Nieve Negra - Camila Valenzuela - E-Book

Nieve Negra E-Book

Camila Valenzuela

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Beschreibung

Una adolescente como cualquiera y una cruel madrastra que debe quitarla del camino. Dos relatos que se funden como mitades perfectas de una manzana permitirán descubrir lo que más tememos de nosotros mismos, aquello que jamás hubiésemos querido saber.

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Seitenzahl: 114

Veröffentlichungsjahr: 2020

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A Claudia y Juan,que encontraron el espejoal mismo tiempo que yo.

 

Diez

Encontrar el espejo no fue casualidad. No puede serlo. Más bien, fue producto de una serie de eventos raros y dislocados. Igual que mi vida.

Como rara vez ocurría, estábamos los tres en la cocina. Mi papá había cocinado un budín de berenjenas y cuando le ofreció una copa de vino a mi mamá, ella contestó que no con los ojos como búho. Dos segundos después, se abrazaron. Cuatro segundos después, lloraron. El llanto duró más de dos o cuatro segundos. Ahí entendí que estaba embarazada. No por el vino, el abrazo o el tiempo, sino por las lágrimas. Llevaban como seis años tratando de tener otro hijo, pero no había caso. No podían. Al principio, fueron al médico y les dijo que igual era raro porque ya habían podido tener una hija. Le preguntó a mi mamá si el parto fue muy traumático y ella contestó que sí, que yo venía no sé cómo. Enredada, por las patas. Qué sé yo. (Eso ni siquiera me lo contó a mí, la escuché hablando por teléfono con mi abuela, que ya está muerta). Le hicieron un montón de exámenes, pero los resultados siempre salieron buenos. Parecía no tener ningún problema. Un día, mi papá (que es medio esotérico porque es de esos psicólogos con la volada jungiana) le dijo que era su inconsciente. Que estaba estresada, que debía dejarlo ir. Relajarse. Y ahí empezó la seguidilla de doctores mula. Chamanes, tarotistas, videntes. Flores de Bach, gemoterapia, reiki. Yo no me trago el cuento de que la esencia de lavanda (o lo que sea) te abrirá los chakras y te dejará embarazada; pero mi mamá, sí. Y trató. Lo intentó una y otra, y otra vez. Pero no hubo caso. Lo único que logró fue perder plata y tiempo, y ganar una predicción: que yo era rara. Eso tampoco me lo contó mi mamá; lo escuché cuando vino una vieja a sacarle las cartas hace dos años. Ellas estaban en el living y yo detrás de la puerta de la cocina. Podía oír cuando la bruja barajaba, cuando dejaba las cartas sobre la mesa. Llegó el silencio. Un silencio largo. Se escuchaba el movimiento inquieto de mi mamá sobre la silla, como si tuviera un nido de hormigas bajo ella. Es un alma antigua, le dijo por fin. Tiene muchas vidas en su cuerpo, pero hay algo raro en ella. Mi mamá preguntó qué era. Las cartas no quieren hablar. Ella tiene un bloqueo energético. Yo no sé cómo a esas alturas mi mamá seguía ahí, pero el punto es que no se movió. Al contrario, le pidió que sacara más cartas. Le contó todo su drama acerca de la supuesta infertilidad y le dijo que se moriría si algo me pasaba. Volvió a barajar. A cortar. A escoger. No sé qué cartas salieron, no sé qué caras pusieron, lo único que sé es que la bruja ordenó el mazo, lo guardó y salió del departamento como si hubiera visto al diablo. Y la odié porque, desde ese día, mi mamá quedó obsesionada conmigo. Cuando estaba depresiva pensaba que podría pasar algo; cuando estaba de mejor ánimo decía que tenía una niñita índigo y me preguntaba si veía cosas. Yo lo único que veía es que se había vuelto loca con el tema de los hijos y las guaguas. Hasta el año pasado, cuando supe que tendría un hermano o hermana menor.

Se abrazaron, lloraron. Celebraron. Cuando pasó la emoción de la noticia, mi mamá dijo que tendríamos que irnos del departamento porque era muy chico para los cuatro. En realidad, más que una propuesta, fue una orden. Yo no me voy, aseguré. Insistí en que no quería irme de ahí, que ese departamento era nuestro hogar. Que cabíamos de más. Que había familias de seis personas que vivían en lugares más chicos que ese. Que Ñuñoa era mi barrio, nuestro barrio. Y que no éramos cuatro, sino cinco porque el quiltro, que me acompaña desde los siete años, también era parte de la familia. Mi mamá ni tuvo que contestar porque mi papá se puso altiro de su lado. Cambia la cara porque es una decisión tomada, dijo él. Yo tuve que acatar la decisión, pero no cambié la cara.

Mi mamá, como es poquito obsesiva, cambió una preocupación por otra: ya no era que no podía tener guagua, sino que podía perderla. Los tres primeros meses son cruciales, repetía. Cuando ya tenía seis y todo seguía perfectamente bien, vino la obsesión por el cambio de casa. Que cuándo nos vamos a ir, le decía a mi papá. Que teníamos que armar todo lo antes posible porque ella no quería estar desembalando con una guata enorme o, peor, con el niño recién nacido (está convencida -o quiere estarlo- de que será hombre). Mi papá le contestaba que era lento, que no era llegar y comprar una casa como en el Metrópoli. Y ella le respondía que el lento era él porque estaba lleno de casas en Ñuñoa, que cómo no iba a ser capaz de encontrar una. Yo prefería no meterme, porque siempre salgo perdiendo. Así que, después del colegio, me iba a la casa del flaco para capearme los dramas de mi mamá. Alrededor de las siete de la tarde, cuando mi papá salía de la pega, me iba a buscar y nos paseábamos por la comuna buscando casas. Lo que decía él era cierto: por más que buscábamos, no la encontrábamos.

Hasta que una noche, cuando iban a ser casi las diez, llegamos a una casa. Llevábamos horas dando vueltas por el barrio, recorriendo todas las propiedades que mi papá agendó durante el día, pero ninguna nos había gustado. Estábamos cansados, chatos y muertos de hambre. Decidimos que era suficiente, que era hora de volver. Mi papá se metió a una calle para dar la vuelta y salir a Macul, pero esa calle lo llevó a otra y esa a otra, y ninguna era Macul. Tu mamá debe estar histérica, qué lata, se quejó mi papá. Dio la vuelta de nuevo y llegamos a una plaza con siete casas antiguas alrededor. No sé si fueron las casas, la plaza o los faroles sin polillas, pero me encantó. Y para mi suerte, una de ellas tenía el cartel rojo con letras blancas: “Se vende”. Esas fueron las palabras mágicas.

Mi papá estacionó el auto y nos bajamos. La casa tenía una fachada de piedra y un pequeño patio delantero cercado por una reja de madera, que me llegaba hasta la cintura. Toqué el timbre. Toqué de nuevo. Parece que no hay nadie, comentó mi papá y antes de que alcanzara a llamar al número de teléfono escrito debajo del cartel, corrí el pestillo de la reja y entré.

Fui raíz dentro de la tierra.

Escuché que mi papá decía mi nombre despacio, como un grillo. No podemos hacer eso, repetía, pero yo no quería escuchar, yo quería entrar. Subí los dos escalones y me paré frente a la puerta de entrada, mucho más alta y ancha que yo. Giré la manilla de bronce, que pasó rápido hacia el otro lado. Se abrió sola o lo hizo el viento, pero no la abrí yo. El quejido recorrió mi cuerpo como si también estuviera hecho de madera. Primero mis pasos; atrás, los de mi papá. El espacio era una mancha negra, como el quiltro. Ni una sola franja de luz se colaba entre las cortinas. No me importó. Doblé hacia la izquierda y corrí la primera tela que encontré. La luz del exterior iluminó vagamente el living, que era amplio, oscuro y vacío; un hoyo negro. Miré hacia arriba y el techo me pareció lejano como el cielo. Cuando bajé la mirada, un haz de luz, fino y penetrante, me llegó directo a los ojos. No podemos entrar así, advirtió mi papá con su llavero-linterna en la mano. Ya estamos dentro, le contesté y seguí caminando hacia el comedor. Por ahí había una puerta de acceso a la cocina. Entramos y mi papá dijo que tendríamos que remodelar, porque los muebles estaban llenos de moho. Yo no pensaba en los muebles, sino en otra puerta que había al fondo. Lo que estaba detrás de ella me llamaba. Gritaba mi nombre en silencio. En un silencio que envolvía la cocina, la casa, el barrio. En un silencio que me envolvía a mí.

Mi papá siguió hablando y yo caminé hasta la puerta. La abrí y me encontré con la oscuridad. Oye, papá, ven a iluminar por acá, dije, y él me respondió que nos enfocáramos en la casa, que mi mamá debía tener los pelos de punta porque todavía no llegábamos. Ya, poh, no te cuesta nada, si son dos minutos no más. Me miró con resignación y fue hacia el umbral donde estaba para iluminar el patio trasero poco a poco, dejando que la luz de la linterna paseara con calma por cada rincón. Las formas serpentinas de las plantas secas parecían extrañas piezas de museo. El haz de luz llegó hasta el fondo y ahí, en medio de la oscuridad, había un árbol de tamaño mediano. Su copa era redondeada, abierta y tenía numerosas ramas de forma horizontal. Parecía ser un árbol común y corriente, pero por alguna razón irradiaba cierto magnetismo. Le pregunté a mi papá si sabía qué árbol era. Un manzano, contestó. Unos segundos después, volvió a hablar: La encontramos. Esta es nuestra casa.

Al poco tiempo, mis papás pudieron comprarla y empezaron las remodelaciones. Yo terminaba el año en el colegio y la casa era un caos, así que no volví a ir hasta hoy, que nos cambiamos. Y por más que la casa me encanta, que el manzano me llama y que el quiltro está feliz, estoy chata. O rara. No sé. Hay algo que me molesta, aparte de tener que aguantar la histeria de mi mamá por la mudanza, los 33 °C santiaguinos o las fotos en Facebook del flaco en la playa. Quizás es que, a pesar de que a mi papá le dieron el día libre en la pega por el cambio de casa y aun siendo los tres más los tipos de la mudanza, todavía quedan millones de cosas por hacer. Lo bueno, de todos modos, es que a las seis de la tarde mi papá decidió que el día laboral, por lo menos para mí, había terminado.

Llamé al quiltro y nos fuimos al patio trasero, que con la luz del día se veía más grande. Me tiré sobre la tierra y miré el cielo. Ya no hacía el mismo calor de unas horas atrás. Cerré los ojos. No estuve mucho rato así: el quiltro empezó a ladrar. Le pedí que se callara, pero obvio que no me pescó. Siguió ladrando. Me incorporé un poco hasta quedar sentada. Entonces lo vi justo debajo del manzano. Me miró, ladró y después escarbó con sus patas delanteras. Estaba tan cansada que, por mucho que lo quiero, no me interesaba su ánimo. Así que me volví a echar sobre la tierra. Y él volvió a ladrar. ¡Calla a ese perro, por favor!, gritó mi mamá desde el interior de la casa. Me senté. Él miró, ladró, escarbó. Fui hasta el manzano donde estaba el quiltro y le pregunté qué onda. Él se calló y se sentó. Me acerqué para hacerle cariño detrás de las orejas y el reflejo del sol en la tierra me cegó. Me moví, me agaché: había algo enterrado ahí. Me puse a escarbar como el quiltro. Mientras más tierra sacaba, más ansiosa me ponía. Necesitaba saber qué era, qué había enterrado al alero del manzano. El quiltro se puso detrás de mí, no sé si para no molestar o para cuidarme de algo. Una mano dentro de la tierra, la otra. Una mano, la otra. Hasta que lo vi, lo tomé y lo saqué: era un espejo ovalado. Su borde dorado, de unos cinco centímetros de ancho, tenía talladas cientos de pequeñas hojas que rodeaban a tres mujeres, una abajo y dos a cada lado, siendo coronado por dos ángeles que se dan la mano. Qué hacía un espejo tan antiguo enterrado en el jardín de mi casa justo al lado del manzano, todavía no lo sé. Pero voy a averiguarlo.

Lo limpié un poco y entré a la cocina para pasarle un trapo. Lo sacudí y saqué todo el polvo que tenía acumulado quién sabe desde cuándo. Fui hasta el living para mostrárselo a mi papá, pero estaba demasiado ocupado instalando lámparas, así que subí las escaleras y fui hasta mi pieza. Después del jardín, el segundo piso es la parte más bonita de la casa. Apenas terminan las escaleras, empieza un pasillo amplio y largo con varias piezas a los costados. Mis papás eligieron la más grande, que es justo la segunda a mano izquierda. Yo escogí la que está al final porque tiene una ventana que mira hacia el patio interior. El manzano está justo frente a ella. Entré, dejé el espejo encima de la cama y fui a buscar la caja de herramientas. Saqué un clavo, el martillo y lo colgué. Caminé hacia atrás para verlo desde lejos. Lo miré. Me miré en él. En alguna parte estaban los rasgos de mi padre, no así los de mi madre. Abrí mi cama, me metí dentro de ella y cerré los ojos. No demoré mucho en quedarme dormida.

Sueño con el espejo. Camino por el pasillo del segundo piso. No veo lo que está al frente, sino mi espalda. El pelo largo y negro cayendo sobre la espalda. No hay sonido alguno dentro de la casa. Solo el silencio me acompaña. El silencio y la luz que se cuela por la ventana de mi pieza. Es una luz nocturna que proyecta sombras en el pasillo. Excepto la mía, porque yo no tengo sombra. Yo soy la sombra. Entro a mi pieza, me veo durmiendo.