Niña Calavera - Patricio Urzúa - E-Book

Niña Calavera E-Book

Patricio Urzúa

0,0

Beschreibung

El hallazgo de una piedra perteneciente a otra civilización lleva a Filipa a un lugar tenebroso y peculiar: el mundo de los muertos. Allí, no solo conoce a Sebastián, sino que también –y por una extraña razón– pierde su cara. Para recuperarla vivirá innumerables aventuras junto a su amigo y aprenderán que frotando la piedra se abren portales que los llevan a diferentes lugares de Chile. Conocerán Isla de Pascua, el sur y el norte del país, y también conocerán a extraños y terroríficos seres como el Nguruvilu, el Camahueto y el Pillán.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 119

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



ISBN: 978-956-12-3668-4

ISBN Digital: 978-956-12-3686-8

1ª edición: julio de 2022

© 2022 por Luis Patricio Urzúa Varas.

Inscripción Nº 2022-A-4660. Santiago de Chile.

© 2022 de las ilustraciones por Rebeca Peña Romero.

© 2022 de la presente edición por Empresa Editora Zig-Zag S.A.

Derechos exclusivos para todos los países.

Editado por Empresa Editora Zig-Zag S.A.

Los Conquistadores 1700, piso 10, Providencia.

Santiago de Chile.

Teléfono (56-2) 2810 7400

[email protected] / www.zigzag.cl.

El presente libro no puede ser reproducido ni en todo ni en parte, ni archivado ni transmitido por ningún medio mecánico, ni electrónico, de grabación, CD-Rom, fotocopia, microfilmación u otra forma de reproducción, sin la autorización escrita de su editor.

Diagramación digital: ebooks [email protected]

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

corre entre los árboles. El caucedel río Laja suena cada vez más cerca. Las ramas secas y el pasto amarillento rascan y rasgan la tela de sus bluyines. A veces le sacan sangre. Poca. Filipa tropieza y se levanta, sin tiempo para revisar sus rasguños ni para escuchar el sonido de las aguas ni tampoco para mirar la luna que brilla allá arriba, apenas, entre las nubes.

Filipa quiere parar, pero sigue corriendo.

En la penumbra, sigue a Cabeza Cortada casi sin verlo. Siente más los ruidos de sus pisadas cortas y rápidas, y a veces, entre los troncos, logra entrever los brillos verdes y distantes que irradia el fragmento que Cabeza Cortada lleva entre los dientes.

Los destellos la guían.Y vuelve a correr.

Filipa sabe que habría reído justo ahora, si hubiera estado viendo esta escena en una películade dibujos animados, calientita en su casa, sin pensar en otra cosa que en las papas fritas que se estaban acabando. Si hubiera visto esta persecución en un bosque, le habríahecho gracia que una niña chica corriera tras un engendro que parece una cabeza sin cuerpo ni piernas, una cabeza sin más que cara y pies. Luego, tal vez, se habría quedado dormida si fuera un domingo en la tarde. No demasiado tarde, claro, para poder levantarse temprano para ir a clases.

“Sí –se dice Filipa–, la habría encontrado chistosa”. Pero Filipa no está en su casa, ni está mirando esta escena en la tele.

Filipa tiene doce años y tiene que atrapar a Cabeza Cortada y quitarle el fragmento si quiere recuperar su rostro.

Porque quiere volver a sonreír. Volver a hablar como antes.

Quiere sentir de nuevo el sabor de las cosas.

Porque sobre los hombros Filipa solo tiene unos huesos en el lugar en el que las niñas de su edad tienen mejillas, labios, cejas y piel.

Filipa está cansadade tener cara de calavera.

Ya no quiere esconderse. No le gusta que la gente le tenga miedo. Que salgan corriendo cuando la ven o murmuren a su alrededor.

A Filipa eso le agota más que correr.

Por eso sigue adelante.

Filipa ve el río cada vez más cerca. “¿Cómo es posible que este bicho sea tan rápido?”, se pregunta mientras se apura más. Cuando está a punto de alcanzarlo, Cabeza Cortada atraviesa corriendo el río. Da un salto tras otro sobre el agua, como una piedra que hace patitos sobre la superficie líquida. Ni siquiera se moja.

Filipa no tiene tiempo siquiera de enojarse mientras empieza a planear cómo cruzar el río sin perderle el rastro.

Para ella todo había comenzado un tiempo atrás con la mejor de las tareas.

Ese viernes despertó temprano. Le encantaban los viernes, pero además ese día era especial. Por eso no le costó despegarse de la cama calientita ni quiso quedarse más rato posponiendo la alarma del teléfono. Se levantó de un salto porque era un día feliz: tenía que acompañar a su papá a su lugar de trabajo.

Ella sabía que hay papás que tienen trabajos aburridos o demasiado sacrificados. Papás que se marchitan ante la luz azulada de un computador o que acarrean cosas de un lado para otro en una moto. Papás que agachan la cabeza delante de un jefe que les cae mal o que hacen cosas aún peores para llevar el pan a la casa.

Pero no su papá. Él tiene el mejor trabajo del mundo.

Para Filipa, eso significa que su papá sabe todo sobre los dinosaurios, y que le puede explicar asuntos que sus compañeros del colegio ni siquiera entienden: la diferencia entre el Cretáceo y el Jurásico, los enredados nombres de la paleofauna chilena, por qué las gallinas son parientes de los reptiles gigantes que dominaron la Tierra hace demasiados años atrás, y un montón de otras cosas.

Un arqueólogo no se dedica a eso, claro. Pero Roberto está dedicado a Filipa más que a su trabajo, y sabe que a ella le encantan los dinosaurios.

Lo que sí hace Roberto, lo que sí hace un arqueólogo, es investigar en estratos más cercanos a la superficie en busca de los vestigios de humanidades pasadas. Lee la historia de quienes vivieron ahí antes, en aquellos restos enterrados por el tiempo que dejaron atrás como huella de su paso por el mundo. Cuencos, ruinas de casas, huesos y ropas rotas. Roberto es bueno en lo que hace, y ese día, ese viernes, tenía que viajar al sitio de una mina donde habían aparecido restos de un asentamiento humano antiguo.

Para Filipa, acompañar a su papá a una faena, hacerle preguntas y tomar fotos no era una tarea cualquiera: era más bien un paseo a ese tiempo enterrado, a las eras de la tierra registradas en polvo que se convirtió en piedra, tantos miles de años atrás que sentía vértigo solo de pensarlo. Ese tiempo de roca que está un poco más cerca de los dinosaurios.

Hizo un desayuno rápido para los dos: cereales con yogur para ella, un café y una tostada con mantequilla para su papá. Cuando Roberto salió del baño, sonrió al mirar la mesa.

Filipa ya tenía un pie afuera de la casa cuando se dio cuenta de que, con tanto entusiasmo, casi se había olvidado de despedirse de su mamá. Retrocedió unos pasos, se dio un besito en la punta de los dedos y luego tocó la foto de Andrea, su madre, que aparecía sonriendo, con su equipo de montaña, en un retrato de algunos años atrás.

Roberto había tomado esa foto. Esa fue una de las últimas expediciones de Andrea.

–Chao, mamita –le dijo Filipa a la foto–. A la vuelta te cuento todo lo de la gente antigua que me va a explicar el papá.

Filipa corre por la orilla del río hasta que llega a un lugar en el que los rápidos del Laja espumean contra unas rocas. Mira hacia la otra orilla. La luz verde del fragmento se está alejando rápidamente. Filipa sabe que no tiene tiempo que perder y en un pestañeo decide que saltar de roca en roca lo más rápido que pueda, sin pensar siquiera en lo que podría pasar si pierde el equilibrio, es la única manera de alcanzar aCabeza Cortada.

Da un salto primero, y cuando siente que va a resbalar, convierte el desequilibrio en el impulso para dar el salto siguiente.

El agua se arremolina, oscura, bajo sus pies. Ella sabe que eso significa que el otro, al que Cabeza Cortada le rinde cuentas, no debe andar lejos.

Razón de sobra para apresurarse.

Si Cabeza Cortada logra darle el fragmento al Nguruvilu, no habrá manera de reunir todas las piezas.

Filipa salta de nuevo. La suela de su zapatilla chilla contra la piedra mojada. Su pie se desliza.

Cruza el río.

A Filipa nunca le costó leer ni escribir en un auto en movimiento. Así que, apenas salieron de su casa en Copiapó, sacó su cuaderno para tomar notas. Después de todo, tenía una tarea por hacer y de seguro su papá iba a estar demasiado ocupado como para responder sus preguntas en la excavación.

Filipa carraspeó un poco, divertida, y trató de imitar la voz de una reportera de televisión.

–¿Hacia dónde nos dirigimos ahora?

Roberto sonrió.

–Pero qué seria te pusiste. ¿Y qué es eso de “adónde nos dirigimos”? Parece que estuvieras hablando como alguien de las noticias.

–Papá, esto es un trabajo muy serio. No importa cuántos dinosaurios encontremos en el viaje.

Roberto, esta vez, rio con ganas.

–No –le dijo a Filipa, sin apartar la vista de la carretera–. En el lugar adonde vamos, cerca de Mantos Verdes, al lado de Chañaral, no hay dinosaurios. Por lo menos, no que sepamos todavía.

Filipa casi puso una cara triste, pero se mantuvo seria. Una reportera tiene que ser profesional siempre, dinosaurios o no.

–Lo que sí hay, y que puede ser de lo más interesante para tu tarea –siguió Roberto–, son los restos de un asentamiento humano muy antiguo, y de lo más inesperado para los trabajadores de la mina que lo encontraron durante las faenas de excavación. Se parece a muchas cosas y a ninguna al mismo tiempo.

–Cuéntame más –dijo Filipa, y permaneció muy seria, anotando las respuestas de su padre en la libreta con su mejor cara de gran entrevistadora, mientras allá afuera la ciudad quedaba atrás y las casas cedían ante el desierto.

La mina de cobre no estaba tan lejos de la costa. Antes de bajar al lugar de la perforación, Filipa alcanzó a divisar el mar y, entre la bruma, las formas oscuras del puerto de Chañaral y un faro con forma de cono que parecía color pizarra a la distancia. Luego, mientras Roberto disminuía la velocidad para abordar las curvas con cuidado, descendieron hasta que el horizonte azul desapareció detrás de las colinas arenosas.

El rajo de la mina era grande, amplio. Filipa no podía creer que unos seres humanos hubieran hecho un hoyo tan grande en la tierra.

Roberto saludó y presentó a Filipa a los trabajadores de la mina. Los hombres la saludaron, cordiales, sin prestarle demasiada atención. Después de todo, solo era una niña y había asuntos más importantes que discutir.

Ella y Roberto se pusieron los cascos amarillos y las botas que eran obligatorias en el lugar. Filipa tenía tantas ganas de llegar a la excavación que estuvo lista antes que Roberto.

Filipa escuchó, de lejos, algunas de las cosas que decía la gente de la mina. Que habitualmente a esa profundidad no se encontraba nada. Que las obras habían parado en el sector, y era urgente catalogar y datar los restos. Roberto dijo que precisamente esa era la idea de esta visita preliminar. Hacer un catastro de la situación y determinar cuánto personal se requería para extraer los objetos. Roberto y el equipo de la mina, y Filipa con ellos, caminaron hacia el lugar del hallazgo.

“Esta va a ser la mejor tarea de todas”, pensó Filipa.

En una de las paredes del rajo, uno de los socavones hechos con maquinaria pesadahabía quedado a medio terminar. Las obras habían parado porque ese, precisamente, era el sitio en el que los trabajadores habían encontrado los restos.

–Espérame aquí, tengo un par de cosas serias que conversar con la gente –le dijo Roberto a Filipa.

Ella se quedó mirando un poco más atrás, cerca del borde del foso. Miró los restos de telas viejas y paredes de piedra enterradas entre otras piedras, y trató de entender lo que veía su papá en esas cosas. Casi esperaba encontrar unos huesos o una calavera, al menos, y se preguntó si no lo inventaría para que el relatode la tarea fuera más sabroso. Todo lo que pudo distinguir fueron unos fragmentos de greda, algunas fibras de lana desordenada y algo que parecía un bastón de madera enroscado que le recordó los dibujos de los pastores que aparecen en los cuentos. Se preguntó a qué venía tanto alboroto por un par de cachureos, y también tuvo ganas de comprender el lenguaje de esas cosas muertas que ocultaban maravillas que no entendía.

Fue entonces cuando lo vio.

Hay momentos que cambian la vida para siempre. Un minuto, o un segundo, quizá, que define cómo va a ser el resto de la existencia de alguien. Un umbral que se cruza una sola vez para no volver atrás, jamás.

Para Filipa, su umbral fue el instante en el que vio el fragmento en medio de los restos desenterrados por la faena minera. Su papá conversaba con el capataz y con uno de los encargados de la mina, a unos metros de distancia. El resto de los trabajadores estaba demasiado ocupado como para fijarse en lo que estaba haciendo una niña de doce años.

Era una piedra verde, con un brillo que ni siquiera la mugre que tenía encima lograba ocultar. Era raro que nadie más se hubiera fijado en ella: parecía destellar con una luz propia, más brillante que el reflejo del sol en las superficies de los cascos y las antiparras.

Tal vez solo ella podía verlo. Tal vez el fragmento la estaba llamando.

Filipa pensó primero en tomarle una foto con su celular. Metió la mano al bolsillo, mientras se decía que seguro iba a ser la imagen con más likes de su Instagram.

Miró de nuevo la piedra.

“Capaz que hasta salga en las noticias de verdad”, se dijo.

El objeto pareció susurrarle algo.

Filipa dejó de pensar en lo que hacía y se lo echó al bolsillo.

Corriendo cada vez más lejos de la orilla del Laja, Cabeza Cortada tropieza, de nuevo.

Esta vez, Filipa es más rápida. No demasiado. Solo lo suficiente como para agarrar uno de sus pies, que sus dedos sienten calloso y áspero.

Cabeza Cortada cae, y Filipa lo alza del suelo, sobreponiéndose a la sensación extraña de aferrar una cabeza sin cuerpo. Le parece estar recogiendo una pelota de vóleibol que se retuerce y reclama. No se ve tan peligroso ahora.

–Déjame –dice Cabeza Cortada con una voz extraña, aguda, como de pájaro. Que esté aferrando un trozo de piedra verde entre los dientes solo empeora las cosas–. Déjame, tengo que llevarle la piedra. Si no lo hago, él...

No demasiado lejos, a espaldas de Filipa, la espuma del río comienza a revolverse, cada vez con más fuerza. Filipa no mira hacia atrás, porque no necesita hacerlo: sabe lo que está pasando y sabe también que no hay tiempo que perder.

–¿Sabes lo que creo? –le interrumpe Filipa agotada, pero triunfante, mientras le quita a Cabeza Cortada el trozo de piedra verde de entre los dientes–. Creo que este pedazo de piedra es más importante para mí que para ti. Las explicaciones que tengas que dar si llegas sin nada entre los dientes no son asunto mío, así que deberías callarte.