Pasado mañana - Karlos Linazasoro - E-Book

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Karlos Linazasoro

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Beschreibung

Pasado mañana: Bruno es un chaval que tiene trece años. No puede hacer muchas cosas que muchos chicos y chicas pueden hacer; tiene grandes virtudes, pero también grandes carencias. A sus padres les da unos besos gigantescos, también tiene novia, es testarudo, travieso, adorable... En casa le quieren un montón, pero ahora su silla está vacía.

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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PASADO MAÑANA

Traducción de Karlos Linazasoro

© de esta edición Metaforic Club de Lectura, 2016www.metaforic.es

© Karlos Linazasoro

ISBN: 9788416873654

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la portada, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados.

Director editorial: Luis ArizaletaContacto:Metaforic Club de Lectura S.L C/ Monasterio de Irache 49, Bajo-Trasera. 31011 Pamplona (España) +34 644 34 66 [email protected] ¡Síguenos en las redes!  

1

Son las ocho de la mañana.

Ya se van Bruno, papá y mamá a bordo del coche rojo. El abuelo, la abuela y yo estamos en casa, y en casa nos quedaremos. El abuelo se llama Justino, la abuela, Natalia, y yo, yo me llamo Martín. Bruno es mi hermano y tiene trece años. Y papá se llama Gotzon, o sea Ángel, y mamá, Rosita, Rosa de los Vientos.

No sé qué más decir. Se me da mejor jugar al fútbol que escribir, la verdad. Pero mamá me ha regalado este cuaderno, precisamente para estos días, y me ha pedido que escriba en él todo lo que se me ocurra. Con sentimientos y cosas así. Que ella luego lo leerá con gran interés, cuando vuelvan a casa. Yo ya sé lo que quiere decir mamá con lo de cuando vuelvan a casa. Pasado mañana o, como mucho, pasado-pasado mañana.

Son las ocho de la mañana y el viernes cuelga del firmamento. Bruno viaja en la parte trasera, con la sonrisa infinita abrochada al cinturón de seguridad, los cascos puestos, y ha levantado la mano gordinflona para decirnos adiós, ya nos vamos en el coche rojo de papá a disfrutar de un hermoso viaje. El abuelo Justino también alza la mano, adiós, Bruno, y también la abuela y yo, con ímpetu, los dedos hechos un ovillo.

-¡A desayunar!

Los pendientes de la abuela parecen dos cerezas a punto de reventar. Se los trajo el abuelo desde muy lejos. Ahora el abuelo se queja de los ojos, vino ayer a nuestra casa y ahora dice que le duelen los ojos. Todos sabemos por qué, y todos sabemos que no se pude hablar sobre ese asunto, pues la felicidad acudirá pronto a llamar a nuestra puerta. Yo quiero con todas mis fuerzas a mi abuelo Justino, y el otro abuelo, Lucio, se me murió hace mucho tiempo, cuando yo tenía dos años. Y a la abuela también la quiero mucho, a la abuela Natalia, porque la otra también se me murió, la abuela Sofía, de una enfermedad, antes de que yo naciera. Por lo tanto, no la conocí, ni tampoco conocí mucho al abuelo Lucio, pero aun así los quise igualmente, con todas mis fuerzas.

-¡A desayunar!

El abuelo y yo nos hemos sentado a la mesa. La abuela nos ha preparado una montaña de galletas, cola-cao, café con leche, tostadas con mantequilla y un montón de cosas más. Pero el abuelo Justino está inapetente, y yo estoy desganado: el apetito se nos ha marchado de vacaciones. La abuela, sin embargo, nos ha dicho que hasta que no dejemos la mesa reluciente no pensemos en levantarnos, y que es mejor que empecemos ya mismo.

Después, iremos los tres a hacer la compra, y a medir la vista al abuelo, y a comprar flores al mercado y a ver el mar, y la abuela también quiere ir a misa, porque dice que oír misa no hace daño a nadie, pero al abuelo las cuestiones de la iglesia no le hacen mucha gracia, los santos y las vírgenes y los curas, aunque rezar sí que reza, no en la iglesia sino en el monte, en un escondite que él tiene, en algún recoveco de un bosque azul. Reza y, a la vez, se come una mora, o va a por setas, o recoge nueces, o castañas, amapolas, clavelitos blancos, o corre detrás de los cucos, o habla con las víboras, según por dónde le sople el viento.

Pero antes de todo eso, primero debemos desayunar. Y luego ya se verá.

2

Le he enseñado al abuelo una foto sacada en verano. En ella aparecemos Bruno y yo, a la orilla del mar, jugando con un balón gigante. La foto es del año pasado, de cuando estuvimos en Conil, un precioso pueblecito de Cádiz.

Conil está muy lejos de nuestra casa, a unos mil kilómetros por lo menos. Nunca habíamos ido tan lejos de vacaciones, y en el coche nos aburrimos de lo lindo. Bruno durmió durante mucho rato, pues hicimos el viaje de noche, a oscuras. Por aprovechar el fresco de la noche, dijo mamá. Yo no, yo no dormí ni un minuto. Fui todo el rato alerta, por si veía algún guardia de tráfico escondido. Tardamos diez horas en llegar, ¡diez horas!, y la playa de Conil es superguapa, bueno, las playas, porque tiene dos o tres, tal vez hasta cuatro.

El abuelo me ha dicho que siga, que a él le duelen los ojos, que escuchará con mucho interés todo lo que tenga que contarle. Y eso es lo que he hecho, seguir contándole historias con la foto en la mano, para que el tiempo pase más deprisa.

Nos hospedamos en un hotel, abuelo. Lo que más nos gustó de todo, el bufé. Más que la piscina, la sala de juegos, la habitación o los shows nocturnos. Nunca habíamos visto semejante chollo.

-¡Se puede comer de todo, Bruno, de todo y cuantas veces quieras!

Hice mal en decírselo. Lo sé. ¡Menudo atracón se pegó en la cena del tercer día! Y es que, como no hacía cacas, se le hinchó la tripa como un globo y se le puso la cara azul. ¡Qué susto nos dio! Después, ya hizo cacas y ya vomitó, y enseguida volvió a ser el de siempre.

El abuelo se ha reído un poco, y se le han mojado los ojos de rocío.

El apetito de Bruno es insaciable. Nunca se llena. Si le dejas, se come las croquetas por docenas y el arroz con leche, por litros. También las albóndigas, y las patatas fritas y los chipis, pero sobre todo las croquetas y el arroz con leche. Y los macarrones con tomate, claro. A mí también me gustan mucho los macarrones, la verdad, pero no tanto como a mi hermano, eso es imposible. Por eso, mamá a veces se enfada con Bruno, porque come como un burro, y a él no le conviene comer mucho, eso ya lo sabemos todos. Le han quitado el dulce, los pasteles, los caramelos, esas cosas. Y, de vez en cuando, mamá lo pone a dieta, para que no engorde.

Bruno es un loco maravilloso, mi mejor amigo.

Bruno no es como yo, tiene el síndrome de Down. Este hecho no se comprende muy fácilmente, de un día para otro por ejemplo, esto de que tu hermano no es como tú. No es como tú y sí es como tú. Por eso es difícil de comprender. Bruno es como yo, pero no puede hacer un montón de cosas que yo hago. Pero ama como yo, y tiene novia y todo, Isabel, y da a papá y mamá besos mucho más potentes que los míos, y a los abuelos también, porque Bruno es así, un pedazo de pan.

Bruno no entiende algunas cosas. Además, es cabezón a tope. Bueno, mejor dicho, obstinado. Si se le mete algo en la cabeza, no para hasta que lo consigue. Papá le llama terco, y mamá, tozudo. Y como sabemos que no se dará por vencido, lo mejor suele ser engañarlo con alguna otra cosa. O cambiar de tema. Los sermones y los razonamientos están de sobra: a Bruno se le quedan las cosas grabadas en la memoria.

Me ha costado mucho, la verdad, comprender cómo es Bruno. Ahora ya sé cómo es, y por qué es como es. Y también he aprendido que por ser síndrome de Down no puede hacer todo lo que le dé la gana, que, como yo, tiene derechos y obligaciones, cosas buenas y cosas malas. Por ejemplo, una cosa buena: que nada mucho mejor que yo, y mucho más rápido. Ahí, ciertamente, no tiene síndrome. En el agua es un delfín, un tiburón azul, la medusa más hermosa.

En la piscina del hotel de Conil buceaba el largo entero, ahí es nada. En tierra, sin embargo, es torpe como él solo; es desmañado corriendo y subiendo las escaleras, no sabe escalar ni rapelar, no quiere aprender a andar en patines o en patinete, y sobre la bicicleta tampoco se puede decir que sea un Amstrong. Porque es un vagoneta. Cuando vamos al monte, a San Rosario, siempre se queda rezagado, adrede, y se sienta entre las flores, con Aruk, nuestro perro, con la excusa de que está cansado. Y San Rosario no está lejos, a una hora escasa, pero tiene dos cuestas superrempinadas, de esas que te quitan el resuello, y muchas veces Bruno se planta ahí con el perro, hasta que lo recogemos a la vuelta.

Porque Bruno no tiene miedo. A estar solo no por lo menos. Puedes dejarlo dentro de una cueva, que no se asustará. ¿A qué le tiene miedo? A las abejas. A nada más. Que yo sepa, a nada más. ¡Tiene narices! ¡No tenerle miedo a la oscuridad! ¡Ya me gustaría a mí tener esa virtud! ¿Que por qué no se asusta? Seguramente, porque no sabe que existen los fantasmas. O porque no sabe qué es una mala persona, un malhechor, un ladrón, un asesino. Y esa es una gran ventaja, claro, pues así se vive más tranquilo. Por lo tanto, en ese aspecto también es más que yo. Porque eso es lo que dice mamá: que en muchas cosas Bruno necesita de nuestra ayuda, pero que en otras cosas somos nosotros quienes necesitamos de la suya, y puesto que la balanza está de nuestro lado, tenemos que esforzarnos para que ese desequilibrio sea cada vez menor...

Bruno se parece a mí, se parece muchísimo a mí, según opina la abuela. O tal vez debería decirlo a la inversa, que soy yo quien se parece a Bruno, pues es él el hermano mayor. Las palabras de la abuela me chocan, la verdad. La abuela cree que porque Bruno tiene el síndrome no deberíamos parecernos. Y nos parecemos como se parecen los hermanos entre sí, aunque uno tenga el síndrome y el otro no. No sé qué se piensa la abuela, a veces parece que no entiende las cosas. Además, no nos parecemos muchísimo, sino simplemente lo normal, nada del otro mundo. Claro que, como todos los que tienen síndrome, Bruno tiene los ojos rasgados, achinados, el rostro pequeño y redondo, orejas recogidas y el cuello grueso, bien gordito. Yo no, mi rostro es normal, quiero decir sin síndrome, y así y todo nos parecemos en la boca, en los ojos, en la forma de la nariz, en las cejas o en el mentón. Porque somos hermanos. Bruno y yo somos hermanos y lo seguiremos siendo por siempre jamás, pues nos queremos mucho, hasta el infinito.

Bruno es muy travieso. Malo no, malo no es, porque no hace las maldades a posta, por jorobar a papá y a mamá, o por molestarme a mí. Pero no se le puede permitir que haga todo lo que le venga en gana, las reglas también sirven para él. Le he contado al abuelo lo que hizo en el hotel de Conil: antes de que yo me diera cuenta, había arrojado a la piscina cuatro mesas y siete sillas, así sin más, porque le dio la real gana. ¡Menos mal que eran de plástico! Y entonces, el encargado, viendo cómo era Bruno (esto es, un chaval con síndrome), no se atrevió a regañarle y le pasó el brazo por el hombro con cariño mientras le decía que no se podía hacer lo que había hecho. ¡Papá le dejó el culo bien caliente! Pero Bruno no derramó ni una sola lágrima. Porque es duro como una piedra, tan fuerte como un remero.

Lo cierto es que Bruno llora muy pocas veces. Parece que no ha aprendido a llorar, y eso me da mucha envidia, pues poder vivir sin llorar es una cosa estupenda, siempre feliz y lleno de alegría.

Cuando murió October, entonces sí que lloró. Tres días y tres noches, sin parar. Nadie lo podía consolar, ni siquiera su amada Isabel. ¡Qué tristeza la de nuestros corazones! A October lo atropelló un coche, el 3 de noviembre de hace dos años, a las cinco y cuarto de la tarde. Justo en ese mismísimo instante. Nunca lo olvidaré.

-¡Ven aquí, October! ¡October! ¡October! ¡October!

Así fue como le ordenamos Bruno y yo, a grito pelado, cuando salió disparado tras un gato. Y al lado del parque, del parque llamado Zabaleta, está la carretera. Un coche rojo atropelló a nuestro October. Yo lo vi muerto, Bruno no. Tenía los ojos abiertos, parece que nos decía perdón, os quiero mucho. Enseguida apareció un médico, un hombre muy bueno. Dijo:

-Lo siento mucho, chaval. Está muerto...

Luego, lo cubrieron con una sábana blanca, y aquel médico nos acompañó a casa. El abuelo recuerda bien la desgracia, pues nos encontramos con él cuando íbamos para casa. El médico le contó lo sucedido, con mucho tiento, para que Bruno no se diera cuenta de nada, pero para entonces mi hermano iba llorando amargamente, con la cadena de October colgando entre las manos. Le he recordado al abuelo el doloroso episodio:

-Pobre Bruno. Nunca lo he visto tan triste...

-Ni yo tampoco... ¿Cómo sabe Bruno qué es la muerte, abuelo?

-Pues a su manera, Martín, a su manera...

Después el abuelo se ha quedado en silencio. Al abuelo le encantan los gritos de Bob Dylan, los ojos de amatista de la abuela, el olor callado del brezo, la suave piel del limón, la amargura de las cosas invisibles. Eso me dice siempre, y yo le miro de reojo, queriendo saber si me habla en serio o me está tomando el pelo. Hoy, sin embargo, el abuelo no está para bromas, y no me ha dicho nada sobre lirios voladores o cosas parecidas...

-¿Qué podemos hacer, abuelo?

-¿Vamos al parque?

Ha sido la abuela la que ha respondido desde la puerta de la cocina:

-¡Vamos! Tenemos que hacer la compra para el mediodía.

3

Hemos entrado en una juguetería.

La abuela quería ir a misa, a la de diez, y el abuelo y yo nos hemos quedado mirando a los gorriones, haciéndonos los despistados.

-Reza tú por nosotros, querida...

-Si el cielo está esperando a vuestras oraciones, ya puede esperar sentado. ¡Ateos!

El abuelo me ha dado la mano, y justo entonces han empezado a repicar las campanas, estruendosas. La abuela ha entrado a misa a regañadientes, acompañada de su amiga Aitxus.

-¿Qué se les ofrece?

-Vamos a mirar un poquitín...

¿Y qué comprarle a Bruno para cuando vuelva?

El abuelo está alucinado ante tanto juguete. ¡Qué monstruos tan horribles! ¡Qué máquinas tan espantosas! ¡Cuánta muñeca y cuánto automóvil y cuánto trasto inútil!

-¿Podría ayudar en algo al capitán y al grumete?

-¡Tú sí que eres un buen paquete!

Y el abuelo ha salido de la juguetería a escopeta, encolerizado, arrastrándome tras de sí.

-¡Le haremos una guitarra!

-Tiene dos, abuelo...

-¡Pues un clarinete!

-Se lo regalasteis el año pasado...

-¡Entonces una batería!

-Le pone dolor de cabeza a mamá...

-¡Pues un violín!

-¿Tú sabes hacer un violín, abuelo?

-No...

Así nos ha pillado la abuela, dudando, cuando ha salido de misa. Nos ha dicho que mirásemos en la habitación de Bruno, pareja de bobalicones. Y luego le hemos acompañado al supermercado, y a la carnicería, y a la corsetería, y al dentista, y a la caja de ahorros, y a la ferretería, y a la farmacia...

En la farmacia, ha comprado perlitas para Bruno, cientos de blancas perlas redonditas, de homeopatía, para la tos, para el catarro, para fortificar los bronquios, para suavizar la piel de la cara, para la alergia, para el hígado... La homeopatía le va muy bien a mi querido hermano, ¡antes se agarraba unos catarros y unas enfermedades de órdago! ¡Todas las que existen y alguna más!

Luego hemos ido a casa.

Nosotros hemos puesto la mesa y la abuela se ha puesto a hacer la comida.

El abuelo y yo hemos subido a la habitación de Bruno para ver los juguetes que ya tiene. Al abuelo se le ha puesto fatiga, y enseguida me he acordado de mi hermano. Al pobre Bruno cada vez le cuesta más subir estas poquitas escaleras, jadea y emite de la garganta un piii muy fuerte y feo. Y tampoco duerme bien desde hace unos meses, le cuesta bastante respirar...

-¿Tú duermes bien, abuelo?

-¡Como un tronco! ¿Qué pues, Martín?

-De repente me he acordado de Bruno y...

-¡Volverá enseguida! No te preocupes...

-¿Pasado mañana?

-Pronto, Martín, muy pronto...

-¡Pero mamá me dijo que lo traerían pasado mañana!

-¿Eso te dijo mamá? ¡Pues entonces aquí estarán pasado mañana! No tengas ninguna duda, querido.

-¿Y qué es pasado mañana, abuelo?

-Pasado mañana son dos días, dos pestañeos, dos suspiros. Mañana, y después, pasado mañana...

-¿Y si no vienen pasado mañana, no vendrán nunca?

-Cómo puedes pensar eso, Martín... Si no vienen pasado mañana, vendrán al día siguiente, o la semana que viene, o dentro de ocho días... Mira, no nos tenemos que preocupar por un día arriba o abajo... Las cosas necesitan su tiempo...

-Y las cosas de Bruno más, claro...

-¡Ya sabes cómo es ese hermano travieso tuyo!

-¿Pero mamá por qué me dijo que volverían pasado mañana, si no es verdad?

-Yo no he dicho que no sea verdad, Martín... Lo que pasa es que a veces pasado mañana suelen ser tres días, o cuatro...

-¡Ojalá estuviera ya con nosotros!

-¡Yo también estoy deseando de darle un fuerte abrazo!

Al abuelo se le han enrojecido los ojos de repente. Me ha abrazado con fuerza contra su oloroso cuerpo, y así nos ha pillado la abuela, llorando llenos de tristeza.

-¡Mira cómo pillo de nuevo a este par de tontainas! ¡Venga, muchachos, a comer!

4

El abuelo y yo no hemos comido de fundamento. La silla de Bruno está vacía. Nos falta su sonrisa, su alegría.

Bruno ha aprendido ya a comer correctamente, en eso también le ha ayudado una profesora especial de la escuela. También nosotros, claro, pero no tanto como Coro. Antes-antes comía los macarrones con las manos y se pringaba toda la cara de tomate. Echaba unos eructos impresionantes después de beber agua, y no sabía usar el tenedor. Aprendió poco a poco a portarse en la mesa como es debido, a esperar a empezar hasta que todos se sienten, a pedir las cosas por favor, a no meter el dedo gordo dentro del vaso. ¡Ahora parece un señorito!

-No tengo hambre, Natalia...

-Yo tampoco, abuela...

Bruno no sabe leer. Ni tampoco escribir. Su cerebro no es como el mío. Conoce a la gente, tiene una memoria prodigiosa, sabe comer y vestirse solo, sabe conversar conmigo, sabe hacer miles de cosas, pero no sabe leer, no sabe escribir, no sabe tocar la flauta, no sabe hacer la compra, no sabe andar solo en la calle... Todo lo que sabe lo ha tenido que aprender con gran esfuerzo y mucha ayuda... Por ejemplo, a hablar. A Bruno se le traba la lengua, se le quedan las palabras pegadas en la garganta, le cuesta horrores construir una frase..., y en todo ello le ayuda un psicólogo en el colegio, y un logopeda, y qué se yo cuánta gente más.

Luego, están las manías. Dicen que son malas costumbres. Al principio, nos reíamos con sus manías, porque eran graciosas, claro. Pero enseguida nos dijeron que no nos riéramos con sus manías, que no era conveniente. Y así fue como corrigió algunas de sus malas costumbres, porque nosotros dejamos de reírselas. Por ejemplo: quitar los juguetes a los demás niños. Por ejemplo: mear en los tiestos del portal. Por ejemplo: no respetar las colas de los cines. Todo eso. Porque Bruno siempre quiere salirse con la suya. Y ahora ha aprendido a respetar ciertas cosas y a portarse como es debido, aunque todavía tiene sus manías, y no pocas por cierto...

Por ejemplo: meterse a los garajes subterráneos. Eso no lo puedo entender. Ve un subterráneo, y para cuando nos hemos dado cuenta, ya está abajo, en medio de la oscuridad. Suele estar mirando cómo entran y salen los coches, quieto-quieto, del todo hipnotizado. ¿Por qué? Nadie lo sabe. ¿Qué más? Lo del palito. Siempre necesita un palito entre las manos, durante todo el santo día. No pega a nadie, pero lo del palito tampoco parece que le conviene, pues le hace perder la atención y lo aísla...

Hemos ayudado a la abuela a recoger la mesa y fregar los cacharros. Hemos pasado la escoba. Y el abuelo Justino tiene sueño. Echaremos los dos una siesta, mientras la abuela se traga el culebrón de la tarde.

-Adiós, abuela, hasta luego.

-¿Vas a la siesta con el abuelo? ¿Sabes bien lo que vas a hacer, Martín? ¡Si parece la locomotora de la Renfe!

El abuelo me ha guiñado el ojo, como queriéndome decir “qué exageradas son estas mujeres”. Pero yo ya sé que esta vez la abuela tiene razón, que no se puede pegar ojo al lado de los rugidos del abuelo. Pero no me importa, yo lo único que quiero es que el tiempo transcurra lo más rápido posible: que sea ahora mismo pasado mañana.

5

Ya se ha ido la tarde. Llueve afuera, azul, finamente.

Estamos en la habitación de Bruno, entre sus cosas. El abuelo guarda silencio, mientras mira una estantería que parece una gigantesca farmacia. Junto a la cama hay un arcón lleno de juguetes.

-¿Cuántas cosas, eh, abuelo?

-¡Si parece el arca de Noé!

-Y huele a Bruno...

El abuelo, disimuladamente, ha aspirado el aire hacia los pulmones. Luego ha contado treinta y cuatro animales diferentes: un elefante, un oso, un rinoceronte, un cocodrilo, un león, un ratón, un perro, un gato... A Bruno le encantan los animales, sobre todo las fieras. Pero lo que más le gusta de todo, que todavía no lo he dicho, es jugar a peleas con sus primos. Y luego, por supuesto, salir en los carnavales tocando el bombo. Y después, como ya ha quedado dicho, jugar con las enormes olas del mar. Y por último, bajar a los garajes subterráneos. ¿A qué? Nadie lo sabe.

Pero este año no ha podido salir con la charanga, porque se encontraba muy cansado y decaído... Y menos aún ha jugado a peleas con sus primos cuando hemos ido a visitarlos, porque el pobre se ahogaba a las primeras de cambio...

-Ya sé lo que le vamos a regalar, Martín...

-¿Qué, abuelo?

-Le dejaremos en el arcón un beso cada uno...