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Entrevista realizadas a veintidós integrantes de la Convención Constitucional, en donde se retratan diversas generaciones con sus anhelos y singularidades, representando de esta forma la pluralidad de voces que imaginaban un nuevo Chile.
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Seitenzahl: 407
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© LOM ediciones Primera edición, enero de 2022 Impreso en 1500 ejemplares ISBN impreso: 9789560014757 ISBN digital: 9789560016225 Fotografías: @pauloslachevsky https://www.flickr.com/photos/pauloslachevsky/ Edición, diseño y diagramación LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56–2) 2860 6800 [email protected] | www.lom.cl Tipografía: Karmina Registro N°: 101.022 Impreso en los talleres de gráfica LOM Miguel de Atero 2888, Quinta NormalImpreso en Santiago de Chile
Hablar de anhelos y sueños constituyentes es el propósito de este libro. Anhelar, en su significado etimológico más profundo (incluso teológico), refiere a una espera intensa, un anhelo deseoso. Está emparentado con las dimensiones de «abstracción y absorción»; una abstracción de cualquier otra cosa que pudiera desviar la atención, y la absorción en el objeto esperado «hasta que se llegue al cumplimiento». El término soñar, por su parte, aporta la dimensión de un mañana. Soñamos con algo que queremos pueda realizarse.
Un rostro colectivo, plural y diverso ingresó al ex Congreso el 5 de julio de 2021, una diversidad propia del país que hasta ahora había sido, en gran medida, excluida de los espacios de poder, de esta pigmentocracia monoétnica, monocivilizatoria, y unidimensional desde lo sexo-genérico, clase y generación que han caracterizado a los poderes del Estado y su continuidad. Ciento cincuenta y cinco escaños trazan, desde sus trayectorias individuales y colectivas, una nueva geografía humana en ese edificio patrimonial de la segunda mitad del siglo XIX que ha sido emblema de la República.
Queríamos saber qué piensan, qué enuncian estas mujeres y hombres que, bajo la figura de «convencionales», tienen la tarea de transformar en texto rector un catálogo de aspiraciones y demandas expresadas durante décadas por la ciudadanía y los movimientos sociales, y que en la revuelta de Octubre de 2019 se cristalizaron en un profundo grito destituyente que se hizo sentir de norte a sur de nuestro territorio.
Nos propusimos entrevistar de manera aleatoria a veintidós de entre ellas y ellos. La idea fue construir una muestra lo más representativa posible de la pluralidad que compone la Convención Constitucional. Los criterios básicos: que fuese paritaria, que estuvieran representados los escaños reservados, que tomara la palabra un conjunto de convencionales del amplio espectro político y territorial1.
Ellas y ellos encarnan, con todas sus singularidades y diferencias, con sus experiencias sociales, culturales y territoriales, el retrato vivo de un momento crucial de nuestra historia en que la movilización popular forzó las puertas de la institucionalidad para construir otras formas de producción de lo común.
Este proceso social, político, cultural y jurídico ha debido lidiar –sumado el complejo contexto de pandemia– con un conjunto de obstáculos técnicos, políticos, administrativos, humanos y presupuestarios, así como con una fuerte campaña de medios de comunicación y sectores políticos conservadores con un claro afán de desprestigiar a la Convención y por ende el proceso. Con las posibilidades que un libro entrega, sin la mediación de cuñas alojadas en la razón instrumental de la farándula mediática, intentamos abordar sus idearios, la instalación de la Constituyente y los desafíos que han ido configurando este proceso.
Entre los meses de agosto y octubre realizamos este conjunto de entrevistas en base a una pauta de preguntas abiertas. La idea era conocerles, escuchar sus propuestas, sus miradas, sus impresiones, al iniciarse el trabajo de la Convención.
Nos impresionaron las condiciones de precariedad con que realizaban su trabajo muchos de las y los convencionales, fundamentalmente los independientes y los de escaños reservados, que vienen de los movimientos sociales, organizaciones comunitarias y medioambientales. La desigualdad estructural de la sociedad chilena, de una u otra manera, también se refleja en la diversidad de la Convención. La no liberación de los recursos para pagar a los asesores durante meses, en un proceso al que se le exigen resultados muy rápido, no es inocuo. También nos impresionó la falta de lugares donde trabajar o reunirse, lo que contrastaba además con los modelos de funcionamiento de aquellas/os convencionales cuya proveniencia es la política como profesión. No cuentan con un lugar para tomar un café, almorzar o conversar, todas ellas condiciones básicas de dignidad para poder desarrollar el intenso trabajo al que están mandatados. Todo pareciera torpedear la posibilidad de que esas ciento cincuenta y cinco personas puedan escribir conjuntamente la nueva carta magna.
Felizmente, constatamos una importante capacidad para sortear las dificultades, para ir buscando soluciones, así como una férrea disposición y voluntad de enfrentar los desafíos de esta etapa y las que serán parte del proceso. Se refleja en sus voces y miradas el compromiso con el mandato delegado y asumido, así como la convicción de la relevancia que tiene este «momento histórico» que les ha tocado liderar y del que ha de salir una nueva manera de relacionarnos.
Esperamos, al cerrar esta etapa, después del plebiscito de salida, volver a encontrarnos con las y los constituyentes aquí entrevistados para conocer su balance del trabajo desarrollado, saber cuánto de los anhelos aquí manifestados han quedado plasmados en la nueva Constitución, que ha de sentar las bases para efectivamente refundar Chile, que garantice el buen vivir y una vida digna para todas y todos sus habitantes.
Lxs editorxs Enero de 2022
1 Fueron contactadas para ser entrevistadas en el libro las convencionales Marcela Cubillos, Teresa Marinovic y el convencional Hernán Larraín, de Chile Vamos, pero no respondieron a la invitación.
Alondra Carrillo
Psicóloga / Distrito 12
Formo parte de la Coordinadora Feminista 8 de Marzo. No es, por supuesto, la primera coordinadora 8 de marzo que ha existido, pero sí fue un esfuerzo para poder mantenernos articuladas luego del 8 de marzo del 2018, con un propósito muy específico, que era impulsar la huelga general feminista en nuestro país, dinamizar las articulaciones del movimiento social, levantar una agenda común de movilizaciones contra la precarización de la vida y generar un programa propio para seguir desplegando la potencia de un movimiento feminista que estaba adquiriendo el carácter de un movimiento de masas.
Esta organización, que articula a diversas personas, organizaciones, iniciativas, etcétera, fue haciéndose parte de los principales procesos de autoorganización y de movilización social desde el 2018. Levantamos la huelga general feminista el 8 de marzo del 2019 y fuimos parte activa de la revuelta popular desatada el 18 de octubre, con la perspectiva de profundizar el afán destituyente de la revuelta popular. Destituyente de este orden, del orden neoliberal, patriarcal, colonial, racista, y permitir que se profundizara ese contenido negativo en el sentido de decir no, de decir no una y otra vez. Lo hemos planteado así varias veces.
Luego del Acuerdo por la Paz Social, que nosotras apuntamos como un acuerdo que intenta tutelar un proceso político abierto por la fuerza de la movilización popular y también como un acuerdo de impunidad, nos vimos, como muchos sectores populares, atrapadas en una disyuntiva, porque más allá de nuestra valoración del acuerdo, este situaba condiciones objetivas para el quehacer de la clase trabajadora de la que somos parte. Luego de valorar ese escenario de manera colectiva, tomamos la decisión de impulsar una oposición que era la de no quedarnos en los términos binarios del Apruebo y el Rechazo, que eran los que se nos estaban planteando, sino ver si era posible articular una voz que siguiera manteniendo el sentido de la revuelta, que era el desborde, el desborde de los términos en los que había sido planteado el proceso constituyente, y en ese escenario de apostar por el desborde, de continuar la afirmación de la revuelta popular y de su sentido en este proceso, y no permitir el tutelaje de esta fuerza social, decidimos hacer una campaña propia.
Aprobamos una Convención Constituyente, en vía de un proceso constituyente libre, soberano, plurinacional, popular, feminista, y por esa misma razón es que después tomamos la decisión de participar con voz propia, como se había hecho hasta ese momento, en una clave que siguiera afirmando la revuelta, y esto quería decir mediante listas independientes de movimientos sociales, de organizaciones territoriales expresivas de la fuerza popular de octubre.
Después de que tomamos todas esas decisiones, que fueron muchas, unas tras otras, y que hacíamos con voz propia, asumimos también la responsabilidad, como Coordinadora Feminista 8 de Marzo, de impulsar ese levantamiento de alternativas, y para ello se nos pidió a distintas compañeras que tomáramos esta responsabilidad.
Nos parecía fundamental que en el escenario de apertura política que esto significaba, la voz del feminismo que nosotras habíamos impulsado, que no era cualquier feminismo, sino un feminismo popular, un feminismo que se plantea con una perspectiva transversalizadora al interior del movimiento social, un feminismo que habla de trabajo, de seguridad social, de pensiones, de territorio, de vivienda, de migración, de lucha socioambiental, era fundamental que ese feminismo estuviera también aquí.
El inicio de este proceso en la Convención ha sido vertiginoso, y sólo llevamos dos meses de trabajo. La Coordinadora Feminista es un espacio muy dinámico, pero nada se parece a esta velocidad; es una velocidad completamente ajena a los ritmos del movimiento social y popular, a las asambleas territoriales y populares. Tiene su propio lenguaje, además. Es una instancia que se organiza en términos jurídicos y que, a diferencia de lo que uno pudiese pensar, que esta es la gran política en oposición a la pequeña política de las organizaciones populares, desde mi punto de vista esto ha sido pura micropolítica; o sea, es la toma de muchas decisiones muy pequeñas todos los días.
Y es vertiginoso también porque te demanda y exige permanentemente un trabajo intelectual, un trabajo político y de responsabilidad de no perderse, de no desorientarse en esta seguidilla de toma de decisiones tan aceleradas, y en donde hay tanto, tanto que quisiéramos disputar, pero al mismo tiempo hay que priorizar, y hay que tomar algunas determinaciones también sobre cuándo, qué, cómo. Pero también estos dos meses de instalación han sido muy emocionantes.
Yo fui candidata de la Asamblea de Organizaciones Sociales y Territoriales del Distrito 12, donde participa la Coordinadora Feminista 8 de marzo, pero hay también muchas otras organizaciones, y ese espacio ha seguido activo y una vez a la semana conversamos durante varias horas, hablamos de lo que va pasando allí, calibramos las decisiones que vamos tomando. Tanto la coordinadora como la asamblea conforman un equipo de apoyo político que está ahí todos los días tomándoles el pulso a las decisiones que vamos tomando, y en ese sentido estos dos meses de instalación también han sido un periodo de aprendizaje intensivo.
La Convención es súper diversa, tiene estudiantes secundarias feministas y tiene luchadoras por el bosque Panul, tiene asambleas territoriales, tiene gente muy mayor, gente que fue parte de la Unidad Popular; o sea, la amplitud biográfica que se pone en juego ahí es enorme, y son todas esas biografías las que van construyendo el pensamiento colectivo que acompaña la intervención política en este breve pero tan intenso plazo. Creo que eso describe un poco solo algunos aspectos de lo que han sido estos dos meses.
Nosotras llegamos aquí con un mandato popular, que es ponerle fin a la institucionalidad pinochetista-neoliberal y consagrar un Estado solidario, garante de derechos, plurinacional, feminista; no sé si el Estado feminista, pero cada uno de los ámbitos mirado desde la experiencia que nos ha aportado el feminismo en este tiempo y de lo que este es hoy día. Podría mencionar algunos de nuestros anhelos para esta nueva Constitución. No son los top five, por así decirlo, sino que son los primeros cinco que se me vienen a la mente.
Para nosotras, la transformación del carácter del Estado es muy importante. O sea, terminar con este Estado subsidiario es algo que hemos dicho muchas veces todos los sectores populares. Estado que retrocede ante las necesidades más sentidas de la población y permite que sean los privados los que organicen la vida social en función del lucro y del negocio. Eso es algo que sí o sí tiene que estar plasmado.
Otro de nuestros anhelos es que la vida de las mujeres, disidencias, lesbianas, trans, travestis, no binaries, y de niños, niñas y niñes, esté en el centro, en el corazón de este nuevo orden, como el problema político fundamental que este nuevo orden de algún modo debe resolver; o sea, que nuestras vidas seas sustantivamente distintas.
El tercero es lo que hemos empezado a llamar: desmontar la política sexual del neoliberalismo. Sabemos que las relaciones de género, aquello que configura nuestras vidas como íntimas y sociales, nuestro paso por los establecimientos educativos, pero también nuestro habitar la calle, los espacios en común, lo que deseamos, en fin, todo eso, no es ajeno a la forma en que se organiza el poder, la economía, etcétera. Y sabemos también que la dictadura sentó los cimientos institucionales de una determinada política sexual que pone en el centro una cierta forma de la familia, que pone en el centro una subordinación de la mujer a un mandato reproductivo, que nos trata como si fuésemos una excepción o un asunto particular que tutela prácticamente todos los ámbitos de nuestra vida reproductiva, pero también, por supuesto, estableciendo el mandato de la maternidad obligatoria como un destino de las mujeres en nuestro país.
Anhelamos, entonces, que todas esas claves institucionales de la política sexual neoliberal caigan y sean reemplazadas por una perspectiva que asuma la potencialidad del Estado de producir otras relaciones de género, que contribuya a ir mucho más allá del horizonte de la igualdad entre los géneros, como si estos existieran de antemano y solo tuvieran que nivelarse, sino que apostando a una gestación creativa y potenciadora entre nosotras y nosotros, que sea también la reposición de horizontes emancipatorios feministas. Ese es el tercero.
El cuarto, una cuestión fundamental, es la consagración de derechos fundamentales, de derechos sociales de los que ha sido privado un sector importante de la población, y particularmente la clase trabajadora, durante estas décadas. El derecho a la seguridad social integral, el derecho al trabajo en un sentido amplio, no solamente al trabajo remunerado, sino a un trabajo digno, estable, seguro. El derecho al cuidado, a la asistencia, la socialización de los trabajos de cuidado que hoy día se realizan impagamente al interior de los hogares, ese es otro de nuestros anhelos. La consagración de los derechos sociales en esa clave, como deber del Estado y al mismo tiempo como una oportunidad de transformación de nuestros destinos.
El quinto anhelo es poner fin al extractivismo en nuestro país. O sea, sentar las bases para una reorganización de la actividad empresarial parasitaria que hoy día se dedica a destruir los ecosistemas y los espacios en común. Tenemos que recuperar la capacidad de decidir sobre esa actividad, que es la única condición de posibilidad para ponerle fin al extractivismo. No basta solo, por dar un ejemplo constitucional, con relevar la función social de la propiedad, pero manteniendo inalteradas las relaciones de propiedad. Una condición para poner fin al extractivismo, desde nuestro punto de vista, es la socialización de los bienes comunes como parte de un programa más general de socialización de todas las condiciones que hacen posible la vida.
Una de las cosas más bonitas del proceso que estamos viviendo es que las mayorías políticas no están predeterminadas, no están preconfiguradas. Ellas se van a producir en función de cómo encaremos esta disputa. De eso también nos hemos dado cuenta en estos dos meses, por lo que creo que las mayorías se van a ir configurando para llevar adelante estos anhelos. Confío en nuestra capacidad como pueblos, tanto de ejercer la fuerza social, la movilización necesaria para dar cuenta del carácter y sentido de las reivindicaciones, como de nuestra capacidad política para exponer los fundamentos, los argumentos y la necesidad histórica de estas perspectivas. Pero, además, nosotras pensamos que no serán solo mayorías que existan dentro de la Convención, sino mayorías sociales que se expresen por fuera. Esto tiene que ver con mecanismos como los plebiscitos dirimentes, o la posibilidad de que la clausura de una mayoría tan exigente como la que se demanda en la Convención Constitucional pueda ser remediada por otras vías: la de la participación directa de los pueblos, donde las mayorías sociales sí se expresen.
Pero yo tengo mucha confianza porque, bueno, soy feminista. Las feministas hace siete años jamás nos hubiéramos imaginado la potencia actual del movimiento feminista, y eso es el resultado de las decisiones que hemos venido tomando, de las acciones que hemos venido haciendo, del trabajo que hemos venido produciendo, y confío en que ese aprendizaje histórico también se va a poner en juego en este momento; el primer órgano constituyente paritario del mundo y el primer proceso constituyente en un proceso de movilización feminista internacional como el que hemos vivido, y eso solamente me hace confiar en nuestra fuerza.
Quienes son titulares del debate sobre la plurinacionalidad son los pueblos originarios. Yo soy parte de un movimiento que se ha ido robusteciendo y se ha ido encontrando con los pueblos y naciones preexistentes, para acercar o mostrar la cualidad compartida de esas experiencias de resistencia, de movilización. Pero también de un movimiento que se dice plurinacional porque reconoce que no solamente le habitan esos diversos pueblos y naciones preexistentes, sino los diversos pueblos migrantes que hacen parte de nuestro país, y en tal sentido, esa plurinacionalidad es bien polifónica, no significa una única cosa.
Esto se expresa en cuestiones muy concretas: en el establecimiento al derecho a migrar y el derecho al refugio. Pero se expresa también en una transformación general del carácter del Estado, y eso lo han planteado las compañeras y los compañeros de los pueblos originarios, o naciones preexistentes, en términos del reconocimiento de sus derechos colectivos, los que no son solamente de orden cultural, que son los que están dispuestos a ceder quienes se han beneficiado de este orden, sino son también derechos colectivos materiales: el territorio, solo por nombrar uno.
Nosotras, como feministas, nos ponemos detrás de esas reivindicaciones y contribuiremos a empujar ese horizonte histórico para que quede plasmado en esta nueva Constitución; un horizonte que supone una reorganización del territorio y del poder en nuestro país, el reconocimiento de la diversidad que nos constituye, también en términos jurídicos. Por lo tanto, el reconocimiento no solamente de cuestiones tan elementales como el Convenio 169 de la OIT, en materia de optar por penas alternativas a la cárcel en el caso de que se condene a personas de pueblos y naciones preexistentes, sino también contemplar la posibilidad de que se articulen de manera compleja sistemas jurídicos que respondan a las realidades de esos pueblos y a sus diversas formas de organizar la justicia. Así como una educación, una salud intercultural, es decir, una perspectiva plurinacional que se exprese en la garantía de derechos, y finalmente una modificación de los términos del régimen de propiedad, donde puedan reconocerse formas de organización comunitaria de la propiedad, con una modificación del carácter de la propiedad que hoy día tiene nuestro país, que hace posible, por ejemplo, las forestales en Wallmapu; que sobre la base de la socialización de la propiedad pueda permitir el ejercicio de esos derechos, el derecho al territorio, a la autodeterminación. En fin, estas y otras materias se ponen en tensión cuando se reconoce un Estado plurinacional. Junto con ellos está puesto nuestro compromiso.
Creo que en nuestro orden social actual, y en el orden constitucional, hay un autoritarismo que no es que limite la democracia o la haga menos profunda, o más superficial, sino que nos ofrece cierta democracia, y yo creo que necesitamos otra democracia. En este sentido me resuena lo que planteaban las feministas en los años ochenta, esa democracia que es democracia en el país y en la casa. Desde mi punto de vista, esta nueva Constitución no apunta a la profundización de esta democracia tutelada, autoritaria, mercantil, neoliberal, patriarcal, sino que apuesta por otra democracia, por una que suponga la posibilidad de decidir sobre nuestras propias vidas en colectivo, que es algo que hoy no nos ofrece este orden político, por lo que exige su transformación sustantiva, y por eso, afortunadamente, estamos en ese proceso.
Pero si tuviera que responder a la pregunta tal y como está formulada, es decir, si la nueva Constitución contribuirá a profundizar la democracia, no me cabe duda de que podríamos decir que sí. O sea, de este proceso vamos a salir con un marco infinitamente más democrático, en el sentido de que será menos autoritario, menos tutelado, menos excluyente que el que nos ha regido en las últimas décadas, y estoy convencida de que esa ruta histórica o ese ciclo histórico, llegó a su fin y que estamos en otro momento.
Cuando se firmó el acuerdo por la paz social, de alguna manera quedó consagrada una definición de paz social, histórica, particular. Nosotras colectivamente planteamos el sentido que creíamos tenía esa noción de paz social en un país donde lo que había eran profundas, radicales y diversas protestas contra la precarización de la vida, y donde esas protestas no trataban solamente de obtener una u otra respuesta del aparato político, sino que se trataba de materializar un cambio en las condiciones vitales más inmediatas. Y, por supuesto, que esa noción de paz social significaba represión; porque cuando se presenta de manera transversal un acuerdo político, tomado además en la madrugada entre pasillos vacíos, y al día siguiente se cubre la principal plaza, que ha sido testigo de las protestas, con un manto blanco que dice PAZ, lo que significa ahí la paz social es la negación de las movilizaciones, la negación de la rebeldía, la negación de la protesta, la negación de la fuerza misma que hizo posible ese momento.
Para nosotras fue doloroso el acuerdo por la paz social y la nueva Constitución, porque reconocía que alguna vez habíamos estado en guerra, y nunca estuvimos en guerra. Creemos que esa jerga militarista que está contenida en el acuerdo produce una inversión histórica terrible, porque no encara a quien nos declaró la guerra, no lo hace responsable de haberlo hecho, sino que, de algún modo, habla, manifiesta junto con él esa aspiración de que esta movilización termine, se le ponga fin.
Ahora bien, mirado desde otro punto de vista, si la pregunta es si la paz social va a venir con la nueva Constitución, ella puede también significar que estas movilizaciones, que han arrojado a la gente a la calle con el riesgo de perder la vista o perder la vida, van a tener menos razones de ser; es decir, que las personas ya no van a tener que arriesgar la vida para vivir de otra manera, entonces yo esperaría que sí.
Pero nuestro norte no es la paz; es decir, la vida en sociedad es conflictiva, es convulsa, y especialmente cuando sabemos que esto es solo un nuevo texto normativo, no es la respuesta a la sociedad en la que queremos vivir, esa no va a estar en una constitución, va a ser el producto de un largo proceso histórico, y en ese sentido ojalá que después de esta Constitución no venga esa paz del silencio. Sería terrible.
¿Cómo generamos el respaldo ciudadano a este proceso? Uno, tiene que ver con el involucramiento activo de las organizaciones populares en un proceso de deliberación política inédita que va a ser muy relevante, y donde esa participación, en parte, va a dotar de legitimidad a este nuevo texto. Pero también tenemos un escenario político más coyuntural. Y ese es la campaña no solamente de la derecha, sino del empresariado y de todos los sectores que no quieren ver tocados sus intereses por este proceso, que están haciendo lo posible no ya por cambiar la opinión de la gente que ha puesto sus esperanzas en esto, sino más bien de ser los únicos que le entreguen información a todo ese sector, que no fue a votar en el plebiscito, que no se siente representado por un proceso institucional. La información que transmite ese sector es que todo esto no vale nada, apostando de esa manera por el Rechazo.
Cuando nos preguntamos entonces cómo se puede expresar el respaldo de los sectores populares a este proceso, creemos que será necesario una campaña propia capaz de hacerle frente a la de la derecha y el empresariado; debemos hacerle frente con coordenadas muy elementales de lo que significa este proceso, de porqué este puede ser apropiable por los sectores populares, porque este no es simplemente un nuevo gatopardismo.
Esto es una disputa política que se va a librar, en última instancia, en la capacidad que tengamos de defender el proceso que hemos abierto, y eso es comunicando a nuestra clase, de la que somos parte, del sentido profundo de ser parte de este, de apostar por esta vía.
Es difícil el ejercicio de imaginación respecto de los obstáculos por venir, porque son más o menos los que ya hemos visto: la desinformación, el boicot, el obstruccionismo, el desprestigio, el acaparamiento de recursos, la distorsión de la información. Y no solo la desinformación, el levantamiento de campañas contra las y los constituyentes, sino que la creación de libretos comunicacionales con sus coordenadas: la constituyente es un circo; los constituyentes son talibanes; y los constituyentes son ladrones y son políticos como todos los demás.
Pero también hay otros obstáculos muchos más crudos que todavía no los hemos visto, pero que conocemos: ese es el terrorismo empresarial. Yo me pregunto qué es lo que van a hacer los poderes fácticos cuando hablemos del agua, o cuando hablemos de la tierra, del estatuto constitucional de los minerales; me pregunto qué van a hacer cuando hablemos de los medios de comunicación, de todos los ámbitos que les tocan su interés más directo. Creo que esto que estamos viendo ahora son las formas de obstaculización iniciales, pero que conforme vaya avanzando el proceso vamos a ver otras, y sabemos la magnitud de lo que están dispuestas y dispuestos a hacer… soy parte de esta historia, la historia de mi familia es también mi historia.
Y no creo que las expectativas que la ciudadanía ha puesto en el proceso se vayan a cumplir, pienso que las expectativas que hemos puesto son siempre mucho más que un texto jurídico. Afortunadamente son mucho más que eso, porque son ellas las que nos van a permitir hacer de esto no un momento, sino un proceso. Pienso que hay una dimensión de la expectativa que va a quedar abierta, que tiene que ver con vivir de otra manera y que eso no lo va a responder una nueva Constitución. Esa vida distinta, donde la cotidianidad sea sensiblemente distinta, eso va a ser el resultado del proceso en el que estamos embarcados y, afortunadamente, pienso que no es tarea de una constitución resolver todas esas expectativas, esa es tarea nuestra.
Respecto de si hay algo que rescatar de la Constitución vigente… en tanto consagración de un proyecto político de una clase determinada, no rescato ningún elemento de la Constitución de la dictadura cívico-militar.
Ignacio Achurra
Actor, director teatral, docente / Distrito 14
Cuando era estudiante, con gente con la que participamos en una toma de la que yo era dirigente, formamos una compañía de teatro con un perfil muy político en el espacio público, que es a lo que yo me he dedicado básicamente durante veinte años de mi vida, que es La Patriótico Interesante. Hemos viajado por el mundo, por Chile, haciendo mucho trabajo en comunidades. Es un teatro muy contestatario, que además reivindica el uso del espacio público como un lugar de encuentro, de deliberación pública, y para mí eso ha sido un espacio de militancia: La Patriótico Interesante. Después fui presidente del Sindicato de Actores y Actrices de Chile, SIDARTE.
Cuando vino el Estallido Social, me pilló terminando mi periodo en la presidencia del sindicato, y me sumé, como muchas chilenas y chilenos, a participar activamente de todo ese proceso. Estuve en las calles. Me tocó dirigir un proyecto de egreso de la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile, que lo hicimos en la zona cero; intervenciones performativas, teatrales, alrededor de Plaza Dignidad, y otros. Y siempre tuve dentro de mis proyectos ideas políticas, la convicción de que nosotros debíamos, para dar ciertos pasos sustantivos, transformadores en Chile, tener una nueva Constitución. Y cuando se abrió este proceso yo no fui de los que se sintieron ni traicionados, ni creyeron que esto era un acuerdo oscuro entre la clase política; yo esa noche me sentí tremendamente entusiasmado y feliz por ese acuerdo.
Percibí rápidamente los alcances de lo que estaba sucediendo, independiente de las imperfecciones, independiente de que todo se pudo haber hecho mejor; sentía que caía la Constitución de Pinochet y se abría un espacio para imaginar y proyectar, y prefigurar en un texto constitucional otro país. Me sumé con mucho entusiasmo a la campaña del Apruebo, participé también en ese proceso, y cuando se confirmó esta posibilidad, por mi historia, mi trabajo como dirigente sindical, como un agente de la cultura que siempre ha movilizado y cateteado respecto a cosas y proyectos de ley, surgió naturalmente la conversación en mi entorno si es que yo sería candidato.
Dudé mucho, le tenía mucho miedo a la campaña, a la exposición pública; como que decía: fantástico estar en ese espacio. Pero todo lo que conlleva la decisión de entrar a una contienda electoral me daba mucho temor. Y finalmente me fui entusiasmando y ya me lancé.
El proceso al principio fue muy duro. Las primeras semanas estuve muy invadido por emociones a ratos contradictorias; con mucha esperanza, por un lado; con una enorme sensación de responsabilidad de lo que estamos haciendo como país y, por supuesto, de manera importante los 155 convencionales; algo histórico, algo muy importante; y también con cierta preocupación.
Las primeras semanas fueron momentos de ajuste, en que cada grupo venía muy cargado de sus propias visiones y prejuicios, temores y representaciones que atribuía a los demás. Entonces, toda la izquierda más independiente venía con mucha resistencia a los partidos, al punto de no querer hablarte en los pasillos, para no mancharse. Nosotros, por supuesto, con una resistencia enorme a cualquier cosa que significara algún atisbo de diálogo con la derecha y lo que eso pudiera conllevar en término de estas confianzas que se estaban construyendo con los otros espacios. Confluimos dieciséis personas que nos constituimos como una especie de colectivo del Frente Amplio, más independiente, entre los que había gente que yo no conocía, y rápidamente nos tocó enfrentar cosas muy duras.
El primer día de instalación, con todos los conflictos que allí se suscitaron, las dificultades que nos heredó la ineptitud, la ineficacia o la voluntad, allá es una interpretación, pero, en cualquier caso, la falta de un trabajo apropiado del gobierno, de la Segpres, para proveernos de las condiciones mínimas de trabajo, y en esas condiciones nos tocó tomar decisiones muy importantes: quiénes iban a dirigir este proceso en la mesa directiva, cómo se iba a ampliar eso.
Enfrentamos rápidamente un tema que era medular para un cierto sector importante, que era lo de los presos de la revuelta; tuvimos que consensuar cosas y teníamos muy poca claridad todavía en qué escenario nos estábamos moviendo. Sabíamos que había dieciocho millones de chilenas y chilenos mirándonos, había bastante desconfianza entre todas y todos; tampoco había un marco reglamentario institucional; entonces todo lo que tú hicieras, ya, tenemos que tomar una decisión, pero por el puro hecho de decir cómo vamos a tomar esa decisión, surgía todo tipo de preguntas. Pero bueno, todo eso se ha ido ordenando. Pero había una sensación permanente como de que el proceso se podía ir a la cresta en cualquier momento, que la derecha se podía parar y decir: chao, nos vamos de esta cuestión, esto nos está pasando la máquina, la izquierda, y deslegitimamos el proceso y nos vamos. O que cualquier cosa que hicieras, cualquier paso en falso, podría significarte que te cayera una funa brutal, como hubo alguna en un inicio. Entonces hubo un momento de mucha inquietud.
Cualquier frase inadecuada que dijera en el Pleno, los medios te la tomaban y te la convertían en un titular, y eso provocaba una reacción. Tras mi primera intervención en el Pleno, a la hora me llamaron de El Mercurio, del Polígrafo, para corroborar unas afirmaciones que yo había hecho, que les diera los datos para demostrarlo, y si no, eso se iba a convertir en un artículo de que yo estaba mintiendo, lo que iba a tener repercusiones en una esfera pública, digital al menos.
No había nada al principio, y sí había cierta desconfianza, esa necesidad de marcar tu punto, de instalarte, de señalar que tú vienes a defender ideas claras. Todo ese tiempo fue muy duro. Creo que ahora estamos ya en un momento en que se ordenó un poco la discusión, la manera de discutir, y ad portas de entrar al fondo del asunto que es empezar a redactar normas constitucionales.
Aquí uno siente, o yo siento, cada vez que estoy tomando una decisión, cada vez que levanto una mano y digo a favor o en contra, que lo que estoy haciendo incide en la vida de literalmente millones de personas, o va a incidir, por generaciones. Y eso es muy brutal; uno no está acostumbrado a vivir la vida así. Uno toma decisiones importantes todo el tiempo en su vida, pero generalmente esas decisiones te afectan a ti y a tu familia: quedarte o no en un trabajo, tener otro hijo, cambiarte o no de casa, irte de viaje o no, invertir en algo, separarte, lo que sea, decisiones que te afectan a ti y a tu entorno familiar, pero no afectan a todas las personas que están afuera.
Una idea fundamental es que esta Constitución dé cuenta de los profundos cambios culturales que ha tenido Chile. Nosotros no vamos a decretar la existencia de la plurinacionalidad porque lo pongamos en un texto constitucional. La plurinacionalidad ocurre de hecho: habitan en Chile pueblos diversos, culturas diversas, naciones diversas. Lo que nosotros vamos a hacer es reconocerlos constitucionalmente para que tengan derechos, para que tengan garantías de igualdad. Nosotros no vamos a decretar en la Constitución que hay diversos tipos de familia o que puede haber diversos tipos de familia, hay diversos tipos de familia, y nosotros probablemente lo que vamos a hacer es generar una conceptualización que permita acoger y dar cuenta de esa diversidad. Y eso para mí es una Constitución que no solo trata de desarrollar un proyecto, sino que da cuenta de lo que es Chile hoy. Esa es la idea fundamental, me parece.
Creo que hay ciertos derechos que el Estado debe garantizar por ser parte de esa comunidad, y hay cuestiones como el derecho a la educación, a la salud, a pensiones dignas, el derecho a la tierra, a vivir de verdad en un medioambiente sostenible, vivir de verdad en una plena igualdad de derechos. Yo creo que son cuestiones estructurantes de la vida en sociedad, en democracia; creo que ahí Chile tiene deudas importantes y ese es otro tema que nosotros debiésemos ser capaces de consolidar.
También tenemos que dar cuenta del futuro. El mundo está cambiando aceleradamente a propósito de la irrupción de paradigmas culturales muy potentes, como el feminismo, como el ecologismo, que da cuenta de la crisis planetaria que vivimos, como la irrupción de la tecnología que cambia nuestra vida sin que lo decidamos. Desde los neuroderechos hasta los derechos digitales, hasta los problemas medioambientales, que nos hacen preguntarnos si esta manera en que hemos concebido el desarrollo, la modernidad, que es producir y extraer de la tierra como si esta fuera infinita, si es sostenible de ahora en adelante, cuando ya vemos las grietas de manera clara y evidente, las vivimos día a día.
Esta Constitución también debería ser una Constitución del siglo XXI, que pudiera anticipar esos escenarios, que pudiera pensar ese Chile y ese mundo de diez, veinte o treinta años más.
Lo cierto es que hoy día el país está mirándose al espejo y asumiéndose latinoamericano, plurinacional, mestizo, tremendamente diverso en términos culturales, en todo sentido, desde las diversidades de género hasta las diversidades étnicas, hasta las formas de vida, de pensamiento, y eso también tiene que quedar plasmado de muchas maneras en la Constitución.
Hay un gran desafío que tiene que ver con la desconcentración del poder. Chile es un país que se ha construido sobre la base de una sobreconcentración de poder y riqueza en grupos muy minoritarios, en ciertas élites culturales, políticas, económicas, que han generado la marginación de grandes mayorías. Y esas grandes mayorías han ido acumulado gran descontento.
Una misión que tiene esta Constitución es hacer una redistribución del poder: desde el ordenamiento territorial hasta cómo entendemos la función del poder ejecutivo, el poder legislativo, hasta los gobiernos regionales, hasta los gobiernos comunales, los órganos que integran el sistema de justicia, etcétera.
Problemas veo muchos, en el sentido de que todas estas transformaciones están llenas de versiones. Hay un consenso muy mayoritario que va a convocar, probablemente de manera relativamente sencilla, el quórum de los dos tercios, pero luego, resuelto ese primer gran acuerdo, va a haber muchas formas, versiones, de cómo llevar adelante eso. Creo que sí vamos a tener las mayorías para hacer las transformaciones sustantivas y creo que vamos a tener profundos y complejos debates respecto a los alcances de esas transformaciones.
La diversidad debe ser un principio rector que cruce la nueva Constitución, que esté en todo, que esté desde el uso del lenguaje, en la escritura de la Constitución, hasta cómo entendemos el concepto de familia, el concepto de ciudadanía en el ordenamiento territorial, en el reconocimiento a las naciones originarias, en la absoluta y total no discriminación de todas las formas de construirse en términos subjetivos, y construir comunidad que no atente contra el bien común. En ese sentido creo que la igualdad y la libertad son los mayores principios de la defensa de la diversidad; o sea, la libertad de ser cómo tú quieres ser, o cómo eres, cómo convives, y que esa forma distinta a la de otro no considere ningún principio de desigualdad, sino todo lo contrario. Creo que es precisamente en la conclusión de esos dos elementos en donde la diversidad se expresa, cuando hay plena libertad y plena igualdad.
Nosotros tenemos una democracia muy imperfecta, lo que no significa que no sea una democracia valiosa y que hay que cuidar, pero es imperfecta, entre otras cosas, porque es una democracia muy sufragista. Es una democracia que descansa mucho en la idea de la elección de cargos por elección popular por cierta cantidad de tiempo, pero la democracia puede ser mucho más que eso.
Nosotros hoy, los ciudadanos, las ciudadanas, las personas, tenemos muy pocos espacios de toma de decisión. Yo lo veo en el distrito que represento, el Distrito 14, que se considera a sí mismo el patio trasero de la Región Metropolitana. Van a empezar ahora una faena minera, o quieren empezar, en Paine, y nadie le ha preguntado a la gente, y eso va a afectar su vida de manera directa, en todo sentido: en la calidad del aire, en el valor de sus propiedades, en su forma de vida tradicional, pero nadie les pregunta. Por el otro lado, en Calera de Tango, en Buin, quieren hacer una nueva carretera, la Orbital Sur, que va a cortar dos comunas por la mitad con unas carreteras gigantes, y nuevamente nadie les pregunta. Entonces, no es que yo esté en contra del progreso, del desarrollo, de la conectividad. La cuestión es, en qué minuto la ciudadanía tiene la posibilidad de decir: yo quiero este tipo de modelo de desarrollo para mi comuna, para mi región, y no este. Cómo, en qué minuto, más que votar un presidente, un parlamentario, que supuestamente tiene un programa que representa ciertas ideas, la ciudadanía se puede manifestar de manera más directa diciendo: oye, no queremos más carreteras, queremos tren, cueste lo que cueste. Estoy seguro, que esta Constitución va a generar mecanismos de democratización, de participación, de democratización territorial, de equidad territorial, de igualdad, que van a hacer que tengamos una democracia mucho más vigente y vigorosa.
Esta Constitución va a ayudar a profundizar la justicia social, que también tiene que ver con los derechos sociales; es decir, con cuáles son estos mínimos comunes que todos tenemos por ser parte de esta comunidad-país. Y esos mínimos comunes tienen que ver con el derecho a la ciudad digna, a la vivienda, a la educación, a la salud, a pensiones, al descanso. Todos esos derechos finalmente lo que hacen es generar condiciones de vida más dignas.
Nosotros debiéramos apuntar también a eso, a que esa brecha entre quienes tienen muchos recursos y quienes tienen muy pocos, se acorte, por la acción y la provisión de lo público. Eso también hace parte sustantiva de lo que yo entiendo como justicia social.
La paz social está profundamente vinculada a la justicia social. No creo que la paz y la justicia social sean algo que se decreten. Ni que se decrete ni que baste que tú tengas ciertas condiciones de resguardo, de control del Estado, para que haya paz social. La paz social es una suerte de acuerdo que se va construyendo en el día a día.
Me ha tocado mucho estar fuera de Chile, viví un tiempo en Barcelona, y me acuerdo de una vez que estábamos con mi compañía de teatro en el País Vasco, en la parte francesa, en Bayonne, y había una exposición en el centro de la ciudad, de un fotógrafo chileno, con unas fotos en blanco y negro pegadas en las columnas con un pequeño marco, pero como a modo de pegatina, y estaban ahí a la vista. Yo estuve una semana en ese festival. Y un día amaneció una de ellas con un rayón, una rayada y arrancada, y el diario de Bayonne tenía en su portada, decía: «Vergüenza en Bayonne». Hablaba de la vergüenza que sentían las autoridades, la ciudad, por este agravio a una obra de arte de un invitado artista chileno que estaba presentando ahí.
Para que la gente, efectivamente, sienta eso como un agravio, tiene que haber antes una cantidad de otras cosas solucionadas. Tienes que poder llegar seguro a tu casa, tienes que contar con los propios muros de tu casa en buen estado, tienes que considerar y tener una ciudad limpia, tienes que saber que los jóvenes que habitan esa ciudad tienen oportunidades, tienen espacios para esparcirse; tiene que haber todas esas cosas aseguradas para que tú llegues a considerar que un cabro haya grafiteado una vez y le haya tocado arrancar, es un agravio.
Cuando no tienes nada de eso y tienes una ciudad en donde la gente siente que se le vulneran todo el día sus derechos, en que llegar y doblar en la esquina de su casa para ver si puede seguir avanzando porque potencialmente lo pueden asaltar, en donde desde las cuatro de la tarde no puedes ir a la plaza de tu esquina con tus hijos porque ya están los narcos y se la tienen tomada. Cuando cada vez que compras o haces un servicio privado sientes que te están cagando y que no te respeta ni la compañía de teléfono, no te respeta nadie. ¿Qué te importa que arranquen una fotografía? Eso no alcanza a incidir en tu vida, probablemente ni lo ves. Todas esas cosas van generando un estado de ánimo también, en donde uno siente que tiene que, por ejemplo, cuidar su ciudad.
Cuando empezó el Estallido, yo decía: qué heavy que gente que habita esta ciudad, mucha esté participando en la destrucción de ella y sienta que no pierde nada, y cada vez que pase por la Alameda va a estar aún peor de lo que estaba antes, pero no hay nada que ver, como, ¿qué me importa? Si esta ciudad nunca fue mía, yo nunca pertenecí a este espacio, nunca me sentí cuidado ni querido en esta ciudad, entonces no me importa, que se termine de destruir. Creo que eso es clave y es reconstruir también el vínculo social, el sentido de pertenencia.
Le temo mucho a la campaña de desinformación y de ataque bajo la que está la Convención Constitucional. Hay sectores que nunca quisieron que esto ocurriera y son los sectores que tienen recursos y una maquinaria importante. Van a hacer todo lo posible por desestabilizar este proceso, por desacreditarlo. Todavía no tocamos ningún interés directo. Cuando la noticia no sea que en la comisión se decidió algo para el reglamento, sino que en la comisión se eliminaron los derechos de agua privada y entonces lleguen las industrias y hagan sus cálculos, y digan: mira, aquí la gran minería va a perder 4.500 millones de dólares. Cuando tú determines la autodeterminación de los pueblos originarios y las forestales digan: aquí hay no sé cuántos miles de hectáreas, que parece que vamos a tener que irnos y esto nos significa esta cantidad de plata, ahí vamos a empezar a ver de verdad de lo qué son capaces los poderes fácticos. Los poderes fácticos a lo largo de la historia de Chile nos han demostrado que son capaces de todo a la hora de defender sus intereses.
Pero espero que la sociedad chilena, que el pueblo, los pueblos de Chile, tengan la capacidad de ver más allá, y creo que es una buena señal lo que pasó en la elección de los constituyentes. Yo diría que por primera vez en la historia de Chile dos elementos que eran centrales a la hora de incidir en la elección de las personas por cargos de elección popular, que era el dinero y la vinculación directa y familiar con la política, operaron absolutamente en contra. En mi distrito, la persona que más plata invirtió quedó fuera y el cabro que salió en tercer lugar con una votación altísima, invirtió quinientas lucas en la campaña. La gente hizo como el ejercicio inverso, como quién no tiene nada que ver con la política y quién no se está gastando millones de pesos. Esa distinción es una madurez democrática y espero que la gente la siga viendo.
Ahora en la esquina me encontré con una mujer que era de un colegio, me saludó. Me dijo: «Sigan trabajando, lo están haciendo excelente. Yo no le creo nada a las noticias, a lo que dicen. Están haciendo lo correcto, fuerza». Eso me lo encuentro todo el día y en eso trato de confiar.
La Constitución por definición no es un órgano ejecutivo. La Constitución diseña instituciones, establece principios, derechos, deberes, pero luego son las leyes y las políticas públicas y por tanto son los gobernantes quienes van a ejecutar y quienes van a llevar adelante esto. Nosotros podemos establecer que la gente tiene derecho a tener una ciudad digna que contemple áreas verdes, pero después alguien tiene que tomar eso y convertirlo en plan de un ministerio de implementación de áreas verdes por cantidad de metros cuadrados de habitantes, y te va a caer un presupuesto que tiene que aprobar un congreso. El proceso constituyente debiera ir acompañado, o en paralelo, con la elección de autoridades políticas que estén alineadas con el proyecto transformador que va a proponer la Convención. La posibilidad de hacer filibusterismo es real: si hay gente que quiere llegar a bloquear esto y dilatar los cambios y la implementación de la Constitución, va a poder hacerlo. Ahora, la Constitución va a tener que establecer plazos para su implementación a través de normas transitorias; por lo tanto, en algún momento ese bloqueo ya va a empezar a ser inconstitucional
Es difícil que la realidad de la Convención Constitucional supere la imagen que la gente podía construirse en su cabeza de lo que podía ser un proceso constituyente, salvo los que no le tenían ni una fe. Pero yo creo que la Convención Constitucional tiene las mismas dificultades que tiene cualquier grupo humano para poder establecer mecanismos de solución de problemas, de llegar a acuerdos de discusión y deliberación política, y tiene las mismas grandezas y pequeñeces que son propias de la condición humana. Por lo tanto, creo que hay, ha habido o hubo un tránsito natural de una imagen un poco idílica de lo que pudiese ser la Convención Constitucional a lo que son 155 personas, entre ellas algunas a quienes les gusta mucho el espectáculo, otras que son un poco figurines, otras que se pasan con sus declaraciones.
Dicho eso, creo que la Convención ha funcionado muy bien, llamativamente bien. Se ha trabajado mucho. La gente que está observando este proceso, abogados constitucionalistas, gente que conoce y compara con otros procesos, dicen: están bien, bien. Tú ves los resultados del trabajo...
