¿Qué prefieres? - Allison Ashley - E-Book

¿Qué prefieres? E-Book

Allison Ashley

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Beschreibung

Mia y Noah son mejores amigos, se han apoyado en los peores momentos de sus vidas y se entienden como nadie. Pero mientras Noah se dedica a un trabajo que ama, Mia se ha conformado con el suyo, hasta que se le presenta una oportunidad que no puede dejar pasar: una beca para volver a la universidad y terminar sus estudios. La emoción solo dura tres segundos, pronto Mia comprende que no puede dejar su trabajo, mucho menos su seguro médico.

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Seitenzahl: 407

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Título Original: Would you Rather.

© del texto: 2022 por Allison Ashley.

© de la portada: 2022 por Harlequin Enterprises ULC.

I.S.B.N.: 978-956-12-3713-1

I.S.B.N. digital: 978-956-12-3719-3

1ª edición: junio 2023.

© de la traducción: 2023 por

Empresa Editora Zig-Zag S.A., 2023.

Traducción al castellano: Loreto Mendeville.

© de la edición: Empresa editora Zig-Zag S.A., 2023.

Los Conquistadores 1700, piso 10, Providencia.

Santiago de Chile.

Teléfono (56-2) 2810 7400.

[email protected]/ www.zigzag.cl

Imagenes: Freepik

El presente libro no puede ser reproducido ni en todo ni en parte, ni archivado, ni transmitido por ningún medio mecánico, ni electrónico, de grabación, CD-ROM, fotocopia, microfilmación u otra forma de reproducción, sin la autorización escrita de su editor.

Esta edición se publica por acuerdo con Harlequin Enterprises ULC.

Esta es una obra de ficción. Nombres, personajes, lugares e incidentes son ya sea el producto de la imaginación del autor o se utilizan de forma ficticia, y cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, empresas establecimientos, eventos o locales es pura coincidencia.

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com

[email protected]

Para Amber y Fransen,por ser las primerasen animarme aseguir escribiendo.

Capítulo 1

Mia Adrian se quedó mirando la pantalla de su teléfono, preguntándose qué demonios acababa de leer.

Noah: ¿Qué prefieres? – Edición mensaje de texto. ¿Mensajes diarios con datos extraños sobre animales o afirmaciones positivas?

¿Qué clase de pregunta era esa? Frunció el ceño y apoyó un codo en el brazo de la silla antes de teclear una respuesta con una sola mano.

Mia: ???

Noah: Es una pregunta. ¿Preferirías recibir mensajes diarios con datos sobre animales o afirmaciones positivas?

Mia: Mmm.

Mia: ¿Ninguno?

Noah: OK, ambos.

Mia: No te atrevas.

Una notificación apareció en la parte superior de su pantalla, alertándola sobre un mensaje de un número desconocido.

Cuando respiro, inhalo confianza y exhalo timidez.

Gruñó y esperó a ver si aparecía algún mensaje adicional que le permitiera desvincularse de lo que fuera el servicio que acababa de contratar. Su mirada se dirigió a la pantalla de su computador por un segundo, luego volvió al teléfono.

Nada.

¿En serio iba a recibir algo así todos los días? ¿Cómo diablos iba a detener esto?

La alerta de texto volvió a sonar. Otro número desconocido.

El elefante es el único animal que no puede saltar.

Presionó un puño contra su frente.

Mia: Te voy a matar.

Noah: Deberías haberlo pensado antes de pegar una banana debajo de mi escritorio. Me estuve preguntando qué era ese olor durante días.

Mia no pudo contener un ataque de risa y miró a su alrededor para asegurarse de que no hubiera clientes. Puede que Noah fuera su mejor amigo, pero mantenían una rivalidad escolar en la oficina. Le gustaba su empleo, pero aun así seguía siendo trabajo, y sus jueguitos, por lo general, la ayudaban a sobrevivir hasta las cinco de la tarde.

Pero, ¿esto? Este era su celular personal.

Había ido demasiado lejos.

Recuerda mis palabras, Noah Agnew. Te haré pagar por esto.

Sonó otra alerta, pero no era un mensaje de texto. Era la alarma que le recordaba que tenía que salir en quince minutos para su cita de tratamiento semanal.

Sonrió ante el pensamiento que vino después. El jueves significaba un viaje al centro de diálisis, pero más importante aún, también significaba alitas de pollo para la cena.

Cerró los ojos y se reclinó en su silla. ¿Qué pediría hoy? ¿Aliño a la Luisiana? ¿Pimienta con limón? Quizá se volvía completamente loca y probaba el mango habanero.

Todos sonaban bien, pero ¿cuál sonaba mejor?

Cuando se trataba de comida, en particular de alitas de pollo, Mia no se andaba con rodeos.

–Estás pensando en alitas de pollo, ¿no?

Los ojos de Mia se abrieron de golpe y se tambaleó hasta quedar sentada. Noah estaba de pie al otro lado de su escritorio, con los brazos cruzados sobre su amplio pecho.

Tenía puesta su camisa celeste. El celeste siempre había sido su color favorito en él, se lo había dicho no menos de cincuenta veces. Y, sin embargo, solo usaba esta tonalidad una vez al mes, incluso menos.

Ella no mencionó los ridículos mensajes de texto. Mejor dejar que pensara que no la molestaban tanto y vengarse cuando menos se lo esperara.

Se sacudió una pelusa invisible de su falda negra.

–Es jueves, ¿no?

–Lo es. Pero incluso si no lo fuera, lo sabría. No hay nada más que ponga esa expresión en tu rostro.

–¿Qué expresión es esa, exactamente?

Él deslizó las manos en sus bolsillos.

–De absoluto y puro anhelo. Jamás he visto nada parecido.

–Solo cada jueves durante los últimos nueve años. –Ella se inclinó hacia delante y dejó caer los codos sobre su escritorio–. Es tu culpa, lo sabes. Tú eres quien me mostró el lugar.

Noah extendió la mano y movió la placa con su nombre varios centímetros hacia la izquierda. Eso la volvía loca.

No importa, reorganizaría los artículos de su escritorio mañana por la mañana antes de que él llegara.

–No sabía que estaba creando un monstruo.

Mia se rio.

–Demasiado tarde para arrepentimientos. ¿Quieres que te lleve algunas esta noche?

–Claro.

No tenía que preguntar qué sabor quería. Noah era tan constante como sus citas al médico. Cuando encontraba algo que le gustaba, se quedaba con eso. Hacía tiempo que había notado que usualmente pedía algo que ya había probado cuando salían a comer, y una vez le preguntó por qué nunca experimentaba.

–¿Qué pasa si pruebo algo nuevo y no es tan bueno? –había dicho él.

–¿Y si es mejor? –había dicho ella de vuelta.

Pero él no se dejaba influenciar. No valía la pena correr el riesgo, sostenía, y eventualmente ella lo dejaba en paz.

Hizo una nota mental para agregar diez piezas de alitas sin aliño a su pedido de esta noche, e hizo un giro sin propósito en su silla.

–¿Cómo ha estado tu día?

–Aburrido. Lleno de reuniones con clientes, pero eso ya lo sabes.

–De lo contrario, sería la peor asistente administrativa del mundo. Hablando de reuniones, tienes una más en... –miró su reloj– diez minutos.

–¿En serio?

–Darcy Lane. Viene para hablar sobre su nuevo centro de fitness.

–Bien. –Puso la palma de su mano sobre el escritorio y se inclinó un poco. Sus ojos brillaron de emoción–. Hoy almorcé con mi papá.

Ella sonrió, ignorando la punzada de celos ante la mención tan casual de pasar tiempo con su padre. Hubo un tiempo en que ella y sus padres también se reunían frecuentemente para comer. Ahora ni siquiera podía recordar cuándo fue la última vez.

–Ah, ¿sí?

–Va a anunciar su plan de retirarse. Esta semana, probablemente.

–¿En serio?

No era algo inesperado. El Sr. Agnew había estado lanzando indirectas acerca de su retiro durante los últimos tres años. Mia no lo culpaba: tenía sesenta y tantos, y había construido una impresionante firma de arquitectura de cincuenta empleados que se había hecho conocida en Denver por sus diseños modernos y sostenibles. Se merecía un descanso.

–Sí. Dijo que los directores iban a promover a uno de los socios después de que se fuera.

Cuando Mia comenzó este trabajo hace muchos años, le tomó un tiempo aprenderse los títulos y la estructura jerárquica de los arquitectos en la firma. Director ejecutivo, jefe de arquitectos, socio, arquitecto, pasante..., pero finalmente terminó por entenderlo muy bien.

Mia se frotó las manos.

–Lo que significa que se abrirá un puesto de jefe junior, y tendrá tu nombre.

Él se encogió de hombros.

–Tal vez. No quiero que me elijan solo porque soy el hijo del fundador.

Ella resopló.

–Hijo o no, eres el mejor candidato. No tienes competencia.

–Gracias –dijo, mordiéndose el labio inferior–. Sería una gran oportunidad. Y sé que mi padre estaría orgulloso.

Se pasó una mano por el pelo, dejando un mechón errante que sobresalía hacia arriba en la parte de atrás.

–Noah –lo regañó Mia. Se puso de pie y le hizo señas para que se inclinara. Él obedeció y ella le alisó el cabello, un ritual que realizaban al menos dos veces por semana–. Mejor.

–Gracias. –Hizo ademán de salir hacia su oficina–. Será mejor que te vayas de aquí.

–Lo haré tan pronto como llegue tu cita de las tres en punto.

Salió al pasillo en dirección a su oficina justo en el momento en que Julia y David, ambos arquitectos como Noah, venían en dirección opuesta.

Julia hizo una pausa y le dirigió una sonrisa.

–Hola, Noah.

Él le ofreció un saludo cortés, pero no se detuvo, y Mia frunció el ceño a su espalda. Sin importar cuántas veces ella sacara el tema, Noah siempre desestimaba la sugerencia de que Julia estaba interesada en él.

Julia, que lucía grácil y elegante con su vestido gris y tacones, se desvió hacia la sala de descanso mientras David se volvió hacia donde estaba sentada Mia.

–No puedo encontrar el archivo de Trodeau.

Ella parpadeó, desarmada por su tono cortante. En realidad, no debería sorprenderse, él siempre le hablaba así.

–Ehm, pensé que lo había archivado la semana pasada. ¿Revisaste el archivador negro?

Él la miró como si acabara de preguntarle si sabía distinguir la derecha de la izquierda.

–Por supuesto.

–Oh. Lo siento, se me debe haber traspapelado –dijo Mia, que sintió su estómago llenarse de inquietud. Cada vez que se equivocaba, lo cual no era frecuente, David parecía siempre estar involucrado. El hombre pensaba que ella era una completa idiota–. Lo voy a buscar.

David se quedó allí de pie y arqueó una ceja con ironía.

Mia miró a un lado y luego se obligó a recuperar el contacto visual.

–No puedo hacerlo en este momento, estaba a punto de irme…

–Ah, claro –dijo David con desaprobación–. Es jueves. Asegúrate de que esté en mi escritorio mañana a primera hora. Es importante.

–Sí, eso voy a hacer. Te lo haré llegar por la mañana.

Él no respondió y volvió por donde había venido.

Un suave timbre sonó, alertando a Mia de una nueva visita en la oficina. Una mujer joven de largo cabello castaño entró en el vestíbulo y Mia se puso de pie.

–Buenas tardes. –Sonrió, haciendo todo lo posible por sacudirse la interacción con David.

–Ay, hola. Soy Darcy Lane, ¿tengo una cita? –lo dijo en tono de pregunta.

–Sí, a las tres con Noah. –Probablemente debería referirse a Noah como el Sr. Agnew ante los clientes, pero así era como siempre se había referido al padre de Noah–. Le haré saber que está aquí. ¿Puedo traerle algo? ¿Agua, café? –Atender y conversar con los clientes mientras esperaban era una de las partes favoritas de su trabajo.

–Estoy bien, gracias. –La mujer se sentó en la silla más alejada de Mia y sacó su celular.

No parecía ser del tipo conversador, pero probablemente era lo mejor, ya que Mia tenía que irse de todos modos. Cogió el teléfono de su escritorio y marcó el número uno en su discado rápido.

–¿Llegó la clienta? –preguntó Noah a modo de saludo.

–Sí. ¿La acompaño a la sala de conferencias?

–Todavía no, necesito un par de minutos para reunir sus cosas. Iré a buscarla cuando esté listo, ya debes irte.

–Relájate. No estoy atrasada.

–Lo estarás si no te vas ahora.

–Bien, bien. Te veo esta noche. –Colgó y cerró la pantalla del computador. Justo cuando estaba a punto de volverse hacia la mujer, escuchó la voz de Noah y miró hacia arriba para verlo asomándose por la esquina.

–¿Darcy? Soy Noah. Estoy terminando algo y estaré contigo en unos minutos.

La mujer pareció aturdida por un segundo mientras miraba a Noah, parpadeando varias veces.

–Ehm, claro. Sí, está bien. Sé que llegué algo temprano.

Mia sonrió para sus adentros. La mujer no tenía idea de cuánto apreciaba eso Noah. La impuntualidad lo volvía loco.

–Estoy entusiasmado por esta reunión. –La expresión de Noah era cortés y profesional, y volvió a meterse en su oficina.

Mia redirigió las llamadas de su teléfono al encargado de la oficina y recogió su bolso. Dio la vuelta al escritorio y se detuvo frente a Darcy.

–Tengo que irme a una cita, ¿está segura de que no hay nada que necesite antes de que me vaya?

Las mejillas de Darcy estaban sonrojadas.

–No, gracias.

Esta no era la primera vez que una mujer se ponía nerviosa con Noah. La firma se dedicaba principalmente al diseño comercial y la mayoría de los clientes eran hombres. Pero de vez en cuando llegaban mujeres, y habían tenido varias pasantes. Era bastante claro el efecto que Noah tenía en ellas, incluso si el hombre en cuestión no se daba cuenta.

A pesar de su larga amistad, Mia aún podía admitir que su mejor amigo era atractivo.

Y muy sexy.

A los treinta y un años aparentaba su edad, que según ella era cuando los hombres alcanzaban su mejor momento. Tenía la edad suficiente como para verse masculino y sofisticado, una mandíbula definida y siempre cubierta por una ligera capa de vello facial, pero la juventud aún redondeaba sus rasgos de la mejor manera. Como si no se hubiera endurecido por lo que la vida le había arrojado.

Estaba sano y en forma, tanto como lo traslucían su camisa y pantalones. Y considerando sus frecuentes viajes a la montaña para expediciones de escalada en roca, Mia sabía que debajo debía estar aún mejor.

Pero lo que deslumbraba a la gente era su cabello. Noah era pelirrojo, su espeso cabello era como un amanecer apagado. No era el naranja vívido que se asocia con un cielo brillante #sinfiltro en las redes sociales, sino más bien como el suave resplandor que rozaba el horizonte justo antes de que apareciera el sol. Bajo cierta luz, algunos podrían llamarlo rubio fresa, pero a Mia nunca le gustó ese término. Noah llevaba el look pelirrojo maravillosamente bien.

Quizá también podían ser sus ojos, un azul hielo que atraía a la gente como el agua en un desierto resquebrajado. Esos ojos eran la razón por la que Mia le decía que vistiera de celeste con más frecuencia.

Le coqueteaban cada vez que lo hacía, sin falta.

Mientras arrancaba su auto y se dirigía al centro de diálisis, se preguntó ociosamente si Darcy Lane se sumaría al grupo de mujeres encandiladas por Noah. Incluso si lo hiciera, Mia sabía lo que diría su amigo.

Las citas eran un tema que rara vez discutían. Habiendo sido amigos cercanos durante más de dos décadas, no había mucho temas que estuvieran fuera de los límites. Sabía casi todo sobre él, y él sobre ella. Pero cada vez que ella le preguntaba sobre su vida amorosa, él se cerraba o le devolvía la pregunta, a lo que ella no podía replicar.

Ella tampoco tenía muchas citas.

Aunque no era lo mismo. Noah no tenía nada que lo detuviera.

¿Mia? Tenía una maldita buena razón para quedarse soltera, y tenía la intención de seguir así.

–¿Si no es mi paciente favorita? –Natasha se acercó al sillón reclinable de Mia con una sonrisa.

Mia puso los ojos en blanco con humor.

–Solo dices eso porque te traigo comida.

La enfermera de mediana edad se encogió de hombros, sin disculparse.

–¿No era ese tu plan? ¿Sobornarme de manera que yo me asegure de que siempre te toque conmigo?

–Escuché que eras la mejor poniendo intravenosas.

–Nunca te he pinchado más de una vez, ¿cierto?

–Sigo trayendo comida, ¿no?

–Supongo que tenemos el arreglo perfecto, entonces –dijo Natasha, mientras sus ojos buscaban alrededor de la silla de Mia–. Entonces, ¿qué toca hoy? ¿Pan de calabaza? ¿Muffins?

Mia metió la mano en su bolso y localizó el pequeño paquete envuelto en papel.

–Galletitas de mantequilla escocesas.

Natasha puso el dorso de su mano contra su frente dramáticamente.

–Ten piedad de mí, me encantan las galletas de mantequilla.

–Te encanta cualquier cosa con azúcar.

–Cierto. –Natasha guardó el paquete en el bolsillo de su bata. Tomó la mano de Mia y la tiró suavemente para enderezar su brazo, con la palma hacia arriba. Golpeó con dos dedos a lo largo del pliegue del brazo de Mia–. Las venas todavía se ven estupendas, incluso después de todo este tiempo.

–Alguien me dijo que bebiera agua el día de cada tratamiento. Funciona de maravilla.

–No todos me escuchan, pero me alegro de que tú lo hagas.

Mia sonrió y observó cómo Natasha colocaba un torniquete alrededor de su bíceps y limpiaba la piel bajo la cual se transparentaban las venas azules con una toallita con alcohol. Sin embargo, tuvo que apartar la mirada cuando Natasha le pinchó la piel. No importaba cuántas veces hiciera esto, todavía no podía soportar el momento en que la aguja entraba.

Una vez que la vía intravenosa estuvo colocada y el líquido claro empezó a correr, Natasha se quitó los guantes y los tiró a la basura.

–Iré a buscar tu medicamento.

Mientras esperaba, Mia desbloqueó su teléfono y abrió su correo electrónico personal. Uno le llamó la atención; su estómago dio un vuelco. Abrió el mensaje y sus ojos volaron sobre las palabras:

Srta. Adrian,

¡Felicidades! De un grupo de candidatos increíblemente talentosos, me complace informarle que ha sido elegida para la Beca de Estudios Ignacio. Esperamos darle la bienvenida de regreso al campus...

Su corazón saltó de emoción, pero fue tan efímero lanzarse en caída libre desde una montaña rusa. Su cerebro rápidamente reprendió la oleada de alegría con un duro regaño.

¿En qué estabas pensando?

Había solicitado la beca una noche de autocompasión. Había tomado un par de copas de vino y comenzó a investigar qué se necesitaría para volver a la universidad y terminar la carrera de Nutrición que había comenzado hace más de una década, a pesar de saber que sería un desafío mientras trabajaba a tiempo completo. Además, tenía facturas médicas con las que lidiar y se rehusaba a pedir préstamos universitarios significativos, algo que la había frenado en múltiples ocasiones.

Ergo, la beca. Encontró una específicamente para adultos que regresaban a los estudios y, en un arranque, decidió postular.

Cuando completó la solicitud en su estado levemente ebrio, abrió su corazón y explicó lo que sucedió durante su tercer año en la Universidad de Colorado y por qué tuvo que suspender sus estudios. Habló sobre el objetivo de su vida de convertirse en nutricionista pediátrica, después de haber sido una niña tan quisquillosa con la comida que llegó a estar drásticamente bajo su peso normal, lo que solo mejoró después de comenzar la terapia con un nutricionista infantil. Su deseo de hacer lo mismo por los demás no se había desvanecido a pesar de haber abandonado la carrera en la mitad del programa. Reveló sus dificultades financieras y que haría casi cualquier cosa por la oportunidad de terminar sus estudios y seguir una carrera que le apasionaba.

Había sido terapéutico. Un ejercicio para volver a mostrarse al mundo y considerar las posibilidades de su futuro.

No pensó que en realidad la iban a elegir.

La beca requería que se inscribiera en al menos doce horas de crédito por semestre, y no había forma de que pudiera hacer eso además de trabajar a tiempo completo en Agnew Design Group.

Tampoco podía renunciar, porque necesitaba su generoso seguro médico.

Dejó su teléfono en el regazo y se mordió el interior de la mejilla, considerando cualquier forma posible de aceptar la beca. No se le ocurrió nada, y una hora más tarde, cuando terminó el tratamiento y salió del centro de diálisis, sentía una profunda decepción. Se dirigió a Alitas al Paso, contenta de ver a Noah esa noche.

Si pudiese elegir a una persona con la cuál sentarse mientras se quejaba acerca de lo mucho que apestaba su situación, ese era él.

Capítulo 2

No debería haberse puesto esa camisa.

Era jueves y Noah sabía que sería un día de reuniones con clientes. Rayos, incluso sabía que una de ellas sería con una mujer. No es que creyese la afirmación de Mia, no era tan arrogante como para pensar que un color lo volvía irresistible.

Pero, al parecer, sí llamaba más la atención cuando vestía de azul, como lo evidenciaba la mirada que Julia le había lanzado en el pasillo esa tarde, y el incómodo rechazo que acababa de hacerle a Darcy.

Su teléfono se puso a vibrar mientras salía de la oficina poco después de las cinco, y lo sacó de su bolsillo.

–Hola –saludó.

Graham, su amigo desde la universidad, fue directo al grano.

–¿Estás listo para un increíble paseo de escalada el próximo mes?

Noah refrenó la ráfaga de adrenalina y se dijo a sí mismo que no debía emocionarse demasiado.

–¿Dónde?

–¿Por qué es siempre esa tu primera pregunta? –preguntó Graham–. Sabes que solo planeo viajes a los mejores lugares. Me informo.

–Lo sé. –Pero eso era lo que más le importaba. Noah abrió su auto y se sentó–. Entonces, ¿adónde?

–Washington.

–No. –Encendió su automóvil y el audio cambió automáticamente a sus parlantes.

–¡Vamos, hombre! –La voz de Graham era tres veces más alta y Noah se apuró en bajar el volumen–. Es en Index. Una joya oculta de gloriosas escaladas, y mayo es el momento perfecto para ir. Tengo otros dos amigos que ya dijeron que sí.

El deseo de decir que sí –de escalar esas mágicas paredes de granito en Index– tenía una poderosa influencia sobre su fuerza de voluntad. Se aseguró de mantener su voz estable y firme.

–Eso suena increíble. Puedes contármelo todo cuando vuelvas.

Un pesado suspiro resonó a través del auto.

Noah no dijo nada.

Finalmente, Graham dijo:

–¿Puedo decir una cosa?

–Sea lo que sea, no cambiaré de opinión.

–Nathan siempre quiso ir a escalar a Index.

Noah hizo una pausa antes de salir del estacionamiento y se pasó una mano por la frente.

–Lo sé –dijo en voz baja–. Sigue siendo un no.

–¿Así que vas a escalar solo en Colorado por el resto de tu vida? ¿Eso es todo?

Noah negó con la cabeza, aunque Graham no podía verlo.

–No por el resto de mi vida. –Hizo una pausa–. Al menos no lo creo, pero por ahora así será.

Graham gruñó.

–Bien. ¿Todavía está en pie lo de mañana en la noche?

Eso era algo que Noah apreciaba de su amigo. Era fácil tratar con él, no guardaba rencor y podía pasar a otro tema en un santiamén. Noah y Graham en particular sabían cómo lidiar con conversaciones difíciles y sortear con gracia temas que podían causar dolor y culpa.

Graham era la única otra persona que había estado presente la noche que Nathan murió, pero nunca habían hablado de eso. El hecho de que dijera el nombre del hermano de Noah durante esta llamada iba un paso más allá de lo habitual.

–Sí.

–Excelente. Avísame si cambias de opinión, ¿está bien?

–Lo haré –dijo Noah.

Pero sabía que no lo haría.

–Entonces, ¿tenía razón sobre la camisa azul?

Noah frunció el ceño a la mesa de centro de su sala de estar –actualmente cubierta de alitas de pollo y palitos de ajo– y no respondió.

Mia sonrió y rozó su hombro con el de ella. Se sentaron uno al lado del otro en el sofá, comieron alitas y vieron The Bachelorette. A él, ese programa le parecía más que ridículo, pero a Mia le encantaba.

–Lo sabía.

–No sé de qué estás hablando –murmuró, tomando otra alita. Si no codiciara tanto la mirada en los ojos de Mia cuando vestía de celeste, mañana mismo tiraría la maldita camisa a la basura, pero al parecer era masoquista.

Mia se limpió la boca con una servilleta.

–¿Qué dijo? ¿Te pusiste todo incómodo y callado?

–No me pongo incómodo y callado.

Mia se rio.

–Es broma, ¿cierto?

Noah se inclinó un poco hacia atrás y giró su torso hacia ella.

–No.

–Hay una foto de tu cara en el diccionario junto a la palabra reservado.

Él frunció el ceño, pero se quedó en silencio.

Los labios de Mia se torcieron en una sonrisa satisfecha, probablemente porque le estaba demostrando su punto en ese mismo momento. No le importaba. Él y Mia habían compartido silencios desde que tenían siete años. No tener que obligarse a sí mismo a entablar una conversación era una de las razones por las que le encantaba pasar tiempo con ella.

Una de tantas.

Finalmente, se limpió las manos y se recostó.

–Me preguntó si estaba soltero.

–¿Así, sin más? Osado de su parte, incluso para una clienta.

–No, trató de ser sutil. Dijo algo así como: “Oí por ahí que los arquitectos trabajan muchas horas, apuesto a que a tu esposa no le gusta eso”.

Mia se rio y Noah se sintió inundado por el sonido de su risa. Su pecho se expandía varios centímetros cada vez que ella reía.

–¿Qué le dijiste? –preguntó ella.

Noah se frotó la nuca.

–Sabes que soy un pésimo mentiroso.

–Dijiste que no tenías esposa.

Él asintió.

–¿Y?

–Eran casi las cinco cuando terminamos. Ella me preguntó si me quería tomar un trago.

Mia le golpeó el brazo.

–¡Debiste haber ido!

Él la miró fijamente.

–Tenía planes.

–¿Qué, con estas alitas de pollo? Los planes conmigo no cuentan.

Se le surcó el entrecejo.

–Claro que sí.

–No, no cuentan. Y deja de fruncir el ceño así. Vas a tener unas arrugas horribles cuando seas viejo. –Tomó un sorbo de su cerveza y se enfrentó a la televisión–. Obviamente sabes que puedes cancelarme si tienes la oportunidad de ir a una cita.

No se dignó a responder.

Como un perro con un hueso, Mia no lo dejaría ir.

–Deberías decir que sí la próxima vez.

–No.

–¿Por qué no?

–No voy a salir con una extraña. Y no voy a salir con una clienta.

–¿Por qué no? –dijo ella de nuevo–. La gente lo hace todo el tiempo, me refiero a salir con un desconocido. ¿Al fin y al cabo no somos todos desconocidos? –Miró deliberadamente su teléfono celular–. A veces así es como se siente.

Noah no pudo evitar dejar que su mirada se posara en el rostro familiar de Mia.

–No somos desconocidos.

–No, pero no es conmigo con quien vas a salir.

Tan pronto como las palabras salieron de su boca, el abdomen de Noah se tensó. Recordó esa noche en la universidad y en la fracción de segundo en que pensó que podrían convertirse en algo más que amigos.

Su rostro palideció, y apostaría a que ella estaba pensando en lo mismo.

–De todos modos, no deberías seguir rechazándolas, eres sexy, dulce y te adoran, pero en algún momento dejarán de preguntar. Nunca he entendido qué es lo que esperas.

Con los años, Noah había convertido la elusión en una forma de arte. Él no quería responder a esa pregunta, pero ella tampoco.

–¿Qué estás esperando tú?

Ella frunció el ceño.

–Es diferente. Yo no estoy siendo exigente, simplemente me niego a molestar a alguien con mi situación.

–Una infusión de medicamentos una hora cada semana difícilmente es “una situación”.

–Sabes que eso no es todo.

Sí, Noah conocía sus excusas. Su enfermedad era incurable, y hace unos años la habían puesto en la lista para trasplante de riñón. No estaba tratando de restarle importancia, pero era ridículo pensar que esas cosas impedirían que un hombre la deseara.

–Si alguna vez encuentran un donante que sea compatible, tendré que pasar por el proceso del trasplante, e incluso entonces, a mi edad, probablemente necesite otro con el tiempo. Esto afectará toda mi vida y no es justo cargar a otra persona con esa responsabilidad. Ni siquiera dejo que mis padres me ayuden. No hay forma de que le pida a un hombre que lo haga.

–¿Qué pasaría si alguien pensara que vales la pena?

Ella resopló.

–Deja de intentar dar vuelta a esto. Estábamos hablando de ti y de por qué no tienes citas.

Noah fijó sus ojos en la televisión.

–Estoy viendo cómo se dan algunas cosas.

–¿Como qué?

Maldita sea, era un idiota.

–Solo algunas cosas.

Casi podía escuchar sus dientes rechinando.

–Me vuelves loca –dijo–. Para ser la persona que mejor entiendo en el mundo, a veces siento que hay una parte de ti que no conozco.

Sus ojos marrones se clavaron en los de él y él mantuvo su expresión cuidadosamente neutral.

–Pienso lo mismo.

Ella lo miró por un momento y luego bajó la mirada. Cuando volvió a hablar, su voz era tan baja que apenas la oyó.

–¿Qué prefieres, poder volar o leer la mente?

¿Cuántas veces habían comenzado conversaciones con esas dos palabras? Docenas, a lo menos.

–Volar.

–¿De verdad?

–Sí. La gente ya habla demasiado. No estoy seguro de querer saber las cosas que se preocupan de decir en voz alta.

–Yo hablo demasiado –dijo.

Él sonrió.

–Lo sé.

Ella se rio.

–Idiota.

–¿Y tú? ¿Leer la mente o volar?

–Leer la mente. –Sus ojos se encontraron con los de él otra vez–. Especialmente la tuya.

Se alegró muchísimo de que eso no fuera posible. Si ella supiera lo que él pensaba cada vez que estaban juntos, saldría corriendo.

Él sacudió la cabeza como si estuviera loca.

–No quieres saber lo que pasa aquí arriba. –Se golpeó la sien con el dedo índice–. Un montón de detalles de diseño. Planear mi próximo paseo de escalada. Algo de culpa y un montón de arrepentimientos.

No estaba seguro de por qué dijo eso último. Simplemente se le salió, y la expresión de Mia se volvió abatida y un poco triste. Ella buscó en la mesita detrás de ellos el marco que sabía contenía una imagen de él y su difunto hermano. En la foto tenían ocho y diez años, sentados en el borde de la casa del árbol en el patio de su hogar de infancia. Aunque Nathan era dos años mayor, Noah siempre había sido grande para su edad, y podrían haber pasado por mellizos, si no fuera por el cabello. Cuando conocían a alguien, en un inicio era el color pelirrojo de Noah lo que siempre llamaba la atención de la gente, pero era la personalidad extrovertida de Nathan lo que les dejaba encantados.

A Noah le había gustado así.

Como si intuyera que él no quería continuar con ese tema, Mia examinó la mesa con la mirada y señaló las dos alitas que quedaban en su plato.

–¿Vas a terminarte eso?

–Nah, ya estoy lleno.

–Le llevaré el resto a Claire. –Deslizó las alas en el recipiente donde quedaban tres piezas más.

Claire, la tercera integrante del trío que tenían desde la infancia de la calle donde habían crecido, era el polo opuesto de Mia. Había sido la última en unirse al equipo –se mudó a una casa al otro lado de la calle de la de Mia y la de Noah– y había traído un nuevo nivel de emoción al grupo. Ahí donde Mia y Noah eran bastante tranquilos, Claire había agregado una capa de picardía que no se había desvanecido a medida que crecían.

–¿Qué hace esta noche?

–Tiene que trabajar. No llegará a casa hasta tarde, pero le gusta comer algo cuando llega.

–¿Y la chica nueva?

–¿Reagan? Es vegetariana. La conocí en ese supermercado vegano en Capitol Hill, ¿te acuerdas?

–Cierto. Me sorprendió muchísimo cuando Claire me lo dijo.

Mia inclinó la cabeza con curiosidad.

–¿Que haya conseguido una nueva roomie en el pasillo de la kombucha?

Él sonrió.

–No, hace mucho tiempo dejé de sorprenderme de tu capacidad de hacerte amiga de todo el mundo. Quiero decir que tú, la chica que ama la carne y el queso más que cualquier otra persona que conozco, estuvieras comprando en una tienda vegana.

Ella se encogió de hombros.

–Quería intentar hacer cupcakes, veganos. Es más difícil de lo que parece.

–Dudoso, ya que suena imposible.

Mia estaba constantemente experimentando en la cocina, algo de lo que Noah a menudo se beneficiaba. Desde que suspendió su carrera en Nutrición, dijo que la repostería era su salida para mantener esa pasión presente en alguna faceta de su vida.

–¿Cómo quedaron?

–Horribles. –Ella sonrió y se puso de pie, limpiando los recipientes de comida vacíos de la mesa. Llevó todo a la cocina, luego volvió a la sala y volvió a sentarse. Dejó escapar un profundo suspiro–. Entonces, hay algo de lo que quiero hablar contigo. Necesito un consejo.

–Bueno.

Frotó sus manos a lo largo de sus muslos y no lo miró a los ojos, casi como si estuviera avergonzada por lo que estaba a punto de decir.

–No te rías, pero digamos que postulé a una beca universitaria.

Él parpadeó.

–¿Por qué me reiría de eso?

Ella arrugó la nariz.

–No sé. Es como una beca de segunda oportunidad. Para adultos que no fueron a la universidad de inmediato, o que comenzaron y no terminaron la carrera por una u otra razón. Básicamente, es para fracasados y desertores como yo –dijo con una sonrisa despectiva.

Noah no lo encontró gracioso.

–No eres un fracaso o una desertora. Te enfermaste y necesitabas concentrarte en tu salud.

Ella le dedicó una suave sonrisa.

–Lo sé. Pero igual.

–Déjame adivinar. ¿Te la ganaste?

Ella asintió y se veía tan triste que él casi se rio.

–Mia, eso es increíble –dijo–. ¿Por qué tienes cara de que te acabaran de decir que Alitas al Paso va a cerrar para siempre?

–Porque no puedo aceptarla. Ni siquiera sé por qué postulé. Ni en un millón de años hubiera pensado que me iban a elegir. –Se colocó un largo mechón de cabello negro y sedoso detrás de la oreja–. Nadie me elige nunca.

Yo te elegiría.

Ignoró ese pensamiento, junto con el doloroso apretón debajo de su caja toráxica.

–Claramente vieron algo en ti. ¿Por qué no puedes aceptarla?

–Es para estudiantes de tiempo completo. Es una beca de dos años y necesito sesenta horas para obtener mi título. Tendría que tomar quince horas cada semestre para poder acceder a la ayuda financiera, además de mi pasantía en Nutrición. No hay forma de que pueda hacer eso mientras trabajo a tiempo completo.

–Entonces, trabaja a tiempo parcial.

Seguramente su padre estaría de acuerdo con eso, y podrían contratar a otro asistente administrativo para llenar los vacíos.

Ella negó con la cabeza y lo miró con ojos tristes.

–No puedo. Necesito el seguro de salud.

–Oh. –Él apartó la mirada. Debería haberlo pensado.

–Cuando postulé, una pequeña parte de mí pensó que tal vez ya hubiera encontrado un donante a estas alturas. Con un trasplante, calificaría automáticamente para el programa de asistencia médica pública. –Se pasó una mano por el antebrazo y se encogió de hombros–. Pero obviamente eso no ha sucedido.

–Todavía podría pasar –la consoló Noah–. Podrías recibir una llamada la próxima semana.

Ella frunció sus labios carnosos.

–O el próximo año. Y para entonces, esta oportunidad ya se habrá esfumado.

–¿Qué pasa si encuentras un trabajo de medio tiempo con beneficios?

–Pensé en eso, pero no creo que muchos lugares hagan eso –dijo–. E incluso si lo hicieran, no he ido a la universidad desde hace más de una década. Estoy un poco preocupada por mi capacidad para lograr el promedio necesario para mantener la beca si tuviera que trabajar tanto con una carga completa de cursos.

–Eres inteligente y trabajadora. Por supuesto que podrías.

Ella sacudió su cabeza.

–Además, mis horas de clase van a cambiar cada semestre. Y es arriesgado con mi enfermedad. Si tuviera una crisis tratando de trabajar a tiempo parcial y estudiar... simplemente no veo que pueda funcionar.

Noah se inclinó hacia adelante.

–¿Qué pasaría si no tuvieras ningún tipo de seguro? ¿Esas compañías farmacéuticas no tienen programas de asistencia para eso? –La medicación para su enfermedad renal era increíblemente cara–. Tal vez podrías obtener tu medicamento gratis.

–Claro, Kinrovi probablemente sería gratis –dijo–. Pero aún tendría visitas al médico, pruebas de laboratorio y otras facturas. Sé que no ha sucedido en mucho tiempo, pero cuando mi presión arterial se descontrola o los quistes interfieren con mis electrolitos y termino en el hospital, es muy costoso. Necesito el seguro para todo eso.

Él se desinfló.

–Oh. –Se pasó una mano por el pelo, sintiendo que el mechón obstinado de su nuca despuntaba de nuevo. En cierta forma, lo disfrutaba porque volvía loca a Mia, y sus dedos emparejando el rebelde mechón eran la mejor parte de su día.

–Probablemente sea lo mejor –dijo Mia–. Tengo un buen trabajo y soy feliz. Me gusta la interacción con los clientes y me encanta trabajar contigo.

A él también le encantaba eso.

–Pero no es lo que te apasiona.

–Es lo suficientemente bueno.

–¿Es eso realmente lo que quieres? ¿Suficientemente bueno?

–¿No se siente así la mayoría de la gente con respecto a su trabajo? ¿Cuánta gente realmente tiene la carrera que le apasiona?

–Yo.

–Tienes suerte.

–No fue solo suerte, trabajé por este sueño. Tú también podrías.

–Podría hacerlo como un segundo trabajo. Siempre estoy cocinando cosas nuevas con un toque saludable, demostrando que una buena nutrición también puede ser deliciosa.

–Excepto los cupcakes, veganos.

Una comisura de su boca se curvó.

–Lo volveré a intentar.

–¿No querías especializarte en pediatría? Necesitas encontrar a alguien con niños para que puedan ser tus catadores oficiales.

Mia hizo un gesto desdeñoso con la mano.

–Seguramente en un par de años estarás casado y tendrás hijos. Claire también. Yo seré la tía cool que siempre trae golosinas para mis ahijados.

Noah ignoró por completo su sugerencia de que estaría casado y con niños en el corto plazo y la estudió, tratando de decidir por qué estaba poniendo excusas. ¿Era porque realmente no quería hacerlo o porque tenía miedo? Una idea se estaba formando lentamente en su mente, pero no había forma de que la expusiera si pensaba que volver a la universidad no era algo que ella realmente deseara.

–Déjame preguntarte esto –dijo–. Si hubiera una manera de que mantuvieras tu seguro actual sin trabajar, ¿aceptarías la beca y volverías a estudiar?

Ella se rio sin humor.

–Eso es imposible. Sé que tu papá me ama, pero no tanto.

–Sígueme la corriente un minuto. No te preocupes por la logística y responde la pregunta.

Ella se quedó sentada por un momento, a solo centímetros de distancia, pero él sabía que su mente estaba a kilómetros de su sala de estar. Lentamente, su cabeza se movió hacia arriba y hacia abajo.

–Sí.

En esa única sílaba, la pequeña idea se hizo posible. Creció aún más con sus siguientes palabras.

–Si hubiera una manera de dejar de trabajar, mantener mi seguro y volver a la universidad, lo haría en un abrir y cerrar de ojos. –Su postura derrotada indicaba que no creía que fuese posible.

–Tal vez exista una forma –dijo él.

Ella lo miró; la confusión arrugaba su frente.

Su corazón latía con fuerza, y de repente sintió como si sus pulmones no pudieran conseguir suficiente aire. Una extraña sensación de emoción lo invadió, incluso si su cerebro le lanzaba montones de pensamientos racionales para frenar su decisión.

No lo hagas.

Es una idea terrible.

Es un fraude.

Los ignoró todos.

–¿Y si nos casamos?

Capítulo 3

Mia se congeló y su boca se abrió en sorpresa.

–¿Y si nosotros qué?

La garganta de Noah se movió mientras tragaba. Sus manos agarraron sus rodillas, pero su mirada azul hielo se mantuvo firme en la de ella.

–Podríamos casarnos –lo dijo de la misma manera en que hubiera dicho “la próxima semana compremos tacos en lugar de alitas de pollo”.

El pulso de Mia se triplicó y frunció el ceño ante la reacción de su cuerpo. Solo lo miró fijamente.

–Podría ponerte en mi seguro, y tú podrías aceptar la beca. Volver a estudiar.

–¿Como tu esposa? –chilló.

–Sí.

Se quedó congelada por una fracción de segundo, luego parpadeó varias veces, sacudiendo la cabeza negando lentamente. Había confiado en que Noah idearía un plan, pero ni en un millón de años se le habría ocurrido esto.

–Noah.

–Mia.

–No puedes estar hablando en serio. –Claro que sabía que sí hablaba en serio. Lo haría cien por ciento por ella, porque ese tipo de amigo era él.

Solo la miró. Él sabía que ella también sabía que hablaba en serio.

–Nunca te pediría que hicieras eso.

–No lo hiciste.

Ella gruñó.

–Muy bien, porque no te dejaría hacerlo.

–¿Cuál es el problema? Sería solo de papel, y no es como si fuera para siempre. Tú misma dijiste que podrías encontrar un donante cualquier día de estos. Entonces ya no necesitarías la cobertura de la compañía y podríamos divorciarnos. O hacer una anulación, realmente no sé cómo funciona eso. Y, de cualquier manera, es solo por dos años como máximo, ¿verdad? Una vez que tengas tu título y licencia, encontrarás un trabajo como nutricionista en algún lugar y tendrás tu propio seguro nuevamente. Y entonces nos separaríamos.

–¿Dos años, Noah? No podemos hacer eso. No puedes.

–¿Por qué no?

–¿Qué pasa si en estos dos años conoces a alguien con quien quieres salir? Te encuentras con una chica bonita en un bar y quieres invitarla a salir, pero espera. –Se golpeó un lado de la cabeza con la palma de la mano–. No puedes. Ya estás casado.

Él le lanzó una mirada inquietantemente similar a la que le daba cada vez que ella decía que un atuendo no le quedaba bien. Lleno de incredulidad y casi molesto.

–Me preocupo más por ti que por unas cuantas citas potenciales. ¿Qué son dos años? Este es tu sueño, Mia. Tu carrera. Ser nutricionista es lo que siempre has querido ser. Si hubiese sabido que estabas considerando volver a la universidad, te lo habría propuesto hace mucho tiempo. Una oportunidad como esta no volverá a presentarse. Tienes que tomarla.

Ella presionó las palmas de sus manos contra sus ojos. ¿Cómo podía ser tan práctico con esto?

–Yo… No, Noah. Es demasiado. Eres tan dulce, pero…

Él levantó una mano.

–Espera. Solo piénsalo, ¿OK? Lo digo en serio, no es una oferta vacía.

Ella se rio un poco.

–Bien. Está claro que has pensado mucho en la idea de casarte conmigo. Por cinco minutos enteros.

–Yo… –comenzó él, luego pareció pensarlo mejor. Apretó los dientes, un músculo de su mandíbula se contrajo. Se inclinó hacia delante y apoyó los antebrazos en las rodillas–. Sé que te tomé por sorpresa. –Algo en la forma en que lo dijo le hizo pensar que para él no había sido tan así–. Pero considéralo. Por favor.

–Estás demente. –Se puso de pie y recogió sus cosas–. Eres mi mejor amigo y te amo, pero estás demente.

Él se quedó donde estaba y dejó escapar un suspiro de frustración.

–Te daré algo de tiempo para procesar la idea. ¿Seguimos en pie para el cumpleaños de Claire mañana?

Mia quiso reírse ante la pregunta tan cotidiana con la cual cambió el ridículo tema de conversación que estaban teniendo.

–Sí. Claire tiene que trabajar, pero igual quería salir. Nos verá allá a las ocho.

–Pasaré por tu casa a las siete y media para recogerte –dijo. Se levantó y caminó hacia la puerta, abriéndola para ella–. Lo digo en serio, Mia. Solo piénsalo y prepárate para darme una respuesta.

Esa noche, Mia soñó con Noah.

Había tenido este sueño antes… varias veces. En realidad, no era tanto un sueño como un recuerdo de esa noche en la universidad. Hizo todo lo posible por no pensar en ello e hizo un buen trabajo evitándolo mientras estaba despierta. Pero cuando caía en la inconsciencia, todo era en vano. Parecía ser una de las escenas favoritas de su cerebro para reproducir, enviándola atrás en el tiempo a esa fiesta en la casa de Sigma Chi.

Claire tenía esa mirada en sus ojos. La misma que los llevó a detención por lo menos cinco veces en la secundaria y casi hizo que los arrestaran el año pasado.

–Yo nunca nunca he querido besar a mi mejor amigo.

Mia rápidamente se enfocó en las reglas del juego... todos los que alguna vez habían querido hacer eso tenían que beber.

Ella se congeló. Sin pensar, su mirada saltó a través de la mesa hacia Noah, y su estómago dio un vuelco cuando lo miró a los ojos.

Él mantuvo contacto visual directo mientras tomaba con calma un trago.

Su corazón dio un brinco y el calor se extendió por su cuello. Apartó la mirada y parpadeó, volviendo su atención a Claire.

La ceja perfectamente arqueada de su amiga se elevó inquisidora.

La cabeza de Mia dio vueltas, tanto por el alcohol como por la forma en que Noah la había mirado. ¿Significaba eso que quería besarla? Tal vez se refería a otra mejor amiga.

No seas idiota.

Bajó los ojos a la mesa y levantó su propia cerveza. Tomó un trago tan grande que tosió, atrayendo más atención sobre sí misma.

Claire se rio y le dio unas palmaditas en la espalda.

–Bien entonces. –Se puso de pie, plantando sus manos abiertas sobre la mesa–. Los dejaré a ustedes dos para que hablen. Vamos, Brad. Vamos a bailar.

Brad, uno de los hermanos de fraternidad de Noah, obedeció y le guiñó un ojo a Mia antes de salir detrás de Claire.

Mia apretó los labios entre los dientes y movió la rodilla arriba y abajo por debajo de la mesa. Mantuvo la mirada baja y giró la botella de cerveza entre sus dedos.

–¿Alguna vez me mirarás de nuevo? –surgió la voz tranquila de Noah.

Solo si supiera que me mirarías tal como lo acabas de hacer.

Su voz tembló.

–No estoy segura.

Una silla raspó el suelo, y el olor familiar de pino y hierbabuena inundó sus sentidos. La gran silueta de Noah se acomodó a su lado y su mano aterrizó en la rodilla que rebotaba. Ella se quedó inmóvil y levantó la cara.

Encontró todo lo que anhelaba en su mirada. Sus iris azules eran suaves y amables, y una sonrisilla mínima jugaba en sus labios. Y, sin embargo, algo en su expresión vacilaba. Deslizó la mano por su muslo hasta la mano de él, tocando su piel con la punta de los dedos.

Él tragó.

–¿Podemos ir a algún lado? ¿Para hablar, o...?

Ella asintió.

–Yo…

Un par de manos fornidas que agarraban los hombros de Noah lo cortaron de golpe.

–¡Agnew!

El cuerpo de Noah se puso frente a Mia, y no movió su torso siquiera un milímetro. Estiró la cabeza hacia atrás para mirar al oso detrás de él.

–Yates. ¿Qué puedo hacer por ti?

–Necesitamos más cerveza. Es tu turno de ir a comprar.

–No puedo conducir.

–Tengo un permiso de primer año. Vamos.

Noah suspiró pesadamente. Volvió a mirar hacia delante y luego a Mia con una expresión de disculpa en lo profundo de su mirada.

Su fraternidad había organizado la fiesta y ella sabía cómo funcionaban estas cosas. Él no tenía elección. Ella le regaló una pequeña sonrisa.

–Está bien. Anda.

Dudó antes de volverse hacia su hermano de fraternidad.

–Voy en un segundo.

–Buen chico.

Con una palmada en la espalda de Noah que lo empujó hacia delante varios centímetros, Yates se alejó.

Noah levantó una mano y se agarró la parte posterior del cuello.

–¿Te vas a quedar? ¿Hasta que vuelva? No será más de media hora.

Ella asintió.

Sus ojos se llenaron de esperanza.

–¿Nos vemos en mi habitación?

Ella abrió la boca para responder con palabras esta vez, pero de repente él levantó una mano.

–No, espera. La novia de mi compañero de habitación viene de fuera de la ciudad y él ehm... como que se adueñó de la habitación. –Arrugó la nariz, pareciendo sumido en sus pensamientos por un segundo–. Mick se fue todo el fin de semana y tiene su propia habitación, el bastardo con suerte. Tendremos privacidad. –Miró la hora en su teléfono–. ¿Puedes encontrarme allí? ¿A las doce y media?

Mierda.

–Bueno. ¿Cuál es su habitación?

–Es…

–¡Agnew! –estalló alguien–. ¡Muévete!

–Cálmate, carajo –gritó Noah por encima del hombro mientras se levantaba.

–Solo vete –dijo ella–. Le preguntaré a alguien.

–Está en el segundo piso –comenzó, y alguien le subió el volumen a la música, haciendo que los bajos atravesaran los muros–. Cualquiera te lo puede decir –gritó, caminando hacia atrás, pero todavía enfrentándola–. ¿Estarás allí? ¿A las doce y media?

–A las doce y media. Ahí estaré.

Mia se despertó sobresaltada, con el corazón desbocado. Abrió y cerró los párpados, luego presionó las sábanas con sus manos, mientras iba tomando conciencia.

El sueño siempre terminaba en ese momento, nunca continuaba hacia el desastre que se produjo poco después de eso.

Era casi como si el destino quisiera una segunda oportunidad.

Miró hacia el techo, sus ojos ajustándose a la oscuridad. Una segunda oportunidad. ¿Qué haría ella con una segunda oportunidad con Noah, si tal cosa fuera posible? ¿Y si las cosas hubieran resultado diferentes y hubieran podido juntarse esa noche como lo habían planeado?

Se cubrió la cara con las manos, pensar en eso no tenía sentido. No podía retroceder en el tiempo y no podía cambiar lo que sucedió esa noche, o poco después.