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En este libro de Pilares de la Fe que invita a la reflexión, el Dr. Bailey abre nuestro entendimiento acerca de los principios de la fe de Dios. Mientras caminamos con Él por el sendero hacia un camino de fe más perfecto, somos desafiados otra vez para entrar a nuevos ámbitos del Espíritu, ¡donde las montañas son movidas y la fe se convierte en acción!
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Veröffentlichungsjahr: 2017
Pilares de la Fe
Título original: “Pillars of Faith”
Registrado © 2001 Brian J. Bailey y sus licenciadores.
Título en español: “Pilares de la fe”
Registrado © 2008 por Brian J. Bailey.
Diseño de portada © 2008: Carla Borges, Sarah Kropf.
Publicado por Zion Christian Publishers.
Libro de texto de Zion Christian University.
Usado con permiso.
Todos los derechos reservados.
Traducción: Verónica Losada de Roque
Revisión y edición de la primera edición: equipo editorial de ZCP.
Revisión y edición de la segunda edición: equipo editorial de IBJ, Guatemala.
A menos que se indique lo contrario,
todas las citas bíblicas fueron tomadas
de la versión Reina-Valera 1960,
© 1960 Sociedades Bíblicas Unidas.
Publicado en formato e-book en [Diciembre 2014]
En los Estados Unidos de América.
ISBN versión electrónica (E-book) 1-59665-573-9
Para obtener más información comuníquese a:
Zion Christian Publishers
Un ministerio de Zion Fellowship, Inc
P.O. Box 70
Waverly, NY 14892
Tel: (607) 565-2801
Llamada sin costo: 1-877-768-7466
Fax: (607) 565-3329
www.zcpublishers.com
www.zionfellowship.org
Queremos extender nuestro profundo agradecimiento a las siguientes personas:
Verónica Losada de Roque, quien realizó la traducción de este libro al español.
Marian Belmonte y el equipo editorial de Zion Christian Publishers, por la corrección del manuscrito de este libro y el formato final.
El equipo de traducción y edición de Instituto Bíblico Jesucristo, Guatemala, por la revisión y correcciones para la segunda edición de este libro en español.
Queremos expresar nuestra gratitud a estos amados hermanos por sus muchas horas de invalorable ayuda, sin las cuales este libro no habría sido una realidad. Reconocemos profundamente su diligencia, creatividad y excelencia en la compilación de este libro para la gloria de Dios.
A nuestro amado Padre Celestial,
de quien somos hijos, y a nuestro muy preciado Señor y Salvador Jesucristo.
A mi querida esposa Audrey, quien durante su vida, fue un triunfante pilar de la fe.
La fe es un fundamento básico de la vida cristiana, sin el cual es imposible agradar a Dios o recibir algo de Él (He. 11:6). Una vida de fe es esencial, porque en nuestra vida espiritual todo proviene de la fe. Además, hay muchos aspectos diferentes de la fe. Uno no puede decir simplemente: “tenga fe”, porque la fe tiene muchas facetas. El siguiente diagrama ilustra el papel de la fe, basándose en dos pasajes importantes de la Palabra de Dios: 2 Pedro 1:5-8 y Filemón 1:5-6.
En 2 Pedro 1:5-7, el apóstol Pedro nos da los ocho pasos hacia la perfección y el poder. De forma breve, quiero ver estos ocho pasos pues son muy importantes. Pedro comienza en el versículo cinco diciendo: “Poniendo toda diligencia”. En otras palabras, debemos luchar por la perfección. También debemos considerar quién está hablando. En este caso, quien habla es el apóstol Pedro, el primer apóstol principal del Cordero. Esto queda probado por el hecho de que fue uno de los tres apóstoles que estuvieron en el monte de la Transfiguración con el Señor Jesús. Pablo describió a Pedro como una de las tres columnas de la Iglesia primitiva (Gá. 2:9).
Por lo tanto, todo lo que Pedro escribió es de gran importancia. La segunda Epístola de Pedro fue escrita sólo un poco antes de su martirio, cuando claramente comprendió que sería su última oportunidad de comunicarse con las iglesias que estaban bajo su cobertura apostólica. Por lo cual, lo que escribió en 2 Pedro fue el derramamiento de su alma: las cosas que él consideraba eran los aspectos más importantes del cristianismo y de la fe cristiana.
Pedro continúa en el versículo cinco exhortando: “Añadid a vuestra fe”. Como vemos en el diagrama de la página uno, la fe está en la base del monte de la perfección cristiana. La fe es el primer paso en nuestra experiencia cristiana. Esto habla de fe necesaria para la salvación. En Efesios 2:8 el apóstol Pablo hace mención de esto cuando dice: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios”. Es por medio de la gracia y la benevolencia de Dios que somos salvos. El medio por el cual somos salvos es la fe, y esta fe no proviene de nosotros. No se origina dentro de nosotros mismos; es divina, y viene de Dios. La fe es un don de Dios. No es producto de nuestras emociones, nuestros pensamientos, o nuestra voluntad. La fe viene de Dios y de Dios solamente.
Luego, Pedro nos exhorta a añadir siete virtudes, o dones, a nuestra fe. Estos siguientes siete pasos o virtudes, fluyen de la fe. En realidad, son producto de la fe. El siguiente peldaño de la escalera es la virtud: La virtud es fruto de la fe. Somos purificados y santificados por fe. Básicamente, virtud significa pureza moral, y es por fe que recibimos un corazón puro y limpio. Lo que quiero enfatizar aquí es que la fe es un don, y todos esos otros dones se reciben por medio de la fe. Por lo tanto, un corazón limpio es don y bendición de Dios.
El tercer peldaño en la escalera de la perfección cristiana es el conocimiento. El conocimiento también se recibe por fe. No viene solamente por medio del estudio. De hecho, el apóstol Pablo deja esto muy claro en Hebreos 11:3 donde establece: “Por la fe entendemos...” Así que, el conocimiento y el entendimiento vienen por la fe. No son producto de nuestro intelecto. Sin embargo, debemos ser disciplinados y diligentes para estudiar la Palabra de Dios de manera completa y exhaustiva. El estudio de la Palabra de Dios debe ir mezclado con fe (He. 4:2).
Conocimiento no es simplemente conocimiento secular, aunque algunas veces el conocimiento secular también es liberado por la fe. Muchos de los grandes científicos de todas las épocas han atribuido a Dios el conocimiento y la ciencia. Tomás Edison, un creyente cristiano, dijo que el conocimiento viene por inspiración. El conocimiento científico y los descubrimientos vienen por la inspiración así como por el estudio. Así, podemos ver que nuestro estudio debe ir acompañado de fe. Es la fe la que desata la verdad y el conocimiento de la Palabra de Dios, y es la fe la que nos permite interpretar las Escrituras precisa y correctamente.
Los que han estudiado literatura saben que una clave significativa para el estudio de la literatura es entender lo que el autor quería dar a entender, y lo que estaba pensando cuando escribió cualquier pasaje dado. Ya que yo soy inglés y crecí en Inglaterra, tuve que estudiar a Shakespeare. Mi maestro de inglés solía decir con bastante frecuencia: “ahora, por esta frase de Shakespeare entendemos esto, y esto, y esto. . .”
Cuando leemos y estudiamos la Palabra de Dios, tenemos que entender lo que el autor quiere decir al usar ciertas frases; de otra manera, erraremos en nuestra interpretación. ¿Quién es el autor de la Biblia? El Espíritu Santo es el Autor de las Escrituras inspiradas, y es por la fe que recibimos la correcta interpretación de lo que Él ha escrito.
El cuarto paso en nuestro caminar cristiano es el dominio propio (templanza), o autocontrol. A menudo la gente se pregunta: “¿Cuál es la voluntad de Dios?” En 1 Tesalonicenses 4:3-4 tenemos un aspecto muy importante de la voluntad de Dios para cada creyente: “Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor”. El dominio propio es la capacidad de dominar y controlar debidamente nuestro vaso, en santificación y honor.
La perfección cristiana y el dominio propio van unidos. El apóstol Santiago describe la perfección de esta manera: “Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo” (Stg. 3:2b). ¿Cómo controlamos nuestra boca y nuestro cuerpo, nuestras palabras y nuestras acciones? ¡Recibiendo fe! La fe produce dominio propio y templanza en nuestra vida, porque la templanza es un fruto del Espíritu (Gá. 5:23). La templanza no es humana, es divina.
La paciencia es el quinto paso. La paciencia es mencionada muchas veces en la Palabra de Dios. Santiago 1:4 dice: “Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna”. ¿De dónde viene la paciencia? Romanos 5:3 nos dice que la paciencia se produce en nuestra vida a través de pruebas y tribulaciones. La palabra tribulación implica enormes dificultades y presiones. A menos que tengamos la fe de Dios, es imposible atravesar el valle de tribulación. Sin Su fe, nos rendiríamos y desistiríamos. La paciencia se produce por medio de la tribulación. Sin embargo, sólo si tenemos fe podemos atravesar el valle de Baca (Sal. 84:6), el valle de lágrimas y penas. La fe nos sostiene en nuestras pruebas y nos ayuda a superarlas victoriosamente.
En el griego original paciencia significa “resistencia”. El apóstol Pablo nos exhorta en Hebreos 12:1 a “correr con paciencia la carrera (curso) que tenemos por delante”. La paciencia es una fuerza interna del carácter que nunca se rinde, sino que camina con perseverancia hacia adelante, esquivando todo obstáculo a lo largo del camino. La paciencia (o resistencia), es una cualidad divina; es producto de la fe.
El sexto paso es la piedad. En el idioma inglés podemos decir que piedad quiere decir: “semejante a Dios, o ser como Dios”. Bueno, ¿a qué se parece Dios? Para conocer de forma directa a qué se parece Cristo, debemos tener una revelación más profunda y progresiva de Él. Pablo dijo que si alguno conoció a Cristo según la carne, ya no lo conoce más así (2 Co. 5:16). Pablo estaba diciendo que no era suficiente con simplemente haber conocido al Señor cuando estuvo viviendo en esta tierra.
Todos necesitan tener una revelación fresca del Cristo resucitado. No basta con haber conocido una vez al Señor y haberle dado nuestro corazón. Debemos tener de Él una revelación que siempre vaya en aumento. La luz de Cristo debe brillar más y más en nuestro corazón, hasta que el día sea perfecto.
En el Cantar de los Cantares, la novia sulamita tuvo una revelación progresiva del Novio. Esta continua revelación le desveló a ella más y más del carácter de su Amado. Una revelación progresiva de nuestro Novio Celestial es la clave para llegar a ser como Cristo y para desarrollar un carácter piadoso. El apóstol Juan declaró: “Cuando (Cristo) se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Jn. 3:2b).
Ser como Jesús, depende de verlo a Él tal como Él es. Debemos tener una revelación clara y sin distorsión de la persona de Cristo. 2 Corintios 3:18 nos muestra una importante verdad: “Nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”. Debemos darnos cuenta que cuando contemplamos la gloria del Señor, somos cambiados a la imagen exacta del Señor Jesús. Ésta es la clave de la piedad. Al mismo grado al cual el Señor nos revele Su carácter, es al mismo grado al que seremos cambiados. Así, es importante buscarlo a Él para poder hallarlo. Debemos tener un corazón suave y humilde que atraiga al Señor y que haga que Él se nos manifieste.
¿Por qué tenemos que ser como Él? Juan dice que tenemos que ser como Cristo porque “le veremos tal como Él es”. Ésta es una de las leyes fundamentales de la vida. Los salmos nos dicen que los que adoran ídolos llegan a ser como los ídolos a los que adoran (ver Sal. 115:8; 135:18). Después de cierto tiempo, llegamos a ser como el objeto que adoramos. En el mismo grado en que adoremos a Cristo, será el mismo grado en que seremos cambiados a Su semejanza. Por tanto, busquemos ser genuinos adoradores que adoren al Señor en espíritu y en verdad (Jn. 4:23-24).
Unos años atrás mientras estábamos en Israel, mi esposa y yo visitamos el huerto de la tumba de Cristo. Después de que nuestro grupo vio la tumba, volví a entrar y clamé al Señor: “Señor, ¿a qué te pareces Tú?” Entonces, sobre la tumba vi que estaba escrita la palabra “mansedumbre”. La mansedumbre es sólo un aspecto del carácter del Señor, mas es una parte de la naturaleza de Cristo que la Palabra de Dios enfatiza constantemente. Incluso la descripción que Cristo hizo de Sí Mismo fue esta: “Yo soy manso y humilde” (Mt. 11:29). Por lo tanto, debemos buscar Su mansedumbre y nunca ser ásperos o vengativos.
Debemos procurar ser como Cristo en cada aspecto de Su naturaleza. Por lo tanto, la clave para la piedad es tener una revelación manifiesta y progresiva de Su persona y de Su naturaleza. Esta revelación viene por fe. Debemos ver a Cristo por fe. A veces, tenemos el privilegio de ver al Señor literalmente, pero otras veces debemos verlo a través de los ojos de la fe. Esto implica tener una revelación completa de Su naturaleza y de Su persona. Cuando el Señor se revela a Sí Mismo a nosotros, revela cierto aspecto de Su carácter que Él desea impartirnos. Así, la piedad viene por medio de la fe cuando tenemos una revelación continua de la persona del Señor Jesucristo.
El séptimo paso en la vida cristiana es el afecto fraternal. Este séptimo está relacionado con el segundo mandamiento de Cristo, que nos dice que nos amemos unos a otros como a nosotros mismos (Mt. 22:39). Para amar a nuestro hermano como a nosotros mismos, primero debemos amarnos y apreciarnos a nosotros mismos y a todo lo que Dios ha hecho por nosotros. Mucha gente tiene problemas de baja auto estima. La baja auto estima es el resultado del auto rechazo. No debemos menospreciarnos a nosotros mismos, porque al hacerlo, estamos rechazando la creación de Dios. Fuimos creados por Cristo, por lo tanto, debemos aceptar lo que Él creó. Debemos tener humildad de corazón para aceptarnos a nosotros mismos como Él nos hizo.
La necesidad de tener aceptación y amor piadoso por nosotros mismos fue impuesta fuertemente sobre mí cuando estábamos en Suiza, en donde fui el director adjunto de una obra cristiana. Entre las varias facetas de la obra, estaba el alcanzar a los ciegos. La directora de este programa también era ciega. Podemos pensar que tenemos luchas con la depresión y el desaliento, pero por un momento, deberíamos considerar cómo se siente la gente ciega. A veces, para ellos es agobiante no poder ver el maravilloso y vívido mundo que los rodea.
Un día, la directora del programa para ciegos estaba atravesando por uno de esos valles de desesperación. Mientras estaba en su oficina, llegó a sentirse tan desesperada que se salió de allí, pasó sus dedos sobre la Biblia en Braille, y casualmente llegó al clamor de Moisés en Éxodo capítulo cuatro. En Éxodo 4:10, Moisés se estaba quejando con el Señor acerca de sus incapacidades diciendo: “¡Ay Señor! Nunca he sido hombre de fácil palabra, ni antes, ni desde que tú hablas a tu siervo; porque soy tardo en el habla y torpe de lengua” (NVI).
El Señor le respondió a Moisés en Éxodo 4:11: “¿Quién dio la boca al hombre? ¿O quién hizo al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo Jehová?” Cuando esta dama leyó esos dos versículos, le dijo al Señor: “gracias Señor, por hacerme ciega” Y el Señor le respondió: “naciste ciega para que pudieras entender a aquellos que ministras”.
Verdaderamente, es Dios quien crea al ciego y al discapacitado, así como aquellos que no tienen ninguna incapacidad física. Él es el Creador de todos ellos. La mayoría de la gente no está satisfecha con su apariencia y sus capacidades físicas. Estamos descontentos con nuestra altura, nuestro peso, nuestra piel, nuestros ojos o nuestro cabello. Para ilustrar este punto, viene esta historia a mi mente:
Cuando estaba en la facultad de otra universidad bíblica, vi a una de las chicas planchándose el cabello. Le dije: “¿qué estás haciendo?” Ella respondió: “mi pelo es rizado, pero yo lo quiero lacio. Así que lo estoy planchando para alisarlo”. Perplejo le dije: “Querida, todas las otras chicas de la escuela van al salón de belleza a hacerse rizados permanentes que son muy caros. Tienen el pelo lacio, pero desean tener el pelo rizado como el suyo. Usted tiene lo que ellas quieren, y lo tiene sin tener que pagar un rizado permanente caro”. Su respuesta fue muy práctica: “Sí, pero yo quiero pelo lacio”. Muy pocas personas están satisfechas con la forma en que Dios las hizo. Si Dios crea gente con el pelo lacio, quieren pelo rizado; si tienen el pelo rizado, quieren pelo lacio. De modo que vemos la necesidad de mansedumbre, humildad y aceptación de la voluntad de Dios para nuestra vida.
Necesitamos una santa aceptación de nosotros mismos y de nuestras circunstancias. La Palabra de Dios nos dice que reconozcamos todo el bien que está en nosotros por Cristo Jesús (Flm. 1:6). Es una verdad espiritual que aceptaremos y amaremos a otros, solamente tanto como nos amemos y nos aceptemos a nosotros mismos. Tenemos que amar a los demás como a nosotros mismos. Esto significa que aquellos que tienen amargura y odio en su corazón, y que siempre se quejan de sus circunstancias, son incapaces de amar a su hermano o hermana, porque tratan a otros como se tratan a sí mismos.
Por lo tanto, debemos tener una santa aceptación de nosotros mismos. No me refiero al amor egoísta y arrogante que sólo piensa en sus propios intereses y en su propia hermosura, como lo hizo Lucifer. Estoy hablando de una saludable auto estima, correcta y equilibrada, que nos dé la capacidad de amar a otros y de terminar nuestro ascenso al monte de la perfección.
El octavo y último paso en el monte de la perfección cristiana es el amor. El amor es el primer mandamiento de Cristo. En este mandamiento se nos dice que amemos al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, mente, alma y fuerza (Mt. 22:37). Esto significa amar y apreciar al Señor por encima de cualquier otra cosa en la vida. Significa que tenemos que vivir totalmente para Él, y que tenemos que abandonarnos completamente a Él. Significa tener una relación íntima y profunda con el Señor Jesucristo, el verdadero amante de nuestra alma. El amor es un mandamiento, y viene por medio de la fe, no por medio de la ley.
El amor es la cima de la montaña. Por lo tanto, es muy natural pensar que el amor es nuestra meta. Sin embargo, la meta y destino final del cristiano es ascender a la cima de la montaña, para poder descender hacia el nivel de ministrar a otros. Pienso que es muy importante entender esto, porque cuando el apóstol Pedro estaba en el monte de la Transfiguración con el Señor, quiso quedarse ahí. El sincero deseo de Pedro era quedarse en la cima de la montaña, en ese particular aspecto de la santidad.
Esta verdad sale a relucir en el Cantar de los Cantares. Después que la sulamita se había lavado, perfumado, y ungido, el Señor se le apareció y tocó su puerta. Sin embargo, ella no quiso levantarse a abrir la puerta, así que le dijo al Señor: “Me he desnudado de mi ropa; ¿cómo me he de vestir? He lavado mis pies; ¿cómo los he de ensuciar?” (Cant. 5:3). En otras palabras, ella había alcanzado cierto grado de santidad y pureza, y quería quedarse allí.
Al perseguir la santidad y el amor, se corre el riesgo de tener el amor y la santidad como nuestras únicas metas. En realidad, estos simplemente son medios para el fin. La meta de todo cristiano es cumplir la voluntad de Dios. Básicamente, la voluntad de Dios comprende dos cosas. Un aspecto es carácter, y el otro aspecto de la voluntad de Dios es el ministerio. Como vemos en nuestro diagrama, un lado de la montaña de la perfección cristiana involucra nuestro carácter, o aquello que Cristo quiere cumplir en nosotros. El ministerio, el otro lado de la montaña, es lo que Dios quiere cumplir pormedio de nosotros.
Así que, si solamente subimos un costado de la montaña, no vamos a cumplir toda la voluntad de Dios. Solamente seremos cumplidores parciales de Su voluntad. Dios está buscando hombres y mujeres conforme a Su propio corazón que hagan y cumplan toda Su voluntad (Hch. 13:22). Él no se complace en aquellos como el rey Saúl, que solamente hacen parte de Su voluntad (ver 1 S. 15).
El Señor Jesús cumplió toda la voluntad de Su Padre. Él subió al monte de la Transfiguración, que fue la plataforma espiritual más alta en Su vida. Esta experiencia del monte de la Transfiguración nos habla de entrar a la gloria y a la perfección. Sin embargo, aunque era glorioso y lleno de paz, Cristo no se quedó en ese monte Él descendió y ministró las necesidades de los que estaban abajo, en el valle. Cristo es nuestro patrón a seguir. Por lo tanto, también nosotros debemos estar atentos a este llamado de ministrar a otros.
