Pináculo Rojo - Roberto Rico - E-Book

Pináculo Rojo E-Book

Roberto Rico

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Beschreibung

Viajar al remoto poblado de Pináculo Rojo no había sido idea suya, pero ya se había quedado sin alternativas. Su esposa estaba cada vez más distante; su chispa, su pasión, y sus ganas de vivir eran cada vez inferiores. Salvarla de su depresión era todo lo que importaba al detective Samuel Lantz, quien todavía se culpaba a sí mismo por no haber sido capaz de salvarla de tan trágico evento. Por ello, alejarse de la ciudad, de la casa donde sucedieron hechos tan terribles, parecía ser una buena solución, y viajar a Pináculo Rojo, lugar donde se habían comprometido años atrás, y donde crearon tantos maravillosos recuerdos, era el lugar ideal. Pero poco sabía el detective Lantz que los recuerdos a veces son engañosos, que la maldad se oculta incluso bajo la luz diurna, y que lo que parecía ser una cura era en realidad algo mucho peor que la enfermedad... Ahora, para escapar de la pesadilla, y así salvar a su esposa, el detective tendrá que enfrentarse a terrores capaces de rasgar su mente, entre los cuales se halla el volver a enfrentarse al hombre que lastimó a su amada...

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Seitenzahl: 545

Veröffentlichungsjahr: 2021

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Roberto José Rico Vivas

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1386-244-6

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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Dedicado a mi familia, por todo su apoyo incondicional. Y en especial a mi madre, que desde muy pequeño se encargó de inculcarme su amor por el terror… Así que gracias, también, a Chucky y Freddy Krueger, por haber sido mis primeros temores.

Bienvenidos a Pináculo Rojo

1

Una sola decisión puede cambiar por completo el curso de nuestras vidas. A veces, la decisión es tal que nada vuelve a ser como antes. ¿Y cómo podría? Incluso si tuviésemos la capacidad de borrar esa decisión, ¿de qué serviría? La sola experiencia ya habría dejado su huella en nuestra mente, en nuestra alma. Y esforzarse por volver atrás no hace sino empeorarlo… Ante una decisión así, es mejor aceptar que algunas cosas terminan. Volver a empezar.

Ojalá lo hubiese sabido antes de ese estúpido viaje. Pero mi desesperación me había dejado sin opciones. Mi único anhelo era devolver la normalidad a nuestras vidas.

Llevábamos cuatro largos meses distanciados. Ella evitaba mirarme a los ojos, refugiándose en las sombras de esa maldita casa para sollozar en la soledad cuando creía que yo no la escuchaba.

Detestaba verla así: tan frágil, tan desdichada, tan fría… Ya no era la mujer que me había dominado con su encanto; era ahora un cascarón vacío, compuesto de miedo, dolores y un constante sufrimiento. Tenía que salvarla, recuperarla, tenía que conseguir devolver una sonrisa a esos labios.

Iliana Marin era su nombre.

Habíamos sido un matrimonio ejemplar por nuestro respeto mutuo, el cariño que había el uno por el otro y la devoción que dábamos a nuestra relación. Teníamos la felicidad en nuestras manos y creíamos que no había nada ni nadie que pudiese cambiarlo… Vaya si nos equivocábamos.

Tras lo sucedido ya no había cariño, dedicación, ni tan siquiera comunicación. Intenté actuar con naturalidad como había sugerido el psiquiatra, pero no hubo mejoría alguna. Ella estaba destrozada.

—¿Por qué no intentan visitar un lugar que les traiga buenos recuerdos?—había sugerido el doctor.

De allí mi estúpida idea de realizar ese absurdo viaje a Pináculo Rojo, aquel agradable poblado donde recordaba haberle pedido matrimonio.

Estuve aterrado. No recuerdo haber sentido nunca tanto miedo, salvo cuando una bala atravesó mi costado derecho y creí que moriría.

La conocí años atrás cuando ella recién se mudaba al apartamento del frente, cruzando el pasillo. Ella subía las escaleras con una pesada caja en brazos. Yo me ofrecí a ayudarla. Me sonrió y, al mirarla a los ojos, quede atrapado en el azul de su mirada.

A pesar de mi fuerte atracción hacia ella, casi no llegamos a cruzar palabras los primeros meses. Pocas veces coincidíamos en el rellano y mi lengua se trababa cuando intentaba sacarle plática. Eso cambió un 30 de diciembre, cuando me sorprendió tras subir las escaleras. Abrió la puerta y, tras un breve saludo, me invitó a pasar junto a ella el fin de año. Nunca me han gustado del todo las reuniones sociales, pero ese día accedí a su invitación sin rechistar.

La noche siguiente me fue imposible evitar enamorarme de ella. Vestía un hermoso vestido azul de minifalda y mangas largas. Tenía su cabellera lacia y negra recogida por un moño muy elegante que, en conjunto con sus prendas y maquillaje, le propiciaban un encanto especial que me dejaron sin aliento.

—¿Vas a pasar? —inquirió con aire risueño al verme boquiabierto, incapaz de articular palabra alguna.

—Eh… Sí, claro. —Forcé una sonrisa, le entregué una botella de vino y crucé la puerta—. Luces preciosa, Iliana.

—Muchas gracias, Samuel. Tú tampoco estás nada mal.

La fiesta estuvo animada. Todos los vecinos estaban reunidos con sus familiares, compartían comida y brindaban entre risas. La mayoría me ofreció una calurosa bienvenida, salvo por la vecina de arriba, quien me lanzó una dura mirada. Con su poblada ceja enarcada me preguntó:

—¿Se quedará mucho tiempo aquí?

No supe qué responder a su pregunta. Me limité a observarla fijamente hasta que sentí la mano de Iliana en mi antebrazo, arrastrándome con ella hacia la cocina.

—Mejor huye, Sam —dijo entre risas.

Sam. Odio los diminutivos, pero en su boca ese simple Sam era sublime. Qué poder tan absurdo tiene la mujer en nosotros los hombres…

Una vez dentro de la cocina, soltó mi brazo y me miró, risueña.

—Los rumores cuentan que la señora Marie te odia por haber metido en prisión a su nieto.

—¿Prisión? Qué exagerada. Tan solo lo dejé dormir toda una noche en una celda por drogarse y grafitear paredes en el centro. —Me encogí de hombros—. Dudo mucho que haya dejado las drogas, pero al menos ya no raya paredes.

Iliana soltó una leve risa.

—¿Quieres algo de beber? —preguntó—. ¿Cerveza, quizás?

Era una mujer muy intuitiva. La cerveza era mi favorita, en especial si me encontraba incómodo, estresado, o sencillamente con deseos de soltarme; un whisky cuando el problema a digerir era muy grave. Nada mejor que beberse los problemas y luego orinarlos.

Cuando se inclinó frente al refrigerador para alcanzar una de las latas de cerveza, no pude evitar echarle una ojeada a sus glúteos y largas piernas. No me sentía bien aprovechándome de la oportunidad, pero tal era su atractivo que mis instintos primitivos se apoderaron por completo de mi comportamiento. Pueden odiarme si gustan, pero no es fácil combatir el apetito masculino.

—¿No preferirías un vino o algo más acorde a la ocasión? —bromeó. Me alcanzó la cerveza y entonces me regaló una leve sonrisa.

—¿Por qué? ¿No quieres compartirlas? —bromeé. Ella soltó una leve risa.

—Todas tuyas. —Hizo un ademán hacia su refrigerador sin dejar de sonreír—. A menos que te regañen en el departamento de policía. No quiero ser cómplice de tus fechorías.

Era obvio que bromeaba, aunque no se alejaba mucho de la verdad.

Para aquel entonces yo no era sino un novato en el departamento. Mis superiores tenían un ojo sobre mí las veinticuatro horas del día y, dado que anhelaba obtener mi licencia de detective, llegar ebrio al trabajo habría dejado unas letras bastante rojas en mi expediente.

Iliana no se separó de mi lado en toda la noche: bailamos, charlamos, cenamos, y me forzó a seguir ese tonto ritual de las uvas, forzándolas todas en mi boca hasta atragantarme, cosa que le causó una carcajada. A ella y a unos cuantos invitados.

Algunas horas más tarde todos los invitados se habían marchado, se hacía tarde y sentí que debía retirarme. Iliana me lo impidió.

—¿No te quieres quedar un rato más? —preguntó. Fruncía los labios para ocultar una avergonzada sonrisa.

Me resultó divertido como su moño había perdido forma. De tanto reír y bailar, había conseguido que varios mechones rebeldes saltaran hacia los lados. Eso la hizo mucho más atractiva a mis ojos.

—Estaría encantado —respondí sin pensarlo.

Decidimos entonces prepararnos algunos cocteles, o, mejor dicho, me forzó a prepararle algunos cocteles improvisados. Se me daba bien el trabajo de barman gracias a que había hecho algunos cursos durante mi adolescencia, así que me dediqué a sorprenderla.

—Está exquisito. —Se relamió con sutileza. Era una dama, ante todo—. ¿Seguro que eres policía? Con esta habilidad pareces más un borrachín.

Aquello me hizo reír.

—Es cierto —admití—. De joven mi hígado pedía clemencia.

Esa noche descubrimos tener grandes diferencias, así como muchas cosas en común, lo cual hizo que la velada fuese mucho más interesante. No teníamos que parecernos, ni estar de acuerdo en todo. Bastaba solo con estar dispuestos a comprendernos.

Cuando ya era hora de marcharme, me paré frente a la puerta para despedirme y entonces ella me tomó de la corbata, me jaló hacia ella y me plantó un besó en los labios. Me gusta una mujer con iniciativa, pero en esa ocasión me había cogido por sorpresa.

Fue un beso simple e inocente, pero para mí fue significativo.

—Vaya… —musité, pidiendo explicaciones con mi mirada.

—Muérdago. —Señaló con su delgado dedo hacia el techo, donde colgaba un muérdago en todo el marco de la puerta.

Sonreí al notarlo y luego volví la mirada hacia ella.

—¿Eso significa que cenaremos juntos mañana? —sugerí otra vez sin pensar.

—¿Cocinarás tú? —preguntó divertida. Yo asentí en respuesta—. Entonces estaré allí después de las ocho.

Fue ese el día que inició nuestra relación. Todo surgió tan natural que nunca tuvimos que hablarlo. De pronto éramos una pareja, de pronto conocíamos nuestras familias y de pronto vacacionábamos juntos, que fue exactamente eso lo que nos llevó a Pináculo Rojo. Viajamos allí en mi coche, un Pontiac Firebird clásico, azul marino, del año 68, el cual había heredado de mi padre; la mejor parte de su herencia.

Era un lugar hermoso, repleto de altos y numerosos pináceos anaranjados en ringlera, que aglomerados entre sí adoptaban un color rojo o cobrizo. Era un espectáculo impresionante.

—Es un bosque hermoso —afirmó ella—. ¿No lo crees?

—Mientras no sea radiactivo, como el bosque de Chernóbil —bromeé.

—No seas tonto. —Le había hecho gracia, pero igual me reprendió con una suave palmada en mi muslo.

Sonreí. Miré a la distancia y vi el viejo cartel de madera que colocaba: «Bienvenidos a Pináculo Rojo; hogar del exilio».

2

Ver ese cartel por segunda vez me brindó cierta calma. Quise amenizar el viaje con algo de música, pero ninguna de las emisoras funcionaba. No que importase demasiado, pues recordaba que tras el cartel solo quedaban unos cinco o diez minutos de trayecto antes de llegar al poblado.

Busqué el rostro de Iliana, deseoso de encontrarme con aquella eterna sonrisa. En su lugar, mantenía un semblante apático y distante, cuyos ojos azules —antes brillantes, felinos y seductores— parpadeaban con lentitud, y apenas reaccionaron cuando reconocieron el cartel.

No mostró signos de emoción alguna, sencillamente lo miró ladeando ligeramente la cabeza y luego volvió a apoyarse sobre la ventanilla. Su mirada quedo perdida sobre el cristal, ausente a su entorno, mientras su mentón reposaba sobre su mano. «¿Qué anida en tu cabeza, cariño?» me preguntaba.

—Ya estamos llegando —anuncié, tratando de mostrarme animado. Ella no dijo nada—. Ya verás, iremos a aquel bonito restaurante donde comimos la primera vez, luego iremos a la cabaña a esperar a Fabiana y por último tomaremos una agradable ducha caliente antes de descansar. Mañana daremos un paseo en el lago o uno a caballo, lo que tú prefieras.

Ella no prestaba atención y, por salir del paso, encogió su hombro izquierdo como única respuesta. Yo suspiré, frustrado.

Pasado el cartel la carretera se extendía como una sierpe zigzagueante, rodeada de enormes muros de pinos que, gracias al sol del ocaso, comenzaban a adoptar un brillo intenso. A la distancia el efecto era tal que las colinas parecían bruñidas en oro y cobre.

Al ver ese paisaje, se me ocurrió una nueva idea para animarla:

—Si nos estacionamos allí arriba, quizás podamos obtener una toma con el bosque a nuestra espalda. ¿No te gustaría? —sugerí mientras aparcaba el coche a orillas de la carretera. Ella continuó inexpresiva.

Apenas bajar del coche, mis pulmones se llenaron de aquel agradable aroma a pinos. Desde la pequeña colina se podía apreciar el espeso bosque de pináceos rojos, repleto de colinas, riachuelos, y un brillo casi cegador.

—¿Puedes pararte más a la derecha? —pedí a Iliana a medida que iba ajustando la cámara digital sobre el trípode. Programé el temporizador y corrí junto a ella. Abracé su cintura y me forcé a sonreír; una ardua tarea, dado que nunca logré sonreír de forma natural ante una cámara. «Esfuérzate un poco…»me habría reprochado una antigua Iliana. Esta vez no diría nada. Tampoco sonreiría.

—Veamos cómo ha quedado —dije, tratando de mantener el tono de voz alegre y una actitud optimista, justo como había sugerido el doctor.

La foto no estaba nada mal, salvo que Iliana no miraba a la cámara. Tenía la mirada perdida hacia su derecha, mirando algo que la foto no había enfocado.

Su semblante era triste y distante; carente de vida. Y a su lado me encontraba yo, rodeándole la cintura con mi izquierda. Hice el intento de sonreír y solo conseguí una absurda mueca que se veía empeorada por mi alborotada cabellera castaña. A nuestra espalda se podía ver la maletera de mi coche y más lejos se lograba capturar a la perfección el bosque rojo que en esos momentos brillaba cobrizo. El cielo, que parecía salido de una película, mantenía una mezcla de matices rojos dando vida al arrebol más hermoso que había visto en mi vida. Las nubes se juntaban entre sí formando llamativas figuras, y juraría que una de ellas se asemejaba a la cara de Popeye.

—Cariño, ¿no quieres ver cómo ha quedado la foto? Te ves muy hermosa.

La verdad era que, en comparación a otras fotografías, en ella no daba crédito a su verdadera belleza. Vestía una fina blusa blanca, pantalones azules y sus botines favoritos. No llevaba maquillaje y su cabello lo tenía recogido por una simple coleta. Ya ni siquiera se había molestado en colocarse las sortijas o zarcillos que solía llevar. Tenía un aspecto demacrado y verla así, pese que a mis ojos seguía siendo la mujer más hermosa del planeta, me causó un profundo malestar y un extraño vacío en la boca del estómago.

Iliana ladeo la cabeza en un gesto de negación, y subió al coche sin mediar palabra.

3

Pináculo Rojo no había cambiado en esos diez años.

Habían transcurrido mínimo diez años, pero el pueblo aún conservaba la misma apariencia: las calles eran las mismas, las casas permanecían igual y los árboles no habían envejecido; incluso los anuncios publicitarios se conservaban igual, aunque muchos de ellos mostraban colores desvaídos. Daba la impresión de que aquel remoto pueblo había quedado congelado en el tiempo.

—Hemos llegado —notifiqué a Iliana, quien comenzó a mirar a los lados, notoriamente sorprendida.

—Sigue igual que aquella vez… —musitó.

—Lo sé. —Sonreí.

En nuestra primera aparcamos frente al café Dulce Amanecer. Era un local amplio, agradable, de enormes ventanales que apuntaban hacia el aparcamiento. La comida era buena. Y recuerdo que nos había gustado tanta la atención que decidimos volver casi a diario. Lo único que estropeaba la perfección del establecimiento era que se hallaba ubicado frente a la Plaza del Ángel.

En el centro de la plaza residía una horrorosa estatua de un supuesto ángel, cuyo aspecto parecía más un monstruo con cuerpo de minotauro alado y con cabeza de cuervo. Dos enormes alas plumíferas se extendían tras su espalda. Y, sobre su cabeza, sujetaba una enorme alabarda que le daba una pose perversa. Para empeorar, el tiempo y la lluvia habían teñido de negro la piedra en la cual fue esculpida y cuando el sol comenzaba a caer, sus rasgos demoníacos se acentuaban.

—¿Podemos ir directo a la cabaña? No tengo apetito… —Incluso su voz era distinta, agria y decaída.

—Necesitas comer algo, preciosa —insistí.

—Por favor, Samuel. Deseo llegar a descansar.

No me gustaba la idea, pero no pude hacer más que resignarme.

—De acuerdo, iremos directo a la cabaña. Pero luego te buscaré algo de comer, ¿de acuerdo?

—Está bien. —Finalmente me dedicó una leve y compelida sonrisa—. Gracias, Samuel.

Ya no era ni siquiera Sam para ella. Eso me dolía.

Recordaba que el poblado estaba lleno de energía, con un notorio aire campestre que, en conjunto con el aroma a pinos, conseguían una reacción placentera. Pero eso había cambiado. Ahora el aire era pesado, agrio, y el ambiente gris y oscuro.

La mayoría de las casas mostraban una fachada victoriana y asimétrica que replicaban el estilo medieval del romanticismo inglés. La vejez de las casas, y su mal estado, proporcionaban un ambiente lóbrego y casi deprimente, en especial ante la escasa luz que ofrecían los muy antiguos postes. A lo lejos podían vislumbrarse edificaciones aún más oscuras, apartamentos de cinco o seis plantas, ubicados uno al lado de otro formando una amplia red de viviendas que se perdían a la distancia. Durante el día aquel sector resultaba un poco lóbrego, pero nada comparado a la noche, cuando la luz del sol desaparecía y las estrechas avenidas resultaban tenebrosas, en especial cuando había neblina.

Fue entonces cuando reparé en algo que me resultó curioso: aunque el pueblo en sí no había cambiado, no podía dejar de sentir que su encanto ya no era el mismo. De hecho, mientras conduje por las estrechas calles de la red de edificios, no pude dejar de sentirme receloso y desconfiado.

Pude notar que no era el único en sentirme así. Iliana también se mostró inquieta. Tenía los labios fruncidos y miraba a los lados como si temiese a algún peligro en el ambiente. Las uñas de su diestra repiqueteaban sobre la mica de su reloj de muñeca; un típico tic nervioso que tenía cuando algo le causaba ansiedad.

Doblé a mi izquierda al final de la cuadra y no pude evitar soltar una leve risa al ver el cartel de luces de neón que anunciaban el viejo motel de Duerma con Larry. Era un sitio asqueroso, infestado de cucarachas, lleno basura y habitaciones en mal estado.

En nuestra primera visita pasamos la primera noche allí. Nos salvamos de una segunda gracias a que conocimos a Fabiana Reynolds, la dueña de la cabaña del lago, donde nos hospedamos por un módico precio no mucho mayor al de las mugrosas habitaciones que ofrecía Larry, el dueño del motel. Un cambio abrupto. Pues, mientras el motel era un basurero, la cabaña resultaba ser un paraíso. En aquel entonces llegamos a pensar que había sido un golpe de suerte que nadie más la hubiese alquilado. Más tarde descubrimos que Pináculo Rojo era un lugar olvidado por el mundo, ni siquiera salía en mapas, motivo por el cual carecía de turistas, y las únicas personas que llegaban allí era por curiosidad o accidente.

Lamentablemente, la cabaña también había perdido su encanto y, cuando llegamos al lago, nuestros ánimos se vinieron abajo. Debido a la excesiva maleza tuve que estacionar más lejos de lo habitual, junto a una lujosa y enorme camioneta que parecía un ostentoso tanque de guerra. Iliana no pudo ocultar su desilusión. No que pudiese culparla, pues yo también me sentí igual al ver lo malogrado que estaba aquel lugar.

Tiempo atrás había resultado un lugar paradisiaco, una agradable cabaña de una sola planta hecha de piedras y madera, con amplias ventanas y un acogedor pórtico que daba una grata bienvenida. Las paredes de piedra estaban decoradas por hermosas enredaderas de flores rosadas. Un camino empedrado se extendía desde la escalinata del pórtico, hasta dar vuelta en torno a una jardinera oblicua repleta de flores de diversos colores. A los lados se situaban dos bancas de madera y hierro forjado. Y a cincuenta metros de allí se podía apreciar el enorme lago, donde residía un muelle de tablones blancos.

—¡Esto es un sueño…! —había exclamado Iliana en aquel entonces. Se aferró a mi mano y me dio un fuerte beso en la mejilla—. ¡Me encanta!

Pero todo había cambiado. La cabaña, aunque conservaba una fachada hermosa, era abrazada por las raíces de una enredadera muerta. La maleza había ocultado la totalidad de los caminos de piedras, y la jardinera central lucía desatendida, al igual que el muelle, cuyas tablas habían perdido la pintura y parecía que se desarmaría con cualquier mínimo golpe.

—No quiero estar aquí… —murmuró Iliana, frotándose el brazo de forma insistente, como si quisiera quitarse una mancha invisible.

Por un breve instante recordé a la antigua Iliana. Aquella mujer radiante, alegre y llena de vida. Y me atormentaba que ya no quedaba nada de ella. Era como estar casado a una mujer distinta; quizá así era.

La abracé de la cintura y sonreí.

—No está tan mal, cariño. Ya verás cómo esto volverá a estar igual que antes. Seguramente nadie la ha pisado en mucho tiempo. —Aún abrazado a ella, la llevé conmigo hasta el pórtico—. Quizá nosotros fuimos los últimos en darle uso —dije bromeando, aunque, al decirlo en voz alta, más que una broma parecía un hecho.

Subimos los peldaños de piedra y, en cuanto estuvimos en el pórtico, ella se deshizo de mi abrazo. No me gustó su gesto, pero la entendía; el contacto físico aún debía de inquietarle.

—Veamos su interior —dije, fingiendo que no había notado su rechazo. Toqué la puerta tres veces y aguardé.

La puerta no tardó en abrirse, y tras ella apareció Fabiana, una mujer menuda, de vestido elegante y excesiva joyería, como si buscase ocultar su escaso atractivo tras el oro y las gemas. El perfume que llevaba (el mismo de diez años atrás) impregnaba todo el lugar y, apenas golpear mis fosas nasales, tuve que hacer un gran esfuerzo para no estornudarle la cara. Iliana no fue capaz de resistirse…

—¡Achís! —Se sorbió la nariz—. Perdón…

—¡Bienvenidos! —dijo la suntuosa mujer. Su rubicunda cabellera caía suelta sobre sus hombros—. ¡Qué gusto verte de nuevo, Samuel! —Se acercó y me dio un efusivo beso en la mejilla, luego hizo lo mismo con Iliana, quien me miró con ojos desorbitados, rogándome en silencio para que se la quitara de encima—. ¡Y a ti también, Iliana!

Toqué la espalda de Fabiana, fingiendo que buscaba llamar su atención y, al separarse, me miró con sorpresa.

—He notado que el entorno ha quedado un poco descuidado con los años —apunté. Fabiana dedicó su atención al malogrado jardín.

Un rubor recorrió sus mejillas a la par que esbozaba una débil sonrisa que expresaba disculpas.

—Lamento mucho el estado en el que encuentran la cabaña. —Miró a los lados y seguido esbozó una mueca de desagrado—. Tenía mucho tiempo fuera y no me había enterado de que el encargado de la limpieza había fallecido hace algunos meses. Igual no deben preocuparse, les aseguro que el interior de la cabaña luce impecable. Por favor, pasen adelante.

Nos invitó a pasar con un ademán.

Al poner un pie dentro de la cabaña (esta vez Iliana quiso entrar de última), pude ver que Fabiana no mentía. La cabaña estaba impecable y su estética era idéntica a como la recordaba. Enormes cuadros decorativos de paisajes colgaban de las paredes, en el vestíbulo un par de sillones color verde olivo residían frente a la chimenea y reposaban sobre una felpuda alfombra a juego. A nuestra derecha estaba la cocina con su mesa de comedor y frente a nosotros estaba el pasillo que daba acceso al trastero, dos habitaciones y una puerta trasera que permitía el paso a la terraza. Lo único distinto era una vieja radio de baquelita que estaba en el suelo, olvidada en un rincón como si alguien la hubiese dejado allí por accidente.

—¿Es tuya? —inquirí y señalé la radio con el mentón.

Fabiana parpadeó, confundida, como si apenas hubiese reparado en la existencia del objeto.

—No… No lo sé. —Enarcó una de sus casi inexistentes cejas. Se acercó a la radio y la levanto del suelo. Algo sonó en su interior; una posible pieza suelta, pensé—. Seguramente se la ha dejado alguien aquí. Lo echaré a la basura.

Me parecía una buena idea deshacernos de ese cacharro, ¿qué posible uso podría tener? Pero entonces Iliana decidió intervenir.

—¡No! —exclamó, y le arrebató la radio de las manos como si se tratase de un objeto muy preciado—. Nos los quedaremos —sentenció, haciendo el intento de no mostrarse irritada con una sonrisa, sin mucho resultado; estaba enfurecida.

No comprendía por qué estaba interesada en aquella radio, pero si ella la quería, entonces la conservaríamos. A Fabiana no pareció importarle.

—Está bien, como gustes —replicó Fabiana, esbozando una falsa sonrisa. Se sacudió las manos y se acercó a mí—. Bueno, aquí tienes las llaves, Samuel.

De su fino bolso, el cual tenía sobre una mesa, extrajo un manojo de llaves y las dejó sobre mi mano.

—Me temo que el asunto del teléfono sigue igual —explicó—. Como casi nadie viene a visitar Pináculo Rojo, nunca he considerado que sea un gasto necesario el poner una línea telefónica aquí. Aunque si poseen un móvil, no habrá ningún problema. La recepción por estas zonas siempre es buena y además la cabaña no está muy lejos de mi casa. Si necesitan algo, con gusto pueden tocar mi timbre a la hora que sea.

Cogí las llaves y me cercioré de que las cerraduras estuviesen en buen estado.

—Muchas gracias, Fabiana. No creo que necesitemos nada en un par de días, pero te lo agradezco. —Forcé una sonrisa y luego le acompañé hasta la puerta—. ¿Podrías enviar a alguien a cortar esa maleza? —Señalé con el mentón.

—Mañana a primera hora te enviaré a alguien para que atienda ese problema —me aseguró—. Disculpa que no lo hiciera antes. Si tan solo hubieses avisado con mayor antelación…

Hacía una semana entera cuando la había llamado. Apenas salir del consultorio del Dr. Kadhim —el psiquiatra de Iliana—, había decidido planificar ese viaje. Llamé a Fabiana con esperanzas de poder alquilar la cabaña, y así lo hice. Esperaba que todo fuese arreglado para nuestra llegada, incluso había insistido en que todo tenía que estar en perfecto estado para ese día. Y ella, pese a sus risas y simpatías, lo había olvidado por completo. Me sentí profundamente disgustado debido a su incumplimiento, y de no ser porque el doctor había sugerido evitar cualquier situación de estrés a mi esposa, habría montado una bronca en ese preciso instante.

—Me parece bien, muchas gracias —dije en su lugar.

—El jardinero seguramente venga alrededor de las nueve. ¿Te parece bien esa hora?

—Sí, está bien —asentí—. En ese caso creo que no hay nada más que agregar. —Quería hacer que se marchase. Ya me dolían las mejillas de forzar la sonrisa. A ella parecía dársele natural, cosa que no era de extrañar en una mujer de negocios; la sonrisa hipócrita era parte de su vida y si la perdía, se quedaría sin empleo.

—Me marcho entonces. —Alzó la mano en despedida—. Les deseo una grata estadía.

—Gracias, gracias. —Asentí hasta cuatro veces, distraído, observando nuevamente su enorme camioneta de lujo.

Agité mi mano para despedirme, sin lograr reprimir una leve risa al verla subir a la camioneta. Debido a su corta estatura (no llegaría al metro sesenta), verla entrar a la camioneta era lo equivalente a observar un pitufo infiltrarse en la fortaleza de Gargamel.

—¡Sam! —La voz alterada de Iliana me sacó de mi distracción.

Cerré la puerta y corrí a la cocina, donde vi a Iliana asustada, todavía abrazada a la radio, y mirando horrorizada una serpiente que se deslizaba por el suelo.

No era gran problema, pero Iliana tenía miedo a casi todo tipo de insectos, reptiles, y una fobia excesiva a las arañas. Y aunque la serpiente no era venenosa, sin lugar a dudas presentaba una amenaza para ella. Maldije para mis adentros mientras buscaba una manta, la arrojé sobre la serpiente y acto seguido la llevé fuera, donde la dejé en libertad.

Había pensado en matarla, pero sabía que ese deseo no era más que producto de mi frustración al ver lo mal que estaban empezando las vacaciones.

—Calma, Sam… Calma. Todo saldrá bien —murmuré mientras regresaba a la cabaña.

4

Al regresar, hallé a Iliana estaba sentada frente a la mesa de la cocina. Buscaba hacer funcionar la radio y un ruido de estática anunciaba un claro fallo en el cacharro. No era de extrañar, seguramente mi abuelo había amaestrado su primer dinosaurio cuando esas radios de baquelita salieron al mercado.

Tome la oportunidad para bajar todo el equipaje del coche, guardar el mercado en las gavetas de la cocina y la alacena, llevar las maletas a nuestra habitación, y después me dedique preparar un poco de café.

Mientras me encontraba en ello, Iliana soltó un apesadumbrado suspiro y chasqueó la lengua de manera muy sonora.

—¿Crees poder repararla? —preguntó con hastío, de brazos cruzados y con la espalda encorvada, recostada sobre el espaldar de la silla.

—Lo intentaré más tarde, cariño —respondí—. Primero debo preparar algo de comer. No has comido nada en todo el día.

—Yo cocinaré —se ofreció—. Tú encárgate de reparar esa radio y yo cocinaré. ¿Vale?

Por un momento me pareció volver a ver la Iliana de la cual me había enamorado. Sonreí al verla más animada, y entonces asentí.

—Tenemos un trato entonces —dije—. Iré por mi caja de herramientas. La debo de haber dejado en el coche.

Examiné la radio y volví a escuchar la pieza suelta en su interior. Por un momento llegué a creer que esa pieza era la causante del problema, pero no fue así. El sonido se debía a que el cableado de las bocinas estaba vencido, así que me tomé mi tiempo en reemplazarlos y dejarlos como nuevos.

Mientras reparaba la radio, no pude dejar de vigilar a Iliana. Se mostraba distraída, meditabunda, probablemente reviviendo aquel terrible momento. No era justo lo que le había sucedido, y yo no podía dejar de sentirme culpable por ello.

Usualmente las víctimas de una violación terminaban con grandes problemas de depresión, nervios y les toma tiempo para recuperarse (a veces nunca lo hacían), pero Iliana había sufrido mucho más que eso. Ella había saboreado la verdadera maldad humana. Había mirado los ojos de un ser diabólico y despreciable. Había experimentado lo que era la humillación. Lo que era morir lentamente.

Al recordarlo, me maldije por no haber llegado a tiempo y me maldije aún más por haber dado una muerte tan rápida a ese maldito bastardo.

En un descuido por culpa de mi enfado, terminé por lastimarme el pulgar con el destornillador.

—¡Mierda! —exclamé.

—¿Estás bien? —preguntó Iliana, nerviosa.

—Sí, descuida. —Examiné la piel enrojecida—. Por suerte no me he cortado.

—Ten cuidado —dijo, y volvió a su tarea como si nada hubiese sucedido.

Después de algunos minutos de insistencia, de algún modo me las había apañado para lograr escuchar una de las emisoras locales. La señal era realmente mala, pero se podía escuchar la voz del locutor detrás de la molesta estática. Iliana saltó de alegría y corrió a mi lado.

—¡Lo has arreglado! —exclamó divertida—. ¡Eres un genio!

No podía entender por qué le traía tanta alegría, pero me llenó de regocijo verla así. Aún mayor fue mi regocijo cuando sentí su beso en mi mejilla.

La cabaña comenzaba a impregnarse de un delicioso aroma a salsa boloñesa que me despertó el apetito, y mientras ella culminaba con su tarea, yo continué intentando mejorar la señal de la radio hasta conseguir eliminar por completo la estática. Lo único que no conseguí reparar fue la pieza suelta que saltaba en su interior. De hecho, ni siquiera fui capaz de encontrar la pieza.

—…hace una agradable noche en Pináculo Rojo. Hoy el clima nos sonríe con una suave y fresca brisa noctívaga que seguramente muchos querremos salir a disfrutar fuera de nuestras casas. Quizás sea una buena oportunidad para visitar ese nuevo (y muy agradable) restaurante La Colina, con nuestro nuevo residente, y gran chef italiano, Luciano Magnani, a quien tuve el gusto de entrevistar hace una semana. Un saludo para ti si me estás escuchando.

»Para quienes todavía no han salido de sus trabajos o están ya de camino a casa, aquí les traigo un viejo tema de Sam Cooke, Somebody ease my troublin’ mind, un clásico que seguramente disfrutarán.

La canción comenzó a sonar en la vieja radio y, aunque Iliana prefería la música moderna y más animada, la vi balancearse ligeramente al ritmo de la melodía.

En la música, Iliana y yo pocas veces coincidíamos. Yo era amante de las músicas lentas, el rock clásico, el blues, el jazz y las baladas, mientras que Iliana disfrutaba de canciones modernas, electrónicas, rock pesado o típicas canciones de clubes nocturnos, cargadas de miles de efectos y ritmos repetitivos. Solo Dios sabrá por qué.

Cenamos en compañía Sam Cooke y varios de sus temas. Y parecía ser que su música había conseguido animar a Iliana. La miré fijamente mientras comía y cuando ella me devolvió la mirada, a ambos se nos escapó una tonta sonrisa como siempre sucedía en los viejos tiempos. No duró mucho el momento. Tuve la estúpida idea de intentar coger su mano y, aunque por un momento pareció tolerarlo, no tardó mucho en borrar su sonrisa y apartar su mano como si la mía estuviese llena de excremento.

Odiaba verla huir de mi tacto. No era fácil guardar paciencia, ni pretender que nada pasaba, pero esa noche me las arregle para no mostrar mi enfado. Después de todo, no era su culpa.

—Ve a descansar, preciosa —dije—. Yo me encargaré de limpiar esta noche.

Sin apenas mirarme, asintió y se encerró en la alcoba.

Después de limpiar los platos, salí al pórtico a disfrutar de un cigarrillo. Necesitaba despejar mi cabeza, relajarme un poco y aunque el tabaco había sido un viejo hábito olvidado tiempo atrás, luego de lo sucedido con Iliana me vi forzado a retomarlo… O esa fue mi excusa.

Iliana ya dormía cuando volví a la cabaña. Tomó el lado izquierdo de la cama como era de esperarse, dado que ella prefería dormir lejos de puertas y ventanas. Le atemorizaban. Un temor que nunca comprendí.

No tardé en unirme a ella. Debía reponer energías y madrugar, pues pretendía darle una sorpresa al día siguiente: para cuando ella despertase, la cabaña luciría mucho mejor.

5

Eran las 3:12 a.m. cuando me despertó aquel ruido.

Era el llanto de un niño. Un llanto lejano y lleno de angustia. «¿Quién podría estar llorando a esa hora?» me pregunté.

Salí de la cama, miré por la ventana y descubrí una silueta que no pasaría del metro cincuenta de estatura. Sin lugar a duda debía de tratarse de un niño y estaba solo.

Le seguí con la mirada hasta que le vi acercarse peligrosamente al lago, caminando por encima del desvaído muelle cuyas tablas bailaban a falta de soportes. Pero el niño no parecía percatarse del peligro que corría.

Pensé en abrir la ventana y gritarle, pero no quería importunar a Iliana. Últimamente estaba tan nerviosa, que temía matarla si la despertaba a gritos. Así que me coloqué mi calzado y me disponía a salir tras él para detenerlo, cuando escuché un golpe en el suelo y a mi espalda. Al darme vuelta, descubrí que de alguna forma mi teléfono se había caído de la cómoda.

Pero eso no fue lo más inquietante. Lo que me puso los pelos de punta cuando intente recogerlo fue el sonido que salió de él. Era el llanto del niño, ofuscado por una extraña estática y en un volumen tan bajo que creí que todo estaba en mi cabeza. Hoy día sé que el sonido no estuvo en mi imaginación, pero en el momento encontré tan absurda la idea, que me convencí al instante de que aquello no era más que producto del sueño.

Cogí mi teléfono, alcé la mirada para buscar de nuevo al niño, pero este ya había desaparecido…

El primer día

1

Tras el extraño incidente de la noche anterior desperté a las 5 a.m.

Iliana tenía un sueño pesado, de modo que no me sintió abandonar la cama, ni tampoco se percató cuando, accidentalmente, dejé caer la caja de herramientas que había hallado en el trastero. Mascullé una maldición y comencé a recoger el desastre. Mientras recogía, uno de los destornilladores había rodado bajo el mohoso estante. Encendí una linterna para disipar la oscuridad y junto al destornillador hallé un viejo cuaderno. Sus páginas eran amarillas y de textura áspera, desagradable. La cubierta tenía una textura similar, pero su color era marrón.

Carecía de título, y una tira de cuero con candado me impedía abrirlo. Intuí que podía tratarse de un diario cuando reparé en las siglas G.R. en la parte inferior derecha de la cubierta.

Sin darle mayor interés, dejé el libro sobre el estante repleto de trastos y salí de allí con la caja de herramientas bajo el brazo.

Desayuné un simple emparedado con queso, café marrón, y me dediqué a trabajar en el muelle hasta las 9:00 a.m., hora a la que hizo acto de presencia el jardinero que Fabiana había contratado.

—Buenos días —dijo el viejo hombre, cuyas arrugas se extendían desde el cuello hasta la frente—. Mi nombre es Joe Tunner, el viejo Joe suelen llamarme por acá.

—Gusto conocerlo, señor Tunner —repliqué, estrechando su mano. Pese a la edad, el viejo Joe tenía un fuerte apretón.

Iba vestido con una camisa roja de cuadros con tirantes, un overol azul marino y una curiosa gorra, también roja, en cuya frente escribía «Campeón de pesca de 1978». Junto a las letras se podía ver un alegre pez gordo y dorado, cuya aleta derecha sujetaba una espumosa jarra de cerveza. Era una imagen muy alegre, la cual desentonaba por completo con el malhumorado ceño del viejo Joe.

—Llámeme Joe —me espetó—. ¿Le molesta si empiezo ya? Quiero aprovechar el sol de la mañana. Hoy lloverá.

Me parecía extraña su afirmación, considerando que el cielo estaba completamente azul y despejado, con un inmisericorde sol que me había forzado a beberme dos jarras de limonada.

—¿Puedo ayudarle en algo? —inquirí.

—Solo no me moleste mientras trabajo —replicó—. ¿Su esposa ya ha despertado?

—No, ¿por qué lo pregunta?

—Para saber si puedo usar la podadora —aclaró de mala gana.

—Ah… Úsela si lo cree conveniente. No se preocupe. Mi esposa tiene un sueño más pesado que la pirámide de Guiza. —Pensé que un chiste conseguiría romper la tensión, pero me equivocaba. Lo único que conseguí fue crear un nuevo pliegue de arrugas en ese amargo y viejo ceño.

—Ya… —dijo—. Pues nada, le veré luego, señor Lantz.

—Puede llamarme Samuel —quise ofrecer la misma cortesía.

—Prefiero no hacerlo —dijo, a la vez que se dirigía rumbo a su vieja y oxidada camioneta de campo, la cual había aparcado junto a mi coche.

A sabiendas de que no conseguiría sacar demasiadas palabras al viejo Joe, y temeroso de que me fuese a dar un puñetazo si lo intentaba, decidí dejarlo trabajar a su antojo. Yo haría lo mismo.

Me tomó toda la mañana reestablecer el viejo muelle.

¿Por qué mi empeño en reparar y pintar? Porque, en antaño, Iliana se había enamorado de ese lugar. A diario se paraba allí, estiraba los brazos y respiraba hondo las fragancias del bosque mientras la brisa que acariciaba las aguas le refrescaba. Desde allí se podía apreciar casi la totalidad del lago y los centenares de pináceos rojos que circundaban las orillas de este, duplicándose en la lejanía hasta que era imposible distinguir unos de otros.

Y pensé que, quizá, si veía el muelle lucir como antes, ella volvería a ser la de antes.

Valía la pena el intento.

Estaba por finalizar de dar una segunda capa de pintura a las barandas del muelle, cuando a mi espalda escuche un par de pisadas, seguidas de una voz ronca.

—He culminado —anunció Joe. Tenía la podadora apoyada sobre su hombro derecho como si esta fuese un rifle de caza.

—Muchas gracias, señor Joe. ¿Fabiana le ha dado su paga?

—Sí —asintió, mirándome fijamente con sus ojos negros que parecían dos profundos abismos—. Le deseo mucha suerte, señor Lantz, porque va a necesitarla.

Sus buenos deseos me alertaron los sentidos, en especial cuando noté su negra mirada barriendo el entorno, como si buscase algo entre en los árboles.

«¿Qué insinuaba con eso?» estuve tentando a preguntarla, pero entonces recordé al niño de la noche anterior.

—Disculpe, señor Joe. Antes de que se marche. —Su mirada ahora se clavó en mí. Parecía molesto—. ¿Sabe si hay otras viviendas cerca de aquí? Tenía entendido que esta cabaña era la única de la zona.

—Y lo es —recalcó.

—Es extraño —confesé. Tunner me miró con recelo—. Anoche vi un niño corretear muy cerca del lago. Quise preguntarle si necesitaba ayuda, pero desapareció de un segundo a otro.

Tunner se levantó la gorra, dejando entrever las pronunciadas entradas de su blanca cabellera. Se rascó la cabeza, miró a los lados, y torció el gesto a la vez que volvía a colocarse la gorra.

—¿Sabe? Que yo sepa por aquí no hay más casas y, en general, el pueblo carece de niños. —Se encogió de hombros y gruñó—. No que me inquiete tampoco. Pero sí, sí que es extraño. Posiblemente sea el hijo de los Clayton. Es un mocoso curioso; tendrá unos diez años. Es raro que se aleje tanto de casa.

»Si llega a verlo de nuevo, pase por la finca de los Clayton y pregúnteles. La entrada está en la carretera, tomando el desvío a la derecha antes de llegar al poblado. El desvío lo encontrara a dos kilómetros de aquí. Es un camino de tierra y piedras. No hay pérdida si va atento, aunque de noche es difícil ver el desvío. De todas formas, no sugiero pasar por allí de noche. Es peligroso.

»En fin… Tengo algo de prisa. Adiós.

Le vi dejar las herramientas en la tolva de su vieja camioneta, ponerse frente al volante tras un ruidoso portazo, y encender el motor. A juzgar por el mal estado del vehículo, me sorprendió ver que resistiese a tal golpe sin desarmarse. El motor se ahogó tres veces antes de encender, y luego la caja de cambios gruñó adolorida cuando el viejo Joe comenzó a marchar de retroceso.

—¿Sam? —llamó Iliana.

La vi salir por la puerta trasera de la cabaña. Lucía agotada, pese a que acababa de despertarse. Al verme parado con una brocha en una mano y un bote de pintura en la otra, se le escapó una dulce sonrisa.

Avanzó por el camino empedrado hasta pararse a mi lado, besó mi mejilla con suavidad, y continuó su curso hasta pararse a orillas del muelle. Quise advertirle que no lo hiciera —la pintura estaba fresca todavía—, pero al verla tan feliz no pude hacer más que dejarla libre a su antojo. Ya me encargaría de volver a pintar sobre las huellas marcadas más tarde.

—No toques las barandas —le advertí—. Te mancharás las manos.

Ella me miró por encima de su hombro, aún sonriente, y asintió dos veces antes de volver su atención al frente, alzando ligeramente el mentón y los brazos como para dar la bienvenida a esa suave brisa del mediodía… Mediodía.

Al ver la hora alcé las cejas con sorpresa. El tiempo había transcurrido volando mientras trabajaba, y seguramente Iliana no tendría ánimos de preparar el almuerzo. Yo tampoco lo estaba.

—Preciosa, ¿no querrías ir a visitar ese nuevo restaurante que mencionaba la radio anoche? —sugerí.

—Sí, me gustaría. Suena bien —replicó con monotonía, sin darse vuelta.

Era extraño observarla tan silenciosa y distante. En antaño no habría parado de parlotear durante horas, repitiendo una y otra vez lo mucho que le agradaba el poblado, lo fresco que era el clima, y planificando un montón de actividades. Si tenía algún deseo, lo compartiría, y si tenía una frustración, yo sería el primero en recibir la reprimenda. Nunca se guardaba nada, nunca ocultaba sus pensamientos. Ella era así, expresiva, cándida y radiante. Iliana tenía el espíritu libre, vivo, y eso era lo que me había cautivado.

Pero aquella Iliana ya no existía… Ahora no era sino un cascarón hueco y vacío.

Con un peso invisible sobre mis hombros, la dejé a solas en el muelle y me fui rumbo a la cabaña, aspirando tomar una ducha caliente.

El restaurante que visitaríamos se llamaba La Colina, un curioso nombre que de por sí revelaba la clase de lugar que era: un sitio elevado, con buena vista y buena comida.

Tomé una ducha, me vestí con premura y me senté en la cama mientras amarraba las trenzas de mi calzado. Desde allí podía ver a Iliana a través de la ventana. No se había movido ni un centímetro de aquel lugar. Era como contemplar una estatua de carne y hueso. «Espero que ese restaurante consiga animarla un poco…» pensé.

Agotado, me vi en la necesidad de reprimir un bostezo. Estiré los brazos tratando de quitarme la pereza y salí de la cabaña para notificar a Iliana que era hora de partir.

2

De vuelta al poblado me alegré de ver que su aspecto lóbrego había desaparecido por completo. Las calles volvían a estar coloridas y llenas de vida. Tal parecía que su aspecto cambiaba drásticamente con la luz del día, lo cual consiguió animar a Iliana, y a mí también.

Como supuse, el restaurante había sido instalado en la cima de una colina a las afueras de Pináculo Rojo. Era un lugar bastante espacioso, con enormes terrazas techadas que protegían las mesas de madera. El entorno estaba adornado por coloridos jardines y un río zigzagueante que cruzaba bajo un puente hecho de rocas lisas, el cual desembocaba en una diminuta cascada, cuyo sonido resultaba muy satisfactorio.

Apenas aparcar, un hombre de traje elegante, cabello rubio, alto y de nariz protuberante se acercó a nosotros con una amena sonrisa.

—Benvenuti —dijo, abriendo ambos brazos como si fuese a darnos un fuerte abrazo.

Yo odiaba el italiano. Por algún motivo siempre me había resultado un lenguaje complejo, y aunque Iliana se había esforzado en enseñármelo, pocas fueron las palabras que conseguí aprender: Benvenuti era una de ellas.

—Muchas gracias —repliqué en medio de una sonrisa.

Con toda naturalidad, el hombre nos estrechó la mano a ambos. Sonreía ampliamente, mostrando una blanca y pulcra dentadura; me resultó desagradable el excesivo blanco de sus dientes. Su sonrisa podría haber reemplazado fácilmente el flash de una cámara.

—Mi nombre es Luciano Magnani y yo soy el dueño de La Colina. —Se esforzaba en ocultar su acento italiano, pero no se le daba nada bien—. ¿A quiénes tengo el gusto de conocer?

—Yo soy Samuel Lantz, y ella es mi esposa, Iliana Marin.

—Un placer conocerlos. —Agachó la cabeza con un dramático gesto—. Si son tan amables de acompañarme, los llevaré a una mesa cuya vista seguramente los dejará satisfechos. —Rumbo a la mesa, nos miró con repentino interés—. ¿Recién casados?

Iliana soltó una breve risa y negó con la cabeza. Me sorprendió al verla aferrarse a mi brazo.

—Llevamos diez años casados —respondió—. Diez maravillosos años —reafirmó con una dulce sonrisa que, pese al agrado que me causaba, no dejó de causarme intriga.

—¡Vaya, pues hacen una bonita pareja! —exclamó Luciano.

Su agasajo me hizo preguntar el por qué la gente se siente con el compromiso de hacer semejantes comentarios. Por lo general suele ser mentira, pero no conozco la primera pareja a la que hayan dicho «Eres muy guapa para para ese adefesio». Les aseguro que ese comentario se acerca mucho más a la realidad, aunque puede que para aquel entonces no haya sido así. Mi imagen, hoy día, no es la misma de aquel entonces.

—Por favor —continuó Luciano—. Tomen asiento y en breve les traeré la carta.

Como prometido, la mesa quedaba en un balcón externo cuya vista permitía divisar la totalidad del poblado. Imagine que las puestas y salidas del sol se verían magníficas desde allí. En especial porque en el lago reflejaba el cielo como si de un espejo se tratase. El millar de pinos rojos se elevaban majestuosos a lo largo del profundo bosque y llegaban tan lejos que no se podía ver el final; podría haber jurado que se extendían hasta el infinito. Sus acículas brillaban cobrizas bajo el sol dorado y a simple vista parecía que los árboles irradiaban una especie de aura mágica.

Era una visión agradable. Y me contentó ver que Iliana la disfrutaba.

—Este sitio es maravilloso —dijo—. ¿No te parece?

—No lo sé, me distraje viendo tu sonrisa. —Me gustaba adularla como si estuviese tomándole el pelo. Un movimiento arriesgado, considerando que nuestra relación no marchaba bien. Ella sonrió, ruborizada. Yo suspiré, aliviado.

—¡Baboso! —Sonrió ampliamente y, luego de acariciarme la mano con un suave apretón, se aproximó a mí y depositó un suave beso en mis labios. Tenía tanto tiempo sin besarla de esa manera, que cuando la sentí separarse casi me voy de bruces—. Te amo, Sam.

La vi levantarse de la silla, y sin de darme tiempo a protestar, colocó una mano en mi hombro, sonriendo nuevamente.

—Iré al tocador. Si llega la carta, ¿podrías esperar unos minutos por mí antes de decidir?

—Se lo preguntaré a mi estómago —repliqué, risueño. Ella entornó la mirada en fingido recelo y se encaminó al tocador.

Mientras aguardaba su regreso, Luciano trajo consigo dos copas, la carta del restaurante y una jarra de agua. Le di un silencioso agradecimiento y estudié el contenido de la carta.

Ocupado en mi silenciosa lectura, me percaté de tener la garganta reseca. Extendí el brazo hacia la copa para ingerir un sorbo de agua y, al llevarla a mis labios accidentalmente, mojé mi chaqueta de cuero (mi favorita, la que usaba casi todos los días, de cuero marrón y liviano; la había comprado en un viaje a Italia). Me limpié con la servilleta y volví mi atención a la carta, leyendo una y otra vez sin lograr decidirme.

De pronto, el sueño comenzó a atacarme con rudeza. Luché por mantenerme despierto, pero cometí el error de apoyar el codo en la mesa y mi mejilla sobre el puño. Mis parpados buscaron cerrarse. Y antes de darme cuenta de lo que pasaba, ya me hallaba profundamente dormido…

3

Desperté en el mismo lugar, aunque todo mi entorno parecía distinto. No había nadie a mi alrededor, y lo que antes era pulcro y lleno de lujos, ahora se mostraba abandonado y polvoriento. El río se había secado y las flores del jardín, así como los árboles que nos circundaban, estaban secas y marchitas.

Una fría brisa danzaba por los largos corredores del restaurante. Los candelabros del techo bailaban ante su gélido roce.

El cielo se había tornado gris, el rojo de los árboles casi parecía negro y la laguna había adoptado un reflejo argento, melancólico. Me fue difícil creer que se trataba del mismo lugar que había contemplado minutos atrás.

Al pensar en los minutos, miré mi reloj de muñeca. Mi extrañeza fue inmensa al descubrir cómo las agujas giraban rápidas y sin sentido; unas giraban a la derecha y otras a la izquierda, no había sincronización alguna, ni siquiera en su velocidad. Le di un par de golpecitos a la mica, pero las agujas no se detuvieron.

Todavía era de día, aunque la iluminación era similar a la del atardecer, cuando una luz lánguida se cola por las ventanas iluminando escasamente los rincones de la habitación.

Me levanté de la silla y caminé sin rumbo a lo largo del pasillo, preguntándome dónde estaba Iliana.

—¡¿Iliana?! —alcé la voz. Sentí la garganta áspera cuando salió el primer sonido de mi boca.

La escuché reír a la distancia.

Miré en dirección contraria a la que caminaba. La risa provenía de la cocina. La oscuridad de ese corredor me provocó desconfianza.

—¿Iliana? ¿Estás allí?

Una vez más volvió a reír…

—¡Ven, tonto! —demandó. Su voz era un eco ahogado—. ¡Tienes que recordar!

—¿Recordar? —Entorné la mirada en un gesto receloso. No había nadie en el lugar, pero me sentía observado—. ¿Dónde están todos? ¿Qué ha pasado?

—¡Apresúrate, se hace tarde! —instó.

Un repentino escalofrío se deslizó por mi médula, recorriendo mis brazos y el cuello.

—¿A qué juegas? —inquirí, sin obtener una respuesta.

Avancé entre las sombras de aquel pasillo. No podía ver nada dentro de él. El frío comenzaba a penetrar mi chaqueta y el silencio me generaba inquietud. Incluso pensé en devolverme. Había algo ominoso allí dentro, algo vil. Casi podía sentir criaturas invisibles respirando sobre mi cuello.

Dejé de avanzar, miré hacia atrás, y justo en esa fracción de segundo una luz blanca, similar a la de un relámpago, consiguió forzarme a cerrar los ojos.

Y ya no me encontraba en el mismo sitio.

4

Abrí los ojos al cabo de unos segundos, descubriéndome ahora en un lugar diferente. Estaba parado en medio de una galería de arte, rodeado de numerosas y horripilantes pinturas que Iliana tanto se había empeñado en conocer.

Ambos mirábamos un horrendo cuadro cuyo artista ni siquiera me molesté en reconocer. Iliana no paraba de darme una larga explicación del sentido de las formas, los colores utilizados y el significado que tenía la pintura en general. Intentaba convencerme de que no era un simple cuadro lleno de absurdos garabatos espantosos y que en realidad había un profundo sentimiento oculto entre cada pincelada.

Yo la escuché atento, forzando una sonrisa y asintiendo a sus palabras como si de verdad entendiese lo que decía, mientras que para mis adentros me preguntaba qué clase de sustancias psicotrópicas había consumido aquel lunático para idearse semejante mierda. Y, aún más importante, ¿qué clase de desquiciado pagaría doscientos mil dólares por esa basura?

Luego la vi tan emocionada, tan feliz de ver esa pintura, que no pude sino alegrarme por ella. Recordé en ese momento nuestras palabras con perfecta claridad, cuando tras perderme en su sonrisa me acerqué a ella por su espalda, la rodeé con mis brazos de la cintura y luego susurré en su oído:

—Aquí la única pieza de arte que puedo admirar es tu trasero.

—¡Sam, compórtate! —masculló, abriendo los ojos como platos. Sus uñas se clavaron sobre mis manos, las cuales reposaban entrelazadas sobre su ombligo. Me gustaba hacerla avergonzar. Era exquisito ver sus mejillas rojas como dos tomates.

—Lo lamento —dije, y besé su mejilla. Ella sonrió a mi tacto—. Pero mírale el lado bueno. Mi fijación hacia ti demuestra que puedo amarte pese a tus gustos horripilantes.

Ella soltó una breve risa a mi broma y me dio un manotazo en las manos.

—No seas necio —objetó—. Mis gustos están bien. El problema es que eres un troglodita incapaz de apreciar el arte. —Levantó ligeramente la barbilla, fingiendo indignación—. Incluso un ciego entendería de pintura más que tú.

—En mi defensa, yo casi quedo ciego mirando las emociones de este desquiciado. —Señalé el cuadro con mi mentón. Iliana se dejó reír.

—No seas odioso.

—¿Qué dices? Si soy un encanto. Tú me lo has dicho.

—Se te sube mucho el ego a veces. ¿Sabías eso?

—¿Me puedes culpar cuando tengo a una mujer como tú a mi lado? —resoplé—. Es fácil sentirse grande.

—¡Ya para! —Pellizcó mis manos—. Ven, veamos la siguiente pintu…

El tiempo pareció congelarse, el aire se tornó denso, y la iluminación volvió a ser gris y melancólica.

Iliana estaba rígida, como hecha de concreto. Tanto así que se me hizo difícil zafarme de sus manos apoyadas sobre las mías.

—Saaaaaaaam… —Una voz cantarina hizo eco en el recinto—. Aún debes recordar por qué estás aquí… ¿Vendrías conmigo?

Era la voz de Iliana, pero ¿cómo podría serlo? Si ella estaba frente a mí, petrificada, con la boca a medio abrir incapaz de culminar su frase. Pero no tuve control alguno en mi cuerpo. Me sentía como dentro de un sueño, impulsado por una fuerza invisible a caminar tras el risueño eco de Iliana, que se desplazaba entre pasillos. Era como caminar en medio en mis recuerdos, observando los rostros de aquellos desconocidos que debido a mi falta de memoria no eran más que siluetas borrosas carentes de facciones, como también lo eran aquellas partes del museo que no conseguía recordar con detalle. En ellas, las puertas y paredes se fundían como la cera, perdiendo sus colores y formas.

La risa se hizo más fuerte…

—¡Estás cerca! ¡Ven aquí, tortuga! —se mofó.

Las risas y provocaciones continuaron guiándome a través de puertas y salones. Descubrí que no era un museo, sino un hotel. No recordaba ningún hotel como ese. Posiblemente todo se trataba de mi sueño, pensé. Eso era. Estaba dormido y mi mente creaba extrañas situaciones.

—¡Esa puerta, mírala! —exclamó.

Me di vuelta y pude ver al otro extremo del pasillo la única puerta que no lucía borrosa. Era una simple puerta de madera con pomo dorado, a la cual me acerqué tras un largo recorrido, como si el pasillo se fuese alargando con cada una de mis pisadas. Pero finalmente llegué a ella. Estiré mi mano y giré la manilla.

Dentro, solo había luz.

Luz cegadora…

Reviviendo pesadillas

1

—No me lo puedo creer —dijo entre risas.

Desperté al escuchar la voz de Iliana. Fruncía los labios para no soltar una carcajada, a diferencia de los otros clientes, que reían disimuladamente en sus mesas. Froté mis ojos y sonreí completamente avergonzado. Sentía la boca seca todavía.

—Si estabas tan cansado, podríamos habernos quedado en casa, Sam. —Su risa se había esfumado y ahora me miraba preocupada—. ¿Estás bien?

—Sí, solo es cansancio. Desperté hoy muy temprano.

—Pobre. —Masajeó mi hombro antes de tomar asiento—. ¿Ya sabes qué ordenar?

—Pensé en pedir una hamburguesa. ¿Tú qué opinas?

—¿Vienes a un restaurante italiano a pedir hamburguesa? —Enarcó una ceja—. Que sean dos pizzas.

Me gustaba cuando tomaba la iniciativa, incluso si nuestros gustos discrepaban, tal como ocurrió la primera vez que la lleve a comer sushi. Tardó casi veinte minutos en decidirse, optando por pedir un plato variado y así probar varias combinaciones a la vez. Al final no toleró ninguno de los sabores y decidió dejarme ambos platos a mí, diciendo que el sushi era asqueroso. Intenté convencerla de que el sushi era muy parecido a la cerveza: había que cogerle el gusto. Pero ella no se quedaría callada:

—¿Tuviste que agarrarle el gusto a la pizza la primera vez que la probaste?

—Bueno… No. Pero…

—¿Lo ves? El sushi es asqueroso —sentenció con una sonrisa victoriosa dejando en claro que no aceptaría ninguna discusión al respecto—. Ahora llévame a por una pizza.

A diferencia de ella, yo no era fanático de la pasta. Lo suyo era una especie de adicción. Jamás me expliqué el cómo se las apañaba para comer tanto sin engordar. Su metabolismo era envidiable. Mientras que ella podía comer y saltarse el entrenamiento por un mes entero sin perder su figura, yo tenía que entrenar rigurosamente para mantenerme en forma; mi oficio como detective, junto a mis altos niveles de colesterol, me exigían una excelente condición física. Vaya injusticia.

Pero en esa oportunidad la elección de Iliana fue muy acertada. Aquellas fueron las mejores pizzas que habíamos probado en toda nuestra vida. Luciano Magnani estaba muy satisfecho al vernos disfrutar la pizza de esa manera y, como regalo de bienvenida, nos invitó una pizza familiar para que también pudiésemos disfrutarla en la noche. Iliana se mostró muy contenta con la atención. Prometimos un pronto regreso y nos marchamos de allí.

—Sam, ¿podemos ir a la iglesia?

—Desde luego, preciosa. —Sonreí y di marcha al motor—. Nada mejor que una visita a la iglesia para bajar la comida —ironicé.

—No seas grosero, Sam —me reprendió, dándome a su vez un manotazo en la pierna—. Cuando mueras y no te abran las puertas del cielo, quiero ver qué haces.

—Me saltaré la verja, desde luego —dije. Ella se dejó sonreír.

—Arriba no hay verjas, ni muros.

—¿Entonces para qué le han dado llaves a San Pedro?

—Sam, las llaves son un símbolo de autoridad, no quiere decir que a San Pedro le hayan... —Enmudeció, presa de la frustración. Luego decidió no darme explicación alguna—. ¿Sabes qué? Piensa lo que quieras —bufó, y luego se echó a reír al verme soltar una carcajada—. A veces no sé por qué me casé conmigo.

—Yo tampoco —admití entre risas—. Tienes problemas, ¿sabes? —Y besé su mano.

Iliana revoleó los ojos, sonriente, y luego echó a reír.

Cuando llegamos a la iglesia, Iliana quedó decepcionada. Los jardines que la rodeaban, así como el antiguo cementerio, estaban completamente abandonados. El pasto había crecido tanto que sobrepasaba mi estatura. Gruesas telarañas se formaban entre las ramas secas de los árboles. Y lo que antes había sido un camino de piedras, ahora estaba forrado por una capa de musgo y hojas secas, así como de gruesas y deformes raíces que habían roto el cemento y dividido las piedras.

Del otro lado del carrascal pudimos apreciar con más detalle la antigua iglesia de aspecto gótico, cuya fachada era enorme. Los chapiteles subían como agujas al cielo y estaban ennegrecidos debido al abandono y la lluvia. Sus vitrales, que antes habían representado figuras religiosas, alguien los había roto a pedradas. Y los muros, también ennegrecidos, estaban repletos de enredaderas, moho y hollín, con numerosos grafitis que se distribuían por todas sus paredes.

Seguramente había sido una edificación sumamente hermosa en sus años dorados, pero ahora se elevaba intimidante y oscura, resultando incluso diabólica pese a su naturaleza divina.

Su estado malogrado me hizo pensar en aquella teoría criminológica de Las ventanas rotas. La teoría sostiene que, para reducir el crimen, y en especial el vandalismo, debemos cuidar de nuestro entorno. Se suponía que, en zonas de abandono, el crimen y el vandalismo se acentuaban. Supuse que esa iglesia era el perfecto ejemplo de ello, pues no resultaba difícil imaginar a un grupo de jóvenes quienes, sintiéndose inmunes a la ley, decidieron desahogar su aburrimiento y frustraciones en las paredes del lugar.

Iliana empujó la enorme puerta doble en un inútil intento por abrirlas. A pesar de estar carbonizadas, la madera seguía siendo dura e inamovible.

—¿Qué crees que haya sucedido aquí? —pregunté a Iliana.

—Pues parece que fue víctima de un incendio. Imagino que algún tipo de accidente —replicó. Su mirada curiosa saltaba de un lugar a otro—. Lo que no entiendo es por qué la abandonaron.

—Es porque no fue accidente alguno —dijo una voz a nuestra espalda. Iliana dio un respingo y yo me giré avivadamente, llevando mi mano al bolsillo de mi chaqueta donde solía guardar mi pistola. No hubo necesidad de usarla. Solo se trataba de Joe Tunner. El Viejo Joe—. Los pueblerinos suelen creer que la iglesia es diabólica, que el cementerio está maldito y que los sacerdotes, monjas, y el párroco eran agentes del infierno. La solución fue quemar la iglesia con todos ellos dentro.

Iliana abrió los ojos como platos.

—Eso es horrible… —musitó.

Joe vestía de la misma manera que lo había visto esa mañana, aunque ahora, en lugar de una podadora, llevaba en su hombro una caña de pesca. En su otra mano sujetaba una caja donde seguramente guardaba los utensilios de pesca, junto a una bolsa traslúcida que dejaba entrever un par de peces que había capturado.