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Ella no esperaba volver a enamorarse, mucho menos del mejor amigo de quien quiere ver tras las rejas... Ivy es una joven diseñadora de trajes de novia que, tras la muerte de su prometida, ya no cree en el amor. Ahora, odia las bodas y está atrapada en un trabajo que detesta. Durante el último año, se ha esforzado en evadir todo tipo de relaciones y se ha negado a recibir cualquier clase de ayuda. ¿Por qué, entonces, acepta la amistad de Demian, aquel sujeto alegre y extrovertido que insiste en formar parte de su vida? Lo cierto es que a Ivy le encantaría huir de él y de su increíble grupo de amigos. No obstante, estar cerca de ellos le brinda la oportunidad para desenmascarar al cretino que robó las obras de arte de Emma, su novia, antes de su muerte. ¿Estará lista para enfrentarlo? ¿será capaz de volver a abrir su corazón?
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Seitenzahl: 433
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Dirección editorial: Natalia Hatt
Corrección: Nazira Günther
Diagramación de interior: Natalia Hatt
Diseño de cubierta: H Kramer
Ilustración: Ash Quintana
Galeano, Lara
Nuestro cielo de colores / Lara Galeano ; Ilustrado por Ash Quintana. - 1a ed - Paraná : Vanadis, 2024.
Libro digital, EPUB - (Daven)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-631-6562-06-7
1. Literatura Infantil y Juvenil Argentina. I. Quintana, Ash, ilus. II. Título.
CDD A863.9282
© 2024 Lara Galeano
© 2024 Editorial Vanadis
www.editorialvanadis.com.ar
Todos los derechos reservados. Prohibidos, dentro de los límites establecidos por la ley, la reproducción total o parcial de esta obra, el almacenamiento o tramisión por cualquier medio, las fotocopias o cualquier otra forma de cesión de la obra sin previa autorización escrita de la editorial.
ISBN: 978-631-6562-06-7
Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723.
Apolinario Osinalde 246 A. Paraná, Entre Ríos. Abril de 2024.
El contenido de este libro puede llegar a ser sensible para algunos lectores. Trata temáticas de salud mental: la depresión y trastornos de conducta alimentaria.
A mis papás, por creer en mí incluso sin antes haberme leído.
2 de agosto de 2017
Llevaba al menos seis horas en la misma posición. Mis piernas se habían dormido por enésima vez y el dolor que comenzó en los hombros ya se había extendido por el largo de mi espalda. Fui bastante optimista el tiempo suficiente como para arruinar diecinueve bocetos, pero el hecho de llegar al número veinte estaba comenzando a fastidiarme.
—Mis diseños son una mierda —me quejé, mientras arrancaba el último dibujo del cuaderno en el que estaba trabajando y hacía un bollo con él. Lo arrojé al cesto de basura y, como era de esperarse, rebotó, porque este se encontraba lleno de otros papeles que yo misma había botado.
—Sos una diseñadora increíble, Ivy. —Emma intentó darme ánimos acercándose a mí de manera sigilosa. Parecía temer que, por culpa de mi humor, fuera capaz de arrancarle la cabeza a alguien, a pesar de que yo era incapaz de dañarla.
—Si lo fuera, esas hojas no estarían en la basura —señalé sintiendo el familiar dolor en el pecho que aparecía siempre que estaba decepcionada de mí misma.
—Están en la basura porque vos las pusiste ahí —sentenció al llegar finalmente a mi lado. No es que la distancia que nos separaba fuera abismal, al fin y al cabo, solo nos encontrábamos en mi pequeña habitación. Tomó asiento a mi lado
Llevaba ya dos años viviendo en Valle de Agua, sin arrepentirme de dejar mi pueblo para estudiar diseño de indumentaria en esta ciudad universitaria. Sin embargo, en ocasiones previas a entregas finales de trabajos, dudar de mi capacidad era lo primero que hacía. Era una suerte que Emma estuviera ahí para mí. Que las otras dos chicas con las que compartíamos habitación se encontraran en clase también ayudaba. De lo contrario, estoy segura de que estarían asomando sus narices para descubrir a qué se debían mis quejas, lo que acabaría por enloquecerme aún más.
Volví a tomar mi lápiz, lista para iniciar un vigésimo primer boceto, pero Emma me lo arrebató de la mano antes de siquiera poder tocar la hoja con él. Me miró a los ojos con la cabeza algo ladeada hacia la izquierda, pero yo no fui capaz de sostener su mirada por más de unos segundos. Cuando nos conocimos, la atracción entre ambas había sido casi instantánea, pero claro que el amor tardó un poco más en llegar. Los primeros meses solo hacíamos bromas sobre estar juntas o compartíamos insinuaciones falsas, pero con el tiempo, todo comenzó a sentirse más real. Emma era estudiante de Arte y, desde el día en que me oyó lloriqueando acerca de no saber todas las técnicas de representación gráfica que debería y se ofreció a enseñarme a pintar con acuarelas, sabía que íbamos a terminar, eventualmente, desnudas en la misma cama. Tal vez por la manera en que rozábamos nuestras manos de forma intencional cuando me tendía un pincel, tratando de que pareciera una coincidencia, o por las miradas furtivas que yo dedicaba a sus labios mientras me explicaba algo cuando creía que no estaba viéndome.
La cosa es que, a partir de ese entonces, mi relación con Emma empezó a fluir y, antes de darnos cuenta, nos habíamos enamorado tanto que, aunque sonara cursi incluso para mí, todo se sentía mágico a su lado. Me gustaba pensar que nuestros corazones eran piezas de un rompecabezas que fueron diseñados para encajar a la perfección. Por eso me costaba tanto que uniéramos miradas por mucho tiempo. De alguna forma, ella lograba ver más allá de mis ojos y podía develar la vulnerabilidad de mi alma.
Emma era el tipo de persona que siempre sabía qué decir. Si necesitabas una palabra de aliento, ella te la daría; si estabas triste o aburrido, sería ella quien te haría reír por horas con su pésima imitación de famosos argentinos o contando anécdotas en las que fingía ser comediante de stand up. Era impulsiva, pero sensata; tierna, pero seductora. Podía ser amable la mayor parte del tiempo, pero un demonio si te metías con quién amaba. Como la vez que tuve que detenerla para que no fuera a gritarle a uno de mis profesores, solo porque me desaprobó de forma injusta en un trabajo al que le dediqué mucho tiempo. Era todas las combinaciones posibles en una sola mujer. Así que, sabiendo que esta vez la charla no ayudaría, se puso de pie y se colocó a mis espaldas.
—¿Por qué no me dejás que te dé un masaje? —preguntó acariciando mis hombros con sus manos robustas y suaves—. Estás muy tensa.
—Sabemos cómo va a terminar eso, y necesito acabar el proyecto —respondí con los ojos cerrados, pero sin hacer esfuerzo alguno en detenerla. En el fondo, ambas sabíamos que yo no podía negarme.
—No podés acabarlo si estás así. Tenés que relajarte, llevás horas en esa silla. Dejame aliviar tu tensión a mi manera —dijo riendo—. Y si te robo tiempo, prometo ayudarte con tu entrega. No dormiremos hasta que la hayas acabado y quede tal como te guste.
Sabía que lo haría. Emma me había apoyado en cada noche de desvelo por mis estudios, había limpiado cada lágrima y me había consolado cada vez que quise bajar los brazos. Su carrera era igual de demandante que la mía, así que yo también le he hecho algún que otro masaje cuando lo necesitó. Pero a diferencia de mí, Emma siempre parecía tener el control de la situación por más de que faltara un día para su entrega.
La mayoría de las personas suelen subestimar al área del arte, pero lo que casi nadie entiende es que el objetivo del artista no es solo hacer algo bonito, sino que, además, se trata de impactar en la vida de los espectadores y hacerlos sentir algo, tocar sus corazones. Si nosotros nos quedamos sin inspiración o carecemos de creatividad, no podemos llegar muy lejos. No hay un libro o manual al que podamos recurrir para adquirirlas, como en las matemáticas o la química.
No obstante, a diferencia de algunos artistas, yo tenía un lugar seguro en el cual buscar mis respuestas. Tenía mi propia fuente de inspiración, mi musa.
Tiré la cabeza hacia atrás para verla.
—¿Me lo prometés? —Hice sobresalir mi labio inferior como una niña pequeña. Ella sonrió.
—Lo prometo.
—Entonces. saltémonos el masaje, solo besame.
Y lo hizo.
Una que otra mentira piadosa
4 años después…
14 de mayo de 2021
A veces, me pregunto si hay más personas como yo en el mundo. Otros a quienes la vida les ha dado todo para ser felices, para sentirse llenos y creer que lo que los rodea es perfecto tal y como está, que no les falta nada. Pero de repente, sin previo aviso, todo cae en picada.
Lograste graduarte de la universidad en una carrera que amás. Al fin vivís en ese departamento que tanto anhelabas en el centro de la ciudad, ese con los ventanales enormes y el piso brillante. Te mirás al espejo y, después de años de rechazar todo de vos, le sonreís al reflejo porque te convertiste en la mujer que siempre soñaste ser (no me refiero a tu aspecto físico, sino a esa expresión de triunfo que ahora portás con confianza y a ese brillo de seguridad en tus ojos). El amor de tu vida te propone matrimonio en el hogar que construyeron juntas, con el atardecer más rosado que hayas visto alguna vez de fondo y tu canción favorita en la radio. Todo es perfecto en tu vida.
Pero de un momento a otro, sin ni siquiera entender cómo llegaste a ese punto, te encontrás trabajando en un lugar que detestás tanto que cada vez te cuesta más levantarte por las mañanas. Tu hogar se siente frío y vacío, y ver el movimiento de la ciudad desde la altura solo logra deprimirte más. La imagen que proyectás, la que tanto admirabas y de la que estabas orgullosa, ahora es desastrosa y da pena. Y, por si fuera poco, las bolsas bajo tus ojos que indican que llevás incontables noches seguidas llorando y sin dormir no ayudan a que las personas dejen de preguntarte cómo estás. Y tu gran amor…
León maúlla junto a su plato de comida vacío y me saca de mis pensamientos. Me pongo de pie mientras me refriego ambos ojos con las manos y comienzo a caminar hacia mi gato, consciente de que en unos minutos debo ponerme en marcha hacia el trabajo. Él chilla una vez más, lo que me hace reír.
—Ya te escuché —le hablo antes de tomar su bolsa de alimento y ponerme de cuclillas para estar a su altura. Vierto un poco del contenido en su tazón y le acaricio el pelaje oscuro con mi mano libre—. Al menos sé que vos no vas a abandonarme.
Mi mascota ronronea y pasa su cola peluda por mi pierna en respuesta. Me gusta creer que entiende mis palabras y que esa es su forma de decirme que no se irá a ninguna parte.
—Ojalá pudiera llevarte al trabajo —le digo observándolo comer—. Jenna se moriría. Literalmente. —Mi insoportable jefa se encarga de recordarme su alergia a los felinos cada vez que tiene la oportunidad de hacerlo.
Suspiro al ponerme de pie y camino hacia la cocina para desayunar algo rápido antes de salir. Analizo mis escasas opciones y me decido por servirme el poco cereal que queda en la caja. Me despido de León, salgo del departamento y bajo los tres pisos en el ascensor tarareando una canción en mi mente.
La misma canción de todos los días.
Compro un café pequeño (que sabe fatal, pero que aun así insisto en tomar cada mañana) en la cafetería que se encuentra junto a mi edificio. Lo bebo de camino a mi empleo, el cual solo queda a un par de cuadras de mi hogar. La única razón por la que me despierto a diario más temprano de lo que debería es para ir a pie, lo que me ayuda a aceptar el hecho de que tengo que pasar gran parte de mi día en ese agujero.
Detengo mi caminata cuando aparece frente a mí la tienda en la que trabajo. Por mi mente, cruza la remota posibilidad de que exista un veterinario alérgico a los animales, un profesor de literatura que odie leer o hasta un cantante que no disfrute de la música, porque mi realidad no es muy distinta a cualquiera de esas.
Al ingresar a Sueños Dorados, las capas de tul de la pomposa falda junto a la entrada se elevan por la brusquedad con la que abro la puerta. La blancura de la tela al moverse me da la impresión de que se trata de grandes dientes provenientes de una sonrisa que se burla de mí solo por ser una diseñadora de vestidos de novia que detesta el matrimonio. O, tal vez, solo quiere recordarme que nunca seré capaz de usar uno.
Me encuentro asesorando a una novia cuando el sonido de mi celular me hace desviar la mirada hacia él. El nombre de mi madre aparece de manera imponente en la pantalla de nuevo. Es la tercera vez en el día que me marca y sé que no puedo seguir ignorándola, así que contesto. Como era de esperarse, no llevamos ni siquiera dos minutos de conversación cuando comienza su famoso bombardeo de preguntas.
—Sí, mamá. —Suspiro—. Ya hice las compras —miento, para luego escribir en mi libreta: «Hacer las compras».
Aún no me acostumbro a que, si yo no me encargo de mi hogar, nadie lo hará. Llevo un poco más de un año viviendo sola en Tangara después de haber convivido en esta misma ciudad trece meses con Emma. Antes, nunca había tenido un sitio que dependiera de mí en su totalidad, dado que, tras pasar casi toda la vida con mi madre en un pequeño pueblo, viví cuatro años con roomies en Valle de Agua antes de mudarme acá.
—¿Tu jefa ya se dio cuenta de que odiás tu trabajo? —cuestiona mi mamá y ríe del otro lado de la línea.
—No lo odio —me defiendo, como de costumbre, a la par que guardo un par de zapatos altos en su debida caja. La joven mujer que se los estaba midiendo ahora se encuentra en los vestidores probándose el atuendo que diseñé para su boda, luego de hacerle los últimos arreglos—. Solo que no creo necesario que dos personas se casen. ¿Cuál es la obsesión con contraer matrimonio?
Sé que no debí decirle eso. No porque me importe lo que piense sobre mi actual postura, sino porque transformaría lo que debía ser una corta llamada telefónica para saludarla en una gran y repetitiva discusión sobre el casamiento, o lo que es aún peor: en una sobre los niños.
—No vas a tener veinticinco para siempre, Estrellita —me regaña, con lo que me tienta a presionar el botón rojo para finalizar la llamada—. El tiempo se te está acabando, hace rato no tenés ni siquiera citas. Sé que todavía estás dolida, pero deberías…
—¡No tengo citas porque no quiero tenerlas, mamá! —insisto frotando mi rostro con mi mano libre—. Las citas son para conocer personas y ese es el último de mis deseos. Estoy bien así, disfruto de estar soltera, y el tiempo no se me acaba, porque no está en mis planes casarme ni ahora ni nunca.
—Oh, Ivy querida. Estás tan equivocada —se lamenta. Puedo imaginármela con una mano en su cintura y la otra sosteniendo el celular mientras niega con la cabeza y frunce el ceño.
—Vos te casaste con papá y ahora están divorciados —señalo. La carta del divorcio siempre es mi as bajo la manga para ganar nuestras discusiones.
—Pero tenemos una buena relación. Casarme con tu padre no fue un error —insiste, aunque ambas sabemos que lo fue y que lo que ellos llaman «buena relación» es intentar estar juntos de nuevo al menos una vez por año y fracasar en el intento.
Tal vez aprendieron a quererse con el tiempo, pero sé que el único motivo por el que contrajeron matrimonio fui yo. Mamá solo tenía dieciocho años cuando quedó embarazada y papá creyó que lo mejor sería casarse para vivir los tres juntos como en un cuento de hadas. Pero el vínculo entre ambos nunca funcionó, por empezar, porque ni siquiera eran novios cuando me procrearon. Se conocieron esa misma noche. De hecho, mi existencia es el resultado de un par de tequilas mezclados con vodka y de que no supieron usar un preservativo cuando estaban ebrios.
—Mamá, llegó un cliente, tengo que colgar —vuelvo a mentirle. Nadie entró por la puerta y en la recepción del local solo me encuentro yo y el sujeto que vino a acompañar a la mujer que está en la prueba de vestido.
Corto la llamada sin esperar una respuesta, aunque sé que recibiré luego algún mensaje de ella con una queja. Amo a mamá, pero hoy no estoy de humor para tolerar la charla de que debo conseguir una pareja rápido si quiero formar una familia. La idea de tener hijos no es algo que me disguste, de hecho, me encantaría tener al menos uno, pero no estoy muriendo por ello. No comprendo su desesperación por el asunto, cuando apenas puedo hacerme cargo de mi vida en este momento. ¿Cómo pretende que me ocupe de una más?
Y sobre el matrimonio, ¡por Dios! ¿Por qué alguien decide voluntariamente unir su vida con la de otra persona para siempre? ¿Acaso no son conscientes de la infinidad de cosas que podrían salir mal? Me río al pensar que yo fui parte de ese grupo hace no mucho tiempo mientras me alejo del mostrador para pulir la vitrina de las joyas.
Mamá dice que estoy en contra porque tengo miedo. No creo que tenga razón. He soñado con casarme por muchos años, pero estoy mejor sabiendo que no tengo que soportar todo lo que conlleva enamorarse, como las infidelidades o salir lastimado. O que tu prometida pierda la vida de manera repentina una mañana de marzo.
Los ojos se me llenan de lágrimas, por lo que presiono ambas palmas en ellos para evitar que caigan. Sé que debo contenerme cuando estoy en el trabajo, que mi tarea es irradiar felicidad y transmitir alegría, pero cada vez es más difícil.
—Entonces, ¿no hiciste las compras realmente? —Volteo sobresaltada al oír una voz gruesa y masculina a mis espaldas.
Nunca me llamaron la atención las personas con barba, y el acompañante de la novia que solo vi de reojo antes tiene una bastante prolija y al ras. Su cabello ondulado está algo alborotado y un poco largo, por lo que uno de sus mechones cae por su frente y enmarca sus facciones angulosas.
—¡Eso es algo privado! —exclamo al ver que el chico está leyendo mi lista de cosas por hacer, que había tomado del mostrador, y me cruzo de brazos. No parece afectarle mucho mi enfado, porque solo se encoje de hombros. Aun estando encorvado, sigue siendo mucho más alto que yo, así que enderezo mi espalda para no sentirme tan pequeña.
Él sonríe sosteniendo mi libreta a la altura de su mentón recto. Ruego que no se haya atrevido a hojearla y camino a paso apresurado los pocos metros que nos separan. No es un simple cuaderno donde dibujo o escribo cosas que no debo olvidar. Es lo más cercano a un diario que alguna vez he tenido, y la idea de que alguien lo revise me pone los pelos de punta. Entre sus páginas, se encuentran bocetos de trajes para Emma que nunca confeccionaré, frases de las películas que más me hicieron llorar o hasta pensamientos profundos que necesito volcar en algún lado.
—Creí que habías dicho en la llamada que ya las hiciste —responde a la vez que niega con la cabeza y me tiende la libreta donde anoté lo que debo hacer al salir de trabajar. No sé por qué aún hago eso, ya que, la mayoría de las veces, hasta me olvido de leerla.
—Una mentira piadosa que me ahorrará varias explicaciones no le hará mal a nadie —me defiendo escondiéndola detrás de mi espalda.
Él rueda los ojos manteniendo esa sutil expresión de diversión en su rostro. Decido que ignorarlo y seguir con mi trabajo es lo más prudente. Sin embargo, no es tan fácil teniendo en cuenta que no puedo despegar mi mirada del hombre frente a mí. No me había percatado de lo apuesto que es. Sus ojos oscuros tienen un brillo juguetón que hace juego con su sonrisa de lado, la cual me dedica mientras pronuncia palabras teñidas de una diversión genuina.
—¿Vendés vestidos para novias, pero no creés en el matrimonio? —Arqueo una ceja ante su pregunta. ¿Es que acaso escuchó toda la conversación con mi madre?
—Tan simple como suena —me limito a responder, algo ofendida por su invasión a mi privacidad.
—Es ilógico, es como ser médico y no creer en las vacunas. —Trato de no reír ante el hecho de que yo también suelo hacer ese tipo de comparaciones sobre mi trabajo y me enfoco en acomodar el mostrador que, en realidad, no tiene nada fuera de lugar.
—Entonces, supongo que es una suerte que las personas no mueran por no enamorarse —le digo sonriendo.
Creo que está por contestar, pero a último momento cierra la boca y observa algo detrás de mí, por lo que volteo para dedicarle la mejor de mis sonrisas a Amanda, la novia a la que estoy diseñándole el vestido para su boda.
—¡Dios mío, estás preciosa! —exclamo con un tono de sorpresa fingido. Ya he visto un millón de veces el mismo ropaje mientras lo confeccionaba.
—¿De verdad? —pregunta mientras da un pequeño giro para que pueda detallar mejor la prenda. Me acerco un poco a ella para evaluar mi obra.
—Tal vez deba darle una pequeña puntada en la cintura y listo —observo para luego marcar con un alfiler dónde debo achicar—. ¿Puede ser que bajaste un poco de peso desde la última prueba de vestido?
—Son los nervios —me explica—. Apenas puedo comer. Quiero que todo sea perfecto esa noche y que Benjamín me vea como una princesa.
—Y lo hará —responde el hombre detrás de mí. Por poco me olvido de su presencia.
—Demian es uno de los padrinos —me cuenta entusiasmada y se acerca para tomar su mano—. Él, mi futuro esposo y yo nos conocimos en la universidad. Desde entonces, no nos separamos. ¡Somos un trío!
—Ya te dije que no lo digas así —sisea quien ahora sé que se llama Demian—. Suena sexual.
—Tonterías. —Le resta importancia haciendo un ademán con la mano.
—Sí, suena algo sexual —apoyo riendo.
—Del otro padrino ya has oído hablar. —Mi cuerpo se tensa por completo y siento cómo se borra la sonrisa de mi rostro.
—Recuerdo que mencionaste a Emilio un par de veces, cuando me contaste que él te recomendó Sueños Dorados. Pero no me dijiste cómo conocía la tienda —suelto para que me hable aún más sobre él, aunque me duela.
Siempre fui mala con los nombres, pero nunca, ni en un millón de años, olvidaría el de ese maldito bastardo. En las pruebas siguientes, comencé a indagar más sobre la relación que los novios tenían con él. Descubrí que no conocen realmente a Emilio Bernard.
Pero yo sí.
Nunca lo he visto en persona, pero yo sé quién es mejor que nadie. Y quiero verlo tras las rejas. Emilio es artista y, si bien su fuerte es la escultura, también se le da bien pintar. Pero su mejor don, sin dudas, es robar.
—Exponía su arte en el salón que se encuentra cruzando la calle junto con otra artista, pero desde que se mudó a España, el lugar está vacío.
Los ojos se me llenan de lágrimas, así que volteo antes de que puedan notarlo. Sé que es mi culpa por querer más información actual sobre él, pero debo mantener la cordura, por lo que me limpio con sutileza mientras me alejo para tomar una de las tiaras de la vitrina.
—¿Pensaste en algún peinado en particular? —Cambio de tema al regresar mi atención a ellos, consciente de que otra de mis misiones es venderle algún tocado o coronita para que acompañe su look.
—La verdad es que no —confiesa y cambia su expresión a una de desilusión—. Quiero algo que me haga lucir tan hermosa que los ojos de Ben se iluminen cuando me vea y que incluso derrame lágrimas.
«¡Cursi!», quiero gritar, pero en su lugar, le regalo una enorme sonrisa y coloco mi mano en su hombro para hablarle con el tono de voz más dulce que me es posible.
—Para ser honesta, tu novio no le va a dar importancia al peinado que lleves, ni siquiera al vestido. Podrías usar solo una bolsa de papas para cubrir tu cuerpo y a él no le interesaría en lo más mínimo. —Dejo salir un suspiro para agregarle un poco de drama a mi actuación y continúo hablando—. Lo único que le importará esa noche es que se va a casar con la persona que más ama.
Veo que sus ojos se cristalizan, tal vez porque están imaginando la escena que relaté, aquella que repito una y otra vez a mis clientas.
—¿Eso creés? —susurra con la voz entrecortada.
—Eso creo. Pero sé que lo que vos también querés es verte bonita, y es mi función ayudarte a estar más hermosa de lo que ya sos para esa noche especial. —Las mejillas se me entumecen de tanto sonreír, pero no dejo de hacerlo—. Va a ser la mejor noche de tu vida. Solo pensá en cuando estés caminando hacia el altar con ese hermoso vestido, donde él te va a estar esperando, probablemente más nervioso que vos. Es una imagen que nunca vas a olvidar.
—Vas a estar ahí, ¿no? —me pregunta con su usual euforia y envuelve mis manos en las suyas—. Me acompañaste en todo el proceso, no podés fallarme esa noche —insiste.
Quiero gritar que no, que ni en el estado más alto de locura aceptaría voluntariamente compartir el mismo aire que Emilio Bernard. Pero no lo digo, porque sé que asistir a la fiesta es la mejor opción que tengo si quiero remediar los errores del pasado.
—Estaré ahí, no me lo perdería por nada —respondo con un nudo en la garganta y coloco la tiara sobre su cabeza. Me aparto para que pueda verse en uno de los muchos espejos del local.
—Es hermosa —susurra y pasa una mano por su cabello corto y claro.
—Esperá a verla con el velo —le digo, añadiéndolo al tocado.
Amanda observa con detenimiento su reflejo mientras continúa derramando lágrimas de emoción. Le tiendo una caja de pañuelos desechables y toma uno.
Por favor, decí que sí. ¡Decí que sí!
—La quiero, quiero esta tiara. —Luego de unos interminables segundos, puedo ver brotar la emoción por sus poros—. Solo agregala a la cuenta.
¡Vendida!
—Es toda tuya —concedo, tal como un hada madrina—. Ahora, andá a quitarte ese vestido. La próxima vez que te lo pongas va a ser para la boda.
—No puedo creer que solo falte una semana, es increíble. ¡Me voy a casar! ¡me voy a casar con el amor de mi vida! —canturrea dirigiéndose a los probadores para volver a ponerse su ropa de calle. Aún me sorprende la energía que desprende esta mujer.
En cuanto desaparece de mi campo de visión, relajo los músculos de mi cara y quito la estúpida sonrisa de mi rostro.
—¿Cómo lo hacés? —cuestiona Demian cuando nos encontramos a solas de nuevo.
—¿Hacer qué? —pregunto con confusión.
Él se cruza de brazos y vuelve a hacer ese gesto de arquear la ceja (el cual le queda increíble).
—Hablar con tanta convicción sobre cómo la boda será su sueño hecho realidad —suelta con una genuina sorpresa.
—Solo les digo lo que quieren oír. Es parte de mi trabajo.
—Si no te hubiera escuchado hablar por teléfono hace unos minutos, me habrías convencido a mí también —señala acercándose a mí.
—Entonces, tal vez no deberías estar escuchando conversaciones ajenas.
—¿Acaso estudiaste actuación o algo por el estilo? —insiste. Una suave risa escapa de mi boca y eso parece intrigarlo aún más.
—Te voy a contar algo, Demian —le explico dando un paso hacia adelante—. Mientras hablo sobre lo bonito que es casarse con el amor de tu vida, acerca de lo felices que serán cuando ambos den el sí o de lo inolvidable de usar ese hermoso vestido blanco de princesa —relato con un exagerado tono de voz soñador—, en mi mente, en realidad me imagino el momento posterior a la ceremonia.
Él parece no entender de lo que estoy hablando, por lo que continúo mi explicación.
—Me refiero a la fiesta. La comida exquisita y costosa. Bailar hasta que mis pies duelan, la barra de bebidas donde puedo tomar incontables tragos sin pagar un centavo. Si me buscás en cualquier boda, seguro me hallarás ahí, bebiendo.
Él niega con la cabeza otra vez, y yo pierdo la cuenta de la cantidad de veces que lo hizo esta mañana. En ese momento, no paso de largo cómo su cabello baila a la par del movimiento que hace y creo ver una pequeña argolla que adorna su oreja izquierda.
—Entonces, no son tan malas las bodas después de todo.
—Mientras que no sean la mía, voy a disfrutarla —sentencio con mucha seguridad.
—Yo creo que las bodas son algo hermoso. En el mundo pasan cosas horribles a menudo. Tener la posibilidad de celebrar algo tan simple como el amor y olvidarte de todo por un día es increíble.
No le respondo, solo dejo que el incómodo silencio nos rodee. Ya le he revelado mucho de mí en pocos minutos, y puede que eso le haya hecho creer que puede darme su opinión o que esta me importa.
Amanda no tarda en salir de los vestidores cargada de felicidad, lo que rompe con la tensión en el ambiente. El vestido de novia fue reemplazado por el jean roto con el que vino y un top verde que deja ver el piercing en su ombligo. Sin el disfraz de novia, luce aún más joven que los veintiséis años que en realidad posee, pero no puedo juzgarla por casarse a tan temprana edad. Yo estuve a punto de cometer la misma locura, incluso teniendo un par de años menos.
Las cosas que hace el amor.
—Durante la semana voy a pasar para saldar la cuenta —me informa con su habitual sonrisa.
Tres meses trabajando para diseñar y confeccionar su vestido soñado me ayudaron a conocerla bastante. Amanda es el tipo de persona que querés en tu vida. De esas que desbordan felicidad y logran contagiártela incluso en tus peores días. En cierto punto, me recuerda un poco a Emma; de hecho, los días en que mi clienta hace presencia en la tienda, me olvido de lo detestable que es trabajar acá por un par de horas. Ella es una mujer que sueña en grande, que ama a todo el mundo y de las que parecen no tener maldad en su alma.
—Estamos en contacto —me despido imitando su sonrisa, esta vez, sincera. Observo a su acompañante y le dedico una con menor intensidad y un poco más falsa.
—Adiós, señorita…
—Ivy —completo—. Ivanna —me corrijo casi al instante.
—Ivanna —repite, lo que me da la sensación de que está probando cómo suena mi nombre en sus labios. Luego, me da una última mirada y sale de la tienda detrás de su amiga.
La puerta se cierra a sus espaldas y dejo salir un suspiro. No había notado lo enojada que me había puesto la conversación con Demian sobre el matrimonio hasta ahora. ¿Quién se cree que es para indagar en mi vida con tal descaro? Ni que fuéramos amigos de años.
El resto de la jornada me dedico a bocetar un vestido para nadie en particular, mientras tarareo la misma canción que no sale de mi cabeza hace meses. Cuando las clientas vienen a asesorarse, me gusta tener algunos modelos disponibles abiertos a modificaciones futuras, así que dejo volar mi imaginación. Aprovecho para tomar algunas fotos para subir a mis redes sociales y promocionar mi trabajo.
A las personas parece gustarles el proceso detrás de los vestidos de novia, porque mis seguidores no hacen más que subir con cada contenido que agrego. De todas formas, estos días no he tenido mucho trabajo, puesto que, aparentemente, muy poca gente desea casarse en otoño. Amanda no era una de ellas, pero por lo que me contó, siempre soñó con usar un vestido con mangas largas en su boda. Incluso creo haberle oído mencionar estatuas de hielo, lo cual espero con fervor que no sea cierto.
Pensar en Amanda me dirige directamente a su amigo, Demian. Obligo a mis pensamientos a tomar otra dirección, por lo que decido centrarme en mi lista de quehaceres, aunque esto me lleva de nuevo hacia él.
¿Acaso este hombre que había visto solo por unos minutos y que no me conoce en absoluto tiene razón? ¿Mentirle a mi madre es algo que hago por mí o es para que ella no se preocupe? Porque sí, es verdad que no quiero casarme y que no necesito a alguien, pero ¿significa eso que estoy bien? La respuesta es simple.
No lo estoy.
Suspiro poniéndome de pie para darle fin a mi horario de trabajo. Siento el cansancio acumulado de noches sin dormir en cada parte de mi cuerpo, pero en el instante en que Alicia, una de las costureras, sale de la sección de confección, finjo una sonrisa. Me dice que cerrará por mí, dado que hará horas extra para compensar las que había faltado cuando enfermó la semana pasada. Agradezco mentalmente, porque eso me permitirá llegar más temprano a casa para cenar helado y ver esa nueva serie coreana de romance que se estrenó en Netflix hace unos días (o al menos usarla de excusa para llorar tranquila).
—¿No vas a salir con los demás chicos hoy? —pregunta Alicia mirándome con ese gesto maternal con el que suele hacerlo. Tiene cincuenta y seis años y se hace llamar «la mamá del grupo» por ser la única persona mayor en el equipo, aunque nadie más a excepción de ella misma la llama así. Muchas veces, el apodo que se atribuyó la lleva a querer comportarse como si en verdad fuese mi madre, pero nunca tuve las agallas para pedirle que se detenga y sé que el resto de nuestros compañeros tampoco lo hará.
Sueños Dorados cuenta con una diseñadora (yo, por supuesto), tres modistas y dos sastres, los cuales trabajan en la parte de atrás de la tienda, por lo que no solemos tener contacto continuo. Antes solía salir con ellos a menudo. La verdad es que son un grupo muy divertido y rondan mi edad, pero desde el accidente, había rechazado todas y cada una de sus propuestas nocturnas. Aun así, las invitaciones no cesan, al igual que mis excusas para no acompañarlos.
—Hoy no estoy de humor —respondo mientras guardo mis pertenencias en mi bolso.
—Nunca lo estás —señala Alicia. Me encojo de hombros y me despido de ella luego de recordarle que apague todas las luces antes de cerrar.
Cuando salgo de la tienda, me tomo un par de minutos para ver el local vacío frente a mí, ese que antes solía ser una galería de arte. El cartel de «se alquila»que lleva un año en el escaparate comienza a despegarse. Ver el interior desalojado y oscuro me genera un nudo en el estómago. Decido dejar de torturarme y emprender marcha hacia mi hogar.
La noche empieza a caer en la ciudad. Hace unas semanas que ya comienza a sentirse la presencia del otoño en Tangara. El viento arrastra una fila de hojas que bailan junto a mis pies antes de seguir su camino hacia el lado contrario al que me dirijo. Aminoro el paso cuando visualizo mi edificio a lo lejos. La familiar sensación de que estoy olvidando algo importante acompaña el malestar en el estómago.
¡El supermercado!
Miro la hora en mi reloj de muñeca: aún es temprano. El pequeño almacén que se encuentra a unas cuadras debería estar abierto, por lo que servirá para surtirme de alimentos por esta noche. Sin embargo, cuando llego a mi destino, encuentro a uno de los trabajadores cerrando las rejas del local con un candado. Increíble.
Dudo entre si seguir en busca de algún supermercado o volver a casa y cenar cereal otra vez. Aunque aún me queda un poco del helado que compré hace dos días.
—¿Necesitás algo? —me pregunta el señor del almacén con el ceño fruncido. De repente, noto que he estado analizando mis opciones de pie en la vereda cual estatua—. ¿Te encontrás bien? —cuestiona con un leve tono de alarma en su voz.
—Sí, yo… Lo siento. ¿Sabe dónde hay un supermercado por acá cerca? —indago sacudiendo la cabeza para despejarme, lo cual solo logra que me maree.
—Claro, caminá cinco calles hacia esa dirección —señala con su dedo índice—, y luego girá a la derecha. A unos metros encontrarás un mercado que cierra tarde —añade antes de subir a una vieja bicicleta que no había notado que tenía a su lado.
—Gracias —susurro, todavía desorientada.
Sigo sus indicaciones mientras mi mente me regaña por no alimentarme bien. No tengo dudas de que mi estado actual se debe a que lo único que ingerí en todo el día fue el cereal del desayuno que me forcé a comer a pesar de no tener apetito.
¿Cuántas calles había dicho el señor que tenía que hacer? Cinco. Cinco cuadras, estoy segura. ¿Cuántas había hecho? Me giro para comprobar que solo he caminado cuatro, por lo que en la siguiente doblo a la derecha, tal y como había indicado el sujeto del almacén.
En efecto, a unos metros de distancia, descubro un gran supermercado que nunca había visto antes. Cuando entro, recorro los pasillos con un carrito que tomo de la entrada principal y, a medida que avanzo, lo lleno de diversos productos. No paso de largo la sección de verdulería y aprovecho para comprar frutas y verduras para varios días.
Cuando el carro se llena, sigo hacia el mostrador para pagar por todo. Una joven mujer me atiende con una agradable sonrisa, la cual le devuelvo por cortesía. Debo admitir que la suma total a pagar es menor de lo que esperaba, algo que me alivia un poco teniendo en cuenta que lo más probable es que no consuma lo que compré. Con el tiempo, sé que la mitad de las verduras se echarán a perder en el fondo de la heladera y las frutas se cubrirán con esa desagradable capa verde y peluda de moho, por lo que acabaré por desecharlas.
—¿Efectivo o tarjeta?
—Efectivo. —Le tiendo el dinero luego de sacarlo de mi cartera.
—Que tenga una bonita semana.
Asiento con la cabeza a modo de respuesta, mientras me pregunto cómo diablos haré para llevar tantas bolsas hasta el edificio.
Al final, decido frenar un taxi y, en cuestión de minutos, me encuentro en mi departamento, donde tomo una ducha rápida y desaparezco bajo las sábanas sin cenar. Antes de dormir, me prometo que mañana me haré un desayuno completo.
El problema del amor
11 de septiembre de 2019
—Si pudieras pedir un deseo justo ahora, ¿qué pedirías? —me preguntó Emma acariciando mi rostro con una mano. Recostarnos en el piso del departamento por las noches era algo que se había convertido en parte de nuestra rutina. Podíamos pasar horas en la misma posición hablando sobre infinidad de cosas. Cada día había algo distinto que debatir o sobre lo que charlar.
—No voy a mentirte —respondí con total seriedad—, me quedé con hambre después de cenar, así que desearía otra pizza.
—¡Dijiste que podía comerme la última porción! —se quejó con clara indignación.
—Tus ojos brillaban al verla en la caja. Estoy segura de que habrías llorado si me la comía. —Dejé un suave beso en la punta de su nariz.
—Vayamos por helado —propuso poniéndose de pie.
—¿Qué deseo pedirías vos? —le pregunté yo esta vez, imitando su movimiento para estar a su lado.
—Creo que, en este momento, no necesito más nada —respondió para luego besarme tiernamente.
—Cursi —susurré contra sus labios antes de empezar a caminar hacia la puerta para ir a la heladería.
—Entonces, pediría helado de limón.
—Ahora solo sos desagradable.
21 de mayo de 2021
Apago la alarma matutina por cuarta vez y me tomo mi tiempo para despertar. Mi cuerpo se siente más pesado que lo usual y puede que solo esté somatizando el hecho de que sé que la agenda de hoy es una locura. Ha pasado una semana desde que fui al supermercado. Desde entonces, me mantuve firme en mi propósito de no dejar de lado mi alimentación y obligarme a hacer al menos tres comidas diarias (digamos que casi lo cumplo). Pero todo este cambio requiere más esfuerzo del que estoy acostumbrada.
Aprovecho que aún faltan unos minutos para que suene la quinta alarma que tengo programada y reviso mi Instagram. Las fotos que subí ayer han tenido muchas visualizaciones y likes, entre ellos, el de Amanda.
Su boda es esta noche y le aseguré que iría, pero luego de la semana que tuve, no veo tan viable esa opción. La comida y el alcohol gratis son un buen incentivo, porque además no tendría que preparar la cena, pero el verdadero motivo por el que debería asistir va más allá de todas esas cosas banales.
Arrojo el celular al otro extremo de la cama y froto mis ojos con fuerza. Tal vez no sea una decisión que deba tomar ahora mismo.
—Buenos días, León —saludo a mi gato una vez que me digno a saltar fuera de la cama.
Antes de ir al cuarto de baño, tomo mi libreta y anoto: «Averiguar viandas de comida». Tal vez eso me ayudará a comer adecuadamente y evitar que me encuentren desmayada en alguna calle de la ciudad por falta de energía. Cuando acabo de higienizarme, camino hacia la cocina, donde mis últimos análisis de sangre me miran desafiantes desde la pequeña isla a modo de recordatorio de que tengo que cuidarme. Por ello, me dispongo a comer un buen desayuno —uno que incluye tostadas con huevo y un tazón de frutas— en lugar de beber el desagradable café instantáneo en el camino hacia el trabajo.
Paso el resto de la mañana en la tienda, donde me aseguro de hacer una pausa para almorzar un sándwich. El día no es diferente a cualquier otro: mujeres enamoradas, damas de honor entusiasmadas y otras obligadas, vestidos blancos y un montón de sonrisas falsas que ofrecer.
Observo la percha donde el vestido de Amanda está colgado en perfecto estado y cubierto por una funda, listo para ser usado en su boda, que comenzará en exactamente cuatro horas.
¿Por qué el vestido sigue acá?
Abro la agenda con los contactos de nuestros clientes y no tardo en conseguir su número. Lo marco, dudosa de si contestará o no, debido a que no falta mucho tiempo para la ceremonia. Al tercer timbre, la dulce voz de Amanda se oye al otro lado de la línea.
—¿Hola?
—Buenas tardes. Soy Ivy, de Sueños Dorados.—Tamborileo los dedos en el mostrador al ritmo de la misma canción que vuelve a sonar en mi mente.
—Hola, Ivy. —Noto el reconocimiento en su voz—. ¿Qué ocurre? —Se la oye sorprendida.
—Ocurre que te vas a casar dentro de cuatro horas y tu bonito vestido, el cual diseñé con mucho amor —le digo con paciencia para que no se alarme—, aún se encuentra en la tienda y, de hecho, vamos a cerrar dentro de una hora.
—¡Demian, maldito hijo de puta! —chilla al tiempo que la campanita junto a la puerta anuncia la llegada de alguien al local—. ¡Me dijo que fue por el vestido ayer y que se encuentra en camino!
Observo negando con la cabeza al hombre desesperado que acaba de ingresar. Se ha rasurado la barba y su cabello está un poco más corto que la semana pasada.
—Olvídalo, él ya está acá —le aseguro con una leve sonrisa en mi rostro, por más de que no pueda verla.
—¿No estarás cubriéndolo? —cuestiona.
—¿Qué ganaría yo con eso?
—Buen punto —ríe, pero no suena real—. Entonces, ¿te veo esta noche?
—Por supuesto, no me lo perdería por nada —exagero al despedirme. Corto la llamada y miro fijamente a Demian.
—Por favor, decime qué no hablabas con ella —ruega. Por la agitación en su voz y la fina capa de sudor en su frente, deduzco que vino corriendo para llegar a tiempo.
—No estaba hablando con ella.
—¿De verdad? —suspira, aliviado, y pasa la mano por su frente.
—No, sí lo hacía. Pero me pediste por favor que te dijera lo contrario —sentencio y me alejo del mostrador para tomar el vestido—. Tal vez no debiste mentirle.
—Decir una mentira piadosa que me ahorrará muchos problemas futuros no le hará mal a nadie —me contesta con una sonrisa en los labios. Sé que está utilizando unas palabras similares a las que yo usé con él hace una semana, pero finjo no notarlo.
—¿Quién soy yo para juzgar? —susurro de manera audible.
—No hubiese tardado tanto si aceptara que no puedo complacer a todo el mundo. —Por la expresión que pone, supongo que se arrepiente de sus palabras casi al instante en que salen de su boca.
—¿Por qué lo decís? —Lo miro fijamente. No había notado sus grandes ojeras.
—Creo que tengo un problema con decirle que no a las personas —se sincera—. Pensé que, si hacía más rápido mi trabajo, me daría el tiempo de buscar el vestido ayer. Pero la tienda ya estaba cerrada cuando llegué.
Luce muy abrumado. Siento que debo darle alguna palabra de apoyo, pero ese nunca ha sido mi fuerte.
—No sos un superhéroe. Además, podrías haber pedido que lo enviemos a alguna dirección.
—Bueno, también es culpa de que perdí al menos veinte minutos en buscar un lugar donde estacionar —se ríe. Me da la sensación de que trata de quitarle importancia a su anterior declaración, pero solo torna el ambiente más tenso.
Qué persona más extraña.
—Bienvenido a Tangara —respondo con ironía. Si alguna vez has vivido acá, o al menos has visitado la ciudad, sabes que la mayor parte del tiempo no conseguirás un sitio para aparcar tu auto. Mi consejo más sano: caminar.
Le entrego el vestido y le indico que lo lleve con cuidado, algo que lo hace rodar los ojos. Me despido con amabilidad, porque, a pesar de todo, sigue siendo el amigo de una clienta y aún me encuentro en horario de trabajo.
—Te veré esta noche —dice antes de que la puerta se cierre a sus espaldas.
Con ese comentario, la pregunta de si en verdad debo ir vuelve a nacer y le doy vueltas por mi cabeza durante otro largo rato. En contra de todos mis deseos de pasar la noche en casa, decido que tengo que asistir, que se lo debo a Emma.
Para cuando se hace la hora de marcharme, los demás empleados ya se han ido, por lo que me toca encargarme del cierre, tarea que suelo hacer. Camino por las calles iluminadas de Tangara hasta llegar a mi domicilio, donde empiezo a producirme para el gran acontecimiento.
Si hay algo de lo que estoy segura es de que no estaré en la ceremonia y me la saltearé para ir directo a la fiesta. Mi presencia no es tan importante como la de cualquier otro invitado, nadie me echará de menos, lo cual es algo bueno en estas circunstancias. Además, voy con el plan de acercarme a Emilio, no de presenciar cómo dos enamorados se leen sus votos de amor.
No me apresuro al momento de maquillarme. Utilizo los mismos tonos que mi vestido plateado de fiesta, el cual diseñé y confeccioné yo misma hace un tiempo, pero que nunca había tenido la oportunidad de estrenar. Su largo es hasta la rodilla, al menos en una de ellas, porque en el lado izquierdo lleva un gran tajo que deja ver mi pierna de manera sugerente. El escote strapless no es muy pronunciado, pero lo que le da el toque mágico son las mangas caídas a los costados de mis brazos. Cuando acabo con mi rostro, me coloco mis zapatos de tacón y me pongo de pie. Me observo en el espejo.
Luzco esplendida. Ningún invitado podría deducir lo que en verdad está pasando detrás de mi apariencia, porque nadie dudaría de una mujer bien arreglada y sonriente. Mi cuerpo está cubierto por mi mejor prenda, que hace sobresalir mis pocas curvas. Mi rostro, por su parte, da la impresión de que fue maquillado por un profesional. Además, es un milagro que las ondas de mi cabello hoy decidieran colaborar y lucir como recién salidas de la peluquería. Todo está en orden, al menos por fuera.
A lo largo del tiempo en el que trabajé para Sueños Dorados, inventé muchas razones para convencer a todos de por qué acepto las invitaciones a las fiestas. Amo las bodas. Nunca me perdería tu momento especial. Allí es más fácil identificar solteros. Voy por la comida y la bebida. Si bien la última afirmación suele ser cierta, hace meses no asisto a la boda de alguna de mis clientas por voluntad propia. No desde…
Pero ahora ni una excusa se acercaba a la verdad. El mundo, a veces, es mucho más pequeño de lo que creo, y lo confirmé en una de las primeras pruebas de vestido, cuando Amanda no paró de quejarse sobre cómo uno de los padrinos probablemente no podría llegar a la fiesta. No hizo falta que hiciera ninguna pregunta para que ella siguiera hablando sobre el tema: yo solo dejé que parloteara en paz mientras hacía mi trabajo. La verdad es que no escuché gran parte de lo que dijo al principio. Ese día había tenido una muy mala mañana y no estaba de humor para cotilleos, pero no pude evitar prestar atención cuando mencionó el nombre de esa persona en particular.
Cuando oí que ella y Emilio Bernard eran amigos, todo a mi alrededor dio vueltas. Creo que incluso pinché a Amanda con uno de los alfileres sin querer (de haber sido el caso, ella fue lo suficientemente educada como para no protestar). A pesar de que en ese momento sentí que mis murallas se caían y que el dolor había logrado atravesar las barreras que había puesto a lo largo del último año, hice mi mayor esfuerzo para ocultarlo.
El tono de llamada personalizado que asigné a mi madre suena y logra sacarme de mis pensamientos. Tomo el celular que había dejado en la cama y atiendo.
—Hola, mamá. No tengo mucho tiempo para hablar ahora, en unos minutos voy a ir a una boda.
—Oh, Estrellita, ¡qué alegría! —exclama—. Me alegra tanto que salgas a disfrutar. ¿Cómo has estado? —cuestiona con su voz rasposa. Mamá suele llorar cuando hablamos a distancia. Por eso no le gusta hacer videollamadas, no quiere que la vea en ese estado. Si tan solo supiera que, de todas formas, noto que lo hace.
—Estoy bien —miento, como de costumbre—. Estuve muy ocupada esta semana —me excuso de antemano por no llamarla.
—No te preocupes, cariño —le resta importancia—, pero me gustaría que me enviaras una foto tuya. ¡De seguro deslumbrarás a todos en la boda! —canturrea.
—Trato hecho —acepto, y antes de que empiece a hablar sobre hombres solteros a los que podré seducir esta noche, continúo hablando—. Mamá, creo que llegó el auto que pedí. Debo irme.
Tomo mi pequeño bolso, ese en el que solo entran un par de cosas, y cargo mi celular, las llaves de mi departamento y algo de efectivo, por las dudas.
—Está bien, tesoro —me dice con ternura—. Divertite mucho, y cuidate —me pide.
—Lo voy a intentar.
Observo desde la ventana que el Uber que pedí hace unos minutos se encuentra estacionado en la vereda, así que corto la llamada y salgo de mi casa. Mientras bajo por el ascensor, utilizo el espejo para tomarme una fotografía y enviársela a mi madre.
Un par de minutos después, me encuentro en el salón de fiestas del hotel más famoso de Tangara, junto a la barra de tragos. Pido un gin tonic. Tal como lo había planeado, llegué en el momento en que la fiesta comenzaba.
