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Tenía que casarse con el jeque... Katrina había sido rescatada en mitad del desierto por un hombre a caballo que la había llevado a su lujosa morada. A pesar de la atracción que había entre ellos, el jeque seguía pensando que Katrina no era más que una prostituta... Pero no podía dejarla con otros hombres, así que para protegerla tenía que casarse con ella. Entonces él descubrió que era virgen... Y eso lo cambiaba todo. Ahora Katrina tendría que ser su esposa de verdad.
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Seitenzahl: 188
Veröffentlichungsjahr: 2013
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2005 Penny Jordan. Todos los derechos reservados.
POSEÍDA POR EL JEQUE, Nº 1617 - marzo 2013
Título original: Possessed by the Sheikh
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Publicada en español en 2005
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin, logotipo Harlequin y Bianca son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-687-2712-7
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
www.mtcolor.es
Katrina estaba en mitad del zoco cuando lo vio. Iba a comenzar el regateo por una tela de seda bordada, cuando algo le hizo girar la cabeza. Él estaba al otro lado del estrecho callejón, vestido con un disha-dasha tradicional. La luz del sol resaltaba su piel color miel y hacía destellar un cuchillo que llevaba a la cintura.
El comerciante, dándose cuenta de que algo había atraído la atención de su cliente, siguió la dirección de su mirada.
–Es de la tribu de los tuareg Ayghar –le informó.
Katrina no dijo nada. Sabía, por la información que había recopilado antes de viajar a Zurán, que los tuareg Ayghar eran una tribu de feroces guerreros que, en siglos anteriores, eran contratados para escoltar las caravanas de los comerciantes a través del desierto. La tribu seguía prefiriendo vivir de forma nómada.
A diferencia de otros hombres con túnicas, él estaba perfectamente afeitado. Sus ojos, que miraban hacia ella con una altiva falta de interés, eran como ámbar oscuro con motas doradas, y estaban custodiados por unas tupidas pestañas.
A Katrina le recordaba la magnificencia de un peligroso depredador, alguien a quien no se podía domesticar ni encerrar en la jaula de la civilización moderna. Aquél era un hombre del desierto, un hombre que creaba y vivía según su propio código moral. La arrogancia de sus rasgos y su postura la abrumaban y al mismo tiempo la urgían a que lo siguiera mirando.
¡Y tenía una boca tan sensual...!
Un estremecimiento indeseado recorrió su espina dorsal ante el giro de sus pensamientos.
Ella no había viajado al reino de Zurán para pensar en hombres con bocas sensuales. Estaba allí formando parte de un equipo de científicos dedicados a proteger la flora y la fauna de aquella zona, se recordó a sí misma con firmeza. Pero aun así, no podía dejar de mirarlo.
Indiferente ante ella, el hombre examinó con la mirada un lado y otro del callejón del concurrido bazar. Era como una fantasía árabe hecha realidad, pensó Katrina, aunque su jefe, Richard Walker, se burlaría de ella si la oía hablar así. Pero no quería pensar en Richard. Le había dejado muy claro que no estaba interesada en él, y además era un hombre casado, pero a pesar de todo Richard la rondaba y se tomaba muy a pecho que ella rechazara sus insinuaciones.
Esos pensamientos la hicieron ocultarse entre las sombras del puesto de telas. Inmediatamente, la mirada ámbar la atrapó, haciéndola retroceder instintivamente aún más en la semioscuridad, sin pararse a preguntarse por qué necesitaba retirarse así.
Pero, aunque las sombras la ocultaban, sentía que él había fijado su mirada justamente donde estaba ella. Katrina sintió que el corazón le palpitaba alerta y que la piel le transpiraba inusualmente.
Un grupo de mujeres con túnicas y velo negros atravesó el callejón, interponiéndose entre ellos dos. Cuando se marcharon, él parecía haber perdido todo el interés por ella, porque estaba girándose, tapándose el rostro con la tela teñida de índigo que le cubría la cabeza y dejando visibles únicamente sus ojos, a la manera tradicional de los hombres tuareg. Entonces se dio la vuelta y entró por una puerta que había a su espalda, agachándose para no golpearse la cabeza, dada su elevada estatura.
Katrina advirtió que la mano que se apoyaba sobre el marco de la puerta era delgada y morena, de dedos largos y cuidados. Arrugó la frente, extrañada. Conocía mucho de las tribus nómadas del desierto árabe, y le llamaban la atención tantas anomalías: primero, que un hombre tuareg se opusiera a siglos de tradición y mostrara su rostro, y segundo, que tuviera unas manos con una manicura propia de un millonario.
Sintió que el estómago se le hacía un nudo y que el corazón le golpeaba furiosamente contra el pecho. ¡Ella no era ninguna jovencita fácil de impresionar, ni dispuesta a creer que un hombre vestido con un disha-dasha era un poderoso líder, ni tampoco estaba ocultando ninguna fantasía secreta de tener sexo con aquel hombre sobre la arena! Ella era una científica de veinticuatro años, se dijo. Pero...
Cuando él desapareció por la puerta, Katrina dejó escapar un suspiro de alivio.
–¿Lo quiere? Es una seda muy fina... y a un precio muy bueno.
Katrina dirigió su atención de nuevo a la seda. Era de buena calidad y de un tono azul pálido que acompañaba a la perfección a su pelo rubio cobrizo. Como había salido ella sola a dar un paseo, había tomado la precaución de recogerse el pelo dentro del sombrero que llevaba.
Pero, vestida con aquella magnífica tela, que sugeriría seductoramente su cuerpo a través de sus vaporosas capas, podría dejar que el pelo le cayera sobre los hombros como una cascada sedosa, mientras un hombre con ojos de felino la contemplaba...
Katrina dejó caer la tela al suelo como si le quemara. Mientras el comerciante la recogía, unos hombres uniformados aparecieron en el callejón, empujando a la gente mientras avanzaban, abriendo puertas y examinando los tenderetes. Estaba claro que buscaban a alguien y que no les importaba el daño que causaran al hacerlo.
Por alguna razón, Katrina desvió la mirada hacia la puerta por la que había desaparecido el tuareg.
Los hombres uniformados se estaban aproximando a ella.
A su espalda, la puerta se abrió y apareció un hombre. Era alto, de pelo negro y vestía ropas occidentales, unos pantalones chinos y una camisa de lino, pero Katrina lo reconoció inmediatamente y abrió los ojos perpleja.
El tuareg se había convertido en un occidental. Comenzó a caminar por el callejón. Acababa de pasar por delante del puesto donde estaba Katrina, cuando uno de los hombres uniformados lo vio y comenzó a llamarlo a gritos, en inglés y en zuranés.
–¡Usted, deténgase!
Katrina vio cómo la mirada de ámbar del tuareg se endurecía, buscando, examinando... y deteniéndose sobre ella, mientras se iluminaba.
–¡Cariño, estás aquí! Te advertí que no debías pasear tú sola.
Los dedos largos y elegantes en los que se había fijado hacía un momento la agarraron de la muñeca y se deslizaron hasta entrelazarse con los suyos, fingiendo una intimidad de novios, pero sujetándola fuertemente para que ella no se soltara. Una sonrisa perfectamente calculada rompió por un momento la expresión arrogante del tuareg. Se acercó más a ella.
–Yo no soy su «cariño» –le espetó Katrina en voz baja.
–Comience a caminar... –le ordenó él también en voz baja, mientras su mirada dura e intimidante la atrapaba bajo su hechizo.
La hostilidad empañaba la habitual dulzura de los ojos azules de Katrina, pero era una hostilidad salpicada de algo mucho más primitivo y peligroso, admitió sombría, mientras empezaba a caminar. Él se acercó a ella y, colándose entre el embriagador aroma de las especias y los perfumes del bazar, Katrina advirtió la fragancia de su colonia y algo mucho más perturbador: el aroma suavemente almizclado del cuerpo de él.
El callejón se había llenado de hombres armados que abrían las puertas a empujones y volcaban los tenderetes, buscando impacientes algo o a alguien.
La atmósfera de relajada felicidad que reinaba antes había desaparecido por completo, y en su lugar el callejón se había convertido en una algarabía de voces y de miedo casi palpable.
Un enorme vehículo todoterreno con las lunas tintadas entró a toda velocidad en el callejón, dispersando a la gente, y se detuvo en seco. El hombre uniformado que salió de él iba muy bien protegido, y Katrina ahogó un grito al reconocer al Ministro del Interior de Zurán, el primo del soberano del país.
Entonces miró a su captor con aprensión, sintiéndose entre dos emociones encontradas. Ella había visto al hombre entrar en el edificio vestido como un tuareg, y su comportamiento indicaba que escondía algo. Ella debería al menos llamar la atención de los temibles hombres armados, pero él le provocaba una peligrosa fascinación que la estaba induciendo a... ¿a qué? Con decisión, intentó separarse de él. Él registró su ligero movimiento, la sujetó aún más fuerte y la empujó hasta un estrecho lugar entre las sombras del callejón, tan estrecho que su cuerpo se apretó contra el suyo.
–Mire, no sé qué es lo que sucede, pero... –comenzó ella con valentía.
–Silencio –susurró él a su oído, en un tono gélido y plano.
Katrina se dijo a sí misma que la razón de que su cuerpo temblara tan violentamente era que estaba asustada, que no tenía nada que ver con que el musculoso muslo de él estuviera apretado contra ella. El corazón de él latía con tanta fuerza que parecía bombear no sólo su cuerpo, sino también el de ella, superponiéndose a sus propios latidos, abrumándola con su fuerza vital, como si él la proporcionara para ambos cuerpos.
El repentino recuerdo de un viejo dolor la invadió. Sus padres se habían amado de aquella manera, totalmente entregados el uno al otro y para siempre.
Se le escapó un murmullo incoherente de angustia, y la reacción de él fue inmediata: la agarró del cuello, miró a ambos lados de la calle y silenció con su boca cualquier protesta que ella pudiera hacer.
Sabía a calor y a desierto, y a mil y una cosas que habían pasado a formar parte de él y que eran extrañas para ella. Extrañas y también peligrosamente excitantes, admitió ella de nuevo con disgusto, conforme una primitiva reacción femenina se apoderaba de su cuerpo.
Entreabrió los labios y sintió que él se lanzaba como un depredador hacia la ventaja que le había dado. Él aumentó la presión de su boca y Katrina sintió que un fuego explotaba en su interior conforme la lengua de él jugueteaba fieramente con la suya, exigiéndole complicidad.
Su cuerpo se estremeció como respuesta. Nunca en su vida había imaginado que sería capaz de besar a un hombre con una sensualidad tan íntima, en público y a plena luz del día, y desde luego no a un completo extraño.
Fue vagamente consciente de que el todoterreno se alejaba, pero él seguía cubriendo su boca con la suya.
Entonces, tan bruscamente que casi la hizo tambalearse, él la soltó. La ayudó a recuperar el equilibrio con una mano, sin ninguna emoción, y desapareció entre la multitud, dejándola abrumada y, lo que era más inquietante, sintiéndose como si la hubiera abandonado.
–Alteza...
Profundas reverencias marcaban su rápido camino a través del palacio real mientras él se dirigía a encontrarse con su medio hermano.
Los guardias armados que custodiaban las suntuosas puertas de la sala de audiencias las abrieron, hicieron una reverencia y salieron.
Xander estaba por fin en presencia de su medio hermano, e hizo una profunda reverencia mientras las puertas se cerraban tras él. Puede que tuvieran el mismo padre, y que su hermano mayor tuviera debilidad por él, pero el hombre que tenía delante era el soberano de Zurán, y al menos en público le debía un respeto por eso.
Inmediatamente, el soberano se puso en pie y ordenó a Xander que se levantara y que le diera un abrazo.
–Me alegro de que hayas regresado. He oído comentarios excelentes sobre ti de los otros líderes mundiales, hermano, y de nuestras embajadas de Estados Unidos y Europa.
–Eres demasiado amable, Alteza. Todas esas alabanzas deberían ser para ti por haberme concedido el honor de ocuparme de que nuestras embajadas tengan el personal necesario para promover vuestros planes de instaurar la democracia.
Sin necesidad de dar ninguna orden, se abrió una puerta y apareció un criado, seguido por otros dos que traían un delicioso café recién hecho.
Los dos hombres esperaron hasta que la pequeña ceremonia hubo terminado.
En cuanto estuvieron solos, el soberano se acercó a Xander.
–Ven, demos un paseo por el jardín –le dijo–. Allí podremos hablar con más comodidad.
Junto a la sala de audiencias, y disimulado tras pesadas cortinas, había un patio con un jardín lleno de vida gracias al sonido de sus numerosas fuentes.
Ni una mota de polvo estropeaba la perfección de los caminos, de suelo de mosaico, mientras los dos hombres caminaban uno al lado del otro, vestidos con sus prístinas túnicas.
–Es como sospechábamos –le anunció Xander en voz baja, mientras se detenían delante de uno de los múltiples estanques.
Se agachó sobre un cuenco con comida para peces, agarró un puñado y lo lanzó al agua.
–Nazir está conspirando contra ti –añadió.
–¿Tienes pruebas claras de eso? –preguntó el soberano con dureza.
Xander negó con la cabeza.
–Aún no. Como sabes, he logrado infiltrarme en la banda de ladrones y renegados liderada por El Khalid.
–Ese traidor... Debería haberlo dejado en prisión en lugar se haber sido tan benévolo con él –comentó el soberano, resoplando.
–El Khalid no te ha perdonado que le arrebataras sus tierras y sus bienes cuando descubriste sus actividades fraudulentas. Sospecho que Nazir le ha prometido que, si logra derrocarte, él le devolverá sus cosas y su posición. También sospecho que Nazir pretende que sea El Khalid quien parezca que está contra ti. Claro, él no puede permitirse verse envuelto de ninguna forma en tu asesinato –dijo, y frunció el ceño–. Debes estar alerta...
–Estoy bien protegido, no temas. Además, como tú bien dices, Nazir me odia tanto desde que éramos niños, que no se atreverá a atacarme abiertamente.
–Es una pena que no puedas deportarlo.
El Soberano rió.
–No, no podemos hacer nada sin pruebas fehacientes, hermano. Ahora somos una democracia, gracias en parte a tu madre, y debemos actuar según las leyes de esta tierra.
La referencia a su madre hizo que Xander frunciera ligeramente el ceño. Su madre había sido contratada hacía muchos años como institutriz del hijo del soberano. Era una pensadora liberal y apasionada, y había transmitido sus ideas a su joven alumno, el soberano actual, mientras al mismo tiempo se enamoraba de su padre, un amor que él había correspondido.
Xander era el resultado de ese amor, pero no había llegado a conocer a su madre. Ella había muerto de malaria al mes de nacer él, pero antes le había hecho prometer a su padre que respetaría la herencia cultural de ella a la hora de educar a su hijo.
Como resultado de aquella promesa en el lecho de muerte, Xander había sido educado en Europa y Estados Unidos, antes de ser nombrado embajador itinerante de Zurán.
–Eres tú quien se enfrenta al mayor peligro, Xander –le advirtió el soberano–. Y, como hermano tuyo y como tu soberano, no me hace feliz que te sometas a ese riesgo.
Xander se encogió de hombros quitándole importancia.
–Ambos estamos de acuerdo en que no podemos confiar en nadie más y, además, el peligro no es tan grande. El Khalid me ha aceptado en mi rol como tuareg sin tribu, condenado al ostracismo por mi gente por mis actividades criminales. Ya le he demostrado mi valía: la semana pasada asaltamos una caravana de comerciantes y les aliviamos de su carga...
El soberano frunció el ceño.
–¿Quiénes eran? Me encargaré de que sean indemnizados... aunque nadie ha presentado ninguna queja de un ataque similar.
–Ni lo harán, sospecho –contestó Xander secamente–. Por un lado, el asalto se produjo justo en la zona deshabitada junto a la frontera de Zurán, que es donde El Khalid tiene su base; y por otro, la mercancía que les sustrajimos era dinero falsificado.
–¡Entonces entiendo por qué no han presentado ninguna queja! –exclamó el soberano
–Aunque se rumorea que El Khalid está relacionado con alguna persona importante, aún no he visto a Nazir ni a ninguno de sus hombres ponerse en contacto con él. De todas formas si, como sospecho, Nazir tiene planeado asesinarte durante alguna de tus apariciones públicas en nuestro día de fiesta nacional, tendrá que ver a El Khalid en breve. Casualmente, El Khalid nos ha hecho saber que va a reunirse con alguien importante y que todos debemos estar presentes, pero aún no ha dicho ni cuándo ni dónde va a ser.
–¿Y tú crees que Nazir estará en esa reunión?
–Seguramente. Querrá asegurarse de que los hombres elegidos para acompañar a El Khalid en su misión para asesinarte sean de confianza. Nazir no querrá arriesgarse a emplear a sus propios hombres, así que creo que estará allí. Y yo también estaré.
El soberano frunció el ceño.
–¿No te preocupa que Nazir pueda reconocerte?
–¿Vestido como un tuareg? –cuestionó Xander, negando con la cabeza–. Lo dudo. Al fin y al cabo, tienen por costumbre ir con el rostro cubierto.
El soberano seguía preocupado.
–Entonces, Alteza, ¿os agradan los progresos del nuevo complejo hotelero? He escuchado grandes alabanzas sobre los servicios turísticos de nuestro país mientras visitaba nuestras embajadas –comentó Xander suavemente, lanzándole una mirada de advertencia a su medio hermano al advertir que alguien se acercaba a ellos.
Los arbustos se abrieron para dejar paso a la figura pequeña pero fornida del hombre del que habían estado hablando, y que se acercaba a ellos con los dedos llenos de anillos ostentosos. Fijó su mirada venenosa en Xander y luego en el soberano. Ignorando completamente al primero, hizo una reverencia muy rígida ante el segundo.
–Nazir, ¿qué te trae por aquí? –saludó éste fríamente–. No es frecuente que abandones tus labores como Ministro del Interior para hacer visitas sociales.
–¡Estoy muy ocupado, es cierto! –respondió Nazir dándose importancia.
–He oído que hace un rato ha habido problemas en el zoco –murmuró Xander.
Nazir lo fulminó con una mirada de sospecha.
–No ha sido nada... Un ladronzuelo estaba provocando algún desorden, eso es todo.
–¿Un ladronzuelo? ¡Pero si tú mismo estabas allí!
–Estaba en la zona por casualidad. Además, ¿qué derecho tienes a decirme cómo desarrollar mi trabajo?
–Ninguno, aparte del de un ciudadano que se preocupa por su país –contestó Xander sin emoción.
Nazir apretó los labios y le dio la espalda deliberadamente, mientras se dirigía al jeque.
–Entiendo, Alteza, que habéis ignorado mi consejo y que habéis elegido prescindir de la escolta que os ofrecía mi guardia personal para asegurar vuestra seguridad en las celebraciones del día nacional.
–Os agradezco vuestra preocupación, primo, pero debemos recordar en todo momento nuestro deber hacia el pueblo. Nuestros invitados de otras naciones, sobre todo de aquéllas que esperamos que nos apoyen para el desarrollo de nuestro turismo, dudarán de la estabilidad de nuestro país si creen que un soberano no puede pasearse entre su gente sin una cohorte de guardias armados.
Se creó un silencio lleno de tensión que Xander rompió con sus palabras.
–Y además, uno siempre debe preguntarse quién protege a los que protegen...
Por el rostro de Nazir cruzó una expresión de odio asesino.
–Si estáis sugiriendo... –comenzó ferozmente.
–No estoy sugiriendo nada –le cortó Xander fríamente–. Sólo estoy exponiendo los hechos.
–¿Los hechos?
–Ha quedado probado que la presencia de personal fuertemente armado puede dar lugar a pequeños incidentes que se descontrolen completamente.
–Estoy seguro de que ninguno de nosotros quiere tener que explicarle al embajador de otro país que uno de sus ciudadanos ha muerto bajo los disparos de un guardia demasiado entusiasta y mal entrenado.
–Seguiremos hablando de esto en privado, primo –dijo Nazir, ignorando deliberadamente a Xander, y a continuación hizo una reverencia y se marchó.
El jeque frunció el ceño mientras intercambiaba una mirada con su medio hermano.
–Nuestro primo olvida lo que te debemos a ti, Xander –dijo enfadado.
Xander se encogió de hombros, restándole importancia.
–Él nunca ha ocultado el hecho de que yo no le gusto, ni mi madre tampoco.
–¿Y tu padre? ¡Nuestro padre fue el mejor soberano que ha tenido nunca este país! ¡Nazir haría bien en no olvidarlo! Desde que eras pequeño, él se ha portado mal contigo, pero ni yo ni mi padre lo sabíamos.
–Aprendí a vivir con ella y con él.
–Tanto él como su padre odiaban a tu madre. Les molestaba la influencia que tenía sobre mi padre. Y luego, cuando él la convirtió en su esposa...
–Puede que a mí me aborrezca, pero es a ti a quien quiere derrocar –apuntó Xander secamente–. Tengo que regresar al desierto antes de que mi ausencia levante sospechas. Me preocupaba que Nazir sospechara de mí después de que sus hombres pusieran patas arriba el zoco buscándome, pero he sabido que ¡era a otro tuareg a quien buscaban!
–La versión oficial es que sólo has regresado a Zurán por un breve tiempo y que abandonas el país nuevamente esta noche para disfrutar de un merecido descanso. Es una pena que no tengas tiempo para comprobar tus empresas. Tus yeguas han tenido un montón de hermosos potros, y la primera fase de construcción del puerto deportivo ya se ha completado.
Xander sonrió y sus dientes blancos refulgieron junto a su piel color miel.
El soberano era conocido en el mundo entero por su relación con las carreras de caballos.
Mientras paseaban de regreso al palacio, el Soberano se giró hacia Xander.
–No estoy seguro de si debería permitirte hacer esto, ¿sabes? –le dijo muy serio–. Te aprecio mucho, hermano pequeño, más de lo que crees. Tu madre fue lo más cercano a una madre que yo tuve. Ella abrió mi mente al conocimiento. Fue su influencia sobre mi padre lo que le hizo a él plantearse el futuro a largo plazo de nuestro país, y cuando ella murió creo que él mismo perdió las ganas de vivir. Los he perdido a los dos, hermano. No quiero perderte a ti también.
–Ni yo a ti –le contestó Xander, mientras se abrazaban.
–¡Hola, preciosa! ¿Te apetece salir conmigo esta noche? He oído que Su Alteza va a ofrecer una lujosa recepción para celebrar el comienzo de la temporada de carreras, y luego podíamos ir a un bar.
Katrina sonrió ante la alegre invitación del fotógrafo del grupo. Tom Hudson era un ligón incorregible, pero se hacía querer.
Ella comenzó a negar con la cabeza, pero antes de que pudiera decir nada, Richard habló secamente.
–Estamos aquí para trabajar, no para socializarnos, y harías bien en no olvidarlo, Hudson. Además, tenemos que levantarnos muy temprano mañana –le recordó.
Se creó un silencio incómodo, y Tom le dedicó una mueca a Richard a sus espaldas.
Aunque estaba muy cualificado, Richard no era popular en su grupo, y Katrina era quien más sufría su presencia.
–Es un hombre muy desagradable –comentó Beverly Thomas, la otra mujer del grupo, mientras se sentaba en la cama de Katrina.
El equipo habitaba un lujoso chalet privado construido según el estilo tradicional: con las habitaciones de las mujeres separadas de las de los hombres. Al principio, a Katrina le había desconcertado que ella y Bev tuvieran que quedarse en su habitación por la noche. Pero desde que Richard se le había insinuado varias veces, estaba profundamente agradecida de tener que seguir las costumbres del país.
–No puedo evitar sentir lástima por su esposa –confesó Katrina.