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Aleksis Ivanovich regresa con nostalgia a Moscú, para visitar la estancia canina donde participó en el entrenamiento de perros que contribuirían al mayor proyecto de exploración espacial del siglo XX. Las grandes potencias experimentaban con simios y perros, para después liderar la conquista espacial con seres humanos. En un momento, Alexis se enfrentó al dilema ética que implicaba el uso de animales en aras del progreso científico, y jamás pudo olvidar a aquellos héroes caninos que nunca regresaron de su viaje al espacio.
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Seitenzahl: 175
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Campos Hanon, Alexandra Perro moscovita / Alexandra Campos Hanon. – México : SM, 2021 Primera edición digital – Gran Angular
ISBN: 978-607-24-4352-5
1. Novela mexicana. 2. Guerra fría – Literatura juvenil. 3. Carrera espacial – Literatura juvenil.
Dewey M863 C36
PRIMERA PARTE
Si hubiera sido capaz de sonreír,habría sonreído en aquel momento.
PAUL AUSTER, Tombuctú
Volví a Moscú porque necesitaba caminar sus calles frías, sus puentes de piedra y sus plazas adoquinadas. Necesitaba contemplar aquel río profundo y desmadejado.
Tan pronto bajé del tren, encontré una ciudad suspendida en el tiempo. Las casas, la gente, las ideas parecían inmutables: la vieja escuela, la fábrica de herramientas, el barrio de mi infancia y, por supuesto, el edificio de la emblemática perrera moscovita.
Con esa mezcla de colores, aromas y silencios demorados, recuerdo la estación espacial soviética, la Ciudad de las Estrellas, el orden y el progreso del que formé parte, el honor y la disciplina de mi patria. También la culpa y el arrepentimiento que me llevaron a visitar, después de tantos años, aquella estancia canina todavía en operación. Ahí estaban el mismo letrero y las viejas puertas repintadas.
Ajeno al buen juicio, toqué la campana. Un hombre entrado en años se asomó por la pequeña ventana que se abría en el centro de la puerta.
—¿Se le ofrece algo? —preguntó.
—Un perro —mentí.
—Venga en horas hábiles.
—Sólo quiero echar un vistazo —insistí, mientras le ofrecía un billete a modo de propina.
El uso de animales con fines experimentales era una práctica común en diferentes industrias. Las visitas nocturnas a éste y otros albergues similares no resultaban inusuales. La ventanilla se cerró. Justo cuando creí que mi gesto había ofendido al velador, la puerta se abrió.
—Adelante —dijo, tomando el dinero—. Si encuentra lo que quiere, deberá regresar mañana y completar los trámites necesarios.
—Así lo haré.
Al entrar, sentí un ligero malestar. Era el nerviosismo de aquel lugar plagado de ladridos y lamentos.
La primera vez que visité la perrera nacional, tenía doce años. Recuerdo el olor, el encierro y el infinito abandono de las decenas de animales que esperaban su turno para ser sacrificados. Recuerdo, sobre todo, aquellos ojos. Los ojos del que intuye el peligro y mira de frente la desesperanza.
—¿Y tú quién eres? —preguntó el funcionario a cargo.
—Me llamo Aleksis, pero todos me dicen Alika —respondí.
—¿Y se puede saber qué hace un niño como tú en una perrera como ésta?
—Busco un cachorro.
Dos días antes, como cada tarde, había salido rumbo al centro de abastecimiento local para comprar leche. Era invierno, el frío me quemaba el rostro y, a falta de buen calzado, tenía los pies amoratados.
—Un galón —pedí al encargado de surtir las porciones.
Sin embargo, como ocurría cada vez con mayor frecuencia, la leche había sido racionada. Medio litro fue cuanto obtuve a cambio del cupón que mi madre me había entregado antes de salir. Iba de regreso cuando encontré una camada de cachorros arrinconados contra el muro de un edificio en ruinas. No tardé en comprender que más de la mitad estaban muertos. Sólo dos sobrevivían, un macho y una hembra.
Aunque tenía prisa por llegar a casa, me senté en el suelo, ignorando la fina capa de hielo que cubría el pavimento. Tomé a los cachorros para calentar sus patas, sus orejas, su pelaje escaso y delgado. Así permanecí una, quizá dos horas. Me dejé mordisquear los dedos y lengüetear la cara mientras disfrutaba el contacto de aquellas narices frías. Los cachorros apenas alcanzaban el tamaño de un plato de sopa. Debían tener hambre. Aun así, sus barrigas eran redondas, y su entusiasmo, contagioso; más que un hallazgo casual, parecía la celebración de un encuentro inesperado.
La oscuridad de la noche, acentuada por la época del año, me apremiaba a partir. Antes de irme, a sabiendas del problema que tendría en casa, abrí el recipiente de peltre y, utilizando la tapa a modo de tazón, serví la poca leche que había comprado. Una vez que los cachorros bebieron hasta la última gota, me levanté. Ellos gimieron: reclamaban el calor de mis caricias. Quise llevarlos a casa, pero en aquel tiempo las mascotas eran un lujo en el que ni siquiera podía pensar.
Sin más que ofrecer, caminé de frente, con los puños apretados. Los perros me siguieron. Traté de alejarlos con un periódico. Una, dos veces lo intenté. Por eso, a la tercera corrí tan rápido como pude hasta perderlos.
Aún agitado, llegué a casa. Después de recibir el esperado regaño por mi tardanza, coloqué la vasija en la mesa.
—Apenas conseguí medio litro —me disculpé.
Nikolái lloraba en su silla.
—Ponla a calentar —pidió Liudmila, mi madre, que, al verme de pie y con el gesto sombrío, se acercó y descubrió el recipiente vacío—. ¿Dónde está la leche? —preguntó.
—Tenía hambre —fue cuanto dije.
Entonces, al igual que mi hermano, Liudmila lloró.
Al otro día, guardé un trozo de pan y volví a la esquina donde pensé que esperaban los cachorros. A pocos metros del lugar donde los había dejado, encontré al macho sin vida. Su cuerpo estaba frío; su panza, dura. Busqué a la hembra debajo de los coches, en los callejones y en los parques; cerca de las tiendas, con el panadero y en la vinatería. Nada. Por eso me dirigí a la estancia canina. La visita fue devastadora. Nunca olvidaré mis pasos de aquella tarde, mientras volvía de la perrera. Caminaba consumido por un sentimiento del que no podía sentir más que vergüenza. Vivíamos tiempos violentos. Aunque la guerra había terminado, los estragos permanecían intactos en cada rincón de la Unión Soviética. Lamentar la suerte de un perro era inmoral. Simplemente, inhumano.
A pesar de que nunca localicé a la perra que abandoné esa tarde, le puse nombre. La llamé Luna. Eso bastó para sentir su compañía durante muchos años. En aquella época, ya fuera por sobriedad o pobreza, la única forma de tener algo era soñarlo... Si no podías soñar, debías imaginarlo. Tal vez así, de bote pronto, parezca poco. ¿Cómo explicar, cómo decir que, por precario que parezca, era una forma de sentirse rico?
***
La vida en el campo se volvió imposible; el alimento y el suministro para trabajar la tierra eran inaccesibles. Muchas familias buscaron empleo en las ciudades que necesitaban reconstruirse. El asedio nazi durante la Segunda Guerra Mundial había dejado pérdidas incalculables. No sólo era la falta de recursos y el aumento de los delitos cometidos por hambre y desesperación, sino también la añoranza de tiempos mejores. En una ocasión, Alika atestiguó cómo le arrebataban a una obrera su tarjeta de racionamiento. Sin ésta, no había forma de conseguir comida, ni siquiera un trozo de pan para los hijos. El gobierno lo intentaba, pero era difícil mantener el orden.
Aunque trasladarse a Moscú parecía la mejor opción para una mujer sola con dos hijos, Alika y su hermano Nikolái descubrieron que la vida urbana distaba mucho de ser aquella promesa de prosperidad que pensaban. Los servicios públicos, como la luz y el drenaje, eran inconstantes. Ríos de aguas negras recorrían las aceras, la ciudad olía a basura y la población de ratas aumentó drásticamente en casas, fábricas y escuelas. Los perros también se convirtieron en una plaga: rondaban las viviendas en jaurías, defecaban en la calle y amenazaban con brotes de rabia.
Los adultos hablaban del futuro para esconder su escepticismo. ¿Cómo saber? En aquel tiempo, la información era inaccesible para el ciudadano común. El Estado se encargaba de comunicar “los hechos” y unificar las doctrinas por medio de discursos televisados para la élite del país, radiofónicos para la clase trabajadora y carteles para el resto de la población. También estaban las plazas públicas y las escuelas. Por eso, cuando Alika llegó a Moscú y asistió a clases, supo que habían pasado tres años desde la última invasión de Hitler.
—Fue la ocupación de Leningrado —dijo la maestra.
Nadie la escuchaba. La mayoría de los alumnos había estado en la ciudad durante el ataque alemán. Todos perdieron a más de un familiar cercano en la defensa de la capital. A nadie le interesaba entender la teoría de aquel sinsentido.
—Millón y medio de civiles y soldados muertos —insistió la señorita Valenka.
Alika pensó en su salón de clases: treinta niños, algunos días treinta y cinco; doscientos en toda la escuela. Mil personas en su barrio, diez mil en su colonia. “¿Cuánto es un millón y medio de personas?”, se preguntó mientras intentaba adaptarse a su nueva vida.
Las familias, casi todas conformadas por mujeres y niños, se las arreglaban para sobrevivir en una especie de umbral que se contraía, cada vez con mayor fuerza, entre la guerra y la paz.
—Necesitamos abrirnos paso —dijo Liudmila el día que consiguió empleo en la fábrica de herramientas.
—¿Cómo te abres paso entre tanto muerto? —preguntó Alika.
—Así —respondió su madre—: mirándolos de frente.
El niño recordó a Luna y trató de imaginar cuántos perros habrían muerto durante la guerra. Sobra decir que no preguntó, pues sabía que era irrelevante: los perros tienen alma. “Con todo y semejante carencia, qué fácil sería la vida sin más: sin fe, sin honor. Sin orden ni progreso”, pensó. Pese a haber nacido en tiempos de guerra, Alika era tan ajeno a ésta como al esparcimiento.
—Murió Jako —decían.
—¿Qué Jako?
—Murió Grigori.
—¿Quién?
—No sé —respondían—. No lo conozco.
Ni siquiera había conocido realmente a su padre, Iván fue llamado a filas cuando Alika cumplió seis años: Polonia, Japón, Alemania. Escuchaba nombrar países lejanos que le decían poco acerca de dónde estaba y mucho menos de quién era. Veía su retrato hasta obligarse a recordar algún rasgo de seguro imaginado. Por eso, cuando Liudmila volvía a casa con la lista de soldados caídos en combate, él evitaba mirar. No quería saber. Y ella notaba la evasiva. “El miedo de perder a su padre”, suponía.
Y Alika tenía miedo, cierto, pero carecía de padre. Si el nombre de Iván hubiera aparecido entre las bajas, le habría resultado por completo indiferente. Esa certeza lo hacía sentirse despreciable. ¿Cómo imitar el duelo de su comunidad? ¿Cómo dejarse arrastrar por aquella tristeza colectiva? Más de una vez se había preguntado por esa sensibilidad errática que le permitía conmoverse hasta las náuseas por un animal, mientras que permanecía ajeno al dolor de su gente.
Por fortuna, Iván regresó con vida y Alika no pudo confirmar que era el inadaptado que tanto temía. Aun así, al igual que muchos niños, descubrió que su padre en realidad no había vuelto. Aquél era un hombre perturbado, lisiado y emocionalmente devastado. Parecía un extraño incluso ante Liudmila, que presumía de conocerlo por completo y desde siempre.
En medio de esa nueva realidad se había iniciado la posguerra, que más adelante dio paso a la Guerra Fría, el mayor enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
La Guerra Fría despertó nuevos terrores, aunque la confrontación no fue armada. De manera paradójica, gracias a que ambos países poseían bombas atómicas, la prudencia fue la constante, pues la certeza del inmenso daño que podían infligir causó pánico en el mundo entero. En caso de un ataque nuclear, la destrucción sería tal que acabaría con buena parte del planeta. Quizá por eso la rivalidad se reflejó, sobre todo, en el ámbito ideológico. Comoquiera, inauguró una larga carrera armamentista y, con ésta, la carrera espacial.
Mi familia, como el resto del barrio, trabajaba duro, comía lo justo y se divertía poco. Todos y todo tenían una razón de ser, una razón de estar: menta, manzanilla y toronjil; incluso las hierbas que ocupaban espacio en la cocina servían para preparar té.
Un día, hurgando en los escombros del patio trasero, Nikolái encontró una jaula. No era grande, tampoco pequeña; en sus tiempos debió de ser dorada. La cargó con ambas manos y se acercó a mi madre.
—Quiero un pájaro —dijo, con el cacharro de metal sobre su cabeza.
—Y yo quiero sembrar flores —respondió Liudmila—, pero para eso están los parques. Aquí sólo cosechamos tomates. Si quieres un animal que alimentar, busca otro sitio donde vivir.
—Un pájaro —intervine en defensa de mi hermano, y acaso en defensa de Luna, pues seguía buscándola—. ¿Cuánto puede comer un pájaro?
—No importa cuánto: hambre es hambre. Si algo sobra en esta casa son ganas de comer.
Mascotas, dulces o libros de ficción servían para nada y para lo mismo. En el Moscú de aquel tiempo, el desperdicio era inexistente; la ociosidad, inaceptable. Si bien en casa no padecíamos la precariedad generalizada, asumíamos las circunstancias de nuestra patria con serenidad y, en algunos casos, hasta con orgullo.
—Debemos cumplir nuestro papel en este proyecto de nación —decía Liudmila.
Las mujeres, obreras y matronas por igual, parecían reunirse en los lavaderos con el único fin de presumir la austeridad y el esmero con que sobrellevaban la carencia, ya fuera de comida, de ropa o de medicinas.
—Esto nos distingue como una sociedad igualitaria —decían.
Sin embargo, el discurso no convencía a nadie. Lo que ahí se respiraba era resignación. Y la resignación dista mucho de ser un credo. Siempre supe que en la Unión Soviética nadie creía de verdad; todos agachaban la cabeza y cumplían con un deber impuesto a la medida de cada quien. Con los veteranos de la milicia fue distinto. Ellos conformaban el paisaje de la posguerra, y así estaba bien. ¿Lo malo? Lo malo fueron los miles de heridos en combate que, a su regreso, con el carácter trastocado, marcaron el carácter de la nación.
Mi padre fue uno de tantos. Su presencia cambió la dinámica familiar. Todo debía girar en torno a las necesidades de un hombre paralizado no sólo del cuerpo, sino del alma. Su discapacidad empeoró su temperamento, desde siempre iracundo. En una ocasión, yo estaba sentado frente a él. Lo observaba... Trataba de entender aquel gesto huraño.
Iván levantó la mirada.
—¿Qué me ves? —preguntó con desprecio.
No supe responder. ¿Qué podía decirle cuando yo mismo ignoraba lo que veía? En silencio, abandoné la habitación. Aquella dureza, el rencor que percibí en las palabras de mi padre bastaron para abstenerme de volver a mirar. Quería evitar cualquier contacto.
Para ser justos, debo decir que sólo Iván comprendía semejante infierno. La guerra había dejado estragos en cada rincón de su memoria; y la frustración de no valerse por sí mismo, ni siquiera para llevar a cabo actividades tan sencillas como ir al baño o levantarse de la cama, completaba una lista de condiciones ideales para la neurosis. En un principio, se negó a pedir ayuda. Dolía ver el esfuerzo que hacía para encender la radio; la torpeza de sus manos al partir un trozo de pan; el desatino cuando trataba, sin éxito, de ponerse los lentes para leer el diario cada mañana.
Un día, para sorpresa de todos, Iván se rindió. La crudeza de aquella condición doblegó su voluntad y, con este quebranto, el orgullo mutó en un sarcasmo que destrozaba la moral de quienes lo rodeaban. Su cinismo creció, alimentando con él la dependencia hacia su familia. Nikolái, mi madre y yo: todos debíamos pagar una fracción de aquella cuota impuesta por una herida de bala en la columna.
Al cabo de cierto tiempo, los hábitos establecieron una nueva rutina. La situación cobró rasgos de normalidad y, con la normalidad, perdimos perspectiva. Antes de tres años, la condición de Iván dejó de ser una desgracia con tintes heroicos para convertirse en una carga inmerecida. Mi madre fue la primera en asumir que no tenía pareja, sino un compañero tan intolerante como intolerable. Nikolái y yo optamos, sin tener realmente opción, por mirar en él la figura de un abuelo.
—No entiende —decía mi hermano al notarlo ausente.
—Claro que entiende.
—No tanto.
Por fin, como suele pasar con la discapacidad incomprendida, su parálisis adoptó la forma de un niño que no aprende a comer solo ni a levantar sus juguetes.
—¡Aleksis! —grita Iván a media noche.
Me despierto sobresaltado. Abro los ojos. Miro la ventana. El cielo está oscuro. Saco la mano a través de las cobijas. El frío me molesta.
—¡Aleksis! —grita de nuevo.
La impaciencia en su voz crece. Me quedo quieto, esperando que deje de llamarme, que desista, que grite otro nombre. Sin embargo, lo hago en vano.
—¡Aleksis!
Resignado, me levanto. Pienso en Nikolái. ¿Dónde andará? Duerme con mi madre. La puerta de Liudmila está cerrada, y su luz, apagada. Por un momento, dudo... Me pregunto si escucha, si le importa, si duerme o finge dormir. La certeza de aquella indiferencia me fortalece. Camino hasta el cuarto de mi padre. Cuando lo veo tirado en la cama, pienso en mis propias manos, en mis pies descalzos.
—¿Qué quieres? —pregunto sin pasar de la puerta.
—No alcanzo el agua —responde Iván en tono grosero.
—¿En verdad necesitas tomar agua a esta hora?
—Tengo sed.
Con la mayor brusquedad posible, le sirvo un vaso de agua y salgo deprisa. Tan pronto como llego a mi habitación, lo escucho de nuevo:
—¡Aleksis!
Esta vez no intento atemperar mi fastidio. Quiero que lo note. Regreso con el enojo mordiéndome los tobillos.
—¡Trae el diario! —ordena.
—¿El diario?
—Léeme algo.
—Son las noticias de ayer.
—No importa: quiero escucharlas de nuevo.
Lo odio, lo odio y me odio por eso. Después de leer en voz alta una, dos páginas de mala gana, vuelvo a mi habitación. Así es el sueño, como una lagartija de temperamento nervioso y espantadizo. Nada que hacer. Sólo esperar con serenidad hasta que vuelva:
—¡Aleksis!
Más desorientado que antes, miro los colores a través de la ventana: empieza a clarear. Esta vez no espero. Con impaciencia, repito el recorrido de forma idéntica.
—Se me cayó el cigarro.
—¿Por qué fumas?
—No puedo dormir.
—¿Y necesitas fumar?
Entonces recuerdo la precariedad de sus opciones. La radio no transmite durante la noche y difícilmente podría sostener un libro. En todo caso, supongo, se le caerían los lentes. Lo ayudo a revolver las sábanas hasta encontrar el cigarro, aún encendido. Quiero preguntarle si está bien, si se hizo daño, pero la experiencia me dice que nada bueno resultará de una conversación amable.
Regreso en silencio. Tomo la revista de ciencia que lleva años bajo mi cama. Paso las hojas amarillas y humedecidas. Tampoco puedo leer. La noche acaba y el tiempo restante es un limbo: tarde para dormir; temprano para estar despierto. Por eso, pienso en Luna, en la compañía que pudo ser: la perra que debía estar. De nuevo me reprocho aquella ausencia.
Por la mañana, Luna desaparece junto con el satélite que lleva su nombre. Es momento de pedir disculpas. Entro al cuarto de mi padre. Lo veo dormir. Así está mejor. Salgo sin hacer ruido.
—¿Ya te vas? —pregunta Iván, que lleva años en vela.
No respondo. Sigo mi camino, cansado y con la cabeza baja. Siento culpa. Me prometo que hoy será distinto. Sin embargo, cuando llega la noche, la pesadilla que encierra el grito de mi padre regresa; con este mal sueño, la presencia de Luna también.
***
“Vivimos en paz”, aseguraban los camaradas del Partido. Sin embargo, el ambiente en las calles era más desolador que antes de la guerra. Si tuviera que explicar este sinsentido diría que, en un principio, los soviéticos marcharon con el ímpetu de quien va rumbo a la gloria.
—¿Y al final? —preguntaron los niños que escuchaban noticias en la Plaza Roja.
—Al final —dijo Iván, enfurecido—, nadie ganó. Cierto: los alemanes perdieron. ¿Y nosotros? ¿Acaso podemos llamar “triunfo” a una patria devastada? Los números no mienten.
El empeño político por pregonar la supremacía comunista no fue suficiente. Todos sabían que con la guerra sólo hay quien pierde menos. Incluso sumando daños, la Unión Soviética mantenía en alto su estandarte ideológico. Quizá por eso, y por confiar en el futuro, Liudmila se gastaba lo poco que ahorraba en revistas de divulgación científica para su hijo. Alika leía con entusiasmo esos artículos que aseguraban una próxima era espacial: viajes a la Luna, cohetes teledirigidos, vida en Marte.
—“Tecnología y progreso”, vaya mote nacional —dijo Iván, enfatizando la ironía—. Un despilfarro. Una excentricidad del Estado.
Por seductora que fuera, la promesa espacial tenía sus detractores. Como tantos otros, Iván sabía que, aun si el primer hombre en alcanzar la Luna era soviético, aquí, en la Tierra, no todos tenían qué comer. Aleksis notaba la inquietud de Liudmila. Para el régimen, las palabras de Iván podrían significar una traición que ameritaba, cuando menos, cinco años de trabajos forzados en Siberia. Vecinos, amigos o familiares: cualquiera podía ser un espía de la policía secreta. La KGB, que empezaba sus funciones como agencia de inteligencia y seguridad nacional, necesitaba legitimar su poder y hacerse respetar por la población, ya de por sí amedrentada.
—El espacio se ha convertido en el nuevo campo de batalla —se lamentó Iván desde el rincón donde escuchaba la radio: “Científicos, ingenieros, técnicos y cosmonautas son los nuevos héroes de la patria”, insistía el comentarista, quien trataba el tema de forma tan superficial que nadie comprendía las implicaciones de sus palabras.
—Al menos parece optimista —dijo con un suspiro Liudmila, cansada de las quejas constantes de su marido.
