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Ya huele a Navidad. Literalmente. Dos libreros en aceras opuestas. Atracción mutua. Una batalla por hacer la Navidad más inolvidable. Diego Solo trabajo con ella. La besé porque quería hacerlo. La he ayudado. Ella a mí. Eso es todo. ¿Por qué, entonces, me cuesta tanto respirar? Matilda Si pudiera deshacerme de este miedo que me frena, le besaría. Este terror a las consecuencias, al futuro, a sentir demasiado, a lo desconocido# Los envuelve esa clase de energía electrizante que lleva días contenida,ese silencio que grita lo que ambos llevan semanas fingiendo que no existe y que no lo desean con todas sus fuerzas.
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Seitenzahl: 462
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Portadilla
Dirección editorial: Berta Márquez
Coordinación editorial: Alejandra González
Dirección de arte: Lara PecesDiseño: Mireia Rey
© del texto: Raquel Arbeteta, 2025 Autora representada por IMC
© de la ilustración de cubierta: Guillermo Barón Plana
© Ediciones SM, 2025Impresores, 2Parque Empresarial Prado del Espino28660 Boadilla del Monte (Madrid)
ISBN: 978-84-1011-601-6
Coordinación técnica: Equipo SM
Digitalización: ab serveis
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Para Andrea,
la mejor hermana mayor.
Con ella, todos los días son Navidad.
Prólogo
El mote se lo puse tarde (demasiado tarde), pero le viene como anillo al dedo.
–Ha sido Diegocéntrico –murmuro para mí misma–. Estoy segura.
Izan, mi nuevo compañero, alza la vista de la caja de libros que acaba de abrir sobre el mostrador.
–Quizá haya otra persona que trabaje en...
–No –lo corto–. Ha sido él.
Entrecierro los ojos mientras, a través del cristal, sigo observando el escaparate que brilla como un faro en la acera opuesta. Tiene un elegante calendario de Adviento de libros lleno de ventanitas que acaba de desvelar su primera novela en este día: uno de diciembre.
Un calendario de Adviento en forma de casa victoriana, bellamente iluminada y tan bien hecha que parece una versión en miniatura de la casa de Mujercitas. Comparada con la cutre fachada de papel maché que hice para el calendario de Adviento que ocupa nuestro estrecho escaparate, la suya resulta...
En fin. Nos deja a la altura del betún.
Una vez más.
Aunque no es el único detalle que nos diferencia. La tienda que nos enfrenta, como el reflejo distorsionado de un espejo, no puede ser más distinta a la nuestra.
Librópolis tiene tres plantas enormes, puertas dobles automáticas y un inmenso escaparate acristalado repleto de novedades que renuevan cada semana. Encima de la entrada, las letras blancas sobre ese fondo plateado tan característico son metálicas y redondeadas. Perfectas. Con una caligrafía única y distintiva que cualquiera reconoce al instante. Al fin y al cabo, es una de las franquicias de librerías más importantes, no solo en la capital, sino en todo el país.
Y, hace un año, sus dueños tuvieron la maravillosa idea de abrir uno de sus locales delante de nosotros. Frente a la pequeña y quincuagenaria librería que regenta Sabrina, la señora Berdón, mi jefa.
Cabrones avariciosos.
Sabían lo que hacían. Seguro que hicieron un meticuloso estudio de mercado en el barrio antes de plantar ahí su tienda despersonalizada y masiva, y consideraron que nuestra librería independiente no supondría una amenaza. Que nos aplastarían como hormigas.
David contra Goliat. Solo que, esta vez, no estoy segura de que un tirachinas vaya a salvarnos de la quiebra.
La Cabaña de la Bruja no puede ser más distinta al monstruo capitalista que acoge a una de las peores personas que he conocido jamás.
La tienda donde llevo cuatro años trabajando tiene una sola planta, techos bajos y paredes de ladrillo decoradas con cuadros e ilustraciones de famosas brujas de la literatura. La mayoría del espacio está ocupado por un pequeño laberinto de estanterías de madera oscura atiborradas de novelas de todo tipo. Tenemos un pequeño rincón infantil al que solo se puede acceder atravesando una puerta roja de un metro de alto y una chimenea de piedra ocupada por libros de segunda mano (el escondrijo favorito de Howl, el gato de la señora Berdón y más dueño del local que ella misma).
Contamos con el cariño de los clientes leales de siempre, del barrio de toda la vida, y continúa habiendo curiosos que se atreven a entrar y a hacer sonar la campanilla de metal sobre la puerta. Solo que cada vez es menos frecuente oír ese agradable sonido. Si algo he comprobado tras meses y meses de caídas en las ventas, es que es imposible luchar contra el inmenso catálogo, la facilidad de compra y las llamativas campañas de Librópolis.
Y él lo sabe.
Porque sí, Diego trabaja para el enemigo. De la misma forma que, hace un año, trabajaba con nosotros.
Más concretamente, conmigo.
–Matilda –me llama Izan–, tuviste una idea genial. El calendario de Adviento de libros entusiasmó a la jefa. Pero esa gente tiene un departamento entero solo de marketing. Reconoce que es posible que ellos también tuvieran la misma idea al mismo tiempo.
–No creo en las casualidades –le digo–. No desde que lo conocí.
Porque ahora sé que todo lo que nos rodeó a Diego y a mí no fue cosa del azar. Que nuestro encuentro, nuestra amistad, nuestra relación, no fue una cadena de momentos conectados por el poderoso hilo del destino.
Fue la maquinación del cretino con mayúsculas que ahora, igual que estoy haciendo yo con él, me observa desde el otro lado de su escaparate.
A esta distancia, solo logro distinguir figuras que se mueven tras el cristal, pero estoy segura de que una de ellas, la que está quieta como un centinela, es la suya.
Está ahí, ojo avizor. Esperando mi próximo movimiento. Tomando nota de mis desesperados intentos para que La Cabaña de la Bruja no se hunda. Copiando mis torpes estrategias de marketing y haciéndolas suyas a lo grande en la librería donde ahora trabaja solo para joderme viva.
Pero no voy a rendirme sin luchar.
Mi sueldo depende de ello. Si la librería cierra, acabaré de patitas en la calle. Y no solo yo, sino también Izan y la señora Berdón, que me dio trabajo cuando nadie me concedía una oportunidad.
Aunque no solo es mi posible incursión en el paro lo que me preocupa.
Me niego a que él gane. Me niego a imaginarlo paseándose victorioso de camino al trabajo y que, justo antes de entrar en esa librería monstruosa, mire a la acera opuesta y se sonría al contemplar el cartel de «Cerrado para siempre».
Esa estúpida sonrisa.
Esa lenta, torcida y engreída sonrisa que un día me provocó sentimientos tan distintos.
¿Que si sueno vengativa? Por supuesto. Pero ¿quién puede culparme?
Desde luego, nadie que haya escuchado nuestra historia.
I kissed you, it was pouring
We held each other tight before the night was over
You looked over your shoulder
Oh, I was doing fine
You said, «Remember that night?
Remember that night?»
[Remember that night, Sara Kays]
El fantasma de las Navidades pasadas:
Inocencia
1
13 meses antes
Acabo de salir del escaparate cuando suena la campanilla de la puerta.
Llevo toda la decoración de Halloween que acabo de retirar entre las manos y, al girarme para saludar al cliente recién llegado, se me cae una guirnalda de calabazas. Me agacho para recogerla, pero él es más rápido.
–Muchas gracias –le digo todavía en el suelo–. Podrías dejármela... –Señalo con los ojos todo lo que llevo encima, pero cambio de idea–. ¿En el mostrador? ¿Te importa?
–No hay problema.
Alzo la vista desde el suelo y entonces lo veo por primera vez.
Es alto, con el pelo corto y rubio muy claro. La piel de su rostro es pálida. El resto de su cuerpo lo cubre un abrigo largo, grueso y de color verde oscuro. La bufanda de cuadros que lleva alrededor del cuello, de lana, también es del mismo color.
Camina con elegancia hasta el mostrador de la librería y deja con cuidado la guirnalda sobre la madera. Entonces me doy cuenta de que sus manos están cubiertas por guantes negros de piel. Todo, desde la bufanda hasta las botas que asoman bajo los pantalones de traje de color gris, tienen pinta de ser extremadamente caros.
Todavía no le he visto bien la cara, y tampoco puedo distinguirla en este momento. El chico se queda plantado ahí, frente al mostrador, de espaldas a mí. Esperando.
Me doy prisa en levantarme y dirigirme al otro lado de la mesa, donde dejo toda la decoración en una caja de cartón abierta bajo la repisa.
–Disculpa, estaba en plena redecoración del escaparate –me excuso–. Estando sola, es un poco complicado encargarme de todo.
–Para eso venía –me explica–. He visto el cartel de la puerta.
Como yo, debe de tener entre veinticinco y treinta años. Su rostro es anguloso. La mandíbula, afilada como un cuchillo. Una nariz grande y levemente aguileña, salpicada por unas cuantas pecas, cae desde unas cejas arqueadas y de un rubio más oscuro que el de su pelo. Lo lleva peinado hacia atrás, más largo en la parte de arriba que a los lados. No tiene ni un pelo fuera de su sitio, como si se hubiera pasado una hora recolocando frente al espejo cada mechón dorado.
Sus ojos son de un azul apagado. Cuando miran directamente a los míos, lo siento igual que un relámpago.
Una repentina corriente eléctrica me recorre de la cabeza a los pies.
No creo en el amor a primera vista, pero sí en la química instantánea. La he sentido por otras personas antes. Sin embargo, lo que experimento esta mañana es algo ligeramente distinto. Cierto instinto animal que hace que me encoja en el sitio.
Es puro instinto de supervivencia.
–¿Ah, sí? –consigo pronunciar–. ¿Estás interesado en el trabajo?
Se limita a asentir con la cabeza. Ha guardado las manos enguantadas en los bolsillos del abrigo y continúa mirándome de esa forma seria, casi feroz.
–¿Has traído tu currículum? –le pregunto–. Puedes dejármelo y se lo daré a mi jefa en cuanto la vea. La señora Berdón dijo que se pasaría a saludar en una media hora.
Frunce el ceño y abre la boca, aunque enseguida parece arrepentirse de lo que va a decir. Gira el rostro para observar la librería de reojo y tarda un par de segundos en volver a mí.
–Pensé que tú eras la jefa.
Se me escapa una carcajada. Él alza ambas cejas, aunque no revela nada más.
–¡Ojalá! Pero no, solo soy una empleada. La única, de hecho. Sabrina, es decir, la señora Berdón, que sí es la dueña de la librería, va a tener que operarse de la cadera, y no va a poder trabajar más aquí. Este octubre he hecho lo que he podido para llevarlo todo sola, pero se acerca la campaña del Black Friday y de Navidad... –Suspiro–. Necesito una mano extra.
–Entiendo –dice sin inflexión–. El problema es que no tengo el currículum en papel en estos momentos.
–Puedes mandárnoslo por mail. –Cojo un bolígrafo y una de las tarjetas del mostrador, y rodeo uno de los correos electrónicos–. Envíalo aquí, el otro es para pedidos.
Le tiendo la tarjeta y él tarda un segundo en sacar la mano del bolsillo y recogerla. Luego se queda mirándola. Mi pecho se ensancha al coger aire.
El diseño corporativo es nuevo. He hecho mis pinitos en esto del diseño gráfico y, después de miles de pruebas, logré confeccionar un logo y escoger una tipografía que me gustara. Aunque Sabrina siempre me dice que sí a todo, quería que tuviera un aire lo más profesional posible.
Me habría encantado contratar a un diseñador especializado para que se encargara, pero nuestro presupuesto era nulo. Lo que he invertido es mi propio tiempo con tutoriales de Procreate y Canva.
El desconocido no hace ningún comentario al respecto, se limita a guardarse la tarjeta en el bolsillo.
–Y... dime –pronuncio–, ¿por qué te gustaría trabajar aquí?
De inmediato, dirige sus ojos azules hacia el escaparate.
–Necesito un trabajo.
Casi se me escapa otra carcajada. Por suerte, me contengo en el último segundo.
Destila un aire a niño rico que tira para atrás. La bufanda que lleva tiene bordado el logo de una famosa marca de moda. Además, huele increíblemente bien, a una de esas colonias carísimas de hombre que solo atisbo a olisquear al entrar en los centros comerciales.
A este tío no le falta el dinero. Ni por asomo.
–¿Has trabajado alguna vez en una librería? –me atrevo a preguntar.
Él niega sin parecer avergonzado y vuelve sus ojos hacia mí.
Mira demasiado fijamente. No lo considero un problema (de hecho, yo misma intento hacer lo propio con todos los clientes; eso y una sonrisa amable son la mejor carta de presentación), pero, en el caso de este hombre, me trastoca. Porque no hay dulzura ni suavidad en la forma en que mira.
Ni a mí ni a la tienda cuando, por fin, me libera de su atención y vuelve a desviar sus ojos hacia los estantes llenos de novelas.
–Nunca –reconoce–. Pero se me da bien conseguir lo que quiero. Y vender libros no puede ser muy distinto a venderse a uno mismo o, en fin, a vender cualquier cosa.
Lo afirma, categórico. Yo quiero corregirlo, soltarle un encendido discurso sobre el arte de vender libros, que no son un objeto cualquiera, sino una pieza de arte, cuando la campanilla de la puerta vuelve a sonar.
Los dos nos volvemos hacia un par de mujeres de unos cuarenta años que acaban de entrar charlando alegremente.
–¡Buenos días, Matilda! –me saluda una de ellas–. ¡Qué frío hace ahí fuera y qué a gusto se está aquí!
–¿Verdad? –Les sonrío a ambas–. ¿Necesitáis algo?
–Vamos a mirar un rato, a ver si vemos alguna cosita que nos tiente.
–Perfecto. Ya sabéis dónde encontrarme.
Las dos asienten y se internan entre las estanterías. Una de ellas es Gala Ortega, una de nuestras clientas habituales más fieles. Su pelo teñido de rosa y sus labios pintados de rojo son inconfundibles. La otra es Yolanda, una amiga que la acompaña a la tienda casi siempre. Ambas suelen comprar juntas alguna novedad cada mes, nunca más de un libro, y se lo regalan la una a la otra. Son un amor.
Cuando el desconocido carraspea, me doy cuenta de que me había olvidado de él. Y eso que no se ha movido del sitio. Sigue como una estatua frente al mostrador, observándome.
–Como te he comentado, mi jefa vendrá en una media hora –le recuerdo–. Si quieres esperar, puede hacerte la entrevista en ese momento.
–¿Por qué no me la haces tú ahora?
Alzo ambas cejas.
–Yo no te voy a contratar...
–El nuevo empleado va a estar contigo todo el tiempo –dice con tranquilidad–, ¿no deberías tener algún peso en la decisión?
Sí, así sería en un mundo ideal, majo, pero vivimos en la realidad.
¿Desde cuándo un empleado puede decidir quién será su compañero de turno?
–Te propongo algo –continúa tras mi silencio–. Deja que te demuestre que puedo hacer un buen trabajo.
–¿Cómo?
Gira la cabeza hacia las dos clientas, que se pasean entre los estantes de narrativa extranjera soltando comentarios y risillas.
–Voy a conseguir que compren algo.
–Siempre lo hacen...
–Más. Algo muy caro –añade–. Si lo hacen, le hablarás bien a tu jefa sobre mí para que me contrate. –Luego me tiende una mano enguantada–. ¿Hecho?
¿De dónde ha salido este tío? Tiene la arrogancia de quien siempre ha conseguido lo que ha querido.
Aunque, ahora que lo pienso, eso es lo que él mismo me ha dicho antes. Es honesto, al menos. Y, después de haber sufrido compañeros de trabajo más inútiles que un cero a la izquierda, no me vendría mal alguien decidido. Y a las ventas cada vez más discretas de La Cabaña de la Bruja, tampoco.
Al final, aunque no me fíe del todo, acabo alargando una mano y se la estrecho.
–Hecho.
Él asiente con la cabeza y, tras soltarme, se quita los guantes tirando de ellos dedo a dedo. Los deja sobre el mostrador con cuidado y después hace lo mismo con su bufanda y abrigo. Debajo viste un pantalón de traje gris, un jersey verde musgo y una camisa blanca que asoma bien planchada a través del cuello.
El grueso abrigo ocultaba un cuerpo delgado y atlético, bien definido. A ver si lo adivino: seguramente sea uno de esos obsesionados con el pádel. Me lo imagino vestido con un conjunto de tenista completo y jugando con una raqueta de más de doscientos euros.
(Casi acerté; vale trescientos).
–¿Qué es lo más caro que hay en la librería? –me pregunta en voz baja.
–En narrativa, que es lo que les gusta a ambas, las ediciones especiales en tapa dura –le respondo al mismo volumen–. Nunca suelen llevarse más de uno cada...
Me deja con la palabra en la boca y se interna entre los estantes.
–Buenos días –le escucho poco después–, ¿os ha llamado la atención algo?
Ha cambiado de tono de manera radical. Ahora suena educado y disponible, con una inflexión más agradable.
–Como siempre, demasiadas cosas –oigo responder a Gala–. Es difícil elegir.
–Ojalá pudiéramos llevarnos toda la tienda, ¿verdad? –vuelvo a escucharlo a él. Después, una risa ronca que me hace dar un respingo–. Al menos, es lo que me pasa a mí siempre que entro en una librería.
Ellas se ríen y le dan la razón.
Y en los siguientes minutos, esto mismo se repite más de una vez.
Escucho toda la conversación considerando seriamente que este hombre haya sido poseído por el espíritu de un carismático vendedor legendario de los años cincuenta. O por el mismo diablo. Se las apaña para echar por tierra las reticencias de las dos mujeres y que acepten echarle un vistazo a algunos libros en los que no habían pensado.
Ambas vuelven con dos novelas de tapa dura cada una. El desconocido las guía hasta el mostrador caminando con la cabeza girada por encima del hombro, para así no perder el contacto visual con ellas en ningún momento.
–¡Vaya peligro tenemos! –se ríe Gala–. No se nos puede dejar solas. Nos empujan un poquito y...
–Escoger un libro de más nunca es una mala decisión –dice él con voz suave–. Matilda, ¿te importa cobrarles?
Yo me tenso al escuchar mi nombre salir de sus labios. Recuerdo que Gala lo ha pronunciado al entrar en la tienda, por eso debe saberlo. Aun así, no puedo evitar que mi corazón lata más rápido.
–Claro. –Extiendo las manos para recoger las novelas que han escogido–. Hoy habéis tirado la casa por la ventana, ¿algo que celebrar?
–La semana pasada fue el cumpleaños de Yolanda –responde Gala, señalando a la otra mujer con la cabeza–. Aunque solo veníamos pensando en comprar un clásico para ella...
–... el cumpleaños de Galita es el mes que viene –completa la otra con una sonrisa–. Además, aquí la amiga me regala libros cada dos por tres. No está de más que se lo compense de alguna manera.
Mientras hablan, voy cobrándoles por separado. Cada libro cuesta entre veinticinco y cuarenta euros. El precio de las novelas en general ha aumentado en los últimos años, así que los clientes se piensan el doble sus compras cada vez que vienen a la librería.
Cuando estoy envolviendo con papel rojo y dorado cada tomo, le echo un rápido vistazo al reloj de cuco que hay colgado en la pared opuesta al mostrador.
Al desconocido le han bastado diez minutos para que estas mujeres gasten, en conjunto, más de ciento veinte euros.
Ahora está parado junto al escaparate, observando la calle con aire ausente y gesto serio. Solo cuando las dos clientas cogen las bolsas de papel que les tiendo y se giran para despedirse de él, transforma su mueca distante en una sonrisa educada.
La campanilla vuelve a sonar. Estamos solos, de nuevo.
–Impresionante –reconozco–. ¿De verdad nunca habías trabajado en una librería?
Él camina con paso elegante hasta llegar al mostrador.
–Conocía a alguien que sí lo hacía –responde, escueto–. Además, ya te dije que necesitaba el trabajo.
–Y no estás acostumbrado a que te digan que no, ¿verdad?
Esbozo una sonrisa y él posa su atención en mis labios.
–Lo dices como si fuera un problema.
–En realidad, me parece fascinante –reconozco–. Yo tengo un máster en aguantar negativas.
–La clave está en ignorarlas hasta que se convierten en otra cosa –dice en voz baja.
–Es decir, que eres de los que no se rinden.
–¿Cuando algo me interesa? –Asiente–. Jamás.
Después, esboza una sonrisa. No tiene nada que ver con la que le ha dedicado antes a las clientas. Solo una de sus comisuras se alza. Tampoco enseña los dientes. Está lejos de ser un gesto abierto y simpático. Refleja una seguridad en sí mismo que desmantela la mía.
Vuelvo a sentir ese estremecimiento en el cuerpo. El pelo de mi nuca se eriza. El corazón se me acelera.
Solo que, en esta ocasión, no tengo muy claro si es por miedo o por otra cosa muy distinta.
–Yo te contrataría –confieso–, solo que no tengo ese poder. ¿Tienes algo que hacer ahora?
Dobla el brazo hacia sí para revelar su muñeca, cubierta por un reloj plateado que solo he visto en los anuncios de las marquesinas.
–Hasta dentro de una hora, no.
–Entonces quédate y espera a mi jefa. La convenceré de que te haga la entrevista. Además, es una blanda, y estamos desesperadas por contratar a alguien eficiente.
–Entonces es vuestro día de suerte.
Eh..., bueno. Igual a este tío no le vendrían mal unas gotitas de humildad.
–Por cierto –digo después–, todavía no me has dicho tu nombre.
Abre la boca, pero se sobresalta al instante y da un paso hacia atrás. Un gato negro ha saltado desde el suelo y ha aterrizado en el mostrador entre nosotros.
–¡Joder! –se le escapa, y a mí me entra la risa ante su expresión confusa–, ¿cuándo se ha colado este?
–Vive aquí –le informo. Alzo una mano y acaricio con cariño al gato tras las orejas. Igual que una máquina a la que acabe de encender, empieza a ronronear a volumen máximo–. Se llama Howl. Es de Sabrina. Y quizá tendría que hacerte él la entrevista, porque es más dueño de la tienda que nadie.
Él se limita a cruzarse de brazos.
–Un animal en una tienda...
–A los niños les encanta –digo alegre–. Es nuestra seña de identidad. ¿Qué cabaña de bruja no tiene un gato? Además, me hace compañía. Sobre todo últimamente.
Distraída, sigo acariciándolo. Noto cómo él me observa, en silencio, todavía de brazos cruzados.
–Diego.
–¿Qué?
–Me llamo Diego –aclara–. Antes querías saberlo.
Asiento y le dedico una pequeña sonrisa.
–Yo me llamo Matilda.
–Sí –murmura–. Lo sé.
Alarga una mano hacia delante. Nunca logro saber para qué, porque el gesto no parece gustarle mucho a Howl. Nuestro gato arquea la espalda con rapidez y le suelta un bufido.
Qué raro. Normalmente es un pesado solicitando caricias a base de maullidos persistentes a cualquiera que se le ponga delante. ¿Debería tomármelo como una señal?
(Sí, debería haberlo hecho).
–Perdona, ha debido de asustarse –digo, algo avergonzada–. Normalmente no es así...
–No pasa nada –gruñe Diego–. Los gatos y yo no nos llevamos muy bien.
La campanilla suena de nuevo y Sabrina aparece en escena. Va en silla de ruedas. Su sobrino Raúl sujeta la puerta para que ella, lenta, pase a través del umbral. Se ha cortado todavía más el pelo. Ahora lo lleva a lo garçon, sin teñir, con su gris y blanco natural. Delgada como un junco, parece todavía más frágil envuelta en un enorme abrigo negro de pana con botones de madera, cada uno de un color.
–Buenos días, niña –me saluda alegre–. ¿Está siendo una buena mañana?
–Lo cierto es que sí. He quitado ya la decoración de Halloween del escaparate y me iba a poner a colocar novedades y las ofertas para el Black Friday cuando he recibido una visita. –Señalo a Diego–. Está interesado en el puesto vacante. Si no le importa, había pensado que le hiciera una entrevista. Ya ha demostrado que es bueno; vinieron Gala Ortega y su amiga y gracias a él se gastaron más de cien euros.
–¿De veras? –Sabrina lo observa con interés; puedo ver cómo sus ojos hacen chiribitas–. Oh, ¡pues claro! Hemos recibido algunas solicitudes, pero nadie tenía experiencia ni flexibilidad, o bien buscaban un sueldo más alto... –Parece darse cuenta en ese momento de la ropa que usa Diego y su expresión se contrae–. Esta es una tienda pequeña, eso sí.
–Lo sé –asiente él–. Quiero trabajar aquí. Tengo flexibilidad. Puedo empezar cuando usted quiera.
Los ojos almendrados y grises de Sabrina vuelven a iluminarse.
–Raúl, llévame hasta la trastienda; haremos el resto de la entrevista en mi despacho, ¿te parece, esto...?
–Diego de Santos –contesta él. Alarga una mano que mi jefa estrecha, encantada de la vida–. Me parece fantástico.
Sabrina le hace un gesto a Raúl, a su espalda, y el hombre de pelo canoso empuja la silla de ruedas, sonriéndome al pasar. Yo le respondo con otra sonrisa educada y espero a que Diego los siga, pero él se detiene frente al mostrador para recoger su ropa.
–Suerte –murmuro.
Alza el mentón justo antes de marcharse.
–Gracias, aunque no la voy a necesitar.
Se dirige a la trastienda y yo contengo el bufido socarrón que estaba a punto de escapar de mis labios.
Desde luego, no se parece en nada a ningún empleado que haya tenido antes La Cabaña de la Bruja. Ha habido muchos en estos tres años que llevo trabajando, en especial durante las enfermedades cada vez más frecuentes de Sabrina o en los periodos de mayor movimiento en ventas. Yo soy la única que ha permanecido aquí, junto a Howl, viendo desfilar una serie de personajes, aunque la mayoría de dependientes amaban los libros, eran adolescentes dispuestos a cualquier cosa por ganar su primer salario (mínimo) y familiares de Sabrina que querían hacerle un favor.
«Diego de Santos». Hasta el nombre suena a monedas de oro tintineando.
Howl maúlla. Ha empezado a restregar su cuerpo contra el dorso de mi mano, apoyada sobre el mostrador.
–Vamos a decorar el escaparate, ¿te parece? –le digo risueña–. He tenido nuevas ideas. A ver si eso nos distrae de las obras al otro lado de la calle.
El gato vuelve a maullar y, tras dar un salto, me sigue hasta el escaparate.
A través del cristal, contemplo el local que están reformando en la acera opuesta, a escasos seis metros de nosotros.
Los obreros acaban de colocar las primeras letras. «Libróp...».
Frunzo el ceño. Vaya perspectiva más horrible para Navidad. Quizá ese tal Diego no la necesite, pero desde luego que a los demás un poco de suerte no nos vendría nada mal.
2
13 meses antes
Sé que la vieja va a decirme que sí antes de que acabe la entrevista.
Aun así, me esfuerzo en contentarla. He visto a mi abuelo camelarse a todo tipo de señoras cabezas huecas desde que era un crío. Salvando la experiencia y la diferencia de edad, no es muy distinto a lo que hago durante los quince minutos que dura nuestra conversación, sentados cada uno a un lado del escritorio.
–Entonces, ¿podrías empezar mañana mismo? –me pregunta al final–. Uno de nuestros mayores picos de ventas siempre es en noviembre y diciembre, de cara a las compras de Navidad.
–Por supuesto. Como le he dicho antes, tengo disponibilidad total.
–¡Perfecto! Este año, además, estoy algo preocupada. –La mujer cabecea–. En tres semanas van a abrir una de esas cadenas de librerías en la acera de enfrente. Seguro que nos quita muchos clientes... Y yo no podré estar aquí para ayudar a Matilda.
–Sí, lo he visto –me limito a decir–. Entonces, ¿estoy contratado?
Sabrina finge que se lo piensa, aunque sé que la decisión ya está tomada.
Sin embargo, reconozco que me sorprende cuando dice:
–Querría tener el beneplácito de Matilda. –Se gira hacia el cuarentón que la acompaña–. ¿Te importaría llamarla, cielo?
Yo me tenso, aunque lo disimulo inclinándome un poco hacia delante, apoyando los antebrazos sobre los muslos y entrelazando los dedos de ambas manos entre las rodillas.
Creo que esa chica también quiere que trabaje aquí, pero no contaba con que su opinión entrase dentro de la ecuación.
Nunca se me han dado bien las mujeres como ella. Se nota que tiene principios. Y, lo peor, que ha visto algo en mí que la ha puesto un poco a la defensiva.
Y necesito que se fíe de mí. Quiero este trabajo.
Necesito darle una lección a cierta persona. Nada me mueve más que el deseo de darle en las narices.
Cuando llega Matilda, se queda de pie a un lado de la puerta de la trastienda que, a juzgar por las cajas amontonadas y el escritorio con el ordenador, hace a la vez de despacho y de almacén.
–¿Necesita algo, señora Berdón?
Su voz es aguda, sin ningún acento que sobresalga, y vocaliza bien y despacio. Ha intentado recogerse el pelo con una pinza de madera en forma de lechuza, pero tiene una melena voluminosa, rizada y castaña que le llega hasta la cadera y que parece indomable. Fuerza una sonrisa educada que destaca en su tez morena y su rostro ovalado.
Su estatura es media y su cuerpo, curvilíneo, tiene forma de reloj de arena. No lleva uniforme, tan solo unos vaqueros básicos y desgastados, un chaleco vintage y abierto de color ocre y una camiseta de manga larga de color rojo oscuro, sin marcas.
Eso sí, lleva prendida una identificación de plástico blanco sobre el pecho izquierdo. «Soy la bruja Matilda, ¿en qué puedo ayudarte?» junto al logo en forma de gato negro que, es evidente, no ha hecho un diseñador competente.
–¿Te parecería bien contar con Diego como compañero los próximos meses?
Sus ojos, lentamente, se vuelven hacia mí. Son grandes y redondos, del mismo color marrón que su pelo. El único maquillaje que lleva es un rímel que alarga sus pestañas.
–Si usted está de acuerdo –dice tranquila–, yo también.
No ha sido un «sí» rotundo. Tampoco un no.
Efectivamente, hay algo de mí que no le ha gustado.
–Entonces ya está –se pronuncia su jefa–. Ahora te doy el contrato para que le eches un vistazo, Diego. Ven mañana con él firmado; entre semana abrimos a las nueve y media.
–Aquí estaré.
Me pongo en pie y le tiendo una mano. La vieja me la estrecha con placer. Está claro que no está acostumbrada a un trato así de formal, y que se le hace la boca agua frente a la perspectiva de ganar dinero conmigo.
Intenta aparentar que no le importa la pasta, pero he visto la cara que ha puesto cuando Matilda le ha dicho lo que he vendido. Le ha faltado ponerse a aplaudir.
Puedo empatizar con ese pensamiento. Es lo único que importa en una empresa. Llenarse los bolsillos trabajando lo menos posible.
–¿Me necesita para algo más? –pregunta Matilda con suavidad–. No me gusta dejar la tienda desatendida.
Mientras Sabrina le da permiso para irse, pienso en que ella no es como nosotros. A ella le importa su trabajo. Es evidente que es una de esas personas que aseguran que su vocación «les llena» o que «si trabajas de lo que te gusta, no trabajarás nunca».
En fin, está buena. Algún defecto tenía que tener.
Me despido de mi jefa y su sobrino y sigo a mi nueva compañera hasta la librería. La chica camina rápida, decidida, hacia el escaparate que ha dejado a medias.
Hay una pizarra negra decorada con letras blancas de lettering que, al entrar en la vitrina, se apresura a colocar sobre un caballete de madera.
–¿Te echo una mano?
Se gira de sopetón; sus ojos castaños se abren de par en par.
–Ah, eh, gracias, no hace falta. Tu turno empieza mañana. Además, solo tenías una hora, ¿no has dicho eso antes? –Se gira hacia un reloj de cuco horriblemente feo que está colgado en una de las paredes de ladrillo–. Tendrías que irte ya.
Buena memoria.
–Todavía tengo tiempo. –Me subo al escaparate, en un escalón medio metro más alto que el suelo del resto de la tienda–. ¿Qué estás colocando?
–Hay una nueva iniciativa en Bookstagram y BookTok. «Noviembre dulce», se llama. Muchas de las cuentas con más seguidores van a empezar a recomendar libros románticos y de temática cozy durante este mes. –Me abstengo de poner una mueca–. He pensado decorar el escaparate como si fuera una cafetería, llena de manteles, tazas, platillos y cosas dulces. –Me señala la pizarra–. Se me ha ocurrido poner un menú en el que, en lugar de tartas y cupcakes, se ofrezcan novelas.
Vaya. Se lo ha currado mucho.
Es decir, que nadie me malinterprete: las iniciativas en redes me parecen auténticas gilipolleces, pero la mayoría funcionan muy bien a nivel de marketing. En especial con los libros, que no cuentan con el mismo tipo de publicidad directa que otros objetos de consumo.
Los lectores quieren sentir que compran algo que no les han vendido de una bofetada. Buscan adquirir la experiencia, el romanticismo, esa sensación de creerse más listos que la media.
Le echo un vistazo a Matilda mientras decora y me doy cuenta de que la he juzgado mal. Puede que ella sí sea un poco más lista que la media.
–Me parece muy buena campaña –confieso–. Pero si pones comida, ¿no será peligroso para el gato?
–Obviamente, es de mentira –responde con rapidez–. Los he hecho con papel maché. ¿Cómo iba a plantar pastelitos de verdad en un escaparate?
Por la sonrisa que contiene, creo que es ella la que ahora piensa que yo soy tonto del culo.
Así que, cómo no, lo uso a mi favor.
–Perdona, debo parecerte idiota –murmuro–. Nunca antes había trabajado en una librería, y pensé que...
Dejo que la frase muera y finjo estar profundamente compungido.
–Ay, ¡no te preocupes! –me consuela–, tampoco era tan raro preguntarse eso. Tú no tengas miedo de preguntarme lo que sea, ¿vale?
Yo me guardo una sonrisa de victoria para mí mismo y asiento.
–Vale. –Y añado–: La verdad es que tengo muchas ganas de aprender de ti.
Aunque su piel es morena, noto cómo se le colorean las mejillas. En especial cuando, para esquivarme, se gira y, sin necesidad, mueve un centímetro la pizarra del caballete.
–No sé si hay mucho que puedas aprender –susurra con timidez–, pero estaré encantada de ayudarte.
Como esperaba, en eso no la he juzgado mal. Tiene principios.
Es una pena que ese rasgo la haga fiarse de alguien a quien le han enseñado a no tenerlos.
3
12 meses antes, primer sábado de diciembre
Aprende rápido.
También le cuesta reconocer lo que hace mal. Debería ponerme de los nervios, pero su orgullo y testarudez han acabado pareciéndome adorables.
(Son las hormonas, Matilda; dentro de un año no pensarás lo mismo).
–Tienes que meter así el descuento –vuelvo a explicarle frente a la caja–. De todas formas, llámame la próxima vez que venga un cliente con más de tres libros de segunda mano y te enseño in situ.
–Ya sé hacerlo –afirma, resuelto y serio–. Y si no, improvisaré. Llevo un mes trabajando aquí. No puedo estar llamándote por cada duda que me surja.
–Claro que puedes. Nos apañamos perfectamente durante el Black Friday...
–Te interrumpí varias veces mientras estabas ocupada buscando libros para otros clientes –me recuerda. Suena enfadado, me pregunto si consigo mismo o con el sistema electrónico de pago de la tienda, que tiene más años que el sol–. No quiero que nos vuelva a pasar lo mismo en plena campaña de Navidad.
Esbozo una sonrisa divertida.
–Te lo tomas muy en serio, ¿eh?
–No más que tú. –Me cruzo de brazos–. ¿Qué? Es verdad. Cualquiera diría que vas a heredar la empresa.
–¡Qué dices! –exclamo ofendida–. Solo me preocupa hacer un buen trabajo.
–No hace falta que lo jures. –Diego vuelve la vista a la pantalla del ordenador–. Confiesa, ¿a qué hora te fuiste ayer después de, en teoría, bajar la persiana?
–A las... –Me detengo. Ni siquiera lo sé–. Pues como siempre.
–Como siempre, exacto. Ese es el problema. –Me mira de reojo–. ¿Y a qué hora has llegado hoy?
Decido no contestar.
–¿Tanto te paga Sabrina? –inquiere–. Porque con lo que cobro yo, no debería estar aquí ni dos horas. Y menos, tan preocupado como lo estoy ahora.
–Y si es así, dime, ¿por qué sigues viniendo?
No se lo digo a malas. Es pura y sana curiosidad. Dudo mucho que, como yo, necesite con tanta desesperación el dinero.
Más allá de esa suposición, Diego sigue siendo un misterio para mí. Respecto a su vida personal, es reservado y distante.
Apenas sé nada sobre lo que hace fuera de la librería, sobre sus gustos, deseos o amigos. Intuyo que viene de una familia bien. Casi no ha repetido ropa desde su primer turno. Toda está confeccionada a medida. Planchada, impoluta, de líneas clásicas, tonos oscuros, grises y verdes. Parece un personaje salido de una novela dark academia. O el modelo de una línea de trajes. Le falta despeinarse un poco, apoyarse en la pared y dirigirse a la cámara poniendo cara de seducción.
Aunque he de decir que lo he visto esbozar esa expresión en directo unas cuantas veces. El tío sabe que es guapo a rabiar y lo utiliza a su antojo. Con clientas de nuestra edad, pero también con señoras e incluso ancianas. Hasta parece detectar al instante qué hombres entran y se alegran la vista con su fachada de actor de cine clásico. Uno de nuestros clientes me confesó entre los estantes que le recordaba a Jude Law en Alfie. Otra, más joven, que a Thomas Doherty (sea quien sea) en rubio.
En cualquier caso, sea gracias a su cara o no, con él aquí han aumentado las ventas, y eso es lo importante.
–Porque necesito trabajar –me responde al final.
Es la misma contestación que me da siempre. Y, al sonar tan sincera, no puedo replicarle. Además, no hay día en que no cambie de tema justo después, como si lo avergonzara la situación.
Puede que así sea. Una de mis hipótesis es que sus papaítos ricos le han cortado el grifo de sus caprichos y necesita pasta contante y sonante para mantener su elevado tren de vida.
Solo que, de ser ese el caso, ¿por qué aquí? Imagino que una persona como él podría trabajar en muchos otros sitios con sueldos más elevados. Empresas potentes, tiendas de lujo o locales de categoría. Lo visualizo en cualquiera de esos lugares sin que llame la atención.
Lo sé porque los conozco. Cuando tuve que dejar la universidad por los problemas económicos de mi familia, tuve muchos trabajos temporales en sitios así. Apenas me duraban. Nunca encajé. Yo no era carne de cañón para un puesto indefinido, solo estaba de paso.
Al terminar el Grado Superior en Comercio, me dije a mí misma que me esforzaría en buscar un sitio donde encajase y en el que quisieran que lo hiciera. Fue entonces cuando Sabrina me dijo que sí.
No tengo queja. Los libros me encantan, tratar con la gente, también. Cobro sin falta cada mes. Me llega para costear una habitación en la capital, en un piso compartido con otras cuatro chicas, y a la vez enviar algo de dinero al pueblo, para así ayudar a que mi madre y mi hermana pequeña puedan seguir adelante. Si he de quedarme más de la cuenta para conservar este puesto, lo haré.
Se lo debo a la señora Berdón, a La Cabaña de la Bruja, a mi familia y a mí misma.
Diego chista, interrumpiendo mis pensamientos. Parece enfadado otra vez con el ordenador. Se desabrocha el botón de las muñecas de su camisa y se la arremanga junto con el jersey hasta revelar sus antebrazos.
Su vello es fino y rubio. La piel, tan pálida como la de su rostro. Los músculos se le marcan, bien definidos, igual que las venas. Su visión provoca que algo se agite en mi pecho. Inquieta, me alejo del mostrador para poner distancia entre los dos.
No me creo especial. Nunca lo he hecho. Por eso no me cuesta admitir que soy como el resto de seres humanos que aprecian su atractivo indiscutible. Eso es todo.
(Y ojalá hubiera sido todo).
–He tenido una idea –le digo al llegar al escaparate–. Para la nueva decoración de Navidad. A ver si a Sabrina le parece bien...
–Va a decirte que sí, como siempre –me corta Diego, categórico–. Además, nunca te he visto proponer algo sin gusto o con poco sentido comercial. Todas tus ideas son buenísimas.
Ante el piropo, noto cómo me sube el calor a la cara. Disimulo mi agitación con un cabeceo.
–No sé si tan buenas como para robarle la atención a nuestros odiosos amiguitos de enfrente. –Me asomo un poco más al cristal para contemplar cómo un grupo de adolescentes, vestidas todavía con el uniforme del colegio, entran en la recién inaugurada «ciudad del libro» de la acera opuesta–. La tienda está llena. Se ve desde aquí.
–No mires –me ordena Diego–. Te haces mala sangre.
–Me encantaría pasarme por allí alguna tarde –murmuro, más para mí misma que para él–. Seguro que los tenderos no tienen ni idea de lo que venden.
–Sabes que no hace falta ser un experto en libros para ser un buen librero, ¿verdad?
–No hace falta para ser un buen vendedor–lo corrijo–. Ser librero es otra cosa muy distinta.
–Ilumíname.
Sé que le hago gracia cuando me pongo intensa y reivindicativa, pero eso no impide que me dé la vuelta hacia él con los brazos en jarras.
–Para empezar, tienes que encontrar el libro perfecto para cada lector, incluso para aquellos que ni siquiera saben lo que buscan.
Diego alza ambas cejas en un gesto burlón. Apoya los antebrazos en el mostrador y, al inclinarse en mi dirección, mi estómago da un vuelco.
–Muy bonito, aunque falso. ¿Cuántos novios desesperados han venido con la única indicación «no sé, tiene la cubierta azul» y se han llevado cualquier cosa porque no les importa una mierda la historia, solo quedar bien con alguna tía y echar un polvo?
–No hace falta ser grosero –replico–. Y eso no es verdad. –Hago una pausa–. No siempre.
–¿Ah, no? Bueno, también están los padres y madres que se empeñan en engañarse y creen que, si le regalan una novela a unos hijos que apenas conocen, se volverán listos de la noche a la mañana. O las lectoras que se dejan tentar por cualquier novedad que les han visto recomendar hasta la saciedad a las booktokers de turno, que ya ni se molestan en leer lo que les mandan las editoriales. O los culturetas clasistas que se pasan una hora en la tienda criticando los best sellers juveniles y luego se gastan cincuenta euros en la quincuagésima saga de alta fantasía que imita a El Señor de los Anillos, solo que con peor calidad, más sangre y más sexo. –Ladea la cabeza–. ¿Me olvido de alguien?
Yo pongo los ojos en blanco.
–No, Diego. Ya has ofendido a la mitad de la comunidad lectora: mi más sincera enhorabuena.
Mierda. No lo pretendía, pero acabo de provocar que esboce esa sonrisa tan suya y engreída que me pone de los nervios.
La que me regaló el día que nos conocimos y que no he dejado de rememorar a todas horas.
–En serio, odio cuando te pones así. Suenas igual de clasista y cerrado de mente que la gente que criticas –lo acuso–. Sabes perfectamente que la mayoría de nuestros clientes respetan los libros. Les gusta comprar aquí porque también los respetamos y sabemos aconsejarlos. –Señalo con un dedo la calle–. Esa gente no es así.
–Y a pesar de esa diferencia, nada de eso importa, porque no impide que su tienda esté llena y la nuestra no –me recuerda Diego–. Porque, por mucho que seas una idealista y una justiciera, la mayoría de la gente vendería sus principios por un precio más bajo o por una compra que les llegue a casa y les facilite un poco la vida de mierda que llevan. ¿Por qué si no triunfa Amazon?
–No me mientes a esa cosa –gruño–. Ya sabes que hablar de Jeff Bezos está prohibido en esta tienda.
Hace como si cerrase los labios con una cremallera.
–Mis disculpas, señorita Ramírez.
Mi corazón vuelve a descontrolarse. Y yo, disimulando, arrugo la nariz.
Diego suele burlarse de mí porque trato a nuestra jefa de usted y la llamo «señora Berdón» en lugar de Sabrina. A estas alturas, me resultaría raro tratarla de otra manera. Además, mi madre me crio así. Nunca he tuteado a nadie mayor de cincuenta años, y menos a alguien para quien trabaje.
La campanilla suena en ese momento y yo me vuelvo de inmediato hacia la puerta. La sonrisa educada, esa que siempre tengo preparada para un nuevo cliente, se despierta sola y tira de mis labios hacia arriba.
–Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarlo?
Es un hombre mayor. Tendrá más de ochenta años. Aun así, se esfuerza en caminar erguido, tarea que le facilita un bastón de empuñadura plateada. Viste bien, con una boina de lana y un traje impecable de tres piezas. Sí, chaleco incluido.
Me recuerda a alguien. Y, al echarle un vistazo a Diego, confirmo mis sospechas.
Mi compañero tiene la cara congelada en una expresión de asombro y cabreo a partes iguales.
–Viejo –suelta–, ¡¿qué haces aquí?!
–Eso debería preguntarlo yo –brama el hombre.
Se gira hacia mí y se me cae la sonrisa. La verdad, lo visualizo dándome un bastonazo. Tiene pinta de lamentar no haber nacido en un siglo en el que pueda hacerlo sin consecuencias.
–¿Tú quién eres?
Abro los ojos por la sorpresa.
–Eso debería preguntarlo yo –le contesto, imitándolo–. Me llamo Matilda, trabajo aquí. –Le lanzo una mirada a Diego–. ¿Lo conoces?
–Soy su abuelo –me responde el anciano por él–. Di, ¿eres su nuevo caprichito?
Casi puedo escuchar cómo Diego se atraganta detrás del mostrador.
–Viejo, cállate de una vez –farfulla entre dientes–. Ella...
–No –le contesto al desconocido sin inflexión–. Su nieto y yo solo trabajamos juntos. ¿Eso es lo que le preocupa, que salga conmigo?
–Me preocupa que, como siempre, no haga lo que le pido –replica el hombre. Luego adelanta su bastón para caminar y, más rápido de lo que esperaba, se planta frente a mí–. Dime, ¿está trabajando bien o está haciendo de las suyas?
Parpadeo confusa. Por encima del hombro del desconocido, le dirijo otra mirada a Diego. Este, todavía paralizado, me la devuelve y niega despacio con la cabeza.
–No lo mires –me ordena el anciano–. Contesta con la verdad o será peor.
–Lo cierto es que es un buen empleado –reconozco–. A veces se equivoca, pero es normal. Nunca ha trabajado en una tienda como esta y se nota. Antes que aquí, me lo imagino en un despacho de abogados pidiéndole a su secretaria que le lleve la ropa a la tintorería y que le traiga un café distinto cada día.
El hombre echa un poco la cabeza hacia atrás al lanzar una potente carcajada. Después, hace algo para lo que no estoy preparada.
Me coge de la muñeca, la alza y me da un casto beso en el dorso de la mano.
No sé quién está ahora más consternado, si Diego o yo. En cualquier caso, él se mueve más rápido.
Sale de detrás del mostrador y se dirige como una exhalación hacia nosotros. Le coge el codo a su abuelo y tira de él para apartarlo de mí con un movimiento.
–Ni se te ocurra. Déjala en paz.
–Sí, sí, tranquilo. Tienes suerte de que sea demasiado joven para mí –le dice su abuelo en un tono más relajado. Después, me dedica una sonrisa torcida que resulta una versión desgastada de la de mi compañero–. Me llamo Amadeo. Amadeo de Santos.
–Ah, eh, encantada –balbuceo–. Yo... Bueno, ya se lo he dicho, pero me llamo Matilda.
–¿Matilda qué más?
¿Qué importarán mis apellidos?
–Ramírez –contesto, aun así.
Me resulta imposible negarle nada a alguien de su edad, y menos a este hombre.
(Sí, admito que sigue dándome algo de miedo).
–Señorita Ramírez, cuide bien de este mequetrefe –me pide en tono burlón–. Y tú, aguanta aquí como sea, ¿me has oído?
Diego se cruza de brazos, tensando los músculos.
–Sí, te he oído. Podrías habérmelo dicho en cualquier otro momento, sin tener que montar este espectáculo.
–Acabo de enterarme de que estabas aquí –replica Amadeo–. Además, ya no pasas por casa. ¿Estás huyendo de él? –Diego frunce el ceño, pero no responde–. ¿Sigues enfadado?
–No es asunto tuyo.
Tenía razón con este hombre, porque alza su bastón y usa la empuñadura para darle un toque en el pecho a su propio nieto. Por suerte, no parece haberle dado demasiado fuerte, porque Diego ni se inmuta.
–Todos los asuntos que afectan a la familia me conciernen.
Mi compañero solo bufa. Nunca lo he visto con las emociones tan a flor de piel. Siempre me ha dado la sensación de que hace un esfuerzo por aparentar un control absoluto. Muestra solo lo que le interesa. Una fachada de perfecta seguridad con la que se protege.
–Así que una pequeña librería... –murmura Amadeo, mirando en derredor–. ¿Qué me recomendáis?
–Que te vayas –replica Diego.
–Oh, ¿así es como tratas a los clientes? –pregunta su abuelo–. ¿La señorita Ramírez me ha mentido? ¿Has vuelto a hacer lo mismo que en...?
Diego fuerza una tos para que no siga hablando.
–Está bien –claudica–. Acompáñame. En esta zona están los libros de historia.
Alza un brazo, tenso, y espera a que Amadeo avance primero. Solo cuando lo hace, me dedica una mirada rápida y tensa. Yo le sonrío con suavidad, tratando de infundirle ánimos de forma silenciosa. En respuesta, Diego desvía a un lado sus ojos azules a la velocidad del rayo.
Lo dejo atender a su abuelo sin meterme en sus asuntos. En la tienda entran otras dos clientas, les recomiendo algunos títulos y acabo buscándoles un par de libros en el almacén. Me da tiempo a atenderlas, cobrarles, envolver sus compras en papel de regalo navideño y despedirme de ambas antes de que Amadeo y Diego regresen del pasillo de novela histórica.
–Va a llevarse este –me explica el más joven, tendiéndome el último libro de Julia Navarro–. No hace falta que se lo envuelvas para regalo.
–En realidad, sí –lo corrige Amadeo–. No es para mí. Es para una dama de mi club de lectura. Es una criatura exquisita con un gusto inmaculado y un enorme...
–Viejo, basta.
–Iba a decir «cerebro», niño.
–Estoy seguro.
–Ahora mismo se lo envolvemos, no hay problema –le aseguro al anciano–. Le haremos además un cinco por ciento de descuento.
Diego frunce el ceño.
–¿Por qué? Hasta la semana que viene no tenemos...
–Es tu abuelo –lo corto–. Ha venido a verte. Podemos hacer una excepción con la familia. Además, así puedes probar a meter tú solo el descuento en el sistema, como si yo no estuviera. ¿No decías que sabías hacerlo? Demuéstramelo.
No parece que a mi compañero le haga mucha gracia eso, pero Amadeo se ríe entre dientes.
–Señorita Ramírez, no me habías comentado que eras su supervisora...
Me hago a un lado y le dejo la caja a Diego para que le cobre.
–Porque no lo soy. Su nieto y yo somos empleados con el mismo salario.
–¿De veras? –El hombre, tras entregar un billete de cincuenta, entorna los párpados–. ¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí?
–Tres años.
–¿Y nunca te han subido el sueldo?
–Cuando ha tocado con respecto a la subida del IPC –contesto–. No puedo pedir más. Sé cuánto vendemos y la situación económica de la tienda.
–¿Qué perspectivas tienes entonces?
Confusa, al principio no sé qué decir.
–No sé a qué se refiere.
–A tu futuro.
–No le hagas caso –nos interrumpe Diego sin mirarnos. Ahora está concentrado envolviendo el libro (le falta ponerse a sudar)–. Viejo, no la manipules. Ella es feliz tal como está.
–¿Lo eres? –insiste el anciano–. ¿Te ves trabajando aquí toda la vida?
Vuelvo a quedarme en blanco. No es que nunca me lo haya preguntado, pero llevo un tiempo viviendo al día. El presente es lo único que importa.
Pensar en el futuro no tiene sentido. Si no trabajo aquí, bien porque (Dios no lo quiera) la tienda cierre o por cualquier otro contratiempo, seguramente sea librera en algún sitio similar. Para las personas como yo, no abundan las oportunidades para mejorar en el aspecto económico o laboral de forma radical.
No se lo digo, claro. Me limito a asentir.
–Si la librería sigue abierta, aquí seguiré –acabo contestando–. Adoro este lugar.
El hombre compone una expresión de tristeza.
–Señorita Ramírez, un consejo: no se amarre a ningún sitio, y menos a uno como este. Sufrirá.
Voy a contestarle, pero Diego aprovecha ese momento para tenderle la bolsa con el libro envuelto.
–Ya tienes lo que venías a buscar. Vete.
–Está bien, está bien. Os dejo tranquilos, pareja. –De nuevo, Amadeo me toma de la mano con suavidad y deposita un beso en mis nudillos–. Ha sido un placer conocerte. Eres una mujer preciosa y buena. Por favor, ten paciencia con él.
La sonrisa me sale sola.
–La tendré.
Cuando el hombre se marcha y la campanilla suena de nuevo, me giro hacia Diego.
Jamás lo había visto tan tenso. Ha vuelto a cruzarse de brazos, los músculos contraídos. Los hombros hacia atrás parecen tirantes contra su jersey. Pasan los segundos y permanece así, rígido, de pie, la mirada enfurecida dirigida a la puerta.
Me sobresalto cuando, de repente, vuelve la cabeza hacia mí. Sus ojos van directos a mis manos, posadas sobre el mostrador. La mirada sube, lenta, desde los nudillos hasta mi rostro. Casi puedo notar cómo la piel se me enciende durante el recorrido, a medida que su atención asciende.
Al final, se ancla en mis labios. El resto de su cuerpo no se ha movido. De reojo, noto cómo aprieta los dedos contra su bíceps.
–Necesito una copa.
–¿Qué? –Me vuelvo hacia el reloj de cuco de la pared–. Todavía no son ni las ocho y media, aún queda...
–Vámonos –me corta–. Sabrina lleva una semana sin aparecer por aquí. Solo hemos tenido seis clientes en toda la tarde.
–Pero...
–Yo voy a irme –dice con firmeza–. Puedes escoger quedarte aquí y seguir mirando la puta tienda llena al otro lado de la acera o venirte conmigo. Me da igual si avisas a tu querida señora Berdón de que me he largado. Tú decides.
Cojo aire por la nariz y lo suelto por la boca, despacio. Él vuelve a fijar la vista en mis labios.
–¿Es porque no me crees capaz? –siseo.
–¿Sinceramente? No.
Entrecierro los ojos.
–Por mucho que insistas, sé que no voy a heredar la empresa.
–Bien.
–Y soy capaz de salir del trabajo antes si quiero.
–Ah, ¿sí?
Su tono está impregnado de una incredulidad tan burlona que hace hervir el fuego de la ira en mi pecho.
La sonrisa engreída de después termina de prender la mecha.
Rodeo el mostrador, me dirijo a la puerta y, de un movimiento, le doy la vuelta al cartel de «Abierto». Al volver la cabeza para mirarlo por encima del hombro, una oleada de satisfacción me recorre. Tiene la boca entreabierta por la sorpresa.
–Pero antes de esa copa, vamos a pasarnos a saludar a nuestros queridísimos vecinos –propongo–. ¿Qué te parece?
