Por qué se suicida un adolescente - Hector Gallo - E-Book

Por qué se suicida un adolescente E-Book

Héctor Gallo

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Por qué se suicida un adolescente y, en general, los seres humanos, es la pregunta que atraviesa la investigación de la que testimonia este libro. Nos servimos, en la exposición del problema, de conceptos auxiliares que permiten profundizar y ampliar la presente reflexión: pasaje al acto, urgencia subjetiva, acto y acting-out. Estos conceptos son orientadores, sobre todo el primero, que entra en estrecha relación con el suicidio, no solo desde el punto de vista teórico, sino también clínico. Dado que tanto el pasaje al acto como el suicidio pueden presentarse en cualquiera de las estructuras clínicas, en este libro se hace énfasis en el pasaje al acto en la perversión, la psicosis y la neurosis (histeria y obsesión). Se aborda también el problema del acting-out y, de manera muy amplia, el asunto de la urgencia subjetiva, íntimamente relacionada con el acting-out y en menor medida con el pasaje al acto logrado en el plano suicida.

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Veröffentlichungsjahr: 2021

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Por qué se suicida un adolescente

Por qué se suicida un adolescente: pasaje al acto, urgencia y acto

Héctor Gallo

Índice de contenido
Portadilla
Legales
Introducción
Pasaje al acto, acting-out, acto y subjetividad. Aproximaciones preliminares
Suicidio y subjetividad
Pasaje al acto: entre clínica y teoría
Introducción
De la orientación inconsciente hacia el daño de sí
Hacia una clínica del suicidio
Clínica del pasaje al acto: perversión, neurosis y el lugar del Otro
Introducción
Perversión, neurosis, deseo y fantasma
Pasaje al acto: voyerismo, exhibicionismo y función del Otro
Perversión, pasaje al acto y división del sujeto
Pasaje al acto, dejarse caer como objeto, deseo y acting-out
Introducción
Pasaje al acto y obsesión
Pasaje al acto y acting-out: Dora y la joven homosexual
Estructura del pasaje al acto y acting-out
Caída y objeto a: acting-out o pasaje al acto
Del deseo, el niño y la duda cartesiana: todavía el pasaje al acto
Del deseo, la ley y el pasaje al acto
La tragedia del suicidio en los adolescentes
Introducción
Adolescencia y pulsión
Lo bello y el pasaje al acto
Un amor que mata
Del pensamiento suicida al pasaje al acto
La urgencia, lo real y el sin sentido
Introducción
Angustia y urgencia subjetiva: aproximaciones freudianas
“Todo se ha derrumbado”
Lo real de la urgencia
Lo urgente en el campo del sujeto
Introducción
Atención en urgencia
Subjetividad contemporánea y semblante
Entre urgencia y emergencia
Emergencia desencadenada por una urgencia subjetiva
Urgencia y atención en crisis
Introducción
Del examen del sujeto en crisis
Intervención en crisis y escucha en el dispositivo de urgencia
Dolor físico y la función del psicólogo en urgencia
Pasaje al acto y urgencia en la toxicomanía
Pasajes clínicos
Introducción
Escaparse a la calle
Me quería matar de cualquier manera
Un cero a la izquierda
Suicidio-sentido
Jóvenes-adolescentes: existencia y anclajes
Introducción
Encontrar un anclaje que aporte vitalidad a la existencia
Juventud y anclajes en una sociedad totalitaria
Padre, nominación y anclajes
El acto psicoanalítico no es un pasaje al acto
Introducción
Acto y acting-out
La palabra como acto y fin del análisis
Acto psicoanalítico y subjetividad
El acto analítico tiene estructura de ficción
El acto analítico y su propósito
Instinto vs. inconsciente
Conclusiones
Obras consultadas

Gallo, Héctor

Por qué se suicida un adolescente : pasaje al acto, urgencia y acto / Héctor Gallo. - 1a ed. - Olivos : Grama Ediciones, 2021.

Archivo Digital: descargaISBN 978-987-8372-69-3

1. Psicoanálisis. I. Título.

CDD 150.195

© Grama ediciones, 2021

Manuel Ugarte 2548 4° B (1428) CABA

Tel.: 4781-5034 • [email protected]

http://www.gramaediciones.com.ar

© Héctor Gallo, 2021

Diseño de tapa: Gustavo Macri

Digitalización: Proyecto451

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.

Inscripción ley 11.723 en trámite

ISBN edición digital (ePub): 978-987-8372-69-3

A Clarita y Valentín: música joven que espero siga sonando sin que se debilite el sentimiento de felicidad por estar viva. En cuanto a nuestro pequeño tiburón: ha de seguir saltando blanquito y sin temor, porque no dejará de estar acompañado por la tierra firme de nuestro amor por él.

Introducción

Por qué se suicida un adolescente y, en general, los seres humanos, es la pregunta que atraviesa la investigación de la que testimonia este libro. Nos servimos, en la exposición del problema, de conceptos auxiliares que permiten profundizar y ampliar la presente reflexión: pasaje al acto, urgencia subjetiva, acto y acting-out. Estos conceptos son orientadores, sobre todo el primero, que entra en estrecha relación con el suicidio, no solo desde el punto de vista teórico, sino también clínico. Dado que tanto el pasaje al acto como el suicidio pueden presentarse en cualquiera de las estructuras clínicas, en este libro se hace énfasis en el pasaje al acto en la perversión, la psicosis y la neurosis (histeria y obsesión). Se aborda también el problema del acting-out y, de manera muy amplia, el asunto de la urgencia subjetiva, íntimamente relacionada con el acting-out y en menor medida con el pasaje al acto logrado en el plano suicida. La “urgencia subjetiva” es un término que, para el psicoanálisis de orientación lacaniana, como sucede con el pasaje al acto, evoca ruptura, turbación, embarazo, discontinuidad, sentimiento de caída y el movimiento de la emoción, que dan cuenta, en el ser hablante, de un momento de profunda división subjetiva.

La “emoción” es distinguida por Lacan de la “turbación”, en cuanto a su origen. Mientras la primera remite a “un movimiento fuera del campo adaptado de la acción motriz”, (1) la segunda remite “a algo que pone fuera. ¿Fuera de qué? Del principio del poder” (2) de controlarse a sí mismo, o sea que, en este punto, igual que la angustia, evoca cierta dimensión de impotencia. La turbación evoca el instante en que un sujeto queda fuera de sí;

[…] está coordinada con el momento de la aparición de a, (3) momento del develamiento traumático en que la angustia se revela como lo que es, lo que no engaña, momento en que el campo del Otro, por así decir, se hiende y se abre hasta el fondo. ¿Qué es este a? ¿Cuál es su función respecto al sujeto? (4)

Vemos entonces que la angustia está ligada a la turbación. Pero Lacan advierte que no por esto depende de ella; o sea que, mientras la angustia “designa muy probablemente el objeto” (5) causa, la turbación es, como tal, el objeto mismo. En el desencadenamiento de la urgencia que implica la angustia, debido a que se trata del encuentro del sujeto con una situación que se coagula y resulta inarticulable, el objeto que ha hecho parte de sí como algo protector, que lo conforta porque le ha servido de sostén y ha sido algo así como su suplente, es cedido, soltado, y de este modo deja de estar como causa del deseo, en tanto en sí mismo es “algo no efectivo, una especie de efecto basado y constituido en la función de la falta, o sea, solo en el plano de la cadena significante […]”. (6)

No es que bajo angustia el sujeto pierda el objeto para él privilegiado por haberse inscrito en el campo de su realización, sino que se ve obligado a cederlo o a reemplazarlo por otro, como sucede con los objetos naturales –pecho por biberón– en el caso del niño que es destetado o al que no le suministran su objeto natural. Por su parte, en la angustia, el Otro (7) como lugar simbólico se fractura y en tal sentido el sujeto queda confrontado con el objeto insoportable. De aquí se deduce que el sujeto angustiado queda sumergido en una posición de caída respecto a la “confrontación significante”. (8)

Lo que Lacan llama “la cesión del objeto se traduce pues en la aparición, en la cadena de la fabricación humana, de objetos cesibles que pueden ser equivalentes a los objetos naturales”. (9) Para Lacan,

[…] el sujeto en cuanto tal sólo se realiza en objetos que son de la misma serie que el a, ocupan el mismo lugar en esta matriz. Son siempre objetos cesibles, y son los que desde hace mucho tiempo se llaman las obras, con todo el sentido que tiene este término incluso en el campo de la teología moral. (10)

Si bien no hay duda de que la angustia está ligada a la turbación, “no depende de ella”. (11) No es en la turbación donde hay que buscar la causa de la urgencia en la que la angustia sumerge al sujeto, ya que, por un lado, está la relación con lo que puede llegar a formularse como causa, como dice Lacan, el “¿Qué hay? […] y, por otro lado, la turbación. La causa que primitivamente la angustia ha producido, literalmente, la turbación no puede retenerla”. (12)

En el libro presentamos pequeños casos clínicos sobre intentos de suicidio logrados y no logrados, viñetas sobre actos impulsivos orientados hacia el daño de sí, análisis de escritos poéticos dejados por adolescentes antes de llevar a cabo el pasaje al acto suicida, análisis de entrevistas realizadas a sujetos que intentaron suicidarse de manera más o menos peligrosa, que han sido cercanos por amistad o parentesco a personas que se suicidaron o lo intentaron, o que les ha correspondido en alguna institución pública recibir los reportes de suicidio. (13)

Por último, se hace un abordaje acerca de lo que resulta indispensable construir en la vida como anclaje protector del desamarre que conduce al pasaje al acto, sobre todo tratándose de una época de profunda crisis en el orden del deseo y el consecuente debilitamiento del entusiasmo. El anclaje de mayor consistencia sería una invención que para el ser hablante alcance el estatuto de un acto, “que muchas veces es el auténtico remedio contra la angustia como tal”. (14)

El último capítulo está dedicado precisamente a una reflexión sobre el acto psicoanalítico y el acto diferenciado de la acción, el acting-out y el pasaje al acto. Un acto es auténtico cuando trae consigo “una transformación del sujeto”, cuando implica una ruptura con eso que lo identificaba y “ya nunca vuelve a ser el que era antes”, pues el acto anula lo que el sujeto era antes, para enseguida refundarlo. Esto es posible porque después del acto hay un saber acerca del lugar que el objeto tiene para el sujeto.

El acto “supone siempre un franqueamiento, el sujeto no es el mismo antes y después”. (15) Mientras un adolescente no logre dar un paso en la vida, que al mismo tiempo que implique una transformación de lo que ha sido, también le permita refundarse desde su misma división, habrá menos posibilidades de evitar hacerse uno con el objeto, como sucede en el pasaje al acto. Es por esto por lo que comúnmente, para el adolescente, son los objetos más de goce producidos por el capitalismo de nuestro tiempo los que le sirven de posada útil para la destrucción, sobre todo en momentos en que hay “noche sin estrellas y cuando la luna está de parto […]”. (16)

1- Jacques Lacan, El Seminario, Libro 10, La angustia, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 336.

2- Ibid.

3- La letra a, con respecto a la angustia, define lo que sería su objeto no visible. Si bien la angustia es causa, no es sin objeto; pero este objeto es la Cosa más profunda y sin sentido que sirve de vehículo a su desarrollo paralizador del cuerpo y del espíritu. El momento de la aparición de este objeto se expresa por el hecho de que el sujeto se ve confrontado tan radicalmente, que al quedar sin defensas, cede eso que lo sostiene y de lo que depende, porque ha pasado a formar parte de sí, al punto que se doblega a la situación y experimenta un profundo desamparo.

4- Lacan, La angustia, op. cit., p. 337.

5- Ibid., p. 336.

6- Ibid., p. 341.

7- El Otro ha de entenderse como un lugar desde el cual se cumple una función simbólica que anuda y regula. Este lugar, como lo veremos a lo largo de este libro, aparece profundamente agujereado y debilitado en el pasaje al acto suicida, en la urgencia y en todos aquellos casos en los que el sujeto se siente desorientado y sin brújula. El Otro simbólico es un lugar de anclaje que en la actualidad funciona muy deficientemente, por ejemplo, para niños, adolescentes y jóvenes, que suelen verse desbordados por el goce autodestructivo; de ahí que ya no sea más lo que era.

8- Ibid., p. 339.

9- Ibid., p. 338.

10- Ibid., p. 342.

11- Ibid., p. 337.

12- Ibid.

13- Las entrevistas, tanto individuales como grupales, fueron llevadas a cabo por Ana María Arcila y Jennifer Roxana Pérez.

14- Manuel Fernández Blanco, “Lo imposible de reconocer en el Otro”, en: La angustia en Freud y en Lacan: cuerpo, significante y afecto. Seminario de Orientación Lacaniana de Bogotá, Bogotá, Nueva Escuela Lacaniana de Bogotá, 2010, pp. 37-59.

15- Ibid., p. 58.

16- Expresión de Oscar Wilde en Richard Ellmann, “Oscar Wilde en Oxford”, en: Cuatro dublineses. Oscar Wilde, William Butler Yeats, James Joyce, Samuel Beckett, Bogotá, Tusquets, 1990, p. 51.

Pasaje al acto, acting-out, acto y subjetividad. Aproximaciones preliminares

Tanto el pasaje al acto, que no siempre es suicida, como el acto de suicidarse y el acting-out son el desenlace de un conflicto psíquico, o de un estado pasional, por ejemplo, la cólera, y también lo son aquellos daños que las mismas personas suelen infligirse como forma singular de dirigirse al Otro. El pasaje al acto no sería una manera de dirigirse al Otro, sino de hacerse uno con el otro especular, fundiéndose así con él.

Jacques Lacan se refiere al acting-out desde el Seminario 1; lo considera una acción que siempre se presenta en un contexto de palabra y, por ende, transferencial.

Se califica como acting-out cualquier cosa que ocurra en el tratamiento. Y no sin razón. Si muchos sujetos se precipitan durante el análisis a realizar múltiples y variadas acciones eróticas, como, por ejemplo, casarse, evidentemente es por acting-out. Si actúan lo hacen dirigiéndose a su analista. (1)

Recomienda entonces hacer un análisis tanto del acting-out como de la transferencia, “es decir, encontrar en un acto su sentido de palabra”. (2)

Sigmund Freud, por su parte, nos presenta una acción que ocurre por fuera de un análisis, pero no de la palabra ni de la transferencia. Se trata de su hijo de 11 años, de quien afirma tenía un temperamento vivaz y por ello era común que opusiera “dificultades al cuidado que se le debe dispensar cuando enferma, […]”. (3) Así, ante la sugerencia de “guardar cama durante la mañana, tuvo cierto día un ataque de cólera […] y amenazó con suicidarse, posibilidad de la cual tenía noticia por los periódicos”. (4)

Llegada la noche, el chico le mostró a Freud “un moretón que el choque con un picaporte le había producido en un costado del pecho”. (5) La pregunta irónica que Freud acostumbraba hacerles a sus pacientes en casos semejantes y que no se abstuvo de dirigir a su hijo, era la siguiente: “por qué lo hizo y que buscaba con ello”. A esta pregunta, que sin duda es una interpretación anticipada, el joven respondió, “como por súbita iluminación: fue mi intento de suicidio con el que amenace hoy temprano”. (6)

La respuesta del chico dada al padre sin duda fue iluminada, pues con su acción semideliberada nos anticipa, como lo vemos más adelante, la definición que nos da Lacan del acting-out: que “es el esbozo de la transferencia”; (7) en este caso, del hijo con el padre, pues en ello hay una provocación o una mezcla de venganza y de advertencia dirigida a la familia, en relación con lo que podría ser capaz de hacer si fuese contrariado. Desde este momento, Freud nos da a entender que el acting-out es interpretable, mientras que la transferencia puede llegar a establecerse o a ser causada, como sucede con el hijo de Freud, sin que sea necesario estar en análisis.

El acting-out, como lo ampliamos más adelante, es solidario del síntoma como formación del inconsciente en cuanto a la posibilidad de interpretación, pero a este mismo nivel, dicho síntoma no es como al acting-out, por el hecho de que no se ofrece al Otro para ser interpretado, pues si en su misma naturaleza está que el objetivo del síntoma es transportar goce, en sí mismo es satisfacción inconsciente. Es en este sentido que, como lo señalamos más adelante –cuando nos ocupemos del problema del pasaje al acto y el acting-out, como los trata Lacan en el capítulo 9 delSeminario La angustia–, (8) el síntoma no necesita del analista, pues hay algo en su misma naturaleza del orden del no querer saber por el hecho de bastarse a sí mismo, cuestión que no sucede con el acting-out, que sí necesita del Otro, que llama a la interpretación, “pero la cuestión es saber, si ésta es posible. Les mostraré que sí, pero plantea dudas, tanto en la práctica como en la teoría analítica”. (9)

No hay duda entonces que tanto el acting-out como el síntoma son interpretables, pero en el caso del segundo hay una condición que no es necesaria en el primero: “que la transferencia esté establecida”. (10) “Establecida” quiere decir que es indispensable la “operación analítica que debe instalar la transferencia para que el síntoma pueda devenir interpretable”, (11) cuestión que no es necesaria tratándose del acting-out. O sea que el síntoma, contrario al acting-out, no es en sí mismo interpretable, porque no está en su “naturaleza” dirigirse al Otro, cuestión que nos indica que es como si su estado previo al de la instalación de la transferencia fuera el de un estado de encapsulamiento autista.

Con respecto a esa alusión al síntoma por fuera de la referencia al Otro formulada por Lacan en el Seminario 10, dice Graciela Brodsky que Lacan “curiosamente adelanta la doctrina del síntoma tal como […] la va a formular recién en los años 70”. (12) Hasta el Seminario 10, el síntoma siempre fue formulado por Lacan

[…] como mensaje que hay que descifrar y que es dirigido al Otro, o el síntoma como palabra censurada que busca hacerse reconocer […], o el síntoma como fenómeno de lenguaje, como metáfora, […]. Son todos desarrollos donde el síntoma está puesto en su articulación con el Otro. (13)

Vemos que eso que hasta antes del Seminario 10 definió para el síntoma, es aplicado ahora punto por punto al acting-out, mientras en este seminario nos dice del síntoma todo lo contrario a lo que había sostenido: que “en su ʻnaturalezaʼ prescinde del Otro”. (14)

En cuanto al “pasaje al acto”, digamos que es la expresión más contundente del momento en que un sujeto prescinde del Otro. Sin embargo, su manera de prescindir no es igual a la del síntoma, que al menos deja todavía abierta la posibilidad de la interpretación, siempre que sea bajo ciertas condiciones.

“Pasaje al acto” es un término que Lacan toma de la psiquiatría francesa de su época “y lo convierte en un concepto clínico psicoanalítico absolutamente original”. (15) El “acto” es asociado, en la psiquiatría clásica, con una conducta que no se inscribe en la forma corriente del sujeto conducirse. Esto hace que dicha conducta sea considerada más regida por un impulso súbito que por el juicio racional, cuestión que es atribuida a una anomalía de carácter o de la afectividad.

Sin embargo, así esos actos desusados den cuenta de cierto desorden psíquico, no se reconoce clínicamente que exista ninguna alteración de la capacidad intelectiva. Pero hay que tener en cuenta que llevar a cabo un acto, por ejemplo, un delito no inscrito como antecedente en el sujeto, “puede constituir la primera manifestación de un desorden mental hasta entonces completamente ignorado”. (16)

Al momento de la valoración criminológica, psiquiátrica o psicológica de un acto, se recomienda tener en cuenta los antecedentes de quien lo comete, “su conducta anterior, el ambiente en el que se ha educado y ha vivido, y, en definitiva, todas aquellas condiciones capaces de modificar en uno o en otro sentido su significación”. (17) También habrá que contar con “las circunstancias en las que se ha producido el acto sospechoso, los posibles móviles y la falta de proporción ente la causa aparente y el efecto, el grado de consciencia lógica, espontaneidad, impulsividad, mímica y expresión verbal concomitante”. (18)

El afán de objetividad en el examen de lo ocurrido hace que la evaluación psiquiátrica en muy poco se distinga de la pesquisa legal propia del discurso jurídico. En ambos casos, se deja por fuera la pregunta por el lugar desde el cual actúa el sujeto allí donde lleva a cabo un acto inusual en su modo corriente de conducirse. El sujeto es interrogado con el ánimo de verificar o desmentir una serie de preceptos ya establecidos de antemano y, de este modo, el acto presumiblemente clínico del psiquiatra o del psicólogo forense se torna un acto mecánico, que deja por fuera el uno por uno de la clínica.

El mecanicismo de los protocolos psiquiátricos y psicológicos convierte la experiencia clínica en la puesta en funcionamiento de una serie de prejuicios que están destinados a viciar la escucha clínica, pues impiden deducir, a partir de la palabra del mismo sujeto, por ejemplo, en qué lo concierne lo llevado a cabo, qué desencadenó de parte del Otro el impulso a actuar; qué palabra, gesto, mirada o detalle de una escena desencadena el acto. La peritación forense se reduce, en estos casos, a llegar a “conocer la participación morbosa que existe en un acto desusado: simples desequilibrios, alucinaciones, trastornos afectivos, demencias, ideas delirantes diversas, etc.” (19)

En psiquiatría, el acto que implica la puesta en juego de la impulsividad se considera desusado y se entiende como una alteración del carácter o de la afectividad, que no necesariamente ha de calificarse como “trastorno mental”, pero “su valor como elemento diagnóstico es incuestionable, y a veces es el único que el médico tiene a su alcance, en especial cuando se enfrenta con ciertos enfermos reticentes que no se prestan al interrogatorio”. (20) Esto quiere decir que bastará con seguir los pasos establecidos para que sin necesidad de escuchar al sujeto sea posible determinar si su acto es o no signo de una patología que trastornó su juicio.

Para la psiquiatría clásica, un acto es inusual cuando no es gobernado por el pensamiento, sino por un impulso. “Acto” e “impulso”, “impulsión” o “impulsividad” se encuentran en una relación íntima. La impulsión se define, en psiquiatría, como “un deseo imperioso, y a menudo irresistible, que surge bruscamente en ciertos sujetos y los empuja a la comisión de actos infundados, muchas veces brutales o peligrosos”. (21) Decir “deseo imperioso” implica asociarlo con lo incontrolable por parte de la consciencia, rasgo que el psicoanálisis asocia más bien con la pulsión.

En psiquiatría, el pasaje al acto es entonces asociado con lo brutal y peligroso, puede ser el efecto de una impulsión

[…] espontánea cuando se produce fuera de toda causa exterior: traduce entonces una pulsión interior: satisfacción de un instinto, de una necesidad o de un deseo. Es refleja cuando constituye una respuesta desproporcionada en rapidez e intensidad a la excitación causal. (22)

En cuanto a la impulsividad, no se asocia con lo imperioso, con el estallido en sí, sino con una “disposición habitual”, constitucional o adquirida, “a presentar impulsiones”. (23)

La impulsión da cuenta de eso que en cada uno es más fuerte que su razón y su “poder de determinación”, mientras que la impulsividad sería eso que facilita la puesta en acto de la impulsión. Lo que describe la psiquiatría como impulsión, corresponde a lo que Freud denomina “moción pulsional”, término con el cual se define la pulsión en acto, su puesta en escena en estado puro y sin regulación alguna. Allí donde Freud dice “pulsión en acto”, la psiquiatría clásica dirá “acto impulsivo” por exaltación de “las tendencias instinto-afectivas”. (24)

Para la psiquiatría, uno de los estados que más expone a la ejecución de actos impulsivos es la melancolía, pues al caracterizarse por una “frecuente ansiedad y por su carácter habitualmente explosivo, empuja a los enfermos al suicidio para escapar al dolor moral que los tortura o a la impotencia a que se sienten condenados”. (25) Otros estados favorables a los estallidos de la impulsión son los llamados “pasionales”, como celos, cólera, evitación erótica, etc.

La pasión de los celos también empuja al pasaje al acto, cuando son ciegos y conducen a matar al rival o a suicidarse. Lo que básicamente se propone, en psiquiatría, como tratamiento de la impulsividad, para así moderarla, son “los sedantes –barbitúricos, neurolépticos, bromuros– […]”. (26) También está el aislamiento, los electrochoques frecuentes, la psicocirugía. Los impulsivos son seres ansiosos y se les asume como peligrosos a nivel social, debido a la irritabilidad que los caracteriza.

Las impulsividades han sido estudiadas “según su objeto: impulsiones sexuales, impulsiones sanguinarias o criminales, impulsiones destructivas, impulsiones de automutilación o de suicidio, impulsiones de fuga (dromomanía), de robo (cleptomanía), de incendio (piromanía), de los toxicómanos (dipsomanía)”. (27) En los casos de ansiedad, cuando hay una psicosis de base, se habla de “actos bruscos al estallar; automutilaciones o crímenes místicos, suicidio de los ansiosos graves”. (28)

En todos los casos clasificados por la psiquiatría en la categoría de “impulsiones”, se evocan significantes como “imperioso, “irresistible”, “emergencia brusca”, “intensidad”, “brutalidad”, “peligrosidad”, “desproporción”. Estos significantes aluden a que en todos los casos hay disolución de la voluntad, sobre todo cuando se trata de descargas motoras incoercibles, atribuidas más que todo a los epilépticos, delirantes, paranoicos, melancólicos, ansiosos, “el celoso que se ciega y mata a un rival”, (29) los obsesivos, “oligofrénicos (idiotas, imbéciles y débiles mentales) […]”. (30) Estos seres son presentados a nivel psiquiátrico como el paradigma de lo que sería vivir expuesto al movimiento irrefrenable de la pasión, pues se considera que suelen golpear, romper y producir “descargas paroxísticas”, bien sea de forma intermitente o continua. (31)

En la enseñanza de Lacan, el lugar en donde el pasaje al acto adquiere la mayor consistencia teórica y clínica es en el texto El Seminario, Libro 10, La angustia. Desde un comienzo y hasta el final de su enseñanza, el pasaje al acto evoca, para Lacan, ruptura, sea con la personalidad, con la palabra como mediación, con el lazo social y con el Otro de la ley; de ahí que se articule con fenómenos como el suicidio, en donde la transferencia al Otro simbólico y, por la misma razón, su llamado, queda clausurado “y el sujeto resulta arrojado al vacío […]”. (32) Esto acontece a nivel simbólico, pero en el pasaje al acto este ser arrojado puede ser puesto en escena en lo real, asumiendo el sujeto la forma de un objeto que se arroja al tren, por una ventana, un balcón, un despeñadero.

1- Jacques Lacan, El Seminario, Libro 1, Los escritos técnicos de Freud, Buenos Aires, Paidós, 2004, p. 356.

2- Ibid.

3- Sigmund Freud, Psicopatología de la vida cotidiana [1901], vol. 6, Buenos Aires, Amorrortu, 1976, p. 177.

4- Ibid.

5- Ibid.

6- Ibid.

7- Jacques Lacan, El Seminario, Libro 10, La angustia, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 139.

8- Véase ibid., ١٢٧-١٤٤.

9- Ibid., p. 139.

10- Ibid.

11- Graciela Brodsky, “La transferencia según el Seminario 10 de Jacques Lacan”, en: La angustia en Freud y Lacan: cuerpo, significante y afecto, Bogotá, Nueva Escuela Lacaniana de Psicoanálisis, 2010, p. 160.

12- Ibid., p. 161.

13- Ibid., p. 160.

14- Ibid.

15- Pablo Muñoz, “El pasaje al acto como ruptura del lazo social”, en: Teoría y testimonios. Vol. 3, Desamarrados. De la clínica con niños y jóvenes, Buenos Aires, Asociación Civil Proyecto Asistir, Grama ediciones, 2011, pp. 33-39.

16- Antoine Porot, Diccionario de psiquiatría clínica y terapéutica, Barcelona, Labor S. A., 1967, p. 10.

17- Ibid.

18- Ibid.

19- Ibid.

20- Ibid.

21- Ibid., p. 326.

22- Ibid.

23- Ibid.

24- Ibid.

25- Ibid., p. 327.

26- Ibid.

27- Ibid., p. 326.

28- Ibid., p. 327.

29- Porot, Diccionario de psiquiatría clínica y terapéutica, op. cit., p. 326.

30- Ibid., p. 327.

31- Véase ibid.

32- Muñoz, “El pasaje al acto como ruptura del lazo social”, op. cit., p. 34.

Suicidio y subjetividad

El suicidio es, entonces, el acto de ruptura por excelencia con el Otro simbólico que sirve de soporte al lazo social, y dicho acto no es pensado desde el psicoanálisis como una realidad externa al sujeto, sino, más bien, interna. Si bien tanto el pasaje al acto suicida como al acto criminal no deben ser pensados por fuera de su realidad social y sin duda se trata de hechos sociales, ambos son impensables para el psicoanálisis por fuera de su relación con la subjetividad. Por esta razón, en nuestro libro una de las preguntas centrales es la siguiente: ¿qué clínica del pasaje al acto suicida es posible y cómo responder a quienes vienen a vernos con intención latente o manifiesta de suicidarse?

Todo intento de suicidio es logrado desde el punto de vista subjetivo, mas no desde el punto de vista objetivo. Cada atentado contra sí mismo, buscado consciente o inconscientemente, tiene efectos devastadores en la subjetividad, y se habla de “intento” o de “gesto suicida” por el hecho de que el daño producido, como lo afirma el padre de la sociología y contemporáneo de Freud, Émile Durkheim, es “obra de la víctima misma […]”. (1)

Es difícil encontrar un ser humano en quien alguna vez en la vida no hayan surgido impulsos suicidas expresados en la consciencia en ideas autodestructivas, como tampoco estados de ira consigo mismo y con el otro, de tristeza, de angustia, arrebatos peligrosos o estallidos de desesperación. En no pocos casos, estas reacciones afectivas se producen sin que exista proporcionalidad entre el afecto desencadenado y la causa objetiva. Freud hace referencia, por ejemplo, a lo que denomina “la susceptibilidad psíquica de los histéricos, que ante la menor desatención reaccionan como si de una mortal ofensa se tratara”. (2)

Esa “susceptibilidad” exagerada se debe comúnmente a motivos que, por haberse ido poco a poco acumulando en la memoria inconsciente, actúan como material detonante, que se sirven del último pretexto para que se produzca un estallido o se desencadene un arrebato. Debe tenerse claro, clínicamente, que la última e “insignificante molestia” no es la que produce el llanto convulsivo, lo que llaman en algunas mujeres la “pataleta”, “el ataque de desesperación y el intento de suicidio, […]”, (3) sino los recuerdos despertados “de múltiples e intensas ofensas anteriores, detrás de las cuales se esconde aún el recuerdo de una grave ofensa jamás cicatrizada, recibida en la infancia”. (4)

De lo que se acaba de exponer se deduce, a manera de conjetura, que la verdadera causa del suicidio no es externa, como supone Durkheim, sino fundamentalmente interna; por lo tanto, no hay que buscarla en los motivos presentes: un fracaso amoroso, la pérdida de un ser querido, la quiebra de un próspero negocio, un desplazamiento violento, el rechazo sistemático o espantosos reproches de consciencia. Pequeñas discusiones en una pareja, insignificantes mortificaciones de la actualidad, a veces detonan agresiones letales, serios intentos de suicidio o lo que suele llamarse “gestos suicidas”, y una afección del sentimiento de vida que debilita el disfrute de las pequeñas cosas y el regocijo de encontrarse cada día con un nuevo amanecer.

El suicidio o el intento de suicidio también pueden ser el desenlace de un conflicto psíquico grave o la puesta en acto de intenciones ocultas contra sí mismo, las cuales, por ser demasiado íntimas, no pueden ser apreciadas desde fuera y menos “por medio de aproximaciones groseras” (5) como las que suelen hacerse. Durkheim tiene razón cuando afirma, en el texto citado, que las intenciones íntimas pueden “sustraerse hasta la misma observación interior”, pues no solo existen las intenciones conscientes de suicidarse, sino también las inconscientes, y estas últimas son las más dominantes, por ser del orden pulsional.

El psicoanálisis ha descubierto, clínicamente, una común

[…] participación inconfesada de la propia voluntad del sujeto en numerosos accidentes graves, que de otro modo hubieran sido adscritos a la casualidad. Este hallazgo del psicoanálisis viene a hacer aún más espinosa la diferencia entre la muerte por accidente casual y el suicidio, tan difícil ya en la práctica. (6)

El mismo Durkheim, para quien el inconsciente supuestamente no existe, dice lo siguiente:

El soldado que corre a una muerte cierta para salvar a su regimiento no quiere morir y no es el autor de su propia muerte, pero ¿acaso no es el autor de su propia muerte en la misma medida que el industrial o el comerciante que se suicidan para escapar la vergüenza de una quiebra? (7)

Sin duda, las tres figuras evocadas quieren inconscientemente morir, pero la estrategia para lograrlo es diferente: el soldado lo hace en nombre del heroísmo del combatiente, mientras los otros dos trabajaron, sin darse cuenta, para quebrarse, perder su lugar de prestigio en la familia y en la sociedad, luego deprimirse y enseguida cometer el acto suicida. Agrega Durkheim que “otro tanto puede decirse del mártir que muere por la fe, de la madre que se sacrifica por su hijo, etc.”. (8)

Los ejemplos que Freud nos trae de suicidios, accidentes o daños al propio cuerpo tolerados inconscientemente son múltiples. Entre ellos está el de aquel oficial que cae del caballo durante un concurso hípico entre oficiales y poco después muere a causa del impacto. Antes del concurso, el oficial había sufrido la pérdida de su madre y se encontraba presa de “una profunda desazón”, “le sobrevenían crisis de llanto estando en compañía de sus camaradas, y a sus amigos íntimos les manifestó hastío por la vida”. (9)

También se le ocurrió al oficial la descabellada idea de abandonar el servicio, con el objetivo de ofrecerse para ir a combatir a África, en una guerra que para nada le parecía interesante. Pese a haber sido un arrojado jinete, había decidido evitar montar mientras le fuera posible, pero no esquivó el concurso referido, seguramente por cuestiones de conveniencia. Antes de la competencia, “exteriorizó un mal presentimiento”, y dado el estado psíquico del sujeto, sostiene Freud al respecto que si se tiene en cuenta su concepción del suicidio inconscientemente buscado, “no nos asombrará que ese presentimiento se haya cumplido”. (10)

He aquí la argumentación de Freud referida a la afirmación que se acaba de evocar. “Me objetarán: es cosa obvia que un hombre con semejante depresión nerviosa no atinara a dominar el animal como lo hacía hallándose sano”. (11) Freud le da su acuerdo a esta presunta opinión opuesta a su planteamiento, pero agrega: “sólo que yo buscaría en el propósito de autoaniquiliación que aquí hemos destacado el mecanismo de esa inhibición motriz por ʻnerviosismoʼ”. (12) No maniobró en la conducción del caballo como seguramente lo había hecho antes muchas veces gracias su amplia experticia como jinete, cuestión que da cuenta de la incidencia de un propósito externo a la consciencia, pero interno al sujeto, o sea del orden del inconsciente.

Ninguno de nuestros actos cotidianos son plenamente conscientes y tampoco obedecen, en su totalidad, al gobierno de la parte racional del yo; de ahí que no faltará en ellos cierto grado de insensatez y todavía más cuando somos influidos por estados psíquicos nada favorables, como el hastío, el aburrimiento, la tristeza, la cólera, la culpa, motivos inconscientes de venganza, los actos fallidos, las maniobras sintomáticas, los olvidos, las omisiones y todo aquello que propicia el daño de sí mismo o de otros.

Diremos entonces que son variadas las formas de suicidarse un adolescente, un joven adulto, una persona madura o mayor de edad. En los adolescentes y en los jóvenes adultos, está el suicido lento de la adicción a la droga, a la comida o a no comer, la exposición al riesgo en los deportes extremos, y está, como ya se ha ilustrado, el suicidio inconscientemente buscado mediante accidentes letales, como el del oficial referido, que sin duda podrían haberse evitado.

Esos y otros accidentes son regidos por la búsqueda inconsciente de la muerte, por ejemplo, el de soldados que se disparan a sí mismos o a compañeros jugando con su arma de dotación suponiendo que no está cargada, pero sin antes tomar la precaución de verificar que en efecto no lo está. Conozco la historia de un niño de no más de diez años que tomó la pistola que el padre imprudentemente había dejado en un lugar visible, y por jugar a disparar, hirió a su hermanita menor y la dejó lisiada para el resto de sus días. Desconozco los antecedentes psíquicos de este acto, pero nada de raro tendría que algo del orden de una retaliación hacia sus padres y hermana por alguna circunstancia familiar de ese momento se hubiera puesto en juego en este aparente accidente fatal como propósito inconsciente de dañar.

En esos casos aparentemente accidentales, siempre habrá que averiguar clínicamente por el estado psíquico del sujeto antes de la situación, pues comúnmente se revela que algo no andaba bien en su vida. Freud sostiene que los accidentes, mortales o no, sobre todo los dirigidos contra sí mismo, suelen ser

[…] producidos por una tendencia constantemente vigilante al autocastigo; tendencia que de ordinario se manifiesta como autorreproche, o coadyuva a la formación de síntomas y utiliza diestramente una situación exterior que se ofrezca casualmente o la ayuda hasta conducirla a la consecuencia del efecto dañoso deseado. (13)

El punto de vista de Freud es que al lado del “suicidio deliberado consciente, existe también una autoaniquiliación semideliberada –con propósito inconsciente– que sabe explotar hábilmente un riesgo mortal y enmascararlo como azaroso infortunio”. (14) Desde mucho antes de Freud formular la pulsión de muerte, ya nos decía que existe una tendencia “a la autoaniquiliación presente con cierta intensidad en un número de seres humanos mayor que el de aquellos en que se abre paso”. (15)

También hay daños que los adolescentes suelen producirse en su cuerpo, mediante cortaduras en las manos, cuando se ven invadidos por un acceso de cólera a causa de alguna reprimenda de los padres, de la negación de un permiso, de una fuerte discusión con ellos o con la pareja, cuando están desesperados, angustiados o tristes, o porque las cosas les han salido mal. Algunos adolescentes indagados en consulta por la función en ellos de la cortadura, señalan que ver fluir la sangre por la muñeca de su mano los tranquiliza e incluso les produce una inevitable sensación de placer.

Las lesiones provocadas a sí mismo, dice Freud que generalmente son el efecto de un compromiso entre un empuje a la autoaniquiliación y

[…] las fuerzas que todavía se le contraponen, y aún en los casos en que realmente se llega al suicidio, la inclinación a ello estuvo presente desde mucho tiempo antes con menor intensidad, o bien como una tendencia inconsciente y sofocada. (16)

Cotidianamente, los clínicos observamos que bajo un estado de alteración afectiva hay jóvenes que a veces salen a la calle en busca de alguien que les dé el menor motivo para hacerse golpear, hacerse matar o matar; es común que después de una discusión con los padres o la pareja, salgan en un vehículo o en una motocicleta a toda velocidad y se estrellen; (17) también los hay que se embriagan y no dejan que otros conduzcan, así que se empecinan en manejar a sabiendas del riesgo que corren. Otros se suben embriagados o drogados a lugares altos, y empiezan a caminar por donde hay posibilidad de caer y sufrir heridas mortales en el cuerpo.

Cuando hay guerra, vemos que no pocos jóvenes se ofrecen como voluntarios y parten entusiasmados al campo de batalla, sabiendo que pondrán en juego la integridad personal. No es del todo cierto que a niños y adolescentes los obliguen a entrar a hacer parte de bandas delincuenciales o de grupos armados ilegales. Sabemos también que no todos los que engrosan las filas del ejército lo hacen obligados por el cumplimiento de un deber patrio, pues no pocos, como se dice en el argot popular, “se regalan”, y lo hacen a sabiendas que pueden ser enviados a zonas de alto riesgo. Una vez ingresados, a no pocos les gusta ser tenidos en cuenta para hacer “vueltas”, si se trata de la banda, o ir a zonas en donde exista “movimiento”, si se trata del ejército. En conclusión, el empuje a la autoaniquiliación es algo que suele estar presente inconscientemente en no pocas acciones humanas que conducen al daño de así o del otro. La pulsión autodestructiva busca satisfacerse en los seres hablantes por las vías menos esperadas y aparentemente accidentales.

1- Émile Durkheim, El suicidio, Madrid, Akal, 1982, p. 12.

2- Sigmund Freud, La etiología de la histeria, vol. 1, Madrid, Biblioteca Nueva, 1972, p. 314.

3- Ibid.

4- Ibid.

5- Durkheim, El suicidio, op. cit., p. 13.

6- Sigmund Freud, Múltiple interés del psicoanálisis, vol. 5, Madrid, Biblioteca Nueva, 1972, p. 1853.

7- Durkheim, El suicidio, op. cit., p. 13.

8- Ibid.

9- Freud, Psicopatología de la vida cotidiana, op. cit., p. 178.

10- Ibid., p. 179.

11- Ibid.

12- Ibid.

13- Ibid., pp. 867-868.

14- Ibid., p. 177.

15- Ibid.

16- Ibid., p. 178.

17- En una emisora nacional se emitió la noticia de que, en la Ceja, Antioquia, un joven se estrelló en su motocicleta contra otra en la que viajaban sus padres y murió instantáneamente, mientras ellos resultaron gravemente heridos. Aparentes casualidades como esta son las que, a juicio de Freud, involucran una intención inconsciente, con el agravante de que el joven no se estrelló contra una moto cualquiera, sino contra la de sus propios padres que transitaban por el mismo lugar. Otras muertes en moto, anunciadas ese mismo día, fueron por golpearse contra un poste o una baranda de seguridad, o sea que no se trató de nada del orden del azar, sino de exceso de velocidad e imprudencia de los conductores, factores que indican la búsqueda inconsciente de un daño a sí mismos.

Pasaje al acto: entre clínica y teoría

Introducción

En este capítulo, la reflexión se orienta a una primera formulación teórica y clínica, tanto del pasaje al acto como del acting-out, la cual se irá profundizando cada vez más a medida que se avanza en el análisis del problema. Se enfatiza en la íntima relación del pasaje al acto con la pulsión y del acting-out con el Otro, y de igual manera se alude a las motivaciones psíquicas diversas que son puestas en juego en cada situación en donde el movimiento de la emoción se introduce de una forma que puede ser más o menos trágica.

La íntima relación del pasaje al acto con significantes como “impulsión”, “impulsividad”, “ansiedad”, “brutalidad”, “inmotivación”, “ruptura”, “caer”, “arrojarse”, “ser arrojado” o “verse arrojado” y la evocación de una discontinuidad con respecto al modo como se ha vivido implica que, desde las primeras aproximaciones a dicho concepto, se evidencia la puesta en acto de una pulsión en escenas demostrativas. De acuerdo con estas connotaciones preliminares propias de la urgencia implicada en el pasaje al acto, “la orientación clínica será por tanto reinstalar al sujeto en su relación con el Otro simbólico”. (1) Aquí, “reinstalar” quiere decir involucrarlo a partir de la localización de los significantes amo que le han servido de ordenamiento en el campo subjetivo y social, aquellos que le han servido de protección subjetiva.

Dice el colega Pablo Muñoz que Jacques Lacan realiza una subversión “de la noción criminológica y psiquiátrica de pasaje al acto”, (2) que resume en cuatro puntos:

1. Le da consistencia clínica en oposición a su función “descriptiva de conductas desviadas, violentas, criminales, delincuenciales […]”. (3)

2. Si bien no rompe con la dimensión brutal que lo caracteriza, en lugar de reducirlo a una conducta desviada o desadaptada, precipitada por una relación estímulo-reacción, se pregunta por el lugar del sujeto en juego, por el objeto y el Otro.

3. El aspecto más original del abordaje lacaniano del pasaje al acto es el del “estrecho e íntimo vínculo con la angustia […]”. (4)

4. Es gracias al vínculo con la angustia, que “el pasaje al acto como concepto psicoanalítico pierde sus referencias criminológicas, morales y psiquiátricas”. (5)

De la orientación inconsciente hacia el daño de sí

Dice Sigmund Freud que el

[…] automaltrato, que generalmente tiene la estructura de un acting-out en aquellos casos en que no se propone una completa autodestrucción como finalidad, sino más bien un llamado al Otro, no tiene en nuestro estado de civilización actual más remedio que ocultarse detrás de la casualidad o manifestarse imitando el comienzo de una enfermedad espontánea. Antiguamente era signo usual de un duelo y podía ser expresión de ideas de piedad y renunciamiento al mundo. (6)

No son pocos los seres humanos en quienes, por distintos medios, se evidencia una tendencia a la autodestrucción, manifestando cierto furor contra la propia integridad y la propia vida, un cierto desprecio del cuidado de sí y el empecinamiento compulsivo en hábitos de vida nada saludables. Esta tendencia inconsciente a la autodestrucción –que, por cierto, contradice la idea del cuidado de la vida como valor fundamental– aprovecha momentos de debilitamiento existencial y alguna culpa inconsciente que empuja hacia el autocastigo, para ponerse en escena bajo la forma del daño.

Los daños autoinflingidos comúnmente son una transacción entre el impulso autodestructivo “y las fuerzas que aún actúan contra él. También en los casos en que se llega al suicidio ha existido anteriormente, durante largo tiempo, dicha inclinación, con menor o mayor fuerza o como tendencia inconsciente y reprimida”. (7) O sea que no se suicida sino aquel en quien ha existido una fuerte inclinación autodestructiva; de ahí que, al momento de llevarse a cabo el pasaje al acto suicida, es seguro que ya se habrán producido distintos movimientos orientados contra sí mismo de un modo real o simbólico.

Tanto la intención inconsciente de suicidarse como la intención consciente “escoge su tiempo, sus medios y su ocasión”. (8) Son numerosos los casos de desgracias que parecen casuales o debidas a la mala suerte; por ejemplo, accidentes automovilísticos o peatonales, tropiezos en la calle que producen caídas con graves daños en el cuerpo, heridas causadas a sí mismo o a otros por estar limpiando un arma de fuego o jugando con ella. Esto suele suceder en el ejército y en las casas de familia en donde imprudentemente se dejan armas al alcance de los niños. En estos casos, los lejanos pueden interpretar el acto como algo accidental, pero algunos de los cercanos pueden llegar a reconocer íntimamente que las circunstancias en que ocurrió “justifican una sospecha de suicidio [o de homicidio o intento de homicidio] inconscientemente tolerado”. (9)

Inspirados en el texto de Freud Contribuciones al simposio sobre el suicidio, (10) podemos afirmar que los suicidios infantiles y juveniles los podemos encontrar en cualquier nivel educativo –en la escuela primaria, en la secundaria, en la universidad, en las instituciones técnicas– y también en las empresas, como sucedió en 2005 en France Télécom, en París, donde 24 personas se suicidaron en las oficinas de la empresa, pero ya había sucedido también en la Renault, en la Peugeot y en la Educación Nacional. (11)

La interpretación de Freud hace más de 108 años sobre los suicidios de los escolares es la siguiente: “que el colegio reemplaza ante sus educandos aquellos traumas que otros adolescentes experimentan en sus particulares condiciones de vida”. (12) En la actualidad, en algunos niños, sobre todo en aquellos que son tímidos, temerosos, que por habitarlos cierta cobardía viven con miedo de todo, y por no ser osados y despiertos fácilmente experimentan exclusión y rechazo, y suelen ser asediados y sometidos a diversas humillaciones por sus camaradas. Estas circunstancias de maltrato y violencia escolar pueden llegar a convertirse en detonantes de suicidio.

A propósito del suicidio de los trabajadores de France Télécom, dice el filósofo Bernard Henri Lévy que “un suicidio es un misterio. Por supuesto que nada es más azaroso, peligroso, incluso odioso, que querer interpretar, a posteriori, actos a menudo sin palabras y que eligen, en esos casos, ocultarse tras su propio secreto”. (13)

El suicidio de un ser humano, se lleve a cabo individual o colectivamente, es un misterio sin solución, algo frente a lo cual no hay vacuna que funcione. Cada vez que se trata de una epidemia en donde está involucrada la subjetividad, el modelo epidemiológico para explicarla e intervenirla se queda muy corto, pues ataca la causa objetiva y deja intacta la causa subjetiva, que nunca es univoca, sino múltiple y variable. La variable desconocida del suicidio exige ser despejada de manera muy cauta, nadie tiene la solución con respecto al mismo, y habrá que pensar detenidamente qué posibilidades hay de prevenirlo tanto a nivel subjetivo como familiar, social, educativo, e incluso empresarial. Nada de lo que se diga del suicidio logrará despejar el misterio inefable que alberga.

Con respecto a la cuestión preventiva, Freud señala que una institución educativa –agreguemos también la institución familiar–,

[…] ha de cumplir algo más que abstenerse simplemente de impulsar a los jóvenes al suicidio: ha de infundirles el placer de vivir y ofréceles apoyo y asidero en un periodo de su vida en el cual las condiciones de su desarrollo lo obligan a soltar los vínculos con el hogar paterno. (14)

Hay dos recomendaciones que hace Freud a la escuela, en el texto que se acaba de citar, para prevenir el suicidio en los niños y adolescentes: que les infunda a sus alumnos el placer de vivir y les ofrezca asidero, es decir, puntos de anclaje. Mientras asisten a las aulas de clase, suele producirse, en la actualidad, algo que a niños y adolescentes los confronta: que se encuentran en trance de soltar sus vínculos paternos, quedando el niño en cierto desamparo a nivel simbólico. Dado que estos vínculos se sueltan en nuestro tiempo cada vez más rápido, la responsabilidad de la escuela, y con ello de sus educadores, se vuelve más grande.

Las identificaciones simbólicas que ofrecen los padres como sostén suelen entrar, desde la secundaria, en un proceso inevitable de caída estrepitosa, pues dejan de servirle para responder a los enigmas referidos al sexo y a las incertidumbres subjetivas relacionadas con el deseo, cuestión que, al dejar al adolescente sin brújula, hace que este caiga tanto más fuertemente cuanto más débil sea a nivel psíquico, asunto que se constituye en el momento propicio para la entrada del adolescente en distintas modalidades de sufrimiento subjetivo, en donde lo “personal, íntimo, indecible, inconfesable […]” (15) viene a incidir, de manera forzosa, en las decisiones que en ese momento tome con respecto a su vida.

Las identificaciones a los significantes amo familiares y sociales suelen aflojarse con la entrada en la pubertad e incluso desde antes, y con ello el futuro adolescente queda sin una orientación que le sirva de soporte simbólico, siendo ahí donde queda al borde de caer en un vacío que lo conduce a elecciones que pueden ser letales. Las posibilidades de contrarrestar elecciones del adolescente que pueden conducirlo a lo peor para sí, para la familia y la sociedad son cada vez más precarias en nuestro medio, pues las ofertas sublimatorias por parte del Estado que nos rige son mínimas: se prefiere invertir más en seguridad policial, que en seguridad humana.

Otro elemento que Freud introduce en el texto citado con respecto al colegio y que es importante evocar, porque hoy más que nunca tiene vigencia, consiste en que queda muy a la zaga de cumplir la misión de inculcar el placer de vivir y el amor por la vida, pues en lugar de inventar estrategias para educar en esta dirección, se ofrece educación para todos y de la peor calidad. El Estado les exige a los docentes de primaria y secundaria implementar programas de intervención y prevención contra los males de la sociedad actual: consumo de droga, violencia intrafamiliar, violencia escolar, criminalidad y suicidio, como si la escuela fuera una panacea que tiene en sus aulas el remedio contra todas las enfermedades del vínculo social. Entre tanto, la mayoría de los docentes, sobre todo los que trabajan en colegios públicos, se quejan, se agotan, se enferman física y psíquicamente, se sienten impotentes, desencantados de su profesión, pasando a transmitir a los estudiantes más su depresión, falta de entusiasmo y frustración, que un amor al saber que esperan les sea supuesto por los muchachos.

No son pocos los docentes que dicen vivir aburridos, estresados, angustiados, y que desencadenan enfermedades psicosomáticas o, como hoy se dice, “autoinmunes”. Esto suele ser atribuido a la presión a la que viven sometidos por parte de las autoridades educativas, y también a la decepción de su profesión, debido a lo poco que es valorada. Es desesperanzador el desgano generalizado de los profesores, la desidia de los escolares, su actitud desafiante y a veces violenta, sin contar los usuales improperios de los padres, e incluso las amenazas de actores armados cuando la labor es desempeñada en barrios populares o en regiones en donde las bandas delincuenciales ejercen un poder alterno al del Estado.