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Ante su difícil situación familiar y económica, el protagonista acepta un diabólico trato para solucionar sus problemas: participar en un juego macabro del que nadie ha salido con vida. Arturo, junto a una mujer y dos hombres que corren su misma suerte, deberá desplegar todas sus capacidades de estrategia y habilidades de supervivencia en un inmenso parque nacional al sur de Chile; llevado al límite de su resistencia física y mental, en el clímax tendrá que decidir entre mantenerse firme con sus principios y morir, o desafiarlos para salir vivo de aquella pesadilla.
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Seitenzahl: 263
Veröffentlichungsjahr: 2021
ORIÓN Autor: MARCELO ALVARENGA MACIEL Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago-Chile. Fonos: 56-2-24153230, [email protected] Diseño y diagramación: Sergio Cruz Edición electrónica: Sergio Cruz Primera edición: febrero de 2021. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Registro de Propiedad Intelectual: N° 2020-A-10079 ISBN: Nº 9789563385175 eISBN: Nº9789563385182
Para Margarita, Juan Carlos, Sheida y Arandú.
Primera parte
Segunda parte
Arturo Contreras no se inquietó cuando el mesero le enseñó, por segunda vez, que el aparato había rechazado su tarjeta de débito. Ahí estaba el momento tan temido. Los ahorros se habían acabado. Solo suspiró, hundió los dedos en los bolsillos del pantalón creyendo recordar que tenía un billete en algún lado. Encontró uno de cinco mil pesos, pagó la cerveza y se fue.
La parte de la frustración y la angustia paralizantes había pasado ya, pero estas continuaban ahí, agazapadas a la espera, listas para dar el salto ante cada nueva decepción.
Era mediados de enero. Las calles, llenas en cualquier otra época del año, estaban casi vacías, como siempre en vacaciones. Miles y miles de santiaguinos y sus familias dejaban atrás la metrópoli y se iban a la costa o a las regiones, y los que se quedaban podían disfrutar de una relativa tranquilidad. Muchos posponían adrede sus vacaciones para cuando regresara la horda que salía en verano, de esa forma se aseguraban que los lugares de veraneo estuvieran menos atestados de santiaguinos. La idea era siempre librarse de los habitantes de Santiago.
Desde la avenida Simón Bolívar tomó Manuel de Salas y, simplemente, caminó sin un destino específico en mente. El calor de la tarde, la cerveza y el cansancio lo iban sumiendo en una modorra que lo hacía avanzar en piloto automático. Llegó hasta la pequeña plaza Melvin Jones y vio la placa que había en el muro de la antigua casa de la esquina, frente a la cual esperó para cruzar la calle. “Sede Nacional Bahá’í” decía la sencilla placa y recordó las miles de veces que había pasado por aquel sitio preguntándose qué sería ese lugar.
–Algún día voy a entrar –se decía siempre.
Avanzó sin rumbo varias cuadras más y terminó sentado en uno de los pocos bancos libres que había bajo la sombra de los árboles en la plaza Ñuñoa. El lugar estaba repleto a esa hora. Tenía las piernas cansadas y el cuello tenso; se aflojó un poco la corbata y se secó el sudor con un pañuelo de papel. Se echó una mirada a sí mismo y sonrió con amargura. ¡Qué ridículos son los trajes!, pensó, pero era una especie de impuesto que no había podido evadir. Por milésima vez abrió la carpeta que llevaba en la mano –la última del montón que había repartido– y vio al hombre de la foto que lo miraba con los ojos hundidos y el incipiente pelo cano. Me veo como la mierda, suspiró.
Dos semanas antes había decidido tomarse un día entero por semana para salir a repartir currículos, con la determinación de no parar hasta que alguna empresa de seguridad lo volviera a contratar. Aunque era el primer mes del año, por lo general pobre en ofertas laborales, se dijo que lo haría igual. El capataz de la obra se mostró comprensivo ante su situación, porque era un hecho que el edificio en el que trabajaba ya estaba casi terminado y los muchachos empezaban a pensar en otros lugares donde necesitaran mano de obra.
Pero estaba difícil la cosa, desde el estallido social del año anterior en que muchos proyectos de edificación pararon y hordas de trabajadores fueron despedidos. Arturo y sus compañeros fueron de los afortunados, porque todos los departamentos del edificio ya estaban vendidos y la empresa tenía una buena liquidez para terminar la obra.
Cinco años trabajando en la construcción habían pasado en un parpadeo, y él estaba igual o peor que antes. De no haber sido por la insubordinación de los estúpidos cadetes que estaban a su cargo en la academia y su mal carácter, tal vez todavía seguiría en el ejército. O si la empresa de seguridad en la que trabajó después no hubiera cometido esas irregularidades como para ser demandada y terminar en la quiebra, no habría sido despedido después de diez largos años.
O si…
Ahí estaba otra vez su ego, culpándolos a todos, menos a sí mismo. Era un defecto del que era consciente, pero a esas alturas las apariencias ya no importaban; sabía muy bien que si su vida se estaba asomando a un abismo, el único responsable era él, y sus malas decisiones. Ya no tenía sentido fingir, ni era necesario engañar a nadie.
Teniente del ejército, guardia de seguridad, peón de la construcción, futuro desempleado…
Su cabeza giraba una y otra vez alrededor de esa escalera descendente que era su vida, y se enredaba con mil y un pensamientos que pasaban de la rabia a la resignación, volviendo después a una ingenua –tal vez– esperanza de que el próximo lugar al que fuera terminaría por contratarlo.
No pudo decir si fue el humo de la marihuana de los adolescentes que estaban tirados en el pasto detrás de él el que le estaba haciendo efecto, o el sofocante calor veraniego, porque empezó a sentir una somnolencia fatal. Se sacudió la cabeza y se dio pequeñas cachetadas para desperezarse. Miró la hora en su muñeca; cinco y media de la tarde.
El sol estaba todavía alto y le quedaba una última carpeta por entregar, pero ya no sabía a dónde ir, ni le quedaban ganas de hacerlo. Los lo vamos a llamar habían inundado la tarde, y se sentía como un esparrin en un cuadrilátero en el que cada lo vamos a llamar era un golpe tras otro. Y, tras cada rechazo, aparecía en su cabeza una palabra en mayúsculas acompañada de una imagen: el rostro de su mujer. Y la palabra cáncer.
Diecisiete años de matrimonio, tres hijos, altibajos que siempre pudieron superar. Pero a veces la vida parecía ensañarse y lo enviaba todo de una vez: desempleo, ahorros escasos, deudas y cáncer. Y lo peor, un tipo de cáncer que no cubrían ni Fonasa ni las Isapres. ¿Para qué existían los seguros médicos si al final no servían para nada?
Claudia se había hecho la quimioterapia tres veces, las mismas con las que se les fue casi toda la plata, y ahora ya no quedaba nada. No había forma de continuar con el tratamiento. Ella siempre había sido fuerte y soportó con firmeza cada prueba que le había tocado vivir a su lado, pero ahora no paraba de llorar y a él le destrozaba verla así. Estaba seguro que lloraba por los niños y no por sí misma, porque al fin y al cabo eran los que más sufrirían con su ausencia.
Él no era un tipo sentimental, pero estaba muy enamorado de Claudia, y trataba de hacer todo lo que estaba a su alcance para que se sintiera cómoda y tranquila en la medida de lo posible. Por eso, aunque eran las cinco y media de la tarde y podía dar por terminado el trabajo, prefirió continuar fuera de casa un rato más. Necesitaba sentirse bien para poder ayudarla y cuidarla de la mejor manera, porque ¿cómo consolar a alguien estando uno mismo desconsolado?
La familia y los amigos, aunque con buena voluntad, eran incapaces de ayudar del modo en que se necesitaba, ¿qué podían hacer? Todas eran personas trabajadoras que llegaban con lo justo a fin de mes, y aquí todo giraba en torno al dinero. Hasta los padres de Arturo les ofrecieron sus pocos ahorros, pero con la miserable pensión que recibían, si aceptaban la ayuda serían ellos los que se quedarían sin comer. Los dos juntos sumaban sesenta años de experiencia laboral en docencia, pero la jubilación de ambos no alcanzaba siquiera los quinientos mil pesos al mes. Puto sistema injusto.
Ni siquiera podía recurrir a sus antiguos camaradas, ¿qué les iba a decir?, ¿con qué cara se acercaría a hablarles después de haber sido dado de baja con deshonra? Los tipos, encima, estaban ya en la cúspide de sus carreras, y llegar a hablarles era más difícil que ir al Palacio de La Moneda y llamar a la puerta para hablar con el presidente.
Como militar había aprendido a disciplinar y entrenar su cuerpo, y aunque lo hubieran echado, continuó yendo siempre al gimnasio de manera regular y era un hábito que se había acentuado en la actual situación. La única manera que tenía para descargar sus frustraciones era con la bolsa de arena, las máquinas y las pesas. Por más de veinte años había sido cliente del mismo gimnasio del barrio y cuando llegaron al punto crítico de recortar gastos en la familia, los muchachos del gimnasio se hicieron los tontos con la administración y le permitieron continuar entrenando sin pagar un peso. Lo conocían de años y sintieron que no podían privarle de la única cosa que posiblemente lo mantenía cuerdo.
Aun así, aquella tarde no tenía ni remotas ganas de ir a entrenar.
En un par de semanas más si no conseguían algo de dinero les cortarían el gas, la luz, y el agua, y ese fatídico pensamiento lo hacía mirar una y otra vez el teléfono, asegurándose de no tenerlo silenciado. No podía perder ninguna oportunidad de trabajo, por mala que fuera, por el estúpido hecho de tener el celular en silencio.
El recuerdo de que pronto podrían quedar sin casa le dio el empujón que necesitaba para levantarse del banco y caminar hacia cualquier parte, con el único objetivo de no estar ahí sentado sin hacer nada. Creía haber escuchado o leído alguna vez que con solo hacer el esfuerzo la vida te empezaba a ayudar, pero no recordaba haber recibido ayuda esos últimos meses a pesar de todo el esfuerzo que estaba haciendo. Sin embargo, el miedo a fracasar por no haberlo intentado todo era más fuerte, así que, aunque fuera caminar sin rumbo, se mantendría en movimiento.
Entonces sonó el celular.
–Señor Contreras, tengo un negocio que proponerle.
El hombre sentado frente a él era idéntico a como lo había imaginado por la voz, lo cual le sorprendió al propio Arturo, porque eso casi nunca sucedía. El tipo tenía acento de España.
Le calculó unos cuarenta años. Alto, delgado, la cara bien afeitada, con anteojos y vestido de traje, como él mismo. Cualquiera de los clientes de la cafetería que tenían alrededor pensaría que eran dos hombres de negocios. Le causó gracia la idea.
–¿Dónde me dijo que trabaja? –preguntó Arturo, cauteloso.
–Usted dejó varias carpetas en empresas consultoras que trabajan para nosotros –dijo el hombre, sin responder a la pregunta–, y una de ellas nos proporcionó sus datos. Mi nombre es Antonio Padua.
¿Como el santo?, se preguntó Arturo. No, ese es Antonio de Padua.
–Trabajo en una organización privada que ofrece entretenimientos exclusivos de alta gama. Se llama ORIÓN.
El hombre le extendió una tarjeta de color negro y plata, y Arturo vio los dedos largos, finos, las uñas bien cuidadas y la piel flexible y de aspecto suave. Este no ha tocado una herramienta en su vida, pensó. En la tarjeta que le acababa de entregar se leía solo el nombre y el logo de la empresa: un arquero con las estrellas de la constelación del mismo nombre bordeándolo y las letras en relieve a modo leyenda en la parte inferior. Era todo, sin dirección ni número de teléfono.
Arturo la examinó y buscó en su mente. Nunca había escuchado de una empresa llamada así y se preguntó si acaso era española, aunque se saltó ese detalle.
–¿Y necesitan un guardia de seguridad? –preguntó, yendo directamente a lo que le interesaba. A esas alturas ya no le importaba nada, siempre le había costado tener tacto y ser quisquilloso no era un lujo que podía darse. Necesitaba trabajar a toda costa, en lo que fuera. Siempre que fuera legal.
El hombre sonrió, se acomodó los anteojos sobre el puente de la nariz antes de responder:
–No exactamente. Nuestros servicios son muy exclusivos, no cualquiera es capaz de contratarnos y no contratamos a cualquiera. Nuestros precios son muy elevados porque lo que ofrecemos no lo ofrece nadie más en el mundo. Queremos proponerle un trato que lo sacará de todos sus apuros económicos y le dará tranquilidad a su familia.
Se encendieron las primeras alarmas. ¿Qué sabía aquel hombre sobre su situación financiera? Su instinto lo alertó y le hizo adoptar una postura desafiante.
–Dígame ahora mismo qué es lo que sabe usted de mis asuntos, y más vale que sea verdad –dijo Arturo, con una mirada severa, y apretando los puños sobre la mesa. Antonio Padua no se inquietó; daba la impresión de que estaba familiarizado con ese tipo de reacciones, y hasta parecía haber estado esperándolo.
–Usted está a punto de quedar sin trabajo –empezó a decir con total calma, entrelazando los dedos sobre la mesa y clavando sus oscuros ojos en los de Arturo–. Su esposa Claudia tiene cáncer y vuestros ahorros ya se han acabado. Estáis atrasados con los pagos de todos los servicios básicos y si no pagáis este mes, el dueño del departamento tiene pensado rescindir el contrato de arriendo, aunque aún no os lo haya notificado. Vuestros hijos tuvieron muchos problemas en la escuela el año pasado por todo esto. Su hijo mayor, Lorenzo, fue suspendido varias veces por pelearse con sus compañeros. Valentina se la pasa encerrada en su cuarto y en la escuela no participaba nunca en clase, viviendo en su propio mundo. Y el pequeño Agustín ha vuelto a mojar la cama desde que le diagnosticaron la enfermedad a su mujer. Usted ha empezado a beber más de lo habitual tratando de calmar los sentimientos de ansiedad e impotencia –acaba de salir de un bar hace menos de una hora–. Incluso sus padres se han ofrecido para ayudaros con el dinero de su pensión, pero usted no lo ha aceptado. También estuvo en el ejército, pero lo dieron de baja por dejar inconscientes a unos reclutas en unos ejercicios disciplinarios brutales. Y puedo seguir –terminó el hombre, sin expresión definible en el rostro–, pero creo que ha entendido la idea.
Arturo quedó mudo. ¡¿Cómo sabe todo eso?!
–Lo sabemos todo de usted –confirmó el hombre–, tanto su pasado como su presente, por eso le estamos ofreciendo esto. No contactamos con nadie que no tenga algo importante que darle a nuestra organización. Y usted tiene mucho que ofrecer, por eso ha despertado nuestro interés.
–Pero, ¿de qué trata todo esto? –preguntó, desesperado de pronto por tanto misterio.
Padua corrió a un costado las tazas de ambos, el azucarero y las cucharas; abrió el maletín que tenía al lado, sacó una carpeta y la puso sobre la mesa. Miró a la cara a Arturo y dijo sin pestañear:
–Le ofrecemos cien millones de pesos. Si acepta, recibirá la mitad ahora mismo y el resto después del trabajo.
–No me joda… –exclamó Arturo, con los ojos desorbitados. Lo estaba embromando. Ahora sí que se sentía furioso. ¿Quién se creía aquel pelele para jugar con las esperanzas de alguien al borde de la miseria? Pero el hombre movió las manos para tranquilizarlo; abrió la carpeta y sacó los papeles que contenía. Los puso frente a él.
–Este es un documento legal que establece los puntos del trato que le ofrecemos. Ahí lo dice claramente –señaló con un dedo–: “cincuenta por ciento se le asigna al firmante del contrato de manera inmediata y el restante cincuenta por ciento al finalizar el trabajo”.
Arturo miró las palabras sin verlas realmente. Eran por lo menos cuatro páginas enteras, escritas por ambos lados. No podía creer lo que estaba escuchando. ¿Estaría soñando y no se había dado cuenta? Esa plata alcanzaría para tratar a su esposa las veces que hiciera falta hasta curarla, ¡y aún después les sobraría un montón! Sintió que las manos le temblaban y el corazón le golpeaba contra el pecho.
Miró al hombre que permanecía en completa calma y le daba por primera vez un sorbo al té helado, y formuló la pregunta:
–¿Es esto en serio?
–Totalmente.
–Y si firmo, ¿qué tengo que hacer después?
El español dejó a un lado su té y respondió:
–Simple. Ser cazado.
Arturo regresó al departamento alrededor de las ocho de la tarde. Se sentía mareado y le dolía la cabeza; tal vez fuera el hambre, haber recorrido media ciudad a pie con aquel calor o la reunión con el hombre. O una mezcla de todo.
Lorenzo había hecho la cena con ayuda de Valentina, mientras que su hermanito pequeño le hacía compañía a su mami. Habían cenado todos juntos en la pieza de los papás para que la mamá no se levantara y ahora los tres hermanos estaban en la sala viendo la tele. Arturo los saludó a cada uno con un beso en la frente y se fue a la pieza. Claudia ya estaba dormida cuando entró; la última quimio la había debilitado tanto que andaba fatigada todo el día y se dormía muy temprano por las noches.
Estaba de espaldas a la puerta cuando él entró en silencio y se quedó un rato ahí, solo mirándola. La vio tan pequeña y frágil. Se había rapado la cabeza prematuramente porque no soportaba ver cómo iba perdiendo el cabello; lo consideraba un signo fatídico y elocuente de la existencia de aquello que la iba devorando por dentro. Los huesos le sobresalían más de lo normal, tenía el perfil anguloso y las mejillas hundidas. Había perdido ya mucho peso, estaba demacrada y cualquier tarea la cansaba mucho. Arturo insistía en que él y los niños se ocuparían de todo en la casa, pero ella no podía simplemente estarse quieta, porque ella no era así. Ya le había dolido mucho haber tenido que dejar de trabajar. Siempre estaba tan llena de energía y entusiasmo, pero ahora ni siquiera podía salir al parque a caminar un rato y tomar el aire.
Ahí estaban otra vez el punzazo al corazón y el nudo en la garganta, eso que le sucedía ahora todo el tiempo, cada vez que la veía así. Alemania, pensó. Allá tenían los mejores tratamientos para su enfermedad. Él prefería la palabra enfermedad, porque no le gustaba pronunciar el nombre de la misma. Si tan solo hubieran tenido la plata para ir a tratarla allá. La gente pituca lo hacía todo afuera, mandaban a sus hijos a universidades del extranjero, seguían tratamientos médicos afuera… ¿Pero acá? el que no tenía plata se moría y listo.
Se inclinó sobre ella y le dio un beso, luego entró a bañarse. Eran casi las nueve cuando salió de la ducha, luego de estar largo rato bajo el chorro de agua fría.
Lorenzo tenía permiso para estar despierto hasta más tarde porque ya tenía quince, pero Valentina y Agustín ya debían irse a la cama. Acompañó a la niña a su pieza y le dio las buenas noches, aunque sabía que continuaría despierta hasta medianoche como mínimo escuchando música en su celular con los audífonos puestos. Tenía doce años y, aunque no era problemática, tampoco dejaba que nadie se acercara demasiado; solo su mamá de vez en cuando lograba hacerle sentir con la suficiente confianza para abrirse y expresar sus emociones, pero a él le costaba un poco más. Arturo sabía que todo lo que estaba sucediendo era tan difícil para ella como para toda la familia y entendía que esa era su manera de lidiar con la situación.
Luego llevó al pequeño Agustín en brazos a la pieza que compartía con su hermano, lo ayudó a ponerse el pijama, esperó pacientemente a que terminara de cepillarse los dientes y lo metió a la cama. Le leyó su cuento favorito en un libro de cuentos de Topo Gigio, uno en el que el ratoncito italiano tenía que organizar una fiesta para sus amigos ratones, pero no tenía suficiente queso para la ocasión y recorría toda la ciudad buscando la rueda de queso perfecta. Al terminar le dio un beso en la frente, apagó las luces, pero dejó encendida una pequeña lámpara de noche porque el niño tenía miedo a la oscuridad. Después de todo, solo tenía seis años.
Luego fue a la cocina, se sirvió algo de comida y cenó solo, escuchando de fondo el ruido del televisor, frente al que su hijo mayor seguía sentado.
Me tenía que haber largado de ahí desde un principio, se dijo. Pero el sentimiento luchaba con la casi incontenible emoción que le provocó revisar en el celular su estado de cuenta y ver que le acababan de depositar cincuenta millones de pesos. Se había quedado de piedra. Mientras comía, volvió a mirar los números, y todavía no lo podía creer. No era ninguna broma, la plata estaba ahí.
Durante dos horas Antonio Padua le reveló la cosa más descabellada y desquiciada que podía imaginar jamás y cuando este se marchó y lo dejó solo, necesitó aún media hora más sentado en el café, intentando digerir lo que le acababa de contar. El español le aclaró punto por punto lo que le interesaba saber y en qué consistía el trato con exactitud. Luchó en silencio contra la rabia y la impotencia que lo inundaron en un momento dado, al saber que aquel hombre y la organización a la que representaba se aprovechaban de gente como él, personas con vidas al borde de la tragedia, para desarrollar aquel negocio enfermizo.
Se sintió desdichado y decepcionado de sí mismo una vez más.
Pero, por otra parte, en medio de la creciente desesperanza había llegado esto, una retorcida oportunidad de ayudar a su familia a salir de ese pozo en que estaban cayendo de manera irremediable. Era un destello de esperanza para ellos, que él debía pagar con su vida… literalmente.
–Aquí encontrará las instrucciones necesarias –le había dicho el hombre, señalando la última página que iba pegada al contrato–. La fecha y el lugar donde lo recogerán.
Y le había entregado una copia de la carpeta y los papeles firmados.
–Pero hay un último asunto importante –había agregado, y su actitud se volvió seria, casi amenazante–. Nuestra organización ha permanecido anónima desde el principio y así debe continuar.
Arturo ya sabía lo que vendría después de eso. Una de esas líneas que se escuchaban en las películas.
–Si usted no es capaz de guardar esos papeles en algún lugar seguro al que tenga acceso solo usted y nadie más –dijo el español–, le sugiero que se memorice las instrucciones y luego los destruya. Nadie debe conocer su existencia. Apréndase también los datos del único abogado del mundo que maneja los asuntos de nuestra compañía; solo él es capaz de hacer cumplir lo estipulado en esto, y es solo si usted necesita tener la seguridad de que se le pagará. Le aseguro que nunca hemos incumplido un contrato.
Sentado en la mesa de la cocina se estrujó el cerebro pensando en algún lugar donde esconder esos papeles. No tenía intención de destruirlos. De algo le podrían servir.
El precio para salvar a mi familia es que yo me convierta en una presa, caviló recostado contra el marco de la puerta de la cocina después de terminar de cenar. Observaba a su hijo mayor que todavía estaba mirando la tele.
Que así sea.
Claudia y Arturo se conocieron a principios del año dos mil cuando ella estaba por terminar su práctica con el kinesiólogo que él fue a ver. Se casaron dos años y medio después. Llevaban casi dos décadas juntos y en todo ese tiempo no había sentido la necesidad de mentirle, hasta ahora. Aunque no estaba seguro si ocultar algo para protegerla era lo mismo que mentir.
Ese día él se levantó muy temprano. Claudia y los niños aún dormían. Se metió en la cocina y empezó a preparar el desayuno mientras su cabeza no paraba de pensar. Todo su ser se sentía atenazado por un miedo nuevo y desconocido y por una ira tan intensa que no sabía que era capaz de sentir. ¿De verdad estaba a punto de hacer aquello? ¿Cuán bajo podía caer alguien para verse empujado a tomar una salida tan desesperada como esa? Meneó la cabeza con tristeza.
Cuando tuvo listo el desayuno, lo depositó en una bandeja y se lo llevó a su esposa. La despertó con ternura luego de contemplarla un corto rato, asegurándose de poder recordar sus rasgos con detalle en cualquier lugar. Tal vez fuese la última vez que la vería dormir.
Ella le sonrió con ese gesto encantador que lo había enamorado.
–Mi chef favorito, ¡gracias! –dijo mientras se incorporaba en la cama y se desperezaba.
Ni siquiera la enfermedad había sido capaz de opacar el brillo natural de su hermosa alma, pero de pronto este se fue apagando de manera gradual cuando empezó a recordar y darse cuenta de qué día era aquel. Ella lo sabía.
Comieron casi en completo silencio, pero de a poco las lágrimas empezaron a asomar a sus ojos hasta que rompió en llanto y se tiró a los brazos de su esposo. Él la consoló como pudo, porque también estaba destrozado. No quería alejarse de su familia y menos estando ella en ese estado.
A pesar de las indicaciones del español, no fue capaz de engañar a Claudia por completo. Le contó lo del dinero que le habían depositado y que a cambio de eso tenía que hacer algo desagradable, por el bien de la familia. Decidió no revelarle la existencia de algo tan infame como ORIÓN y le aseguró que él no le haría daño a nadie, pero el resto lo dejó a su imaginación.
Miró la hora en el reloj de pared, entonces se levantó y empezó a prepararse.
–Te amo. ¿Confías en mí? –dijo, cuando se acercaba la hora de marcharse.
Los ojos de ella, rojos por el llanto y ojerosos por la enfermedad, no se separaron ni un segundo de él, mientras apretaba con fuerza contra su pecho el sobre que le acababa de entregar. Asintió ante la pregunta.
Se le desgarraba el alma verla así y, peor aún, no poder decirle más de lo que ya le había dicho.
–Si no regreso en dos semanas, ábrelo –dijo él, con el acuciante dolor que le producía no tener ni idea de lo que pasaría con su familia si él no volvía.
–Te amo con todo mi ser –dijo ella. Le echó los brazos al cuello y lo besó largo rato antes de que él tuviera el valor de desprenderse y salir, aunque su corazón deseaba quedarse aferrado a su mujer para siempre. Los niños seguían dormidos cuando él salió.
Al día siguiente de firmar el contrato, Arturo pagó todas las deudas y durante las siguientes cuatro semanas salió temprano de la casa como siempre, vestido como para la construcción, pero iba a otra parte. Había pensado en cuáles eran sus opciones, y releyendo el contrato de punta a punta llegó a la conclusión de que ahí no había nada que prohibiera lo que tenía en mente.
Al final del mes le dijo a Claudia que tenía que irse, pero no podía darle demasiadas explicaciones, todo estaba en la carta. Ella había aprendido a confiar en él; cuando era más joven habría hecho un escándalo por algo así, pero la vida al lado de ese hombre le había enseñado que si él se callaba algo, era por una muy buena razón, y ella se enteraría a su debido tiempo. Siempre era por el bien de ella y de los niños, y en casi veinte años nunca les había fallado –aunque él pensara lo contrario al haber sido expulsado del ejército y quedar sin trabajo.
Fue el mes más difícil de su vida, pero el día señalado había llegado.
Salió del edificio y, aunque todavía era temprano, llamó un taxi y pidió que lo llevara al aeropuerto. Sabía que si se quedaba por más tiempo ahí podía ceder a la tentación de volver a la casa, pero no tomar ese vuelo les traería horribles consecuencias, de eso estaba seguro.
Una semana antes, el español –lo había empezado a llamar así en su cabeza– se había contactado con él como había prometido, le dijo que fuera al mismo café donde se habían reunido y que un sobre lo estaría esperando. Arturo así lo hizo y se encontró con un ticket de avión; la fecha era para una semana exacta después de ese día y el destino era el que le había adelantado Padua el día que se conocieron.
Aysén.
–Nuestros clientes han encontrado en Chile los lugares ideales para practicar su pasatiempo –le explicó con toda naturalidad, como si matar gente fuera la cosa más normal del mundo–. Y Aysén ofrece el entorno adecuado para ello.
La región de Aysén, ubicada en la Patagonia chilena, era la menos poblada del país, sin embargo, poseía el mayor porcentaje de reservas naturales, lo que la convertía en el sitio perfecto para las actividades de ORIÓN. Su fina clientela acostumbraba a “divertirse” en bosques y lugares alejados de la civilización, le había explicado el hombre. A Arturo se le revolvió el estómago al pensar que existía ese tipo de gente, y más aún, que una empresa les organizaba esas cosas.
Se tragó su enfado como pudo y preguntó en qué lugar específico ocurriría, dada la amplitud de la región, pero Padua rio y le dijo que era un secreto, lo sabría a su debido tiempo. No insistió, aunque tampoco se resignó.
Volvió a pensar en estas cosas mientras esperaba sentado frente a la puerta de embarque. Como se trataba de un vuelo nacional, el proceso de abordaje fue corto y rápido. A las diez de la mañana despegó el avión y tres horas y media después aterrizaba en el Aeródromo Balmaceda, de Coyhaique.
No era la primera vez que estaba en el sur. De hecho, había liderado unos juegos de guerra muchos años atrás en la región de los fiordos en pleno invierno, para probar la capacidad de adaptación de los hombres a su cargo. Aquello fue un cuello de botella para muchos, que al final terminaron abandonando la milicia.
–¿Y al llegar allá qué tengo que hacer? –había preguntado Arturo.
–No se preocupe, nosotros lo recogeremos. Solo asegúrese de llevar una buena parka. Es verano, pero eso no significa nada allí.
Solo llevaba una mochila con dos o tres mudas de ropa, así que no tuvo que perder el tiempo esperando ninguna maleta y salió directo al vestíbulo principal del aeropuerto. De inmediato vio un cartel con su nombre y caminó hacia la persona que lo sostenía. Era un hombre un poco mayor que él –acababa de cumplir cuarenta y cinco el diciembre pasado–, tenía una cara redonda y cuerpo rechoncho, barba espesa, gorra de lana, parka y botas. Se saludaron y el hombre se presentó como el piloto que lo llevaría cerca de las termas.
Termas, ¿eh?
Antes de partir, Arturo compró un par de empanadas de almuerzo y después siguió al hombre. Salieron de la terminal al despejado y ventoso día, pero no subieron a ningún vehículo; rodearon el edificio a pie en una caminata de unos diez minutos, durante la cual el hombre no paró de hablar de Aysén y de los atractivos turísticos que ofrecía. Arturo comprendió que lo consideraba un turista más, y eso significaba que el piloto no estaba involucrado en el asunto.
