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Nos aseguran que volver a casa es regresar a nuestro origen, porque se da por sentado que la familia es lo primero. También nos confirman que, con los años, daremos la razón a las personas que nos enseñaron, porque se asume que el aprendizaje es para quien tenga la edad inferior. Quizás a Marc también le repitieron una y otra vez estos clichés que, sin embargo, no siempre se ajustan a la realidad. Vivir a casi 400km del pueblo hace que varias de las normas preestablecidas, que le indicaban lo que estaba bien y lo que estaba mal, encuentren distintos matices. En ¿Qué nos va a pasar?, la distancia hace que cuestionemos ciertas "verdades" aprendidas sobre el hogar, el afecto, el sexo o las drogas, porque salir de la zona de confort, muchas veces, nos hace ver que no lo era tanto. Marc vuelve a casa y todo sigue estando igual que siempre... ¿o no?
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Seitenzahl: 256
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Jorge Bastante
¿Qué nos va a pasar?
© Jorge Bastante
© Kabo&Bero® Ediciones
Ilustraciones y maquetación
Antto Kabo
Corrección
Silvia López Cantero
1ª edición: mayo de 2024
Editado por
Kabo&Bero® Ediciones
www.kaboybero.com
ISBN: 978-84-128078-5-1
Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.cedro.org; 91 702 19 70 / 93 272 04 45).
A todas las personas diazepam de mi vida.
All the nights spent off our facestrying to find these perfect places.What the fuck are perfect places anyway?Lorde, Melodrama (2017)
Venga, Marc. LLama. No seas idiota. Llevas demasiado rato frente a la puerta de casa. Ya es tarde para echarse atrás y, además, vas a empezar a llamar la atención de cualquiera que pase por la calle. Las dudas tendrías que haberlas resuelto antes. La próxima vez te inventas una excusa para quedarte en Madrid, pides cita con un terapeuta y tratas con él lo que sea que te ocurre con esta gente. No te pidieron permiso para traerte aquí, pero tampoco hace falta ser un desagradecido con ellos. Piensa que, al menos, te criaron. Les debes tu presencia, da igual que sea cada vez más esporádica. No te sientas mal por eso. Total, ya se encargarán ellos de recordártelo de la manera más gratuita e imprevisible. Jamás has conseguido que lo pasen por alto, ni siquiera en las contadas ocasiones que viniste a verles con la mejor de tus intenciones. Acepta que te sacan de quicio. El primer paso para superarlo es reconocerlo. Por muy preparado que vengas, sabes que van a acabar desequilibrándote sin ningún esfuerzo. Son tu punto débil. Siempre lo van a ser. Acéptalo y limítate a cumplir con la cláusula del contrato un par de días. Acéptalo y sigue después con tu vida. Acéptalo y llama al timbre. Plantéate esta visita como una performance. No hace falta que mires otra vez el móvil esperando una segunda respuesta que Luis no te va a dar. Venga, Marc. Llama.
Conoces a la perfección cómo se van a desarrollar los acontecimientos en cuanto abran la puerta. Lo hará tu madre porque quién, si no, va a dejar de hacer lo que esté haciendo para atender una tarea ajena. Abrirá y le faltará espacio para celebrar tu llegada. Llamaría al ayuntamiento para que comunicaran la noticia en el bando. Encendería una traca si la tuviese a mano. Tu presencia es pirotecnia fallera para su estado anímico. Así que, a falta de petardos, te bombardeará a besos y preguntas que tú sintetizarás en una única respuesta: «bien». Estás bien, has viajado bien y has comido bien. Todo bien. También llevará sus manos hacia tu barba y la piropeará de una manera un tanto ambigua. Dirá que le gusta, pero seguirá creyendo que estarías mucho más “aseado” sin ella. No importa. Su generación ha sido educada con un recelo hacia el vello corporal propio y ajeno que el tiempo jamás curará. Después se detendrá en tu cabello. Sobre esto no dirá nada. Cree que te molesta perderlo por mucho que le insistas en que a ti te da lo mismo. De hecho, te gustas bastante más que en aquella época en la que te esforzabas en disimular las entradas o te empastillabas con Finasteride. Lo que no tardará en alabar es tu físico, aunque le preocupará que estés más delgado que la última vez que los visitaste. Estar demasiado bien o demasiado mal siempre es un problema para una madre. Para la tuya, a veces, incluso el simple hecho de estar, también lo es. Será su nueva inquietud. Su nueva oportunidad de preocuparse de la manera más absurda por un tiempo limitado.
La escena se reproduce tal como lo has previsto: entusiasmo materno, interrogatorio superficial, chequeo insustancial. Recibes un sobresaliente en vestuario y cara, un aprobado capilar y una ligera preocupación por la amplitud que han cogido tus hombros. Ahora te toca a ti pasar la itv a tu madre. Es ella quien te lo pide casi como un reto. Te detienes unos segundos a contemplarla. Tú sí notas que la edad empieza a pesarle. Su apariencia física no ha sido jamás una de sus preocupaciones. Sus cuidados siempre han sido más funcionales que puramente estéticos. Tampoco ayuda que vaya vestida con unos pantalones de chándal con estampado de leopardo y una camisa rosa chicle. Ella siempre va preparada para ser vista a lo lejos o entre la multitud. Aun así, a pesar del estallido de colores que emana, hay algo en su postura corporal que te hacen pensar que su vitalidad empieza a flaquear. Luce ese tipo de cansancio que ya está más que adquirido. No se lo vas a decir por mucho que ella insista en saber cómo la ves. Al final decides tirar por lo agradable: bien, como siempre. Con eso le basta y le sobra para ser feliz.
Terminado el ritual de bienvenida, la dueña del cortijo por fin te permite pasar al interior. La atemporalidad que se encierra entre estas paredes te sigue agobiando. No entiendes cómo es posible que el recibidor mantenga su olor y su decoración exactamente igual que cuando vivías aquí. Ese abrigo de plumas y ese paraguas de tonos ocres no desaparecen del perchero ni cuando el calor de julio obliga a bajar las persianas de toda la casa hasta casi las ocho de la tarde. El pato de cerámica reconvertido en cuenco para dejar las llaves podría exponerse en un museo arqueológico. El jarrón que Andreu y tú reparasteis con las colas y los pegamentos del taller de vuestro padre, tras hacerlo añicos cuando erais pequeños, sigue expuesto en el aparador como una reliquia hallada en las profundidades de la costa mediterránea. Y luego están los retratos: el de tus abuelos maternos, el de los dos hermanos abrazando a Banjo cuando todavía era un cachorro y el de la familia al completo. Tu mirada se detiene involuntariamente en esta última foto. No entiendes por qué sigue estando ahí. Hace tanto tiempo que esas cuatro personas habían dejado de estar tan unidas y felices que dudas si alguna vez lo estuvieron o si simplemente es una de esas trampas psicológicas con las que romantizar el pasado. Supones que los que todavía viven en esta casa la protegen como un recuerdo al que regresar cuando la convivencia se complica, pero a tus ojos es una auténtica provocación. El masoquismo autoimpuesto. La culpa y la penitencia con las que debes pasar el resto de tus días. La vida entendida como un campo lleno de ortigas.
Las malas vibras desaparecen en cuanto una presencia robusta y peluda se percata de que has llegado y corre en tu búsqueda. Aquí llega Banjo, salvaje e indomable en todas sus dimensiones. No hay manera de controlar su euforia al verte. Sus ocho años y algún que otro problema con las articulaciones traseras no impiden a este labrador de color chocolate rojizo, de casi 35 kilos, abalanzarse sobre ti con una fuerza que años atrás habría logrado tumbarte en el suelo. Ahora, directamente, te dejas caer mientras te llena la cara de babas. Es vuestro ritual particular, la manera en la que os dejáis claro el uno al otro que os seguís queriendo y echando de menos sin pediros explicaciones acerca del tiempo que pasáis separados. No hay nadie que consiga aliviarte de una manera tan directa y efectiva como lo hace él. Los perros son anestesia, antídoto y antiinflamatorio. Son la recompensa que te encuentras por la calle al madrugar para coger el metro o la bendición al volver a casa tras una jornada agotadora en la oficina. Es cruzar miradas con ellos y... ¡pum! Felicidad instantánea. Ojalá pudieras llevarte a Banjo a Madrid y disipar esa capa de apatía que está cubriendo tu vida estos últimos meses.
Con el jaleo que estáis armando el perro, la madre y el hijo es obvio que alguien más entre en escena para pedir un poco de orden. Lo hace soltando un grito desde la planta de arriba. Reclama un poco de comprensión. Tiene examen mañana y parece que a nadie le interese lo más mínimo que apruebe. Dice que es imposible concentrarse en esta casa porque nadie parece saber moverse por ella sin montar un escándalo. Tú también conoces esa sensación. Al igual que Andreu, bastaba con decirles a tus padres que tenías que estudiar para que sus cuerpos empezaran a ser más pesados, torpes y ruidosos. Veían la tele con el volumen más alto, discutían con más fervor o simplemente les urgía la necesidad de pasearse de habitación en habitación arrastrando muebles o abriendo cajones tarareando canciones que jamás habían existido. Tú tuviste que irte de allí en cuanto empezaste la universidad. Lo más seguro es que tu hermano pequeño haga lo mismo en cuanto termine el bachillerato. Qué triste debe resultar para tus padres ver cómo sus hijos se van de casa, y qué desmoralizador reconocer que lo hacen, porque quedarse ahí es incompatible con tener una mínima estabilidad mental.
Tras un primer contacto a distancia, y un poco agresivo, Andreu baja a recibirte con más ganas en cuanto se da cuenta de que has sido tú el causante de la gresca. A él si le notas un cambio favorable. Cada vez que vienes lo ves más alto y más guapo. Le han crecido unos tirabuzones cuidadosamente desordenados en la frente. Ha intentado dejarse también un poco de barba, aunque no parece que vaya a tener tu suerte con el vello facial. No os parecéis mucho, a pesar de que tus amigos de Madrid insisten en que tenéis la nariz y la mirada idénticas. En cuanto a su personalidad, tampoco existen parámetros reconocibles con los que compararos. Los diez años que os lleváis han sido hasta ahora una brecha abismal entre vosotros. Tú siempre has sido más comedido, intuitivo y emocional. ¿Pero él? ¿Cómo es él? Ni siquiera tenía un carácter definido cuando te marchaste de casa. Sabes tan poco de tu hermano como de aquellos estudiantes franceses que tu abuela acogía cada verano en su casa. Siendo justos, intimaste más con Jerome en un mes que con Andreu durante años. Confías en que llegará un momento en el que empezaréis a recortar distancias, pero hasta ahora los abrazos que os dais reflejan más cordialidad que incondicionalidad.
–¿Qué pasa? ¿Muy agobiado con los exámenes? –le preguntas.
–Tengo uno de Dibujo Técnico mañana con “la Isométrica”.
–Bah, te irá bien. En el fondo, Marisa es una tía guay. Lo que pasa es que le gusta hacer que su asignatura parezca difícil. Verás como luego no es para tanto.
Lo cierto es que aquella mujer no tenía nada de guay. Era una auténtica sociópata que disfrutaba suspendiendo a adolescentes para pagar su frustración como artista. La única gracia que tenían sus clases de mierda era la voz de Amy Winehouse sonando a través del radiocasete mientras hacíais fichas o ejercicios en grupo. Aun recuerdas cómo la elogiaba cada vez que terminaba de sonar Tears Dry On Their Own al tiempo que se comparaba con ella. Qué oportuna puede llegar a ser la ignorancia. A pesar de todo, lograste entenderte con ella y quizás por eso, vuestra relación profesora-alumno, ha adquirido ahora un recuerdo más gratificante… Pero la odiabas. Quizás fue la culpable de que perdieses el interés por la arquitectura incluso antes de empezar la carrera. Ya te pasó también con el profesor de flauta en el conservatorio. Basta con encontrarse a alguien desencantado con el futuro al que aspiras, para que tú lo acabes estando también.
–¿Por qué no ayudas a tu hermano? –tu madre, siempre bienintencionada pero muy pocas veces oportuna, lanza la primera piedra contra tu escudo.
–Creo que la única forma en la que puedo…, ¡bueno!, que podemos ayudarlo ahora es intentando armar el menor jaleo posible en casa –dices evitando poner en evidencia tus nulos recuerdos sobre la materia y ahorrándote un primer acercamiento poco lucrativo con tu hermano.
–Gracias, Marc.
Otro abrazo, un minipunto de complicidad fraternal y vuelta a la habitación, no sin el previo recordatorio por parte de tu madre de que la cena estará lista en muy poco tiempo.
Para encontrar al último inquilino de la casa tienes que ir hasta el salón. Allí lo tienes. El padre. El cabeza de familia. El tótem. El Tribunal de Cuentas. La Santa Inquisición. Sentado en el sofá con el canal de noticias 24 horas puesto, se sorprende al desviar la mirada y verte en el umbral, como si no se hubiese percatado de lo que estaba pasando a su alrededor en los últimos cinco minutos. Quizás no se ha dado cuenta de verdad. Con él nunca se sabe. Debe tener un mundo interior bastante amplio o un poder de abstracción descomunal. No crees que puedas averiguarlo nunca. Tienes un padre hermético y estoico. Un padre que se levanta para saludar a su hijo mayor con una alegría dudosa. No parece que lleve casi tres meses sin verte, pero tampoco vas a ser tú quien le reproche a nadie las pocas ganas de vivir esta situación.
–Hola, campeón. ¿Todo bien?
–Todo bien, papá.
Al contrario que tu madre, tu padre prefiere no ahondar demasiado en detalles. Sospechas por qué no lo hace, pero prefieres no confirmarlo. Nunca se ha entrometido demasiado en tu vida. Ni en la tuya, ni en la de nadie. Él siempre tiene una opinión férrea sobre todo pero jamás llegará a censurar o prohibir nada. Otra cosa muy distinta es lo que tú decidas hacer tras escucharlo. Solo interviene con más ganas si la economía adquiere un papel importante en el asunto a tratar. De no ser así, todo irá bien. El trabajo, bien. La salud, bien. Los precios de los alquileres, bien. Los amigos, bien. La sequía en Andalucía, bien. La frecuencia del transporte público, bien. La pesca excesiva de atún, bien. El auge de la ultra derecha, bien. El creciente desencanto de toda una generación, bien. Todo bien. Bienvenido a la casa donde todo aparenta estar bien hasta que se revela lo contrario.
El grito de tu madre suena por megafonía con puntualidad inglesa e ímpetu mediterráneo. La única regla inquebrantable en esta casa es la hora a la que se sirve la comida. Se come a las 14:00 y se cena a las 21:30. No hay prórrogas ni concesiones. Si quieres comer antes, te aguantas. Si llegas tarde, te lo pierdes. Hoy, ni siquiera te ha dado tiempo a deshacer la maleta. Al menos, has podido tumbarte un rato en la cama y escribirle un mensaje a Luis: «Ya estoy en casita». Diminutivo cuqui, conciliador y cutre. No va a surtir mucho efecto aunque, al menos, que por ti no quede. Dejas el móvil en la mesita de noche y te quedas embobado mirando el póster de Uma Thurman con el mono amarillo y la katana. No tienes nada de hambre. Normalmente sueles cenar pasadas las 22:00, pero tampoco es plan de dinamitar las dinámicas familiares cuando ni siquiera llevas media hora aquí. Baja, haz un esfuerzo y luego ya desapareces hasta mañana. Puedes jugar la carta de que es jueves y la semana te tiene agotado. O espérate a ver cómo se desarrolla el evento antes de recurrir a ella. Guárdala por si luego la necesitas. Sé buen hijo. Aparéntalo. Hazlo por Uma.
El menú está hecho a gusto de cada comensal. Para tu padre, un bocadillo de tortilla. Para tu madre, un yogur y una manzana a los que se añadirán varios postres adicionales a lo largo de la noche. Para Andreu y para ti, filetes de ternera con revuelto de verduras. Una cena modesta y algo desaborida, muy poco acorde al festín que debería suponer tener un hijo más en casa. Atrás han quedado los años en los que, cada vez que los visitabas, la mesa se convertía en una feria gastronómica. Las cosas han cambiado mucho desde la irrupción de la thermomix y su posterior desaparición tras una discusión sobre el gasto de electricidad que suponía usarla constantemente. Desde entonces tu madre ya no se esfuerza tanto en cocinar. No te cuesta mucho entender por qué. Tampoco era su mejor habilidad, pero está claro que la mujer no va a invertir tiempo ni ganas en algo que muy pocas veces se le reconoce. Probablemente hasta Banjo mostraba más agradecimiento, al ver el pienso en su cuenco, que los otros convivientes por tener cada día un plato de su agrado en la mesa. No deben ser conscientes del esfuerzo sobrenatural que, a veces, supone ponerse a cocinar por la noche, después de estar todo el día arriba y abajo con otras tareas.
La velada empieza algo tensa. Andreu come sin levantar la mirada del plato y tus padres apenas apartan las suyas del televisor. Un conflicto reciente pulula en el ambiente. Sientes un poco de curiosidad por saber qué está pasando a pesar de que no piensas esforzarte lo más mínimo en sacarlo a la luz. Al contrario: ojalá puedas sortearlo durante todo el finde. ¿Te imaginas regresar a Madrid descansado y en paz? Sabes que no vas a tener esa suerte. No te hagas ilusiones, Marc. Esto no es una sitcom familiar americana de los noventa donde todo se resuelve con los chistes de un primo o una niñera. Esta familia es más HBO. La experiencia te hace saber que el drama forma parte del menú de esta noche y se pondrá sobre la mesa antes de que estos platos se vacíen.
–¡Qué bien vernos a todos juntos! –dice tu madre, que parece ser la única que se ha sazonado con un poco de alegría para la ocasión–. Es como si el tiempo no hubiese pasado.
–Sí –admites sin convencimiento.
Andreu se limita a sonreír. Tu padre ni siquiera se inmuta. Has visto oficinas de la Agencia Tributaria más estimulantes que este salón.
–¿Qué tal por la oficina? –como todavía siente cierta incomodidad a gestionar tu vida privada, tu madre opta por intentar crear conversación adentrándose en terrenos que bajo su punto de vista resultan menos hostiles.
–Pues como siempre, mamá. Es imposible tener una jornada tranquila. Y encima pierdo muchísimo tiempo resolviendo problemas que no tienen nada que ver con mis responsabilidades. Trabajaría mucho mejor si el departamento tuviese algún tipo de organización coherente, pero me da que eso en mi empresa es inviable –respondes echando por tierra la promesa de no dedicarle tiempo y energía a tu trabajo fuera de la jornada laboral.
–Me tienes que repetir en qué trabajas, cariño. Mis amigas siempre me lo preguntan. Yo les digo que eres secretario.
–Secretario no, mamá. Soy gestor administrativo.
–Pues eso. Algo así.
–No es lo mismo.
–¿Cómo has dicho que es?
–Gestor administrativo.
–Vale. Repítemelo mañana por la mañana y me lo apunto. Así ya no se me olvidará.
–Tampoco hace falta que entres en detalles con tus amigas. La gente a veces quiere saber demasiado.
Relax, Marc. Sabes que el punto fuerte de tu madre no es su memoria. Te preocupa que, a su edad, le cueste tanto retener cierta información, aunque de momento prefieres creer que se debe a una falta de atención más que a problemas cognitivos más serios. El concepto “gestoría” todavía se le escapa, pero al menos has conseguido que aprenda a desenvolverse bastante bien con la tablet y con el chromecast. Prefieres imaginártela como un ordenador que se resetea automáticamente a una fecha anterior para reparar fallos. Tarde o temprano el sistema fallará de verdad, pero no es momento de alarmarse. Tampoco lo es para cabrearse. Sé buen hijo. No defraudes a Uma.
–Tú ya sabes que, cuando te canses de eso, aquí no te va a faltar de nada.
Tu padre por fin se anima a entrar en la conversación. Lo hace lanzando otra piedra contra tu escudo. Ya van dos. Y esta es de tamaño considerable. Quieres creer que no lo hace a propósito. Quieres convencerte de que él lo ve como si te estuviese tendiendo una mano. Te gustaría verlo como una muestra de apoyo incondicional, pero no puedes evitar sentirlo como todo lo contrario. Llevas seis años viviendo en Madrid y todavía parece que él lo ve como un juego. No hay más que ver la expresión con la que se refiere a tu vida laboral: “eso”. No te toma en serio. No respeta tus decisiones. En vez de considerarlo una elección adulta, para él vas a ser siempre un niñato caprichoso que, por salirse con la suya, ha escogido el camino más difícil. Un camino que a sus ojos ni siquiera es el que te corresponde.
–Claro. ¿Y qué hago aquí? –preguntas esperando que su clarividencia te convenza.
–Estudiar sin preocuparte de pagar alquileres, comida, transporte...
–¿Vas a retomar las oposiciones? –a tu madre se le ilumina la cara solo de pensar en esa suposición surgida de algún rincón inescrutable de su mente.
Cuidado. Alerta torrencial. Empiezan a unirse demasiadas opiniones borrascosas a tu alrededor.
–No –te apresuras a responder–. ¿Qué tal por aquí? ¿Qué os contáis vosotros?
–¿Por aquí? –captan la indirecta. Tu padre vuelve a enfocar su mirada hacia el televisor. Estas preguntas le corresponde responderlas a tu madre.
–Pues mucha faena y mucho trajín –concreta ella, encantada de acaparar la conversación.
–Yo me encargo de la faena y ella del trajín –puntualiza él, masticando el trozo de bocadillo con una sonoridad desagradable.
–Tu padre cree que la casa se limpia sola y que la comida la traen servida.
–No. Eso lo hacía la thermomix.
–Y dale con la thermomix. ¡Qué tirria le tiene! ¡Si nos la regaló tu hermano!
–Sí, pero mi hermano no nos paga la luz.
–Tampoco puedo darle mucho uso preparando ensaladas y bocadillos todos los días.
–Tú ahorras energía y yo dinero. ¿Lo ves? Problema resuelto.
¿Que «qué tal por aquí»? A juzgar por esta pequeña muestra, como siempre. El eterno juego del gato y del ratón. Reproches y provocaciones mutuas sin ningún tipo de sentido. La misma discusión de siempre pero motivada por una chorrada distinta. Hace dos veranos fue el aire acondicionado. El invierno pasado, el termo de la ducha. Ahora, la thermomix. Lo que más te sorprende de este habitual cruce de acusaciones es que esta vez lo hacen en tercera persona. Te están usando como interlocutor mudo, aunque no parece que estén pasando por otra de sus etapas del silencio. Simplemente se atacan pasivamente. El típico preliminar que puede llevar a ningún lugar o a un duelo de titanes. Tú, en la medida de lo posible, deberías intentar evitarlo reconduciendo la conversación. Bastante tienes con venir a verlos como para encima empujarlos a la confrontación. Decides intentarlo con tu padre. Si consigues guiar sus intervenciones es probable que el recorrido de la conversación sea menos peligroso.
–¿Sigues yendo a correr, papá?
–Menos de lo que me gustaría. No tengo mucho tiempo. Aunque ahora que ya empieza a hacer mejor tiempo por las noches salgo a caminar un rato con Banjo.
–Yo quiero apuntarme a pasear con ellos, pero no me deja.
La intromisión materna es innecesaria pero esperable. Conoces bien a tu madre. Su afán de protagonismo es tan involuntario como inevitable. No puede hacerse el ánimo de quedarse en un segundo plano.
–Tú por las noches ya tienes suficiente con entrenar el sofá y la tablet.
–Y bien que disfruto así.
Error de calibrado. Este camino tiene baches. Rápido, cambia el rumbo de la ruta. Prueba a ver qué tal funciona con tu madre.
–¿Qué serie estás viendo ahora, mamá?
–Una de abogadas. Me encanta. No veas la de trampas que se inventan para ganar los casos. Lo que no recuerdo ahora es el nombre. Deberías verla. Sale una chica bastante famosa, otra más joven que me suena de haberla visto en algún lado y una “negrita”.
–Una negra –puntualizas.
–Eso –dice ella, ajena a faltarle el respeto a toda una comunidad mientras pela una manzana.
–¿Y sigues yendo a yoga?
–Claro. Y al club de lectura. Me he apuntado hasta a tumba.
–¿A qué?
–Tumba. O zumba. Bailes latinos de esos.
–Le ha dado por querer ser Shakira, a la vejez –ahora es tu padre quien se entromete.
Empiezas a intuir que hay ganas de marcha y va a ser muy difícil apagarles la música. Puestos a no poder evitarlo, esperas que la canción al menos sea un temazo.
–Así te “perreo” –continúa tu madre–. ¿Lo he dicho bien, Andreu? Eso es lo que hacéis los jóvenes ahora. Aunque a mí más que bailar me parece que están f...
–¿Podéis parar ya? –el miembro más joven de la mesa hace sus primeras declaraciones. Interviene irritado pero sin apartar la vista del filete.
–Tu hermano se pone nervioso cuando nos escucha decir estas cosas.
–No querrás que me parezca normal –confirma Andreu.
Tras haber estado un buen rato tirándose los trastos mutuamente, tus padres estallan ahora en carcajadas. Intentas buscar alguna lógica al itinerario de la conversación aunque sabes que no la hay. No pierdas el tiempo intentando comprenderles. Ni lo has conseguido hasta ahora ni lo vas a conseguir nunca. Déjalos que sigan con sus dinámicas y cambia el foco hacia tu hermano. Está más introvertido que de costumbre. Mastica con rabia. ¿Tan agobiado está con el examen de Dibujo Técnico? ¿Sigue Marisa poniendo a sus alumnos tan al límite?
–¿Cuándo terminas los exámenes? –le preguntas esperando que contigo sus respuestas suenen más neutras.
–La semana que viene tengo los dos últimos.
–Qué fuerte, Andreu. En nada empiezas la uni.
–¡Bueno!, espérate a que apruebe todas las asignaturas. Y la EBAU.
–Pues claro que lo harás. Eso es una chorrada.
Joder, Marc. Qué tacto el tuyo. ¿Cómo te has atrevido a decirle eso? Será una chorrada para ti, que tienes casi treinta años y has pasado por cosas bastante más complicadas que unas pruebas académicas que, a la larga, han terminado sirviendo para poco. Tu perspectiva como adulto está demasiado alejada de la suya. Deberías saber que cualquier chaval de su edad lo siente como una prueba decisiva. O la supera, o no vale. Recuerda la tarde que pasaste al salir del examen de Matemáticas. No había horchata suficiente en el mundo para levantarte el ánimo. ¿Por qué le sueltas tú ahora esta sobrada sin ni siquiera saber cómo le van los estudios? ¿Cómo tienes la cara de decirle eso cuando tú sientes el peso de la vida sobre tu espalda ante la idea de hacer la compra, recoger la ropa tendida o cortar champiñones, calabacines y zanahorias para la crema de verduras que quieres cocinar al salir del curro? Haz el favor de no ser tan boomer.No es esta la mejor forma de acercarte a él, y mucho menos si lo que pretendes es motivarlo. Arréglalo, anda. Dale una vuelta al discurso. Háblale como si hablaras con uno de tus compañeros de departamento. Seguro que tu hermano tiene más inteligencia que ellos.
–Piensa en los meses de vacaciones y despreocupaciones que vas a tener luego. Y encima con la playa al lado. Los vas a gozar.
–Lo dudo –contesta cortante, aniquilando cualquier posibilidad de transmitirle ilusión.
–¿Y eso?
–Voy a buscar curro.
Vale. Esto no lo veías venir. Ten mucho cuidado con lo que vayas a decir a partir de ahora. No vuelvas a utilizar ese tipo de palabras que emplearían tus padres cuando creen que deben animaros.
–Tu hermano quiere irse a vivir a Valencia y tu padre no le deja –explica tu madre, incapaz de quedarse al margen.
–Tú te inventas lo que te da la gana y te quedas tan tran-quila –tu padre deja los cubiertos sobre la mesa y hasta casi escupe el trozo de tortilla sobre el plato. Se vienen cositas–. Yo dije que primero habría que ver en qué universidad estudia y que luego ya hablaríamos del piso.
–¿Y si me cogen en una que esté cerca no puedo quedarme allí? –lo que le pide tu hermano no tiene mucho sentido, pero por su tono intuyes que esto ya se había hablado antes y no le quedan demasiados argumentos para convencerlo.
–Sería un gasto inútil.
–Pues no me parece justo.
–Ay, Andreu. Cuando crezcas y empieces a darte cuenta de las injusticias que hay en el mundo... –suelta tu padre en un tono deliberadamente provocador. Sabes que sería capaz de remontarse hasta la Segunda República para enumerar desgracias ajenas con tal de desacreditar por completo su enfado.
–¿Y a ti qué más te da que el niño viva en Valencia? –sin embargo, tu madre opta por posicionarse a favor de tu hermano, ya sea porque cree en la causa o por la inercia de continuar enfrentándose a tu padre.
–¿Que «qué más me da»? ¿Quién le paga la habitación y la comida?
–Ya te ha dicho que va a buscarse un trabajo para este verano.
–¿Y crees que con el sueldo que pueda ganar en dos meses le va a dar para un curso entero? Qué ignorante eres, de verdad.
–Solo te está pidiendo que le demos una oportunidad. El niño no nos ha dado nunca motivos para desconfiar de él.
–Creía que ya habíamos salido escaldados de la última vez que hicimos eso.
¡Ding, ding, ding! ¡Premio! Resulta que el gran problema que pulula por la casa no es el precio de la luz, las aficiones de tus padres o las ambiciones de tu hermano. El problema eres tú unos años atrás. Quisiste vivir el sueño universitario y te duró poco. Fracasaste en tu intento de abrirte al mundo cuando la universidad y la carrera que escogiste no eran las que realmente querías. Te diste cuenta pronto y supiste reparar el error a tiempo. Reaccionaste lo suficientemente rápido para que tu autoestima no tuviese la oportunidad de reaccionar en tu contra. Pero queda claro que tus padres no opinan lo mismo. ¿Es eso lo que tanto les sigue escociendo? ¿O quizás es tu fuga a Madrid? No, no puede ser lo segundo. Ahí fuiste tú quien se negó a recibir el mínimo impulso económico por su parte. Quisiste demostrarles que podías empezar desde el cero más absoluto y volverte autosuficiente, pero ni habiéndolo conseguido los has convencido. Siempre va a estar ahí la sombra de los cinco meses que viviste en Valencia y que, a su parecer, tiraron por la borda la carrera de Arquitectura y la vida que ellos habían diseñado para ti. Desde entonces, está claro que cualquier cosa que logres no estará a la altura de sus expectativas. Y no necesitas que lo verbalicen de manera explícita. Basta con escucharlos ahora para saber que es más que evidente.
–Yo no tengo por qué pagar lo que hizo Marc en su día –suelta Andreu. La rabia hace que le tiemblen hasta las manos.
–Ni yo tengo por qué volver a caer en la misma trampa dos veces –responde tu padre, también rabioso, pero con esa serenidad soberbia capaz de sacaros de quicio a todos–. Ahora con tu edad sois demasiado inútiles para decidir nada por vuestra cuenta.
–¿Me estás diciendo que mis dieciocho años son distintos a los tuyos?
–Desde luego. Ya me habría gustado a mí tener a alguien que me aconsejara y me guiara por el buen camino.
–¿Y cuál es el buen camino? ¿El que tú me digas? –tu hermano ha elegido la violencia y va a por todas con ella–. ¿Quieres validar cualquier cosa que haga a partir de ahora? ¿Quieres monitorizarme a través de una app?
–El buen camino es el que alguien con más experiencia que tú te aconseja que sigas; no el de un crío que, por no saber, ni siquiera sabe qué quiere estudiar. Tú hazme caso y cuando crezcas no solo podrás hacer lo que te dé la gana, sino que me agradecerás el haberte parado los pies cuando hizo falta.
