Papeles de Ítaca - Bernardo Pérez Puente - E-Book

Papeles de Ítaca E-Book

Bernardo Pérez Puente

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Beschreibung

Dos viejos actores metidos a espías, un hotel de playa que oculta un secreto, un joven latinoamericano a punto de morir de frío en París, un estudiante que vende libros robados, un instructivo para buscar tesoros y otro que enseña el arte de perder el paraguas… Con espíritu lúdico y precisión de relojero, Luis Bernardo Pérez nos entrega un conjunto de relatos que oscilan entre la fantasía, el humor y el juego metaliterario. Son historias que ocurren en una realidad donde la aventura homérica parece ir a la baja y cuyos nuevos Ulises se ven obligados a regresar a Ítaca cargados de lances inventados, proezas imaginadas y hazañas ficticias que se convertirán en materia literaria.

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Seitenzahl: 112

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Presentación

El Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola está organizado por el Centro Universitario del Sur de la Universidad de Guadalajara, en colaboración con la Dirección de Artes Escénicas y Literatura de Cultura udg y la Editorial Universitaria. Este concurso nace como homenaje a la memoria y el trabajo literario de Juan José Arreola, escritor originario de Ciudad Guzmán, y por la necesidad de convocar desde su ciudad natal un premio en uno de los géneros literarios más interesantes: el cuento.

La Universidad de Guadalajara instituyó este concurso, que se ha ido consolidando a lo largo de estos años, con la finalidad de estimular el trabajo creativo de cuentistas mexicanos, el cual está abierto para obras inéditas de escritores residentes en el país.

La obra ganadora de esta xii edición es Papeles de Ítaca de Luis Bernardo Pérez (Ciudad de México, 1962). El jurado estuvo integrado por Alberto Chimal, Bernarndo Fernández, y Andrés Acosta.

Esta obra fue declarada ganadora por ser un libro donde destaca el sentido arreolano de los cuentos, es preciso, lúdico y con muy ricas referencias literarias, cinematográficas y sociales.

I. Viajes

Aunque el dato es incierto, aseguran haber visto un barco atravesando el desierto.

Papeles de Ítaca

“Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí.”A CirceJulio Torri

Una mañana también yo partí de Ítaca dejando atrás hacienda, oficio y mujer. Me embarqué en pos de la gloria que ennobleciera mi linaje e hiciera de mí un esclarecido caballero. Me veía convertido en un varón de renombre cuyas hazañas serían contadas por los cronistas, celebradas por los poetas y evocadas con reverencia por las generaciones venideras. Pero aunque mi peregrinaje fue tan largo como el del héroe y hubo en él penalidades sin cuento, ninguna Circe, ningún Polifemo, ninguna sirena de seductor canto se cruzó en mi camino. Tampoco hallé en todo el Ponto —el cual recorrí afanosamente de un extremo a otro— rival con quien chocar mi acero ni a una hospitalaria Nausícaa dispuesta a rescatarme de los naufragios de mi alma. Así fue como, tras largos años de ausencia, regresé al terruño escaso de proezas que dieran brillo a mi blasón y de las cuales pudiera envanecerme. Tuve entonces que aguzar el ingenio: tramé embelecos que llenaron de asombro a mi Penélope, fabulé lances que me ganaron la admiración de los vecinos y concebí andanzas que, en el café, emocionaban al barbero, al sastre y al notario. Y a fuerza de repetir tales historias y para no olvidarlas, comencé a llenar papeles con ellas. Resultó que al irlas escribiendo sumaba personajes, complicaba intrigas y prodigaba hechos sorprendentes nacidos al vuelo. Con el paso del tiempo he comprendido que nunca alcanzaré las riquezas, los títulos y los honores que con tanto afán ambicioné. Me queda tan sólo el consuelo de estos folios, los cuales se han ido multiplicando hasta formar gruesos legajos que acumulo en el cuarto de los arreos y que, a veces, doy a leer a otros, sin decirles nunca si lo allí contado pertenece a la realidad o al reino de la ilusión.

El arte de buscar tesoros

El auténtico buscador de tesoros valora la paciencia. Sabe que en su oficio —oficio arduo e incierto— la premura es desaconsejable; que un descubrimiento, aunque sea modesto, es resultado de una larga preparación, de una cuidadosa ascesis; no se trata de hundir la pala en cualquier parte ni adentrarse sin más en la primera cueva que le salga al paso.

Por eso, el buscador de tesoros se demora durante meses e incluso años estudiando los mapas, memorizando el nombre de pueblos y caseríos, siguiendo con el dedo los interminables vericuetos del camino señalados en el plano, los cruces y las desviaciones antes de lanzarse a recorrerlos. Y una vez sobre el terreno, observa el entorno sin prisa para adueñarse del paisaje con la mirada y dejar que éste lo guíe hacia su objetivo.

El buscador de tesoros se detiene en los albergues para beber y conversar con los parroquianos, siempre atento a los indicios reveladores. Con discreción, pregunta sobre el pasado de la localidad con el fin de saber más sobre las rutas de las diligencias que, siglos atrás, transportaban oro y plata, sobre los escondites usados por los bandidos para ocultar su botín y sobre las haciendas abandonadas entre cuyas ruinas se han hallado —según cuenta gente de fiar— suntuosos candelabros de bronce, salseras de plata, camafeos de marfil y espejos de mano que aún conservan el reflejo de la dama que solía mirarse en ellos.

Con tal de ganarse la confianza de los lugareños, se ve obligado a permanecer en la localidad. Se justifica aludiendo a las bondades del clima o al desprecio que siente por las grandes ciudades. En ciertos casos, incluso llega a establecerse allí. Adquiere una casita con un minúsculo huerto y finge sentirse a sus anchas. A veces renta un local en el centro del pueblo y abre un negocio, por ejemplo, una tienda de géneros o una barbería. De esta forma puede quedarse el tiempo necesario para explorar la zona sin despertar sospechas.

Por las noches recorre sigilosamente los campos circundantes armado con un detector de metales, una pala y un pico. Sin embargo, prefiere prescindir de tales instrumentos, pues ellos revelarían sus verdaderas intenciones.

El buscador de tesoros se esfuerza para que los habitantes del lugar dejen de considerarlo un extraño. Trata de que lo acepten como uno de los suyos. Hace amigos, discute de política en los cafés, asiste a misa los domingos y está presente en los actos cívicos.

A veces, mientras espera en la tienda de géneros o en la barbería la llegada de los clientes, una idea extraña se insinúa en su mente: sospecha que el principal objetivo de los buscadores quizá no sea el tesoro en sí mismo, sino la búsqueda. Pero si esto fuera cierto, su empeño dejaría de tener sentido cuando al fin encontrara un tesoro y, en consecuencia, perdería la principal razón de su existencia.

Es posible que, durante esos fugaces momentos, también llegue a la conclusión de que cada tesoro espera a su propio buscador y cada buscador deberá emprender la búsqueda del tesoro que la vida le ha reservado sólo a él. El suyo podría ser un baúl apolillado rebosante de joyas, un saco de monedas antiguas o una caja de caudales con el contenido intacto. Pero quizá tenga un aspecto muy diferente. Ello lo obligará a estar alerta en todo momento para reconocerlo en cuanto lo vea. Podría presentarse, digamos, bajo la forma de una muchacha morena que, una tarde cualquiera en una calle cualquiera, lo observara desde su balcón. En tal caso, el buscador de tesoros se vería obligado a detenerse para mirar a la muchacha y sonreírle. Y en ese preciso momento comprendería —no sin cierta desazón— que su búsqueda ha concluido.

Supervivencia

Joven latinoamericano llega a París (aeropuerto Charles de Gaulle, vuelo 326). Trae consigo, entre otras cosas: la dirección de un amigo uruguayo, cuatrocientos veinte euros y un abrigo café que heredó de su padre. El amigo uruguayo ya no vive allí, los euros le duran algo más de una semana y el abrigo café resulta insuficiente para enfrentar el más crudo invierno de los últimos veinte años. Muy pronto su situación se torna desesperada, pero no se rinde. Lava platos en un restorán a cambio de la comida y, por una módica suma, entrega dos veces por semana su cuerpo moreno y atlético a madame Bouchard, la patrona del restorán. Con ese dinero alquila un cuarto miserable en el último piso de un edificio miserable. Aún queda el inconveniente del clima, pues el cuarto miserable carece de calefacción. El frío es despiadado. Por fortuna, en uno de los puestos de libros instalados a orillas del Sena encuentra un viejo calendario de llantas Michelin ilustrado con obras de la escuela impresionista. De regreso en su habitación, con las manos ateridas y al borde de la hipotermia, recorta las reproducciones a color del calendario y las pega en las paredes. Eso le salva la vida. Y es que ¿quién puede morirse de frío entre los soleados paisajes de Renoir, los cálidos jardines Monet y la luminosa exuberancia tropical de monsieur Gaugin?

La última palmera

Cabía la posibilidad de que el Vista Tropical ya no existiera, de que lo hubieran demolido para construir en su lugar un edificio de departamentos, una estación de gasolina o uno de esos hoteles de carretera sin personalidad pero con alberca y televisión satelital. A lo mejor me encontraba con un terreno baldío.

Aun así, decidí ir. Solicité vacaciones en el trabajo y llamé a Marcela para informarle que estaría fuera algunos días. No quise darle más información y ella no preguntó. Dijo que era libre de hacer lo que me viniera en gana siempre y cuando hiciera a tiempo la transferencia bancaria; el ortodoncista de las gemelas y las colegiaturas no se iban a pagar solas. Quise hablar con las niñas, pero habían salido con sus abuelos.

Metí algunas cosas en una maleta pequeña y, después de llenar el tanque de gasolina, me lancé a la carretera con la sospecha creciente de que me disponía a cerrar un capítulo de mi vida. Un capítulo olvidado durante casi tres décadas y que la memoria me devolvió intacto cuando me informaron de la muerte de mi prima Amelia. Había fallecido de cáncer un año antes y en todos esos meses estuve pensando obsesivamente en ella. También en la cajita de lámina enterrada junto a la palmera que crecía en el rincón más umbroso del jardín.

Por algún motivo que nunca entendí, siempre íbamos al mismo lugar e invariablemente nos hospedábamos en el mismo hotel. Las vacaciones transcurrían de manera casi idéntica y, quizá por eso, hoy se confunden en la memoria y aparecen como un dilatado y único verano. Un verano sin tiempo ni orillas.

Los primeros en llegar eran mis tíos y mi prima. Venían en su camioneta con una montaña de maletas y en compañía de su amado Gagarin, un viejo Buldog bautizado así en honor del cosmonauta soviético. Uno o dos días después arribábamos nosotros a bordo del destartalado Ford Fairlane de mi padre. Veníamos con menos equipaje y sin perro, pero con una caja de piñas y otra de plátanos compradas en el camino y que, casi siempre, terminaban pudriéndose con el paso de los días. Antes de instalarnos papá se enzarzaba en una discusión con el administrador, don Jacinto, por los altos precios de las habitaciones, mientras que mi tía se mostraba invariablemente molesta por la rusticidad del lugar y lo lejos que quedaba la playa. Sin embargo, nunca les pasó por la cabeza quedarnos en otro lado.

El hotel estaba a las afueras del pueblo. Aparecía de pronto al salir de una curva, del lado derecho de la carretera. En aquel entonces no había otros edificios cerca, sólo el Vista Tropical: una construcción cuadrada de dos plantas, con pasillos exteriores, mosaicos azules, barandales de herrería y unas quince o veinte habitaciones.

Se entraba por un gran portón de madera que siempre permanecía abierto y seguíamos por un camino de grava hasta el jardín lleno de flores y palmeras. Mi padre dejaba el auto en un rudimentario estacionamiento cubierto con láminas de asbesto.

El único detalle llamativo en la recepción era una chimenea incongruente e inútil. Junto a ella colgaban los correspondientes utensilios: tenaza, atizador, pala y escobilla. ¿A quién se le había ocurrido construir una chimenea en una zona en la cual las temperaturas solían llegar a los 40 grados?

También había un comedor y un salón de estar cuyo antiguo ventilador de techo se esforzaba por remover un poco el aire sobre las cabezas de los huéspedes. En el salón jugué interminables partidas de ajedrez contra mi padre y mi tío con el único objetivo de combatir el tedio y allí aprendió Amelia a tocar la guitarra.

Para llegar a la playa era necesario cruzar el jardín, avanzar por un sendero que atravesaba la selva y, tras unos diez minutos de marcha, el mar nos recibía con su brillo cegador. Nada más pisar la arena, mi tío recitaba el mismo poema. Eran unos versos supuestamente escritos por él, pero que, como descubrí años después, eran de Unamuno: “Sed de tus ojos en la mar me gana;/ hay en ellos también olas de espuma;/ rayo de cielo que se anega en bruma/ al rompérsele el sueño, de mañana.”

Permanecíamos dos o tres semanas en el hotel. Mi prima y yo jugábamos badminton, leíamos historietas y llenábamos cuadernos con dibujos de barcos y castillos de ensueño llenos de torres y habitaciones secretas. Sólo salíamos para ir a la playa, al puerto y a tomar helados en la plaza central del pueblo.

Cada año hacíamos amistad con algunos niños y niñas de nuestra edad que también se hospedaban allí con su familia. Al concluir las vacaciones prometíamos reencontrarnos el verano siguiente, pero ninguno solía regresar.

Al anochecer se iniciaba el rumor de los insectos; su bullicio misterioso sustituía al de las aves diurnas y acompañaba nuestro sueño. Por la mañana el jardín aparecía cubierto de grillos destripados y mariposas devoradas por las hormigas. Ese espectáculo entristecía a mi prima, quien acostumbraba guardar las alas rotas de las mariposas. Valiéndose de unas pinzas para cejas, tomaba aquellos delicados fragmentos verdiazules, casi turquesas, y los introducía con infinito cuidado entre las páginas de los libros.

Alrededor de las diez de la noche llegué a la intersección que conducía al hotel. Numerosas construcciones ocupaban ahora las orillas de la carretera. Temí haberme extraviado. Sin embargo, pasados quince minutos, al salir de una curva, identifiqué el edificio de dos plantas. Una parpadeante luz de neón me informó:

“Vista tropical” Hotel-garage