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La historia que explica la fuerza del TEA PARTY y por qué la izquierda ya no entiende la furia de la gente común. "El enigmático espectáculo de un suicidio colectivo a gran escala siempre resulta fascinante. Pensemos en los cientos de seguidores de la secta de Jim Jones que ingirieron, obedientes, veneno en su campamento de la Guyana. En el terreno económico, eso mismo está sucediendo hoy en Kansas. Ése es el objeto de este excelente libro de Thomas Frank. La sencillez de su estilo no debe impedir que veamos su análisis político afilado como una cuchilla. Fijando su atención en Kansas, cuna de la revuelta populista conservadora, Frank describe con acierto la paradoja fundamental de su construcción ideológica: el desfase, la falta de cualquier conexión cognitiva, entre los intereses económicos y las cuestiones 'morales'. ¿Qué sucede cuando la oposición de clase de base económica (agricultores pobres y obreros contra abogados, banqueros y grandes empresas) se traspone/codifica como la oposición entre los honrados trabajadores cristianos y buenos americanos por un lado, y los progresistas decadentes que beben café a la europea y conducen coches extranjeros, defienden el aborto y la homosexualidad, se burlan del sacrificio patriótico y del estilo de vida sencillo y 'provinciano'? Si ha habido alguna vez un libro que deba leer quien esté interesado en las extrañas torsiones de la política conservadora de hoy, ése es ¿Qué pasa con Kansas?" (Slavoj Žižek) Esta edición de ¿Qué pasa con Kansas? incluye notas de Thomas Frank sobre la campaña electoral de 2008.
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Veröffentlichungsjahr: 2015
THOMAS FRANK
CÓMO LOS ULTRACONSERVADORES CONQUISTARON EL CORAZÓN DE ESTADOS UNIDOS
Seguido de“Over the Rainbow”, de Slavoj Žižek
Traducción deMireya Hernández Pozuelo
ACUARELA LIBROS
A. MACHADO LIBROS
Licencia Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 2.5 EspañaSe permite copiar, distribuir y comunicar públicamente la obra, siempre que se reconozcan los créditos de la misma de la manera especificada por el autor o licenciador. No se puede utilizar esta obra con fines comerciales. No se puede alterar, transformar o generar una obra derivada a partir de ésta. En cualquier uso o distribución de la obra se deberán establecer claramente los términos de esta licencia. Se podrá prescindir de cualquiera de estas condiciones siempre que se obtenga el permiso expreso del titular de los derechos de autor.
© de la presente edición: Ediciones Acuarela y Machado Grupo de Distribución, S.L.
Título original:
What’s the Matter with Kansas? How Conservatives Won the Heart of America(2004)
Traducción:
Mireya Hernández Pozuelo
Corrección del texto:
Tomás González Cobos
Traducción de artículo de Žižek: Manuel Aguilar Hendrickson
Traducción de artículos de Frank sobre elecciones de 2008: Tomás González Cobos
Propuesta Gráfica:
Acacio Puig
Maquetación:
Antonio Borrallo
Edición:
Ediciones Acuarela
Apartado de correos 18.136, 28080 Madrid
www.acuarelalibros.com
Machado Grupo de Distribución, S.L.
C/ Labradores, 5 - P. I. Prado del Espino
28660 Boadilla del Monte (Madrid)
www.machadolibros.com
ISBN:978-84-9114-094-8
NOTA EDITORIAL:Historia de un Doppelgänger
¿QUÉ PASA CON KANSAS?
Introducción
PRIMERA PARTE:Misterios de las grandes llanuras
Capítulo 1:Las dos naciones
Capítulo 2:En lo más profundo de la mentalidad republicana
Capítulo 3:Dios y la avaricia
Capítulo 4:Vernons de ayer y hoy
Capítulo 5:Ultraconservadores y moderados
SEGUNDA PARTE:La furia que va más allá de lo comprensible
Capítulo 6:Perseguidos, impotentes y ciegos
Capítulo 7:Rusia, Irán, Disco, Mierda
Capítulo 8:Cautivos felices
Capítulo 9:Kansas sangra por vuestros pecados
Capítulo 10:Heredarás el torbellino
Capítulo 11:Antipapas entre nosotros
Capítulo 12:El circo de la indignación
Epílogo 1:En el jardín del mundo
Epílogo 2:El Apocalipsis de la guerra de valores (enero 2005)
NOTAS SOBRE LA CAMPAÑA A LAS ELECCIONES PRESIDENCIALES DE ESTADOS UNIDOS DE NOVIEMBRE DE 2008
Los conservadores y su carnaval de fraude (25 de junio de 2008)
La excursión europea de Obama (30 de julio de 2008)
La audacia del rechazo (13 de agosto de 2008)
Obama debería buscar el espíritu de Kansas en su interior (27 de agosto de 2008)
OVER THE RAINBOW, de Slavoj Žižek
NOTA EDITORIAL
La lucha de clases no sólo definió la conflictividad social durante gran parte de los dos últimos siglos. De alguna manera también contribuyó a “estructurar” la sociedad y hacerla legible, distribuyendo los campos del antagonismo y sus coordenadas, la posición de los adversarios y sus identidades, los términos infalibles en los que podía leerse la realidad (alienación, conciencia, explotación, contradicción, etc.). Ironías de la historia que el pensamiento dialéctico trataba de desentrañar,reforzándolas a su modo.
Hace ya algún tiempo que todo eso llegó a término. Pero el fin de la lucha de clases no significa que se acabara la desigualdad, la explotación o la división social, como quisiera hacernos creer la cultura consensual (la democracia-mercado como fin de la historia). Significa más bien la derrota irreversible uno de los contendientes en liza, la clase obrera, que durante un segundo toco el cielo mediante sus luchas: la destrucción de las mismas estructuras sociales que definían al proletariado como proletariado.
Entonces supimos que el Apocalipsis no era la lucha de clases, sino más bien su desaparición. Junto con la misma realidad, saltaron por los aires todas las brújulas, los aparatos de medición, los mapas y las escalas. El mundo se volvió salvaje, disperso, confuso, indescifrable, deforme. Aparecieron entonces auténticos monstruos, imposibilidades lógicas pero bien reales que desafian toda razón, toda coherencia, toda previsión. Uno de esos monstruos imposibles es el objeto de este libro.
Thomas Frank lo llama “Contragolpe”. Es un cambio sísmico, un movimiento telúrico, la reacción violenta de placas tectónicas, un contraimpulso: la “revolución conservadora” que empezó hace más de tres décadas en EEUU, no precisamente un lugar sin consecuencias en el mundo globalizado. Su resultado más visible es la transformación del Partido Republicano en “heraldo de los más pobres”. No se trata sólo de que el Partido Republicano se proclame desde hace algún tiempo “defensor de la gente corriente” y “del hombre común”, sino de que efectivamente una parte muy significativa de las clases populares lo apoye entusiasta y activamente,cavando así más y más hondo su propia tumba.
La máquina de guerra republicana es unaparadoja andante: promueve el neoliberalismo salvaje y apela a valores sustantivos (“El buen republicano es leal, honesto y muy cristiano”) ¡que el mismo neoliberalismo socava! Privatiza todos los recursos comunes y manipula más tarde el miedo al desarraigo y la desposesión. Fomenta la precarización generalizada de la vida y lamenta luego la pérdida de referentes. Critica la “decadente” industria cultural y hace un uso hiper-sofisticado de las nuevas tecnologías. Da la vuelta a la lucha de clases: todos los conflictos que antes se inscribían en el contexto de estructuras políticas, sociales y económicas ahora se codifican como “conflictos culturales” (cultural wars) que oponen “buenos americanos” y “arrogante élite progresista”. La propaganda republicana traduce la percepción de fragilidad e incertidumbre propia de la globalización en pánico social y paranoia securitaria, ofreciendo al desamparo explicaciones de su malestar, vías para darle salida, causas donde trascenderlo y enemigos contra los que dirigirlo. “Tenemos un programa: el Reino de Dios”: ¿quién da más?
¿Cómo es esto posible, qué ha pasado? Frank rechaza las respuestas fáciles sobre la “alienación de las masas” o elamerican way of life. Despachar a los monstruos con epítetos y etiquetas fáciles supondría creer que los viejos aparatos de medición aún funcionan, que los fantasmas terminarán por esfumarse si no les prestamos demasiada atención, que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. Pero la mera indignación moral y la condena política son tan bienintencionadas como inútiles. Por el contrario, Frank se arriesga a sondear palmo a palmo toda la extensión del monstruo, pero haciendo zoom a partir de un punto concreto, material, afectivo: su misma tierra natal, Kansas. Allí, según el propio Frank, “el cambio es decisivo, extremo”: justo el mejor lugar para una observación radical, intrépida y encarnada. Todo lo contrario de la típica “voz en off” crítica que no sabemos de dónde sale. Este libro es un viaje personal y subjetivo al mismo centro del huracán que ha sacado de sus goznes al estado donde nació y creció el autor, la tierra que critica apasionadamente porque ama apasionadamente.
De hecho, uno se pregunta en ciertos pasajes del libro si de alguna manera Thomas Frankno ama al monstruo.Tal y como se quiere a un hijo descarriado. Eso explicaría un punto de ternura en cierto humor, su consideración ante la devoción de los activistas ultraconservadores, su percepción vívida einmediata de la potencia de movilización del Contragolpe, sus momentos de admiración hacia la capacidad ultraconservadora de desafiar los consensos establecidos, lo políticamente correcto. Y es que no se trata de un monstruo cualquiera, sino más específicamente de unDoppelgänger,la figura del “hermano gemelo malvado” tan presente en la mitología, el cine o la literatura. Pero, ¿un doble de quién? Por supuesto, de la antigua “izquierda emancipadora”. Como ella, apela a los pobres, moviliza su “odio de clase”, reivindica contra la “tiranía de los expertos” el imaginario (tan americano) que habla de comunidad, destrezas manuales y “power to the people”, rechaza el lenguaje terapéutico de la realización personal y construye mitos que galvanizan voluntades e incitan a la lucha colectiva... ¡pero todo ello sólo para reivindicar finalmente que bajen los impuestos a los más ricos!
¿Resonancias o traducciones literales? Es la pregunta que martillea en la cabeza de uno durante la lectura del libro de Frank. ¿Cómo es posible que un relato sobre la revuelta ultraconservadora en Kansas nos suene tantísimo a lo que hemos vivido en España los últimos años, es decir, a la aparición de una nueva derecha con una gran sintonía con los malestares sociales y una mayor capacidad de producir realidad? Es otra de las motivaciones que nos ha animado a publicar este libro.
La respuesta fácil también se ha negado aquí a medir la verdadera profundidad del fenómeno: la etiqueta de “neo-fascismo” servía para pre-comprender la situación y librarse así de tener que acercarse a ver o pensar por uno mismo.Recordemos la actitud del Grupo Prisa frente a las “tesis conspiranoicas” sobre el 11-M: ni siquiera las mencionó durante más de dos años, como si la “sinrazón” fuese a disiparse por sí sola como un mal sueño. Pero la bola de nieve fue ya insoslayable cuando el portavoz del gobierno tuvo que responder en el Congreso de los Diputados a preguntas del PP sobre la factura del atentado. ¡Responder a unas preguntas que llevaban un subtexto conocido por todos: el 11 de marzo fue un golpe de Estado para derribar al PP cuyo precio político se concretaría más tarde en la negociación entre el PSOE y ETA! La nueva derecha llega lejos, pero el verdadero problema es queel mundo la sigue.
El mismo PP hacía esas preguntas empujado por una base social movimientista creada en sus márgenes a la que esperaba instrumentalizar y desactivar en su momento. La sorpresa de Rajoy cuando ha decidido virar el barco tras las elecciones de 2008 ha sido mayúscula. No se esperaba que hubiera tanta gente dispuesta a hacer pagar a “Maricomplejines” su cálculo electoralista de rebajar el perfil de la “guerra ideológica”: compárese lo ocurrido con el capítulo “ultraconservadores contra moderados” del libro de Frank.
ElDoppelgängerhadobladola “cultura de movimiento” típica de la izquierda emancipadora de otros tiempos. Algo impensable para los viejos popes de la cultura consensual, demasiado acostumbrados a manipular y, por ende, a ver manipulaciones por todos lados. Por ejemplo, ver al partido político tirando de los hilos de los medios de comunicación y las organizaciones. Pero la relación entre conglomerados mediáticos (Cope, El Mundo, Libertad Digital), estructuras organizativas (Iglesia, AVT, Peones Negros),think tanks(FAES), base social y partido es de nuevo tipo. Está porinvestigar y describir. Tal y como explica Frank: “en la izquierda es común definir el Contragolpe como un asunto estrictamente vertical donde los predicadores republicanos congregan en una última campaña desesperada a un segmento de la población en retroceso demográfico. Pero lo que han llevado a cabo los republicanos de Wichita debería desterrar ese mito para siempre. Proclamaron su credo combatiente a cada habitante de la ciudad, agudizando las diferencias, monopolizando al electorado, implicando a todo el mundo. Gietzen y compañía no sólo querían los votos de Wichita sino su participación. Iban a cambiar el mundo”.
Podríamos mencionar las masivas movilizaciones contra el matrimonio gay o la negociación con ETA. La batalla contra el aborto en Madrid o la desobediencia a la asignatura de Educación para la Ciudadanía. Pero tal vez la historia de los “Peones Negros” sea el relato sobreDoppelgängersmás significativo en España. El colectivo de los Peones Negros surgió en torno al blogEnigmas del 11-Mque gestiona Luis del Pino, uno de los periodistas que investigan los posibles “agujeros negros” en la investigación sobre los atentados de Madrid. En su afán por denunciar que el 11-M fue un golpe de Estado fruto de una conspiración, los Peones Negros llegaron a autoorganizarse en el terreno de lo virtual para leer el voluminoso sumario en busca de esos “agujeros”. Y además se autoconvocaron también físicamente los días 11 de cada mes para celebrar en distintas ciudades españolas concentraciones en las que piden que se sepa “toda la verdad” sobre los atentados. Para ello se apropiaron uno por uno de los símbolos y las consignas más importantes de las movilizaciones tras el 11-M: “todos íbamos en ese tren”, “queremos la verdad”, las velas, el antiguo santuario de Atocha, donde se celebran las concentraciones, etc.
La nueva derecha estambiénuna reacción horizontal y desde abajo que, en lugar de abrir preguntas críticas sobre la sociedad en que vivimos, captura la rabia en el tablero de ajedrez de la política-espectáculo.
En Estados Unidos, el tablero de ajedrez son “Las dos Américas”: los estados que votan a los demócratas y los estados que votan a los republicanos. Da igual por ejemplo que los índices más altos de divorcios se encuentren en los estados que votan masivamente a los republicanos, es decir, los estados “morales” de la “América buena”. Aquí, la propaganda de la nueva derecha manipula con mucha eficacia el imaginario victimista de “Las dos Españas”. “España se rompe” y, con ella, la igualdad constitucional de los españoles (“¡Viva 1812!” grita Esperanza Aguirre). La responsibilidad apunta exclusivamente a la presión centrífuga de los nacionalistas periféricos (con la “complicidad” de la izquierda). No encontraremos ni por asomo el menor análisis sobre cómo el contexto de globalización capitalista hace trizas los atributos clásicos de la soberanía del Estado-nación: fronteras, moneda, ejército, cultura...
La revuelta de la derecha populista ocupa el vacío de lo político y el vacío de las calles. Tanto en Estados Unidos como en España. Hace tiempo que la izquierda oficial decidió que habían llegado los tiempos “postpolíticos” de la mera administración de los efectos de la economía global. Se volvió retórica, cínica, autista, hipócrita, elitista, pija o simplemente gestora. No es casual que la nueva derecha critique que el PSOE “vive fuera de la realidad”, sin contacto con “los verdaderos problemas de la gente“, “los españoles corrientes que trabajan”. De hecho, la única baza posible de la izquierda oficial a estas alturas es jugar en el mismo tablero de política-espectáculo que la derecha: entre los últimos gestos simbólicos del gobierno ZP, la corbata de Miguel Sebastián, la regañina a Rouco Varela, los “palabros” de Bibiana Aído, la sonrisa de Leire Pajín, Chacón embarazadísima como ministra de Defensa, el puño en alto y la Internacional en el Congreso... Así no es de extrañar que las frustraciones cotidianas sintonicen mejor con la onda agresiva de la nueva derecha que con el “talante” soporífero de la izquierda retórica. ¡Si la política es espectáculo que al menos tenga algo de acción! Eso lo sabe muy bien el equivalente español del agitador de las ondas Rush Limbaugh.
La nueva derecha instrumentaliza malestaresrealesque no se politizan autónomamente, que no encuentran espacios colectivos para hacerlo, que no elaboran una voz propia. Explota la victimización y a su vez revictimiza.Anger is an energy.
La fuerza del Contragolpe está lejos de haberse agotado. Su existencia no depende de quién venza en las próximas elecciones presidenciales en EEUU, aunque las atraviese y las sobredetermine (¿concentrándose tal vez en la figura de la vicepresidenta Palin?). Surge de “factores sociales volcánicos” (fin de la forma clásica de lucha de clases, desbocamiento del capital) que van más allá de cualquier coyuntura electoral. Frank demuestra muy claramente que el Contragolpeno puede ganar,que su batalla es imposible (¿prohibir Hollywood?). Por eso mismo tampoco tiene fin. No sólo quiere alterar las leyes y la política macro, sino también afectar a los modos de vida.
¿Cómo luchar contra él? “Politizar la economía” sería la respuesta general de Frank, pero cuando habla del Partido Demócrata confiesa que las herramientas clásicas de esa politización están agotadas, que son ya parte del problema. En todo caso, el hartazgo actual ante los ultraconservadores hará un usotácticode Obama, no esperanzado ni crédulo. Otro parecido más con España. ¿Entonces? Este libro no se propone tanto prescribir un remedio concreto, como observar lo más profunda e íntimamente posible el mal. A partir de los detalles más (supuestamente) nimios de la vida cotidiana en Kansas. Sus análisis sobre el Contragolpe pueden declinarse luego en múltiples direcciones, de ello es un ejemplo el ensayo deŽižek que cierra este libro. ¿Acaso es precisamente al trasluz de la reflexión vivida del Contragolpe –sus teóricos, sus activistas de base, sus dirigentes, su geografía desolada, su imaginario de batalla– como pueden hallarse indicios para devolver la vida a los proyectos de emancipación social?
A. F-S.
Acuarela Libros
Septiembre 2008
¿QUÉ PASA CON KANSAS?
CÓMO LOS ULTRACONSERVADORES CONQUISTARON EL CORAZÓN DE ESTADOS UNIDOS
No podría haber escrito este libro sin la amabilidad y la comprensión de mi mujer Wendy Edelberg y de nuestra hija Madeleine. Les estoy sumamente agradecido.
También le doy las gracias a Andrew Patzman, originario de Kansas como yo, que fue el primero en sugerirme que estudiara el tema del conservadurismo populista, y a mi padre, Lloyd Frank, que me acompañó en tantas de las expediciones del libro y estuvo a mi lado pacientemente mientras yo exploraba misteriosos almacenes de grano y me atiborraba de comida en los emporios de barbacoas de Kansas City y en los palacios de bistecs de Topeka y Wichita. Mis hermanos David y Nathan leyeron con gentileza el manuscrito y me ayudaron a capturar el ambiente de nuestra particular década de los setenta.
Sara Bershtel, mi correctora en Metropolitan Books, hizo cosas asombrosas con el manuscrito, asistida por su colega Riva Hocherman, mientras que Shara Kay se encargó de mantener todo en orden. Mi agente Joe Spieler me alentó y ayudó durante todo el proceso. Como de costumbre, Team Baffler me brindó una ayuda inestimable, con George Hodak y David Mulcahey haciendo un magnífico trabajo de edición. Jim Lawing hizo una fantástica corrección final. Y Chris Lehmann y Ana Marie Cox proporcionaron un asesoramiento editorial crucial.
Mis asistentes de investigación fueron de una importancia decisiva. Jenny Ludwig estuvo leyendo ediciones de varios años delWichita Eagles, mientras que Andy Nelson se pasó horas en los juzgados del condado de Johnson en Olathe desentrañando hechos oscuros. Mike O’Flaherty prestó su ayuda con el amplio marco teórico del proyecto, ofreciendo fascinantes resúmenes sobre los textos sociológicos básicos del Contragolpe.
Gene Coyle, Dough Henwood, Jim McNeill, Nomi Prins y Daryll Ray me ayudaron a entender los detalles del campo de la industria que se han abordado en el libro. Liz Craig, Caroline McKnight y Dwight Sutherland hijo me guiaron a través del complejo entramado de la política de Kansas, y mis viejos amigos Bridget Cain y Tad Kepley me recordaron cómo era Kansas en el pasado. Naturalmente, cualquier error que pueda haber es mío y sólo mío.
INTRODUCCIÓN
El condado más pobre de Estados Unidos no está en los Montes Apalaches ni en los estados del sureste, sino en las Grandes Llanuras, una región de rancheros humildes y agonizantes pueblos agrícolas donde en las elecciones del año 2000 para elegir el candidato Republicano a la presidencia, George W. Bush ganó por una mayoría superior al ochenta por ciento1.
Cuando me enteré en un principio me desconcertó, como a mucha de la gente que conozco. Para nosotros, el partido Demócrata es el de los trabajadores, los pobres, los débiles y los victimizados. Desde nuestro punto de vista es un planteamiento básico; forma parte del abecé de la edad adulta. Cuando le hablé a una amiga sobre aquel condado empobrecido de las Altas Llanuras tan entusiasmado con el presidente Bush se quedó perpleja. “¿Cómo puede alguien que siempre ha trabajado para otros votar a los republicanos?”, preguntó. ¿Cómo podía estar equivocada tanta gente?
Dio en el clavo con su pregunta; una pregunta que es, en muchos sentidos, el mayor problema de nuestra época. La vida política estadounidense consiste en gente que confunde sus intereses principales. Esta especie de trastorno es el fundamento de nuestro orden cívico, la base sobre la que descansa todo lo demás: ha situado a los republicanos al mando de las tres ramas del gobierno; ha elegido presidentes, senadores y gobernadores; ha desplazado a los demócratas hacia la derecha y luego pone en marcha un proceso de destitución contra Bill Clinton sólo para divertirse.
La gente que gana más de 300.000 dólares al año le debe mucho a este trastorno y debería brindar alguna vez por los republicanos indigentes de las Altas Llanuras mientras contempla su suerte: gracias a sus votos desinteresados ya no les agobian los impuestos estatales, los molestos sindicatos o los entrometidos reguladores de banca. Gracias a la lealtad de estos hijos e hijas del trabajo duro, se han librado de lo que sus prósperos antepasados solían llamar niveles “confiscatorios” de impuestos sobre la renta. Gracias a ellos este año pudieron comprar dos Rolex en lugar de uno y conseguir un transportador personal Segway con el reborde dorado.
Hay millones de estadounidenses de renta media a los que esto no les parece nada absurdo. Para ellos esta visión del conservadurismo en tiempos difíciles tiene mucho sentido y es el fenómeno opuesto –la gente de clase trabajadora que insiste en votar a los progresistas–* lo que les provoca unasombro indescifrable. Puede que piensen lo que ponía en la pegatina del parachoques que vi en una exposición de armas de Kansas City: “¡Un trabajador quedefiendea los demócratas es como un pollo quedefiendeal Coronel Sanders!”*.
También están los que defendían a Estados Unidos allá por 1968, hartos de oír a aquellos niños ricos cubiertos de collares hablando pestes del país cada noche en televisión. Puede que ellos supieran exactamente lo que quería decir Nixon cuando hablaba de la “mayoría silenciosa”, gente cuyo trabajo duro era recompensado con insultos constantes en las noticias, en las películas de Hollywood y en boca de los profesores universitarios sabelotodo que no se interesaban por nada de lo que uno tuviera que decir. O tal vez fueran los jueces progresistas los que les irritaran cuando reescribían despreocupadamente las leyes de su estado según alguna idea absurda que aprendieron en un cóctel; o cuando ordenaban a sus ciudades que afrontaran un proyecto de mil millones de dólares para suprimir la segregación racial que habían ideado por su cuenta; o cuando soltaban a los criminales para que vivieran a costa de los diligentes trabajadores. O quizá fue la campaña para controlar el número de armas de fuego en circulación, que sin duda se proponía desarmar a la población y despojarla del derecho de defenderse.
Puede que Ronald Reagan empujara a muchos hacia una espiral conservadora, con su modo de hablar sobre esa Norteamérica alegre de Glenn Miller justo antes de que el mundo se fuera a la mierda. O quizá Rush Limbaugh, el locutor de derechas de la radio, les convenciera con sus constantes diatribas contra los arrogantes y presumidos. O puede que fueran presionados. A lo mejor Bill Clinton convirtió a algunos al republicanismo con su “compasión” claramente falsa y su desprecio evidente por los estadounidenses corrientes que no han estudiado en la Liga Ivy –el grupo de las ocho universidades privadas más prestigiosas de Estados Unidos–, a los que tuvo el valor de mandar a combatir aun cuando él mismo escurrió el bulto cuando le llegó el turno.
Casi todo el mundo tiene una historia de conversión que contar: cómo su padre había sido sindicalista en una acerería de Estados Unidos y demócrata incondicional, pero todos sus hermanos y hermanas empezaron a votar a los republicanos; o cómo su primo dejó el metodismo y comenzó a ir a la iglesia de Pentecostés a las afueras del pueblo; o cómo ellos mismos se hartaron de que les criticaran tanto por comer carne o por llevar ropa con la mascota india de la Universidad de Arkansas hasta que un día las noticias de Fox les empezaron a parecer “imparciales y equilibradas”*.
La familia de un amigo mío, por ejemplo, era de una de esas ciudades del Medio Oeste a las que los sociólogos solían acudir por ser supuestamente muy “típica”. Era un núcleo industrial de tamaño medio donde se fabricaban herramientas mecánicas, repuestos de coche, etc. Cuando Reagan tomó posesión del cargo en 1981, más de la mitad de la población obrera de la ciudad trabajaba en fábricas, y la mayoría de ellos estaban afiliados al sindicato. La idiosincrasia de la zona era proletaria y la ciudad próspera, ordenada y progresista, en el viejo sentido de la palabra.
El padre de mi amigo era profesor en colegios públicos locales, fiel miembro del sindicato de profesores y de tendencias más progresistas que la mayoría: no sólo había sido partidario acérrimo de George McGovern, sino que en las primarias demócratas de 1980 había votado a Barbara Jordan, la diputada negra de Texas. Mi amigo, mientras tanto, era en aquellos días un republicano de instituto, un joven de la era Reagan al que le gustaban las corbatas de Adam Smith y que se deleitaba con los artículos de William F. Buckley. El padre escuchaba al hijo despotricar en defensa de Milton Friedman y la santidad del capitalismo de libre mercado y ponía gesto de desaprobación.Algún día, muchacho, te darás cuenta de lo imbécil que eres.
Fue el padre, sin embargo, el que con el tiempo se convirtió. Últimamente vota a los republicanos más derechistas que encuentra en las papeletas. El tema concreto que le convenció fue el aborto. Católico devoto, al padre de mi amigo le hicieron ver a principios de los noventa que la santidad del feto era más importante que el resto de sus preocupaciones y a partir de ahí fue aceptando paulatinamente el panteón entero de personajes diabólicos conservadores: los medios de comunicación de la élite y la Unión Americana por las Libertades Civiles, que desprecian nuestros valores; las feministas pijas; la idea de que los cristianos están vilmente perseguidos (nada menos que en los Estados Unidos de América). Ni siquiera le molesta que su nuevo héroe, Bill O’Reilly, critique al sindicato de profesores afirmando que es un colectivo que “no ama a Estados Unidos”.
Su corrientísima ciudad del Medio Oeste, entretanto, ha seguido la misma trayectoria. Justo cuando la política económica republicana arrasaba las industrias, sindicatos y barrios,los ciudadanos respondían arremetiendo contra los enemigos de la guerra de valores, aliándose finalmente con un congresista republicano de extrema derecha, un cristiano renacido que hacía campaña en una plataforma antiabortista. Hoy la ciudad parece una Detroit en miniatura. Y con cada mala noticia económica parece llenarse de amargura, volverse más cínica y más conservadora si cabe.
Este trastorno o desfase es el rasgo distintivo del Gran Contragolpe, un modelo de conservadurismo que llegó a la escena nacional gruñendo en respuesta a las fiestas y protestas de finales de los sesenta. Mientras las primeras formas de conservadurismo ponían énfasis en la moderación fiscal, el Contragolpe moviliza a los votantes con asuntos sociales explosivos –buscando el escándalo público por encima de todo, desde elbusing(traslado de estudiantes de clases bajas, generalmente negros, a zonas más acomodadas para que se integren) hasta el arte anticristiano–, los cuales después vincula con políticas económicas favorables al libre mercado. Se explota la furia cultural con fines económicos. Y son estos logros económicos, no las escaramuzas poco memorables de la interminable guerra ideológica, los monumentos más importantes del movimiento. A los expertos de todo el mundo les gusta considerar la grandeza divina de Internet e imaginar que es la fuerza que ha hecho realidad los milagros políticos de los últimos años, privatizando, liberalizando y desindicalizando de un lado a otro del planeta según dicta su sabiduría. Pero en realidad es el Contragolpe que ha tenido lugar en Estados Unidos lo que ha hecho posible el consenso internacional del libre mercado, conduciendo a la solitaria superpotencia implacablemente hacia la derecha y permitiendo a sus sucesivos gobiernos librecambistas impulsar suvisión del neoliberalismo económico sin temor a contradecirse. Resulta cada vez más evidente que para entender nuestro mundo debemos entender a Estados Unidos y para comprender a Estados Unidos tenemos que comprender el Contragolpe. Un artista decide escandalizar al estadounidense medio sumergiendo a Jesús en orina* y el Contragolpe decide que el planeta entero ha de reformarse según los criterios del Partido Republicano.
El Gran Contragolpe ha hecho posible el resurgimiento liberal, pero esto no significa que su estilo sea el de los capitalistas de antaño, que invocaban el derecho divino del dinero o exigían que los humildes supieran cuál era su lugar en la gran cadena de la existencia. Todo lo contrario, el Contragolpe se ve a sí mismo como enemigo de la élite, como la voz de los injustamente perseguidos, como una protesta justificada de las víctimas de la historia. Les importa un bledo que sus defensores controlen hoy las tres ramas del gobierno. Ni les da qué pensar que sus beneficiarios más importantes sean la gente más rica del planeta.
De hecho, los líderes del Contragolpe quitan importancia de manera sistemática a la política económica. La premisa básica del movimiento es que la cultura pesa más que la economía como asunto de interés público, quelos Valores Importan Más, como reza un titular del Contragolpe. Por este motivo, reúne a los ciudadanos que una vez fueron partidarios fieles del New Deal y los asocia al estándar conservador2.Los valores anticuados pueden tener importancia cuando los conservadores hacen campaña electoral, pero una vez que están en el poder la única situación anticuada que les preocupa reavivar es un régimen económico de bajos salarios y regulación de manga ancha. En las últimas tres décadas han desmantelado el estado de bienestar, han reducido la carga fiscal a las corporaciones y los ricos y han facilitado en líneas generales que el país vuelva al modelo de distribución de riqueza del siglo diecinueve. Por tanto, la principal contradicción del Contragolpe es que es un movimiento de la clase obrera que ha hecho un daño histórico e incalculable a la propia gente de la clase trabajadora.
Puede que los líderes del Contragolpe hablen de Dios, pero comulgan con la empresa. A los votantes les importarán más los “valores”, pero siempre desempeñan un papel secundario frente al imperio del dinero una vez que se han ganado las elecciones. Este es un rasgo básico del fenómeno, de una constancia absoluta a lo largo de las décadas de su historia. El aborto no cesa. La discriminación positiva no se suprime. Nunca se fuerza a la industria cultural a enmendarse. Incluso el mayor guerrero cultural de todos ellos les dio la espalda cuando le llegó la hora de cumplir lo prometido. “Reagan se consagró como el defensor de los ‘valores tradicionales’, pero no hay indicios de que considerara la restauración de dichos valores como algo prioritario”, escribió Christopher Lasch, uno de los analistas más sagaces de la sensibilidad del Contragolpe. “Lo que realmente buscaba era el renacimientodel capitalismo salvaje de los años veinte: la revocación del New Deal”3.
Para los observadores este comportamiento es irritante y cabría esperar que disguste aún más a los verdaderos partidarios del movimiento. Sus líderes fanfarrones nunca cumplen lo prometido, su rabia no para de aumentar y sin embargo cada vez que hay elecciones vuelven a votar para que sus héroes de la derecha tengan una segunda, tercera, vigésima oportunidad. La trampa nunca falla; la ilusión nunca desaparece.Votepara frenar el aborto yrecibauna reducción en impuestos sobre plusvalías.Votepara fortalecer de nuevo nuestro país yrecibadesindustrialización.Votepara darles una lección a esos profesores universitarios políticamente correctos yrecibaliberalización de la electricidad.Votepara que el Estado les deje en paz yrecibaconcentración y monopolio por todas partes, desde los medios hasta el embalaje de la carne.Votepara luchar contra los terroristas yrecibala privatización de la Seguridad Social.Votepara asestarle un golpe al elitismo yrecibaun orden social en que la riqueza está más concentrada que nunca, en que los trabajadores han sido despojados de su poder y los ejecutivos son recompensados más allá de lo imaginable.
Los teóricos del Contragolpe, como veremos, imaginan incontables conspiraciones en las que los ricos, poderosos y con buenos contactos –los medios de comunicación progresistas, los científicos ateos, la detestable élite del Este– manejan los hilos y hacen bailar a los títeres. Aún así, el propio Contragolpe ha sido una trampa política tan desastrosa para los intereses de la clase media estadounidense que incluso el más diabólico de los manipuladores habría tenido problemas ideándola. De lo que se trata, al fin y al cabo, es de una rebelión contra “el sistema” que ha acabado aboliendo el impuesto de sucesiones. Hay una ideología cuya respuesta a la estructura de poder es hacer al rico aún más rico; cuya solución para la degradación inexorable de la vida de la clase trabajadora es arremeter furiosamente contra los sindicatos y los programas de seguridad en el lugar de trabajo; cuya solución al aumento de la ignorancia en Estados Unidos es quitar las ayudas a la educación pública.
Como una revolución francesa a la inversa –una en que lossans culottessalen en tropel a la calle reclamando más poder para la aristocracia– el Contragolpe empuja el espectro de lo aceptable hacia la extrema derecha. Puede que nunca vuelva a introducir los rezos en las escuelas, pero ha rescatado toda clase de panaceas económicas de derechas del cubo de basura de la historia. Una vez que ha eliminado las históricas reformas económicas de la década de los sesenta (la lucha contra la pobreza de Lyndon B. Johnson) y las de los años treinta (la legislación laboral, los subsidios para mantener los precios agrícolas, la regulación bancaria), sus líderes apuntan sus armas hacia los logros de los primeros años del progresismo (el impuesto estatal de Woodrow Wilson o las medidas antimonopolio de TheodoreRoosevelt). Con un poco más de esfuerzo, el Contragolpe podría invalidar todo el siglo veinte4.
Como fórmula para mantener unida una coalición política dominante, el Contragolpe parece tan improbable y tan contradictorio consigo mismo que los observadores progresistas a menudo tienen problemas para creer que realmente esté ocurriendo. Sin ninguna duda, piensan, estos dos grupos –empresarios y obreros– deberían estar peleándose. Que el Partido Republicano se presente como el paladín de la Norteamérica de clase trabajadora les parece a los progresistas una negación tan flagrante de la realidad política que les lleva a ignorar todo el fenómeno, con lo que optan por no tomárselo en serio. El Gran Contragolpe, creen, no es más que criptorracismo, o un achaque de los ancianos, o las quejas ocasionales de los campesinos blancos religiosos de los estados del Sur, o protestas de “blancos airados” que sienten que la historia les ha dejado atrás.
Pero entender el Contragolpe de este modo supone ignorar su fuerza y su enorme poder popular. Pese a todo sigue reapareciendo, como una plaga de resentimiento que se propaga entre ancianos y jóvenes, fundamentalistas protestantes y católicos y judíos, así como entre los blancos airados y todas las clases imaginables de la población.
No importa en lo más mínimo que las fuerzas que desencadenaran la primera “mayoría silenciosa” en tiempos de Nixon hayan desaparecido hace mucho; el Contragolpe sigue rugiendo sin parar, extendiendo con facilidad su rabia a lo largo de las décadas. Los progresistas seguros de sí mismos que gobernaban Estados Unidos en aquellos días son una especie en extinción. La Nueva Izquierda, con sus alegres obscenidades y su desprecio por la bandera, está extinguida del todo. Toda la “sociedad del bienestar”, con sus corporaciones paternalistas y sus poderosos sindicatos, se desvanece en el espacio cósmico de la historia con cada año que pasa. Pero el Contragolpe resiste. Sigue engendrando espantosos fantasmas de decadencia nacional, anarquía apocalíptica y traición en el poder independientemente de cuál sea la realidad en el mundo.
En el camino, lo que una vez fue genuino, popular e incluso “populista” en el fenómeno del Contragolpe, se ha transformado en un melodrama de estímulo-respuesta con unatrama tan esquemática como un episodio de El Factor O’Reilly y con resultados tan previsibles –y tan rentables– como la publicidad de Coca-Cola. Por un lado se introduce un asunto sobre, por ejemplo, el peligro del matrimonio gay, y por el otro se genera, casi mecánicamente, un aumento de la indignación de la clase media y cartas furiosas al director, una cosecha electoral de lo más gratificante.
Mi intención es examinar al Contragolpe de arriba abajo –sus teóricos, sus dirigentes políticos y sus partidarios– y entender esta especie de trastorno que ha llevado a tanta gente normal y corriente a un extremo político tan perjudicial para ellos mismos. Lo haré centrándome en un lugar donde el cambio político ha sido dramático: mi estado natal, Kansas, un auténtico hervidero de movimientos izquierdistas, hace cien años que hoy figura entre los públicos más agradecidos para los portavoces de la propaganda del Contragolpe. Contar la historia de este estado, al igual que la larga historia del propio Contragolpe, no será lo que tranquilice a los optimistas o acalle a los cínicos. Aun así, si tenemos que comprender las fuerzas que nos han empujado tanto hacia la derecha, tenemos que fijar nuestra atención en Kansas. A los sumos sacerdotes del conservadurismo les gusta consolarse insistiendo en que es el mercado libre, ese dios sabio y benevolente, el que ha ordenado todas las medidas económicas que ellos han alentado en Estados Unidos y el resto del mundo durante las últimas décadas. Pero en verdad es el trastorno cuidadosamente cultivado de lugares como Kansas el que ha impulsado su movimiento. Es la “guerra cultural” o de valores la que trae el botín a casa.
Desde las alturas con aire acondicionado de un complejo de oficinas en un barrio exclusivo la realidad actual puedeparecer una nueva edad de la Razón, con las páginas web conectadas en total armonía, con un centro comercial a la vuelta de la esquina que cada semana anticipa milagrosamente nuestros gustos ligeramente variables, con una economía global cuyas recompensas poderosas siguen fluyendo y con un largo desfile de coches de lujo que llenan las calles de zonas residenciales perfectamente diseñadas. Pero en un análisis más detallado, el país parece más bien un panorama de locura y falsas ilusiones digno de El Bosco, con fornidos patriotas proletarios jurando lealtad a la bandera mientras renuncian a sus propias oportunidades en la vida; pequeños granjeros votando con orgullo para que les echen de sus propias tierras; abnegados padres de familia asegurándose de que sus hijos nunca puedan permitirse ir a la universidad ni tener una atención médica decente; tipos de clase obrera en ciudades del Medio Oeste celebrando la victoria aplastante de un candidato cuyas políticas acabarán con su modo de vida, transformarán su región en un “cinturón industrial” y asestarán a la gente como ellos golpes de los que nunca se repondrán.
Notas al pie
1. Me estoy refiriendo al condado de McPherson, en Nebraska, pero hay varios condados en dicho estado donde la pobreza extrema coincide con el Republicanismo extremo –al igual que ocurre en Kansas y en las Dakotas. Estos datos sobre los rankings de pobreza en los condados provienen de “Trampled Dreams: The Neglected Economy of the Rural Great Plains”, un estudio de Patricia Funk y Jon Bailey (Walthill, Nebraska: Center for Rural Affairs, 2000), p. 6.
* N.T. A lo largo del texto original aparece constantemente el término inglésliberalque en Estados Unidos equivale a nuestro “progresista”.
* N.T. Fundador del Kentucky Fried Chicken.
* N.T. “Fair and Balanced” es el eslogan de Fox News.
* N.T. Se refiere a la obraPiss Christdel fotógrafo Andrés Serrano.
2. Ben J. Wattenberg,Values Matter Most: How Republicans or Democrats or a Third Party Can Win and Renew the American Way of Life(Nueva York: Free Press, 1995). Como muchos pensadores del Contragolpe, Wattenberg apoyóincondicionalmente la Nueva Economía durante un período breve de tiempo a finales de los noventa.
3. Este incumplimiento continuo de las promesas es discutido por el columnista progresista del Washington Post E. J. Dionne enWhy Americans Hate Politics, pero es también una cuestión muy molesta entre los propios conservadores. David Frum, por ejemplo, se queja de que Ronald Reagan podría haber abolido la discriminación positiva “con unas cuantas firmas”. Pero nunca lo hizo. Frum,Dead Right(Nueva York, Basic Books, 1994), p.72. La traición de Reagan en el tema del aborto es algo más que un asunto delicado en el núcleo duro de los conservadores. VerThe True and Only Heaven: Progress and its Criticsde Christopher Lasch (Nueva York, Norton, 1991), p. 515.
4. En efecto, anular el siglo veinte es, hablando en términos generales, el objetivo manifiesto de la corriente del diseño inteligente (creacionismo), que ha perseguido este propósito atacando la teoría de la evolución darwiniana. El famoso documento sobre las “cuñas” o temas culturales polémicos que publicó el movimiento en 1999 a través del Centro para la Renovación de la Ciencia y la Cultura del Discovery Institute, afirma que “las consecuencias sociales del materialismo han sido desastrosas”. Como ejemplos, el documento cita “los enfoques modernos en el derecho penal, la responsabilidad por los daños causados por productos defectuosos y la asistencia social”, además de “los programas coercitivos del gobierno”. Todo esto puede eliminarse, sugieren los autores, con un ataque estratégico al evolucionismo. Como el documento sigue explicando, “estamos convencidos de que para derrotar al materialismo debemos cortarlo de raíz. Esa raíz no es otra que el materialismo científico. Esta es precisamente nuestra estrategia. Si vemos la ciencia materialista predominante como un árbol gigantesco, nuestra estrategia pretende funcionar como una ‘cuña’ que, aunque sea relativamente pequeña, pueda partir el tronco cuando se aplique a sus puntos más débiles… La teoría del diseño inteligente promete revocar el dominio sofocante de la visión materialista y reemplazarlo por una ciencia acorde con creencias cristianas y teístas”. El documento de la teoría de la “cuña” puede encontrarse en numerosos sitios de Internet; uno de ellos es http://www.discovery.org/csc/TopQuestions/wedgeresp.pdf.
PRIMERA PARTE:
CAPÍTULO 1:
En el imaginario del Contragolpe, Estados Unidos vive al borde de la guerra civil: por un lado están los millones de estadounidenses auténticos sin pretensiones y por otro los progresistas intelectuales y todopoderosos que dirigen el país pero desprecian los gustos y las creencias de la gente que lo puebla. Cuando el presidente del Comité Nacional Republicano anunció en 1992 a los telespectadores de una cadena nacional, “Nosotros somos Estados Unidos” y “los demás no”, estaba simplemente expresando de una forma más directa una fórmula de hace décadas. La famosa descripción que hizo Newt Gingrich de los demócratas como “enemigos de los estadounidenses normales” no fue más que otra repetición de este trillado argumento.
La última entrega de esta versión fantástica es la historia de “las dos Américas”, la división simbólica del país que, tras las elecciones presidenciales de 2000, cautivó no sólo a los partidarios del Contragolpe, sino también a una parte importante de los analistas políticos. La idea se inspiró en el mapa de los resultados electorales de ese año: teníamos aquellas enormes extensiones de espacio “rojo” del interior (todas las cadenas de televisión usaban el rojo para designar las victorias republicanas) donde la gente votaba a George Bush y lasdiminutas áreas costeras “azules” donde la gente vivía en grandes ciudades y votaba a Al Gore. A primera vista no había nada realmente sorprendente sobre estos bloques rojos y azules, sobre todo porque en lo que respecta al voto por número de habitantes la candidatura estaba prácticamente empatada.
Sin embargo, muchos comentaristas adivinaron en el mapa de 2000 una funesta división cultural, una inminente crisis de identidad y valores. “Rara vez esta nación ha estado tan dividida como ahora mismo”, protestaba David Broder, el analista jefe delWashington Post, en un artículo publicado unos días después de las elecciones. Las dos regiones eran algo más que meros bloques de votantes; eran perfiles sociológicos completos, dos Américas diferentes enfrentadas entre sí.
Y estos expertos sabían –antes de que la noche electoral terminara y con sólo mirar el mapa– qué representaban esas dos Américas. En efecto, la explicación ya estaba lista antes siquiera de que tuvieran lugar las elecciones1. El gran sueño de los conservadores desde los años treinta ha sido un movimiento de clase trabajadora que por una vez esté desuparte, que vote a los republicanos y revoque los logros de los movimientos de clase obrera del pasado. En el mapa rojo y azul totalmente dividido del año 2000 pensaron que lo veían hacerse realidad: las antiguas regiones demócratas del sur y las Grandes Llanuras, que aparecían en masas sólidas de rojo ininterrumpido, ahora formaban parte de subando*, mientras los demócratas estaban limitados a los viejos estados del nordeste, junto con la hedonista costa izquierdista**.
No quiero restar importancia al cambio que esto representa. Ciertas partes del Medio Oeste fueron una vez tan izquierdistas que el historiador Walter Prescott Webb, en su clásica crónica de la región de 1931, señalaba su constante radicalismo como uno de los “Misterios de las Grandes Llanuras”. Actualmente, el misterio no hace más que intensificarse; parece inconcebible que en algún momento se pensara en el Medio Oeste como un lugar de la “izquierda radical”, como cualquier cosa que no fuera la tierra de lo anodino, el adormecido interior del país. Los lectores de los años treinta, por contra, sabrían inmediatamente de lo que hablaba Webb puesto que muchísimas de las grandes agitaciones políticas de su parte del sigloXXse iniciaron en el territorio oeste del río Ohio. La región tal como la conocieron fue la que dio al país socialistas como Eugene Debs, progresistas acalorados como Robert La Follette y sindicalistas prácticos como Walter Reuther; fue cuna de sindicatos como el anarquista International Workers of the World y el fríamente calculador United Auto Workers; y cada cierto tiempo se estremecía por enormes conflictos laborales, a menudo sangrientos. Incluso es posible que supieran que una vez hubo periódicos socialistas en Kansas, votantes socialistas en Oklahoma y alcaldes socialistas en Milwaukee, y que había granjeros izquierdistas por toda la región que se alistaban en organizaciones agrarias militantes con nombres como Farmers’ Alliance (Alianza de los Granjeros), el Farmer-Labor Party (Partido del Trabajo Agrícola), la Non-Partisan League (Liga Independiente) o la Farm Holiday Association (Asociación de la Festividad Agrícola, que defendía la huelga en el mundo agrario). Y desde luego serían conscientes de que la Seguridad Social, el elemento básico del estado del bienestar progresista, fue en gran parte un producto de la mentalidad del Medio Oeste.
En la actualidad, casi todas estas asociaciones han desaparecido. Que el carácter de la región se haya alterado tanto; que buena parte del Medio Oeste ahora considere el estado del bienestar como una imposición extranjera; que incluso nos cueste creer que hubo un tiempo en que a los progresistas se les describía con adjetivos comoapasionadoen lugar deesnob,mandamásocobarde; todo esto debe considerarse como una de las mayores transformaciones de la historia de Estados Unidos.
De manera que cuando se compara el mapa electoral de 2000 con el de 1896 –el año del enfrentamiento entre el “gran comunero”, William Jennings Bryan, y la voz de los negocios, William McKinley– se ve efectivamente una inversión extraordinaria. Bryan era un ciudadano de Nebraska, izquierdista y cristiano fundamentalista, una combinación casi inimaginable hoy, y en 1896 barrió en el nordeste y en casi todo el Medio Oeste, que era fiel al capitalismo industrial. A los consejeros de George W. Bush les encanta comparar a su hombre con McKinley2y,armados con el mapa electoral de 2000, los seguidores del presidente pueden concluir que la gran contienda de 1896 se ha librado ahora con óptimos resultados: las ideas políticas de McKinley elegidas por la América rural del interior de Bryan.
Con el mapa electoral como única prueba, los expertos simplemente se decantaron por una interpretación cultural con atributos de análisis serio. Basta mirar el mapa, razonaban, para afirmar sin duda que George W. Bush fue la elección de la gente sencilla, de los estadounidenses rurales que poblaban el lugar que en Estados Unidos se conoce comoheartland, el “interior”, una región de humildad, ingenuidad y, sobre todo,rectitudde granjero recio. Los demócratas, por otro lado, eran el partido de la élite. Con sólo mirar el mapa se observaba que los progresistas eran sofisticados, ricos y materialistas. Mientras las grandes ciudades se inclinaban descaradamente por el azul demócrata, elcamposabía lo que había en juego y se volvía republicano, por un margen en kilómetros cuadrados de cuatro a uno3.
Para los conservadores, el atractivo de ese esquema era obvio y poderoso4. La interpretación del mapa de los estados republicanos trajo la legitimidad mayoritaria a un presidente que en realidad había perdido las elecciones teniendo en cuenta el número de votantes. También permitió que los conservadores presentaran sus ideas como la filosofía de una región que los estadounidenses –incluso los sofisticados urbanitas– tradicionalmente veneran como depositario de la virtud nacional, un lugar donde se habla con franqueza y los disparos son certeros.
La división entre estados republicanos y demócratas también ayudó a que los conservadores llevaran a cabo una de sus maniobras retóricas preferidas, a la que llamaremos elprogresismo del café latte,una bebida preparada con una mitad de café y la otra de leche caliente: la insinuación de que los progresistas se identifican por sus gustos y preferencias de consumo y que estosgustos y preferencias revelan la esencia arrogante y el carácter extranjero de los progresistas. Mientras que una discusión más profunda sobre ideas políticas suele comenzar considerando los intereses económicos a los que sirve cada partido, la teoría del progresismo del cafélatteinsiste en que dichos intereses son irrelevantes. En cambio, son los lugares en los que vive la gente y las cosas que beben, comen y conducen los factores críticos, las pistas que nos conducen a la verdad. En particular, las cosas que se dice que los progresistas beben, comen y conducen: los Volvos, el queso importado y, sobre todo, los caféslatte*.
A mucha gente de los medios de comunicación, la idea de la división entre estados republicanos y demócratas les pareció una validación científica de este estereotipo familiar y en poco tiempo se convirtió en un elemento estándar del repertorio de sociología popular de los medios. La idea de las “dos Américas” se convirtió en un anzuelo para toda clase de tópicos regionales (la Minnesota demócrata sólo está separada por una calle estrecha de la Minnesota republicana, pero ¡qué diferentes son una de otra!); proporcionó una herramienta sencilla para contextualizar las pequeñas historias (a los estadounidenses republicanos les encanta cierto espectáculo de las Vegas que a los demócratas no) o para distorsionar las grandes historias (John Walker Lindh, el norteamericano que luchó para los talibanes, era de California y por tanto un reflejo de los valores de los estados demócratas); y justificó incontables reflexiones al estilo deUSA Todaysobre quiénes somos realmente los estadounidenses, refiriéndose sobre todo investigaciones sensacionalistas sobre los hábitos cotidianos: qué nos gusta escuchar, ver en televisión o comprar en el supermercado.
Estas versiones suelen suponer que la Norteamérica republicana5es un lugar misterioso cuyas ideas y valores son básicamente ajenos a los amos de la sociedad. Al igual que la “Otra América” de los años sesenta o los “Hombres Olvidados” de los años treinta, sus vastas extensiones son ignoradas trágicamente por la clase dominante, es decir, la gente que escribe las comedias de situación, los guiones y los artículos en revistas de lujo, todos los cuales, según el comentarista conservador Michael Barone, “no pueden imaginarse la vida en esos sitios”. Lo cual es particularmente injusto por su parte, incluso insolente, porque la Norteamérica republicana es de hecho la Norteaméricareal, la parte del país donde residen, como dice una columna en elNational Postcanadiense, “los valores originales de la fundación de Estados Unidos”.
