Qué solos se quedan los muertos - Mempo Giardinelli - E-Book

Qué solos se quedan los muertos E-Book

Mempo Giardinelli

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José, periodista argentino exiliado en México, recibe una llamada telefónica. Carmen, la mujer a la que amó diez años atrás, y a la que quizás nunca ha dejado de amar desde entonces, le pide auxilio desde Zacatecas, y él acude presuroso. Han matado a su marido, de tres balazos, en el portal. A pesar del muerto, José fantasea en volver con ella, que ya no es la de su recuerdo, sino casi una desconocida que se muestra arrepentida de haberle llamado. Pronto se da cuenta de que ambos están en peligro, y decide no huir, enfrentándose a la violencia, porque es casi imposible salvarse cuando uno ha sido toda su vida un perdedor. Escritor y periodista, Mempo Giardinelli (1947) nació y vive en el Chaco, en el norte de Argentina, donde se instaló tras su exilio en México durante la dictadura militar. Goza del amplio y justificado favor de los lectores y es autor de novelas como Luna caliente y de relatos que han recibido diversos premios y han sido traducidos a más de una docena de idiomas. Esta versión de Qué solos se quedan los muertos, publicada por primera vez en 1985, ha sido recientemente revisada por el autor.

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Seitenzahl: 233

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Mempo Giardinelli

Qué solos se quedanlos muertos

Para Juan Rulfo y Edmundo Valadés.Para Rafael Ramírez Heredia y Roberto Bravo.

Y para Claudia Bodek.

«En el Reino de los Cielos no hay grandeza que conquistar, puesto que allí todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite.Por ello, agobiado de penas y de tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre sólo puede hallar su grandeza, su máxima medida, en el Reino de este Mundo».

ALEJOCARPENTIER

Primera parte

«¿Y de qué otra cosa puede hablar el hombre,más que de fantasmas?»

LEÓN FELIPE

1

Me llamo José y me revienta que la gente, y en particular la que no conozco, con toda confianza me llame Pepe. Aquella voz en el teléfono, desde una evidente larga distancia, fue todavía más allá:

—¡Pepe! —me gritó, con voz metálica, esa mujer—, Marcelo Farnizzi fue asesinado. Dice Carmen que venga. ¡Es urgente!

Yo había estado, hasta ese momento, mordiendo un lápiz mientras miraba por la ventana preguntándome qué decisión importante sería capaz de tomar. Si es que había alguna decisión que tomar. Ese era el problema: estaba en blanco, vacío; había renunciado al diario, tenía ahorros como para sobrevivir sin mucha dignidad un par de meses y la sensación de un chico al que le quitaron su juguete preferido, le niegan dinero para el cine y encima si protesta le han de pegar. Y él lo sabe.

—¿Quién habla? —pregunté, todavía más atento a la molestia porque me llamaban Pepe que a la noticia que no terminaba de entender.

—No importa quién habla, soy amiga de Carmen… Carmen Rubiolo. Y le dije que asesinaron a Marcelo y ella le pide que venga. ¡Es urgente, Pepe!

Y dale con la confianza. Pero me cayó el veinte.

—¿Cuándo y cómo?

—Anoche: lo balacearon en la puerta de la casa. Ella está muy asustada, ¿entiende? Y no tiene a nadie más que a usted, Pepe. ¡Venga, por favor!

—Dígale que mañana estaré ahí —dije, tranquilamente, con una calma que sentía legítima. Luego insistí en saber su nombre y le pedí la dirección y el teléfono de Carmen en Zacatecas. Ella me dio la información y su propio teléfono, dijo que se llamaba Hilda Fernández, y me llamó Pepe tres veces más. La odié.

2

Alguna vez yo había amado a Carmen Rubiolo. Unos diez o doce años atrás, cuando el periodismo en Argentina era una profesión tan caliente que resultaba imposible amar en paz a nadie. Carmen era una chica de esas que parecen nacidas para amar de una vez y para siempre, y de las que uno cree que solo quieren casarse y tener hijitos. Pero era un ser bastante más complejo: apasionada y romántica, era una lectora insaciable y de esa clase de gente que en lugar de leer el diario, lo estudia con los anteojos deslizados sobre la nariz y un pucho en la boca. Le gustaba vestir a la moda, discutir las películas francesas que daban en los cines del centro, hacer el amor en silencio y muy concentrada hasta alcanzar su orgasmo, comprender el punto de vista de los demás solo para oponerse con más ardor, reclamarnos airadamente a los hombres cualquier actitud machista. Era nerviosa pero tierna, cariñosa pero arisca, juguetona y rebelde, solemne en cuestiones nimias, y cocinaba unas milanesas inigualables, con la exacta dosis de perejil y de ajo; y también confesaba su fascinación por ser amada por un periodista. Ella creía que ser periodista era importante.

Dije que la había amado unos diez o doce años atrás, pero probablemente ocho desde la noche en que me esperó hecha una furia y me dijo «no te aguanto más, sos el tipo más egoísta y jodido que conocí en mi vida» y se fue del departamento de Acevedo y Güemes dando un portazo que se oyó en todo el edificio. Y que me dolió muchísimo más que la queja del portero y del administrador.

Me arrepentí mucho, luego, de no llamarla, ni buscarla, ni intentar un arreglo. Porque no he dicho, todavía, que yo quería con locura a Carmen Rubiolo. Es verdad, no la trataba bien, la desatendía, muchas noches la dejaba plantada por cuestiones del oficio: cierres impostergables, reuniones del sindicato, coberturas dramáticas, todo eso que volvió loca a la Argentina de los setenta. Pero cómo la quería. Y la dejé ir, ni intenté retenerla.

Tiempo después, unos cuatro años luego del portazo, la encontré en México, en una asamblea del exilio. Era el 78, creo, y todo el mundo andaba cuestionado y cuestionando. No recuerdo qué se discutía, pero votamos diferente. Ella estaba del brazo de un flaco ojeroso, con pinta de guerrillero retirado, nervioso y lleno de tics, fanático momentáneo de la causa que abrazaba, cualquiera fuese. Me lo presentó después de la asamblea: «Mi compañero —dijo—, Marcelo Farnizzi».

Nos dimos la mano, el tipo se apartó requerido por alguien y yo le pregunté a ella cómo andaba, dije tanto tiempo, qué increíble encontrarte aquí, esas cosas. No recuerdo sus palabras. Apenas su mirada —me pareció, o quise que me pareciera— tenía un dejo del antiguo cariño. Pensé confesarle que me emocionaba verla y hasta creí ser capaz de decirle que nunca la había olvidado. Estuve a punto de hacerlo, pero me contuve. Nos despedimos sin mucho afecto demostrado y sin promesas de volver a vernos, pero yo supe que esa noche pensó en mí. Y Carmen habrá sabido que yo no pude dormir pensando en ella.

3

Apenas pude dormitar un rato cuando el micro salió de Aguascalientes, para la última etapa. El aire era pesado y el sol hacía hervir la carretera. Un imbécil de esos que nunca faltan en los autobuses viajaba con un suéter de Chiconcuac, pesadísimo, y yo pensaba que después de siete horas así su sobaco debía oler como el de un francés. También pensaba —mirando los campos a la vera del camino, esas como pampas áridas que enmarcan las sierras a lo lejos— en la campaña del catorce y en Pancho Villa sustituyendo a Pánfilo Nateras para la preparación de la toma de Zacatecas.

Hasta Aguascalientes, había reconstruido muchos momentos de mi relación con Carmen. Debía reconocer, para entonces, una cierta excitación por el reencuentro. Hacía por lo menos cinco años que no sabía nada de ella; seguramente iba a México cada tanto, pero jamás habíamos coincidido en sitio alguno. No teníamos amigos comunes, o al menos ninguno que yo pudiera identificar. Me preguntaba cómo había conseguido la mujer de la llamada telefónica mi número en México. Quizá se lo habían dado en la Comisión Argentina de Solidaridad, quizá Carmen lo tenía. No era demasiado importante; o lo era mucho menos que la sensación que me iba ganando: la ansiedad de volver a Carmen significaba imaginarla todavía hermosa, quizá más que antes pues ahora ella luciría esa madurez que da brillo a las mujeres que están entre los treinta y los cuarenta. Carmen tenía, ahora… treinta y tres años.

¿Seguiría tan intransigente y definitiva, o los años la habrían moderado? ¿Habría vuelto a ser una chica tranquila, confiable, compañera y contenta consigo misma? ¿O seguiría discutiéndolo todo, arisca, chúcara, baguala, como yo le decía? ¿Y cómo viviría su propio exilio? ¿Habría tenido hijos? ¿Estaría arrugada? Algo me decía que no. Era la clase de mujer que es hermosa de niña, hermosa de adolescente, estalla de belleza en la plenitud y, en la madurez, puede estar segura de que hasta de vieja será atractiva. Sonreí recordando su genio, sus reacciones cuando se enojaba, su apasionamiento cuando hacíamos el amor, su placer cuando le acariciaba la base de los pechos. Pero su genio… Era una mina de esas que, por ejemplo, pueden pasarse toda una noche en vela, rumiando su rabia, porque uno le ha dicho algo en supuesto mal tono al beber el café de la sobremesa. Era capaz de despertarme a las tres de la mañana, con los ojos encendidos, a fin de que discutiéramos el asunto, para ella tan trascendental como para Napoleón llegar a Moscú. Me había enseñado mucho. La había querido más.

La recordaba delgada, de pechos más bien pequeños pero firmes, manos alargadas, como de pianista (o como uno imagina que han de ser las manos de una pianista) y eran inolvidables sus pies. Nacían de unos tobillos redonditos, perfectamente armónicos con sus estupendas pantorrillas, y se estilizaban delicados para terminar en unas uñas parejitas, ni cortas ni largas, de las que se sentía orgullosa y a las que pintaba dos veces a la semana. Decía que era su momento de meditación y de relax. Solía aconsejarme que también lo hiciera, para serenarme; aseguraba que yo era tan agotador e insoportable que me hacía falta, de vez en cuando, pintarme las uñas de los pies escuchando el Bolero de Ravel. Era encantadora la forma como lo pronunciaba. Me seducía por completo y me volvía loco por hacerle el amor cuando la veía, tan seria, en esa tarea.

Cuando advertí que estábamos llegando a Zacatecas, me reconocí un poco nervioso. Me ganaba la ansiedad por verla. Sabía que no estaría esperándome en la terminal de autobuses, pero luego de instalarme en el Hotel Calinda (la confianzuda había dicho que haría una reservación para mí) iría a verla. Imaginé el reencuentro. ¿Le diría un pésame convencional?

¿Seríamos capaces de mostrarnos espontáneos, naturales, en semejante circunstancia? ¿Cuál sería mi comportamiento? ¿Qué haría yo con mis fantasías? Porque debía reconocer que por algo llegaba a Zacatecas, por algo respondía a ese llamado, y no solo porque era un reciente desocupado. Si hubiera sido otra mujer, cualquier otra vieja amiga la que me hubiese hecho llamar, quizá no habría ido a su encuentro. Pero Carmen sí, Carmen podía llamarme. Era la única mujer que podía hacerlo. Y en algún lugar ella lo sabía: le había dado mi teléfono a la confianzuda, diciéndole «llámalo, va a venir». Y yo venía.

¿Y para qué? ¿Qué tenía yo que ver —y menos que hacer— en el asesinato de un tipo que me era por completo indiferente, y al que Carmen había amado, sin dudas, más que a mí? Me dije que llegaba a Zacatecas simple y sencillamente por verla. Todo reencuentro es excitante, cuando se quiere reencontrar a una persona. Y lo es más si hay fantasías. Reconocí que durante años yo había esperado un llamado de ella. En cualquier circunstancia. Y esta era, por cierto, de las peores. Porque sí, yo tenía fantasías, y, aunque me parecía innoble para con el muerto, por más que no lo hubiera conocido ni me importara, la mía era volver con Carmen. Algo así como una asignatura pendiente, que solo ahora me daba cuenta de cuánto deseaba saldar.

4

Me dieron una habitación en el segundo piso y, mientras me cambiaba la camisa y me lavaba la cara y las manos, me detuve a contemplar el Cerro de la Bufa. Me impresionaron su imponencia dominante sobre la ciudad y su escarpado lomo de iguana, con ese convento que semeja un castillo, o una fortaleza que parece reinar sobre el paisaje como si fuera una sandalia perdida por Dios.

Enseguida la llamé. Me sudaba la mano, oprimiendo el tubo. Reconocí su voz y sentí una emoción que era, sin dudas, lejana.

—Hola, Carmen. Soy José.

Ella hizo una brevísima pausa.

—Qué bueno que viniste… ¿Estás aquí, verdad?

—En el Calinda, habitación doscientos tres. ¿Cómo estás?

—Mal. Creo que un poco desesperada, pero… no sé, iba a decir que ya va a pasar, pero estoy muy confundida. Nerviosa. Vos sabés cómo soy…

—¿Querés venir o que yo vaya?

Dudaba o estaba llorando, pero no respondió. Dejé pasar unos segundos y luego repetí la pregunta.

—Creo que podés venir.

Fruncí el ceño; algo en su voz había cambiado. Algo frío.

—¿Alguna cosa anda mal por ahí?

—No, no, es que… Se supone que tenemos mucho que hablar, ¿no?

—Lo que quieras. Vine para escucharte.

—Tengo miedo, Pepe.

Y se largó a llorar, ostensiblemente, con un llanto quedito, entrecortado. Pronuncié las obviedades que uno improvisa en esos casos y le dije que estaría en su casa en quince minutos.

5

Era una construcción de los años cuarenta, encalada al frente y con dos ventanas en la planta baja, una a cada lado de la puerta. La planta alta parecía corresponder a otro departamento, para el que había una puerta unos metros más allá, a la izquierda. Era en la Calle del Ideal y allí la pendiente, típica de la insólita urbanización zacatecana, no era muy pronunciada. Curiosamente, a pesar de la situación un tanto dramática que intuía que significaría nuestro encuentro, yo me sentía en cierto estado de juvenil ansiedad, de imbécil felicidad, fascinado por esa ciudad inesperada que ni figura en las rutas turísticas mexicanas —por suerte— y que a cada momento, en cada callejón, en cada esquina, en cada iglesia, te depara sorpresas. Una ciudad secular, detenida en el diecinueve, donde se mezclan caprichosamente los barrocos con los neoclásicos, sin edificios modernos, sin muchos elevadores, sin pavimentación sobre los adoquines y las lajas de piedra aquí cuadradas, allá hexagonales, y donde todos los balcones, el alumbrado público —y hasta las coladeras de las alcantarillas— son bellísimas piezas de artesanía de forja. Algo así como una ciudad de foto antigua, color sepia, que hacía que me preguntara si en cualquier momento no aparecería un jinete villista festejando la victoria sobre los federales de Victoriano Huerta.

Carmen abrió y me miró a los ojos. No sé si ya dije que los suyos eran de color miel y que le quedaban sensacionales esas pecas en las mejillas. Sentí un breve alboroto en mi pecho, pronuncié algún saludo de circunstancia, y ella lo facilitó todo porque se abrazó fuerte, fuerte, agarrándose de mi cintura y largándose a llorar. Le acaricié suavemente la cabeza —su pelo me pareció más rubio que años antes— y le froté la espalda con ternura. Ella estiró la diestra, sin dejar de llorar, y cerró la puerta.

Me tomó de la mano, aspiró sus mocos, se secó las lágrimas y me indicó que me sentara con un movimiento de la cabeza. Obedecí, sin dejar de mirarla: vestía unos pantalones de jean ajustados y una blusa blanca, ligera; estaba bellísima, más que en mis mejores fantasías. Su cuerpo no había ganado ni perdido un gramo. Sus sandalias abiertas dejaban ver las uñas, acabadas de pintar. No pude sino sonreír para mis adentros; había estado meditando. Tenía unas leves ojeras, posiblemente de tanto llorar. Le quedaban divinas.

—Seguís tan alto como siempre, Grandote —dijo, con una media sonrisa—, no has crecido nada.

Era un viejo chiste; yo mido casi dos metros. Asentí, sintiéndome en cierto modo reconfortado, reconocido, y ella se fue a servir dos tazas de café, en la cocina. Mientras, miré en derredor. Era un departamentito pequeño, que parecía tener un solo dormitorio; la sala no era muy espaciosa, pero sí arreglada con muchísimo gusto. Había una colección de máscaras que me resultó chocante, sobre una cómoda; un par de bibliotecas atestadas, una colección de miniaturas en cajitas de hojalata dorada y vidrio, sillones de estilo mexicano, una reposera colmada de almohadones de colores; y muchos carteles de exposiciones de arte montados sobre bastidores, en las paredes. El conjunto hablaba de cierta refinada modestia. Había un cuadrito con una foto de Zapata a un lado de la puerta de la cocina, y al otro lado, simétricamente, uno del Che Guevara, como si la revolución antecediera la entrada a la cocina. O como si no pudiera entrar en ella.

Carmen volvió, trayendo los cafés y una azucarera en una bandeja laqueada con pajaritos, flores y esas cosas coloridas de la artesanía michoacana. Se sentó frente a mí, me ofreció una taza, encendió un cigarrillo que aspiró enfáticamente y soltó el humo como con rabia, nerviosa, casi de un escupitajo. Recordé que así fumaba, un cigarrillo tras otro, cuando me esperaba para pelear en las noches. Luego cruzó las piernas y dijo:

—No sé por dónde empezar, Pepe… Tengo bronca, rabia, miedo, me siento insegura, todo eso junto. Y más cosas, supongo, que no puedo controlar. Te llamé porque…

—No importa por qué me llamaste, Carmen. Contáme qué pasó.

—No, es que es importante decirte por qué te llamé. Porque no tengo a nadie: ni amigos, ni compañeros, ni familia. Hace años que no sé de mi gente en Argentina. Ni ellos quisieron saber más de mí. Marcelo era todo lo que tenía. Bien o mal, y más mal que bien, la verdad, era todo. Como dos hermanos, ¿sabés? En todo sentido —abandonó las manos que se miraba, estrujándolas, y clavó sus mieles húmedas en mis ojos—. Antenoche, cuando… cuando lo mataron, me sentí desesperada. Una vecina vino a acompañarme, y me preguntó a quién quería llamar. Le dije, y quiero serte sincera, que no quería llamar a nadie, pero que quizá a la única persona que podía llamar era a vos.

Yo hice silencio. Sorbimos nuestros cafés. Encendí un cigarrillo y esperé.

—Bueno —dijo, resoplando, con un tono de voz súbitamente duro—, y ahora que estás aquí, la verdad es que no sé para qué lo dije.

La miré como cuando se está viendo un partido de fútbol por televisión mientras uno piensa cómo hará para cubrir un cheque sin fondos mañana lunes.

—Decíme algo —exigió, apretando el pañuelito que tenía en las manos.

—No veo qué, Carmen. ¿Por qué lo mataron?

—No sé —dudó, una décima de segundo—. Le encajaron tres balazos, aquí, en la puerta.

—¿Pero por qué? Alguna suposición has de tener. ¿Algún asunto viejo, de la militancia?

—No, definitivamente no. Nosotros nos abrimos en el setenta y siete, pero desde antes estábamos por inercia. Y por miedo. No quedaron cuentas pendientes. Salimos derechos, por Brasil. No, eso no es.

—Y entonces, ¿qué es?

—Te juro que no lo sé —no me miraba a los ojos. Quería convencerme, pero no me miraba—. ¿Te sirvo otra taza?

—No, gracias. ¿Y la policía?

—Vinieron enseguida. Alguien los habrá llamado, no sé. Estuvieron ahí afuera, sacaron fotos, qué sé yo, como dos horas. Yo me quedé adentro, con la vecina que te llamó. Después vinieron dos tipos, dos canas, y me hicieron unas cuantas preguntas: cómo se llamaba, qué hacíamos aquí, qué enemigos tenía y qué suponía yo; pura rutina.

—Y qué hacían, qué enemigos tenía y qué suponías.

Me miró con algo de rencor. Frunció levemente la boca, como sofocando un pequeño disgusto. Yo le conocía ese gesto. Por un segundo pensé que deseaba que me fuera, que me iba a echar de la casa. Tenía los ojos mojados; se pasó el pañuelito por la base de la nariz.

—No sé qué hacíamos —suspiró, relajándose un poco—. Marcelo vino a Zacatecas dos o tres veces, en el ochenta, y un día decidió que viviéramos aquí. Estábamos, supongo, muy quebrados. El país, para nosotros, quedaba a un siglo de distancia. A mí me dio lo mismo y acepté. Él quería poner una librería como la Gandhi, con café y galería de arte, esas cosas. Pero no pasó de vendedor de libros.

—¿Y vos?

—Yo me aburría, veía televisión, a veces leía algo —sonrió, mostrando la dentadura impecable, blanquísima y perfectamente alineada—, y me pintaba las uñas de los pies.

Sentí que seguía loco por ella. Ella lo sabía y solo quería comprobarlo una vez más. Pero no sonreí ni dejé de mirarla a los ojos.

—No sé qué enemigos tenía, te lo juro. No puedo suponer nada sensato. No puedo suponer nada.

—¿Y la policía qué dice?

—Qué sé yo, no volvieron a aparecer, y yo no pienso recurrir a ellos. No tengo guita ni interés en que intervengan en nada. Y ellos se habrán dado cuenta de que no podrán sacarme ni un peso. Supongo que, por rutina, tendré que ir a declarar y los mismos canas estarán deseando que me haga humo y me vaya a la mierda.

Pensé que podrían desear otras cosas, pero me callé. No terminaba de entender la actitud de Carmen. Después de todo, me había llamado; quería decir que en algún lugar suyo admitía que necesitaba ayuda. Mientras ella hablaba, yo sentía por momentos que iba a decir algo más, pero a la vez me daba cuenta de que dudaba y prefería callarlo. Su nerviosismo no se debía ni al reencuentro ni a la viudez; se debía a lo que quería, y a la vez no quería, hablar.

—¿Y entonces qué vas a hacer?

—Nada.

—¿Cómo nada? ¿No te interesa saber? Fue a tu compañero al que mataron.

—Bueno, le encargué una investigación a un detective. Si averigua algo, bien, y si no, no me importa.

—¿Un detective en Zacatecas?

—Sí, hay uno, pero…

—¿Cómo se llama?

—No importa cómo se llama —se puso más nerviosa, y la noté irritada por el modo como apagó el cigarrillo.

—Tengo curiosidad por saberlo.

—David Gurrola.

—¿Y qué más vas a hacer?

—No sé. Antenoche decidí irme de aquí, de Zacatecas y de México, irme a la mierda… Ayer decidí que me quedo; después de todo no tengo a dónde ir.

—Y hoy tenés dudas. Y mucho miedo, Carmen, lo dijiste por teléfono y se te nota. No puedo forzarte a que me digas lo que no quieras. Pero, ¿qué querés que haga yo?

Me miró con sus ojos otra vez endurecidos. No había lágrimas; la miel se había secado y agriado. Tenía la boca cerrada y me di cuenta de que se estaba mordiendo los dientes con fuerza.

—Creo que va a ser mejor que te vayas —dijo, lentamente—, y ojalá me perdones por haberte llamado.

Y entonces me fui, reconociendo que ambos veníamos de un país extraño, confundido, un wonderlandimpiadoso que quedaba a millones de años de distancia, en otra galaxia, y en el que Alicia había sido violada y mutilada. Salí pensando que nos habíamos amado en un país cuya geografía podía encontrarse todavía en los mapas, pero que en nosotros, en nuestros respectivos itinerarios por la vida se había diluido y solo era vientos, voces de muertos, recuerdos confusos, niebla. No podía dejar de reflexionar sobre esto. Mi encuentro con Carmen me retrocedía a un pasado indescifrable; y yo no era capaz —no lo soy— de explicar el pasado. Quizá lo único que sabía era que reencontrar a esa mujer compleja, inteligente, difícil, aguda, hermosa y tan inaprensible me hacía advertir que el amor es, quizá, solamente, una oportunidad para ser feliz que uno deja pasar y que no se repite. Y que luego uno andará buscando con denuedo, pero en vano.

Me fui pensando, también, que acaso entender nuestra tragedia es como el viento que cruza Comala: una sensación, un temor, un espanto, una suma de corajes y de muertes imprecisas. Me di cuenta de que yo también me mordía los dientes con fuerza. Los de arriba contra los de abajo. Como siempre pasa.

6

El Callejón de Veyna cae pronunciadamente sobre la avenida Hidalgo, exactamente enfrente y a un costado de la catedral churrigueresca que llaman en Zacatecas Basílica Menor. Es una joya del siglo diecisiete: su fachada es una asombrosa filigrana de ángeles y santos tallados en piedra, y tiene una campana mayor que cuando suena —como escribió López Velarde en su Suave Patria— realmente es una lástima que no la escuche el Papa. A unos veinte metros de la esquina, subiendo desde Hidalgo, y justo ante una coladera de hierro forjado que es una obra de arte del porfiriato, había una casona pintada de amarillo, con dos ventanas muy altas protegidas por rejas, en una de las cuales el postigo que miraba a la avenida rezaba, en letras negras, góticas pero legibles: «Lic. David Gurrola – Detective Privado, con Licencia».

Sonreí al leer la inscripción y decidí que oscilaba entre lo insólito y lo naïf. Hacía menos de una hora que había salido de casa de Carmen, y luego de pasar por el hotel —donde consulté el directorio telefónico para ubicar a Gurrola— caminé por el centro de la ciudad, lentamente, mientras pensaba qué hacer y decidía que no perdería nada si visitaba al detective. Eran las seis de la tarde cuando llegué.

Llamé haciendo tañer un enorme aldabón que representaba una cabeza de león enfurecido, pero nadie contestó.

Tuve que elevarme sobre la punta de mis pies para espiar hacia adentro a través de las ventanas. No pude ver nada, porque no había luz en el interior. De todos modos, regresé a la puerta y le encajé varios aldabonazos. Esperé otro par de minutos y empecé a irme, hacia la catedral, calle abajo, cuando oí que alguien se movía del otro lado de la ventana. Extrañado, me volví y le grité al postigo:

—Bueno, ¿me va a abrir o no?

—¿Qué quiere? —me repreguntó una voz cascada, como de viejo enfermo, malhumorado.

—Busco al detective, a David Gurrola.

—¿Para qué?

—Por una información.

—¿Qué información?

—¿Está él o no?

—Primero conteste.

—Sobre un caso, el asesinato de Marcelo Farnizzi.

El viejo dudó. Yo hice esfuerzos por verlo a través del vidrio. No lo conseguí.

—¿Por qué no me abre, eh?

—Porque no.

—Y Gurrola, ¿está o no?

—No, no está. Nunca está y nunca me paga. Salió de viaje.

—¿Cuándo?

—No sé, siempre está de viaje.

—¿Y adónde va?

—¿Por qué pregunta tanto, eh?

—Porque soy curioso, abuelo.

—¿Y quién es usted?

—El Fantasma de la Ópera.

Y bajé a la avenida, fastidiado, diciéndome que volvería al día siguiente, más temprano.

7

A las seis y media de la tarde, mientras caminaba por la acera del mercado, empecé a preguntarme qué hacía yo en Zacatecas. Durante unos minutos contemplé el frontispicio de la catedral y admiré el Cerro de la Bufa. Después me maravillé con el aire mismo de la ciudad, y con el antiguo mercado que parecía que acababan de remodelar y ahora era un centro comercial completamente al uso gringo, como si allí se basaran no pocas esperanzas de que el mágico turismo norteamericano viniera con su carga de dólares y depredaciones, y al cabo me dije que era un idiota pues lo que tenía que hacer era hablar francamente con Carmen. Busqué un teléfono público y la llamé. Me atendió muy fría y con cierto fastidio; o con prisa, como si estuviera por salir en pocos segundos. Le dije que quería verla de nuevo, respondió que no podía y yo no supe cómo seguir. Le pregunté si no había recibido noticias de la policía y pareció sorprenderse por mi pregunta.

—No… —titubeó— ¿qué noticias?

—No sé, alguna. Se supone que están investigando ¿no?

Hizo silencio. Luego le pregunté si necesitaba algo, si podía ayudarla y de qué manera. No, no necesitaba nada, solo estaba todavía un poco nerviosa, yo debía comprenderla. Me preguntó si me iba a ir, le dije que no lo sabía y ella replicó que en todo caso nos podríamos ver mañana. Fue curioso, porque cuando terminamos la conversación, antes de los tres minutos, tuve la sensación de que no quería ni que me metiera ni que le hiciera más preguntas, pero al mismo tiempo sospeché que por alguna extraña razón tampoco deseaba que yo me fuera de Zacatecas.

Eso mismo me hizo sentir bastante más idiota. Había venido a esta ciudad lleno de fantasías, dispuesto a colaborar en lo que fuese, y ahora tenía la sensación de que molestaba, pero que no podía irme de regreso a México. Claro que tampoco iba a quedarme así, de modo que decidí pasar por la delegación policial. Dos tipos me indicaron el camino y, en la puerta, uno de azul y con un viejo Máuser colgado del hombro, me dijo que entrara y preguntase. Adentro, cuando manifesté mi interés por el caso de Marcelo Farnizzi, un sujeto muy desagradable, de civil, me preguntó qué tipo de interés tenía.

—Fui amigo del muerto —respondí— y lo soy de su viuda.