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Stefan Zweig escribió Novela de ajedrez, uno de sus relatos más célebres y valorados, en 1941, cuando la pesadilla nazi se había convertido ya en sólida y dolorosa realidad. Su contexto histórico, no obstante, no impide que el autor austríaco, por entonces en plena madurez creadora y refugiado ya en Londres, articule en ella una historia absorbente a cuya densa atmósfera contribuye su transcurso durante una larga travesía en barco por el Atlántico. Bastante anterior, Mendel el de los libros (1929) es una fábula teñida de punzante melancolía que gira en torno al paso del tiempo y su fugacidad, encarnados en la figura del librero judío Jakob Mendel y en la transformación de la sociedad que llevó aparejada la derrota del Imperio Austro-Húngaro en la Primera Guerra Mundial. Traducción de Adan Kovacsics
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Seitenzahl: 155
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Stefan Zweig
Novela de ajedrez
Mendel el de los libros
Traducción de Adan Kovacsics
Novela de ajedrez
Mendel el de los libros
Créditos
En el gran transatlántico que había de zarpar a la medianoche de Nueva York rumbo a Buenos Aires reinaban el ajetreo y el movimiento habituales a última hora. Se arremolinaban los allegados y amigos venidos a acompañar a los viajeros, los mozos de telégrafos, con la gorra torcida, atravesaban como flechas los salones voceando nombres; se arrastraban baúles y se llevaban flores; los niños corrían escaleras arriba y escaleras abajo llenos de curiosidad, mientras la orquesta tocaba impertérrita la música del espectáculo de cubierta. Yo me mantenía un tanto apartado del barullo, conversando con un conocido en el puente de paseo, cuando a nuestro lado centellearon dos o tres veces los fogonazos chispeantes de los flashes: por lo visto, alguna persona ilustre era entrevistada y fotografiada a toda prisa por los reporteros poco antes de partir. Mi amigo miró hacia allí y sonrió:
–Lleva usted un bicho raro a bordo. Es Czentovic.
Al ver en mi rostro una expresión de extrañeza ante ese comentario, añadió a modo de aclaración:
–Mirko Czentovic, el campeón mundial de ajedrez. Ha recorrido los Estados Unidos de este a oeste participando en diversos campeonatos y ahora viaja a Argentina a conquistar nuevos triunfos.
En efecto, enseguida recordé a ese joven campeón mundial e incluso algunos detalles relacionados con su meteórica carrera; mi amigo, lector de periódicos más atento que yo, pudo complementarlos con una serie de anécdotas. Hacía un año más o menos, Czentovic se había colocado de golpe a la altura de los más renombrados y experimentados maestros del ajedrez, como Alekhine, Capablanca, Tartakower, Lasker o Bogolyúbov. Desde la aparición, a los siete años de edad, del niño prodigio Rzecewski en el torneo de Nueva York de 1922, nunca la irrupción de alguien completamente desconocido en el insigne gremio había causado tal sensación. De entrada, las cualidades intelectuales de Czentovic no parecían augurarle en absoluto una carrera tan brillante. Pronto se filtró el secreto de que ese campeón del ajedrez era en su vida privada incapaz de escribir en ninguna lengua una frase sin cometer errores ortográficos y, tal como alguno de sus colegas enfadados señalaba en tono de burla y no sin rencor, «poseía una incultura universal en todos los campos». Hijo de un anémico barquero del Danubio, un eslavo del sur cuya diminuta barca fue arrollada una noche por un vapor de transporte de trigo, el niño, que por entonces tenía doce años, fue acogido tras la muerte del padre por el párroco de esa remota localidad, y el buen sacerdote procuró honestamente compensar mediante clases de repaso lo que el crío obtuso, taciturno y de ancha frente no conseguía aprender en la escuela de la aldea.
Todos los esfuerzos, sin embargo, fueron en vano. Mirko miraba una y otra vez extrañado las letras que le habían sido explicadas cientos de veces; hasta para las materias más sencillas le faltaba a su lerdo cerebro toda fuerza capaz de retener algo. Incluso a los catorce años recurría a los dedos cuando había de realizar un cálculo, y leer un libro o un periódico le suponía al adolescente un enorme esfuerzo. A todo esto, sin embargo, en absoluto se podía definir a Mirko como indolente o remiso. Hacía obedientemente cuanto se le ordenaba, iba a buscar el agua, cortaba la leña, trabajaba con los demás en el campo y cumplía de manera fiable, aunque con fastidiosa lentitud, cualquier tarea que se le encomendaba. Pero lo que más molestaba al buen párroco en el obstinado muchacho era su total indiferencia. No hacía nada que no se le pidiera específicamente, jamás formulaba una pregunta, no jugaba con los otros muchachos y por sí solo no buscaba una ocupación si no se le mandaba de forma expresa; tan pronto como Mirko realizaba los quehaceres de la casa, se quedaba sentado en la habitación, rígido, con la mirada vacua de las ovejas en el pasto, sin interesarse lo más mínimo por cuanto ocurría a su alrededor. Mientras el párroco, fumando con deleite la larga pipa campesina, jugaba al anochecer sus habituales tres partidas de ajedrez con el sargento de la gendarmería, el muchacho de rubias mechas permanecía sentado a su lado en silencio y contemplaba en apariencia adormilado e indiferente el tablero a cuadros desde detrás de sus pesados párpados.
Una noche invernal, con los dos jugadores sumidos en su partida diaria, se oyeron las campanillas de un trineo que se acercaba cada vez más rápido por la calle de la aldea. Un campesino, con el gorro espolvoreado de nieve, entró precipitadamente diciendo que su madre estaba agonizando y rogó al párroco que fuera a toda prisa para darle a tiempo la extremaunción. El sacerdote lo acompañó sin titubear. El sargento de la gendarmería, que no había acabado aún su jarra de cerveza, encendió otra vez la pipa antes de despedirse y se preparaba para ponerse las pesadas botas de caña alta cuando le llamó la atención la mirada de Mirko, clavada en el tablero de ajedrez con la partida empezada.
–¿Qué? ¿Quieres acabarla? –preguntó en tono de broma, convencido de que el somnoliento muchacho ni siquiera era capaz de mover de forma correcta una sola pieza sobre el tablero. El niño alzó tímidamente la vista, asintió y se sentó en el lugar del párroco. Al cabo de catorce movimientos, el sargento de la gendarmería caía derrotado y tuvo que reconocer, además, que su derrota no se debía ni al azar ni a un descuido. La segunda partida terminó igual.
–¡La burra de Balaam! –exclamó asombrado el párroco al volver, y explicó al sargento de la gendarmería, menos versado en la Biblia, que hacía dos mil años se había producido un milagro similar cuando de pronto un ser mudo dio con el lenguaje de la sabiduría. A pesar de lo avanzado de la hora, el clérigo no pudo contenerse y desafió a su pupilo semianalfabeto a un duelo. Mirko lo batió también a él con facilidad. Jugaba de manera dura, lenta, imperturbable, sin alzar ni una sola vez la ancha frente inclinada sobre el tablero. Sin embargo, jugaba con una seguridad irrefutable; ni el sargento de la gendarmería ni el párroco consiguieron ganarle una partida en los días siguientes. El clérigo, más capacitado que nadie para juzgar el retraso general de su pupilo, se interesó entonces seriamente por saber hasta qué punto ese peculiar y unilateral talento sería capaz de superar un examen más riguroso. Después de llevar a Mirko al barbero del pueblo para que le cortara aquel pelo hirsuto y rubio pajizo y volverlo así más o menos presentable, lo trasladó en su trineo a la pequeña ciudad vecina, donde sabía que en un rincón del café de la plaza principal se reunían apasionados jugadores de ajedrez a cuya altura, porque lo había experimentado, no estaba. En el grupo habitual causó considerable asombro que el párroco entrara en el café con ese muchacho de pelo rubio pajizo y mejillas coloradas con su abrigo de piel vuelto hacia dentro y pesadas botas de caña alta, y el zagal se quedó extrañado en un rincón, bajando tímidamente la mirada, hasta que lo llamaron a una de las mesas donde se jugaba al ajedrez. En la primera partida acabó derrotado, puesto que nunca había visto la apertura siciliana en la casa del buen párroco. En la segunda, ya consiguió empatar con el mejor jugador. Y a partir de la tercera y cuarta venció a todos, uno tras otro.
Lo cierto era que la pequeña ciudad de provincias habitada por eslavos en el sudeste europeo en muy raras ocasiones presenciaba cosas extraordinarias; por tanto, los notables reunidos vivieron como una sensación la primera aparición de ese rústico campeón. Se decidió por unanimidad que el niño prodigio permaneciera hasta el día siguiente en la ciudad para poder convocar a los demás miembros del club de ajedrez y sobre todo para avisar en su castillo al conde Simczic, un fanático de ese juego. El párroco, que contemplaba con un orgullo del todo nuevo a su pupilo, pero no quería faltar al obligado oficio divino dominical a pesar de su alegría, la propia de un descubridor, se declaró dispuesto a dejar a Mirko para que realizara otra prueba. El joven Czentovic fue alojado en el hotel a cuenta del grupo de ajedrez del café y en esa noche vio por primera vez en su vida un water-closet. El domingo por la tarde, la sala de ajedrez estaba atestada de gente. Mirko, sentado sin moverse durante cuatro horas ante el tablero, venció, sin abrir la boca y sin alzar siquiera la vista, a todos los jugadores, uno tras otro. Por último, se le propuso una partida simultánea. Se tardó bastante en hacer comprender al indocto que en una partida simultánea había de luchar él solo contra diversos jugadores. Sin embargo, tan pronto como Mirko comprendió el procedimiento, se puso enseguida a la tarea, fue con su calzado pesado y chirriante de una mesa a la otra sin ninguna prisa y ganó finalmente siete de ocho partidas.
Empezaron entonces las grandes deliberaciones. Si bien el nuevo campeón no pertenecía estrictamente a la localidad, avivó de forma intensa el orgullo nacional de esta. La pequeña ciudad, cuya existencia en el mapa apenas se había percibido hasta entonces, tal vez podía conseguir por fin el honor de enviar a un hombre famoso al mundo. Un agente llamado Koller, que por lo general sólo se encargaba de proporcionar cupletistas y tonadilleras al cabaret del cuartel militar, se mostró dispuesto a hacerlo, siempre y cuando se consiguiera ayuda financiera para que el joven recibiese en Viena una formación adecuada en el arte del ajedrez, impartida por un excelente joven maestro a quien él conocía. El conde Simczic, que en sesenta años de partidas diarias jamás se había enfrentado a un rival tan peculiar, enseguida sufragó la cantidad necesaria. Y ese día comenzó, pues, la asombrosa carrera del hijo del barquero.
Al cabo de medio año, Mirko dominaba todos los misterios de la técnica ajedrecística, eso sí, con una curiosa limitación que luego se observaría a menudo y se comentaría con ironía en los círculos profesionales. Czentovic no logró nunca jugar una partida de memoria o, como dicen los entendidos, a ciegas. Carecía por completo de la facultad de situar el campo de batalla en el espacio ilimitado de la imaginación. Siempre había de tener de forma tangible ante sí el cuadrado blanco y negro con los sesenta y cuatro escaques y las treinta y dos piezas; incluso en la época de su fama mundial llevaba en todo momento consigo un ajedrez plegable de bolsillo para poder visualizar la posición cuando deseaba reconstruir un problema o una partida magistral. Ese defecto, en sí poco considerable, revelaba una falta de potencia imaginativa y se discutía en el estrecho círculo con la misma intensidad que si un extraordinario virtuoso o director de orquesta se mostrara incapaz de tocar o de dirigir sin la partitura abierta. Esa extraña peculiaridad, sin embargo, no retrasó en absoluto el sorprendente ascenso de Mirko. A los diecisiete años ya había ganado una docena de premios; a los dieciocho conquistaba el campeonato húngaro y a los veinte finalmente el campeonato mundial. Los campeones más audaces, cada uno infinitamente superior a él en talento, imaginación y osadía, sucumbían a su lógica fría y correosa igual que Napoleón al lerdo Kutusov o como Aníbal a Fabio Cunctator, de quien cuenta Tito Livio que en su infancia presentaba los mismos llamativos rasgos de flema e imbecilidad. Sucedió, pues, que por primera vez irrumpía en la ilustre galería de campeones de ajedrez, la cual reunía en sus filas a los tipos más diversos de la excelencia intelectual, filósofos, matemáticos, naturalezas imaginativas y a menudo también creativas, un absoluto outsider en el mundo del intelecto, un muchacho de campo tardo y taciturno, al que ni siquiera los gacetilleros más espabilados conseguían arrancar una sola palabra periodísticamente aprovechable. Eso sí, Czentovic no tardó en sustituir con abundantes anécdotas sobre su persona lo que en cuanto a frases afiladas hurtaba a los periódicos. En el instante mismo en que se levantaba de su sitio ante el tablero, donde era un maestro sin parangón, Czentovic se convertía en un personaje grotesco y casi cómico; a pesar de su solemne traje negro, de su pomposa corbata con la un tanto estridente aguja de perla, del arduo trabajo de manicura en los dedos, seguía siendo por su actitud y sus maneras el muchacho limitado que barría las dependencias del párroco en su pueblo. De forma torpe y directamente descarada, con una avaricia mezquina y a menudo incluso vulgar procuraba extraer todo el dinero posible de su talento y de su fama, para regocijo y enfado de sus colegas de profesión. Viajaba de ciudad en ciudad alojándose en los hoteles más baratos, jugaba en las asociaciones más miserables siempre y cuando se le aceptaran sus honorarios, se dejaba retratar para publicitar jabones e incluso cedió a cambio de dinero, sin tener en cuenta la burla de sus competidores, los cuales conocían perfectamente su incapacidad para escribir tres frases seguidas de forma correcta, su nombre para una filosofía del ajedrez escrita en realidad por un pequeño estudiante galitziano por encargo de un editor ducho en los negocios. Como todas las naturalezas empedernidas, carecía por completo del sentido de lo ridículo; desde su triunfo en el campeonato mundial se tenía por el hombre más importante del universo, y la conciencia de haber batido en su propio campo a todos esos oradores y escribidores listos, intelectuales y brillantes, y en particular el hecho tangible de ingresar más que ellos, convirtieron la inicial inseguridad en una soberbia fría que se manifestaba por lo general con torpeza.
–Pero ¿cómo una fama cobrada de forma tan rápida no iba a subírsele a una cabeza tan vacua? –sentenció mi amigo, que acababa de confiarme algunas muestras clásicas de la pueril prepotencia de Czentovic–. ¿Cómo no iba a verse afectado un gañán de veintiún años procedente del Banato por el delirio de la vanidad cuando de pronto, empujando piezas de aquí para allá sobre un tablero, ganaba más en una semana que un pueblo entero cortando leña y trabajando como mulas durante todo un año en su país natal? Además, ¿no es en realidad tremendamente fácil considerarse un gran hombre cuando no se tiene ni la menor idea de que han existido un Rembrandt, un Beethoven, un Dante o un Napoleón? Este muchacho solamente sabe en su cerebro tapiado que desde hace meses no ha perdido ni una sola partida y, como ni siquiera intuye que existen otros valores en nuestro planeta aparte del dinero y del ajedrez, tiene todos los motivos para sentirse pagado de sí mismo.
Esas informaciones de mi amigo me generaron por supuesto una especial curiosidad. Siempre me han atraído los diversos tipos de personalidades monomaniacas, poseídas por una sola idea, pues cuanto más se limita uno, tanto más se acerca por otra parte a lo infinito; precisamente esos seres en apariencia alejados del mundo se construyen con su particular materia, a la manera de termitas, una extraña y singular abreviatura del mundo. Por tanto, no oculté mi intención de aprovechar los doce días de travesía hasta Río de Janeiro para observar con lupa a ese peculiar espécimen de unilateralidad intelectual.
Sin embargo:
–No tendrá usted mucha suerte –me advirtió mi amigo–. Por lo que sé, nadie ha logrado hasta ahora extraer el más mínimo material psicológico de Czentovic. Ese campesino astuto esconde tras su abismal limitación una gran habilidad para no mostrar sus flaquezas, y lo hace gracias a la sencilla técnica de evitar cualquier conversación salvo con compatriotas de su propio ámbito a los que reúne en pequeños restaurantes. Cuando percibe a un hombre culto, enseguida se refugia en su caparazón. De ahí que nadie pueda vanagloriarse de haberle oído pronunciar una palabra estúpida o de haber sondeado las supuestamente ilimitadas profundidades de su incultura.
En efecto, mi amigo tenía razón. Durante los primeros días del viaje resultó de todo punto imposible acercarse a Czentovic sin dar muestras de burda impertinencia, la cual desde luego no es mi especialidad. El hombre recorría a veces la cubierta de paseo, siempre con las manos juntas a la espalda, en la postura orgullosamente ensimismada de Napoleón en el célebre cuadro; eso sí, resolvía su peripatética vuelta por la cubierta de manera tan apresurada y a trompicones que uno debería haberlo perseguido a la carrera para poder abordarlo y hablarle. En los salones, en el bar, en el salón de fumadores, en cambio, no aparecía nunca; tal como me explicó el camarero a mi pregunta hecha en confianza, pasaba gran parte del día en su camarote, ensayando o recapitulando partidas en su enorme tablero.
