Ni dolor ni sangre derramada - M. Rossi - E-Book

Ni dolor ni sangre derramada E-Book

M. Rossi

0,0

Beschreibung

Cuando Astrid acepta inscribirse en la web de citas, tal y como le pide su hermana y tomar así el control de su vida sentimental, parece una gran idea, aunque al principio no le guste, pero es fácil de hacer y consigue matar dos pájaros de un tiro: silenciar las constantes charlas de su controladora hermana y obligarle a salir del hospital donde trabaja. Pero… ¿Qué sucedería si esa decisión aparentemente trivial, inspirase al mal absoluto a liberar su oscuridad? ¿Serías capaz de continuar con tu vida cuando descubres que, lo que decides, pone una diana en otros? Ni dolor ni sangre derramada es una novela donde los personajes toman decisiones buenas y malas como todos los seres humanos, solo que en su caso sus decisiones van dejando vidas inocentes a su paso y creando el caos en la aparentemente tranquila vida de Astrid. ¿Qué puede ser peor que ser responsable de la muerte de inocentes y no tener en tus manos la forma de pararlo? Ni dolor ni sangre derramada nos muestra que los delirios de un perfil patológico son capaces de crear situaciones que una mente sana jamás se permitiría ni imaginar, convirtiendo tus peores pesadillas en algo casi deseable ya que la oscuridad de su mente, puede ser peor, mucho peor… Narrada desde cuatro puntos de vista distintos, esta caza al asesino se irá haciendo cada vez más angustiosa antes de sorprendernos con su inesperado final.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 499

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Diseño editorial: Éride, diseño gráfico

Cubierta: Éride, diseño gráfico

Dirección editorial: Ángel Jiménez

Edición eBook: agosto 2023

Ni dolor ni sangre derramada

© M. Rossi

© Éride ediciones, 2023

Éride ediciones Espronceda, 5 28003 Madrid

ISBN: 978-84-19485-70-0

eBook producido por Vintalis

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Capítulo 1. Astrid

—¡Oh, mierda! — exclamo mientras el cepillo de la máscara de pestañas perfora mi ojo derecho. No sé quién se inventó que las mujeres estábamos más guapas con rímel, pero seguro que fue un hombre y ese día había discutido con su novia. Voy corriendo hacia el baño para coger una toallita desmaquillante mientras observo mi reflejo .

—Pero ¿quién me manda a mi meterme en estos berenjenales? —le pregunto a la imagen que me devuelve el espejo.

¿Por qué no podré decir que no? Siempre que Sara me pide algo, soy incapaz de decirle que no, aunque sea la cosa más absurda del mundo, aunque sepa de antemano que no es una buena idea. Nunca he podido decirle que no, ni cuando me convenció para escaparnos de casa por la ventana de mi habitación con tan solo quince años, y yo terminé en Urgencias con un brazo roto, y castigada de por vida.

Creo que debería hacérmelo mirar, lo normal es que la hermana mayor influya sobre la pequeña y no al revés… ¿Solo me pasa a mí o habrá más hermanas mayores en mi situación? Alguien debería molestarse en hacer un estudio al respecto.

El sonido del teléfono me saca de la profunda conversación que estoy manteniendo conmigo misma. Lo cojo y, sonriéndole a mi imagen, me digo: «Hablando de la reina de Roma».

—Dime.

—¿Ya estás lista? ¿Qué te has puesto? ¿Estás nerviosa?

—No, no y no. ¿Me llamas para hacerme el tercer grado o porque te pitaban los oídos?

—¿Con quién hablabas mal de mí?

—Con mi mejor amiga.

—Y ¿quién es?, si se puede saber, ¿por qué no me la has presentado aún?

Una enorme carcajada sale sin control de mi garganta.

—Ríe lo que quieras, pero no pierdas el tiempo hablando de mí, que yo ya estoy en tu vida, te guste o no, y tu objetivo para hoy tiene que ser encontrar otra persona que ponga algo de luz en tu triste existencia.

—Di que sí, tan amable como siempre; lo tuyo es insuflar ánimos —le digo mientras reniego con la cabeza.

—Tienes que tomártelo en serio, Astrid. No puedes seguir estando sola, todo el mundo necesita alguien a su lado que le quiera y le haga sentir especial, y tú más que nadie, que bastante has pasado ya.

—Vale, Sara, no empecemos con sermones. Seré buena y acudiré a la cita, tal y como te prometí que haría, pero cuelga ya o llegaré tarde, y tú serás la responsable de que no cause una buena impresión.

Cuelgo el teléfono sabiendo que Sara seguirá hablando hasta que haya dicho lo que pretendía decir, sin importar que ya nadie le escuche al otro lado.

Termino de arreglarme y echo un último vistazo a mi imagen en el espejo de cuerpo entero de mi habitación; camisa adecuada y bien conjuntada con la falda, zapatos cómodos pero femeninos. La verdad es que el conjunto no me termina de convencer. «¡En fin! —suspiro con resignación—, milagros a Lourdes».

Salgo de la habitación, cojo el bolso del perchero de la entrada y me encamino a la puerta. Antes de salir le echo un vistazo al salón y me doy cuenta de que es la primera vez que salgo de allí para algo que no esté relacionado con sobrevivir desde que él ya no está. Cierro la puerta con llave mientras escucho dentro de mi cabeza la voz de Sara narrándome cómo han subido los robos y la actividad delictiva en mi zona. ¡Buf!, ¡tengo que sacarla de mi cabeza!

Llamo al ascensor, pero la luz del botón no se enciende. Vuelvo a pulsar el botón y sigue sin encenderse. Comienzo a hacerlo de manera compulsiva veinte veces más, esperando que una de ellas haga que el ascensor funcione, pero no hay manera; definitivamente, el día no puede más que mejorar.

Mientras bajo las ocho plantas a pie, pienso en alguna excusa adecuada y creíble si la cita no resulta bien; nunca he hecho esto y quiero estar preparada por si necesito salir corriendo.

«Lo siento, pero me he olvidado cerrar la ventana de mi habitación y el gato se va a escapar». No, esta no funcionará, no puse en mi perfil que tuviese un gato… ¡Piensa, As!, ¡piensa! Quizás podría decirle que no me encuentro bien y que necesito volver a casa… No, esa tampoco, no vaya a ser todo un caballero y se emperre en llevarme y dejarme allí sana y salva. Sigo bajando pisos todo lo rápido que me permiten los tacones y, al llegar al primero, escucho una voz familiar que me saca de mi silenciosas cavilaciones.

—Hola, As, ¿qué tal te va? Hace mucho tiempo que no coincidimos.

Le digo que sí con la cabeza mientras miro embobada su maravillosa sonrisa.

—Por cierto —añade—, he recogido un paquete a tu nombre, lo han traído esta mañana mientras estabas en el trabajo. Si entras un segundo en casa, te lo doy.

—Muchas gracias, Elías, siempre eres tan amable… —le digo con voz de tonta—. ¡No sé qué haría sin ti!

—Visitar más la oficina de Correos, eso seguro.

El color sube a mis mejillas y le miro con cara de pocos amigos, pero, antes de que suelte un improperio, añade:

—Es broma, As; ya sabes que lo hago encantado, pero no puedo perder la oportunidad de hacerte enfadar un poco, es algo que me encanta.

—Pues te aseguro que cuando me enfado, no soy una compañía muy agradable. —En ese momento miro el reloj y me doy cuenta de que solo tengo veinte minutos para llegar al sitio donde he quedado con mi cita—. Elías, lo siento, pero tengo que marcharme, ¿te importa que mi paquete pernocte esta noche en tu casa?, prometo ir a buscarlo mañana con café como ofrenda.

—Claro que no me importa, pero, si no es indiscreción, ¿dónde vas tan corriendo? ¿No será nada grave o importante?

—¡Qué va! Ocurrencias de Sara. Mañana te cuento.

Salgo corriendo del portal en dirección al metro, pero me doy cuenta de que con el tiempo que tengo no llego en transporte público ni por ensoñación. Lo pienso dos veces y decido pedir un Uber para no llegar excesivamente tarde. No es por dar la razón a Sara, pero una persona a mi lado que me demuestre un poco de afecto no me vendría mal, solo espero que esta cita sea algo ameno y agradable.

En fin, lo tomaré como una inversión en mi futuro. Saco el móvil y pido el coche a través de la aplicación. ¡Qué gran invento! Doy gracias cada día a Elías por abrirme las puertas a la tecnología. Elías, Elías, Elías… Si no fuera tan condenadamente joven y atractivo… Pero pensar en Elías como algo más que mi vecino cañón es de gilipollas.

El móvil suena indicando que mi coche está a menos de dos minutos; compruebo la matrícula y el modelo del coche para saber a cuál subirme. Quién me iba a decir a mí que sabría diferenciar los modelos de los coches, yo, que no tengo ni carné de conducir; a veces alucino conmigo misma. Y ahora soy capaz de distinguir un Lexus de un Hyundai. ¡A la fuerza ahorcan! La primera vez que pedí un Uber por el móvil, me metí en el primer coche que se paró cerca de mí, y el susto que le pegué al muchacho fue monumental. ¡Madre mía!, pensé que terminaba en comisaría.

—Buenas noches, ¿Astrid García? —la voz del conductor consigue sacarme de mis pensamientos.

—Sí, soy yo.

Me subo corriendo al coche y le confirmo la dirección.

Vamos a prepararnos para causar buena impresión, como dice Sara. Si me lo propongo, soy una persona encantadora. La verdad es que yo creo que siempre soy encantadora, pero bueno. Voy a hacer caso a la «peque» y me voy a mentalizar en conseguir mi objetivo, aunque no sé cuál es exactamente, ¿no decepcionar a mi hermana?, ¿salir de casa para algo más que trabajar? Ay, ¿por qué pensaré tanto las cosas? ¿Se estará él planteando cosas sobre mí también? Gracias a Dios, el conductor me saca de mi circunloquio mental, indicándome que ya hemos llegado al destino.

Bajo del coche, me adecento un poco la ropa y me dirijo al restaurante. Ahora sí que sí, como diría mi abuelo: «¡Ánimo y al toro!».

Capítulo 2. Astrid

Un año antes

Me encanta levantarme temprano y tomar una taza de café mientras observo como amanece desde la ventana de mi cocina. «Mi cocina», qué gratificante expresión. «Mi salón, mi habitación, mi marido». Sí, mi marido. La verdad es que tendré que empezar a acostumbrarme a llamar a Bosco así; después de cuatro meses de casados, ya va siendo hora. Pero no me acostumbro. Quizá porque después de tanto tiempo juntos nunca pensé que pasaría, ya me había dado por vencida y había aprendido a disfrutar de nuestro eterno noviazgo. Pero un día algo cambió, no me preguntes el qué, ni siquiera me preocupa.

Solo sé que un día Bosco me pidió matrimonio y ahora estamos unidos para siempre. «Siempre», qué bonita palabra cuando lo que acompaña es algo maravilloso.

—Buenos días, mi vida. —Pego un respingo al oír su voz, que me saca de mis pensamientos—. ¿Cómo tiene el día hoy mi preciosa mujercita?

—Buenos días, cariño. La verdad que un poco ajetreado, no tengo turno en el hospital hasta las doce, pero luego trabajo doce horas seguidas. ¿Me esperarás despierto? —le pregunto ilusionada.

—Vaya, pensé que te lo había dicho —me dice mientras prepara su maletín de trabajo.

—Que me habías dicho qué —pregunto expectante.

—Que salía hoy de viaje; tengo que marcharme a Vitoria para una reunión muy importante y no regresaré hasta última hora del domingo.

—Pero eso es todo el fin de semana —le digo confusa—. Yo pensé que pasaríamos por lo menos el domingo juntos, sabes lo complicado que es que no tenga guardia los fines de semana, y este domingo libro, ¿no lo puedes retrasar? —le pido suplicante.

—Qué más quisiera, mi amor —me dice mientras se acerca a mí y me da un beso en la punta de la nariz—. Las citas no las pongo yo, sino los clientes, y este es muy importante. Si consigo que acepte el proyecto, me aseguro los objetivos de todo el trimestre.

—Pero...

Bosco zanja mis quejas besándome en la boca.

—Sé que es un rollo, pero solo mi princesa puede entenderlo y seguir queriéndome.

—Claro que te sigo queriendo —le digo resignada y con una sensación amarga en la boca—. Te esperaré el domingo con tu cena favorita, ¿qué te parece?

—Sí, sí, lo que tú quieras, mi vida… —me dice distraído mientras se marcha.

Le veo subirse al coche desde la ventana de la cocina. Habla con alguien por teléfono, se le ve contento, sonríe, y tiene los ojos risueños, ¿con quién hablara? Seguro que con algún compañero de trabajo, todos le adoran, y no me extraña, es listo, ocurrente y muy guapo; no un guapo evidente al estilo de Brad Pitt, sino atractivo, más al estilo de Gerard Butler. La verdad es que me tiene loca desde el momento en que lo conocí en el hospital; bueno, más bien me tocó, ya que se cortó una mano intentando abrir una botella de cerveza sin abridor y yo fui la afortunada enfermera que le suturó.

Siempre que recordamos cómo nos conocimos nos reímos mucho y damos gracias al destino, ya que yo no tenía que estar en ese turno, me tenía que haber marchado hacía media hora, pero mi compañera llegaba tarde y, como era mi primer año tras las prácticas, me sabía mal marcharme. Nunca podré agradecérselo lo suficiente.

Me paso el resto de la mañana entre ensoñaciones y recuerdos de los maravillosos momentos que hemos vivido juntos desde ese día; esos maravillosos pensamientos ocupan mi mente incluso mientras me preparo para ir al trabajo. Cerca de las once, salgo hacia el hospital con una sensación de plenitud y felicidad máxima, me siento el ser más afortunado del mundo.

Ni las aglomeraciones del metro ni la más de media hora de trayecto han cambiado mi estado, así que me bajo en mi parada y entro en el hospital. Cuando cruzo la puerta de Urgencias camino de los vestuarios para cambiarme, me cruzo con Luz, una de mis compañeras.

—As, el jefe te está buscando y tiene cara de circunstancias.

«El jefe siempre tiene cara de circunstancias —pienso—, es lo que tiene ser el jefe de Urgencias, siempre hay problemas que apremian».

—¿A mí?, pero si llego bien de tiempo, y el turno de ayer fue muy tranquilo, la verdad es que no sé qué puede querer.

—Quién sabe, lo mismo es para felicitarte por algo —indica Luz.

Las dos nos miramos muy serias y rompemos en una sonora carcajada; no es que mi jefe sea malo, ni mucho menos, es un buen profesional, pero parece que tiene un filtro que solo le permite ver los errores y nunca las cosas que se hacen bien.

—Seguro que es eso —le digo entre carcajadas a Luz—. Sea lo que sea, tendrá que esperar, tengo quirófano en diez minutos con el doctor Ruiz.

De camino al quirófano me encuentro con el doctor Ruiz.

—Cambio de planes, enfermera García, tenemos una urgencia en el quirófano 3, accidente de coche.

—¿Cuántos implicados? —le pregunto de modo profesional.

No es que importe mucho en este momento, pero si son muchos implicados, empalmaremos una intervención con otra, y cuando eso sucede, es bueno saberlo para estar preparados.

—Dos, un hombre y una mujer, pero en el quirófano solo nos espera la mujer, el hombre falleció en la ambulancia.

Escuchar eso me entristece mucho. Sé que tendría que estar más que acostumbrada, pero nunca me habitúo a que las personas mueran antes de llegar. Siempre pienso que si hubiesen llegado al hospital, quizás el final hubiese sido distinto. No es que no confíe en mis compañeros de las ambulancias, al contrario, son héroes sin medios, si la gente supiese las maravillas que realizan en movimiento y sin los medios necesarios… ¡Hacen magia!

Llegamos al quirófano y, una vez listos, el resto del equipo nos informa de que la paciente presenta traumatismo craneoencefálico y rotura de tres costillas con posible perforación del pulmón derecho. No pinta bien.

Tras cinco horas de trabajo sin resultados y varios intentos de reanimación, establecemos la hora de la muerte a las cinco y media de la tarde.

Ahora toca la parte más ingrata de mi trabajo, cuando tienes que hablar con unos familiares destrozados, a los que debes informar que su hija ha fallecido, que hoy tu trabajo no ha sido suficiente.

Acompaño al doctor Ruiz a hablar con los familiares; en Urgencias tenemos una norma no escrita, siempre que el trabajo lo permita, las malas noticias no las da un solo profesional, sentirte respaldado por un compañero ayuda mucho en estas situaciones.

—¿Familiares de Estíbaliz Santisteban?

—Somos nosotros —contesta un hombre muy alto con el gesto desencajado, que abraza fuertemente a una mujer casi igual de alta que él anegada en lágrimas—. Es nuestra hija.

—Lamento comunicarles que su hija no ha superado la intervención.

Como en todas las ocasiones en las que comunicas a alguna persona que ha perdido a un ser querido, el momento se vuelve dramático y devastador. Los profesionales, por mucho que hayamos vivido, seguimos sin acostumbrarnos. Cuando el doctor Ruiz y yo nos giramos para marcharnos, el padre de la paciente nos para y pregunta:

—¿Y su novio?, ¿cómo está?

El doctor Ruiz niega con la cabeza, haciéndoles saber que tampoco ha sobrevivido al accidente.

De camino a la sala de enfermeras me topo de frente con mi jefe.

—Enfermera García, ¿haría el favor de acompañarme a mi despacho?, necesito hablar urgentemente con usted.

—Claro, doctor Cifuentes, le sigo.

Vamos todo el camino a su despacho en silencio, cuando llegamos, abre la puerta y me cede el paso.

—Tome asiento, por favor, enfermera García.

Cuando me siento comienza a hablar.

—Lo primero, debo indicarle que siento muchísimo no habérselo comunicado antes, pero llevo toda la mañana buscándola, y cuando pude encontrarla ya estaba en medio de una intervención. Quiero que sepa que puede contar con todo mi apoyo y el del resto de compañeros del hospital y que puede disponer de todos los días que necesite para reponerse, eso no será un problema.

No entiendo nada de lo que me está diciendo. ¿Reponerme? ¿De qué? Me decido a formularle la pregunta.

—¿No se lo ha dicho nadie? —me contesta preguntando a su vez.

Le respondo que no sé de qué me está hablando. Veo cómo toma aire y su frente empieza a perlarse de sudor.

—Siento comunicarle que su marido ha tenido un accidente de tráfico y ha fallecido en la ambulancia de camino al hospital.

Las palabras que salen de su boca cambian mi mundo, lo hunden, lo destrozan en mil pedazos hasta hacerlo desaparecer. Mi cara debe de ser de tal incredulidad que el doctor Cifuentes siente la necesidad de seguir hablando. Yo ya no le escucho, no entiendo nada de lo que me está diciendo, hasta que de repente mi atención se vuelve a conectar.

—Tanto a él como a su acompañante los han derivado directamente a este hospital, pero ninguno ha sobrevivido, como le he indicado antes. Su marido no llegó a tiempo al hospital y su acompañante ha fallecido ahora mismo en la operación en la que usted ha intervenido con el doctor Ruiz.

Sigue hablando, dándome detalles innecesarios, a mí solo me preocupa una cosa: su acompañante.

¿Quién era su acompañante? Y de repente, como si la información que tenía en mi cerebro fuesen las piezas de un puzle, este se completa en mi mente con las palabras del padre de la fallecida: su novio, así lo llamó, así pregunto por él. Siento que no puedo respirar, que me falta el aire, y el peso de la certeza me oprime el pecho, las fuerzas me abandonan con la evidencia de descubrir una verdad ingrata que, sin saber por qué, no me sorprende. Y con ella me desvanezco. Todo se vuelve negro a mi alrededor.

Capítulo 3. El mal absoluto

Momento actual

El corazón se me acelera por la emoción de saber que ha llegado el momento; sonrío para mí, estoy expectante, ya puedo sentir cómo pierdo el control de mi ser y cómo él toma los mandos, ya no puedo frenarle, ha llegado el momento. Mientras me acerco al lugar elegido siento cómo el mal que llevo dentro de mí se prepara y saliva adelantándose a la recompensa, y veo cómo las personas y todo lo que me rodea se difumina ante mis ojos. Solo puedo ver una cosa, solo puedo pensar en una cosa, solo puedo hacer una cosa...

Sigo el plan trazado y, como cada día a la misma hora, él aparece en el mismo lugar, se le ve tranquilo, confiado. Nadie tiene miedo al día —¡qué ingenuos!— los depredadores no tenemos horario, solo una sed de sangre que tenemos que apagar.

Le saludo con la mirada, como cada mañana; ya no me ve como un extraño, ya no enciendo sus alertas, ahora soy la cara conocida con la que se ha cruzado los últimos días, y es en ese momento cuando ya es mío, me hago con él sin apenas resistencia. No sabe lo que está pasando. Pronto lo sabrás, amigo, le digo en silencio; eres afortunado, has sido elegido.

Lo introduzco en el coche que he alquilado para ese fin y me dirijo a mi lugar de trabajo. Una vez allí, lo deposito en la camilla que he dispuesto para él y me preparo.

Tras un rato esperando, un rato que parece eterno por los esfuerzos sobrehumanos que tengo que hacer para contenerle, siento cómo el vello de mi nuca se eriza, y sé con certeza que mi presa se ha despertado, el olor a miedo inunda mis fosas nasales, puedo sentir la desesperación que muestra su respiración; solo con intuir lo que pasa por su cabeza comienzo a salivar, y el mal de mi interior se impacienta dolorosamente, sabe que el momento que tanto ansiamos está cerca.

Me levanto y me acerco a la mesa donde le tengo retenido. Según me voy acercando, puedo leer la pregunta en sus ojos, ¿Por qué a mí? Y cuando ya estoy encima de él veo perfectamente el cambio en el tamaño de sus pupilas, me reconoce, y eso le hace sentir imbécil. ¡Me encanta cuando veo eso en sus caras! Me giro para no entretenerme, porque me quedaría horas mirándole, observando cómo las emociones cambiantes van reflejándose en su cara, pero eso no es suficiente, eso no nos sacia, queremos sentirlo más de cerca y lo queremos ya. Me aprieta las entrañas para hacerme saber su impaciencia y para que no pierda de vista el objetivo.

Cojo mi bisturí y realizo una incisión precisa en el lugar exacto. Sin derramar sangre, abro la cavidad torácica y le extraigo el corazón, secciono las arterias para poder sacarlo y seguidamente las cauterizo para que la sangre no se derrame, no me gusta que se malgaste.

Cojo el corazón y disfruto de ver el último latido antes de pararse y morir en mis manos. Es en ese momento cuando la paz vuelve a mí, es en ese momento cuando siento que el orgullo regresa, cuando mi vida, tal y como la he diseñado, vuelve a empezar.

Limpio a mi presa con esmero y recojo mi lugar de trabajo; sí, este es mi trabajo. Al principio me costó entenderlo, ya que del catálogo de emociones que sentía solo era capaz de reconocer el ansia y la frustración que me generaba la curiosidad, pero con el tiempo he aprendido a descifrar que es lo que quiere; con el tiempo he desarrollado un plan perfecto que me permitirá recobrar el control. Y el azar ha puesto en mi camino la secuencia perfecta para llevarlo a cabo, solo espero que él pueda controlarse y me deje hacer, ya que cuando sale sin control es devastador incluso para mí. Pero me ha hecho una promesa, y voy a asegurarme de que la cumpla, esta vez nada me va a impedir llegar hasta el final.

Lo preparo todo para llevarme el cuerpo y depositarlo en el lugar que le corresponde. Meto el cuerpo en el maletero y arranco el coche. Tomo la carretera sin una dirección determinada, es la única forma de que no puedan establecer un patrón del lugar donde dejo los cuerpos. La clave es que ni yo mismo sepa porque elijo ese lugar en particular.

Una vez que me he desecho del cuerpo y del coche decido volver a casa caminando; me encanta pasear por la calle y observar cómo me miran los demás. Ellos solo ven a una persona normal —al parecer atractiva, es cuestión de gustos—, pero nadie es capaz de ver más allá, nadie quiere ver más allá, el ser humano prefiere quedarse con lo primero que ve, sin importarle lo que hay detrás, por eso sé que lo que hago es un mal necesario, por eso sé que él tiene razón, que necesitan que se les enseñe a mirar más allá, a preocuparse por conocer. Y para ello tengo que arrebatarles su parte más pura, el corazón, porque con esta ofrenda él se calma y me permite continuar. No es fácil retenerle, no es fácil conseguir que se mantenga dentro bajo control y continuar con vida. Nadie se ha dado cuenta, pero estoy evitando un mal mayor. Soy un superhéroe moderno, incomprendido y juzgado, como tantos, pero tengo un don que solo él es capaz de ver. Y por eso soy el elegido, por eso no puedo parar, debo continuar hasta cerrar el círculo.

Capítulo 4. Leo

Me despierto con el sonido del teléfono. Por pura inercia, antes de cogerlo, miro la hora en mi reloj y marca las 4:00. Suspiro sabiendo que la llamada no traerá nada bueno. Descuelgo a la par que me incorporo en la cama.

—¿Sí?

—Leo, soy Cayetana. El jefe te está llamando como loco. ¿Por qué cojones no coges el teléfono?

Subo la mano libre a mi cabeza mientras intento recordar por qué no he escuchado el teléfono,

—Lo siento, Cayetana, no sabría decirte por qué no lo he escuchado, pero si necesitas mucho una respuesta, me la invento —le digo tajante, y añado—: ¿Por qué me busca el jefe?

—De verdad que no entiendo por qué te cuesta tanto coger el teléfono, cuando alguien te llama es porque quiere algo de ti, pero claro, como en tu mundo solo importas tú, para qué molestarse en coger el teléfono a los demás.

—De acuerdo, Cayetana, ya me ha quedado claro que soy un cabronazo a tus ojos —le digo, cortando su monólogo—. Pero como puedes comprender, no me apetece escuchar cómo te sientes, así que ve al grano de una vez.

Aunque no la tengo delante, puedo ver cómo su cara se pone roja de pura furia.

—¡Pero que cabrón eres! —exclama con cierta resignación—. En fin, el jefe te está buscando porque ha aparecido otro cuerpo con las mismas características que el de la semana pasada. Te está esperando todo el mundo en la escena del crimen antes de hacer el levantamiento del cadáver.

Cuelgo el teléfono antes de que siga con su perorata. No la soporto, nunca he podido con las quejas y los reproches, las cosas son como son; si te gustan, fenomenal y si no, sigue tú camino, pero sin molestar con tus lamentos a nadie más.

Me quedo mirando el teléfono y pensando que este caso se está complicando por momentos: dos cuerpos asesinados de esta forma tan especial en una semana es demasiado hasta para la capital. ¡Que no estamos en una película americana, joder! ¿Es que la gente se está volviendo loca?

Me levanto de la cama y me dirijo a la ducha; la necesito para poder despertar todos mis sentidos, me temo que los voy a necesitar.

Mucho más despierto y despejado tras la ducha y dos cafés bien cargados, me presento en el lugar de los hechos. Vuelve a ser un callejón cualquiera, lleno de cubos de basura. Me dirijo hacia mis compañeros de la científica, que están rodeando el cuerpo y tomando fotos.

—Buenos días, señores… —Escucho un carraspeo—. Y señorita —añado para no molestar a la única integrante femenina del equipo de forenses.

Por supuesto han traído a la artillería pesada, este caso se va a convertir en una pesadilla mediática para el cuerpo en breve, no creo que el jefe pueda retener mucho más a la prensa.

—Lola, ¿qué tenemos? —pregunto a la responsable del equipo forense.

Lola me mira a través de sus gafas de diseño y sus vívidos ojos me hacen olvidar su apariencia de cándida abuelita. La primera vez que la ves te puede llevar a engaño con su estilo clásico y su apariencia tan menuda, pero no hay nadie mejor en el país. Sus ojos ven cosas que otros no ven y sus conclusiones son siempre una gran fuente de inspiración para resolver los casos. Eso sí, tiene un carácter de dóberman que hay que aprender a llevar. Por suerte para mí, nosotros tenemos una relación muy especial, nos apreciamos y respetamos sin importar lo que los demás digan de nosotros.

—Tenemos lo mismo que la otra vez —me contesta frunciendo el ceño—. Un cuerpo sin corazón, extirpado por un profesional; las incisiones y las suturas de las arterias son tan precisas que dudo mucho que alguien sin formación pueda realizarlas. Se presenta sin laceraciones ni hematomas, parece tan limpio que casi puedo asegurarte que no encontraremos nada, ni huellas, ni fibras, ni nada de lo que tirar para saber dónde murió realmente. Pero vamos, que hasta que no lo analicemos con detenimiento en el Anatómico no podré asegurártelo.

Pero sus ojos me dicen que le sobra el análisis, y yo no necesito mucho más, tendremos que buscar por otro lado, ya que del cuerpo no podremos sacar nada.

—Gracias, Lola, si ves algo distinto que nos pueda aportar un poco de luz, por favor, comunícamelo enseguida, da igual la hora.

Lola asiente y vuelve a centrarse en el cuerpo.

Me marcho del lugar donde han encontrado el cuerpo y me dirijo a la comisaría. Ahora mismo sería incapaz de volver a dormir, estoy activado y preocupado; no lo voy a negar, mi instinto me dice que no nos enfrentamos a un asesino circunstancial, sino a un asesino calculador y cuidadoso que tiene un plan, y estas muertes son parte de ese plan. Por desgracia, hasta el momento, está haciendo un gran trabajo.

Capítulo 5. Astrid

Una horrible pesadilla me despierta sobresaltada en mitad de la noche. Un sudor frío recorre todo mi cuerpo, y una enorme sensación de malestar se instala en él. Me levanto corriendo hacia el baño y arrojo todo lo que he ingerido a lo largo del día, que no es mucho, en el retrete.

Me pongo en pie y, mirándome en el espejo, me repito: «Eres fuerte, As, ya has salido de esto, lo importante es no abandonarnos al dolor, si lo haces, te volverás a hundir en ese oscuro agujero que tan bien conoces y al que tienes claro que no quieres volver».

El tiempo ha pasado, pero aún sigue teniendo poder sobre mí. Racionalmente no entiendo por qué, si lo pienso fríamente, sé que nada de lo que pasó fue culpa mía, que sus intenciones, fueran las que fueran, ya que se las llevó a la tumba, no eran nobles, y que posiblemente nunca me quiso. Pero no puedo quitarme de la cabeza que si eso fue así, ¿por qué se casó conmigo?, ¿quién se casa con su novia tras tres años de relación si no es porque la quiere? «Yo no le pedí nada, yo no le obligué a casarse», me repito cada vez que esta pregunta viene a mi cabeza. Y mi mente, que es muy suspicaz cuando quiere, siempre me responde: «Ya, pero si te quería, ¿por qué te estaba engañando tras cuatro meses de casados?».

Me quedo mirando mi reflejo en el espejo, esperando que la respuesta adecuada, esa que lo explicará todo y no me dejará como una tonta ingenua, llegue como por arte de magia, pero nunca llega, lo único que llega es una tristeza inmensa que me vuelve a invadir.

«Ya, As. ¡Ya está bien!», le chillo a mi reflejo. Miro el reloj y marca las cuatro de la mañana, pero sé que ya no podré volver a conciliar el sueño, así que decido ir a la cocina y prepararme un café que me ayude a despejarme del todo.

Mientras me lo tomo, enciendo el ordenador y entro dentro de mi perfil para ver si he recibido algún mensaje de las citas que he tenido hasta el momento, pero no me han enviado nada, lo que sí tengo son otras tres invitaciones de candidatos nuevos que quieren conocerme. No entiendo muy bien cómo funciona esto, la verdad, no tengo mucha experiencia en relaciones, así que de momento no me preocupo mucho por no tener ninguna respuesta de los candidatos que ya he conocido. Me meto en cada uno de los perfiles de los nuevos candidatos y reviso toda la información y las fotos que han publicado, intento hacerme una idea de cómo serán en realidad para poder así decidir si quiero o no conocerlos. Tras un buen rato jugando a esto, me desespero y decido que me citaré con los tres; total, mi instinto ha demostrado ser una mierda, así que para qué perder el tiempo intentando ponerlo a trabajar. Además, no tengo nada mejor que hacer. Bueno, eso no es cierto, tengo un trabajo que me encanta y una hermana muy pesada y asquerosamente perfecta a la que quiero muchísimo y, por supuesto, no me puedo olvidar de mi joven y atractivo vecino. Qué fácil sería todo si tuviese algo con él, como me sugiere Sara cada vez que le ve; conoce mi lado malo y mi lado peor, y le tengo tan solo unos pisos debajo de mí. Pero es demasiado joven. Lo único que nos une es la fraternidad que surge entre dos vecinos que viven en el mismo bloque, y que son los únicos en una franja de edad por debajo de sesenta años, todo sea dicho de paso. Bueno, me conformaré con la charla y las risas que compartimos, qué he de reconocer que no están nada mal.

Saco a Elías de mi cabeza y vuelvo a poner toda mi atención en mis candidatos. «¡Vamos As! puede ser divertido y lo mismo entre tanto sapo nos topamos con un príncipe».

Capítulo 6. Leo

Miro las caras de mi equipo y veo la desesperación en ellas, no somos capaces de encontrar ningún hilo del que tirar, nada que nos ayude a continuar con la investigación; qué digo continuar, a comenzar.

Estoy empezando a desesperarme, siento que nos está ganando la batalla y tengo la certeza de que esos dos cuerpos no son los únicos que vamos a encontrar si no conseguimos pararle.

Decido dar un descanso a mi equipo y tomarme yo también un respiro, necesito aclarar mis ideas; algo se nos tiene que estar pasando, el azar nunca marca este tipo de asesinatos, siempre eligen las víctimas siguiendo un patrón aunque este a veces sea rocambolesco. Los asesinos no son como los pintan las películas, no siempre tienen un motivo oculto para hacer lo que hacen ni esconden detrás una infancia traumática con familias desestructuradas y dañinas. Si tener una infancia marcada por las desdichas crease a un asesino, realmente no daríamos abasto en la policía, ya que, por desgracia, no todas las infancias son felices.

Recojo mi abrigo y decido salir a la calle a ver si el frío despeja mi mente. Cuando siento que me bloqueo solo hay dos cosas que me ayudan a salir de ahí, una de ellas es dar puñetazos encima del ring, pero ahora estoy de servicio y no me puedo escapar al gimnasio; y la otra, pasear sin rumbo y dejar que mi mente se vacíe mientras observa lo que tiene alrededor.

Es un miércoles bastante frío en la capital para ya estar a finales de abril, pero el tiempo está loco y uno ya no sabe realmente qué temperatura es normal en cada mes. Sentir el frío en la cara me reconforta y consigue que comience a despejarme antes, así que ¡gracias, cambio climático!

Me dedico a pasear sin destino definido durante varias horas. No soy capaz de recordar en que he estado pensando, solo sé que la sensación de hambre me devuelve a la realidad. Miro el teléfono y veo que tengo siete llamas perdidas de comisaría. Mierda.

Devuelvo la llamada con pocas esperanzas sobre la intención de la misma.

—Soy Leo —digo sin más cuando escucho la voz del compañero al otro lado del teléfono. Doy gracias porque no lo haya cogido Cayetana, en estos momentos no me siento capaz de escuchar sus reproches una vez más.

—Hola, inspector Calleja, ha llegado el informe de la forense, y todo el equipo le está esperando para analizar las conclusiones.

—Voy ahora mismo para allá, diles que comiencen con el análisis, yo llego para las conclusiones.

—Eso ya lo han hecho mientras yo intentaba localizarle durante esta última hora, inspector.

Que me conteste con esa obviedad me saca de mis casillas y hace que me enfurezca y lo pague con el compañero que tengo al otro lado de la línea. No sé exactamente qué le grito, pero de todo menos bonito. Sé que no es culpa suya, ya que el que ha estado desconectado durante horas he sido yo, pero la furia y la rabia siempre han sido mi escudo, la forma en la que me defiendo, ya sea con la palabra o con los puños, cuando me siento atacado. Le cuelgo y paro el primer taxi que pasa por la calle, no tengo muy claro dónde estoy, por lo que no me planteo volver caminando.

Llego a la comisaría y entro directamente a mi despacho, encuentro la carpeta con el informe de Lola encima de mi mesa, lo ojeo y, con solo un vistazo, ya sé que no arroja nada concluyente, solo podemos confirmar que es el mismo asesino y que está siguiendo el mismo modus operandi, pero ninguna pista. Lanzo el informe contra mi mesa haciendo que las hojas que contiene se desparramen por ella y salgo de mi despacho dando un portazo. Mi equipo se queda mirando, como esperando alguna directriz, aguardando que les diga algo que les haga sentir mejor, que les ayude a sentirse útiles, a avanzar, pero no soy capaz, solo me siento furioso y frustrado y tengo muchas ganas de que alguien me dé una excusa para liarme a golpes. Me dirijo hacia la salida, sabiendo que todo mi equipo tiene sus ojos puestos en mi espalda, siento sus miradas traspasarme. Antes de poner un pie en la calle, escucho la voz del comisario como el rugido de un león

—¿Dónde se cree que va, Calleja? Entre ahora mismo en mi despacho.

Me dirijo hacia allí tomando aire para poder tranquilizarme; él no está de humor y yo tampoco, por lo que si no me calmo, el choque será devastador, y yo no me puedo permitir perder los papeles con el jefe.

—A sus órdenes, comisario. ¿En qué puedo ayudarle? —le pregunto intentando mostrarme dócil y colaborador.

—No, si tendrás los cojones de preguntarme que en qué me puedes ayudar. No me calientes más de lo que ya estoy. ¿De verdad quieres que responda a esa pregunta?

Me mantengo en silencio, ya que sigo sin estar tranquilo y no apuesto un euro por mi respuesta.

—Veo, por tu silencio, que sí tengo que recordarte la forma en que me puedes ayudar. Así que, como si fueses un novato, te explicaré cómo hacer tu trabajo. Lo primero y más importante: no desaparezcas y desconectes durante horas mientras los cadáveres se nos acumulan y no tenemos ni una puta pista.

Levanto la mirada para animarle a seguir enumerando y veo en su cara cómo se refleja la furia que siente. Sale de detrás de su mesa y se acerca a mí tanto que puedo oler a través de su aliento la cantidad de cigarrillos que se ha fumado en lo que va de día. Realiza varias respiraciones profundas mientras me mira directamente a los ojos, parece que quisiera fulminarme con la mirada. Tras unos segundos verdaderamente tensos, a la par de incómodos, decide volver detrás de su mesa, se sienta y entrelaza las manos por encima de su abultado abdomen.

—Vamos a empezar de nuevo, como si tú fueses un inspector ejemplar y yo un comisario amable.

¿Qué hemos descubierto sobre los dos cuerpos encontrados?

Decido seguirle el juego.

—Pues, como inspector ejemplar, siento decirle que no tenemos nada.

—¡Joder, Calleja!, me están apretando los huevos desde arriba para que les dé algún avance y la prensa está empezando a frotarse las manos con la historia que se va a inventar.

Siento cómo se desinfla, y su cara de desesperación me hace sentir pena por él; en el fondo le aprecio. Cuando era policía fue un gran policía, el problema es que ahora es solo un burócrata más, y eso me exaspera, pero hago un gran esfuerzo por comprender su papel, por entender que ese es el rol que le toca jugar, que para resolver los crímenes ya estamos los demás; y, en el fondo, lo agradezco, yo no sería capaz de realizar su trabajo.

—De verdad que me gustaría poder decirle algo más, comisario, pero no tenemos nada, no hay pistas, no parece haber ningún móvil, los muertos eran dos hombres normales con trabajos comunes, sin deudas, sin vicios que pudiesen dar a nadie ganas de matarles; vamos, dos personas normales sin nada que las haga especiales a nuestros ojos. los cuerpos tampoco aportan nada, están tan limpios que se podría comer sobre ellos, no tenemos ningún resto de nada y los lugares encontrados solo tienen en común que son callejones donde se dejan los cubos de basura, pero las zonas son distintas y alejadas de donde vivían las víctimas. No encontramos ningún patrón y eso me tiene muy cabreado, como podrá entender. Sé que está jugando con nosotros, y ese juego le hará cometer algún error, les pasa a todos, y me lo dicen mis entrañas, pero ¿cuántos muertos necesitaremos para que eso ocurra?, creo que más de los que nos gustaría.

Ya está, ya lo he soltado, he conseguido vaciarme, realmente lo necesitaba. Veo cómo el comisario cierra los ojos aceptando la cruda realidad de mis palabras.

—De acuerdo, Calleja, lo entiendo, usted es el que está ahí fuera, y no tener nada le está matando, he pasado por eso, conozco la rabia que produce que lo único que nos quede sea que aparezca otro cuerpo y que este nos muestre algo más. Es algo muy contradictorio, ya que por una parte deseas que no haya ningún otro muerto, pero por otra estás esperando el siguiente y rezando para que esa nueva pieza te permita ver algo más del puzle.

Me siento reconfortado por sus palabras, eso es exactamente lo que siento y veo como él lo lee en mi expresión.

—Vamos a hacer una cosa, Leo, yo te doy tiempo y, de momento, no me entrometo en tu forma de hacer las cosas, pero tú me prometes no desaparecer y mantenerme informado de los avances o los no avances, ayúdame a ayudarte.

Asiento con la cabeza, indicándole que acepto sus condiciones, me levanto de la silla con la intención de marcharme, pero antes de salir de su despacho vuelve a dirigirse a mí.

—Una cosa más, inspector Calleja, casi se me olvida. A partir de este momento tendrá asignado un compañero, este caso no lo puede resolver solo.

—Pero… —me dispongo a rebatirle.

—Ni pero ni nada, no es negociable. De todos es sabido que cuatro ojos ven más que dos. Además, me preocupa usted, y estoy convencido de que el apoyo de un compañero le reconfortará.

—Y ¿quién será el o la afortunada? —le pregunto, apretando la mandíbula mientras espero la respuesta.

—Como estoy convencido de que no se lo va a poner usted nada fácil, se lo dejo a su elección, quizá así le resulte más sencillo. Quiero el nombre del elegido en una hora.

Asiento mientras salgo del despacho sabiendo que me ha ganado la partida. ¡Será listo el cabrón! Si lo elijo yo, no podré quejarme de su inutilidad y pedir que me lo quiten. Me encierro en mi despacho más cabreado que una mona y me pongo a pensar en cuál de los integrantes de mi equipo sería el menos malo para asignarle tal honor. Me río de mí mismo por esto último; si soy sincero, trabajar mano a mano conmigo no es un honor, es una gran putada, por eso prefiero trabajar solo. No es prepotencia, mi equipo está formado por profesionales entregados, pero yo tengo más oscuridad que luz, y eso, aunque me ayuda en mi tarea, ya que me acerca al pensamiento homicida más de lo que me gustaría, suele acojonar a mis compañeros. Si a eso le sumamos mi carácter endiabladamente hosco, soy un cóctel molotov en mis relaciones con los demás. Joder, esto va a ser más difícil que encontrar al asesino. Me reclino en mi silla y cierro los ojos con fuerza a ver si así despierto de esta pesadilla, y de repente un nombre aparece en mi mente, el de la subinspectora Sanz. ¡Pues claro!, ¿cómo no se me había ocurrido antes? Lleva poco tiempo en la comisaría, es disciplinada, joven y despierta, y creo que se siente tan fuera de lugar como yo. Además, seguro que, aunque no aporte, tampoco se atreve a tocarme mucho las pelotas. Me aplaudo a mí mismo con orgullo por haber encontrado la solución menos mala. Laura Sanz, ese es el escueto correo electrónico que le envío al comisario. Pobre muchacha, no sabe el flaco favor que le acabo de hacer. ¿Cuánto tiempo aguantará antes de pedir el traslado?, espero que el suficiente para que se le quite al comisario esta mala idea de la cabeza.

Capítulo 7. El mal absoluto

Me tomo mi tiempo para dejarlo todo limpio, como si lo estrenase por primera vez cada vez que lo uso; no soporto el olor a sangre muerta, es como el del agua estancada, huele a podredumbre y miseria, por eso me esmero tanto en dejar todos mis utensilios bien limpios, no quiero que mi nuevo trabajo se vea manchado por la suciedad del anterior. Mientras lo hago, me recreo en los recuerdos que me despierta tener el bisturí en mis manos, me deleito con las imágenes que vienen a mi mente de cómo la carne se abre sin resistencia con solo acercarle su filo como si lo esperase, como si hubiese sido creada para eso, siento cómo todo mi interior se acelera y comienzo casi a salivar como un lobo cerca de su presa.

Tengo que dejar de pensar en ello o le despertaré y me exigirá una nueva presa, y el elegido aún no está preparado, aún no es el momento adecuado, aún noto sus barreras levantarse cuando me ve, aún no soy alguien familiar, aún no puedo acercarme tanto. Parece más desconfiado que los demás, pero eso no hace que desista en mi empeño; al revés, me gusta, me reta a su manera, poniéndomelo más difícil, aunque no varíe nada, la decisión está tomada y la elección hecha, y nada podrá cambiar eso.

Pienso en lo mucho que ha cambiado mi vida desde que él regresó a ella, desde que me dio la oportunidad de demostrarle que puedo tener el control, que puedo realizar bien el trabajo. Sé que esta vez sí se siente orgulloso de mí, que esta vez sí estoy cumpliendo sus expectativas. La vez anterior era demasiado joven e impulsivo y me pudo la inexperiencia, la prisa por el resultado final. No fui capaz de cumplir con mi deber y puse en peligro nuestros objetivos.

Me riño a mí mismo por llevar mis pensamientos al pasado. Debo aprender a valorar mi trabajo anterior y aprender de los errores cometidos, ya que han permitido que esta vez mi ejecución esté siendo perfecta, tanto que la policía ni siquiera sabe por dónde empezar, son tan necios que a veces me dan un poco de pena. Aun así, no me puedo confiar, debo controlarlos y no cometer ningún error para poder terminar el trabajo, para poder llegar al final. Debo mantener una ejecución perfecta hasta culminar el plan.

Con este nuevo sentimiento de orgullo salgo de mi fábrica, me gusta llamarla así, ya que, aunque en apariencia no es más que un viejo almacén, en él estoy fabricando algo muy importante: un nuevo mundo donde yo tendré la paz que me merezco, un nuevo mundo donde las personas me reconocerán por mi trabajo y por lo que este ha aportado, donde yo, y solo yo, tendré todo el poder y todo el control.

Ya en la calle me pongo mi máscara, el mundo aún no está preparado para aceptar la realidad de lo que hago, y por eso me oculto bajo una máscara de normalidad. Me encantaría no tener que esconderme, ya que no hay nada en mí ni en lo que hago que me avergüence, pero los de fuera aún no son capaces de verlo, lo entenderán cuando el trabajo esté finalizado. Mientras tanto, me lo guardo para mí, he aprendido a disfrutar del camino y no solo a esperar la recompensa final; esa ansia fue lo que no me permitió conseguirlo la vez anterior, pero esta vez es distinto, yo soy distinto.

Continúo caminando largo rato en dirección al lugar donde vivo. Me pongo la máscara y me entretengo observando a las personas con las que me cruzo e imaginándomelas en mi mesa de trabajo y con su corazón en mis manos. Con estos pensamientos llego a mi puerta, la abro y me encuentro a un vecino que me saluda sonriente y me está preguntando algo, guardo esos pensamientos bajo llave antes de contestarle. Comienza la actuación.

Capítulo 8. Leo

Han pasado tres días desde que encontramos el segundo cuerpo y seguimos sin tener ninguna pista sólida. Todo mi equipo está desesperado, ya no saben dónde buscar. Me dedico a pasear entre sus mesas y observo sus caras, están a punto de tirar la toalla, veo claramente cómo el cansancio se refleja en sus cuerpos.

Han sido días frenéticos, ninguno de nosotros ha dormido más de cuatro horas seguidas en estos días, pero ese esfuerzo no se está reflejando en los resultados, y sé que se sienten vacíos e inútiles, y esos dos sentimientos no son buenos para nuestra profesión. Estamos en un bucle del que no tengo ni idea de cómo salir. De repente, me fijo en la pantalla del ordenador de uno de mis agentes y le veo chateando en sus redes sociales, y toda la furia acumulada en estos días por la frustración de no poder avanzar se desata con él.

Le cojo del cuello y le estampo contra la pared, tengo que hacer un verdadero esfuerzo para no molerlo a puñetazos. Siento cómo una mano pequeña pero fuerte y firme sale de la nada y me agarra el brazo que mantengo en alto con el puño amenazante sobre mi agente, miro aún más furioso a la persona que cree que puede detenerme en estos momentos y veo que es Laura. Agolpo toda mi fuerza en ese brazo para deshacerme de su agarre, pero de repente una idea cruza mi cabeza. Redes Sociales. Todo mi cuerpo se relaja como por arte de magia y bajo los dos brazos.

—¡Claro!, ¿cómo hemos sido tan tontos? ¿Qué es lo único que conecta a personas que de otra forma no estarían conectadas? —pregunto en voz alta y mirando fijamente a los ojos de Laura.

—Las redes sociales —me contesta, haciendo movimientos afirmativos con la cabeza y con una enorme sonrisa en su cara.

—¡Exacto! Revisad todas las redes sociales de los dos fallecidos y todas las aplicaciones que tengan.

Quiero saberlo todo sobre su vida on line, si comparten amigos en redes sociales o forman parte de algún grupo o si están inscritos a alguna aplicación, sea la que sea.

Veo cómo todo mi equipo se pone a trabajar. Quizás no saquemos tampoco nada de ahí, no quiero hacerme ilusiones, pero mi instinto me dice que vamos por buen camino.

Me dirijo a mi despacho para empezar a investigar las aplicaciones o grupos más comunes en varones de entre 30 y 40 años, no quiero dejarme nada sin revisar, estoy convencido de que vamos a sacar algo en claro de ahí.

Tras varias horas en las que nadie de mi equipo ha levantado la cabeza de su ordenador, empiezo a pasear entre las mesas mientras los veo trabajar, sé que no es bueno que noten mi desesperación, pero ya no puedo estar más tiempo sentado. Hace más de una hora le pasé a Laura la lista con las cincuenta aplicaciones más usadas por varones entre 30 y 40 años y aún no hemos sido capaces de encontrar nada.

Pero algo dentro de mí me dice que lo que buscamos está ahí, que solo tengo que encontrarlo, así que vuelvo a mi despacho para dejarles un poco de aire y que no se sientan tan presionados.

Me dedico a terminar los informes que tenía pendientes. Es una actividad que detesto, pero que hace que se me pase el tiempo volando. Cuando levanto la cabeza de mi ordenador veo en mi reloj que son las 23:15. Suspiro resignado y siento cómo la decepción de otro día perdido me invade. Me levanto de mi sitio y salgo del despacho.

—Chicos, parad, ya está bien por hoy —les digo mientras toco mi pelo de forma compulsiva; los que me conocen bien saben que es un movimiento que realizo de forma involuntaria siempre que algo no termina de gustarme o cuadrarme, pero aquí nadie me conoce lo suficiente.

—Mañana continuaremos si es que nos ha quedado algo por revisar. Marchaos a casa con vuestras familias e intentad descansar, veremos si mañana hay más suerte. Buen trabajo —añado, dando por zanjado el día de hoy.

Giro sobre mí mismo para dirigirme a mi despacho y dejo tras de mí el revuelo que provoca mi equipo al recoger. Yo también debería coger mis cosas y marcharme a casa, creo que no vuelvo a casa tan temprano desde hace más de quince días. Quizás me dé tiempo a pasarme por Tutto Pizza y que Lucas me prepare una pizza barbacoa para cenar, solo pensarlo y se me hace la boca agua. Cojo mis llaves y la cartera del cajón y salgo de mi despacho. Al dirigirme a la salida paso por la mesa de Laura y la veo aun trabajando sin intención de parar.

—Lo de seguir órdenes no debe de ser lo tuyo, ¿verdad? ¿O es que no lo he dejado suficientemente claro cuando he dicho que todo el mundo a casa? —le digo con un tono más borde de lo que realmente era mi intención.

Laura levanta la cabeza del ordenador y en su cara de niña puedo ver el sobresalto, pero enseguida toma el control de la situación y vuelve a poner su cara de póquer habitual. Ese control emocional le traerá grandes beneficios en esta profesión, espero que no lo pierda en situaciones de máxima tensión.

—Disculpa, Leo, me has sobresaltado. ¿Qué me decías?

—Que si no has entendido la orden de marcharse a casa.

—Sí, claro que la he entendido, perdona, es que he encontrado algo que ha llamado mi atención y quería terminar de comprobarlo antes de marcharme a casa. No me retrasaré más de quince minutos, a lo sumo.

—De acuerdo, te espero entonces, me gustaría ser el primero en conocer lo que se supone que has encontrado —le digo dejando claro mi escepticismo.

—No he dicho que haya encontrado nada, solo que algo ha llamado mi atención y me gustaría seguir investigando por si me conduce a algo. Pero como te he dicho hace un minuto, no creo que me lleve mucho tiempo, así que puedes marcharte tranquilo, no quiero entretenerte.

—Justamente por eso, si solo te lleva quince minutos, estaré encantado de esperar el resultado.

Me siento cómodamente en la silla frente a ella.

—Como quieras, es tu decisión —me dice con total indiferencia, y sin perder ni un segundo más conmigo se vuelve a sumergir en lo que quiera que estuviese haciendo.

Decido aprovechar la espera revisando las aplicaciones de mi móvil; tras la investigación de hoy me he dado cuenta de que hay muchas que no he utilizado en mi vida. Antes de que ni siquiera desbloquee el móvil, Laura pega un gritito comedido, pero en tono triunfal. Me levanto de la silla y me coloco detrás de ella para poder ver en su pantalla qué es lo que le produce esa alegría. Ella gira su cabeza hacia mí y me mira con un brillo de esperanza en sus ojos, le devuelvo la mirada y le animo con la cabeza a que empiece a hablar.

—Bueno, a ver por donde empiezo… —me dice, dubitativa.

Realiza un par de exhalaciones fuertes, como buscando con ellas tranquilizar su corazón y comienza a soltarme una charla sobre cómo algunas páginas web usan los mismos servidores y los mismos datos, pero los usuarios las ven y consumen con diferentes nombres comerciales y eso hace que una misma empresa aparezca con distintos nombres y no sé cuántas cosas más a las que he dejado de atender. Mi cara debe de ser un poema, ya que Laura vuelve a tomar aire y, como si yo fuese un niño pequeño y desesperante al que hay que explicarle las cosas cien veces y que aun así no las entiende, me dice con gran condescendencia.

—Que los dos muertos han tenido una cita con la misma chica.

—¿Y cómo es posible que algo tan evidente no lo hayamos encontrado hasta ahora?

Me mira bastante enfadada antes de responder.

—Es lo que he tratado de explicarte, hasta que he visto cómo tu cara se desencajaba y tus ojos empezaban a dar vueltas como un dibujo animado.

—Vale —le digo mientras me vuelvo a sentar frente a ella—. Cuéntamelo de nuevo, pero ahórrate los detalles técnicos, que seguro que son preciosos para los frikis como tú, pero que no me interesan una mierda.

Su cara refleja una mueca de desagrado tras mis últimas palabras, pero aun así se arranca a hablar.

—De acuerdo, si ves que es muy complicado para ti lo que te estoy contando, hazme una seña y lo simplifico más.

Touché, ahora la mueca de desagrado sé que está apareciendo en mi cara. Laura la ignora y comienza su explicación.

—Bien, en lo que a nosotros nos concierne, ambos han tenido una primera cita con el mismo usuario tan solo unos días antes de ser asesinados. A la pregunta que me has realizado de por qué no lo hemos averiguado antes, la respuesta es porque cada muerto está inscrito en una página de contactos distinta, pero ambas beben de los mismos datos y, por ende, de los mismos usuarios, solo que una se vende como la página de contactos para empresarios exitosos sin tiempo y otra para los amantes de los animales.

Estoy alucinando, la verdad, y creo que solo me he enterado de lo esencial, pero una sonrisa enorme se dibuja en mi cara, por fin tenemos algo de lo que tirar, por fin hemos encontrado un punto de unión, puede que no sea nada o que lo sea todo, pero es un comienzo, y es exactamente el comienzo que necesitábamos para coger las riendas del caso.

Capítulo 9. Astrid

La mañana aún no despunta, pero ya estoy despierta, siempre me ha gustado ver amanecer, me relaja ver los cambios de color en el cielo cuando la noche da paso a un nuevo día. Por eso, siempre que puedo y mis turnos en el trabajo me lo permiten, disfruto de este momento con un buen café entre mis manos y aprovecho para no pensar en nada, para parar, para que mi cabeza pueda desconectar y resetearse. Pero hoy me está costando, no consigo que mi mente pare. Puede que suene ridículo, pero mis citas, o mejor dicho, que ninguna de mis citas cibernéticas quiera repetir me está afectando más de lo que a priori debería, no tendría que importarme que personas que no conozco, que no me importan, no quieran conocerme más, lo sé, pero sí me importa y, peor aún, me está afectando.

Repaso mentalmente mi historial en lo que a citas por internet se refiere, llevo cuatro citas en las últimas tres semanas, no es que fuesen citas maravillosas ni creo que ninguno fuese el hombre de mi vida, pero con alguno de ellos, al menos, había pasado un rato agradable y no me hubiese importado repetir, aunque solo fuese por charlar con alguien amable y pasar un buen rato. Pero debe ser que no, porque no he sabido nada de ninguno; creo que el universo me está mandando un mensaje alto y claro, no es que hubiese puesto todas mis esperanzas en la dichosa web, no soy tan ingenua aunque mi hermana lo piense, pero no sé, ¿tan horrible soy qué ninguno me ha vuelto a contactar? ¿No merece la pena tener una segunda cita conmigo? Me doy cuenta de que estoy entrando en un hilo de pensamientos que no me gusta nada, ya he estado en ese lugar y me prometí que no volvería jamás.

Me preparo otro café, creo que hoy voy a necesitar más cafeína de la habitual para poder despejar mi mente. El olor del café recién hecho inunda mis fosas nasales y me hace sentir viva. Adoro el café, siempre ha conseguido cambiar mi estado de ánimo solo con olerlo.

—Pues hala —me digo con energía—. A otra cosa, mariposa. Ya está bien de pensar en lo que no puedo cambiar.

Conecto el ordenador y, con mi segunda taza de café del día, me pongo a revisar mis correos. De repente, la pantalla de la dichosa web de citas se abre y un montón de corazones empiezan a salir del dibujo de un sobre. Pero mira que son moñas los diseñadores de estas cosas. Me quedo mirándolo como idiotizada; no sé si abrirlo o directamente desinstalar la aplicación para sacarla totalmente de mi vida. La curiosidad gana la batalla a la cordura y con muchas dudas hago clic en el dichoso sobre. Tras abrirlo aparece la foto de un chico con gafas y sombrero tipo años veinte, y unos ojazos negros enormes.

Desde luego, el chico tiene estilo, eso no se lo puedo negar, pero hay algo en su foto que no termina de cuadrarme, como si faltase o sobrase algo. Acompaña a la imagen un mensaje sencillo pero directo: «Me gustaría conocerte, solo dime cuándo y dónde, y allí estaré».

Me meto en su perfil para saber algo más de él y solo aparece que le gustan los animales, en especial los perros, y el deporte. Pues parece que si quiero conocer algo más de esos ojazos voy a tener que preguntarle en persona. Lo pienso dos segundos y me digo: «¡Qué narices!, esta vida son dos días y uno de ellos ya lo gasté». Le contesto de la misma forma sencilla y directa: «Mañana a las 20:00 en la calle Orense, 79».

Le doy a enviar y me levanto para volver a llenar mi taza de café, pero, antes de que mis posaderas se despeguen del asiento, otro sobre lleno de corazones aparece en mi pantalla. Nerviosa como una quinceañera en su primer baile, abro el sobrecito.

«Allí estaré, llevare un libro en la mano».

No tengo muy claro si esa contestación me gusta o no. Directa es, no hay duda, pero aún no he decidido si me gusta o me espanta; en fin, es lo que hay. «Mente abierta, As, mente abierta», me digo mientras recojo la taza de café. Quizá lo suyo sea la conversación y no la escritura.

El sonido de alguien llamando a mi puerta me obliga a salir de mis pensamientos sobre mi futura nueva cita.