Nieve negra - Jorge Benítez Montáñez - E-Book

Nieve negra E-Book

JORGE BENÍTEZ MONTÁÑEZ

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Beschreibung

Nacido como terapia para la depresión, siendo de origen extraterrestre, el ajedrez tiene quince siglos de vida. Aqui viene la historia de ese juego que consiste en sentarse a la fresca a contemplar la vida.

Curiosidades, traiciones y grandes rivalidades que han rodeado al ajedrez desde los maestros árabes que trajeron el tablero a España hasta el actual campeón Carslen, calculdor y frio como una computadora, pasando por el volcánico Bobby Fischer, el seductor Capablanca, el niño prodigio Arturo Pomar, los maestros soviéticos o los campeones polacos judíos que esquivaron el Holocausto.

Descubre la génesis del ajedrez y a unos de sus más fascinantes y diversos jugadores. «Dios ha muerto, Marx ha muerto, pero nos queda el ajedrez»

LO QUE PIENSA LA CRÍTICA

"Bellísimo. Increíble trabajo. Muy bien documentado y con un estilo que engancha. Es un libro que impulsa a seguir investigando sobre temas que van más allá del ajedrez. En este último brilla y se convierte en una bella introducción al mundo fantástico de la mitología ajedrecística. Me gustaría ver más libros así. Espero más trabajos interesantes de este autor." - Angelo Marcano, goodreads"Un excelente repaso por la historia del ajedrez y sus principales protagonistas, muy interesante y bien escrito. Recomendado para interesados en el ajedrez aun no sabiendo jugar." - Alberto, goodreads"Las biografías de Bobby Fischer y Arturo Pomar también tienen cabida en Nieve negra (Libros del K.O., 2020), un delicioso vademécum ajedrecístico escrito por Jorge Benítez." - El Salto

EL AUTOR

JORGE BENÍTEZ MONTÁÑEZ : (Madrid,1979). Periodista de Papel, la revista diaria del periódico El Mundo. En 1999 publicó Recordado Nando Altea (Ed. Calambur), libro ganador del Premio de Novela de la Universidad Politécnica de Madrid. Ha escrito varios guiones, entre el que está Las Huellas, mediometraje producido por el director finlandés Aki Kaurismäki.

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Seitenzahl: 254

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Jorge Benítez

NIEVE NEGRA

Dioses, héroes y bastardos del ajedrez

primera edición: marzo de 2020

© Jorge Benítez Montañés, 2020

© Libros del K.O., S.L.L., 2020

Calle Infanta Mercedes, 92, despacho 511

28020 - Madrid

isbn: 978-84-17678-31-9

depósito legal: M-39688-2019

código ibic: dnj, wdmg1

diseño de portada: Diego Quijano

maquetación: María OʼShea

corrección: Pablo Uroz y Olga Sobrido

No importa que el lector carezca de conocimientos de ajedrez. El único lenguaje empleado con destreza en este libro es el de la curiosidad. Muchos expertos juzgarán ausencias significativas y presencias inesperadas. Todo eso se ha hecho intencionadamente. Cumplo lo prometido a mis editores: escribir sobre una tribu de dioses, héroes y bastardos guiado más por emociones que por rigor antropológico o aportaciones a la historiografía. En realidad, el tablero es tan solo un escenario de convivencia entre nuestros vivos y nuestros muertos. Nada más. Si consigo que algún padre desempolve uno guardado en el trastero para jugar con su hijo, el esfuerzo habrá valido la pena. Tampoco negaré que las promesas de fama, amor y lujo de esta editorial hayan sido un estímulo.

El peor jugador del mundo (con permiso de mi detestado Henry Kissinger)

1. GÉNESIS

El ajedrez nació como terapia para la depresión y lo hemos olvidado en la sociedad de la incertidumbre. Si este juego, que al menos tiene 1500 años de antigüedad, se hubiera inventado hoy, su venta al público habría sido profiláctica. Como uno de esos libros de autoayuda superventas que brilla en la estantería de un kiosco de estación de tren. «Dios ha muerto, Marx ha muerto, pero nos queda el ajedrez» sería un buen eslogan para la faja promocional del libro.

Para atajar la inquietud que provoca la tristeza en las sociedades ricas han surgido, más allá de fármacos y terapias, distintos remedios que buscan hacerse hueco en una sociedad que ha visto cómo la religión y la ideología son sustituidas por el cabreo cuando no la resignación de consumo rápido. Quizás, como anuncian algunos, pronto seamos presas de las tecnorreligiones que predican los profetas de Silicon Valley. Estas postulan el advenimiento de un paraíso terrenal nacido de la inteligencia artificial y los cíborgs. La vida eterna se ganará sin la necesidad de morir, lo que, reconozcámoslo, es muy seductor. Aun así, desconocen las virtudes y aguijones de la tristeza.

La tristeza y la alegría no son algoritmos. Son cultura. Nacidas ambas de la capacidad del ser humano para compartir y también para robar1. Esa es una de las razones del éxito del ajedrez. Este juego es capaz de armonizarlas porque no se trata, como muchos creen, de una cultura nacional. Al contrario que la fe y la política, es un lenguaje que nunca ha sido manipulado eficazmente por quienes ostentan el poder. Ahí radica su grandeza.

Anatoli Kárpov, uno de los más grandes jugadores de todos los tiempos, dice con más admiración que creencia ufológica que el ajedrez es algo tan grande que no ha podido ser creado por la mente humana, que su origen tiene que ser extraterrestre. Por eso hay que perdonar los crímenes y miserias que también recorren sus quince siglos de vida.

Son muchas las civilizaciones que reclaman ser sus fundadoras, desde el antiguo Egipto hasta la China de la dinastía Ching, pero según la mayoría de los estudiosos su invención procede de la India. La versión primitiva del ajedrez pronto viajó desde esta parte del mundo hasta Persia y Arabia y desde allí se fue extendiendo a la misma velocidad que lo hacía el islam. La España musulmana fue su puerta de entrada a Europa2.

La tristeza que hoy parece no tolerarse porque es vista (erróneamente) como símbolo de debilidad existe desde hace tanto que se recoge hasta en las leyendas del génesis del ajedrez. Presa de ella fue un monarca indio llamado Kadid —otros lo llaman Ladava— desde el día que vio morir a su único heredero en el campo de batalla. A pesar del triunfo sobre sus enemigos, no encontró consuelo este huérfilo3, palabra que busca reflejar el dolor de un padre por la muerte de un hijo, y se encerró en palacio devorado por la melancolía y ajeno a los asuntos de gobierno.

Durante años el reino fue presa de la desdicha de su rey sin que nada pudiese paliar la ausencia del hijo muerto. Hasta que un día se presentó en la corte un brahmán, que anunció que él podía poner fin a la tristeza del rey con la ayuda de los dioses.

Una vez arrodillado ante Kadid, el viejo cogió una tabla de madera y sobre su superficie pintó 64 cuadrados. Nadie dijo nada. Pero no se disimularon caras de asombro cuando sacó de un morral unas figuras talladas que escondía envueltas en un trozo de tela. Colocándolas sobre el tablero fue componiendo dos ejércitos simétricos. Por último, acomodó un rey por bando. Kadid, curioso, pregunto cómo podía mover ese ejército. Así el rey triste se convirtió en la segunda persona de la historia en conocer las reglas del juego de los dioses.

Atraído por este mundo de guerra sin sangre, Kadid exigió a todos los cortesanos que aprendieran a jugar. Quién sabe si por pericia o por el miedo de sus rivales a desairarlo, lo cierto es que el rey ganaba todas las partidas. Tan solo en una ocasión encontró una oposición considerable. Su rey había quedado cercado por su contrincante en una esquina del tablero y, a pesar de contar con más tropa, la victoria estaba en peligro. Nervioso, se concentró durante horas en el tablero prohibiendo cualquier interrupción. Tenía la sensación de que esa partida la había jugado y ganado con anterioridad, pero no recordaba cómo. Eso era imposible, le dijo su rival. Kadid no desistió y siguió reflexionando hasta que por fin descubrió que la posición de las piezas era exactamente igual a la de las tropas que había comandado en su última batalla el día que vio morir a su hijo.

Angustiado ante semejante revelación, mandó llamar al brahmán que le había enseñado las reglas del ajedrez para preguntar por el significado de esa casualidad. «Muchas veces para vencer hay que saber sacrificar una pieza importante», contestó el viejo. El rey Kadid volvió a mirar el tablero. Absorto, finalmente lo comprendió. La maniobra que había protagonizado su hijo durante la batalla con su guardia personal desde el flanco contrario había distraído al enemigo salvando a su ejército y a su padre. Con la fe del converso, Kadid decidió sacrificar una de sus piezas más valiosas. Sin embargo, diez movimientos después, dio muerte al rey opositor. Entonces aquel padre cicatrizó su herida y recuperó la alegría.

Agradecido al brahmán por su sabiduría le prometió la recompensa que quisiera.

Este pidió un grano de trigo (algunas fuentes hablan de monedas de plata) por la primera casilla del tablero, dos por la segunda, cuatro por la tercera y duplicando sucesivamente hasta llegar a la última. El monarca aceptó, sorprendido ante semejante falta de ambición.

Sin embargo, tras calcular el importe del regalo, el tesorero palaciego se presentó agobiado ante Kadid: era imposible cumplir la promesa real. No había trigo en el reino ni en la tierra conocida para satisfacer la demanda del brahmán. En total había pedido 18.446.744.073.709.551.615 granos, lo que supondría, si tenemos en cuenta la producción mundial de trigo actual, firmar una hipoteca de la cosecha planetaria de 1044 años4.

Hoy el brahmán, en la era del big data, donde la información vale más que el trigo y la plata, habría pedido datos, como todas las empresas que fingen dar gratuitamente un servicio. Si nuestra mente fuera como internet y el conocimiento se almacenara en el cerebro en bytes, la primera casilla del tablero equivaldría a un carácter, o lo que es lo mismo: escribir la letra A en un teclado. Según el cálculo exponencial expuesto por el brahmán, si la promesa se hubiera cumplido, en su cabeza cabría el equivalente a dieciocho exabytes, es decir la mitad del tráfico digital previsto en España para 20215.

Ante esa bofetada de humildad, el rey comprendió. Fue consciente de sus límites, alejó a los aduladores de la corte y nombró consejero a aquel que le había enseñado el arte del ajedrez.

Lo más probable es que el ajedrez no sea el invento de una única persona, sino una obra colectiva. El brahmán, bautizado en una de las versiones de esta historia como Sissa, es posiblemente una evolución de Caissa, considerada la diosa del ajedrez. Como uno cree que estas historias deben contarse con amor y bilis dejando a los expertos con sus disquisiciones académicas, nos quedamos con Caissa. La iniciadora de algo tan maravilloso tuvo que ser una mujer. Sí. Defendamos a Eva y a Pandora, acusadas injustamente por el hombre del origen de nuestros males, e inclinémonos ante Caissa, quien nos enseñó a combatir la tristeza con inteligencia, decoro y sin contraindicaciones médicas.

No creo que exista una metáfora tan emocionalmente convincente como el ajedrez para representar lo que somos. En el tablero se enfrentan siempre dos creencias, dos formas de entender el mundo con sus deseos y sus miedos. Cada una de estas creencias contiene siempre una historia, y una historia es una metáfora que explica cómo funciona el mundo.

Si en algo consiste el ajedrez, es en sentarse a la fresca a contemplar la vida.

1En Vivir con los dioses, (Debate, 2019), Neil MacGregor trata las fuerzas fundamentales en la construcción de identidades colectivas. El ajedrez es un lenguaje que puede relacionar esas creencias.

2El arqueólogo John Oleson afirma que un pequeño objeto de piedra arenisca de hace 1.300 años descubierto en Al-Humayma (Jordania) es la pieza de ajedrez más antigua del mundo que se ha encontrado.

3La RAE se ha negado hasta el momento a incluir en su diccionario esta palabra creada por la Federación Española de Niños con Cáncer por considerarla un «neologismo que carece de base filológica».

4Cálculo publicado por el blog Matematicascercanas.com con datos de la producción mundial de trigo de 2014.

5La estimación de la empresa Cisco apunta que en 2021 se alcanzarán los 37 exabytes anuales, un incremento brutal si tenemos en cuenta que en 2016 la cifra era un tercio de esa cantidad.

2. LIBRES

El mirlo negro

Ahora blanqueará este Pájaro Negro que os trajo

la nueva vieja música, las artes

de la ropa, la mesa, amables pautas

en la insensible lepra de los días.

Fernando Quiñones (1930-1998)

El mensajero que trajo el ajedrez a Europa era una combinación de Messi y Julio Iglesias. Hoy los horteras lo llamarían influencer, tendría millones de seguidores en las redes sociales y anunciaría la llegada de la Primavera de El Corte Inglés.

A él le debemos el temor al número 13 y a los espejos rotos.

«No existió, ni antes ni después, alguien que en su oficio haya sido más querido y admirado», escribió de él el historiador árabe Al-Maqqari en el siglo xvii, casi setecientos años después de su muerte.

Aquel hombre nació como Abu I-Hasan Ali ibn Nafi en un lugar que se desconoce y murió renombrado como Ziryab, el mirlo, en Córdoba. Sus orígenes son todavía confusos. Algunas fuentes apuntan que pudo haber nacido esclavo y que el color negro de su piel señalaría algún punto del África subsahariana. Otros lo consideran persa, otros kurdo iraquí.

Llegó hasta nosotros Ziryab (789-857) con su música y un tablero de ajedrez, juego que había aprendido en la corte de Harún al-Rashid —el califa de Bagdad protagonista de Las mil y una noches—, huyendodel jaque de la envidia, que es el más peligroso.

Su voz, acompañada por un laúd al que había añadido una quinta cuerda y que tocaba con un plectro (púa) diseñado con la pluma de un águila, emocionaba a todo aquel que la escuchaba. Tanto que su maestro, Isaac Maucili, le había conminado a abandonar Bagdad cuando el califa lo convirtió en su músico favorito. «La envidia es la más antigua de las maldiciones humanas», advirtió no sin razón Maucili. «Tienes dos opciones: quedarte, y entonces te mandaré matar, o puedes marcharte y que yo no vuelva a saber de ti nunca. Si decides esto último, yo pagaré tus gastos de viaje». En la corte no había sitio para los dos. Ziryab se marchó para no regresar jamás.

Vivió primero en Egipto y después en el norte de África. Hasta que recibió una invitación de Alhakén, emir de Córdoba.

Alhakén era nieto de Abderramán el emigrante, el príncipe que sobrevivió al juego de tronos que cuarenta años antes había desangrado el mundo musulmán, cuando su familia fue asesinada por los abásidas en un banquete. Abderramán se convirtió de un día para otro en un apátrida y en el único heredero de la dinastía omeya. Perseguido, salvó la vida de milagro y vagabundeó por África como haría años después Ziryab. Finalmente, en el año 755 desembarcó en Almuñécar para reclamar lo que creía suyo: un trono. En la península ibérica se valió de su linaje y del caos provocado por las tensiones raciales entre árabes y bereberes, que habían conquistado una generación atrás la Hispania visigoda, para levantar un emirato independiente de Bagdad, la capital abásida que había sustituido a Damasco como centro de poder.

La invitación cursada por Alhakén al genio del laúd tuvo un doble objetivo: disfrutar del más grande músico de su tiempo y joder a los abásidas. Sin embargo, cuando Ziryab llegó a Algeciras le comunicaron que Alhakén acababa de morir. Frustrado por su mala fortuna, dicen que el mirlo se puso a llorar. Pero Manzur, músico judío que había sido enviado como embajador de bienvenida desde Córdoba, le consoló: el sucesor de Alhakén era sensible y aficionado a las artes. Debía probar suerte.

Es muy probable que en la historia de la hospitalidad nunca nadie haya sido tan generosamente recibido por un desconocido como lo fue Ziryab. En su primera audiencia con el nuevo emir Abderramán II, este le regaló una mansión, una pensión mensual de doscientas monedas de oro, rentas de cebada y trigo y varias casas de campo en usufructo. «Solo después de haberle asegurado tan hermosa fortuna, fue cuando Abderramán rogó a Ziryab que cantara»6.

Por desgracia no sabemos cómo cantaba Ziryab y si es cierto que rivalizaba con las aves del Edén, pero sí está claro el impacto que tuvo la enseñanza del ajedrez en Córdoba. La popularidad de este entretenimiento creció tanto que pronto pasó de las residencias de embajadores a las guarniciones de frontera, de los palacios a las tabernas.

El primer tablero que se vio en Europa era monocromático. No estaba dividido en casillas negras y blancas. Las reglas que trajo Ziryab de Oriente diferían en algunos aspectos de las actuales. En el ajedrez islámico capturar todas las piezas a excepción del rey contaba como victoria, siempre y cuando el rey no se quedara solo en el siguiente movimiento, y la jugada del enroque (por la cual el rey puede cambiar de lugar por una de las torres) todavía no se había implantado.

El islam no solo propagó el ajedrez desde Persia al ritmo de sus conquistas militares sino que lo dotó de prestigio. En la Casa de la Sabiduría de Bagdad, donde se rendía culto a la investigación científica y a la filosofía de los antiguos griegos, eran promocionados los mejores jugadores. Estos adquirieron el sobrenombre de aliyat,título moral que equivalía al de maestro. Al legendario Harún al-Rashid, el califa que se enamoró de la música juvenil de Ziryab, le había sucedido Al-Mamún, quien, como buen líder medieval, no admitía dudas sobre su legitimidad. Para evitar problemas dinásticos, un día aprovechó que su hermano estaba entretenido jugando al ajedrez y mandó que le cortaran la cabeza7.

En cuanto a su nombre, el juego de reyes mantuvo la raíz arábiga (shatranj) cuando cruzó la frontera del reino de León llamándose primero axatraz y más tarde axedrez. Al otro lado de los Pirineos tuvo más éxito su denominación latina, ludo scacorum (juego de escaques), que iría mutando con el progresivo roce de las distintas lenguas que fue encontrando: eschecs (francés), scacchi (italiano), chess (inglés), Schachspiel (alemán) y szachy (polaco).

Al contrario que los musulmanes, a quienes el Corán desaconseja el tallado de figuras, los cristianos adoptaron una iconografía más literal en el tablero, totalmente distinta a las figuras geométricas importadas del islam. También se produjeron modificaciones en los dos bandos que combatían. El elefante fue sustituido por el alfil, aunque en los países sajones el animal se convirtió en obispo y en Francia, tan suya siempre, en bufón (le fou). La reina derrocó al visir.

En Córdoba, Abderramán II no tardó mucho en introducir a Ziryab en su círculo de confianza, que se encargaba de gobernar en su nombre mientras él disfrutaba de los placeres de la caza y el sexo. Dozy describe al emir como «dulce, accesible y bueno hasta rayar en débil». Su reinado fue excesivo en todos los sentidos. En esplendor político, cultural y reproductivo, ya que las fuentes árabes le atribuyen hasta 87 hijos.

Bajo su protección, Ziryab se convirtió en un hombre poderoso, eso sí, ajeno a las intrigas políticas. El mirlo supo advertir a tiempo que la corte cordobesa era tan peligrosa como la que había conocido en Bagdad y la prudencia guio el resto de su vida. Allí conspiraban Yahya, responsable de la judicatura y los asuntos religiosos, Tarub, la concubina favorita de Abderramán, que soñaba con ver a su hijo en el trono, y el eunuco Nasr, un cristiano que abjuró de su fe y se hizo castrar para prosperar en la administración omeya. Ante semejante competencia, el paciente cero del ajedrez en Europa dedicó su tiempo a interpretar las hermosas nubes que algún historiador ve como germen de la música andalusí, incluso del flamenco8, y a ejercer como responsable de protocolo de la corte.

Esta última labor le convirtió en el oráculo del buen gusto de la alta sociedad. Ziryab revolucionó la gastronomía con nuevas recetas y una jerarquía de entremeses y platos cuya inspiración llega hasta las cartas actuales, cuando en su tiempo, como en los restaurantes chinos baratos de ahora, toda la comida se servía a la vez. Con sus artes culinarias legó a la ciudad una receta que lleva su nombre: ziriabi o asado de habas saladas. Cubrió las mesas con manteles de cuero fino y recomendó que el vino fuera servido en copas de cristal y no de oro, como se venía haciendo desde la antigüedad, para saborear mejor sus matices. También inventó una pasta de dientes y un calendario de moda con los colores que debían lucirse en la ropa en función de las estaciones.

Ziryab era el Vogue, los 40 principales y la Guía Michelin del siglo ix.

En Córdoba hay una pequeña calle dedicada a su memoria musical, que no ajedrecística, que serpentea entre la indiferencia de sus habitantes. Al-Ándalus es para los españoles un ente abstracto que atraviesa los libros de texto como una simple cronología con batallas y monumentos. Su cultura ha sido borrada. Nadie explica a los niños quiénes fueron Ziryab, el poeta Ibn Hazm y, entre otros, el filósofo Ibn Fathun.

Hoy de aquel Al-Ándalus solamente quedan una ensoñación fanática de yihadistas y un recurso sobado para poner nombres a centros comerciales, promociones de pisos y paquetes turísticos con sangría y Alhambras.

Ziryab, a quien hemos tratado como madrastra, nos regaló versos, colores y peones.

Pese a las palomas que se cagan en su busto cordobés, su calle huele a geranio.

6Tomo II del clásico de Reinhart Dozy (1820-1883) la Historia de los musulmanes en España(Turner, 1984, págs. 82-86).

7Fernando Pessoa recrea este episodio en su poema «Los jugadores de ajedrez»(Odas de publicación póstuma, 1935-1994. Pre-Textos, 2002).

8Sin embargo, según me explicó el catedrático de guitarra del Real Conservatorio de Madrid Miguel Ángel Jiménez, no existe documentación del flamenco anterior al siglo xix, por lo que la influencia de Ziryab en este arte es más que dudosa.

El notario de las Luces

ajedrez: […] El nombre de este joven es M. Philidor. Es el hijo de un músico de cierta reputación y él mismo es un gran músico, así como quizás el jugador más fuerte de damas que haya habido, y tal vez habrá. Este es uno de los ejemplos más extraordinarios del poder de la memoria y la imaginación. Ahora vive en París.

Encyclopédie. Vol. 5, pp. 244–248. Año 1775.

Aunque se desconozca el nombre del barco y el número de víctimas, si las hubo, un naufragio fue determinante en la historia cultural de Europa. En el verano de 1750 un mercante partió del puerto de Ámsterdam con destino a la ciudad francesa de Ruan. En su cargamento había unas cajas precintadas con seis volúmenes manuscritos de un tratado de Medicina. Esos veinte años de trabajo de Louis de Jaucourt, Chevalier de Jaucourt, se hundieron en las aguas del mar del Norte.

El día en el que el autor de este tratado fue informado del desastre tenía 47 años. Había perdido la única copia de una obra que iba a entregarse a un editor. Era demasiado tarde para empezar de nuevo.

Resignado, decidió buscar otros quehaceres. Escribió una carta a Denis Diderot ofreciéndose a colaborar en el proyecto que lideraba junto al matemático Jean le Rond D’Alembert. Así es como el hoy olvidado Chevalier de Jaucourt entró a formar parte de la Encyclopédie, la mayor empresa editorial e intelectual del siglo xviii.

El Chevalier no es citado en ningún libro de ajedrez de su época y desconozco si tan siquiera sabía jugar. Eso da igual. Si he decidido dedicarle este capítulo es porque su firma aparece al final del artículo de 4279 palabras dedicado al ajedrez en el tomo quinto de la Encyclopédie. Merece un hueco en este libro que pretende recordar a los inconformistas y heterodoxos que escribieron la historia de este juego y del mundo. El Chevalier es el notario de todos ellos.

Este parisino de origen borgoñés fue eclipsado por los editores Diderot y D’Alembert y por colaboradores famosos de la Encyclopédie como Rousseau y Voltaire, que abandonaron el proyecto cuando las circunstancias se pusieron feas. Su tenacidad, hoy olvidada, fue la más determinante, la que le llevó a jugarse su patrimonio y pelear hasta el final. Sus compañeros lo veían como un hombre culto sin talento, un simple escribano de definiciones, pero en los tiempos en los que había que enfrentarse a la nobleza más reaccionaria y a la Iglesia, la constancia era más necesaria que la originalidad.

Un amigo lo describió en una carta de la siguiente forma: «Es un hombre de carácter tan cordial como feo en su aspecto, pero sus conocimientos son exactos y amplios». Se sabe poco de él, pero sí sabemos que era torpe eligiendo sus amistades.

De su pluma salieron 17.266 artículos de la Encyclopédie. 15.019 en el periodo de la gran crisis del proyecto que llevaron a Diderot a la cárcel y a la obra al Índice de los Libros Prohibidos. Su esfuerzo supone una producción media de ocho entradas al día9.

El Chevalier era hombre de los que hacen notas como inventario de sus emociones. Mientras unos hacían Historia, él se limitaba a dar fe de ella. A su manera, era un inconformista, eso sí, con el suficiente dinero para permitírselo. Nació aristócrata, aunque trabajó toda su vida, lo que resultó bastante escandaloso entre los de su clase. Fue un hombre abierto, feligrés de los libros, educado en Ginebra y Cambdrige, receloso de la muy católica Francia por sus orígenes hugonotes.

El inicio del texto escrito por Jaucourt sobre el ajedrez es maravilloso: «El juego de ajedrez que todo el mundo conoce y que muy pocas personas juegan bien…». Nadie dijo tanto con tan poco. A continuación, enumera alguna teoría sobre su origen, las reglas básicas, la fuerza de las piezas y establece el contexto en el que se encuentra el juego: pasado de moda «en favor de otras frivolidades menos excusables». El versado Chevalier, que años antes había escrito una biografía sobre el filósofo y matemático Leibniz, se atreve a sugerir que de vivir Montaigne estaría muy feliz ante la caída en desgracia de este juego porque lo encontraba «estúpido e infantil».

La Encyclopédie es el documento más extraordinario que se conserva dedicado a las costumbres y las ideas de la Europa prerrevolucionaria. Su estilo subjetivo, tolerante y laicista (la religión es tratada como parte de la filosofía, lo que cabreó mucho a los jesuitas) hace innovadora una obra que es mucho más que una recopilación de conocimiento. La enciclopedia francesa no fue la primera de la historia, aunque sí pionera en bajar a la calle desde los púlpitos y salones literarios. Por eso el trabajo del notario Jaucourt es tan importante, tan contemporáneo. Deja atrás la definición aséptica de un diccionario para escribir como un periodista que sale a buscar noticias y robar a los clásicos, porque el periodismo no es más que el robo del día a día con atenuantes. Esto lo demuestra en el artículo escrito sobre el ajedrez, en el que dedica un párrafo a un coetáneo suyo que en aquellos días asombraba con sus exhibiciones a la sociedad parisina: François-André Danican, más conocido como Philidor. Un hombre que rescataría el ajedrez de su letargo de más de cien años y sería mucho más influyente de lo que el Chevalier pudo imaginar.

Philidor era, como Ziryab y más tarde Taimánov, un músico muy dotado. Su primera fama llegó como compositor de ópera en la corte de Versalles, pero la inmortalidad la obtuvo con el tablero y no con la partitura. Bajo su reinado, el Café de La Régence se convirtió en el Wimbledon del ajedrez y en mucho más10. Si uno quería ser alguien tenía que jugar y ganar en sus mesas, algo que hizo casi un siglo después Paul Morphy, cuando vino del Nuevo Mundo para coronarse en su salón. Philidor fue un pionero de las partidas simultáneas a ciegas, convirtiendo el ajedrez en un espectáculo. Creo que hasta a Montaigne le habría gustado.

El ajedrecista-músico supo ver antes que nadie la fuerza oculta del peón, la pieza de menor valor pero que describió como el alma del juego. Así secundó en el tablero los valores enciclopedistas que iban a ser el combustible de la Revolución francesa. Sus enseñanzas dejaron claro que el uso equivocado de los peones lleva siempre al desastre. Ellos son los primeros en luchar mientras que en la retaguardia se esconden quienes mandan (los reyes). No olvidemos que si un peón llega al otro extremo del tablero se produce la coronación: la ceremonia transformista que lo convierte en una pieza más poderosa. Véase Napoleón.

En su primera vida, la Encyclopédie tuvo una consideración irregular. Su éxito de ventas desataría una guerra comercial entre libreros que hicieron mucha más fortuna que sus autores. Sin embargo, las ideas escondidas en sus tomos tuvieron un recorrido más corto del esperado. Como apunta Philipp Blom, su espíritu reformador, pero a la vez moderado, fue arrasado por el terror de la guillotina y la posterior tiranía bonapartista. Cuando se restauró la monarquía en Francia tras la derrota de Napoleón en Waterloo de 1815, los enciclopedistas tampoco mejoraron su reputación: eran vistos aún como rebeldes y ateos. La posteridad la ganaron en el largo plazo, gracias al poso silencioso que habían filtrado dentro de la sociedad francesa y que aún refleja lo mejor de este país.

Philidor también escribió, como Jaucourt. Primero un manual muy adelantado a su tiempo dedicado al juego y luego un reglamento en el que apuntó la colocación debida de las piezas al inicio de la partida, el enroque y la captura al paso.

La última parte del largo artículo del Chevalier es un debate mal resuelto entre el ajedrez y la inteligencia. «¿Por qué vemos tantas personas mediocres y casi idiotas que sobresalen [en ajedrez], mientras genios de todo tipo y de todos los estados ni siquiera han alcanzado la mediocridad?». Jaucourt se hace esta pregunta sin saber que hay varios tipos de inteligencia y ningún hombre o mujer ha sabido dominarlas todas.

Por su parte, el gran Philidor murió triste, aunque jamás perdió una partida. Cuando se produjo la toma de la Bastilla estaba de gira musical en Londres y no se le permitió regresar a Francia porque se le consideró un apátrida.

Su relación con Inglaterra fue estrecha. Visitaba este país cada año invitado por el Parsloe’s, un exclusivo club de caballeros londinenses fundado en 1774 que no admitía a más de un centenar miembros. Philidor era su maestro de ajedrez. Desesperado, intentó regresar a Francia escribiendo a Robespierre, jugador habitual del Café de la Régence, pero este se negó a facilitarle el permiso para viajar desde un país enemigo de la Revolución.

Tras la ejecución de Robespierre en 1794, el salvoconducto con el que soñaba Philidor salió por fin rumbo a Inglaterra. La carta llegó tres días después de la muerte de este último.

Más fortuna tendría el Chevalier de Jaucourt, que en sus últimos años vivió retirado en una localidad de provincias donde se dedicó a hacer lo que más le gustaba: tomar notas y dar fe de lo que leía o plagiaba. Su muerte fue indolora, como de notario jubilado con todos los asuntos en regla.

9Contabilidad que recoge Philipp Blom en Encyclópedie. El triunfo de la razón en tiempos irracionales (Ed. Anagrama, 2007). «[…] Autor de un total de 17.266 artículos, escribió 15.039 de ellos entre la crisis de otoño de 1759 y la publicación de 1765…» (pag. 362).

10En el Café de la Régence se conocieron el 28 de agosto de 1844 Karl Marx y Friedrich Engels.