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Pie de bruja, un relato de magia y misterio situado en la Nueva Inglaterra colonial, es una historia de triunfo y terror que sólo un fantasista tan siniestro como Brom podría contar. Connecticut, 1666: Un espíritu ancestral despierta en un bosque sombrío. Los seres salvajes lo llaman Padre, verdugo, custodio. Los colonos lo conocen como Azazel, demonio, diablo. Para Abitha, una extranjera que acaba de enviudar y que se encuentra en un profundo estado de soledad y vulnerabilidad en un poblado de puritanos intransigentes, es el único ser vivo al que puede recurrir en busca de ayuda. En conjunto, emprenden una batalla entre el paganismo y el puritanismo que amenaza con destruir el poblado entero y dejar cenizas y masacre a su paso: «Si es un demonio lo que buscan, un demonio es lo que encontrarán». Este aterrador relato de hechicería incluye más de veinte inquietantes ilustraciones a color que sumergen por completo a los lectores en su mundo salvaje e implacable. «Si Quentin Tarantino y Guillermo del Toro unieran fuerzas para escribir un relato sobre puritanos y cacería de brujas, uno esperaría que el fruto de su trabajo fuera equiparable a Pie de bruja. Me encantó este libro. Es estridente, sangriento y hermoso; una obra de imaginación pura». —Andy Davidson, autor de The Boatman's Daughter y The Hollow Kind «Con ecos de La bruja, Las brujas de Salem y El laberinto del fauno, esta obra de brom es un cuento de hadas frenético y alucinógeno. Como muchos cuentos de hadas, no insiste en sopesar cuestiones éticas ni se enreda en detalles históricos, sino que nos brinda protagonistas entrañables, exóticos animalillos y canallas a quienes ansiamos ver tomando una cucharada de su propio chocolate». —Christopher Buehlman, autor de The Blacktongue Thief
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Seitenzahl: 634
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Pie de bruja
Título original: Slewfoot: A Tale of BewitcheryD. R. © 2021, Brom
Publicado en convenio con Tor Publishing Group, en asociación con International Editors & Yáñez Co. Barcelona
D. R. © 2025, Ariadna Molinari Tato, por la traducción
Ilustraciones de portada y de interiores: Brom
Primera edición: noviembre de 2025
D. R. © 2025, de la presente edición en castellano para todo el mundo excepto España: Perla Ediciones ®, S. A. de C. V. Venecia 84-504, colonia Clavería, alcaldía Azcapotzalco, C. P. 02080, Ciudad de México www.perlaediciones.com / [email protected]
@perlaediciones
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
ISBN: 978-607-2640-20-7
Composición digital:Mutare, Procesos Editoriales y de Comunicación, S. A. de C. V.
ÍNDICE
~
Capítulo ICapítulo IICapítulo IIICapítulo IVCapítulo VCapítulo VICapítulo VIICapítulo VIIICapítulo IXCapítulo XCapítulo XICapítulo XIICapítulo XIIICapítulo XIVCapítulo XVCapítulo XVIEpílogoÉste se lo dedico a mi madre, Catherine Shirley Brom, quien siempre me dijo que podría lograr las cosas, incluso cuando otros afirmaran lo contrario.
Anda con pie cauto entre estas rocas sagradas, pues aquí, el 5 de octubre de 1666, el diablo con pie de bruja les arrebató la vida a ciento doce buenas gentes del pueblo de Sutton. Que Dios tenga en su gloria sus almas inmortales.
LETRERO MONTADO SOBRE LAS RUINAS DE LA ANTIGUA CASA DE REUNIONES DE SUTTON.
CAPÍTULO I
~
El nuevo mundo
Sutton, Connecticut, marzo de 1666
UNA SOMBRA EN LAS PROFUNDIDADES de la oscuridad.
Un susurro…
Y otro.
—No.
Más susurros… urgentes.
—No te oigo… No te puedo oír. Los muertos no oyen.
Un coro de susurros.
—Déjame en paz.
Debes despertar.
—No. Si estoy muerto, así he de quedarme.
Ya no puedes esconderte.
—Ya no hay nada para mí allá afuera.
Hay sangre.
—No…, ya no más. Se acabó.
Ahí vienen.
—Por lo que más quieras, ¡déjame ya!
Ya llegaron. Están al pie de tu puerta.
—No me importa.
Te trajimos un regalo.
—No quiero nada.
Es sangre… Huélela.
—No, no huelo nada. Los muertos no huelen.
Sin embargo, la sombra sí percibía el olor a sangre que la rodeaba, la poseía, se volvía parte de ella. Traía consigo hambre… Primero un mero cosquilleo, pero luego, conforme el olor se fue extendiendo, un ansia dolorosa.
—¡Ay! —suspiró la sombra desde lo más profundo de sus entrañas—. Sangre dulce.
La sombra abrió los ojos, los cerró y luego volvió a abrirlos.
En la tierra yacía una bestia de cuatro patas; no era un ciervo ni ningún otro animal que pudiera reconocer, sino un ser lanudo con pezuñas y cuernos gruesos y retorcidos. Tenía el vientre destrozado y las entrañas expuestas. Parpadeaba débilmente, y su respiración entrecortada era muy superficial.
La sombra se cernió sobre el animal. La bestia le clavó la mirada y empezó a temblar y a balar. La sombra se alimentaba del miedo, acercándose más y más, y hundiendo sus tentáculos de humo en las entrañas tibias para saciar su sed de terror y sangre.
La sombra empezó a encontrar su forma; la sangre fue formando arterias y venas, cartílagos, huesos, tendones y músculos. Empezó a beber la sangre a lengüetazos hasta que se dio cuenta de que tenía dientes, y entonces arremetió contra el animal, clavando el morro en las entrañas tibias para devorarle la carne y el hueso por igual. La sombra sintió un golpeteo en el pecho, y luego otro, convulso, y entonces vino el primer latido, como un tambor cada vez más y más veloz. La sombra, que para entonces ya tenía cuerpo, alzó la cabeza y profirió un largo aullido.
Bien, dijo el otro.
—Bien —dijo la sombra, ahora bestia. Y, por primera vez en mucho, mucho tiempo, escuchó el eco de su propia voz, que rebotaba en las paredes de la cueva.
¿Aún tienes hambre?
—Sí.
¿Quieres más sangre?
—Sí.
Hay más allá, en lo alto.
La bestia alzó la mirada y alcanzó a ver una esquirla de luz en lo más alto de un largo túnel vertical.
¿Cómo te llamas?, le preguntó el otro.
—No me acuerdo —contestó la bestia.
Ya lo recordarás. Sí que lo recordarás…, y ellos también.
—¡Samson! —gritó Abitha, intentando disimular el pánico creciente que se reflejaba en su voz.
Avanzó deprisa, siguiendo las marcas de pezuñas que formaban un sinuoso camino sobre la capa de tallos de maíz secos. Sabía que la cabra no podría haberse alejado demasiado, pues no había pasado más de una hora desde que la había visto. Al llegar a la orilla del campo de cultivo se detuvo y miró con detenimiento el denso bosque de Connecticut que tenía enfrente. A pesar del crudo invierno y de haber perdido todas sus hojas, que yacían inertes sobre la tierra fría, los árboles bloqueaban la luz y dificultaban ver más allá de unos cuantos pasos.
—¿Samson? —repitió—. ¡Sam! —El aire frío convertía su aliento en bruma.
Percibió las espesas nubes en el cielo y supo que el crepúsculo se avecinaba. Si no encontraba a Samson antes de que anocheciera, seguramente lo harían los lobos o alguno de los hombres salvajes. Aun así, titubeó, pues sabía que era muy fácil que un alma entrara a ese bosque y no saliera jamás. Volteó hacia atrás y pensó en volver a la cabaña por su mosquetón. Pero decidió que no había tiempo suficiente, así que inhaló profundamente, levantó un poco su gruesa falda de lana gris y se adentró a su pesar en el almizclado laberinto arbóreo.
Siguió las huellas que la llevaron por un nudo de enredaderas de zarzas y una pendiente lodosa en la que tuvo que ser cuidadosa para no resbalar con la hojarasca. Las ramas de los árboles se le atoraban en el abrigo y la larga falda. Una incluso se le enredó en el bonete y se lo quitó, con lo cual liberó su larga cabellera rojiza. Cuando se estiró para recobrar el bonete, un pie se le deslizó y la hizo caer por la pendiente hasta llegar a una quebrada cenagosa.
—¡Por todos los diablos! —gritó Abitha y miró a su alrededor con cautela. No había nadie, pero la cautela ya se le había hecho hábito, pues sabía muy bien cuál sería el precio que pagaría si alguien de su secta la oía maldecir de esa forma.
Se agarró de una rama gruesa para ponerse de pie, pero la madera se reventó y la hizo caer de bruces. El lodo del suelo le succionó las botas hasta quitárselas.
—¡Hijo de la gran puta! —gritó la joven, esta vez sin que le importara quién pudiera oírla.
Abitha escupió la tierra que se le había metido a la boca y empezó a buscar sus botas hasta que las encontró y se las arrebató a la ciénaga. Las sacudió para quitarles el lodo, pero, como eso no funcionó, intentó hacerlo con las manos. El cuero rígido le lastimó los dedos ya de por sí helados. Cuando el dolor se volvió insoportable, Abitha se detuvo y se abrazó las manos sobre el pecho para tratar de calentárselas.
—Samson —llamó de nuevo a la cabra, mientras recorría con la mirada la ciénaga húmeda y el bosque interminable, sin saber cómo una chica londinense como ella había terminado en una tierra tan inhóspita y brutal. Sintió el ardor de las lágrimas y quiso limpiarse los ojos con el dorso de las manos, pero sólo se embarró lodo en las mejillas—. Ya, no llores. Ya no eres una niña.
Esperó que aquello la reconfortara.
Ya no. Tendrás veinte llegada la primavera. Una mujer ya…, y casada, sin duda. Frunció el ceño y decidió contar los meses hasta darse cuenta de que llevaba casi dos años casada. Todo aquello era muy difícil de aceptar… El esposo, la granja, los puritanos…, en especial los puritanos y su forma de vida tan austera. A lo largo de su vida, le habían hecho creer que sería sirvienta de algún rico señor o una dama. No habría sido una gran vida, claro, pero al menos no habría temido morir de hambre cada invierno. Las cosas no salieron como esperabas, ¿verdad, Abi? No, no. Padre se encargó de que así fuera.
Su padre se enteró de que el rey ofrecía una recompensa para enviar jóvenes solteras a las colonias y la vendió al Gobierno por un puñado de monedas. Le fue prometida en matrimonio a Edward Williams incluso antes de que abandonara las costas inglesas. Tenía apenas diecisiete años.
Dado que era profesor, el padre de Abitha había insistido en que la joven aprendiera a leer tan bien como sus dos hermanos menores. Por ende, Abitha no tenía problemas para leer el documento promisorio que durante el largo viaje sacaba cada vez que necesitaba soltar una carcajada o llorar a mares.
JOVEN OBEDIENTE Y VIRTUOSA, DE ROSTRO BELLO, PIEL CLARA, COMPLEXIÓN PROPORCIONADA Y BUENA CRIANZA EN UN HOGAR PIADOSO Y EDUCADO.
Un hogar muy piadoso, pensaba, si tienes un padre que gasta más en beber que en pan y una madre capaz de convertir las maldiciones en poesía. ¿Y virtuosa? Claro: si se ignoraban los arranques profanos, los hurtos ocasionales y la propensión a reñir, sin duda era la mejor candidata para casarse con un puritano. En cuanto a la belleza del rostro…, eso nunca se lo había dicho nadie, no con esa nariz respingada y esa piel que se le enrojecía cuando le hervía la sangre o hacía mucho frío. En cuanto a la complexión, suponía que «proporcionada» significaba algo distinto a ojos de quien escribió aquella nota, pues su figura flacucha rara vez había atraído la atención de algún hombre. No obstante, el documento perdió su gracia cuando atracaron en el puerto de New Haven. Cuando la realidad se volvió inescapable, estuvo segura de que su nuevo esposo la mandaría de nuevo a la isla tan pronto la viera. Pero, si acaso Edward se sorprendió, ella también, pues no era para nada lo que había esperado. Era un tipo de buen ver, quizás hasta atractivo, como diez años más viejo que ella y con cabellera oscura, ondulada y tupida. Sin embargo, tenía cierta lordosis, una joroba que lo hacía caminar encorvado.
Era imposible dilucidar qué pensó de ella, o al menos lo fue en ese momento, pues, si acaso Edward sintió cierta decepción, no lo reflejó. La saludó a su llegada con una sonrisa tímida. Luego, después de estrecharle la mano con cierta incomodidad y de presentarse de forma breve y casi metódica, tomó el único bolso que Abitha traía consigo y la guio hasta la carreta jalada por mulas que la llevaría a su nueva vida.
Y heme aquí, pensó, quitándole lodo helado a mis botas y persiguiendo a una tonta cabra hasta lo más profundo del bosque oscuro.
Un aullido distante la sacó del ensimismamiento. Dejó de intentar quitarle la mugre a las botas y se las puso de nuevo, aunque le costó trabajo ponerse de pie. La falda larga estaba húmeda y manchada de lodo, lo cual la hacía más pesada y dificultaba aún más el movimiento. Sacó de la ciénaga una rama gruesa para usarla como bastón y volvió a buscar las huellas, que no tardó en encontrar. La condujeron al extremo más lejano de la quebrada, en la parte de la ladera donde sobresalía un montón de rocas.
Abitha examinó las piedras oscuras y le sorprendió mucho su semejanza con un enorme tocón terroso, lo que le hizo preguntarse si serían los restos petrificados de un inmenso árbol antiguo e imaginar cuán grande tendría que haber sido para dejar vestigios así de voluminosos. Se percató de otra cosa: unas rocas más pequeñas colocadas verticalmente y separadas de forma equidistante que creaban un círculo amplio alrededor del tocón. Eran doce en total. La forma en que estaban acomodadas era peculiar, como si las hubiera puesto ahí un gigante del pasado.
Las huellas de pezuñas desaparecían en una hondonada que estaba en la base del tocón petrificado. Abitha alcanzó a ver que era la entrada a una madriguera o cuevita, así que se acercó con cautela por si acaso había indicios de osos o lobos. Sin embargo, lo único que había dejado huella sobre la hojarasca húmeda era la cabra.
Se acercó más y, con una mano apoyada en la parte superior, se asomó a la cuevita, pero adentro sólo había oscuridad y sombras. Aun así, sintió cierta inquietud, como si alguien la observara, y se arrepintió de no haber llevado el mosquetón.
—¿Samson? —No hubo más respuesta que la oscuridad perturbadora—. Estúpida bestia. ¿Por qué te habrías metido en un hoyo así? —Le pareció raro que las huellas hubieran sido tan directas, casi como si la cabra hubiera ido en línea recta desde el granero, como si conociera el camino y la cueva—. Samson —volvió a llamarlo. Pero nada—. ¡Samson! ¡Sal de ahí… en este instante! No me obligues a ir por ti. —Y luego, con un susurro—: Por favor, no me obligues a entrar ahí. —Consideró volver a la cabaña y regresar después con Edward, pero no sabía a qué hora volvería a casa…, podría tardar horas. No podemos perder a la cabra, pensó con angustia, pues sabía que les había costado mucho dinero, y ya de por sí tenían muchas deudas. Pero esa no era la única razón; había sido su culpa, pues era la única que había entrado al corral de las cabras y sólo descubrió que se había escapado cuando salió a ordeñar a las dos hembras para la cena. Lo que más temía era ver la expresión de Edward cuando le confesara lo que había hecho, tener que lidiar con su derrota ante la pérdida. No, Abitha no podría soportarlo—. Samson —repitió con voz suplicante—. Por favor.
Apretó los dientes, se agachó, metió la cabeza por la abertura y esperó a que sus ojos se empezaran a adaptar a la oscuridad. La cueva era más profunda de lo que esperaba, como del tamaño de una carreta, con el techo bajo. Con ayuda de la rama, tentó el interior hasta sentir el suelo y se metió.
—Samson —llamó a la cabra de nuevo, y sus palabras hicieron eco en el fondo de la cueva. Sus ojos siguieron adaptándose, hasta que alcanzó a ver que había otra cámara. No, pensó. No me meteré ahí. No hay poder humano que me haga ir para allá.
A lo lejos escuchó un susurro, seguido de un resoplido que parecía el de una cabra. Abitha se tensó y se preparó para huir.
—¿Quién anda ahí? —preguntó, tomando la vara como si fuera una lanza—. ¿Samson? ¿Eres tú? —Esperó, agarrando la vara con tanta fuerza que las manos le dolieron. Luego de un largo minuto sin sonido alguno, Abitha exhaló muy despacio. Deja de ser una niñita miedosa. Se mordió el labio y dio un paso al frente con cautela, y luego otro, hasta que, de pronto, resbaló.
Cayó de costado y empezó a agitar los brazos mientras descendía, rasgando la tierra suelta con los dedos en busca de algo, lo que fuera, que pudiera frenar su caída. Al fin, con una mano logró agarrar una roca que sobresalía; luego la tomó con la otra y se aferró con fuerzas mientras buscaba dónde atorar los pies. Ahogó un grito al darse cuenta de que no había suelo, sólo un hueco oscuro.
Abitha se quedó colgada, con la respiración acelerada, escuchando las piedras sueltas que se tambaleaban y caían por el pozo, al parecer sin fin, y entonces volvió a oír el susurro. En esta ocasión, no tuvo problema para ubicar la fuente: provenía del fondo del pozo. Entonces entendió lo que había ocurrido: la cabra había caído por el agujero.
—¡Ay, animal tonto! —exclamó—. Eres un tonto cabezahueca. —Estaba segura de que la cabra se había quebrado el cuello o la espalda; si era así, ya no serviría como semental, y, hasta donde ella sabía, era imposible ordeñar a una cabra macho—. Ahora vas a ser estofado, bestia tonta. Cuando logre…
Pero entonces guardó silencio.
Y escuchó otro sonido proveniente de las profundidades.
Se asomó hacia el abismo oscuro.
Volvió a escucharlo, y entonces supo con absoluta certeza que no era la cabra, sino un cuchicheo. Parecían niños. No alcanzaba a entender las palabras, pues parecían estar en otro idioma. Serán los nativos, pensó, pero no, era algo más, porque no sólo oía las palabras, sino que las sentía, como si le reptaran bajo la piel. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, y entonces entendió.
Suéltate. Nosotros te atrapamos.
Abitha redobló los esfuerzos por escapar, a pesar del peso de la falda lodosa.
Otra vez se oyó la voz, pero esta vez más cerca. Miró de reojo hacia abajo, pero no alcanzaba a ver nada, ni siquiera sus propios pies. La oscuridad era terrible. Logró sacar un antebrazo, luego se meció y subió una pierna y se enganchó a la orilla del pozo. Rodó para alejarse del agujero, logró ponerse de rodillas y avanzó tan rápido como pudo hacia la entrada, hacia la luz del día, pero tropezó y se tambaleó, y luego ¡algo la tocó! Gritó, pero no había nada ahí.
—¡Déjenme en paz! —gritó y siguió avanzando a tumbos hasta la boca de la cueva y bajó la colina rodando. Logró ponerse de rodillas nuevamente, alzó la mirada hacia la cueva y esperó que lo que fuera que la había tocado se asomara—. No eres real —susurró mientras meneaba la cabeza—. ¡No es real!
Se quitó el cabello de la cara y entonces lo vio, entre las engañosas sombras crepusculares: un enorme árbol que se cernía sobre ella. Era inmenso, con las hojas color carmesí, como la sangre. No podía moverse ni parpadear siquiera. Escuchó su nombre a lo lejos, y luego más cerca y en voz más alta.
—¡Abitha!
Al darse la vuelta, vio a Edward sosteniendo una linterna en el otro extremo de la ciénaga, con la luz del atardecer delineando su silueta encorvada.
Volteó de nuevo hacia el árbol, pero ya no estaba. En su lugar, una plántula había surgido encima del enorme tocón.
—Eso no estaba ahí —susurró. No, sé que lo habría visto, con esas hojas tan rojas.
—¡Abitha! —exclamó Edward. Abitha se puso de pie y corrió hasta donde estaba él, rodeando la ciénaga. Nunca le había dado tanta alegría verlo—. Abitha, ¿qué…? —Alzó la linterna para examinarla de pies a cabeza, con los ojos desorbitados por el susto. Y tenía razón de ser, pues Abitha estaba cubierta de lodo y hojas, había perdido el bonete, el cabello lodoso y húmedo le caía por la cara y… acababa de darse cuenta de que había perdido una bota—. ¡Ay! ¡Pobre de ti! ¿Qué…?
—Lo perdí, Edward —contestó deprisa, con la voz entrecortada—. ¡Lo perdí!
—¿A quién? ¿A quién perdiste?
—A Samson. Lo perdí. Lo siento mucho.
Edward miró a su alrededor.
—Lo encontraremos.
—No, es que no me estás escuchando. Samson está muerto. Se cayó a un pozo. Se fue..., se fue y ya, Edward. —Entonces vio cómo le cambiaba el rostro al comprender lo que eso implicaba. Sin un macho que preñara a las hembras, no habría cabritos cuando llegara la primavera.
—¿Estás segura?
—Sí, Edward. Hay un foso. —La voz se le quebró cuando señaló hacia el tocón—. Está en el fondo del pozo. Lo siento muchísimo. Es que… yo…
Edward se le acercó e hizo algo muy inusual: la abrazó. Fue un abrazo incómodo y casi paternal, como solían ser sus intentos de intimidad, pero Abitha entendió que era su forma de reconfortarla.
Abitha se distanció.
—¿No me oíste, Edward? Perdí a Samson. Lo perdí. Deberías estar molesto. Tienes todo el derecho a enojarte.
—Ya nos preocuparemos por eso mañana —contestó—. Cuando haya luz. Si es la voluntad del Señor…, entonces nos las arreglaremos.
Abitha sintió el ardor de las lágrimas de furia. Estaba furiosa con Edward, por Edward, porque nunca perdía los estribos, al menos no con ella. Jamás lo había hecho. Y Abitha deseaba que lo hiciera, que la maldijera, porque quizás así no se sentiría tan furiosa consigo misma.
—No fue Dios quien dejó el portón abierto —espetó—. Fui yo. Esto es mi culpa. No podemos pasarnos la vida culpando al Señor. No hay forma de…
—¡Basta! —exclamó Edward con voz tensa. Pero Abitha se percató de la fragilidad que yacía bajo la superficie y tuvo que hacer el esfuerzo consciente de no insistir y de darle suficiente espacio para que él resolviera las cosas a su manera—. Basta —susurró Edward y se dio media vuelta para volver a la cabaña, con expresión derrotada y exhausta.
Abitha miró una vez más la cueva oscura, y luego lo siguió.
Al acercarse a la cabaña, Abitha alcanzó a ver un corcel blanco atado al porche. ¡Ay, no! ¿Por qué hoy?
Edward se detuvo y, por un instante, Abitha creyó que se daría la vuelta y se iría. En vez de eso, inhaló profundamente y continuó avanzando. Abitha lo siguió.
Wallace, el hermano mayor de Edward, estaba sentado con las botas apoyadas sobre la mesa. Ambos hombres tenían el mismo cabello ondulado, los mismos ojos oscuros, el mismo ceño melancólico, pero eso era lo único que compartían, pues Wallace parecía ser todo lo que su hermano no era. Un hombre de hombros anchos, voz y actitud impetuosa, quijada angulosa y apariencia galante, bajo cualquier perspectiva.
—¡Edward! —exclamó Wallace con la boca completamente llena de jamón.
Abitha había estado preparando la mesa antes de salir corriendo hacia el bosque, y Wallace no tuvo reparo en tomar un par de rebanadas de jamón en su ausencia. Abitha hizo un esfuerzo para no gritarle, pues era lo único que les quedaba de carne curada y no había forma de saber cuándo tendrían los recursos para comprar más.
Wallace miró fijamente el lodo adherido a la ropa y el cabello de Abitha.
—¿Debería preguntar?
—Perdimos una cabra —contestó Edward, sin agregar más.
—Ah…, ya veo —contestó Wallace y tomó otro bocado de jamón—. Lo lamento. —Alzó el trozo de carne—. Espero que no te importe, hermano. El viaje fue muy largo, y no había cenado nada.
Sabes muy bien que sí nos importa, pensó Abitha y volteó a ver a su esposo, con la esperanza de que éste reprendiera a su hermano. No dejes que se salga con la suya, Edward. Al menos dile que habrías agradecido que te lo preguntara antes. Por primera vez en la vida, ¡no dejes que te pisoteé!
—Eh —dijo Edward—, bueno, está bien… Es bueno poder compartir las riquezas que el Señor nos ha dado.
—Abitha —intervino Wallace—, tráeme un poco del dulce aguamiel de Edward. Necesito aclararme la garganta. Les traigo noticias.
Abitha titubeó, pues no estaba de ánimo para recibir órdenes de aquel hombre, al menos no esa noche, y mucho menos en su propia casa. Pero eso no era todo; ya casi no tenían aguamiel. Dado que el invierno estaba por terminar, ya no tenían muchos recursos a la mano, y en gran parte era por culpa del hombre que tenía enfrente.
Wallace se quedó mirándola, esperando que lo obedeciera. Se limpió la grasa de los labios con la manga y volteó a ver a Edward.
—¿Le pasa algo a ésta?
—Abitha —dijo Edward—, tráele aguamiel.
—Pero, Edward, sólo queda…
—Abitha —repitió su esposo con voz seria.
—Edward, es que…
—¡Abitha! —la espetó Edward—. ¡Ahora!
Wallace observó el intercambio con una sonrisita burlona.
—Qué paciencia le tienes a ésta, hermano. Sin duda, eres un hombre indulgente. Aunque hay quien dice que tu indulgencia es excesiva. No es mi intención ser intrusivo, pero tener mano dura en casa puede ahorrarle a ésta una paliza en el pueblo. Es todo.
Abitha se sonrojó, se dio media vuelta y se dirigió hacia la alacena. Sabía muy bien que las mujeres puritanas sólo servían para ser vistas, no para ser oídas; para ser serviles y respetuosas con todos los hombres en todo momento. Se lo habían repetido hasta el cansancio desde que llegó, y definitivamente no necesitaba que Wallace se lo dijera una vez más. Inhaló profundamente, intentando aplacar su ira, abrió la alacena y alzó la tinaja de aguamiel. Era la última y, por lo poco que pesaba, estaba casi vacía. Tomó una taza, la llenó a la mitad y la posó de golpe sobre la mesa, frente a Wallace.
—A ésta se le nota mucho cuando se eriza —dijo Wallace y sonrió—. Se le pone la cara del color de una frambuesa.
—Dijiste que traías noticias, ¿no? —intervino Edward.
La sonrisa se le borró del rostro a Wallace, tras lo cual bebió la taza de aguamiel de un trago.
—Edward, creo que es mejor que te sientes. Abitha, tráele una taza a Edward.
Edward tomó asiento en la mesa, y Abitha le llevó una taza y la llenó.
Wallace le dio un golpecito a la suya.
—Un poco más.
Abitha volteó a ver a Edward. Él asintió, y ella vertió lo poco que quedaba de aguamiel en la taza de Wallace, lo que apenas cubrió el fondo de ésta.
Wallace no intentó siquiera disimular su decepción.
—Es todo lo que hay —dijo Abitha con voz seca.
Wallace suspiró.
—Sí, son malos tiempos para todos. —Hizo una pausa como para buscar las palabras precisas—. Edward, estamos en una especie de aprieto.
—¿Cómo así?
Wallace carraspeó.
—Hice lo mejor que pude con el tabaco… Todo el mundo lo sabe, ¿cierto?
—Sólo Dios puede controlar el clima —contestó Edward.
—Así es —continuó Wallace—. Eso es. No escatimé en recursos, como bien sabes… Hice hasta lo imposible para traer la planta adecuada, esa de hoja dulce que parecía tan prometedora. Hice todo al pie de la letra. Pero, como bien dices, uno no puede traer la lluvia. Eso… eso sólo puede hacerlo el Señor.
Ah, ¿así que ahora es culpa del clima?, pensó Abitha mientras intentaba disimular su enojo. Fue el clima el que te obligó a sembrar tabaco a pesar de que incontables personas te dijeron que a esa planta no le sentaba bien la tierra de Sutton. ¿Acaso las escuchaste? No, porque crees que lo sabes todo, Wallace. Te crees mejor que todos.
Wallace guardó silencio un momento, con expresión afligida, como si estuviera reviviendo una pesadilla.
—En fin, no vine aquí a repasar la historia. La cosecha fracasó y el esfuerzo no sirvió de nada. Punto. Lo que importa ahora es nuestra circunstancia familiar. Opté por sembrar tabaco por todos nosotros. También por ti y por Abitha. Como sabes, tenía la esperanza de hacerte partícipe… de ampliar la siembra a tu terreno. Para honrar el legado de nuestro padre y todo lo que hizo por nosotros al construir la empresa familiar.
Miró fijamente a Edward, con una mirada que exigía aprobación.
Edward asintió.
—En fin, parece que este experimento nos dejó en un aprieto. —Wallace hizo una pausa—. Al parecer… al parecer hay un préstamo que debemos pagar.
—¿Un préstamo? Pero… pensé que lord Mansfield había accedido a ser tu socio.
—Sí…, más o menos. Pero… bueno…, cuando el costo se incrementó, exigió una garantía.
—¿Tus tierras? Wallace…, ¡dime que no!
Wallace miró el fondo de la taza vacía.
—No…, no, para nada. Jamás habría arriesgado las tierras de nuestro padre —respondió. Edward parecía aliviado—. Fueron éstas.
Edward se enderezó.
—¿Éstas? Quieres decir, ¿mis tierras? ¿Aquí?
Wallace asintió despacio.
Abitha tuvo que recargarse en la alacena para no caer.
—¿Cómo? ¿Eso qué significa?
Wallace le lanzó una mirada fulminante.
—Esto no es algo en lo que debas meterte, mujer.
Abitha se mordió la lengua. Sabía muy bien que las mujeres tenían estrictamente prohibido involucrarse en cuestiones de negocios. Era la ley.
—Wallace —intervino Edward—, por favor, explícame la situación. No entiendo.
Wallace frunció el ceño, con el rostro enrojecido.
—¿Qué hay que explicar? Puse esta propiedad como garantía. Lo siento. No pensé que llegaríamos a esto.
—Pero… no puedes hacer eso. Es mi tierra.
—Hermano, no es así de sencillo, y lo sabes.
—Claro que sí. Tú y yo… tenemos un acuerdo. Hice todos los pagos a tiempo. Sólo faltaba una temporada.
—No estoy diciendo que sea justo. Lo que pasó con el tabaco no fue justo para nadie. ¿Crees que a mí no me sabe mal? Sólo quiero ser tan justo como pueda. Y no sólo contigo, sino con todos.
¿En qué momento te volviste un hombre justo, Wallace?, Abitha quería preguntarle. ¿Fue justo que heredaras los dos terrenos por el simple hecho de que eras el mayor, y luego obligaras a Edward a compartir éste… estas hectáreas estériles en medio de la nada? Y todo por un trato que nos dejó en la ruina. ¡Cincuenta fanegas de maíz por cosecha! ¡Cincuenta! Eso valía al menos el doble, si no es que el triple, que esto. ¿Acaso eso fue justo?
—Escucha —continuó Wallace—. Escúchame, por favor. No es tan terrible como crees. Pude llegar a un acuerdo con lord Mansfield.
—¿Qué clase de acuerdo?
—Pueden quedarse aquí. No tienen que irse. Sólo que ahora le harás los pagos a Mansfield en vez de a mí.
—Entonces, ¿el último pago se lo haré a él?
Wallace meneó la cabeza con expresión triste.
—No hay un último pago, hermanito. La propiedad le pertenece ahora a lord Mansfield. Tú trabajarás la tierra y le darás la mitad de la cosecha cada año.
—Como un vil aparcero —masculló Abitha.
Wallace volvió a mirarla con desprecio.
—Edward, intenté defenderte. Le expliqué la situación. Y lord Mansfield es un hombre justo. Dijo que estaría dispuesto a llegar a un acuerdo contigo para que algún día estas tierras sean tuyas.
—¿En cuánto tiempo?
Wallace se encogió de hombros.
—Veinte años, quizá.
¿Veinte años?, pensó Abitha. ¡Son dos décadas! ¡Edward, no permitas que nos haga esto!
Edward se quedó mirando fijamente la mesa, como si estuviera perdido.
—Fue una fortuna lograr eso. Hice lo mejor que pude. Te lo digo en serio.
Abitha empezó a temblar y empuñó ambas manos. Edward, ¿no ves que este hombre te está engañando? ¿Que siempre lo ha hecho? Sin embargo, en el fondo sabía que, sin importar cuántas veces se lo señalara, Edward jamás lo aceptaría. Rara vez era capaz de identificar las verdaderas intenciones de alguien, y eso lo volvía muy vulnerable. Y Abitha había tenido que presenciar cómo su hermano se aprovechaba de él una y otra vez.
—Tiene que haber otra forma —dijo Edward—. Quizá si nosotros, nosotros dos, aumentamos un poco más la cosecha cada año, podamos ayudarte a pagar.
—No, no. Ya lo intenté todo. Es la única forma.
Tienes que defenderte, Edward, pensó Abitha y dio un paso al frente. Edward volteó a verla y percibió su indignación. Abitha lo miró y meneó la cabeza con vehemencia.
—Lo siento, Wallace —empezó Edward—. Pero la deuda es tuya, y no es justo que me pidas esto. Le he dado mi vida entera a este lugar. No puedes simplemente darle mi tierra a alguien más.
—A ver, Edward, ¿a quién le pertenecen estas tierras?
—¿A qué te refieres?
—Hermanito —dijo Wallace con condescendencia, como si Edward fuera un niño—, he intentado explicártelo de tal forma que no sientas que te hago menos, porque ambos sabemos que no siempre entiendes el panorama completo. Pero me estás obligando a ser tajante. —Wallace se inclinó hacia el frente—. ¿A quién le pertenecen estas tierras?
—Bueno, no es tan sencillo. Las tierras…
—Claro que es sencillo —lo interrumpió Wallace con voz seria—. Pero no puedes verlo. ¿Qué nombre aparece en el título de propiedad?
—Pues… el tuyo, por supuesto.
—Por supuesto. Eso significa que son parte de mis bienes y, por lo tanto, puedo usarlas para pagar mis deudas. Es así de sencillo.
¡No lo es!, pensó Abitha. Nada de esto es así de sencillo, Wallace Williams. Hiciste un trato con tu hermano para venderle estas parcelas. Ya sólo faltaba una temporada para saldar la deuda, pero tenías que hacer algo, ¿no? ¿Crees que puedes arrebatarnos todo?
—¡No! —exclamó Abitha sin pensarlo—. ¿Por qué tiene que ser la tierra de Edward? ¿Qué hay de… de tus tierras, Wallace?
Wallace se puso de pie, como si se preparara para abofetearla.
—¿Por qué está hablando esta mujer?
—¡Abitha! —la reprendió Edward—. Basta, por favor. Wallace, lo lamento mucho.
—No toleraré que ésta vuelva a faltarme al respeto.
—Yo me encargaré de eso. Pero, volviendo al tema, es algo muy difícil para todos. Y tienes que reconocer que es una pregunta sensata.
—¿Qué cosa?
—¿Por qué no pusiste tus tierras como garantía?
—¿Qué parte de todo no entiendes? ¡Estas son mis tierras!
—No, pero me refiero a tu hogar.
—¿Cómo te atreves a preguntarme eso? —reviró Wallace, indignado—. ¿Preferirías que perdiera la casa en donde ambos nacimos y crecimos? ¿La granja que papá construyó con su sudor y sangre? Además, eso no tendría sentido. Mis tierras valen diez veces más que este lugar.
—Edward también construyó esta propiedad con su sudor y sangre —intervino Abitha—. No valía casi nada, y él limpió el terreno y trajo tierra fértil. Estás pagando tu deuda con su trabajo, no con esta tierra. ¡No tienes vergüenza!
Edward volteó a ver a Abitha, horrorizado.
—¡¡Abitha!!
—¡No tengo que seguir tolerando esto! —espetó Wallace—. Ya le cedí el título de propiedad a Mansfield. Ya está hecho, y se acabó.
—¡No! —gritó Abitha—. ¡No puedes hacerlo! ¡Firmaste un acuerdo con Edward y tendrás que cumplirlo! —Abitha sabía que debía detenerse—. Lo que hiciste fue vender a tu hermano como siervo para que pague tus deudas.
—¡Abi! —exclamó Edward—. ¡Basta!
—No permitas que te sobaje, Edward. No después de lo mucho que has trabajado. Él…
—¡Abitha! ¡Ni una palabra más!
Abitha se dio cuenta de que Edward estaba temblando y parecía estar listo para salir corriendo, así que cerró la boca.
—Esta vez te pasaste, niñita malcriada —la reprendió Wallace, con mirada furiosa—. Esa lengua tuya va a terminar en audiencia con los ministros. A ver qué opinan ellos de tu exabrupto.
Abitha reculó, pues sabía que no era una amenaza vacía. Había visto a varias mujeres terminar en el cepo por alzar la voz, e incluso algunas que habían sido latigueadas por menos de lo que ella acababa de hacer. Y la amenaza de Wallace no sería tan grave si fuera su primera ofensa, pero Abitha ya estaba a prueba por no mantener la boca cerrada.
—No, Wallace —le suplicó Edward—. Te lo ruego. Me horroriza su comportamiento. Pero perdónala. Es muy impetuosa… y sigue aprendiendo nuestras reglas. Te…
—No. Ya basta de pretextos. Se le ha advertido muchas veces. Mañana presentaré cargos en su contra. Es hora de que aprenda cuál es su lugar. —Tomó su sombrero y se dirigió hacia la puerta.
Edward se atravesó en su camino, con las manos en alto.
—Te lo ruego, Wallace. No la acuses. Hazlo por mí.
Abitha no podía parar de temblar al ver a Edward suplicándole a un hombre más corpulento que él. Es mi culpa. ¿Por qué no puedo cerrar el pico y ya?
Wallace apartó a su hermano de un empujón.
—Mira, está bien… Estoy dispuesto a cooperar —dijo Edward—. Con lo de las tierras. Lo haré.
Wallace se detuvo y volteó a ver a su hermano como alguien vería a un niño arrepentido.
—A ver.
—Sólo necesito un poco de tiempo para acomodar mis ideas. Eso es todo. Son muchas cosas a la vez. Lo entiendes, ¿verdad? —dijo Edward, pero Wallace no contestó—. Mira… —Edward continuó, no sin antes lanzarle una mirada nerviosa a Abitha—. Creo que podemos llegar a un acuerdo. Es decir, sé que podemos hacerlo. Tiene que haber forma de hacerlo.
Wallace sonrió.
—Ahí está el hermanito que conozco y aprecio. A veces olvidas que papá me dejó todo a mí por una razón. Conocía bien tus debilidades mentales y confió en que yo te cuidaría. Tú también tienes que confiar en mí. No debemos decepcionar a papá —contestó Wallace. Edward bajó la mirada, y Wallace suspiró—. Siendo justos, creo que sí podría haber manejado el tema un poco mejor, Edward. —Luego señaló a Abitha con un dedo acusador—. Pero es difícil no perder los estribos con esta harpía jorobándonos.
—Yo me encargaré de ella. Pero déjame hacerlo a mi manera. Por favor, no les digas nada a los ministros.
—¿En serio puedes manejarla, hermano? Porque empiezo a creer que no. ¿No te das cuenta de que se aprovecha de tu gentileza y te manipula con esa lengua ponzoñosa y ruin? Es más, mira cómo nos observa con tanto veneno. Creo que una paliza y unos días en el cepo no le vendrían nada mal.
—No, no, yo puedo lidiar con ella —insistió Edward con seriedad—. Abitha, discúlpate… Ruégale a Wallace que te perdone. ¡Ahora!
Abitha se quedó boquiabierta. Aunque sabía que Edward intentaba salvarla de un castigo peor, fue como si la hubiera abofeteado. No se atrevía a decir nada, así que se quedó parada, temblando.
—¡Abitha! —exclamó Edward de nuevo.
Wallace esbozó una sonrisita, y entonces Abitha supo que esperaba que ella le gritara y lo maldijera, que le aventara algo o hiciera cualquier cosa que le diera más herramientas para usar en contra de Edward. Por tanto, se enterró las uñas en las palmas, con los ojos llenos de lágrimas. Tienes que hacerlo, Abi. No hay alternativa.
—No tiene caso, hermano —dijo Wallace—. Es incapaz de…
—Te suplico que me perdones, Wallace —lo interrumpió Abitha, mascullando. No paraba de temblar, y sabía que se le había subido la sangre a la cara—. No debí hablar así. Por favor, disculpa mi falta de respeto.
Edward volteó a ver a su fornido hermano.
—¿Ves? Lo está intentando.
—Pero su mirada fulmina —dijo Wallace—. No me agrada la forma en que me observa.
—Abitha —dijo Edward—, baja la mirada. —Pero Abitha siguió mirando a Wallace con odio—. ¡Abitha!
Entonces volteó a ver a Edward con ganas de abofetearlo por tratarla de esa manera frente al bestia de su hermano. Sin embargo, cuando vio el temor reflejado en su rostro, el temor de que algo le ocurriera a ella, entonces las lágrimas ardorosas le rodaron por las mejillas. Bajó la cara y clavó la mirada en sus pies.
—¿Qué más quieres, Wallace? Está arrepentida. Por favor. Esta noche habría sido un desafío para cualquiera. Y ya te prometí que colaboraré. Así que dejemos todo esto atrás.
Abitha alzó la mirada y alcanzó a ver la sonrisita artera de Wallace.
—Tal vez tengas razón, hermanito; tenemos asuntos más importantes que resolver. No debemos permitir que el comportamiento de esta malcriada nos separe. Pero te juro que la próxima vez que se meta en nuestros asuntos, le tocarán latigazos. ¿Está claro?
—Sí —contestó Edward—. Por supuesto.
—¿Está claro, Abitha? —preguntó Wallace. Era evidente que estaba disfrutando muchísimo aquella escena—. ¿Entiendes cuál es tu lugar? ¿Lo entiendes? Necesito oírlo de tu propia boca para que la próxima vez no haya malos entendidos. ¿Entiendes… cuál… es… tu… lugar?
—Lo entiendo —contestó Abitha sin alzar la mirada, obligándose a proferir las palabras.
Wallace sonrió de nuevo; estaba muy orgulloso de sí mismo. Abitha estaba segura de que había sacado todo el provecho que esperaba de aquella visita, y hasta más.
—Bueno, nos veremos mañana entonces, hermanito —dijo Wallace, de pronto con voz alegre—. Después de misa. Afinaremos los detalles y les explicaremos la situación a los ministros. —Se puso su sombrero y salió de la cabaña.
—Ve más despacio, Abi —le pidió Edward.
Abitha volteó a ver a Edward, quien iba varios metros atrás de ella, casi oculto por la bruma matutina. La curvatura de la espalda le impedía ir más rápido. Abitha se detuvo y lo esperó.
—No podemos llegar tarde, Edward. Hoy menos que nunca.
—Tenemos suficiente tiempo —dijo él, agitado—. Ya casi llegamos. Además, no ha sonado la primera campanada.
Abitha asintió.
—Es verdad. Es sólo que estoy muy nerviosa. Anoche casi no dormí. —Sin embargo, la inquietud era sólo una parte; no mencionó los sueños del árbol gigante, de la voz que susurraba su nombre, de las raíces poderosas que reptaban como serpientes y la perseguían a través del bosque oscuro.
—Nosotros tenemos razón, Abitha. Lo sabes. Y, con ayuda de Dios, los ministros también verán la verdad.
¡Ay, la ayuda de Dios!, pensó Abitha. Ojalá pudiera contar con ella. Pero ¿dónde estuvo Dios cuando vi morir a mi madre y cuando mi padre se perdió en la aflicción y la bebida? Ojalá tuviera tanta fe como tú, Edward. Sería muy reconfortante.
Como si le hubiera leído la mente, Edward se acercó para tomarle la mano.
Pero Abi retrocedió.
—¿Qué pasa? —le preguntó Edward. Pero ella no contestó—. ¿Estás enojada por lo de anoche?
—Es difícil no estarlo.
—Abi, te dije que lo siento, pero, si necesitas que vuelva a decírtelo, lo haré. Lo siento. Tuve que hablarte así. Sabes que no tenía alternativa. De otro modo, Wallace te habría reportado —le explicó Edward. Abitha lo sabía. También sabía que su esposo tenía razón y que ella se había pasado de la raya, pero, aun así, la había herido. Vio que tenía dificultades para encontrar las palabras precisas, así que se detuvo—. Estoy perdido sin ti, Abitha. No debería necesitar decírtelo… Ya lo sabes.
Abitha le tomó la mano, y él se la estrujó con fuerza. Ese gesto tan sencillo le dijo más que todas sus palabras. Pero entonces la campana tañó una vez, lo que los hizo conscientes de lo cerca que estaban del pueblo. Edward le soltó la mano a Abitha y se distanció. Ambos miraron a su alrededor con angustia, pues sabían muy bien que cualquier expresión de afecto en público era una más de la larga lista de cosas que se consideraban ofensas y que había ojos recelosos por doquier.
Siguieron andando, y entre más se acercaban al pueblo, más profundos eran los surcos que dejaban las ruedas de las carretas, lo que los obligaba a caminar por la maleza si querían evitar los charcos helados. Cuando la campana tañó por segunda vez, Abitha al fin bajó el ritmo.
—No queremos llegar temprano, sino justo antes de que cierren las puertas.
—A Wallace no le va a caer nada en gracia. Estoy seguro de que desea discutir este asunto antes de la misa.
Abitha sonrió.
—Sí, lo sé. —Lo que no dijo era que no quería darle a Wallace la oportunidad de confundir a Edward antes de que se reunieran con los ministros.
Abitha percibió el aroma del río y a través de la bruma alcanzó a ver el portón que se cernía frente a ellos, como si alguien lo hubiera convocado. Las altas fortificaciones de madera a ambos lados se perdían en medio de la bruma, y sus almenas parecían dientes asesinos. Esas fortificaciones rodeaban el pueblo entero y estaban hechas para protegerlo e impedir la entrada del mal. Pero Abitha no pudo evitar estremecerse al entrar, pues pasar por el portón siempre la hacía sentir como si entrara a una trampa y no a un santuario.
No había guardias que pudieran reñirlos; toda la gente estaba en la iglesia, de modo que Abitha y Edward tomaron un lado del sendero y sortearon los charcos y las pilas de estiércol mientras pasaban junto a ordenadas filas de casas modestas con tejados de paja.
Cada casa se derivaba de la anterior, y todas estaban cubiertas de tablillas sin pintar y separadas por vallas grises hechas de esquejes trenzados. Abitha buscó algún tipo de decoración —una guirnalda, una tira de flores secas— o cualquier otra cosa que rompiera con aquel sofocante mar grisáceo. Pero lo único que encontró fueron sombrías ventanas enceradas que la miraban como si la juzgaran, como si estuvieran sopesando su alma, como si estuvieran esperando que dijera o hiciera algo malo para poder condenarla ante el mundo entero.
De las chimeneas no salía humo; las fogatas, los fogones y las veladoras estaban apagados, pues los ocupantes de las casas ya estaban en la iglesia o se dirigían hacia allá. El único sonido que Abitha distinguió fue el crujido de la delgada capa de escarcha bajo los pies de los caminantes, y entonces sintió que Edward y ella estaban perdidos en un lúgubre pueblo fantasma.
Al fin alcanzaron a ver a lo lejos la plazoleta y la silueta de la casa de reuniones.
—A ver, recuerda lo que dijimos —le susurró Abi—. No permitas que ese hombre…
—Ya sé, ya sé —contestó Edward, también susurrando—. Ya lo repetimos una docena de veces. Haré cuanto pueda. Te lo prometo. —Edward le sonrió y le dio un breve y furtivo apretón de manos—. No eres una molestia, Abi. Eres una bendición. Me llenas de fuerza. No te preocupes, que sé lo que hay que decir. Confiemos en que los ministros sabrán lo que es justo. Ahora tú debes prometerme algo. —Abi lo miró con suspicacia—. Sin importar lo que pase, guardarás silencio y te quedarás en tu lugar. Ya no te darán más oportunidades. Cualquier error, y Wallace hará que te lleven al cepo y te den de latigazos. Tienes que prometérmelo.
—Te lo prometo —contestó Abitha, pero también pensó: Por favor, Dios, nuestro Señor, ayúdame a no sucumbir ante la ira.
De entre la penumbra se materializaron las advertencias crudas y sombrías de las consecuencias que sufriría cualquiera que no cumpliera con la ley. Abitha sintió el habitual escalofrío que experimentaba cada vez que pasaba por ahí.
En la plazoleta había un poste para azotes y cinco cepos. Dos de los cepos obligaban a la persona a permanecer de pie, con un yugo que la ataba del cuello y las muñecas, y los otros tres constreñían los tobillos, lo que obligaba a la persona a permanecer sentada en el lodo. La primera vez que los vio, le sorprendió que fueran tantos y no entendía cómo una comunidad tan pequeña podía necesitarlos todos. Sin embargo, en más de una ocasión, los había visto todos ocupados al llegar al pueblo.
Abitha vio una figura encorvada en el suelo. Al acercarse descubrió que era un hombre con las piernas apresadas por un cepo.
—¿Joseph? —preguntó Edward en voz baja.
En efecto, era Joseph, pero el hombre no alzó la mirada. En vez de eso, volteó la cara, como si estuviera avergonzado. Se estaba abrazando a sí mismo y temblaba sin control, y Abitha no tardó en entender por qué. Sus cobijas estaban en el suelo, junto a él, pero no lograba alcanzarlas. Abitha se preguntó entonces por qué las habría aventado tan lejos. Pero no fue sino hasta que le vio la espalda y el cabello enlodados que entendió que aquello no había sido obra de Joseph, sino que alguien se lo había hecho.
—¡Ay, pobre alma en desgracia! —dijo Abitha y se apresuró a tomar las cobijas y acercárselas, pero titubeó al ver la sangre seca en su espalda y descubrir que le habían dado un azote brutal—. Lo lamento mucho, Joseph. —Con mucho cuidado lo tapó con las cobijas, y entonces vio que en el cabello no sólo tenía lodo, sino también estiércol. Sabía que eso no era parte del castigo oficial, sino que alguien se había divertido a sus expensas—. ¿Quién te hizo esto, Joseph? ¿Quién te quitó las cobijas?
Joseph guardó silencio y sólo se tapó la cabeza con las cobijas, como si intentara esconderse.
—No deberías hacer eso —intervino una voz desconocida.
Cuando Abitha volteó, vio a Charity, la hija de Wallace, en compañía de su amiga Mary Dibble. Iban de camino a la iglesia.
—Tío Edward, ¿podrías hacerle el favor a tu esposa de ordenarle que no interfiera?
—Y a ti te vendría bien no entrometerte, Charity Williams —le contestó Edward, en lo que para él era un tono de reprensión—. No tienes edad suficiente para hablar así.
Las jóvenes se detuvieron.
—No quería faltarte al respeto, tío. Sólo no querría que mi tía compartiera cepo con ese hombre. Y menos con este frío. —Aunque sus palabras denotaran preocupación, su mirada sólo expresaba desprecio por Abitha.
Perfecta Dibble, una mujer robusta que era la madre de Mary, se acercó adonde estaban las jóvenes.
—¿Qué está pasando aquí?
—Abitha estaba ayudando al pecador. Pensé que sería bueno advertirle que eso podría traerle consecuencias.
—Abitha —dijo Perfecta, reprendiéndola—, ¿no sabes lo que hizo este hombre? ¡Es culpable de haber faltado a la iglesia a mitad de semana! —La misa del jueves, pensó Abitha. Con frecuencia olvidaba que quienes vivían en el pueblo estaban obligados a asistir a los dos servicios religiosos de la semana—. Y no sólo es un truhan —continuó Perfecta en voz más alta y denotando una mayor superioridad moral—. También es un mentiroso. Le dijo al reverendo Carter que a la hora del servicio estuvo tirado en su casa con retortijones. Pero sus vecinos descubrieron la verdad cuando fueron a su casa y lo vieron durmiendo en su cobertizo, tanto antes como después del servicio. —Lo señaló con un dedo sentencioso—. Ese hombre le mintió al mismísimo reverendo.
Y tú, Perfecta, pensó Abitha, deberías estar en el cepo por ser una chismosa y por meter la nariz en todas partes.
En ese momento, llegaron otros dos jóvenes, los hermanos Luke y Robert Parker.
—¿Sigue ahí? —preguntó Luke.
—Así es —contestó Charity—. Pero, después de lo que hizo, no me sorprende.
—La sentencia fue de cuatro noches —explicó Perfecta—. Estoy segura de que no volverá a faltar a la iglesia jamás.
Luke se agachó de forma casual, agarró un puñado de estiércol y se lo lanzó a Joseph. El trozo de mierda le dio a Joseph en el hombro y lo hizo gemir de dolor.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Abitha, desconcertada.
Luke la miró como si no hubiera entendido su pregunta; luego se agachó de nuevo y agarró otro pedazo de estiércol.
—Está cumpliendo con su deber ante Dios —contestó Perfecta Dibble—. El reverendo Carter dice que todos debemos ayudar a expulsar al diablo…, dondequiera que se esconda.
Los demás asintieron y siguieron el ejemplo de Luke; tanto las jovencitas como Perfecta Dibble agarraron puñados de lodo y estiércol para arrojárselos a Joseph.
Abitha ahogó un grito al ver que empezaban a lapidar al hombre avergonzado, quien profería gemidos de dolor con cada golpe.
A Abitha le pareció que su intensidad era alarmante; no sonreían ni proferían las risitas cómplices de quienes traman algo, sino que la expresión de todos era seria y sombría. Sintió que habría podido entenderlos si al menos aquello hubiera sido un simple acto de crueldad, pero era como si estuvieran en guerra contra el mismísimo Satanás, quien, según ellos, había poseído a aquel pobre hombre.
Un trozo grande de estiércol le dio a Joseph en un costado de la cabeza y lo tumbó.
—¡Basta! —gritó Abitha y trató de acercarse, pero Edward la agarró del brazo.
—No, Abitha.
—¡Suéltame! —le recriminó Abitha e intentó zafarse.
—¿Por qué no están en la iglesia? —dijo una voz adusta a sus espaldas. Todos se paralizaron. De entre la bruma salió un hombre que portaba un sombrero alto y un abrigo largo y voluminoso. Era el reverendo Thomas Carter, el ministro en jefe, un hombre esbelto que tenía poco menos de cincuenta años. El ala ancha de su sombrero le ensombrecía la cara enjuta, pero no escondía del todo sus cejas pobladas ni su mirada intransigente que parecía juzgar a cada uno de los presentes—. Mírense las manos. Las tienen sucias. —El grupo parecía atribulado e incapaz de decir una palabra—. Límpiense y vayan a la iglesia, ahora mismo. —Los atacantes tiraron los trozos de estiércol y salieron corriendo, por lo que Abitha y Edward se quedaron a solas con el ministro. Abitha esperaba que no la hubiera visto ayudar a Joseph, pues sabía que eso sólo los perjudicaría después—. Acompáñenme —les pidió el reverendo, y Edward y Abitha lo obedecieron y lo siguieron hacia la casa de reuniones—. Abitha, ¿en serio crees que estabas ayudando a Joseph?
Abitha sintió que se le helaba la sangre.
—Eh… No era mi intención meterme, señor. Es sólo que… Es que…
—Nunca es tu intención, pero no dejas de hacerlo. ¿Por qué?
—Lo intento, señor. En serio.
—¿Crees que estabas siendo misericordiosa con Joseph?
—Sólo pensé que… pensé que estaban siendo crueles con él.
—¿Y no te das cuenta de que tus intenciones menoscaban la capacidad de Joseph de encontrar la gracia divina? ¿De que menoscaban a nuestra comunidad?
—No estoy segura, señor.
—Joseph debe entender que todos condenan sus pecados. No siempre es sencillo, y sí, puede parecer cruel, pero es la única forma. Si un padre castiga al hijo por su mal comportamiento, pero la madre lo reconforta por sus lágrimas, eso menoscaba la lección y pone en riesgo la unidad familiar. ¿Entiendes?
—Sí, creo que sí —contestó Abitha mientras intentaba descifrar qué tenía que ver eso con lapidar a un hombre con estiércol.
—Debemos combatir al demonio juntos. Si permitimos que el demonio nos divida, pereceremos. ¿Lo ves?
—Sí —respondió Abitha.
Cruzaron la plazoleta y se acercaron a la casa de reuniones, una estructura grande y sombría que, al igual que el resto de las construcciones de Sutton, estaba cubierta de tablones sin pintar y carecía de cualquier adorno. Cuando Abitha recién llegó de Londres, le sorprendió descubrir que en Sutton no había una iglesia hecha y derecha; es decir, no había un edificio con un campanario y una cruz encima. Le resultó muy desconcertante que, para los puritanos, las iglesias eran una ofensa en contra de Dios, sin importar cuán austeras fueran. Por esa razón, llevaban a cabo sus servicios en la casa de reuniones, que era el mismo espacio en donde se realizaban las reuniones civiles y sociales.
Sin embargo, ese día sí había cierto adorno en la fachada: una fila de cabezas de lobo clavadas sobre la puerta, cuya sangre carmesí teñía los tablones. Sutton ofrecía recompensa por cada lobo cazado, y aquellos trofeos servían como recordatorio para la población de que aquella era una tierra silvestre e indomada, y que la muerte y el juicio divino podían cernirse sobre ellos en cualquier momento. Abitha alzó la mirada hacia sus ojos inertes y se estremeció.
Subieron juntos los escalones en el instante en que el ministro adjunto, el reverendo Collins, se preparaba para cerrar las puertas. Le dieron los buenos días y entraron.
Todo el pueblo de Sutton estaba ahí; eran más de cien personas, atiborradas en una sola habitación. Los asientos estaban acomodados según las propiedades y el estatus que se tenían, y los hombres se sentaban a la izquierda y las mujeres, a la derecha. Abitha le dio un ligero apretón en el brazo a Edward antes de separarse y de que Edward tomara su lugar. Aunque Abitha ya llevaba dos años ahí, la mayoría de la gente la seguía considerando una foránea, así que buscó su lugar hasta atrás del lado de las mujeres. La comunidad aún no confirmaba su pertenencia, en parte debido a su comportamiento, de modo que se sentaba con la servidumbre. Sin embargo, para ser sincera, Abitha prefería no sentir en la nuca la mirada juzgona de la congregación.
—Abitha —le susurró alguien.
Era Helen, quien la llamaba para que se acercara. De inmediato la callaron, pues las mujeres debían guardar silencio durante todo el servicio.
Wallace vio a Edward y se abrió paso para sentarse junto a su hermano menor. Luego se inclinó hacia él y le susurró al oído.
Ese tonto seguramente no deja de hablarle de lo que su padre, su adorado papá, habría querido, pensó Abitha. En verdad se cree que es el emisario del alma de su padre. Se mordió el labio. Cuidado con lo que dices, Edward. Ten mucho cuidado. Tu hermano es una serpiente. Abitha había pasado buena parte de la noche hablando con Edward sobre aquel asunto; sin embargo, aunque ambos sentían que las afirmaciones de Wallace distaban mucho de cualquier cosa que hubieran oído y que no tenían sustento legal, también sabían que la ley en Sutton solía estar sujeta a interpretaciones basadas en sentimientos y sesgos, y, con demasiada frecuencia, también a cuánta riqueza y tierras se tuvieran. Abitha creía que el reverendo Carter era un hombre justo, pero los otros dos ministros no siempre emitían sentencias del todo congruentes. Volteó entonces a ver al reverendo Smith, quien era el vecino más próximo de Wallace y un amigo muy cercano desde que eran niños.
Abitha cerró los ojos, cruzó los dedos y le suplicó a Dios que la ayudara. Al abrirlos, vio que Cecil, el hijo de Cadwell, le estaba lanzando miradas furtivas, y entonces cayó en cuenta de que se le había salido un rizo del bonete. Luego vio que Charity, la hija de Wallace, los estaba observando a ambos con una mirada fulminante, sin intentar siquiera disimular su envidia y su reproche. Con cierto fervor, Charity se dio unos golpecitos en el bonete antes de señalar el de Abitha, lo que atrajo la atención de varias de las mujeres, que en su mayoría menearon la cabeza y condenaron con la mirada a Abitha.
¡Ay, Señor! Cualquiera creería que llegué aquí mostrándome como me trajiste al mundo. Abitha suspiró y se reacomodó el rizo bajo el bonete. Qué tontería, pensó. ¿Qué daño les hace un mechoncito de cabello suelto?
La puerta se cerró con un golpe seco que comunicaba que el servicio estaba por comenzar, así que todos voltearon hacia el frente, sentándose con la espalda bien erguida sobre las bancas rígidas y sin respaldo.
El reverendo Thomas Carter cruzó el pasillo, y todos se pusieron de pie mientras se quitaba el abrigo y subía al púlpito. El reverendo Carter no usaba la sotana ancha que los otros ministros preferían, y, en vez de eso, traía el mismo abrigo negro de siempre y el alzacuello blanco que usaba casi a diario. Al colocar su pesada biblia junto al gran reloj de arena, el golpe sordo reverberó en toda la habitación. Abrió el libro hasta la primera marca y empezó a hablar, pero entonces un tímido golpeteo en la puerta interrumpió su discurso.
El reverendo Carter le hizo una seña a Samuel Harlow, uno de los ayudantes del pueblo, que estaba parado hasta el fondo sosteniendo un largo bastón con un pomo de madera en la punta. Era su deber golpear o picotear a quien no estuviera poniendo atención al servicio. Samuel se dirigió a la puerta y la abrió.
Ansel Fitch estaba en el umbral, estrujando su sombrero contra el pecho y con la mirada clavada en el suelo.
—Entra, Ansel —le dijo el reverendo Carter frente a toda la congregación. Ansel hizo una ligera reverencia y de inmediato se escabulló hacia un asiento del fondo—. ¡Ansel! —lo llamó el reverendo.
—¿Sí?
—Ponte de pie.
El hombre se levantó. Ansel era más viejo que la mayoría; Abitha creía que tenía casi sesenta años. Era un hombre flacucho que se veía golpeado por la vida, con un rostro hosco y amargo, y ojos nerviosos que tendían a sobresalir ante la menor provocación, como era el caso en ese momento.
El reverendo Carter profirió un suspiro.
—Llegas tarde. Y sabes bien lo que eso significa.
—Por favor. Suplico que me perdone… que me perdonen todos. Pero tuve que atender otros asuntos poco virtuosos que no podían esperar. Había un par de gatos actuando de una forma muy antinatural. Iban caminando uno junto al otro y se murmuraban cosas que sólo dirían los sirvientes del demonio. Estaba intentando descifrar qué se traían entre manos. Por eso le suplico, buen reverendo, que me otorgue una dispensa por única ocasión.
—¿Cuántas veces te he otorgado dispensas? ¿Tres veces? ¿O ya son cuatro? Pareciera que cada vez que es hora de ir a la iglesia empiezas a seguir gatos o alguna otra mano de Satanás. Uno se pregunta si lo que te hace llegar tarde es tu disposición vigilante o si quizá no quieres salir de la cama tan temprano como lo hacemos los demás.
Ansel se sonrojó y miró fijamente al reverendo con sus ojos sobresalientes.
—¡Ha usted de saber…!
—¡Basta! Tus responsabilidades con Dios comienzan aquí, en la iglesia, Ahora, acércate.
Ansel frunció el rostro como quien se ve obligado a comer hormigas de fuego. Se abrió paso como pudo hasta el lugar en el suelo que el reverendo le señaló, a un costado del púlpito.
—Ahí. Arrodíllate.
Ansel gruñó y se arrodilló lentamente sobre las rígidas planchas. Las rodillas le crujían con cada movimiento. Como dictaba la ley, habría de permanecer ahí, frente a todos, durante el sermón completo.
El reverendo Carter volvió a mirar su biblia y guio la plegaria inicial. Después de la plegaria, giró el reloj de arena y empezó su sermón. Por lo regular, había tres sermones, uno por cada ministro, durante las tres horas que duraba la prédica.
Y sigue, y sigue, y sigue, pensó Abitha mientras escuchaba, pues no entendía cómo podían repetir las mismas cosas cada domingo sin parar. No es tan complicado. Basta con hacer lo mejor posible para tratar a los demás como querrías que te trataran. Sin embargo, Abitha había visto que los puritanos tendían a complicar las cuestiones morales tanto como fuera posible. Aunque también era algo sorprendente, pues sus edictos y rituales y cánones, en particular aquellos que criticaban el catolicismo, conformaban el núcleo mismo de aquello que deseaban eludir, y su filosofía era la de eliminar todas las cosas que los separaran de Dios en los cielos. No había lugar donde fuera más evidente aquello que en la casa de reuniones, en donde todo era sobrio, vacío, sin adornos; no había altar, no había cruz ni ninguna otra decoración más que un gran ojo, el de Dios, pintado en el púlpito, que los observaba a todos, los juzgaba a todos.
Abitha miró con detenimiento el ojo, pero luego desvió la mirada cuando se sintió poseída por una intensa inquietud. Al ver esa mirada implacable, no era Dios quien le venía a la mente, sino su propio padre, con sus desvaríos y arranques de furia, sobre todo al final, luego de que su madre hubiera fallecido.
El reverendo estaba infundiéndole potencia a su sermón, bien erguido e inquebrantable, cerniéndose sobre la congregación como si estuviera luchando contra los vientos del infierno mismo. Con una mano nudosa se aferraba al púlpito, mientras con la otra daba golpes sobre la Biblia que acentuaban cada una de las condenas que hacía mientras sermoneaba a los devotos sobre cómo podían ser más virtuosos a ojos de Dios.
Alguien dejó escapar un grito, y entonces Abitha miró en la dirección de donde provenía el sonido para ver a Cecil sobándose la nuca. El ayudante Harlow acababa de picotearlo ruidosamente con el largo bastón. Abitha pensó que con mucha probabilidad Cecil se había quedado dormido, o que tal vez lo habían sorprendido susurrando al oído de alguno de sus amigos.
