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Hadas que ponen trampas para hacerse con la voluntad de los pequeños y que estos únicamente podrán evitar con su tesón y fuerza de voluntad, y la protección de sus hadas madrinas. Niños que toman las riendas de sus vidas para recuperar sus vidas y a sus familias se enfrentan a genios y hadas malvados que los atraen con falsas promesas.
Los cinco protagonistas de estos cinco cuentos clásicos vivirán aventuras prodigiosas para escapar indemnes a los terribles sortilegios.
Edición íntegra e ilustrada que recoge las ilustraciones a color de Virginia Frances Sterrett y los grabados en blanco y negro de Gustave Doré y Jules Didier.
Incluye los siguientes cuentos:
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Veröffentlichungsjahr: 2020
NUEVOS
CUENTOS DE HADAS
PARA NIÑOS PEQUEÑOS
POR
CONDESA DE SÉGUR,
nacida Rostopchine
1ª edición: diciembre, 2020
Título original: Nouveaux contes de fées pour les petits enfants
Sophie Rostopchine, 1857
Ilustraciones: Gustave Doré y Jules Didier, 1857; Virginia Frances Sterrett, 1920
© De la traducción: Lucía Bartolomé, 2020
© Ediciones Osa Polar C. B., 2020
Andalucía 22, P1, 2A
28760 Tres Cantos
Madrid
www.osapolar.es
Todos los derechos reservados.
Se permite la cita de no más de cien palabras por cualquier medio siempre que se indiquen la fuente y autoría. En caso de que sea con fines no comerciales, se permite la cita de no más de doscientas palabras.
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ISBN: 978-84-18340-13-0
HISTORIA DE BLONDINA, CIERVA BUENA Y LINDO GATITO
I. Blondina
II. Blondina perdida
III. El bosque de las Lilas.
IV. Primer despertar de Blondina: Lindo Gatito
V. Cierva Buena
VI. Segundo despertar de Blondina
VII. Loro
VIII. El arrepentimiento
IX. La tortuga
X. El viaje y la llegada
EL BUEN PEQUEÑO HENRI
I. La pobre madre enferma
II. El cuervo, el gallo y la rana
III. La cosecha
IV. La vendimia
V. La caza
VI. La pesca
VII. La planta de la vida
HISTORIA DE LA PRINCESA ROSITA
I. La granja
II. Rosita en la corte del rey su padre. Primer día
III. Consejo de familia
IV. Segundo día
V. Tercer y último día
LA RATONCITA GRIS
I. La casita
II. El hada Detestable
III. El príncipe Gracioso
IV. El árbol de la rotonda
V. El cofrecillo
OSEZNO
I. El sapo y la alondra
II. Nacimiento e infancia de Osezno
III. Violeta
IV. El sueño
V. Otra vez el sapo
VI. Enfermedad y sacrificio
VII. El jabalí
VIII. El incendio
IX. El pozo
X. La granja, el castillo, la fábrica
XI. El sacrificio
XII. El combate
XIII. La recompensa
A MIS NIETAS
CAMILLE Y MADELEINE
DE MALARET
Mis muy queridas niñas,
He aquí los cuentos que tanto os divirtieron
y que os había prometido publicar.
Al leerlos, queridas pequeñas, pensad en vuestra anciana
abuela, que, para complaceros, ha salido de su
oscuridad y ha librado a la censura del público el nombre de
condesa de Ségur,
nacida Rostopchine.
HISTORIA DE BLONDINA, CIERVA BUENA Y LINDO GATITO
Había un rey que se llamaba Benigno; todo el mundo le amaba, porque era bueno, los malvados le temían, porque era justo. Su esposa, la reina Dulcita, era tan buena como él. Tenían una princesita que se llamaba Blondina a causa de su magnífico cabello rubio, y que era buena y encantadora como su padre, el rey, y como su madre, la reina. Desgraciadamente, la reina murió poco después de nacer Blondina, y el rey lloró mucho y largo tiempo. Blondina era demasiado pequeña para comprender que su mamá había muerto: no lloró, pues, y siguió riendo, jugando, mamando y durmiendo pacíficamente. El rey amaba tiernamente a Blondina y Blondina amaba al rey más que a nadie en el mundo. El rey le daba los más hermosos juguetes, los mejores dulces, las más deliciosas frutas. Blondina era muy feliz.
Un día, le dijeron al rey que todos sus súbditos le pedían que se volviera a casar para tener un hijo que pudiese ser rey después de él. El rey se negó al principio; finalmente cedió a las peticiones y deseos de sus súbditos y le dijo a su ministro Ligero: «Mi querido amigo, quieren que me vuelva a casar; estoy todavía tan triste por la muerte de mi pobre esposa Dulcita que no deseo ocuparme yo mismo de buscar otra esposa. Encargaos de encontrarme una princesa que haga feliz a mi pobre Blondina: no pido otra cosa. Id, mi querido Ligero; cuando hayáis encontrado a la mujer perfecta, la pediréis en matrimonio y la traeréis.
Ligero partió de inmediato, fue a casa de todos los reyes y vio multitud de princesas, feas, jorobadas, malvadas; por fin llegó donde el rey Turbulento, que tenía una hija bonita, ingeniosa, amable y que parecía buena. Ligero la encontró tan encantadora que la pidió en matrimonio para su rey Benigno, sin informarse de si era realmente buena. Turbulento, encantado de deshacerse de su hija, que tenía un carácter malvado, celoso y orgulloso y que, además, le molestaba con sus viajes, sus cacerías, sus compras continuas, la dio de inmediato a Ligero, para que la llevase consigo al reino del rey Benigno.
Ligero partió, llevando consigo a la princesa Falseta y cuatro mil mulos cargados con los efectos y las joyas de la princesa.
Llegaron al palacio del rey Benigno, que había sido avisado de su llegada por un correo; el rey fue al encuentro de la princesa Falseta. La encontró bonita; ¡pero lejos de tener el aspecto dulce y bueno de la pobre Dulcita! Cuando Falseta vio a Blondina, la miró con ojos tan malvados, que la pobre Blondina, que ya tenía tres años, tuvo miedo y se puso a llorar.
—¿Qué le pasa? —preguntó el rey—. ¿Por qué mi dulce y sabia Blondina llora como un niño malo?
—Papá, querido papá —exclamó Blondina ocultándose en los brazos del rey—, no me deis a esta princesa; tengo miedo; ¡parece tan malvada!
El rey, sorprendido, miró a la princesa Falseta, que no pudo cambiar suficientemente rápido su cara como para que el rey no viera esa mirada terrible que asustaba tanto a Blondina. Resolvió inmediatamente velar por que Blondina viviese separada de la nueva reina y se quedase, como antes, bajo custodia exclusiva de la niñera y de la criada que la habían criado y la amaban tiernamente. La reina veía, pues, raramente a Blondina y, cuando la encontraba por casualidad, no podía disimular enteramente el odio que le tenía.
Al cabo de un año, tuvo una niña, que llamaron Moreneta a causa de su pelo, negro como el carbón. Moreneta era bonita, pero mucho menos bonita que Blondina; era, además, malvada como su mamá y detestaba a Blondina, a la cual hacía todo tipo de maldades: la mordía, la pellizcaba, le tiraba del pelo, le rompía sus juguetes, le manchaba sus hermosos vestidos. La buena pequeña Blondina nunca se enfadaba; siempre intentaba excusar a Moreneta. «¡Oh! papá —le decía al rey—, no la regañes; es tan pequeña..., no sabe que me apena al romper mis juguetes... Es por jugar que me muerde... Es por divertirse que me tira del pelo», etc.
El rey Benigno besaba a su hija Blondina y no decía nada, mas bien veía que Moreneta hacía todo esto por maldad y que Blondina la excusaba por bondad. Así que amaba a Blondina cada vez más y a Moreneta cada vez menos.
La reina Falseta, que no era tonta, veía todo esto también; pero ella odiaba cada vez más a la inocente Blondina; y, si no hubiese temido la cólera del rey Benigno, habría convertido a Blondina en la niña más desgraciada del mundo. El rey había prohibido que Blondina estuviese jamás sola con la reina, y, como se sabía que era tan justo como bueno y que castigaba severamente la desobediencia, ni la misma reina osaba desobedecer.
Blondina tenía ya siete años y Moreneta tenía tres años. El rey le había dado a Blondina un bonito cochecito tirado por dos avestruces y conducido por un pequeño paje de diez años, que era sobrino de la niñera de Blondina. El paje, que se llamaba Golosete, amaba tiernamente a Blondina, con la cual jugaba desde que nació y que tenía para con él mil atenciones. Pero tenía un terrible defecto; era tan goloso y le gustaban tanto las golosinas que hubiese sido capaz de cometer una mala acción por una bolsa de dulces. Blondina le decía a menudo: «Te quiero mucho, Golosete, pero no me gusta que seas tan goloso. Te lo ruego, corrígete de este feo defecto, que horroriza a todo el mundo».
Golosete le besaba la mano y le prometía corregirse; pero continuaba robando pasteles de la cocina, dulces de la despensa y a menudo era azotado por su desobediencia y su glotonería.
La reina Falseta supo bien pronto de los reproches que se hacían a Golosete y pensó que podría utilizar el feo defecto del pajecillo y hacerle servir en la pérdida de Blondina. He aquí el proyecto que concibió:
El jardín en que Blondina se paseaba en su cochecito tirado por avestruces, con Golosete como cochero, estaba separado por una verja de un magnífico e inmenso bosque, que llamaban el bosque de las Lilas porque todo el año estaba lleno de lilas siempre en flor. Nadie iba a ese bosque; se sabía que estaba encantado y que, una vez se entraba, jamás se podía salir. Golosete sabía la terrible propiedad de este bosque; se le había prohibido severamente dirigir nunca el coche de Blondina hacia ese lado, por temor a que Blondina pudiera franquear la verja inadvertidamente y entrara en bosque de las Lilas.
El rey había querido levantar muchas veces un muro a lo largo de la verja, o al menos cerrar la verja de manera que no fuese posible pasar; pero, a medida que los obreros ponían las piedras en la verja, una fuerza desconocida las levantaba y las hacía desaparecer.
La reina Falseta comenzó por ganarse la amistad de Golosete dándole cada día nuevas golosinas; cuando lo hubo convertido en un goloso tal que no podía pasarse más sin los dulces, los helados, los pasteles que le daba en profusión, le hizo venir y le dijo:
—Golosete, de ti depende tener un cofre lleno de dulces y golosinas, o bien no comerlas nunca jamás.
—¡No comerlas jamás! ¡Oh! Señora, moriría de pena. Hablad, señora; ¿qué debo hacer para evitar esa desgracia?
—Hace falta —prosiguió la reina mirándole fijamente—, que lleves a la princesa Blondina cerca del bosque de las Lilas.
—No puedo, señora, el rey me lo ha prohibido.
—¡Ah! ¿No puedes? Entonces, adiós; no te daré ninguna golosina más, y prohibiré que nadie en la casa te las dé jamás.
—¡Oh! Señora —dijo Golosete llorando—, ¡no seáis tan cruel! Dadme otra orden que pueda cumplir.
—Te lo repito, quiero que lleves a Blondina junto al bosque de las Lilas y que la animes a bajar del coche, franquear la verja y entrar en el bosque.
—Pero, señora —continuó Golosete, palideciendo por completo—, si la princesa entra en el bosque, no saldrá jamás; vos sabéis que es un bosque encantado y enviar a mi princesa allí es enviarla a una muerte segura.
—Por tercera y última vez, ¿quieres a Blondina allí? Elige: o un enorme cofre de dulces que renovaré todos los meses, u olvídate de dulces y pasteles.
—Pero, ¿cómo haré para escapar del castigo terrible que me infligirá el rey?
—No te preocupes por eso; tan pronto como hayas hecho entrar a Blondina en el bosque de las Lilas, ven a buscarme; te haré partir con tus dulces y me encargaré de tu porvenir.
—¡Oh! Señora, por piedad, no me obliguéis a hacer peligrar a mi querida dueña, ¡que ha sido siempre tan buena conmigo!
—¡Dudas, pequeño miserable! ¡Y qué te importa lo que le suceda a Blondina? Más tarde, te haré entrar al servicio de Moreneta y velaré por que no te falten jamás los dulces.
Golosete reflexionó todavía algunos instantes y se resolvió, ¡diantres!, a sacrificar a su buena pequeña dueña por algunas libras de dulces. Todo el resto del día y toda la noche dudó de nuevo si cometer este gran crimen; pero la certeza de no poder satisfacer más su glotonería si se negaba a ejecutar la orden de la reina, la esperanza de volver a encontrar a Blondina un día dirigiéndose a alguna hada poderosa, cesaron su irresolución y le decidieron a obedecer a la reina.
Al día siguiente, a las cuatro, Blondina pidió su pequeño coche, se subió en él después de haber besado al rey y haberle prometido volver en dos horas. El jardín era grande. Golosete hizo ir a las avestruces al lado opuesto al bosque de las Lilas.
Cuando estuvieron tan lejos que ya no se les podía ver más desde el palacio, cambió de dirección y se encaminó a la verja del bosque de las Lilas. Estaba triste y silencioso; su crimen pesaba en su corazón y sobre su conciencia.
—¿Qué te pasa, Golosete? —preguntó Blondina—. No hablas; ¿no estarás enfermo?
—No, princesa, me encuentro bien.
—¡Cómo estás de pálido! Dime qué tienes, mi pobre Golosete. Te prometo hacer lo que pueda para contentarte.
Esta bondad de Blondina estuvo a punto de salvarla ablandando el corazón de Golosete; pero el recuerdo de los dulces prometidos por Falseta destruyó este buen sentimiento.
Antes de que pudiese responder, las avestruces tocaron la verja del bosque de las Lilas.
—¡Oh! ¡Las bellas lilas! —exclamó Blondina—. ¡Qué dulce olor! ¡Me gustaría tener un gran ramo de esas lilas para regalárselas a papá! Baja, Golosete, y ve a buscarme algunos ramos.
—No puedo bajar, princesa; las avestruces podrían irse mientras esté ausente.
—¡Eh! ¿Qué importa? —dijo Blondina—. Yo las llevaré bien sola a palacio.
—Pero el rey me regañaría por haberos abandonado, princesa. Será mejor que vayáis vos misma a cortar y elegir las flores.
—Es verdad —dijo Blondina—, sería muy desconsiderado hacerte regañar, mi pobre Golosete.
Y, diciendo estas palabras, saltó ágilmente del coche, franqueó los barrotes de la verja y se puso a cortar las lilas.
En ese momento, Golosete se estremeció, se turbó: el remordimiento entró en su corazón; quiso arreglarlo todo llamando a Blondina: pero, aunque Blondina no estaba más que a diez pasos de él, aunque la veía perfectamente, ella no oía su voz y se adentraba poco a poco en el bosque encantado.
La vio recoger lilas mucho tiempo y, finalmente, desaparecer de su vista.
Mucho tiempo lloró su crimen todavía, maldijo su glotonería, detestó a la reina Falseta. Finalmente pensó que se acercaba la hora en que Blondina debía estar de vuelta a palacio; regresó a los establos por detrás y corrió donde la reina, que le esperaba. Viéndole pálido y con los ojos enrojecidos por terribles lágrimas de remordimiento, supuso que Blondina estaba perdida.
—¿Está hecho? —dijo.
Golosete asintió con la cabeza que sí; no le quedaban fuerzas para hablar.
—Ven —dijo ella—, aquí está tu recompensa.
Y le mostró un cofrecillo lleno de dulces de todo tipo. Hizo llevar el cofre por un ayuda de cámara y lo hizo atar en una de las mulas que habían traído sus joyas.
—Confío este cofre a Golosete, para que lo lleve a mi padre. Partid, Golosete, y volver a buscar otro dentro de un mes.
La reina le puso a la vez una bolsa llena de oro en la mano. Golosete subió a la mula sin decir palabra. Partió al galope; muy pronto, la mula, que era malvada y testaruda, impacientada por el peso del cofre, empezó a corcovear, a arquearse y lo hizo tan bien que tiró por tierra a Golosete y al cofre. Golosete, que no sabía montar ni a caballo ni en mula, cayó de cabeza sobre las piedras y murió del golpe. Así que ni siquiera obtuvo de su crimen el beneficio que había esperado, ya que aún no había probado los dulces que le había dado la reina.
Nadie lo lamentó, porque nadie le había amado, excepto la pobre Blondina, con la que vamos a reunirnos en el bosque de las Lilas.
Cuando Blondina entró en el bosque, comenzó a coger hermosos ramos de lilas, alegrándose de tener tantas y de que oliesen tan bien.
A medida que las cogía, las veía más bonitas; entonces vaciaba su delantal y su sombrero, que estaban llenos, y los llenaba de nuevo.
Hacía más de una hora que Blondina estaba así ocupada; tenía calor; comenzaba a sentirse fatigada; las lilas pesaban y pensó que era hora de volver a palacio. Se volvió y se vio rodeada de lilas; llamó a Golosete: nadie le respondió.
—Parece que me he alejado más de lo que pensaba —dijo Blondina—: voy a volver sobre mis pasos, aunque estoy un poco cansada, y Golosete me oirá y vendrá a por mí.
Caminó durante algún tiempo, pero no veía el final del bosque. Muchas veces llamó a Golosete, nadie le respondió. Al final, comenzó a asustarse.
—¿En qué me voy a convertir en este bosque yo sola? ¿Qué pensará mi pobre papá al no verme volver? Y el pobre Golosete, ¿cómo se atreverá a volver a palacio sin mí? Le regañarán, quizá le peguen, y todo por mi culpa, ¡porque quise bajar y coger estas lilas! ¡Qué desgraciada soy! Voy a morir de hambre y de sed en este bosque, si es que los lobos no me comen esta noche.
Y Blondina cayó al suelo al pie de una gran árbol y se echó a llorar amargamente. Lloró largamente; al fin, la fatiga prevaleció sobre la pena; puso la cabeza sobre el manojo de lilas y se durmió.
Blondina durmió toda la noche; ninguna bestia feroz vino a turbar su sueño; el frío no se hizo sentir; se despertó a la mañana siguiente bastante tarde; se frotó los ojos, muy sorprendida de verse rodeada de árboles en lugar de encontrarse en su dormitorio y en su cama. Llamó a su criada; un dulce maullido le respondió; asombrada y casi asustada, miró al suelo y vio a sus pies un magnífico gato blanco que la miraba con dulzura y maullaba.
—¡Ah! Lindo Gatito, ¡qué bonito eres! —exclamó Blondina pasando la mano sobre el hermoso pelaje, blanco como la nieve—. Me alegro mucho de verte, Lindo Gatito, porque me llevarás a tu casa. Pero tengo mucha hambre y no tendré fuerzas para caminar hasta haber comido.
Apenas hubo terminado de decir estas palabras, Lindo Gatito maulló una vez más y le mostró con su patita un paquete situado junto a ella que estaba envuelto en un fino paño blanco. Blondina abrió el paquete y encontró en él rebanadas de pan con mantequilla; mordió una de las rebanadas, la encontró deliciosa y dio algunos trozos a Lindo Gatito, que parecía mordisquearlos con placer.
Cuando ella y Lindo Gatito hubieron comido bien, Blondina se inclinó hacia él, lo acarició y le dijo:
—Gracias, Lindo Gatito, por el almuerzo que me has traído. Ahora, ¿puedes llevarme de vuelta a mi padre, que debe estar apenado por mi ausencia?
Lindo Gatito sacudió la cabeza con un maullido quejumbroso.
—¡Ah! Tú me entiendes, Lindo Gatito —dijo Blondina—. Entonces, ten piedad de mí y llévame a una casa cualquiera, para que no muera de hambre, de frío o de miedo en este horrible bosque.
Lindo Gatito la miró, hizo una pequeña señal con su cabeza blanca que significaba que comprendía, se levantó, dio varios pasos y se volvió para ver si Blondina le seguía.
—Aquí estoy, Lindo Gatito —dijo Blondina—, te sigo. Pero, ¿cómo podremos atravesar esos arbustos tan tupidos? No veo ningún sendero.
Lindo Gatito, por toda respuesta, se lanzó a los arbustos, que se abrieron solos para dejar pasar a Lindo Gatito y Blondina y se volvieron a cerrar cuando hubieron pasado. Blondina anduvo así durante una hora; a medida que avanzaba, el bosque se aclaraba, la hierba era más fina, las flores crecían en abundancia; se veía a bonitos pájaros cantando, ardillas trepando a lo largo de las ramas.
Blondina, que no dudaba de que fuese a salir del bosque y de que volvería a ver a su padre, estaba encantada con todo lo que veía; se habría parado con mucho gusto a recoger flores, pero Lindo Gatito trotaba siempre hacia adelante y maullaba lastimeramente cuando Blondina hacía gesto de detenerse.
Al cabo de una hora, Blondina vio un magnífico castillo. Lindo Gatito la condujo hasta la verja dorada. Blondina no sabía cómo hacer para entrar allí; no había campanilla y la verja estaba cerrada. Lindo Gatito había desaparecido; Blondina estaba sola.
Lindo Gatito había entrado a través de un pequeño pasaje que parecía expresamente hecho para él y probablemente había advertido a alguien del castillo, porque la verja se abrió sin que Blondina hubiese llamado. Entró en el patio y no vio a nadie; la puerta del castillo se abrió por sí sola. Blondina entró en un vestíbulo todo de mármol blanco y raro; todas las puertas se abrieron solas como la primera y Blondina recorrió una serie de hermosos salones.
Finalmente vio, al fondo de un bonito salón azul y oro, a una cierva blanca acostada en un lecho de hierbas finas y fragantes. Lindo Gatito estaba junto a ella.
La cierva vio a Blondina, se levantó, fue hacia ella y le dijo:
—Sed bienvenida, Blondina, hace mucho tiempo que yo y mi hijo Lindo Gatito os esperábamos.
Y como Blondina parecía asustada:
—Tranquilizaos, Blondina, estáis con amigos, conozco al rey, tu padre, y le amo tanto como vos.
—¡Oh! Señora —dijo Blondina—, si conocéis a mi padre, el rey, llevadme a casa con él; debe estar muy triste por mi ausencia.
—Mi querida Blondina —continuó Cierva Buena suspirando—, no está en mi poder llevaros a vuestro padre; estáis sometida al poder del hechicero del bosque de las Lilas. Yo misma estoy sujeta a su poder, superior al mío; pero puedo enviar a vuestro padre sueños que le tranquilicen sobre vuestra suerte y que le mostrarán que estáis en mi casa.
HISTORIA DE BLONDINA, CIERVA BUENA Y LINDO GATITO
I. Blondina
II. Blondina perdida
III. El bosque de las Lilas.
IV. Primer despertar de Blondina: Lindo Gatito
V. Cierva Buena
VI. Segundo despertar de Blondina
VII. Loro
VIII. El arrepentimiento
IX. La tortuga
X. El viaje y la llegada
EL BUEN PEQUEÑO HENRI
I. La pobre madre enferma
II. El cuervo, el gallo y la rana
III. La cosecha
IV. La vendimia
V. La caza
VI. La pesca
VII. La planta de la vida
HISTORIA DE LA PRINCESA ROSITA
I. La granja
II. Rosita en la corte del rey su padre. Primer día
III. Consejo de familia
IV. Segundo día
V. Tercer y último día
LA RATONCITA GRIS
I. La casita
II. El hada Detestable
III. El príncipe Gracioso
IV. El árbol de la rotonda
V. El cofrecillo
OSEZNO
I. El sapo y la alondra
II. Nacimiento e infancia de Osezno
III. Violeta
IV. El sueño
V. Otra vez el sapo
VI. Enfermedad y sacrificio
VII. El jabalí
VIII. El incendio
IX. El pozo
X. La granja, el castillo, la fábrica
XI. El sacrificio
XII. El combate
XIII. La recompensa
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