los restos de la máscara de pestañas que unas horas antes habría enmarcado a la perfección esa mirada melosa y tan jodidamente bonita que tenía la chica.
—Lo siento, lo siento. Qué vergüenza, por favor.
Yera retrocedió unos pasos acercándose cada vez más a la salida. Giró hacia la puerta y se agachó un poco para no darse un golpe en la cabeza al salir. Pero lo hizo. Vaya si lo hizo. El cabezazo que se dio contra la persiana me dolió hasta a mí.
Así, como un vendaval, igual que había entrado, se marchó. Cruzó la carretera y su figura tambaleante se esfumó entre los árboles que presidían la entrada al parque de enfrente. Por un instante, dudé. Se me pasó por la cabeza correr tras ella y acompañarla. Iba tan borracha que no sabía si llegaría bien a su destino. Pero mi sentido común me impidió hacerlo.
Aún paralizado, dirigí la vista hacia mi padre, que permanecía en pie frente al mostrador como si hubiese visto un fantasma.
—Menuda zumbada —protesté mientras bajaba la persiana y oteaba el horizonte en busca de su silueta.
—Pues a mí me ha gustado. Tiene un brillo especial en los ojos —sentenció mi padre.
«Claro, del pedal que llevaba encima», pensé yo.
—Garra.
—¿Qué? —pregunté confundido.
—Esa chica tiene garra. Eso es. Es una fi-fiera.
Negué con la cabeza. No tenía argumentos para desmentir sus palabras porque yo también lo había sentido, aunque no estaba dispuesto a aceptarlo ante él. Ni siquiera ante mí mismo.
—¿Cómo se llamaba?
—Mmm… Creo que Yera o algo así —mascullé. Por supuesto que recordaba su nombre.
—Pues espero que vuelva mañana y que no haya sido solo una locura pasajera fruto de la borrachera.
Yo sabía que no era una locura pasajera porque hacía semanas que la veía merodear por el exterior del club. Siempre paseaba por allí con sus perros y más de una vez la había pillado mirando embelesada el letrero luminoso —que cada vez tenía menos de luminoso, pues la mitad de las bombillas estaban fundidas—. Sin embargo, no se lo quise comentar a mi padre para que no se hiciese ilusiones.
Últimamente estaba decaído, apático. Después de que su vida terminara de hacerse añicos aquella maldita noche, siempre parecía triste; pero las últimas semanas, lo veía peor. Recluido en su mundo y sin ganas de seguir luchando.
—Vámonos a casa —sugerí.
Cerré el ordenador y recorrí las instalaciones del club para apagar todas las luces. Estaba cansado. Mi padre también parecía estarlo. Se había dejado caer sobre la silla de recepción y se presionaba las lumbares al tiempo que un gesto de dolor se imprimía en su cara.
Tras salir del gimnasio, nos fuimos a casa en coche. El apartamento en el que vivíamos estaba a unos diez minutos, pero antes de llegar telefoneé a Sandra.
—¿Has hecho la cena? —le pregunté.
—No, todavía no. Iba a…
—No la hagas —la interrumpí—. Llevaré algo de la hamburguesería para los tres.
—Gracias, cariño. Pero no hace falta.
—Calla, anda.
Sandra se merecía eso y mucho más. Por aguantarnos; por soportar los desplantes de mi padre; por tener que presenciar nuestras continuas discusiones. Ella era como un ángel y no sé qué hubiésemos hecho si no hubiera venido a vivir con nosotros cuando mi madre se marchó.
No podíamos prescindir de ella, a pesar de que nuestra economía no pasaba por su mejor momento. Para Sandra también éramos un pilar en el que apoyarse. Digamos que nuestra relación se basaba en una simbiosis necesaria para los tres, además de una amistad que aumentaba con el paso del tiempo. Sandra enviaba a su país parte del salario que le pagábamos para ayudar a los suyos, sobre todo, a la hija adolescente que había dejado en Colombia.
Se podría decir que los tres formábamos una especie de familia. No de las más tradicionales, pero sí de esas en las que tres almas impregnadas de soledad se unen para refugiarse en una coraza que las proteja del mundo exterior, de las mierdas de la vida. Juntos nos sentíamos cómodos… y a salvo.
—¡Yera! Coge el teléfono. No hace más que sonar. Es tu querido novio.
Oía la voz de Esther, mi compañera de habitación, como un eco lejano que retumbaba en mi cabeza. Solté un suspiro y me acurruqué aún más entre las sábanas.
—¡Yera! Cógelo ya o te juro que sale el móvil por la ventana. ¡Dios! ¡Qué tío más pesado! —protestó.
Esther se sentó en la silla y alargó el brazo tendiéndome el móvil. Entreabrí los ojos. Lo justo para pulsar el botón de colgar y poner el teléfono en modo avión. Lancé el aparato a los pies de la cama y me percaté de que Esther me examinaba con una mirada condescendiente. Cerré los ojos y escondí la cabeza bajo las sábanas.
—¿Qué? Buena juerga ayer, ¿no?
Me revolví y sentí como si alguien me estuviese martilleando las sienes. Me eché las manos a la frente, arrugada por el dolor, e hice un esfuerzo por abrir los ojos de nuevo.
—Un poco, supongo. No me acuerdo demasiado bien.
—Ya te vale, tía. Por lo menos, no volverías sola, ¿no?
Mi silencio fue la respuesta. Esther resopló mientras terminaba de atarse los cordones de las deportivas.
—¿Adónde vas? —pregunté. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que Esther estaba vestida. Llevaba un vaquero ancho y una sudadera con el anagrama de alguna universidad norteamericana. Muy de su estilo.
—Que tú hayas dejado de ir a clase no significa que los demás también —me reprendió con ese tono maternalista que tan a menudo utilizaba conmigo.
—Joder, es verdad. ¡Es viernes!
—Sí, Yera. Bienvenida al mundo real.
Miré el reloj. Eran las siete y media. Debía levantarme enseguida porque había quedado con Mabel para ayudarla un rato en la peluquería canina que regentaba.
—¿Has ido a desayunar?
—Sí. Hace un buen rato. Si no te apetece bajar, en la neverita hay algún cappuccino de bote.
—Me has leído el pensamiento.
Esther se sentó sobre mi cama y me clavó la mirada.
—¿Me vas a contar qué ha pasado con Borja? ¿Y por qué has vuelto sola a la residencia?
Mi compañera de habitación me conocía muy bien y sabía que mi relación con Borja iba de mal en peor. Siempre había sido consciente de que ella no sentía demasiada simpatía por mi novio, pero cada vez se molestaba menos en disimular.
—Discutimos.
—¿Y qué se supone que has hecho mal esta vez?
—No hables así, Esther. Borja y yo somos diferentes. Solo es eso. Y a veces, nos cuesta entendernos.
—Yera, que seáis diferentes no creo que sea vuestro problema, sino que tu chico quiere que te conviertas en una persona que no eres.
Me incorporé. Las náuseas no tardaron en aparecer. «Dios, ¿por qué bebí tanto?». De repente visualicé algunas secuencias difusas de lo que pasó el día anterior. Había hecho el mayor ridículo de mi vida presentándome borracha en el club del ídolo de mi infancia. Pero además de una vergüenza infinita, un enorme cabreo se adueñó de mí cuando recordé la pelea con Borja.
Habíamos acudido con algunos amigos a una fiesta universitaria en una famosa discoteca de Valencia. Todo iba más o menos bien. Bailamos y nos echamos unas risas con los demás. Al verlo de tan buen humor me atreví, por fin, a contarle aquello que llevaba tiempo rondándome por la cabeza y que, por diversos motivos —el principal de ellos, él—, había pospuesto. Le transmití a Borja, con una dosis extra de énfasis (directamente proporcional a mi nivel de alcohol en sangre) mi deseo de recibir clases de boxeo. Se quedó petrificado. No pudo, o no quiso, disimular su sorpresa. Era evidente que no me conocía en absoluto, a pesar de que lleváramos más de un año saliendo. Reconozco que su reacción me decepcionó bastante. Fue incluso peor de lo que me había imaginado. Borja siempre había sido un poco anticuado, pero no esperaba que una cosa así pudiera parecerle tan horrible. Se rio de mí. Soltó una carcajada tan fuerte que algunas de las personas que se hallaban cerca de nosotros se giraron con curiosidad. Se plantó frente a mí, me rodeó el rostro con las manos y me acarició las mejillas.
—No me gustaría que nadie estropease esta cara tan bonita —refirió mientras aplastaba su boca contra la mía. Me revolví para separarme de él.
—No soy ninguna muñequita, Borja. Sé cuidar de mí misma.
—¿En serio? Pues a mí no me lo parece. ¿De verdad estás dispuesta a que te frían a puñetazos, te tiren del pelo y te rompan la nariz? Eso es para tíos, Yera, por Dios. ¿En qué coño estabas pensando cuando tomaste esa decisión?
—Siempre he sido aficionada al boxeo. Cuando era pequeña veía todos los combates con mi padre. Y creo que se me puede dar bien. Tengo un pálpito.
—¿Un pálpito? No me jodas, Yera. —Una sonrisa que derrochaba cinismo se colgó en su cara—. ¿En serio que tu padre te dejaba ver esas cosas?
—Pues sí. No es nada malo.
—¡Venga ya! Ni siquiera en mi casa, y eso que somos tres hermanos, nos han dejado ver esa basura.
Borja me agarró de la muñeca tratando de acercarme a él, pero yo me resistí. Ofuscado, se inclinó hacia mí con la intención de besarme.
—Venga, Yera. Ven aquí, anda. Mañana, si quieres, te acompaño a un gimnasio y buscamos algo más acorde a… —Borja repasó mi cuerpo de arriba abajo con una mirada llena de lascivia y prosiguió—: Más acorde a ti.
Me zafé de su agarre y clavé mis ojos vidriosos en él. Estaba rabiosa. Mucho. Pero también me sentía impotente. Incomprendida. Borja había pisoteado en apenas dos minutos mis ilusiones. Las había aplastado contra el suelo. Pero la pequeña guerrera que anidaba dentro de mí no pensaba dejarse amedrentar. Esta vez no.
—Vete a la mierda —pronuncié ante su atónita mirada antes de darle la espalda y salir de allí. No miré atrás ni me paré a despedirme de nuestros amigos. Por si acaso Borja no se había dado por enterado, quité el sonido del móvil en cuanto salí de la discoteca.
Así fue como mis pies acabaron, sin haberlo planeado, en el club de boxeo que regentaba el que había sido uno de los boxeadores más famosos del país, Luis el Diablo.
Después de rememorar todo lo acaecido horas atrás, me di cuenta de que quizás mi amiga tuviera razón. Borja rara vez se preocupaba de lo que yo verdaderamente deseaba. Estábamos sumidos en una rutina en la que ya no había opción a cambios. Parecíamos una pareja que llevaba mil años casada sin derecho a avanzar, a evolucionar. Borja era retrógrado y esa noche me lo había demostrado con creces.
Esther se marchó poco después y yo opté por reptar hasta la ducha dispuesta a intentar que mis malos pensamientos y mi dolor de cabeza se colaran por el sumidero. No lo logré del todo, aunque el remojón me sirvió para cargar un poco las pilas y afrontar la jornada de la mejor manera posible.
***
El viernes fue un día corriente. Esther estuvo todo el día fuera y yo salí únicamente para cumplir con Mabel y con los dueños de los perros que paseaba. Eso sí, me cuidé mucho de ir en dirección contraria al club cuando los saqué a pasear. Lo último que deseaba era reencontrarme con el boxeador o con el estirado de su hijo.
Según avanzaron las horas, la resaca se transformó en cansancio, más mental que físico, y cuando me quise dar cuenta, la jornada había finalizado y volvía a estar tirada en mi cama.
Los ibuprofenos ingeridos durante el día habían surtido efecto y tenía la mente más despejada que esa mañana, aunque quizás hubiese preferido permanecer eternamente en estado de confusión, ya que cuando empecé a verlo todo con más claridad, llegué a una conclusión que no me hacía sentir, precisamente, orgullosa: Era una mentirosa de catálogo. En cuestión de horas, había vapuleado mi propio récord de mentiras.
Mentira n.º 1. Corramos un tupido velo (la que menos me importó): Tras varias horas de feliz desconexión, en las que evité el acoso de Borja poniendo el teléfono en modo avión, por fin le contesté a sus innumerables mensajes. Le dije que no se tomase en serio lo que le había contado la noche anterior. Y le hice creer que estaba demasiado borracha para pensar con coherencia (lo cual es verdad, hasta cierto punto), que había cambiado de opinión y que seguiría su consejo.
Mentira n.º 2. Lo que la verdad esconde (la que más me dolió): Mi madre me telefoneó por la tarde y, una vez más, no tuve el coraje suficiente para contarle que había dejado de ir a la universidad. Al contrario, alimenté, con explicaciones innecesarias sobre mi supuesta rutina estudiantil, esa bola de nieve que crece y crece desde hace unos meses. Para ser exactos, desde que, tras las vacaciones de Navidad, llegué a la conclusión de que la carrera de Económicas no era para mí y tomé la decisión de abandonarla a mitad del segundo curso.
Mentira n.º 3. Nunca digas nunca jamás (la que no me creí ni yo): Me convencí de que había hecho el mayor ridículo de mi vida acudiendo al club y de que jamás volvería a pisar el local de Luis El Diablo.
Cogí la mochila con la cámara de fotos, agarré las llaves y cerré la puerta dando un sonoro portazo. Mi padre se había levantado con un humor de perros —una secuela más de su lesión cerebral— y cuando tenía uno de esos días, era mejor desaparecer. Lo sentía por Sandra. Ninguna persona debería verse obligada a soportar esos desplantes en su puesto de trabajo. Sin embargo, a pesar de los años que llevaba con nosotros, ella nunca se había quejado. Es más, había veces que lo defendía y se ponía de su parte. Y eso me reventaba porque me hacía sentir culpable, como un niñato caprichoso que no era capaz de ponerse en el lugar de su propio padre.
Es cierto que le cambió la vida la noche del último combate. Si los años anteriores fueron una pesadilla para toda la familia —habíamos vivido un gran drama—, aquello terminó de hundirlo a él, y por consiguiente a mi madre y a mí, en un pozo sin fondo del que nos costaría salir. Aunque no tenía claro si lo habíamos logrado…
Todo el esfuerzo y el trabajo que mi padre dedicó durante años a su gran pasión desapareció de pronto por un mal impacto que le provocó una lesión cerebral. Desde entonces, había perdido casi por completo la sensibilidad en la mitad de su cuerpo. Pero aquel golpe no solo lo afectó a él, sino que tuvo un efecto colateral que terminó por romper lo poco que quedaba de nuestra familia. Tras meses luchando, mi madre pronunció el esperado «se acabó». La convivencia en casa se había vuelto insoportable por los cambios de humor y el mal carácter de mi padre. Sin embargo, ese no fue el verdadero detonante. Hacía tiempo que su relación pendía de un hilo. Para ser más exactos, desde que la tragedia anidó en nuestro hogar arrasando con todo.
Cuando empezó la pesadilla, mi padre abandonó los combates. Se centró en su familia. En nosotros. Hacía poco que había inaugurado el club de boxeo que llevaba su nombre con la idea de retirarse del pugilismo profesional más pronto que tarde, ya que estaba cerca de cumplir los cuarenta y los años comenzaban a pesarle. Sin embargo, dadas las circunstancias, se vio obligado a ceder a su amigo Yosi la gestión del club de manera provisional para dedicarse a nosotros.
Un tiempo después, tuvimos que hacer frente a unos gastos extra y mi padre volvió al boxeo. Siempre sospeché que para él, en realidad, fue una forma de evadirse. Hasta que recibió aquel golpe que casi lo llevó a la muerte y tuvo que dejarlo definitivamente.
***
Caminé sin rumbo en busca de la luz perfecta. Diseccionaba cada escena que sucedía ante mí. Me gustaba observar a las personas, imaginarme cómo serían sus vidas. Si tendrían ilusiones o si también se las habrían robado. Los mercados, la marabunta de gente saliendo de la estación del metro, las parejas que se comían a besos y se adentraban en la oscuridad de la playa, los atardeceres interminables que teñían de oro el cielo de la ciudad.
Fotografiaba lo cotidiano.
Los retratos dejaron de ser una opción mucho tiempo atrás, cuando fui consciente de lo inútil que era intentar contener el alma de las personas en un trozo de papel. Porque cuando nos dejan, se llevan consigo su esencia. Y ya no importa qué rostro tuvieron, sino la manera en la que una sonrisa suya tenía el poder hacerte estremecer. Sentir, de pronto, la calidez de su aliento rozando tu piel.
Sin darme cuenta, acabé en el parque situado frente al club. Me senté en un banco mientras preparaba la cámara de fotos. Ojeé a mi alrededor en busca de algo que me llamara la atención. No había apenas gente. Era febrero, y a esa hora de la tarde comenzaba a caer una helada que se te metía hasta los huesos y se hacía difícil de soportar. Además, era domingo, y al estar casi todos los negocios de la zona cerrados, la gente que decidía salir de casa solía ir hacia el paseo marítimo o hacia algún centro comercial en el que resguardarse.
Recorrí el parque de forma pausada e inmortalicé con mi cámara el precioso atardecer que asomaba entre las copas de los árboles, que se iba transformando en un manto negro salpicado de estrellas. Vi a lo lejos un mendigo que dormitaba en un banco envuelto en una roída manta y, tras pedirle permiso, saqué una de mis mejores fotos de las últimas semanas.
Después, mantuve una agradable charla con él. Se llamaba Marco. Era italiano y había perdido todo lo que tenía debido a su adicción al juego. Sus ojos destilaban tristeza y la voz se le rasgaba al hablar de su hijo. Me enseñó una foto. Era un chaval más o menos de mi edad. Marco me contó que no lo había visto desde que su esposa lo echó de casa tras darle un ultimátum. Me estremecí al encontrar un paralelismo con mi historia. Solo que, en mi caso, era mi madre la que se había marchado, mientras que yo había permanecido al lado de mi padre. Pero lo que más me avergonzaba era pensar que si alguien me hubiese preguntado, si se hubieran molestado en preocuparse de lo que yo quería, tenía la certeza de que no estaría junto a él. Y eso era una espinita que me agujereaba el corazón.
Tras escuchar las palabras de Marco, me despedí de él con un apretón de manos. Eché a andar hacia la salida que daba al club de boxeo y pensé que era un buen momento para hacer unas instantáneas del exterior del gimnasio. Hacía tiempo que no actualizaba la página web y se me ocurrió que aquel podía ser el momento perfecto, ya que el lugar se hallaba muy poco transitado y la luz del ambiente rozaba la perfección.
Contemplé el aspecto decadente de las edificaciones que conformaban la calle. El antiguo barrio pesquero había tenido épocas mejores. Al menos, eso decían los oriundos de la zona. Las construcciones, de dos plantas en su mayoría, se sucedían pegadas unas a otras a lo largo de la calle empedrada, y sus fachadas forradas de azulejos coloridos contrastaban con la apariencia decrépita del entorno. Aunque ahora el Cabanyal se estaba recuperando poco a poco y su identidad y su peculiaridad lo estaban convirtiendo en unos de los barrios de moda. No era extraño encontrarse turistas paseando por sus callejuelas. Algunos llegaban por casualidad tras pasar un día en la playa, a escasos metros de la barriada. Otros venían seducidos por las guías de turismo alternativo y las múltiples publicaciones que solían aparecer en las redes sociales que invitaban a conocer la parte bohemia y cosmopolita de Valencia.
Observé, desde la distancia, la persiana del club pintarrajeada con grafitis multicolores. Encajaba a la perfección en ese marco modernista que tanto atraía a los foráneos. Incluso el estado del cartel luminoso, medio caído y con la mitad de las luces fundidas, parecía un acierto en vez de lo que realmente era, un despropósito fruto de mi apatía y del poco dinero que entraba en casa en los últimos tiempos.
Sujeté la cámara con firmeza y traté de dar con el encuadre perfecto. Buscaba la esencia del club. Lo que para algunos podría parecer una tontería, para mí era lo más importante de una fotografía. Me consideraba un buscador de almas. Siempre lo hacía. Daba igual si retrataba una gaviota surcando el cielo, un edificio en ruinas, una anciana cargando las bolsas de la compra… Siempre intentaba sacar a la luz lo oculto. Lo intangible.
Cuando más concentrado estaba, un movimiento inesperado me despistó y me hizo bajar la cámara y resoplar con desgana. «Joder, qué casualidad», pensé para mí. Justo tenía que pasar alguien en ese momento. Una figura enfundada en un abrigo tres cuartos, con la capucha puesta, caminaba por la acera de enfrente. Me pareció una mujer joven por sus andares y vestimenta. Ocupaba una buena parte de mi campo visual, por lo que desistí de iniciar mi sesión fotográfica. Al llegar a la entrada del local, se detuvo en seco. Me extrañé. Fruncí el ceño y contemplé en silencio la escena.
La chica se aproximó a la persiana del club y se mantuvo frente a ella varios segundos. Dio un paso hacia atrás y, sin sacar las manos de los bolsillos de su abrigo, alzó la vista y la clavó en el destartalado letrero. Se quitó la capucha que no le dejaba ver bien y fue entonces cuando me di cuenta.
Yera.
La reconocí de inmediato, aunque hubiesen pasado casi quince días desde la última vez que la había visto.
Sentí una punzada en las entrañas y una leve sonrisa emergió en mi gélido rostro. Me arrimé a uno de los árboles que flanqueaban la entrada al parque y me coloqué detrás de él. Elevé la cámara de fotos y busqué el encuadre perfecto para la escena que tenía ante mí. Comencé a disparar decenas de instantáneas en las que el perfil de la chica se fundía entre las luces y las sombras que proyectaba el letrero multicolor. Me deleité con la estampa y no pude aguantar en mi escondite. Salí de detrás del árbol y avancé unos metros, situándome en mitad de la calzada. A esa distancia, solo captaba la imagen de ella. Me había olvidado del resto.
De repente, Yera, como si me hubiese sentido, se giró y clavó su mirada en mí. Contuve la respiración y bajé la cámara.
«Tocado y hundido».
Me sentí mal unos segundos. Avergonzado y demasiado expuesto. Una moto se acercó desde el final de la calle y me vi obligado a avanzar hacia delante para no ser arrollado.
—Ahora, ¿quién es el psicópata? —preguntó con los brazos en jarra y una expresión divertida en el rostro—. ¿O eres un mirón?
Me coloqué junto a Yera y le sostuve la mirada.
—¿Acaso no puedo retratar mi propio local?
—Por supuesto que sí. Pero creo que aún no he sacado a relucir mis poderes de invisibilidad.
—No sabía que tuvieses poderes.
—Sí. Pero te aseguro que la telepatía no es uno de ellos. Podías haberme dicho que estorbaba.
—Es que no estorbabas —repuse, provocador.
Yera se mordió el labio inferior y dejó escapar el aire por la nariz. Parecía nerviosa, aunque era obvio que trataba de disimularlo con ese tono sarcástico que utilizaba.
—No viniste —solté, empujado por un impulso y clavando mi mirada inquisitiva en su rostro sorprendido.
—¿Qué? —Yera agachó la cara. Estaba claro que no se sentía muy orgullosa del comportamiento que tuvo el día que su borrachera la trajo hasta el club.
—¿Quieres que te refresque la memoria? —interrogué con maldad.
—No. No hace falta. —Carraspeó—. Oye, lo siento. Hice el ridículo ese día.
—Nooo, tranquila. Las admiradoras se agolpan a las puertas del club todas las noches. De hecho, mi padre se las tiene que quitar de encima como moscas. No te preocupes. Para nada se ha tirado las últimas dos semanas esperando que volvieses. Sobria.
—Joder. Lo siento. En serio. Yo no soy así. Es que esa noche estaba…
—Ya sé cómo estabas. Pero oye, que no pasa nada. Es normal. Yo tampoco soy un santo.
—No, pero es que… No lo entiendes.
—Bueno, sin más. No te tortures. Ya me imaginaba que no ibas a volver.
Me descolgué la mochila del hombro para introducir la cámara en su interior. Daba por terminada la sesión. Se podría decir que mi capacidad de concentración acababa de desaparecer al encontrarme de nuevo a esa chica tan rara. Lo mismo se enfrentaba a ti como una pantera que se mostraba frágil como un gatito desvalido. Me ponía nervioso. No sabía cómo actuar con ella. Si esquivar sus dardos y salir corriendo o intentar entablar una conversación normal y conocerla un poco más. Opté por la opción menos arriesgada.
—Bueno, me voy. Ha sido un placer. —Me despedí de ella con la mano y di media vuelta.
Arranqué a andar, cabizbajo, inmerso en mis pensamientos. Fueron apenas unos segundos en los que mi conciencia se cebó conmigo y estuvo casi a punto de frenarme.
Sin embargo, una voz aguda fue la que me obligó a detenerme en medio de la calzada. Y la que tomó la decisión por mí.
—¡Espera!
—¿Todavía estoy a tiempo?
Se volvió hacia mí y me observó con rostro expectante y el mentón elevado. Ese chico parecía un perdonavidas y se me ocurrían varias maneras de borrar de su cara bonita esa expresión de autosuficiencia. Pero quizás no volvería a atreverme a dar el paso. Llevaba días evitando acercarme a ese lugar por vergüenza. Quién sabe, quizás el destino me estaba ofreciendo otra oportunidad.
—¿De qué? —respondió él encogiéndose de hombros, al tiempo que se metía las manos en los bolsillos del vaquero—. ¿De posar para mí? —repuso con una ceja elevada y una sonrisa traviesa.
—Ya te gustaría.
Eidan se rascó la cabeza y con un par de zancadas se colocó de nuevo junto a mí.
—Todavía no te he visto en acción —me retó con voz grave.
—Cuando quieras te hago una demostración.
Se quedó pensativo, descolocado. Dejó caer su mochila a un lado y rebuscó en el bolsillo exterior. Sacó un manojo de llaves y las sacudió delante de mis narices.
—Vamos, anda.
Alcé las cejas sin poder ocultar mi sorpresa y sopesé durante una décima de segundo la posibilidad de ignorarlo y comportarme como una persona racional, pero no lo hice. Lo seguí. Aparté de mi cerebro todas las señales que me llegaban en forma de pitidos y luces parpadeantes. También ignoré el teléfono que había comenzado a sonar dentro de mi bolso. Es más, lo saqué y lo apagué en el momento en el que Eidan me dio la espalda.
Subió la persiana hasta la mitad y, tras abrir la puerta, me hizo un gesto con la mano para que lo siguiera. Entramos y encendió las luces de la zona de recepción. Rodeó el mostrador y conectó el ordenador mientras yo me despojaba del abrigo. Un calor asfixiante se empezaba a apoderar de mí y notaba las mejillas ardiendo. Me giré para barrer con la mirada el interior del club de boxeo. Así, tan vacío y oscuro, el aspecto era un poco desangelado. Sin embargo, hubo algo que me atrapó desde el primer minuto. Supe, en ese instante, que aquel lugar me había robado el alma; igual que cuando escuchas los primeros acordes de la que será tu canción favorita o cuando lees las primeras líneas del libro que te destrozará por dentro y que amarás para siempre.
Examiné las instalaciones del local. Estaba dividido en varios espacios: zona de pesas, zona de máquinas, un espacio amplio para practicar ejercicios de suelo… La pared del fondo estaba cubierta por una hilera de espalderas de madera y, frente a ella, algo que hizo que el corazón saltara dentro de mi pecho: el cuadrilátero. Me quedé paralizada un instante. Era la primera vez que tenía uno tan cerca, puesto que siempre había visto los combates desde casa o desde las gradas.
—Nombre completo.
Oí la voz de Eidan como un leve susurro. Estaba tan concentrada, que se vio obligado a repetir sus palabras.
—Dime tu nombre.
—Yera.
—¿Qué más?
—Veinte años.
—¿Soltera o casada?
Me volví hacia él. Abrí tanto los ojos que casi me dolieron. Eidan estalló en una carcajada al tiempo que negaba con la cabeza.
—¡Es broma! Esto no es Tinder. Dime tu nombre completo. Estoy abriéndote una ficha.
—Muy gracioso. —Dejé el abrigo sobre el mostrador—. Yera Galante.
—¿Dirección?
Dejé escapar un fuerte suspiro que provocó que Eidan apartara los ojos de la pantalla del ordenador y me observase con el ceño fruncido.
—¿Qué pasa? ¿Eres una vagabunda que vive debajo de un puente? O… ¿no serás okupa? Que conste que no tengo nada en contra de ellos, ¿eh?
—No, soy una asesina en serie disfrutando de su tercer grado.
—¿Y tu novio quién es? ¿El carcelero?
—¿Y tú qué sabes si tengo novio?
Eidan ladeó la cabeza y me dirigió una mirada compasiva. Un silencio perturbador nos envolvió durante unos instantes. Era obvio que durante mi última visita solté por la boquita más información de la que hubiese deseado. Y lo peor de todo es que no recordaba muy bien qué había contado.
—Bueno, da igual. Si no quieres no me des la dirección. Ya te las apañarás con el jefe. Yo solo soy un mandado.
Cuando Eidan se disponía a cerrar la pantalla, me dio un vuelco el corazón y estiré el brazo de manera precipitada para apoyar mi mano sobre la suya. Su piel se sentía cálida. Me sorprendió, dada la helada que estaba cayendo en el exterior. A decir verdad, a mí también se me había pasado el frío.
—¡Espera! Verás, es que vivo en la residencia Carlos V, pero no sé por cuánto tiempo.
—¿Eres universitaria?
—En realidad, lo era. He dejado la carrera. Por eso creo que no voy a seguir viviendo allí por mucho tiempo.
—Vaya. Al final mis dos opciones tampoco van a resultar tan disparatadas.
—Espero no tener que llegar a eso.
Eidan me dedicó una amplia sonrisa que le formó dos profundos hoyuelos en las mejillas. Sus ojos, de un color indefinido entre el marrón y el verde, se achinaron y me di cuenta de lo mucho que se parecía al padre. Aunque tenía el cabello bastante más oscuro y sus mechones se ondulaban en las puntas formando caracolillos, sus afilados rasgos faciales y, sobre todo, su expresión de niño pillo, me recordaban mucho a Luis El Diablo. No al Luis de ahora, sino al hombre lleno de vitalidad que yo admiraba de niña. Al intenso, al duro, al cautivador.
—Mira, será mejor que dejemos la burocracia para el próximo día. Es domingo y no estoy de servicio. No tengo ganas de echar horas extra —afirmó mientras tecleaba algo en el ordenador.
—¿Entonces? ¿Ya está? —protesté. No me esperaba que Eidan se arrepintiese tan pronto de haberme invitado a entrar.
—¿Cómo que si ya está?
—Pensaba que habíamos entrado para esto. Para apuntarme —repuse encogiéndome de hombros.
—Y yo pensaba que me ibas a hacer una demostración.
—¿No decías que no estabas de servicio?
—Bueno, no sería en calidad de Eidan-el-hijo-de-Luis-el-Diablo. Sería comoEidan-el-primer-fan-de-Yera-Killer. —Acompañó esas palabras con un gesto que imitaba estar empuñando una pistola.
—¿Yera Killer? Me gusta. —No pude reprimir una sonrisa de satisfacción.
Salió del mostrador. Me sentí insegura cuando desapareció la barrera que impedía el contacto físico. Apreté los labios y aguardé su próximo movimiento. La prudencia se había apoderado de mí al percatarme del desasosiego que aquel chico de mirada impenetrable me provocaba.
—Te voy a hacer un tour antes de pasar a la acción.
«¿Dónde me he metido?», pensé mientras lo seguía con paso indeciso.
Me estaba divirtiendo. Quién me iba a decir que aquel deprimente domingo terminaría de aquella manera. Que la maraña de malos pensamientos que me habían acompañado se iba a disipar como si una fuerza externa la hubiese empujado muy lejos.
Recorrí las instalaciones seguido de Yera. No era la primera vez que me tocaba enseñar el interior del local en el que se habían enterrado todos mis sueños. Lo peor es que siempre me veía obligado a mostrar mi mejor versión para tratar de vender el negocio de mi padre como un club de boxeo «la hostia de bueno». Y más me valía, si no quería terminar viviendo debajo de un puente.
«Bueno, quizás no es tan mala opción si me encuentro allí con Yera, también desahuciada». Mi mente se imaginó, durante unos segundos, el sinfín de actividades que podríamos realizar ella y yo ahí, bien escondiditos, bajo nuestro puente.
—Habrá vestuario de chicas, ¿no? —Su pregunta me sacó de mis pensamientos.
¿En serio? Le había enseñado la zona de sacos, las cintas de correr, el área de pesas… ¿y solo se le ocurría preguntar eso?
—No, las chicas se cambian frente al mostrador de recepción. ¿Por qué te crees que me pedí ese puesto?
Yera me lanzó una mirada asesina e hizo aspavientos con los brazos imitando los movimientos de un chimpancé.
—Ja, ja, ja —pronunció vocalizando de manera exagerada—. Me parto de la risa. No me extraña nada. He sufrido en mis carnes tus dotes de mirón.
—No me hables de dotes que me pongo nervioso.
Yera suspiró y puso los ojos en blanco. Me adelantó y se encaminó con paso firme hacia el cuadrilátero. Se detuvo unos segundos frente al cubículo mientras yo la observaba unos metros más atrás. Me entraron unas ganas inmensas de ir en busca de la cámara e inmortalizar la imagen de su figura, que parecía fundirse a la perfección con las cuerdas del ring. Vestía unos vaqueros ajustados cubiertos casi hasta la rodilla con unas botas negras. Arriba llevaba un top ajustado de manga larga de color blanco que resaltaba su larga cabellera. Mis ojos se clavaron en la porción de piel tostada de su espalda que asomaba por la cinturilla del pantalón.
Tragué saliva.
Yera se giró hacia mí. Su mirada destellaba ilusión.
—¿Puedo subir?
—Es un poco pronto para eso, ¿no crees?
—Lo sé. —Agachó la mirada, ruborizada—. Solo quiero saber qué se siente.
—Por supuesto. Todo tuyo.
Yera se agarró de una de las cuerdas para ayudarse a salvar el medio metro que separaba la plataforma del suelo. Tomó impulso y se introdujo en el ring. Caminó despacio por los laterales, acariciando las cuerdas con las puntas de los dedos. Llegó a una de las esquinas en la que había un taburete. Se sentó y dejó escapar un suspiro. Se colocó las manos sobre las piernas y fue entonces cuando me di cuenta de que estaba temblando.
—¿Te encuentras bien?
Ella me miró y sus labios se curvaron con una sonrisa.
—En la gloria.
Yo la observaba desde el suelo. Estuve tentado de subir y acercarme, pero me sentía demasiado indefenso ante el hechizo de su mirada y opté por mantener las distancias.
De pronto, Yera se incorporó de un salto. Se arremangó y se colocó en el centro del cuadrilátero. Sin mediar palabra, comenzó a lanzar golpes al aire. Con una de las piernas adelantada, y dando pequeños saltos sobre la superficie, aumentó la velocidad de los golpes al tiempo que jadeaba al expulsar el aire de los pulmones.
Yo contemplaba atónito sus veloces movimientos hasta que, un par de minutos después, se detuvo. Con la garganta seca, me limité a dar tres palmadas y a asentir.
—Joder, tía. ¿Has entrenado alguna vez?
Ella se sentó sobre el suelo del cuadrilátero con las piernas cruzadas. Su respiración entrecortada se fundió con una risotada.
—No, por Dios. ¡Qué más quisiera! A mi madre nunca le gustó el boxeo. Lo intentó todo conmigo. Ballet, natación, teatro…
—¿Y tu padre?
Se echó a reír en un primer momento, pero después su tono adquirió cierta seriedad.
—Mi padre nunca ha pintado mucho en mi educación. Supongo que como la mayoría de los padres.
—Oye, no digas eso. —Yera había herido mi orgullo de machito, aunque me jodía reconocer que tenía razón. Al menos, en lo que a mí se refería. Mi padre siempre había sido el eterno ausente. Y, cosas de la vida, ahora estaba tan presente que muchas veces sentía que me estorbaba, que me frenaba. Desde luego, esos pensamientos eran tan miserables que no los había compartido con nadie.
Un silencio cómodo nos envolvió. De esos en los que no importa que otra persona pueda oír el sonido de tu respiración, porque su aliento y el suyo se diluyen formando una melodía que acaricia almas. Un silencio que es hogar.
Suspiré y miré el reloj. Tenía que volver a casa. Sandra se había tomado el día libre y debía regresar a tiempo para ayudar a mi padre a preparar la cena.
—He de irme —anuncié.
—Yo también.
Yera se incorporó y se acercó a mí. Le tendí la mano para ayudarla a bajar y ella se agarró mientras sus ojos se debatían entre sostenerme la mirada o girar hacia otro lado. Hizo lo primero y un escalofrío me recorrió la espina dorsal cuando sentí su tacto rozando mi piel.
Estaba jodido.
—¿Entonces, me vais a hacer una prueba?
—No hace falta. Empiezas mañana.
—¿De verdad? ¿Y tu padre? —Yera se mostró sorprendida y, por un segundo, pareció perder la seguridad de la que hacía gala.
—Mi padre ya lo vio el primer día.
—¿El qué?
—Nada.
No pensaba ponérselo tan fácil. Me negaba a confesarle que era una diosa encima del ring y que se iba a comer el mundo. Tendría que descubrirlo ella.
Borja ahogaba sus últimos jadeos en mi oído y yo solo pensaba en que mis planes se habían ido a la mierda.
—¿Qué te pasa, nena? ¿No te ha gustado? —me preguntó, todavía con la voz entrecortada.
—Claro que sí —susurré tras darle un beso en la mejilla.
Lo empujé con los brazos para quitármelo de encima y él se dejó caer sobre el colchón. Aproveché para levantarme y buscar mi ropa interior, que había ido a parar a algún rincón de la habitación.
Esa tarde, cuando regresaba a la residencia después de ayudar a Mabel en la peluquería canina, me encontré a Borja esperándome en la entrada principal. Estaba serio y caminaba de un lado a otro de las escaleras al tiempo que se rascaba la nuca. Cuando me aproximé a él, se paró en seco y me diseccionó con la mirada.
—Llegas tarde. ¿Dónde estabas?
—Hola, ¿eh?
—Hola. Perdona. Es que llevo un rato esperando.
—¿Habíamos quedado?
—No, pero tenía ganas de verte.
Avanzó hacia mí y estiró el brazo para rozar con su dedo pulgar la piel de mi mejilla. Sentí una punzada en el pecho. Hasta ese momento me había sentido bastante optimista e, incluso, estaba sopesando la idea de contarle la verdad a Borja. Desde que entré en el club de boxeo el día anterior, mi corazón latía azorado y en mi vientre parecían haberse instalado cientos de mariposas. Sentía la necesidad de compartirlo con alguien, pero en cuanto lo tuve enfrente, las ganas se disiparon y las dudas se apoderaron de mí.
—Yo también —murmuré dibujando una sonrisa forzada.
—¿Está Esther en la habitación?
—No, se ha marchado a su pueblo.
Borja acortó la distancia entre ambos y me rodeó la cintura con los brazos.
—¿Subimos?
Sabía perfectamente lo que eso significaba y no era esa la idea que tenía yo de practicar deporte aquella tarde. Mi único anhelo era darme una ducha, ir al club de boxeo y llevar a cabo mi primer entrenamiento. Pero su mirada suplicante, cargada de deseo, me ablandó y terminé cediendo.
—Está bien, pero ya sabes que a las diez te tienes que ir.
—Bueno, nos da tiempo, ¿no?
Borja estrelló su sonrisa traviesa sobre mi boca y después se separó, me tomó la mano y avanzó hacia la puerta del edificio con paso firme.
Registramos la visita en la recepción, donde nos atendió Ruth, la nueva recepcionista. Era una chica un poco más mayor que nosotros y bastante más simpática que su predecesora, que te escrutaba en cuanto aparecías por la puerta. Aun así, no pasaba ni una y era igual de estricta en cuanto a las normas del centro residencial. Nos recordó, con una sonrisa pícara, que las visitas estaban permitidas hasta las diez y en ningún caso podían quedarse a pasar la noche.
En poco menos de una hora, ya habíamos terminado de liarnos. Sin novedades. La misma sensación de decepción de casi todas las veces. Borja no era precisamente una persona generosa, y mucho menos en la cama. Nos lo pasábamos bien en los preliminares, pero la mayoría de las veces tomaba demasiada velocidad y llegaba al clímax muy rápido dejándome a mí con las ganas. Tal vez debería hablarlo con él, pero temía herir sus sentimientos.
Una vez más, me obligué a restarle importancia e inicié una conversación para romper el silencio.
—¿Qué tal llevas el proyecto? —le pregunté sin demasiado entusiasmo. Borja estaba en el último año de carrera y se jugaba demasiado en un proyecto al que no le estaba dedicando ni tiempo ni ganas. Quizás porque sabía que, en la universidad privada a la que asistía, su padre podía lograr que lo aprobaran sin apenas esfuerzo.
—Bueno, lo llevo. Poco a poco. —En ese instante, detuvo su mirada en la bolsa de deporte que había preparado horas antes con la intención de ir a entrenar—. ¿Y eso? ¿Has empezado ya el gimnasio?
—Bu-bueno. No, aún no. Pero me he apuntado. A zumba. Pensaba haber ido hoy, pero… —sentí cómo las mejillas se me encendían y se me aceleraba el pulso.
Borja soltó una risotada que resonó en la habitación.
—Joder, Yera. Pues sí que empiezas bien. Como no le pongas más ganas… Con esa actitud no vas a llegar muy lejos.
Me mordí la lengua. No sería muy inteligente por mi parte tratar de defender una verdad a medias que no se sostenía. Tenía todas las de perder, ya que no era posible rebatir sus palabras. Borja me miró de forma inquisitiva, hasta tal punto que clavé la vista en el suelo.
—No habrá sido por mí, ¿no?
Me callé, indecisa, mientras trataba de decidir si debía responder con sinceridad.
—Te podría haber acompañado —añadió—. Me muero por ver tu culo apretado con unas mallas.
Se inclinó hacia mí con intención de besarme el cuello, lo cual hizo que me revolviera en la cama. Era obvio que su preocupación por mis inquietudes deportivas era nula. Pero reconozco que en esa ocasión agradecí su falta de interés porque acababa de llegar a la conclusión de que no merecía la pena contarle la verdad.
Borja se pegó más a mí e introdujo su mano en mi ropa interior. No pude evitar pegar un bote y apretar con fuerza las piernas.
—Para, es casi la hora. Te tienes que ir.
Resopló y retiró la mano.
—Vaaale, está bien. El próximo día vamos a mi casa y te quedas a dormir. No me gusta que estemos aquí como si fuésemos unos fugitivos.
—A ver, Borja. Ya sabes que prefiero aquí.
Él no lo sabía, pero tenía motivos para no querer ir a su piso.
—Ya estamos otra vez con lo mismo. Nunca quieres ir a mi casa. —Su tono de voz se elevaba al tiempo que se le hinchaban las venas del cuello—. Siempre con excusas tontas. Parece que pasas de mí, Yera. Y me estoy empezando a hartar.
—No paso de ti.
—¿No? Entonces, ¿por qué estás siempre con ese rollo. ¿Qué narices tienes en contra de mi casa? Es bastante más agradable que esto —masculló con tono despectivo.
—Este es mi hogar, te guste o no. Y si hay unas normas habrá que cumplirlas, ¿no?
