Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
LOS TIEMPOS OSCUROS REQUIEREN DE PERSONAS CON TEMPLE LUMINOSO. Una impactante revelación sacude al Principado de San Lucas: una plebeya es la verdadera heredera al trono. Esa es Amanda, quien está a punto de descubrir el secreto que su querida madre le guardó hasta el día de su muerte, cuando sea convocada al palacio y sepa la verdad de la boca de nada más ni nada menos que su padre, el príncipe. Pero ¿cómo puede ella ser hermana de la rebelde princesa Siena y el misterioso príncipe Apolo? Ella, que es feliz en su pequeña vida, manejando el negocio de su madre, con su padrastro y su hermana. La noticia de su identidad desata un torbellino de emociones e intrigas. Y desentierra verdades que pueden hacer que los acontecimientos tomen giros inesperados y peligrosos... ¿Podría una plebeya cargar el peso de una corona? ¿O elegirá su propia libertad frente a un destino que nunca imaginó?
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 210
Veröffentlichungsjahr: 2025
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
LOS TIEMPOS OSCUROS REQUIEREN DE PERSONAS CON TEMPLE LUMINOSO
Una impactante revelación sacude al Principado de San Lucas: una plebeya es la verdadera heredera al trono.
Esa es Amanda, quien está a punto de descubrir el secreto que su querida madre le guardó hasta el día de su muerte, cuando sea convocada al palacio y sepa la verdad de la boca de nada más ni nada menos que su padre, el príncipe.
Pero ¿cómo puede ella ser hermana de la rebelde princesa Siena y el misterioso príncipe Apolo? Ella, que es feliz en su pequeña vida, manejando el negocio de su madre, con su padrastro y su hermana.
La noticia de su identidad desata un torbellino de emociones e intrigas. Y desentierra verdades que pueden hacer que los acontecimientos tomen giros inesperados y peligrosos…
¿Podría una plebeya cargar el peso de una corona? ¿O elegirá su propia libertad frente a un destino que nunca imaginó?
Escritora. Publicó novelas, antologías de cuentos y libros de no-ficción en Argentina, México, Italia y Perú.
En VRYA también encontrarás sus novelas Un reino muy cerca de casa y Un reino bajo el cementerio.
Foto: Alejandra López
“(…) No era solo la maldad y las intrigas las que hacían infeliz a la gente, sino la confusión y la incomprensión; ante todo, era la incapacidad de comprender la sencilla verdad de que las demás personas son tan reales como uno. Era la única enseñanza que debía haber en una historia”.
Ian McEwan, Expiación
“Ella tiene todo lo que necesita de mí”.
Tan biónica, Ella
El 8 de marzo llegaba a su fin cuando Siena entró a su casa, feliz como pocas veces había estado en su vida, con la adrenalina por las nubes pero caminando casi de puntillas.
Había metido la peluca lila en su bolso bandolero; llevaba las zapatillas –pesadas por el agua– en una mano. La camiseta se le trasparentaba, los pantalones cortos se les habían pegado a las piernas y al abdomen. Su cabello era un gran nudo, y tenía brillantina violeta hasta debajo de las uñas. La cartulina con el lema SE VA A CAER ya había dado todo de sí, y descansaba en un cesto de basura de la Avenida Central de San Lucas. En las piernas y en la cara tenía restos de las bombas de pintura que los atacantes le habían arrojado.
Al contrario de lo que muchas de sus compañeras de manifestación pensaban, Siena creía que la tormenta había aportado más épica a la jornada. Y ni hablar de la cena. Su intención había sido solamente asistir a la marcha (sabiendo que su presencia daría de qué hablar, dispuesta a soportar lo que viniera luego), pero nunca había esperado tan buen recibimiento. Tantos pedidos de fotos con ella. Tantos abrazos, tantas sonrisas. Que la invitaran a comer con ellas, con las otras chicas. Y Siena aceptó, y ella y un grupo de diez mujeres terminaron el Día de la Mujer comiendo una pizza muy grasosa (la mejor pizza de su vida) comprada en un puesto callejero, sentadas en el cordón de la acera a la vuelta de la Avenida Central de San Lucas.
Freya entró detrás de Siena, como siempre, sin compartir su euforia. Un rato antes había sentido pavor por ella, creyó que no podría protegerla. Su rostro no lo indicaba, sin embargo. De hecho, su rostro no indicaba nada. Eso era parte de su trabajo.
Siena la miró con un gesto de culpa y se mordió el labio inferior.
–Perdón, Freya. No sabía que iba a llover tanto. Ni que estaría esa gente con la pintura. Estás pasada por agua. Voy a pedir que te traigan una toalla y algo caliente para beber.
Freya la frenó, por educación, porque era lo que correspondía.
–No se moleste, por favor, no es necesario –dijo, pensando que la lluvia y la ropa mojada eran el menor de los problemas. Toda esta aventura podía costarle el empleo. Sabía que “Siena era así”, y que todos allí lo sabían también, pero no podía evitar preguntarse si esto no había ido demasiado lejos.
Freya escuchó puertas que se abrían y que se cerraban y supo que tanto misterio se develaría pronto. Se paró firme, los brazos pegados al costado del cuerpo, y se inclinó en una reverencia leve.
–Freya, ¿serías tan amable de dejarnos a solas? Creo que puedes retirarte por hoy. ¿Es así, Siena? ¿O planeas volver a salir esta noche? –inquirió mientras avanzaba hacia ellas la mujer que, incluso vestida con una bata de cama, imponía respeto.
Freya contuvo la respiración. Sabía que la única respuesta que Casilda esperaba era “no, mamá, no planeo volver a salir”, pero ahí estaba, preguntándolo. Desafiando a su hija. Desafiando a su hija a desafiar –de nuevo– a su madre.
Siena entendió lo mismo.
–No, mamá, no voy a salir más por hoy –respondió, con toda la sangre fría de la que fue capaz, y luego se dirigió a Freya–. Puedes retirarte.
Aliviada por no tener que presenciar lo que ocurriría a continuación, Freya hizo, de nuevo, dos sutiles reverencias, más inclinación de cabeza que reverencia: una ante Casilda y otra ante Siena.
–Gracias, Alteza.
–Quiero que mires esto –le dijo Casilda a Siena apenas la guardaespaldas abandonó el lugar, dándole una tableta que mostraba las últimas noticias en el portal de El Faro, el periódico más amarillista de San Lucas.
–Ya imagino lo que dice –respondió ella, fingiendo una templanza que en ese momento no sentía. No ante su madre. No ante su madre en bata de cama, y aun así majestuosa. Literalmente.
–No me importa. Quiero que lo leas.
Siena tomó la tableta y, desganada, leyó:
Pancartas contra el patriarcado y brillantina violeta: el día en que la princesa Siena fue una más
Que el 8M es una fecha emocionante ya nadie lo pone en duda. Cada año, miles de mujeres en San Lucas, así como en el resto del mundo, salen a marchar por sus derechos: los conquistados y los que faltan. Bajo el lema EL PATRIARCADO SE VA A CAER, mujeres de todas las edades encuentran en el 8M un punto de comunión, mezcla de reclamo por las injusticias y fiesta por lo mucho que se avanzó en materia de derechos.
La novedad es que este año una mujercita muy especial dijo “presente”: nada menos que la princesa Siena, hija del príncipe regente Bernal y la princesa Casilda, y segunda en la línea de sucesión al trono, acompañó a las mujeres en su lucha. Luciendo un outfit poco visto en las mujeres de la realeza –una camiseta de algodón sin mangas y un short de tercera marca, aparentemente comprado en los grandes almacenes de la Avenida Segunda; una peluca lila de nylon y el detalle de un corazón en su mejilla izquierda, hecho con purpurina en gel también en tonos violeta– la rebelde y encantadora princesa incluso se trepó a la reja de la Plaza de la Fortuna, y agitó su brazo al ritmo de SE VA A CAER, SE VA A CAER, EL PATRIARCADO SE VA A CAER.
Las mujeres –en su inmensa mayoría de clase trabajadora– que asistieron a la marcha, recibieron con sorpresa y agrado el apoyo de Siena Appleham, princesa de San Lucas, una dama que, sin dudas, goza de muchos privilegios de los que ellas carecen.
A Siena se le descompuso la cara por la indignación.
–¡¿Una mujercita muy especial?! –citó, furiosa.
–¡¿Te trepaste a una reja?! –retrucó la princesa Casilda.
–¿Eso es lo que te importa? –preguntó Siena, dolida.
–¡Eso es lo que debería importarte! –gritó Casilda, fuera de sí.
Siena hizo una pausa y se frotó los ojos con las manos. Casilda aprovechó para respirar hondo.
–Ahora no ganas nada llorando –dijo, en un tono conciliador.
–No estoy llorando, tengo brillantina en las pestañas –respondió la princesa.
Casilda miró a su hija menor. A su única hija mujer. La miró de pies a cabeza. Dieciocho años de indocilidad y tenacidad. Tan joven y tan… profunda. Tan querible. Tan poco dispuesta a adaptarse. Tan temeraria. Tan distinta a ella.
Hizo un esfuerzo titánico para no decir ni una palabra sobre la peluca barata que sobresalía de ese bolso bandolero horroroso. Por no hablar de las bombas de pintura que –evidentemente– le había arrojado algún grupo antimonárquico. En vez de eso, intentó una tregua.
–Hija, el feminismo está muy bien para las mujeres normales. Para las mujeres que dependen de un sueldo para pagar el alquiler, que no tienen muchos ahorros, para las madres solteras. Sabes mejor que nadie que apoyo todo este movimiento. Pero nosotras no tenemos esos problemas. Nosotras somos de la realeza.
Siena miró fijo a su mamá. Ella era una de las dos únicas personas que, al mirar a Casilda, veía a su madre además de ver a la princesa regente de San Lucas. Sabía que no había malas intenciones en sus palabras.
También sabía que ningún portal de noticias, ningún noticiero, ningún periodista, ningún influencer, diría nunca jamás que Apolo era un hombrecito muy especial.
Cuando Siena habló, lo hizo en voz más baja. Los trabajadores del palacio ya tenían suficiente chisme para un mes.
–Cuando Apolo tenía ocho años, le dijiste que nos amabas por igual a los dos, pero que te alegraba que él hubiera nacido primero, porque los hombres tienen más carácter para gobernar, para ser príncipes regentes. Que yo no podría. Que yo era delicada, frágil. Eso le dijiste a Apolo.
Casilda cerró los ojos con fuerza, para recibir mejor el impacto del jaque mate. Recordaba eso. Recordaba haber dicho eso a su hijo. Lo que no recordaba era a Siena, tan pequeña, ahí presente. Absorbiendo todo, toda su maternidad, toda su majestuosidad.
–¿Sabes por qué le dije eso a Apolo? –preguntó.
Siena no respondió. Solo esperó.
–Le dije eso porque cada día llegaba llorando del instituto, porque tres niños imbéciles, el hijo del conde de Orlés y no sé qué otros dos estúpidos más, vivían haciéndole bullying, le decían que era débil, y un maricón, y que tú serías mejor princesa regente que él. Tú, que tenías dos años menos y un carácter mucho más extrovertido, más firme, y que nunca, nunca te dejaste intimidar por nadie, y estoy tan orgullosa. Siempre estuve tan orgullosa, hija.
A Casilda se le llenaron los ojos de lágrimas, pero las contuvo. No podía dejar de pensar en el informe médico que había recibido esa mañana y que mantenía en secreto.
Estaban cerca de la cocina del palacio; ¿por qué se habían puesto a discutir ahí, en el recibidor? Cuánta torpeza de su parte.
Siena parpadeó. Ya no era la brillantina. Esa que había hablado no era la princesa de San Lucas: era su madre. Había llamado imbécil y estúpido al hijo del conde de Orlés. Era un estúpido, es verdad, pero su madre nunca lo había admitido. Quiso sonreír, pero estaba agotadísima, y no quería ceder en ese momento. La habían criado para ser resistente. Sería resistente.
Le dio la tableta a Casilda y le dijo:
–Llegué tarde. Seguro estabas preocupada. Estás en bata, así que deduzco que estabas acostada. Los del periódico armaron una nota sobre mí como si fuera realmente un asunto grave. La leíste. Me esperaste. Me escuchaste entrar. Te levantaste, me dijiste todo lo que me dijiste. Estás reprimiendo las ganas de decirme que este bolso no te gusta y que las bombas de pintura podrían haber sido algo más peligroso. A todo esto, ¿papá dónde está?
–Durmiendo. ¿Por qué?
Siena levantó las cejas.
Casilda entendió. Suspiró, fastidiada. Otra vez pensó en el informe médico; había sido un día difícil, muy difícil, y las cosas irían a peor.
–Siena, tu padre terminó el día agotado. ¿Realmente debo explicarte lo mucho que trabaja, lo estresante que es su vida?
–¿Tu vida no es estresante? ¿No terminaste el día agotada, mamá? No, perdón: tu día aún no terminó. Tú sigues aquí parada. Papá está durmiendo.
–Bueno, basta, Siena. Ya fue suficiente por hoy.
Antes de ir a su habitación –necesitaba ducharse–, antes de acostarse y pensar mucho, Siena, princesa de San Lucas, segunda en la línea de sucesión al trono, le dio un abrazo breve a su madre y le dijo:
–Siempre eres tú la que me espera despierta.
–Soy tu mamá.
–Y papá es mi papá. Y si lo veo dos días seguidos es una buena semana. Siempre fue así.
Casilda asintió en silencio, para terminar esa conversación de una vez por todas.
No tienes ni idea de lo que está pasando, pensó.
Luego dio media vuelta y regresó a su dormitorio. Bernal la estaba esperando, ella lo sabía.
Ese día larguísimo, esa jornada tan difícil, terminaría con una discusión.
Y la ganaría él.
Amanda despertó y, durante los primeros segundos, olvidó que su madre estaba muerta. Por eso odiaba acostarse a dormir, en esos días. Por eso le tenía terror al sueño, al descanso: porque olvidaba. Y luego recordaba. Y ese recordar era como una muerte nueva, como si durante su sueño, su madre aún viviera; como si el sueño hiciera milagros. ¿Cómo era posible que el sol saliera cada día, si su madre estaba muerta? ¿Cómo el mundo se atrevía a continuar con su insultante normalidad, si Amanda se había quedado sin mamá? El mundo era nefasto. Ese sol, esa lluvia, ¡la gente! La gente que seguía con su rutina: iba al trabajo o a la escuela, tomaba el tren, discutía, se sentaba a conversar en un bar, se cortaba el cabello, nacía. ¿Cómo era posible que la gente no se congelara en el tiempo, hasta que a ella le dejara de doler, es decir, hasta siempre? Porque eso que le decían, que el dolor pasaría, era mentira, Amanda lo sabía. Algo tan grande no pasa nunca; se queda como un mojón en el camino, señalando el dolor para siempre.
Llorando desde su cama escuchó llorar a su padre, en la habitación de al lado. Él también había despertado.
Su hermana estaba en la cocina, a juzgar por el ruido. Jazmín llevaba el duelo de otra manera: haciendo cosas. No sabía quedarse quieta. En ese momento, por ejemplo, debía estar haciendo café y tostadas para los tres, aunque apenas pudieran comer.
Amanda sonrió al pensar que Jazmín era igual a su mamá, mientras que ella se parecía a su padre. Porque la vida es así de irónica y de curiosa. Ser igual a alguien con quien no compartes biología. Como cuando un gato perdido o abandonado es adoptado por una familia de monos: sigue siendo gato, pero también se vuelve un poco mono. Porque la vida también es maravillosa –Amanda volvió a llorar–, y así compensa al gato huérfano: con el carácter adquirido gracias al amor de esa mona que lo acogió. Maúlla, porque es un gato; hace monerías, porque también es mono. Si ese gato es observado por una persona de temple opaco, esa persona dirá “pobrecito ese gato, sin su familia, no tiene esperanzas”. Si ese gato es observado por una persona de temple luminoso, esa persona dirá “ese gato es afortunado, a su manera”.
–Amanda, ¿estás despierta? –preguntó su padre en voz baja, entreabriendo la puerta del dormitorio.
–Sí, sí –dijo ella, incorporándose.
El padre se acercó, caminando como si el suelo de la habitación estuviera cubierto de brasas ardientes.
–¿Vas a desayunar? –le preguntó, sentándose en el borde de la cama.
–Sí –respondió Amanda–. Estaba pensando en esos monos que adoptan gatos.
Y se largó a llorar con todo el cuerpo.
Su padre se acercó y la abrazó durante un rato largo.
–¿Cuáles monos? –le preguntó un ratito después, tratando de darle a su voz un tono de normalidad. Nada era normal en esos días. Nada es normal durante un duelo.
Amanda se secó las lágrimas y miró fijo a su padre.
–¿Nunca viste esos videos? Un gatito, o cualquier otro animal, que se queda sin familia, o es rechazado, y se salva de morir porque lo adopta una mona o un perro o algo…
–Ah, sí… ¿y por qué pensabas en eso?
Amanda quiso responder “porque no eres mi padre biológico”, pero en vez de eso preguntó:
–¿Qué opinas de esos gatos? Si ves un video de esos, ¿qué piensas?
Al igual que Amanda y Jazmín, su padre estaba pasando uno de los peores momentos de su vida. Su amor había muerto; su esposa, su compañera, su alma gemela. Se había quedado solo con dos hijas pequeñas (para él siempre serían pequeñas, aunque Jazmín tuviera quince años y Amanda, veinte; siempre les preguntaría si estaban abrigadas, si habían comido bien), y lo último que pasaba por su mente en esos momentos eran gatos. O monos. O lo que fuera. Pero entendió que detrás de esa pregunta había otra, y detrás de esa, otra; y una más, ahí en el fondo.
–Bueno, pensaría que ese gato tuvo suerte. En vez de morir, o de sobrevivir solo, tal vez incluso termine comiendo bananas –respondió, y sonrió, y lloró.
Igual que Amanda, porque ella y su padre eran iguales.
–¿Cómo conociste a mamá? –preguntó ella, luego de secarse las lágrimas, otra vez.
Lorenzo fingió fastidio.
–¡Te lo contamos mil veces!
–Quiero escucharlo de nuevo.
Su padre le tomó la mano, y le contó, con la mirada perdida en el suelo, como si el suelo fuera una sala de cine en la que proyectaban su historia.
–Era un día horrible. Horrible. Lluvia, viento, frío. Una tormenta inesperada, porque un rato antes el cielo solo estaba un poco nublado. Yo iba con el taxi, a punto de regresar a la que era mi casa, por miedo a que la lluvia dañara el auto. En ese momento vi a tu mamá, debajo de un toldo, tratando de no mojarse (no lo conseguía, estaba empapada). Y no era solo ella: tu mamá llevaba un carrito de bebé, donde ibas sentada, llorando enloquecida; no estabas mojada porque ella cubría el carrito con su cuerpo. De un hombro le colgaba su cartera, mientras que con una mano sujetaba un paquete grande, incómodo, y con la otra sostenía un juguete, un peluche; luego me enteraría de que ese era tu juguete favorito. Y lo que me llamó la atención, aunque eso lo entendí después, fue su expresión: cualquier otra persona, en esa situación, tendría una mirada de angustia, de urgencia. Una cara de “necesito salir de esto lo antes posible”. Yo mismo me habría largado a llorar. Pero no tu mamá. Tu mamá estaba serena, fría; con la mirada buscaba, al mismo tiempo, un taxi libre y una zona con poca agua para cruzar la calle, mientras estaba atenta al paquete, al juguete, a su cartera y, por supuesto, a ti.
–Mamá no lloraba nunca, como Jazmín –acotó Amanda, y la voz se le quebró al decir lloraba, así, en pasado.
–Casi nunca. Acá el llorón soy yo.
–Bueno, la historia, la historia –insistió Amanda.
Lorenzo continuó.
–Detuve el taxi antes de que me viera, me bajé y le dije: “entre con la niña, yo guardo el carrito en el maletero”. Tu mamá me miró sorprendida durante un instante, pero luego se acercó al taxi, abrió la puerta, metió la cartera y el paquete; te levantó en brazos y entró contigo al auto, mientras yo guardaba el carrito. Luego me senté frente al volante y le pregunté a dónde la llevaba, bah, lo de siempre. Me dio la dirección, arranqué…
–Y me puse a llorar más fuerte –interrumpió Amanda.
–… y te pusiste a llorar más fuerte. Querías tu juguete. Pero por el apuro, el juguete se había caído en la calle, y la lluvia se lo había llevado. “Era su juguete favorito”, dijo tu mamá, y ahí sí la vi casi derrotada.
Lorenzo hizo una pausa para sonreír. Siempre sonreía en esa parte del relato.
–Yo llevaba un perfumador de ambiente colgado del espejo retrovisor –continuó–. Uno de esos que dan en el lavadero de autos. Tenía forma de auto rojo y ya no tenía aroma. No era un juguete, para nada; de hecho, era algo bastante feo. Chato, no era algo gracioso. Pero era de felpa y tenía un piolín para colgar, así que lo quité y te lo di. Dejaste de llorar inmediatamente. La felpa te gustaba, era suave, y lo empezaste a morder. Se ve que yo puse una expresión de asco, de alarma, no sé, porque tu mamá sonrió y me dijo “no hay problema, no pasa nada”. Y luego me dijo: “Hoy es su primer cumpleaños. Fui a comprar un pastel y me agarró la lluvia”. El paquete era el pastel. Enseguida llegamos a la casa –no quedaba muy lejos–, pero no paraba de llover. Lluvia con ráfagas de viento, llovía incluso de abajo hacia arriba. Entonces tu mamá hizo algo muy extraño. Así de rara, de única era ella. Me dijo: “El agua no va a bajar hasta un rato después de que pare de llover. No tiene sentido que arriesgue su taxi de ese modo. ¿No quiere entrar a mi casa, y come pastel con nosotros? Van a venir mis padres y una amiga para brindar, no se imagine nada extraño”. Yo dudé, porque nunca me habían hecho una invitación así, no un pasajero al que apenas conocía. Pero me bajé del taxi para sacar el carrito del maletero, y cuando me quise dar cuenta estaba empapado y adentro de la casa de tu mamá. Y ahora creo que es momento de que vayamos a desayunar antes de que Jazmín proteste, y con razón. Ese café debe estar helado, ya.
–¡Pero papá!
–Ya conoces el resto de la historia. Amor, casamiento, otra hija, esta casa, más amor.
Jazmín abrió la puerta del dormitorio de Amanda sin golpear.
–Ya vamos, ya vamos –dijo Amanda, mientras Lorenzo de ponía de pie.
–No es eso –dijo Jazmín–. Es decir, sí, vengan a desayunar, pero es otra cosa.
Y se quedó callada.
–¿Qué hay, hija? –preguntó el padre.
–Recién llamaron a la puerta. Un mensajero trajo un ramo de flores enorme y esta nota para Amanda. La abrí y la leí, ya sé que está mal, pero bueno.
–¡Jazmín! –protestó Amanda.
–Toma, léela.
La expresión de Jazmín era de absoluta seriedad.
–Jazmín, ¿qué ocurre? –insistió Lorenzo, preocupado.
–No sé bien, no entiendo. Debe ser una broma –respondió la joven, pero su expresión indicaba que, fuera lo que fuera, no creía que se tratara de una broma.
Amanda, con la seriedad ya contagiada, abrió el sobre (de un color beige con vetas doradas; un sobre que jamás había visto en papelerías comerciales, elegante, sobrio y sencillo a la vez) y sacó la nota (un papel idéntico al sobre).
Era muy breve.
Estimada Amanda:
Me permito contactarla para hacerle llegar mi más profundo dolor por la muerte de su madre, Matilda, por quien sentí un gran afecto hace varios años. Le confieso que enterarme de la partida de esta gran mujer me dejó asombrado: era joven y tenía mucho por delante. No puedo imaginar los días terribles que estarán viviendo usted, su media hermana y su padrastro.
Me gustaría reunirme con usted, el próximo día viernes a las 16 horas, para que hablemos de un asunto que, al menos para mí, es muy importante. Tan solo presentando esta carta tendrá acceso inmediato al palacio. También tendrá habitaciones disponibles en caso de que yo me encuentre momentáneamente ausente. Solo le pido que mantenga esta comunicación en secreto.
Reciba mi apoyo, extensivo a su familia, y mis deseos de conocerla en persona,
Bernal Appleham,
príncipe de San Lucas
Bernal y Casilda se conocieron en la universidad, cuando él ocupaba el primer lugar en la sucesión al trono de San Lucas, y ella era tan solo la hija de un empresario que se había enriquecido a la velocidad de la luz gracias al comercio de pescados y mariscos, dentro del Principado y también en países limítrofes.
No compartían curso; de hecho, no tenían ni una clase en común, pero Casilda se las ingenió para no cruzarse en su camino, para no saludarlo en las fiestas a las que ambos asistían, para no formar parte del grupo de chicas que no lo dejaba solo ni a sol ni a sombra. Bernal V tenía mucho mundo pero poca calle; Casilda, lo contrario, y tal vez por eso siempre supo que la mejor manera de no perder de vista a alguien es convirtiéndose en el perseguido, nunca en el perseguidor. Por eso, cuando Bernal iba a la biblioteca, Casilda ya llevaba media hora enfrascada en un libro. Cuando Bernal terminaba de entrenar para un partido de fútbol, Casilda ya estaba ayudando a repartir botellas de agua. Cuando Bernal sacaba a bailar a la décima chica en el baile de primavera, Casilda coqueteaba con cualquiera que no fuera él, pero siempre cerca suyo. Era una inventora profesional de casualidades. Lo vigilaba de la mejor manera posible: sin mirarlo, sin escucharlo, sin dar muestras de conocer su existencia.
