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Dos profesores aceptan la propuesta de un agente del Centro Nacional de Inteligencia ( CNI ) para dedicar sus vacaciones de verano para colaborar en una doble investigación. La relación de ambos con Abdel Samal , español de origen marroquí vinculado a una organización terrorista, y con Teo Areces , miembro de una banda criminal, son la coartada perfecta para acercarse a ellos sin levantar sospecha y extraer información que pueda ser útil al CNI Y la Policía. El destino querrá que lo que parecía un juego sin riesgo termine por poner en peligro sus vidas. Una ruleta de la que no podrán escapar por unas motivaciones que una imaginaron que les pasarían. El miedo al daño que puedan sufrir algunas personas queridas, la muerte de amigos cercanos o un amor tormentoso les llevará a cambiar sus expectativas y la manera de entender el significado de vivir.
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Seitenzahl: 585
Veröffentlichungsjahr: 2019
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PERIFÉRICOS
ANTONIO JOSÉ ROYUELA
PERIFÉRICOS
EXLIBRIC
PERIFÉRICOS
© Antonio José Royuela
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2018.
Editado por: ExLibric
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ISBN: 978-84-17334-70-3
Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.
ANTONIO JOSÉ ROYUELA
PERIFÉRICOS
“In order to mold his people, God often has to melt them” AMISH PROVERB
“Un hombre viaja por todo el mundo en busca de lo que necesita y regresa a casa a encontrarlo”
GEORGE A. MOORE
“El mal puede citar las sagradas escrituras para sus propósitos”
EL MERCADER DE VENECIA (SHEKESPEARE, WILLIAM)
Justo cuando nos íbamos, no pude dominar las ganas de volver al servicio, ubicado en el fondo opuesto a la puerta de entrada. Mientras, ellos estarían en la calle echando un cigarrillo.
Miré el reloj al salir. Marcaba la una y media de la madrugada. Los músicos habían dejado de tocar y se miraban entre ellos con cara de extrañeza. Los parroquianos que quedaban gritaban y corrían de un lado a otro sin sentido alguno en sus pasos. Todos tenían los móviles en la mano. Parecía como si estuviesen concursando por ser los primeros en contactar y llevarse algún premio. Avanzaba hacia la puerta cuando una chica rubia, que rondaría los treinta años, me atropelló en su carrera a ninguna parte. Con la fuerza del encontronazo, tropecé con una silla y caí de espaldas sobre el húmedo suelo del pub. Tirado sobre el pavimento, la observé y noté en su expresión verdadero pánico. Fue entonces cuando reaccioné. Me levanté y corrí en dirección a la salida que, por alguna causa que todavía no llegaba a comprender, estaba despejada.
La claridad de una luna creciente fue sustituida por la luz tenue de una luna emborronada por las nubes. Multitud de estrellas compensaban la falta de luminosidad. Dos cuerpos yacían en el suelo con charcos de sangre a su alrededor.
Perdí la visión. Lo siguiente que recuerdo es que desperté en la camilla de la UVI móvil, atendido por una técnico de emergencias de ojos azules y gesto duro, poco apropiado para el desempeño de su trabajo.
—¿Qué les ha ocurrido a mis amigos? —pregunté sin fuerza y sin saber bien por qué estaba allí.
Sufrí un síncope brusco y momentáneo, aunque tuve la sensación de haber perdido el conocimiento durante varias horas.
—Fuera está la policía. No se preocupe, nos han pedido que le transmitamos tranquilidad. Ellos le explicarán todo lo ocurrido.
Cuando respondí correctamente a las preguntas de cómo me llamaba, qué edad tenía y qué día era, me indicaron que me incorporase despacio hasta ponerme de pie. Aunque algo aturdido, lo conseguí.
—Me encuentro bien —alegué sin poder ocultar mis ansias por salir a la calle.
—¿Ve con claridad o tiene la visión borrosa? —preguntó con sequedad y cierta irritación la enfermera, endureciendo aún más su rostro.
—Con claridad —balbucí.
La carretera había sido cortada al tráfico y solo quedaba un cuerpo rodeado por el equipo de la policía científica. La calle se llenó de gente que parecía salir como hormigas en busca de alimento. Efectivos de la policía local y de la nacional desarrollaban su trabajo en medio de una marabunta hambrienta por conocer los detalles de lo sucedido.
El tiempo que transcurrió desde la visión caótica que tuve al salir de la UVI móvil hasta que contacté con Antonio García fue como un descenso a los infiernos.
El miedo a que se confirmasen mis peores augurios derivó en un cuadro de ansiedad que me oprimía como si un camión se hubiese estrellado contra mi pecho. El gesto pétreo de la chica de ojos azules delató con rapidez la nueva crisis que estaba a punto de sufrir. De no ser por su veloz intervención, me hubiera dado de bruces contra el adoquinado una vez más. En esta ocasión, se acercó con un semblante más conciliador y, sujetándome por las axilas, me ayudó a sentarme en el acerado con la espalda apoyada en la pared. Al cabo de unos minutos, ella y su compañero me trasladaron a casa de mi hermana. No era prudente quedarme solo.
Eran casi las cinco de la mañana cuando llamé al portero automático del piso. Mi hermana se asustó tanto al escuchar mi voz que casi le da un infarto. Le di una versión adulterada con la mayor brevedad de la que fui capaz y llamé de inmediato al comisario de policía.
—Relájate. Lo tenemos todo bajo control —Antonio no dejó que llegase a preguntarle.
Esperaba mi llamada. Le faltaba conocer mi versión de los hechos. No pude aportarle un solo detalle. No vi nada. Me comprendió y me emplazó a descansar. Luego, se excusó aludiendo a una reunión inminente.
—Rafa está fuera de peligro. Intenta descansar de una u otra manera. Mañana hablaremos con más calma —fueron sus últimas palabras.
Eran tres las personas que iban conmigo: Iris, Berta y Rafa. Al salir, vi dos cuerpos tendidos en el suelo. Cuando recobré el conocimiento, solo quedaba el cadáver de Berta. Antonio García intentó tranquilizarme, diciéndome que Rafa estaba fuera de peligro, que tratara de descansar por todos los medios a mi alcance. No entendía nada. Con ese galimatías, el consejo del comisario me pareció fantasmagórico.
La única salida que encontré fue atiborrarme de diazepam. Nunca antes había tomado ese tipo de pastillas, que me parecen pequeñas dosis de muerte. Una vez que empiezas con ellas, el sueño deja de serlo para convertirse en olvido y desbarajuste. Aun así, tomé dos comprimidos del bote que mi hermana guardaba en el cajón de los medicamentos y maldije a Iris y a Berta, a Wagner Soto, a Teo Areces y a todos sus asociados, a Abdel Samal, a Kadar Adsuar y a sus fanáticos esbirros. No recuerdo si también a Antonio García por dejarme en ese estado de desasosiego antes de caer drogado en un sueño profundo.
Muchos de nosotros somos arrastrados por un destino que jamás imaginamos que fuese el nuestro. Para cuando abrimos los ojos y tomamos consciencia de las secuelas, es demasiado tarde. Sé bien de lo que hablo.
Os preguntaréis -por qué os cuento mi meditación, de quiénes os hablo, por el porqué de mi preocupación hacia Rafa y no hacia los demás, y también por las causas que me llevaron a tomar depresores del sistema nervioso central para poder conciliar el sueño.
Todo comenzó con la llamada de Rafa. Fue la tarde en la que acudí a un evento cultural que fusionaba música, pintura y poesía. Volvía en taxi desde Málaga hacia mi casa, en Torremolinos. Por alguna razón, el taxista estaba de mal humor. Tenía inoculado algún virus que le removía las entrañas y cuyo antídoto solo él conocía.
—¿Es cierto que el cornudo es el último que se entera?
Me pareció tan surrealista la pregunta de aquel acongojado hombre, que solo se me ocurrió decir:
—Perdón, ¿cómo ha dicho?
—Déjelo, no tiene importancia —replicó con una fuerte dosis de aflicción.
«Quizá un mensaje cariñoso de su mujer, una señal de que todo fue un error o algún aderezo que animara su frustración bastarían para levantarle el ánimo», pensé. No dije nada por temor a ser cómplice de una pasión criminal amorosa.
Ensimismado en semejantes pensamientos estaba cuando sonó el móvil.
—¿Contento por la cercanía de las vacaciones? —pregunté con alegría al saber que era Rafa.
Rafael Quesada es un amigo inseparable desde nuestro paso por la universidad. Hace algunos años aprobamos la oposición al cuerpo de maestros y ahora ejercemos en ciudades distintas. Él en Córdoba y yo en Torremolinos.
—Deseando que llegue el día 30 —contestó, si cabía, con más júbilo.
A finales de junio, el cansancio acumulado a lo largo del curso escolar hace mella. Es difícil no exteriorizar el entusiasmo por el descanso veraniego. Hizo una pequeña pausa y añadió:
—Tengo preparado un plan para este verano que te seducirá.
—No me fío. Cuéntame.
Imaginaba algo como unos billetes de avión para un lugar paradisiaco. No fue así. La realidad superó a la ficción.
—Te voy a dar dos nombres para que caviles. A continuación colgaré y en dos días te llamaré para que me cuentes lo que recuerdas de ellos. ¿Te parece bien?
Debía de ser un asunto delicado cuando no quiso desvelarme nada más que unas pequeñas pinceladas del mismo.
—Déjalos caer.
Los nombró y finalizó la llamada, tal y como prometió.
Dejé a un lado la paranoia con la que el taxista me infectó y aproveché el tiempo que tardó en realizar el recorrido hasta la puerta de mi casa para recordar lo vivido junto a esos personajes, que irrumpieron con fuerza en mi cabeza.
Nada como una expectativa, por modesta que sea, para tenerte en vilo. Eso fue lo que ocurrió no con los dos, sino con los cuatro días que tardó en volver a llamarme. Con un simple juego de memoria consiguió el objetivo de despertar mi interés.
El primer nombre que puso mis circuitos neuronales a funcionar fue el de Abdel Samal. Fui su tutor durante mi primer destino como maestro.
Un día de tantos, mientras revisaba los deberes y tras descubrir que no los tenía hechos, le pregunté:
—¿Por qué no los has hecho?
—Es que ayer el profesor de religión islámica nos obligó a estudiar una de las suras y no tuve tiempo de hacerlos.
—Muy bien, ya sabes que tienes que quedarte en el recreo haciéndolos, para que otra vez recuerdes que los deberes son tan importantes como las suras.
—Pero ¿por qué? —preguntó elevando el tono y frunciendo el ceño, mientras añadía que era una de las suras más importantes, según le había dicho su maestro de religión.
—Ya te lo he dicho. Todos los deberes son igual de importantes. No quiero escuchar nada más.
Estuvo murmurando un buen rato. Cuando alguien posee un corazón de guerrero, ni la derrota más limpia puede borrar el hedor del fracaso.
En otra ocasión, todo el ciclo, quinto y sexto de primaria, viajamos a Selwo Aventura, en Estepona, como actividad complementaria. Mientras el resto del alumnado disfrutaba de la visita al parque, él se entretuvo en tirarles piedras a los pobres monos enjaulados.
Desde la oficina central del parque nos llamaron la atención por no controlar la conducta de nuestro alumno. Una situación bochornosa, que derivó en una temprana salida del parque hacia Córdoba, con el disgusto del resto de compañeros y el de los propios maestros. En aquella ocasión, se decidió expulsarle del colegio durante tres días.
El asombro me sobrevino con el segundo nombre, Teo Areces, a quien no podía considerar amigo, no en el sentido más íntimo de la palabra. Se podría decir que fue un colega de la infancia y la adolescencia.
Siendo todavía adolescentes, fui testigo de un acto vandálico por parte de Teo y sus amigos. En su momento, me marcó muchísimo. Ahora entendía que quien alza el puño con facilidad tiene muchas papeletas de convertirse en un fuera de la ley.
Era una noche bastante calurosa, a pesar de que septiembre tocaba a su fin. Teo y Mónica, su chica de entonces, estaban sentados en uno de los bancos que rodean la bonita plaza Cañero. En otro banco contiguo estaban algunos de sus colegas fumando de todo un poco y bebiendo cerveza. Mónica se ganaba la vida como stripper en despedidas de solteros, discotecas o en cualquier otro evento que le surgiera. Todo en ella era explosivo: piernas largas como autopistas, que dejaba al descubierto con sus minifaldas o shorts; pechos enormes, cuyos contornos se podían apreciar sin dificultad a través de sus vertiginosos escotes y unas nalgas dignas de pasearse en la playa de Copacabana compitiendo entre las mejores. No podría decir que fuese una belleza o que tuviese un cerebro privilegiado, pero sí confirmar que gozaba de los suficientes atributos para provocar las miradas libidinosas y los comentarios lujuriosos de cualquier mortal.
Mónica se levantó del banco para ir a comprar frutos secos con los que acompañar la birra. El puesto quedaba al otro extremo de los bancos que ocupaban Teo y sus amigos. En el trayecto de vuelta, se cruzó con tres chavales veinteañeros que la piropearon.
—¡Maricones de mierda! ¡Chupapollas! Vuestras novias no os satisfacen, ¿verdad? —replicó ella.
Teo, como vigía, estaba al tanto de todo. En unos segundos, recorrió la distancia de unos treinta metros que los separaba. Sin mediar palabra, atizó un puñetazo en la cara a uno de los chicos, que cayó desplomado al suelo, sangrando por la nariz como si fuese una fuente.
En apenas unos breves instantes, todos los colegas de Teo rodearon a los dos chicos que aún quedaban en pie, preguntándose qué delito habían cometido para encontrarse en aquella situación.
No recuerdo con exactitud los acordes del breve diálogo que mantuvieron entre los bisoños casanovas y la guardia real de la princesa Mónica. Lo que no consigo olvidar es la lluvia de puñetazos y patadas que Teo y sus colegas propinaron a los pobres muchachos. Lo hicieron con la brutalidad de los que nada tienen que perder y el odio irracional de quienes solo anhelan venganza y sangre.
Por fortuna para los chicos, un grupo de personas variopintas que presenciaban la batalla desde los veladores de las terrazas circundantes a la plaza intervinieron para poner freno a aquella barbarie. El 061 les trasladó aún inconscientes al hospital, donde tuvieron que ser intervenidos de diferentes tipos de traumatismos y heridas.
La ausencia de niños en el centro esos últimos días de junio facilitó que me hiciera muchas preguntas acerca de lo que Rafa me ocultaba. Más tarde, cuando me destripó los entresijos de su propuesta, comprobé mi total desorientación.
A pesar del entusiasmo propio de esos días y del carácter alegre y emprendedor que me había permitido vivir muchas aventuras, no atravesaba mi mejor momento. La ruptura definitiva de una relación sentimental pesaba como un agujero negro. Llevaba cuatro meses buscando las claves para salir de él sin conseguirlo. Seis años de relación que fueron fructíferos y devastadores por igual. Con el paso del tiempo, los cajones de la memoria van haciendo hueco y terminan por abrirse de manera fluida. Hasta conseguirlo atravesé esa zona pantanosa de reemplazos discontinuos en los que una recompensa equivale a cuatro fiascos.
Faltaban dos días para coger las vacaciones. Junto a una amiga y compañera de trabajo disfrutaba de manera relajada de las vistas en una de las terrazas que hay a lo largo del paseo marítimo de Torremolinos. El sol amable y una brisa complaciente nos obligaban a reflexionar sobre lo indigno de las vidas aceleradas. Mirando a los turistas sin hacer comentarios y dialogando sobre poesía, el tiempo pasaba sin que nos diésemos cuenta. La llamada de Rafa vino a interrumpir la magia del momento.
—Han sido dos días muy largos, ¿no? —ironicé.
—Está siendo un final de curso durísimo. Ya te contaré. ¿Te acordabas de ellos?
Sin tiempo a plantearle una sola novedad, me vi sorprendido por el ímpetu con el que retomaba el tema. Al igual que las revoluciones tienen la facultad de mover todo de su sitio, mi amigo había cambiado las formas por las que suele discurrir un diálogo. Me dejé avasallar y le contesté:
—Sí. Son muchas vivencias compartidas con ambos. No encuentro el nexo entre ellos, pero sé que me lo aclararás pronto.
—A su debido tiempo —manifestó dando a entender que había que ir subiendo la escalera peldaño a peldaño—. Cuéntame —añadió con tono inquisidor.
Le hablé primero de Teo Areces. Daba la casualidad de que en varias ocasiones habíamos hablado de sus peculiaridades.
—Jugué al fútbol con él. Era uno de los mejores del equipo, muy violento y arrogante. Vivíamos en el mismo barrio. Sus padres y los míos eran buenos amigos. Hace algún tiempo que no sé nada de él, pero por su idiosincrasia y la cercanía que otorga la vecindad, siempre me he interesado por el deambular de su vida.
—Lo imaginaba. Me tienes expectante. Continúa —me espetó.
—Le conocí cuando él tenía catorce años y yo diecisiete. Ambos jugábamos al fútbol en categorías diferentes. No recuerdo mucho más de aquella etapa de su vida, salvo que todo el mundo decía que tenía un gran porvenir como futbolista. Durante cuatro años, supe muy poco de su existencia. A la vuelta de ese tiempo, nuestras vidas volvieron a cruzarse de manera puntual. Por entonces, yo estudiaba en la universidad y él ganaba algún dinero como jugador de fútbol en equipos de tercera división. El deporte era el medio principal con el que se ganaba la vida. Aunque parezca contradictorio, también formaban parte de su rutina fumar cannabis en cualquiera de sus formatos y esnifar coca.
Creo que Teo me apreciaba. Quizá mi aura de intelectual por estar en la universidad y mi afición por la lectura me convertían en el tuerto en el país de los ciegos. Lo cierto es que compartí algún que otro canuto, alguna juerga y algún que otro debate acerca de la dificultad para encontrar trabajo, de cómo los empresarios explotaban a los trabajadores o sobre la ineptitud de los políticos corruptos que habitaban a lo largo de la geografía española, en todos los estratos de la Administración.
Una de las prioridades de Teo y algunos más de la pandilla, sin la enseñanza obligatoria cubierta, era saber las características de una variedad ingente de marihuanas. Sin embargo, hoy en día puedo asegurar que en pocas ocasiones he visto formular argumentos tan convincentes como los que escuché en aquellas tertulias cargadas del humo que desprenden los cigarrillos de la risa. Una cosa son las ideas, otra el corazón. Pero cuando uno debate con el corazón entregado en cada una de las palabras que dice, hasta las ideas más alocadas adquieren un sentido común difícil de rebatir.
—Así que ya sabes de dónde procede mi interés por los problemas que acucian a la sociedad —añadí con tono sarcástico.
—Te entiendo. La fascinación hacia tus antiguos camaradas nos va a ser de gran ayuda.
—¿De qué estás hablando? Me pides que te cuente lo que recuerdo de ellos y me sales con esto. Aquí hay gato encerrado. Dime de una vez lo que escondes.
Con tono burlón, volvió a la carga con una nueva pregunta sobre el otro viejo conocido. Mi compañera empezó a impacientarse. Contemplaba el horizonte de manera distraída y un educado asombro, sin poder ocultar la incomodidad que le suponía mi extensa conversación telefónica.
—Discúlpame. No puedo colgarle.
—¿Te queda mucho por hablar?
Negué con la cabeza. Le guiñé un ojo y le susurré que la compensaría. No dijo nada. Se acercó y me plantó un beso en la boca. No era el momento ni el lugar. Vio la ocasión y eso es algo que una mujer no desaprovecha nunca. Me encendí un cigarrillo y continué con la conversación telefónica, que empezaba a angustiarme por inoportuna.
—Tú también fuiste su profesor. En más de una ocasión hemos hablado de él y de las conductas disruptivas que generaba incesantemente. No sé qué podría decirte que desconozcas.
—Conmigo estuvo en la Educación Secundaria Obligatoria (ESO). Me gustaría conocer, si es posible, más detalles de su paso por primaria.
Qué extraño me resultaba todo. Dicen que la memoria mantiene fría la cabeza, porque le gusta jugar con los recuerdos. A mí me ardía por el esfuerzo de recordar lo que me pedía mi amigo.
—Abdel Samal nació en Tetuán trece años antes de que coincidiéramos. Repitió segundo curso, de ahí que tuviera un año más que la mayoría de sus compañeros. Con cuatro años viajó a España y se instaló en Córdoba con su madre. El padre llevaba aquí varios años trabajando en la hostelería, con el permiso de residencia en regla. En plena adolescencia, tener un año más que tu grupo de iguales es una gran ventaja. Abdel sabía aprovecharlo a las mil maravillas. Su poder de intimidación era considerable o, dicho de manera más coloquial, era un «matón». A pesar de todo, Abdel era un buen estudiante, sobre todo en matemáticas. Tenía un desarrollado pensamiento lógico-matemático. Recuerdo a sus padres muy interesados en todos los aspectos relacionados con su educación. Eran conscientes de la importancia que tienen las herramientas de una formación adecuada para que su hijo manejase bien los hilos de su vida en el futuro. Y eso es todo lo que recuerdo.
—Sigues teniendo una memoria prodigiosa —alegó sorprendido por la cantidad de información que le suministré.
—¿Qué hay detrás de todo esto?
—¿Si tuvieras que definir a Abdel cómo lo harías?
—El mejor combatiente del agravio, un número uno del enfado, un obrero tenaz capaz de construir un mundo nuevo a partir del fallido.
En aquellos años se podía vislumbrar la semilla incipiente de un delincuente común, incluso la de un fanático religioso y, al mismo tiempo, la de un buen matemático con un perfil idóneo para trabajar en un sinfín de empresas.
—Más que un maestro de primaria pareces un perfilador criminalista. Me has dejado de piedra —añadió Rafa.
Tan absorto estaba en la conversación que no me di cuenta de en qué momento mi compañera se fue a ojear los productos artesanales de los puestos instalados a pie de playa. El misterioso asunto de Rafa me iba a costar su amistad. Tenía que cortar sí o sí.
—Tenemos que dejarlo para otro momento.
—¿No tienes curiosidad por escuchar lo que sé de Abdel?
Claro que quería. Sobre todo, saber de qué trataba el argumento de la película. Pero también quería seguir disfrutando de la compañía y de la tarde soleada.
—Llámame esta noche. No puedo seguir hablando. Estoy acompañado y nos vamos a cenar.
No había mejor excusa. El mar, al fondo, susurraba su líquida canción.
—Mejor lo dejamos para cuando llegues a Córdoba. Suerte para esta noche.
Sabía que en tres días estaría de regreso. Nos despedimos y me fui en busca de la mujer que, en lugar de proporcionarme las claves de la felicidad, me hablaba de la cobardía ante el amor. Nada más llegar a su altura, me gastó una broma. Era buena señal. Estuvimos paseando entre bolsos, cuadros, pulseras y todo tipo de objetos que los mañosos artesanos fabricaban con esmero. El sol nos dejó sin su amparo y nos apeteció tomar una cerveza bajo la protección de una luna que menguaba.
—¿Has cerrado el acuerdo con la editorial? —pregunté.
—Si no hay contratiempos, estará en las librerías para finales de noviembre.
La felicité. Era una gran noticia. Llevaba más de dos años dándole forma a un libro de poemas que por fin vería la luz en los próximos meses. Los dos sabíamos del duro proceso de publicar un libro. Escribirlo tiene muchas similitudes con amar a alguien. La línea que separa el goce del dolor y la frustración entre letras es muy delgada. Por ese motivo, muchos escritores son seres frágiles y muy sensibles.
—¿Es la soledad la que empuja a escribir o los escritores son seres solitarios? —preguntó con tono taciturno.
Las palabras me llegaron a un ritmo lento. Respiré hondo. Me llevé su curiosidad al plano personal, aunque contesté de manera genérica. Era el ego tonto que nos puede a los que soñamos con ser reconocidos.
—Hay de todo. Auténticos misántropos y quienes no son capaces de pasar dos horas sin que les digan lo guapos que son.
—¿En qué grupo estás?
—En ninguno —respondí, desechando de inmediato mi absurda generalización.—Igual es que no tienes madera de escritor. —Permaneció unos instantes callada—. Es broma. Escribes muy bien —añadió a continuación.
La terraza nos permitía fumar sin necesidad de movernos. Ella es una poeta muy activa. Incluso en verano, cuando la actividad literaria reduce sus niveles de adrenalina, sigue con una frenética agenda de recitales. Mi caso es distinto. Durante el periodo estival necesito alejarme del mundo de las redes sociales y de los continuos saraos líricos.
Le agradecí su generoso comentario y le confesé mis planes para el verano.
—Empezaré a escribir la mejor novela del siglo XXI. —Le guiñe un ojo al tiempo que le sonreí—. Seguiré escribiendo y puliendo el libro de poesía social que me ronda la cabeza y, sobre todo, leeré muchísimo. Tengo un montón de lecturas atrasadas.—Me encantan tus propósitos. Envidio la fuerza de voluntad que tienen las personas como tú.
Nos recogimos cerca de las dos de la mañana. La ginebra puso la guinda a una velada de confesiones y de risas. Un abrazo fuerte y los deseos compartidos de disfrutar al máximo el verano nos alejaron hasta el inicio del curso siguiente.
El año iba camino de récord negativo. La peor sequía de los últimos veinte años asolaba España. El fantasma de las restricciones amenazaba a medio país. Sin embargo, el último día de trabajo no hizo falta que sonara el despertador. El golpeo duro y continuo de una lluvia torrencial sobre el asfalto y los tejados me despertó con brusquedad. El cielo estaba cubierto de un color gris mate que fue desapareciendo a lo largo de la mañana. Antes de salir para Córdoba ya lucía un fastuoso sol que me acompañaría todo el camino.
Tenía el tiempo justo para llegar, descargar las maletas y acudir a la cita con mi amigo. A pesar de que es más inteligente no llenar la cabeza de grandes elucubraciones, en la hora y cuarenta minutos que tardé en hacer el trayecto no pude pensar en otra cosa que en la revelación de los secretos de su enigma.
Rafa estaba sentado en una de las mesas cercanas a la cristalera que delimita el local con la acera de la calle Alfonso XIII. Saboreaba un café bombón. De espaldas a la puerta de acceso, no pudo verme entrar, así que le sorprendí por la retaguardia.
—¿Qué tal, my friend? —le pregunté, justo antes de darle dos besos.
—Sin grandes titulares y con mucho trabajo.
Me sorprendió lo de «mucho trabajo». Acabábamos de empezar el periodo vacacional y lo lógico es que hubiera hablado en pasado, pero como es adicto a los libertinajes metalingüísticos no le di mayor importancia.
Habíamos quedado para tomar café en un pub que hace las veces de cafetería, cerca del instituto donde él trabajaba. Un lugar encantador donde se puede disfrutar de una consumición acompañada de suave música.
Rafael Quesada adereza cualquier historia con todo lujo de detalles, ya sea una noticia de calado político, la tragedia del hambre en el cuerno de África o simplemente su día a día. Despierta el interés del interlocutor de inmediato. Cuando llevo tiempo sin verlo, echo de menos nuestras conversaciones para arreglar los problemas del mundo. Pocos sitios tan reconfortantes para hacerlo como la ciudad donde abrí los ojos por primera vez.
Esta vez todo quedaba en un segundo plano. Habría tiempo de analizar con detenimiento la actualidad. La curiosidad por destripar las sorpresas que me tenía preparadas era el plato principal.
Antes de decir una sola palabra, retiré la silla hacia atrás sin llegar a sentarme. El punto de partida para cualquier diálogo exige un reparto equitativo en la logística de todos los participantes y a mí no me había dado tiempo a pedir tan siquiera una consumición.
—Voy a acercarme a la barra a pedir un café con leche. Vuelvo en dos minutos y me pones al día —le dije sin posibilidad de que reaccionara.
—No tardes —contestó con tono jocoso.
No parecía intranquilo; en cambio, yo estaba bastante excitado, aunque lo ocultara bajo una falsa serenidad. Intrigado por los motivos que le llevaron a preguntarme tanto por Teo Areces como por Abdel Samal, inicié la ofensiva intentando unir las piezas del rompecabezas que se me escapaban.
—De Teo, no me extrañará nada de lo que me cuentes. Andará envuelto en algún asunto de drogas, en alguna reyerta entre bandas o en el asalto a cualquier joyería. A saber.
El infortunio y la falta de oportunidades son una ciénaga de arenas movedizas para anular al ser humano que todos llevamos dentro y sobrevivir a base de nuestra más encarnizada naturaleza. El Teo que recordaba era un tipo afortunado. Un presentimiento me decía que la suerte le había dejado de lado.
—Tu instinto sigue sin traicionarte —manifestó junto a una sonrisa ladina.
—De Abdel, no sabría por qué cara apostar. ¿Está trabajando para una importante empresa informática y se pasea con un BMW último modelo a pesar de su juventud?
—En esta ocasión, no te ha funcionado tu clarividencia —matizó.
Abdel no era de habitar en zonas templadas. Me equivoqué al apuntar al extremo bueno.
—No acabo de ver la relación entre Teo y Abdel.
—No te impacientes. No te será difícil atar todos esos cabos que ahora te resultan extraños.
Tenía hilvanado hasta el último pespunte de la puesta en escena. Distender la conversación era una estrategia estudiada, así que, después de pedirme paciencia, cambió de orientación el foco y me preguntó:
—¿Tienes algún nuevo lío de faldas del que quieras contarme detalles o prefieres llorar por los veinte años de hipoteca que aún tienes por delante?
En principio, deberían haber sido los temas de nuestra conversación. No fue así. La incertidumbre es mala compañera de viaje. El rigor con el que había trazado las líneas maestras de nuestro encuentro se lo rompí de un plumazo.
—Mejor terminar lo que se empieza. Ya habrá tiempo de hablar de lo interesante.
—¡Ja, ja, ja! Cuando escuches lo que tengo que contarte, lo importante habrá cambiado de lugar. Pon atención y abróchate el cinturón.
Rafa tenía información directa de Abdel Samal por haber sido profesor suyo y datos de primera mano por personas muy cercanas a su entorno. Abdel consiguió que le expulsaran seis veces a lo largo de los cuatro años de la ESO. Los altercados con sus compañeros fueron la causa principal de dichas expulsiones; no obstante, consiguió graduarse.
—Cuando en el corazón te anida la sensación de que los que te rodean sienten desprecio hacia ti, tu vulnerabilidad tiende a solucionar violentamente cualquier asunto y se convierte en la herramienta principal de tus relaciones sociales e incluso emocionales —interrumpí con voluntad didáctica.
Hizo un silencioso gesto de asentimiento y siguió su narración:
—Con diecisiete años, empezó a salir con Adira Kintawi, un año menor que él. Adira era a Abdel lo que el día a la noche. Ella, trabajadora y responsable; él, bastante vago e insensato, queriendo hacerlo todo con la ley del mínimo esfuerzo. Ella, apacible y equilibrada; él, iracundo e inestable. Adira, madura y comprometida con el bien común; Abdel, alocado en todas sus acometidas.
—El amor, al igual que la teología, es un guirigay difícil de descifrar, ¿no crees? —volví a interrumpir, sorprendido por lo que escuchaba.
—Ambos poseen un lenguaje propio que les permite arder sin consumirse nunca.
—¡Qué relación tan asimétrica! Continúa —manifesté sin entender bien qué pretendía decirme.
Para Abdel, Adira simbolizaba parte del éxito de toda una vida. La chica brillante que cumplía con todos los preceptos. Aunque educada en Occidente, al ser musulmana aceptaría su papel sumiso con respecto a él.
Para Adira, Abdel era el chico al que todo el mundo menospreciaba. Un buen estudiante de matemáticas que intentaba integrarse sin conseguirlo. Ella creía que toda la culpa era de la sociedad, que no le daba las mismas oportunidades que a otros chicos. Lo cierto es que ambos veían en el otro a la persona con quien condimentar su mundo incompleto.
Abdel paseaba por las calles y los jardines cerca del instituto y, más tarde, por la facultad orgulloso de Adira. Ella se sentía satisfecha de su relación. A veces, experimentó celos. Él resultaba bastante atractivo. Alto y de complexión atlética, con frente ancha y fruncida de tanto odio acumulado. Cejas pobladas, ojos grandes y oscuros con una gran viveza de mirada. Nariz ancha y tez moruna, pero con el brillo que le aportaba la juventud.
Al terminar ambos la ESO, Adira continuó con el Bachillerato y Abdel pasó a realizar un ciclo formativo de grado medio en la especialidad de Explotación de Sistemas Informáticos, que no fue capaz de terminar.
Al escucharlo hablar sobre Adira, tuve la sensación de que la realidad, aunque fuera pasada, se convertía en un rompecabezas de difícil solución.
Adira también fue alumna mía en el mismo curso que Abdel. Jamás hubiese imaginado una relación sentimental como la que acababa de narrarme. Pero como el mundo imaginativo es un lugar tangible de lo imposible, ahí estaba el amor para confirmar lo perverso de un juego en el que dos juegan a hacerse daño.
—Sigo sin entender el nexo común entre Teo y Abdel. La participación de Adira en la historia es algo secundario sin mucha importancia. Al menos, esa es la sensación que tengo —dejé caer con un gesto de incredulidad.
—Lo sé, no te preocupes. Es una historia aún por cerrarse, pero te aseguro que la vamos a disfrutar y que Adira goza de mayor relevancia de la que le otorgas.
La coletilla de «te aseguro que la vamos a disfrutar» me sonó a peligro. Soy de los que piensan que la amenaza no está disuelta en el aire, sino que es una brisa con vida propia que no deja de soplar.
En ese momento, estaba obsesionado por saber a qué venía su interés sobre Teo, Abdel y, ahora también, Adira.
Terminados los cafés, propuse tomar una copa y seguir charlando.
Uno no debe atormentarse intentando descifrar códigos que quedan fuera de su alcance, pero no dejaba de imaginar posibles o inviables combinaciones. Generalmente, la buena suerte de unos se transforma en la mala de otros. ¿Le ocurriría algo similar a la pareja de Adira y Abdel en contraposición a Teo?
El bar se había ido llenando de chicos y chicas con ganas de pasar un rato agradable al calor de la música y de las historias que a cada uno le toca vivir. En la calle, la temperatura debía de oscilar en torno a los cuarenta grados, toda una invitación para no querer salir de la atmósfera creada en un local bien refrigerado como aquel.
Estábamos a punto de reiniciar la trama, cuando le sonó el móvil a Rafa.
—Disculpa.
Callé y le hice el gesto del pulgar hacia arriba, indicándole que no se preocupara. Disfruté mirando a mi alrededor e imaginando las posibles aventuras en las vidas de los desconocidos. Me hallaba imbuido en uno de esos episodios cuando escuché a Rafa:
—Te parecerá rocambolesco, pero lo que te cuento es consecuencia de varias investigaciones que lleva a cabo el Centro Nacional de Inteligencia (CNI).
Todo me parecía surrealista, pero a medida que iba suministrándome la información, más interés tenía por conocer a fondo aquel secreto que con tanto esmero guardaba.
—¿Del CNI? ¿Desde cuándo trabajas como espía? —pregunté irónicamente.—Aunque te parezca mentira, así es. Soy la nueva Mata Hari en hombre.
Ambos sonreímos.
Tras escucharle nombrar al CNI, dejé por completo de elucubrar acerca del porqué de toda aquella conversación. El impacto fue tan grande que me dejó sin aliento.
—No me digas que estás colaborando con el CNI, que todo lo que hemos hablado guarda correlación con las investigaciones que acabas de nombrar.
—No puedes estar más en lo cierto, querido Watson.
Hacía meses que un agente del CNI le pidió colaborar en las pesquisas de diferentes tramas. Redes internacionales de delincuencia, redes de captación y adoctrinamiento del fundamentalismo yihadista, redes de crimen organizado… Ahora sí que no entendía nada. Antiguos alumnos enrolados en actividades delictivas y de extremismos religiosos. Adira, ¿integrante o víctima de esas tramas? Rafa, convertido en Leonardo DiCaprio en la película Infiltrados, de Martin Scorsese. Mejor no estudiar todo aquel tropel de información y dejar que siguiera explicándomelo.
—El agente del que te hablo trabaja en una de las unidades de investigación y obtención de información como apoyo a la inteligencia y la seguridad dentro del servicio secreto español. Es un agente de campo. Investiga a pie de calle para pasar la información a los analistas que elaboran los distintos tipos de informes: secretos, reservados, confidenciales o de difusión limitada para los presidentes de Gobierno, los ministros, los cuerpos de seguridad del Estado y, en ocasiones, para el presidente del partido mayoritario en la oposición.
—¡Joder! —exclamé— ¡Menuda bomba te traes entre manos!
Estaba impaciente por empezar a disfrutar de las vacaciones veraniegas con dos objetivos prioritarios: playa y libros. Pero el destino parecía no querer colaborar con mis metas. Me describía un mundo desconocido e inquietante que no tardaría en descubrir en mis propias carnes.
—¿Quieres que te cuente cómo se inició todo o lo dejamos para otro día?
—Debes de estar loco. Creo que no me conoces lo suficiente si pones en duda mi interés —aduje, con las órbitas de los ojos a punto de explotar.
Se puso serio. Me obligó a prometerle que no revelaría nunca la identidad del agente secreto ni hablaría con nadie de los detalles que llegase a conocer de los investigados. No cumplir la promesa podría acarrearme más problemas de los que imaginaba.
—Me conoces bien —alegué en mi defensa al percibir el sentido común de lo que me pedía.
Me hizo un gesto para que acercara mi cabeza y así poder bajar el tono de voz.
—El agente encubierto del CNI es mi cuñado Luis.
No lo podía creer. Conocía a Luis Lozano y a su mujer, hermana de Rafa. Habíamos compartido en varias ocasiones mesa cenando. Incluso hablamos de los entresijos de la arquitectura, profesión que aseguraba ejercer. Hasta que le solicitó su colaboración, Rafa también creía que su única profesión era la de arquitecto. Es más, la propia mujer pasó mucho tiempo después de casados sin percatarse de la principal actividad profesional de su marido.
—En alguna ocasión, le dije que probablemente le llamaría para que me hiciera el nuevo proyecto de mi casa. ¡Menudo chasco!
—Llegado el momento, pídeselo. Compatibiliza los dos trabajos. La tapadera tiene que estar activa de alguna forma.
Luis Lozano estudió Arquitectura y Tecnologías de la Información y la Comunicación. Hablaba perfectamente inglés y tenía un don de gentes especial, formación y virtud que le permitieron ser captado para el puesto de agente con las características descritas por Rafa.
A su vez, estos agentes intentan establecer su propia red de colaboradores. Por seguridad, muchos de estos últimos nunca llegan a conocer la identidad del agente, otros sí. Era nuestro caso.
A principios de marzo, aprovechando una comida familiar, Luis pidió a Rafa que le proporcionara toda la información que, como profesor de Abdel Samal y de Adira Kintawi, pudiera tener en sus manos. El instituto emitió un informe educativo y mi amigo aportó la opinión personal que tenía sobre ambos.
Por un lado, la curiosidad, la astucia y su predisposición a involucrarse en el asunto y, por otro, el conocimiento y la seguridad de Luis en su cuñado les hicieron colaborar juntos. Luis urdió un plan en el que Rafa pudiera ayudar a la realización de los informes adecuados.
Fue en aquella misma cena donde ambos coincidieron en que yo podría ser de gran utilidad en la apasionante investigación criminal en la que estaban involucrados.
—Hay épocas en las que hasta los días de descanso pasan al acecho —expresé con una mezcla entre deslumbrado y aturdido.
—Muy literario, amigo. No se me habría ocurrido nunca esa forma de observarlo. Déjame que termine de contarte lo poquito que me queda. Te tomas un par de días para reflexionar y me contestas si te ves capacitado para ayudar.
—Adelante —manifesté con convicción.
—Adira continuó su brillante trayectoria académica y se matriculó en la Facultad de Ciencias de la Educación.
Para Abdel, el paso de los años acrecentó su estado de inconformismo radical. La precaria situación laboral en todos los trabajos que desarrolló, estigmatizado por su origen, y la lenta pero paulatina radicalización de sus convicciones religiosas eran el caldo propicio para convertirlo en un guerrero yihadista.
La relación con Adira se hizo cada vez más y más difícil. Ella, integrada en la sociedad, con un futuro prometedor en la carrera docente, con ganas de formar una familia, pero sin que ello le supusiera prescindir de muchos de los valores occidentales ya interiorizados. Mientras, él estrechaba lazos con la parte de la comunidad más integrista de su zona. Quería una esposa sumisa y una vida dentro de la corriente teológica del wahabismo, una de las más radicales dentro del universo islamista.
Los dos sufrieron: él por sus celos compulsivos injustificados y por sus convicciones, ella por comprender que se había enamorado de alguien que la esclavizaba. Él por la envidia de ver integrada a quien le gustaría descubrir derrotada, ella por no ser capaz de romper una relación varada en el frío de su corazón. El desenlace de esa relación amorosa me daba la razón sobre las dificultades que polos tan opuestos presentaban, aunque un principio físico de electromagnetismo intentara dejarme por palurdo.
—No te quise desvelar el final para que no me restregaras tu ego de sabelotodo del amor.
—Has hecho bien —le dije con la media sonrisa que da la satisfacción de acertar en las intimidades de lo ajeno.
Oscurecía y aquella historia que tanto interés me despertaba se volvía más densa. Me levanté con necesidad de estirar las piernas.
—¿Cinco minutos para fumarnos un cigarro?
—Lo necesito tanto como tú.
El sol se deshacía y la gente empezaba a transitar las calles de manera alegre. Una mujer de mediana edad nos miró y frunció el ceño en señal inequívoca del desagrado que le producía que obstaculizáramos el paso por la acera.
—Te has enamorado durante este último mes? —pregunté.
Después de su fallido intento en el inicio de nuestro encuentro, saturado por tanta información, fui yo quien intentó cambiar el tema de la conversación.
—No soy el tipo de hombre que se deja arrastrar por emociones con facilidad. El romanticismo y la pasión se dan en el cine y en la literatura de medio pelo, pero no en mi vida.
No pude aguantar la risa de la patochada que se marcó. Él tampoco.
—¿No te lo crees? Parece mentira que no me conozcas —dijo sin que la risa le dejara articular bien las palabras.
—Vámonos para adentro y me cuentas algo serio.
La parte que desconocía de Teo no me turbó tanto como la de Abdel y Adira. Sufrió una lesión grave de rodilla jugando al fútbol, que le ocasionó dos contratiempos letales para su futuro. Por un lado, tuvo que dejar la práctica del balompié. Los médicos le aconsejaron que no practicara ningún deporte que conllevase movimientos bruscos o contacto físico. Por otro lado, la larga convalecencia de la lesión facilitó el despido de la empresa de construcción en la que trabajaba. Este desgraciado cúmulo de quiebros del azar dio lugar al nacimiento de un delincuente.
Durante un tiempo, pasó de un trabajo precario a otro aún peor. Pero no hay fatalidad que cien años dure, suponiendo que una vida al margen de la ley indique el fin del infortunio. Un aficionado a todo tipo de drogas llamado Álvaro trabajaba como repartidor de una empresa que distribuía diferentes marcas de bebidas alcohólicas. Un día, mientras realizaba su trabajo, se enteró de que necesitaban un camarero para la barra de uno de los night clubs que visitaba. De inmediato, pensó en su amigo Teo. A este le pareció una idea fantástica. Se presentó con la carta de recomendación de Álvaro, muy apreciado por el encargado del Romeo y Julieta, así se llamaba el night club.
—Tenía constancia de la lesión de Teo, pero ¿de verdad hay un puticlub llamado Romeo y Julieta? —pregunté a Rafa.
—Lo puedes encontrar en el nuevo polígono industrial.
—No sé si es para echarse a llorar o para proponer al creativo que le puso el nombre a algún premio publicitario. ¿Cuánta inquina amorosa se habrá volatilizado como pavesas entre esas paredes? —volví a preguntar.
Rafa sonrió y aprovechó para dar un sorbo a su copa.
Teo consiguió el puesto de trabajo sin mucho esfuerzo. Aquiles, el encargado del Romeo y Julieta, no tardó en darse cuenta de su potencial. Servir y mantener a raya a aquellos a los que, a altas horas de la madrugada, el alcohol les pone bravucones era un traje a su medida.
Aquiles era el nombre que mejor retrataba al gerente del local. Ganó su fama por la rapidez con la que golpeaba a todo aquel que no cumpliera con sus mandatos. Exconvicto, pasó ocho años en la cárcel por tráfico de drogas, robo con violencia e intimidación y agresión sexual. Se le atribuían al menos tres asesinatos que no pudieron ser probados. Era uno de los lugartenientes que tenía repartidos por toda la geografía española el mafioso Wagner Soto, más conocido por el apodo de la Bestia.
Teo y Aquiles no tardaron en estrechar su amistad y ampliar el marco laboral. Aquiles le explicó algunas de las normas infranqueables. Con las chicas era conveniente no intimar mucho para evitar encariñarse, algo que estaba totalmente prohibido. Podía follar todo lo que le apeteciera, siempre y cuando ellas también lo desearan.
Poco tiempo después, Teo pasó a ser su controlador y a tenerlas bajo custodia. Vigilar el cumplimiento del horario establecido, inspeccionar cada cierto tiempo sus cuartos en busca de documentos sospechosos y gobernar con mano de hierro sus vidas, propiedad del todopoderoso Wagner Soto, se convirtieron en sus deseadas rutinas.
Era el trabajo que siempre soñó. Gran parte de las chicas, en régimen de semi-esclavitud sexual, veían en su figura al camarada para conseguir determinadas necesidades. Muchas de ellas le complacían con todo tipo de fantasías sexuales. Además, el grado de autoridad que ahora desempeñaba era la recompensa a tanta adversidad profesional soportada. Algunas casualidades obedecen a un destino tan deseado como improbable, pero no imposible.
Romeo y Julieta era uno de otros tantos night clubs que Wagner Soto gobernaba. Su actividad principal era el comercio sexual, pero también los utilizaba para el tráfico de drogas y de armas en alguna ocasión. El sobrenombre de la Bestia procedía de la ferocidad con la que maltrataba a todo el que se interponía en la realización de sus planes y de su imagen, un tanto terrorífica. Tenía una quemadura en la parte derecha del rostro que le afectaba a la frente, a la ceja y a parte de la cuenca externa del ojo y del pómulo. Un rostro ovalado con cicatrices dejadas por un acné mal cuidado. Un peso de unos ciento veinte kilos repartidos a lo largo de un metro noventa de altura. Todo en él era a lo grande. Alardeaba de tener un principio que nunca incumplía: jamás les ponía una mano encima a las mujeres, aunque ordenaba palizas descomunales e incluso sus asesinatos sin inmutarse.
—Me resulta difícil comprender el alma y el cerebro de un criminal consumido por el odio, sin esperanza alguna —dije interrumpiéndole.
—Hasta para los especialistas es complejo.
Rafa no paraba de hablar. Era como si siempre se dejara algo importante por decir. Por desgracia, yo carecía de la capacidad necesaria para asimilar tanta información continuada.
—Antes de que sigas, me gustaría hacer un resumen de lo expuesto.
—Adelante, a ver si tu capacidad de síntesis es la adecuada para un agente en potencia —dijo mientras sonreía.
En su sonrisa podía intuir el convencimiento de quien pretende engatusar al amigo hacia sus intereses cuando este parece haber mordido el anzuelo.
Levantamos las copas, brindamos, miramos en derredor y asentimos con la cabeza en un gesto de aprobación hacia la belleza de muchas de las chicas que por allí andaban. Ambos dejamos escapar un suspiro cargado de sugerencias y posibilidades.
—Me basta un minuto para recapitular. Por un lado, tenemos a Abdel Samal y a Adira Kintawi. Su relación, que atraviesa por el Triángulo de las Bermudas, y la evolución de sus diferentes identidades. Él, cada vez más radicalizado. Ella, labrándose un futuro con mucho esfuerzo. Por otro, a Teo Areces, que ya desde adolescente apuntaba maneras de matón. La dificultad de los tiempos que corren para encontrar trabajo y su predisposición a meterse en líos le han situado dentro de una organización mafiosa que trafica con mujeres, drogas y armas. ¡Casi nada! De la organización hemos hablado del jefe supremo, Wagner Soto, y de uno de sus lugartenientes, el famoso Aquiles. Y, por último, ¡los buenos! —exclamé con una sonrisa de oreja a oreja—. Está tu cuñado, Luis, con todo el CNI detrás; tú, que has empezado a colaborar, aunque desconozca cómo lo haces, y la probabilidad de que yo también pase a formar parte de esta misteriosa trama.
—¡Bravo! —gritó, al tiempo que aplaudía de forma poco sonora para no levantar las miradas de extrañeza en la concurrencia—. Breve y certero —apuntilló.
Las copas de ron estaban vacías. Llevábamos hablando alrededor de dos horas. El calor fuerte de la tarde dio paso a uno más transigente. Era el momento de cambiar de lugar. Decidimos ir a tapear por una zona cerca del Brillante, donde habían abierto algunos bares que, al parecer, estaban de moda. Eran aproximadamente las diez de la noche cuandocogimos cada uno nuestro coche y condujimos hasta la terraza donde habíamos quedado.
—Muy útil este riego por aspersores que evita que salgamos ardiendo.
—Es una locura que cerca de las once de la noche estemos alrededor de los treinta y tres grados —replicó Rafa, con gesto de fastidio.
Al terminar de cenar, Rafa sugirió tomar una copa allí mismo, para proseguir la parte del enredo que aún desconocía.
A pesar de las ganas que mi amigo mostraba por inocularme con rapidez el virus, se dio cuenta de que me costaba trabajo mantener la boca cerrada sin bostezar. Madrugué, hice el viaje por carretera y, sin descansar un minuto, llegué a la cita acordada.
—Lo dejamos para otro día —dije entre bostezos.
—Lo siento. Soy muy pesado. No me he dado cuenta de la falta que te hace descansar. Te envío al correo dos archivos con información de Teo y de Abdel para que los leas con tranquilidad.
—Me parece bien.
Era una gran idea. Podría seguir informándome a mi ritmo una vez que el jet lag dejase de sacudirme.
Cada vez tenía la consciencia más clara de meterme en un callejón, cuya salida no iba a resultar nada fácil.
Me levanté cansado después de dormir más de nueve horas. Las maletas y el resto de enseres estaban esparcidos por la casa pidiendo que los colocara en su sitio. No había prisa. Con la sensación de estar buscando algo sin saber qué, terminé de ordenar los bártulos. No había hablado con nadie de mi familia. Nadie me esperaba, pues.
Recibí el correo de Rafa esa misma tarde. Como me había comprometido a asistir a la presentación de la novela de un amigo, decidí dejarlo sin abrir hasta que regresase del acto.
La Casa Góngora es una casa solariega del siglo XVII que perteneció a la noble familia de los Fernández de Córdoba. Tras una rehabilitación integral por parte del ayuntamiento desde el año 2007, se conoce como Casa Museo Luis de Góngora. En su bello patio porticado, que aloja una fuente de piedra negra en el centro del mismo, se presentaba la novela. Cuando llegué, aún había sillas libres. Muy poca gente me era familiar. El calor obligaba a ir ligeros de ropa. Muchos de los asistentes ya lucían una brillante piel tostada. La novela contaba las alegres y peligrosas peripecias de unos estudiantes en sus años más alocados. El formato de entrevista pactado entre autor y presentador resultó interesante y ameno. Los últimos rayos de sol dieron paso a un cielo estrellado que hizo de la oscuridad un bonito espectáculo a modo de colofón. Una brisa ligera y agradable acompañó la firma de ejemplares y los cotilleos propios de los actos literarios.
Se fue el día sin que pudiera pasar a saludar a mis padres. Vivir a caballo entre dos ciudades tiene sus inconvenientes. Son muchos los compromisos que adquieres a lo largo de las ausencias y, a veces, cuesta trabajo cumplirlos.
Nada más llegar, conecté el ordenador y abrí el correo. Estaba impaciente por saber más de las vicisitudes de los asombrosos personajes que volvían a cruzarse en mi vida. El informe tenía dos apartados. El primero era el más breve. Teo Areces había escalado peldaños de forma meteórica en la organización criminal. Su función principal era la de transportista. Trasladar a las chicas de un lugar a otro y hacer entregas de drogas era el premio a una carrera brillante de agresiones y palizas brutales a más de un corazón rebelde y extraviado. Sus jefes valoraban la gran lealtad demostrada.
La organización de Wagner Soto se hacía con las chicas a través de dos fórmulas distintas. Una de ellas consistía en pagar las deudas contraídas por las víctimas, mujeres que ejercían la prostitución, con otras organizaciones criminales para explotarlas en sus locales de alterne. La otra era la introducción de mujeres procedentes de otros países, que también tenían que saldar la deuda contraída en un viaje de falsas promesas prostituyéndose aquí. La organización tenía establecido un reglamento severísimo que aprovechaba para ampliar la deuda adquirida por las mujeres. Se les sancionaba si llegaban tarde, si la vestimenta no era adecuada o si no conseguían un número de servicios semanales. Se encontraban en un régimen de semiesclavitud difícil de abandonar. Una pesadilla tan real que la mente tardaba en asimilarla. Muchas de esas mujeres tenían la certeza de que solo había dos maneras de sobrevivir en ese mundo injusto: abandonarse al dolor de lo inaceptable o aliarse con él. Pocas cosas tan tristes e irracionales había leído como esta parte del dosier.
En la segunda parte, aparecía un nuevo y siniestro protagonista también conocido. No era algo fortuito. Rafa y el CNI estaban al corriente de esa pequeña gran coincidencia.
A Adira, la entrada a la universidad le brindó la oportunidad de conocer un mundo de sensaciones desconocidas hasta ese momento. Chicos y chicas con inquietudes comunes, asociaciones estudiantiles o fiestas más animadas de las que frecuentaba eran algunas de ellas. Pronto se le aparecieron los fantasmas que anidan en toda relación con sabor a cárcel.
Abdel empezó a vivir un auténtico infierno. No conseguía trabajo. La falta de recursos económicos acrecentaba sus problemas y acentuaba su odio por todo lo que le rodeaba. Su chica se alejaba más y más. Su único refugio era el locutorio regentado por Kadar Adsuar, que cada vez visitaba con más frecuencia.
Cuando leí el nombre de Kadar Adsuar, parte del puzle empezó a encajar. Este siniestro personaje era quien enseñaba a Abdel las suras del Corán, el mismo que le daba más importancia al aprendizaje de dichas suras que a los deberes del colegio.
No soy partidario de impartir la asignatura de religión en las escuelas. Cualquier religión es una cuestión de fe. La fe pertenece al ámbito privado de cada uno y, por lo tanto, debería estar fuera de la logística que lo público ofrece como bien general. En ocasiones, he sido testigo de cómo se manipula la historia o de cómo se miente acerca del futuro de todos los que profesen el credo de la religión en cuestión. Con ello se pretende exacerbar los sentimientos de unos niños inocentes de todo, tremendamente permeables a los razonamientos que carecen de fundamento alguno.
Kadar nació en Rabat en 1969. Llevaba en España alrededor de veinticinco años. Los diez primeros los pasó trabajando en diversas ocupaciones como la hostelería, la construcción o la recolección de frutas y verduras. Los últimos quince, como maestro de religión islámica en diversos centros de Educación Primaria en Córdoba, al tiempo que regentaba el locutorio.
Era un individuo de constitución ancha, con piernas gruesas y una barriga prominente, barba muy poblada, pronunciadas entradas en la cabeza, tez oscura y agrietada, voz suave y déficit de audición. Lo que siempre me llamó la atención era la amputación del dedo índice de su mano derecha. Cuenta que se lo lastimó trabajando en una fábrica. Sin embargo, la leyenda que manejaba la policía era que él mismo se lo cercenó al estilo de los yakuza japoneses en una turbia historia entre delincuentes.
Su locutorio servía de tapadera a una red financiada por Arabia Saudí, Catar y Kuwait, así como por empresarios musulmanes afines a la causa. Kadar era uno de los eslabones que un grupo de saudíes destinaba para el control de la colonia musulmana partidaria del wahabismo en Córdoba. Bajo el pretexto de la religión, los fines del patrocinio no eran otros que la implantación de sus costumbres, sus «tribunales» y sus «policías religiosos» al margen de la legalidad española vigente. La desescolarización de niñas, los matrimonios forzados y el reclutamiento de personal para la yihad o guerra santa formaban parte de su peculiar ley islámica o sharía.
La captación para la yihad era el principal objetivo de este complejo entramado. Para conseguirlo, los aspirantes debían completar el ciclo de preparación. Primero, se les obligaba a formar parte de bandas organizadas en el robo de todo cuanto pudiera tener valor. Con los botines conseguidos se sufragaba la propia tela de araña tejida y también se enviaba dinero a diferentes campos de entrenamiento repartidos por la zona del Sahel, Malí, Mauritania, Níger o la propia Arabia Saudí. Los alistados que superaban esa primera etapa y se entusiasmaban en la contienda pasaban a la segunda y definitiva: convertirse en muyahidín, versión lobo solitario. Los lobos solitarios podían elegir su propio objetivo y trazar su plan de actuación, aunque sería la cúpula de poder quien, en última instancia, daría el visto bueno a la ejecución.
El locutorio poseía una habitación trasera que se utilizaba a modo de mezquita para las oraciones y como lugar de reuniones clandestinas. En esa estancia se proyectaban vídeos de contenido terrorista y se pregonaban soflamas sobre la lucha espiritual. La tapadera que les servía de sostén era el estar dados de alta como asociación cultural islámica. Abdel fue una presa fácil. Una vez captado, el proselitismo y el reclutamiento se llevaron a cabo en dichas instalaciones.
No me fue fácil conciliar el sueño tras lo leído. Cuarenta páginas de la novela recién adquirida fueron mi somnífero.
A la mañana siguiente, conseguí ver a mis padres. Comí con ellos. Nos pusimos al día de los últimos acontecimientos. Por supuesto, nada de la aventura que estaba por llegar. ¡Cómo habían cambiado las cosas desde mi niñez! La relación ahora era fluida, cordial e incluso cariñosa. Ya no hablaban de futuro. Las inquietudes, cuando se ha vivido más de lo que queda por vivir, son banales si al otro lado están los hijos o los nietos.
