Noche de verbena - Raquel Arbeteta - E-Book

Noche de verbena E-Book

Raquel Arbeteta

0,0

Beschreibung

Una noche. Cinco chicas. Seis versiones diferentes (sí, seis). Bambi La que lleva años enamorada del mismo tío y no le hace ni caso. Maca La que guarda un gran secreto que está a punto de dinamitar muchas cosas. Rigo La que está tan pillada de una amiga que prefiere no decírselo por no perderla. Lola La que cree que está rota por no ser como las demás. Inés La que no se va a dejar intimidar e irá a por lo que quiere. Las fiestas de pueblo nunca dejan indiferente a nadie. Y menos este año.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 531

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Para mis cifontinas favoritas, «las indes»:

Alicia, Pilar, Lucía, Mara, Virgi y Anita,

así como Andrea.

Porque sin ellas no habría noches de verbena.

Y para Myriam,

Ven a bailar.

Ven con tu espíritu.

No existe el mal.

Solo hay espíritu.

Too Many Drugs, Rigoberta Bandini

Bailo como si nadie existiera,

aunque me mires de reojo.

No necesito ser perfecta

para sentirme extraordinaria.

Para no ser miedos que detienen,

PRÓLOGO

Ninguna de las cinco amigas abre la boca mientras esperan la sagrada llegada de los churros. A las diez de la mañana, el bar del hostal huele a eso: a esperanza de grasa, chocolate y café. Desde hace eones, en el pueblo se conoce como el mejor antídoto contra la resaca.

Aunque esa en concreto parece peor que cualquiera que hayan vivido juntas. Observándolas, desde luego no es la típica mañana después del primer día de fiestas (¿hay alguna que lo sea?).

Inés vuelve a murmurar en sueños y apoya la cabeza todavía más en el hombro de Lola. No se despierta cuando nota algunos mechones del pelo rosa de su amiga rozarle la mejilla; solo arruga la punta de la nariz, hasta donde han caído sus gafas de flamencos. Lola la mira, sonríe suavemente y, en silencio, le sube las gafas con el dedo corazón.

–¿Nadie va a decir ni una palabra? –suelta Maca.

Maca. La Vallecas. Toda finura y elegancia por fuera, excepto por su mote. Porque no es ni fina ni elegante por dentro. A pesar de haber empezado la noche con su impoluto polo de la peña de las Divergentes recién planchado y una tirante cola de caballo, ahora cruza los brazos sobre una sudadera deslavada de «Frutas Matas», con el pelo haciendo sombra al peor nido de pájaros de toda la península ibérica.

–¿Por qué no empiezas tú? –gruñe Rigo–. Bonito outfit, por cierto.

–¿Por qué no hablamos del tuyo, doña Rigoberta? –contraataca Maca–. ¿Ese mono del cuello lo has robado del tiro o, como siempre, has engañado a alguien para quedarte lo que no es tuyo?

–¡Lo he ganado limpiamente! Soy muy buena apuntando. –Baja la voz–. Mucho mejor que tú, al parecer. ¿Qué tal está Luis?

–Vete a la mierda.

–Chicas, por favor –murmura Lola–. Vais a despertar a Inés.

–Pues debería –sigue Maca–. ¿Dónde diablos estuvo durante toda la noche?

Maca se gira hacia las demás, hasta detenerse en la quinta y más silenciosa del grupo.

–En realidad, todas hicisteis bomba de humo colectiva, aunque hubo una que estuvo especialmente desaparecida. Bambi, ¿tú qué?

Bambi parpadea con sorpresa, casi como lo haría su homónimo del cine de animación, y se coloca mejor en la silla del bar. Se pasa tras la oreja un mechón que ha escapado de una de sus dos trenzas y sonríe de lado antes de balbucear:

–¿Qué?

–¿Cómo que qué? –replica Maca. Luego se inclina sobre la mesa redonda y posa sobre ella una mano vendada–. ¿Dónde está tu sudadera de peña? ¿Esa no es la de...?

De inmediato, Bambi se pone tan colorada como la sudadera que la envuelve. Las mangas son tan grandes que ocultan casi por completo sus manos, excepto por las puntas de los dedos que asoman tímidas. Con un hilo de voz, responde:

–Anoche me la prestó...

–Oh, ¡el donjuán del Inglés, supongo! –le corta Maca–. ¿Y por qué la llevas?

–¡Eso! –Rigo señala con el índice a Bambi y a Maca alternativamente–. Os reís de mi mono de peluche hortera, pero al menos el uniforme de peña me ha durado toda la noche. ¿Qué diablos lleváis vosotras? ¡Traidoras! –Hace una mueca entre sardónica y enfadada–. ¡Fuera de la peña!

–¿Tú nos vas a echar? ¡Si entraste la última!

–Siempre aireas la misma mierda. Renuévate, Vallecas.

–Rigo, ni se te ocurra –murmura Maca–. Vosotras no me llamáis así...

–¡Tú me has llamado Rigoberta!

–Chicas, por favor, ¿queréis callaros? Inés está...

–Lola, tampoco te hagas la mosquita muerta –se ríe Rigo–. No sé cómo habrá sido vuestra noche, pero tú debes haberla pasado en un fumadero. Apestas a maría que echa para atrás. ¡La señorita antidrogas que nos persigue por cualquier tontería!

–Déjala en paz –bufa Maca. Se inclina hacia su amiga y tira del mono de felpa para acercarla a ella–. Y baja la voz, se va a enterar todo el mundo.

–Maca, querida, pareces nueva: seguro que todo el pueblo ya sabe lo que sea. ¡O lo sabrá! –Rigo sonríe, mostrando una dentadura perfecta y un piercing en el labio igual de brillante–. Les doy un par de horas. Y estoy siendo generosa...

–Estás siendo insoportable.

–¿Yo? ¡¿Yo?! ¡Métete con Bambi!

–¡¿Qué?! –exclama esta–. ¿Conmigo por qué?

–¡Sí, la desaparecida! –Rigo se gira hacia la Vallecas–. ¡Maca, yo al menos te llamé por teléfono a...!

–¡¿Después de mis diez llamadas perdidas, puede ser?!

Empiezan a intercambiarse reproches hasta que Lola da un contundente golpe en la mesa. Todas se detienen, los dedos índices acusadores en el aire y los labios secos entreabiertos. Cuando la miran, Lola se coloca mejor su diadema luminosa de cuernos de diablo y susurra:

–Ya vienen los churros.

Quique el Churrero (que ni es churrero ni se llama Quique) aparece entonces con su panza, su sempiterna camisa blanca, pantalón negro y habilidad para llevar dos bandejas llenas con la mejor de las ambrosías sin derramar nada.

Hay más bares en el pueblo, pero, en fiestas, las Divergentes siempre desayunan en el del hostal a las afueras. Antes de las doce, antes de que se llene por la hora del vermut. Tienen fichada una mesa junto a la puerta, muy próxima a la que suelen ocupar los músicos de la charanga. Quique lo sabe y se la reserva, porque en el fondo (y a pesar de las escasas propinas) las quiere. Las ha visto crecer durante veintitrés años, deshacerse de los vestidos de comunión, abrazar el alcohol y suplicarle cualquier alimento hipercalórico la mañana siguiente de la borrachera de turno. Por eso canturrea mientras deposita frente a ellas tazas de chocolate, una docena y media de churros y cinco cafés, cada uno distinto al otro.

–¿Una buena noche, chicas?

Las cinco responden con una tibia sonrisa que sí, excepto Maca, que refunfuña.

–¡Se ve que lo habéis pasado de miedo! Y solo es el primer día. ¡Coged fuerzas, que las fiestas continúan!

Se marcha incómodo al no obtener respuesta. Las chicas vuelven a refugiarse en su silencio hasta que Bambi, tras un largo suspiro, se acaricia el pequeño lunar que tiene en la aleta derecha de la nariz.

–¿Empiezo yo?

Las demás la contemplan con ojos cansados. Empiezan a moverse, pesada, lentamente, para atrapar los churros y mojarlos en cada taza. Excepto Inés, que sigue dormida, todas asienten con la cabeza.

–Empiezo yo –se responde.

Y empieza a relatar su noche.

BAMBI

(LA DE LA SUDADERA ROJA)

Creo que soy patética porque llevo enamorada del mismo tío desde hace ocho años, pero entonces me acuerdo de mis amigas.

Son un puto desastre. No son sinceras consigo mismas, como para serlo con las demás. Una es una pija madrileña que odia a la mitad de la humanidad, la otra es un intento de macarra que está tan frustrada en lo relativo al amor como yo. También tenemos una pintora bohemia que esperamos eche a volar en cuanto sepa con qué almas paletas se ha juntado, y un ángel de pelo rosa caído a la Tierra que ni siquiera entendemos cómo todavía no nos ha abandonado bajo un puente.

Pero son mis amigas. No seré tan patética si las he podido mantener a mi lado.

Aunque de poco me sirve si no les hago ni caso. Que ojalá lo hubiese hecho, la verdad, porque no habría tenido la noche que tuve.

El comienzo de noche, para ser más exacta.

El pregón de la tarde fue, como siempre, un liberador estallido de euforia. El pistoletazo de salida más esperado de todo el año. Nadie en la plaza prestó atención al discurso de marras, y nosotras solo vitoreamos a doña Julia (la antigua directora de nuestro instituto) al final de cada frase mientras estaba subida al escenario e intentando aparentar seriedad a pesar de su vestimenta de peña (toda rosa con lunares blancos, típica del Tablao). Cada uno de los setecientos jóvenes que saltábamos en la plaza estábamos deseando que llegara el mejor momento, esas cuatro frases rematadas por un «hurra» colectivo: «¡Viva la Santísima Virgen! ¡Vivan nuestros mayores! ¡Viva el pueblo! ¡Que empiecen las fiestas!».

Y el chupinazo.

Es en ese momento en el que se desata por completo la locura. Se abren las bolsas de harina, se lanzan las copas de plástico al aire, las serpentinas y el confeti barato. La charanga arranca y la carroza con las reinas de las fiestas (tres niñas vestidas con trajes regionales deseando tirar caramelos como si fueran francotiradoras) se dispone a hacer su recorrido por las estrechas calles de piedra. Arriba y abajo, por cada rincón, haciendo sus consabidas paradas en cada una de las Seis Grandes: las peñas más longevas, más numerosas y con mejor local.

Ninguna de ellas es la nuestra, por supuesto. Nosotras solo somos once veinteañeras, aunque (como suele suceder) en fiestas no estemos todas. Este año hemos aparecido cinco: las que nos criamos entre estas calles. Nos apañamos.

Cómo no, soy yo la que se ha pasado el verano haciendo las cuentas del alcohol, refrescos, vasos y gastos varios; la que ha hecho las reservas de comidas y cenas; la que ha gestionado la limpieza del local, el cambio de muebles, el enganche de la luz y los pagos al colectivo de peñas, al ayuntamiento y el regalo a don Félix, el amable exguardia civil que desde hace ocho agostos nos alquila un garaje reformado para pasar esta semana.

Cada una de nosotras tiene ya su papel asignado. He acabado asumiendo el mío con orgullo. Si soy quien tiene que tirar del carro, que así sea. Al fin y al cabo, la que más quiere a este pueblo, la que quiere vivir, trabajar y montar una empresa en él no es ni Macarena de Gracia, ni Inés Quiroga, ni Rigoberta Rojas, ni Dolores Bravo, sino María Lope del Sagrado, alias Bambi.

–Chicas –las llamo cuando el pueblo entero se detiene frente a la Tercera, la peña del Tablao, la de doña Julia–, recordad: a las diez tenemos la cena en el Antonio. A las diez. En el Antonio.

–Que sí, que sí –dice Rigo antes de pasarme un brazo por los hombros y besarme lo alto de la cabeza–. Mi Bambi preciosa, santa y dulce, allí estaremos.

–No lo digo por ti... Inés, no hagas la de siempre.

–Que sí, que sí. –Nuestra pintora lo dice imitando el fuerte acento de Rigo, quien suelta una carcajada alzando su vaso de plástico, derramando un poco de ginebra al asfalto–. No tengo que pensar qué ponerme, así que tardaré poco. Es quitarme el disfraz y ponerme la ropa de peña, ¡listo!

Eso dice cada año, así que no voy a discutir. De quien me fío es de Maca, siempre puntual. A las diez menos diez llamará al timbre de mi casa y yo bajaré corriendo las escaleras para que recorramos juntas los escasos cien metros hasta el Antonio. Lola ya estará allí con Rigo, charlando con al menos otras veinte personas bajo los soportales de la plaza, y nos tocará esperar a Inés durante una primera ronda de cañas.

O tres, como ha sido el caso de este año.

Cuando Inés se pone a hablar con otro grupo, Rigo se agacha hasta llegar a mi oído y me susurra:

–Este año te has hecho dos trenzas en vez de una, doña Supersticiones. Eso quiere decir que esperas que sean unas fiestas de leyenda. ¿Hay algo que no me hayas contado?

–Bueno... –Me sonrojo sin poder evitarlo–. El Inglés cortó con Vanessa antes de verano, así que...

–Oh, no. –El tono que usa no es irónico; de verdad lo lamenta–. No me digas que sigues teniendo esperanzas con ese tío.

–Nunca ha estado tanto tiempo sin volver con Vanessa –me defiendo–. Desde mayo sin subir una foto juntos a Instagram... Ni a stories. Y la hermana del Botas me dijo que ella lo bloqueó.

–Por algo sería –rumia Rigo–. Al final va a resultar lista la chavala. ¡Más que tú!

Me acaricio el lunar de la nariz y aparto la mirada, aunque no puedo esquivar a Rigo porque su musculoso brazo («el de vendimiar», como ella lo llama) sigue sobre mis hombros como una pesada cadena.

–Pensé que tú eras de las que me apoyaban.

Rigo tira de mí para que nos amontonemos junto al resto en la puerta del Tablao y así podamos llegar a la barra para rellenar nuestros vasos aguados.

–Apoyo que te lo tires cuando tú quieras, mi amor, pero no cuando él quiera. Hay una gran diferencia.

–No me lo tiro –murmuro avergonzada–. Él y yo nunca... Ya sabes.

–Pues hazlo este año y quítate la espina. Seguro que luego no es para tanto.

–Pero si tú nunca te has tirado a ningún tío.

–Por eso. –Rigo lanza una sonora carcajada y se termina el poco gin-tonic que le queda. Hace un gesto de asco antes de añadir–: Hazle caso a tu amiga bollera: tíratelo solo si tú quieres y no te imagines un futuro con él.

–Así que me animas a que esté con él rollo usar y tirar.

–¿Por qué no? Así pasas página. –Me tira de una de las trenzas de raíz y me sonríe con su dentadura perfecta, esa a la que es imposible resistirse–. Quiero ir a una boda en los próximos años y ligar con alguna dama de honor, y tú eres la mejor candidata para vestir de blanco.

–¿Yo? ¿En serio? ¿Esa no sería Maca, que lleva como siete años con Luis? Además, se case quien se case de nosotras, conocerás a todas las damas de honor.

–En primer lugar, confío en que Maca abra los ojos. Si pasa estas fiestas, desde luego que serán de leyenda y tendré que darte la razón. –La gente avanza, entramos por fin en el local y Rigo lanza su vaso vacío a una de las papeleras, encestando–. Y, en segundo lugar, sí, conoceré a todas las damas de honor... ¿Y qué?

Veo en sus ojos azules una frustración tan familiar que siento que me estoy mirando al espejo.

–Rigo –digo en voz bajísima–, a Inés no le gustan las...

–Ya –dice al mismo volumen–. Ya.

Llegamos a la barra y, cuando se separa de mí para pedir otro gin-tonic, su expresión apagada se transforma en una máscara de rotunda alegría.

Qué bien se le da fingir. Ojalá yo fuera así, pero mi cara es tan transparente como el cristal. Excepto Lola, todas me toman siempre el pelo. Si me enfado, se nota. Si pasa el Inglés cerca de mí, se nota. Si no me cae bien alguien, se nota. Si me hace gracia alguien, vaya si se nota. Me daba problemas en el instituto y, años después de graduarnos, incluso pasando por la universidad, sigo atrayendo la misma mala suerte.

Las personas no quieren la verdad, quieren que respondas como ellos desean a cada momento. Y creo que yo no siento igual que los demás. Debo sentir de forma defectuosa, o más intensa(y estúpida)mente, porque no entiendo por qué sigo obsesionada con el mismo chico desde los quince años.

Porque fue tu primer beso, me digo. Y porque lo has idealizado.

Puede ser.

O puede que prefiera idealizarlo que aguantar una mierda de relación sin compromiso tras otra.

Pues también.

–Eh, Lope –escucho una voz tan familiar como odiosa–, ¿qué te pongo? ¿O te pongo yo?

Alzo la vista a tiempo para contemplar esa estúpida sonrisa de lado. Me recuerdo que estoy en la peña de Julia, su madre, que fue una de mis mejores profesoras y que, además, está atendiendo en la barra a un metro de nosotros. Si no, saltaría la barra y le mataría.

–Darío –contesto en voz baja, igual que si fuera mi archienemigo (que lo es) y estuviéramos protagonizando una película de serie B–, ¿no tienes ninguna otra a la que torturar con tus gilipolleces?

–Tú eres la que ha venido a por mí –dice apoyando los codos en la barra–. O a por cerveza. Conociéndote, creo que preferirás lo segundo. Desgraciadamente.

–Evidentemente.

Dejo el vaso sobre la barra, pero Darío lo arruga en un segundo y lo encesta en la misma papelera que Rigo. Luego saca un botellín de cerveza, lo abre con el borde de la barra, lo deja frente a mí y vuelve a sonreír.

–Tres euros.

Beber en fiestas es gratis dentro de las peñas. De toda la vida. Pero Darío lleva haciendo la misma broma... toda la vida.

–De verdad, qué tonto eres...

–Bonito disfraz –me corta–. Parece que vayamos conjuntados.

–En tus sueños.

En el pregón, todas las cuadrillas se disfrazan. La mayoría compra un traje barato (total, va a llenarse de mierda y a durar dos horas), pero Inés y yo solemos convencer al resto de hacerlo a mano. Aunque, sin contar con la creatividad de Inés, este año hemos trabajado bastante en él; ahora somos cinco espléndidas cazafantasmas.

La peña de Darío es de las vagas: han elegido un disfraz cutre del juego del comecocos y a él le ha tocado el fantasma rojo. Gomaespuma hasta las rodillas y un chándal debajo. Nada más. Lo peor es que al final quedarán mejor que nosotras en el concurso. Para sorpresa de nadie, nunca ganamos.

–¿Vas a cazarme? –insiste–. Con esas piernecitas cortas, creo que ya sé quién va a ganar...

–Já. Me parto. –Arqueo una ceja–. La verdad es que tu disfraz sí que te pega: eres un puto fantasma.

–Y rojo, además. ¿Tú de quién vas? ¿De Bill Murray?

–No he visto la película original –confieso–. Es súper vieja.

Se echa hacia atrás agarrado a la barra y finge que se escandaliza muchísimo.

–Qué vergüenza, Lope. Si es un clásico. Y no es supervieja: más o menos es de la época en la que mojaste por última vez.

–Oye, hijo de... –Pero entonces su madre se gira hacia mí y se acerca risueña al reconocerme–. ¡Doña Julia! ¡Buen pregón! ¿Qué tal está?

–Bien, cariño, mucho mejor –responde suavemente. Posa una mano cariñosa en el brazo de su hijo más pequeño, aunque hace tiempo que el apelativo «pequeño» no casa demasiado con ninguno de sus tres enormes vástagos, y menos con Darío–. ¿Os estabais poniendo al día? ¿Cuánto hace que no venías al pueblo, Bambi?

–He tenido la presentación de mi máster –respondo con rapidez–. Pero he estado aquí casi todo el verano...

No sé por qué me excuso. Bueno, sí lo sé. Me siento culpable, aunque no tenga motivos. Pero esa pregunta siempre suena como un reproche para todos los que nos hemos visto obligados a marcharnos del pueblo, a pesar de ser solo durante un tiempo o no haber tenido otro remedio.

Lo siento, no todos podemos ser tan increíbles como Darío Moreno, que teletrabaja para ayudar a su mamaíta. Ahora se ha convertido en el horrible modelo a seguir que usan todas las familias como arma arrojadiza contra los hijos huidos.

–Aún no he visto a tu padre –dice Julia, todavía con la mano protectora sobre el brazo de Darío, que me mira con los ojos entrecerrados, como si pudiera leerme el pensamiento–. Dile que después se pase por aquí a tomar algo.

–Estará en su peña. Acaba encargándose de todo él solo...

–De tal palo, tal astilla –murmura Darío.

Me contempla con aire de ¿qué? ¿Lástima? ¿Superioridad? Yo le respondo de la misma forma y le taladro con la mirada, solo que dos cabezas más abajo.

Darío siempre habla así, sentenciando, como si fuera el más listo del lugar. No le aguanto. Esa condescendencia de «hombre que tiene la verdad única» es difícil de ignorar, pero en especial de no querer echar abajo con un puñetazo.

–Bueno..., ¡os dejo solos! –sonríe la mujer, antes de guiñarme un ojo y volverse hacia la gente que sigue pidiendo copas–. ¡No os peleéis!

Ya no somos críos para hacer eso, aunque ganas no me faltan.

Bebo del botellín sin dejar de observar a Darío, que ha sacado cinco más para un grupo de ruidosos primos (entre ellos, por supuesto, algunos míos). Los tíos acaban de apoyarse en la barra y ofrecen un buen espectáculo tarareando a voz en grito una canción de Extremoduro. Seguro que luego se intentan subir al tablao de madera que da nombre a la peña, aunque duren tres segundos. Darío irá al rescate de su madre y los echará, incluso cargará a alguno sobre el hombro para hacer el idiota y pavonearse.

El condenado se ha puesto todavía más fuerte. Siempre le elegían primero en los juegos de patio. A Lola y a mí, las últimas. «La flaca y la gorda»... Ugh. Él, sin embargo, siempre ha tenido pinta de jugador de rugby, aunque luego sea uno de esos obsesionados con los videojuegos que no pueden separarse de una pantalla más de un día.

Al Inglés no le gustan esas cosas. Es más de hacer paddlesurf y deportes que cuestan un riñón. Cualquiera que esté de moda y lejos de poder hacerse en los alrededores de nuestro pueblo, situado en medio de ninguna parte.

Ese sí que lleva sin aparecer todo el verano, pero estoy segura de que lo veré dentro de poco. Nunca se pierde las fiestas.

Tiene que ser esta noche o nunca.

Estoy dándome la vuelta cuando noto que me cogen del brazo. Me giro con una sonrisa pensando que es alguna Divergente cuando veo de nuevo esa cara de listillo.

–Lope –susurra Darío–, ¿es verdad lo de las cervezas?

–¿Qué?

–Lo que quieres montar –repite despacio, como si fuera idiota–. Me lo ha contado tu padre.

¿Por qué mierdas le ha contado mi padre nada?

–No es asunto tuyo.

–No hace falta ser tan borde. –Me suelta y enseguida agito el brazo como si me hubiera quemado con un mechero (algo que hizo sin querer cuando teníamos seis años)–. Lo preguntaba por si necesitabas...

–Necesito ayuda, pero no la tuya. –Hago una pausa y levanto el botellín–. Gracias.

–De nada.

El tono es serio, apagado, y eso me repatea las tripas. Tiene gracia que la persona que me puso el mote más sádico del mundo quiera hacerse ahora la víctima.

Es el único que no lo usa, a pesar de bautizarme así tras la muerte de mi madre.

Tal y como planeo, cumpliré ciento dos años, seré viuda por segunda vez, tendré cuatro gatos, diez nietos, demencia y, aun así, me acordaré de ese día segundo a segundo.

Porque hacía una semana que había muerto mi madre y lo primero que escuché al cruzar el umbral de nuestra clase de segundo de la ESO fue esa palabra: «Bambi».

Un mote que encerraba la más retorcida de las crueldades. Y lo dijo él, que era mi compañero de juegos, que sabía lo mal que lo habíamos pasado con la enfermedad de mamá y que solo tenía doce años, como yo, pero capacidad de sobra para asestarme una dolorosa puñalada.

Lo peor fue observar cómo, a la velocidad del rayo, todos asimilaron el apodo como algo natural, hasta entrañable. Ya no fui María Lope para nadie, ni siquiera para los mayores. Me convertí en Bambi, la huerfanita con aspecto de cervatillo a la que tener lástima.

Y una mierda me va a hacer sentir culpable Darío.

–¡Bambi! –Lola llega hasta mí abriéndose paso entre la multitud. Es igual de bajita que yo, pero juntas somos más poderosas, así que se engancha a mi codo y empujamos para poder salir de la peña–. Vamos a ir ya a la Cuarta. ¡La charanga ha empezado a moverse!

Lola y la charanga: un amor eterno.

Nuestra Lola apenas bebe, no fuma ni folla, pero vaya si baila. Tenemos un juego en la peña, para cuando nos quedamos solas: cerramos la puerta del garaje con llave, ponemos una canción de reguetón antiguo y jugamos a imitarnos bailando. Hay que adivinar quién es quién de nosotras, y llevamos en ello tantos años que apenas nos hacen falta un par de segundos.

Inés baila como si estuviera en una película indie: con aire de tener mucha vida interior, los ojos cerrados, la barbilla alzada y un incomprensible dedo índice en el aire.

Rigo, cuando no está con el codo en la barra, baila con los brazos arriba y abajo, cada uno con vida propia, y se convierte en una peligrosa arma de destrucción masiva.

Maca se contonea con los hombros, elegante y sinuosa como un gato, y mueve la cabeza a un lado y otro, manteniendo esa expresión de estar por encima de todos los que la rodean.

Yo bailo con el culo. Literalmente. Pero no tener pecho y sí caderas ha hecho que acabe sacando partido de lo mejor que tengo. Demandadme.

Y luego está Lola. Lola baila con cada extremidad, con toda su energía y con una expresión de entusiasmo tan plena que le llena toda la cara. Es tan adictiva y contagiosa que hace querer unirse a cualquiera que la vea.

Así que, aunque no esté de humor, la sigo hasta colocarnos tras la carroza y la charanga, en primerísima fila. Al bailar con el botellín en alto, intento olvidarme de todo; de Darío, de mi padre, del máster, de mi proyecto empresarial que jamás podré llevar a buen puerto, hasta del Inglés (aunque de él solo un poco).

Pronto las demás se nos unen y avanzamos por las calles del pueblo mientras suena Qué bonita es la amapola y, después, una versión de La Sandía que...

LOLA

(LA DEL PELO ROSA)

No tocaron esa. En la cuesta de la ermita sonaba Somos los barrieros.

BAMBI

(LA QUE NO TIENE MADRE)

¿Y qué más da? También sonó La Sandía. Me encanta esa canción.

MACA

(NI PIJA NI MADRILEÑA)

¿Podemos avanzar? Fuimos a la Cuarta, la Quinta, la Sexta, luego a casa a ducharnos y cambiarnos, y en la cena...

BAMBI

(LA DE LAS DOS TRENZAS)

Espera, espera, espera. Antes, en la Quinta, pasó algo. ¿Lo cuento?

RIGOBERTA

(LA DE LA SONRISA PERFECTA)

¡Y después me toca a mí! Mi versión de la historia es la mejor.

BAMBI

(LA OBSESIONADA CON EL MISMO TÍO DESDE 4.º DE LA ESO)

Bien. ¿Por dónde iba?

La Quinta es la de mi padre. Peña de los Halcones. Es la más grande de todas, con un chiringuito construido en un enorme patio que es la envidia del resto y que cuarenta cincuentones llenan de barriles, de guirnaldas de luces y banderitas de colores.

Recuerdo crecer con un pañuelo rojo al cuello y una versión minúscula del uniforme de la peña de mi familia, mientras a mi alrededor la gente bailaba, bebía y soltaba tantos chistes malos como comentarios obscenos.

Las fiestas son eso: un cóctel que debería ser explosivo y perjudicial para un niño, pero que acaba resultando la escena más tierna y familiar imaginable. Abuelos junto a bebés junto a adolescentes que beben y ligan a escondidas, padres primerizos que pasean a sus retoños para que todo el mundo les saque parecidos absurdos, grupos de amigos que solo se ven durante una semana al año, y divorciados que buscan segundas oportunidades.

Y, por encima de todo, los pasodobles, la normalización del alcohol y los «¿cuándo te echas novio?» que soportamos porque proceden de personas que conoces desde siempre y que probablemente comparten algún antepasado contigo.

Entramos junto a los músicos y me golpean los recuerdos. Darío con su minicamisa rosa de lunares del Tablao, Maca con su polo verde impecable del Chispazo, Lola con su peto y su camiseta amarilla de los Chiquis y yo con la naranja de los Halcones, subidos a una rama del enorme castaño de Indias plantado en la esquina mientras mi madre, la única responsable, nos gritaba desde abajo que bajásemos, amenazando con quitarse la zapatilla. Y todas nuestras abuelas, amigas desde la posguerra, riéndose con los dientes manchados de carmín, le gritaban a la Rosi que nos dejase en paz, que, si nos caíamos, así aprendíamos.

Abuelas que respaldan la rotura de piernas por el bien de la crianza: un clásico.

Cuando la canción termina, todos aplaudimos, y tanto los músicos como quienes les hemos seguido nos abalanzamos sobre la barra para reponer nuestras reservas.

Y entonces lo veo.

A mi padre, primero. A pesar del lumbago, está sacando del chiringuito otro barril de cerveza (porque, conociendo a sus amigos de toda la vida, seguro que ya han terminado dos ellos solos), y quien se ha ofrecido a ayudarle es el segundo tío que he visto (y también el más guapo).

–¡Hola, Inglés! –Le doy un toquecito en el hombro al mismo tiempo. Se da la vuelta y me sonríe con educación antes de agacharse a darme dos besos que, en realidad, caen en el aire y no sobre mi mejilla–. ¡Cuánto tiempo!

–Sí, ¿verdad? Desde... Semana Santa.

–Justo.

Está más guapo que entonces, si eso es posible. ¿Cómo lo hace, el condenado? Todo en él es dorado. Las pestañas largas, la piel morena, el pelo rubio oscuro recogido a medias en un moño, los ojos color miel y... hasta el disfraz. A él le ha tocado el de comecocos amarillo. ¿Qué llevará debajo de la gomaespuma? Un cuerpo apoteósico, sin duda, además de...

Me obligo a volver a aterrizar para preguntarle:

–¿Qué tal el verano?

Ya sé cómo ha sido su verano. Mejor que él, incluso, pero no puede saber que he estado atenta a sus publicaciones todos los días. Eso me haría parecer una loca, y no queremos eso.

La honestidad la reservamos para la tercera cita.

–¡Genial! Estuve en Salinas surfeando. Fui solo, pero lo necesitaba. Me fue bastante bien para ser la primera vez que practicaba. Después visité a mi hermana, que ahora está en Londres.

Lo sé de buena tinta, pero abro la boca y suelto:

–¡Increíble! ¿Y qué tal allí?

–Está muy contenta. Va a casarse. –Se pasa la mano por su espléndida media melena rubia de dios griego y añade–: El año que viene.

Boda a la que me encantaría ir. De su brazo, concretamente.

–¡Enhorabuena! –exclamo mientras le doy otro toque (tal vez con demasiada fuerza) en el hombro–. Por cierto, ¿te han servido ya? Puedo pasarme al otro lado y ponerte lo que quieras.

–Tranquila, no hay prisa. Tienen mucho lío. –Mira atrás por encima de su hombro; el patio está casi lleno–. Hace tiempo que no venía tanta gente a las fiestas.

–Sí, después de todo, había ganas. –Intento mantener contacto visual con mi padre para pedirle dos cervezas, pero está riéndose a carcajadas mientras sirve diez–. Van a ser de leyenda.

–¿De leyenda? –Noto la mirada confusa del Inglés sobre mí–. ¿Qué quieres decir?

Que, si hay suerte, para cuando llegue la verbena, llevaré tu sudadera roja de la peña puesta en vez de la mía.

Pero, como es obvio, no se lo digo.

–Que serán buenas. –Me encojo de hombros–. Intuición.

–La bruja Bambi –se ríe–. Qué mítica.

Se me encoge el estómago.

Se acuerda. Se acuerda de que todos los años me disfrazo cutremente de bruja por Halloween y por carnaval. Que vendía hechizos para aprobar en el recreo y que tengo una colección de piedras inútiles que en teoría me da suerte y que presto a las señoras del pueblo el día de la Lotería.

No debería sorprenderme porque hemos compartido diez años de seudoamistad desde que íbamos juntos al instituto, pero, aun así, esa pequeña muestra de reconocimiento despierta mis ilusiones.

Las condenadas tienen siete vidas.

–Eh, cariño. ¿Qué te pongo?

Mi padre tiene que estar exhausto, pero no lo demuestra. Otro que finge demasiado bien. Llevar el supermercado del pueblo supongo que es el mejor entrenamiento.

Trabajar de cara al público no está pagado, cobres lo que cobres. Lo sé, llevo trabajando en el mismo supermercado (el suyo) desde los dieciséis años. Cada fin de semana y verano.

–Una cerveza para mí –le digo. Luego me alzo sobre la barra para dar un pequeño saltito y dejarle un beso en la mejilla, rasposa por la incipiente barba gris–. Y al Inglés...

–Lo mismo.

Sonríe a mi padre como me gustaría que me sonriera a mí. No es el único. La gente del pueblo adora a Pedro Lope. Es normal, porque es un buen tipo. Y, además, desde hace once años despierta la compasión de la gente.

Yo no soporto esa lástima, aunque mi padre siempre le quite importancia e incluso haga bromas. Es viudo, no tiene una enfermedad terminal. Eso se lo quedó mamá. Sin embargo, parece cómodo con esa empatía sensiblera que le dispensan nuestros vecinos. Supongo que en un pueblo es mejor que el ostracismo.

Más vale acompañado, sea como sea, que solo. Ese parece el mantra de todo el mundo en fiestas.

Miro de reojo al Inglés, que coge la cerveza y le da el primer sorbo. Una gota se escapa y desciende desde la comisura de sus labios hasta el cuello bronceado por el sol, bordeando la nuez, perdiéndose después bajo el disfraz que oculta un cuerpo delgado pero atlético, con abdominales esculpidos por el mismísimo Miguel Ángel.

Quizás también sea mi mantra de este año.

No sé si me pilla comiéndomelo con los ojos. En cualquier caso, no debe molestarle, porque se agacha un poco para que le oiga bien y me pregunta:

–¿Seguís teniendo la peña donde don Félix? –Le contesto asintiendo con la cabeza–. Podría pasarme por allí esta noche.

–Estás más que invitado. –Esta vez soy yo quien bebe, solo que para ocultar todo lo posible mis mejillas coloradas y coger fuerzas para usar un tono sugerente–: Como siempre.

–Tú también a la nuestra –dice de corrido, sin darle importancia–. Ahora estamos desperdigados, pero abriremos sobre las once.

–Genial.

Nota mental: a las once en los Indeseables. Sí, ese es su estúpido nombre, aunque, juzgando a la mayoría de sus miembros, también bastante acertado. Qué esperaba, si lo eligió Darío cuando los chicos de nuestra clase cumplieron catorce. Ugh. Era más insoportable que ahora si cabe.

–Oye, ¿y qué tal te va en la universidad? ¿Has terminado ADE?

Se acuerda de qué carrera he estudiado. ¿Eso vale como señal de... algo?

–Este año. A la vuelta de vacaciones empezaré un máster sobre emprendimiento y... –Noto que le pierdo, así que me apresuro a añadir–: ¿Y tú?

–Terminé Químicas. Ahora no sé qué hacer.

Qué raro, como si nunca hubiera escuchado esa respuesta... ¿Quién sabe qué hacer? Ni siquiera yo, que parezco tener las cosas tan claras. Cuando somos más pequeños, el río de las obligaciones nos lleva: vamos tachando etapas, cómodos, conformes, dejándonos arrastrar. Hasta que terminas de estudiar y te ves vacío, sin dinero ni experiencia ni oportunidades, y te preguntas qué demonios vas a hacer a partir de ahora para rellenar cuarenta años de vida laboral si no te contratan en ninguna parte.

–Seguro que acabas por descubrirlo –le animo. Es una frase vacía, pero tampoco yo sé qué decir–. Por cierto, ¿qué tal Vanessa?

Al decirlo, me crece el nudo en el estómago. Puede que esté sonando como una chismosa, aunque en el pueblo es como decir que suenas humana: lo cotilla es la norma. Sin embargo, al contemplar su mueca de absoluta indiferencia, me doy cuenta de que soy la única que le da importancia.

–Me dejó. Llevo soltero desde mayo. Sin nadie. En este momento... no estoy preparado para ninguna relación.

–Vaya. Lo siento. –Hago una pausa–. O no. O enhorabuena.

Se gira y entonces ocurre.

Me sonríe. De oreja a oreja, con todos los dientes, con el cuerpo por completo dirigido a mí. Primera lección de lenguaje corporal: eso le ha gustado.

Bambi, sigue hablando.

–Yo también estoy soltera desde mayo –encojo un hombro– de hace veintitrés años.

Suelta una carcajada. Joder, estoy que me salgo. Hice bien en hacerme dos trenzas en vez de una y guardar el cuarzo rosa en la riñonera.

–¿Y tampoco estás preparada para ninguna relación?

–Nunca he sabido qué quería decir eso –confieso para eludir la pregunta–. Estoy preparada para no tener una mala relación. Que luego la tenga, es otra historia. La preparación no implica éxito, solo que evites la decepción.

–Qué bien habla la bruja Bambi.

Le sonrío intentando parecer tentadora.

–Thank you, Inglés.

Él oculta otra sonrisa tras la cerveza. Los dos nos parecemos en algo: detestamos nuestros apodos, pero nos hemos hecho a ellos. Es el mejor escudo, al final. ¿No dijo eso el personaje de una serie? Ante las pullas, hay que convertir los motes que nos molestan en nuestra mejor armadura.

En eso los del pueblo somos expertos. O cargamos con los de nuestros familiares, o crecemos con algún defecto que los apuntala, o la vida se encarga de colgarnos uno a la menor brevedad posible, y si es a través de un episodio vergonzante o traumático, mejor.

El Inglés no es inglés. Tampoco lo son sus padres. Ambos son de Copenhague, pero decir «el Danés» no quedaba bien y eso implicaba saber algo de geografía, cosa que en el instituto considerábamos poco práctico. Su familia vino al pueblo para trabajar en la fábrica que mantiene a flote la zona, y Erik (que así se llama de verdad) hizo su aparición en el instituto como la más atractiva e internacional novedad de nuestras vidas.

Alto, educado, amable, limpio (esto sigue siendo importante una década después, pero más en plena ebullición adolescente), voz templada y baja, sin historial de perrerías infantiles o de ser un completo gilipollas...

Sé que no era la única a quien le gustaba; sin embargo, el resto de chicas de mi generación han demostrado ser más inteligentes que yo (no era demasiado difícil) y ya se han olvidado de él.

Solo quedo yo.

Él y yo. Erik y María.

Qué bien suena.

Esta noche... ¿nuestros nombres quedarán juntos al fin?

Pero entonces llega Maca.

Enseguida capta la atención de la gente a su alrededor, incluida la del Inglés. Sí, Maca tiene novio, solo que también es preciosa y tiene dinero para dar y tomar. El problema es que es demasiado lista, así que hace siete años empezó a salir con el otro ser humano atractivo y con pasta de nuestra clase.

La quiero a rabiar, lo que impide que la odie. Además, he perdido la cuenta de las veces que me ha sujetado el pelo mientras vomitaba y rescatado cuando algún pesado me ha soltado su chapa en alguna fiesta.

Aunque la verdad es que en ese momento lo que hace es más bien lo contrario.

–Bambi, te estaba buscando. –Ni siquiera mira al Inglés al tomarme de la mano–. Vamos a hacernos una foto todas. Ven.

–¿Ahora?

–Ahora.

Se gira por fin hacia Erik. Su coleta está tan tirante y perfecta que su cara parece más tersa y afilada. Metro setenta y cinco, la piel morena por el veraneo en Mallorca, el pelo liso de un negro brillante, las cejas delineadas, las pestañas con treinta kilos de rímel, pero ni un grumo, los labios con un suave tono rosa amarronado.

Hasta yo me enamoraría de ella. No estoy segura de si es lo que piensa el Inglés, pero sí que alguna vez lo hizo. ¿Quién no? Supongo que a él le frena el hecho de que Maca parezca tan inalcanzable como letal y que además su novio sea Luis, uno de sus mejores amigos.

–¿Qué tal, Vallecas? –le pregunta él.

–Bien. –Es imperceptible, pero noto por el leve cambio en su expresión que acaba de detestar que la llame así–. ¿Qué tal tu familia?

–Oh, bien. Mi hermana...

–Me alegro mucho –le corta con suavidad–. Dale recuerdos de mi parte.

–Lo haré, sí. Gracias.

A él le falta echarse a temblar. Es difícil olvidarse de cómo se ganó Maca su apodo. A nosotras nos hace mucha gracia recordarlo, excepto a ella y a Lola, por eso siempre rememoramos la anécdota cuando ninguna de las dos está presente.

–Nos vemos luego –le digo al Inglés antes de que Maca tire de mí para meternos entre el meollo de gente–. ¡A las once en tu peña!

No sé por qué he gritado eso. ¿Parezco desesperada? Aunque es él el que ha insistido en que fuera. Espera, ¿ha insistido?

En cualquier caso, algo ha cambiado entre nosotros. Hace años que no está soltero en fiestas. Nunca coincidimos. O él tiene pareja y yo no, o él no tiene pareja y yo... no le veo. Pero esta vez he notado algo vibrar en el aire. Y, para variar, creo que la vibración no solo se transmitía desde mi dirección.

Sin fiarme de mi propia percepción de la realidad (porque llevo ya cuatro cervezas encima y porque no es la primera vez que me ilusiono para nada), me obligo a mantener la calma. Tengo que reservar fuerzas para apostarlo todo a esta noche.

Si me caigo, me rompo una pierna. Pero tengo que intentarlo.

Ojalá que no duela demasiado.

Me muerdo el labio de camino hasta donde está mi grupo, que se ha alejado de la mayoría de la gente y se ríe en círculo bajo el castaño de la esquina. Rigo me abraza y me alza en volandas en cuanto me ve, Inés me roba la cerveza para salvarla de caer (y, de paso, para bebérsela) y Lola no puede dejar de bailar Lloverá y yo veré mientras Maca extiende su largo brazo para hacernos un selfie. En cuanto la ven, dos tíos de otra cuadrilla se ofrecen a hacernos una foto de cuerpo entero.

Nos colocamos estratégicamente, respetando «el perfil bueno» de cada una. Lola se agacha, a pesar de ser la más bajita, Maca se coloca la mano en la cintura en lo que denominamos «la pose matadora», Inés hace el signo de la victoria, Rigo saca la lengua y yo, en medio, sonrío con la cabeza ladeada.

Esa será la última foto que nos saquemos todas juntas en toda la noche.

Porque nos separamos hasta la verbena.

MACA

(LA QUE RESCATA A SUS AMIGAS)

Falso. La siguiente vez que estuvimos juntas fue en la cena.

BAMBI

(LA QUE NO QUERÍA SER RESCATADA)

Oh, sí, claro, cierto. ¿Cuánto tiempo estuvimos sentadas todas al mismo tiempo? A ver, ¿cinco minutos?

MACA

(LA QUE SÍ QUE LA RESCATÓ)

Un minuto o cien. Pero compartimos un espacio común. Respiramos el mismo aire.

BAMBI

(LA QUE RECONOCE EN RETROSPECTIVA QUE SÍ, FUE RESCATADA)

En este pueblo no hay ni tres mil personas censadas, Maca. Aunque estés a un kilómetro de la plaza, respiramos el mismo aire. Además, ¿cómo no vamos a compartir el mismo espacio, si no hay ninguno?

Pero técnicamente no estábamos realmente juntas en la cena. ¿O no te acuerdas? Desde el principio, tú ni siquiera parecías estar allí. Y después...

MACA

(LA QUE RECONOCE QUE A ELLA TAMBIÉN)

¡Habló! Un tío en la mesa de al lado parecía captar toda tu atención...

BAMBI

(LA QUE LO ORGANIZA TODO)

¡Al menos yo fui puntual!

LOLA

(LA QUE SE AGACHA EN LAS FOTOS PORQUE NADIE MÁS LO HACE)

No es justo que acuséis a Inés. Sigue dormida.

RIGO

(LA QUE ESTÁ HASTA LOS OVARIOS)

Por eso creo que es mejor que continúe yo. Además, ya es hora. Tiene que empezar la parte interesante.

LOLA

(LA QUE HABLA EN VOZ BAJA)

Pero en voz baja.

RIGO

(LA QUE SABE HABLAR EN VOZ BAJA SI QUIERE)

Es horrible ser joven y tener esa sensación constante de que el tiempo se acaba y no has hecho nada aún o no eres nadie en la vida.

Esa es la impresión que tenía con quince años. No me gustaba nada y, a la vez, adoraba demasiadas cosas. Me paralizaba esa sensación asfixiante justo antes de escoger algo y saber que renuncias a otras cien opciones más. Para siempre.

No tuve esa sensación cuando me enamoré de Inés. Porque sabía que no tenía ninguna oportunidad con ella y sí cien ahí fuera.

Entiendo a Bambi más de lo que ella cree. He visto cómo crecía con los ojos fijos en el mismo tío. Y, aun así, con más posibilidades que yo. Cualquier hetero es fácil de conquistar, todavía más un hombre. Al menos, para una relación esporádica. Y Bambi es maravillosa, ¿quién no querría que nuestra pequeña sargento le organizase la vida? Todas pensamos que el Inglés, si no tenía el cociente intelectual de un pez payaso, acabaría por darse cuenta.

Pero lo de Inés y yo estaba condenado desde un principio.

Así que dije «¿qué demonios hago aquí?». Y al conseguir el título de la ESO, me marché a estudiar dos módulos fuera. No quería ir a la universidad porque desde niña me había convencido de que, por la situación económica de mi familia, no podría. Ni me interesaba. Quería hacer cosas con las manos.

No penséis mal.

Quería dejar de memorizar, de pelearme con la gramática, de fingir dar vueltas en el patio cuando el profesor no miraba. Quería producir, crear, trabajar y, claro, ganar dinero. Ayudar a todas las Bertas de mi casa.

Ah, sí, no lo he dicho. Todas las mujeres de mi familia (bisabuela, abuela, madre, tías, primas) se llaman Rigoberta.

¿Tradición o condena? En nuestro pueblo, parecen escritas con las mismas letras. Solo que yo no quería esa mierda. Así que un día me rapé el pelo para ir a clase y allí dije que de Rigoberta nada. Rigo o muerte. Me autobauticé. Como esa gente patética que suelta «mis colegas me llaman el Rey» cuando sabes a la perfección que no es cierto y que probablemente le llamarán el Brasas o algo por el estilo.

Solo que a mí me salió bien la jugada.

Porque, cuando la profesora entró en clase y me vio con el pelo rapado al cero, llegó a la peor de las conclusiones. Y, durante esas seis horas de instituto, pasé de ser la repetidora bollera a ser la pobre cancerosa.

Cuyo deseo del día era que la llamaran como jodidamente quisiera.

MACA

(LA QUE ESTABA PRESENTE ESE DÍA)

¿Tenías que contar todo eso?

RIGO

(LA QUE SABE CONTAR HISTORIAS)

No he terminado.

Bueno, poniéndoos en contexto sobre mí, sí.

Ahora voy con la cena.

Paso a buscar a Lola y caminamos charlando hasta la plaza. Adoro a Lola, pero eso no me hace especial. No conozco a nadie que no lo haga. Y si alguna vez encuentro a ese infraser, probablemente me servirá como bandera roja para tacharle de la lista de seres humanos decentes.

El caso es que, en cinco minutos, nos detenemos bajo los soportales de la plaza y me ofrezco a ir a buscar nuestros dos primeros botellines a la barra (el mío, el único con alcohol). No me preocupa dejar a Lola sola, porque le basta un segundo para saludar a alguien (primo, tía, amigo o desconocido, le trae al pairo).

En cuanto entro al bar, saludo a Antonio hijo y me aprovecho de ser la más alta y ruidosa en las inmediaciones para hacer mi pedido. Unas pobres adolescentes se giran en la barra y me miran con odio. Solo tengo que guiñarles un ojo para que se pongan nerviosas y vuelvan a darse la vuelta.

Me encanta hacerle eso a la gente.

–Aquí tienes –me dice Antonio, pasándome los dos botellines por encima de las cabezas de los demás.

–¡Apúntalo en la cuenta de las Divergentes!

El hombre asiente con la cabeza antes de seguir atendiendo. Desde allí, me asomo al comedor para comprobar que, efectivamente, Bambi ha reservado una de las mesas para nosotras, a la que cargarán nuestras consumiciones (teniendo en cuenta lo que suele tardar Inés, seguro que son bastantes).

Todas las enormes mesas rectangulares, casi sin espacio entre ellas, tienen un cartel que reza el nombre de la peña que la ocupará. La nuestra tiene un corazón junto al nombre. Maldita Bambi, seguro que fue la primera de todo el pueblo en llamar.

Echo un vistazo a qué peñas nos rodean y me echo a reír sola. Va a ser una noche interesante...

–Eso me han dicho, que se estaba liando con una en mitad de Madrid –escucho murmurar.

–Qué dices.

–La vio el Tenazas en una fiesta universitaria.

–Pero espera, ¿a quién?

–A Inés Quiroga. La Gallega.

–¿La de las Divergentes?

–Esa.

No sé qué pienso primero. Seguramente, muchas palabrotas. O me quedo en blanco. En cualquier caso, no me muevo. La gente tiene que esquivarme para pasar al comedor o pedir en la barra, así que gruñen al toparse conmigo.

–¿Estás segura? –siguen siseando.

–Eso dijo él.

–A ver, en Madrid la gente se desmadra...

–¿Y qué? Estamos en fiestas. Aquí la gente también se desmadra y nunca se la había visto hacer nada así.

Buena apreciación. Pero ¿en serio? ¿Inés? ¿Mi Inés? Quiero decir, ¿nuestra Inés? ¿Con una tía?

¡¿Mi Inés?!

Alguien me golpea en el brazo y casi se me cae el botellín de Lola. Eso me despierta y me cabrea, y me giro para decirle cuatro cosas al payaso cuando me topo con uno de los pocos tíos que visten con sudadera roja al que no quiero escupirle en un ojo.

–A ver si miras por dónde vas, Darío, majo.

–No es mi culpa si has decidido convertirte en una estatua aquí en medio. –Me sonríe–. ¿Qué pasa? ¿No te atienden?

–Me he quedado en blanco.

–Pensé que eso solo le pasaba a tu pelo.

–Ja, ja. –Darío lo mira fijamente. Sé que le encanta y que incluso él se planteó teñírselo también de ese color, aunque quedaría raro que un Moreno dejase de serlo–. ¿Sabes junto a qué peña os han sentado?

–Claro. ¿Quién te crees que le dijo a Antonio dónde quería que nos pusiera?

–¿Fuiste tú quien reservó?

–Soy el único de los Indeseables que vive aquí –me recuerda. Luego se encoge de hombros–. Me toca hacer el trabajo sucio.

–Harías buena pareja con nuestra organizadora, ¿te lo han dicho alguna vez?

Cabecea con una sonrisa algo abatida.

Cuando éramos niños y bautizó a Bambi, fui la primera que se presentó en el recreo dispuesta a tirarle piedras. Con el paso del tiempo, me he pasado a su bando. Es un buen tío, no afirma que sus ex estén locas, quiere mucho a su madre y trata bien a los camareros.

Bandera verde.

–¿A ti te han dicho alguna vez que te calles la boca?

–Más bien me la han callado, pero de otra forma –digo seductora. Le doy un codazo y guiño un ojo a la vez–. Aunque no creo que estés dispuesto a hacerlo, y yo menos.

Se echa a reír y escucho cómo sus amigos le meten prisa desde los soportales. Seguro que iba a pedir la primera ronda, y puedo ver al menos a siete veinteañeros sedientos.

–Rigo, luego nos vemos. Voy a hacerme camino.

–Suerte, máquina, crack, mastodonte.

Me hace el corte de manga antes de plantarse en tres zancadas en la barra. Yo utilizo la voz y la sonrisa, Darío el cuerpo. No empuja, ni siquiera le hace falta. Se aproxima y le hacen un hueco perfecto. Las adolescentes de antes se miran entre sí para soltar unas cuantas risitas y consiguen enternecerme. Así éramos nosotras cuando empezamos a salir con los mayores, aunque yo fantasease más con nuestras profesoras que con sus maridos.

–¿Rigo? ¿Estás bien?

Me giro y bajo la mirada casi treinta centímetros para ver al otro ser humano que, de niñas, no mostraba interés alguno por los hombres. Por nadie, en realidad.

–Sí, sí. Perdona. Aquí tienes.

Le tiendo el botellín a Lola. Se ha calentado un poco, pero mi amiga no se queja.

Me pregunto si la he escuchado quejarse alguna vez.

–No pasa nada, solo me extrañaba que tardases tanto –me dice, y señala hacia atrás con el pulgar–. Maca y Bambi ya están aquí. Venía a pedir también para ellas.

Me dispongo a repetir el mismo ejercicio que antes, pero me topo con dos botellines bajo la nariz antes de que pueda decir «esta boca es mía». No sé cómo Darío es capaz de llevar ocho bebidas sin que parezca que va a darle un ictus.

–Gracias, crack.

–Dios, basta –resopla él–. Deja de llamarme así, suena...

–Te voy a llamar así hasta el final de los días. ¡Oh, el karma!

–Hola, Lola –la saluda tras ignorarme–. ¿Qué tal la oposición?

Lola no se amedrenta porque Darío le saque tres cabezas. Siempre ha sido la amiga a la que enviar cuando te gustaba alguien. La que se hacía con el control del grupo «diana» y conseguía soltar aquel vergonzoso «a mi amiga le gustas» sin despeinarse. Yo la llamaba Lola Bond hasta que nos amenazó con no volver a conseguirnos ningún número.

–¿La oposición, dices? –responde después de poner cara de condenada a muerte–. Depende. ¿Quieres la verdad rápida o la mentira larga?

–Con eso me vale –se ríe él–. Mucho ánimo. Necesitamos profesores que quieran quedarse en el pueblo y no irse a los nueve meses.

–Gracias, ojalá tenga suerte. –Sabemos que la tendrá, ella es la única que duda–. Y gracias también por las cervezas.

–Tú no deberías dármelas. –Los ojos de Darío se desvían hacia la puerta del bar–. Pero, como vuestras amigas no me lo van a agradecer, de nada.

Le doy tal manotazo en la espalda que a punto está de romper su precario equilibrio de cervezas.

–No hagas favores esperando reconocimiento, máquina.

–No lo hago –dice al volver a enderezarse–. Solo que pensé que así Maca me tacharía de su lista negra.

–¿Maca? ¿Por qué?

–Por lo de... –Se calla. Me mira a mí y a Lola alternativamente–. Nada.

–Ni se te ocurra esconder la mano ahora, Darío Moreno Garcés. ¡Suéltalo!

–Lo de Luis. –Después se hace a un lado para que pase un matrimonio que le saluda al cruzarse–. No pienso decir nada más. No estaría... bien.

–¿Qué co...? ¿Ahora vas de caballero de brillante armadura o qué?

–Si vosotras no lo sabéis, no pienso decir una palabra más –dice en voz baja. Vuelve a hacerse a un lado y vuelven a saludarle–. No soy yo quien debería...

–Vamos a hablar con ella –murmura Lola–. Gracias otra vez, Darío.

Le sonríe como un hada antes de agarrarme del brazo y tirar de mí hacia el exterior. Sentadas en el bordillo, Maca y Bambi se ríen de algo que están viendo en su móvil. Apuesto a que de alguna foto en la que salgan mal, aunque las demás nos empeñemos en que eso es imposible.

Maca se ha cambiado de ropa. Es también de la peña, claro, solo que se nota que no es como la nuestra. Lleva polo, no camiseta, y está impecable; ni salpicaduras de cerveza ni arrugas. La sudadera azul cielo le cuelga sobre los hombros (para que luego niegue lo de ser una pija). Remata el conjunto con unos pitillos blancos y, en teoría, sus peores zapatillas, que deben ser las gemelas buenas de las mejores que hay en mi armario y que me pongo dos veces al año.

Bambi solo se ha arreglado las dos trenzas de raíz, pero le ha añadido pequeñas pinzas de margaritas que hacen juego con nuestras camisetas blancas, con el título y el logo de la peña en azul. La suya es dos tallas más grande y se pierde bajo la cintura de unos vaqueros altos. Lleva la sudadera atada a la cintura y se ha puesto unas zapatillas cochambrosas que, por supuesto, llevan plataforma. Se niega a aceptar su altura, pese a que con ellas apenas llegue al metro sesenta. Oh, y tiene los labios pintados de rojo.

Señal de que mi chica va a ir a por todas.

Al llegar, Lola se sienta junto a Maca y yo me arrodillo frente a las tres y, tras darles sus bebidas, bajo la voz.

–Maca, ¿qué ha pasado con Luis?

Sé que debería ser menos directa, aunque saberlo no va a hacer que cambie de estrategia. He comprobado que se pierde demasiado tiempo y el resultado tampoco difiere mucho: Maca nos va a querer estrangular de cualquier forma.

–¿A qué viene eso?

La Vallecas no se ha reído. Ha usado el mismo volumen que yo y la misma mirada fulminante que me dedicaron las chicas de la barra.

En realidad, más quisieran aquellas crías inspirarme ese miedo.

Sin embargo, no me amedrento. La conozco. Luego es suave como la mantequilla, a pesar de que en el camino acabes queriendo refugiarte en los brazos de tu madre y llorar durante un mes.

–Hemos oído algo en el bar –aclara Lola, cubriendo al bueno de Darío. Coge a la vez del brazo a Maca, con tiento, y yo no puedo hacer otra cosa que asentir y admirar su mano izquierda. Literal y figuradamente–. ¿Tenéis algún problema?

–Lo hemos dejado.

Bambi ahoga una exclamación y casi se le cae el móvil.

–¡¿Cuándo?! –Maca se gira de inmediato hacia ella, así que repite con un hilo de voz–: ¿Cuándo?

–Hace siete días.

–Espera. –Apoyo ambas palmas sobre sus rodillas, porque soy resistente, pero en cuclillas y con esas noticias no aguantaré mucho sin caerme al suelo–. Luis se fue hace una semana a Alemania a hacer el máster de pijos ese. Le acompañaste al aeropuerto...

–Fue ahí. Antes de irse. –Maca arruga los labios y encoge un hombro, todo al mismo tiempo, como la elegante abogada que todavía no es–. Era lo mejor.

–¿Y cuándo ibas a contárnoslo?

Yo bufo y gruño:

–Bambi, está claro que esperaría a que recibiéramos la invitación de boda del puñetero Luis con alguna ricachona de Frankfurt.

–A lo mejor es algo temporal –tienta Lola–. ¿Os habéis dado un tiempo o es... definitivo?

Se hace el silencio entre nosotras. En los soportales no, por supuesto. No ha dejado de llenarse de gente que va a cenar en el Antonio o a dulcificar algo de su miserable vida de la mejor manera que sabemos los españoles: bebiendo hasta la inconsciencia.

–Sí.

A Lola y a Bambi parece bastarles esa respuesta, porque cada una le pasa un brazo por la espalda a Maca y le dan una especie de abrazo a tres. Yo, frente a ellas, no puedo sentirme más confusa ni estúpida.

–Esa no era una pregunta de sí o no...

–Que es definitivo –murmura Bambi entre dientes, con aura de madre exasperada.

–Ah. Joder. –Como no hay hueco para una más, le abrazo las piernas–. Lo siento mucho, Maca. Aunque Luis...

–Era lo mejor –repite para interrumpirme–. Fue algo mutuo y meditado. No os preocupéis.

No llora. De hecho, no hace ni una mueca. Se deja abrazar por sus amigas, pero, a juzgar por su expresión apática, podría estar recibiendo el mismo gesto por parte de tres exconvictos.

Miente.

MACA

(LA NUEVA SOLTERA)

No te hagas la lista. ¡Qué ibas a saber!

RIGO

(LA NUEVA BRUJA DE LAS DIVERGENTES)

Soy muy intuitiva. Y una de tus mejores amigas. ¡Claro que sabía que ocultabas algo!

MACA

(LA QUE OCULTABA ALGO)

Ah... eh... Mm. Pero no creo que supieras...

RIGO

(LA QUE NO DEJA DE SER INTERRUMPIDA)

Espera, espera. Termino primero mi parte, ¿vale? Ahora vamos con lo bueno.

LOLA

(LA QUE SÍ QUE SE QUEJA DE COSAS, PERO NO LA ESCUCHÁIS)

¿Te refieres a cuando llega Inés?

RIGO

(¡SILENCIO!)

¿No eras tú la que decía que hablásemos bajo? Vas a despertarla.

BAMBI

(¡ME PINTO LOS LABIOS MUCHAS VECES!)

Llegó Inés, lo recuerdo. Pero antes nos sentamos en el comedor, ¿verdad?

RIGO

(LA QUE OS QUIERE, AUNQUE SEÁIS MUY PESADAS)

Voy, voy. Mi Bambi impaciente... Cómo se nota que lo que te interesa empieza después.

Maca decide que no quiere seguir oyendo hablar del tema. Saca a colación que ya es hora de sentarnos en la mesa, aunque falte una de nosotras. Podemos ir pidiendo por ella. Total, nuestra Inés es vegetariana, así que no hay demasiadas opciones para una animalista en un típico bar de pueblo. Ensalada mixta, verduras a la parrilla, patatas fritas...

Y ya.

Pero en el Antonio todo sabe a gloria, e Inés no es una quejica.

Porque es... extraordinaria.

Estoy deseando ver qué maquillaje ha preparado. Vestirá como el resto de nosotras, de azul y blanco, pero ella destacará con la mochila más rara que se haya visto en kilómetros a la redonda y un eyeliner de fantasía. No lo pretende, pero es de esas personas que acaba sentando precedente, que es criticada para después ser imitada por todas las demás. La primera vez que apareció en agosto con zapatos plateados, pensé que tendría que pegarme con medio pueblo por las burlas poco ingeniosas. Al año siguiente, la mitad de las quinceañeras llevaban zapatillas brillantes.

Inés no se regodea. Va un paso por delante. Cuando podría echarle en cara a la gente las bromas del año anterior, aparece con calcetines desparejados y un gorro de pescador.

Ninguna de nosotras dice nada. Envidia, supongo. Tiene que ser liberador que te importe un carajo lo que piensen los demás.

Y angustiante que solo te interese lo que piense alguien a quien tú no le interesas.

Tras otra ronda, cruzamos el bar en fila, con Bambi a la cabeza. Es minúscula, un tapón con una energía inagotable que saca de los cinco cafés que se toma al día y de la esperanza de ligar con el Inglés cada semana de fiestas.

Me pregunto qué ocurrirá el día en que se le agote. Lo más probable es que acabemos celebrando estos días bajo un puente.

En cuanto llegamos, Bambi se detiene en seco y yo, a su espalda, casi me la como y siento la cabeza de Lola chocar contra mis omóplatos.

–¿Qué te pasa, ciervita?

–Tiene que estar mal –me contesta. Gira la cabeza a un lado y a otro–. Yo le dije a Antonio que nos colocara en...

–¡Menudos vecinos tenemos! –la interrumpo con una carcajada–. ¡Qué bien lo haces, como siempre! –Poso las manos en sus hombros y la empujo a que se siente en la cabecera, de espaldas a la mesa contigua–. Tú, aquí.

–¿Qué? ¿P-por qué?