Punin y Baburin - Iván Turguénev - E-Book

Punin y Baburin E-Book

Iván Turguenev

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Juan Eduardo Zúñiga señala en el texto de presentación de Punin y Baburin (novela inédita hasta ahora en castellano) que "Turguéniev fue testigo de la lenta ruina de la nobleza rusa, aunque distanciado de ella por poderosas razones. Distanciamiento que le permitió captar los rasgos básicos de los rusos del siglo pasado y, al introducirlos en su literatura, escribir una larga historia que ayuda a conocer los orígenes de la Rusia actual". Esta novela es una de sus obras maestras y es también uno de sus textos más autobiográficos, ya que se basa en su cruel madre y en su abuso de los cinco mil campesinos que poseía. Ella tenía un poder absoluto sobre ellos y, cuando se disgustaba, les infligía severos castigos, incluso flagelándolos hasta la muerte.

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Seitenzahl: 116

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Iván Turguénev

Punin y Baburin

Presentación deJuan Eduardo Zúñiga

ENCUENTRO CON IVÁN TURGUÉNEV

Cuando aún estaban en mis manos los libros infantiles, me llegó casualmente —como ocurre siempre en los acontecimientos decisivos— una novela de Iván Turguénev cuya lectura me extrañó y me sedujo. Desde aquel día su nombre estuvo en mi conciencia, acaso colaborando a formar, con otros factores, un carácter y una sensibilidad ante los hechos de la realidad. Fue el primer paso en el conocimiento de su país, una Rusia antigua y remota de la que nadie en mi entorno sabía nada. Conocimiento que logré a través, principalmente, de obras literarias, de magníficas inteligencias creadoras que suscitaron en mí una adhesión afectiva a su cultura, su música, su gente de pasiones extremosas, su paisaje de distancias infinitas, de bosques vírgenes y aldeas silenciosas, su lengua inabarcable de musicales sonidos.

El presente ensayo sobre Iván Serguéievich Turguénev[1] tiene su razón de ser en mi interés por la biografía del escritor que me abrió, en edad muy temprana, el camino del mundo literario. Ha sido entre los escritores rusos, junto a Tolstói y Dostoievski, el mejor acogido en Occidente por la calidad literaria de su obra, que conserva hoy vigentes peculiaridades de la gran novela del siglo pasado, aun con los matices de la idealización romántica. Admirado y respetado, también su presencia física sorprendía:

«La puerta se abrió y apareció un gigante. Un gigante de cabeza plateada, como se diría en un cuento de hadas. Tenía largos cabellos blancos, gruesas cejas blancas, una gran barba blanca, de un blanco plata, brillante, iluminado de reflejos; y en esta blancura, un rostro tranquilo, con rasgos algo fuertes: una verdadera cabeza de río derramando sus ondas o, mejor aún, una cabeza de padre eterno. Su cuerpo era alto, ancho, macizo, sin ser grueso, y este coloso tenía gestos de niño, tímidos y reprimidos. Hablaba con una voz muy dulce, un poco blanda, como si la lengua se moviese difícilmente. Algunas veces dudaba buscando el vocablo preciso en francés para expresar su pensamiento, pero siempre lo encontraba con una sorprendente justeza, y esa ligera vacilación daba a su palabra un encanto particular».

Así era Turguénev, tal como lo describió Guy de Maupassant, y así lo conocieron, hace poco más de un siglo, muchos europeos. De Europa fue huésped casi media vida y su arte tiene mucho de elaboración de la cultura occidental, con la que se identificó. Su extensa obra se corresponde con una vida especialmente compleja que, cuando se descubre, atrae como una experiencia insólita.

La aproximación a Iván Turguénev revela a un escritor magistral por su destreza para analizar los entresijos del alma humana, por sus invenciones verosímiles, por lo problemático de su psicología y por los aspectos reservados de su obra; de ella brota un sutil aliento de dolor íntimo, de frustración y melancolía, que puede modificar el concepto habitual existente acerca de este creador. Turguénev, que muchas veces ha sido considerado el autor más equilibrado de la literatura rusa, modelo de serenidad formalista, de moderación, aparece, a la luz de ciertas indagaciones biográficas, bajo el peso atormentador de unas Erinas implacables. La imagen convencional de este escritor es la de un literato famoso que viajó sin descanso, siempre en busca de un hogar que únicamente encontraba en el de un matrimonio amigo, a cuya esposa —Paulina García de Viardot— amó en secreto durante cuarenta años; un noble ruso sometido a esta célebre cantante de origen español, alejado de su patria, de la que sin cesar escribe, liberal partidario de reformas y, a la vez, cronista de las viejas estructuras de su clase, ya en decadencia… Sin embargo, un estudio que confronte y establezca conexiones entre vida afectiva y obra literaria puede revelar aspectos de una personalidad conflictiva, insospechada, que escapó a la fácil identificación porque el autor la enmascaró bajo apariencias circunstanciales.

A penetrar este aspecto caracterológico de la personalidad del escritor ruso tiende el presente ensayo, a establecer una interconexión entre datos biográficos no sistematizados suficientemente. Con este fin se utilizan aquí cartas y fragmentos de la abundante correspondencia de Turguénev en relación con momentos de su vida, así como citas de sus novelas y narraciones fundamentales. Estas conservan un prestigio universal pese a los cambios que ha sufrido en los últimos cien años la expresión literaria. Especialmente ahora, cuando la literatura tiende a no relatar una historia lineal, podría parecer que la técnica y los argumentos de Turguénev están muy distantes del gusto actual. Sin embargo, la edición de sus obras es frecuente y sus títulos más conocidos —Humo, Lluvias de primavera, Padres e hijos— no dejan de figurar en muchos catálogos. Incluso en España, donde apenas tuvieron resonancia las literaturas eslavas, se hacen con regularidad ediciones de sus obras y, lo que es más insólito, adaptaciones de estas en televisión, sistema que parecería el más opuesto a su forma de narrar. Esta aceptación se dio, no obstante la mediocre calidad de las traducciones disponibles, ya en la primera mitad de siglo, como recuerda Antonio Machado al opinar sobre literatura rusa: «Traducida, y mal traducida, ha llegado a nosotros. Sin embargo, decidme los que hayáis leído una obra de Turguénev —Nido de nobles—, o de Tolstói —Resurrección— o de Dostoievski —Crimen y castigo—, si habéis podido olvidar la emoción que esas lecturas produjeron en vuestras almas».

Aún con mayores dimensiones existe este interés por Turguénev en países como Inglaterra, Alemania o Francia, donde hay prestigiosos turguenevistas y es constante la aparición de trabajos que estudian particularidades relacionadas con él o con su obra, sin necesidad de mencionar, por obvio, su país natal, donde Turguénev ha tenido innumerables especialistas, ediciones y millones de ejemplares vendidos. La investigación sobre Turguénev es extensa y minuciosa: ha llegado a reconstruirse con una precisión rigurosa la historia de sus amistades, sus viajes, opiniones y afectos; el proceso de realización de sus obras, la genealogía de las familias materna y paterna; se ha identificado a las personas que le sirvieron para dar cuerpo a sus personajes e incluso conocemos los libros que leía de niño. Su enorme correspondencia, junto con los recuerdos de sus contemporáneos, ha posibilitado establecer los menores detalles de su vida.

A lo largo de esta y de sus cuarenta años de actividad literaria, se advierte el perseverante trabajo que llevó a cabo para recrear su pasado o bien para evidenciarlo tal como fue. Por esta razón, Turguénev es un adelantado en la configuración de la obra literaria con sedimentos muy profundos de la propia existencia, e incluso la parte menos importante de sus escritos está entretejida de matizaciones de este origen que al ser espejo de sí mismo lo eran también de los hombres de su tiempo. Acaso nunca supo que estaba haciendo un verdadero historial clínico de su época y de sus personajes; detalló en las páginas de sus novelas y relatos no solo caracteres cotidianos, aunque pictóricos de interés, sino procesos psíquicos y secuencias obsesivas que ejemplifican un tipo mental generalizado en todas las épocas.

Pero su obra no se limita a esta prospección en el dominio intimista, sino que igualmente vigiló el trasfondo de costumbres, dentro del propósito cívico común a los escritores rusos —desde Pushkin hasta Chéjov— de poner luz en las tinieblas de su tiempo. Turguénev fue testigo de la lenta ruina de la nobleza rusa, aunque distanciado de ella por poderosas razones. Distanciamiento que le permitió captar los rasgos básicos de los rusos del siglo pasado y, al introducirlos en su literatura, escribir una larga historia que ayuda a conocer los orígenes de la Rusia actual.

Juan Eduardo Zúñiga

[1] El texto de presentación «Encuentro con Iván Turguénev» es el primer capítulo del libro de Juan Eduardo Zúñiga Las inciertas pasiones de Iván Turguéniev, Alfaguara: Madrid, 1996. [Nota del editor].

PUNIN Y BABURIN

Relato de Piotr Petróvich B.

… Ahora estoy mayor y enfermo y pienso más que nunca en la muerte, a cada día que pasa más cercana; pocas veces pienso en el pasado, pocas veces fijo en el ayer mi mirada espiritual. Solo a veces —en invierno, sentado inmóvil frente a una chimenea prendida; en verano, mientras recorro con paso tranquilo la alameda en sombra— hago memoria de los años pasados, de sucesos y personas; pero mis pensamientos no suelen detenerse en la época madura de mi vida ni en la juventud. Suelen trasladarme bien a mi más tierna infancia, bien a mi primera adolescencia. Por ejemplo ahora: me veo en la aldea con mi abuela, severa y enojada, tengo apenas doce años y en mi imaginación surgen dos seres…

Pero voy a contarlo en orden y en su contexto.

I. AÑO 1830

El viejo lacayo Filíppych entró, de puntillas como solía, con la corbata atada en forma de roseta, con los labios apretados con fuerza —«para que no se le escapara el aliento»—, con un pequeño mechón canoso al estilo cosaco en el centro de la frente; entró, se inclinó ligeramente y entregó a mi abuela en una bandejita de hierro una carta grande con un sello de armas. La abuela se puso las gafas, leyó la carta…

—¿Está aquí? —preguntó.

—¿Qué desea? —dijo Filíppych tímidamente.

—¡Estúpido! El que ha traído la carta, ¿está aquí?

—Aquí está, sí, aquí… En las oficinas.

La abuela sacudió el rosario de ámbar, que resonó un momento…

—Dile que se presente… Y tú, señorito —se dirigió a mí—, quédate ahí sentado y quieto.

Y yo no me moví de mi rincón, del taburete del que me había apropiado. ¡La abuela me sentaba las costuras!

Al cabo de unos cinco minutos entró en la estancia un hombre de unos treinta y cinco años, de pelo negro, tezado, de cara picada y pómulos anchos, nariz ganchuda y cejas espesas, bajo las cuales miraban con tranquilidad y aflicción unos ojos grises no muy grandes. El color de estos ojos y su expresión no se correspondían con la constitución oriental del resto de la cara. El hombre recién llegado vestía levita de faldones largos, que le daba un aire de solidez. Se paró justo en la puerta e hizo una ligera reverencia, solo con la cabeza.

—¿Tu apellido es Baburin? —preguntó mi abuela y, acto seguido, añadió para sí: «Il a l’air d’un arménien».

—Así es, señora —respondió este con voz sorda y uniforme. Ante esa primera palabra de la abuela, «tu», sus cejas habían temblado ligeramente. ¿Había esperado acaso que no lo tutearía, que le hablaría de usted?

—¿Eres ruso?, ¿ortodoxo?

—Así es, señora.

La abuela se quitó las gafas y envolvió a Baburin con una mirada lenta de pies a cabeza. Este no apartó la vista y se limitó a colocar las manos a la espalda. En realidad, a mí me interesaba más su barba: estaba afeitada con gran lisura, pero ¡en la vida había visto unas mejillas y un mentón tan azules!

—En su carta Yákov Petróvich te recomienda muy bien —empezó mi abuela—, como hombre «sobrio» y trabajador, entonces ¿por qué te has ido de su casa?

—En su hacienda necesita gente con otras cualidades, señora.

—¿Otras… cualidades? Hay algo aquí que no entiendo. —El rosario de la abuela resonó de nuevo—. Yákov Petróvich escribe que padeces de dos rarezas. ¿Qué rarezas son esas?

Baburin se encogió suavemente de hombros.

—No puedo saber a qué le ha complacido llamar rarezas. Quizá sea que yo…, que no permito los castigos corporales.

Mi abuela se sorprendió.

—¿Es que Yákov Petróvich quiso castigarte?

La cara morena de Baburin enrojeció hasta la raíz.

—Creo que no me ha entendido bien, señora. Tengo por norma no utilizar los castigos corporales… con los campesinos.

Mi abuela se sorprendió más que antes, incluso levantó un poco los brazos.

—¡Ah! —profirió al fin y, ladeando un poco la cabeza, volvió a mirar fijamente a Baburin—. ¿Esa es tu norma? Bueno, me da completamente igual, no te voy a enviar con los dependientes, sino a las oficinas, con los escribientes. ¿Cómo es tu letra?

—Escribo bien, señora, sin faltas de ortografía.

—Eso también me da igual. Lo importante es que sea clara, sin todas esas mayúsculas nuevas con rabitos que no me gustan nada. ¿Y cuál es tu otra rareza?

Baburin titubeó, se aclaró la voz…

—Quizá… el señor hacendado se permite hacer referencia a que no estoy solo.

—¿Estás casado?

—No, para nada, señora…, pero…

Mi abuela frunció el ceño.

—Conmigo vive una persona… de sexo masculino…, un camarada, un hombre infeliz del que no me he separado…, a ver, creo que este es el décimo año.

—¿Es familiar tuyo?

—No, señora, no es de mi familia, es un camarada. No va a causar ninguna molestia en la casa —se apresuró a añadir Baburin, como si se anticipara a alguna objeción—. Come de mi comida, se instala conmigo en la misma habitación; más bien puede ser útil, puesto que le enseñaron a leer y a escribir, a hablar sin zalamerías, y su moral es completamente ejemplar.

Mi abuela escuchaba a Baburin moviendo un poco los labios y entornando la vista.

—¿Y tú lo mantienes?

—Así es, señora.

—¿Lo haces por piedad?

—Por justicia…, puesto que es obligación de un pobre ayudar a otro pobre.

—¡Vaya! ¡Es la primera vez que oigo algo así! Hasta ahora había pensado que más bien era una obligación de los ricos.

—Me atrevería a añadir que para los ricos es una ocupación…, pero para nuestro hermano…

—Bueno, ya es suficiente, suficiente, está bien —interrumpió mi abuela y, tras pensar un momento, dijo con tono nasal, algo que siempre era una mala señal—: Y ¿cuántos años tiene tu ese…, tu parásito?

—Como yo, señora.

—¿Como tú? Pensaba que era tu pupilo.

—No, no, señora, es mi camarada, además…

—Basta —interrumpió mi abuela por segunda vez—. Así que eres un filántropo. Yákov Petróvich tiene razón: dada tu condición, es una gran rareza. Y ahora hablemos de nuestros asuntos. Te explicaré cuáles van a ser tus tareas. Y en cuanto a tu salario… Que faites-vous ici? —añadió de pronto mi abuela dirigiendo hacia mí su cara seca y amarillenta—. Allez étudier votre devoir de mythologie.