Paskae, qillan del trueno - Marion Garolera - E-Book

Paskae, qillan del trueno E-Book

Marion Garolera

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Beschreibung

Mi cuerpo dolía por verla a ella. Si mis piernas hubieran tenido la fuerza, habría corrido, pero mi ritmo era apenas una caminata rápida. Subí por la calle hasta el umbral coronado por la estrella (…) Abrí la cortina. Allí estaba. Cada fibra de mi piel volvió a su lugar. Se volteó. Sus ojos negros se encontraron con los míos, primero con sorpresa, luego relajados. El mismo gesto hicieron sus orejas altas y peludas, oscuras como su larga melena. —Volví, Serina —musité. Paskae ama a la Ciudadela y está feliz de volver después del arduo combate. La Ciudadela está llena de magia, nadie pasa hambre, no hay violencia, y las Matriarcas se aseguran que no le falte nada a nadie. Lo más importante: en la Ciudadela no hay hombres, con sus mentes perversas y extrañas. Paskae sueña con aportar a su tierra convirténdose en instructora de magia, pero cuando al fin vuelve de la guerra, las Matriarcas le piden algo que no está dispuesta a hacer: que quede embarazada para darle una nueva ciudadana a su pueblo. Junto con su querida, Serina, Paskae tendrá que afrontar el requisito de las Matriarcas sin dejar su sueño de enseñar magia, cueste lo que cueste.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Paskae, qillan del trueno

© Marion Garolera

© Loba Ediciones®

Nueva Tajamar 481, Oficina 1403, Torre Sur

Las Condes, Santiago de Chile.

Teléfono: (56 2)32109829

Diseño y diagramación: Carolina E. Varela

Ilustración de portada: Mariola Quirland

ISBN impreso: 978-956-7388-21-9

ISBN digital: 978-956-7388-22-6

Primera edición: 2023

Diagramación digital: ebooks [email protected]

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la portada, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

Las inmensas puertas se cerraron a nuestras espaldas. La Ciudadela estaba en calma, la noche y su silencio nos refugiaron de ojos curiosos. Dejamos las monturas y caminamos por una calle pequeña. Todas estábamos tan cansadas; ya no nos quedaban palabras que cruzar.

En una esquina, me despedí de las demás y doblé. Mi cuerpo dolía por verla a ella. Si mis piernas hubieran tenido la fuerza, habría corrido, pero mi ritmo era apenas una caminata rápida. Subí por la calle hasta el umbral coronado por la estrella. Entré y para mi alivio no había nadie en el patiecillo. Fui a la primera habitación a la izquierda. Me detuve frente al pequeño portal.

Primero, me llegó el aroma del agua de hierbas en la tetera y una masa tostándose en el fuego. Escuché pasos de pies descalzos en la piedra. Por un instante, me aterrorizó la idea de que no fuera ella, que ya no estuviera.

Abrí la cortina. Allí estaba. Cada fibra de mi piel volvió a su lugar.

Se volteó. Sus ojos negros se encontraron con los míos, primero con sorpresa, luego relajados. El mismo gesto hicieron sus orejas altas y peludas, oscuras como su larga melena.

—Volví, Serina —musité.

Una sonrisa tranquila pintó su rostro moreno. Su mano pequeña, que aún tenía harina en la palma, me guio al interior.

—Siempre vuelves, corazón. —Las manos pequeñas me sirvieron una taza de agua de anochecer.

—No, Serina. Volví. —Vi cómo las oscuras orejas de mi compañera se movieron apenas, como un parpadeo incrédulo.

Serina rio. Su risa era el brillo danzante sobre la superficie del río, las nubes alargadas en la mañana, las flores pequeñas al borde del camino. Le tomé las manos y Serina me llenó la cara de besos ligeros y luminosos. Más tarde, sobre las mantas del piso, dibujamos con nuestros labios nuestra piel para volver a recordar cada ángulo y lunar.

Mi cuerpo aún estaba tenso por el viaje, mis hombros rígidos y mis piernas adoloridas. Cuando intenté ponerme a horcajadas sobre Serina, el dolor me lo impidió.

Ella reía mitad enternecida y mitad burlesca, se ofreció sin problemas a ponerse encima. Podía ver toda su piel, sus muslos abundantes y su estómago suave. Quise ser amable, pero mis ansias eran más. Nos enredamos con torpeza y gozo, acaricié su espalda, su rostro y su cuello. Tomé con fuerza sus caderas. Nos dimos el gusto de ser todo lo ruidosas que queríamos, a solas en la habitación.

Al final de todo, Serina me abrazó. Habitualmente, me apretaba con manos ansiosas y duras, pero ahora me envolvía en un descanso verdadero.

Paeqari

En la octava luna del año, empieza paeqari, la estación que florece.

En esta temporada, el frío abandona la Ciudadela. Los días se alargan. El color de los cerros se suaviza pintados por la hierba que crece y los campos se llenan de brotes y flores.

En paeqari, ocurren las principales siembras y algunas cosechas; frutas que se transforman en jugos y mermeladas. Hay más vida en las calles y las terrazas se llenan de movimiento.

Con el clima templado, es costumbre también remodelar pisos y techos, veredas, arcos, alcantarillados y demás construcciones en la Ciudadela, sumando más ajetreo al interior de las grandes murallas.

Al final de la temporada, con la última luna del año, ocurre el trasquile anual de las llamas astadas. Por esa misma luna, se acondiciona la Ciudadela para el Festival del Solsticio Cálido.

En el Solsticio, se celebra seis días y seis noches. Abunda el baile, la chicha y la comida. Allí muchas ciudadanas, especialmente las jóvenes, realizan rituales para la gestación.

Capítulo 1

Temporal

A la mañana siguiente, desperté con el llamado de alguien en el umbral. Desde afuera llegaba una voz neutra. Me di cuenta de que a quien llamaban era a mí. Mi compañera dormía, pesada y tranquila y uno de sus brazos me aplastaba el cabello, así que no podía incorporarme.

—¡Un segundo! —dije para no impacientar a la visitante—. Serina, muévete un poco.

Logré que se girara, liberándome. Me cubrí con el primer poncho que encontré arrojado en el suelo, olvidado ahí en la urgencia. Fui a la puerta peinando mis rizos desordenados, para estar más presentable.

Afuera me esperaba alguien que vestía un poncho corto, una riñonera a cada costado, y un cuello de filigrana, todos signos de una shisqa, una servidora directa de las Matriarcas de la Ciudadela.

—Joven Paskae, vengo a hacerle una invitación. —Esta shisqa de ojos grises venía a decir algo importante, se había dado el trabajo de venir a buscarme temprano donde Serina, de seguro informada por alguna de mis compañeras de vivienda—. Hoy, justo después de la cena, se hará una ceremonia de bienvenida para las guerreras que regresaron anoche a la Ciudadela.

—¿Es en el Pabellón? —pregunté.

Ella asintió y miró un instante dentro del habitáculo, sus orejas cortas apuntando también.

—Será un espacio cerrado, pero si gusta puede llevar un par de invitadas. Llegue puntual. Me retiro, buenos días.

Sonrió por primera vez y desapareció fundiéndose con la luz de afuera, sin esperar una despedida. Me quedé unos momentos allí de pie, indecisa de si despertar a mi compañera.

—Bonita, ¿quién era? —Serina se giró hacia mí, todavía con los ojos cerrados.

—Una shisqa —dije mirando el umbral—, hoy habrá una ceremonia.

Serina se irguió, más despierta. Le costaba levantarse y más aún con la falta de sueño. Le expliqué como mejor pude lo que me habían dicho y rápidamente se desperezó.

—¡Ay, qué lindo! ¿Y qué harán? —preguntó ordenando su melena y buscando la tetera para hervir agua. Lo primero que Serina hacía por la mañana era comer, no importaba qué.

—No estoy segura. Iré a darme un baño, antes que esté más lleno —me acomodé mejor el poncho y me acerqué a la puerta—¿me esperarías para…?

—Sí, ve. Yo acá te tendré algo de comer —Serina sonrió y disimuló un bostezo con su mano.

Salí rápido, tuve suerte de no cruzarme con nadie en el patio.

Serina y su racimo vivían subiendo un cerro, así que, desde donde yo estaba, podía ver buena parte del barrio, el centro de la Ciudadela y las cimas planas de las montañas más allá de los muros externos. Cuando llegué a la calle, vi de golpe la belleza de mi Ciudadela amada. Amanecía. Me saludó un despejado cielo rosáceo, el aire limpio me tocaba suave las mejillas, como un beso tierno. Cerro abajo, los techos de las viviendas separadas por calles pequeñas, curvas y confusas. Las ventanas y chimeneas tenían tamaños desiguales, construidas con el deseo de centenares de diseñadoras distintas, pero todas las murallas tenían las mismas piedras lustrosas, brillando color cobre. Suspiré llena de dicha.

Bajé por la calle en dirección al baño más cercano. Agradecí que estuviera casi vacío, aun no quería saludar a nadie. El agua estaba perfecta, había extrañado tanto los baños calientes. Adentro de los muros era una actividad mundana, pero en la campaña eran escasos; tinajas improvisadas en los mejores momentos, o un cuenco helado que alcanzaba sólo para manos y cara, en los peores. Aún parecía un sueño, no tenía que correr, podía descansar. Me obligué a tomarme mi tiempo, ya estaba en mi hogar.

Me hundí más en el agua y acaricié mi piel protegida por el intenso calor. Los vellos de mis muslos atraparon burbujas diminutas; al pasar mi mano por ahí, subieron como una bandada. Mis pies tenían los callos de una anciana, mis brazos llevaban discretas cicatrices que los ponchos tapaban bien. Ninguna era muy seria, gracias a mi escuadra. Mi cuerpo entero era un tapiz conmemorativo de la batalla.

El calor del aire me hizo salir un poco antes de lo que hubiera querido. Lavé con cuidado mi cabellera, apelmazada en la nuca. Me enjuagué bien y salí.

Fui a la habitación de Serina a avisarle que pasaría a la mía para buscar algo limpio que ponerme.

Ella me esperaba con la habitación ordenada. No quedaba nada del caos del amanecer. Había unos panes calientes en un plato y un brebaje de olor dulce calentándose en el fuego. También había un cambio de ropa lista para mí, doblada sobre el mueble. Me reí, aliviada, debería haberlo sabido. Le agradecí, me puse el vestido largo de una lana muy ligera, con un cinturón de cuero y encima, un poncho color ocre. El conjunto me quedaba suelto en algunos lugares, pero el poncho disimulaba.

—Serina, quizás lo de hoy sea más que una celebración. —La voz me salió elevada, rápida y ansiosa—. Quizás hoy me ofrezcan un puesto como educadora.

Junté mis manos y recorrí mis nudillos con nerviosismo. Todo el sacrificio que había hecho y todo el dolor que había visto tendría al fin sentido si pudiera trabajar por la Ciudadela y traspasarle a alguien lo que había aprendido de la magia en el campo de batalla.

—¿Por qué crees eso? —me preguntó mientras peinaba una de sus orejas con una mano, ordenando el pelaje hacia la punta. El movimiento coqueto me distraía un poco.

—Hay oficiales que han vuelto a la Ciudadela y han empezado a trabajar en labores altas en los gremios. —Serina me miraba esperando más detalles—. Arin, trabajando en la Espiral; Renia, coordinando cosechas, y otras más que no hicieron ni la mitad de lo que yo hice en la… campaña.

—Tranquila, bonita. —Ella se acercó y me tomó una mano para besarle el dorso—. No podemos saber qué pasará, pero si te ofrecen algo estoy segura de que será perfecto.

—¿Irás conmigo? —pensar en que Serina estuviera a mi lado me aliviaba.

—Corazón, no tenías ni que preguntar.

La besé. Ninguna palabra cabía en el espacio entre nosotras. Serina me pasó los brazos por el cuello para atraerme hacia ella. Nos volvimos a enredar con angustia amorosa hasta que nos llamó el silbido del agua hirviendo en el fogón.

Nos quedamos hablando en la habitación de Serina. Su trabajo de cuidadora la demandaba casi todo el día, así que les pidió a sus compañeras que la dejaran quedarse en su habitación ese día, para hablar y para esperar la ceremonia. Hablamos de muchas cosas, a ratos con un agüita de amanecer en las manos y, a veces, afuera mirando a las niñas jugar.

Varias cuidadoras vinieron a saludarme. Cada vez, me ponía de pie al tiempo que ellas extendían sus palmas unidas hacia mí. Entonces, envolvía sus manos con las mías. Extrañaba este saludo; en la campaña, se solía usar el saludo marcial, poniendo una palma en el pecho propio. Pasé vergüenza un par de veces al no recordar algunos nombres: Shiema y Kinei, me lo recordaron.

Cada una agregó al saludo un agradecimiento tocando su frente con nuestras manos. Inclinadas allí, me decían: “Gracias, invocadora”. Se me apretaba el pecho y respondía alguna broma:

—Yo no hago los rayos, sólo los llamo, jajaja —decía—. Mejor agradezcamos al cielo.

Algunas niñas también nos vinieron a ver. Pequeñas que no entendían que la manta tejida colgando en el umbral significaba privacidad. Le pedían algo a Serina o me preguntaban cosas a mí. A algunas las reconocí, pero estaban tan grandes que me costaba. Serina las sacaba de la pieza pronto con una firmeza suave, propia de la marea.

Ella me contó de algunos cambios en su racimo: niñas pequeñas que llegaron aún en edad de pecho, niñas que se cambiaron a otro racimo, peleas entre un par de cuidadoras, por el trabajo o por enredo de faldas.

Serina no me preguntó por la guerra, pero, en algún momento, me dijo:

—¿Estás bien? —Quizás se refería a mi cara de cansancio o a la espera de la ceremonia, pero sentí que era por algo más.

—Ahora sí —tomé más de mi taza.

A la hora de comer, con el ocaso naranjo e intenso sobre nosotras, caminamos cerro arriba a la cocinería. Era una construcción rectangular, hecha de piedras enormes y una multitud de ventanas pequeñas. De adentro me llegaba el ruido de infinitas voces, de los fuegos y platos.

Allí pude hacerme una mejor idea de cuánto sabían mis conciudadanas del fin de la guerra. Al entrar al amplio espacio que era el comedor, varias mujeres se pusieron de pie, vinieron a mí llenas de gozo, regalándome palabras de agradecimiento, de victoria, de alivio.

Cuando el tumulto de gente se dispersó, pude mirar el interior de la cocinería. Poco había cambiado desde la última vez que me fui: las mismas mesas largas, junto a la pared interna estaban los fogones con ollas enormes, donde se cocinaban sopas, guisos o panes largos que crujían. Quizás había un par de fogones nuevos, no estaba segura.

Nos acercamos a un mesón para pedir de comer. No conocía a la mujer que me atendió, de eso estaba segura. Hice mi pedido y apenas me miró al pasarme un cuenco de greda. Su presencia distante contrastó con el aroma casero y reconfortante de la comida que me dio. Era una sopa de carne de llama. Con el primer bocado, tuve ganas de gritar de alegría, pero con la boca llena sólo pude hacer ruidos ahogados mientras batía mis orejas. Serina se rio a mi lado. El caldo, condimentado con mi hierba favorita, llenó mi pecho de vigor. Las verduras estaban en el punto perfecto y la carne blanda, tan tan distinta al charqui duro que comíamos en campaña.

No nos quedamos a hacer sobremesa.

Caminamos del brazo hacia el Distrito Central de la Ciudadela, donde estaban los edificios administrativos y, en su corazón, la cúpula del Pabellón. A aquella hora, el noble edificio se iluminaba con seis fuegos eternos. Siempre presente, el Pabellón se veía desde cualquier punto al interior de los muros de la Ciudadela, para que, en todo momento, fuese posible ir a pedir refugio o consejo.

Avanzamos por calles acompañadas por el brillo de altos faroles y por la luz tenue que salía de las ventanas. Pronto estuvimos frente al Pabellón. Por las anchas escaleras, entraban grupos de mujeres. A un costado del enorme umbral, estaba esperando la shisqa que me había buscado horas atrás. Nos guio con pasos precisos. No hubo tiempo de admirar más la arquitectura externa del majestuoso edificio.

El salón estaba lleno de luces de antorchas de distintas tonalidades. El techo se perdía entre la oscuridad y la danza de humos coloridos. Mi vista se dirigió a las seis enormes estatuas que servían de pilar de la bóveda, cada una con la figura de una mujer que representaba uno de los elementos mágicos. Un pilar envuelto en fuego, otro en ríos y lluvia, las siguientes dos representaban aire y tierra, y las dos últimas, más cercanas al puesto de las Matriarcas, eran metal y rayo.

En el salón, había al menos un par de centenas de personas, una muestra en miniatura de la Ciudadela misma: mujeres de edades y siluetas diversas, viejas grises, algunas niñas de pecho, niñas en edad de menarquia, ciudadanas de las labores más diversas, morenas o doradas, de rostros suaves como fruta recién cosechada o piel llena de marcas y sombras. Pero había algo que nos unía a todas en este crisol, todas teníamos la marca de la magia: orejas largas levantadas sobre nuestras cabezas, de suave textura animal.

En el espacio de honor, cerca de las Matriarcas, estaban las chicas de mi escuadra y el resto de las guerreras que habían vuelto a la Ciudadela el día anterior, más sus invitadas. Nos saludamos uniendo las manos o con un abrazo apretado.

—Paskae, ¿crees que sea una ceremonia sólo de bienvenida? —preguntó en volumen bajo Qi, integrante de mi escuadra, una guerrera alta, de pelo negro que le llegaba al mentón.

—No lo sé, yo vine por la buena chicha —mentí bromeando.

Ella y otras chicas se rieron en voz baja, cómplices. Me sentí de nuevo en la campaña, guiándolas. Esperaba que pronto se dieran cuenta que en la Ciudadela yo no sabía más que ellas.

Esperamos conversando unos momentos. Entonces, uno a uno se fueron llenando los puestos del Concilio. Las Matriarcas se sentaron en los altos sitiales. Las demás manteníamos un silencio profundo, mirándolas desde nuestros lugares con fascinación.

Siempre me sorprendía que no llevaran mayor adorno que un par de pulseras o un collar sencillo. Suponía que no era necesario, su presencia silenciaba todo lo demás; hasta creía escuchar mis propios huesos.

Me quedé un instante sin aire al ver que todos los puestos fueron ocupados. La presencia de todas las Matriarcas es requerida sólo en las instancias de máxima urgencia o importancia pública. Estaban las once frente a nosotras en sus sitiales de piedra milenaria. El aire se sentía vibrar, como si la magia se fuera a manifestar en cualquier momento.

La Matriarca más anciana habló. Su voz era apenas un susurro, sin embargo, llegaba a nosotras nítidamente, llevado por el aire cargado de magia.

—Amadas niñas, bienvenidas a casa. —Tomé la mano de Serina con fuerza; ella me acarició el dorso—. Todas las Matriarcas nos hemos reunido para agradecerles su entrega y celebrar sus proezas en la campaña contra el reino de Jaén de la Isla Siempreverde. Por favor, disfruten de este pequeño obsequio.

De los costados de la bóveda aparecieron una veintena de mujeres. Llevaban traje ligero, pantalones y camiseta de fibra, con múltiples cintas de colores colgando de sus brazos. Todas ellas bellas, talentosas invocadoras de altas orejas. Se organizaron en tres grupos en el espacio que quedaba entre el público y el Concilio. Una de ellas dio una señal soltando un suspiro sonoro.

Y la tierra tembló.

Saetas de fuego corrieron sobre nuestras cabezas, con la misma variedad de colores de las antorchas. El fuego dibujaba arcos en compás regular. En el suelo, la piedra subía y bajaba, las manos de las invocadoras dirigían los quiebres, haciendo figuras geométricas alrededor nuestro.

El grupo central de muchachas tenía en sus manos lingotes de cobre y plata. Los soplaron y se diluyeron como el agua, arrastrándose juguetones sobre sus siluetas, bailaron al ritmo de las llamas; el metal, un bailarín más en la escena.

Las invocadoras eran muy buenas, sincronizadas y gráciles. Las figuras que hacían eran definidas. De seguro cada bailarina había sido elegida a dedo por una Matriarca.

Cuando terminó la danza, las invocadoras nos saludaron apoyando su mano en el pecho. Se retiraron del espacio y otra Matriarca habló:

—Pasen adelante, queridas guerreras. —Mi escuadra, las demás soldados y yo avanzamos al pie de la escalinata—. Tomen este pequeño símbolo de nuestro agradecimiento.

Una shisqa nos pasó, a cada una, un medallón. Era de un rojo encendido, suave al tacto y lleno de los grabados más finos que hubiera visto. Tuve que esforzarme mucho por aguantar las lágrimas. La guerra realmente había terminado.

El resto de la ceremonia fueron muchos abrazos y más lágrimas contenidas y otras no tanto. La primera en abrazarme fue Nilla, la más joven de mi escuadra, su rostro pequeño y redondo estaba lleno de lágrimas. Luego, abracé a sus compañeras y el grupo se volvió un enredo de amigas, primas y demás amores. Al final, me abrazó Serina, iluminada y cálida como el atardecer.

Cuando íbamos de salida, la shisqa de ojos grises me detuvo.

—Joven Paskae, aún queda algo más para usted. —Ella no sonreía y eso me turbó un poco—. Una petición del Concilio. Acompáñeme, por favor.

Mi corazón dio un respingo. Miré a Serina y ella soltó mi mano para que fuera sin tardanza.

Seguí a la shisqa a una sala menor del Pabellón. Este era el momento.

La sala era mucho más reducida que el salón principal. No tenía el alto cielo o el podio solemne. Tenía pilares, pero pequeños, imitación humilde de los del salón principal. En la habitación sólo había dispuestos asientos de piedra cubiertos con cojines y mantas de exquisita artesanía. Allí estaban sentadas, en una media luna, conversando con voz reservada tres de las Matriarcas, acompañadas de shisqas y otras figuras importantes de la magia. Frente a mí había un puesto vacío mirando al centro de la media luna. Estaba alejado de los demás y tenía sólo un cojín pálido y delgado. Antes de que yo pudiera hacer cualquier gesto, mi guía anunció:

—Honorables, he traído a la joven invocadora.

Las presentes dejaron de hablar y se acomodaron mejor en sus puestos. Una de las Matriarcas hizo un gesto con la mano para invitarme a sentarme en el único puesto vacío. Mis orejas vibraron asustadas.

Hice una reverencia marcada, mirando el piso con mi torso un par de segundos. Con ese gesto, oculté el temblor de mis manos. En aquel silencio, era como si todo lo que se escuchaba eran los resoplidos temblorosos de mi respiración. Avancé con lentitud hacia el asiento, controlando mis movimientos, los ojos de todas estaban fijos en mí, sin mayor expresión. El batir de mi pecho se aceleraba.

Cuando me senté, quise saludar y agradecer, pero quien habló fue Eitara, mi antigua maestra. Una mujer de orejas muy altas, signo de su gran talento mágico, adornadas con el cano indeciso del inicio de la vejez. Era la líder del gremio de educadoras mágicas, sin ella, yo nunca hubiera sido una invocadora.

—Joven qillan, gracias por venir.

Eitara eligió usar mi título al saludarme, lo que le daba una capa más de seriedad y tensión a la situación. Yo sólo pude asentir mecánicamente, una costumbre de las reuniones de campaña.

—El Concilio ha decidido cuál será tu aporte a la Ciudadela ahora que has vuelto del horror de la batalla. Y yo, como cabeza del gremio, tengo el placer de comunicártelo.

Llevé ambas manos a mi pecho y agaché mi cabeza en gesto entregado. Quería mostrar mi agradecimiento ante la intervención directa del Concilio en mi vida. Mis orejas estaban extendidas, avivadas por el júbilo de poder aportar a mi Ciudadela con mi habilidad y ya no sólo destruyendo. Allí, con los ojos cerrados y el rostro hacia el suelo, hablé breve.

—Todo lo que soy se lo regalo al Concilio y a mis amadas conciudadanas. —No podía ver el rostro de mis interlocutoras, pero imaginaba fervientemente sus sonrisas aprobadoras.

—¡Qué dicha, entonces! —dijo Eitara. Alcé la vista. Antes de seguir hizo un gesto muy suave con su mano—. Porque tu misión será intentar regalarle a nuestro pueblo una nueva ciudadana.

—¿Qué? —no comprendía. Un frío se depositó abruptamente entre mis costillas.

—Perdón, debería ser más directa. Me refiero a parir una niña.

—¿Por qué? —la pregunta salió más seca de lo que hubiera querido. Y tuve la sensación de ver un par de ceños fruncidos delante de mí.

—Creemos que participar de los rituales del festival de Solsticio y entregarle vida al mundo, te dará nuevas pistas de cómo seguir contribuyendo a la comunidad —continuó Eitara acentuando cada pausa.

—Pero yo soy una invocadora —escuché murmullos en la sala—, me acaban de dar ese medallón…

—Por esa misma razón te hemos llamado, chiquilla —ahora habló una Honorable de edad avanzada—, es muy esperable que hijas tuyas tengan una fortaleza espiritual destacable y sean hábiles invocadoras como tú.

La anciana habló con un tono educado, sin embargo, más que sugerir posibilidades, hablaba como mencionando hechos.

Una sensación negra me invadía, hundiéndome. Me hice consciente del peso del medallón en mi cuello. Cualquier otra cosa que hubieran pedido, estaría dichosa de cumplir, pero esto era…

Toqué mi estómago. Esto no. Apreté más mi vientre.

—Gracias, Honorables. —Mi mandíbula tembló, cargada de ira; un cosquilleo me subió por las sienes y se transformó en puntadas que coronaban mi frente. De sólo pensar en parir se me cargaban las entrañas de fuego—. Pero necesito… tiempo. ¿Puedo retirarme, por favor, Honorables Matriarcas?

No esperé la licencia y con dolor en el cuerpo me puse de pie. La sala se llenó de murmullos. Las miré un momento a los ojos, buscando allí alguna explicación, pero no era el momento de preguntas. Si no quería un desastre, tenía que salir.

Para no decir palabra, me mordí el labio por dentro. Di la media vuelta y salí del Pabellón lo más rápido que pude.

Capítulo 2

Fango

Corrí.

Corrí entre las calles atestadas esa noche clara. Quizás empujé a alguien o pisé algo, pero no me di cuenta. Sentía que me faltaba el aire y mis orejas se agitaban. Me alejé lo más que pude del Pabellón. Crucé a trote barrios residenciales soltando improperios. Vi aparecer una de las paredes exteriores de la Ciudadela y, por un segundo, quise invocar un rayo para reventar la inmensa muralla y perderme en la meseta, afuera. En vez de eso, doblé para subir por una de las escaleras de piedra y desde el borde de la muralla maldije al horizonte infinito.

Hubiera querido poder romper la silueta de las montañas con mi magia. No podía moderar mi respiración, todavía estaba incendiándome por dentro. Golpeé una piedra con un puñetazo y el dolor agudo me hizo ver el ridículo que estaba haciendo. Me quedé ahí, con la existencia misma agitada.

Una guardia se asomó desde una torre. Supe que tenía que inventar una excusa, si no quería que el rumor de mi berrinche se extendiera por la Ciudadela entera en un par de horas. La vi acercarse por el rabillo del ojo y guardé mi mano enrojecida dentro del poncho.

—Joven qillan, ¿puedo ayudarle en algo? —dijo la mujer que llevaba pechera, hombrera, otras piezas de cuero y, empuñada en su mano, una alta lanza. Habló con un tono marcial, pero con auténtica preocupación asomándose en la pausa de sus palabras.

—Yo… quería ver las montañas de este lado de la Ciudadela. —La guardia me miraba sin mover un músculo de la cara, reservándose sus pensamientos—. Pero parece que aún no me acostumbro a las alturas y me faltó el aire.

—¡Oh! Siéntese un momento, iré por unas hojas de coca donde una prima —dio un silbido de alerta a las otras guardias y se alejó a paso rápido.

Cuando volvió, mi ira había sido reemplazada por una pesada vergüenza. Acepté las hojas para disimular mi mentira, lo que me hizo sentir aún peor. Me quedé sólo el tiempo necesario para no parecer maleducada y me bajé de la muralla. Tenía que buscar a Serina.

Crucé el umbral con la estrella. Entré a la aeshi caminando directo a la pieza de Serina. Una de sus compañeras de racimo me detuvo. Era baja y de ojos pequeños. Shiema, recordé.

—¡Paskae! —Nos saludamos uniendo las manos—. Serina ahora está cuidando a dos pequeñas, se enfermaron y pidieron a gritos que ella, ¡y sólo ella!, las cuidara.

Se me apretó el corazón. No podía interrumpirla ahora. Tendría que masticar mi rabia de otra forma.

—Perdón, Paskae. Ya sabes cómo son las niñas a esa edad, se obsesionan con alguien y, con la fiebre que tienen, imposible hacerles entender.

—No, tranquila, vendré después.

Me despedí rápido. Di media vuelta y salí por el arco de la estrella.

Me quedé parada afuera de la aeshi, en la calle que miraba al paisaje de techos desordenados y la cima de las montañas un poco más abajo.

Tenía que resolver.

Lo habitual era ir al Concilio mismo cuando te aquejaba un problema. A cualquier hora, en las tres estaciones, había al menos una Matriarca en el Pabellón. Pero si ellas mismas me habían pedido esto, no tenía sentido ir a verlas ahora.

Abrí posibilidades. Busqué nombres. Recordé lugares. Repasé todo.

De repente pensé, ¡era tan obvio!: Eitara.

Me devolví al Distrito Central.

Estaba muy cansada, pero caminé lo más rápido posible. A esa hora, las calles del Distrito Central estaban vaciándose. De todas formas, algunas mujeres se acercaron a saludarme, pero sólo hice un gesto de la mano, sin detenerme. Esperaba que no me pensaran muy maleducada, pero no tenía tiempo.

Los edificios estaban cambiados. Avenidas se habían convertido en callejones o pasadizos oscuros. Había nuevos puentes entre construcciones y puertas que no conocía. Siempre que volvía a la Ciudadela tenía que aprender de nuevo dónde estaba todo.

Me encontré con una prima. Su silueta amplia me envolvió en un abrazo cálido. Le pregunté por la oficina de la líder del Gremio de Magia. Respondió que la escuela mágica estaba en un edificio nuevo. Bueno, en realidad, desarmaron dos grandes construcciones y las unieron para hacer la gran torre espiraloide que ahora era la escuela mágica. Ella insistió en llevarme hasta la puerta. Incluso en medio del caos que sentía, mi querida Ciudadela me daba razones para confiar y tranquilizarme. Enlacé mi brazo al de ella. Costumbre de primas, supongo.

Me dejó en la puerta y me dijo que pasara a visitarla pronto. Acepté porque no encontré excusas.

El edificio por dentro era una espiral elevada de habitaciones que hacían de talleres, oficinas o bodegas. En el pasillo, sólo circulaban un par de invocadoras. Reconocí a una muy delgada y con orejas vistosas y desordenadas: era Arin. Nos saludamos con las manos unidas, le pedí ayuda. Ella me acompañó al último piso. Para hacerlo, moldeó una plataforma con su magia justo al medio del vestíbulo y en ella subimos los pisos de la Espiral.

Sin demorarme más, me dejó en el pasillo indicado.

Caminé sola por el pasillo mientras ensayaba mentalmente un par de ideas de lo que quería decir, pero sin éxito. La rabia aún me revolvía por dentro, manoseando y apretando mis ideas, desarmándolas. Reconocí la puerta de metal desde lejos, ya que tenía el mismo diseño de antaño: los seis elementos principales de la magia en una danza con un centenar de manos grabadas en cobre, plata y cuarzo.

Toqué a la puerta y nadie respondió. Esperé sentada en una banca cercana, puesta ahí como descanso para las chicas que iban a pedir audiencia.

Supongo que tuve suerte, porque se estaba haciendo tarde y Eitara podría haberse retirado a dormir, pero al rato apareció en el pasillo. Su gran altura y caminar solemne la anunció mucho antes de llegar al portón de su oficina. Ofrecí mis manos unidas y ella envolvió las mías en fraternal saludo.

—Paskae, ¡mi joven prodigio! —Movió sus manos y las pulseras plateadas en sus muñecas trinaron adornando sus palabras—. No había tenido la oportunidad de felicitarte personalmente y darte la bienvenida definitiva a la Ciudadela.

—Gracias, maestra —intenté sonreír—, pero yo vengo por…

—Entremos, chiquilla. —Me invitó a pasar a la habitación; parecía no sorprenderle mi visita.

Entré a la oficina, estaba remodelada. Tenía estantes nuevos, más grandes, pero seguían rebalsando de rollos-cobre y tenía una mesa más. El mayor cambio era la ventana alargada al fondo. La oficina estaba temperada, seguramente con fuego mágico constante.

No estábamos solas, había tres shisqas muy jóvenes, casi niñas. Cada una de ellas tenía las orejas más largas y preciosas que la anterior. Ordenaban y limpiaban en silencio. Con sus manos escondidas en sus amplios ponchos, organizaban unos rollos y barrían el suelo. Sostenían una sonrisa pequeña en el rostro, como queriendo limpiar también el aire con su tímida belleza. Me acomodé en un asiento de piedra. Una de las tres muchachas me sirvió una taza de agua de amanecer y un trozo de pan en la pequeña mesita frente a mí. Ni sus pisadas sonaban.

Volteé mi atención a Eitara, quien se acomodaba en su asiento con la ayuda de una de las mudas muchachas, mientras me hablaba:

—¿Y cómo has estado? ¿Has dormido bien? Si necesitas relajarte, estoy segura de que alguna de mis chicas estará feliz de acompañarte. —Eitara sonrió y dos de las chicas sonrieron ampliamente detrás de ella—. La guerra nos robó lo mejor. Estoy feliz de que hayas vuelto.

—Gracias de nuevo, maestra, de verdad. Estoy bien por ahora —empezaba a impacientarme. Agradecía de corazón la amabilidad de mi antigua maestra, pero me urgía hablar de otras cosas—. Disculpe… ¿Podemos hablar a solas?

—Por supuesto. —Hizo un gesto con las manos y las chicas desaparecieron por la puerta.

—Yo no puedo parir.

En cuanto lo dije, sentí mi pecho espeso, duro de miedo. Aún peor, la sonrisa de Eitara desapareció, dejando en su lugar una mirada expectante. Tomé una pausa para que mi voz no sonara extraña y la vi acomodarse en su puesto, esperando, sus orejas volteándose lentamente hacia mí.

—No puedo parir, hacerle eso a mi cuerpo se siente equivocado. El riesgo del embarazo y del parto… no puedo.

—Paskae, entiendo que tengas miedo. —Sin pensarlo toqué la superficie áspera y cálida de la taza, aún estaba muy caliente para beber, pero el contacto me tranquilizó—. Sin embargo, ¡el Concilio mismo te ha invitado a regalarle vida a la Ciudadela!

Me quedé muy quieta y observé. Su sonrisa apareció de nuevo. Ella me había entrenado y, por esta misma mujer, había descubierto mi afinidad por los truenos. Sin ella, no hubiera ido a la guerra. ¿Supo desde el principio que no habría recompensa real para mí? Su rostro revelaba nada, me costaba tanto leerla.

—Maestra, ¿hay forma de rechazar formalmente la petición del Concilio? —dije esperando que ella no se escandalizara.

—Lo que pides es… doloroso. —Volví a temblar en mi asiento mientras miraba cómo ella se levantaba, caminaba un poco por la habitación y se ubicaba junto a la ventana, mirando el paisaje de diminutas luces afuera—. Yo estuve en varias de las reuniones donde se sugirió darte este premio cuando volvieras de la guerra. El ímpetu con el que algunas de las Matriarcas pidieron tu descendencia fue, ¿cómo lo digo?, revelador. Mi consejo personal es que descanses lo necesario y cumplas con esto lo antes posible. El Concilio ha dejado claro cuál es tu tarea ahora.

Mi fuerza se agotaba. No conocía a nadie con mayor influencia que me pudiera ayudar. La garganta me ardía y peleaba contra las lágrimas gruesas que querían escapar de mis ojos.

—Creí que ahora las cosas serían fáciles. —La voz se me quebró sin posible disimulo—. Que podría hacer lo que quisiera, que las Matriarcas me invitarían a enseñar…

Paré en seco. Eitara se giró a mirarme.

No dijimos palabra por unos momentos. Me recorrió con la mirada, evaluando.

—Muchacha, bien sabes que yo no te he invitado a enseñar magia por tu… condición. —Se cruzó de brazos endureciendo el gesto y soltó un suspiro corto y flojo—. Tienes suerte que el Concilio no te lo haya ofrecido ahora.

Me ruboricé. Tenía razón.

—¡Debe haber una solución! Ahora sin el peso de la guerra, puedo buscarla —dije enderezándome en la silla.

Eitara no respondió de inmediato. Se volvió a sentar en su gran silla. Torció el labio, incrédula de mi determinación.

—Eso no lo sabemos, Paskae. —Su tono fue duro y sombrío—. Por ahora, te aconsejo hacerle caso a las Matriarcas.

—No tengo más opción, ¿verdad? —pregunté sin esperar respuesta realmente.

—En la Ciudadela siempre hay opción. Sugiero esto por tu bien. —Y el suyo también, podía intuir. Lo que lograra yo como su antigua aprendiz era su éxito también—. Haz un temazcal, chiquilla; busca respuestas. Tómate los días que necesites para descansar de tu largo viaje y aún más larga batalla y, cuando quieras hacer la ceremonia, avísame.

No era una mala idea. Eitara sonrió, parecía satisfecha de su ofrecimiento. Yo agradecí, algo más tranquila que cuando llegué, pero no del todo. Nos terminamos de tomar el agua de amanecer. Pensé que, en las alturas, sabía mejor. En realidad, todo sabe mejor en las alturas.

Mi aeshi estaba en el siguiente cerro al hogar Serina y su racimo. Cuando llegué, ya era noche profunda. Mi cuerpo me pedía a gritos tenderme en las pieles y dormir.

Nuestro umbral no tenía ningún símbolo, nunca nos habíamos puesto de acuerdo con mis compañeras de aeshi, nuestro hogar comunitario. No había niñas corriendo. No teníamos fuente o algún adorno que se moviese con el viento. La brisa suspendía un vacío triste, de años. Quizás ahora que la guerra había terminado, este extraño espacio podría volverse un hogar real para nosotras.

Caminé hasta mi umbral. El telar que había colgado a modo de puerta me recibía gris, gastado por el clima. Lo moví con cuidado como si no quisiera despertar a la habitación misma.

Adentro no había mucho: el mueble de piedra que unas chicas me armaron con magia años atrás, una tetera de un metal bonito, un par de maceteros sin plantas. De a poco podría hacer mi habitación más cómoda y ponerle algo de color. Por el momento, colgué mi morral en un gancho en la pared y guardé el medallón en la estantería de piedra, no quería colgarlo aún. Saqué las pieles y frazadas del mueble, las sacudí con fuerza, las extendí en el suelo liso de piedra. Se me olvidó buscar el almohadón.

Me quedé dormida sin duda ni pausa.

Sin embargo, en la noche me desperté una y otra vez. Sentía calor, me apretaban las mantas, todo estaba incorrecto. Tuve el mismo sueño decenas de veces, cada vez más extendido, con más detalles. Al principio eran sensaciones vagas: relámpagos de fuego, el olor de la carne quemada y el ardor de heridas ajenas. Pero luego aparecieron las siluetas de las construcciones, los rostros de los combatientes, los árboles chamuscados, el pasto fangoso.

Soñé con la caída de la fortaleza del Rey. De mi mano nació un rayo que cayó como torrente de luz quebrado y furioso sobre la fortaleza. Gritos y cuerpos agitados. Otro rayo más y las murallas de roca retumbaron quejándose. Más relámpagos laceraron el techo de la centenaria construcción; en otra torre apareció fuego, como un grito ardiente.

Entonces llegaron los truenos. Llenando todo de un redoble sobrecogedor. Era como estar ahí de nuevo, pero con cansancio de aquella noche de pesadillas. Ya sabía que ahora venía el embate final. Casi sentía pena, el Rey debería haber previsto la derrota y haberse rendido. Las muertes que siguieron fueron culpa de él.

Los rayos arremetieron en una multitud enceguecedora. Torres se despedazaron, abiertas de par en par. La fortaleza se quebró en cientos de lugares al mismo tiempo. La muralla delantera se deshizo, lloviendo piedra carbonizada y cuerpos humeantes. Después de esto, destruí el interior del castillo a voluntad, dirigí lanzas desde el cielo a donde hubiera figuras uniformadas.

El Rey se rindió. Y yo me desperté definitivamente.

Escuché una voz en el umbral.

—¿Paskae? —No muchas usaban mi nombre de nacimiento—. ¿Estás ahí?

La reconocí. Me erguí con mucha dificultad. Mi cuerpo estaba rígido, la cabeza me bombeaba. ¿Cuántas horas había dormido?

Cuando la chica movió el tejido del umbral, entró luz anaranjada. ¿Había dormido hasta la tarde? Ella entró un poco y pude ver su silueta menuda. Se veía más joven aún sin su indumentaria de campaña, llevaba un vestido claro y un poncho largo. Tenía el pelo tomado en dos tomates bajos; esos arreglos no son posibles con un casco. Se veía bonita, por fin, apropiada a su edad.

La saludé con la voz reseca.

—Perdón que te despierte, te traje algo. —Su voz sonaba llena de excusas. Me apuré en que la pobre chiquilla supiera que todo estaba bien.

—¡Gracias, Nilla! Perdona que tengas que ver este desastre. La pieza… y yo. —Se le escapó una risita prudente. Me levanté de las pieles—. ¿Qué es?

Era una canasta, me había perdido la repartida de víveres. La chica de ojos tristes la tomaba con una mano y entonces recordé su herida. No pude evitar mirar su otro brazo. Fue sólo un instante, pero de seguro lo notó.

Tomé la canasta para evitar preguntas incómodas.

—Gracias de nuevo. —Revisé el interior. Era un ramito de hierbas para infusión, envuelto con hojas de sauce, junto a unos trozos de pan en una canasta—. La próxima vez despiértame con un grito no más.

—Me contaron qu-que las Matriarcas te pidieron participar en el Festival de Solsticio. —Cambió el tema. Sonreía con una felicitación dulce en los ojos. Yo lo sentí como una bofetada, me terminé de despertar. ¿Tan rápido se había extendido el rumor?

—Sí, bueno… es un honor. —No supe qué decir.

—Una hija tuya sería tan bella y fuerte. —Sus orejas cortas se batieron con honesta felicidad.

Asentí despacio, una aprobación neutral. No se me ocurrió ninguna broma, pero antes de que el silencio se hiciera incómodo, Nilla me contó que toda la escuadra cenaría junta en una cocinería en la noche.

—Las acompaño. Avísenme cuando salgan, por favor —ella asintió—. Yo aún tengo mucho que ordenar acá.

No me motivaba mucho la invitación, pero tenía que vigilar que estuvieran integrándose bien. Era mi escuadra, aunque ya hubiera terminado la campaña.

El silencio se instaló definitivamente entre Nilla y yo. Ella, quien siempre había sido atenta, supo que esa era su señal para salir. Me extendió una mano para despedirse. Sólo una.

Me mareé tanto que sentí mis oídos zumbar. Tomé y solté la mano tan rápido, como si su carne fuera metal al rojo vivo.

Ella se dio media vuelta y salió. No vi su cara.

Comí del pan que me había traído, sabía amargo. Ordené un poco la habitación, noté que todo estaba gastado. Pasaría pronto por los talleres para pedir cambio de algunas cosas.

Me senté a tomar agua de amanecer, sentí como el calor abrazaba mis manos. De inmediato supe que necesitaba hablar con Serina, aunque no pudiese solucionar nada con ella. Tendría que ser después de la cena, solo por las noches podía ir a verla, cuando ya las niñas dormían y su racimo la liberaba un poco. Odiaba estas esperas pequeñas, las grandes por algún motivo las llevaba mejor.

Me terminé la taza. Dejé el pan.

Fuimos las cinco a una cocinería cercana. Me gustaba esa porque tenía techo de terraza, ideal para el clima templado de esta altura del año. Comimos acompañadas de la luz dorada del atardecer que hacía brillar el metal en el cuello de las demás; yo era la única que no llevaba mi medallón. Toqué mi clavícula sin quererlo.

—Felicitaciones, qillan —me dijo justo en ese momento Telleshia, corpulenta y de buen humor—. Que las Matriarcas te hayan pedido eso, ¡uff!, es tremendo honor.

—Sí, aún estoy abrumada… —quizás no por las razones que ella pensaba.

—¡Me imagino! Eres joven, podrías haber esperado más para tratar de parir —siguió Telleshia, movía mucho las manos al hablar, grandes y callosas—. Yo ya estoy en edad, pero claro, a nadie le interesa que yo me preñe… con estas orejas chicas.

Se tomó las orejas en gesto burlón, tendrían un puño de alto. Las demás se rieron de buena gana, Telleshia tenía la habilidad de alivianar cualquier ambiente, incluso las marchas en la campaña.

—Pff, ¡yo nunca lo voy a intentar! —dijo Llilli. Estaba peinada con su habitual coleta larga—. Tengo primas que han participado en el Festival y no suena como algo que disfrutaría, los hombres son tan torpes, son siempre fruta verde. ¡Prefiero acostarme con un montón de piedras!

—¿Entonces no te gustan las guaguas? —le preguntó Telleshia.

—¡Sí me gustan! Alguna vez me gustaría trabajar de cuidadora —dijo con una sonrisa amplia—. Pero el embarazo, los dolores y todas las cosas extrañas que te pasan… ¡No, gracias!

Eso era más o menos lo que me pasaba a mí. Me gustaría poder decir «no, gracias» con el mismo relajo.

Quise cambiar el tema.

—Chicas, ¿han visitado a una física? —les pregunté. Me respondieron que sí.

—Ya no tienes que cuidarnos, qillan —dijo Qi, la más alta del grupo. Tenía un vendaje nuevo envolviendo su cuello ¿sería un corte o una torcedura?—. ¡Y eres la menor acá! Nosotras deberíamos cuidarte.

—Pero quiero hacerlo —solté más tosco de lo que hubiera querido. Esas heridas eran mías también—. Si se lesionan, me toca hacer doble turno de limpieza después, jajaja.

Varias se rieron con el intento de broma. Qi, frente a mí, no tanto. Ladeó su cabeza para hablar, su pelo liso y oscuro se movió lacio.

—Yo llevo las mías con orgullo, qillan —se llevó una mano al cuello—. Me imagino que las demás también.

Las otras asintieron; algunas sonriendo, otras no tanto. Algo burbujeó en mi estómago.

Les agradecí con una mano en el pecho. No hablé más durante la cena.

Terminada la cena fui directo a la aeshi de Serina. Subí y bajé los cerros esperando que estuviera allí. Fui por la calle que conectaba nuestras aeshis. Me faltaba poco para llegar cuando escuché mi nombre y vi la silueta de mi compañera. Venía a trote.

—¡Perdón, bonita! —Cuando estuvimos cerca, me tomó una mano—. Todo ha estado loco: las niñas enfermas, un fogón que se quebró hoy y…

—Está bien. —Le tomé la mano de vuelta, sabía qué dedos entrecruzar—, no pidas perdón.

—Ven, vamos a la plazoleta azul. Hablemos ahí.

—En realidad, me gustaría ir a descansar —confesé.

—Oh, bien, vamos a tu aeshi. —Sus labios se curvaron y miró los míos, con algo parecido al hambre. Mi estómago floreció cálido.

Caminamos en el silencio de la conversación casual; el clima, unos bollos salados que empezaron a hacer en una cocinería.

Mi habitación estaba fría, pero Serina encendió el fuego con un gesto de su mano libre.

Podía ver que Paskae aún no se recuperaba. Sus ojos tenían una duda constante, oscilaban buscando algo que quizás dejó fuera de los muros externos. Ella estaba aquí conmigo y también lejos, cerca del gran lago llamado «mar». Ese lugar maldito donde había visto tanta fealdad.

Por instantes, se veía igual de abandonada que la pieza gris y sin adornos en la que estábamos.

Paskae me necesitaba. La traería a mi pecho, la abriría con cuidado, besaría su espíritu y la cerraría de nuevo. Lo repetiría hasta ver de nuevo la sonrisa pícara con la que encantaba a todas cuando éramos niñas.

Primero tenía que saber qué le habían dicho las Matriarcas. Por su cara agotada, era algo que la complicaba.

—Corazón, ¿para qué te llamó el Concilio? —le pregunté suavecito. La miré fijo y giré mis orejas hacia ella, escuchándola con todo el cuerpo.

—Quieren que engendre una niña.

—¡Paskae! ¡Qué maravilla! —dije alto. Ella apretó los dientes y no me acompañó en mi sonrisa. Fruncí el ceño—. No estás feliz.

—No. Creí que sería otra cosa —dijo entre dientes—, tú sabes… enseñar o estudiar la magia.

—Igual lo puedes hacer si es que…

—Seri, con esto ellas dejan claro cual es mi posición en estos nuevos tiempos de paz —me apretó mucho la mano y, por reflejo, di un tirón pequeño—: ser y hacer carne.

—¡Que no te importe eso! Si tú quieres hacer algo más, lo puedes hacer, bonita. —La miré directo a los ojos, tratando de hacerle llegar otro punto de vista; era una oportunidad tan grande, un honor tan precioso. Ella hizo un gesto extraño y pasó su mano por su cuello y mejilla, con vergüenza o nerviosismo, no alcancé a percibir—. ¿Hablaste con alguien?

Me contó que visitó a su antigua maestra, Eitara. Yo no la conocía personalmente más que un par de saludos, pero sabía que Paskae la admiraba profundamente. Se notaba, incluso en ese momento, en cómo pronunciaba su nombre con respeto.

—Bien. Eitara tiene razón. Hazlo —hablé firme, esto era una posible solución—. Busca una forma de lograr enseñar.

—Ni siquiera las qillanas como yo podemos pedir algo así. —Me soltó la mano.

Me acerqué a ella a gatas. Ella me dejó avanzar, echándose hacia atrás. Estaba molesta, pero no la iba a dejar hundirse en su rabia. Le di un empujón ligero y quedó apoyada en sus codos, pecho arriba. Bien, así no podría arrancarse de mis palabras.

Me acerqué más, mi nariz casi rozando la suya. Sus ojos trataban de evadirme, pero buscaban mis labios, lo veía.

—Seri, ¿qué haces? —preguntó débil.

Pronuncié cada palabra como grabándolas en piedra.

—No digo que lo pidas. —Nuestras miradas estaban amarradas la una en la otra—. Haz que no tengan más opción que pedírtelo.

La vi dudar un momento más.

—No sé cómo hacer eso, Serina.

—No te preocupes —dije pegando mi mejilla a la suya—, encontraremos la forma.

Se movió para mirarme de nuevo. Sus ojos tenían un destello misterioso. Me besó. No con ternura, tomó mi cuello e inundó mi boca con la de ella. Sentía que quería imprimir en mí alguna idea que había encontrado y no podía decir en palabras. Tonta yo, no sabía leerla. Le preguntaría después, tenía algo más importante qué hacer.

Me quité el poncho y ella entendió, se quitó el suyo. Me ayudó a sacarme el cinturón, el vestido, la camiseta. Cada espacio nuevo de piel que aparecía, ella mordía y apretaba.

Cuando vi su piel a la luz del fuego, recién noté las cicatrices: eran discretas, rosadas, de formas irregulares. Varias ya las había visto antes, pero por primera vez me daba cuenta de que ese era el nuevo cuerpo de mi querida Paskae. Nuevo y definitivo.